{"id":7694,"date":"2023-03-26T21:50:03","date_gmt":"2023-03-26T21:50:03","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7694"},"modified":"2023-12-08T19:25:15","modified_gmt":"2023-12-08T19:25:15","slug":"dos-cuentos-de-maria-dayana-fraile","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-maria-dayana-fraile\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Mar\u00eda Dayana Fraile"},"content":{"rendered":"<h3>La vida con Fiori<\/h3>\n<p>El tallo se extiende sobre la superficie de madera y da la impresi\u00f3n de que sus contornos han sido difuminados por las yemas de los dedos de un enano. Quien ha trazado el tallo ha tenido el pulso inseguro, nervioso, probablemente ha estado borracho, y por eso la forma de \u201cs\u201d distendida, de garabato que extiende las manos e intenta tocarse los pies pero se tambalea, y a \u00faltimo momento no lo logra. Parece v\u00f3mito. La sustancia es verde, oleoginosa, resaltan los trocitos de vegetal licuado. No causa asco, ni aprensi\u00f3n, por el contrario, provoca tocarla: su textura es suave y recuerda a cosa fr\u00eda.<\/p>\n<p>Sobre ese tallo, hebras gruesas de carne. Carne que ha sido hervida en agua y luego desmenuzada. Guisada por un cocinero experimentado en una olla grande con tiras de piment\u00f3n. Huele a ajos y a cebollas. Las hebras est\u00e1n colocadas alrededor del tallo, parecen p\u00e9talos, est\u00e1n distribuidas de manera impecable como l\u00edneas perpendiculares que parten de un centro y se abren al vac\u00edo. Son p\u00e9talos. Alargados, jugosos, pueden soportar un mordisco o una dentellada rabiosa. Saben a picante, a esos chiles mexicanos radiactivos que han sido cultivados en el balc\u00f3n de un apartamento de alguna calle de la ciudad, esos que seguramente han reposado durante meses en un frasco de vidrio, quiz\u00e1s en uno de mayonesa, ahog\u00e1ndose en aceite, obligados a alcanzar un punto de maceraci\u00f3n que desconocen. Un punto que s\u00f3lo conoce la mano que juega con la tapa del frasco.<\/p>\n<p>Donde se unen las hebras de carne y el tallo, algo parecido al suero de leche se desborda. En alg\u00fan momento eso que se desborda pudo haber sido un c\u00edrculo, sobre todo cuando los dedos del enano sosten\u00edan la cucharilla embadurnada de suero, segundos antes de dejarlo caer. Parece mierda de p\u00e1jaro sobre el parabrisas de un carro. Tiene contornos puntiagudos, filosos, intenta derramarse en todas las direcciones. Desea. Es impulso refrenado por el peso de mil piedras que se asientan en cada una de sus part\u00edculas. El suero de leche nunca correr\u00e1 como el agua y lo sabe, de all\u00ed su postura derrotada, err\u00e1tica, sobre las hebras de carne mechada que parten del tallo trazado con guacamole, a duras penas, por la mano de alguien que estaba aburrido y que, seguramente, hab\u00eda tomado demasiadas cervezas.<\/p>\n<p>As\u00ed hubiese descrito la flor si llegaba al bar y la encontraba, dejada de la mano de los mesoneros, como un nombre de pila que alg\u00fan desconocido escribe en la arena. Las l\u00edneas de Nazca de una civilizaci\u00f3n perdida, sin fuerza ya para transportar grandes rocas, sin espacios sagrados en donde trazar figuras, absolutamente, sin ganas de hacerle se\u00f1as a los dioses o a los extraterrestres.<\/p>\n<p>As\u00ed hubiese descrito la flor si Fiori y yo no la hubi\u00e9semos levantado sobre su tallo, p\u00e9talo a p\u00e9talo, con las sobras de nuestra cena. Si Fiori con sus dedos min\u00fasculos, como los de un enano de feria, no hubiese empezado a jugar con el guacamole. Si no hubi\u00e9semos estado hasta el ojo de tequilas.<\/p>\n<p>Esa noche me hab\u00eda dado por tomar unas copas de vino al llegar de la Escuela, y fumaba un porro, para variar, mientras me dispon\u00eda a cocinar la cena. A Fiori no le gustaba mucho salir, y me pareci\u00f3 un poco extra\u00f1o que me dijera que sent\u00eda ganas de dar una vuelta, aunque era viernes y la idea no me resultaba para nada disparatada.<\/p>\n<p>Decidimos comer en la calle, eran las nueve y a\u00fan pod\u00edamos tomar un bus si nos arregl\u00e1bamos r\u00e1pido. Yo estuve lista a las nueve y media pero Fiori me hizo esperarla hasta las once. Se prob\u00f3 un pantal\u00f3n de pana, luego una falda tres cuartos con una camisa de botones, luego una franelilla a tiras y un bluejeans; finalmente se decidi\u00f3 por un vestido hasta que cambi\u00f3 de opini\u00f3n y se puso un mono que usaba de pijama y una camiseta ovejita. En los intermedios cambiaba el cd que sonaba en el reproductor, encend\u00eda un cigarrillo, se serv\u00eda algo de vino, hac\u00eda un comentario sobre alg\u00fan profesor de la escuela o sobre alg\u00fan compa\u00f1ero de clases. Yo respiraba profundo, me entreten\u00eda hojeando mis libros y apurando el vino, sab\u00eda que era terca como una mula, mientras m\u00e1s le insistiera en que deb\u00eda darse prisa, m\u00e1s se iba a tardar. Era como si se estuviera llenando de valor, la pobre Fiori, como si necesitara un tiempo prudencial para adaptarse a la idea de pisar el asfalto con sus gruesos botines de cuero, talla 40.<\/p>\n<p>Terminamos tomando un taxi, ya yo estaba completamente borracha. Nos fuimos a un centro comercial, entramos en un bar donde serv\u00edan margaritas y c\u00f3ctelitos raros, ordenamos un plato de fajitas mixtas con guacamole y dos tequilas sunrise. Fiori se enamor\u00f3 perdidamente de un cenicero negro que dec\u00eda en letras blancas Marlboro, con el respectivo logo de la marca en rojo. Cuando ella se enamora de algo, digamos que de cualquier cosa, bien sea un objeto o una persona, arquea las cejas de tal manera que pareciera que dibujara un par\u00e9ntesis dentro del cual s\u00f3lo sus ojos y ese algo caben. Las pupilas se le achican y empiezan a titilar como las lucecitas de los \u00e1rboles de navidad. Es algo lindo de ver.<\/p>\n<p>A pesar de todo el vino que sacud\u00eda mi cabeza, intent\u00e9 convencerla de que no lo escondiera en su cartera todav\u00eda y que lo hiciera cuando estuvi\u00e9ramos por irnos para que cuando los empleados notaran su falta ya estuvi\u00e9ramos bien lejos del lugar. Quiz\u00e1s por todo ese vino del cual hablo, Fiori logr\u00f3 convencerme de que lo mejor era dejarlo en su cartera, donde ya lo hab\u00eda dejado caer disimuladamente, para que los empleados se hicieran de cuenta que el cenicero nunca estuvo en nuestra mesa, por un descuido factible, circunstancial.<\/p>\n<p>De inmediato me sent\u00ed un poco nerviosa porque no estoy acostumbrada a robar, sent\u00ed un vac\u00edo inusual en el est\u00f3mago, una sensaci\u00f3n parecida al v\u00e9rtigo que se confundi\u00f3 con hambre a la primera tequila, ni siquiera ten\u00eda muy en claro como hab\u00eda llegado hasta all\u00ed, empec\u00e9 a sentir que todo me resbalaba, los mesoneros, la cuenta, las tequilas, incluso la ropa. Fiori me arreglaba las tiras de la camisa porque se mov\u00edan de sitio a cada rato y yo no me daba por enterada, al parecer, cualquiera pod\u00eda verme las tetas, a\u00fan sin entrar en el bar, aguzando bien la vista desde el rellano de la entrada.<\/p>\n<p>Creo recordar que Fiori se puso tambi\u00e9n un poco borracha porque al rato ya est\u00e1bamos cantando canciones distintas a las que llegaban hasta nuestros o\u00eddos desde los amplificadores, unas gotas de vino y una tequila le bastan a Fiori porque las pastillas de Tafil, que ingiere una detr\u00e1s de otra, aceleran los efectos del alcohol en su organismo, o por lo menos eso es lo que dice para justificar que al primer trago ya quede hecha porquer\u00eda.<\/p>\n<p>Transcribo aqu\u00ed, tal como la recuerdo, la conversaci\u00f3n que entonces sostuvimos mientras jug\u00e1bamos con las sobras de nuestra cena:<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Qu\u00e9 linda la flor! \u2013dice Fiori y acto seguido me pregunto si es que confunde el guacamole con carboncillo ya que lo restriega con el \u00edndice intentando difuminar los contornos del tallo.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed marica, qu\u00e9 linda\u2026 vamos a ponerle m\u00e1s p\u00e9talos \u2013y le aviento unas hebras de carne mechada con tan terrible punter\u00eda que se caen todas al suelo.<\/p>\n<p>\u2013P\u00eddele mantequilla a la tipa \u2013me intenta convencer tirone\u00e1ndome del brazo<\/p>\n<p>\u2013\u00bfPara qu\u00e9? \u2013le pregunto desubicada<\/p>\n<p>\u2013Para lo amarillito en el centro \u2013se\u00f1ala el punto de donde parten los p\u00e9talos<\/p>\n<p>\u00ad\u2013Se lo ponemos con esto blanco \u2013y me embadurno la mano de algo que parece suero de leche y que sabe muy bien.<\/p>\n<p>\u2013Mmmm\u2026 \u2013hace Fiori que se ha embadurnado la mano igual que yo con eso que parece suero de leche, pero que en vez de pon\u00e9rselo a la flor se lo est\u00e1 comiendo.<\/p>\n<p>\u2013Vamos a hacer un hombrecito ahora \u2013dice (tiene la boca llena de eso blanco)<\/p>\n<p>\u2013Esta es la cabeza \u2013pongo una rueda de tomate<\/p>\n<p>\u2013No estaba en Canad\u00e1 \u2013revuelve con un tenedor los sobrantes del relleno de las fajitas<\/p>\n<p>(No entiendo pero no me doy cuenta de que no entiendo)<\/p>\n<p>\u2013Est\u00e1 en Italia \u2013pongo cara de bolsa y se\u00f1alo el tomate<\/p>\n<p>\u2013Me enferm\u00e9\u2026 pero no me acuerdo de nada<\/p>\n<p>(Contin\u00fao sin entender)<\/p>\n<p>\u2013\u00bfEstabas borracha? \u2013pienso que hago un chiste (solo yo me r\u00edo)<\/p>\n<p>\u2013\u00bfEst\u00e1s molesta conmigo? \u2013clava los ojos en la rueda de tomate<\/p>\n<p>\u2013No \u2013la miro raro, creo que la miro raro\u2026 no recuerdo bien<\/p>\n<p>\u2013\u00bfYa no quieres vivir m\u00e1s conmigo? \u2013clava los ojos en una semillita de la rueda de tomate<\/p>\n<p>\u2013Deja de so\u00f1ar que te dejo el hueco para ti sola \u2013me como las preposiciones, me pongo seria.<\/p>\n<p>(Ella sonr\u00ede. Pide otro tequila. Cuando se la traen me cuenta una historia rar\u00edsima, habla de una residencia estudiantil, de una cl\u00ednica de reposo, de un loquero. Me siento cada vez m\u00e1s borracha, intuyo que lo que est\u00e1 contando es terrible y que le duele el hecho de contarlo, me avispo un poco, pido yo tambi\u00e9n otra tequila a ver si puedo seguirla mejor, pero todo es en vano, ella se mueve a mi alrededor como si estuvi\u00e9ramos jugando a la rueda y a ella le tocara girarme. La escucho hablar a lo lejos, nos acercamos apenas por fracciones de segundos. Ella no corre alrededor de la rueda, se queda en un punto y la impulsa, a veces me toca darle la espalda pero no intento voltear por miedo a caerme. Me sostengo del armaz\u00f3n de metal, me concentro en el tubo que gira endemoniadamente. Estoy completamente mareada. No termino de entender)<\/p>\n<p>\u2013\u00bfTe parece si le ponemos brazos de tiras de piment\u00f3n? \u2013se\u00f1alo el hombrecito sobre el individual.