{"id":7066,"date":"2022-12-30T00:31:42","date_gmt":"2022-12-30T00:31:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=7066"},"modified":"2023-11-24T18:23:53","modified_gmt":"2023-11-24T18:23:53","slug":"dos-cronicas-caraquenas-de-aquiles-nazoa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cronicas-caraquenas-de-aquiles-nazoa\/","title":{"rendered":"Cr\u00f3nicas caraque\u00f1as de Aquiles Nazoa"},"content":{"rendered":"<h3><strong>La Caracas de los a\u00f1os 20<\/strong><\/h3>\n<p>Entre los a\u00f1os finales de la primera guerra europea y el vuelo de Lindbergh sobre el Atl\u00e1ntico en 1927, nuestra Caracas es como una peque\u00f1a caja de resonancias a la que llegan con cierto retardo, pero con el encanto de una m\u00fasica nueva, las vibraciones de un mundo que adquir\u00eda una expresi\u00f3n remozada, bajo la acci\u00f3n rejuvenecedora de las primeras hojillas Gillette. Fue muy lento el proceso de acomodaci\u00f3n de la ciudad a los nuevos modos de vivir que le impon\u00eda su creciente invasi\u00f3n por las innovaciones est\u00e9ticas y tecnol\u00f3gicas del siglo XX.<\/p>\n<p>Aunque los autom\u00f3viles hab\u00edan venido adue\u00f1\u00e1ndose de sus calles desde 1907, y ya en 1912 los caraque\u00f1os hab\u00edan visto aterrizar en el Hip\u00f3dromo de El Para\u00edso el aeroplano de Boland, no parec\u00eda Caracas muy presurosa por incorporarse al ritmo acelerado en que se anunciaban los nuevos tiempos. Todav\u00eda en 1922 muchas se\u00f1oritas caraque\u00f1as calzaban botines adornados con lazos, y realzado su aire de inocencia por la cinta azul p\u00e1lido que les ce\u00f1\u00eda la cabeza, recogida la cabellera en peinado de pi\u00f1ata que se socorr\u00eda con abundancia de horquillas, vest\u00edan a\u00fan las ang\u00e9licas batas de la moda \u201cprincesa\u201d, popularizada desde el 900 por las bellezas arquet\u00edpicas de las tarjetas postales. Y en pleno 1927, cuando culminaba en su momento m\u00e1s fren\u00e9tico el gran estremecimiento mundial de los \u201ca\u00f1os locos\u201d se continuaban viendo en Caracas caballeros que asist\u00edan a las retretas de la Plaza Bol\u00edvar con pimpante bomb\u00edn y ribeteados palt\u00f3-levitas, como en los buenos tiempos de doctor Rojas Pa\u00fal.<\/p>\n<p>La afici\u00f3n al cinemat\u00f3grafo, que despertaba en aquellos tiempos, estimulada por la aparici\u00f3n de grandes estrellas como Chapl\u00edn, Mary Pickford, Douglas Fairbanks, John Gilbert o Rodolfo Valentino, no hab\u00eda logrado desplazar el viejo gusto de los caraque\u00f1os por las buenas temporadas de g\u00e9nero chico en el Nacional, ni su caballeresca devoci\u00f3n por las coupletistas y tonadilleras espa\u00f1olas, que aun en plena efervescencia del charleston siguieron deleit\u00e1ndoles con sus anticuados repertorios de <em>Es mi Hombre <\/em>y el pasodoble <em>La Hija del Carcelero<\/em>. En 1922 se termin\u00f3 la pavimentaci\u00f3n de la carretera de La Guaira y se pusieron de moda las excursiones automovil\u00edsticas a Macuto; pero el esp\u00edritu de <em>belle epoque <\/em>dominante en la atm\u00f3sfera de la ciudad, sobreviv\u00eda en la preferencia de los caraque\u00f1os parranderos por los coches de caballos para correr en las noches sus jubilosos truenos, o en el cuadro de las engalanadas familias que los domingos concurr\u00edan con sus ni\u00f1os a la retreta matinal de la Plaza Bol\u00edvar, para luego llev\u00e1rselos en un enso\u00f1ado paseo de jardines en el tranv\u00eda de El Para\u00edso. Otros prefer\u00edan el de El Valle que les ofrec\u00eda en el camino la emoci\u00f3n de un t\u00fanel, o la ruta de Sabana Grande para la que part\u00eda desde la Estaci\u00f3n Central la estampa absolutamente fant\u00e1stica de un tranv\u00eda de dos pisos.