{"id":7316,"date":"2023-01-27T23:11:09","date_gmt":"2023-01-27T23:11:09","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7316"},"modified":"2025-04-18T09:43:53","modified_gmt":"2025-04-18T14:13:53","slug":"dos-cuentos-de-matilde-daviu","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-matilde-daviu\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Matilde Davi\u00fa"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Domingo de teatro<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Lucio se fue quebrando en el sonido de mi propia voz, se fue quemando con mi aliento sobre p\u00e1ginas de libros muchas veces abiertos, le\u00eddos y rele\u00eddos. Se fue quedando solo y atr\u00e1s, esperando tal vez, que yo pudiese recuperar todos los recuerdos y decirle alg\u00fan d\u00eda que los recuerdos eran as\u00ed. Aquella tarde lluviosa, Lucio abandon\u00f3 la ciudad despu\u00e9s de conocer la muerte de Dami\u00e1n, la tr\u00e1gica muerte de mi hermano (no s\u00e9 por qu\u00e9 causas, todav\u00eda la ignoramos), decidi\u00f3 quitarse la vida colg\u00e1ndose de una de las vigas del techo del ba\u00f1o de mis lamentaciones. Pendi\u00f3 de una soga cualquiera, de una soga ins\u00f3lita aquella tarde lluviosa cuando todos nos llevamos las manos a la boca para no gritar, cuando todos nos preguntamos lo mismo, cuando todos nos vimos reflejados en la muerte de aquel muchach\u00f3n compa\u00f1ero de Lucio en el Liceo y cuya desaparici\u00f3n puso fin a nuestra infancia y cerr\u00f3 el ciclo de nuestra adolescencia.<\/p>\n\n\n\n<p>De all\u00ed en adelante, yo fui sola por el mundo, de colegio en colegio, hasta que un d\u00eda me vi con los labios pintados y llevando tacones muy altos. Pero en el fondo de m\u00ed, segu\u00eda siendo la misma: una gota de lluvia sobre el patio mojado y solo, una astilla en el medio de mi ser, una espiral trazada en el espacio donde se mueven las nubes y me borran, una nota solitaria vibrando todav\u00eda en el gemido que no dej\u00e9 escapar, una aguja clavada en los ojos de un muerto, un punto blanco en el papel blanco de una p\u00e1gina de nada. As\u00ed por mucho tiempo, casi ocho a\u00f1os m\u00e1s tarde, despu\u00e9s de husmear la vida de Lucio y de Adriana, rog\u00e1ndole noticias por cartas a mi madre, comprend\u00ed que aquel mundo se cerraba con Lucio: aquella frontera de mi soledad no podr\u00eda ser rebasada sino por otra soledad como la suya.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante ese largo tr\u00e1nsito, vi playas infinitas, estrellas fugaces, barcos abandonados, hierros retorcidos y oxidados, desperdicios en las calles, basureros, vi soledades que no se comprend\u00edan, girasoles trazar su vuelta en direcci\u00f3n contraria, vi explotar lunas y moverse espantap\u00e1jaros, gusanos verdes abriendo surcos en la carne de mis contempor\u00e1neos, vi pasar carrozas de muertos que regresaban de la nada, esqueletos vestidos de frac y palt\u00f3 levita, veletas brujas y prostitutas pasearse por las calles solitarias como ellas, vi costras purulentas desplaz\u00e1ndose e infectando todo lo que rozaban, mujeres y hombres locos revolc\u00e1ndose en la escoria de sus vidas mal vividas, la maldad reflejada en ojos diferentes, sangrientos, necrof\u00edlicos, hediondos; vi flores aplastadas contra los muros, arrojadas al pavimento y trituradas por los que dominan, vejan y agreden. Vi fiestas incendiarias en los gestos de j\u00f3venes malditos, vi hombres olvidados y corrompidos por el olor que deja una ciudad descompuesta, enredada y ca\u00f3tica&#8230; Por eso, basta sumergirme dentro de mi soledad para ver que todo lo que me rodea pertenece a la categor\u00eda de cosas sin nombre, clavando sus presencias en el orificio central de mis ojos acuosos y asombrados.<\/p>\n\n\n\n<p>Agobiadas por el candente sol de las tres de la tarde, Adriana y yo esper\u00e1bamos a Lucio a la entrada del teatro para asistir a la matin\u00e9e obligada de casi todos los domingos. Yo trataba de no arrugar mi vestido, ni perder la cinta de raso que recog\u00eda y ataba en la nuca mis cabellos. Para aquellos d\u00edas, luc\u00eda con orgullo mi primer par de zapatos de taconcito mediano y acostumbraba a quitarme las medias cortas al salir de la casa con el fin de descubrir mis tobillos (a\u00f1os despu\u00e9s, tuve la idea de llevar una cadenita de oro en el tobillo derecho). Miraba de reojo a los dem\u00e1s muchachos, hasta que Lucio aparec\u00eda, vestido de kaki, mascando chicle al estilo americano, con el bigotillo incipiente perlado por goticas de sudor, el pelo apretado al cr\u00e1neo por los constantes masajes que se hac\u00eda con brillantina y el