{"id":7379,"date":"2023-02-04T20:32:37","date_gmt":"2023-02-04T20:32:37","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7379"},"modified":"2023-11-24T18:23:19","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:19","slug":"dos-cronicas-de-karina-sainz-borgo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cronicas-de-karina-sainz-borgo\/","title":{"rendered":"Dos cr\u00f3nicas de Karina Sainz Borgo"},"content":{"rendered":"<h3><strong>La excepci\u00f3n al paraguas<\/strong><\/h3>\n<p>Llevo dos d\u00edas en una ciudad que desconozco y en la que habr\u00e9 de vivir si nada se tuerce. En apenas 48 horas no se esfuman algunas costumbres: darse la vuelta, caminar como quien lleva retrovisores, desconfiar, acelerar el paso. \u00bfAlguien me sigue? \u00bfAlguien me mira? \u00bfAlguien me roba, me secuestra, me apunta con un arma? Detr\u00e1s de m\u00ed no hay nadie, al menos nadie de aspecto amenazante. No zumban las motocicletas. No se desparrama la miseria sobre las faldas de una monta\u00f1a. Nada ocurre. Nada intimida. A\u00fan as\u00ed, aprieto mi bolso.<\/p>\n<p><em>No todo est\u00e1 perdido<\/em>, pienso. Tengo en mi paraguas fucsia el m\u00e1s efectivo de los nuevos instrumentos civiles. Desde que lo compr\u00e9 en una tienda de baratijas, descubr\u00ed en el artefacto algunas funciones adicionales. Solo bastaba que cayeran las primeras gotas para comprobar el fen\u00f3meno ciudadano que se escond\u00eda tras su lona impermeable. Un fusil de asalto contra la intemperie y el extra\u00f1amiento.<\/p>\n<p>Cuando llueve, los paraguas se abren como r\u00e1fagas. Estallan cual botones de flores mec\u00e1nicas, con ese sonido inconfundible de capa pesada, de falda que se abomba. Entonces ocurre. Por un momento dejo de mirar si alguien me sigue, para incorporarme con cuidado a la coreograf\u00eda ciudadana del paraguas. Porque s\u00ed, existe tal cosa como esa. Es un acuerdo t\u00e1cito entre sus due\u00f1os: bailamos sin saberlo, nos tropezamos como un pelot\u00f3n a punto de ahogarse bajo la lluvia.<\/p>\n<p>En una misma acera \u2013 todo depende del tama\u00f1o del paraguas \u2013 se despliegan solistas y coro. Lo hacen con sus propias reglas: si una sombrilla excede en tama\u00f1o a la otra, solo es cuesti\u00f3n de levantarla un poco y dejar pasar al que se guarece con la m\u00e1s peque\u00f1a; si la estrechez de la calzada se impone, habr\u00e1 que morder el borde para no darse de bruces, o ceder el paso. Vista desde lejos \u2013 la sincron\u00eda de los que suben y bajan, el efecto domin\u00f3 de las telas, de los que se apartan y se incorporan\u2013, la escena es casi un musical en el que solo falta que lluevan macetas.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed todos ensayan sus pasos a la perfecci\u00f3n. Parecen mec\u00e1nicos y prolijos. La cortes\u00eda es un protocolo individual, pero todo se reduce a una norma m\u00e1s simple: apartarse del terreno ajeno para asegurarse el propio. Si pierdes el paso ser\u00e1s derribado. Y si la mano invisible existe, lo hace para sostener una sombrilla. \u00bfAcaso estar\u00eda lloviendo cuando a Adam Smith se le ocurri\u00f3 semejante met\u00e1fora?