{"id":7165,"date":"2023-01-12T21:29:31","date_gmt":"2023-01-12T21:29:31","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7165"},"modified":"2023-11-24T18:23:38","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:38","slug":"dos-cuentos-de-gisela-kozak","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-gisela-kozak\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Gisela Kozak"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Resplandor de eternidad o h\u00e9roes de video <\/strong><\/h3>\n<blockquote>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>25 Jehov\u00e1 asolar\u00e1 la casa de los soberbios&#8230; \u00abProverbios\u00bb, 15, Antiguo Testamento <\/em><\/p>\n<\/blockquote>\n<p>Ren\u00e9 no posee exactamente un cuerpo; tampoco un sexo en particular. Es mucho menos que un cuerpo. Tiene la intuici\u00f3n de que m\u00e1s que existir quisiera suceder, por el simple gusto de ser posible. Todas las noches, antes de dormir, siente la certeza de lo inalcanzable. Se sabe imitaci\u00f3n deslucida. Engulle quimeras. Permite que esa imitaci\u00f3n \u2014su \u00fanica pertenencia\u2014 se descomponga en superficies levemente temblorosas. Constituye un sinsentido preservarla. La cultura f\u00edsica, fuente inagotable de beneficios, es una abstracci\u00f3n inalcanzable para Ren\u00e9, quien se confunde f\u00e1cilmente con el humo gris y no puede entender la pasi\u00f3n por la propia presencia. En cuanto a otro tipo de cultura, \u00bfpara qu\u00e9? No toma conciencia de su deterioro. Jam\u00e1s se mira en los espejos. Les huye. Sale a la calle rara vez. Cierra los ojos cuando un cuerpo agrieta la monoton\u00eda. Sus ojos son agud\u00edsimos: con ellos percibe los cuerpos como pu\u00f1etazos. Necesita verlos, mas de manera indirecta. Detalla afiches, envoltorios, car\u00e1tulas de discos, fotograf\u00edas y anuncios publicitarios. Inm\u00f3viles, bidimensionales. Se regocija con la seguridad de su propio volumen, de ese envoltorio tridimensional, parodia de una parodia de un cuerpo verdadero. Una ventaja frente a tanta corporeidad fijada en el tiempo; una burla a su esplendor. Un s\u00ed vital.<\/p>\n<p>Ren\u00e9 sufre su voluntario aislamiento en un apartamento peque\u00f1\u00edsimo, penumbroso. Necesita ver movimiento. \u00bfQu\u00e9 hacer? Claro, el video: porciones de tiempo y hechos limitados por una duraci\u00f3n conocida de antemano; representaci\u00f3n de movimiento. No cae en la tentaci\u00f3n de enterarse por completo de lo que ocurre en las pel\u00edculas, raz\u00f3n por la cual compra o alquila aquellas habladas en lenguas extranjeras y sin subt\u00edtulos. Evita los temas violentos: demasiada acci\u00f3n para su gusto. Prefiere obras que se destaquen por su morosidad narrativa. Su ideal cinematogr\u00e1fico es La v\u00eda l\u00e1ctea, de Luis Bu\u00f1uel. Baja el volumen del VHS y mira intensamente a un solo personaje. Quiere movimiento puro y simple, con poco vida, as\u00ed esa vida sea un simulacro. Por este mismo motivo, no lee. Le cansan las largas descripciones de cuerpos, plet\u00f3ricos de una existencia mucho m\u00e1s real que la suya. Si el mundo no le pertenece, \u00bfc\u00f3mo soportar, adem\u00e1s, universos paralelos, aut\u00f3nomos, que se suman, se integran en un exceso de alternativas, sucesos y relaciones? \u00bfC\u00f3mo no horrorizarse ante relatos de aventuras o tragedias donde todo lo importante ocurre antes de los treinta a\u00f1os? Obviamente, jam\u00e1s ve una telenovela. Ren\u00e9 cuenta con treinta abriles. Tampoco escucha m\u00fasica. La instrumental tiene efectos melanc\u00f3licos o \u00e9picos en Ren\u00e9, quien rechaza tales influencias por considerar que no hay nada m\u00e1s insufrible que so\u00f1ar con un vivir estimulante. Las canciones son mucho peores. Ren\u00e9 piensa que no debe tomarse en cuenta aquello que no exprese o describa la propia condici\u00f3n. Las letras de las canciones hablan de v\u00edctimas o victimarios, hombres y mujeres, de j\u00f3venes y bellos; en pocas palabras, de todo lo que Ren\u00e9 no es.<\/p>\n<p>Sus t\u00e1cticas no han impedido que algunos jirones de vida se adhieran a su pensamiento. Fantasea febrilmente, desea ser tacto. Hace planes. Debe proteger su flanco vulnerable antes de arrojarse a la calle. Las vulgares imitaciones, cong\u00e9neres de Ren\u00e9, que pululan por la ciudad, no le preocupan. La costumbre de llevar de un lado a otro su envoltorio de sangre y oscuras entra\u00f1as le permite aceptar con comodidad el de sus iguales. Compra estatuillas con el fin de adaptarse lentamente al trato directo con los cuerpos aut\u00e9nticos, esplendorosos en su diferencia, y evitar que le hagan da\u00f1o al observarlos por primera vez sin lentes oscuros y frente a frente. Adquiere una Enciclopedia Salvat y comprende el nulo valor de las reproducciones de estatuas famosas a las que tanto