{"id":7100,"date":"2023-01-04T14:31:46","date_gmt":"2023-01-04T14:31:46","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7100"},"modified":"2023-11-24T18:23:52","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:52","slug":"elpidio-leal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/elpidio-leal\/","title":{"rendered":"Elpidio Leal"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Milton Quero Ar\u00e9valo<\/h4>\n<p><em>A don Enrique Amado<\/em><\/p>\n<p>Elpidio Leal, el sencillo e inobjetable linotipista de la imprenta Gutenberg el de los bigotitos untuosos y sonrisa congelada, sab\u00eda que no hab\u00eda nada en este mundo que le hiciera m\u00e1s pliegues a su coraz\u00f3n, que el ver comer a las putas del Regency. Era algo tan desagradable que le produc\u00eda urticaria. Sent\u00eda entonces, una tristeza de domingo cuando las ve\u00eda con las piernitas juntas, sosteniendo en sus rodillas el envase de aluminio desechable y blandiendo los cubiertos de pl\u00e1stico. Era habitual que su orificio gl\u00f3tico se le trancara de tal manera, que deb\u00eda salir del local por una bocanada de aire fresco. S\u00f3lo as\u00ed, se acordaba\u00a0 de su mujer, de sus seis hijos, del loro Luis y del perro Sabas. Evocaba con nostalgia al lorito Luis ment\u00e1ndoles la madre a todos los hijos varones de Germ\u00e1n Toro, con las hembras era diferente, a \u00e9stas las esperaba todas las ma\u00f1anas con su peinado copete y sus alas desplegadas y con ese dulce olor que desped\u00edan los uniformes almidonados. Les dec\u00eda:<\/p>\n<p>-\u00a1Buenos d\u00edass mis bellezas!<\/p>\n<p>Entonces Carmencita, montaba el caf\u00e9 y preparaba el desayuno. A veces no sonaba el despertador, pero el loro Luis era puntual y preciso. Siempre a las 6.30 a.m. la despertaba con su vocinglera alharaca.<\/p>\n<p>Una tarde el loro Luis arm\u00f3 un esc\u00e1ndalo de tal magnitud, que el se\u00f1or Pimental se vio precisado a dejar sus ocupaciones habituales, para ver que ocurr\u00eda en la casa de su compadre Elpidio.<\/p>\n<p>-\u00a1Toritoss co\u00f1os e\u2019madress!<\/p>\n<p>Se defendi\u00f3 Luis, con su perspicuo hablar ante un cacure de avispas que le hab\u00edan lanzado. Elpidio se fue corriendo a la refiner\u00eda a caerle a co\u00f1azos a Germ\u00e1n Toro, mientras Sabas le ladraba sin cesar, porque Carmencita le hab\u00eda untado barro con or\u00edn y el pobre lorito estaba marr\u00f3n, pesado e irreconocible. Entonces, restregaba su cuerpo por toda la jaula, tumbaba el agua y pateaba los guineos, ya que adem\u00e1s del dolor que le produc\u00edan las picadas, no se sent\u00eda a gusto con ese or\u00edn menop\u00e1usico que le hurgaba sin cesar.<\/p>\n<p>Pero algo inexplicable empujaba a Elpidio al local de su amigo Alfredo Urrutia. Era una rabia dom\u00e9stica, una desaz\u00f3n por Isaac Abaad, por los horarios, por la verde Santamar\u00eda de la imprenta, por los deberes, pero a su vez, era algo tan poderoso y sensual como el lunar de la m\u00f3rbida nalga izquierda de la h\u00famida Vanessa, que se prolongaba por su ondulante cuerpo, hasta llegar a los meandros de su pubis, y que \u00e9l desfloraba con un gusto cabal.