{"id":7122,"date":"2023-01-05T21:55:41","date_gmt":"2023-01-05T21:55:41","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7122"},"modified":"2023-11-24T18:23:39","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:39","slug":"percusion-fragmento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/percusion-fragmento\/","title":{"rendered":"Percusi\u00f3n (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Jos\u00e9 Balza<\/strong><\/h4>\n<p><strong><em>A Lyda Zacklin<\/em><\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>Iba aprendiendo a mirar de frente, A aceptar que s\u00f3lo deb\u00eda odiarse la vida, el paso de los a\u00f1os, la diversidad de los destinos.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>____<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>Hay algo m\u00e1s, una cosa m\u00e1s fuerte y m\u00e1s limpia que el cari\u00f1o, que la amistad y cualquier forma del amor; no s\u00e9 qu\u00e9 es, pero debe parecerse a la dignidad y al orgullo.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>____<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>Tengo que inventar algo inservible.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\">Onetti, Dejemos hablar al viento<\/p>\n<p style=\"text-align: right; padding-left: 90px;\"><em>Me he enamorado como nunca te hab\u00eda dicho y ya no puedo compartir nada contigo. <\/em>(Canci\u00f3n de Manuel Alejandro y Ana Magdalena)<\/p>\n<p>\u00a0\u201cEl hombre m\u00e1s bello es quien llega desde el lugar m\u00e1s lejano\u201d dices al verme, como si yo hubiera partido ayer, como si este encuentro no ocurriese con cuarenta a\u00f1os de separaci\u00f3n. Miro el valle y sus volcanes, casi id\u00e9nticos a los de antes, apenas cambiados por la nueva disposici\u00f3n de la ciudad. As\u00ed dices, ha- blando a este hombre viejo que regresa, magro y suspicaz en comparaci\u00f3n con tu voz jugosa y tu seguridad solar. As\u00ed hablas o as\u00ed quiero escuchar: y justamente entonces, al sonar tu voz (o al emitirla yo), mientras llego, despu\u00e9s de andar durante tantos a\u00f1os, despu\u00e9s de haber vivido afuera mil detalles imborrables; al cruzar la frontera vegetal, esta calle secundaria frente a los volcanes, yo advierto c\u00f3mo, en minutos, mi anciano cuerpo se endurece, crudo y viril, y retoma su juventud, su anterior fortaleza. Porque al o\u00edrte soy yo quien habla, mientras el paso cerca de los volcanes devuelve mi existencia al punto exacto en que la dej\u00e9 al partir, Puedo ser el m\u00e1s bello puesto que vengo del otro lado del mundo, pero t\u00fa eres el eterno, porque me conviertes en ti y contigo el cuerpo vuelve a la salud y al esplendor. Me dispongo a buscar mi casa, contigo, y paso a ser t\u00fa: el otro, de larga memoria, juvenil.<\/p>\n<p>Hace un instante, desde la propia Estaci\u00f3n Central, introduje el equipaje en un taxi a\u00e9reo, y lo remit\u00ed a mi borroso domicilio. All\u00e1 lo encontrar\u00e9. Pero, al quedar libre de incomodidades, quise ingresar a pie al centro de la ciudad, quise caminar desde la Estaci\u00f3n como de manera ritual, kil\u00f3metro tras kil\u00f3metro, deteni\u00e9ndome y asombr\u00e1ndome cada vez: al frotar la realidad con mis recuerdos. As\u00ed lograr\u00eda, pens\u00e9 yo, enamorarme de la presencia actual de la ciudad, entrar a ella con los sentidos. Dej\u00e9 detr\u00e1s la Estaci\u00f3n: vi las calles que conducir\u00edan a mi barrio; atravieso la plaza de Caranat, antes de tomar por ellas. Me detengo ante los grandes edificios que se orientan hacia el este: y la monta\u00f1a, con los volcanos laterales, ocupa el centro de la imagen. Abandon\u00e9 este lugar cuando ten\u00eda veinticinco, y regreso a \u00e9l cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s. El panorama de audaces construcciones, sorpresivas, binca algo profundo, que s\u00f3lo halla consuelo inmediato cuando percibo las seguras formas de la monta\u00f1a y los volcanes. En ellos realmente encuentro la bienvenida; por ellos reconozco que he regresado.<\/p>\n<p>Pero entonces algo ocurre desmesuradamente: los lentos pasos de hombre mayor han atravesado la plaza, y tomo ya las callejuelas de mi barrio, cuan- intuyo que el cambio inminente no pertenece \u00fanicamente a lo urbano, que invade c\u00e9lulas y huesos. Confundo la agilidad gradual de esos pasos y el vigor la sangre con la emoci\u00f3n del regreso: por volver a transitar los sitios de mi juventud. Un minuto va a establecer la diferencia entre quien llegaba y quien surge de s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>En la garganta tengo un eco, dislocado: una olvidada frase, un refr\u00e1n escuchado al azar en Szamarkand (\u201cEl hombre m\u00e1s bello es quien llega desde el lugar m\u00e1s lejano\u201d), viene a ser dicho roncamente por m\u00ed, y se convierte en tu solemne, burl\u00f3n saludo de bienvenida. T\u00fa lo recitas, lo extraes del recuerdo; me entregas sus palabras como si no hubiesen llegado hasta aqu\u00ed tra\u00eddas por mi imaginaci\u00f3n. Y es entonces, delirante, cuando en algunos rostros claves \u2014ya en mi calle familiar empiezo a hallar las pruebas de la metamorfosis, el testimo- o de mi cambio de edad.