<\/p>\n<p>En sus gustos y en muchas de sus costumbres, estacionaria en su afrancesamiento de viejo estilo, Caracas segu\u00eda siendo el \u201cPar\u00eds de un piso\u201d con que la hab\u00eda comparado Elroy Curtis en 1895. La Glaciere y La India, con sus salones para familias, adornados con grandes espejos franceses, eran como los templos de la chismograf\u00eda social, donde los literatos pontificaban en torno a unos pump\u00e1s de cerveza que parec\u00edan columnas talladas en cristal de roca, y las damas fulg\u00edan como joyas antiguas en los lujosos colores de sus modas Tutankamen.<\/p>\n<p>Los deslumbrantes tesoros descubiertos en 1922 por Howard Carter al excavar en el valle del Nilo la tumba del rom\u00e1ntico fara\u00f3n ni\u00f1o, hab\u00edan difundido por todo el mundo la magnificencia y decoratividad minuciosa de aquel estilo funerario de hac\u00eda tres mil a\u00f1os, dando lugar \u2013en ese lustro confuso del 20 al 25\u2013 a una curiosa est\u00e9tica mezclada de <em>art nouveau <\/em>y egiptolog\u00eda, que invadi\u00f3 desde las formas planas de los vestidos femeninos, hasta el linealismo estereom\u00e9trico de los muebles y los frascos de perfume. De las lujosas jardiner\u00edas en piedras preciosas representadas en los pintajantes y pectorales de Tutankamen, con sus hier\u00e1ticos animales vaciados en alveolos de oro y pol\u00edcromas pastas de vidrio, salieron los temas egipcios que decoraban las telas importadas por la Compa\u00f1\u00eda Francesa en 1925 para las mujeres de Caracas. Y los colores eran \u2013como los de las taraceadas policrom\u00edas que adornaban el trono eclesi\u00e1stico del fara\u00f3n y sus cajas de ung\u00fcentos\u2013, el oro rojo y el alabastro, el azul turquesa de los nemsets, el casta\u00f1o y el marfil de las taraceas, el \u00f3palo misterioso de los escarabeos sagrados. Sin\u00f3nimo de excelsitud del gusto, todo lo que despu\u00e9s se signific\u00f3 por la sucia palabra \u201cpepiado\u201d, se traduc\u00eda entonces para los caraque\u00f1os por la palabra <em>Tutankamen<\/em>. En 1926 ya las mujeres de Caracas hab\u00edan adoptado definitivamente la moda de la falda corta y el talle bajo, as\u00ed como las medias de seda color carne, y las ce\u00f1id\u00edsimas zapatillas con tac\u00f3n de cinturita que dejaban todo el pie a la vista. Cuando cruzaban la pierna pod\u00edan v\u00e9rseles con facilidad unas adornad\u00edsimas y rizadas ligas que se parec\u00edan vagamente a los dulces de pasta de la panader\u00eda de Sol\u00eds, y adoptando una actitud sofisticada que hab\u00edan aprendido en las pel\u00edculas de Greta Garbo fumaban p\u00fablicamente en unas finas boquillas, largas como batutas de marfil. Quer\u00edan ser como el resumen de los distintos espec\u00edmenes en que el cine defin\u00eda la tipolog\u00eda de la mujer moderna: eran audaces y din\u00e1micas como Perla White, enigm\u00e1ticas y un poco