{"id":7672,"date":"2023-03-18T22:09:13","date_gmt":"2023-03-18T22:09:13","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7672"},"modified":"2023-12-23T14:19:05","modified_gmt":"2023-12-23T14:19:05","slug":"el-pez-de-los-suenos-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-pez-de-los-suenos-i\/","title":{"rendered":"El pez de los sue\u00f1os (I)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Wilfredo Machado<\/strong><\/h4>\n<p>De ni\u00f1o fui educado en un riguroso y disciplinado amor por el conocimiento en todas sus formas y manifestaciones. Me levantaba al amanecer cuando la primera claridad alumbraba sobre los \u00e1rboles amarillentos del patio y la ronca sirena de los remolcadores llegaba desde el otro lado de la bah\u00eda, como los lejanos aullidos de una jaur\u00eda cazando en medio de la niebla. Luego de veinte flexiones de pecho sobre las losas heladas de la ducha, me ba\u00f1aba saltando como una rana de piel lisa, desesperada y verde, para no congelarme. Me vest\u00eda temblando entre las sombras, donde un olor a alcanfor iba y ven\u00eda en el aire calmo de la ma\u00f1ana. Yo era una hoja h\u00fameda en la penumbra de la rec\u00e1mara: los labios morados, casi azules, casi el beso fr\u00edo de un cad\u00e1ver, tratando de adivinar el color de las ropas que me obligaban a vestir en las sombras de la habitaci\u00f3n. Bajaba la escalera en silencio, sin hacer el menor ruido; contando los pelda\u00f1os, 1, 2, 3, 4, 5\u2026 (\u00a1Pap\u00e1 muri\u00f3 de un brinco!), hasta el viejo sal\u00f3n oloroso a madera, donde desde muy temprano, aguardaban todos en silencio. Mientras iba a su encuentro, cog\u00eda un mango, que era como un sol luminoso del cesto de las frutas, y lo iba frotando contra mi pantal\u00f3n, hasta el comedor, arrastrando los pies, dej\u00e1ndolo brillante antes de hincarle el diente y saborear su extrema dulzura, la dorada miel salpicando la comisura de mis labios, mientras el roce afelpado de la alfombra se deshac\u00eda bajo mis pies. Ensayaba esos primeros pasos con los ojos cerrados, como un dios invidente que aguarda las bondades del sol para renacer con las primeras luces de la ma\u00f1ana, semejante a una antigua deidad de las mitolog\u00edas primitivas de la isla. A esa hora, padre ya habr\u00eda encendido su primer cigarrillo de la ma\u00f1ana, y como todos los d\u00edas de su vida, mirar\u00eda la prensa, mientras saboreaba el caf\u00e9 negro, despu\u00e9s leer\u00eda detenidamente las noticias nacionales, los anuncios de las pr\u00f3ximas subastas de arte y los clasificados, antes de percatarse de nuestra existencia. Permanec\u00edamos en silencio, reci\u00e9n ba\u00f1ados, vestidos pulcramente y perfumados, a la espera de su aprobaci\u00f3n para pasar a la mesa. En alg\u00fan momento de la ma\u00f1ana, una luz imprecisa, p\u00e1lida, comenzar\u00eda a trepar desde la difusa l\u00ednea del horizonte como una diminuta hoguera que crec\u00eda alimentada por un sol rojizo que comenzaba a despuntar bajo un cielo cubierto de nubes violetas. Nadie parec\u00eda percatarse del arribo inminente de la luz desde el oc\u00e9ano, arrastr\u00e1ndose entre la blancura de las gaviotas y las olas que estallaban en la playa con un ruido repetido y distante. Nadie ver\u00eda el ligero movimiento de los rayos ascendiendo entre las piedras y los \u00e1rboles, trepando por ventanas y muros, subiendo los techos y las torres de ladrillos, donde se desga\u00f1itaban los gallos y las campanas del nuevo d\u00eda, hasta dar