<\/p>\n<p>El taxi a\u00e9reo adelanta mi equipaje; ahora veo tiendas, nuevos edificios, gente extra\u00f1a, des\u00f3rdenes. Y en este barrio de infancia, en las caras de aqu\u00ed, tengo los primeros indicios exteriores de haber rejuvenecido: gente muy vieja me saluda, como en otras \u00e9pocas, como si nunca hubiese salido, como si volviera a tener veinticinco a\u00f1os. En el primer momento respondo con naturalidad: si ellos son mayores, tambi\u00e9n yo debo serlo. La vejez nos une. \u00bfPor qu\u00e9 no habr\u00edan de reconocerme? Nuestros tiempos fueron paralelos aunque yo estuviera lejos. Pero en seguida uno de ellos grita: \u201c\u00a1Muchacho, regresaste!\u201d y veo mis manos s\u00f3lidas, la piel untuosa. Nada me cuesta aceptar que el tiempo va a borrarse en m\u00ed. Estoy entrando al valle de los volcanes y en un momento de tal tr\u00e1nsito, la vejez se disuelve. No s\u00f3lo soy el m\u00e1s bello por venir de lugares remotos, sino por haber desobedecido al tiempo.<\/p>\n<p>La metamorfosis se inicia, y yo avanzo hacia mi casa. Todo est\u00e1 ocurriendo en un minuto: mi vida se desintegra para tornarse tuya, mi historia anterior quedar\u00e1 reducida a pocas palabras, a \u00e9sas que ya Voy dici\u00e9ndote: comienzo realmente a ser t\u00fa\u2014yo mismo, otra vez joven\u2014y lo \u00fanico que puedo ofrecerte es la f\u00e1bula en que, todav\u00eda, me reconozco: las im\u00e1genes de mi existencia. Por eso, aceleradamente, al cambiar, te hablo: intento fijar algunos hechos, zonas de la memoria, algo que desde este minuto pertenece a ti, y que habiendo sido m\u00edo no quiero dispersar en el olvido. Te hablo, al cambiar, mientras a\u00fan tengo ocasi\u00f3n de decirme: un hombre desigual huy\u00f3 desde los volcanes de Caranat hacia el mundo incontable; ha vivido m\u00e1s de sesenta a\u00f1os y, como en el dibujo misterioso de una c\u00fapula de Szamarkand, vuelve a ser joven cuando toca la tierra de su infancia. No importa lo que su atomizado cuerpo haya de sentir: postergables ser\u00e1n el placer, la obnubilada visualidad del v\u00e9rtigo; desvirtuado el doloroso renacimiento; no importa, en fin, lo que esto signifique: s\u00f3lo interesa para \u00e9l la comparaci\u00f3n. Quiz\u00e1 siempre supo que suceder\u00eda cuanto ahora ocurre, y por ello volvi\u00f3. Quiz\u00e1 imagina que es joven para pensar una vez m\u00e1s su fracaso y sus triunfos.<\/p>\n<p>Si tuviera que contar esa historia (aunque ya t\u00fa la conoces, aunque algo me hace temer que la olvides), adelantar\u00eda con las primeras frases el punto menos cre\u00edble: la transfiguraci\u00f3n, el cambio de edad. Adelantar\u00eda ese detalle \u2014el m\u00e1s sorprendente\u2014 para que toda la narraci\u00f3n perdiera inter\u00e9s. Nadie, excepto yo mismo, podr\u00eda seguir un argumento cuyo desenlace ya conoce: el maravilloso accidente que devuelve a un hombre hacia su juventud. Accidente que tambi\u00e9n terminar\u00eda por carecer de suspenso: ocurre, y en nada cambia el pensamiento del protagonista; ocurre, y \u00e9l s\u00f3lo acierta a frotar entre s\u00ed las fases de su existencia, como en un tratado de multiplicidades o como en los viejos secretos para la memoria labrados por Giordano Bruno. Pero es innecesario contar: me extraviar\u00eda al hacerlo. Fui el viejo, el doble; no me importa el cambio sino la causa que lo produjo: el filo donde una forma ps\u00edquica se funde a otra, donde ambas se oponen (o se igualan) con tal intensidad, que alteran lo transcurrido, la fricci\u00f3n. \u00bfVen\u00eda yo tan feliz en aquel momento para que el dolor del otro produjera el rel\u00e1mpago? \u00bfO era la desolaci\u00f3n de esta madurez cuanto deb\u00eda ser destruido por m\u00ed mismo, joven? \u00bfDebi\u00f3 ser \u00fanicamente un fen\u00f3meno de afectividades o mi culto a la inteligencia? \u00bfC\u00f3mo explorar el secreto? Oy\u00e9ndome. \u00bfOy\u00e9ndome?<\/p>\n<p>A\u00fan dura ese desconcertante minuto del cambio. Y bajo esta vertiginosa inmovilidad, levanto el rostro, veo c\u00f3mo desde el este, al atravesar las m\u00e1s audaces v\u00edas de tr\u00e1nsito, aparece como un cuerpo a punto de temblar: se eleva, irregular, sobre edificaciones y veh\u00edculos. Sus primeros estratos son simplemente verdes: zonas de matices, hojas intraducibles, y caminos delgados. M\u00e1s alto, \u00f3rdenes del violeta; nieblas. Se intuye que all\u00ed habitan serpientes y dudosas especies de insectos, pero su quietud impone \u00e1nimos serenos, indicaciones de reflexi\u00f3n que la gente no se atreve a escuchar. M\u00e1s arriba, un fragmento de seno toca las nubes. El sol levanta ese pico y a la vez lanza el poder del cerro hacia el valle. Es la gran monta\u00f1a, la m\u00e1s amada. Su sensualidad severa no invade \u00fanicamente los ojos, tambi\u00e9n penetra la piel, los vientres. Por las noches atraviesa el cielo, con una velocidad de beso. Es la primera, en mi colecci\u00f3n de monta\u00f1as. Es la de aqu\u00ed, la del regreso. Cuando detuve, en la