{"id":745,"date":"2021-08-16T12:34:38","date_gmt":"2021-08-16T12:34:38","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=745"},"modified":"2023-11-24T18:39:26","modified_gmt":"2023-11-24T18:39:26","slug":"el-ermitano-del-reloj","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-ermitano-del-reloj\/","title":{"rendered":"El ermita\u00f1o del reloj"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Teresa de la Parra<\/h4>\n<p>\u00c9ste era una vez un capuchino que encerrado en un reloj de mesa esculpido en madera, ten\u00eda como oficio tocar las horas. Doce veces en el d\u00eda y doce veces en la noche, un ingenioso mecanismo abr\u00eda de par en par la puerta de la capillita ojival que representaba el reloj, y pod\u00eda as\u00ed mirarse desde fuera, c\u00f3mo nuestro ermita\u00f1o tiraba de las cuerdas tantas veces cuantas el timbre, invisible dentro de su campanario, dejaba o\u00edr su tin, tin de alerta. La puerta volv\u00eda enseguida a cerrarse con un impulso brusco y seco como si quisiese escamotear al personaje; ten\u00eda el capuchino magn\u00edfica salud a pesar de su edad y de su vida retirada. Un h\u00e1bito de lana siempre nuevo y bien cepillado descend\u00eda sin una mancha hasta sus pies desnudos dentro de sus sandalias. Su larga barba blanca al contrastar con sus mejillas frescas y rosadas, inspiraba respeto. Ten\u00eda, en pocas palabras, todo cuanto se requiere para ser feliz. Enga\u00f1ado, lejos de suponer que el reloj obedec\u00eda a un mecanismo, estaba segur\u00edsimo de que era \u00e9l quien tocaba las campanadas, cosa que lo llenaba de un sentimiento muy vivo de su poder e importancia.<\/p>\n<p>Por nada en el mundo se le hubiera ocurrido ir a mezclarse con la multitud. Bastaba con el servido inmenso que les hac\u00eda a todos al anunciarles las horas. Para lo dem\u00e1s, que se las arreglaran solos. Cuando atra\u00eddo por el prestigio del ermita\u00f1o alguien ven\u00eda a consultarle un caso dif\u00edcil, enfermedad o lo que fuese, \u00e9l no se dignaba siquiera abrir la puerta. Daba la contestaci\u00f3n por el ojo de la llave, cosa \u00e9sta que no dejaba de prestar a sus or\u00e1culos cierto sello imponente de ocultismo y misterio.<\/p>\n<p>Durante muchos, much\u00edsimos a\u00f1os, Fray Barnab\u00e9 (\u00e9ste era su nombre) hall\u00f3 en su oficio de campanero tan gran atractivo que ello le bast\u00f3 a satisfacer su vida; reflexionen ustedes un momento: el pueblo entero del comedor ten\u00eda fijos los ojos en la capillita y algunos de los ciudadanos de aquel pueblo no hab\u00edan conocido nunca m\u00e1s distracci\u00f3n que la de ver aparecer al fraile con su cuerda. Entre \u00e9stos se contaba una compotera que hab\u00eda tenido la vida m\u00e1s gris y desgraciada del mundo. Rota en dos pedazos desde sus comienzos, gracias al aturdimiento de una criada, la hab\u00edan empatado con ganchitos de hierro. Desde entonces, las frutas con que la cargaban antes de colocarla en la mesa, sol\u00edan dirigirle las m\u00e1s humillantes burlas. La consideraban indigna de contener sus preciosas personas.<\/p>\n<p>Pues bien, aquella compotera que conservaba en el flanco una herida avivada continuamente por la sal del amor propio, hallaba gran consuelo en ver funcionar al capuchino del reloj.<\/p>\n<p>-Miren -les dec\u00eda a las frutas burlonas-, miren aquel hombre del h\u00e1bito pardo. Dentro de algunos instantes va a avisar que ha llegado la hora en que se las van a comer a todas -y la compotera se regocijaba en su coraz\u00f3n, saboreando por adelantado su venganza. Pero las frutas sin creer ni una palabra le contestaban:<\/p>\n<p>-T\u00fa no eres m\u00e1s que una tullida envidiosa. No es posible que un canto tan cristalino, tan suave, pueda anunciarnos un suceso fatal.