{"id":7414,"date":"2023-02-14T00:19:08","date_gmt":"2023-02-14T00:19:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7414"},"modified":"2023-11-24T18:23:01","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:01","slug":"gustavo-diaz-solis-un-arco-secreto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gustavo-diaz-solis-un-arco-secreto\/","title":{"rendered":"Gustavo D\u00edaz Sol\u00eds: Un arco secreto"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n<p>El cuento en Venezuela, despu\u00e9s de su larga expansi\u00f3n, sigue siendo un g\u00e9nero tan atractivo como enigm\u00e1tico. Se le cultiva como pocos, escritores mayores y menores, y sin embargo no hay instrumentos que reflejen esa fidelidad. La cr\u00edtica y la academia se esfuerzan desde hace a\u00f1os por desvelar ese apego, casi inconsciente, y al cabo de tantos esfuerzos poco se entiende que un formato de tanta luminosidad tenga mecanismos de recepci\u00f3n que se mantienen oscuros, como si la pulsi\u00f3n que anima a los mismos narradores se transfiriera a lectores y receptores. De su vitalidad no podr\u00eda haber duda alguna \u2014todo narrador joven de este \u00abtr\u00f3pico absoluto\u00bb, como dir\u00eda Eugenio Montejo, se inicia por y a trav\u00e9s del cuento\u2014, pero de su trascendencia son pocas las voces que la admiten. G\u00e9nero mayor de la tradici\u00f3n literaria venezolana seg\u00fan muchos opinadores, quiz\u00e1s porque no desmaya en ninguna de las d\u00e9cadas del siglo pasado y mantiene a todas luces una salud inalterable en el que corre, queda a\u00fan por determinar por qu\u00e9 la pulsi\u00f3n por la brevedad y la contenci\u00f3n conquista a tantas vocaciones emergentes. Hay quien admite que las fuentes podr\u00edan estar en la extensa literatura folkl\u00f3rica, muchas veces oral, que nos precede por varias centurias, donde los cuentos de camino abundan tanto como los aparecidos o los silbones.<\/p>\n<p>De esta constituci\u00f3n cuentera mucho podr\u00edamos especular, pero m\u00e1s interesante ser\u00eda determinar, despu\u00e9s que el g\u00e9nero en Occidente se afianza claramente en el siglo XIX, cu\u00e1ndo entre nosotros se vuelve moderno, porque en estudios recientes, al menos desde una trinchera cr\u00edtica, la menci\u00f3n a cuento poco val\u00eda en las postrimer\u00edas del siglo mencionado. Para quien pasara, por ejemplo, las p\u00e1ginas de la revista El cojo Ilustrado y se encontrara con alguna pieza narrativa, motes como el de cr\u00f3nica, apostilla o cuadro de costumbres se reconoc\u00edan m\u00e1s que aquel tan anodino y trillado de cuento, tan cercano a la tierra y a las viejas tradiciones pueblerinas. Pero esa criatura que hacia 1900, digamos, carec\u00eda tanto de progenitor como de herederos, en tan solo cuarenta a\u00f1os, l\u00e9ase bien, se encumbra hasta unos rangos de excelencia y universalidad pocas veces vistos en la evoluci\u00f3n de un g\u00e9nero. Y es que la d\u00e9cada de los a\u00f1os 40, adonde llegaban escritores ya maduros como Arturo Uslar Pietri, Enrique Bernardo N\u00fa\u00f1ez o Julio Garmendia, ve tambi\u00e9n el surgimiento de una pl\u00e9yade de cultores cuyos rangos de excelencia rebasan cualquier pron\u00f3stico: Guillermo Meneses, Antonio M\u00e1rquez Salas, Humberto Rivas Mijares, Oswaldo Trejo, Oscar Guaramato o Alfredo Armas Alfonzo. Repasar tan s\u00f3lo los nombres, tanto de premiados como de finalistas, del concurso de cuentos que El Nacional instaura en 1946 no deja de ser un choque de titanes: la modernidad del cuento venezolano ha llegado para quedarse.