{"id":8109,"date":"2023-05-19T00:34:12","date_gmt":"2023-05-19T00:34:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8109"},"modified":"2023-11-24T18:13:44","modified_gmt":"2023-11-24T18:13:44","slug":"transilvania-unplugged","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/transilvania-unplugged\/","title":{"rendered":"Transilvania Unplugged"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Eduardo S\u00e1nchez Rugeles<\/h4>\n<blockquote><p><em>Con esta hoja cierro las puertas y guardo las llaves.<\/em><\/p>\n<p><em>Estoy en alguna parte, all\u00ed abajo o all\u00ed arriba.<\/em><\/p>\n<p><em>Apaga la l\u00e1mpara y preg\u00fantate<\/em>:<\/p>\n<p>\u00ab<em>El secreto vivido: \u00bfadonde fue?\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>LUC\u00cdEN BLAGA<\/p><\/blockquote>\n<p>Nunca imaginaron que Transilvania ser\u00eda su perdici\u00f3n. Antes del fin, Rumania solo era un lugar perdido en un mapa, un nombre tenebrista con el que hab\u00edan tropezado en relatos g\u00f3ticos o pel\u00edculas de serie B. El ardor veraniego de los C\u00e1rpatos ser\u00eda testigo de c\u00f3mo Jos\u00e9 Antonio Galleti, de nacionalidad plural, desaparecer\u00eda en un campo de refugiados de Moldavia. Tambi\u00e9n Emilio Porras, de singular procedencia, improvisando prop\u00f3sitos existenciales, comprar\u00eda su derrota al dictar un curso de cocina internacional a un grupo de comerciantes ingenuos, empe\u00f1ados en dar una buena faz a la que ser\u00eda, entonces, la Capital Europea de la Cultura: Sibiu.<\/p>\n<p>\u00abTu madre siempre fue una mujer cobarde\u00bb, dijo Ni\u00f1o Galleti. Ese recuerdo directo, raramente cari\u00f1oso, construy\u00f3 su primera impresi\u00f3n de Bucarest. Aterrizaron en Rumania luego de una escala breve y eterna en Lisboa. Jos\u00e9 Antonio Galleti present\u00f3 su pasaporte rumano; apenas miraron su rostro. Emilio, por su parte, predispuesto a la verg\u00fcenza, mostr\u00f3 la libreta vinotinto que, entre prefijos in\u00fatiles de rep\u00fablica y comunidad, hizo fruncir el ce\u00f1o al guardia de inmigraci\u00f3n. Una vez que se confirm\u00f3 la existencia de Venezuela en un cat\u00e1logo le fue devuelto su pasaporte. Absortos, asimilados al exilio voluntario, con la incertidumbre como \u00fanica convicci\u00f3n, entraron a Bucarest.<\/p>\n<p><em>Vine a Rumania a conocer a mi t\u00edo, Luden Calinescu. Vengo a escribir sus tribulaciones y peripecias<\/em> \u2014de manera bufa, sin cre\u00e9rselo, Jos\u00e9 Antonio repet\u00eda para s\u00ed\u2014. <em>Vine a Rumania, en parte, a reinventarme, a olvidar derrotas, a encontrar palabras<\/em>. El sudor, como ardiente melaza, corre por la espalda y se seca. El tufo es esencia natural, pesa la ropa, pesan los ojos. La oficina de cambio anuncia retardos. Deber\u00e1n esperar. Emilio busca un ba\u00f1o. Revisa las notas de su cuaderno: apuntes inconclusos, fechas, nombres, efem\u00e9rides in\u00fatiles. Inevitable, como <em>soundtrack<\/em>, aparece Caracas: <em>Tu madre siempre fue una mujer cobarde.<\/em><\/p>\n<p>Las palabras de Ni\u00f1o, su padre y padrastro, provocaban disnea. Disimulaba su ansiedad observando la calle desde la ventana de un taxi sin contador que, alejado de la parada, tomaron a las afueras del Aeropuerto Henry Coanda, <em>Bucarest es ruido<\/em>, se dijo. Hora pico: avenidas tapadas. Gitanos, parodiando miserias occidentales, hac\u00edan malabares en rotondas sin nombre. La gu\u00eda de Bucarest comentaba que algunos monumentos se hallaban en tr\u00e1mite de derrumbe. La ciudad parece reescribirse, se renombra. <em>Vine a Rumania a conocer a mi t\u00edo, Luden Calinescu. Lo dem\u00e1s es accesorio.<\/em><\/p>\n<p>El rumor de la Rumania tr\u00e1gica, urdido por literatos rom\u00e1nticos, se disip\u00f3 aquella tarde. Su primera impresi\u00f3n le ofert\u00f3 una ciudad sin prestigio. Moles de blanco falso, inscritas entre oficinas de acero e iglesias medievales, se alzaban a lo largo del paisaje formando un complejo eclecticismo de la ruina. Hab\u00eda muchos ancianos, observ\u00f3 Jos\u00e9 Antonio. Una vejez legendaria mostraba sus ej\u00e9rcitos por las calles de Bucarest. Aquella ciudad no formaba parte de su memoria. En Caracas se daban, arrejuntados, el olvido y el recuerdo. Ni formas l\u00f3gicas ni prel\u00f3gicas, ni olores ni colores, ni sensaciones vagas o inventadas ten\u00edan que ver con lo visto. <em>Calor y tr\u00e1fico despistan la tarde gris<\/em>, escribi\u00f3 en su cuaderno. Jos\u00e9 Antonio, con gesto melanc\u00f3lico, trataba de convencerse de que hac\u00eda veintitantos a\u00f1os hab\u00eda nacido en alg\u00fan lugar de esa ciudad. Entre redomas id\u00e9nticas y monumentos libertarios, improvisando atajos, el taxi tom\u00f3 la avenida Regina Elizabeta. Al fondo, en horizonte urbano, se alzaba la silueta del Popolurui, la casa del pueblo. <em>Quiero tocar la piel de ese edificio<\/em>, aunque burda y efectista, consciente de la perogrullada est\u00e9tica, anot\u00f3 la frase. Emilio mira por la ventana, Emilio no dice nada.<\/p>\n<p><em>Vine a Rumania a dictar un curso de cocina<\/em>, rumiaba Emilio Porras. Deb\u00eda llegar a la Gara du Nord para tomar un tren a Sibiu. All\u00ed se encontrar\u00eda con \u2014revisaba sus apuntes\u2014 Alex Nicea, el enlace de la Unesco. Pensar que dictar\u00eda un curso de cocina fr\u00eda en una ciudad remota, desconocida para \u00e9l hac\u00eda apenas tres semanas, no dejaba de resultarle jocoso. La risa sola aparec\u00eda llamando la atenci\u00f3n del taxista. Con volumen moderado, bajo invisibles pol\u00edticas de racionamiento, la voz de Shakira se colaba en las emisoras locales. El taxista tarare\u00f3 las letras con un ingl\u00e9s de escuela primaria. <em>Esta ciudad se arma en el gris<\/em> \u2014pens\u00f3 Emilio\u2014. <em>El color pareciera ser un elemento inc\u00f3modo y ausente<\/em>. El tr\u00e1nsito es dif\u00edcil. Emilio, somnoliento, ajustaba el <em>jet lag<\/em> tras el paisaje: veh\u00edculos sin marca, maquinaria de construcci\u00f3n, peatones de ida y vuelta. Picapedreros, hilarantes bocinas, hilos oxidados de tranv\u00edas y n\u00e1usea de asfalto daban sentido al esc\u00e1ndalo. <em>\u00bfQu\u00e9 hago yo en Rumania?<\/em>, se dijo. D\u00edas antes, curioso mas no interesado, busc\u00f3 referencias en <em>Wikipedia<\/em>: poblaci\u00f3n, densidad, superficie, religi\u00f3n. Encontr\u00f3 <em>blogs<\/em> de espa\u00f1oles entusiastas que en plan agroturista hab\u00edan visitado la Valaquia y contaban absortos su fascinaci\u00f3n por una tierra m\u00edtica que, por vaivenes de la memoria, a Emilio le suger\u00eda los escenarios desolados de algunos cuentos de Rulfo.<\/p>\n<p>Maquinaria extranjera trancaba las calles. Polvo, en diminutivo, entre derrumbe y construcci\u00f3n, se expand\u00eda por el aire como polen natural y nutritivo. <em>Se parece a Caracas<\/em>, murmura Emilio. La comparaci\u00f3n, espont\u00e1nea, lo derrota. Alguna vez, seg\u00fan los catedr\u00e1ticos de Lonely Planet, esta ciudad fue llamada Par\u00eds del Este. Emilio invent\u00f3 nuevos referentes: la Maracaibo de los C\u00e1rpatos, la Caracas del mar Negro, la Maracay dacia, la San Felipe del Danubio. \u00ab\u00bfQu\u00e9 piensas?\u00bb, pregunt\u00f3 Jos\u00e9. \u00abNada, tengo sue\u00f1o\u00bb.<\/p>\n<p>Sus objetivos en Rumania respond\u00edan al esquema del artificio y el simulacro. Jos\u00e9 Antonio \u2014pensaba Emilio\u2014 construy\u00f3 una historia fabulada, kafkiana, for dummies, alrededor de un nombre: Lucien Calinescu. Su t\u00edo, un personaje magro del que se enter\u00f3 en una novelesca conversaci\u00f3n con Ni\u00f1o Galleti, padre y padrastro, era una especie de h\u00e9roe de Ionesco dando tumbos en una telenovela venezolana de los a\u00f1os ochenta, <em>Cristal o Topacio<\/em>. Luden Calinescu viv\u00eda en Bucarest: n\u00famero 96, calea Victoriei. Jos\u00e9 Antonio, impertinente, repiti\u00f3 la direcci\u00f3n durante diez horas de vuelo. Lucien Calinescu era hermano de Irina Calinescu de Galleti, madre de Jos\u00e9. Comprender el linaje y los lazos at\u00edpicos de su amigo era para Emilio un ejercicio complicado. Su mismo nombre, asimilarlo y entender sus aristas, resultaba un dif\u00edcil <em>sudoku<\/em>. Galleti, por ejemplo, era el apellido de Ni\u00f1o, su padrastro. El nombre real de Jos\u00e9 Antonio \u2014el originario\u2014, an\u00e9cdota burlesca y consecuente de Emilio durante sus a\u00f1os de colegio, era: Iosep Antonescu Lacatusu Calinescu.<\/p>\n<p>\u00abTu madre siempre fue una mujer cobarde. Tu madre, Jos\u00e9, quiso alejar de s\u00ed todo lo que tuviese que ver con su pasado y su pasado era Rumania\u00bb. El cambio de horario, inmerso en el atasco, lo hac\u00eda cabecear. Ni\u00f1o Galleti, sosteniendo un habano, aparec\u00eda frente a \u00e9l relatando episodios de familia: Irina nunca respondi\u00f3 las cartas que, desde Targu Mures y Bucarest, hab\u00eda enviado su hermano por m\u00e1s de quince a\u00f1os. \u00abLucien Calinescu \u2014explic\u00f3 Ni\u00f1o, y luego confirmaron los archivos de la canciller\u00eda\u2014 hab\u00eda ocupado la sede diplom\u00e1tica de Rumania en Caracas a finales de los a\u00f1os ochenta.