{"id":7528,"date":"2023-03-04T20:27:56","date_gmt":"2023-03-04T20:27:56","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7528"},"modified":"2023-11-24T18:22:44","modified_gmt":"2023-11-24T18:22:44","slug":"falke-prologo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/falke-prologo\/","title":{"rendered":"Falke (pr\u00f3logo)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Federico Vegas<\/h4>\n<p><em>A Helena Vegas, quien me ofreci\u00f3 las primeras pistas.<\/em><\/p>\n<p><em>A John Lange, quien le dio rostro a la versi\u00f3n final.<\/em><\/p>\n<p>Una sola vez lo vi en mi vida. Fue un domingo en la ma\u00f1ana. Mi padre ven\u00eda bajando las escaleras y Rafael Vegas lo esperaba en la entrada de nuestra casa, parado justo bajo el umbral de la puerta. Vest\u00eda un traje de lana que luc\u00eda insondable y aun m\u00e1s negro que su estrecha corbata. Ten\u00eda en su rostro el rojo encendido de quien viene de estar varias horas bajo el sol. El pelo era blanco, liso, m\u00ednimas las entradas y perfectamente peinado hacia atr\u00e1s. Los huesos de la frente parec\u00edan tallados para resaltar un ce\u00f1o escrutador. Los labios breves y firmes. Era un hombre alto, o hab\u00eda sido alto, porque esa ma\u00f1ana estaba algo encorvado, como sosteniendo un peso inmerecido sobre sus espaldas. No me acerqu\u00e9 a saludarlo. De ese \u00fanico encuentro solo recuerdo su mirada intensa y lejana.<\/p>\n<p>Hab\u00eda o\u00eddo hablar mucho de \u00e9l. Algunos de mis amigos estudiaron en el Santiago de Le\u00f3n de Caracas, el colegio que fund\u00f3 en los a\u00f1os 50. Todos sus alumnos hablaban de Rafael Vegas con respeto y asombro. Un sabor mitol\u00f3gico surg\u00eda entre los recuerdos de aquel director de luto permanente, con arranques espont\u00e1neos de c\u00f3lera o de un cari\u00f1o apenas visible en breves y valiosas sonrisas. Sus haza\u00f1as ten\u00edan un trasfondo tan fuerte y enigm\u00e1tico que los narradores solo pod\u00edan justificarlas hablando de una locura que veneraban. Un encuentro con Rafael Vegas en el pasillo del colegio generaba tanta aprensi\u00f3n y expectativa que una simple palabra amable se convert\u00eda en una sorpresa inolvidable.<\/p>\n<p>Mi padre nunca me cont\u00f3 el motivo de aquella visita. Ahora s\u00e9 que en los momentos m\u00e1s dif\u00edciles de su vida de pronto aparec\u00eda Rafael Vegas. Era siempre una casualidad serena y milagrosa. Sal\u00edan juntos a conversar varias horas mientras paseaban por la ciudad y luego el consejero volv\u00eda a desaparecer, dejando a mi padre m\u00e1s tranquilo, m\u00e1s consciente del enorme espectro con que la vida nos acecha y nos conforta.<\/p>\n<p>A los tres meses de esa \u00fanica vez que lo vi en la puerta de nuestra casa, muri\u00f3 el t\u00edo Rafael. Pocos d\u00edas despu\u00e9s, regresando con la familia de la playa en una tarde calurosa, hartos todos de la picante tapicer\u00eda de la camioneta, mi padre solt\u00f3 sin previo aviso:<\/p>\n<p>\u2014Al tiempo le gusta escurrirse sin avisar. Cuando te das cuenta ya es tarde. Dos oportunidades perd\u00ed para siempre: nunca le pregunt\u00e9 a tu abuelo Ovidio qui\u00e9n mat\u00f3 a Juancho G\u00f3mez, ni a Rafael Vegas sobre el Falke.<\/p>\n<p>Ya antes hab\u00eda escuchado que cuando mi abuelo era un joven abogado agregado al ej\u00e9rcito, hab\u00eda sido uno de los fiscales en las averiguaciones sobre el asesinato del hermano de Juan Vicente G\u00f3mez. Jam\u00e1s se supo qui\u00e9n orden\u00f3 la docena de cuchilladas que acabaron con Juancho en una habitaci\u00f3n de Miraflores. En verdad fue una l\u00e1stima no haberle preguntado al hombre que seguro conoc\u00eda las claves de aquel t\u00f3rrido misterio. Quiz\u00e1s el razonamiento deba ser otro: mi padre no pregunt\u00f3 nada porque sab\u00eda que el abuelo se llevar\u00eda esa verdad a la tumba. Los secretos valen mucho m\u00e1s cuando ya no hay ninguna raz\u00f3n para guardarlos.