Estaci\u00f3n, al taxi y lo remit\u00ed con la direcci\u00f3n de mi casa (poco antes de que t\u00fa saludaras con el hermoso refr\u00e1n: \u201cEl hombre m\u00e1s bello es quien llega&#8230;\u201d) y cuando inici\u00e9 la caminata de1 cambio, fue para sentir la monta\u00f1a en mi garganta, para probar el delicado y pero sabor de sus colores: para beberla desde lejos. Hab\u00eda sido mi primera monta\u00f1a, y cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s la ve\u00eda, repetible, de nuevo. El imposible acto de la imaginaci\u00f3n encontraba en ella su r\u00e9plica. Casi llor\u00e9. Antes, aqu\u00ed, la conceb\u00ed como \u00fanica: porque para un hombre joven toda forma es exclusiva. Am\u00e9 en ella su serenidad y sus pliegues; su potencia para el ensue\u00f1o sobre una edad desastrosa. Ella era tu nave hacia el cielo, de azul estable y divino. Esta monta\u00f1a pertenec\u00eda a ti, a quien vuelves a ser: es tu piedra dom\u00e9stica, segura. En cambio lo suyo, para m\u00ed, fue su forma. La traslad\u00e9 a otros caminos, a otras lenguas. So\u00f1\u00e9 con sus \u00e1ngulos bajo borracheras de licores desconocidos. Y vi\u00e9ndola ser ella en aquellas im\u00e1genes, supe que cada vez resultaba distinta: y que 1a monta\u00f1a s\u00f3lo existe por las otras: todas en la misma: formas del tri\u00e1ngulo, v\u00ednculo de la tierra y el sol, escala para la mente y el sexo. Ahora, deslumbrado, comprend\u00eda que los grandes montes giraron conmigo por aquellos lugares, para serme de nuevo al cerro m\u00edo. En el Guayamur\u00ed, el Volc\u00e1n de Agua o el Ararat se encierran una aspiraci\u00f3n y una duda del esp\u00edritu: o la fuerza de la tierra: y todos est\u00e1n conmigo aqu\u00ed, amada monta\u00f1a de Caranat. Saberlo, haber entendido hoy c\u00f3mo una visi\u00f3n se ajusta a las otras, quiz\u00e1 tenga que ver con mi metamorfosis. La monta\u00f1a soy yo, y ella no se alter\u00f3 durante esta ausencia; volvemos a ser los mismos. Mis volcanes, alrededor, callan y duermen; la monta\u00f1a habla con su frescura y su piel de humo traduce mi vida.<\/p>\n<p>Cuanto <em>una<\/em> monta\u00f1a pueda decir (colores, agudeza, misterios zool\u00f3gicos) pertenece a ti; yo, aunque estoy volviendo a \u00e9sta, ya no logro detenerme en una sola: el multiplicador lenguaje de los montes esconde el c\u00f3digo de mi propia vida: desde la enga\u00f1osa concreci\u00f3n con que miraba a los veinte a\u00f1os, pasando por las urdimbres herm\u00e9ticas que cre\u00ed encontrar a los cincuenta, hasta el vac\u00edo que intuyo en la tierra hoy, ya envejecido. Ir\u00e9 mostr\u00e1ndolas una a una: para cada pir\u00e1mide natural tendr\u00e9 un rostro, y te lo dar\u00e9. Tambi\u00e9n tendr\u00e9 un viaje o alg\u00fan concepto. No s\u00e9 qu\u00e9 me dar\u00e1s t\u00fa, muchacho, que dejaste disolver tu imagen de los veinticinco a\u00f1os, durante d\u00e9cadas de inexistencia, hasta encontrarnos ahora. No s\u00e9 qu\u00e9 me dar\u00e1s a cambio de mis monta\u00f1as y mis dudas.<\/p>\n<p>Traigo entonces para ti (o para ambos), la forma de una monta\u00f1a: \u00e9sta que de nuevo acabo de encontrar, y tambi\u00e9n algunos volcanes, otros montes. Quisiera situarlos, darles sus nombres y los de aquellos seres a quienes se unen. As\u00ed podr\u00eda decirte: Tcharentz y el Ararat; Harry y todos los cerros. Debo apresurarme: no s\u00e9 si dispongo de toda tu vida para contarlo, para escucharme. Rehago, entonces, cada paso con f\u00e9rrea ilaci\u00f3n: y en vez de monta\u00f1as \u2014pero con ellas\u2014 traigo, para ti que me desconoces desde los veinticinco a\u00f1os, la extra\u00f1a comunicaci\u00f3n (\u00bfm\u00f3rbida?) entre Janneke, desde Den Haag, y Dorotea, en una aldea de Am\u00e9rica. Isidra, el doctor Dom\u00ednguez, la guerra. No quiero adelantar nombres, y ya lo he hecho.<\/p>\n<p>Al comienzo hubo una verdadera raz\u00f3n para mi viaje, para salir de aqu\u00ed: Nefer, su riesgosa (por obsesiva) presencia; mi amor confiado y su alejamiento. El primer derrumbe. Despu\u00e9s cre\u00ed que solamente quer\u00eda ganar dinero: la b\u00fasqueda de empleos sucesivos afirmaba tal intenci\u00f3n. Pero, \u00bfpor qu\u00e9 no duraba en ninguno de ellos? \u00bfPor qu\u00e9 gastaba inmediatamente el salario en cosas, in\u00fatiles para los dem\u00e1s? \u00bfPor qu\u00e9 no insist\u00eda en las intrigas habituales de mis compa\u00f1eros, para escalar confianzas y ganar m\u00e1s y dirigir despu\u00e9s esas empresas? Ten\u00eda veinticinco a\u00f1os, abandonaba Caranat y mi pa\u00eds: era l\u00f3gico que quisiera asentarme, ahorrar: pero no fue as\u00ed. De un cargo a otro, oscuramente, pas\u00e9 a extra\u00f1as nociones de soledad. Mucho tiempo tard\u00e9 en admitir que no era el dinero mi objetivo. Los empleos pod\u00edan servir para vivir con comodidad, y nada m\u00e1s. Fue lentamente como adivin\u00e9 que tantas confusiones y retrasos sobre m\u00ed mismo escond\u00edan otras br\u00fajulas, el peso casi doloroso de entender. La tortuosa ausencia de Nefer s\u00f3lo pod\u00eda ser llenada con una insaciable necesidad de explicaciones: sobre