{"id":7238,"date":"2023-01-14T20:40:08","date_gmt":"2023-01-14T20:40:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7238"},"modified":"2024-01-21T19:19:24","modified_gmt":"2024-01-21T19:19:24","slug":"dos-cuentos-de-jose-luis-palacios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-jose-luis-palacios\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Jos\u00e9 Luis Palacios"},"content":{"rendered":"<h3>Boceto para obituario<\/h3>\n<p>Mi padre es un acto de magia donde el protagonista se desvanece entre una masa de humo. Llevo viendo este acto toda mi vida, a veces en los asientos de atr\u00e1s, a veces en los de adelante. Ahora en primera fila: mi padre tiene ochenta a\u00f1os y Alzheimer. Vive en un apartamento excesivamente grande para sus necesidades, junto a la indiferencia de mi madre, unos cuantos a\u00f1os m\u00e1s joven que \u00e9l, y los cuidados de una enfermera sinuosa que alebresta a los machos j\u00f3venes de nuestra familia. Los fines de semana visito a esos tres personajes, con una regularidad impuesta por la costumbre y la gen\u00e9tica heredada. Reedito la rutina de las dos rejas del edificio, el ascensor con llave y la otra reja del apartamento. La enfermera, atenta a mi llegada, me abre la puerta de servicio y me invita a pasar, desparramando turgencias fuera de su uniforme blanco. Puede parecer una observaci\u00f3n sesgada, pero creo que todas las carnes de mis padres se van transfiriendo de ellos hacia el interior del uniforme blanco. De la cocina paso a la sala, donde mi madre teje y mi padre dormita arrullado por alg\u00fan juego de f\u00fatbol o noticiero europeo. Mi madre se disculpa por no haberme hecho entrar por la puerta principal. Los a\u00f1os han desgastado esa disculpa: siempre entro por la cocina. De las dos puertas blindadas, una se usa, y las llaves de la otra, la principal, duermen un sue\u00f1o eterno bajo el coj\u00edn de uno de los sof\u00e1s que mi madre ha amortajado cuidadosamente con unas fundas de estampados rosados. As\u00ed durar\u00e1n m\u00e1s, dice ella. El tiempo transcurre lentamente durante mis visitas: no hay mucho de qu\u00e9 hablar, ya todo est\u00e1 dicho, repetido y congelado en el tiempo entre esas paredes. Mi historia est\u00e1 ah\u00ed, me persigue en cada rinc\u00f3n. Puedo establecer con exactitud la fecha de la compra de los muebles del comedor, poco antes del terremoto cuatricentenario, lo mismo que las l\u00e1mparas y el seib\u00f3. El intercomunicador en la pared de la sala, gigantesco, con radio am\/fm y profusi\u00f3n de teclas, permanece empotrado e inservible como s\u00edmbolo del status de hace cuatro o cinco d\u00e9cadas. Puede sonar risible, pero en esa \u00e9poca poca gente ten\u00eda la precauci\u00f3n, o la posibilidad, de chequear a posibles visitantes antes de que tocaran a la puerta. Mucho m\u00e1s atr\u00e1s, yo ni siquiera hab\u00eda nacido, me cuentan que la nevera, otro talism\u00e1n de aquella clase media no aterrorizada, tambi\u00e9n se exhib\u00eda en la sala, para envidia de familiares y amigos de menores ingresos. La desnudez original de las paredes fue cubierta con cuatro \u00f3leos adquiridos con urgencia: una naturaleza muerta con crisantemos, un par de paisajes indefinidos, y un cerro \u00c1vila sinople y bulboso, firmado por Giovanni di Munno, que fue haci\u00e9ndose cada vez m\u00e1s \u00fatil para reemplazar la visi\u00f3n real de la monta\u00f1a, desaparecida progresivamente de las ventanas, a medida que arreciaba alrededor de nuestro edificio la actividad de la construcci\u00f3n durante el boom petrolero de los setenta. Hay un televisor, regalo reciente m\u00edo, que acompa\u00f1a los ronquidos de mi padre en todas sus siestas y sobremesas nocturnas, y otro que permanece encerrado dentro de un mueble a la medida sobre el que yacen objetos de plater\u00eda y un tr\u00edptico de mi primera comuni\u00f3n. Todos los espacios horizontales est\u00e1n abarrotados con mis hitos enmarcados: graduaciones, navidades, la playa y la monta\u00f1a, cumplea\u00f1os y matrimonios. Reforzando las fotos hay una cantidad de zapaticos de porcelana, ceniceros, angelitos, v\u00edrgenes y santos miscel\u00e1neos, asociados a las mismas efem\u00e9rides. Las cortinas vetustas evitan las corrientes de aire, un mal que los viejos tratan por todos los medios de evitar. No puedo decidir qu\u00e9 hace m\u00e1s dif\u00edcil la comunicaci\u00f3n con mis padres: su progresiva sordera o sus olores corporales, que impregnan el ambiente y parecen compartir con los muebles y las cortinas. Huelen a recintos cerrados, a lugares abandonados al \u00f3xido y el moho, esas halitosis persistentes que matan cualquier intento de di\u00e1logo compartido en el mismo sof\u00e1. Guisos mediterr\u00e1neos mal digeridos con profusi\u00f3n de ajos y aceite de oliva. \u00bfD\u00f3nde fueron a parar tantos manjares, tanta harina de trigo? Mi padre tuvo el f\u00edsico de un jugador de basketball en estado de retiro prematuro, leptosom\u00e1tico, con la mitad inferior del cuerpo inflada a punta de pasta y Pinot Grigio. Ahora es poco m\u00e1s que un esqueleto vestido. La actividad de su cerebro se va desgajando d\u00eda a d\u00eda, en capas, como se desintegra una cebolla hasta llegar a su coraz\u00f3n, donde no queda nada. Creo que fue Andr\u00e9 Maurois, o pudiera ser Albert Camus, u otro franc\u00e9s por el estilo, quien dijo que uno es de donde hizo el bachillerato. Mi padre no ley\u00f3 a estos franceses: ahora s\u00f3lo habla italiano, el lenguaje de su ni\u00f1ez, escondido en una de las \u00faltimas capas de la cebolla. Todav\u00eda me reconoce. Carissima, me saluda, y me pide que le corte su barbita blanca y los pocos flecos pegados obstinadamente a su nuca. Acepto hacerlo cada dos o tres semanas, esparciendo algunas hebras transl\u00facidas sobre la funda rosada del sof\u00e1. No se deja tocar por m\u00e1s nadie, lo que agradezco como muestra residual de alg\u00fan tipo de v\u00ednculo conmigo. Chao, Gino Cerrutti, sin pelo y sin memoria.