al centro del comedor y posarse sobre la mesa cubierta de viandas; era irresistible el aroma del pan reci\u00e9n horneado que tra\u00eda un aldeano en una vieja motocicleta. Tom\u00e1bamos un desayuno frugal de monjes. A ninguno se nos permit\u00eda hablar durante las comidas. Cualquier interrupci\u00f3n era castigada con severidad. Ni siquiera pod\u00eda escucharse el tintineo de un cubierto o el leve crujido de una servilleta fuera de lugar. Solo o\u00edamos el viento barriendo las grandes hojas de pl\u00e1tanos, la sombra ondulante de la luz cruzando frente a nuestros ojos para desaparecer m\u00e1s all\u00e1 del patio, en la vasta extensi\u00f3n de las dunas. Cada ma\u00f1ana, padre parec\u00eda enfrascarse en un secreto duelo en nuestra contra. Nos escrutaba por encima del peri\u00f3dico, buscando la m\u00e1s leve falta, la m\u00e1s peque\u00f1a falla en el comportamiento, en la higiene, o en la vestimenta, para castigarnos con una vara de bamb\u00fa, colocada sobre la mesa de caoba para amedrentarnos. \u00ab<em>Mehr Deutschals die Deutschen<\/em>!\u00bb. Aprendimos las duras lecciones del amor y el poder a fuerza de reprimendas y castigos. Sin embargo, a pesar del riesgo acarreado por el incumplimiento de las normas, nos comunic\u00e1bamos a trav\u00e9s de una compleja red de gestos, se\u00f1ales, movimientos, miradas, que no requer\u00edan del artificio de las palabras. Inventamos un lenguaje secreto de silencios, gestos, leves movimientos de los ojos y manos, tan perfecto, que pasaba desapercibido para los adultos. Eran se\u00f1ales breves, imperceptibles, dif\u00edciles de notar, que hab\u00edamos aprendido de los p\u00e1jaros y las lagartijas que correteaban asustados por el patio de ladrillos. All\u00ed aprendimos algo importante: el silencio era tambi\u00e9n una forma de decir, y lo perfeccion\u00e1bamos con los visitantes que acud\u00edan a casa a darle un vistazo a la colecci\u00f3n de arte. Detr\u00e1s de la biblioteca hab\u00eda un corredor de paredes estrechas y altas, al que trep\u00e1bamos haciendo presi\u00f3n con brazos y piernas, para ascender hasta el techo y observar los diminutos huevecillos de las ara\u00f1as eclosionando en cientos de patitas sobre el vientre de la ara\u00f1a. Pero, por lo general, pas\u00e1bamos desapercibidos a los ojos de visitantes y extra\u00f1os, quienes nos observaban de reojo, indiferentes, como seres venidos de otro mundo. Nuestro padre nos quer\u00eda estoicos, formados en la austeridad y en un total desapego por los placeres de la vida y su misteriosa caja de sorpresas. A\u00fan conservo las marcas del castigo en mi cuerpo, aunque s\u00e9 que a \u00e9l no le agrada verlas, ni que cuente esta historia llena de crueldades. Solo que ahora est\u00e1n all\u00ed, sobre la piel, como la se\u00f1al ignominiosa de un tiempo cuando fuimos marcados como bestias de feria; castigados por desobediencia, capricho, o quiz\u00e1s, por ese extra\u00f1o placer que sienten los adultos en infligir sufrimiento a los de su propia especie. \u00bfAcaso todo no pierde su esencia, su m\u00e1s oscura y deliciosa fragancia al paso de los a\u00f1os? Luego del ritual del desayuno nos abandonaban en la biblioteca, donde la imagen de un <em>Capricho <\/em>de Goya, Guadalupe lo llamaba Gallo, nos recib\u00eda junto a la luz dorada de la ma\u00f1ana, entre el polvo de los libros y anaqueles donde reposaban estatuillas, mapas y globos terr\u00e1queos apolillados; reproducciones cartogr\u00e1ficas de los antiguos sabios del mundo que