ella, sobre cada hecho. Si me desplazaba, si quer\u00eda consumir simult\u00e1neamente cada noche en diversos sitios y con distintas personas, era porque el llamado de la realidad se impon\u00eda con singular poder. Cre\u00ed que a todos ocurr\u00eda igual. Pero cuando vi casarse a mis amigos, cuando not\u00e9 c\u00f3mo todos tend\u00edan a fijarse en cualquier grupo \u2014matrimonio, oficinas, partidos pol\u00edticos\u2014 acept\u00e9 con cierto horror que yo estaba obsesionado por ser transitorio, por aspirar a todas las incertidumbres. Ahora reconozco que mi maldici\u00f3n ten\u00eda un nombre: el impulso de entender. \u00danicamente la m\u00e1s intensa c\u00f3pula ha sido comparable \u2014para m\u00ed\u2014 con las milagrosas escalinatas del pensamiento. Saber: all\u00ed resid\u00eda el peso que me arrastraba de un ser al nuevo, de un sabor a otro, de un continente a inesperadas oscuridades geogr\u00e1ficas. Y en esa bruma alucinante de la movilidad, las monta\u00f1as aparec\u00edan para llevarme al recuerdo de este monte dejado atr\u00e1s, y para celebrar su rito estable entre la tierra y los cielos.<\/p>\n<blockquote><p>\u00bbAlrededor del mundo, como el Ararat no ver\u00e1s m\u00e1s blanca cima&#8230; \u00bb<\/p><\/blockquote>\n<p>Como hab\u00eda le\u00eddo en un olvidado poeta, las monta\u00f1as eran cuerpos an\u00e1logos que no pod\u00edan revelar (sino a seres insistentes) sus mil formas, sus enlaces abruptos.<\/p>\n<p>Digo serran\u00edas, elevaciones de esmeralda y lim\u00f3n; sin embargo, Dorotea no vive realmente en la monta\u00f1a de Dawaschuwa sino en la costa. Un litoral algo \u00e1spero, pero recogido cada tantos kil\u00f3metros en peque\u00f1os bosques, nutridos de verde enceguecedor. En uno de ellos Dorotea cumpli\u00f3 su vida, y cualquiera hubiese jurado que se quedar\u00eda para siempre all\u00ed, si no hubieran llegado hasta esa mujer los indicios de la ciudad.<\/p>\n<p>Yo ten\u00eda cuatro a\u00f1os de errancia, cuando conoc\u00ed a Dorotea. Durante ese lapso hab\u00eda afinado mis destrezas profesionales. Atr\u00e1s quedaban (o en el futuro: contigo) mi grado universitario, las expectativas familiares por un ascenso econ\u00f3mico inmediato, ciertas esperanzas acad\u00e9micas por mi destino como nuevo bi\u00f3logo, tantas cosas. Atr\u00e1s quedaba el mar Caribe, dentro de sus m\u00e1s quemantes l\u00edmites; hab\u00eda quedado Caranat.<\/p>\n<p>El viaje me llevaba hacia el norte. Al abandonar mi ciudad hice jornadas en buses, en camiones y en peque\u00f1os aviones que se deten\u00edan cada momento al ver un poblado. Har\u00e9 obvias mis dificultades de pasaportes y visas. Ven\u00eda de un pa\u00eds desorbitado por el petr\u00f3leo, y f\u00e1cilmente era recibido como un eficaz consumidor del tesoro de mi patria. De ayudante en un hospital (en una peque\u00f1a ciudad fresca, casi un juguete) pas\u00e9 a otra naci\u00f3n, como laboratorista, Aqu\u00ed, en Jawaschuwa, la capital, la temperatura es variable, y dos oc\u00e9anos horadan las tierras, al este y al oeste, Junto a calores asfixiantes, comprob\u00e9 per\u00edodos de viento y lluvia fr\u00eda. En Dawaschuwa (tan diferente de Caranat, nuestra ciudad modern\u00edsima: donde las avenidas y los edificios son abatidos por el capricho de los gobernantes y del comercio; donde el vidrio y los lujos arquitect\u00f3nicos adquieren fr\u00e1giles rasgos siderales que esconden basura y desolaci\u00f3n) la dulzura de su ente me decidi\u00f3: quise permanecer mucho tiempo. Era abril de 1969, hab\u00eda una claridad florida y la ciudad entera parec\u00eda palpitar en su plaza central. Tom\u00e9 como h\u00e1bito sentarme en ella despu\u00e9s del trabajo, solo o con amigos. Y tomar unas cervezas, en la esquina m\u00e1s pr\u00f3xima. Haberme graduado de biolog\u00eda en la antigua Universidad de Caranat conduc\u00eda, despu\u00e9s del desastre con Nefer, despu\u00e9s de mil sue\u00f1os como futuro investigador, a este empleo regular, obtenido en mis andanzas, dentro de los Laboratorios Poche. El h\u00e1bito de las cervezas en la esquina de la plaza complementaba mis horarios de trabajo. Nada hab\u00eda en este \u00e1mbito popular que yo no conociera. Pero un mediod\u00eda, desde los arcos del templo, mientras caminaba a almorzar, vi, realmente vi por primera vez, la dulce calle que se perd\u00eda frente a m\u00ed, por el extremo izquierdo de la plaza. Y vi tambi\u00e9n el sereno y s\u00f3lido dise\u00f1o del Palacio de los Capitanes, con el fondo reverberante del Volc\u00e1n de Agua. Yo estaba tras un arco de piedra; el sol devoraba las ojivas del palacio y la ciudad entera refulg\u00eda al pie del gran volc\u00e1n, amoroso y terrible en su iluminada calma. Algo se estaba revelando: pens\u00e9 en mi Caranat natal, en su perdida monta\u00f1a; mis recuerdos trepaban agobiando y vitalizando al cuerpo. Los dos sitios eran el mismo, a trav\u00e9s de m\u00ed. El gran volc\u00e1n tambi\u00e9n se inclinaba con quieta sensualidad e iba a dar un destello de su pasado, cuando por la interminable l\u00ednea de la calle, vi aparecer a Dorotea.