gesto duro del ment\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de saludarnos, yo abr\u00eda el bolsito de mano y le entregaba el costo de nuestros billetes de entrada, esos cartoncitos de colores que en la mano de Lucio formaban un min\u00fasculo abanico. Adriana lo recompensaba con su sonrisa de mu\u00f1eca barata, de maniqu\u00ed de vitrinas, con aquella sonrisa que ahogaba todas mis intenciones primarias de estar al lado de Lucio para sondear su soledad, para decirle con la mirada que yo lo aprehend\u00eda a \u00e9l a pesar de dejarse arrastrar por la horizontal dibujada en otra cara. Soportaba el polvo adherido a la suela de sus zapatos y caminaba pisando sobre sus huellas cuando nos dirig\u00edamos hacia el interior del teatro.<\/p>\n\n\n\n<p>Un vientre enorme nos arrojaba a la cara el vaho de los ambientes cerrados mezclado con agua de colonia, chiclets fruna y caramelos de mandarina. Entr\u00e1bamos en el caos dej\u00e1ndonos sacudir por las s\u00edstoles y di\u00e1stoles de un pulso universal mientras busc\u00e1bamos una fila donde sentarnos los tres juntos, Lucio en medio de las dos, separ\u00e1ndonos y uni\u00e9ndonos con su presencia. Pero cuando yo tomaba asiento y me acomodaba en aquella silla de platea oscura, cerraba puertas de mi mente y me perd\u00eda en la soledad para entrar de lleno en el mundo que me mostraba el dibujo del tel\u00f3n, aquel lienzo inmenso que me proporcionaba la mejor de mis aventuras.<\/p>\n\n\n\n<p>Recorr\u00eda los pasillos silenciosos de un palacio ideal hasta detenerme en un balc\u00f3n sobre un bosque de helechos y otras plantas selv\u00e1ticas. Yo permanec\u00eda en mi silla de platea en espera de la transformaci\u00f3n. Comenzaba a sentir el bosque ti\u00f1endo mis cabellos de verde, llam\u00e1ndome desde su propia espesura boscosa rosa, arranc\u00e1ndome el grito que del centro de la cueva extrae el viento como el \u00faltimo gemido en medio de mi condenaci\u00f3n a ser en donde estoy, en no s\u00e9 d\u00f3nde, en un punto, en una nada&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Absorta por el grabado, me perd\u00eda para la sonrisa de Adriana y la mirada de Lucio. Se detuvo el tiempo, se plasm\u00f3 todo en el instante hasta que el timbre que se\u00f1alaba el comienzo de la funci\u00f3n me despert\u00f3 del sue\u00f1o y borr\u00f3 la imagen con la rapidez del tel\u00f3n cuando lo suben. El desgarramiento era inevitable a pesar de haber aprendido sola a dirigirme con frecuencia a este mundo, donde cada ser grita la vaguedad de mi existencia y la desmedida apreciaci\u00f3n de mi cordura.<\/p>\n\n\n\n<p>Desapareci\u00f3 aquel dibujo de l\u00edneas puras dej\u00e1ndome una sed en la punta de mi lengua. El tel\u00f3n de proyecciones me mostraba con crueldad la superficie lisa rompiendo de golpe la armon\u00eda que me hab\u00eda formado del dibujo anterior. Me quedaba sola con el color puro, con el blanco de mi silencio, con mi vac\u00edo, con la mentira anterior y la verdad de ahora. Las luces se apagaban poco a poco mientras mi grito se ahogaba entre millones de galaxias.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo, no necesitaba de Adriana ni de Lucio, pero ellos se empe\u00f1aron en ser necesarios. Me bastaba con mis ojos ardiendo de miedo, con mi boca muda y mis dedos r\u00edgidos. Con los cabellos pegados a la cara, los mir\u00e9 de reojo, hacia un lado de sus muertes, a esas presencias de plomo que her\u00edan mis retinas, presencias de incienso que ordenaban a mi olfato, presencias de presencias que obligaban a caminar las manos por caminos medulares ramificados en el centro de uno mismo, vertical hacia el cenit con apoyo en mis pies y v\u00e9rtigo en la inmediatez de los espasmos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces, yo buscaba acomodarme a la posibilidad de tener a Lucio a mi lado, rozar mi brazo con el suyo, sentir su presencia, ver la l\u00ednea de sus piernas enfundadas en el pantal\u00f3n de kaki, el movimiento de sus mand\u00edbulas al rumiar el chicle y despu\u00e9s&#8230; entrar en su risa abierta hasta mostrarme la superficie orificada de sus cariadas. Yo me ve\u00eda abrazando de girasol en girasol, pero Adriana part\u00eda la luna en pedazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas veces me perd\u00eda trozos del film para aturdirme en la\u00a0 interacci\u00f3n obligada entre los gestos de Lucio y los gestos m\u00edos. Sin embargo, pronto se me olvidaba el asombro para revolverme de rabia en mi asiento, cuando Lucio pasaba con disimulo el brazo por el respaldar del asiento de Adriana. Imaginaba su mano rozando con la yema de sus dedos la punta agresiva de los cabellos de paja, imaginaba la chispa producida cuando \u00e9l le tocaba el pelo.