<\/p>\n<p>La reciente desaparici\u00f3n de Gustavo D\u00edaz Sol\u00eds (1920-2012) no viene sino a avivar la discusi\u00f3n sobre un g\u00e9nero menor que s\u00f3lo entre nosotros puede considerarse mayor. Perteneciente tambi\u00e9n a esa generaci\u00f3n que irrumpe en los a\u00f1os 40, su caso cobra valor adicional porque toda su obra fue un gran ejercicio de contenci\u00f3n y perfeccionismo. Jos\u00e9 Balza lo lleg\u00f3 a caracterizar como un \u00abcuentista absoluto\u00bb, pero quiz\u00e1s esa frase se quede corta ante el panorama certero de unos vete relatos, no m\u00e1s, que este narrador oriundo de G\u00fciria public\u00f3 entre 1940 y 1968. Y es que si extremamos el an\u00e1lisis, desde la aparici\u00f3n de Marejada en 1940, podr\u00edamos admitir que el libro de este maestro ha sido uno solo, variable y proteico, que en cada reedici\u00f3n cambiaba de t\u00edtulo y agregaba una o dos novedades. As\u00ed, a los tres relatos que incluye la edici\u00f3n de Llueve sobre el mar en 1943 (\u00abLueve sobre el mar\u00bb, \u00abEl mosaiquito verde\u00bb y \u00abDetr\u00e1s del muro est\u00e1 el campo\u00bb) se agregan otros cinco en la edici\u00f3n de Cuentos de dos tiempos de 1950 (\u00abOphidia\u00bb, \u00abEl ni\u00f1o y el mar\u00bb, \u00abLa efigie\u00bb, \u00abArco secreto\u00bby \u00abHechizo\u00bb). Igual operaci\u00f3n se plantea entre Circo cuentos de 1963 y Opbidia y otras personas de 1968, pues a los cinco primeros agrega seis m\u00e1s en esta \u00faltima edici\u00f3n. Los vol\u00famenes antol\u00f3gicos que circulan en reediciones constantes desde 1968 alternan los t\u00edtulos entre Ophidia y otras personas y Arco secreto y otros cuentos, pero en verdad son variaciones del mismo libro, especie de selecci\u00f3n invariable que constata o confirma la perdurabilidad de piezas que son todas memorables.<\/p>\n<p>Si tuvi\u00e9ramos que resumir en tres l\u00edneas de fuerza los referentes que animaron la cuent\u00edstica de D\u00edaz Sol\u00eds, dir\u00eda que una es la espacialidad mar\u00edtima (tan clara en \u00abEl ni\u00f1o y el mar\u00bb), otra la recreaci\u00f3n hist\u00f3rica (\u00abLlueve sobre el mar\u00bb o \u00abHechizo\u00bb) y una tercera la refiguraci\u00f3n paisaj\u00edstica o ambiental (con piezas tan hermosas e intrigantes como \u00abCachalo\u00bb o \u00abEl cocuyo\u00bb). La primera quiz\u00e1s tenga que ver con el referente biogr\u00e1fico, pues la mar\u00edtima G\u00fciria, situada a pocos kil\u00f3metros de la legendaria Macuro, primer punto continental que pisa Col\u00f3n en su tercer viaje de 1498, ha debido de ser para 1920 poco m\u00e1s que un caser\u00edo. La narraci\u00f3n casi minimalista, de precisi\u00f3n cinematogr\u00e1fica, que despliega D\u00edaz Sol\u00eds en \u00abEl ni\u00f1o y el mar\u00bb, responde a sus vivencias de infante en un espacio sin fin, sin limitaciones, en el que cada nuevo d\u00eda fijaba al azar una aventura distinta, un tejido de relaciones entre Natura y el infante silvestre. El ni\u00f1o simboliza en este hermoso relato la unicidad frente a la multiplicidad que puede representar el mar, la peque\u00f1ez frente a un rostro de mil caras, finalmente la individualidad frente a una otredad que todo lo contiene: belleza y horror, armon\u00eda y desaz\u00f3n, vida y muerte reconcentrados en el esfuerzo de un ni\u00f1o que s\u00f3lo aspira a cazar un cangrejo \u00abairado\u00bb. La tensi\u00f3n que se logra en esta breve pieza, las im\u00e1genes de un mar que llega hasta olerse, la infinita soledad del infante frente a su propio empe\u00f1o de afirmaci\u00f3n, lo convierten en una pieza \u00fanica, memorable por sus im\u00e1genes irrepetibles y su minuciosidad descriptiva.