<\/p>\n<p>La p\u00e9rdida de neuronas implica algunos peque\u00f1os arreglos en el hogar de los Cerrutti. Se hace necesario colocar pestillos por fuera de las puertas de los ba\u00f1os, para impedirle al paterfamilias encierros prolongados a solas con la poceta. Como todos los ancianos, buena parte del tiempo se la pasa discutiendo sus funciones excretorias, con especificidades dignas de un laboratorio cl\u00ednico sobre cantidades, colores y grados de dureza. Hay que llevar un reporte diario de sus deposiciones para contrarrestar su poca memoria a corto plazo: en un calendario en la cocina se puede leer \u00abGino ha cagato\u00bb, en la letra puntillosa de mi madre, rect\u00e1ngulo a rect\u00e1ngulo, d\u00eda a d\u00eda, para constatar que los intestinos de mi padre, divert\u00edculos y todo, siguen trabajando, y evitar as\u00ed que \u00e9l se empe\u00f1e en arrastrarse hasta la farmacia de la esquina en busca de laxantes. De vez en cuando Gino se acerca al calendario de la cocina, recorre con un dedo sarmentoso los n\u00fameros hasta que da con el lugar apropiado y coteja desconfiadamente las inscripciones m\u00e1s recientes. Pronto nada de esto tendr\u00e1 sentido para \u00e9l, no sabr\u00e1 ni qui\u00e9n garrapate\u00f3 esas anotaciones ni para qu\u00e9 sirven.<\/p>\n<p>Supongo que mi padre me ama, o me amaba. Nunca me dejaba pasar al estudio cuando estaba trabajando. Ahora no, mi amor, estoy escribiendo un art\u00edculo, dec\u00eda \u00e9l mientras taladraba p\u00e1ginas con el repiqueteo furioso de su Smith Corona. Pero hay suficiente testimonio fotogr\u00e1fico en esa habitaci\u00f3n evidenciando una cierta destreza en teteros, pa\u00f1ales y pi\u00f1atas, aunque no alcanzo a recordar las circunstancias alrededor de la mayor\u00eda de las fotos. Las estanter\u00edas de esa habitaci\u00f3n hace tiempo que dejaron de ser usadas para el trasiego de los libros; es imposible sacar un ejemplar a trav\u00e9s de las barricadas de im\u00e1genes enmarcadas. En casi todas ellas aparece Gino, o su ectoplasma, un segundo antes de salir corriendo en otra direcci\u00f3n. Ah\u00ed est\u00e1 la impresi\u00f3n amarillenta de mi fiesta de graduaci\u00f3n de bachillerato. Es de d\u00eda, y Gino me abraza. Pero esa imagen no cuenta toda la historia: bastante despu\u00e9s de que \u00e9l se desapareciera de la celebraci\u00f3n, llegaron unos coleados. Se intercambiaron amenazas e insultos. Volaron pasapalos, vasos y botellas. Un vidrio me abri\u00f3 un hueco en el codo. Como a las dos de la ma\u00f1ana, acompa\u00f1ada de mi madre y un primo mayor, finalmente me cosieron el roto en la cl\u00ednica del boulevard. Gino volvi\u00f3 a la casa cuando desayun\u00e1bamos, seg\u00fan \u00e9l, tras una largu\u00edsima sesi\u00f3n extraordinaria del Consejo Universitario, excusa plausible en tiempos de renovaci\u00f3n y universidades allanadas.<\/p>\n<p>Que mi padre era Superman ligado con Garibaldi y Einstein fue una certeza desde siempre, pero especialmente el d\u00eda que visit\u00e9 por primera vez la Quinta Anauco agarrada de su mano y de la de mi hermano Angelo. A la sombra de la techumbre de ca\u00f1a brava, en la planta baja, nos puso frente a un muro lleno de objetos coloniales y nos inst\u00f3 a voltearnos para que le recit\u00e1ramos la lista de cachivaches a nuestras espaldas. Naturalmente, no pasamos de tres o cuatro, algunos ni siquiera ten\u00edan nombre para m\u00ed. Luego \u00e9l nos pidi\u00f3 que seleccion\u00e1ramos cualquiera de las habitaciones de la casa que hab\u00edamos visitado, y nos abrum\u00f3 listando cuanto cuadro, arc\u00f3n, arcabuz o estribo, real o imaginario, ocupaba aquel recinto. En el patio de adoquines y matas multicolores, junto al pozo de agua, accedi\u00f3 de buena gana a tomarle una foto a un grupo de turistas y se puso a hablar con ellos en lo que para entonces yo no sab\u00eda que era alem\u00e1n. Gino siempre se luc\u00eda ante nosotros, reinterpret\u00e1ndose a s\u00ed mismo, en italiano que entend\u00edamos a medias, o en otros idiomas ajenos a nuestro entorno familiar. Admir\u00e1bamos su capacidad de deformar sus labios o de forzar la garganta para emitir sonidos rasposos y ululantes que de inmediato imit\u00e1bamos entre risas.<\/p>\n<p>Posiblemente hubo otros d\u00edas como el de la Quinta Anauco, pero no los recuerdo, y si me pidieran llevarme a una isla desierta una sola impresi\u00f3n de mi padre, me quedar\u00eda con ese d\u00eda pasado entre paredes blanqueadas, zaguanes y trinitarias, con mi hermano, los turistas alemanes y los juegos mnemot\u00e9cnicos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Hasta aqu\u00ed te voy a leer, madre, entre otras cosas porque tengo la oreja roja de pegarla al tel\u00e9fono, y porque no he escrito sino esos pocos p\u00e1rrafos. S\u00e9 que no te ha gustado mucho, como casi nunca te gusta nada de lo que hago. Eres mi peor cr\u00edtico. Aunque a decir verdad, a m\u00ed tampoco me agrada demasiado este relato, con tanto remiendo autotestimonial. Mam\u00e1, madre, mamma m\u00eda, no te pongas brava, tan s\u00f3lo se trata de un cuento. Las taras f\u00edsicas y los esc\u00e1ndalos son comunes a todas las familias, la disfuncionalidad es la norma. Necesito tu comprensi\u00f3n y tu experticia literaria, no te me vayas por otros derroteros. Est\u00e1s de mal humor, no te arranqu\u00e9 ni una risita con lo de \u00abGino ha cagato\u00bb. Oigo tu sarcasmo: \u00bfllevando a los muchachos a la Quinta Anauco? Me dir\u00e1s: \u00bfpor qu\u00e9 no cuentas en tu historia que antes de esa visita quiz\u00e1s hab\u00edas visto a tu hermano, si acaso, media docena de veces? Me insistir\u00e1s: \u00bfpor qu\u00e9 no describes su porte y figura? No a\u00f1ade nada a la historia, te respondo. Angelo es oscuro porque Briseida es tinta como la noche. Y fea como pleito a machete, dices t\u00fa. No tienes que repetirme lo que le ladraste cuando los descubriste. Negra maldita, vaya a ligarse con los de su raza. Aunque discrepe de tu apreciaci\u00f3n: Briseida es hermosa e inteligente, de otro modo no hubiera atra\u00eddo a su profesor, y menos le hubiera aguantado tantos a\u00f1os de desencantos.