<\/p>\n<p>Ese vaho pestilente lo circunscrib\u00eda y lo iba cercando en una madeja infinita que Vanessa le iba urdiendo. Por ello, se reconoc\u00eda en las luces de ne\u00f3n del local, en las cortinas hechas de chapitas de refrescos, en la empeluchada caja registradora color fucsia y en los rojos asientos de semicuero, quemados por las ascuas de los cigarros. Vomit\u00f3 su pena, inflexible e impermutable. Una pena parecida a las sardinas con cebollas que Carmencita le preparaba, cuando ya no quedaba nada en la nevera, o mejor a\u00fan, a las p\u00fastulas de las patas traseras de Sabas, que pululaban al igual que los remordimientos que \u00e9l sent\u00eda, por tanto pu\u00f1o de camisa limpio, por tantos d\u00edas de bogar el jab\u00f3n las Llaves en la astillada ponchera de peltre, por tanto cuello zurcido y por tantos d\u00edas de buena comida que Carmencita le prodigaba. Sab\u00eda que no lo merec\u00eda, que tanta mayonesa regada en el mantel de Holanda era mentira, como mentira era el marroncito corto de la ma\u00f1ana, hasta la doble llave a las 9 p.m. de la puerta principal. Lo comprendi\u00f3 mientras fatigaba su cerveza, tratando de armar un acr\u00f3stico que le hab\u00eda encargado Lorenzo L\u00f3pez:<\/p>\n<p>-No se niegue por el amor a Dios; era mi \u00fanico hijo var\u00f3n.<\/p>\n<p>Ten\u00eda en sus manos el grado de cabo segundo y un bot\u00f3n de su uniforme que Lorenzo le hab\u00eda dado junto con unas agotadas l\u00e1grimas, que sinti\u00f3 obstinadas y fr\u00edas hurg\u00e1ndole la palma de la mano.<\/p>\n<p>Iv\u00e1n Jos\u00e9, hab\u00eda muerto en unas maniobras militares en la sierra de San Luis. Se dec\u00eda que Lorenzo no hab\u00eda podido soportar la muerte de su hijo y por ello, se hab\u00eda entregado a la bebida. Elpidio empuj\u00f3 sus anteojos de carey, chasque\u00f3 sus dientes y se arrellan\u00f3 en la barra con papel y l\u00e1piz.<\/p>\n<p>Por los intersticios de la puerta principal, apareci\u00f3 la nueva putica que Alfredo hab\u00eda reclutado en el barrio El Coraz\u00f3n de Jes\u00fas. Le conmovi\u00f3 su corta edad y su ping\u00fce cara rosada, de donde emerg\u00edan unos enormes ojos saltones llenos de asombro, que iban fiscalizando todo lo que se encontraba a su alrededor. Se ven\u00eda contoneando con una cort\u00edsima falda roja y unas plataformas blancas de patente, que la hac\u00edan ver como una walkiria. Se acerc\u00f3 al rinconcito azul -el mismo que estaba decorado con los cupiditos sonrientes- cuando fue abordada por el lu\u00e9tico Jaime Villa. Entretanto, el acr\u00f3stico iba apareciendo:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>I\u00a0<\/strong> nfinito dolor tu partida<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>V<\/strong>\u00a0 erte ir con hondo pesar<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>A\u00a0<\/strong> \u00f1oro tu risa<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>N\u00a0<\/strong> o importa donde est\u00e9s<\/em><\/p>\n<p>Todo esto le parec\u00eda en extremo f\u00fatil y balad\u00ed, pero a la gente le gustaba y \u00e9l que era magro y vanidoso se complac\u00eda en hacerlos.