<\/p>\n<p>Tres o cuatro pa\u00edses hab\u00eda atravesado yo, desde el m\u00edo, desde las cordilleras ce\u00f1idas por el Caribe, y en ninguno pude sentir la personalidad terrena de aqu\u00ed. Vuelvo a pensar en Giordano Bruno, en claves de la memoria que me llevar\u00edan a Orfeo, para entender la percusi\u00f3n de un sentido corporal en otro, de un estrato visual en las piedras, de un cielo en las integraciones mentales: la percusi\u00f3n de un v\u00ednculo que une muerte y aire, oscuridad y carne vegetal: las monta\u00f1as. Ten\u00eda pocos d\u00edas aqu\u00ed, despu\u00e9s de cuatro a\u00f1os fuera de Caranat, en esta peque\u00f1a capital, trabajando rutinariamente en un laboratorio, pero ya sab\u00eda su arriesgada historia: sus fundaciones y traslados desde 1524, la concesi\u00f3n de su escudo de armas y la pomposa creaci\u00f3n de su Universidad, siglos atr\u00e1s. Hab\u00eda conversado con algunos m\u00e9dicos del hospital sobre los recurrentes terremotos. Volv\u00eda a enamorarme de la simetr\u00eda de las calles, ya conocida en ciudades precedentes, de estilo tan diferente al caos (t\u00faneles, autopistas, callejas torcidas) visto en Caranat. Gustaba de nuevo la escala habitual de las construcciones y las voces de la gente, el brillo de la atm\u00f3sfera. En las zonas m\u00e1s antiguas, aqu\u00ed, el siglo XVI se filtra con lenta suavidad. Hay una curiosa unidad en el car\u00e1cter de la arquitectura espa\u00f1ola que, al levantarse, cede: las iglesias se organizan con el ritmo de los suelos, de las calles, con el fondo de vegetaciones. Cuesta leer en esta aura de serenidad la suspicacia del imperio: cada b\u00f3veda y cada cruz exterminaban un rito quich\u00e9 o el rec\u00f3ndito lenguaje de los Waika. Ciudad antigua: borde del ser: tejido del tiempo: porque cuando se arriba a su centro no s\u00f3lo toca uno cierto detalle de 1700: se est\u00e1 en el siglo XV. Aqu\u00ed duele la felicidad de mirar. Como hubiese gustado pensar a un novelista de excesos enunciativos, Carpentier, aqu\u00ed florece el barroco: preservado por los terremotos, conservado a medias, pero intacto en su complejidad: el desconcierto de Espa\u00f1a ante la voracidad visual del nuevo continente. Repito con el poeta Jos\u00e9 Mart\u00ed:<\/p>\n<blockquote><p>\u00bbSe va a la Antigua pisando flores. Se viene de la Antigua brindando vida. \u00bb<\/p><\/blockquote>\n<p>Aqu\u00ed vi aparecer a Dorotea; nada de cuanto acababa de pensar sobre la historia de la ciudad, el barroco y los terremotos ten\u00eda esa vez (\u00bfni tendr\u00eda jam\u00e1s?) que ver con ella; pero tales asociaciones surgieron al detenerme en su silueta, que llegaba por la calle larga. Despu\u00e9s entender\u00eda que de esa manera organizaba o su aparici\u00f3n, porque con ella alg\u00fan hilo quedaba tendido. Harry y Dorotea. En todo caso, lo que percib\u00ed parec\u00eda, aunque extra\u00f1o, insignificante: inm\u00f3vil, recostada contra el bajo cerco de la plaza, bajo la figurable luz del mediod\u00eda, estaba una mujer que acababa de recorrer la prolongada calle lateral. Pod\u00eda tener setenta a\u00f1os y un l\u00f3gico rostro aindiado o de c\u00f3mplices y remotos mestizajes. Ven\u00eda envuelta en un pa\u00f1ol\u00f3n azul verdoso e intenso. Su talla, su porte, guardaban la naturalidad ancestral obligatoria en aquella zona de legendarias tribus ind\u00edgenas. Pero aunque hac\u00eda sentir su costumbre de ubicarse en ese sitio de la ciudad, aunque deb\u00eda tener la soltura necesaria para hacer negocios y compras en esa \u00e1rea, algo suyo molestaba el contorno sobrio y cl\u00e1sico de la plaza. Desde los p\u00f3mulos agrietados hasta la posici\u00f3n de los pies, un impulso parec\u00eda querer moverla r\u00e1pidamente. No obstante, permanec\u00eda fija. Tal dureza en su actitud debe ser la causa que produce su casi doloroso efecto de fuga. Despu\u00e9s de cuatro a\u00f1os de andanzas, dos semanas aqu\u00ed no me aseguran confiabilidad alguna para tan fuerte apreciaci\u00f3n sobre la vieja. Pero \u2014como lo he sabido siempre\u2014 cuando cualquier nudo con el azar resuena m\u00e1s all\u00e1 de lo estimable, debo atender con especial cuidado. Y eso estaba ocurriendo ahora, tal como antes hab\u00eda sucedido (\u00bfo te ocurrir\u00e1 a ti, dentro de muchos a\u00f1os?) con la \u00faltima noche de Nefer, mientras t\u00fa ignorabas que ya no habr\u00eda otra oportunidad. Tambi\u00e9n es verdad que, como hago siempre, no quise prolongar ese primer contacto desusual, Si Dorotea significaba algo realmente, el engranaje se reanudar\u00eda. Y camin\u00e9 por la acera inmensa de arcos, mirando a lo lejos el dorado volc\u00e1n del mediod\u00eda, tratando de borrar \u00a0la humild\u00edsima, un tanto sucia y descuidada figura de la mujer en la plaza. Ella no me mir\u00f3. Esperaba, dentro y fuera de s\u00ed misma, con cierto asco por estar en aquel lugar tan visible, tan agitado.<\/p>\n<p>En seguida pregunt\u00e9 a los amigos, en el restaurant, sobre esa posible presencia. Alguien respondi\u00f3 que en todos los lugares de la capital hay campesinos, vendedores, que llegan desde pueblos remotos, Son sucios, silenciosos y primitivos y hablan olvidados dialectos de siglos ind\u00edgenas.