<\/p>\n<p>-Y tambi\u00e9n las frutas consideraban al capuchino con complacencia y tambi\u00e9n unos peri\u00f3dicos viejos que bajo una consola pasaban la vida repiti\u00e9ndose unos a otros sucesos ocurridos desde hac\u00eda veinte a\u00f1os, y la tabaquera, y las pinzas del az\u00facar, y los cuadros que estaban colgando en la pared y los frascos de licor, todos, todos ten\u00edan la vista fija en el reloj y cuanta vez se abr\u00eda de par en par la puerta de roble volv\u00edan a sentir aquella misma alegr\u00eda ingenua y profunda.<\/p>\n<p>Cuando se acercaban las once y cincuenta minutos de la ma\u00f1ana llegaban entonces los ni\u00f1os, se sentaban en rueda frente a la chimenea y esperaban pacientemente a que tocaran las doce, momento solemne entre todos porque el capuchino en vez de esconderse con rapidez de ladr\u00f3n una vez terminada su tarea como hac\u00eda por ejemplo a la una o a las dos, (entonces se pod\u00eda hasta dudar de haberlo visto) no, se quedaba al contrario un rato, largo, largo, bien presentado, o sea, el tiempo necesario para dar doce campanadas. \u00a1Ah!, \u00a1y es que no se daba prisa entonces el hermano Barnab\u00e9! \u00a1Demasiado sab\u00eda que lo estaban admirando! Como quien no quiere la cosa, haci\u00e9ndose el muy atento a su trabajo, tiraba del cordel, mientras que de reojo espiaba el efecto que produc\u00eda su presencia. Los ni\u00f1os se alborotaban gritando.<\/p>\n<p>-M\u00edralo como ha engordado.<\/p>\n<p>-No, est\u00e1 siempre lo mismo.<\/p>\n<p>-No se\u00f1or, que est\u00e1 m\u00e1s joven.<\/p>\n<p>-Que no es el mismo de antes, que es su hijo. Etc., etc.<\/p>\n<p>El cubierto ya puesto se re\u00eda en la mesa con todos los dientes de sus tenedores, el sol iluminaba alegremente el oro de los marcos y los colores brillantes de las telas que \u00e9stos encerraban; los retratos de familia gui\u00f1aban un ojo como diciendo: \u00a1Qu\u00e9! \u00bfA\u00fan est\u00e1 ah\u00ed el capuchino? Nosotros tambi\u00e9n fuimos ni\u00f1os hace ya muchos a\u00f1os y bastante que nos divert\u00eda.<\/p>\n<p>Era un momento de triunfo. Llegaban al punto las personas mayores, todo el mundo se sentaba en la mesa y Fray Barnab\u00e9, su tarea terminada, volv\u00eda a entrar en la capilla con esa satisfacci\u00f3n profunda que da el deber cumplido.<\/p>\n<p>Pero ay, lleg\u00f3 el d\u00eda en que tal sentimiento ya no le bast\u00f3. Acab\u00f3 por cansarse de tocar siempre la hora, y se cans\u00f3 sobre todo de no poder nunca salir. Tirar del cordel de la campana, es hasta cierto punto una especie de funci\u00f3n p\u00fablica que todo el mundo admira. \u00bfPero cu\u00e1nto tiempo dura? Apenas un minuto por sesenta y el resto del tiempo, \u00bfqu\u00e9 se hace? Pues, pasearse en rueda por la celda estrecha, rezar el rosario, meditar, dormir, mirar por debajo de la puerta o por entre los calados del campanario un rayo vagu\u00edsimo de sol o de luna. Son estas ocupaciones muy poco apasionantes. Fray Barnab\u00e9 se aburri\u00f3.<\/p>\n<p>Lo asalt\u00f3 un d\u00eda la idea de escaparse. Pero rechaz\u00f3 con horror semejante tentaci\u00f3n releyendo el reglamento inscrito en el interior de la capilla. Era muy terminante. Dec\u00eda: \u00abProhibici\u00f3n absoluta a Fray Barnab\u00e9 de salir, bajo ning\u00fan pretexto de la capilla del reloj. Debe estar siempre listo para tocar las horas tanto del d\u00eda como de la noche\u00bb. Nada pod\u00eda tergiversarse. El ermita\u00f1o se someti\u00f3. \u00a1Pero qu\u00e9 dura resultaba la sumisi\u00f3n!