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces yo la odiaba y lo odiaba a \u00e9l. Inventaba cualquier cosa, ir al ba\u00f1o o comprar chocolates (aunque mi falda estuviese repleta de estrellas), porque el deseo de marcharme me obligaba a realizar mis mentiras. Me levantaba del asiento torpemente, tropezando con las piernas del p\u00fablico que ve\u00eda los comics, buscando desesperada la salida para dar curso libre a la rabia irrefrenable que me conduc\u00eda a no s\u00e9 d\u00f3nde.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante ese infernal retroceso, sent\u00eda en mi boca la saliva verde del bosque, el nacimiento de rosas en mi \u00fatero, el silbido impaciente de serpientes enredadas en mis cabellos y la plena convicci\u00f3n de mi angustia. Atr\u00e1s, las aventuras del gato Tom terminaban por sembrarme el p\u00e1nico. Hu\u00eda despavorida hacia la vertical luminosa que dejaba asomar la doble cortina en la puerta de entrada. Hu\u00eda de ellos y de m\u00ed. Afuera, el aire c\u00e1lido y la horizontalidad de la tarde me hac\u00edan pensar una vez m\u00e1s en mi soledad. Me arrancaba las u\u00f1as con los dientes hasta sentir dolor mientras juraba vengarme.<\/p>\n\n\n\n<p>Tomaba fuerzas, sub\u00eda de nuevo los escalones, marchando segura en la oscuridad, y me sentaba al lado de Lucio, una vez convencida de que sus manifestaciones de favoritismo hacia Adriana nunca rebasar\u00edan la regi\u00f3n de mis fuerzas. Con este pensamiento, permit\u00eda todos sus excesos, lo dejaba libre de culpas.<\/p>\n\n\n\n<p>Al terminar la funci\u00f3n, trataba de buscar sus ojos para decirle que yo conoc\u00eda todos sus secretos, que era su c\u00f3mplice de siempre, que lo guardar\u00eda hasta la muerte, porque hab\u00eda jurado ser su mujer, al permitir que detr\u00e1s de las tablas apostadas al muro de mis llantos jugara a besarme en la boca, como en las pel\u00edculas, levantarme despu\u00e9s la falda y mirar con asombro aquella hendidura oculta que ten\u00eda la forma de una mariposa, seg\u00fan sus palabras. Lucio pronto lo olvid\u00f3&#8230; pero yo me guard\u00e9 el recuerdo con la eterna florecita atrapada entre las p\u00e1ginas de mi libro, como la cinta de terciopelo, el libro su primera comuni\u00f3n, mis dibujos&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>En la plaza, los m\u00fasicos se preparaban para ejecutar las primeras marchas, que los domingos, iniciaban a las cinco de la tarde. Los transe\u00fantes se deten\u00edan a escuchar la retreta mientras peque\u00f1os grupos comenzaban a pasearse alrededor, exhibiendo sus trajes de domingo, vi\u00e9ndose las caras en ese girar y girar, participando del tiovivo, de la maquinita del tiempo y de las tradiciones m\u00e1s viejas. Segu\u00edan al ritmo de la m\u00fasica aquello que los abuelos hab\u00edan impuesto como diversi\u00f3n: dar vueltas en la plaza, vueltas y m\u00e1s vueltas, sin marearse, sin cansarse, viendo a los que vienen de frente o deteni\u00e9ndose de vez en cuando a contemplar la fuente luminosa que llena de agua la pileta y nunca la rebasa. All\u00ed permanec\u00edamos poco tiempo: deb\u00edamos de seguir hacia la casa para que mam\u00e1 pudiera ir al cine de intermediaria.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo siempre odi\u00e9 los domingos, esos d\u00edas h\u00edbridos, extra\u00f1os&#8230; Son d\u00edas en que las calles se quedan solas al mediod\u00eda y comienzos de la tarde, luego se presiente una especie de atm\u00f3sfera angustiante causada, quiz\u00e1, por el deber de hacer algo ma\u00f1ana y no estar seguro de lo que es, aunque llevemos a\u00f1os y a\u00f1os haciendo lo mismo todos los lunes. Los domingos no se parecen a ning\u00fan otro d\u00eda de la semana: son d\u00edas de letargo, son d\u00edas de regreso. Para aquella \u00e9poca, deb\u00eda de odiarlos mucho m\u00e1s. Sab\u00eda de Lucio con horas libres, dispuesto a acompa\u00f1arnos al teatro y permanecer en la casa con nosotras hasta el regreso de mam\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos sent\u00e1bamos en la sala, cada uno con una revista en las manos y mi tedio horadando el papel, para buscar la mirada de Lucio sobre los p\u00e1rpados aceitosos de Adriana. Yo ped\u00eda que fu\u00e9semos al patio a jugar al escondite con la intenci\u00f3n de ocultar mi soledad y vigilar a Lucio en el deleite de una b\u00fasqueda frustrada. Cuando no obten\u00eda respuesta afirmativa a la proposici\u00f3n de mi juego, me dirig\u00eda en busca de la guitarra de Dami\u00e1n y nos pon\u00edamos a voz en cuello. Durante el canto me olvidaba de todo, pero bastaba s\u00f3lo una mirada de Lucio buscando a Adriana, para que perdiese el comp\u00e1s, comenzara a cantar de otra manera, vomitara azufre y bilis, enredara intencionalmente mis cabellos entre las cuerdas de la guitarra y comenzara a gritar.