estima y cuida. No simpatiza con Rodin, culpable entre culpables de la negaci\u00f3n contempor\u00e1nea de la perfecci\u00f3n cl\u00e1sica. Saca de su bolsillo un monedero floreado, enciende su pipa, y extrae una fotograf\u00eda del David de Miguel Angel, compara, frunce el ce\u00f1o, se enfurece al contemplarse accidentalmente en la puerta de cristal del balc\u00f3n del apartamento. Igual le ocurre con la Venus de Milo, las esculturas de Canova, e incluso, con la extra\u00f1amente masculina cara de la femenina Estatua de la Libertad. Piensa en la posibilidad de estudiar arte. No, \u00bfpara qu\u00e9? Busca contacto, no estudio o contemplaci\u00f3n. No debe evadir riesgos content\u00e1ndose con una necia erudici\u00f3n. Quiere, mas teme. Sus correr\u00edas aumentan en duraci\u00f3n y n\u00famero. Frecuenta museos. Se r\u00ede de sus semejantes e incluso de los cuerpos, todos id\u00e9nticos por las muecas despectivas o extasiadas de sus rostros, falsamente doctos ante insultos a la sensibilidad visual que son incapaces de comprender. Ren\u00e9 menosprecia la escultura de este siglo: gatos gordos, juegos pueriles con bloques, un rid\u00edculo viejo al lado de un avi\u00f3n de jugueter\u00eda, retorcimientos fabricados con materiales innobles, moles pulidas&#8230;Sin embargo, le atrae la idea de convertirse en artista. Venganza: crear enormidades que destilen fealdad, despertar la admiraci\u00f3n de los elegidos \u2014los cuerpos\u2014, y de los otros. Figuras grotescas, inconfundibles porque nacen de la exageraci\u00f3n y no de la median\u00eda. Piensa obsesivamente en el enigma de su generaci\u00f3n, coro de la perpetua alabanza fraudulenta ante extravagancias congeladas de museo, y amantes desfallecientes de mu\u00f1ecos de afiche callejero o de comercial de televisi\u00f3n. Finalmente, renuncia a entregarse a la escultura. No quiere desviarse de su objetivo. Por otra parte, percibe como una estupidez aceptar como alternativa viable el reconocimiento colectivo obtenido con largos a\u00f1os de trabajo. Ren\u00e9 desea las caricias de la fama en vida y antes de cumplir los treinta y cuatro.<\/p>\n<p>Va al psiquiatra: \u00bfPor qu\u00e9 los cuerpos que necesita coinciden tanto con los que brillan en afiches, envoltorios, car\u00e1tulas, fotograf\u00edas y anuncios publicitarios? \u00bfNo es m\u00e1s sencillo conformarse con una caricatura? El experto \u2014carente de autenticidad corporal y rebosante de oratoria\u2014 hilvana un largo discurso repleto de datos biogr\u00e1ficos y bibliogr\u00e1ficos, largas cronolog\u00edas, abundantes estad\u00edsticas y enjundiosas opiniones autorizadas. El objetivo de su persuasiva charla es convencer a Ren\u00e9 sobre el fen\u00f3meno cuerpo\u2014cultura como motor de los indiscutible logros de la civilizaci\u00f3n, realidad inmodificable, signo de la humana condici\u00f3n, etc. Ren\u00e9 abandona la consulta. Detesta la erudici\u00f3n, a menos que tenga una aplicaci\u00f3n espec\u00edfica en el logro de los propios objetivos. Ignora con orgullo la historia, el largo relato de c\u00f3mo el devenir secular de las sociedades est\u00e1 en su contra. La filosof\u00eda adormila a Ren\u00e9, quien por cierto desea vivir en permanente vigilia. Se le ocurre que el secreto para librarse de sus anhelos irrealizables es negarlos y discutir la inmutabilidad de las cosas. Medita sobre las v\u00edas convenientes para fundamentar y poner en pr\u00e1ctica su nuevo pensar. Recuerda, en un rel\u00e1mpago de intuici\u00f3n, que la escultura, para desgracia de todos, ha cambiado. El mundo entonces puede transformarse: el predominio de los cuerpos debe terminar. Decide organizar a sus compa\u00f1eros de infortunio. Su com\u00fan desgracia es el punto de partida para saltar de una humanidad visual a una multisensorial. Grita estent\u00f3reamente: !Basta de velar como perros lo que no podemos obtener como simulacros de gente! !No a las ri\u00f1as y empujones a causa de los cuerpos! !No al cuerpo! Agrupa, anima. Recoge firmas, imparte cursos de formaci\u00f3n pol\u00edtica, propone la creaci\u00f3n de comit\u00e9s de solidaridad por todo el orbe. Dichos comit\u00e9s son la alternativa para exportar el nuevo pensamiento a los distintos rincones del mundo. Seminarios, conferencias, mesas redondas, edici\u00f3n de una revista. Numerosos cong\u00e9neres de Ren\u00e9 se unen, plenos de lucidez, al movimiento. Hasta dos cuerpos, internacionalistas, de vanguardia y peleados con sus padres, ofrecen entusiastas su apoyo.