<\/p>\n<p>Las pocas veces que ocurre, la lluvia en Madrid se revela de otra forma. Es una de las primeras lecciones en el manual del individualismo moderado. Nunca con la precisi\u00f3n inglesa o el combate checo de las abuelas que bastonean con furia en las novelas de Kundera, tampoco la transparencia brit\u00e1nica que te deja atornillado bajo un farol. Aqu\u00ed todo ocurre de una determinada forma: no del todo desordenada, pero tampoco precisa. Es, m\u00e1s bien, un equilibrio aleatorio.<\/p>\n<p>En Espa\u00f1a todo es mediterr\u00e1neo: aparenta el orden y la dulzura. Est\u00e1 tocado por una diferencia en la escala Celsius: unos grados por \u00a0encima del n\u00f3rdico vegetativo y otros por debajo del arrebato criollo que a\u00fan me recorre los huesos. Todo se aloja en la franja clim\u00e1tica de una curvatura, una informalidad \u2013 una que con el paso de los a\u00f1os aprender\u00eda a amar desaforada y locamente\u2013. Esa forma que tienen los espa\u00f1oles de hacer estallar algunos asuntos con belleza y brusquedad.<\/p>\n<p>El Quijote cervantino contiene gran parte del acertijo que confirma y a la vez desmiente la coreograf\u00eda del paraguas: \u00abEn un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme\u00bb (porque me no dio la regalada gana). Y si las aspas de los molinos son una met\u00e1fora colectiva, los modestos paraguas tambi\u00e9n. Simbolizan ese lugar donde el espacio p\u00fablico intenta la coincidencia, aunque ahora ignore lo complicada que es esa palabra aqu\u00ed.<\/p>\n<p>El espect\u00e1culo me asombra, me toma por sorpresa, me hace pensar que en el lugar del que provengo la ciudadan\u00eda es una escena del crimen. Dejamos que llueva para borrar el camino de vuelta o limpiar la sangre de la calzada. Hay impunidad en mi lluvia. No nos resguardamos, porque ya estamos muertos. O a punto de morir. Aqu\u00ed, en Madrid, la lluvia es una excepci\u00f3n de la que se habla en los taxis y los ascensores.<\/p>\n<p>La ciudad en la que ahora vivo, aunque todo luzca sim\u00e9trico, est\u00e1 recubierta por una capa no del todo uniforme. Aparecen, como escamas, rastros de una Edad Media ciudadana que toma por asalto las aceras y vagones, mostradores y escaparates, una vida y la siguiente. El punto no es la ciudadan\u00eda, sino qui\u00e9n es m\u00e1s ciudadano. Incluso m\u00e1s: qu\u00e9 tipo de ciudadano se es.<\/p>\n<p>El facha y el progre no lograr\u00e1n ponerse de acuerdo, a menos que llueva o truene lo excepcional. Extra\u00f1a excepci\u00f3n al garrotazo que se atribuyen ellos siempre, acaso porque una tendencia a olvidar alimenta esa visi\u00f3n oscura de su propio quehacer. Yo, por ahora, me aplico en el tema de la sombrilla y, aunque me esmero, he reprobado. Todo est\u00e1 en calma. Nada amenaza. A pesar de eso, a\u00fan siento que alguien me persigue.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>Barbit\u00faricos ciudadanos<\/strong><\/h3>\n<p>Una maleta nunca es la misma, cobra una nueva existencia en cada equipaje. Vive de lo que alguien aprisiona en sus correas. Late con el pulso de su carga. Puede v\u00e9rselas tropezar en sus coreograf\u00edas como barrigas de peces que caen sobre las terminales de los aeropuertos. Todo lo que contienen es fr\u00e1gil, aunque eso no las exime de acumular el sobrepeso de las buenas intenciones. Sus due\u00f1os las observan, las protegen. Luego las dejan ir, no sin antes pasar lista a la combinaci\u00f3n del cerrojo: esa despedida impl\u00edcita de las cerraduras.