conduc\u00edan sin saberlo a un callej\u00f3n sombr\u00edo o, m\u00e1s bien, al infierno dantesco de las desilusiones. Nuestros padres formaban parte de esa exquisita fauna de gente adinerada y exc\u00e9ntrica que hab\u00eda venido a vivir a la isla, pero se aburr\u00eda de hacer siempre lo mismo en ese espacio hostil, y que, en alg\u00fan momento vio posibilidades de invertir en el mercado local de arte. Padre hab\u00eda hecho dinero comprando y vendiendo antig\u00fcedades en tierra firme y en subastas de la ciudad donde se exhib\u00edan obras de dudosa procedencia, aunque a los compradores parec\u00eda no importarles. La casa de la playa se hab\u00eda convertido en una especie de museo de arte rodeada de infranqueables dunas y de un mar inquieto que impon\u00eda su poderosa presencia todos los d\u00edas. En ocasiones d\u00e1bamos fiestas para celebrar la adquisici\u00f3n de una importante pieza, o la venta de una reliquia de la que mam\u00e1 hablaba como experta en arte antiguo. Todo iba a pedir de boca hasta que, cercano a la medianoche, los invitados parec\u00edan enloquecer con las bebidas, transform\u00e1ndose en una especie de faunos salvajes que correteaban desnudos por la playa bajo las estrellas, persigui\u00e9ndose unos a otros como ligeras sombras en las dunas. De lejos parec\u00eda un ej\u00e9rcito fantasmal movi\u00e9ndose en rebeld\u00eda contra el dise\u00f1o perfecto de la noche. Tama\u00f1a algarab\u00eda nos manten\u00eda despiertos -casi sin pegar un ojo- hasta el amanecer. \u00cdbamos en puntillas hasta el sal\u00f3n de la segunda planta y nos asom\u00e1bamos, sigilosamente, por las ventanas para ver una de las escenas inconfundibles del infierno del <em>Jard\u00edn de las delicias <\/em>de Hieronimus Bosch, cuyas pinturas nos hab\u00edan asombrado en una vieja enciclopedia de arte que padre atesoraba en la biblioteca. Im\u00e1genes grotescas cruzaban la playa desierta. Apenas alcanz\u00e1bamos a ver sus siluetas dibujadas por la luz del patio donde luchaban como una cofrad\u00eda de bestias salvajes. Luego regres\u00e1bamos a la cama apenas iluminados por la luz parpadeante de antorchas y banderolas que brillaban entre las sombras de la playa: el claroscuro de las capas, los gestos corteses de los vencedores, las luces envueltas por la niebla: los ojos llenos de oscuridad, los gritos de las mujeres ri\u00e9ndose bajo las estrellas, mientras los hombres, en estado de ebriedad, luchaban como gladiadores sobre la arena de la playa, hasta caer vencidos por la borrachera. Al d\u00eda siguiente despertaban cubiertos de inmundicias, mientras mam\u00e1 arrojaba baldes de agua sobre sus cuerpos desnudos. Algunos demoraban en volver en s\u00ed, luego de la escandalosa celebraci\u00f3n que nadie quer\u00eda recordar. Despertaban apenados y confusos, como si regresaran de otro mundo, de otra \u00e9poca, entre cangrejos ermita\u00f1os y chacales que merodeaban en la playa al amanecer. Luego tocaban a la puerta apenados, y despu\u00e9s del caf\u00e9 negro y la resaca hu\u00edan avergonzados en sus autos de lujo. Despert\u00e1bamos m\u00e1s tarde, cuando el sol comenzaba a calentar y ya no consegu\u00edamos seguir holgazaneando en las camas. Nos estir\u00e1bamos entre las s\u00e1banas aguardando la llegada de mam\u00e1 que, m\u00e1s tarde, aparec\u00eda arrastrando un aroma de flores muertas. Guadalupe se paraba sobre la cama revuelta y se quedaba observando la imagen de una Anunciaci\u00f3n temprana de Mantegna, cuyo \u00e1ngel parec\u00eda