<\/p>\n<p>Todo acaba. Ren\u00e9 se enamora de los nuevos militantes. Ren\u00e9 al menos calla y trata de continuar con los proyectos. Sus correligionarios se van en desbandada. Interminables filas de autos obstaculizan el tr\u00e1fico en la urbanizaci\u00f3n donde residen los dilectos del movimiento. Las v\u00edctimas desconectan el telefax: es insoportable la cantidad de estrafalarias llamadas que sacuden las veinticuatro horas de tan infaustos d\u00edas. Ren\u00e9, exl\u00edder, r\u00ede al observar por medio de unos binoculares la ins\u00f3lita situaci\u00f3n. Un a\u00f1o de su propia vida perdido de una manera tan absurda. Su atalaya es una colina cercana al lugar de los hechos. Estimulantes de diverso tipo son su \u00fanica compa\u00f1\u00eda. Los ruidos inquietan las noches en varios kil\u00f3metros a la redonda. Botellas rotas, baladas, boleros, disparos, ambulancias, gritos, llantos. Aquel peque\u00f1o infierno de almas rotas obstina a Ren\u00e9, quien decide llamar a los amados imposibles a su tel\u00e9fono celular, cuyo n\u00famero le fue suministrado por ellos mismos en una acto de extrema confianza. Su amistad con ambos cuerpos permite que le concedan una entrevista. Llega al ojo del hurac\u00e1n en un helic\u00f3ptero enviado por los padres de los deseados. Ren\u00e9 les propone terminar con tanto esc\u00e1ndalo a cambio de algo de amor y un relato detallado de los \u00e9xitos obtenidos por los dos j\u00f3venes. El trato se establece. Ren\u00e9 se comunica con algunos conocidos influyentes. Las manzanas de la discordia son rescatadas a trav\u00e9s de un espectacular operativo. Primera plana de los diarios: solidarios con sus hermanos vapuleados, los cuerpos modifican los estatutos de su \u00f3rgano de gobierno central. Estos hab\u00edan sufrido una leve democratizaci\u00f3n dado el \u00e9xito del movimiento de Ren\u00e9. Volvieron a sus enunciados originales e, incluso, asumieron un sesgo m\u00e1s excluyente: los cuerpos deb\u00edan desearse exclusivamente entre ellos. Nada de coqueteos. Prohibido el trato amistoso o er\u00f3tico con criaturas incompletas. Cero debilidades. Debe aplicarse el viejo m\u00e9todo para obtener ejemplares con curriculum gen\u00e9tico: combinaci\u00f3n entre genes de calidad a toda prueba. Por este medio el producto no traiciona las expectativas; en otras palabras: cuerpo m\u00e1s cuerpo igual cuerpo.<\/p>\n<p>Los cong\u00e9neres de Ren\u00e9 se aburren. Intentan, infructuosamente, procurar algo de brillo para sus incoloras existencias. Sus ojos tratan de captar, con la mejor voluntad, cualquier trazo, rasgo, rastro de corporeidad en sus semejantes. Dif\u00edcil. Son proclives a confundirse con los dem\u00e1s, a no distinguirse de las paredes nubladas, de un golpe de humo, del resplandor moment\u00e1neo de la lluvia en el asfalto. Culminan por no sentir. Pero todo cambia, y nace una terrible avidez, ante la aparici\u00f3n imponente o furtiva de un cuerpo flotando. Con patetismo, algunos sue\u00f1an que el cuerpo los observa. Cosquilleo en el bajo vientre. Olvido instant\u00e1neo del vivir sin ser ni suceder. La silla en que nos sentamos, murmura Ren\u00e9, o el muro manchado en el que apoyamos una mano, son m\u00e1s interesantes que nuestras presencias medianas sin sustancia espec\u00edfica. Cuando un cuerpo lanza alguna mirada a esas insignificancias se debe, sin duda, a un traje de colores hirientes, motivo de una curiosidad ef\u00edmera, ir\u00f3nica.<\/p>\n<p>Ren\u00e9 un d\u00eda se levanta de su cama con una calcinante intuici\u00f3n. Se renueva su esp\u00edritu heroico. Gusta, en los \u00faltimos tiempos, de las grandes haza\u00f1as; tal inclinaci\u00f3n est\u00e1 racionalmente fundada en la idea de que no puede existir un acto de valent\u00eda exitoso sin el respaldo de un m\u00e9todo de trabajo apropiado. Examina el terreno. Va a la Cinemateca y para evitar cualquier encuentro o roce perturbadores se mimetiza con unos petroglifos. No se conforma con obtener el fugaz afecto de un cuerpo. Quiere ser cuerpo. Reconoce sin remordimiento el hondo fastidio que le causan sus semejantes. Le obsesiona diferenciarse de ellos. Hurta piezas de los maniqu\u00edes de las tiendas y se las coloca; evade las paredes grises y los sitios cerrados llenos de humo; habla de arte, estudia oratoria y locuci\u00f3n, canta y silba. Huye de los lugares de reuni\u00f3n habituales de sus cong\u00e9neres; va, de vez en cuando, y se confunde con un poste para o\u00edr la ch\u00e1chara. Ellos se derriten al ver los peque\u00f1os \u00e9xitos de Ren\u00e9, alaban su garra, su esp\u00edritu de superaci\u00f3n. Los m\u00e1s audaces juran que pueden seguir su ejemplo. Ren\u00e9 sonr\u00ede: son unos incapaces que carecen de un m\u00e9todo y una teor\u00eda rigurosamente cient\u00edficos&#8230;y de una estrategia conveniente. As\u00ed, Ren\u00e9 trabaja por cortos per\u00edodos en lugares donde nadie lo conoce ni recuerda sus incursiones en la pol\u00edtica, incursiones cuyo \u00e9xito y olvido son un par de granos de fugacidad. Tal ardid no permite, por ejemplo, conocer su edad: treinta y dos a\u00f1os. Tiene la suerte de poseer esa suerte de indefinici\u00f3n cronol\u00f3gica propia de cierta gente de pocas gracias. Afirma no pasar de los veintitr\u00e9s. Los observadores de Ren\u00e9 se dividen en bandos. Una minor\u00eda anacr\u00f3nica grita: !No al cuerpo! Discursos. La gran mayor\u00eda termina por suspirar. Ren\u00e9, mientras tanto, se acerca cada vez m\u00e1s al bando contrario al que le dio cierto renombre como activista. Cuando alguna vez se toma la molestia de sentarse en un caf\u00e9 con sus antiguos camaradas, con la intenci\u00f3n de burlarse secretamente de ellos, suelen preguntarle por qu\u00e9 no funda otra organizaci\u00f3n en lugar de desertar paulatinamente. Responde de manera enigm\u00e1tica: el cambio, la contradicci\u00f3n y la aceleraci\u00f3n de la historia son signos de los tiempos.