<\/p>\n<p>Del segundo secreto nada sab\u00eda. Abr\u00ed los ojos lleno de curiosidad y pregunt\u00e9 qu\u00e9 era eso del Falke. La escueta respuesta me dej\u00f3 embelesado:<\/p>\n<p>\u2014Un barco, una locura.<\/p>\n<p>No insist\u00ed m\u00e1s en el tema. Qued\u00e9 aplastado ante el caudal de premoniciones e im\u00e1genes que surg\u00edan al unir la recia mirada del t\u00edo Rafael y aquel nombre tan austero: \u00abFalke\u00bb, que sonaba a guerra, a valor y aventuras. Continu\u00e9 en silencio, no por falta de inter\u00e9s, sino por el nacimiento de una curiosidad absoluta, desde un principio insaciable, cosida a la confusa certeza de que mi vida estar\u00eda por mucho tiempo dedicada a indagar las historias que el t\u00edo Rafael jam\u00e1s cont\u00f3.<\/p>\n<p>Al llegar a nuestra casa, mientras baj\u00e1bamos el equipaje pregunt\u00e9 cu\u00e1l era la raz\u00f3n de aquella cara tan enrojecida, tan ardiente. Mi padre sigui\u00f3 con sus enumeraciones:<\/p>\n<p>\u2014El Mal de Chagas, la cortisona\u2026 el car\u00e1cter.<\/p>\n<p>Cada atisbo, cada peque\u00f1o descubrimiento, abr\u00eda fronteras a mundos remotos de otras \u00e9pocas calibradas por otras leyes. Tuve paciencia y dej\u00e9 que mi ansiedad se asentara e hiciera f\u00e9rtil mi interior a episodios que necesitaban de una adecuada secuencia.<\/p>\n<p>Esa noche, despu\u00e9s de la cena, continu\u00e9 el interrogatorio. Pap\u00e1 cont\u00f3 que al t\u00edo lo hab\u00eda picado un chipo mientras hu\u00eda por las monta\u00f1as de Oriente. En alguna choza cercana a Caripe, o bajando hacia los llanos de Monagas, le comenz\u00f3 el Mal de Chagas, esa persistente enfermedad de pulso decreciente que lo acompa\u00f1ar\u00eda por el resto de su vida hasta carcomerle el coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Pasaron m\u00e1s de diez a\u00f1os. Con el tiempo uno cree olvidar los enigmas de la juventud pero estos siempre insisten en reaparecer. En un vuelo a Maracaibo me toc\u00f3 de compa\u00f1ero de asiento un amigo que hab\u00eda estudiado en el Santiago de Le\u00f3n de Caracas. Hablamos de mil cosas y de Rafael Vegas. De pronto, mi amigo comenz\u00f3 a describirme una vieja fotograf\u00eda que su padre conservaba como una reliquia en un estante de la biblioteca.<\/p>\n<p>\u2014La tomaron en agosto de 1929. En la cubierta de un carguero alem\u00e1n se agrupan varios j\u00f3venes serios y armados. Acaban de cruzar el Atl\u00e1ntico. Al d\u00eda siguiente desembarcar\u00e1n en Cuman\u00e1 para iniciar una invasi\u00f3n contra la tiran\u00eda de Juan Vicente G\u00f3mez. El barco se llama Falke. Alg\u00fan d\u00eda tengo que mostrarte esa foto. Con solo darle un vistazo ya te provoca hacer algo noble en la vida\u2026 \u00a1Echar una buena vaina!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qui\u00e9nes aparecen en la foto? \u2013le pregunt\u00e9 sin revelar lo poco que ya sab\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Varios\u2026 S\u00e9 que est\u00e1n Armando Zuloaga, Juan Colmenares, Rafael Vegas y Julio Mc Gill. Tienen como veinte a\u00f1os, pero con las armas, el uniforme y las boinas parecen m\u00e1s viejos. Los cuatro eran amigos de mi padre. Habr\u00eda que hacer una pel\u00edcula con lo que pas\u00f3 en ese barco. Pap\u00e1 dec\u00eda que no hay peor fracaso en la historia de Venezuela.