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed\u2026 vamos a ponerle Jorge como Jorge el de Los Perros rob\u00f3ticos \u2013entonces baja el tono de voz, est\u00e1 mirando en todas las direcciones aunque sabe que a nadie le interesar\u00eda escucharnos, juega con un hueco en la tela de su pantal\u00f3n, a la altura de la rodilla \u2013S\u00ed, si me pasa algo \u2013duda unos instantes\u2013 el n\u00famero de los viejos est\u00e1 en la primera gaveta de mi mesa de noche \u2013suspira y recupera el volumen stereof\u00f3nico\u2013 tenemos que ponerle m\u00e1s cebolla al pobre Jorge, f\u00edjate que no tiene cuerpo\u2026 \u2013r\u00ede<\/p>\n<p>Creo que yo tambi\u00e9n me re\u00ed pero no podr\u00eda asegurarlo, todo giraba y giraba a m\u00ed alrededor cada vez con mayor intensidad. Creo que me ca\u00ed de la rueda. Creo que sal\u00ed disparada y me pegu\u00e9 contra algo muy duro porque se me borr\u00f3 la memoria y no sabr\u00eda decir que pas\u00f3 despu\u00e9s.<\/p>\n<p>Despert\u00e9 en mi cama. Me dol\u00eda la cabeza y era horrible. Sent\u00eda que el p\u00e1jaro carpintero de las comiquitas me la picoteaba desde adentro. Sent\u00eda que mi cabeza era un ladrillo y que me pesaba demasiado llevarla, recuerdo que me hubiese gustado sac\u00e1rmela un rato, dejarla a un lado en el cl\u00f3set mientras me cambiaba la ropa de la noche anterior. Fiori a\u00fan estaba dormida, constat\u00e9 que hab\u00eda llegado en mejor estado porque encontr\u00e9 una pila de sus discos regados y entend\u00ed que estuvo rato escuch\u00e1ndolos, quiz\u00e1s hasta el amanecer.<\/p>\n<p>Intent\u00e9 reconstruir la noche, pieza por pieza. Una sensaci\u00f3n indefinible me mov\u00eda a caminar en c\u00edrculos alrededor de la cocina mientras el caf\u00e9 borboteaba en la cafetera, era como si estuviera recogiendo pedacitos de cer\u00e1mica en el suelo despu\u00e9s de un temblor de siete grados en la escala de Richter, como si fuera posible pretender fijarlos de nuevo en su sitio con pega loca o con una de esas pistolitas que queman barras de silic\u00f3n.<\/p>\n<p>Me serv\u00ed una taza de caf\u00e9 y fui a sentarme en el jard\u00edn, el cielo estaba brillante, de un color azul perlado. Me cay\u00f3 mal tanta magnificencia y me met\u00ed de nuevo en la cama. Estando all\u00ed me concentr\u00e9 en hacer un recuento de la noche y para mi sorpresa en algunos minutos pude armar la historia que me hab\u00eda contado Fiori.<\/p>\n<p>Primero habl\u00f3 de un lugar que odiaba, una residencia estudiantil de donde hab\u00eda salido como corcho de limonada, por lo que pude entender las otras terinta chicas con las cuales compart\u00eda las \u00e1reas comunes de la casona la ve\u00edan con aprensi\u00f3n. No quer\u00edan a Fiori, le rehu\u00edan en los ba\u00f1os, en la cocina, en las escaleras. Luego dijo algo de una tipa morena que le robaba los pepinos para hacer no s\u00e9 qu\u00e9 (\u00bfpara pon\u00e9rselos de mascarilla?). El asunto es que todo se hab\u00eda puesto peor desde una vez en que se puso mal (as\u00ed dijo, que se hab\u00eda puesto mal) y entonces la encontraron hablando sola (\u00bfsola?) en la salita del televisor. Entonces me aclar\u00f3 o creo recordar que me aclar\u00f3 que no estaba drogada (como si eso pudiera escandalizarme). La vieja de la resi le dijo a su hermana que se le hab\u00edan puesto las pupilas como metras y que no dejaba de decir que unos hombres la persegu\u00edan, al parecer estaba muy asustada, (aqu\u00ed fue cuando pedimos las tequilas) y aunque le hablaban y le dec\u00edan cualquier cosa para sacarla de aquel lugar de su cerebro en donde unos tipos horribles la persegu\u00edan y as\u00ed poder traerla de vuelta a la salita del televisor, ella no reaccionaba. Nadie se atrevi\u00f3 a llevarla hasta su habitaci\u00f3n. A media noche empez\u00f3 a caminar por las estancias de la casa como un alma en pena.<\/p>\n<p>Dijo que la vieja seguro pensaba que estaba drogada y por eso no movi\u00f3 un dedo, quiz\u00e1s esperando que se le pasara la nota para decirle que recogiera sus cosas y se largara. Pero durante el segundo d\u00eda, ya bien entrada la noche, (el mesonero nos trajo las tequilas) notaron que no se manifestaba en ella ni un remoto s\u00edntoma de mejor\u00eda, y entonces decidieron revolver su cl\u00f3set y su mesita de noche en busca de un tel\u00e9fono en donde pudieran avisar a sus familiares. Fiori no recuerda nada de este episodio, y tampoco nada de los que siguieron, o por lo menos eso fue lo que dijo (en este momento jugaba con el huequito en la tela del pantal\u00f3n).<\/p>\n<p>Su padre, su hermana y un loquero, se lanzaron a la carretera desde Valencia, a su rescate (aqu\u00ed adopt\u00f3 el tono de quien narra una epopeya). Despu\u00e9s empez\u00f3 a hablar de una cl\u00ednica de reposo, ya en este lugar siempre estaba drogada (le pregunto sobre la nota sonre\u00edda, obviamente, me ignora). El loquero que era amigo de la familia o amigo de la familia de alguien, dijo que la mala alimentaci\u00f3n de Fiori y otros factores emocionales hab\u00edan contribuido a que se gestara aquel quiebre, estaba an\u00e9mica o anor\u00e9xica, o uno de esos t\u00e9rminos que utilizan para decir que no comes y que est\u00e1s como un ni\u00f1o de Biafra.<\/p>\n<p>Para sorpresa del loquero amigo de la familia o amigo de la familia de alguien y los de la cl\u00ednica, Fiori se empez\u00f3 a recuperar r\u00e1pidamente. (Parafraseo) La posibilidad de que permaneciera as\u00ed, enajenada del mundo, por el resto de su vida, se dilu\u00eda en las cremas de verduras que una enfermera le hac\u00eda tragar con cucharilla. Cuando estuvo de vuelta, hab\u00edan pasado seis semanas, y ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que hab\u00eda estado desenchufada de la realidad, como un viejo televisor al que se le funde una pieza (estas palabras las recuerdo al pie de la letra, desenchufada de la realidad como un viejo televisor al que se le funde una pieza). Entonces le dije lo de los bracitos de piment\u00f3n y ella dijo lo de Jorge el de Los perros rob\u00f3ticos y luego lo de la emergencia y el n\u00famero de sus viejos y la mesa de noche. Me caigo de la rueda, despierto en mi cama y el espiral se cierra sobre m\u00ed como el aguij\u00f3n de un alacr\u00e1n venenoso.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 puedo decir? Ten\u00eda dos semanas de haberme mudado con Fiori y me entero de que no est\u00e1 de loquero, si no de manicomio. Me asusto. Me alegro de haber estado borracha. Me levanto de la cama de un salto y empiezo a recoger los discos y a poner las cosas en orden. Reflexiono. Me entran unas ganas lindas de hacerle desayuno para que no se ponga mal de nuevo. Me tranquilizo. Me empiezo a sentir muy bien con la idea de que Fiori me lo haya contado y pienso que a fin de cuentas, Fiori era m\u00e1s normal que much\u00edsimas de las personas que conoc\u00eda ya que lo m\u00e1s normal en este mundo era volverse loco y que lo extra\u00f1o era, por el contrario, mantenerse cuerdo (creo que esto lo le\u00ed en alguna parte).<\/p>\n<p>Todo encajaba. Entend\u00ed finalmente lo que hab\u00eda pasado con Fiori cuando desapareci\u00f3 a mediados del tercer semestre. Hab\u00eda perdido las esperanzas de volver a verla y llegu\u00e9 a pensar que, como muchos estudiantes de Letras, hab\u00eda terminado por cambiarse de carrera. A principios del cuarto semestre me la encuentro en el cafet\u00edn de Humanidades y para celebrar su regreso nos escapamos del curso \u201cLa poes\u00eda y los poetas\u201d: nos vamos al jard\u00edn bot\u00e1nico a perder el tiempo. Me dijo que hab\u00eda estado en Canad\u00e1, visitando la casa de su hermano, y como la ve\u00eda con algunos kilos m\u00e1s pens\u00e9 que el viaje le hab\u00eda sentado de lo mejor. Tambi\u00e9n not\u00e9 que se la pasaba tomando unas pastillas raras, eran peque\u00f1itas y ven\u00edan en un frasquito de vidrio, dec\u00eda que se las hab\u00eda recetado un loquero para controlar la ansiedad. Fue cuando empez\u00f3 a vivir con sus t\u00edos.<\/p>\n<p>Precisamente, nos hab\u00edamos mudado juntas porque ya no soportaba vivir con sus t\u00edos. Yo tambi\u00e9n necesitaba mudarme. Encontramos el anuncio en el peri\u00f3dico pocos d\u00edas antes de que me echaran de la habitaci\u00f3n que alquilaba en Los Chaguaramos. La se\u00f1ora Chele ya andaba en met\u00e1stasis y, como necesitaban m\u00e1s dinero para contratar a una enfermera que se hiciera cargo de ella, decidieron alquilar la habitaci\u00f3n a un matrimonio que estaba dispuesto a pagar m\u00e1s. Lo acept\u00e9 todo con dignidad, sin armar mucho barullo. Acept\u00e9 un plazo irrisorio para abandonar el lugar, por primera y \u00fanica vez agradecida de que me corrieran. La sola idea de que la se\u00f1ora Chele pudiera morir, de un momento a otro, agazapada detr\u00e1s de aquella puerta pintada de azul, me pon\u00eda los nervios de punta.<\/p>\n<p>El d\u00eda de la entrevista con el casero, Fiori hizo que su padre viniera desde Valencia para respaldar la transacci\u00f3n y firmar el contrato de una vez, en caso de que nos aceptaran. Ninguna de las dos ten\u00eda empleo, referencias bancarias o tarjetas de cr\u00e9dito, s\u00f3lo ten\u00edamos unas ansias salvajes de independencia, mucho tiempo libre, y sendas cuentas corrientes que nuestros viejos alimentaban exiguamente y, que nosotras adelgaz\u00e1bamos, en un abrir y cerrar de ojos, sin demasiados remordimientos.<\/p>\n<p>Los motivos de fuerza mayor que respaldaban nuestra mudanza estaban ligados de manera intr\u00ednseca a motivos pendejos y sin substancia, pero que eran, precisamente, aquellos que sopesar\u00edan los \u00edndices de lo que consider\u00e1bamos una independencia real. So\u00f1\u00e1bamos con la libertad, o lo que para otros ser\u00eda libertinaje, en una sociedad permeada por el machismo de otras \u00e9pocas y en donde fuimos criadas, de forma solapada, para convertirnos en mojigatas, o en se\u00f1oritas, dos palabras distintas que suelen utilizarse para decir lo mismo.<\/p>\n<p>La libertad seg\u00fan Fiori era poder escoger el color de las paredes sin que nadie le chistara, estaba harta del blanco, dec\u00eda que rodeada de paredes blancas se sent\u00eda como flotando en la nada y que con aquella sensaci\u00f3n encima, la de estar flotando en la nada, le entraban ganas de comerse las u\u00f1as, la pintura de las u\u00f1as e incluso la cut\u00edcula de las u\u00f1as. Tambi\u00e9n so\u00f1aba con escuchar Los Perros rob\u00f3ticos a todo volumen tanto como quisiera, con mantener el televisor encendido hasta las cuatro am as\u00ed no estuviera vi\u00e9ndolo y con dormir hasta las tres de la tarde sin que la gente la tratara de vaga.<\/p>\n<p>La libertad para m\u00ed era poder fumar hierba sin paranoias, cocinar a altas horas de la madrugada e ir a todas las fiestas a las que se me antojara, sin detenerme a pensar en c\u00f3mo iba a hacer para entrar a la casa sin encender la luz.