<\/p>\n\n\n\n<p>Lucio se ve\u00eda obligado a desenredarlos y yo aprovechaba el momento para sentir su aliento tibio sobre la piel de mi cara y contemplar a mis anchas el m\u00fasculo agresivo de su cuello. Pero Lucio estaba empecinado en olvidarlo todo, y yo en querer destrozar con mis dientes la inviolable muralla de su soledad, de aquella soledad que s\u00f3lo abr\u00eda una grieta para que la de Adriana se colara y habitara en aquel mundo vedado para m\u00ed. Sin embargo, yo sab\u00eda que Lucio le hablaba de otras cosas y le abr\u00eda surcos en las sienes donde enterrar para siempre las primeras inquietudes de su adolescencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando regresaba mam\u00e1, yo trataba de ocultarme en el hueco oscuro de su mano al despedirse y me llevaba en aquel gesto, el cuchillo de una noche de domingo guardado en el espasmo de mis primeras alucinaciones; el dibujado recuerdo de un tel\u00f3n de teatro.<\/p>\n\n\n\n<p>Era la noche de las fosforescencias, las plantas escup\u00edan jade y yo hac\u00eda de mis l\u00e1grimas estalactitas&#8230; Con los poros de mi piel abiertos a la soledad, he comenzado a madurar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>La transfiguraci\u00f3n de Ofelia<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Las once de la ma\u00f1ana y ya estaban bordeando las laderas con el sol amarrado a la capota del volkswagen. Arriba, en las cimas de las monta\u00f1as el d\u00eda parec\u00eda neblinoso y frio. Tres cuartos de hora despu\u00e9s reventaron en un valle abrazando un pueblito flotante. La carretera arroj\u00f3 su \u00fanica calle, terminando en una plaza desierta. De lado y lado de la plaza se empujaban en hileras viejas casas de ventanales grandes, postigos y romanillas; y m\u00e1s all\u00e1, el resto del pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>El carrito se deslizaba despacio y el Licenciado despert\u00f3 a la Nueva con golpecitos en la rodilla. Ella no confiaba del todo en aqu\u00e9l lugar, dudaba inconscientemente, con esa duda instintiva que se le hund\u00eda en la nuca como una punzada primero y despu\u00e9s, como la inserci\u00f3n o de una lengua de rub\u00edes. El Licenciado insisti\u00f3 en haber llegado, pero a la Nueva un escalofr\u00edo le recorri\u00f3 el espinazo y se amarr\u00f3, cruzando los brazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Retomaron el camino en retroceso hasta detenerse y bajarse frente a un zagu\u00e1n de mosaicos coloreados y paredes pintadas de verde: pensi\u00f3n de pueblo, con salita de recibo, sillas de lona a rayas, un sombrerero de madera oscura y a la derecha un mostradorcito,<\/p>\n\n\n\n<p>El Licenciado y Nueva: dos presencias inevitablemente c\u00e1usticas para el gordo mulato que ahora atravesaba la cortina de pl\u00e1stico. No esper\u00f3 las preguntas, sino que salt\u00f3 negando cuarto y ellos que no ven\u00edan a eso, sino a preguntar si hab\u00eda visto al Profesor. El mulato neg\u00f3 con la cabeza y les aconsej\u00f3 dirigirse a la Comisar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se dispon\u00edan a atravesar el zagu\u00e1n, un grito agudo les oblig\u00f3 a detenerse. Por la escalera de caracol, que nac\u00eda a la izquierda del saloncito, bajaba precipitadamente una mujer semidesnuda gritando ayuda: la boca de media luna pintada de rojo-llama, la pelambre oscura revuelta, una flor de cayena en la oreja, descalza, con una cadenita de plata en el tobillo derecho. Una Ofelia aceitosa y hedionda, perra de agua, foca, hiena, de otros mundos, con los dientes ennegrecidos por el chim\u00f3 y el tufo aguardentoso arroj\u00e1ndolo a la sorpresa.<\/p>\n\n\n\n<p>Violentamente agarr\u00f3 por la blusa a la Nueva y sacudi\u00e9ndola con gestos desesperados, le ped\u00eda a gritos que la salvara del hombre que hab\u00eda estado con ella, y mientras&nbsp; as\u00ed le gritaba, presa de convulsiones hist\u00e9ricas, el collar de piedras de r\u00edo y caracolitos de mar le bailaba en el cuello enrojecido.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre del mostrador aplast\u00f3 los gritos con una carcajada gran\u00edtica. Se acerc\u00f3 a Ofelia, le son\u00f3 dos veces las nalgas y le ordeno subir al cuarto, explicando que ella hac\u00eda siempre lo mismo cuando ol\u00eda nuevos en el pueblo, que eso era parte de su show. Ofelia e tranquiliz\u00f3, hizo una mueca rojiza, medio puchero, medio fastidio, se agarr\u00f3 el collar entre de dos manos y con la cabeza gacha avergonzada, subi\u00f3 por donde hab\u00eda bajado.