<\/p>\n<p>A partir de ese momento, comenc\u00e9 a hurgar en los libros de historia. Buscaba con reticencia, con aprensi\u00f3n. Tem\u00eda que el verdadero drama resultara menos cinematogr\u00e1fico que las secuencias imaginadas a partir de aquel \u00fanico encuentro con el t\u00edo Rafael. Era una dura prueba someter mis presentimientos a las envidias y lisonjas de sus contempor\u00e1neos, o a las fr\u00edas miradas de los historiadores. Me convert\u00ed en un lector displicente que se mantiene a distancia, que hojea indeciso. No lo hac\u00eda por desidia, sino por una obsesi\u00f3n creciente que ya comenzaba a sobrepasarme.<\/p>\n<p>Abandon\u00e9 el tema por un tiempo pero este insist\u00eda en reaparecer.<\/p>\n<p>Una amiga arquitecta le ha dise\u00f1ado una casa a una hija de Rafael Vegas. Me invitan a la inauguraci\u00f3n. Varias veces le he contado a mi amiga sobre mi pasi\u00f3n por el Falke. Esa misma noche ella me dice:<\/p>\n<p>\u2014All\u00ed est\u00e1 Helena\u2026 ac\u00e9rcate. Ella guarda toda la correspondencia de su padre.<\/p>\n<p>La saludo, conversamos\u2026 y no me atrevo a preguntar nada. De nuevo quiero dejar intacta una versi\u00f3n que sigue creciendo y ya tiene rostros, episodios, di\u00e1logos, muchas dudas, varios posibles desenlaces e inmensos vac\u00edos.<\/p>\n<p>Un buen d\u00eda me decido a visitar a Helena Vegas. Para entonces se ha divorciado y vive en otra casa m\u00e1s peque\u00f1a en Caurimare. Est\u00e1 enferma, pr\u00f3xima a morir, y ella lo sabe. Enfrenta las noches bebiendo ginebra y escribiendo sobre Ner\u00f3n y Garc\u00eda Lorca. En nuestro primer encuentro nada le pregunto sobre las cartas de su padre. La dejo que cuente su vida y explique qu\u00e9 tienen en com\u00fan un emperador y un poeta; me aclara que la pasi\u00f3n por el teatro. Habla con un dejo desafiante. Convierte su debilidad en un recio desprecio a la muerte. Nos despedimos sin hablar del Falke.<\/p>\n<p>En una segunda visita nos llevamos mejor. Hablamos menos pero estamos m\u00e1s a gusto. Se va haciendo de noche y hay cada vez menos presi\u00f3n. Bebo con ella toda la ginebra con Aguakina y lim\u00f3n que puedo. En una esquina de su estudio observo una caja llena de papeles. Pasan dos horas y Helena ya est\u00e1 cansada; de pronto me da una orden:<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed tienes la caja con las cartas. Ll\u00e9vatela.<\/p>\n<p>Intento establecer un trato. Le digo que la traer\u00e9 de vuelta en dos semanas, que sabr\u00e9 cuidarlas, que estoy escribiendo un\u2026<\/p>\n<p>Helena me interrumpe:<\/p>\n<p>\u2014Queda en tus manos. No quiero ver m\u00e1s esa caja.<\/p>\n<p>La llam\u00e9 varias veces y nunca quiso atender el tel\u00e9fono. Quer\u00eda estar sola en sus \u00faltimos d\u00edas.<\/p>\n<p>La caja deb\u00eda ser el final de un acertijo. Sab\u00eda que all\u00ed estar\u00eda la correspondencia del a\u00f1o 29. Estaba a punto de entrar en los d\u00edas de la invasi\u00f3n llevado de la mano por Rafael Vegas. Era una caja grande y me cost\u00f3 cargarla hasta el carro. Disfrut\u00e9 goloso con su peso. Cuando por fin me sent\u00e9 en el suelo de mi estudio a revisar el contenido, me di cuenta de lo borracho que estaba. El piso daba vueltas y conoc\u00ed ese v\u00e9rtigo premonitorio de quienes profanan cofres embrujados.