<\/p>\n<p>Rel\u00e1jate, madre, no me grites por tel\u00e9fono, casi todo es ficci\u00f3n, t\u00fa lo deber\u00edas entender mejor que nadie: tercera persona, primera persona, sinalefa, sin\u00e9cdoque, hip\u00e9rbaton, hemistiquio. Por supuesto que s\u00e9 que hay desabastecimiento de carne, y s\u00ed, madre, compr\u00e9 carne antes de la crisis, estoy comiendo carne; no, no me regales una bandeja de medallones. Volvamos a lo importante, la literatura: todo es un montaje, una impostura f\u00e1cil de desmontar. El apartamento es una casa. El italiano, espa\u00f1ol. La flacura, gordura. Y as\u00ed sucesivamente. Lamento que te fuera tan mal con \u00abGino Cerrutti\u00bb. El tiempo lo borra todo, la vida con el ex-decano desmemoriado se vuelve m\u00e1s llevadera. La destrucci\u00f3n acelerada de terminales nerviosos lo hace m\u00e1s dulce y manejable, perdido en s\u00ed mismo. \u00bfMe vas a escuchar o no? Lo tuyo es ayudarme en tus propios t\u00e9rminos, no como yo te lo pido o cuando yo te lo pido. T\u00fa juras que te mueven las mejores intenciones pero, como siempre, te distancias y haces lo que quieres. \u00bfCu\u00e1ntas veces por semana me llamas para preguntarme si yo te estaba llamando en ese momento, pues cuando llegaste al tel\u00e9fono ya hab\u00edan trancado? \u00bfY por qu\u00e9 habr\u00eda de ser yo? \u00bfRecorres toda tu agenda telef\u00f3nica cada vez que te llaman y trancan la llamada? Podr\u00edamos hablar un poco m\u00e1s, si te parece, de las capas de cebolla, de esas estructuras repetitivas que van determinando el car\u00e1cter de un relato bien acabado. Tomemos tu ejemplo predilecto, capas y capas de prost\u00edbulo, castillo junto al mar, dedos tamborileando como mariposas, noches estallando en fogonazos, marineros, prostitutas y v\u00edrgenes flamencas, detritus tra\u00eddos por la marea hasta estas costas, as\u00ed como mi padre y tantos otros, y vuelta a empezar, m\u00e1s capas de marineros, polic\u00edas y mariposas. Tres o cuatro parlamentos repetidos como jaculatorias y \u00a1presto!: el mejor relato venezolano de todos los tiempos. Un camino de historias enrollado sobre s\u00ed mismo como una serpiente que se muerde la cola. O como una cebolla que se desgaja, capa por capa, hasta llegar a su coraz\u00f3n, donde no hay nada.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo redondeo, c\u00f3mo atrapo al personaje de mi padre, madre? \u00bfDescribo sus trucos de magia? Al igual que t\u00fa, yo tambi\u00e9n aprend\u00ed a descifrar su falsa rabdomancia. Las cartas abiertas en abanico como preludio de juegos adivinatorios. Los dados y las monedas en sus bolsillos. Mi primer truco aprendido fue la moneda en la mano derecha frotada contra el antebrazo izquierdo hasta hacerla desaparecer. Fingir una torpeza que hace caer la moneda al piso y tomarla con la mano izquierda para seguir frotando con la mano derecha, ya sin la moneda que se oculta en la mano izquierda y se exhibe despu\u00e9s detr\u00e1s de cualquier lugar, de la oreja del ni\u00f1ito m\u00e1s cr\u00e9dulo o del adulto m\u00e1s paciente. Qu\u00e9 conveniente tener en la casa un experto en desapariciones. En mis cumplea\u00f1os, sin \u00e9l y contigo, madre, excesivamente obsequiosa y hablachenta, unos decibeles por encima de todo el mundo. Todas mis t\u00edas alababan mis vestidos, los tuyos, las tortas y los arreglos. Pero \u00bfy d\u00f3nde est\u00e1 \u00e9l? Familia de ilusionistas. Navidades donde tuve que fingir creer en el Ni\u00f1o Jes\u00fas, para no causarles un trauma a ustedes dos. Especialistas del enga\u00f1o, todos nos merecemos parte del cr\u00e9dito.<\/p>\n<p>No me apu\u00f1ales con tu indiferencia, sabes la cantidad de sangre, sudor y l\u00e1grimas detr\u00e1s de unas cuantas cuartillas. Quisiera debatir contigo tantas cosas sobre las ausencias de Gino. \u00bfT\u00fa comprendes c\u00f3mo es crecer con un padre invisible? Dime, \u00bfcu\u00e1ndo empieza una hija a dejar de hablar con su padre? Quiz\u00e1s la ruptura tiene que ver con la aparici\u00f3n de la menstruaci\u00f3n, o con el descubrimiento una ma\u00f1ana cualquiera de redondeces in\u00e9ditas. Impensadamente, la puerta equivocada abierta a la intrusi\u00f3n en la privacidad, el desencuentro terminal, la disculpa balbuceada que acompa\u00f1a al escrutinio de la desnudez preadolescente.<\/p>\n<p>Los pies de barro se develaron un mediod\u00eda en tercer grado, de regreso en el transporte escolar. Mira, ah\u00ed va tu pap\u00e1 en el Mustang, me indic\u00f3 mi mejor amiga y compa\u00f1era de asiento. Desde luego, aquella en el autom\u00f3vil con Gino no eras t\u00fa, mam\u00e1, sino una mujer m\u00e1s joven y voluptuosa, y desde luego, bastante m\u00e1s oscura que t\u00fa. A partir de ah\u00ed poco compartimos mi padre y yo, fuera del clima, el Milan y los caballos. Al menos nos quedaron los domingos. En la ma\u00f1ana, el peregrinaje al centrico comercial para desayunar en la panader\u00eda, revisar la gaceta comprada el jueves y sellar el cuadrito de cinco y seis. En la tarde, f\u00fatbol por la tele, la franela rojinegra y la pelota pl\u00e1stica en la sala creando estropicios. Los datos que Gino me daba se iban fijando como mantras en mi cerebro infantil, c\u00f3mo iba a dudar de la importancia que un sabio le daba a aquellos detalles. Por supuesto, t\u00fa no comprend\u00edas ese vaso comunicante entre nosotros, detestabas los caballos y la pelota en la sala. Gianni Rivera, liga de campeones del sesenta y nueve. La final en M\u00e9xico 70, cuando perdimos con Brasil. Ca\u00f1onero II en el setenta y uno. Dos minutos, tres segundos y un quinto en la milla y un cuarto del Kentucky Derby; un minuto y cincuenta y cuatro segundos en la milla y tres dieciseisavos del Preakness Stakes. Lleg\u00f3 de cuarto en el Belmont Stakes, donde gan\u00f3 Pass Catcher. Una milla y media, claro, en Nueva York todo tiene que ser descomunal. Qui\u00e9n sabe cu\u00e1nto tiempo hizo nuestro caballo, nadie anota tiempo de perdedor.