<\/p>\n<p>El escuchar a otros, abierta o furtivamente, posee un fin espec\u00edfico: hacer \u00e9nfasis en aquellos rasgos que comienzan a definir y a darle contorno a un ser \u00fanico. Su proyecto en este sentido es producto de una impecable planificaci\u00f3n. Efect\u00faa innumerables anotaciones acerca de las caracter\u00edsticas fenot\u00edpicas de los cuerpos y su funcionamiento particular en cada contexto socio\u2014cultural. Sopesa las posibilidades de construir determinados elementos corporales, utilizando injertos provenientes de donativos de seres piadosos, de compras en el mercado negro y del hurto de fragmentos, de f\u00e1cil sustracci\u00f3n, que cuelgan cual siniestros trofeos de las maltrechas humanidades de necr\u00f3filos impenitentes. A partir de numerosas encuestas, de un amplio arqueo bibliogr\u00e1fico y hemerogr\u00e1fico, consultas a textos cl\u00e1sicos y entrevistas a invisibles instruidos, re\u00fane datos suficientes para formular una teor\u00eda: los inacabados, los invisibles, los que no tienen cuerpo no son \u2014como todos, incluidos ellos mismos, creen\u2014 una lacra social y est\u00e9tica; son la condici\u00f3n necesaria pero no suficiente para el predominio de los cuerpos, por lo tanto no est\u00e1n de m\u00e1s y es necesario aprovecharse de ellos ignor\u00e1ndolos amorosamente. Una fulgurante sonrisa, agradable y encantadora, comienza a iluminar con frecuencia el siempre inexpresivo rostro de Ren\u00e9. Sabe que al convertirse en un ser irrepetible se confundir\u00e1 con los cuerpos, integrar\u00e1 su c\u00edrculo exclusivo y excluyente. En la soledad de una mesa de caf\u00e9, Ren\u00e9 piensa que publicar la investigaci\u00f3n ser\u00eda un \u00e9xito resonante. Mira a un punto cualquiera del local y sonr\u00ede como ahora acostumbra. No cae en cuenta de que un cosquilleo recorre los vientres de varios clientes, admiradores secretos y sorprendidos de Ren\u00e9. Publicar la investigaci\u00f3n&#8230;No, es una tonter\u00eda investigar para los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Ren\u00e9 enfrenta un obst\u00e1culo intelectual y tecnol\u00f3gico imposible de superar a corto plazo: el pa\u00eds carece de la infraestructura requerida para la transformaci\u00f3n definitiva que busca. La informaci\u00f3n, la gen\u00e9tica y la medicina nacionales no son suficientes para llevar a cabo los necesarios cambios, y, adem\u00e1s, detener el envejecimiento celular. Recibe una herencia, discretamente mencionada en el testamento de un ancestro, profundamente corp\u00f3reo y escandalosamente rico, \u00e1vido de que ciertos deslices de juventud no salgan a la luz. Ren\u00e9 se auto\u2014exila, decisi\u00f3n muy conveniente tomando en cuenta que los que conocen su pasado pueden interferir en los proyectos del futuro. Sus observadores afirman, antes de su definitiva marcha, que es feliz de un modo irritante. Hasta lee novelas. Su libro de cabecera es <em>El perfume<\/em>, de Patrick S\u00fcskind.<\/p>\n<p>No es suficiente el conocimiento, ni siquiera si est\u00e1 acompa\u00f1ado de los instrumentos y condiciones id\u00f3neas. Hace falta una pr\u00e1ctica concreta, un golpe definitivo, una acci\u00f3n que se reflexione a s\u00ed misma: una praxis, en suma. Se va al extranjero. Cirug\u00edas y tratamientos consumen varios meses. Su dinero le permite adquirir credenciales de distintas organizaciones, presta servicios secretos a todas; invierte en bienes ra\u00edces, que le producen excelentes dividendos a consecuencia de una complicada intervenci\u00f3n de una multinacional. Con los recursos obtenidos a trav\u00e9s de sus propiedades se dedica a promocionar cuerpos en vallas callejeras y pantallas de cine y televisi\u00f3n, labor doblemente satisfactoria pues se traduce en espl\u00e9ndidos ingresos y permite observar a los cuerpos directamente, sin verg\u00fcenza o envidia alguna. Escoge. Rechaza. Compra ropa de marcas famosas y la combina de tal manera que ni el ser m\u00e1s deslumbrante podr\u00eda atreverse a tanta y tan feroz originalidad. Paga un grupo de expertos que actualizan su informaci\u00f3n en los diversos campos que le apasionan. Posee una biblioteca especializada