<\/p>\n<p>Primero aparecen recortes de peri\u00f3dicos, folletos y revistas sobre la educaci\u00f3n en Venezuela, luego correspondencia organizada por a\u00f1os. En los a\u00f1os 50 y 40 predominan los temas relativos a sus labores de siquiatra y educador. Contin\u00fao avanzando hacia el pasado. Las grapas se van oxidando y los bordes de las hojas se van haciendo m\u00e1s fr\u00e1giles. Hay un denso olor a tabaco mojado. Los a\u00f1os que me interesan ya est\u00e1n cerca. Algunas tintas han adquirido colores de arcilla, otras se expanden en ondas p\u00farpuras que brotan de letras irreconocibles. Dejo atr\u00e1s los a\u00f1os 30 y llego a la correspondencia de los a\u00f1os 29 y 28. Palpo el fondo de la caja y encuentro que a\u00fan falta revisar un estrato.<\/p>\n<p>Lo que supuse ser\u00eda el fondo result\u00f3 ser la tapa de una caja m\u00e1s peque\u00f1a con las proporciones de un libro de mapas. Est\u00e1 cubierta de sellos de correo y contiene cinco carpetas tama\u00f1o oficio atadas con una ra\u00edda cinta color vino tinto. Justo debajo del nudo hay un sobre. Lo abro. Contiene una carta de R\u00f3mulo Gallegos, quien le escribe p\u00e1gina y media a Rafael Vegas.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente logr\u00e9 tener una clara idea del hallazgo. En mayo de 1935, Rafael Vegas decidi\u00f3 enviarle a R\u00f3mulo Gallegos \u2013su profesor cuando estudi\u00f3 en el Liceo Caracas\u2013 todo lo que hab\u00eda escrito en relaci\u00f3n con el Falke. Varias semanas antes se hab\u00edan reunido en Espa\u00f1a y Gallegos le manifest\u00f3 que ten\u00eda especial inter\u00e9s en conocer a fondo la verdadera historia de la cat\u00e1strofe. En ese momento Rafael Vegas pens\u00f3 que Gallegos pensaba escribir una novela y quer\u00eda utilizar sus anotaciones de esos a\u00f1os para documentarse.<\/p>\n<p>Siete meses despu\u00e9s ha muerto G\u00f3mez y Gallegos decide regresar a Venezuela. Es hora de restituir a su alumno la caja con sus escritos. En su carta, Gallegos le agradece a Rafael el env\u00edo del material y le explica sus conclusiones: despu\u00e9s de una minuciosa lectura ha decidido que no puede, y no debe, concebir una novela a partir de los diarios de Rafael.<\/p>\n<p>Luego de esta primera revisi\u00f3n me obligu\u00e9 a una ceremonia de desapego. Abandon\u00e9 la caja y me fui a dar una vuelta que dur\u00f3 varios d\u00edas. Quer\u00eda dejarla sola, airearla, prepararme para una revisi\u00f3n definitiva. Necesitaba transformar mi hambre de varios a\u00f1os en un apetito sosegado y ecu\u00e1nime.<\/p>\n<p>Seg\u00fan parec\u00eda indicar la cinta que rodeaba las carpetas y el seco nudo sobre la carta de Gallegos, yo era el segundo lector. Aquella certera mirada del t\u00edo Rafael desde la puerta de mi casa cumpl\u00eda su misterioso presagio y se convert\u00eda en un mandato definitivo.<\/p>\n<p>El texto describe un largo camino circular que culmina en un agobiante retorno al punto de partida. En tres semanas termin\u00e9 de leer y releer cada l\u00ednea; luego guard\u00e9 la caja peque\u00f1a y la caja grande en alg\u00fan lugar de mi estudio. No sab\u00eda qu\u00e9 m\u00e1s hacer. Hab\u00eda partido de la imaginaci\u00f3n y la fantas\u00eda y no me tentaba el rigor de una minuciosa investigaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Dej\u00e9 de buscar en los libros de historia y viaj\u00e9 por Venezuela siguiendo la ruta del joven fugitivo. Entrevist\u00e9 a varias personas que eran ni\u00f1os cuando lo del Falke y ahora se asombran de todo lo que han olvidado. En La Angoleta conoc\u00ed a un viejo pescador que jura haber peleado en Cuman\u00e1 bajo las \u00f3rdenes de Rom\u00e1n Delgado Chalbaud. Una dama centenaria que visit\u00e9 en Caripe recordaba haber visto a Rafael Vegas conversando con sus hermanos en el corredor de la casa. \u00abEl hombre ven\u00eda de la monta\u00f1a donde lo ten\u00edan escondido. No me dejaron saludarlo. Estaba muy flaco y cundido de picadas. Luc\u00eda monstruoso\u00bb.