<\/p>\n<p>Correr\u00e9 un tupido velo sobre Briseida, \u00e9sta no es su historia y no quiero herirte m\u00e1s. T\u00fa, con raz\u00f3n, detestabas a Briseida. La envidiabas. Yo tambi\u00e9n, quer\u00eda para m\u00ed unos senos formidables como los suyos. Te negaste a hacer concesiones. No ayudaste mucho, debes reconocerlo. Conoc\u00ed a mi hermano despu\u00e9s de su primera comuni\u00f3n. El trajecito que Angelo llevaba puesto para el encuentro era el mismo de las ocasiones solemnes, pero ya un poco corto de pierna. Por mi parte estaba emocionada, siempre hab\u00eda querido tener un hermano, e inc\u00f3moda, con tanto volante y pantimedias. El tema de la familia se volvi\u00f3 intocable. Jam\u00e1s viajamos a Italia para conocer a los primos europeos. \u00bfSirvi\u00f3 de algo la registradera de bolsillos, el escrutinio minucioso de la ropa sucia? \u00bfC\u00f3mo hicieron para soportar tanto tiempo juntos en la universidad? Todas las estudiantes eran sospechosas, todas las emergencias unas excusas para enga\u00f1arte. \u00bfCu\u00e1ntos meses me pas\u00e9 sin ver a Gino cuando lo botaste de la casa? No, no me hice amiga de Briseida. Ella tampoco era inocente, guardo un copioso inventario de sus trucos. Mi preferido: la servilletica manchada de l\u00e1piz labial, dejada al albur en el tapasol del carro para que t\u00fa la descubrieras. No vayas a creer que presenci\u00e9 inc\u00f3lume los gritos y las l\u00e1grimas de las peleas. Pas\u00e9 por muchas fiebres repentinas, ataques de asma, nebulizaciones de emergencia, males que se extinguieron cuando sal\u00ed de la casa para estudiar en Miami.<\/p>\n<p>\u00bfVes la broma? Ten\u00edamos que pelear. Primera persona, tercera persona. Un personaje bueno, el otro malo. Tan dif\u00edcil encontrar el equilibrio en la narrativa. En las familias. El bajo vientre lo domina todo.<\/p>\n<p>Me preguntas por qu\u00e9 escribo un cuento que rehace una historia familiar llena de recovecos mohosos y rancios. Seguro tienes tu propia teor\u00eda al respecto, la respuesta inequ\u00edvoca de la especialista con maestr\u00edas y docenas de conferencias a cuestas. Pergaminos acumulados que quer\u00edas ver reproducidos en m\u00ed. Disculpa por defraudarte, pero aunque no lo creas, tambi\u00e9n hay vida fuera del campus, donde en buena o mala hora conociste a Gino. No te oigo bien, madre, est\u00e1s moviendo tu tel\u00e9fono, y lo que escucho, si me permites la licencia po\u00e9tica, es mi sangre como flautas al sol, cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia como en una lejana colina de vendimias. Ya t\u00fa sabes, venimos de la noche y hacia la noche vamos, para decirlo con paradigmas. Mi padre el inmigrante, mi padre Houdini, mi padre David Copperfield, sus actos m\u00e1gicos de desaparici\u00f3n. Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, el sudor de la frente, la mano sobre el hombro, el llanto en la memoria, todo queda cerrado por anillos de sombra. He ah\u00ed por fin la raz\u00f3n de este cuento: asumir los anillos de sombra. Abolir las preguntas. Sustituir con una historia el obituario de un hombre al que no puedo atrapar en unas cuantas frases. Quiz\u00e1s porque nunca lo tuve cerca. Quiz\u00e1s por tu culpa, madre.<\/p>\n<h3><\/h3>\n<h3><strong>Un torso sordo y ciego<\/strong><\/h3>\n<p>Teresa Robles, viuda de Calatrava, piensa para s\u00ed misma: \u00abLa gente no deber\u00eda tener hijos\u00bb. Delante de ella, en la cola de carros esperando ser aspirados, un individuo mal afeitado y ojeroso inspecciona el material regado por la tapicer\u00eda de su Corolla clase\u2014media\u2014modelo\u2014anterior\u2014al\u2014actual. El individuo ojeroso echa un vistazo a una cuartilla emborronada con trazos infantiles y la desecha, despu\u00e9s de hacer una bola con ella, en un pipote multiuso que, adem\u00e1s de recibir la basura, les sirve a los operarios como blanco donde apalear las inmundas alfombras de los carros. \u00abAh\u00ed est\u00e1\u00bb, sigue pensando Teresa, \u00abseguro que esa era la tarea del ni\u00f1ito para el d\u00eda de padre, y el gran carajo la desecha como un envoltorio de chucher\u00edas\u00bb. Se quita el cintillo de la cabeza y se echa para atr\u00e1s el pelo rubio y abundante para volver a ajustarse el cintillo. \u00abDefinitivamente, la gente no deber\u00eda tener hijos\u00bb. El carro de adelante con el individuo ojeroso adentro se mueve unos metros hacia la cola del lavado y le toca el turno al BMW 525i de Teresa de ser aspirado. Tres j\u00f3venes uniformados de overoles azules asaltan el carro abriendo todas las puertas y metiendo tubos de art\u00edculados de pl\u00e1stico conectados al aspirador central.<\/p>\n<p>\u00abSe\u00f1ora, si nos da una buena propina le dejamos el carro bien limpio\u00bb, dice uno de los muchachos, que entra por la puerta del copiloto, frotando entusiastamente la lujosa consola. Teresa sonr\u00ede con un dejo de tristeza. Son unos ni\u00f1os. Por todos lados ni\u00f1os trabajando: vendiendo peri\u00f3dicos, cargando bolsas del automercado, secando carros\u2026 Ni\u00f1os semiindigentes, iletrados\u2026 \u00abDefinitivamente\u2026\u00bb, se dice mentalmente Teresa, y en voz alta: \u00abs\u00ed, c\u00f3mo no\u00bb. sale con trabajo de su asiento, con todo y la posici\u00f3n programada con chip, afincando bien las piernas antes de erguir el torso, un poco m\u00e1s grueso de lo normal por los tres meses de embarazo que, si bien todav\u00eda no son visibles a trav\u00e9s de la blusa suelta y los pantalones con cintura el\u00e1stica, condicionan su motilidad. Vuelve al interior del autom\u00f3vil y se dispone en la cola de lavado detr\u00e1s de un Chevrolet, a\u00f1oso y reluciente, que no parece necesitar de ning\u00fan aseo. A veces las motivaciones de la gente para lavar sus carros son bien extra\u00f1as. Cuando le toca su turno, alinea sin ning\u00fan problema la rueda izquierda en el mecanismo que atrapa el carro para conducirlo al interior del pasillo de lavado. Un operario le ayuda en la maniobra con se\u00f1ales manuales y despu\u00e9s el mismo operario se arma con una escoba ba\u00f1ada en agua jabonosa con la que frota los rines y la parte tasera del BMW. En segundos el carro, en neutro, apagado y sin freno de mano, como repasa mentalmente Teresa, se encuentra inmerso en una llovizna escupida insistentemente por un complicado sistema de