en las disciplinas de su inter\u00e9s, s\u00f3lo comparable con las mejores de su pa\u00eds de adopci\u00f3n. Hace magia con el maquillaje. Se cambia el color del cabello diariamente. Gasta fortunas en zarcillos, corbatas, lazos y minifaldas. Baila a lo Michael Jackson, a quien considera el profeta de la Nueva Era, y canta con una espectacular vocecilla grave de andr\u00f3gino. Gana maratones y competencias de aer\u00f3bic. Su lucha tit\u00e1nica es coronada por la admiraci\u00f3n y el deseo de aquellos antes inaccesibles, deslumbrados por el despliegue de vida irrepetible de Ren\u00e9, quien llega a la cumbre al absorber las pasiones que apenas empieza a despertar, ba\u00f1\u00e1ndose as\u00ed de un esplendor propio y leg\u00edtimo. Ahora su luz contrasta con la monoton\u00eda ciudadana. Reparte sus cuentas bancarias, escribe poemas, desecha las investigaciones met\u00f3dicas. Su incipiente desinformaci\u00f3n le lleva a aprobar calurosamente un proyecto de ley que propone matar a los ancianos coloc\u00e1ndolos en la boca de un ca\u00f1\u00f3n con fines higi\u00e9nicos y est\u00e9ticos. No medita ni por un momento en su propio futuro, del mismo modo que jam\u00e1s utiliza verbos en pasado. Se enamora de forma demon\u00edaca y por primera vez en su vida; ignora cualquier noci\u00f3n de matrimonio. Le roba a su amante el tiempo, las energ\u00edas y el magnetismo. Es objeto de persecuciones permanentes por parte de amantes en delirio, simples aventuras para Ren\u00e9, quien por cierto estimula descaradamente los sentimientos que despierta, para luego huir a toda velocidad. Su amante, con m\u00e1s envidia que celos, abandona la casa. Ren\u00e9 sabe que el amor es poder, se aprovecha de su ventajosa situaci\u00f3n, vive para su reflejo en aguas, superficies pulidas, ojos brillantes y espejos, existe para satisfacer sus tempestades hormonales, para disfrutar de la posesi\u00f3n y de la entrega en todos sus matices y formas. Suele cultivar un \u00ablook\u00bb m\u00e1s masculino que femenino, muy pr\u00e1ctico y conveniente de acuerdo a sus p\u00fablicas afirmaciones. En acto de menosprecio al abandono de su amante, se dedica a coleccionar aventuras en todas partes del mundo. Centro de todas las miradas y reflectores, de los hombres y las mujeres, Ren\u00e9 descuida su logro, su hallazgo fuera de serie. Un d\u00eda amanece con un amargo sabor a vida agonizante: no es capaz de conquistar a nadie. Se mira al espejo. Llama por tel\u00e9fono a su ex\u2014amante, su \u00fanico amor entre tanta piel abandonada. Cuando oye su voz, Ren\u00e9 balbucea. Siente una dolorosa sed por lo permanente ante la amenaza de la decadencia. Ren\u00e9 siente la humillaci\u00f3n del rechazo, del comenzar a convertirse en una l\u00fabrica sombra. Entre el hartazgo y la piedad, su ex\u2014amante visita su casa, se acerca a la baranda del amplio balc\u00f3n, sonr\u00ede refulgente en sus veintiocho a\u00f1os y se\u00f1ala la estatua. Se va y nunca vuelve.<\/p>\n<p>Ren\u00e9 observa desde su enorme e iluminado apartamento a su nueva pasi\u00f3n. Sue\u00f1a con ser su pedestal. Una simple zambullida en metal derretido: la posibilidad de fijarse en el mundo. Compra una armadura de acero inoxidable a unos traficantes de dudosa condici\u00f3n. Camina hacia la plazoleta con ella y casi se desmaya del calor. Se sienta en un banco frente a su amada escultura. Comienza a adormilarse. Los transe\u00fantes miran extra\u00f1ados esa nueva figura de metal en la plaza. Ren\u00e9 no atiende a la curiosidad que causa. Se entrega al placer de saberse de duro acero, al existir sin suceder, a despreciar la atracci\u00f3n de lo posible: una parodia de una parodia de la eternidad.<\/p>\n<p>Nunca supo que la armadura se oxid\u00f3 con las lluvias de octubre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El \u00faltimo <\/strong><\/h3>\n<p>\u00bfQu\u00e9 habr\u00e1 pasado durante la ma\u00f1ana del cumplea\u00f1os de Celia? Quiz\u00e1s ella termin\u00f3 su primera vuelta por el Parque Los Caobos y observ\u00f3 de reojo a los hombres j\u00f3venes que hac\u00edan ejercicios y levantaban pesas artesanales con extremos hechos de cemento. Suspir\u00f3 por sus m\u00fasculos y sus pechos velludos y sudorosos y sinti\u00f3 un deseo de hombre muy joven, un apetito fugaz que ces\u00f3 al recordar a su marido, profesor universitario de Econom\u00eda, quien no pudo acompa\u00f1arla a su pasant\u00eda profesional en Venezuela. Acto seguido pens\u00f3 en Antonio, un soci\u00f3logo que le ha aminorado sus nostalgias de mujer extranjera porque ha estado con frecuencia en su cama y ha compartido su sorpresa ante cada detalle novedoso de la vida en Caracas. A Celia le gustar\u00eda estar con su esposo y sus dos hijos, pero ella siempre ha sabido que no se tiene todo lo que se desea. Eran las nueve de la ma\u00f1ana de un d\u00eda domingo de 2006, un