<\/p>\n\n\n\n<p>Nueva estaba nerviosa, quiso tragar y no pudo porque un susto flemoso se le peg\u00f3 en la garganta, un susto flemoso como de ostra gigante y podrida. El Licenciado la condujo por un brazo a la salida. Subieron de nuevo al carro y le dieron vuelta a la plaza buscando la Comisar\u00eda. Luego tomaron un callej\u00f3n a la izquierda, que llevaba hacia el monte despu\u00e9s de atravesar el puente. Pero un soldado, un muchach\u00f3n de diecis\u00e9is a\u00f1os, les cort\u00f3 el paso plant\u00e1ndoseles en la v\u00eda. El Licenciado sac\u00f3 la cabeza por la ventanilla del carro y le dijo lo que buscaba. El soldadito los devolvi\u00f3 a la plaza del pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>El sol se com\u00eda lentamente todas las sombras reventando de lleno en la plazoleta, apenas una brisa tibia sacud\u00eda los pocos crotos y olas\u2014de\u2014mar que se ahogaban en el concreto. No ve\u00edan ninguna Comisar\u00eda o al menos algo que se le pareciera, ni un escudo, ni un aviso; s\u00f3lo la plaza y la calle desierta.<\/p>\n\n\n\n<p>Nueva exig\u00eda el regreso, pero el Licenciado le se\u00f1al\u00f3 una ventana que enmarcaba el torso y la cara de un hombre. Nueva se baj\u00f3 del carro, decidida, y se acerc\u00f3 preguntando si hab\u00eda visto al Profesor, muy conocido en Caracas y que desde hac\u00eda varios meses trabajaba en los alrededores de ese pueblo. Ya el Licenciado se hab\u00eda bajado tambi\u00e9n y para aclarar m\u00e1s las cosas, dijo que el Profesor buscaba enormes huesos como de un metro de largo. El hombre de la ventana abri\u00f3 los ojos redondos y, sin pronunciar palabra, se qued\u00f3 negando con la cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Frustrados, el Licenciado y Nueva le estaban dando la \u00faltima vuelta a la plaza, cuando, de una casita rodeada por una verja de hierro, sali\u00f3 un hombre en franelilla. Les pregunt\u00f3 qu\u00e9 buscaban y al obtener respuesta, les dijo que esa era la Comisar\u00eda y que todo deb\u00eda ser reportado all\u00ed. Se bajaron del carro siguiendo el consejo de hablar primero con el Sargento Ch\u00e1vez, un coriano aindiado que los recibi\u00f3 sentado en un taburete y un qu\u00e9 se les ofrece.<\/p>\n\n\n\n<p>La experiencia anterior, les hizo ver que el trabajo de paleont\u00f3logo era desconocido y y evitando mencionar la clase de descubrimientos que hac\u00eda el profesor, le dijeron que buscaban a un se\u00f1or que abr\u00eda grandes huecos en la tierra. \u201c\u00bfEntierros&#8230;? \u00a1Ah, s\u00ed!\u201d Claro que conoc\u00edan al tal se\u00f1or&#8230; ese que desde hac\u00eda varios&nbsp; vive en aquella casita de bahareque, pegada a la esquina. El sargento se\u00f1alaba con el dedo una vieja que sal\u00eda de la casa y vaciaba un balde de agua sucia sobre la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Nueva se quejaba por la equivocaci\u00f3n, arrastrando o al Licenciado hacia el carro estacionado. Hab\u00edan recomido m\u00e1s de doscientos kil\u00f3metros, vanamente, para caer en un pueblo del diablo donde jam\u00e1s vino el Profesor; y lo mejor ser\u00eda regresar de inmediato a correr el riesgo de enloquecer perdiendo todo ese tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al Licenciado se le ocurri\u00f3 tomar un refresco en un botiqu\u00edn a la entrada del pueblo, recordando haberlo visto cuando lleg\u00f3 esa ma\u00f1ana. Estaban parqueando el fauv\u00e9, cuando el Sargento Ch\u00e1vez se les acerc\u00f3 agitando, sudando la velocidad que tra\u00eda en la bicicleta y les pidi\u00f3 que se identificaran. El Licenciado mostr\u00f3 su c\u00e9dula, pero Nueva no ten\u00eda sino un comprobante.<\/p>\n\n\n\n<p>El Sargento casi se lo arrebat\u00f3 de las manos y despu\u00e9s de examinarlo por todos lados, de arriba a abajo, le pregunt\u00f3 con voz temblorosa que d\u00f3nde estaba la foto, que esa no era ninguna c\u00e9dula, que ella lo que necesitaba era un carnet con foto, ese papelito verde claro metido en una bolsita pl\u00e1stica a prueba de agua y donde sal\u00eda su cara, asomada por encima de una muralla de n\u00fameros, que su nombre no era importante, sino su cara con n\u00fameros, su cara de morenita numeral, de presa, de marcada, porque ese papelito amarillento que bailaba alegremente entre los dedos del Sargento no val\u00eda para nada, que ya le parec\u00edan sospechosos, que tal Profesor era un invento y que ellos ir\u00edan presos porque s\u00ed y YA, que los sospechosos y sin