<\/p>\n<p>Aspir\u00e1bamos, m\u00e1s o menos, a lo mismo. Ped\u00edamos a gritos una libertad dorada, tan dorada como la cerveza\u2026 y tan transparente: un lugar en donde no tuvi\u00e9ramos que fingir ser las ni\u00f1itas buenas de la cuadra. Como todos los j\u00f3venes universitarios que se mudan por su cuenta, quer\u00edamos un lugar en donde pudi\u00e9ramos hacer lo que se nos diera la gana. Un lugar sin prohibidos.<\/p>\n<p>Claro est\u00e1 que el padre de Fiori no sab\u00eda nada de nuestras aspiraciones. Nos recogi\u00f3 en la misma Trail blazer en la que hab\u00eda llevado a Fiori hasta Valencia \u201ccuando se enferm\u00f3\u201d y seguro sinti\u00f3 que estaba haciendo lo correcto cuando vio a Fiori perfectamente peinada y maquillada, luciendo un saco de taller, en donde yo la hab\u00eda obligado a meterse, sonriendo animad\u00edsima, contando chistes malos del estilo de cuantos gallegos se necesitan para poner un bombillo o que le dijo tal animal a tal otro.<\/p>\n<p>El casero era un australiano que rondaba los cincuenta. Era un tipo taciturno, hablaba poco y no hac\u00eda m\u00e1s que mirarme las tetas. Nos mostr\u00f3 el lugar sin demasiada convicci\u00f3n, una casita m\u00ednima que funcionaba anteriormente como dep\u00f3sito, ubicada en los confines del patio, con las paredes manchadas de filtraciones. Ten\u00eda un solo ambiente, apenas entrabas te topabas con el espacio que ocupar\u00edan las camas, y al fondo la puerta del ba\u00f1o, a un lado un cl\u00f3set de pared entera, m\u00e1s all\u00e1 un pasillo estrecho que mostraba de un lado un ventanal inmenso y del otro un mes\u00f3n de cer\u00e1mica que se divid\u00eda en una cocinita el\u00e9ctrica empotrada de dos hornillas, un lavaplatos y algunas gavetas. La nevera estaba al final del pasillo justo al lado de la puerta que conduc\u00eda a un jardincito interior, con muros altos y flores mal cuidadas.<\/p>\n<p>El padre de Fiori nos miraba de soslayo mientras estudi\u00e1bamos el espacio y decid\u00edamos en donde ir\u00eda tal o cual adorno, de entrada se notaba que no le gustaba el tipo, ni los hongos en las paredes, ni el ba\u00f1o de un metro por un metro, ni tan siquiera el precio, que era excesivo, considerando las limitaciones del espacio. El australiano se sent\u00f3 en el tope de cer\u00e1mica a fumar habanos, y no s\u00e9 porqu\u00e9 se me ocurri\u00f3 que de perfil se parec\u00eda a Mel Gibson en Brave heart, a lo mejor, porque ten\u00eda aspecto de no haberse ba\u00f1ado en d\u00edas. Fiori y su padre deliberaban, secret\u00e9andose, en el jardincito interior y yo fing\u00eda no muy lejos que observaba una hilera de hormigas que arrastraban unas migajas de pan.<\/p>\n<p>Nos mudamos la semana siguiente.<\/p>\n<p>Si te acostumbrabas a la idea de que Los perros rob\u00f3ticos estuvieran ladrando todo el d\u00eda en sonido stereof\u00f3nico, no era dif\u00edcil vivir con Fiori. Yo s\u00f3lo ten\u00eda que llevarle la cuenta de los Tafil que tomaba durante el d\u00eda para evitar el riesgo de una sobredosis y, luego de que me enter\u00e9 de lo del quiebre, darle de comer para que no enfermara, de todo lo dem\u00e1s, nos encarg\u00e1bamos en equipo. Un d\u00eda me tocaba a m\u00ed ponerle agua a Virginia Woolf y a Fiona Apple (nuestras plantas), y otro d\u00eda le tocaba a ella. Una semana me tocaba la limpieza general de la casa y la siguiente semana le tocaba a ella. \u00cdbamos a partes iguales en los gastos del alquiler y hac\u00edamos las compras juntas porque cuando la dejaba ir sola se gastaba la totalidad de nuestro dinero en galletas de chocolate y botellas de coca cola con la excusa de que quer\u00eda evitarnos el rollo de tener que cocinar diariamente\u2026 \u201cpsst\u2026 marica, qu\u00e9 fastidio, \u00bfno ves que la cocina se ensucia?\u201d contestaba malhumorada cuando yo le reclamaba el haber olvidado la mayor\u00eda de los productos garrapateados en la lista de compras.<\/p>\n<p>Lo que m\u00e1s me costaba al comienzo era lo de Los perros rob\u00f3ticos. El que toca la guitarra siempre anda sacando los mismos tres arpegios y, al parecer, no sabe hacer m\u00e1s trucos. Han grabado cinco discos que podr\u00edan f\u00e1cilmente resumirse en uno; su estilo es como una canci\u00f3n que logra atravesar una d\u00e9cada con los zapatos intactos.<\/p>\n<p>Un d\u00eda se dieron cuenta de que no se les ocurr\u00edan m\u00e1s ideas y empezaron a reciclar las viejas, as\u00ed es como ponen el cart\u00f3n de un lado, el vidrio del otro, lo org\u00e1nico en un tercer bote, y luego de separar meticulosamente las cosas, las revuelven a ver que sale. No les queda tan mal, son como el <i>ready made<\/i> mezclado con una propuesta pl\u00e1stica de vanguardia sustentada en los materiales de deshecho, s\u00f3lo que no son una propuesta pl\u00e1stica. Cuando escucho m\u00e1s de tres canciones seguidas me asalta la sensaci\u00f3n de que Los perros rob\u00f3ticos son una imagen, un rastrillo de jard\u00edn colocado sobre una mesa con muchas botellas de alcohol quebradas en derredor, empaques de chocolate savoy, latas de frescolita y <i>blisters<\/i> de pastillas.<\/p>\n<p>No soy tampoco de esas personas que odian a Los perros rob\u00f3ticos. Tal vez por eso pude ir acostumbr\u00e1ndome a ellos casi sin darme cuenta, eran como un cuadro que siempre estaba colgado en la pared junto a nuestra litograf\u00eda de la <i>Noche<\/i><i> estrellada<\/i> de Van Gogh. Escuchar sus discos, en casa, era como escuchar nuestra respiraci\u00f3n: siempre estaban sonando, y en alg\u00fan momento llegu\u00e9 a pensar que el d\u00eda en que no sonaran las paredes se caer\u00edan, porque cuando la casa respiraba se escuchaba como ellos. Eran el aire, y a la vez las paredes; por decirlo de alguna manera, eran el <i>soundtrack<\/i> de la vida de Fiori, y de mi vida con Fiori, por a\u00f1adidura. Sin \u201ccoraz\u00f3n encefal\u00edtico\u201d en eterno <i>repeat<\/i>, la casa hubiese sido, en definitiva, otra casa. Un lugar a\u00fan m\u00e1s chico, menos acogedor, menos nuestro.<\/p>\n<p>Nunca entend\u00ed porqu\u00e9, precisamente, Los perros rob\u00f3ticos. Tambi\u00e9n estaban Las cebollas fritas, Las cabezas destrozadas, Los sin ley, Los babilonia sound system, Los tomates podridos, Los comegatos electr\u00f3nicos, Los an\u00e1rquicos can\u00edbales, etc\u00e9tera, etc\u00e9tera.<\/p>\n<p>Fiori coleccionaba todos los discos de estas bandas, los compraba y los guardaba en cajas por pilas; pocas veces llegaba a escucharlos completos y cuando le preguntaba para qu\u00e9 quer\u00eda todos esos discos, se rascaba la cabeza, miraba un rato el techo, se daba tiempo para escoger sus palabras con pinzas aunque utilizara las mismas de siempre, y despu\u00e9s contestaba que era una cruzada personal\u00edsima para apoyar al rock nacional. Pronto ca\u00ed en cuenta de que Fiori ve\u00eda en el rock nacional un suced\u00e1neo de la religi\u00f3n, o m\u00e1s bien, del ecologismo. Esa extra\u00f1a afici\u00f3n representaba, para ella, un acto de caridad extrema, era casi como enrolarse en Greenpeace y dedicarse a capturar especies en peligro de extinci\u00f3n a lo largo y ancho de la geograf\u00eda nacional, que luego etiquetaba con cuidado y guardaba con celo, haci\u00e9ndose a la idea de que proteg\u00eda lagartos voladores, iguanas minusv\u00e1lidas, la historia musical de una generaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Cuando Andr\u00e9s conoci\u00f3 a Fiori dijo que esos benditos perros rob\u00f3ticos le ladraban en la cabeza y le mord\u00edan el cerebro hasta dejarla tan encefal\u00edtica como sus canciones. Andr\u00e9s dijo que Fiori estaba alienada (\u00e9l siempre anda pensando que todos est\u00e1n alienados). Es de los que opinan que los representantes del rock nacional, no son dignos representantes de nada, si no de la terrible alienaci\u00f3n de la cual es presa la juventud contempor\u00e1nea. Dice que los ojos se les ponen como platos de tanto ver MTV y que entonces ya no pueden ver el mundo que los rodea tal cual es, y que pareciera que han pescado un defecto visual irreversible o una enfermedad degenerativa de las partes blandas del cerebro. Pero estas son palabras de Andr\u00e9s, y en la \u00e9poca de la cual hablo, a\u00fan no lo conoc\u00eda, ni pensaba en conocerlo.<\/p>\n<p>Para esa \u00e9poca, a decir verdad, ninguna de las dos ten\u00edamos amigos lo que se dice amigos. Quiz\u00e1s era eso lo que nos hac\u00eda sentir a\u00fan m\u00e1s unidas. Fiori ni se tomaba la molestia de hablarle a nadie de la escuela, se sentaba en un banco con sus aud\u00edfonos puestos y se quedaba haciendo dibujos en sus cuadernos mientras esperaba que empezara su clase. Yo, por el contrario, hablaba con casi todos los de la escuela, pero aquella inclinaci\u00f3n natural de mi car\u00e1cter no convert\u00eda a aquellos chicos en mis amigos. Siempre que llegaba y saludaba a un grupo, se intercambiaban miraditas entre los del grupo, y por lo general cuando hablaba, pod\u00eda atisbar alguna sonrisita burlona aplacada por urbanidad en la comisura de sus labios. Me sent\u00eda como una paria, sin embargo, aunque lo intentaba, no lograba asumir la postura autosuficiente de Fiori.<\/p>\n<p>Las tribus de la escuela estaban cuidadosamente delimitadas. Los m\u00e1s extremos, eran aquellos que se cre\u00edan <i>beatniks<\/i>, y actuaban conforme a lo que cre\u00edan era ser un <i>beatnik<\/i>, iban a las clases tambale\u00e1ndose de lo drogados y hablaban de org\u00edas a vox populi. Lo cual no est\u00e1 tan mal si logras escribir como los \u00e1ngeles, el rollo era que los muy cabrones no lograban escribir ni una l\u00ednea. Sin embargo, cuando se lo propon\u00edan, pod\u00edan llegar a ser gente muy divertida.<\/p>\n<p>Estaban tambi\u00e9n los chicos fresas, que en sus vestimentas y peinados recordaban a los Beatles, y que tomaban poca cerveza, nada de \u00e1cidos, y se la pasaban escribiendo poemitas de amor sin pena ni gloria. Estaban los <i>hippies<\/i> org\u00e1nicos que fumaban hierba, andaban en cholas, practicaban yoga y le\u00edan el Bhagavad Git\u00e1. Estaban los que se cre\u00edan grandes intelectuales, que eran distintos a los que se cre\u00edan grandes escritores, porque los primeros quer\u00edan dedicarse a la cr\u00edtica y miraban a todos los dem\u00e1s por encima de sus hombros, y los segundos hablaban poco y se sentaban en el suelo a escribir en sus diarios.<\/p>\n<p>Estaban los equivocados, aquellos que decid\u00edan estudiar Letras porque sonaba interesante o porque no les gustaban las matem\u00e1ticas y sent\u00edan m\u00e1s inter\u00e9s por las series del canal Sony que por <i>La metamorfosis<\/i> de Kafka, aunque absolutamente todos los dem\u00e1s, en extra\u00f1a sincron\u00eda, delir\u00e1ramos por Gregorio Samsa. Estaban los ratones de biblioteca, que no por eso eran los mejores de su clase y que se los distingu\u00eda porque iban siempre bien peinados y con la camisa metida por dentro de los pantalones.