d\u00eda domingo de calles solitarias, tristes y sucias. Poco despu\u00e9s de pasar el a\u00f1ejo y r\u00fastico gimnasio, Celia vio a un corredor de unos treinta a\u00f1os que le lanz\u00f3 un beso y un \u201chola\u201d sin detenerse y con voz firme de bar\u00edtono, demostrando as\u00ed sus excelentes pulmones de felino entrenado. Sonri\u00f3. Este pa\u00eds tiene su gracia, dura la vida, duro el trabajo, pero hasta ciertos lujos son posibles: un libro, un antojo para comer, una pintura de labios, un piropo de hombre en saz\u00f3n. Se sent\u00eda bien, caminaba velozmente y con respiraci\u00f3n acompasada, mientras un perro negro habitante del parque, al que a veces le hab\u00eda dado una palmada en el lomo y alg\u00fan resto de comida, la segu\u00eda trotando con suavidad hasta que se encontr\u00f3 con otros perros y la dej\u00f3 sola.<\/p>\n<p>Celia salud\u00f3 con la mano a un conocido, sentado cerca de una enorme carpa destinada a la ayuda de indigentes. Repas\u00f3 la rutina de trabajo que le tocaba la semana entrante. Seguramente carecer\u00eda de alteraciones y estar\u00eda acompa\u00f1ada de sus paseos por el parque, las invitaciones de Antonio, la asistencia a mon\u00f3tonos actos p\u00fablicos y la curiosidad nunca saciada ante los contrastes de Caracas y las actitudes de la gente. Su mente fue asaltada por miradas suspicaces, frases de ambiguo sentido, iron\u00edas, s\u00faplicas, desesperaciones, desprecios, sonrisas y amabilidades de sus pacientes en el ambulatorio, de la gente de su vecindario o de los mesoneros y vendedoras de las tiendas. Sacudi\u00f3 la cabeza e intent\u00f3 concentrarse en detalles como que la avenida paralela al Parque Los Caobos, que lo separa del r\u00edo Guaire, estaba dispuesta ese domingo exclusivamente para ciclistas. Observ\u00f3 la velocidad, la concentraci\u00f3n, las formidables piernas de los deportistas con ojo conocedor. Siempre le hab\u00eda encantado el ciclismo pero en la vida no hay tiempo para todo. Disfrutaba de los \u00e1rboles, el silencio y la brisa. \u00bfD\u00f3nde estar\u00e1 el corredor que la pirope\u00f3? \u00bfSe fue para su casa? \u00bfLo esperar\u00e1 una joven esposa? \u00bfAntonio seguir\u00e1 dormido? \u00bfCu\u00e1l ser\u00e1 la sorpresa que \u00e9l le dar\u00e1 por su cumplea\u00f1os? \u00bfUna invitaci\u00f3n a una de esas tascas de La Candelaria que le recordaban a Antonio sus padres gallegos y sus largos a\u00f1os de estad\u00eda en Espa\u00f1a?<\/p>\n<p>Al comenzar su tercera vuelta por el parque, Celia pens\u00f3 en que, a diferencia de ella, Antonio se instal\u00f3 en Venezuela hace un par de a\u00f1os por propia y libre voluntad, y siempre han conversado, a veces hasta acalorarse, acerca de las razones distintas de sus respectivas estad\u00edas. \u00c9l, hijo de gallegos que hab\u00edan emigrado a Venezuela en los a\u00f1os cincuenta del siglo pasado, se march\u00f3 a Espa\u00f1a en 1989 y regres\u00f3 a Caracas atra\u00eddo por las novedades pol\u00edticas de los \u00faltimos a\u00f1os; ella estaba en el pa\u00eds por tiempo determinado y por su profesi\u00f3n. Otro tema frecuente: sus respectivas familias radicadas lejos. De hecho, fue el asunto que en una tarde de un domingo calcinante y ruidoso abri\u00f3 una conversaci\u00f3n que comenz\u00f3 con la sensaci\u00f3n liberadora y euf\u00f3rica de las tres primeras cervezas, continu\u00f3 con el intercambio de nostalgias, se desbarranc\u00f3 por el lado de los nada originales comentarios acerca de las dulzuras y amarguras de la rutina matrimonial y termin\u00f3 en una cama de s\u00e1banas revueltas, en el \u00fanico cuarto del apartamento de Celia en un antiguo bloque de viviendas en San Agust\u00edn del Sur. El olor de las cocinas de queros\u00e9n o de gas, mezclado con el de las aguas negras y la basura, llegaba a la habitaci\u00f3n en breves r\u00e1fagas diluidas por la costumbre de su presencia y la obsesiva man\u00eda de pulcritud de Celia, afecta a los productos de limpieza con una pasi\u00f3n objeto de las burlas entre picantes y compasivas de Antonio. Celia regres\u00f3 al presente de su paseo matinal y su mente vol\u00f3 a otro tema: \u00bfy mi marido? Seguro tendr\u00e1 a alguna mujer por all\u00e1\u2026 O eso quiso creer ella para no sentirse culpable.