<\/p>\n<p>\u00bbM\u00e1s tarde asesinaron a Ceausescu; el ensayo de familia termin\u00f3. Lucien Calinescu regres\u00f3 a Rumania; creo que se levantaron algunos cargos en su contra\u00bb, dijo el italiano. Gheorge Lacatusu, padre de Jos\u00e9 Antonio, se suicid\u00f3 en la sede consular de Caracas e Irina Calinescu, con oportunismo y algo de afecto, acept\u00f3 las ofertas amatorias de Ni\u00f1o Galleti. Adopt\u00f3 su apellido, simul\u00f3 costumbres mediterr\u00e1neas y aisl\u00f3 de su entorno todo referente dacio. \u00abTu madre nunca quiso volver a Rumania, nunca m\u00e1s habl\u00f3 rumano, no ten\u00eda amigos rumanos. Tu madre, incluso, sacrific\u00f3 su relaci\u00f3n con Lucien. Tu madre ni siquiera ahora, despu\u00e9s de quince a\u00f1os, se atreve a hablar de Rumania\u00bb.<\/p>\n<p>Tras dos horas de calle llegaron a la Gara du Nord, edificio viejo, imponente por su supervivencia y est\u00e9tica del desastre. La ambivalencia de la moneda rumana les dej\u00f3 la clara impresi\u00f3n de que el taxista los hab\u00eda timado. Era el momento de despedirse de Emilio.<\/p>\n<p><em>Nadie creer\u00eda nunca c\u00f3mo, por retrasos injustificados, me baj\u00e9 de un tren en la estaci\u00f3n de Sibiu en plena medianoche<\/em>, se dijo. Emilio nunca hab\u00eda viajado en tren. El entusiasmo, sin embargo, corro\u00eddo por la incierta impresi\u00f3n de Bucarest, dej\u00f3 paso al descanso. Se durmi\u00f3 repasando cat\u00e1logos y planillas de la Unesco. Despert\u00f3 de noche en medio de la andanza. Colinas valacas emerg\u00edan, en ba\u00f1o de luna, como sombras normales.<\/p>\n<p><em>Alex Nicea, por suerte, me esperaba con mi nombre en un letrero<\/em>, se dijo. Emilio y Jos\u00e9 Antonio se despidieron sin alarde. Citaron adioses habituales. Quedaron en encontrarse en el messenger. Emilio, para s\u00ed, estimaba ridicula e informe la historia sobre Lucien Calinescu. Imaginaba a Jos\u00e9 Antonio durmiendo en la calle, sin cr\u00f3nica, sin premio literario, sin respuestas sobre su pasado promiscuo. El viaje en tren, pausado y de paisaje negro, le permiti\u00f3 disfrutar de la soledad en su versi\u00f3n aut\u00e9ntica, <em>unplugged<\/em>. So\u00f1\u00f3, entre despertares frecuentes y turbulencias, que Mar\u00eda<\/p>\n<p>Gabriela tom\u00f3 ese tren y ese vag\u00f3n en la estaci\u00f3n de Valcea. El sue\u00f1o, estructura Disney, censur\u00f3 los agravios. Sentada a su lado, llevaba un vestido de Cenicienta o Bella Durmiente o Sirenita o, quiz\u00e1s, de Wendy. Un cintillo blanco, cursi y a presi\u00f3n, daba a su rostro un aire infantil y contradictorio. M\u00e1s all\u00e1 de la oportunidad rebuscada e inveros\u00edmil de aprovechar el intercambio comercial Sibiu-Valencia (Venezuela), su viaje era un escape: Caracas, Mar\u00eda Gabriela, enfermedad \u2014el olor de la enfermedad\u2014. Caracas redundaba, alteraba su plan de fuga. En una ciudad llamada Sibiu, capital cultural por dem\u00e1s, coagulada en la aorta transilvana, aspiraba a hacerse invisible.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Gabriela le gan\u00f3 el pulso. La relaci\u00f3n, envuelta en romanticismo inevitable, irracional, promiscuo y violento cerr\u00f3 un paralelep\u00edpedo vicioso de educaci\u00f3n sentimental. Mar\u00eda Gabriela, a pesar de la distancia, tambi\u00e9n aparece en Sibiu.<\/p>\n<p>Alex Nicea, tras presentarse, pronuncia frases amables. Incomoda la distancia, incomoda el p\u00e9same, incomoda Marygaby. Incomoda, tambi\u00e9n, el entusiasmo dej\u00f3se. Jos\u00e9 Antonio, como espejo derrotista, era la mejor alternativa que tenia para no pensar en s\u00ed mismo. Contemplar su fracaso, su desprop\u00f3sito, su soberbia, le hac\u00eda tomar fuerzas y fingir que su lugar en el mundo tenia, m\u00e1s o menos, sentido.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 le coment\u00f3 en el avi\u00f3n que quer\u00eda redactar una cr\u00f3nica personal sobre la historia de Rumania y participar en un concurso de libros de viajes convocado en Espa\u00f1a por Ediciones B. Dec\u00eda, adem\u00e1s, orgulloso, que el ser rumano de nacimiento pod\u00eda condicionarlo est\u00e9ticamente a comprender las realidades del Este. <em>Vaya charlat\u00e1n<\/em>, pensaba Emilio mientras escuchaba, una tras otra, sus aspiraciones creativas en clave de perorata.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Antonio inventaba enigmas sobre su pasado, hac\u00eda \u00e9pica de s\u00ed mismo. Tuvo noticia, en un episodio melodram\u00e1tico, de la correspondencia no correspondida de Lucien Calinescu. Simulaba leer las cartas escritas por su t\u00edo en lengua rumana. Su diccionario Vox lo acompa\u00f1aba. Jos\u00e9 hac\u00eda listas de verbos y frases de cortes\u00eda, practicaba y simulaba fonemas fricativos. Emilio, sin embargo, ten\u00eda la clara convicci\u00f3n de que su amigo no entend\u00eda el rumano. Su entusiasmo, a veces infantil, le resultaba molesto. \u00abSer\u00e1, Emilio \u2014hab\u00eda dicho en el avi\u00f3n\u2014, un viaje de aventura creativa\u00bb. <em>\u00a1Aventura creativa, por Dios!<\/em>, recordaba Emilio rodeado de gitanos y borrachos en las afueras del terminal de tren. Era f\u00e1cil para \u00e9l jugar a ser el Indiana Jones de la palabra ya que Ni\u00f1o Galleti lo costeaba todo. Ni\u00f1o Galleti, con cuentas en el extranjero, supo sortear las limitaciones del control de cambio vigente en Venezuela. Ni\u00f1o Galleti conoc\u00eda a mucha gente. Emilio, por su parte, no conoc\u00eda a nadie. Iba a Rumania a trabajar. La Unesco, con el aval de la Uni\u00f3n Europea, inici\u00f3 una convocatoria de instructores en hoteler\u00eda, cocina y gerencia cultural para transformar a Sibiu en la Capital Europea de la Cultura 2007. Emilio Porras, tras peculiares y atrabiliarias estrategias, qued\u00f3 seleccionado.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Antonio, varado en el tr\u00e1fico, visualiz\u00f3 la muerte de Nicolae Ceausescu. El <em>conducatore<\/em> habl\u00f3 desde el balc\u00f3n del Comit\u00e9 Central (PCR). El edificio, carcomido y fantasmal, se erig\u00eda ante sus ojos mientras, sospechaba, el taxi jugaba con el tr\u00e1nsito pico para llevarlo con retardo a la calea Victoriei. Jos\u00e9 Antonio escuch\u00f3 el canto inclemente de la masa. Luego, el sonido brutal del helic\u00f3ptero resinti\u00f3 su af\u00e1n imaginario: Ceausescu y Elena, su esposa, huyen contrariados por una secuencia de eventos imprevistos. Revisa las cartas desordenadas que reposan sobre su rodilla. Su f\u00e1bula recrea otros escenarios del desastre. Modela, con memoria torpe y libresca, las calles de Bucarest en 1989. Ceausescu, impecable, incr\u00e9dulo e impotente da la espalda a la multitud y asume la alternativa de la fuga. Un hombre con elefantiasis lo acompa\u00f1a, dice algunas palabras a su o\u00eddo, inventa Jos\u00e9. El edificio, como el pasado, queda atr\u00e1s. El calor, nuevamente, cuece la espalda.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" class=\"alignnone  wp-image-8110\" src=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/transilvania-271x300.jpg\" alt=\"\" width=\"566\" height=\"627\" srcset=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/transilvania-271x300.jpg 271w, https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/transilvania.jpg 363w\" sizes=\"(max-width: 566px) 100vw, 566px\" \/><\/p>\n<p>Bucarest, aunque llena de andantes, parec\u00eda desolada, saturada de ausencia. Un esmog personal\u00edsimo arropaba la ciudad. La atm\u00f3sfera turbia, de gas artificial, daba a los rostros de los caminantes tonos opacos. No hab\u00eda ni\u00f1os en Bucarest; solo viejos, muy viejos. La impresi\u00f3n que tuvo al salir del aeropuerto sobre la longevidad de los rumanos termin\u00f3 de cuajar en ese largo periplo que, en horas pico, lo hizo desplazarse a la Gara du Nord y finalmente al n\u00famero 96 de la calea Victoriei.<\/p>\n<p>El edificio, pintado de holl\u00edn, parec\u00eda anterior a los tiempos de las grandes guerras. Las paredes externas se abr\u00edan en conchas. Un anuncio de Samsung se montaba, impertinente, sobre una mezanina que a pesar de los biombos publicitarios funcionaba como palomar. Jos\u00e9 Antonio encendi\u00f3 un cigarrillo; observ\u00f3 la entrada. Un pasillo oscuro, al que nunca se habr\u00eda acercado en Caracas, aparec\u00eda ante \u00e9l y se perd\u00eda en la negrura. En el tercer piso de aquella mazmorra esperaba encontrarse con su t\u00edo, el antiguo canciller de Rumania en Venezuela, Lucien Calinescu. Antes de entrar, decidi\u00f3 dar una vuelta.<\/p>\n<p>Alex Nicea conduce por Sibiu. La ciudad, a pesar de la noche, embelesa. Emilio imaginaba algo m\u00e1s s\u00f3rdido, inh\u00f3spito, un desierto salvaje poblado de vampiros u osamentas de turcos. Se sinti\u00f3 a gusto en su primera vista. Brisas amables, frioleras pero tibias, contrastaban con la ardiente flema bucarense. <em>Alex es joven, tendr\u00e1 unos veinticuatro a\u00f1os. Tiene la piel tinta y una altura imprecisa. La nariz un leve promontorio, llama la atenci\u00f3n por sus min\u00fasculas fosas. Cara de ni\u00f1o, voz gruesa. Habla un espa\u00f1ol castigo, bien pronunciado, cargado de zetas, \u00abvales\u00bb y la\u00edsmos. Limita sus palabras introductorias a informaci\u00f3n general, a reelaborar datos de tr\u00edpticos<\/em>, observa Emilio. Atraviesan el centro. Una larga avenida se abre entre maquinaria de calle y se monta sobre un r\u00edo casi seco. El centro, protegido por muros antiguos, apenas se ve. La calea Dumbravii muestra edificios viejos, en apariencia abandonados \u2014solo en apariencia\u2014.