<\/p>\n<p>Estaban los de la trova, esos que se sentaban con guitarras a cantar canciones de Pablo Milan\u00e9s y Silvio Rodr\u00edguez, y presid\u00edan el centro de estudiantes, como un primer paso para cambiar el mundo. Estaban los independientes como Fiori, esos seres que nadie notaba y que s\u00f3lo andaban por la facu el tiempo necesario para ir a clases. Estaban las ni\u00f1as bien, las que escog\u00edan Letras por cuesti\u00f3n de status.<\/p>\n<p>Estaban los rezagados, aquellos que llevaban diez a\u00f1os inscritos y menos de la cuarta parte de los cr\u00e9ditos aprobados, y que permanec\u00edan all\u00ed, m\u00e1s que todo, por conservar los beneficios de los cuales gozan los estudiantes (el comedor, el medio pasaje en los buses y la atenci\u00f3n m\u00e9dica gratuita).<\/p>\n<p>Estaban las amas de casa, que se ve\u00edan obligadas a escoger la carrera porque las clases se dictaban en horario nocturno. Estaban los que usaban la escuela de trampol\u00edn, porque no gozaba de mucha demanda y era m\u00e1s sencillo entrar all\u00ed y luego pedir cambio a la escuela en la que realidad quer\u00edan estudiar.<\/p>\n<p>Y estaba yo. Una chica que hac\u00eda malabares con la creencia infantil de que no encajaba en ning\u00fan lugar. Lo cierto es que me asimilaba como una pieza de lego fabricada con pl\u00e1stico de mala calidad. Sent\u00eda que era algo as\u00ed como una flor par\u00e1sita, una orqu\u00eddea que crece colgada de un \u00e1rbol selv\u00e1tico de nombre raro, aliment\u00e1ndose de los miedos, de los errores y los aciertos de aquel tronco grueso hasta crecer hermosa, erigi\u00e9ndose en fragmentos de cada parte del \u00e1rbol, sin ser el \u00e1rbol, sin ser las hojas, las ramas o las ra\u00edces de aquel pasillo estrecho con bancos de un lado y salones de clase del otro. Mejor es si digo, que era una orqu\u00eddea colgada de una pared, lam\u00eda la cal y engull\u00eda trozos de cer\u00e1mica, tragaba tinta y p\u00e1ginas del Bhagavad git\u00e1 con verdadero placer, utilizaba las cuerdas de las guitarras de los Beatles para ahorcarme, de cuando en cuando daba un \u201cAullido\u201d. No era una persona, era muchas personas al mismo tiempo, cre\u00eda que los dem\u00e1s no lo entend\u00edan desde sus burbujitas unidimensionales y entonces yo s\u00f3lo me concentraba en permanecer all\u00ed colgada, con los ojos cerrados, sin respirar.<\/p>\n<p>A veces me cansaba de ser esa florecita mustia de vivero que llevaba el aire en los pies de tan colgada; me sentaba junto a Fiori, dejaba mis libros a un lado y me quedaba vi\u00e9ndola hacer dibujos en sus cuadernos, idiotizada, como cuando la escuchaba cantar. Y es que Fiori, a\u00fan siendo una entregad\u00edsima buena para nada, serv\u00eda para algo. A trav\u00e9s de ella entend\u00ed que la existencia de los buenos para nada est\u00e1 signada \u00fanicamente por una perspectiva inexistente de la vocaci\u00f3n, que muchas de esas personas a las que tildamos de esa manera esconden alg\u00fan talento extra\u00f1\u00edsimo, de esos que se encuentran en una persona de cada mil. Por ejemplo, una vez conoc\u00ed a un bueno para nada al que le dec\u00edan Rafito que pod\u00eda ponerse una cucharilla en la nariz y dar vueltas en c\u00edrculo alrededor del jard\u00edn de la facultad sin que la cucharilla se le viniera abajo. Ten\u00eda mucho de equilibrista ese Rafito, incluso pod\u00eda hablar mientras hac\u00eda lo de la cucharilla sin que \u00e9sta se moviera de su sitio.<\/p>\n<p>El don de Fiori era una voz de puta madre, salvaje, poco amaestrada, tan gangosa que te raspaba la piel como si estuviera hecha de lijas. Nunca aprendi\u00f3 a tocar la guitarra muy bien, por aquello de su especial y acentuad\u00edsima falta de vocaci\u00f3n para la vida en general; no era de esas personas que hacen el amor con su guitarra, m\u00e1s bien era de esas que le dan de trancazos al pobre instrumento para que haga alg\u00fan ruido, no sab\u00eda sacarle ni un solo arpegio, y l\u00e1stima, la verdad es que apenas con tres le hubiese bastado y sobrado, siguiendo la l\u00ednea del guitarrista de Los perros rob\u00f3ticos.<\/p>\n<p>Lo que fascinaba de la manera en que cantaba era aquella ausencia, devastadora, de todo sentido art\u00edstico. Su voz no se agolpaba en sus cuerdas vocales. Era carencia. Daba la impresi\u00f3n de que no sal\u00eda de su boca si no de un agujero en su garganta, era como si aquella voz tuviese vida propia y necesitara desesperadamente salirse de aquel cuerpo larguirucho, encogido en un alg\u00fan rinc\u00f3n de la casa, con la guitarra apoyada sobre las piernas. Fiori no cantaba por placer. Cantaba para sentir alivio, y aunque cantaba <i>para algo<\/i>, se hac\u00eda imposible pensar que este detalle le confiriera alg\u00fan sentido pr\u00e1ctico al hecho de Fiori, sentada en el suelo, rasgu\u00f1ando las cuerdas de la guitarra hasta lastimarse los dedos y escupiendo el miedo sobre la alfombra, mientras se contorsiona y asume los gestos de un gato que escupe una bola de pelos.<\/p>\n<p>Fiori cantaba cuando sent\u00eda miedo. Quiero que se entienda que el miedo en Fiori no era una sensaci\u00f3n meramente circunstancial predeterminada por factores externos. El miedo en Fiori no era el robusto rottweiler sin cadena de alg\u00fan vecino ladr\u00e1ndole a pocos metros de distancia, el miedo en ella era un robusto rottweiler, que caminaba de un lado a otro en su cabeza, amenazando con destrozarla con su poderosa mand\u00edbula. He llegado a pensar que quiz\u00e1s por eso la pobre pon\u00eda a ladrar a Los perros rob\u00f3ticos todo el tiempo en sonido stereof\u00f3nico, he llegado a pensar incluso que Andr\u00e9s siempre ha estado equivocado y que esos perros no le muerden el cerebro a Fiori, que el cerebro de Fiori se muerde a s\u00ed mismo como una extra\u00f1a criatura antrop\u00f3faga, una criatura aficionada a colocar trampas para cazar ratones debido a la fascinaci\u00f3n que experimenta al dejarse atrapar sus propios dedos en ellas. Los rob\u00f3ticos eran apenas un talism\u00e1n que sonaba y, que de tan escandaloso, le imped\u00eda escuchar los pasos de aquello que avanzaba dentro de ella y deletreaba en su cara una sensaci\u00f3n, a menudo, sin nombre.<\/p>\n<p>Escuchando a Fiori cantar entend\u00ed lo que significaba el miedo. El miedo estaba en ella como en ella estaban su coraz\u00f3n y sus pulmones. Casi cumpl\u00eda la funci\u00f3n de un \u00f3rgano vital, determinaba su relaci\u00f3n con el mundo, cada una de sus palabras, todos y cada uno de sus sentimientos. El miedo en Fiori se manifestaba de tres maneras diferentes, unas veces, por ejemplo, le sobreven\u00edan per\u00edodos de hipocondr\u00eda. Lo que le asustaba proven\u00eda de su cuerpo. Se alarmaba por el m\u00e1s m\u00ednimo cambio que se efectuara en su organismo, exageraba los dolores de cabeza y los resfriados, se inventaba anomal\u00edas inexistentes en la piel. Acordaba citas con decenas de especialistas de distintas ramas de la medicina, les iba con cuentos raros, pon\u00eda la carita de enferma bien enmarcada en su cabello casta\u00f1o cortito en degrad\u00e9, y ellos ca\u00edan, le recetaban pastillas que ella engull\u00eda religiosamente en las cantidades y los horarios pautados. Estos per\u00edodos disminuyeron, hasta casi desaparecer, a ra\u00edz de una medicamentosis severa. Le salieron un mont\u00f3n de ronchas en la piel, y se puso m\u00e1s paran\u00f3ica que nunca pensando que hab\u00eda pescado una ven\u00e9rea. Luego de que desfilara por un pu\u00f1ado de consultorios, y se hiciera sacar la sangre por lo menos tres veces, un dermat\u00f3logo finalmente pill\u00f3 el problema y le dio a Fiori un buen tir\u00f3n de orejas.<\/p>\n<p>Desde ese momento, el miedo en Fiori s\u00f3lo tuvo dos facetas. O le asustaba todo lo que se encontraba fuera de ella, por ejemplo, los vecinos, Ricky Martin, el arroz chino, los espacios demasiado abiertos o lejanos, la lluvia, los gatos, la inflaci\u00f3n, los pol\u00edticos de la tele, el agua caliente, la cocina a gas directo, la silueta de mis zapatos de goma en la oscuridad, el tener que ir a clases, etc\u00e9tera, etc\u00e9tera. O bien, se dejaba de justificaciones absurdas y se entregaba a los ataques de p\u00e1nico sin traspolar sus causas a cualquier objeto, persona, animal, situaci\u00f3n o lugar que le pasara por la cabeza como sol\u00eda hacer y entonces simplemente se abandonaba a sentir un miedo desbordado, sin coartada y sin diques, que le barr\u00eda la mirada hasta escond\u00e9rsela debajo la alfombra. Durante esta clase de ataques pod\u00eda pas\u00e1rsela cantando la noche entera, sin comer, sin dormir, rasgu\u00f1ando la guitarra con sus deditos rotos y lastimeros.<\/p>\n<p>Al contrario de lo que se pueda imaginar, el temperamento de Fiori era el de una chica valiente. Respirar profundo, contar hasta diez y fingir que nada est\u00e1 pasando mientras su coraz\u00f3n se agita como una lavadora averiada, mientras siente que la angustia le clava un l\u00e1piz en el ojo izquierdo y grita palabras obscenas en su o\u00eddo, no es actitud de cobardes, por el contrario, es una prueba fehaciente de que la tipa es m\u00e1s dura que la deuda externa, m\u00e1s fuerte que Superman. M\u00e1s resistente que un cond\u00f3n retardante.<\/p>\n<p>Fiori era de esas que prefer\u00eda morderse la lengua hasta hacerla sangrar con tal de que nadie notara sus ataques de p\u00e1nico. Intentaba cuidarse las espaldas adoptando una actitud autosuficiente y lejana, rehu\u00eda a relacionarse con quien no fuera estrictamente necesario. Era, m\u00e1s que antip\u00e1tica, hostil. Se quedaba dormida en cualquier parte, asuntito que imped\u00eda, de entrada, que alguien pudiera intentar establecer alg\u00fan v\u00ednculo con ella.<\/p>\n<p>No lo hac\u00eda a prop\u00f3sito, en un principio ocurr\u00eda m\u00e1s que todo porque las pastillas la tiraban en la lona, era como si la sacaran de knock out. Luego porque se habitu\u00f3 tanto a ellas que no pod\u00eda conciliar el sue\u00f1o durante las noches y, es extra\u00f1o, pero a veces creo que s\u00f3lo en la calle pod\u00eda quedarse dormida. La casa era insomne como ella, sus horarios estaban torcidos.<\/p>\n<p>El d\u00eda en que el australiano nos corri\u00f3 de la casa Fiori continu\u00f3 cantando y s\u00f3lo se interrump\u00eda para encender cigarrillos. El hombre hab\u00eda golpeado la puerta con una violencia inaudita, amenazaba con abrirla con su copia de la llave pero al final no se atrevi\u00f3. Yo apagu\u00e9 mi porro en el cenicero y lo escond\u00ed debajo de la cama. Fiori cantaba una canci\u00f3n de la Joplin y yo limpiaba las huellas en la escena del crimen para recibir a nuestra copia venida a menos de Mel Gibson con acento de Cocodrilo Dundee; el tipito a veces nos tra\u00eda problemas, cuando nos lo top\u00e1bamos en el patio nos atajaba para interrogarnos sobre nuestras vidas, horarios y costumbres. Se quejaba del ruido.