observarnos con una expresi\u00f3n severa, como si estuviera a punto de expulsarnos del para\u00edso. Mam\u00e1 hac\u00eda su aparici\u00f3n y nos rescataba del mundo celestial. Luego baj\u00e1bamos al patio, detr\u00e1s del vuelo de sus enaguas que se enredaban entre los arbustos espinosos del jard\u00edn. El sonido del mar llegaba a trav\u00e9s de los grandes ventanales, donde la hiedra florec\u00eda en silencio. M\u00e1s all\u00e1 de la playa, se elevaban \u00e1rboles centenarios de tallos arrugados y duros como piedras que cambiaban el color de sus hojas al paso de las estaciones, balanceando sus copas de dragones alados, cabalgando en la quietud de las cosas que siempre hab\u00edan estado all\u00ed: una piedra, los huesos blanquecinos de una lagartija y el mar, siempre lejano, como un lienzo de Turner. Alcanz\u00e1bamos a ver la sombra de las aves que cruzaban veloces entre el muro y el cielo. Pero la mayor parte del d\u00eda viv\u00edamos encerrados en la casa. Conoc\u00edamos cada habitaci\u00f3n, cada espacio, cada umbral donde ladraba el viento, la brisa fr\u00eda que se arrastraba debajo de las puertas y nos pon\u00eda la carne de gallina, pero la verdad, la biblioteca era nuestro verdadero refugio, nuestro verdadero hogar. La hab\u00edamos bautizado con el nombre de Santuario y hac\u00edamos una ligera reverencia frente a los muebles de cuero rotos cargados de libros, estatuas de santos y \u00e1ngeles lisiados a los que les faltaba una pierna o una mano, relicarios de la fe, cuadros y cacharros amontonados en las esquinas; viejas esculturas copiadas por maestros an\u00f3nimos se alineaban en los umbrales como un silencioso ej\u00e9rcito de piedra. Roy era el hermano mayor y lo imit\u00e1bamos en todo como a un dios de las islas. Nos ense\u00f1\u00f3 a leer mirando las ilustraciones de las enciclopedias, la ruta secreta emprendida por las estrellas en el firmamento, los grandes tomos de historia y zoolog\u00eda, los tratados de anatom\u00eda donde dorm\u00edan cuerpos desnudos, desollados, m\u00fasculos, huesos, corazones sangrantes, tejidos y \u00f3rganos con cortes, laceraciones, dando un parte detallado de la vida minuciosa del hombre que hab\u00eda habitado ese cuerpo: el color de sus ojos, la talla, el peso, sus gustos, la fortaleza del car\u00e1cter, su esp\u00edritu indomable, todas aquellas cosas que lo convert\u00edan en un ser humano, y que surg\u00edan como las m\u00e1s terribles iluminaciones de las obras que nos manten\u00edan despiertos y con el alma en vilo hasta el d\u00eda siguiente. Los ojos del insomnio so\u00f1aban con monstruos, serpientes marinas surcando los oc\u00e9anos en busca de embarcaciones perdidas; la sombra de los bajeles en una ciudad sitiada frente al mar, los mayores inventos de la humanidad ocultos en libros de cubiertas doradas, las constelaciones que guiaban el desordenado esplendor de los astros en la b\u00f3veda celeste, y que admir\u00e1bamos a trav\u00e9s de las ventanas por donde se asomaba la noche. Cada vez que las pesadas puertas del Santuario se cerraban frente a nuestros ojos, comenz\u00e1bamos la temible aventura de vivir como peque\u00f1os animales arrojados al mundo. Hurg\u00e1bamos en libros forrados de cuero buscando una historia que nos ayudara a sobrevivir al tedio infinito del mundo. En invierno los d\u00edas eran grises y h\u00famedos como paquidermos, paisajes arrasados por la marea que se elevaba hasta el borde de la carretera y depositaba una mancha verdosa de algas sobre la l\u00ednea