<\/p>\n<p>Vanessa ray\u00f3 la escalera principal, la que conduce a las habitaciones y Elpidio sonri\u00f3, con esa habitual sonrisa est\u00fapida y sin gracia que era relegada por unos dientes manchados y sin brillo. Alfredo le sirvi\u00f3 otra cerveza, e intercambiaron sonrisas y una que otra palabra que nadie advirti\u00f3, salvo Vanessa que apur\u00f3 el paso y se sent\u00f3 a su lado. \u00c9l la reten\u00eda a su lado y la proteg\u00eda de todas las miradas lujuriosas. Le daba gusto que se supiera que ella, era la mujer de Elpidio Leal. \u00c9l pagaba con abundancia y desprendimiento. Por ello, Vanessa era conocida como <em>La 18 quilates<\/em>. Elpidio procuraba que brillara siempre. A menudo se le aparec\u00eda con un regalito, que ella aceptaba con una sonrisa y su consabida menea\u00edta e\u2019rabo. Su \u00faltimo capricho, fue comprarle una cadenita\u00a0 -tejido chino-\u00a0 que \u00e9l se empe\u00f1\u00f3 en que la llevara en el tobillo.<\/p>\n<p>Cuando las lenguas de sol, que se vienen arrastrando desde el cerro Santa Ana, penetran a trav\u00e9s de las telas met\u00e1licas de las ventanas de la casa N\u00ba 5, vereda 17, del Banco Obrero, Carmencita, que es herida por ese abrasante sol, da las \u00f3rdenes precisas en la anegada cocina a su hija Zenaida, que llora su gordura y la soledad que le impone su padecimiento de angiomas, mientras Elbita permanece tendida boca abajo, observando con devoci\u00f3n los \u00e1grafos que describen las hormigas cuando recogen las migas del almuerzo.<\/p>\n<p>Todo este mundo es perturbado por un hondo grito que prorrumpe Carmencita:<\/p>\n<p>-\u00a1Muchachoelcarrizo!<\/p>\n<p>Y sale el mazo de ablandar la carne, despedido desde un \u00e1ngulo de la cocina, buscando a Marquitos que ha hecho en el porche una inmensa cruz con los visures y machorros que caz\u00f3 en el llanito.<\/p>\n<p>-\u00a1Marcos Antonio Ceferino Leal Jim\u00e9nez!.<\/p>\n<p>Marcos se pierde de vista, saltando la cerca de los L\u00f3pez y atravesando el solar de los Iseas, porque ya siente sus tres nombres y dos apellidos relami\u00e9ndole las espaldas.<\/p>\n<p>La puerta batiente de la cocina, que ha quedado bailando de un lado a otro, nos descubre el dulce rostro de Carmencita, que enjuaga sus cadencias en un pozo de amargura, que le ha ido construyendo Elpidio, con su silente terquedad de hombre apocado. Carmen, que sabe que la enga\u00f1a, le paga con su silencio y se dice:<\/p>\n<p>-Ni un solo sonido que pueda parecer una palabra, Carmencita, ni un solo movimiento que pueda parecer un gesto.<\/p>\n<p>Recoge la borra del caf\u00e9 y pasa el lampazo por el verde piso de la cocina, que ya parece un prado de tanta cera Cruz Verde de todos estos d\u00edas. Y con ese silencio desesperante le sirve la comida recalentada y lo deja s\u00f3lo con un vaso de agua fr\u00eda, y frente a \u00e9l, un bajorrelieve universal de la Ultima Cena, donde Santo Tom\u00e1s con ese dedo inquisitivo pareciera estarlo acusando siempre.<\/p>\n<p>Carmen no se afana, ya que sabe que todo le pertenece: Los recuerdos de los bautizos, los dolores de los partos, el \u00e1lbum de fotos, el juego de comedor, la bater\u00eda\u00a0 de ollas y la hoja de cayena que se encuentra atrapada en un resquicio de la puerta.