<\/p>\n<p>Y ocurri\u00f3 que una noche, como abriera su puerta para tocar las tres de la madrugada, cu\u00e1l no fue su estupefacci\u00f3n al hallarse frente a frente de un elefante que de pie, tranquilo, lo miraba con sus ojitos maliciosos, y claro, Fray Barnab\u00e9 lo reconoci\u00f3 enseguida: era el elefante de \u00e9bano que viv\u00eda en la repisa m\u00e1s alta del aparador, all\u00e1, en el extremo opuesto del comedor.<\/p>\n<p>Pero como jam\u00e1s lo hab\u00eda visto fuera de la susodicha repisa hab\u00eda deducido que el animal formaba parte de ella, es decir que lo hab\u00edan esculpido en la propia madera del aparador. La sorpresa de verlo aqu\u00ed, frente a \u00e9l, lo dej\u00f3 clavado en el suelo y se olvid\u00f3 de cerrar las puertas, cuando acab\u00f3 de tocar la hora.<\/p>\n<p>-Bien, bien, dijo el elefante, veo que mi visita le produce a usted cierto efecto; \u00bfme tiene miedo?<\/p>\n<p>-No, no es que tenga miedo, balbuce\u00f3 el ermita\u00f1o, pero confieso que&#8230; \u00a1Una visita! \u00bfViene usted para hacerme una visita?<\/p>\n<p>-\u00a1Pues es claro! Vengo a verlo. Ha hecho usted tanto bien aqu\u00ed a todo el mundo que es muy justo el que alguien se le ofrezca para hacerle a su vez alg\u00fan servicio. S\u00e9 adem\u00e1s, lo desgraciado que vive. Vengo a consolarlo.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo sabe que&#8230; C\u00f3mo puede suponerlo?&#8230; Si nunca se lo he dicho a nadie&#8230; \u00bfSer\u00e1 usted el diablo?<\/p>\n<p>-Tranquil\u00edcese, respondi\u00f3 sonriendo el animal de \u00e9bano, no tengo nada en com\u00fan con ese gran personaje. No soy m\u00e1s que un elefante&#8230; pero eso s\u00ed, de primer orden. Soy el elefante de la reina de Saba. Cuando viv\u00eda esta gran soberana de \u00c1frica era yo quien la llevaba en sus viajes. He visto a Salom\u00f3n: ten\u00eda vestidos mucho m\u00e1s ricos que los suyos, pero no ten\u00eda esa hermosa barba. En cuanto a sabe, que es usted desgraciado no es sino cuesti\u00f3n de adivinarlo. Debe uno aburrirse de muerte con semejante existencia.<\/p>\n<p>-No tengo el derecho de salir de aqu\u00ed -afirm\u00f3 el capuchino con firmeza.<\/p>\n<p>-S\u00ed, pero no deja de aburrirse por eso.<\/p>\n<p>Esta respuesta y la mirada inquisidora con que la acompa\u00f1\u00f3 el elefante azotaron mucho al ermita\u00f1o. No contest\u00f3 nada, no se atrev\u00eda a contestar nada. \u00a1Era tal su verdad! Se fastidiaba a morir. \u00a1Pero as\u00ed era! Ten\u00eda un deber evidente, una consigna formal indiscutible: permanecer siempre en la capilla para tocar las horas. El elefante lo consider\u00f3 largo rato en silencio como quien no pierde el m\u00e1s m\u00ednimo pensamiento de su interlocutor. Al fin volvi\u00f3 a tomar la palabra:<\/p>\n<p>-Pero, pregunt\u00f3 con aire inocente, \u00bfpor qu\u00e9 raz\u00f3n no tiene usted el derecho de salir de aqu\u00ed?<\/p>\n<p>-Lo promet\u00ed a mi reverendo Padre, mi maestro espiritual, cuando me envi\u00f3 a guardar este reloj-capilla.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah!&#8230; \u00bfy hace mucho tiempo de eso?<\/p>\n<p>-Cincuenta a\u00f1os m\u00e1s o menos -contest\u00f3 Fray Barnab\u00e9, despu\u00e9s de un r\u00e1pido c\u00e1lculo mental.