de la arena. Mir\u00e1bamos la lluvia afuera golpeando la playa, sintiendo la humedad del otro lado del patio como un hongo gris y silencioso. Hab\u00eda un lenguaje secreto en los objetos que intentaba hablar nuestra lengua: un decir sin palabras, abandonadas a la deriva de los d\u00edas, como si un profundo vac\u00edo soplara desde el mar, tomando posesi\u00f3n de todo lo existente en la isla. Solo hab\u00eda que detenerse un momento y escuchar el sonido de las cosas que poblaban la tierra: el canto de antiguas sirenas surg\u00eda desde las profundidades en una ebullici\u00f3n de burbujas. A veces era un silencio sagrado, incomprensible; pero otras, una melod\u00eda serena se desprend\u00eda del aire, donde una rama, o la sombra desesperada de un insecto sobre las hojas agujereadas, hac\u00edan de la brisa un lamento infortunado. Pas\u00e1bamos los d\u00edas acostados sobre viejos tapices con motivos cl\u00e1sicos, donde el fino tejido de la trama nos hac\u00eda descubrir el paso fugaz de los astros y el temblor de las aves en el cielo. Roy nos ayudaba a subirnos a las ventanas para contemplar el r\u00edo luminoso que dibujaba su extra\u00f1a caligraf\u00eda de luces en el cielo, bajo la tormenta. Era como una radiograf\u00eda secreta de nuestras vidas; aquella isla misteriosa nos sorprend\u00eda cada d\u00eda. Exist\u00eda un lenguaje en todas las cosas y era necesario descubrirlo; ya no con el intelecto, sino m\u00e1s bien con la clara intuici\u00f3n de la ceguera, aquello que se oculta y puede ser visto de otra manera. Observ\u00e1bamos al gallo de bronce de la veleta girando como un p\u00e1jaro extraviado en medio de la tempestad; el ave temblorosa sosteniendo en lo alto de la casa sus plumas met\u00e1licas, iluminadas por el resplandor de los rel\u00e1mpagos, mientras el viento las hac\u00eda girar enloquecidamente. Nos abandon\u00e1bamos a la nostalgia por el conocimiento, la intuici\u00f3n de un mundo presentido m\u00e1s all\u00e1 del muro de piedra, ese muro que se convert\u00eda en la frontera irrisoria de nuestras andanzas. La tempestad extend\u00eda sus tent\u00e1culos a lo largo y ancho de la playa desierta. Nos \u00edbamos a la cama con el temor de no despertar al d\u00eda siguiente, hundidos bajo esa extra\u00f1a naturaleza que nos miraba detr\u00e1s de los cristales, como un enigma inescrutable. Parec\u00edamos condenados a observar un paisaje inmutable que no cambiaba. La vida era el espejismo de los hombres. Siempre hab\u00eda sido as\u00ed, un sue\u00f1o recurrente atascado en una misma escena, repetida hasta el cansancio. Pero \u00e9ramos incapaces de modificar los giros del carrusel dantesco. \u00bfEn qu\u00e9 c\u00edrculo del infierno nos encontr\u00e1bamos? \u00bfEn cu\u00e1l de los para\u00edsos perdidos? Ninguno pod\u00eda saberlo. Y aunque cada uno ten\u00eda su propia habitaci\u00f3n, dorm\u00edamos juntos en la misma cama, apretujados, temerosos, oyendo latir nuestros corazones bajo la tormenta, junto al aullido del viento. Nos dorm\u00edamos escuchando el roce persistente de la rama de un \u00e1rbol rasgu\u00f1ando la ventana. Y era como si una bruja de dedos flacos y afilados quisiera venir a jugar con nosotros.