<\/p>\n<p>Un hombre con elefantiasis, parado en un arco de puerta, le trae un recuerdo gracioso: la f\u00e1bula de Jos\u00e9 Antonio. Hab\u00eda olvidado su nombre, fue la obsesi\u00f3n del vuelo, la historia de la espera en Lisboa. En las cartas de Lucien Calinescu, mal traducidas por Jos\u00e9, se hac\u00eda referencia a un hombre enfermo. Era supuestamente quien hab\u00eda delatado y traicionado al presidente del pa\u00eds, Nicolae Ceausescu. Jos\u00e9 Antonio lo contaba con vigor infantil. Seg\u00fan, el viejo Lucien hab\u00eda reunido evidencia suficiente para demostrar c\u00f3mo este personaje hab\u00eda urdido una trama con el fin de derrocar al <em>conducatore<\/em>. Las cartas de Lucien Calinescu, por las cosas que dec\u00eda Jos\u00e9, parec\u00edan una especie de rompecabezas o novela policial de segunda; todas \u2014al menos las que Jos\u00e9 Antonio coment\u00f3 durante el vuelo\u2014 hac\u00edan referencia a este sujeto amorfo.<\/p>\n<p>Alex Nicea estacion\u00f3 cerca de la casa donde reposaba el gigante. Emilio Porras, por morbo incontrolado, mir\u00f3 su vientre deforme, luego par\u00f3 en su mirada: un hombre triste. Otra mujer, desdentada, improvisando sonrisas imposibles, le hizo una mueca desde la ventana. Lo hicieron entrar a un ex\u00f3tico pasillo con paredes de terciopelo y alfombras amarillas; all\u00ed le presentaron a Gretty, la due\u00f1a de la pensi\u00f3n. Alex, con cortes\u00eda suficiente, se despidi\u00f3 y qued\u00f3 en recogerlo temprano para mostrarle la ciudad. Dej\u00f3 su n\u00famero telef\u00f3nico y otras planillas sobre seguros m\u00e9dicos.<\/p>\n<p>Gretty intimidaba por su fealdad. Era en exceso delgada, sin metabolismo. Carec\u00eda de contextura. Sus dientes cariados, incisivos, sal\u00edan de la boca cerrada inspirando a la vista de Emilio un remoto abolengo con el Dr\u00e1cula de Coppola. El cansancio, sin embargo, se impuso sobre sus impresiones tenebristas. Antes de dormirse record\u00f3 el nombre del enfermo, del hombre con elefantiasis, graciosa obsesi\u00f3n de Jos\u00e9: <em>Luzny\u2026 Luzny Hervasy<\/em>. Se durmi\u00f3 pensando que aquel personaje, fijaci\u00f3n literaria de su amigo, ten\u00eda el rostro batido, marcado por los a\u00f1os, del viejo deforme que hab\u00eda visto fumando a las afueras de la casa de la calea Dumbravii. Aquella noche so\u00f1\u00f3, sin disgusto, que Mar\u00eda Gabriela le hac\u00eda el amor a un extra\u00f1o y, con su cursiler\u00eda peculiar, le ped\u00eda por favor que se quedara con ella para siempre.<\/p>\n<p>\u00abSe firmaron acuerdos culturales y econ\u00f3micos. El gobierno de Caldera permiti\u00f3, de manera espuria, sentar lazos amables con los pa\u00edses del bloque sovi\u00e9tico \u2014dijo Ni\u00f1o Galleti\u2014. Luden Calinescu era un personaje itinerante. Viajaba mucho. En su ausencia sol\u00eda colocar algunos mu\u00f1ecos para que realizaran el oficio diplom\u00e1tico. El \u00faltimo pe\u00f3n de sus andanzas fue tu padre, Gheorge Lacatusu\u00bb. Las palabras de Ni\u00f1o insist\u00edan en reventarlo. La calea Victoriei parec\u00eda, en desolaci\u00f3n ca\u00f3tica, ser atravesada por fantasmas. Los caminantes evitaban mirar al frente. Las caras, fijas en el suelo, avanzaban en letan\u00eda. El edificio de espectros que serv\u00eda de residencia al enigm\u00e1tico c\u00f3nsul cambi\u00f3 sus colores con el avance de la tarde; se hizo pardo, de tono atemporal. Con temple ficticio atraves\u00f3 la galer\u00eda. Una bulla mec\u00e1nica, batido de metales y poleas, se apropi\u00f3 del espacio. De un ascensor salieron dos ancianas incre\u00edbles: dobladas en paroxismo, simulaban en su m\u00ednima andanza tener, por lo menos, cuatrocientos a\u00f1os. Narraban historias en un rumano incomprensible, seg\u00fan Jos\u00e9, dialecto moldavo. La escalera de caracol enrollaba el filtro diminuto del elevador. Ansiedad e incomodidad alternaban roles. Sab\u00eda, por correspondencia, que Lucien Calinescu esperaba su visita. Tom\u00f3 la escalera, sin embargo, con un presentimiento estridente. Era el momento de enfrentar, m\u00e1s all\u00e1 de expectativas laudatorias, los contenidos de su causa. <em>\u00bfQu\u00e9 s\u00e9 de este hombre?<\/em> \u2014se pregunt\u00f3, t\u00edmidamente, mientras completaba el caracol\u2014. <em>Nada<\/em> \u2014suger\u00eda la intuici\u00f3n\u2014.<\/p>\n<p>\u00abLucien Calinescu era, es \u2014corrigi\u00f3\u2014, el hermano mayor de tu madre \u2014dijo Ni\u00f1o Galleti\u2014. En 1977, cuando se le entreg\u00f3 la canciller\u00eda de Caracas, Irina lo acompa\u00f1\u00f3 en calidad de agregada cultural. Lo conoc\u00ed poco. P\u00fablicamente ostentaba una caballerosidad in\u00e9dita en el entorno rumano\u00bb. Ni\u00f1o aspiraba el habano, p\u00e1lpitos de sien y amarres del entrecejo mostraban el desgaste del recuerdo. Escalones interminables giraban bajo sus pies. \u00abEn privado, no lo s\u00e9, no lo conoc\u00ed. Tu madre, como sabes, evita hablar de todo esto\u00bb.<\/p>\n<p><em>En ese tiempo, Jos\u00e9 Antonio tuvo un arrebato rom\u00e1ntico. Nuestra historia com\u00fan, escolar y comercial, memoriaba \u00fanicamente fracasos<\/em>, pens\u00f3 Emilio. Sin rumbo, iba y ven\u00eda improvisando proyectos cualesquiera. Nunca lo dijo; sin embargo, su fracaso en la escuela de Periodismo da\u00f1\u00f3 su confianza. Luego, exacerbando la derrota, vino el episodio de Miami. <em>Es mejor no pensar en Miami<\/em> \u2014se dijo Emilio\u2014. <em>El encierro burocr\u00e1tico que imposibilit\u00f3 la apertura del restaurante en Caracas, finalmente, nos inscribi\u00f3, sin derecho a r\u00e9plica, en los anales del desenga\u00f1o. Jos\u00e9 estaba muy borracho cuando me dijo que necesitaba reencontrarse.<\/em><\/p>\n<p><em>Jos\u00e9 Antonio era un borracho intenso. El alcohol estimulaba mon\u00f3logos filos\u00f3ficos, reflexiones vacuas, sin argumento; lecturas mal hechas, citas tomadas de almanaques o agendas. Aquella noche, con un tono diferente al habitual, habl\u00f3 de Rumania, de Irina Galleti, de apellidos raros. Mar\u00eda Gabriela, bajo la mesa, siguiendo la cadencia de un mal tema de Moby, distrajo mi atenci\u00f3n de su lamento. Mi amigo, entonces, estaba roto. Dec\u00eda contar \u00fanicamente con sus aspiraciones literarias. Jos\u00e9, es verdad, escrib\u00eda cuentos. Cuentos en su mayor\u00eda predecibles, cuentos pol\u00edticamente correctos, cuentos con h\u00e9roes y an\u00e9cdotas moralizantes<\/em>. \u2014Emilio procuraba, con mucho tacto, presentar algunas cr\u00edticas y recomendar la supresi\u00f3n de adjetivos escolares\u2014.<\/p>\n<p><em>Fueron d\u00edas dif\u00edciles, d\u00edas de fiesta, de dudas y rupturas. Pude, entonces, haber asesinado a Mar\u00eda Gabriela. Si hubiese presionado su cuello con mayor intensidad, probablemente, hoy ser\u00eda un asesino inscrito en el lote estad\u00edstico de la violencia de g\u00e9nero. Por fortuna, a pesar de la furia, ella respir\u00f3. Adem\u00e1s de una marca purp\u00farea-verdosa y pasajera, solo le produje ronquera.<\/em><\/p>\n<p><em>Fueron horas extra\u00f1as, sin arraigo, sin rumbo aparente. D\u00edas m\u00e1s tarde Jos\u00e9 Antonio decidi\u00f3 encarar a Ni\u00f1o Galle ti. Ten\u00edan una buena relaci\u00f3n. Era su padre, el \u00fanico que conoci\u00f3. Se trataban con respeto, incluso cari\u00f1o. Con sus otros hijos, los de matrimonios aparte, Ni\u00f1o resultaba intransigente. Con Jos\u00e9, en cambio, era permisivo y afectuoso. Fue en un restaurante de la cadena Galleti donde hablaron del pasado. Jos\u00e9 Antonio pregunt\u00f3 lo que, por desinter\u00e9s y respeto, nunca hab\u00eda preguntado a su madre. Ni\u00f1o fue jovial, dio respuesta a todas sus inquietudes. Aspir\u00f3 el habano. Ee cost\u00f3 arrancar, le cost\u00f3 confrontar al tiempo. Parec\u00eda clasificar palabras, suprimir adjetivos, esquivar gram\u00e1ticas. \u00abTu madre siempre fue una mujer cobarde\u00bb, fue lo primero que le dijo.<\/em><\/p>\n<p><em>El padrastro de Jos\u00e9 era un hombre rechoncho, casi calvo. Lo conoc\u00ed cuando era ni\u00f1o, cuando iba por nosotros al colegio<\/em>. \u2014En ese entonces, entre naturales muestras de cari\u00f1o, Emilio asumi\u00f3 que era su padre. Jos\u00e9, incluso, lo llamaba \u00abpap\u00e1\u00bb\u2014. <em>Nunca me gust\u00f3 visitar la casa de Jos\u00e9 Antonio<\/em>. Su reticencia, m\u00e1s all\u00e1 de Ni\u00f1o, quien siempre lo trat\u00f3 de manera amable, ten\u00eda que ver con la madre. Irina Calinescu intimidaba con su estrabismo voluntario. Sus silencios creaban atm\u00f3sferas impenetrables.