<\/p>\n<p>Mi pa\u00eds, con sus ciudades absolutamente actuales, carece de inclinaci\u00f3n hist\u00f3rica, de culto por la memoria y de exploraciones hacia el pasado. Su existencia resume una l\u00ednea siempre inici\u00e1ndose. Cualquiera, all\u00ed, tendr\u00eda verg\u00fcenza \u00a0por no ser joven o por recordar. As\u00ed se ha realizado su evoluci\u00f3n, su pedagog\u00eda y sus proyectos. Los gobiernos, dominados por imitaciones, acent\u00faan tal tendencia a lo inicial, a lo fragmentario, para traicionar as\u00ed todo intento de continuidad mental. Muy joven (estando a\u00fan en Caranat, al inicio de mi amor por Nefer), y de alg\u00fan modo orientado por gente que fue sacrificada o que muri\u00f3 en el exilio, advert\u00ed ese rasgo muestro, y quise oponerme. Desconoc\u00eda las fragilidades pol\u00edticas: me dediqu\u00e9 a reconocer las cargas de los mitos y de las religiones antiguas. Nosotros carec\u00edamos de un pasado prehisp\u00e1nico monumental (como hab\u00eda ocurrido en M\u00e9xico o en el Per\u00fa): o hab\u00edamos borrado las huellas de alguna modesta tradici\u00f3n en este sentido. Yo no ten\u00eda dioses, rituales o arquetipos para reconocerme. Pose\u00eda un vago rostro, como mi pa\u00eds. Me inclin\u00e9, entonces, sobre las cosmogon\u00edas griegas. Me dej\u00e9 enga\u00f1ar por im\u00e1genes de esculturas, tersas y vibrantes: por la belleza inexorable de aventuras y destinos. Mucho despu\u00e9s comenc\u00e9 a ver que el triunfo y la celebraci\u00f3n ocupaban peque\u00f1\u00edsimos lugares en aquellas conductas. El horror, el dolor, arrasaban con las m\u00e1s preciosas apariciones: el sexo y sus tab\u00faes, los odios y el castigo; las familias enemigas, los adolescentes y el poder, constitu\u00edan el verdadero fondo de tanto esplendor. Mucho m\u00e1s tarde comenzar\u00eda a reconocer en cada mito la expresi\u00f3n de un sentimiento, de una emoci\u00f3n. Todo fragmento de las leyendas cubr\u00eda un impulso, una decisi\u00f3n humana: los dioses eran m\u00e1scaras de los hombres: tanto en la Grecia milenaria como hoy. Sus conflictos, sus torpezas y violencias, segu\u00edan actuando entre nosotros, El mito era la continuidad de los gestos. Desolado, me apart\u00e9 temeroso de aquello que la mitolog\u00eda pod\u00eda revelar dentro de la gente inmediata y querida. Querer amar y viajar, como lo planificaba entonces, resultaba ya, quiz\u00e1, una manera falsamente m\u00eda de ser yo. Ten\u00eda a Nefer: y descubrir que al amarla o al realizar mi decisi\u00f3n m\u00e1s \u00edntima ya estaba \u2014seg\u00fan los mitos\u2014 repitiendo algo, me aterroriz\u00f3, produjo una extra\u00f1a amenaza: y cerr\u00e9 esos libros: no quer\u00eda saber nada de m\u00ed mediante aquellas escenas tan antiguas.<\/p>\n<p>Olvid\u00e9, desde luego, tal aprensi\u00f3n; aunque despu\u00e9s, contra mi voluntad, viajaba hacia el norte, hacia aqu\u00ed. Ahora estoy en Dawaschuwa, he intuido la rec\u00f3ndita fuerza de Dorotea y, sin darme cuenta, volv\u00ed a un gran libro sagrado: el de esta naci\u00f3n. Consult\u00e9 las numerosas versiones y traducciones extra\u00eddas de la lengua ind\u00edgena original. Revis\u00e9 los estudios de especialistas, las ambig\u00fcedades. A diferencia del mundo griego, encontr\u00e9 un universo m\u00e1s directo, cruel \u00a0sensual, con sonoros nombres que a\u00fan se repiten en los habitantes de aqu\u00ed. Comprend\u00ed la exaltaci\u00f3n a la serpiente y al ma\u00edz; la riqueza iconogr\u00e1fica del p\u00e1jaro divino. Y un d\u00eda reserv\u00e9 el boleto (\u00bfpor qu\u00e9 cambiar el h\u00e1bito de perder mi sueldo in\u00fatilmente?) en un peque\u00f1o avi\u00f3n, para visitar los lugares cantados en el libro sagrado, para comparar la selva, los templos y las pir\u00e1mides, entrevistos ya en el ac\u00fastico texto quich\u00e9.<\/p>\n<p>La noche anterior al vuelo (una excursi\u00f3n de dos d\u00edas, tur\u00edstica y guiada en ingl\u00e9s, porque los j\u00f3venes gu\u00edas se negaban a hablar espa\u00f1ol) me dije: \u201cMa\u00f1ana, finalmente, cumplir\u00e9 el deseo y el sue\u00f1o. Ser\u00e9 el deseo y el sue\u00f1o del deseo: visitar\u00e9 Ukkbar\u201d. Quiz\u00e1 pensaba en que la aventura ser\u00eda tan grande, que por ello no ocurrir\u00eda; o que el avioncito se precipitar\u00eda contra las faldas del volc\u00e1n. El tiempo transcurrido desde entonces impide reconocer el sentido de aquel pensamiento.