<\/p>\n<p>La casa se ba\u00f1a diariamente de su luenga y atildada sonrisa y sus dotes de buena administradora, que va prodigando con los d\u00edas, interrumpida solamente, por la atenci\u00f3n que ahora le presta a la vida exagerada de su acendrada vecina Evancita Caraballo de Carrillo. A menudo se sorprende a s\u00ed misma espiando a trav\u00e9s de las ventanas, la vida placentera que Alvaro Carrillo le obsequia. Estima los detalles y los comenta con sus otras vecinas, como aquella vez que le llev\u00f3 mariachis el d\u00eda de su cumplea\u00f1os, o el d\u00eda que le regal\u00f3 un collar con una efigie de n\u00e1car, por el cual ella suspiraba tanto. Todo esto le produc\u00eda un profundo dolor y a su vez una t\u00edmida sonrisa, que ella se encargaba de disipar, con los matutinos cambios de agua, de la jaula de Luis o con los ba\u00f1os de keros\u00e9n que le inflig\u00eda a las consecuentes pulgas de Sabas.<\/p>\n<p>Elpidio comenz\u00f3 a darse cuenta de que no avanzaba en su acr\u00f3stico. Que hab\u00eda quedado absorto mirando un momento de quietud que de pronto surgi\u00f3 en el Regency y que Alfredo se empe\u00f1aba en disipar haciendo bolitas de humo, que se deformaban en el aire o bien se estrellaban en el rostro de la odalisca de m\u00e1rmol, que estaba a un extremo de la barra.<\/p>\n<p>Maciste abr\u00eda la puerta principal y la sacud\u00eda fuertemente con sus enormes brazos, para que entrara aire puro, que pasaba reinante por la pista de baile, para luego ser bebido por los rostros sudorosos de los clientes. Maciste era un negro inmenso, que en tiempos pasados fue luchador, vest\u00eda unos bombachos de sat\u00e9n blanco y unas sandalias de cuero, llevaba el torso desnudo cruzado por un tahal\u00ed del que colgaba una falsa cimitarra. Alfredo hac\u00eda untar su cuerpo en aceite.<\/p>\n<p>Un pensamiento ocupaba a Elpidio. Un solo pensamiento cruzaba por su mente y se depositaba como un dolor de cabeza entre sus sienes, d\u00e1ndole sincopados golpecitos. Este era el presentimiento de saber que proven\u00eda de un ancestro que fue un cobarde, un traidor o un delator. Esto, lo comprob\u00f3 en su actitud falible, en el est\u00fapido sentido que le daba a su existencia, en el comprobado hecho de saber que hab\u00eda venido al mundo, a no probar nada, a no conquistar nada, a no dejar nada que pudiera nombrarlo ni a\u00fan despu\u00e9s de muerto. Este hecho lo atorment\u00f3 de tal manera, que comenz\u00f3 a mirar con detenimiento la flexible tela de ara\u00f1a que crec\u00eda en un recodo del techo, los vasos de Lieja que Alfredo hab\u00eda heredado de su amante la Madame Cecil Bont; el sucio que se depositaba en el viejo gong chino, el \u00f3xido de la recta hacha c\u00e9ltica, la bola que pend\u00eda del techo, hecha de trocitos de espejos, que reflejaban los rostros fraccionados de los clientes. Aqu\u00ed, la sonrisa de Pedro Casta\u00f1eda, all\u00e1, el lunar en la comisura de la boca de Dulce, ac\u00e1, la herida de tibur\u00f3n en el brazo de Rafa Pe\u00f1a, y en otro extremo los ojos expandidos de Luis Segovia. Todo este mundo cubista giraba, desperdigando migajitas de miseria que eran recogidas en el tiempo y en el espacio por sus propios due\u00f1os.