<\/p>\n<p>Estaba harto, grit\u00f3 apenas le abr\u00ed la puerta. No pude evitar re\u00edrme de los nervios, el tipo estaba roj\u00edsimo y su cara alargada recordaba a una gamba. Llevaba unos <i>shorts<\/i> deste\u00f1idos, una camisa de botones percudida, medias de vestir azules y unas cholas gastad\u00edsimas de colores chillones. Camin\u00f3 en direcci\u00f3n a la cocina y empez\u00f3 a revisar los trastos, hablaba de olores raros. Nos tild\u00f3 de putas. Nos llam\u00f3 locas.<\/p>\n<p>No soporto la bendita guitarra y los gritos, vocifer\u00f3 se\u00f1alando a Fiori con un dedo mientras ella lo observaba con cara de pocos amigos, la guitarra entre las piernas, y en el cl\u00edmax del coro m\u00e1s desgarrado de \u201cPiece of my heart\u201d que se haya escuchado alguna vez en esta puta ciudad. El tipo continuaba fuera de s\u00ed, yo camin\u00e9 hasta la nevera, tom\u00e9 dos cervezas, destap\u00e9 una ante sus ojos incr\u00e9dulos y le pas\u00e9 la otra. Cocodrilo Dundee la cogi\u00f3 con sus manos sucias, manchadas de una grasa negra de la cual resultaba imposible identificar su procedencia. Hac\u00eda much\u00edsimo calor. Eran las once de la ma\u00f1ana. Era domingo. Yo me baj\u00e9 la cerveza en dos sorbos, cocodrilo grit\u00f3 yo quiero ustedes fuera, no m\u00e1s contrato, antes de darse el primer sorbo de cerveza. Ten\u00eda los ojos inyectados en sangre y se pasaba la mano por la frente como limpi\u00e1ndose el sudor a manera de tic. Le contest\u00e9 que nos ir\u00edamos. Me sent\u00e9 en el suelo y encend\u00ed un porro que ten\u00eda a mano. Era la mejor manera que ten\u00eda de ofenderlo sin enfrascarme en una retah\u00edla de improperios que me har\u00edan perder, de seguro, el control de la situaci\u00f3n. Lo hice con tanta naturalidad que Cocodrilo se qued\u00f3 de una pieza.<\/p>\n<p>Ma\u00f1ana no quiero ver ustedes aqu\u00ed, vocifer\u00f3 mientras una vena gruesa y verdosa le sobresal\u00eda en la frente, tensa, a punto de estallar, imagin\u00e9 chorros de sangre brotando de su frente como la crema batida, no pude evitar re\u00edrme. En un mes, saqu\u00e9 un dedo para indicarle uno. El contrato se vence en un mes, agregu\u00e9. Fiori se las arreglaba para imitar los acordes de \u201cSummertime\u201d.<\/p>\n<p>El tipo se llev\u00f3 de nuevo la mano a la frente, era un triste cabroncillo que intentaba asustar a dos chicas que ya hab\u00edan aprendido a convivir con el miedo. Cuando un tipo pat\u00e9tico como Cocodrilo, uno que lleva la absurda combinaci\u00f3n de medias de vestir y cholas de andar por casa, intenta asustar a una muchacha como Fiori que ha aprendido a superar el miedo a Ricky Martin cantando \u201cLivin\u00b4la vida loca\u201d, al arroz chino y a las maromas pseudocircenses de los pol\u00edticos en la tele, no le queda m\u00e1s que hacer un papelacho, el rid\u00edculo m\u00e1s grande en toda la historia de las enfermedades psicof\u00f3bicas.<\/p>\n<p><i>You\u2019re gonna spread your wings, child, and take, take to the sky, lord, the sky<\/i>.\u2026 cantaba Fiori cuando Cocodrilo colocaba la lata de cerveza vac\u00eda sobre el mes\u00f3n y se perd\u00eda por la puerta con la expresi\u00f3n de un adolescente que corretea una piedra para patearla, y va pensando que si no alcanza la condenada piedra es capaz de matar a alguien, como si de esa forma pudiera reivindicar el tama\u00f1o de sus huevos, inflados de aire.<\/p>\n<p>Le pregunt\u00e9 a Fiori si ten\u00eda hambre. No contest\u00f3, continu\u00f3 con su canci\u00f3n. Busqu\u00e9 el frasquito de Fiori y pas\u00e9 una de sus pastillas con cerveza, despu\u00e9s me sent\u00e9 a comer galletas de chocolate sentada bajo el marco de la puerta que daba al jard\u00edn. A\u00fan estaba nerviosa por lo del encontronazo con el jodido australiano y devoraba las galletas de la cajita, unas tras otra, sin masticarlas siquiera. El cielo estaba jodidamente brillante, era de un azul tan di\u00e1fano que parec\u00eda un jodido crey\u00f3n Prismacolor con el jodido grabado que identifica el tono, de manera simplona, en letras min\u00fasculas. Azul cielo.<\/p>\n<p>No estaba triste, sent\u00eda que me ard\u00edan los ojos como si hubiese pasado la noche en vela trabajando en la computadora. Me fastidiaba un poco la certeza de haberme quedado otra vez sin casa, en la b\u00fasqueda y a la expectativa. Probablemente Fiori y yo tendr\u00edamos que separarnos, probablemente Cocodrilo ya estaba al tel\u00e9fono, soltando escamas, cont\u00e1ndole a su viejo lo que hab\u00eda ocurrido.<\/p>\n<p>Las pastillas comenzaron a hacerme efecto. Me sobrevino una intensa paz interior, el jodido crey\u00f3n Prismacolor me delineaba en azul cielo, estaba volando, pod\u00eda morder las nubes y no sab\u00edan precisamente a algod\u00f3n de az\u00facar. Fiori dej\u00f3 la guitarra a un lado, s\u00f3lo el tiempo necesario para hacer una llamada a Valencia y negar hasta el final las acusaciones del australiano. No me la paso dando gritos pap\u00e1, s\u00f3lo canto\u2026 argumentaba Fiori al tel\u00e9fono mientras yo destapaba mi segunda caja de galletas y escuchaba su voz amplificada, sin sentir ni una pizca de asombro.<\/p>\n<p>Abr\u00ed la llave del lavaplatos y me ech\u00e9 agua en la cara, hac\u00eda much\u00edsimo calor. Cuando cerr\u00e9 los ojos me cre\u00ed, por unos instantes, metida de cuerpo entero en una piscina de agua cristalina, Ricky Martin estaba en bikinis tomando pi\u00f1as coladas en una silla de extensi\u00f3n despatarrada a la izquierda del trampol\u00edn, pero no sent\u00eda miedo y tampoco esas ganas consuetudinarias que me embargan, cada vez que lo veo en la tele, de lanzarle alg\u00fan objeto contundente. Estaba qued\u00e1ndome dormida. Mi cuerpo era suave, como de goma espuma, se sent\u00eda suave llevarlo. Casi sent\u00ed envidia al pensar que aquella sensaci\u00f3n acompa\u00f1aba a Fiori de manera perenne.<\/p>\n<p>Me arrastr\u00e9 hacia la cama como pude y pens\u00e9 en algunas pendejadas antes de dormir. \u00a0La libertad no era un lugar, y esto lo ve\u00eda de forma muy n\u00edtida aunque ten\u00eda los ojos cerrados. Sent\u00ed que Fiori me cubr\u00eda con la s\u00e1bana y me colocaba otra almohada. Me di la vuelta y a los pocos segundos la escuch\u00e9 cantar a lo lejos, como tantas noches en las que yo ca\u00eda rendida mientras ella se sub\u00eda a los tejados y escup\u00eda bolas de pelos. En ese momento fue cuando entend\u00ed que Fiori se parec\u00eda demasiado a los gatos como para no tenerles miedo. Esta vez nada daba vueltas, pero creo que sal\u00ed disparada y me pegu\u00e9 contra algo muy duro, creo que me ca\u00ed de la rueda porque despert\u00e9 al d\u00eda siguiente. No me dol\u00eda la cabeza, pero era horrible.<\/p>\n<h3 id=\"post_single_title\">Evocaci\u00f3n y elogio de Federico Alvarado Mu\u00f1oz. A tres a\u00f1os de su muerte<\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Para Renato Rodr\u00edguez in memoriam<\/em><\/p>\n<p>Ensayamos la lluvia. La indolencia de dejarnos arrastrar por la belleza: sentimentales y est\u00fapidos. Tarde lenta y pesada. Caemos uno dentro del otro como gotas de agua sucia. Las nubes tienen formas de columpios rotos. Federico tiene forma de columpio roto. Forma de nube. Federico hojea una novela de Enrique Vila-Matas. No morir\u00e1 sin haber le\u00eddo a Vila- Matas pero lo enterrar\u00e1n vestido de marr\u00f3n, un color que detesta. El saco no ser\u00e1 de su talla y le quedar\u00e1 fatal. A\u00fan ninguno de los dos sabe esto. No podemos imaginar que en el futuro, de tanto revolcarse en su tumba, \u00e9l terminar\u00e1 por convertirse en un zombi (condenado a deambular por los escalofriantes pasillos de la historia de la literatura nacional).<\/p>\n<p>Por las noches vendr\u00e1 a pedirme bol\u00edgrafos y yo me desvelar\u00e9 contemplando sus manos que parecer\u00e1n moldeadas en pur\u00e9 de guisantes. Su voz tambi\u00e9n cambiar\u00e1, la escuchar\u00e9 siempre lejos, como si se tratara de una llamada de larga distancia. Sentado en el borde de mi cama, sacudir\u00e1 las briznas de hierba y los p\u00e9talos de flores adheridos a las solapas de su camisa, hablar\u00e1 sobre sus relecturas de la novela de la tierra. Se interesar\u00e1 particularmente en <em>Peon\u00eda<\/em> de Vicente Romero Garc\u00eda. Una novela pionera en la introducci\u00f3n de la figura del zombi en nuestra literatura. Luisa, el personaje femenino, muere en el pen\u00faltimo cap\u00edtulo y revive en el \u00faltimo, nada m\u00e1s que para reanudar la agon\u00eda sin soluci\u00f3n de continuidad.<\/p>\n<p>Se ir\u00e1 de mi habitaci\u00f3n siempre con el amanecer y a la distancia cobrar\u00e1 un aspecto vagamente rid\u00edculo: se tambalear\u00e1 de un lado al otro como un personaje de <em>La noche de los muertos vivientes<\/em>. Oh piojo de pupilas torcidas. Mi mejor amigo. Mi enemigo \u00edntimo. Pero no nos adelantemos, a\u00fan ninguno de los dos sabe esto. Estamos ahora en su apartamento de Bello Monte y faltan aproximadamente doce a\u00f1os para que \u00e9l muera como un imb\u00e9cil mientras intenta jugar al alpinista en M\u00e9rida. Ensayamos la lluvia. La indolencia de dejarnos arrastrar por palabras antiguas y pasadas de moda. La m\u00fasica que brota de los peque\u00f1os amplificadores nos mantiene despiertos. Repaso la figura de mi amigo cuando se incorpora para cambiar el CD. Primero, su cabello claro y pajizo, creciendo sobre la l\u00ednea del atardecer como un amasijo de algas electrificadas. Luego su ampulosa silueta, jorobada por el peso del tedio y los malos poemas publicados en el pasado.<\/p>\n<p>Su voz impostada, fracturada de tanto leer los cuentos de Raymond Carver a todo volumen, me anima a hablar sobre \u201cnuestro proyecto\u201d. Sus palabras suenan como ramas secas desliz\u00e1ndose en el interior de una batidora industrial y me obligan a reconstruir mentalmente, aunque no venga a cuento, el porqu\u00e9 de sus lecturas obsesivas del autor norteamericano, el porqu\u00e9 de ese firme prop\u00f3sito de mutilar su voz, de restarle fluidez (en este sentido, me tom\u00f3 a\u00f1os comprender que mi amigo era un hombre valiente y honesto cuya m\u00e1s elevada aspiraci\u00f3n consist\u00eda en ser un impostor y un travestido: cosas de la literatura y sus extra\u00f1os caminos).<\/p>\n<p>Hago entonces vanos esfuerzos por concentrarme; mi cabeza es terreno est\u00e9ril para el pensamiento pr\u00e1ctico. Sin salir de la cama, observo a la tarde ejecutar maniobras desastrosas, me conformo con ser testigo de su entrega, esa manera que tiene de estrellarse contra los edificios cuando cae sobre la ciudad. Borro totalmente a Federico. Por primera vez me tomo el tiempo para buscar palabras que puedan describir aquella imagen y, de s\u00fabito, esas maniobras abandonan su estado de realidad de facto y levitan en el horizonte del lenguaje como psicodelia pura: casi puedo ver como las antenas parab\u00f3licas le perforan el coraz\u00f3n: los bucares, tan encendidos, parecen la manifestaci\u00f3n visual de esas heridas o simples met\u00e1foras, rodillas que sangran.