<\/p>\n<p>-Y despu\u00e9s de cincuenta a\u00f1os; \u00bfno ha vuelto nunca m\u00e1s a tener noticias de ese reverendo Padre?<\/p>\n<p>-No, nunca.<\/p>\n<p>-\u00bfY qu\u00e9 edad ten\u00eda \u00e9l en aquella \u00e9poca?<\/p>\n<p>-Andar\u00eda supongo en los ochenta.<\/p>\n<p>-De modo que hoy tendr\u00eda ciento treinta si no me equivoco. Entonces, mi querido amigo &#8211; y aqu\u00ed el elefante solt\u00f3 una risa sard\u00f3nica muy dolorosa al o\u00eddo-, entonces quiere decir que lo ha olvidado totalmente. A menos que no haya querido burlarse de usted. De todos modos ya est\u00e1 m\u00e1s que libre de su compromiso.<\/p>\n<p>-Pero -objet\u00f3 el monje-, la disciplina&#8230;<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 disciplina!<\/p>\n<p>-En fin&#8230; el reglamento -y mostr\u00f3 el cartel del reglamento que colgaba dentro de la celda.<\/p>\n<p>El elefante lo ley\u00f3 con atenci\u00f3n, y:<\/p>\n<p>-\u00bfQuiere que le d\u00e9 mi opini\u00f3n sincera?<\/p>\n<p>-La primera parte de este documento no tiene por objeto sino el de asustarlo. La leyenda esencial es: \u00abTocar las horas de d\u00eda y de noche\u00bb, \u00e9ste es su estricto deber. Basta por lo tanto que se encuentre usted en su puesto en los momentos necesarios. Todos los dem\u00e1s le pertenecen.<\/p>\n<p>-Pero, \u00bfqu\u00e9 har\u00eda en los momentos libres?<\/p>\n<p>-Lo que har\u00e1s -dijo el animal de \u00e9bano cambiando de pronto el tono y hablando en voz clara, autoritaria, avasalladora-, te montar\u00e1s en mi lomo y te llevar\u00e9 al otro lado del mundo por pa\u00edses maravillosos que no conoces. Sabes que hay en el armario secreto, al que no abren casi nunca, tesoros sin precio, de los que no puedes hacerte la menor idea: tabaqueras en las cuales Napole\u00f3n estornud\u00f3, medallas con los bustos de los c\u00e9sares romanos, pescados de jade que conocen todo lo que ocurre en el fondo del oc\u00e9ano, un viejo pote de jengibre vac\u00edo pero tan perfumado todav\u00eda que casi se embriaga uno al pasar por su lado (y se tienen entonces sue\u00f1os sorprendentes).<\/p>\n<p>\u201cPero lo m\u00e1s bello de todo es la sopera, la famosa sopera de porcelana de China, la \u00faltima pieza restante de un servicio estupendo, rar\u00edsimo. Est\u00e1 decorada con flores y en el fondo, \u00bfadivina lo que hay? La reina de Saba en persona, de pie, bajo un parasol flam\u00edgero y llevando en el pu\u00f1o su loro profeta.<\/p>\n<p>\u201cEs linda, \u00a1si supieras!, es adorable, \u00a1cosa de caer de rodillas! y te espera. Soy su elefante fiel que la sigue desde hace tres mil a\u00f1os. Hoy me dijo: \u00abVe a buscarme el ermita\u00f1o del reloj, estoy segura que debe de estar loco por verme\u00bb.<\/p>\n<p>-La reina de Saba. \u00a1La reina de Saba! -murmuraba en su fuero interno Fray Barnab\u00e9 tr\u00e9mulo de emoci\u00f3n-. No puedo disculparme. Es preciso que vaya y en voz alta:<\/p>\n<p>-S\u00ed quiero ir. Pero \u00a1la hora, la hora! Piense un poco, elefante, ya son las cuatro menos cuarto.<\/p>\n<p>-Nadie se fijar\u00e1 si toca de una vez las cuatro. As\u00ed le quedar\u00eda libre una hora y cuarto entre \u00e9ste y el pr\u00f3ximo toque. Es tiempo m\u00e1s que suficiente para ir a presentar sus respetos a la reina de Saba.