tuber\u00edas. A ella siempre le ha encantado lavar el carro en este establecimiento; aqu\u00ed no tiene que tomar ninguna decisi\u00f3n, tan s\u00f3lo dejarse llevar por la l\u00ednea de lavado automatizado con sus rodillos, chorros y mangueritas, y los brazos entrenados de la mano de obra barata que al comienzo del proceso le aspiran y al final le secan minuciosamente el veh\u00edculo. Ah, si pudiera transferir el autolavado al resto de su vida, abandonarse en manos de otros y dejarse llevar\u2026 Pero tantas decisiones por tomar: pedir o no ese permiso prenatal en el departamento, evitando de paso, verle la cara a Celina; contestar o no el \u00faltimo correo de Jacinto; tratar de equilibrar las hormonas y el \u00fatero en expansi\u00f3n con la biblioteca, el proyecto de investigaci\u00f3n, el doctorado interrumpido\u2026 La escalera al cielo de Pittsburgh y la tesis incompleta sobre los escritores dom\u00e9sticos exilados en USA; el resquemor de entregarle o no el pu\u00f1ado de ideas originales a Jacinto, el estudiante favorito perdidamente enamorado de las profesora ligeramente embarazada, para construir la tesis de maestr\u00eda de \u00e9l y agotar el caudal de t\u00f3picos doctorales de ella\u2026 Jacinto, tan imposible como su nombre, enviando mensajes por la computadora que Teresa demora una semana en contestar. Dentro de la agenda, en el piso del asiento delantero, yace una copia del \u00faltimo mensaje. Teresa impulsivamente toma la agenda, extrae y despliega la cuartilla doblada en cuatro, para leer por en\u00e9sima vez la nota:<\/p>\n<p>\u00abTeresa, Teresita, Tere, esa que no quiere que me alTERE\u2026 Reza, Teresa, por mis pecadoras ideas, y d\u00e9jame que te lance esta botella al mar: so\u00f1\u00e9 que estaba en una clase de apreciaci\u00f3n literaria o taller, y ten\u00eda miedo de meter la pata cuando me llegara el turno de hablar. La directora daba peque\u00f1as pistas, palabras sueltas a las que la gente deb\u00eda reaccionar. Cuando lleg\u00f3 mi turno de comentar cierto texto dijiste\u2026 p\u00e1jaro\u2026 Como de costumbre, opte por el sarcasmo para enmascarar otros sentimientos. Respond\u00ed: n\u00f3tese que p\u00e1jaro es una manera de llamar al pene, aunque claro, esa interpretaci\u00f3n no la dar\u00eda Miller. algunas risas y movimientos inc\u00f3modos en las sillas. Un giro en la cama. el sue\u00f1o cambi\u00f3 de rumbo. Responde a \u00e9sa, Teresa: \u00bfnecesitar\u00e9 una sesi\u00f3n de sicoan\u00e1lisis contigo? La culpa es tuya, por hacerme leer \u2018p\u00e1jaro de mar por tierra\u2019.<br \/>\nLocamente, Jazzinto.\u00bb<\/p>\n<p>Jacinto y su puntillismo, seleccionando cuidadosamente las palabras y las combinaciones de colores en camisas y pantalones, desplegando grandes y elaborados gestos que le hab\u00edan ganado una falsa reputaci\u00f3n de gay. Teresa dobla cuidadosamente la cuartilla, siguiendo los pliegues originales, y la vuelve a meter en la agenda, justo a tiempo para contemplar la \u00faltima fase del lavado. Extrae de su cartera unos cuantos billetes de menudo para los de las gamuzas secantes, y entrega el ticket, previamente comprado en caja, en un entreabrir de la puerta \u2014\u00bbas\u00ed no se chorrea la ventana\u00bb, como siempre le hab\u00eda aconsejado Marcelo\u2014 y segundos despu\u00e9s, tras doblar un par de calles, se encuentra en la avenida principal de regreso a casa, con el sol brillando implacablemente sobre el asfalto, y la estaci\u00f3n de rock adulto contempor\u00e1neo atronando por las ocho cornetas para audi\u00f3filos.<\/p>\n<p>Es la primera vez que Teresa saca el BMW desde que se lo devolvieron del taller. Ya hace m\u00e1s de un mes de eso, y casi tres meses desde el accidente que oblig\u00f3 a llevar el carro al taller, un accidente est\u00fapido donde perdi\u00f3 la vida Marcelo Calatrava, su esposo. Absolutamente est\u00fapido: seis de la tarde, el sol de frente y el vidrio del parabrisas algo sucio; la falta de atenci\u00f3n en la carretera \u2014al fin y al cabo, la misma poco transitada carretera por el cerro inhabitado conectando el par de urbanizaciones privilegiadas con vista a la monta\u00f1a\u2014 y esa atenci\u00f3n transferida a los muslos de la acompa\u00f1ante, Celina, la colega que convenientemente viv\u00eda en la otra urbanizaci\u00f3n vecina y de quien Teresa no pod\u00eda sospechar, porque de por medio la amistad y el inter\u00e9s compartido por la narrativa de la primera mitad del siglo, porque la solidaridad femenina, porque las seis de la tarde y el trabajo que daban todos aquellos ex\u00e1menes que deb\u00edan corregir juntos en la universidad, y porque Marcelo tan buen padre, Eugenia se le guindaba del cuello cuando se aparec\u00eda, nunca m\u00e1s all\u00e1 de las siete, hasta ese d\u00eda que dieron las siete, y las ocho, y las ocho y treinta y seis, cuando por fin son\u00f3 el tel\u00e9fono, una voz distante emergiendo entre ruidos, disculpe, debe venir inmediatamente, un accidente, s\u00ed es aqu\u00ed al lado, casi en la entrada de la otra urbanizaci\u00f3n, y el horror de salir precipitadamente en franela y bluejean \u2014el cintillo, el cabello siempre bajo control\u2014 en la camioneta para encontrarse con la escena, ah\u00ed al lado, casi en la entrada de la otra urbanizaci\u00f3n, de luces intermitentes (la polic\u00eda, la ambulancia\u2026) ba\u00f1ando el BMW invertido y la figura de Celina, sentada gimoteante en la cuneta, cubierta con una chaqueta prestada y rigurosamente inc\u00f3lume, mientras Marcelo horizontal, por encima la s\u00e1bana discreta en estas circunstancias, y muy poca sangre, dif\u00edcil de creer, m\u00e1xime cuando todo lo que hizo fue meterse en un hueco que usualmente no estaba all\u00ed, pero ya se sabe, los ladrones buscan cualquier cosa para robar, las tapas de hierro se las llevan a las fundiciones y se las pagan en peso, quedando abierto uno de esos huecos que luego alguien se\u00f1ala con un palo erguido, o un pipote incrustado, pero que hace falta saber quien fue el primero al que se le ocurri\u00f3 meter el palo o el pipote se\u00f1alizador, capaz que sea alg\u00fan polic\u00eda