<\/p>\n<p>Emilio Porras despert\u00f3. So\u00f1\u00f3 \u2014sue\u00f1o fugaz, tragado por la desmemoria\u2014 con Miami. Miami disuelta en el padre de Jos\u00e9 Antonio, el padre de Jos\u00e9 Antonio estrangulando a Marygaby, Mar\u00eda Gabriela caminando por los pasillos de la Universidad Cat\u00f3lica, la Universidad Cat\u00f3lica cay\u00e9ndose a pedazos y levantando polvo. La imagen del polvo, formando una silueta arenisca de coito entre Jos\u00e9 Antonio y Mar\u00eda Gabriela, lo despert\u00f3 con sobresaltos. Sali\u00f3 de la habitaci\u00f3n con dolor de cabeza, sin cepillarse. Gretty le convid\u00f3, entre palabras incomprendidas, un desayuno lamentable.<\/p>\n<p>Aleksandra Ilic, anciana bicentenaria, era el nombre de la enfermera que cuidaba de Lucien Calinescu. El apartamento era peque\u00f1o y de paredes color or\u00edn. Se present\u00f3 como Iosep Antonescu Lacatusu Calinescu. Por reflejo, obvi\u00f3 la castellanizaci\u00f3n de su nombre y el hasta entonces orgulloso Galleti. La se\u00f1ora, sin ning\u00fan atributo descriptible, cerr\u00f3 la puerta. Instantes despu\u00e9s, con gestos y palabras sin orden, le indic\u00f3 que pasara a la habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lucien Calinescu lo recibi\u00f3 con una sonrisa. Hablaba en rumano. El rumano de Jos\u00e9 Antonio, tal como intu\u00eda Emilio, a pesar de sus or\u00edgenes dacios, a pesar del diccionario Vox, era muy malo. Distingu\u00eda, sin embargo, en la pl\u00e1tica del viejo, el nombre de la madre: Irina. Jos\u00e9 Antonio, fingiendo entusiasmo y simpat\u00eda, mostr\u00f3 algunas fotos de cartera. Irina Lacatusu aparec\u00eda como una mujer sin gracia. El anciano observ\u00f3 el retrato. Trat\u00f3 de palpar la imagen con sus dedos rancios. Las u\u00f1as largas parec\u00edan, al rasgar el papel, querer entrar por la fuerza en el espacio- tiempo. El cuerpo de su t\u00edo vibraba entre emoci\u00f3n y Parkinson. Una giba irregular delineaba su espalda. Caminaba con bast\u00f3n y usaba lentes de pasta gruesa. Cristales grasientos imped\u00edan apreciar su mirada. Llevaba un atuendo pedig\u00fce\u00f1o, abierto en el pecho; pelos grises, en docena, brotaban informes desde el p\u00e1lido torso. Apret\u00f3 con fuerza las manos del muchacho. Lo mir\u00f3 con atenci\u00f3n y toc\u00f3 su cara. Su mano cadav\u00e9rica, de hielo seco, permaneci\u00f3 unos instantes en el rostro tanteando labios, orejas y cuencas oculares. \u00abEres un Calinescu\u00bb, dijo en rumano.<\/p>\n<p>Grit\u00f3, en jerga brusca, cuatro palabras a Aleksandra y sali\u00f3 de la rec\u00e1mara. Jos\u00e9, aprovechando la distracci\u00f3n, pudo hacer un paneo: libros y polvo, mobiliario antiguo, madera manchada y ceniceros de cobre comidos por el \u00f3xido. Sobre una mesa peque\u00f1a reposaban hojas de papel amarillo tiempo. Humedad y vejez provocaban hedor medicinal. El antiguo canciller regres\u00f3 a la habitaci\u00f3n ofreciendo un plato con especias. Reincidi\u00f3 en sus preguntas rumanas. Jos\u00e9 respondi\u00f3 en espa\u00f1ol. Lucien Calinescu, con sonrisa comprensiva, en indeciso castellano, ofreci\u00f3 sus disculpas por la improvisada etiqueta. Aleksandra, transparente, sin atributos, destap\u00f3 una botella, seg\u00fan, de vino de Mountenia. T\u00edo y sobrino comentaron formalidades inc\u00f3modas. Silencios impertinentes, sin embargo, de reconocimiento mutuo aparec\u00edan entre ambos provocando verg\u00fcenza y torpeza. Jos\u00e9, sin saber qu\u00e9 hacer, con la mano del anciano apretando sus brazos escu\u00e1lidos, mir\u00f3 las estanter\u00edas y entretuvo su vista con t\u00edtulos raros.<\/p>\n<p>\u00abLo encontr\u00e9 \u2014dijo el anciano en un momento de lucidez\u2014. He logrado dar con una direcci\u00f3n en Bucarest. Mi cuerpo no responde, muchacho. Cuando supe de ti tuve esperanzas\u00bb. Lucien Calinescu abraz\u00f3 a su sobrino. Para Jos\u00e9, ese hombre d\u00e9bil y febril segu\u00eda siendo un extra\u00f1o. Volvi\u00f3 a hablar en rumano. Entre jerga neur\u00f3tica y frases incomprendidas logr\u00f3 calarse en espa\u00f1ol una sola sentencia: \u00abCreo que encontr\u00e9 a Luzny\u00bb.<\/p>\n<p>Emilio Porras atraves\u00f3 la Piata Maiore. Se dej\u00f3 arrastrar por la belleza del centro. Camin\u00f3 el bulevar y mal comi\u00f3 algunos dulces, supuestamente t\u00edpicos. Visit\u00f3, con sensaciones inc\u00f3modas y atrayentes, la catedral ortodoxa metropolitana. Su cristianismo de manual se impresion\u00f3 sobremanera ante los equ\u00edvocos h\u00e1bitos de fe. Monjes ortodoxos, vestidos con gracia, desped\u00edan olor a verduras e incensarios mientras recitaban cantos impronunciables. Legendarias abuelas, de huesos devenidos en pl\u00e1stico, atravesaban la oscuridad visible y estampaban su beso en un icono. Para Emilio, el objeto se mostraba como una baratija salivada cuyo significado inaprensible estaba vetado.<\/p>\n<p>Fuera, en las calles, se notaba la data reciente del empedrado. Peque\u00f1os restaurantes se alineaban en el bulevar. Gente joven, un rasgo at\u00edpico en la Rumania vista, andaba libremente, sin complejos de culpa ni reticencia. Se respiraba un aire salubre, tranquilo. Sibiu fascinaba con un encanto novel y, al mismo tiempo, legendario. Emilio sinti\u00f3 complacencia al recorrer las calles del centro, al tropezar sonrisas y escuchar un idioma simp\u00e1tico, cort\u00e9s, distinto al brutal e instrumental denuesto con que lo increparon en las pocas horas de Bucarest. Entr\u00f3 a un bar futbolero y pidi\u00f3 cerveza. Una gitana picara y preciosa, de rostro infantil, lo abord\u00f3 en un espa\u00f1ol fatal pero entusiasta. Seg\u00fan, las telenovelas venezolanas transmitidas por OTV, con subt\u00edtulos dacios, eran la escuela de idiomas m\u00e1s prestigiosa del mar Negro. Vanidad y hedonismo, entre monumentos antiguos, la mayor\u00eda restaur\u00e1ndose, formaron escenarios de comparsa que agradaron a Emilio. Su sonrisa volvi\u00f3 a ser espont\u00e1nea.<\/p>\n<p>Alex Nicea lo puso en contacto con los directores de la escuela gastron\u00f3mica ubicada frente a la Piata Maiore. Su primer d\u00eda fue f\u00e1cil. La log\u00edstica, expuesta en reuniones burocr\u00e1ticas, ocup\u00f3 sus horas. A pesar de que Jos\u00e9 Antonio se hab\u00eda encargado en los \u00faltimos meses de brindar informaci\u00f3n sobre la historia contempor\u00e1nea de Rumania, Emilio se mostr\u00f3 esc\u00e9ptico. Jos\u00e9 Antonio, pensaba Emilio, no sab\u00eda nada de historia. Intu\u00eda que su amigo era un lector de contraportadas y titulares de prensa. Ten\u00eda el defecto de construir discursos personales fundados en los juicios de comentaristas de televisi\u00f3n o manuales sensacionalistas. Le gustaba entender el mundo desde la ingenuidad institucionalizada y la imaginaci\u00f3n domesticada. Las historias de Jos\u00e9, por lo general, llevaban componentes rom\u00e1nticos. Ve\u00eda h\u00e9roes en cobardes y aventuras \u00e9picas en an\u00e9cdotas simples. Jos\u00e9 habl\u00f3 de la Rumania transilvana, habl\u00f3 de Dr\u00e1cula, de un escritor incendiario y arrech\u00edsimo llamado Emil Cioran. Cit\u00f3 imprecisiones sobre un dictador al que habr\u00edan derrocado en el a\u00f1o 1989. Emilio dud\u00f3. Cuando confirm\u00f3 que habr\u00eda de mudarse a Sibiu inici\u00f3 una b\u00fasqueda personal indiferente a los titulares de aquella cr\u00f3nica policial. Emilio, simplemente, sent\u00eda curiosidad. Escribi\u00f3 Rumania en Google y en la enciclopedia <em>Encarta<\/em>. Ley\u00f3 sin inter\u00e9s. Ley\u00f3 con sue\u00f1o. Mar\u00eda Gabriela, por dem\u00e1s \u2014el calor de su cuello quem\u00e1ndole la mano\u2014, no le permit\u00eda prestar atenci\u00f3n a una serie de episodios circenses protagonizados por personajes de los que nunca tuvo noticia. Solo un nombre, medianamente, le interes\u00f3: Nicolae Ceausescu; Jos\u00e9 habl\u00f3 de \u00e9l. Emilio encontr\u00f3 <em>blogs<\/em> y p\u00e1ginas webs centradas en el dictador. Efectivamente, lo mataron. Un video corto y sugerente, hallado en Youtube, mostraba c\u00f3mo al mentado <em>conducatore<\/em> lo sacaban de un tanque y lo llevaban frente a un pelot\u00f3n de fusilamiento. Tr\u00e1mites, permisos, formularios y gestiones bancarias ocuparon los \u00faltimos d\u00edas en Caracas. La curiosidad de Emilio por Rumania se redujo al fusilamento del <em>conducatore<\/em>. Compr\u00f3, adem\u00e1s, un par de gu\u00edas publicadas por Lonely Planet y Anaya en las que se destacaban los encantos tur\u00edsticos. Ser\u00e1n \u2014se dijo entonces\u2014 <em>las lecturas del avi\u00f3n<\/em>.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Gabriela lo tom\u00f3 por la fuerza. Semanas de ausencia y el recuerdo fresco de una discusi\u00f3n \u00e1lgida le hac\u00edan pensar que sin derecho a r\u00e9plica la relaci\u00f3n hab\u00eda terminado. Sexo violencia, sexo amor, sexo guarro, sexo impudor, sexo bruto: ser\u00eda, sin duda, el recuerdo m\u00e1s claro y recurrente de su \u00faltima tarde con ella. Su aparici\u00f3n inesperada inici\u00f3 la cat\u00e1strofe. Hacer memoria de su cuerpo provocaba s\u00edndromes y trastornos. Emilio, amante tradicional y moderado, recordaba aquella tarde con sensaciones hardcore. F\u00edsicamente, m\u00e1s all\u00e1 del gozo, se hicieron da\u00f1o. Durmieron juntos, uno sobre el otro, sin reprocharse nada. Verbalmente no llegaron a tocarse.