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de algunos minutos de escueto silencio, Federico resurge detr\u00e1s de un biombo de aire, est\u00e1 de nuevo en escena. Se atribuye a s\u00ed mismo el derecho de palabra y, bastante satisfecho, se larga a disertar sobre la plataforma digital m\u00e1s adecuada para \u201cnuestro proyecto\u201d: una revista literaria <em>online<\/em>. Camina hasta el reproductor y, con solemnidad, gira la perilla del volumen hasta llevarlo a un nivel casi inaudible, acto seguido se explaya en demostrar las ventajas de trabajar con WordPress. Contin\u00fao sin poder concentrarme. Ha bajado tanto el volumen que Pescado rabioso parece estar interpretando los acordes iniciales de \u201cCantata de puentes amarillos\u201d en el interior de una cesta de basura; Spinetta canta envuelto, de pies a cabeza, en pliegos de papel peri\u00f3dico (ha quedado como una momia). La percusi\u00f3n se torna imperceptible\u2026 \u201cvi la sortija muriendo en el carrusel, vi tantos monos, nidos, platos de caf\u00e9, platos de caf\u00e9\u201d. Nada m\u00e1s desconcertante que un pu\u00f1ado de sustantivos entremezclados con verbos al azar. El tiempo pasa como algod\u00f3n de az\u00facar entre los dedos, confiere al tacto una sensaci\u00f3n pegajosa, insoportable.<\/p>\n<p>Federico camina alrededor de la cama mientras habla, me recuerda a un samur\u00e1i: comanda un grupo de guerreros de trajes brillantes, hermosos y dispuestos a todo lo terrible. Resulta imposible no notar que est\u00e1 pose\u00eddo por esa sobrecogedora facultad que s\u00f3lo le sirve para emprender metas cuya realizaci\u00f3n entra\u00f1a absurdos peligros, esa que invariablemente lo condena a terminar boqueando, tendido sobre una atm\u00f3sfera irreal, apenas delineado sobre un charco de sangre. Su exquisito y lacerante sentido de la disciplina me mueve a abrigar el deseo de que un golpe accidental le borre el disco duro y, en consecuencia, logre sepultar por el resto de la eternidad ese odioso proyecto. Me pregunto si el acto de escribir no es acaso una concesi\u00f3n exagerada a nuestra vanidad. Me pregunto si la vanidad puede instalarse en este desastre perpetuo que es el apartamento de Federico. S\u00f3lo el balc\u00f3n vale la pena con sus nubes aplastadas y grises, desde all\u00ed los \u00e1rboles se ven distintos (el cuj\u00ed, por ejemplo, deja de intimidarme, y aquella tit\u00e1nica sensaci\u00f3n de realidad que me sobreviene cuando lo observo de cerca, empieza a desdibujarse lentamente. Es como si una fina llovizna lavara sus hojas y atenuara su presencia, adelgaz\u00e1ndolo).<\/p>\n<p>Su parloteo me aturde. Me importan bastante poco, por no decir nada, WordPress y los pajaritos pintados del Twitter. Su piel brilla como en un comercial de jab\u00f3n. Lo interrumpo. Oye, cu\u00e9ntame otra vez ese sue\u00f1o, el de anoche. Rayos y centellas, al m\u00e1s cl\u00e1sico estilo c\u00f3mic, convulsionan su frente. Est\u00e1 disgustad\u00edsimo. Le sube volumen a la m\u00fasica y se queda callado. Insisto. Oye, cu\u00e9ntame otra vez ese sue\u00f1o, vale.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Siempre recordar\u00e9 esa llamada telef\u00f3nica. Mi memoria tembl\u00f3 y una ciudad construida de recuerdos se desplom\u00f3 sobre mi cuerpo. No hubo quien recogiera los vidrios rotos. Mis estados an\u00edmicos se arrugaron como hojas de papel llenas de anotaciones sin sentido: l\u00edneas inservibles con severos errores ortogr\u00e1ficos. Durante semanas no pude dejar de pensar en su muerte, quiz\u00e1s, por exceso de amor a mi propia vida y, apesadumbrada, me entregu\u00e9 a arrastrarme entre los escombros con bastante libertad.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de esa llamada, los d\u00edas corrieron en c\u00edrculo detr\u00e1s de la triste nueva, simulando a esos cachorros tiernos y un poco est\u00fapidos que intentan morder su propia cola. Entonces, pude comprobar sin asombro que los suplementos culturales de los peri\u00f3dicos de circulaci\u00f3n nacional optaron por pasar de largo ante la noticia de su muerte. Y si bien es cierto que algunas notas escuetas circularon por internet, sobre todo en los blogs y las redes sociales, no es menos cierto que muchas de ellas estaban plagadas de imprecisiones y de informaciones erradas sobre su vida y, m\u00e1s a\u00fan, sobre su obra. El silencio de los medios oper\u00f3 en \u00e9l una transfiguraci\u00f3n de car\u00e1cter simb\u00f3lico: lo convirti\u00f3 en un cad\u00e1ver sin sepultura. Otra cifra roja para las estad\u00edsticas.<\/p>\n<p>Bien enraizado en la tradici\u00f3n, Federico era el m\u00e1s fantasma de los escritores vivos (insisto en proponer su imagen como barco fantasma, condenado a vagar, a arrastrarse, flem\u00e1tico y torpe, sobre el oc\u00e9ano gris, en la b\u00fasqueda eterna de un espejismo: un puerto que aparece y desaparece entre la niebla. Ese puerto est\u00e1 hecho de palabras. Ese puerto es un libro pero no cualquier libro. Es el libro que se insin\u00faa en cada nuevo boceto de historia y que finalmente logra sustraerse al proceso de escritura. Es el libro que siempre intenta escribir. El que siempre est\u00e1 a punto de escribir. El que jam\u00e1s logra escribir). Y si seguimos esta l\u00ednea de sentido, resulta evident\u00edsimo que Federico contin\u00faa bien enraizado en la tradici\u00f3n porque es el m\u00e1s zombi de los escritores muertos.<\/p>\n<p>Es por esto que quiero dibujar con estas palabras una pistola y una bala sobre el papel. Es por esto que quiero que estas palabras me ayuden a liquidarlo al viejo estilo de los zombis de George Romero. Sobre el papel dibujo un osario, una hoguera, un ata\u00fad. Si Federico no se hubiese ido a morir como un imb\u00e9cil en M\u00e9rida, le gustar\u00eda seguirme el juego, dir\u00eda ahora, como tantas veces, que \u00e9l no era un barco fantasma a la deriva sino, apenas, un pobre barco de papel hundido. La verdad es que nunca me pareci\u00f3 que hubiese una gran diferencia entre ambos.<\/p>\n<p>Creo que solo logr\u00e9 presentir el verdadero sentido de su observaci\u00f3n al leer un correo, fechado el 7 de julio de 2004, que me escribi\u00f3 durante su estancia en Roma y que comienza de esta manera: \u201cBarquito de papel a la deriva recubierto de calcoman\u00edas siniestras. Santo Ni\u00f1o de la Cuchilla durmiendo en el parabrisas, o bien, en la losa de un sepulcro recreado en el parabrisas. Im\u00e1genes religiosas flotando descabezadas, ausentes, colgadas de las ventanas como s\u00f3rdidos ahorcaditos de tinta circulando por la Avenida Lecuna. Igual que en los autobuses que deambulan por toda Caracas. La calavera es una almohada y la pelota simboliza al mundo. El mundo termina desinflado por la cuchilla del ni\u00f1o que duerme sobre la calavera. El mundo desinflado rueda por la Avenida Lecuna, formando parte de una composici\u00f3n general que da miedo\u201d.<\/p>\n<p>Sin embargo, del presentimiento a la interpretaci\u00f3n clarividente hay largas e insalvables distancias. Y aunque estas oscuras construcciones de su imaginaci\u00f3n po\u00e9tica pusieron a temblar los cimientos de mi teor\u00eda personal del barco fantasma, los t\u00e9rminos a\u00fan me resultan cr\u00edpticos en exceso, hasta el punto en que prefiero no precipitarme a establecer d\u00e9biles conjeturas. A fin de cuentas, Federico s\u00f3lo intentaba describir sus estados de \u00e1nimo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Nos conocimos en un taller de escritura creativa que coordinaba el poeta Agust\u00edn de Iturbide en el Centro Cultural Las Mercedes. Me hab\u00eda inscrito en el taller sin abrigar demasiadas expectativas, s\u00f3lo porque estaba desempleada y ten\u00eda mucho tiempo libre. Durante los primeros diez minutos de la sesi\u00f3n inaugural quise alejarme corriendo de esa maldita sala. Contando al coordinador, \u00e9ramos doce. Doce personas que, a simple vista, no ten\u00edan nada, pero absolutamente nada, que ver la una con la otra. Esa vez, de Iturbide nos propuso un ejercicio que consist\u00eda en que todos los asistentes nos present\u00e1ramos en tercera persona. Sus ojos rasgados vacilaban en el alf\u00e9izar y ca\u00edan como p\u00e1jaros muertos en medio del tr\u00e1fico, mientras el resto de su persona dilucidaba acerca del car\u00e1cter ineludible de emprender ese aprendizaje en la fase inicial del taller. S\u00e9 que parece po\u00e9tico por la manera en que lo cuento pero la situaci\u00f3n real dista bastante de eso.<\/p>\n<p>En realidad, de Iturbide asustaba mucho con aquellos ojos atrapados en alg\u00fan punto del paisaje, sinceramente, asustaba con esa mirada tan perdida que tampoco alcanzaba a convalidar la conclusi\u00f3n de sus explicaciones: el ejercicio exig\u00eda desdoblarse en narrador y, al mismo tiempo, en personaje, el truco estaba en reflexionar de forma objetiva sobre los detalles que defin\u00edan nuestra manera de estar en el mundo.<\/p>\n<p>Nos dio quince minutos para planificar nuestra presentaci\u00f3n y sent\u00ed que se elevaban mis niveles de ansiedad. Formas indefinidas se mov\u00edan lentamente en mi cabeza. Me hab\u00eda inscrito en ese taller con la idea de pactar con la ficci\u00f3n, creyendo que las sesiones nocturnas eran la excusa perfecta para estar lejos de casa, para borrarme de mi vida durante unas horas. Y ahora estaba all\u00ed con la agobiante misi\u00f3n de excavar y remover mi interior con un bulldozer. Todo en quince minutos. Realmente no deseaba analizarme, ni, mucho menos, tener ideas sobre m\u00ed -de todas las ideas hab\u00eda regresado humillada; nadie se hab\u00eda tomado la molestia de ponerme en autos y la rabia era un peque\u00f1o sol artificial, inflado de helio, que iluminaba ese s\u00fabito despertar-. Termin\u00e9 por decir una estupidez: mi personaje se llamaba Anabella, era fil\u00f3sofa y no pod\u00eda realizar el ejercicio porque no estaba en el mundo de ninguna manera, porque se limitaba a flotar a su alrededor como un sat\u00e9lite. El poeta de Iturbide me mir\u00f3 a los ojos por primera vez y me contest\u00f3 que, incluso, los sat\u00e9lites ten\u00edan que trabajar en su taller.