sombr\u00edas como Pola Negri, simp\u00e1ticas y traviesas como Mary Pickford, y le imitaban a Clara Bow su maquillaje de ojos encarbonados y boca en forma de coraz\u00f3n. De las manos afeminadas de los peluqueros para se\u00f1oras del reci\u00e9n inaugurado Sal\u00f3n Dorsay en la esquina de Las Madrices, sal\u00edan luciendo el audaz corte marimacho de pelo <em>a la gar\u00e7onne <\/em>que hab\u00eda tomado su nombre de la desacreditada novela de V\u00edctor Margueritte, y a la salida de las vespertinas elegantes en el R\u00edvoli o en el Rialto, se iban a las tardes danzantes del Tea Room Avila, donde se desgonzaban bailando charleston y shimmy.<\/p>\n<p>El sentido del tr\u00f3pico y del deporte que despertaba en esos a\u00f1os, se manifestaba en la preferencia de los hombres por el saco tachonado a la espalda, los zapatos de balat\u00e1 y el sombrero de pajilla, todo ello armonizado con camisa rayada de cuello corto y corbata tejida y angosta al estilo \u201cmecha de l\u00e1mpara\u201d, que se sujetaba con pisacorbata en forma de aeroplanito o de raqueta de <em>tennis<\/em>. La tela masculina en boga era un pa\u00f1o liviano y picante cuyo nombre norteamericano de \u201cPalm Beach\u201d sincop\u00f3 el habla de los caraque\u00f1os en la palabra <em>p\u00e1mbiche<\/em>. El peinado de los hombres \u2013simplificaci\u00f3n de la flor de parcha novecentista\u2013, era de raya al medio, muy alisado con la gomina que se hab\u00eda puesto de moda, al estilo de Valentino en la pel\u00edcula <em>Cobra<\/em>, responsable tambi\u00e9n de las patillas en corte de piquito que en aquellos a\u00f1os estuvieron igualmente en boga. Las noches en que a los empambichados novios les tocaba de visitar a su prometida, le llevaban un paquete de pastas finas de la panader\u00eda de Las Gradillas o de Sol\u00eds, o un cuarto de kilo de helado de los que despachaba La Francia en sus afamadas cajitas a domicilio. Tambi\u00e9n se regalaban los voluminosos caramelos en palito llamados \u201cbolas americanas\u201d, y unos dulces de procedencia francesa conocidos como \u201ccarlotas rusas\u201d, especie de variante comestible del Jab\u00f3n de Reuter, hechos de una materia esponjosa, liviana y perfumada, con textura de anime, que hab\u00eda que comer muy poco a poco para evitar la asfixia.<\/p>\n<p>Aunque el medio favorito de transporte p\u00fablico sigui\u00f3 siendo por mucho tiempo el tranv\u00eda, ya desde 1924 hab\u00edan empezado a aparecer en las calles de Caracas las primeras l\u00edneas de autobuses. A continuaci\u00f3n de la l\u00ednea para La Pastora, en 1926 se estableci\u00f3 la ruta de Ant\u00edmano, servida por un enorme carromato de color pizarra, provisto en la parte de atr\u00e1s de una plataforma en la que los pasajeros de pie viajaban como en un kiosko. A causa de su funerario aspecto fue popularmente bautizado como \u201cLa Pantera Negra\u201d, nombre que sin el adjetivo se generaliz\u00f3 despu\u00e9s para todos los autobuses: \u00a1Ah\u00ed viene la Pantera! El elemento de competencia que empezaban a significar para los lent\u00edsimos tranv\u00edas, se expresaba en las provocativas cancioncitas con que los colectores del autob\u00fas invitaban a los pasajeros a subir en el veh\u00edculo, poni\u00e9ndole siempre la m\u00fasica de <em>El manisero<\/em>: <em>Se\u00f1orita no se monte en