<\/p>\n<p>En su segunda l\u00ednea de fuerza, que hemos llamado de recreaci\u00f3n hist\u00f3rica, D\u00edaz Sol\u00eds no se distancia mucho de una obsesi\u00f3n compartida por muchos de sus compa\u00f1eros de promoci\u00f3n. Lector asiduo de los viajeros de Indias y de los relatos de Conquista, esa \u00e9pica distante y a veces cruel permea su cuent\u00edstica, sobre todo la de los primeros a\u00f1os, para dejar estampas memorables. En \u00abLlueve sobre el mar\u00bb, por ejemplo, se apela al expediente del cimarronaje y al acoso que se ejerce sobre el esclavo fugitivo, muerto finalmente bajo la noche \u00abenlunada\u00bb: es curioso ver en este caso c\u00f3mo la descripci\u00f3n de una muerte paulatina (el hombre corpulento resiste los lanzazos y corre exhausto entre los matorrales) llega a tener ribetes de belleza, en los que las heridas abiertas, la sangre, el sudor y un pensamiento trepidante se imponen como manto est\u00e9tico sobre la historia cruda y desesperanzada. En \u00abHechizo\u00bb, por el contrario, los polos se invierten y esta vez es una comunidad ind\u00edgena de \u00absombras \u00e1giles\u00bb la que sacrifica a un soldado aventurero con esa \u00abotra luz dura e instant\u00e1nea de la espada\u00bb. Pareciera al fin que los acosos guerreros son vengados a trav\u00e9s de extra\u00f1os rituales, en los que salta a la vista que cualquier incursi\u00f3n depredadora tiene su precio.<\/p>\n<p>La tercera y \u00faltima l\u00ednea de fuerza, que hemos llamado de refiguraci\u00f3n paisaj\u00edstica o ambiental, quiz\u00e1s constituye la m\u00e1s perdurable del maestro. Se trata siempre de encuentros tensos, desafiantes o reveladores con la naturaleza. Peces, batracios, insectos o figuras diversas del mar son excrecencias naturales que siempre ponen a prueba a un individuo, casi siempre solo, a veces en actitud de caza, como si tuviera que doblegar la adversidad antes de conocerla. El desaf\u00edo por dominar o abandonar la escena, la lucha siempre presente entre obsesi\u00f3n y temor, revela un trasfondo que es el del conocimiento. En \u00abCachalo\u00bb, por ejemplo, el acecho a un pez huidizo, que sabe esconderse bajo las piedras de un riachuelo de aguas transparentes, termina convirti\u00e9ndose en una comprensi\u00f3n profunda de lo antag\u00f3nico. Del cachalo llegamos a saber todo: rutinas, recogimientos, aleteos, movimientos sinuosos; pero tambi\u00e9n los ojos m\u00f3viles, las manchas de la piel escamada, la cola que se paraliza. Una vez que el ni\u00f1o pescador, despu\u00e9s de d\u00edas de acoso, finalmente atraviesa la vara puntiaguda en el cuerpo del pez, un sentimiento de desaz\u00f3n todo lo embarga, como si en la vivacidad estuviera el centro de todo y no en los bajos sentimientos de una humanidad alica\u00edda, esclavizada por impulsos ciegos. En \u00abEl cocuyo\u00bb, la variante va por advertir en la luminosidad intermitente un principio de salvaci\u00f3n, de reconciliaci\u00f3n: una pareja que ha huido de \u00abaquel recuerdo doloroso\u00bb para refugiarse en un pueblo ve en el insecto la otra realidad que necesitan para trasponer un estadio que se asemeja a \u00abceniza de sangre\u00bb.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de estas reconocibles l\u00edneas de fuerza, menci\u00f3n aparte merecer\u00eda \u00abArco secreto\u00bb, sin duda su obra mayor, un relato que es en s\u00ed mismo una categorizaci\u00f3n, al punto de desbordar los propios par\u00e1metros narrativos de D\u00edaz Sol\u00eds y anunciar un salto o un precipicio que no termin\u00f3 de consumarse. Si \u00abLlueve sobre el mar\u00bb guarda ciertas reminiscencias de literatura nativista, es innegable que en \u00abOphidia\u00bb estamos ante otro estadio de su apuesta expresiva, aquel que confunde voces y personas narrativas por el solo deseo de crear simulaciones. Un tercer salto en esa b\u00fasqueda incesante ensayaba una cristalizaci\u00f3n en \u00abArco secreto\u00bb \u2014cuyo s\u00f3lo tratamiento del universo petrolero, de una relaci\u00f3n sorda entre amantes de mundos dispares y de un enfrentamiento entre un ser y su sombra, ya daban cuenta de una precocidad inexplicable\u2014, pero el autor parece detenerse ante su propio asomo y no perseverar en ese caldo de dudas mentales, quiebres psicol\u00f3gicos y sospechas sobre su propia individuaci\u00f3n. Al igual que el Gallegos de