<\/p>\n<p>Minutos m\u00e1s tarde, Federico me interceptar\u00eda en las cercan\u00edas del ascensor para invitarme a tomar un caf\u00e9. Acept\u00e9 porque le hab\u00eda escuchado decir que el coraz\u00f3n de su personaje era una pelota de playa de colores brillantes que rebotaba contra la ausencia de una mujer llamada Agustina. Cuando estuvimos sentados en la mesa del caf\u00e9 del Centro Cultural se tom\u00f3 la libertad de darme consejos para estimular mi creatividad. Aunque sus consejos me estaban cayendo como patadas de Karate, permanec\u00ed en silencio y me regocij\u00e9 pensando en que llevaba un corte de cabello atroz. Inmediatamente se atrevi\u00f3 a pronosticar que en breve las cosas caer\u00edan por su propio peso. Pues s\u00ed, si tienen o no tienen peso de todas formas caen, le contest\u00e9 bastante esc\u00e9ptica, se\u00f1alando hacia el suelo con la mano bien recta y haciendo un ruidito con la boca como de avi\u00f3n que planea en el aire y se estrella e, incluso, me anim\u00e9 a hacer la pantomima de las volteretas del avi\u00f3n cuando cae a tierra, y sonaba as\u00ed como puff cuando chocaba con una peque\u00f1a monta\u00f1a y paaafff cuando alcanzaba la carretera y puuuff cuando finalmente estall\u00f3 en pedacitos que saltaron en todas las direcciones acompa\u00f1ados de un chisporreteo leve, medio siseo y medio chasquido. Y fue en ese momento cuando algo hizo click en mi interior, fue en ese momento, mientras \u00e9l rescataba los pasajeros de mi avi\u00f3n y los embarcaba en su mano, que parec\u00eda haberse convertido en un Boeing 747, de pronto, y se disparaba como un cohete hacia el cielo (s\u00f3lo que a los pocos segundos se vio obligado a detener la pantomima porque los ruiditos no le sal\u00edan tan bien como a m\u00ed y porque, adem\u00e1s, estaba consciente de que un avi\u00f3n que no se estrella no resulta especial ni divertido). Sin embargo, su fracaso no importaba porque ya algo hab\u00eda hecho click en mi cabeza y el avi\u00f3n se borraba en el cielo de esta historia: un cielo recompuesto con cinta adhesiva, un cielo-colador, resaca de mil balas perdidas, saldo est\u00e9tico de un fin de semana de muertes violentas -El cielo que empez\u00f3 a doler en la parte baja de mi espalda cuando nos despedimos en la parada del metrob\u00fas.<\/p>\n<p>Nos hicimos amigos. \u00c9l se aprendi\u00f3 de memoria mi tel\u00e9fono, empez\u00f3 a prestarme sus libros y a relatarme sus sue\u00f1os, unos sue\u00f1os raros e intensos. Esa etapa de su vida on\u00edrica estuvo signada por los caballos: caballos salvajes en las pampas borgeanas del Mart\u00edn Fierro; caballos que, en 1987, caminaron junto a \u00e9l y Jack Kerouac en el Lower East Side de New York; caballos azules que sobrevolaron Caracas con el tir\u00e1nico prop\u00f3sito de secuestrar al poeta de Iturbide. Yo admiraba su natural propensi\u00f3n a recordar de manera n\u00edtida esas retorcidas composiciones porque era una virtud de la que yo siempre hab\u00eda carecido. Yo no so\u00f1aba o, al menos, no pod\u00eda recordar lo que so\u00f1aba. La fase REM en el cerebro de Federico era mi gran vendetta: durante uno de sus sue\u00f1os me fui de gira con los Pixies y escrib\u00ed una novela cyberpunk, cuya protagonista era una especie de cyborg creada con el improbable ADN de Mar\u00eda Lionza, la diosa criolla que cabalga la danta y domina las serpientes. La historia transcurr\u00eda en la Caracas del 2050, una era en la que la polarizaci\u00f3n y los desacuerdos pol\u00edticos se hab\u00edan intensificado hasta tal punto que todos los sobrevivientes decidieron olvidar la ciudadan\u00eda para formar peque\u00f1as comunidades anarquistas esparcidas por El \u00c1vila.<\/p>\n<p>Nos empezamos a encontrar por las tardes con el fin de emprender largos paseos por la ciudad. \u00c9l hablaba a menudo de un libro que estaba escribiendo, una recopilaci\u00f3n de cuentos bastante siniestra que, si mal no recuerdo, iba de una serie de experimentos llevados a cabo en un grupo de seres humanos y sus c\u00e9lulas familiares: m\u00e9todo de Pavlov, orgasmos, incestos y ondas electromagn\u00e9ticas. Decid\u00ed escribir un libro tambi\u00e9n, aunque la historia no estaba inscrita formalmente en la corriente cyberpunk para disgusto de Federico, que cre\u00eda que la novela de su sue\u00f1o llegar\u00eda a ser un hit si alg\u00fan d\u00eda yo me sentaba a escribirla.<\/p>\n<p>A decir verdad, en un principio la decisi\u00f3n de escribir estuvo impulsada por mi voluntad de reducir la cantidad escandalosa de horas muertas que conformaban mi agenda. Me sentaba ante la computadora para pedirle en silencio a la tarde que se desplomara sobre la ciudad, que se colgara de un \u00e1rbol, que se asfixiara con una bolsa de pl\u00e1stico. Le ped\u00eda cualquier cosa. Ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que el d\u00eda no se acababa jam\u00e1s y eso me hac\u00eda sentir desorientada.<\/p>\n<p>Pronto llegaron las sesiones de clausura del taller y aunque yo no hab\u00eda alcanzado sino a garabatear unas escasas p\u00e1ginas de mi supuesto libro, estaba tan excitada como Federico por la inminente presentaci\u00f3n de nuestros trabajos ante el c\u00edrculo del poeta de Iturbide. Lo cierto es que nunca nos detuvimos a pensar en que pod\u00edamos estar del lado de los perdedores. Nuestros turnos de lectura fueron sucedidos por cr\u00edticas encarnizadas que demarcaron el primer fracaso literario de ambos. El cineasta, un hombre bastante entrado en a\u00f1os, el mismo que insist\u00eda hasta el bochorno en calificar mi rostro como \u201cvirginal\u201d (programa que constantemente estimulaba en la concurrencia chistes verdes y otras agudezas), opin\u00f3 esta vez que la est\u00e9tica de <em>Remolinos de retracci\u00f3n: ba\u00f1os de sonido e imagen<\/em> -el manuscrito de Federico- era sencillamente asquerosa. La intervenci\u00f3n del cineasta fue extensa y alcanz\u00f3 distintos picos\u00a0 \u2013 una gradaci\u00f3n del rechazo que principi\u00f3 con el repudio moral y culmin\u00f3 en una sobreactuada compasi\u00f3n por las generaciones venideras (definitivamente, el viejo estaba disfrutando de ascender hasta la cumbre para clavar sus banderitas en la vapuleada prosa de mi amigo). La guinda del postre fue la conclusi\u00f3n: esos cuentos establec\u00edan correspondencias ins\u00f3litas con las tarjetas de los Garbage Pail Kids, muy populares en la d\u00e9cada de los ochentas y significativas en tanto ilustraciones repulsivas de la imaginer\u00eda contempor\u00e1nea, cifradas en una est\u00e9tica de la basura y la deformidad.<\/p>\n<p>Cuando el viejo regres\u00f3 a su pose habitual \u2013la de dormitar en la mesa de trabajo-, pude visualizar a mi pobre amigo temblando en una esquina del sal\u00f3n. Parec\u00eda una cucaracha aplastada por un zapato c\u00f3smico. Mi caso definitivamente fue menos dram\u00e1tico. El profesor de ingenier\u00eda se limit\u00f3 a preguntarme si hab\u00eda escrito mis textos bajo el efecto de drogas duras. Nunca entend\u00ed si deb\u00eda tomarlo como un halago o como un insulto.<\/p>\n<p>La derrota, a menudo, viene acompa\u00f1ada de sentimientos muy oscuros. Como era de temer, la desesperaci\u00f3n, en el sentido m\u00e1s rom\u00e1ntico del t\u00e9rmino, tom\u00f3 posesi\u00f3n del cuerpo de Federico. En el plano f\u00edsico empez\u00f3 a desarrollar un asombroso parecido con los personajes de Tim Burton, estaba tan demacrado como Edward manos de tijeras. En el plano mental continuaba siendo el mismo <em>nerd<\/em> de siempre, el mismo que cultivaba man\u00edas incomprensibles como coleccionar distintas ediciones de un mismo t\u00edtulo. No obstante, su visi\u00f3n de la literatura pareci\u00f3 quedar irremediablemente trastocada e inici\u00f3 su apostolado en las filas de los que intentan transfigurar esta parcela del arte en un barranco desde el cual desmadrarse, esos tipos sufrid\u00edsimos que escriben poemas s\u00f3lo para demostrarle a los dem\u00e1s que sus vidas son una verdadera mierda. Esta nueva faceta vino de la mano con genuinos s\u00edntomas de biblioman\u00eda. Le\u00eda sin orden ni concierto, sin objetivo alguno. Le\u00eda fugazmente y con igual velocidad olvidaba.<\/p>\n<p>Estar en el lugar del testigo fue como retroceder en una m\u00e1quina del tiempo hasta el a\u00f1o 1900 porque, a veces, llegu\u00e9 a sentirme profundamente identificada con los primeros espectadores de <em>Explosion of a motor car<\/em>, esa pel\u00edcula muda dirigida por Cecil M. Hepworth en la cual, luego de una espectral explosi\u00f3n, partes mutiladas de cuerpos humanos llueven en pantalla. Al igual que esos espectadores, pronostiqu\u00e9 el desastre desde mi butaca, s\u00f3lo que esta vez se trataba de presenciar el descuartizamiento ontol\u00f3gico de mi mejor amigo, en esta pantalla llov\u00edan sus pulsiones m\u00e1s oscuras e, incluso, algunas partes de su cerebro (lo que revest\u00eda la funci\u00f3n de un matiz significativamente m\u00e1s sangriento).<\/p>\n<p>Entregado a la separaci\u00f3n y al exilio interior, Federico engavet\u00f3 el manuscrito en el que hab\u00eda estado trabajando con implacable vehemencia y se entreg\u00f3 al t\u00e9trico oficio de realizar una autopsia del cuerpo literario de Vadim Maslennikov, el protagonista de <em>Novela con coca\u00edna<\/em> de M. Agu\u00e9ev. Lo sedujo el misterio que rodeaba a esta obra: la historia alrededor de la historia.<\/p>\n<p>Durante a\u00f1os la cr\u00edtica hab\u00eda pensado que detr\u00e1s del seud\u00f3nimo M. Agu\u00e9ev se escond\u00eda, nada m\u00e1s y nada menos, que Nabokov. Lo cierto fue que nadie pudo comprobarlo. Durante los ochentas, la gente de Seix Barral puso anuncios en los peri\u00f3dicos intentando rastrear al aut\u00e9ntico M. Agu\u00e9ev con la intenci\u00f3n de extenderle un contrato editorial pero nadie se present\u00f3. A mediados de la d\u00e9cada del noventa, vaya a saber c\u00f3mo, se empieza a correr la bola de que este seud\u00f3nimo encubr\u00eda a un tal Mark L\u00e1zarevich Levi, profesor universitario de idiomas. De este tal Levi se sabe muy poco. Al parecer, era de ascendencia jud\u00eda. Hab\u00eda nacido en Rusia pero a lo largo de su vida se estableci\u00f3 en distintos pa\u00edses, como Alemania, Francia y Turqu\u00eda. Suponen que escribe <em>Novela con coca\u00edna<\/em> en 1934, durante su estad\u00eda en Estambul. Luego simplemente se lo traga la tierra.