documentaci\u00f3n eran encerrados, pero no en la Comisar\u00eda, sino en el campo antiguerrillero para que esos muchachos dieran cuenta mejor del asunto: los bulldogs, los cazadores, all\u00e1, al borde del puentecito, se las arreglar\u00edan con ellos en ese lunes de Carnaval, si era lunes o martes o qu\u00e9 d\u00eda del diablo porque el que llega a este pueblo ha de ser por algo, s\u00ed se\u00f1or, por algo y nada santo&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Y Nueva: que me devuelva mi c\u00e9dula; y el Licenciado apretando los dientes con rabia contenida y el Sargento que el papel no val\u00eda nada y Nueva que la foto no interesa mientras ella estaba presente, que las fotos son de recuerdo y que ella era m\u00e1s importante que el papel, la foto maldita, los n\u00fameros de mierda, el pueblo y toda esa historia de miedo que el Sargento les quer\u00eda montar; que su inviolabilidad personal, que la justicia, que la viera BIEN, que ella era la que era y el Sargento que no, que me acompa\u00f1en y YA&#8230;! . Sac\u00f3 de la funda la pistola fr\u00eda y reluciente como esa luz del d\u00eda y dejando la bicicleta en medio de la calle, subi\u00f3 en el carro con ellos y se sent\u00f3 atr\u00e1s, empu\u00f1ando el bicho maldito, como si fuera un juguete.<\/p>\n\n\n\n<p>El Licenciado, le grit\u00f3 mientras conduc\u00eda, que \u00e9l estaba loco, un est\u00fapido disfrazado de Sargento con la venia de la ley y la orden del Gobierno entero de tirar a sangre fr\u00eda a los quemamontes, robagallinas y matagentes&#8230; y Nueva, que ella acababa de venir de la playa, que le viera los bikinis floreados y la cara despellejada, que registrara el carro y que si en caso de encontrar algo sospechoso, le pagar\u00eda con dinero tal como hac\u00eda su madre que andando en los cuarenta y pico, se jactaba de no tener ni una cana mientras invitaba a sus hijas a darles cinco bol\u00edvares si le encontraban alguna.<\/p>\n\n\n\n<p>El Sargento se\u00f1alaba el camino con la punta de la pistola y el Licenciado tragaba grueso en su dolor ad\u00e1nico, mirando de reojo el terror mortal de Nueva en aquella hora solar que cortaba las nucas, Y llegaron al punto de partida y no apareci\u00f3 el soldadito. El Sargento oblig\u00f3 al Licenciado a detener el volkswagen a la entrada del puentecito, y sin bajarse, sacando medio cuerpo por la ventanilla grit\u00f3 al aire un vengan y esper\u00f3, Casi en seguida, por entre los matorrales, vieron salir a un grupito de soldados acomod\u00e1ndose las cartucheras unos y los otros ech\u00e1ndose el rifle al hombro,<\/p>\n\n\n\n<p>En un segundo los rodearon como si fueran artistas de cine. Sombra se hizo en el pecho del Licenciado y Nueva, muerta de fr\u00edo, se hund\u00eda en el asiento cuando los ojos y los dientes de la soldadera brillaron como cuchillos al sol. Y el Sargento: aqu\u00ed est\u00e1n \u00e9stos, d\u00e1ndoles vuelta a la plaza y despistando a la gente con el asuntico ese del profesor; pero los agarr\u00e9 en la mentira y \u00e9sta no tiene c\u00e9dula; no los dejen salir, es \u00e9sta la parejita que est\u00e1bamos esperando,<\/p>\n\n\n\n<p>Nueva, con dolor en la garganta, sent\u00eda como si tuviese una bola de heno seco en la boca y la ausencia casi total de saliva, le hab\u00eda pegado los labios. El Licenciado se defendi\u00f3 diciendo que \u00e9l s\u00ed ten\u00eda c\u00e9dula y que todo lo dem\u00e1s era un absurdo completo, que antes de llevarlos presos ten\u00edan que tener pruebas, que se hab\u00edan equivocado y que no era de Nueva la culpa que en el Ministerio le dieran un comprobante mientras su cara se le quedaba presa, nadando entre soluciones contenidas en cubetas gigantes y esperando ser revelada.<\/p>\n\n\n\n<p>El grupito de soldados, chanceando y riendo, se daban codazos unos con otros, y mira c\u00f3mo se ponen estos cobardes cuando se les atrapa y ya no saben qu\u00e9 artima\u00f1as utilizar para convencernos de que ellos no son los que son, y hagan el favor de bajarse y por aqu\u00ed, conduci\u00e9ndolos monte adentro, por matorrales y cuj\u00edes, hasta el borde de una quebrada seca. Un poco m\u00e1s all\u00e1, entre bucares y josefinas con los tallos desconchados por las par\u00e1sitas abrazando hasta ascender y florear las hojas, apareci\u00f3 el tri\u00e1ngulo de una carpa.