<\/p>\n<p>Entonces, olvid\u00e1ndolo todo, rompiendo con un pasado de cincuenta a\u00f1os de exactitud y de fidelidad, Fray Barnab\u00e9 toc\u00f3 febrilmente las cuatro y salt\u00f3 en el lomo del elefante, quien se lo llev\u00f3 por el espacio. En algunos segundos se hallaron ante la puerta del armario. Toc\u00f3 el elefante tres golpes con sus colmillos y la puerta se abri\u00f3 por obra de encantamiento. Se escurri\u00f3 entonces con amabilidad maravillosa por entre el d\u00e9dalo de tabaqueras, medallas, abanicos, pescados de jade y estatuillas y no tard\u00f3 en desembocar frente a la c\u00e9lebre sopera.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a tocar los tres golpes m\u00e1gicos, la tapa se levant\u00f3 y nuestro monje pudo entonces ver a la reina de Saba en persona, que de pie en un paisaje de flores ante un trono de oro y pedrer\u00edas sonre\u00eda con expresi\u00f3n encantadora llevando en su pu\u00f1o el loro profeta.<\/p>\n<p>-Por fin lo veo, mi bello ermita\u00f1o -dijo ella-. \u00a1Ah!, cu\u00e1nto me alegra su visita; confieso que la deseaba con locura, cuanta vez o\u00eda tocar la campana, me dec\u00eda: \u00a1qu\u00e9 sonido tan dulce y cristalino! Es una m\u00fasica celestial. Quisiera conocer al campanero, debe ser un hombre de gran habilidad. Ac\u00e9rquese, mi bello ermita\u00f1o.<\/p>\n<p>Fray Barnab\u00e9 obedeci\u00f3. Estaba radiante en pleno mundo desconocido, milagroso&#8230; No sab\u00eda qu\u00e9 pensar. \u00a1Una reina estaba habl\u00e1ndole familiarmente, una reina hab\u00eda deseado verlo!<\/p>\n<p>Y ella segu\u00eda:<\/p>\n<p>-Tome, tome esta rosa como recuerdo m\u00edo. Si supiera cu\u00e1nto me aburro aqu\u00ed. He tratado de distraerme con esta gente que me rodea. Todos me han hecho la corte, quien m\u00e1s, quien menos, pero por fin me cans\u00e9. A la tabaquera no le falta gracia; narraba de un modo pasable relatos de guerra o intrigas picarescas, pero no puedo aguantar su mal olor. El pote de jengibre tiene garbo y cierto encanto, pero me es imposible estar a su lado sin que me asalte un sue\u00f1o irresistible. Los pescados conocen profundas ciencias, pero no hablan nunca. S\u00f3lo el C\u00e9sar de oro de la medalla me ha divertido en realidad algunas veces, pero su orgullo acab\u00f3 por parecerme insoportable. \u00bfNo pretend\u00eda llevarme en cautiverio bajo el pretexto de que era yo una reina b\u00e1rbara? Resolv\u00ed plantarlo con toda su corona de laurel y su gran nariz de pretencioso, y as\u00ed fue como qued\u00e9 sola, sola pensando en usted el campanero lejano que me tocaba en las noches tan linda m\u00fasica. Entonces dije a mi elefante: \u00abanda y tr\u00e1emelo. Nos distraeremos mutuamente. Le contar\u00e9 yo mis aventuras, \u00e9l me contar\u00e1 las suyas\u00bb. \u00bfQuiere usted, lindo ermita\u00f1o, que le cuente mi vida?<\/p>\n<p>-\u00a1Oh, s\u00ed! -suspir\u00f3 extasiado Fray Barnab\u00e9- \u00a1Debe ser tan hermosa!<\/p>\n<p>Y la reina de Saba comenz\u00f3 a recordar las aventuras magn\u00edficas que hab\u00eda corrido desde la noche aquella en que se hab\u00eda despedido de Salom\u00f3n hasta el d\u00eda m\u00e1s cercano en que escoltada por sus esclavos, su parasol, su trono, y sus p\u00e1jaros se hab\u00eda instalado dentro de la sopera. Hab\u00eda material para llenar varios libros y a\u00fan no lo refer\u00eda todo; iba balance\u00e1ndose al azar de los recuerdos. Hab\u00eda recorrido \u00c1frica, Asia y las islas de los dos oc\u00e9anos. Un pr\u00edncipe de la China, caballero en un delf\u00edn de jade, hab\u00eda venido a pedir su mano, pero ella lo hab\u00eda rechazado porque proyectaba entonces un viaje al Per\u00fa, acompa\u00f1ada de un joven galante, pintado en un abanico, el cual en el instante de embarcarse hacia Citeres, como la viera pasar, cambi\u00f3 de rumbo.