<\/p>\n<p>De este c\u00famulo de intrigas, surge de una manera casi accidental el primer libro de Federico en ser publicado: <em>Vadim Maslennikov, silencio mineral, tintineo de la par\u00e1lisis. <\/em>A prop\u00f3sito de esto, transcribir\u00e9 un fragmento de un correo que conservo en mis archivos personales. Est\u00e1 fechado el 3 de febrero del a\u00f1o 2000 y recoge un episodio curioso suscitado durante el proceso de redacci\u00f3n del ensayo y que, en mi humilde opini\u00f3n, esclarece las condiciones en las cuales se gest\u00f3 la original lectura de Federico: \u201cAyer la acumulaci\u00f3n de tantos trasnochos caus\u00f3 estragos en mi percepci\u00f3n de la realidad. Mientras caminaba por Plaza Venezuela experiment\u00e9 un acceso epif\u00e1nico rud\u00edsimo, de pronto, yo era Vadim, el rusito drogadicto de 1919. Pobre y acomplejado, mor\u00eda en la indigencia m\u00e1s absoluta, aplastado por el consumo y el delirio. TE LO JURO. Estas impresiones eran MUY V\u00cdVIDAS, una vaina arrech\u00edsima. Mi cara eran unas l\u00edneas de coca\u00edna que se borraban, que ascend\u00edan a trav\u00e9s de los orificios nasales del gran dios: esta energ\u00eda violenta que mueve al universo. YO, Vadim, atravesaba las calles congeladas de Mosc\u00fa. YO, Vadim, rata de cart\u00f3n, pato de hule, flotaba en las ca\u00f1er\u00edas subterr\u00e1neas de la capital rusa durante la Primera Guerra Mundial. Estaba al borde del desmayo y me sent\u00e9 en un banco a esperar que se me pasara el malestar. El p\u00e1nico me entr\u00f3 dur\u00edsimo. Me puse a llorar como un carajito cuando internalic\u00e9 que Federico hab\u00eda muerto porque de otra forma yo no podr\u00eda ser Vadim. Estaba en un infierno de hielo y siendo Vadim, lloraba por m\u00ed, por Federico. Pas\u00e9 una eternidad enfrascado en el duelo. Pero luego, no s\u00e9 ni c\u00f3mo, fui calm\u00e1ndome. Volv\u00ed a ser Federico y sal\u00ed disparado a esconderme en la casa antes de que me agarrara esa vaina otra vez en la calle.<\/p>\n<p>Hoy me siento como si nada hubiera ocurrido, sin embargo, me he trazado el firme prop\u00f3sito de ser m\u00e1s responsable con mis horas de sue\u00f1o. Ese Vadim es un cabr\u00f3n. La literatura rusa me resulta de una tristeza insoportable. Leer a los rusos siempre me deja con los cables cruzados, es como si todas mis partes se interconectaran de una manera diferente al terminar cada libro \u00bfTe parecer\u00eda demasiado exc\u00e9ntrico si comprara un samovar? \u00bfPodr\u00edas venir a visitarme hoy en la tarde, por favor?\u201d.<\/p>\n<p>La publicaci\u00f3n de <em>Vadim Maslennikov, silencio mineral, tintineo de la par\u00e1lisis <\/em>por un respetable sello editorial nacional estimul\u00f3 la vocaci\u00f3n de Federico. La reconquista de su dignidad lo anim\u00f3 a desempolvar su primer manuscrito. A pocos meses del lanzamiento del ensayo, <em>Remolinos de retracci\u00f3n: ba\u00f1os de sonido e imagen, <\/em>la muestra narrativa, estaba circulando tambi\u00e9n en las librer\u00edas.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de estos libros, alcanz\u00f3 a publicar dos poemarios, <em>Pautas met\u00e1licas del silencio<\/em> y <em>Fragmentos de fotomontaje<\/em>, y una novela, <em>La m\u00e1quina de viajar por la luz<\/em>, considerada, a menudo, por la cr\u00edtica como su mejor obra. Definitivamente, la concreci\u00f3n de su proyecto est\u00e9tico, en ella cristaliza su sed de exploraci\u00f3n y su voluntad inconforme.<\/p>\n<p>La obra est\u00e1, de cierta manera, adscrita a la corriente de la autoficci\u00f3n. Esta vez Federico elige tramar con admirable maestr\u00eda una m\u00e1quina de delirios en torno a su propia figura, entablando as\u00ed un juego de correspondencias l\u00fadicas, par\u00f3dicas, que desaf\u00edan su posicionamiento subalterno en el sistema cultural dominante. Federico, el personaje principal, es un escritor que plagia las historias que su gato redacta en una vieja m\u00e1quina de escribir. Las tem\u00e1ticas del doble y el plagio parecen arrastrarse por campos minados, saltan por los aires protegidas con trajes blindados y chalecos antibalas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Gimnasia de la memoria: describir a una persona: domesticar los leones del recuerdo.<\/p>\n<p>El l\u00e1tigo de papel: describir a una persona es hablar en el vac\u00edo: dibujar un circo de tinta donde eres el \u00fanico payaso.<\/p>\n<p>Por eso s\u00e9 que todo lo que pueda decir de Federico sonar\u00e1 hueco. Un poeta escribi\u00f3 que las personas eran el color de sus ojos y los volantines que flotaban en sus ojos. Los ojos de Federico eran de color negro y sus volantines eran apenas una huella, una ausencia prolongada. Creo que s\u00f3lo vale la pena mencionar cuatro detalles:<\/p>\n<p>1) Presum\u00eda de no tener libro o escritor preferido y de no practicar ning\u00fan ritual a la hora de escribir.<\/p>\n<p>2) Su canci\u00f3n era \u201cKilling An Arab\u201d de The Cure. Le fascinaba el hecho de que fuera una canci\u00f3n y, al mismo tiempo, un puente, porque conduc\u00eda a un libro (<em>El Extranjero<\/em> de Albert Camus). Una vez me dijo que el libro y la canci\u00f3n conduc\u00edan, ambos, a un desierto. Y eso le parec\u00eda hermoso y, tambi\u00e9n, horrible.<\/p>\n<p>3) Durante su adolescencia se enamor\u00f3 de un personaje de ficci\u00f3n: Anna Karenina.<\/p>\n<p>4) Todos sus gatos se llamaron del mismo modo: Micifuz.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>El cielo est\u00e1 encapotado. Resulta dif\u00edcil comprender el registro de las nubes, sus trascendentales desalojos. La calle est\u00e1 casi desierta. El heladero haitiano contin\u00faa hablando por su celular en la esquina. Un ni\u00f1o est\u00e1 intentando encaramarse en el cuj\u00ed, lleva un disfraz de los Power Rangers, otro ni\u00f1o disfrazado no-s\u00e9-de-qu\u00e9 intenta ayudarlo con una pata de gallina. Parecen c\u00e1scaras de luz, grillos de lycra con espadas de pl\u00e1stico y pretensiones heroicas.<\/p>\n<p>Oye, cu\u00e9ntame otra vez ese sue\u00f1o. Federico se ha acostado a mi lado. Spinetta canta sobre las hojas, el viento, la muerte y el sol\u2026 las \u00fanicas cosas que pueden importar en una tarde como esta. Federico duda, de nuevo, ha tenido un sue\u00f1o apocal\u00edptico. Ha so\u00f1ado con el futuro (el futuro siempre es terrible por incierto). Federico dice: fue una pesadilla, no un sue\u00f1o. No importa: digo: cu\u00e9ntamelo otra vez. \u00bfNo te asusta hablar del futuro aunque sea hipot\u00e9tico? pregunta. No: digo. Federico me fastidia, a conciencia, con sus met\u00e1foras deportivas: a m\u00ed me asusta. Lo que m\u00e1s me asusta del futuro son las patadas que te sacan del campo de juego que conoces y te dejan m\u00e1s all\u00e1 de todas las est\u00fapidas rayas blancas que te hab\u00edas concentrado en pintarrajear: dice: y entonces, cataplum, ya ni sabes d\u00f3nde est\u00e1 la l\u00ednea de corner y eres como un futbolista ciego, trocado en pelotica de goma de eso que llaman futuro y que, al parecer, es otro plano del tiempo. OK: digo: creo que entiendo, el futuro es un punto y seguido, descolocado, sordo, en una frase de cuello azul quebrada por la lluvia. Federico: no dije eso, no inventes. No invento: digo: \u00bfPor qu\u00e9 intentabas salvarte si sab\u00edas que era el d\u00eda del fin del mundo? Por hist\u00e9rico, supongo, o por desinformado, o por ambas razones: dice: puede ser que no fuera el d\u00eda del fin del mundo, que nada m\u00e1s lo pareciera.<\/p>\n<p>Me habla entonces desde el fondo del oc\u00e9ano: barco hundido y tripulado por los esp\u00edritus de todas las focas muertas. Me habla desde el avatar de una voz inmaculada, una voz pura que habla sin cuerdas vocales, sin lenguaje. Finalmente accede a contarme el sue\u00f1o. Estamos los dos en un hotel alineado frente a una majestuosa bah\u00eda. El lugar, a ratos parece Caracas, a ratos, New York. El hotel se est\u00e1 quemando. La gente corre desesperada intentando salvarse. Los m\u00e1s impacientes se lanzan por los ventanales. Observamos dos o tres caballos corriendo por la azotea hasta caer en el vac\u00edo. El mar es una pecera de cristal, atestada de bultos de colores oscuros que sobresalen del agua rojiza y recuerdan espaldas humanas. Pesadillas incrustadas en el reflejo del cielo de la pesadilla. Nosotros tomamos el ascensor y abandonamos el edificio por la puerta principal, calmados y ligeros, como si la calamidad no pudiera abrasarnos. Ya afuera, notamos que el incendio del hotel es un asunto menor. Se ha iniciado un gran cataclismo que, sospechamos, borrar\u00e1 a la humanidad entera de la faz del planeta. Caminamos por las calles de la ciudad hasta que decidimos regresar al hotel con el fin de rescatar nuestras maletas y entonces nos perdemos en los pasillos de la planta baja, hundidos en la ceniza. Despu\u00e9s de algunos minutos que parecen eternos, encontramos el ascensor y nos dirigimos a la habitaci\u00f3n que tenemos reservada. Estamos empacando cuando Federico recuerda que el principal baluarte de la poes\u00eda nacional est\u00e1 hospedado en el hotel. Lo ha visto, por azar, en el lobby. Propone buscarlo y llevarlo con nosotros. Cree que se trata de un deber de orden moral aunque es capaz de admitir que el principal baluarte de la poes\u00eda nacional es antip\u00e1tico, pretencioso y, en l\u00edneas generales, insufrible. Yo manifiesto estar en rotundo desacuerdo, no tenemos tiempo que perder, mejor olvidarse de ese se\u00f1or. Cada argumento de Federico a su favor, acicatea m\u00e1s mi negativa. Empu\u00f1o ese no con violencia, como si se tratara de la cacha de un revolver. Federico comienza a llorar cuando, tom\u00e1ndolo de la mano, lo obligo a caminar hacia el estacionamiento, donde nos espera el carro. La tensi\u00f3n de la escena on\u00edrica trasciende al plano de la realidad real cuando se cae de la cama. Y as\u00ed acaba todo, con su cuerpo tendido en el piso de la habitaci\u00f3n simulando un costal de papas.<\/p>\n<p>Se manifiesta una extra\u00f1a sincron\u00eda, cuando pronuncia esta \u00faltima frase los ni\u00f1os disfrazados se caen del cuj\u00ed. Es muy gracioso verlos intercambiar pescozones mientras se masajean las piernas y los brazos. Yo corono las palabras de mi amigo con una sonrisa, amplia y humana, como el aplauso de una multitud. Lo que m\u00e1s me intriga del sue\u00f1o es la fascinante presencia de un cord\u00f3n umbilical que lo une, de alguna manera, al canon que el principal baluarte de la poes\u00eda nacional representa; un cord\u00f3n umbilical que, al mismo tiempo, s\u00f3lo puede existir como m\u00e1scara, como pantalla de sombras chinescas que oculta la imposibilidad verdadera de esa relaci\u00f3n escritural. No obstante, decido reservarme este an\u00e1lisis. Prefiero agradecerle con un beso por permitirme practicar en sus sue\u00f1os ese ejercicio simb\u00f3lico, determinante y liberador. Llevar al principal baluarte de la poes\u00eda nacional con nosotros, a nuestra nueva vida como supervivientes del d\u00eda del fin del mundo hubiese sido como arrancarte los huevos: digo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Al final, despu\u00e9s de mucho discutir y planear, nunca llegamos a lanzar la revista literaria online. Elegimos escribir en el aire tal y como lo hac\u00edan sus gatos.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dayana-fraile\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Publicados en https:\/\/letralia.com y https:\/\/prodavinci.com, respectivamente,<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La vida con Fiori El tallo se extiende sobre la superficie de madera y da la impresi\u00f3n de que sus contornos han sido difuminados por las yemas de los dedos de un enano. 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