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los soldaditos chifl\u00f3 y de la tienda, sali\u00f3 otro con una c\u00e1mara fotogr\u00e1fica, S\u00e1quele una foto a estos dos, por separado, p\u00f3ngase ust\u00e9 aqu\u00ed, m\u00e1s cerca&#8230; y le levant\u00f3 la cara violentamente golpe\u00e1ndolo en la barbilla. El fot\u00f3grafo se enderez\u00f3 y busc\u00f3 el \u00e1ngulo apropiado del Licenciado, el \u00e1ngulo de muerte, el \u00e1ngulo m\u00e1s blanquecino donde la pupila desaparece y la c\u00f3rnea resplandece como un huevo flotando en un pozo de agua. El clik maldito y ahora la otra, que se coloque bien que es su turno y otra vez el acomodo y los ojos m\u00e1s abiertos que nunca como vaca parturienta en la plaza de un pueblo muerto. Y otra vez el clik&#8230; y el grito; y ya ver\u00e1n ustedes, desgraciados, c\u00f3mo se revelan las fotos en menos de media hora, y Nueva: \u00a1esto es de locos, quiero irme, Dios m\u00edo, d\u00e9jenme ir, yo no tengo nada que ver con lo que ustedes buscan, cabrones, tengo sed, si quieren vamos todos y averiguan all\u00e1&#8230;!<\/p>\n\n\n\n<p>Este Sargento Ch\u00e1vez es un palo de hombre, s\u00ed, s\u00ed, ya lo ascender\u00e1n al maldito. \u00a1Ah! quiero irme, \u00a1quiero salir de aqu\u00ed&#8230;! Y los minutos quem\u00e1ndole los p\u00e1rpados y toda vestida de fiebre, en manos de soldaditos encuartelados a juro, diarrea de un pa\u00eds sin remedio, no saben lo que es la vida y lo que cuesta, no saben de nada sino de la ceguera y de la noche en sus catres. Carne hedionda que soporta el sol de las medianoches y la gusanera y los saba\u00f1ones. Y all\u00ed, en la morada verduzca, las nubes pasan delante del sol mientras el Licenciado y Nueva son juzgados, y se acent\u00faa el fr\u00edo de muerte que les sierra las costillas dolorosamente, y quieren correr y no pueden porque siempre est\u00e1 la creencia de que algo puede ocurrir, algo para romper el sue\u00f1o&#8230; y todos los nombres de santos se piensan y se quiere llorar y no bajan las l\u00e1grimas y la saliva no baja mientras se pasean los nubarrones oliendo a lluvia ligera.<\/p>\n\n\n\n<p>El fot\u00f3grafo sale de la carpa manejando entre las manos un paquete de fotograf\u00edas, las del Licenciado y Nueva, repetidas varias veces cada una y las deposit\u00f3 sobre la arena de la quebrada seca. El Licenciado so\u00f1aba con la marea alta y el sol levant\u00e1ndose cuando salieron de la casita de la playa para viajar a un pueblito perdido en las monta\u00f1as y regresar esa misma tarde. Record\u00f3 los sandwiches que Nueva hab\u00eda preparado para el camino y los guard\u00f3 en la guantera mientras se deslizaba perezosamente en el asiento del carro; se vio tomando la carretera de la costa, al encuentro de cocotales, hotelitos costaneros, vestuarios hechos de palma; Tucacas, pueblo gris y hediondo a fango. Despu\u00e9s, meti\u00e9ndose entre los cerros para bordear de nuevo el mar y as\u00ed hasta el puerto con el sol blando todav\u00eda, pero con ganas de calentar hacia el mediod\u00eda. Ese lunes de Carnaval, ella dormit\u00e1ndose y \u00e9l, manejando el fauv\u00e9 sobre el asfalto baboso y resbal\u00e1ndose en las curvas. Ning\u00fan radio, s\u00f3lo el viento, silbando por entre la semiabertura de las ventanillas peque\u00f1as; y Nueva, ya dormida, con las manos cruzadas sobre las piernas, se mor\u00eda para el paisaje nuevo de verdes y caser\u00edos dispersos. Alrededor de las once, ya estaban en las monta\u00f1as con el sol amarrado a la capota del carro&#8230; y ahora, los soldados se repart\u00edan sus repetidas caras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c\u00a1Vamos a darles el pase\u00edto reglamentario&#8230;\u201d y los empujaron, haci\u00e9ndoles tomar la ruta del regreso, con la tarde abierta todav\u00eda por los zanjones y barrancos, que horas antes hab\u00edan recorrido con el carro. Al caer en la plaza, una veintena de hombres los esperaban, algunos interrogantes y otros arrechos sin saber por qu\u00e9 causa. Y en ese momento, un chillido se dej\u00f3 escuchar&#8230; \u201c\u00a1S\u00e1lvenlos!\u201d. &nbsp;Desde la ventana de la pensi\u00f3n, la voz atraves\u00f3 la calle cort\u00e1ndola mitad a mitad hasta reventar en las paredes de enfrente. Ofelia transfigurada; porque ella, media esperanza, es la \u00fanica que sue\u00f1a en ese pueblo de olvidos, y otra vez el grito que revienta los huesecillos, medular, como de alguien que atrapara con lucidez el segundo brillante, el grito aquel\u00e1rrico escapado de la boca maloliente de una hija del. pantano. Las casas ten\u00edan los postigos semiabiertos delante de ojos caleidosc\u00f3picos c\u00f3mplices en el miedo, Nueva, con los labios pegados a los dientes por la fiebre y el Licenciado buscando en los que all\u00ed no exist\u00edan, la segunda clave que abre brechas a la comunicaci\u00f3n y al amor; oyeron a la mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>Ofelia, semidesnuda y tambaleante, sale a la calle para quedarse al borde de la carretera con la mirada perdida, la flor de cayena en el pelo y su collar de piedras de r\u00edo y caracolitos de mar descans\u00e1ndole ahora sobre su pecho tranquilo. En la mano derecha, se le abr\u00eda el abanico de una paloma muerta mientras sus pies descalzos y planos, se aferraban a la tierra como los de un idolillo de barro. \u201c\u00a1Ofelia!