<\/p>\n<p>\u00abVen a desayunar a mi casa\u00bb, coment\u00f3 vestida y sin pasi\u00f3n la ma\u00f1ana siguiente. Volvieron los reproches. El insulto, entre tostadas y olor a revoltillo, se hizo sujeto y objeto. Sin embargo, la visita a la casa de Mar\u00eda Gabriela brind\u00f3 extra\u00f1os beneficios a la traves\u00eda transilvana. Una disputa febril, in\u00fatil, provocada por alguna nimiedad hizo que Emilio saliera de la cocina y entrara a la biblioteca.<\/p>\n<p>A juicio de la prensa local, la madre de Mar\u00eda Gabriela era una de las mentes m\u00e1s l\u00facidas de la intelectualidad venezolana. Era habitual verla en programas de televisi\u00f3n as\u00ed como tropezar con sus columnas y rese\u00f1as en revistas de discutible prestigio. Dirigi\u00f3 por muchos a\u00f1os el <em>Papel Literario<\/em> del diario <em>El Nacional<\/em>. Era, adem\u00e1s, asesora pol\u00edtica de perdedores entusiastas que eventualmente decid\u00edan, con af\u00e1n democr\u00e1tico, oponerse al chavismo.<\/p>\n<p>La madre de Mar\u00eda Gabriela practicaba distintos fetiches literarios. En principio, no compraba ediciones de bolsillo. La estanter\u00eda gigante, desde el suelo hasta el techo, copaba dos habitaciones y estaba repleta de t\u00edtulos de editoriales caras \u2014muy caras\u2014 que en su mayor\u00eda a\u00fan se hallaban cubiertos de pl\u00e1stico. La madre de Mar\u00eda Gabriela compraba libros en el extranjero, coleccionaba t\u00edtulos en franc\u00e9s, portugu\u00e9s, chino e incluso h\u00fangaro. Se vanagloriaba de tener las obras completas de S\u00e1ndor M\u00e1rai en lengua magiar. No le\u00eda ni siquiera las contraportadas.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Gabriela, por su parte, dec\u00eda que su madre estaba loca. Emilio coincidi\u00f3 con ella en juglarescas tertulias literarias y lecturas de poes\u00eda. Grupos ociosos e intensos se reun\u00edan en aquel departamento a exponer sus necesidades l\u00edricas: <em>Poeta, estamos en todos los bares<\/em>, era una de los versos siniestros que Emilio recordaba con l\u00e1stima. Mar\u00eda Gabriela, tras el intento de desayuno, permaneci\u00f3 en la cocina. Emilio, mientras tanto, anduvo revisando t\u00edtulos y desempolvando ejemplares que conservaban olor a f\u00e1brica. Encontr\u00f3, en ingl\u00e9s, dispuestos el uno sobre el otro, dos libros que llamaron su atenci\u00f3n: Red Horizons de Ion M. Pacepa y <em>Ceausescu\u2019s Roman\u00eda<\/em>, compilado por Opritsa D. Popa. Otras obras de Mircea Eliade completaban la secci\u00f3n rumana de aquella biblioteca exhibicionista. \u00abMi madre \u2014dijo Marygaby en una oportunidad\u2014 compra cualquier cosa. Basta que se interese por Mahatma Gandhi para que se compre en todos los idiomas todas las historias de la India. Luego, con la erudici\u00f3n m\u00e1s falsa y prepotente que puedas imaginar, plagia o parafrasea prefacios en su semanario provincial\u00bb. <em>Probablemente<\/em> \u2014pens\u00f3 Emilio\u2014 <em>la madre de Mar\u00eda Gabriela hab\u00eda tropezado en sus andanzas librescas con Mircea Eliade<\/em>. Era de quien hab\u00eda m\u00e1s t\u00edtulos, y por lo que pudo ver en las facturas que continuaban pegadas a las car\u00e1tulas, hab\u00eda pedido por Amazon dos trabajos en los que simplemente apareciera el nombre de Rumania. Emilio le\u00eda ingl\u00e9s. Luego de dos a\u00f1os en Nueva York estudiando cocina su dominio del idioma era perfecto. Rob\u00f3 los libros, los meti\u00f3 en la maleta y no los revis\u00f3 hasta mucho tiempo despu\u00e9s, ya instalado en Sibiu, cuando una serie de eventos imprevistos lo motivaron a consultar con atenci\u00f3n \u00edndices onom\u00e1sticos. Sali\u00f3 de la biblioteca, atraves\u00f3 el departamento y se fue sin despedirse. Trat\u00f3 de llamar a Mar\u00eda Gabriela desde Maiquet\u00eda pero no pudo localizarla. Antes de dormirse record\u00f3 que la discusi\u00f3n del desayuno comenz\u00f3 por la afici\u00f3n de Emilio de comer huevos con pimienta, algo que a ella le resultaba desagradable.<\/p>\n<p><em>Pareciera no tener conciencia del habla. Salta del rumano al espa\u00f1ol. En ocasiones, suelta citas en italiano<\/em>, pensaba Jos\u00e9 Antonio durante la recepci\u00f3n poco protocolar que le brindaba Lucien Calinescu. Tuvo, a pesar del semblante jocoso del anciano, algunas dudas. El escepticismo de Emilio, sus palabras desenga\u00f1adas del avi\u00f3n, soltaron esquirlas. Se sinti\u00f3 inc\u00f3modo al notar que el rostro de Lucien Calinescu era el rostro de un loco.<\/p>\n<p><em>Vine a Rumania por instinto<\/em> \u2014insist\u00eda en su mutilaci\u00f3n\u2014. <em>Tom\u00e9 la decisi\u00f3n tras mi conversaci\u00f3n con Ni\u00f1o. Emilio se entusiasm\u00f3 d\u00edas m\u00e1s tarde. Una fuerte discusi\u00f3n con Mar\u00eda Gabriela, el fracaso del restaurante y la perspectiva derrotista impresa por el entorno caraque\u00f1o lo motivaron a escapar. Supo, por casualidad, que Pedro Eurea, un viejo compa\u00f1ero de escuela, ten\u00eda un cargo importante en la Pdvsa roja. En una charla de reencuentro, en esos momentos cuando nos junt\u00e1bamos a intercambiar miserias e historias de colegio, ellos hablaron de Rumania.<\/em><\/p>\n<p>Eurea hab\u00eda participado en una comisi\u00f3n de intercambio econ\u00f3mico con Bielorrusia, Ucrania y, entre otros pa\u00edses, la tierra natal de Jos\u00e9. Hab\u00eda en ese lugar, cont\u00f3 el farsante, una ciudad petrolera hermanada con Valencia. No recordaba su nombre. Fue Pedro Eurea quien habl\u00f3 del plan de intercambio que la Unesco y la Uni\u00f3n Europea estaban realizando con algunas nacionales latinoamericanas, entre ellas Petr\u00f3leos de Venezuela. <em>Gente bruta por petr\u00f3leo barato<\/em>, pens\u00f3 Emilio quien, batido por la nostalgia de Mar\u00eda Gabriela, escuch\u00f3 sin atenci\u00f3n los comentarios del agrandado. Canjearon tel\u00e9fonos. Jos\u00e9 Antonio ignor\u00f3 esa referencia, le pareci\u00f3 rebuscada. Pedro Eurea pidi\u00f3 plata, hizo unas llamadas. Por mensaje de texto facilit\u00f3 a Emilio el nombre de la ciudad: Sibiu. Ser\u00eda Sibiu, junto al principado de Luxemburgo, la Ciudad Europea de la Cultura para el a\u00f1o 2007. Rumania, en sus altas esferas, acord\u00f3 brindar su voto a Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU. El acuerdo implicaba la facilitaci\u00f3n de recursos materiales y humanos que, por lo general, se quedaban en trabas burocr\u00e1ticas. Emilio llen\u00f3 unos formularios, firm\u00f3 algunos cheques y se comprometi\u00f3 a dar su voto al partido de gobierno. Pedro Eurea hizo otras llamadas y, d\u00edas m\u00e1s tarde, cuando el abatimiento lo tragaba, sin ansias ni aseo, Emilio recibi\u00f3 un correo electr\u00f3nico de la Unesco en el que, dada su reconoc\u00edda experiencia, se le ofrec\u00eda un curso de comida fr\u00eda en la localidad rumana.<\/p>\n<p>Pedro Eurea recibi\u00f3 en Pdvsa una comisi\u00f3n por el acuerdo que ni Jos\u00e9 ni Emilio lograron entender del todo. Jos\u00e9 Antonio, sin referente concreto, recordaba estas andanzas de su amigo ante la ch\u00e1chara senil y rumana del t\u00edo. Lucien Calinescu continuaba su pl\u00e1tica sin forma. Pon\u00eda gran empe\u00f1o al pronunciar el nombre de Luzny. Lucien volvi\u00f3 al espa\u00f1ol, habl\u00f3 de sus d\u00edas en Caracas, habl\u00f3 de la traici\u00f3n. Jos\u00e9 Antonio logr\u00f3, al menos, entre sue\u00f1o y hast\u00edo, simular inter\u00e9s. Por esa noche, no volvi\u00f3 a pensar en Emilio.<\/p>\n<p>\u00abLa comida rumana es una basura\u00bb, dijo Chavela Bel\u00e9n, simp\u00e1tica andaluza que, sentada tras \u00e9l, escuchaba sin inter\u00e9s una exposici\u00f3n sobre gastronom\u00eda del mar Negro. Las presentaciones, as\u00ed como todas las charlas que integraban el curso, se dictaban en ingl\u00e9s. \u00abLos rumanos solo saben de <em>ketchup<\/em> \u2014insist\u00eda la espa\u00f1ola\u2014. Mezclan <em>ketchup<\/em> con pesto, <em>matriciana<\/em>, carbonara. He visto pizzas prosciutto ba\u00f1adas en <em>ketchup<\/em>., he visto sopas de cebolla con <em>ketchup<\/em>\u00bb. Y as\u00ed, en hilo, en cada tropiezo, enumeraba con displacer una serie de platos locales. Emilio, sin embargo, m\u00e1s all\u00e1 del disgusto coincidente sobre algunas recetas, sent\u00eda una profunda empatia por la ciudad de Sibiu. Le gustaba caminar por los callejones de piedra, andar y desandar el llamado Puente de los Embusteros.<\/p>\n<p>Turistas y obreros se mezclaban en el bullicio. La mayor\u00eda de las personas que atend\u00edan locales comerciales entend\u00eda bien el ingl\u00e9s. Un aura de reserva, sin embargo, obligaba a los habitantes a conservar su espacio. Hab\u00eda c\u00edngaras preciosas, venidas de todos los recovecos de Rumania. Tras intentar masticar un pastel \u2014supuestamente de vainilla\u2014, pens\u00f3 que la andaluza del curso ten\u00eda raz\u00f3n.