morrocoy; Palo Grande y 19 y ya me voy&#8230; <\/em><\/p>\n<p>Contra la realidad cruel de una dictadura que sumada a su antecesora, la de Castro, ya llevaba casi veinte a\u00f1os en el poder, la ciudad hab\u00eda movilizado hac\u00eda ya tiempo esos pobres recursos de sobrevivencia espiritual que se llaman el ingenio, el <em>humour<\/em>, el <em>esprit <\/em>colectivo. En el centro mismo de la capital se pudr\u00edan en vida los presos del gomecismo o mor\u00edan en el tormento; pero a pocas cuadras de aquel lugar de horrores, junto a los afamados sorbetes de La Francia o La India, las pl\u00e1ticas orbitaban entre el reciente estreno en el Teatro Princesa de la comiqu\u00edsima pel\u00edcula <em>Fatty en el Garage<\/em>, y el concurso organizado por una revista social para elegir entre las elegantes choferesas de Caracas, a la pr\u00f3xima \u201cReina del Volante\u201d. Los peri\u00f3dicos, domesticados por la dictadura, cultivaban cuidadosamente el ocio mental de sus lectores, y las largas tiradas de prosa trivial en que alg\u00fan <em>croniqueur <\/em>europeo narraba por en\u00e9sima vez los \u00faltimos momentos de Mata Hari, o c\u00f3mo perdi\u00f3 la pierna la gran Sarah Bernhardt, alternaban con las noticias en que el Teatro Ayacucho anunciaba la suntuosa inauguraci\u00f3n de sus vespertinas llamadas <em>Flores del \u00c1vila<\/em>, o con inocentes concursos en que se propon\u00eda adivinar para qu\u00e9 sirven los dos botones posteriores del palt\u00f3-levita, o con cartas abiertas como la que en 1922 publicaban varias se\u00f1oritas en <em>El Nuevo Diario<\/em>: \u201cSe\u00f1or Cronista de <em>El Nuevo Diario<\/em>\u201d. Presente. Nosotras, varias se\u00f1oritas de esta culta capital, nos dirigimos a usted con el prop\u00f3sito de exigirle nos haga el favor por medio de su importante diario, de exigirle al maestro don Pedro El\u00edas Guti\u00e9rrez repita en la retreta del pr\u00f3ximo jueves el paso doble <em>Las Coristas <\/em>y el vals <em>Sanidad Nacional <\/em>que tanto han gustado en esta capital\u201d.<\/p>\n<p>El alma de aquellos a\u00f1os, ese esp\u00edritu conmovedoramente trivial por el que el recuerdo los asocia a la \u00e9poca dorada de la opereta, de los bulliciosos corsos Carnavalescos o de los \u00faltimos Juegos Florales, se encarna por orden de sucesi\u00f3n en dos nombres que hoy son solo lejanos resplandores en el pasado de la ciudad. Uno era el de Cenizo, especie de arist\u00f3crata de la bohemia perruna de Caracas y cuya procedencia nunca se lleg\u00f3 a conocer. Dec\u00edase que su amo hab\u00eda sido un extranjero solitario que al morir lo dej\u00f3 abandonado. El hecho es que Cenizo apareci\u00f3 misteriosamente en la Plaza Bol\u00edvar en 1918, y adopt\u00e1ndola por residencia permanente, pronto lleg\u00f3 a hacerse tan familiar a ella como sus historiados rosales o el caballo del Libertador. Mimado de los literatos, de los artistas y de toda la gente \u201cbien\u201d que concurr\u00eda a las comidillas de la cervecer\u00eda Donzella, de <em>El Universal <\/em>y de los jueves y domingos en la Plaza Bol\u00edvar, se convirti\u00f3 Cenizo a la vuelta de los a\u00f1os en una especie de mascota de la gente m\u00e1s distinguida y culta de Caracas, a todos cuyos actos asist\u00eda con la formalidad de un hu\u00e9sped bien educado. Fue uno de los primeros