<\/p>\n<p>En Arabia hab\u00eda vivido en una corte de magos. Estos, para distraerla, hac\u00edan volar ante sus ojos, p\u00e1jaros encantados, desencadenaban tempestades, terribles en medio de las cuales se alzaban sobre las alas de sus vestiduras, hac\u00edan cantar estatuas que yac\u00edan enterradas bajo la arena, extraviaban caravanas enteras, encend\u00edan espejismos con jardines, palacios y fuentes de agua viva. Pero entre todas, la aventura m\u00e1s extraordinaria era aquella, la ocurrida con el C\u00e9sar de oro. Es cierto que repet\u00eda: \u00abme ofendi\u00f3 por ser orgulloso\u00bb. Pero se ve\u00eda su satisfacci\u00f3n, pues el C\u00e9sar aquel era un personaje de mucha consideraci\u00f3n.<\/p>\n<p>A veces en medio del relato el pobre monje se atrev\u00eda a hacer una t\u00edmida interrupci\u00f3n:<\/p>\n<p>-Creo que ya es tiempo de ir a tocar la hora. Perm\u00edtame que salga.<\/p>\n<p>Pero al punto la reina de Saba, cari\u00f1osa, pasaba la mano por la hermosa barba del ermita\u00f1o y contestaba riendo: \u00a1qu\u00e9 malo eres, mi bello Barnab\u00e9, estar pensando en la campana cuando una reina de \u00c1frica te hace sus confidencias! y adem\u00e1s: es todav\u00eda de noche. Nadie va a darse cuenta de la falta.<\/p>\n<p>Y volv\u00eda a tomar el hilo de su historia asombrosa.<\/p>\n<p>Cuando la hubo terminado, se dirigi\u00f3 a su hu\u00e9sped y dijo con la m\u00e1s encantadora de sus expresiones:<\/p>\n<p>-Y ahora, mi bello Barnab\u00e9, a usted le toca, me parece que nada de mi vida le he ocultado. Es ahora su turno.<\/p>\n<p>Y habiendo hecho sentar a su lado, en su propio trono, al pobre monje deslumbrado, la reina ech\u00f3 hacia atr\u00e1s la cabeza como quien se dispone a saborear algo exquisito.<\/p>\n<p>Y aqu\u00ed est\u00e1 el pobre Fray Barnab\u00e9 que se pone a narrar los episodios de su vida. Cont\u00f3 c\u00f3mo el padre Anselmo, su superior, lo hab\u00eda llevado un d\u00eda al reloj-capilla; c\u00f3mo le encomend\u00f3 la guardia; cu\u00e1les fueron sus emociones de campanero principiante, describi\u00f3 su celda, recit\u00f3 de cabo a rabo el reglamento que all\u00ed encontr\u00f3 escrito; dijo que el \u00fanico banco en donde pod\u00eda sentarse era un banco cojo; lo muy duro que resultaba no poder dormir arriba de tres cuartos de hora por la zozobra de no estar despierto para tirar de la cuerda en el momento dado. Es cierto que mientras enunciaba cosas tan miserables, all\u00e1 en su fuero interno ten\u00eda la impresi\u00f3n de que no pod\u00edan ellas interesar a nadie, pero ya se hab\u00eda lanzado y no pod\u00eda detenerse, Adivinaba de sobra que lo que de \u00e9l se esperaba no era el relato de su verdadera vida que carec\u00eda en el fondo de sentido, sino otro, el de una existencia hermosa cuyas peripecias variadas y pat\u00e9ticas hubiera improvisado con arte. Pero, \u00a1ay! carec\u00eda por completo de imaginaci\u00f3n y quieras que no, hab\u00eda que limitarse a los hechos exactos, es decir, a casi nada.<\/p>\n<p>En un momento dado del relato levant\u00f3 los ojos que hasta entonces por modestia los hab\u00eda tenido bajos clavados en el suelo, y se dio cuenta de que los esclavos, el loro, todos, todos, hasta la reina, dorm\u00edan profundamente. S\u00f3lo velaba el elefante:<\/p>\n<p>-\u00a1Bravo! -le grit\u00f3 \u00e9ste-. Podemos ahora decir que es usted un narrador de primer orden. El mismo pote de jengibre es nada a su lado.<\/p>\n<p>-\u00a1Oh Dios m\u00edo! -implor\u00f3 Fray Barnab\u00e9- \u00bfse habr\u00e1 enojado la reina?