que levanta el choque y llena los recaudos del cad\u00e1ver, la viuda y la amante\u2026<\/p>\n<p>Para Teresa recuperarse no fue f\u00e1cil. Le faltaba Marcelo y su risa sonora, claro. Su barba entrecana y las fracesitas cr\u00edpticas robada a Borges, de quien era un especialista a pesar suyo, porque de algo ten\u00eda que graduarse uno, como \u00e9l afirmaba con esa sonrisita suya aderezada de cinismo, el mismo cinismo que usaba noche tras noche cuando retozaba en la queensize con ella y con Eugenia frente al televisor, ense\u00f1ando a la pichurra a repetir poemas imposibles llenos de tigres y espejos, jur\u00e1ndoles su amor eterno despu\u00e9s de haber pasado la tarde con Celina \u00abcorrigiendo ex\u00e1menes\u00bb. Lo de Celina se hab\u00eda hecho m\u00e1s soportable gracias a su ausencia, permiso remunerado durante un trimestre para visitar como invitada una universidad espa\u00f1ola, qu\u00e9 manguangua, as\u00ed cualquiera se recuperaba del trauma de ser la otra en la comodidad de claustros renacentistas, casa solariegas barrocas y acueductos romanos. Lo peor lleg\u00f3 con las sensaciones raras en el vientre semanas despu\u00e9s del accidente, eso que la gente llama somatizaciones de la viudez, cosas seg\u00fan ellos remediables con unas grageas de Prozac para levantar la serotonina, pero que ella sospechaba se deb\u00eda al hormonero alboorotado por el embarazo confirmado con un simple test casero de orina. Entonces s\u00ed, el derrumbe. La depresi\u00f3n, el no soportar a Eugenia, o a la se\u00f1ora Beatriz \u2014la suegra\u2014 o a Fanny \u2014la muchacha de servicio\u2014 o a los colegas, causantes todos de sus males\u2026 Entonces el drenaje, la colecci\u00f3n completa de Borges \u2014incluyendo la notica manuscrita de Mar\u00eda Kodama, de la \u00e9poca cuando Marcelo la consigui\u00f3 traer a trav\u00e9s del decanato de postgrado\u2014 arrojada al jard\u00edn desde el cuarto piso con vista a la monta\u00f1a, los v\u00f3mitos y los mareos, la p\u00e9rdida de peso, las visitas bul\u00edmicas a la nevera a medianoche. Y la masoterapeuta, el drenaje linf\u00e1tico, las saunas relajantes, los peeling con \u00e1cido glic\u00f3lico, las limpiezas de cutis, la tonificaci\u00f3n muscular, un lifting y un sumergirse en estudios de cosmetolog\u00eda casi equivalentes al doctorado interrumpido en Pittsburgh para nada, para que Marcelo terminara su an\u00e1lisis de las esructuras matem\u00e1ticas en la narrativa borgiana, y tenga su doctorado, muchacho, mientras que ella, embarazada de Eugenia, v\u00e1monos mi amor, quiero parir al lado de mi familia. \u00bfY los narradores de la primera mitad del siglo? Bien, gracias, te mandaron saludos.<\/p>\n<p>Teresa enfila el BMW hacia el centro comercial. Espera pacientemente en cola hasta que otro carro desocupa un puesto leg\u00edtimo de estacionamiento \u2014no se iba a montar de mala manera en la acera, no se\u00f1or\u2014 y se dirige a la panader\u00eda, siempre invitadora con sus familiares aromas de caf\u00e9 y harinas horneadas. En la puerta, un buhonero vende videos infantiles de origen incierto. Duda algunos instantes si comprar algunos para Eugenia, alternando entre la culpabilidad y la complicidad, decidi\u00e9ndose al fin por no hacerlo, y se desliza hasta el mostrador del pan, pidiendo autom\u00e1tiamente \u00abdos canillas, por favor\u00bb. Eugenia le ocupa la mente, la absorbe. Suele compararla con un hueco negro, donde el tiempo y el espacio son succionados en un maelstrom espinal vertiginoso. Casi tres a\u00f1os de aprendizaje en los cuidados y el cari\u00f1o, salpicados de paranoias y angustias de principiante. Jam\u00e1s olvidar\u00e1 el parto, cuando aquella especie de an\u00e9mona marina, untuosa y escarlata, emergi\u00f3 de su interior como un ser independiente agitando desesperadamente todos sus tent\u00e1culos. Tampoco olvidar\u00e1 las escenas de injustificado terror, el cabezazo de la beb\u00e9 contra su huesuda clav\u00edcula al sacarle los gases, \u00bfle har\u00eda causado un da\u00f1o irreversible en su cerebrito?, o el primer episodio de c\u00f3licos en la mitad de la madrugada, el llanto ininterrumpido por horas, hay que llevarla a la emergencia, la franela de dormir embutida en un bluejean, las medias de diferente color y ni siquiera el cintillo, total para que en la mitad del trayecto hacia la cl\u00ednica se durmiera en sus brazos como un \u00e1ngel. \u00abMe das tambi\u00e9n un litro de leche, por favor\u00bb. O las fiebres, los buches de leche regurgitados en cualquier lugar y circunstancia. Pararse en la mitad de la noche para espiar su inmovilidad en la cuna\u2026 \u00bfestar\u00eda viva? No fue f\u00e1cil aprender a amar aquel amasijo de c\u00e9lulas organizadas en un peque\u00f1o ser que muy lentamente, al pasar los meses, respond\u00eda con algo m\u00e1s que reacciones primarias propias de un tubo digestivo sensible.<\/p>\n<p>Y ahora que Eugenia ya se comunica, responde y se hace m\u00e1s manejable, vuelta a la casilla n\u00famero cero, con otro embarazo no deseado, con Borges revolote\u00e1ndole en la cabeza todo el d\u00eda, pues en definitiva, muchas de las ideas de la tesis de Marcelo se le ocurrieron a ella, aunque claro, \u00e9l era el macho de la relaci\u00f3n, \u00bfno? \u00abY un milhojas. No, sin nevaz\u00facar, de los de dulce de leche\u00bb. \u00bfQu\u00e9 hacer? \u00bfMandarlo todo al cuerno y dedicarse a su progenie? Los reales no son motivo de preocupaci\u00f3n, como heredera \u00fanica de la fortuna de Robles y Compa\u00f1\u00eda. Pero su intelecto no lo va a soportar, tanto colegio fino de se\u00f1oritas y tanto curso de postgrado. \u00bfY Jacinto? Ya le hab\u00eda hablado de la posibilidad de seguir explorando el tema del infinito en Borges, lo limitado de la Biblioteca de Babel postulada por el argentino, la falsa infinitud de una finitud muy grande por culpa de la cota superior de cuatrocientas diez p\u00e1ginas. Cu\u00e1nto m\u00e1s interesante hubiera sido la postulaci\u00f3n de un infinito n\u00famero de libros no repetidos \u2014matando la idea de la periodicidad, de paso\u2014 con el simple expediente de no limitar la longitud de cada libro. Otros cuentos del mismo autor jugaban con esa posibilidad, que de todas maneras conduc\u00eda a un universo con un n\u00famero contable de libros, infinito ciertamente, pero diminutamente infinito: \u00bfcu\u00e1ntas ideas puede tener una persona?, \u00bfcu\u00e1ntos pensamientos se pueden verter en una tal biblioteca? Si nos atenemos al axioma de que una idea existe si y s\u00f3lo si hay una palabra que la designa, hay \u00fanicamente un n\u00famero contable de ellas\u2026 \u00a1qu\u00e9 pobreza! Se pod\u00eda dar un paso m\u00e1s all\u00e1 \u2014y Teresa quer\u00eda haber trabajado el tema mucho antes que Marcelo lo usurpara\u2014 sugiriendo la posibilidad de libros de longitud infinita donde, con tan s\u00f3lo usar dos letras distintas, se obtendr\u00eda un grado de infinitud superior al de meramente contable.