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Antonio escribi\u00f3 desde Bucarest, habl\u00f3 de su t\u00edo. Dijo que hab\u00eda tomado algunas notas y que pronto comenzar\u00eda a escribir su cr\u00f3nica viajera. Emilio le cont\u00f3 las bondades de la ciudad. Esa tarde repas\u00f3 por inercia los argumentos oscuros y enga\u00f1osos de su amigo para lanzarse a la odisea. Ni\u00f1o Galleti le dijo que Gheorge Lacatusu, su padre, se dispar\u00f3 en la cabeza tras el derrocamiento de Ceausescu. \u00abEra un comunista entusiasta, bruto. Ya, en ese entonces, Irina no lo amaba\u00bb, hab\u00eda comentado, supuestamente, el italiano. El ni\u00f1o Jos\u00e9 Antonio apenas lograba esbozar el rostro de aquel padre distante, poco presente. En sus a\u00f1os de escuela nunca lo nombr\u00f3. La relaci\u00f3n de Irina de Lacatusu con Ni\u00f1o Galleti, nacida a ra\u00edz de un encuentro diplom\u00e1tico en el Centro Italo-Venezolano trajo por poco, al confirmarse los rumores, un enfrentamiento consular. La muerte de Ceausescu, sin embargo, dej\u00f3 los asuntos dom\u00e9sticos en un plano remoto, sin importancia.<\/p>\n<p>\u00abLucien Calinescu coloc\u00f3 a Gheorge como embajador de Rumania en Venezuela a finales de los a\u00f1os ochenta. Eran malos tiempos para \u00e9l. Estaba, a su juicio, confinado en Latinoam\u00e9rica. Alguien hab\u00eda predispuesto al <em>conducatore<\/em> en su contra. Lucien s\u00ed fue un hombre importante. Gheorge, por otro lado, no era nadie\u00bb, hab\u00eda dicho Ni\u00f1o en una de sus tertulias.<\/p>\n<p>\u00abConoc\u00ed a Gheorge Lacatusu, era un hombre pusil\u00e1nime. Un t\u00edtere que Lucien pudo manipular a su antojo a tal punto que, tras las intrigas que surgieron luego de un supuesto atentado a Ceausescu en 1977, se invent\u00f3 el matrimonio de tu madre \u2014Ni\u00f1o, era habitual, trataba de justificar los desprop\u00f3sitos de Irina\u2014. Ella sali\u00f3 de Rumania a los veintid\u00f3s a\u00f1os a un pa\u00eds diferente y rec\u00f3ndito \u2014dijo\u2014. Lucien, voluntariamente o no, la utiliz\u00f3; la convivencia con Gheorge fue amarga. Lucien Calinescu pasaba meses enteros fuera de Caracas. Por lo general, dejaba alg\u00fan mu\u00f1eco a cargo de la embajada. Irina trat\u00f3 de aislarte de ese entorno, de esa familia invisible. Ten\u00edas, creo, diez a\u00f1os cuando mataron a Ceausescu, eso lo cambi\u00f3 todo \u2014dijo Ni\u00f1o Galleti\u2014. Ese suceso le permiti\u00f3 escapar de Gheorge. Las urgencias de Lucien lo llevaron a Rumania donde al parecer estuvo preso\u00bb.<\/p>\n<p>Irina de Lacatusu, consideraba Ni\u00f1o, tuvo suficientes argumentos para negarse a s\u00ed misma. Neg\u00f3 a Rumania. Neg\u00f3 todo tipo de lazo o v\u00ednculo que la acercara a su pasado. Cambi\u00f3 el nombre originario de su hijo. \u00abAl principio \u2014continuaba el padrastro\u2014 pudo llevar una vida normal. Luego, Jos\u00e9, conocemos la historia, para nuestra desgracia tu madre se convirti\u00f3 en una mujer enferma\u00bb.<\/p>\n<p>Aleksandra, a rega\u00f1adientes, obligaba al enfermo a practicar rutinas de movimiento. Salieron a caminar el parque Herastrau. Bustos de pol\u00edticos europeos, sin gracia y sin gusto, tallados en piedra barata formaban un c\u00edrculo en medio del jard\u00edn. A pesar del verde, inscrito en la inmensidad del parque, la naturaleza insist\u00eda en mostrarse falsa, artificial. El cielo de Bucarest, de nubarrones tristes, apenas coloreado de un marr\u00f3n incipiente, parec\u00eda un techo de aluminio.<\/p>\n<p>A la luz clcl d\u00eda, Lucien Calinescu era enjuto, barbudo, de vello fr\u00e1gil y taino. Al apreciarlo sin los lentes de pasta, Jos\u00e9 pudo ver c\u00f3mo un p\u00e1rpado muerto se columpiaba sobre su ojo izquierdo. Asimil\u00f3, al menos durante unas horas pareci\u00f3 hacerlo, que su interlocutor \u2014en realidad, su oyente\u2014 solo comprend\u00eda el idioma castellano. Miraba a los lados con desconfianza. Al llegar a la Piata Presei Libere pidi\u00f3 a la enfermera que se distanciara unos pasos. Aleksandra se retir\u00f3 y el anciano, algo temeroso, dijo con \u00e9nfasis haber encontrado la verdad.<\/p>\n<p>Expuso sus hallazgos: \u00abLos encontr\u00e9. Algunos han muerto, han pagado por su traici\u00f3n. Sin embargo, no he podido dar del todo con Luzny\u00bb. Jos\u00e9 Antonio mostraba inter\u00e9s, conoc\u00eda algunas de las teor\u00edas y construcciones hist\u00f3ricas del t\u00edo por las \u00faltimas cartas enviadas a Irina que, en su desd\u00e9n temporal y despreciable, ella nunca ley\u00f3. Lucien cit\u00f3, sin embargo, nombres graciosos, personajes sobre los que Jose no ten\u00eda referencia y que, seg\u00fan, hab\u00edan coordinado un atentado contra el <em>conducatore<\/em> en el a\u00f1o 1977, antes del terremoto y las inundaciones de Moldavia.<\/p>\n<p><em>El mesero del Palace, el gaviero de Tulcea, el barbero de Brazov y el traductor de Cluj<\/em> aparec\u00edan, de manera jocosa, como los testigos inmediatos de la traici\u00f3n de Luzny. Fue Luzny quien provoc\u00f3 la ruina de Lucien Calinescu. El lo incrimin\u00f3 en rumores, lo predispuso contra Elena Ceausescu. Lucien Calinescu sab\u00eda que su asignaci\u00f3n como canciller rumano en Venezuela era una manera poco grata y clara de decirle que no contaban con \u00e9l, que prefer\u00edan mantenerlo a distancia. A Venezuela, ese espacio remoto y atemporal, enviaban a cualquiera, a los manipulables. No en vano la asignaci\u00f3n de Gheorge Lacatusu. Lucien tard\u00f3 a\u00f1os en descubrir c\u00f3mo su nombre se vio envuelto en una serie de intrigas. Entender que el <em>conducatore<\/em> hab\u00eda fallecido despreci\u00e1ndolo era una sensaci\u00f3n que le resultaba insoportable. Lucien no dejaba de observar con atenci\u00f3n los rostros de los paseantes, volteaba permanentemente haciendo gui\u00f1os de desprecio a toda figura, tanto animal como humana. Sospechaba, incluso, de las pocas bandas de adolescentes atolondrados que en vano aprend\u00edan a patinar en l\u00ednea.<\/p>\n<p>Dijo, concluyendo, que a partir de enero del a\u00f1o siguiente Rumania entrar\u00eda a la Uni\u00f3n Europea, eso implicaba una serie de cambios. Era necesario encontrar a Luzny. Los grupos radicales y otros residuos del comunismo viejo a\u00fan pugnaban por espacio pol\u00edtico. Estaban, a esas alturas, ahorcados, casi desaparecidos. La Uni\u00f3n Europea acabar\u00eda, a juicio de Lucien, con la Rumania profunda, con todo el Estado que orgullosamente hab\u00eda construido el <em>conducatore<\/em>, Nicolae Ceausescu. \u00abLuego de horas de trabajo y permanente b\u00fasqueda encontr\u00e9 una direcci\u00f3n de Luzny Hervasy en Bucarest \u2014dijo Lucien Calinescu\u2014. Nadie vive ah\u00ed, pero valdr\u00eda la pena hurgar en los registros o simplemente hacer preguntas. El cuerpo, como sabes, no me da \u2014lo mir\u00f3 a los ojos con incendiaria s\u00faplica\u2014. Ay\u00fadame, Iosep, tenemos que encontrar a Luzny. En enero ser\u00e1 demasiado tarde y no podremos hacer justicia. El <em>conducatore<\/em> lo merece\u00bb. Jos\u00e9 Antonio, a pesar de sus reservas, supo que, al menos para sus aspiraciones literarias, ten\u00eda elementos suficientes para contar una historia pintoresca.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Gabriela lo escupi\u00f3. Un episodio viejo, de los primeros a\u00f1os, ri\u00f1a fundacional de una historia de amor vulgar y escatol\u00f3gica. Lo escupi\u00f3 en un centro comercial, en una escalera mec\u00e1nica. Su furia salivada continu\u00f3 por inmensas galer\u00edas plagadas de gente y continu\u00f3 imparable hasta el estacionamiento. Emilio ignoraba el m\u00f3vil del agravio. Trag\u00f3 la cerveza fondo blanco. Estaba junto a Alex Nicea y un grupo de la escuela en un bar de la plaza mayor. Recordaba, entre memorias hisp\u00e1nicas y chistes de los otros, aquella tarde en la que Mar\u00eda Gabriela se volvi\u00f3 loca.<\/p>\n<p>Alex Nicea, logr\u00f3 escuchar Emilio, vivi\u00f3 un tiempo en Madrid, trabaj\u00f3 para una cadena de comida r\u00e1pida. Alex, cort\u00e9s y sumamente atento, parec\u00eda una persona triste. Era un grupo peque\u00f1o el que se encontraba en el bar aquella tarde, el mismo grupo que en pocos d\u00edas iniciar\u00eda una serie de cursos gastron\u00f3micos para j\u00f3venes rumanos. Los estudiantes hab\u00edan sido seleccionados por una oficina tur\u00edstica, deb\u00edan dominar el ingl\u00e9s y cumplir enga\u00f1osos requisitos de presencia. Emilio, aburrido de la charla corporativa, pens\u00f3 en los supuestos hallazgos de Jos\u00e9 Antonio. Mar\u00eda Gabriela escupi\u00e9ndolo sacudi\u00f3 su memoria. Resultaba nocivo mezclar los nombres de Mar\u00eda Gabriela y su amigo. La incertidumbre, a pesar de los testimonios de ambos, dejaba campos sugerentes. Ella neg\u00f3 toda intuici\u00f3n. Jos\u00e9 Antonio, por su parte, simulaba despreciarla. \u00abTu novia es una loca, no tengo ni tuve nada que ver con ella\u00bb, le dijo en una oportunidad.<\/p>\n<p>Recuerdos en desorden presentaron a la abuela ligia quien a esas horas deb\u00eda de estar escuchando un disco de boleros y preparando cachapas. Una canci\u00f3n rumana, a ritmo de pachanga, lo distrajo. Con el avance de la noche el lmperium se fue llenando de gente.