<\/p>\n<p>-Lo ignoro. Pero lo que s\u00ed s\u00e9 es que debemos regresar. Ya es de d\u00eda. Tengo justo el tiempo de cargarlo en el lomo y reintegrarlo a la capilla.<\/p>\n<p>Y era cierto. R\u00e1pido como un rel\u00e1mpago atraves\u00f3 nuestro elefante de \u00e9bano el comedor y se detuvo ante la capilla. El reloj de la catedral de la ciudad apuntaba justo las ocho.<\/p>\n<p>Anhelante, el capuchino corri\u00f3 a tocar las ocho campanadas y cay\u00f3 rendido de sue\u00f1o sin poder m\u00e1s&#8230; Nadie por fortuna se hab\u00eda dado cuenta de su ausencia.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 el d\u00eda entero en una ansiedad febril. Cumpl\u00eda maquinalmente su deber de campanero: pero con el pensamiento no abandonaba un instante la sopera encantada en donde viv\u00eda la reina de Saba y se dec\u00eda: \u00bfqu\u00e9 me importa aburrirme durante el d\u00eda, si en las noches el elefante de \u00e9bano vendr\u00e1 a buscarme y me llevar\u00e1 hasta ella? \u00a1Ah! \u00a1qu\u00e9 bella vida me espera!<\/p>\n<p>Y desde el caer de la tarde comenz\u00f3 a esperar impaciente a que llegara el elefante. \u00a1Pero nada! Las doce, la una, las dos de la madrugada pasaron sin que el real mensajero diera se\u00f1ales de vida. No pudiendo m\u00e1s y dici\u00e9ndose que s\u00f3lo se tratar\u00eda de un olvido, Fray Barnab\u00e9 se puso en camino. Fue un largo y duro viaje. Tuvo que bajar de la chimenea agarr\u00e1ndose de la tela que la cubr\u00eda y como dicha tela no llegaba ni con mucho al suelo, fue a tener que saltar desde una altura igual a cinco o seis veces su estatura. Y cruz\u00f3 a pie la gran pieza tropez\u00e1ndose en la oscuridad con la pata de una mesa, resbal\u00e1ndose por encima de una cucaracha y teniendo luego que luchar con un rat\u00f3n salvaje que lo mordi\u00f3 cruelmente en una pierna; tard\u00f3 en pocas palabras unas dos horas para llegar al armario. Imit\u00f3 all\u00ed el procedimiento del elefante con tan gran exactitud que se le abrieron sin dificultad ninguna, primero la puerta, luego la tapa de la sopera. Tr\u00e9mulo de emoci\u00f3n y de alegr\u00eda se encontr\u00f3 frente a la reina. \u00c9sta se sorprendi\u00f3 much\u00edsimo:<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 ocurre? -pregunt\u00f3- \u00bfqu\u00e9 quiere usted, se\u00f1or capuchino?<\/p>\n<p>-\u00bfPero ya no me recuerda? -dijo Fray Barnab\u00e9 cortad\u00edsimo-. Soy el ermita\u00f1o del reloj&#8230; el que vino ayer&#8230;<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! \u00bfConque es usted el mismo monje de ayer? Pues si quiere que le sea sincera, le dar\u00e9 este consejo: no vuelva m\u00e1s por aqu\u00ed. Sus historias, francamente, no son interesantes.<\/p>\n<p>Y como el pobre Barnab\u00e9 no atrevi\u00e9ndose a medir las dimensiones de su infortunio permaneciese inm\u00f3vil&#8230;<\/p>\n<p>-\u00bfQuiere usted acabarse de ir? -silb\u00f3 el loro profeta precipit\u00e1ndosele encima y cubri\u00e9ndolo de picotazos-. Acaban de decirle que est\u00e1 aqu\u00ed de m\u00e1s. Vamos, m\u00e1rchese y r\u00e1pido.