<\/p>\n<p>La voz de Vanessa a su costado comenz\u00f3 a ludir su cuerpo inesperadamente y sinti\u00f3 ese pedazo de eternidad que siempre sent\u00eda cuando estaba a su lado. Igual le pasaba cuando miraba absorto, el incunable que guardaba con sumo celo Isaac Abaad en la caja fuerte de su oficina y que le mostraba cuando estaba de buen talante. Se maravillaba de poder ver <em>Catholicon<\/em>, de Juan\u00a0 B. De Jana (Maguncia, 1460 ) cuerpo 10, a dos columnas de 17 a 18 ciceros. O tambi\u00e9n, por que n\u00f3, cuando escuchaba la canci\u00f3n Profec\u00eda interpretada por Fernando Albuerne y sobre todo cuando el cantor llegaba a este punto (&#8230; <em>y pensar\u00e1 que ha sido fantas\u00eda la realidad de hoy<\/em>&#8230;) el mundo se deten\u00eda y todo se paralizaba, como se deten\u00eda la linotipia cuando se trababan las muescas de rotaci\u00f3n. Entonces deb\u00eda mover el disco giratorio, alisar la base del lingote, para regular la altura de los tipos y con dos cuchillas calibrar los bordes. Acto seguido la l\u00ednea fundida pasaba al galer\u00edn.<\/p>\n<p>La vida de Elpidio, se hab\u00eda ido simplificando de tal manera, que ahora se compon\u00eda\u00a0 de 3 movimientos, que \u00e9l se complac\u00eda en llamar los movimientos de acetato y que eran a saber: Uno, el que sol\u00eda llamar la realidad de las 33 revoluciones, era el mundo de los obcecados reclamos de Isaac Abaad, Carmen y el comisariato quincenal, la linotipia y los horarios. Este mundo era gradual, preciso y su tr\u00e1nsito era normal y seguro. Era la impalpable cotidianidad, que lo iba horadando sin compasi\u00f3n. Otro, era el albur oculto de las 45 revoluciones. Este mundo estaba suspendido en el tiempo. Se deten\u00eda y ten\u00eda sabor a eternidad, estaba compuesto por la habitaci\u00f3n N\u00ba 6, la cama Luis XV de copete rojo y las pantaletas fucsia de Vanessa. Cuando Elpidio franqueaba la puerta N\u00ba 6, todo se deten\u00eda y el hielo donde reposaba un a\u00f1ejo vino del Rhin, asombrosamente no se derret\u00eda, igual pasaba con su reloj marca Nido, en el cual las manecillas se deten\u00edan misteriosamente. Era la eternidad que entraba en un c\u00edrculo vertiginoso, que era perturbado solamente, por los prolongados orgasmos de Vanessa, entonces la realidad le estallaba en mil pedazos, el mundo avanzaba de prisa y todo insurg\u00eda a 78 revoluciones y ve\u00eda con pavor los rostros de Elpidio Jr, Marcos, Edixon, Valmore, Zenaida y Elbita que pasaban a 24 fotogramas por segundo. Por ello, era habitual que Elpidio derramara el caf\u00e9 de la ma\u00f1ana, tropezara con alguien en la calle, que dejara de abotonarse las mangas de su camisa o que discutiera con su jefe. Estas discusiones sol\u00edan ser interminables y a menudo conclu\u00edan de la misma manera:<\/p>\n<p>-Juan Gensfleish Gutenberg de Sorgenloch.<\/p>\n<p>A lo que Elpidio a la sordina y entre dientes se respond\u00eda:<\/p>\n<p>-G\u00e9nesis ix capitel.<\/p>\n<p>Isaac Abaad proven\u00eda de una rancia familia jud\u00eda, que ven\u00eda huyendo de Alemania, se hab\u00edan establecido en Am\u00e9rica a comienzos de siglo. Isaac era un hombre alto y blanco, su rostro plural era de una severidad absoluta, de donde destacaban unos abultados carrillos, surcados por diminutos capilares que iban formando un delta que terminaba irrigando la comisura de su boca. Era un volumen turgente de carne, que cuando discut\u00eda mov\u00eda su cabeza de un lado a otro reclamando su raz\u00f3n.