en llegar a la fiesta cuando se inaugur\u00f3 en 1925 el Almac\u00e9n Americano de los se\u00f1ores Phelps; estaba presente en el brindis que ofreci\u00f3 Leo a sus amigos con motivo de la salida del primer n\u00famero de <em>Fantoches<\/em>, y asimismo comparec\u00eda en los entierros de personas importantes de la ciudad, a los que acompa\u00f1aba hasta el cementerio. Constantemente mencionado en la cr\u00f3nica de los peri\u00f3dicos, celebrado en los versos de Job Pim o dibujado por Leo, lleg\u00f3 Cenizo a escalar una popularidad tan dilatada como no han alcanzado sino algunos perros del cine. En un homenaje que le tributaron los intelectuales de Caracas en 1925, por iniciativa del gran escritor Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez le fue conferido un collar de oro que poco despu\u00e9s le rob\u00f3 alguien aprovech\u00e1ndose de su mansedumbre.<\/p>\n<p>El 29 de agosto de 1927 muri\u00f3 rodeado de gran multitud que se aglomer\u00f3 en la plaza a la voz de que hab\u00eda amanecido agonizando. Su cad\u00e1ver fue botado por los trabajadores del Aseo Urbano en los terrenos de Los Chaguaramos al este de la ciudad donde estaba entonces situado el horno crematorio; pero a la noticia de que Cenizo hab\u00eda sido objeto de semejante desconsideraci\u00f3n, en el acto y con el apoyo de toda la ciudadan\u00eda, se constituy\u00f3 una junta integrada por los se\u00f1ores Luis Hern\u00e1ndez G\u00f3mez, doctor Le\u00f3n Barrios y Jes\u00fas Aldrey, que se encarg\u00f3 de rescatar los restos y depositarlos en una caja especial en la que se le dio solemne enterramiento el 2 de septiembre a las tres de la tarde en medio de un torrencial aguacero. La junta, ampliada con la incorporaci\u00f3n de muchos importantes ciudadanos, recab\u00f3 tambi\u00e9n fondos para consagrarle a Cenizo un monumento que nunca se lleg\u00f3 a erigir. Todos los intelectuales de Caracas se mostraron de acuerdo con aquel homenaje, excepto la musa traviesa de Job Pim que con tal motivo public\u00f3 en <em>El Nuevo Diario<\/em>:<\/p>\n<p><em>EL MONUMENTO A CENIZO<\/em><\/p>\n<p><em>En medio al desconsuelo general,<\/em><\/p>\n<p><em>muri\u00f3 Cenizo, el can m\u00e1s anormal<\/em><\/p>\n<p><em>que de seguro el mundo ha conocido<\/em><\/p>\n<p><em>desde que perros en el mundo ha habido.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00bfEra venezolano? No hay constancias<\/em><\/p>\n<p><em>lo mismo pudo ser de Rusia o Francia,<\/em><\/p>\n<p><em>de China o de la Am\u00e9rica del Norte,<\/em><\/p>\n<p><em>pues siempre circul\u00f3 sin pasaporte,<\/em><\/p>\n<p><em>ni tuvo, al menos que de ello se hable,<\/em><\/p>\n<p><em>editor responsable.<\/em><\/p>\n<p><em>Tampoco por su traza<\/em><\/p>\n<p><em>se pudo nunca colegir su raza;<\/em><\/p>\n<p><em>su edad era un misterio;<\/em><\/p>\n<p><em>y a\u00fan algo m\u00e1s serio:<\/em><\/p>\n<p><em>ni siquiera se sabe si era perro,<\/em><\/p>\n<p><em>pues yo lo dudo y pienso que no yerro.<\/em><\/p>\n<p><em>Se sabe solamente<\/em><\/p>\n<p><em>que a costillas viv\u00eda<\/em><\/p>\n<p><em>de la gente decente;<\/em><\/p>\n<p><em>que a clubs, dancings y cines concurr\u00eda;<\/em><\/p>\n<p><em>y que fue indiferente<\/em><\/p>\n<p><em>para con los humanos<\/em><\/p>\n<p><em>y para con los perros sus hermanos.