<\/p>\n<p>En aquella \u00e9poca \u00e9ramos tres: Roy, la peque\u00f1a Guadalupe y yo, Benjam\u00edn, y aunque asist\u00edamos a la escuela local del poblado, no nos permit\u00edan acercarnos a los pescadores que viv\u00edan del otro lado de las grandes dunas. \u00abEs mejor desconfiar de los extra\u00f1os\u00bb, dec\u00eda mam\u00e1. Hab\u00edamos crecido igual a peque\u00f1as criaturas marcadas por el abandono. Ninguno de nosotros hab\u00eda sido formado en las buenas costumbres y modales que se esperar\u00eda de un grupo de ni\u00f1os. Muy por el contrario, \u00e9ramos desarrapados, risue\u00f1os, curiosos, inocentes y vengativos, a quienes el inter\u00e9s por el mundo de los libros y el arte hab\u00eda tomado por sorpresa. Roy sol\u00eda decir: \u00abTodo existe en el mundo para que se escriba sobre ello. Cualquier buena historia de seguro ya ha sido escrita en un libro\u00bb. Ni siquiera necesit\u00e1bamos movernos de la isla para conocer el mundo. Viv\u00edamos encerrados en el sal\u00f3n de la biblioteca, donde nos abandonaban cada ma\u00f1ana a la buena de Dios. Era un espacio enorme cubierto de alfombras mohosas, anaqueles atestados de libros y l\u00e1mparas antiguas colgando del techo abovedado que infund\u00eda el mayor respeto. Cada ma\u00f1ana cruz\u00e1bamos frente a un ej\u00e9rcito de esculturas hier\u00e1ticas, cuyos rostros ce\u00f1udos parec\u00edan juzgarnos desde las sombras. Guadalupe apretaba mi mano con fuerza como si temiera que, de un momento a otro, una de las estatuas de piedra despertara de su letargo y se abalanzara sobre nosotros. Con el tiempo aprendimos que no era a las esculturas a las que deb\u00edamos temer, sino a nosotros mismos. Alcanzaba a cruzar los barrotes de las ventanas y echar a volar mi imaginaci\u00f3n por un mundo tan vasto y extra\u00f1o como el que intu\u00eda afuera. Solo bastaba abrir las pesadas cubiertas de un libro y sumergirnos en sus p\u00e1ginas para ser transportado, casi de inmediato, a mundos desconocidos, cuyas reglas deb\u00edamos aprender a medida que avanz\u00e1bamos en la lectura. Leer se hab\u00eda convertido en una forma sublime de aventura, una forma de perderse en los confines de otros mundos, solo para encontrarnos m\u00e1s adelante, pretendiendo ser otros. \u00abEra como tener vidas diferentes y secretas, dec\u00eda Roy. Hoy un rey, ma\u00f1ana un bandolero, aunque en el fondo fueran lo mismo\u00bb. Guadalupe gustaba de disfrazarse y saltar entre las flores del jard\u00edn hasta el cansancio. Luego trepaba los \u00e1rboles con el catalejo que hab\u00edamos encontrado en un ba\u00fal, para ver las embarcaciones entrando al puerto en medio de la niebla, haciendo ulular sus sirenas en el aire fr\u00edo de la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Padre era estricto y nos hab\u00eda prohibido acercarnos a la gente del pueblo, pero por esa rebeld\u00eda de los primeros a\u00f1os, hab\u00edamos logrado obtener -con los inocentes artilugios de la infancia- un v\u00ednculo secreto con el mundo exterior a trav\u00e9s de un agujero que hab\u00edamos cavado cerca del muro de piedra, bajo la verja del jard\u00edn, y que ten\u00eda el tama\u00f1o justo para cruzarlo sin ser vistos. Por all\u00ed nos col\u00e1bamos en la noche, cuando todos se hab\u00edan ido a la cama. D\u00e1bamos largas caminatas por las dunas frente al mar, solo para comprobar con un viejo astrolabio encontrado en el jard\u00edn, la altura y posici\u00f3n de los astros en la b\u00f3veda celeste. Una noche, mientras us\u00e1bamos la linterna para guiarnos entre las sombras, vimos a un grupo de ni\u00f1os en la playa. No distaban mucho de ser iguales a nosotros. Se quedaron observ\u00e1ndonos durante un instante que nos pareci\u00f3 eterno. Conoc\u00edamos a algunos en la escuela, pero percib\u00edan algo diferente en