<\/p>\n<p>Conoci\u00f3, por referencias de Alex, a interesantes personeros de la vida nocturna. Por ejemplo, G\u00e1mec quien, apodado el Astronauta, dibujaba algunas plataformas espaciales sobre servilletas y contaba que en sus a\u00f1os de guardia civil hab\u00eda encontrado muestras de vida extraterrestre en las afueras de Oradea. Antonieta, conocida como la Checa, sonre\u00eda con entusiasmo falso a todos los visitantes. Un rumano de baja estatura, sentado al fondo, conocido como el Zapatero Poeta, irrump\u00eda cada cierto tiempo entre las mesas. Bajaban entonces la m\u00fasica y recitaba de memoria poemas de Mihail Eminescu y Alexandru Macedonski, tambi\u00e9n algunos propios. Durante su canto, en ocasiones \u2014contaba Alex\u2014, se formaban disputas ya que enunciaba, en magiar, rimas extranjeras de Sandor Petofi. H\u00fangaros y latinos discut\u00edan con fervor historias pol\u00edticas sin resoluci\u00f3n ni principio. Chavela Bel\u00e9n, la andaluza que dictar\u00eda cursos de postres, mir\u00f3 a Emilio con lascivia. Mar\u00eda Gabriela, sin embargo, pose\u00eda del todo su reflexi\u00f3n.<\/p>\n<p>Un piano de cola se mostraba pulido e inmenso al final de la barra. Era un espacio libre entre el estropicio y los pintorescos borrachos. Un hombre con elefantiasis, el mismo que hab\u00eda visto el d\u00eda de su llegada a Sibiu, entr\u00f3 a la taberna y sin saludos ni permisos se dirigi\u00f3 al instrumento. Uno de los meseros, pulsando teclas de un equipo anacr\u00f3nico, apag\u00f3 la m\u00fasica bailable. \u00abEscucha esto, es brillante\u00bb, dijo Alex Nicea mientras el gigante acariciaba teclas y pedales. Toc\u00f3, en principio, <em>Caruso<\/em>. Limpio, con pulso maestro. Inici\u00f3, tras rondas de vermut, sin sonrisas ni atenci\u00f3n a la barra, un recorrido culto por melod\u00edas occidentales, En ocasiones, inclu\u00eda una pieza popular, ya cl\u00e1sica, en su repertorio. Emilio, ausente del grupo, hall\u00f3 algo de paz en la interpretaci\u00f3n del enfermo. Por falsa analog\u00eda, por las estupideces de Jos\u00e9 Antonio, durante los d\u00edas que visit\u00f3 el Imperium lo llamaba, para s\u00ed mismo, Luzny. M\u00e1s tarde supo que el nombre del hombre del piano, vecino de pensi\u00f3n, era Carol Dutu.<\/p>\n<p>\u00abUna ma\u00f1ana invernal, insoportable, la guardia secreta del partido toc\u00f3 la puerta de Luzny Hervasy \u2014dijo Lucien Calinescu. Jos\u00e9 Antonio, somnoliento y con hambre, hac\u00eda esfuerzos por escuchar\u2014. Cuando tocaban a tu puerta en la d\u00e9cada de los setenta se intu\u00eda claramente que algo estaba mal. Lo m\u00e1s probable era que nunca regresaras a tu casa. Supe de esta historia por \u2014bajaba la voz\u2014 el mesero del Pala- ce, uno de los sobrevivientes del atentado fallido de 1977. La Securitate llev\u00f3 a Luzny al antiguo palacio de gobierno. Esperaba la muerte, dicen los que lo conocieron. El \u00faltimo sonido: un disparo o cualquier impacto inmediato, resultaba m\u00e1s alentador que los rumores salvajes sobre las torturas de la guardia secreta comunista. Cuenta el mesero del Palace que el mismo Nicolae Ceausescu se present\u00f3 ante Luzny. Esa noche le pidi\u00f3 que tocara la <em>Sonata para piano N\u00b0 3<\/em> de Chopin. Fue as\u00ed como, seg\u00fan, se inici\u00f3 la relaci\u00f3n entre el <em>conducatore<\/em> y te las madrugadas, Ceausescu, por capricho, enviaba a dos miembros de la Securitate por su pianista personal. Hablaban poco. Ceausescu se sentaba frente a \u00e9l y fumaba. Luzny, al saberse culpable, intu\u00eda que en cualquier momento pod\u00edan retenerlo y asesinarlo por traidor. Sus compa\u00f1eros de grupo lo conocieron bien. Pude conversar con ellos, tengo los registros en casa. Mi conversaci\u00f3n con el mesero del Palace pude transcribirla al ingl\u00e9s, las otras est\u00e1n en rumano\u00bb. Lucien Calinescu citaba fechas, detalles, eventos en apariencia obvios de la historia rumana que para Jos\u00e9 Antonio resultaban desconocidos. Seg\u00fan Lucien, la naturaleza, con su hostil vendaval de 1977, se puso del lado de Nicolae Ceausescu y lo salv\u00f3 de una conjura inevitable. Fueron las inundaciones de Moldavia las que imposibilitaron el atentado.<\/p>\n<p>Lucien, entregado a la memoria, enunciando sitios y nombres imprecisos, mostraba una creciente desesperanza. Jos\u00e9 Antonio escuchaba y, a pesar de las lagunas, procuraba entender. Meses antes de viajar, record\u00f3 en aquel parque de cielo plomizo, hab\u00eda increpado a Irina Lacatusu, pregunt\u00e1ndole por el pasado y por Rumania. Su madre lo esquiv\u00f3, evit\u00f3 cualquier referencia hacia lo que ella, en un castellano mal pronunciado, citaba como podredumbre. Jos\u00e9 Antonio le dijo que quer\u00eda saber de su t\u00edo, de su padre, de su pa\u00eds. \u00abEste, por m\u00e1s terrible que sea \u2014dijo ella\u2014 es tu pa\u00eds. No tienes nada que buscar en Rumania\u00bb. A pesar de la tensi\u00f3n y la incomodidad de ambos no fue una entrevista melodram\u00e1tica. Irina se negaba a dar sus razones, a explicar lo que carec\u00eda de l\u00f3gica y, simplemente, se presentaba como un rechazo gratuito. Negaba con empe\u00f1o: \u00abNo hay nada que saber de Rumania\u00bb, dec\u00eda. Para calmar la impaciencia del muchacho le entreg\u00f3 una caja lacrada en la que reposaba una serie de sobres sin abrir, fechados desde 1991.<\/p>\n<p>\u00abSon las cartas que me escribi\u00f3 Luden, mi hermano mayor. Si quieres saber algo puedes encontrarlo all\u00ed. No puedo ni quiero volver a Rumania. Por favor, no vuelvas a hablarme de ese pa\u00eds\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abLuzny delat\u00f3 a todos aquellos que participaron en la conjura \u2014dijo Lucien Calinescu\u2014. El mesero del Palace, entre pocos, logr\u00f3 escapar a su traici\u00f3n. A\u00f1os m\u00e1s tarde otros conjurados, antiguos fieles al r\u00e9gimen, intentaron fugarse desde Tulcea hacia Sebastopol. Las tensiones entre la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica y Rumania eran cada d\u00eda m\u00e1s fuertes. Ceausescu ten\u00eda diferencias radicales con Gorbachov. Los fugitivos de Tulcea llevaban informaci\u00f3n relevante al traidor de Mosc\u00fa. Murieron asesinados, Luzny los entreg\u00f3. Tambi\u00e9n en Brazov, Timisoara y Cluj cayeron todas las tentativas por derrocar a Ceausescu. Luzny parec\u00eda un aliado. Entr\u00f3, a pesar de la inquietud militar, en el c\u00edrculo preciado del <em>conducatore<\/em>. Sin embargo, fue \u00e9l quien en 1989, tras las protestas estudiantiles de Timisoara, lo traicion\u00f3\u00bb.<\/p>\n<p><em>Estimado se\u00f1or Lucien Calinescu. Me llamo Iosep Antonescu Lacatusu Calinescu, vivo en Caracas y soy hijo de su hermana Irina Lacatusu. Me gustar\u00eda, si usted lo permite, comentar algunos asuntos y hacer preguntas<\/em>. Jos\u00e9 Antonio record\u00f3 la primera carta que, tras la conversaci\u00f3n con su madre, hab\u00eda enviado a Lucien Calinescu. Fue fr\u00eda y concreta. Ped\u00eda, sencillamente, informaci\u00f3n sobre Rumania. Por recomendaci\u00f3n de Emilio censur\u00f3 romanticismos y adjetivos frutales. Lucien Calinescu respondi\u00f3 con premura. Jos\u00e9 Antonio, en ese momento, se sorprendi\u00f3.<\/p>\n<p>El restaurante, negocio que hab\u00eda intentado llevar adelante con Emilio, fracas\u00f3. Escribir en Caracas fue imposible. Internet y la prensa le echaban en cara su falta de colegiatura para no contratarlo. Publicaba, en ocasiones, una columna en un peri\u00f3dico alternativo que casi nunca pagaba. Sus novelas, idealistas y, en su mayor\u00eda, de tesis, hab\u00edan sido ignoradas en todos los concursos. Lucien Calinescu inici\u00f3 una correspondencia activa, militante; lo invitaba a ir a Bucarest, a reencontrarse con su historia. Emilio, por otro lado, atravesaba una depresi\u00f3n in\u00e9dita. Hablaron de ir a Rumania como se habla de tomar un crucero por el mar B\u00e1ltico o, cuando se organicen los primeros viajes tur\u00edsticos al espacio, visitar la luna. No hab\u00eda seriedad en la propuesta. El viaje se hizo solo. El tropiezo casual con Pedro Eurea le dio a Emilio una excusa laboral para salir de Venezuela. Jos\u00e9 Antonio pudo notar, entonces, que por esa fecha se abr\u00edan en Espa\u00f1a concursos literarios centrados en cr\u00f3nicas de viajes. Varias editoriales ofrec\u00edan remuneraciones atractivas y, para calma de Jos\u00e9, hab\u00eda suficiente tiempo de entrega.<\/p>\n<p>Como un p\u00e1rvulo ingenuo frente a lecturas de infancia se empap\u00f3 superficialmente de los relatos de Lucien Calinescu. Contrast\u00f3 sus informaciones con la cultura general que, a trav\u00e9s de Internet y otras fuentes enciclop\u00e9dicas, hall\u00f3 sobre la historia contempor\u00e1nea de Rumania y con el apoyo econ\u00f3mico de Ni\u00f1o parti\u00f3 a Bucarest. \u00abLuzny Hervasy traicion\u00f3 a todos aquellos que lo conocieron, tambi\u00e9n a sus hijos \u2014cit\u00f3 Lucien Calinescu\u2014. Necesito, ahora m\u00e1s que nunca \u2014casi grit\u00f3, apret\u00e1ndole el hombro\u2014, que visites esta direcci\u00f3n del bulevar Unirii \u2014dijo, entreg\u00e1ndole un retazo de papel\u2014. Necesitamos encontrar a Luzny\u00bb. Aquella noche, a pesar del cansancio, sin estar muy convencido del inicio, Jos\u00e9 Antonio comenz\u00f3 a escribir.