<\/p>\n<p>Al final de la tercera vuelta, Celia quiz\u00e1s se detuvo, cansada y sudorosa, tom\u00f3 agua de una botella que tra\u00eda en el koala y se dej\u00f3 refrescar por la brisa. Camin\u00f3 lentamente hacia la fuente sin agua del parque y la observ\u00f3 con detenimiento: hombres y mujeres colosales, una alegor\u00eda de Venezuela seg\u00fan la informaci\u00f3n de los carteles circundantes. Aunque ha caminado y trotado con frecuencia en el Parque los Caobos, Celia nunca ha entendido ciertas cosas. Por ejemplo, el deterioro de las obras de arte perdidas entre estanques secos, hojarasca, polvo y matorrales o la presencia de hombres y mujeres con escobas casi artesanales mientras unos camioncitos \u00faltimo modelo, impecablemente blancos y con cepillos para limpiar calles, permanecen inactivos. Pens\u00f3 de nuevo en los ciclistas. Su primer amante era ciclista de competencia, pero despu\u00e9s de tres a\u00f1os de pasiones sudorosas en el m\u00ednimo cuarto en el que se encontraban los fines de semana, \u00e9l se empe\u00f1\u00f3 en irse lejos y ella se neg\u00f3 indignada a acompa\u00f1arlo. La relaci\u00f3n se enturbi\u00f3 hasta languidecer en medio del silencio, el dolor y la c\u00f3lera. Al final, su ciclista se fue a pedalear calles de otros pa\u00edses. Con el paso del tiempo hab\u00eda terminado por entender sus motivos, pero, a diferencia de \u00e9l, Celia era apegada a su ciudad y s\u00f3lo por su trabajo sali\u00f3 de ella.<\/p>\n<p>De haber podido escoger estar\u00eda en su pa\u00eds, pero\u2026 Caracas, ciudad simp\u00e1tica y extra\u00f1a. Nunca en el resto de su existencia la olvidar\u00eda pues en ella volvi\u00f3 a ver a su hijo menor tras seis a\u00f1os de separaci\u00f3n. Lloraron a mares, bebieron, comieron, pelearon, fueron felices, se ocultaron de los compatriotas por quiz\u00e1s in\u00fatil prevenci\u00f3n. Antonio -presentado al hijo como un gran amigo- la anim\u00f3 y la ayud\u00f3, medi\u00f3 entre ella y el joven, lo rega\u00f1\u00f3 por no entender a su hermano mayor y a sus padres, pegados a su terru\u00f1o como si fuese su piel. Tras un mes, regres\u00f3 a M\u00e9xico y el dolor de la despedida le agri\u00f3 la vida a Celia. Llamaba desesperada a su esposo por tel\u00e9fono, tomaba pastillas para calmarse, hablaba con Antonio largas horas, hasta que al cabo de diez d\u00edas decidi\u00f3 que bastaba de histerias maternas. Se entreg\u00f3 a su trabajo con tes\u00f3n y a Antonio con entusiasmo.<\/p>\n<p>Celia se acost\u00f3 en un banco del parque. Aspir\u00f3 y expeli\u00f3 el aire varias veces hasta que los recuerdos familiares huyeron. Decidi\u00f3 hacer estiramientos. Mientras los hac\u00eda record\u00f3 repentinamente al ser que m\u00e1s le hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n durante sus diez meses de estad\u00eda en Caracas. A su consultorio en San Agust\u00edn del Sur lleg\u00f3 un hombre de mediana estatura, rechoncho, con un bigote lacio, largo y descuidado que le desbordaba la comisura de sus labios gruesos. Vest\u00eda una braga azul de mec\u00e1nico no muy limpia y hablaba con un acento que Celia no pudo identificar. Tra\u00eda a una mujer herida que hab\u00eda recogido en la madrugada cerca de un basurero de La Vega. Celia atendi\u00f3 la herida en la cara de la mujer con los escasos medios disponibles, le pregunt\u00f3 qui\u00e9n y por qu\u00e9 sin obtener informaci\u00f3n, sec\u00f3 sus mocos y sus l\u00e1grimas y le quit\u00f3 lo mejor que pudo los restos de rimel y sombra de ojos que le verdeaban los p\u00e1rpados y las mejillas. Le encarg\u00f3 al hombre que llevara a la mujer a un hospital. Al salir del ambulatorio a despedirlos se top\u00f3 con una visi\u00f3n de pesadilla: un cami\u00f3n en el que cabezas de mu\u00f1ecas, semejantes a despojos de ejecutadas, guindaban con cadenas de los tubos horizontales de la parte trasera del veh\u00edculo o estaban colocadas en los extremos superiores de los tubos verticales. El hombre, ante la boca abierta de Celia, indic\u00f3 que su trabajo consist\u00eda en recoger, entre otros objetos, mu\u00f1ecas rotas en los basureros para repararlas y venderlas. Dios m\u00edo, pens\u00f3 Celia, si se le regala a una ni\u00f1a una mu\u00f1eca de esas se morir\u00e1 del susto y ahogada en llanto. Sonri\u00f3 mientras se levantaba del banco y decidi\u00f3 continuar su paseo por el parque de manera relajada y tranquila, a pesar del recuerdo inquietante. Observ\u00f3 al azar a los pocos transe\u00fantes hasta detenerse en un joven con un inmenso lunar en el antebrazo derecho. Ella lo observ\u00f3 con atenci\u00f3n profesional pero \u00e9l le dedic\u00f3 una mirada de ojos enrojecidos y despectivos que le record\u00f3 la edad que cumpl\u00eda ese d\u00eda de modo desagradable. Camin\u00f3 hacia la salida de Los Caobos rumbo a la Plaza de los Museos y vio de lejos otra vez al muchacho, quien en un acto de esplendor viril salt\u00f3 la alta verja del parque con elegante agilidad de gato y se dirigi\u00f3 hacia el r\u00edo Guaire.