<\/p>\n<p>Algunos de sus compa\u00f1eros de traves\u00eda y batalla tambi\u00e9n dejaron algunas p\u00e1ginas. Julio Mc Gill escribi\u00f3 en el castillo de Puerto Cabello su versi\u00f3n del desastre entre las l\u00edneas de un libro de Derecho, utilizando \u00abtinta simp\u00e1tica\u00bb para burlar la vigilancia. La mitad del texto se refiere a su vida de prisionero. Describe con cierta prisa c\u00f3mo van enfermando y muriendo sus amigos; sabe que falta poco para que llegue su turno.<\/p>\n<p>Juan Colmenares escribi\u00f3 un manuscrito de cinco p\u00e1ginas. Me lo entreg\u00f3 su nieto, quien en opini\u00f3n de toda su familia es id\u00e9ntico a su abuelo en el aspecto y el car\u00e1cter. El texto de Juan Colmenares es entrecortado y se detiene abruptamente antes del desembarco. No me aport\u00f3 nuevos datos, pero conversando con el nieto tuve por un momento la ilusi\u00f3n de estar frente a uno de los protagonistas.<\/p>\n<p>De Armando Zuloaga solo he le\u00eddo una carta que escribi\u00f3 a su madre en caso de que cayera en la batalla. De los cuatro j\u00f3venes estudiantes que ven\u00edan en el Falke, Armando era el escritor. En el a\u00f1o 29 ya hab\u00eda publicado un libro de cuentos y una biograf\u00eda sobre Juan de Villegas, fundador de Barquisimeto. Espero que alg\u00fan d\u00eda aparezca el diario que inici\u00f3 en el barco, o, como escribi\u00f3 Rafael, la novela agazapada que no pudo terminar.<\/p>\n<p>Mis amigos que estudiaron en el Santiago de Le\u00f3n jam\u00e1s hablaron con el director del colegio sobre la historia del desembarco. Cuando alguno se atrevi\u00f3 a preguntar, Rafael Vegas nada contest\u00f3. Ahora entiendo su silencio: lo que ten\u00eda que contar estaba en los papeles que entreg\u00f3 a Gallegos; ya no hab\u00eda m\u00e1s nada que decir.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana me despert\u00e9 con una urgencia casi enfermiza. Por la sed y las palpitaciones debo haber tenido uno de esos sue\u00f1os que nos persiguen repiti\u00e9ndose a lo largo de la noche, pero no lograba recordar una sola imagen. Apenas me qued\u00f3 en los labios el eco de una idea, como si hubiese sido la \u00faltima frase que escuch\u00e9 o pronunci\u00e9 antes de despertar. Ten\u00eda el sabor golpeado de un mandato, de una orden impostergable.<\/p>\n<p>Decid\u00ed dedicar todos mis esfuerzos a publicar estos textos de Rafael Vegas. Comienzo por las primeras dos cartas invirtiendo su orden cronol\u00f3gico. Mantengo as\u00ed el lugar que ten\u00edan bajo el nudo y la secuencia en que las le\u00ed: primero est\u00e1 la de Gallegos, devolviendo el material a su due\u00f1o; luego la de Rafael Vegas, donde explica lo que ha escrito y las razones para enviarlo a su maestro. Siguen las carpetas con los preparativos de la invasi\u00f3n en Par\u00eds, la traves\u00eda en el Falke, la batalla en Cuman\u00e1, el paso por Araya, la larga estad\u00eda en Caripe y Chacaracual, la llegada a Trinidad, el regreso al punto de partida, sus esfuerzos por volver a ser el mismo estudiante de Medicina, por entender qu\u00e9 sucedi\u00f3.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/federico-vegas\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Federico Vegas A Helena Vegas, quien me ofreci\u00f3 las primeras pistas. A John Lange, quien le dio rostro a la versi\u00f3n final. Una sola vez lo vi en mi vida. Fue un domingo en la ma\u00f1ana. 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