<\/p>\n<p>Dorm\u00ed mal, ansiando el amanecer. A las cinco estaba en pie. Quise tomar caf\u00e9, y no encontraba lugares abiertos. Camin\u00e9 entonces por las calles solitarias, hacia un peque\u00f1o parque, la plaza de la Concordia. Frente al cine Tikal (nunca visto hasta ese momento: anuncia un din\u00e1mico estreno yanqui), rodeada por hombres viejos, una anciana vende caf\u00e9. Lo extrae r\u00e1pidamente de una vasija roja, cuya boca vuelve a cubrir en seguida con un trapo, para impedir que se enfr\u00ede. La ma\u00f1ana est\u00e1 helada; extiendo el pago y algo m\u00e1s, pero la anciana no quiere aceptar el dinero restante. Al regresar hacia la Agencia, donde un bus deber\u00eda esperarme, casi atropello en un sendero del parque la figura embozada de una mujer. Iba tambi\u00e9n en busca de caf\u00e9, con paso olvidado y seguridad animal. Deslumbrado, comprend\u00ed que era Dorotea, aquella mujer a quien vi antes en la plaza principal, cuando reci\u00e9n llegaba yo a Dawaschuwa. Deb\u00ed quedarme, hablarle; conocer sobre su trabajo y sus visitas a la ciudad. Pero el bus ya me esperaba y no pod\u00eda renunciar al viaje. \u00bfHab\u00eda pasado un mes desde mi primer encuentro con ella?<\/p>\n<p>Fue agradable el recorrido, con turistas de diversos lenguajes, hacia el aeropuerto. S\u00f3lo yo hablaba espa\u00f1ol con la muchacha que conduc\u00eda el veh\u00edculo. Tal como lo prev\u00ed, un peque\u00f1o avi\u00f3n, de h\u00e9lices oxidadas, manso, nos otorg\u00f3 el cielo. Caf\u00e9 de nuevo, con sol. Los valles, la lejana silueta del volc\u00e1n; despu\u00e9s, debajo s\u00f3lo algod\u00f3n y verdor, Exactamente una hora m\u00e1s tarde, el avi\u00f3n se inclin\u00f3 con gracia hacia la derecha: y vi, sacudido por una emoci\u00f3n distinta, c\u00f3mo asomaba dentro de la selva un cuerpo encantado: el m\u00faltiple penacho de la piedra, las incre\u00edbles flores de la roca convertida en blancura: Ukkbar.<\/p>\n<p>La estrecha pista de aterrizaje puede asustar: es un camino m\u00e1s. Y las oficinas de recepci\u00f3n (amarillas, endebles) acogen a pesar de su peque\u00f1ez. Calor, acorde con el gu\u00eda moreno y mecanizado (aunque discreto) que me correspondi\u00f3. Pronto comenz\u00f3 a comentar cada detalle de lo que ve\u00edamos, con tal rigor autom\u00e1tico, que escap\u00e9 de su amable dominio. Ahora solo, fui entrando lentamente a la riqueza sensorial de las estelas, de los altares, templos y calzadas. Siglos de voluntades me conduc\u00edan; humo de pies perdidos sobre estas piedras iba envolviendo al sol. Cuando llegu\u00e9 a la Plaza Mayor, estaba preparado: ninguna cualidad intelectual puede ahora revestir de vida ese lenguaje de piedra. Todo es excesivo, pero no permite ser comentado. Quer\u00eda imaginar (mientras sub\u00eda al templo del Jaguar) c\u00f3mo habr\u00edan ascendido con seguridad y elegancia los sacerdotes por estos escalones, en medio del v\u00e9rtigo y la revelaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Desde el dintel de madera del gran templo, admir\u00e9 los otros, sumergidos dentro del follaje y continuando su invisible l\u00ednea de lucidez. Debajo, las acr\u00f3polis: el trazado de los bordes, las estelas. Pens\u00e9, tambi\u00e9n, en mis amigos del Laboratorio: modernos y hasta cultos, pero desinteresados por completo del conjunto enigm\u00e1tico que ten\u00edan tan cerca, disponible para ellos durante toda su vida. \u00bfMe hubiera ocurrido igual, si yo hubiese nacido aqu\u00ed: habr\u00eda sido tan neutro ante estos espejismos rocosos? Nada cont\u00e9, por lo tanto, en las nuevas reuniones del bar pr\u00f3ximo a la plaza principal de Dawaschuwa: y con las conversaciones previsibles de los amigos me entregu\u00e9 al olvido exterior de estas ruinas. Durante una de esas charlas (o para ser exacto: poco antes de que llegaran mis compa\u00f1eros: yo estaba solo, tranquilo, distra\u00eddo) establec\u00ed contacto con Dorotea. Ya no recuerdo c\u00f3mo ocurri\u00f3. Quiz\u00e1 ella pasaba por la acera o estaba parada en la puerta del bar, o nos miramos. Despu\u00e9s de haber presentido los hermetismos de Ukkbar, muchas otras cosas de la realidad se hab\u00edan vaciado de misterios: por eso, la mujer que me inquiet\u00f3 un d\u00eda, aparec\u00eda ahora con toda simplicidad. La abord\u00e9, como a cualquiera, Respondi\u00f3, creo, con simpat\u00eda y sobriedad; una mirada arcaica, unos gestos inocentes, lejanos, de vieja olvidada por todos.<\/p>\n<p>Y as\u00ed, con insospechada sencillez, fui conversando con ella, vi\u00e9ndola aparecer cada tantos d\u00edas. Viv\u00eda, en efecto, lejos de la capital, a cuatro horas de distancia, en algo como un poblado: casas dispersas entre montes, muy lejanas unas de otras; bajo gigantescos \u00e1rboles h\u00famedos. Pose\u00eda una familia numerosa (o as\u00ed me pareci\u00f3 durante la primera visita). Ella ven\u00eda a vender sacos de frutas, con alguno de sus hijos. Madrugaban y regresaban antes del atardecer a su aldea. Nuestra curiosa amistad de monos\u00edlabos, de medicinas obsequiadas por m\u00ed, tuvo un nudo y un sello: cuando descubr\u00ed que tambi\u00e9n ella hab\u00eda llegado hasta aqu\u00ed, desde mi pa\u00eds. A\u00f1os antes huy\u00f3 con sus padres y su marido desde Caranat. Con singular sorpresa capt\u00e9 ese parpadeo del destino: la que pod\u00eda ser una aut\u00f3ctona mujer de estas tierras, ven\u00eda de mi ciudad, de un mundo que yo hab\u00eda intentado borrar.