<\/p>\n<p>En la primera clase se trabaj\u00f3 la manipulaci\u00f3n del alimento. Nunca, estim\u00f3 Emilio, hab\u00eda tratado con una timidez tan pura. Los j\u00f3venes rumanos conservaban su espacio, preguntaban poco y en sus intervenciones parec\u00edan tener miedo. Eran doce. Guido Ferrara, un estirado milan\u00e9s coordinador de la Unesco, insist\u00eda permanentemente en la necesidad de ense\u00f1ar el respeto al cliente, en practicar la apertura y la sonrisa. En la escuela se ten\u00edan lemas tontos que, mal rimados y rid\u00edculos, Emilio aprend\u00eda entre cancioncitas de presentaci\u00f3n y lugares comunes de protocolo. Se ten\u00eda una instrucci\u00f3n concreta de culturizar Rumania. La asignaci\u00f3n de Sibiu como ciudad de la cultura ven\u00eda de la mano del proceso expansionista de la Uni\u00f3n Europea. En muchos aspectos, comentaban los m\u00e1s enterados, la vida social de Sibiu y de Rumania ten\u00eda h\u00e1bitos de aldea. Exist\u00eda una diferencia clara entre el joven rumano que hab\u00eda salido del pa\u00eds, la mayor\u00eda a Espa\u00f1a, y los que hab\u00edan permanecido a la sombra de la ortodoxia. Hab\u00eda diferencias inmensas, pudo notar Emilio, entre Alex Nicea y cualquiera de los muchachos a los que, cada ma\u00f1ana, deb\u00eda decirle que pod\u00edan palpar los alimentos sin temor a quebrarlos.<\/p>\n<p>Aparte, en sus ratos de verdadero ocio, Emilio continuaba sus lecturas saltarinas sobre la historia de Rumania. Encontraba interesante todo lo vinculado a la vida y muerte de Nicolae Ceausescu. Eran lecturas irresponsables, sin notas ni cr\u00edtica. Era divertido chatear con Jos\u00e9 Antonio quien, desde Bucarest, le contaba los mismos episodios a\u00f1adiendo edulcorantes y otros elementos de ficciones serie B. Emilio estaba convencido de que Lucien Calinescu era un loco. Los relatos dej\u00f3se, centrados en su mayor\u00eda en la figura de un hombre con elefantiasis, reforzaban esa impresi\u00f3n. Jos\u00e9 Antonio historiaba una Rumania espectacular: intrigas, traiciones, h\u00e9roes. A juicio de Emilio, Jos\u00e9 Antonio inventaba una novela, m\u00e1s que hist\u00f3rica, rosa.<\/p>\n<p>Supo, por correo electr\u00f3nico, que Jos\u00e9 visitar\u00eda en Bucarest al famoso personaje vil, casi lisiado, que habr\u00eda traicionado a la m\u00e1s alta institucionalidad rumana. Era una historia tan inveros\u00edmil como interesante. Jos\u00e9 Antonio, en la forma, escrib\u00eda bien. A Emilio le molestaba, sobre todo, su af\u00e1n moralizante. \u00abA tus cuentos les falta malicia\u00bb, le dec\u00eda con frecuencia. Desde ni\u00f1o Jos\u00e9 quiso ser escritor. Aspiraba a crear textos \u00e9picos e interminables. Sin embargo, sus breves cr\u00f3nicas, recordaba Emilio, contaban an\u00e9cdotas simples y en su mayor\u00eda carec\u00edan de vocabulario.<\/p>\n<p>El rumano, como ruido, sonaba a la distancia enunciado por personas adultas. Desde sus primeros d\u00edas en las escuelas caraque\u00f1as Jos\u00e9 Antonio sab\u00eda que su castellano no era normal. Hablaba con verg\u00fcenza, censuraba palabras esdr\u00fajulas y, consecuentemente, trataba de disfrazar el canto ineludible de las segundas lenguas. Su madre se expresaba diferente, no hablaba como las otras madres. Esa lengua dis\u00edmil, propia pero extra\u00f1a, permiti\u00f3 a Jose, a trav\u00e9s de la escritura, explorar un espacio con el que no pod\u00eda hacerse a trav\u00e9s de lo dicho. Su literatura ingenua, la infantil, era a juicio de Emilio mejor que la reciente. Los a\u00f1os, en parte, disiparon el conflicto del arraigo, (ose hablaba un dialecto caraque\u00f1o cargado de jergas y preposiciones mutiladas. La b\u00fasqueda de una lengua, de una geograf\u00eda propia, perdi\u00f3 su espacio ante la ret\u00f3rica cancer\u00edgena de la prensa democr\u00e1tica y los discursos humanitarios de los ecologistas. <em>Jos\u00e9 sue\u00f1a con un mundo mejor y, tristemente, al escribir, lo dice<\/em>, pensaba Emilio. Era un autor obvio. Siempre sinti\u00f3 una profunda atracci\u00f3n por los cuentos de Jos\u00e9 Rafael Pocaterra. Descubri\u00f3 el castellano con ellos, contrast\u00f3 los timbres impersonales de su casa con las historias urbanas del venezolano de la decadencia, una de tantas decadencias. Pocaterra es horrible, pensaba Emilio.<\/p>\n<p>El nuevo Jos\u00e9, el moralizante, aspiraba, m\u00e1s que todo, al mercado. Jos\u00e9 quer\u00eda ser un Paulo Coelho o, mejor a\u00fan, un Dan Brown. Sus tertulias literarias, habituales en los a\u00f1os de escuela y, posteriormente, en las sobremesas de los negocios fracasados, se hab\u00edan distanciado ante las diferencias est\u00e9ticas de ambos. Escribir sobre Rumania, pensaba Emilio, podr\u00eda devolverle cierta autenticidad a su prosa. Tras leer un archivo adjunto en el que Jos\u00e9 contaba sus impresiones sobre Bucarest, su opini\u00f3n tom\u00f3 fuerza: hac\u00eda mucho tiempo quej\u00f3se hab\u00eda dejado de hacer literatura, ahora solo escrib\u00eda con la ret\u00f3rica de los periodistas.<\/p>\n<p>\u00abEncontr\u00e9 una fotograf\u00eda de Luzny Hervasy entre los papeles de Luden Calinescu\u00bb, dijo Jos\u00e9 Antonio. Aparec\u00eda gordo, inmenso, con el vientre henchido de lombriz y la frente manchada; una breve cicatriz abr\u00eda huella en su barba. Era una foto del partido: \u00abVisita oficial de Ceausescu, 1979\u00bb. El <em>conducatore<\/em> estaba rodeado de arribistas. El hombre con elefantiasis aparec\u00eda al fondo, casi de perfil, con el rostro enroscado sobre una masa bufa y colgante. Era id\u00e9ntico al pianista de Sibiu. Una melancol\u00eda personalizada irradiaba desde la foto escaneada, vista en m\u00ednima resoluci\u00f3n desde el portal de Gmail. <em>Se parecen<\/em>, se dijo Emilio un tanto incr\u00e9dulo por el exceso de manchas. A pesar del pixelado, aburrido de recordar a Mar\u00eda Gabriela, de censurar a Jose e imaginar las desventuras de su casa, sinti\u00f3 curiosidad por el h\u00e9roe.<\/p>\n<p>Esa noche en el Imperium, cuando las cervezas le nublaban el entendimiento, se acerc\u00f3 hasta el piano. Carol Dutu lo mir\u00f3 a los ojos. \u00ab\u00bfConoce usted a un hombre llamado Luzny Hervasy?\u00bb, pregunt\u00f3 sin \u00e9nfasis. Pregunt\u00f3 en espa\u00f1ol. Sab\u00eda por referencias de barra que el pianista dominaba el idioma. \u00abNunca he escuchado ese nombre, joven \u2014dijo y continu\u00f3 tocando\u2014. \u00bfDe d\u00f3nde eres?\u00bb, pregunt\u00f3 el pianista. Con verg\u00fcenza, ojos al piso, Emilio respondi\u00f3: \u00abVenezuela\u00bb. Carol Dutu hizo una mueca-sonrisa. \u00abUna vez conoc\u00ed a un venezolano, a\u00f1os atr\u00e1s. Lo conoc\u00ed en Bucarest\u00bb. La pieza que tocaba era festiva: <em>Rapsodia H\u00fangara N\u00b0 4<\/em> de Liszt. Emilio permanec\u00eda confuso, dubitativo ante la casualidad imposible. El m\u00fasico, frunciendo el ce\u00f1o, solicit\u00f3 la retirada con gesto de irascible amabilidad. \u00abLamento no poder ayudarlo, joven. No conozco a la persona que busca\u00bb.<\/p>\n<p>Al regresar a la pensi\u00f3n volvi\u00f3 a revisar la foto del archivo. Al hallarla sinti\u00f3, en conjunto, verg\u00fcenza, alivio y decepci\u00f3n: el pixelado era terrible, el perfil melanc\u00f3lico del enfermo, m\u00e1s que l\u00edneas o gestos claros, estaba cubierto de sombras. Pens\u00f3 en Mar\u00eda Gabriela desnuda, sentada sobre \u00e9l y prefiri\u00f3 alejarse de la laptop. Se burl\u00f3 de s\u00ed mismo. Era imposible, se dijo, que el hombre del piano de Sibiu fuese el soberbio personaje ideado por Luden Calinescu y al quej\u00f3se Antonio har\u00eda una visita en Bucarest. Con tristeza, con Mar\u00eda Gabriela tallada en su memoria, se procur\u00f3 placer. R\u00e1pidamente se durmi\u00f3.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/eduardo-sanchez-rugeles\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Eduardo S\u00e1nchez Rugeles Con esta hoja cierro las puertas y guardo las llaves. Estoy en alguna parte, all\u00ed abajo o all\u00ed arriba. Apaga la l\u00e1mpara y preg\u00fantate: \u00abEl secreto vivido: \u00bfadonde fue?\u00bb. LUC\u00cdEN BLAGA Nunca imaginaron que Transilvania ser\u00eda su perdici\u00f3n. Antes del fin, Rumania solo era un lugar perdido en un mapa, un nombre [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":8111,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8109"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=8109"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8109\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":8114,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8109\/revisions\/8114"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/8111"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=8109"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=8109"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=8109"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}