<\/p>\n<p>Teresa deja el pago de su compra junto al cajero sin esperar el vuelto \u2014\u00bfqu\u00e9 se puede comprar con el vuelto de la panader\u00eda?\u2014 y da por terminada su salida matutina. De las varias posibilidades de regreso a casa toma la que precisamente la llevar\u00e1 a lo largo del lugar de los hechos. Ya han cerrado el hueco con una tapa nueva y nada parece fuera de lugar, ni siquiera hay se\u00f1ales en el pavimento que delaten la tragedia. Har\u00eda falta quiz\u00e1s una de esas capillitas que la gente pone al borde de las carreteras para conmemorar a sus muertos en accidente de tr\u00e1nsito. Ella siempre se ha preguntado c\u00f3mo la gente puede detenerse en la v\u00eda p\u00fablica para visitar esos lugares como si fueran camposantos leg\u00edtimos, sin el menor pudor. Qu\u00e9 ordinariez. El carro desvencijado estacionado en la cuneta, los muchachos sentados en el cap\u00f3, el adulto barrig\u00f3n la lata en la mano, quiz\u00e1 llena de agua para limpiar el arreglo de flores pl\u00e1sticas y alba\u00f1iler\u00eda r\u00fastica, los cabellos de todos azotados por la ventolera de los otros carros al pasar. No, gracias, cuanto menos supiera el mundo de su desgracia, mejor.<\/p>\n<p>Unos minutos y tres o cuatro medidas de seguridad m\u00e1s tarde, entre remotos, candados y llaves multilock, Teresa penetra en su apartamento. Abrir aquella puerta blindada siempre le produce una sensaci\u00f3n instant\u00e1nea de bienestar. El impacto de la luz a trav\u00e9s de los amplios ventanales y sus reflejos en el parquet impecable, la vista de ciento ochenta grados a la verde monta\u00f1a, la quietud, todo contribuye a darle un aspecto positivo a las cosas una vez transpuesto el umbral del apartamento. Deja las cosas sobre el m\u00e1rmol de la cocina, y alcanza a ver el trasero de pimpina de Fanny desapareciendo de su \u00e1ngulo de visi\u00f3n en el balc\u00f3n. Es la hora del almuerzo, y Fanny estar\u00e1 en plena faena, pele\u00e1ndose con Eugenia para montarla en su silla y disputar la posesi\u00f3n de las cucharitas con las qu\u00e9 regarse de sopa, arroz y carne molida por toda la anatom\u00eda, incluyendo de vez en cuando la boca. Teresa se siente cansada y sin \u00e1nimos de presenciar el cotidiano rito de alimentaci\u00f3n. Se desliza con sigilo hacia su habitaci\u00f3n, separada del ambiente del balc\u00f3n por varias capas de pasillos y puertas. Deja caer la cartera en el piso alfombrado del vestier y se descalza con dos movimientos maquinales. Las sandalias le han dejado unas marcas enrojecidas en los pies. Cada d\u00eda est\u00e1 m\u00e1s hinchada. Se despoja con algo m\u00e1s de trabajo del pantal\u00f3n, la blusa y la ropa interior, y se sopesa los senos frente al espejo. Tambi\u00e9n ellos est\u00e1n henchidos de un tiempo a esta parte, recorridos por un reticulado de venillas azules y marcados por los brasieres fuera de los cuales rebosan. Para Teresa, esta es una de las pocas cosas verdaderamente satisfactorias del embarazo: la placentera posibilidad de amamantar. Uan renovada sensaci\u00f3n de poder animal en su cuerpo, una rotundidad que la hace blanco de ciertas miradas inequ\u00edvocas, incluyendo las de Jacinto. \u00abAh, si Jacinto no fuera tan amanerado, no s\u00e9 que le har\u00eda uno de estos d\u00edas en mi oficina\u00bb, piensa Teresa. Fantasea un poco mientras se inspecciona frente a la luna de cuerpo entero. Si bien la hinchaz\u00f3n de su pecho la halaga, la p\u00e9rdida de la cintura la tiene preocupada: cu\u00e1nto no le hab\u00eda costado recuperar su silueta despu\u00e9s de tener a Eugenia\u2026 Sobre el vientre curvado ya empieza a insinuar lo que ser\u00e1 dentro de poco tiempo una l\u00ednea negra bien definida. Teresa cierra las puertas del closet y, desnuda como est\u00e1, se dirige hacia el ba\u00f1o. Todo lo que necesita ahora es un r\u00e1pido duchazo para refrescarse. Distantes, oye los \u00ab\u00a1 No, no, no !\u00bb de Eugenia en el balc\u00f3n.<\/p>\n<p>Teresa no tiene por qu\u00e9 saber que Antonio, el plomero de confianza de la familia, ese personaje que se persigue, se corteja y se mima para que no nos abandone y arregle los desesperantes desperfectos dom\u00e9sticos, en ese momento se enceuntra en el ba\u00f1o, escondido detr\u00e1s de los helechos colgantes, arreglando el bote de agua del jacuzzi. Antonio hace poco ruido; es un individuo pulcro que cada cierto tiempo recoge la basura que su trabajo va creando. El jacuzzi: reluciente, mastique nuevo y lleno de agua humeante. Cuando Teresa cierra tras de s\u00ed la puerta y da un respingo, \u00e9l levanta la vista y mira a la mujer de arriba abajo, tratando de balbucear una excusa:<\/p>\n<p>\u00abSe\u00f1ora Teresa, disculpe, yo no sab\u00eda\u2026\u00bb<\/p>\n<p>Teresa no hace ning\u00fan adem\u00e1n de cubrirse. Extra\u00f1amente se siente casi tan c\u00f3moda como en la presencia de Fanny, frente a la cual se pasea en cueros casi todas las ma\u00f1anas durante la limpieza de las habitaciones. Nunca le hab\u00eda prestado demasiada atenci\u00f3n a Antonio, y hoy, en el encuentro fortuito y sin ropa, encerrada en su ba\u00f1o con el sujeto, puede detallarlo con m\u00e1s cuidado. Peque\u00f1o, moreno, con la buena musculatura de quien diariamente se dedica a