<\/p>\n<p>Con la muerte en el alma Fray Barnab\u00e9 volvi\u00f3 a tomar el camino de la chimenea. Andando, andando se dec\u00eda:<\/p>\n<p>-\u00a1Por haber faltado a mi deber! Deb\u00eda de antemano haber comprendido que todo esto no era sino una tentaci\u00f3n del diablo para hacerme perder los m\u00e9ritos de toda una vida de soledad y de penitencia. \u00a1C\u00f3mo era posible que un desgraciado monje, en sayal, pudiera luchar contra el recuerdo de un emperador romano en el coraz\u00f3n de una reina! Pero&#8230; \u00a1qu\u00e9 linda, que linda era! Ahora es preciso que olvide. Es preciso que de hoy en adelante no piense m\u00e1s que en mi deber: mi deber es el de tocar la hora. Lo cumplir\u00e9 sin desfallecimiento, alegremente hasta que la muerte me sorprenda en la extrema vejez. \u00a1Quiera Dios que nadie se haya dado cuenta de mi fuga! \u00a1Con tal de que llegue a tiempo! \u00a1Son las siete y media! Si no llego en punto de ocho \u00a1estoy perdido! Es el momento en que se despierta la casa y todos comienzan a vivir.<\/p>\n<p>Y el pobre se apresuraba, las piernas ya rendidas. Cuando tuvo que subir agarr\u00e1ndose a las molduras de la chimenea, toda la sangre de su cuerpo parec\u00eda zumbarle en los o\u00eddos. Lleg\u00f3 arriba medio muerto. \u00a1In\u00fatil esfuerzo! no lleg\u00f3 a tiempo&#8230; Las ocho estaban tocando. Digo bien: \u00a1las ocho estaban tocando! \u00a1Tocando solas, sin \u00e9l! La puerta del reloj se hab\u00eda abierto de par en par, la cuerda sub\u00eda y bajaba, lo mismo que si hubieran estado sus manos tirando de ellas; y las ocho campanadas cristalinas sonaban&#8230;<\/p>\n<p>Hundido en el estupor el pobre capuchino comprendi\u00f3. Comprendi\u00f3 que el campanario funcionaba sin \u00e9l, es decir, que \u00e9l no hab\u00eda contribuido nunca en nada al juego del mecanismo. Comprendi\u00f3 que su trabajo y su sacrificio diario no eran sino de risa, casi, casi un escarnio p\u00fablico. Todo se derrumbaba a la vez: la felicidad que hab\u00eda esperado recibir de la reina de Saba y ese deber futuro que hab\u00eda resuelto cumplir en adelante obediente en su celda. Ese deber no ten\u00eda ya objeto. La desesperaci\u00f3n negra, inmensa, absoluta penetr\u00f3 en su alma.<\/p>\n<p>Comprendi\u00f3 entonces que la vida sobrellevada en tales condiciones era imposible. Entonces rompi\u00f3 en menudos pedazos la rosa que le regalara la reina de Saba, desgarr\u00f3 el reglamento que colgaba en la pared de la celda, y agarrando el extremo de la cuerda que asomaba como de costumbre bajo el techo, aquella misma que tantas, tantas veces hab\u00edan sus manos tirado tan alegremente, pas\u00f3sela ahora alrededor del cuello y dando un salto en el vac\u00edo, se ahorc\u00f3.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/teresa-de-la-parra\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6>*Paisaje de Santa Rosa, \u00f3leo de Rafael Monasterios<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Teresa de la Parra \u00c9ste era una vez un capuchino que encerrado en un reloj de mesa esculpido en madera, ten\u00eda como oficio tocar las horas. Doce veces en el d\u00eda y doce veces en la noche, un ingenioso mecanismo abr\u00eda de par en par la puerta de la capillita ojival que representaba el reloj, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":762,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/745"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=745"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/745\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":4067,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/745\/revisions\/4067"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/762"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=745"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=745"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=745"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}