<\/p>\n<p>Elpidio, que acariciaba la linotipia cuando le hablaba, era de la opini\u00f3n de que los tipos m\u00f3viles fueron inventados antes que Gutenberg por el llamado \u201cSacrist\u00e1n de Haarlem\u201d. Entonces, Isaac se le abalanzaba como un elefante marino, defendiendo territorialidad y le contestaba con tal \u00edmpetu, que sus palabras ven\u00edan llenas de saliva y una gamberra viscosidad, que se estrellaba en sus lentes, no sin antes decirle:<\/p>\n<p>-Lorenzo de Coster fue un protestante err\u00e1tico. Adem\u00e1s est\u00e1 claro que en la edici\u00f3n de Tito Livio, fechada en Maguncia en 1502, se lee perfectamente que el arte tipogr\u00e1fico fue inventado por Gutenberg.<\/p>\n<p>Elpidio, asent\u00eda con la cabeza mientras limpiaba sus lentes, no sin antes recordarle, ya que sent\u00eda cierta debilidad por las fechas, que el primitivo incunable <em>Speculum Salutis, <\/em>fechado en 1450, tra\u00eda la frase <em>Genesis ix Capitel<\/em> volteada; prueba \u00e9sta suficiente y concluyente, adem\u00e1s de probatoria, de la existencia de los tipos m\u00f3viles en Holanda.<\/p>\n<p>Pod\u00edan permanecer horas en estas est\u00e9riles discusiones, donde cada uno colocaba jalones a sus argumentos, para que el otro no los penetrara, pero al final siempre terminaban igual; los dos sentados alrededor de la mesa de \u00e9bano, observando con una veneraci\u00f3n monacal el grabado de la <em>Hypnerotomachia Poliphili<\/em> de Francisco Colona en edici\u00f3n de Aldo Manuncio (Venecia, 1499)<\/p>\n<p>Era entonces usual, que se sumergieran en una actitud in\u00e9dita a explorar la figurita del hombrecito con tricornio, que amparado a la sombra de una b\u00f3veda de ca\u00f1\u00f3n, huye de un drag\u00f3n que lo persigue con las fauces abiertas, luego pasaban sus manos por la cola del drag\u00f3n, por los arcos y arquitrabes, y relam\u00edan esas paginas buscando un trocito de esa historia para absorberla y retenerla por siempre; y comenzaban a dar gracias por el silencio, por el dolor, por la amistad, por el testimonio del tip\u00f3grafo alem\u00e1n\u00a0 Friederich\u00a0 Zell, por el crisol que funde el metal de la imprenta a 5% de esta\u00f1o, 25% de antimonio y 70% de plomo. Se vanagloriaban y reconoc\u00edan en su oficio divino: Ser impresores.<\/p>\n<p>Elpidio pens\u00f3 en Mart\u00edn Lansberg de Wurtzburgo, quien muri\u00f3 asesinado por su esposa, y se espant\u00f3 de su destino, el cual se le antojaba no pod\u00eda ser rebatido por el suyo. Se pens\u00f3 descendiente de alguno de estos impresores y especul\u00f3 que la muerte de Mart\u00edn Lansberg, era la suya que ocurr\u00eda diariamente y que se dilu\u00eda en el tr\u00e1fago amargo de la cotidianidad. Elpidio, empin\u00f3 su cerveza y ahog\u00f3 la espuma que a\u00fan reverberaba en sus untuosos bigotes y con un r\u00e1pido movimiento de su lengua apag\u00f3 esa bruma, y con ese amargo sabor que estallaba en su paladar, pens\u00f3 en el acr\u00f3stico de Iv\u00e1n Jos\u00e9. Necesitaba terminarlo para allanar el dolor de Lorenzo L\u00f3pez que ya hab\u00eda venido a buscarle.<\/p>\n<p>Un fuerte olor a carne molida invadi\u00f3 de pronto todo el local. Busc\u00f3 con sus ojos camale\u00f3nicos ese plato de alb\u00f3ndigas que ten\u00eda exceso de ajo y cebolla. Pero no encontr\u00f3 nada. Pens\u00f3 entonces, en la posibilidad de un eructo de alguna puta, as\u00ed que tomo un\u00a0 trago de cerveza, para disipar esa incomoda sensaci\u00f3n que ya empezaba a invadir su garganta. Se concentr\u00f3 en el papel que ten\u00eda en frente. Hab\u00eda terminado el primer nombre y recordaba la sonrisa de Vanessa, unida a un beso en su cuello, beso de la carne, beso ah\u00edto de sexo, beso pre\u00f1ado de ganas como solamente ella pod\u00eda darlos.