tareas f\u00edsicamente exigentes, y un bigote que hace presumir un prontuario policial, impresi\u00f3n totalmente equ\u00edvoca, pues ella sabe de su responsable paternidad y de su trato decente hacia su mujer, a quien alguna vez ha tra\u00eddo para que ayudara en ausencia de Fanny. Teresa se dice a s\u00ed misma: \u00abEsto es rid\u00edculo, deber\u00eda salir del ba\u00f1o en este mismo instante\u00bb, y de hecho tiene una mano en el picaporte, pero quiz\u00e1s el cansancio no la deja pensar, o quiz\u00e1s la falta de control de la situaci\u00f3n la obliga a quedarse y decir en voz alta:<\/p>\n<p>\u00abNo se preocupe, Antonio, yo tampoco sab\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p>Teresa avanza unos pasos hacia el hombre y con calma se quita el cintillo. Se sacude levemente la cabellera. Puede sentir la mirada de \u00e9l posarse en su vientre convexo y en sus areolas oscuras y grandes como morocotas. Bueno, aqu\u00ed no hay nada que ocultar: ni siquiera cargo los zarcillos. Una sonrisa y otra frase de ella, ambas con un desparpajo inusitado:<\/p>\n<p>\u00abSi ya arregl\u00f3 el jacuzzi, quisiera probarlo\u00bb.<\/p>\n<p>Le tiende una mano para que \u00e9l, parado del lado afuera del jacuzzi, le ayude de muy buena gana a ingresar al l\u00edquido humeante en la bru\u00f1ida ponchera de fibra de vidrio. Con el primer contacto de aquella mano callosa, Teresa empieza a dejarse llevar, otra vez como en el autolavado: que las circunstancias ajenas y los dem\u00e1s decidan por ella. Pero ahora hay un nuevo ingrediente, una emoci\u00f3n abandonada tiempo atr\u00e1s y no reeditada: el deseo. Al diablo las reglas. He aqu\u00ed un buen ejemplar de macho humano, completo y capaz. Todo lo que requieren ahora es una superficie razonablemente plana para retozar sobre ella de mil maneras posibles. El hombre se quita su franela agujereada exhalando un almizcle ferruginoso. Con determinaci\u00f3n, Teresa lo hala y obliga a acercarse, buscando los labios de \u00e9l y ofreciendo su lengua. Las lenguas se encuentran e instant\u00e1neamente los pezones de ella, sensibles con la pre\u00f1ez, se yerguen con un cosquilleo doloroso, casi como si la leche fuera a manar de ellos. Desde que Eugenia tom\u00f3 pecho, no hab\u00eda sentido esas ansias de amamantar. Antonio la besa en el cuello y en los hombros, presionando su erecci\u00f3n, contenida por el pantal\u00f3n, contra la pierna de ella. Teresa no puede evitar pensar en Fanny y Eugenia, a uno cuantos pasos de distancia. \u00a1Si la vieran! \u00a1Si Jacinto la viera! Cu\u00e1ntas veces hab\u00eda imaginado la escena en su oficina, Jacinto sentado en el escritorio y ella arrodillada frente a \u00e9l, con los ojos cerrados y la lengua afuera, recorriendo entrantes y salientes e identificando t\u00e1ctilmente c\u00e1lidas y familiares formas. Antonio le succiona los pechos con suavidad, como si intuyera su fragilidad, como si manejara una delicada pieza de porcelana, mientras ella le baja el cierre del pantal\u00f3n. \u00ab\u00a1Se\u00f1ora Teresa!\u00bb, es todo lo que el hombre acierta a susurrar una y otra vez. El termina de descartar su ropa y se mete tambi\u00e9n en el agua caliente, se arrodilla besando su vientre, separando sus labios y hurgando en la entrepierna pulsante en busca de un fuego que disuelve las extremidades, incapaces de sostener el cuerpo. Ambos necesitan encontrar una horizontalidad inc\u00f3moda y anfibia en aquel jacuzzi donde Antonio la posee lentamente, con precisi\u00f3n, como si enrollara tefl\u00f3n alrededor de una tuber\u00eda antes de encajar perfectamente una parte en la otra. Teresa, jadeante, arquea la espalda, se agarra del borde de la ponchera sin darse cuenta de que con sus manoteos ha abierto el desag\u00fce, levanta las piernas hasta que las rodillas casi tocan los hombros, en su postura favorita para olvidarse de todo excepto de su sexo, para sentir que su cuerpo se reduce a un torso sordo y ciego, a un orificio anegado de todos los l\u00edquidos y secreciones posibles que debe ser bombeado por un chup\u00f3n desatascador, y por un momento se evade del entorno de luces hal\u00f3genas empotradas, espejos y m\u00e1rmoles, y se deja arrastrar como el agua por el desaguadero, limpi\u00e1ndose de los colegios de se\u00f1oritas, del departamento, del doctorado, de Marcelo y de toda la familia.<\/p>\n<p>Cuando finalmente Teresa se queda sola (una s\u00faplica con los ojos cerrados: \u00abv\u00e1yase, Antonio, sin hacer ruido\u00bb), regresan el cansancio y el abatimiento a su cuerpo manipulado. Se queda un rato en el jacuzzi sin agua, observando a trav\u00e9s de la ventana, semioculta por las matas, el tr\u00e1fico que pasa veloz por la avenida y el embotallemiento en el centro comercial a lo lejos. En cualquier momento oir\u00e1 del otro lado el trotecillo de Eugenia, y la puerta se abrir\u00e1 para que la peque\u00f1a e inquisitiva cabeza pregunte, \u00abMami, \u00bfme puedo ba\u00f1ar contigo?\u00bb Teresa no quiere lidiar con esa posibilidad. Sale con trabajo del jacuzzi, pasa el seguro de la puerta del ba\u00f1o y se dirige a la ducha, un enorme prisma de vidrio y grifer\u00eda italiana. Desliza uno de los lados del prisma y abre la llave del agua caliente. La deja correr hasta que oye cambiar el tono del sonido en la grifer\u00eda, signo inequ\u00edvoco de que el l\u00edquido ya comenz\u00f3 a salir caliente. Cierra la llave y abre simult\u00e1neamente la de la fr\u00eda y la de la caliente para recibir el impacto del chorro tibio en plena cara y as\u00ed poder comenzar un llanto suave, camuflado y solitario.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-luis-palacios\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Tomado de ficcionbreve.org<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Boceto para obituario Mi padre es un acto de magia donde el protagonista se desvanece entre una masa de humo. Llevo viendo este acto toda mi vida, a veces en los asientos de atr\u00e1s, a veces en los de adelante. Ahora en primera fila: mi padre tiene ochenta a\u00f1os y Alzheimer. 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