nosotros. Saludamos desconfiados, sin permitirles acercarse. Luego los vimos alejarse gritando obscenidades en la noche, convocando a los esp\u00edritus, hasta que desaparecieron entre las sombras de la playa, sin dejar rastro, como si nunca hubieran estado all\u00ed. Despu\u00e9s de un tiempo los encuentros nocturnos dejaron de ser casuales. Convers\u00e1bamos sentados en la arena, escuchando el eterno rumor de las olas, mientras encend\u00edan los cigarrillos de kif que nos invitaban acostados en la playa, mientras sent\u00edamos la espuma de las olas en la espalda, como si por primera vez fu\u00e9ramos sometidos a un ritual de iniciaci\u00f3n, un bautismo de sal, cuyo testigo eran las impredecibles mareas. Algo diferente se hab\u00eda iniciado en nuestras vidas y no pod\u00edamos prever sus consecuencias. Ellos parec\u00edan m\u00e1s interesados en Guadalupe, pero de eso nos dimos cuenta mucho tiempo despu\u00e9s, cuando ya era demasiado tarde. Al amanecer regres\u00e1bamos exhaustos, luego de haber nadado desde los islotes cercanos, donde las olas arrastraban enormes bancos de algas y peces. Era dif\u00edcil nadar en la superficie. Deb\u00edamos sumergirnos y bucear a pulm\u00f3n entre el fondo arenoso y peque\u00f1os crust\u00e1ceos que brillaban por un segundo frente a nuestros ojos bajo el resplandor del plancton. Descans\u00e1bamos tendidos en la arena, mientras contempl\u00e1bamos un cielo sereno cubierto de estrellas. Luego nos desped\u00edamos. Cruz\u00e1bamos el agujero que hab\u00edamos cavado en el muro durante el verano y nos desliz\u00e1bamos en el interior de la casa, como si regres\u00e1ramos a una tibia placenta protectora. \u00c9ramos peque\u00f1os duendes retornando a las grutas silenciosas; h\u00famedos, ateridos, tratando de hacer el menor ruido. Los tres nos met\u00edamos bajo la frazada de la misma cama para calentarnos. Yo me dorm\u00eda escuchando el casta\u00f1eo de los dientes de Guadalupe que temblaba como un pez herido entre las s\u00e1banas tibias.<\/p>\n<p>Aprendimos a nadar imitando a los peces que se deslizaban en el fondo arenoso. Era un placer infinito sumergirse en los arrecifes bajo el impulso de las olas. Nos dej\u00e1bamos arrastrar por las corrientes, mientras las estrellas repet\u00edan su marcha de orugas infinita por el cielo. Roy dec\u00eda: \u00abSi tres cuartas partes de nuestro organismo est\u00e1n constituidas por agua; entonces, \u00bfc\u00f3mo luchar contra nuestra naturaleza acu\u00e1tica? \u00c9ramos pulpos estirando sus tent\u00e1culos para atrapar a los huidizos cangrejos de duras tenazas que hac\u00edan un ruido sordo de huesos rotos cuando los devor\u00e1bamos con fruici\u00f3n de bestias hambrientas, malolientes a sal vieja. La noche se reflejaba en el agua aceitosa del puerto donde, en ocasiones, encontr\u00e1bamos los restos de un cachalote llegado hasta aqu\u00ed desde los helados mares del sur, arrastrados por la corriente, tal vez perseguidos por la silueta fantasmal del capit\u00e1n Ahab. Sus temibles arpones perforando la piel de los cet\u00e1ceos que despertaban asustados y hambrientos de un insaciable sue\u00f1o de calamares rosados bajo la sombr\u00eda eternidad del oc\u00e9ano.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wilfredo-machado\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Wilfredo Machado De ni\u00f1o fui educado en un riguroso y disciplinado amor por el conocimiento en todas sus formas y manifestaciones. 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