<\/p>\n<p>Por encima de su hombro, sinti\u00f3 la impaciencia agolpada de Lorenzo L\u00f3pez, que le repet\u00eda una y otra vez: \u201cEra mi \u00fanico hijo var\u00f3n, era mi \u00fanico hijo var\u00f3n\u201d. Sinti\u00f3 una t\u00edmida compasi\u00f3n por ese hombre, que esperaba sentado en un rinconcito del local, con una fe absoluta. Pero no se le ocurr\u00eda nada. Pensaba tan s\u00f3lo en su espuria relaci\u00f3n con Vanessa, en la fuerza de ese deseo que lo degradaba. Observaba con asombro como aumentaba su lujuria y como decrec\u00eda su inter\u00e9s hacia su familia. Censur\u00f3 su exiguo amor hacia los suyos, sus llegadas tarde y sus ausencias, el dinero que le neg\u00f3 a Elpidio Jr. para comprar barajitas de b\u00e9isbol, los correazos que le dio a Edixon por haberle llenado el sombrero con flores de cayena, el enchufe\u00a0 quemado de la licuadora Oster que ya cumpl\u00eda 3 meses esperando ser cambiado. Sinti\u00f3 l\u00e1stima por tantos acr\u00f3sticos deleznables, por tantas horas de infidelidad, por tanta mentira barata. Sacudi\u00f3 su cabeza y tom\u00f3 lo poco que quedaba de su cerveza sin respirar. Despu\u00e9s grit\u00f3 o dijo: \u00a1Ah verga! Y desapareci\u00f3 con Vanessa en el dorado atardecer que ba\u00f1aba la escalera principal que sube a las habitaciones.<\/p>\n<p>Alfredo lo mir\u00f3 asombrado. Siempre hab\u00eda sido parco y mesurado en sus gestos. Recogi\u00f3 los desperdicios que hab\u00eda dejado y limpi\u00f3 la barra. Agarr\u00f3 un peque\u00f1o papelito mojado de cerveza y ley\u00f3:<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>J<\/strong> \u00f3danse todos<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>O<\/strong> igan y vean mi vida salaz<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>S<\/strong> esabe que estoy perdido<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\"><em><strong>E<\/strong> ntonces d\u00e9jenme en paz.<\/em><\/p>\n<p>Se sonri\u00f3 al principio y luego emiti\u00f3 una fuerte carcajada tan prolongada y graciosa, que se le unieron a coro la Isabela, Katiuska y My Fair Lady. Pens\u00f3 que era una errata de Elpidio o una de sus tantas bromas gr\u00e1ficas que sol\u00eda dejar.<\/p>\n<p>El rostro misericorde de Lorenzo L\u00f3pez lo hizo buscar el verdadero y destruir el ap\u00f3crifo, pero no encontr\u00f3 nada, salvo la espuma en el fondo de su vaso, que solamente conten\u00eda la baba y las vanas frustraciones de Elpidio Leal, que estallaban en el fondo, junto con un hondo sentimiento y la bilis de todos estos d\u00edas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/milton-quero-arevalo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Fuente de la imagen: https:\/\/agraficas.wordpress.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Milton Quero Ar\u00e9valo A don Enrique Amado Elpidio Leal, el sencillo e inobjetable linotipista de la imprenta Gutenberg el de los bigotitos untuosos y sonrisa congelada, sab\u00eda que no hab\u00eda nada en este mundo que le hiciera m\u00e1s pliegues a su coraz\u00f3n, que el ver comer a las putas del Regency. 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