<\/p>\n<p>Una maleta nunca es la misma. Son ese vuelo a punto de partir, ese mont\u00f3n de ganas envueltas en pl\u00e1stico. En eso pensaba mientras me vest\u00eda con el chaleco fluorescente de los que tienen algo que declarar. Llevaba conmigo toda la furia del mundo, la fiebre m\u00e1s alta de todas las que haya padecido alguien jam\u00e1s. Pero mis p\u00e1rpados sobreact\u00faan. Parecen m\u00e1s valientes que mi voluntad. Por eso dej\u00e9 mi pasaporte en el mostrador y baj\u00e9 a la pista. Obedezco f\u00e1cilmente.<\/p>\n<p>All\u00ed estaba, de pie, frente a mi ultrajada maleta con aspecto de ballena, viendo c\u00f3mo un funcionario de la Guardia Nacional venezolana se daba el \u00faltimo gusto del d\u00eda al tiempo que levantaba los cerrojos con sa\u00f1a. Tac, tac. El funcionario me apuntaba con su uniforme verde, con su org\u00eda de medallas en el pecho, el arma en el cinto y el pa\u00eds desangrado en la cartuchera de su pistola.<\/p>\n<p>El distinguido auscultaba, husmeaba solo como suele hacerlo la autoridad cuando est\u00e1 muy ocupada, precisamente, en ser la autoridad. \u00ab\u00bfPor qu\u00e9 tantos libros?\u00bb, increp\u00f3. Quise decirle que llevaba toda la coca\u00edna del mundo en esas p\u00e1ginas. Me contuve. Mir\u00e9 mis cosas revueltas: libros, cajas de cigarrillos, su\u00e9teres que no sirven para combatir el fr\u00edo, objetos in\u00fatiles, lugares port\u00e1tiles. En medio de la pista del Aeropuerto Internacional Sim\u00f3n Bol\u00edvar vi apiladas las escasas pertenencias que habr\u00edan de atravesar el Atl\u00e1ntico conmigo. Sent\u00ed estar ante el vientre abierto de una ballena que se deja tocar las v\u00edsceras.<\/p>\n<p>Sent\u00ed pudor, quise cubrirla y cubrirme. Barrunt\u00e9 muchas cosas, pero no hice ninguna. No pate\u00e9 a los perros antidroga, no escup\u00ed al <em>distinguido<\/em>, ni arrebat\u00e9 de sus manos mis sujetadores y camisas. No le ped\u00ed ni una sola explicaci\u00f3n al Guardia Nacional. No alc\u00e9 mi dedo. No pregunt\u00e9 cu\u00e1ntas balas suyas llevan nuestro nombre escrito. No reproch\u00e9 nada. Obedec\u00ed, solo eso. Todos a mi alrededor actuaban igual. Nos comport\u00e1bamos con la docilidad de las minor\u00edas, esa gente a la que se puede apilar como a los troncos o los cad\u00e1veres.<\/p>\n<p>Una maleta nunca es la misma, su pasajero tampoco. Compartimos una indefensi\u00f3n de pescader\u00eda. Alguien nos descuartiza, nos abre en canal, nos jurunga, nos ultraja. El d\u00eda que cog\u00ed mi primer avi\u00f3n a Madrid entend\u00ed de qu\u00e9 est\u00e1n hechas ciertas despedidas. La m\u00eda fue eso: aquel pu\u00f1ado de mierda y v\u00edsceras, aquel litoral acabado; ese pa\u00eds insolvente al que no pude devolverle ni siquiera una l\u00e1grima.<\/p>\n<p>\u2013 \u00a0\u00bfPollo o carne?<\/p>\n<p>\u2013 Pescado, por favor \u2013 respond\u00ed a la azafata.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/karina-sainz-borgo-una-semblanza-de-su-vida\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Del libro: <em>Cr<\/em><em>\u00f3<\/em><em>nicas barbit<\/em><em>\u00fa<\/em><em>ricas<\/em> (C\u00edrculo de Tiza, 2019)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La excepci\u00f3n al paraguas Llevo dos d\u00edas en una ciudad que desconozco y en la que habr\u00e9 de vivir si nada se tuerce. 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