<\/p>\n<p>Al pasar por San Agust\u00edn del Norte, Celia se detuvo a comprar unas cosas en un abasto. Adquiri\u00f3 una de esas bebidas especiales para deportistas y se puso a contemplar los edificios de Parque Central: nunca han dejado de asombrarla. Demasiado imponentes, hoscos, unos inmensos barrios verticales fascinantes y \u00e1speros. Desde su modesto apartamento ha mirado con frecuencia hacia Parque Central y hacia el \u00c1vila, como suelen llamar los caraque\u00f1os a su cordillera. Celia ha sentido siempre admiraci\u00f3n ante su belleza y cierto nerviosismo por su presencia. Mujer de urbe marina, manifestaba por el valle de Caracas un sentimiento de agrado y angustia. Placer y angustia: \u00bfqu\u00e9 ser\u00e1 de la vida de aquel diputado que hace ya tanto tiempo no se cans\u00f3 de asediarla hasta hacerla vacilar entre su marido, sus hijos y \u00e9l? Era tan arrogante, tan peligrosamente convencido de que ten\u00eda la verdad del mundo en la mano, tan atractivo. Termin\u00f3 la bebida energizante en pocos tragos. Otro de mis hombres, dijo Celia en voz baja mientras abr\u00eda un contenedor de basura grande de color verde presionando con el pie la barra colocada en su parte delantera inferior. Arroj\u00f3 el envase de la bebida en el contenedor y casi se desmay\u00f3 cuando un indigente salt\u00f3 desde dentro de \u00e9ste y le dijo, \u00a1cuidado me mojas, carajo! Celia camin\u00f3 despavorida hacia la pasarela que atraviesa la autopista Francisco Fajardo y conecta San Agust\u00edn del Norte con San Agust\u00edn del Sur. Se detuvo repentinamente y se ech\u00f3 re\u00edr: \u00a1pero qu\u00e9 cosas se viven en Caracas!<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s Celia se entristeci\u00f3 ante el hecho de que no hab\u00eda conocido otras ciudades aparte de Caracas y las de su pa\u00eds. Caracas, tan distinta a la ciudad natal de Celia en clima, tama\u00f1o y vida, tan parecida en su deterioro, en su gente arracimada por gozadera, por necesidad, por trabajo, por mala leche. \u00bfLa habr\u00eda visitado por razones no laborales? Sinti\u00f3 melancol\u00eda pues su vida hubiese podido ser otra cosa y entonces tuvo un acceso de temor ante la rotunda certeza de sus cincuenta y cinco a\u00f1os. \u00bfSe acercaba tal vez la \u00e9poca de su \u00faltimo hombre? \u00bfQui\u00e9n ser\u00eda? \u00bfSu esposo, Antonio, otro? Subi\u00f3 las escaleras de la pasarela y al comenzar a cruzarla disfrut\u00f3 de las r\u00e1fagas de viento a pesar de los olores de la empobrecida y contaminada Caracas; camin\u00f3 ensimismada sin percatarse de que a alguna distancia ven\u00eda un muchacho corriendo hacia ella. Celia no sab\u00eda nada sobre \u00e9l, aparte de que ten\u00eda un lunar en el antebrazo derecho. Se notaba desesperado e iracundo, era joven y fibroso, parec\u00eda un rel\u00e1mpago de testosterona embutido en una camiseta vieja y un jeans deste\u00f1ido, estaba drogado hasta el alma con bazuco. Su nombre era nadie y su lugar ninguna parte. Qu\u00e9 lejos est\u00e1n mi tierra, mi casa y mi gente pensaste tal vez, Celia, cuando el \u00faltimo hombre de tu vida -veinte a\u00f1os y diez muertos en su haber- te dej\u00f3 rodando por las escaleras de la pasarela despu\u00e9s de clavarte una pu\u00f1alada cuyo \u00fanico motivo me lo contaron los polic\u00edas que lo detuvieron: \u00a1Estaba arrecho, pana, estaba arrecho y drogado, la banda del Chuqui me estaba persiguiendo y la vieja se me puso en el medio! El hombre de las mu\u00f1ecas decapitadas te recogi\u00f3 ya muerta, Celia, y acompa\u00f1\u00f3 a la polic\u00eda a llevarte a la morgue de Bello Monte una vez que alg\u00fan m\u00e9dico certific\u00f3 tu defunci\u00f3n. Y yo, Antonio, un par de d\u00edas despu\u00e9s, tom\u00e9 tu libreta de tel\u00e9fonos, llam\u00e9 a tu marido Alejo, habl\u00e9 con tus hijos Cintio y Ra\u00fal, llor\u00e9 con ellos y, en cuanto pude, me mont\u00e9 en un avi\u00f3n y regres\u00e9 a Espa\u00f1a. Desde entonces reconstruyo los \u00faltimos momentos de tu vida mezclando historias que me contaste durante aquellos meses con datos de los polic\u00edas y figuraciones de mi imaginaci\u00f3n. Desde entonces no duermo muy bien. Desde entonces trato de que mi esposa y mi hija me terminen de perdonar que las descuidase por ir a Venezuela \u201ca ver lo que pasa con mis propios ojos.\u201d C\u00f3mo podr\u00e9 olvidar tu muerte, tu cad\u00e1ver, tu acento, tu resignaci\u00f3n, tus recuerdos de los hombres que amaste, tus impresiones sobre Caracas, tus an\u00e9cdotas de m\u00e9dica, el amor que sent\u00ed por ti y, sobre todo, c\u00f3mo podr\u00e9 olvidar el insoportable homenaje p\u00f3stumo que te hizo el gobierno y la menci\u00f3n especial del Presidente en su programa dominical justo antes de que regresaras convertida en cenizas a tu Habana.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gisela-kozak-rovero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Publicado en: http:\/\/entreshandysybartlebys.blogspot.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Resplandor de eternidad o h\u00e9roes de video 25 Jehov\u00e1 asolar\u00e1 la casa de los soberbios&#8230; \u00abProverbios\u00bb, 15, Antiguo Testamento Ren\u00e9 no posee exactamente un cuerpo; tampoco un sexo en particular. 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