\u201d, le grit\u00f3 la Nueva, \u201cs\u00e1lvanos de esta muerte, nos quieren matar sin remedio, a rasgones, a pellejos, a desvanes vacios, conj\u00faralos, distr\u00e1elos, re\u00fane en tus manos la fuerza de otros planetas, quema el sol, a este sol de mentira, ac\u00e9rcate y pell\u00edzcame, t\u00fa eres lo \u00fanico verdadero en este pueblo de miedo&#8230; \u201cC\u00e1llense o les van a partir la jeta&#8230;! Yo s\u00f3lo soy reina en mi templo, en mi cuarto. En la calle soy una puta y de las peores&#8230; ni los camioneros me quieren y yo les digo que por nada y ellos suben, pero la primera palabra es la que vale&#8230; \u00bfven ustedes? \u00a1Por nada&#8230;!\u201d Ofelia se encoge de hombros y les lanza una sonrisa de serpentina, de llamarada zigzagueante, nacarada, Pegada a su puesto, volvi\u00f3 a tomar el aire del sue\u00f1o, el aire humoso de la impasibilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Los arrojaron hacia el centro de la placita, hacia los perros, hacia el gent\u00edo. A Nueva le arrancaron la cadena, al Licenciado el reloj pulsera y le registraron los bolsillos hasta encontrarle la cartera. La Nueva quer\u00eda sentir el olor del mar, del muelle, del puerto: quer\u00eda verse nadar otra vez sobre aquellas oleadas tibias y espumosas y sentir la sal ardiente en sus piernas reci\u00e9n rasuradas, sus piernas morenas saltando como peces por entre la blancura reventada en la playa. El recuerdo de voces de ni\u00f1os jugando en la lejan\u00eda, le arranc\u00f3 los gemidos m\u00e1s hondos. El Licenciado trat\u00f3 de hablar, pero la voz cavernosa se le parti\u00f3 en los labios al reventar el llanto, como si varios cristales le hubiesen cortado las cuerdas vocales. Gimi\u00f3 como gime un ciego o un mudo. \u201c\u00a1S\u00e1lvenlos&#8230;!\u201d grit\u00f3 de nuevo Ofelia despertando de su trance y arroj\u00f3 con violencia contra el pavimento: la paloma muerta, se dio media vuelta y se perdi\u00f3 en la oscuridad del zagu\u00e1n. \u201cEs la hora\u201d gritaba al Sargento. Y trayendo una cuerda, los amarraron contra la verja de hierro de la misma Comisar\u00eda, uno al lado del otro, de espaldas a los verdugos.<\/p>\n\n\n\n<p>El Licenciado y Nueva quer\u00edan recoger sus huellas y echarlas a volar en forma de mariposas. El Licenciado hizo resistencia antes de que lo amarraran, pero entre varios hombres lo dominaron. Y \u00e9l, nunca hab\u00eda sido un cobarde, pero esta vez llor\u00f3 y grit\u00f3. Nueva sinti\u00f3 que ya no ten\u00eda ning\u00fan dominio sobre sus m\u00fasculos, algo se le abri\u00f3 como cuando le revientan la bolsa de agua a una parturienta, Se orin\u00f3, y aquel l\u00edquido tibio, recorri\u00e9ndole las piernas, la calm\u00f3 por un segundo. Afloj\u00f3 todos sus m\u00fasculos y esper\u00f3. Sonaron los cartuchos y la voz de Ofelia al mismo tiempo, dej\u00e1ndose o\u00edr ayudada por unos cartones que le sirvieron de altoparlantes: \u201c\u00a1C\u00e1iganse! \u00a1Rel\u00e1jense! \u00a1H\u00e1ganse los muertos&#8230;! \u00a1Carajo&#8230;!\u201d Nueva peg\u00f3 las mejillas al hierro fr\u00edo de la verja y dej\u00f3 de respirar.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/matilde-daviu\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Domingo de teatro Lucio se fue quebrando en el sonido de mi propia voz, se fue quemando con mi aliento sobre p\u00e1ginas de libros muchas veces abiertos, le\u00eddos y rele\u00eddos. Se fue quedando solo y atr\u00e1s, esperando tal vez, que yo pudiese recuperar todos los recuerdos y decirle alg\u00fan d\u00eda que los recuerdos eran as\u00ed. [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":7317,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7316"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7316"}],"version-history":[{"count":6,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7316\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15865,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7316\/revisions\/15865"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7317"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7316"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7316"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7316"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}