<\/p>\n<p>Al saber mutuamente ese origen, nos re\u00edmos mucho. Ella se entreg\u00f3 como madre o abuela, y me invit\u00f3 a su rancho. Fui en autob\u00fas (m\u00e1s tarde comprar\u00eda la vieja pick-up de segunda mano), alegremente. Chu\u00edto, Domingo, Cucha y seis nombres m\u00e1s, junto a su marido, eran la estricta familia de Dorotea. Sus hijos, algunos bastante mayores y otros muy j\u00f3venes. Pero alrededor de este primer c\u00edrculo consangu\u00edneo, la mujer guardaba otro: sus padres, los familiares de su marido y los hombres de sus hijas, de sus sobrinas. Una prol\u00edfica hermandad, ambigua, variada. \u00bfCu\u00e1ntos eran en total? Y a\u00fan hab\u00eda alguien m\u00e1s: Harry, un muchacho de diecisiete a\u00f1os, nieto predilecto de Dorotea.<\/p>\n<p>En el gran terreno cercano al mar, f\u00e1cilmente se notaba que la casa de Dorotea (muy peque\u00f1a, hecha con barro de hermoso color antiguo) fue la primera. A su alrededor, las nuevas parejas hab\u00edan creado otros ranchos, otros fogones. Lentamente comprend\u00ed sus c\u00edrculos ancestrales: Dorotea en el n\u00facleo \u2014social, hist\u00f3rico, laboral\u2014 y cada descendiente o cada reci\u00e9n llegado (hombres de las hijas, mujeres de sus muchachos) dispuestos en escalones \u2014de autoridad, de deberes\u2014 hacia lo exterior: como las casas. En todos advert\u00ed un olor caracter\u00edstico (nefasto, pero seductor: un olor a habitaci\u00f3n cerrada, a fiemo, a axila) y el mismo tono en la piel y en las ropas. Aunque se vistieran con cosas nuevas y limpias \u2014como el d\u00eda de mi primera visita\u2014 nada cambiaba: una imagen poderosa los cobijaba, con su neutra atm\u00f3sfera, fuera de tiempo. Sin embargo, eran alegres, solidarios; cargados de brusquedad en sus bromas y sus inquietudes. Todos como ni\u00f1os. Nunca logr\u00e9 descifrar por qu\u00e9 viv\u00edan en este pa\u00eds, por qu\u00e9 hab\u00edan emigrado, qu\u00e9 recurso at\u00e1vico movi\u00f3 la realidad para arrancarlos desde alg\u00fan barrio de mi ciudad y traerlos a esta naci\u00f3n.<\/p>\n<p>All\u00e1 en Caranat, en mi propio mundo al pie de la gran monta\u00f1a, en alguna de esas grietas que las autopistas abren por Catia, deb\u00eda existir un barranco (\u00e1cido, oscuro, pobr\u00edsimo) donde ellos habr\u00edan nacido. Ellos: Dorotea, sus padres; y Harry. Este supe luego\u2014acababa de llegar cuando los visit\u00e9. A\u00f1ad\u00eda a la invisible capa sucia de su piel, entonaciones, vocablos que a\u00fan pertenec\u00edan a Caranat, \u00bfFue por ese eco oral que lo distingu\u00ed entre todos? Hab\u00eda olvidado modismos y refranes que Harry usaba a cada instante: palabras m\u00edas, de mi propia infancia, en sus labios.<\/p>\n<p>Con cierto terror acced\u00ed a tomar el almuerzo con ellos. Lo hab\u00edan preparado ante m\u00ed, con despliegue de limpieza. Pero el hedor de la gente persist\u00eda, y en el agua del sancocho (tra\u00edda de un tambor viejo) vi moverse larvas, que ellos ni siquiera advirtieron, porque a diario beben el l\u00edquido de all\u00ed.<\/p>\n<p>Era un domingo extra\u00f1o. Aunque nunca me aburr\u00eda en esta patria adoptiva, a veces algo sacud\u00eda mi decisi\u00f3n de equilibrio: un sabor en la garganta, un rugoso vac\u00edo, cierta dolorosa abstracci\u00f3n que debilitaban las lecturas, el pensamiento o mi propio trabajo. A nadie confes\u00e9 tales transitorios momentos ciegos. As\u00ed, aunque nunca estaba realmente fastidiado, algo suger\u00eda a veces cierta posibilidad de cansancio, de hiriente potencialidad: como si yo estuviera dispuesto a recordar algo perdido o a temer una soledad indeseada. Fue curioso c\u00f3mo sent\u00ed \u2014con Dorotea y su familia\u2014una estimulante compa\u00f1\u00eda: aquel primer domingo supe que podr\u00eda quedarme con ellos, vencer mi olfato y la dificultad para comer con naturalidad, y permanecer en ese rito de relaciones muy primarias, juguetonas, dobles.<\/p>\n<p>Tom\u00e9 el autob\u00fas de la tarde. Esa noche, en la Plaza Mayor, cont\u00e9 a mis amigos el encuentro final con Dorotea, sus peculiaridades: y su origen. Lo celebramos. Antes de dormir, camin\u00e9 solo por la plaza. Cre\u00ed verla en una esquina, como una violenta mancha verde, en la oscuridad.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-balza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Balza A Lyda Zacklin Iba aprendiendo a mirar de frente, A aceptar que s\u00f3lo deb\u00eda odiarse la vida, el paso de los a\u00f1os, la diversidad de los destinos. ____ Hay algo m\u00e1s, una cosa m\u00e1s fuerte y m\u00e1s limpia que el cari\u00f1o, que la amistad y cualquier forma del amor; no s\u00e9 qu\u00e9 es, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":7123,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7122"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7122"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7122\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7128,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7122\/revisions\/7128"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7123"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7122"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7122"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7122"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}