Canaima, que en su descripci\u00f3n de una lluvia torrencial atenta contra su propio programa novelesco, insinuando que la lluvia puede borrar la selva de palabras, D\u00edaz Sol\u00eds quiebra todas sus certidumbres anteriores y asoma en \u00abArco secreto\u00bb una relaci\u00f3n entre planos temporales, entre personajes irreales y entre sombra y vigilia francamente novedosa. El arco de significaci\u00f3n es secreto porque en definitiva no se sabe lo que une o desune: la lectura nos deja en un estado de extra\u00f1amiento realmente extremo,<\/p>\n<p>Quienes han querido ver en \u00abArco secreto\u00bb un anticipo de lo que luego ser\u00eda una \u00abnarrativa del petr\u00f3leo\u00bb, o quienes han advertido la ruptura de un canon que hacia 1948 no terminaba de desligarse de claves nativistas o criollistas, olvidan que la t\u00e9cnica de este relato parece provenir de otra tradici\u00f3n, m\u00e1s bien anglosajona, a la que el maestro estuvo expuesto en sus a\u00f1os de estudio. Sigue siendo un enigma c\u00f3mo el narrador de este relato puede fusionar tres tiempos, tres instancias distintas, y generar relaciones entre ellas. El relato expone adem\u00e1s un estado de zozobra ps\u00edquica que est\u00e1 al borde de la locura, sobre todo en el duelo final entre un hombre que no logra dormir y una sombra alada que parece un murci\u00e9lago. Se dir\u00eda que el relato recoge la experiencia extrema de una desadaptaci\u00f3n: de psique, de vida, de hogar, de rutina, de entorno. El personaje central que medita a todo lo largo de la narraci\u00f3n \u2014si es que se trata de uno solo y no de tres- postula la incapacidad o imposibilidad de encajar en lo que ve, siente o piensa. La subjetividad se crece frente a una tradici\u00f3n que hasta ese momento escond\u00eda una mirada colectiva o sociologizante, y tambi\u00e9n de espacios siempre abiertos y naturales saltamos de pronto a espacios cerrados y urbanos, poco reconocibles en el cuerpo de los relatos que se escrib\u00edan entonces. \u00abArco secreto\u00bb instala un aire de modernidad, de t\u00e9cnica narrativa, de quiebres temporales o expresivos, de los que luego va a ser dif\u00edcil escapar, sobre todo si tomamos en cuenta que la d\u00e9cada de los a\u00f1os 40 va a introducir un definitivo punto de inflexi\u00f3n en el cuento venezolano: ya no se escribir\u00e1 como antes.<\/p>\n<p>Un narrador que dedic\u00f3 a\u00f1os enteros a sus piezas maestras, que cultiv\u00f3 un solo libro proteico, que fue ciegamente fiel al g\u00e9nero cuento para expandirlo o subvertirlo, que no aspir\u00f3 a nada distinto a la perfecci\u00f3n, en otra cultura o sistema de recepci\u00f3n ya ser\u00eda un autor digno de veneraci\u00f3n. Pero bastan la humildad autoral, por un lado, y la escasez de miras o falta de recepci\u00f3n, por el otro, para que nadie se percate de que, generacionalmente hablando, los hermanos de su muy particular familia continental han podido ser Juan Rulfo (1917), \u00c1lvaro Mutis (1923), Elena Garro (1920), Juan Jos\u00e9 Arreola (1918), Clarice Lispector (1920) o Antonio Di Benedetto (1922), todos tan diversos, dignos y trascendentes como nuestro traductor de Eliot y lector de Wordsworth. Acaso sin saberlo, D\u00edaz Sol\u00eds cultiv\u00f3 un oficio secreto para producir un libro secreto mantenido con una escritura secreta. \u00bfSer\u00e1 ya la hora para tensar el arco del reconocimiento de un autor magistral? \u00abDe los acorralados \u2014gustaba de decir a Gonzalo Rojas\u2014, es el Reino\u00bb<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio L\u00f3pez Ortega El cuento en Venezuela, despu\u00e9s de su larga expansi\u00f3n, sigue siendo un g\u00e9nero tan atractivo como enigm\u00e1tico. Se le cultiva como pocos, escritores mayores y menores, y sin embargo no hay instrumentos que reflejen esa fidelidad. 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