<\/em><\/p>\n<p><em>Debido a su simp\u00e1tica presencia<\/em><\/p>\n<p><em>se daba aristocr\u00e1tica importancia:<\/em><\/p>\n<p><em>fue su solo atractivo, la elegancia<\/em><\/p>\n<p><em>y su \u00fanica virtud la independencia.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a1Se\u00f1or, y a este par\u00e1sito social<\/em><\/p>\n<p><em>se le quiere erigir un monumento!<\/em><\/p>\n<p><em>Yo del criterio un\u00e1nime disiento<\/em><\/p>\n<p><em>y lo juzgo inmoral.<\/em><\/p>\n<p><em>Si es verdad como un templo<\/em><\/p>\n<p><em>que Cenizo no tuvo sino yerros,<\/em><\/p>\n<p><em>\u00bfno ser\u00e1 el homenaje un mal ejemplo<\/em><\/p>\n<p><em>para los otros perros?<\/em><\/p>\n<p><em>\u00bfCu\u00e1ntos que s\u00ed son \u00fatiles al hombre<\/em><\/p>\n<p><em>llevan con humildad su vida perra<\/em><\/p>\n<p><em>y mueren sin lograr ese renombre?<\/em><\/p>\n<p><em>Por eso yo hago esta protesta en nombre<\/em><\/p>\n<p><em>de los perros honrados de mi tierra.<\/em><\/p>\n<p>Fue tambi\u00e9n Cenizo el primer perro venezolano que alcanz\u00f3 figuraci\u00f3n internacional. Al evocar la Plaza Bol\u00edvar en los recuerdos de su visita a Caracas en 1926, la escritora espa\u00f1ola Mar\u00eda \u00c1lvarez de Burgos escrib\u00eda:<\/p>\n<p><em>A las tres de la ma\u00f1ana en la Plaza Bol\u00edvar, frente a la estatua del Libertador, no hay m\u00e1s que dos personas: Cenizo y yo. No sonri\u00e1is ir\u00f3nicamente por esta afirmaci\u00f3n, porque os aseguro que junto complacid\u00edsima mi personalidad con la de este buen perro de estirpe bohemia, que no quiso aburguesarse viviendo pl\u00e1cidamente al calor de cualquier hogar, y que, cual yo, noct\u00edvago y lun\u00e1tico, divaga a altas horas de la noche, quiz\u00e1s huyendo de la crueldad humana. Este buen perro Cenizo, viejo y deslucido, me da la sensaci\u00f3n de encerrar dentro de su pobre cuerpo cansado, el alma arcaica y lejana de alg\u00fan fiel amigo que sigui\u00f3 las huellas de Sim\u00f3n Bol\u00edvar, que contempl\u00f3 la gloria de sus batallas, que se ech\u00f3 humildemente a la puerta de su vivienda, que se sinti\u00f3 acariciado por las manos pr\u00f3ceres y que con toda la constancia del recuerdo y de la fidelidad caracter\u00edsticas, viene, noche a noche, a interrogar la fr\u00eda inmovilidad de la estatua esperando el gesto familiar de la llamada y mirando con pupilas absortas, c\u00f3mo el bronce no se hace carne viva y palpitante para venir a compensar la humildad de su cari\u00f1o&#8230;<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>La Caracas del petr\u00f3leo<\/strong><\/h3>\n<p>Un poco reeditando la tragedia de aquel pobre personaje de Max Aub, al que a medida que habla le van quitando el decorado hasta que se queda en el total desamparo de un teatro vac\u00edo, la generaci\u00f3n de la Caracas petrolera que alcanza su plenitud por los a\u00f1os de 1940, es la de los que tuvieron el melanc\u00f3lico privilegio de asistir a la agon\u00eda de su paisaje. Caracas ha sido para nosotros en estos \u00faltimos veinte a\u00f1os, un infatigable espect\u00e1culo de subversi\u00f3n y trastocamiento. Apertrechados con el cemento, con las cabillas y el mosaico italiano de que los pudo proveer el auge petrolero, los viejos cultivadores del adobe pintado al \u00f3leo y de las romanillas descubrieron la f\u00f3rmula de proyectar en un sentido vertical su avidez usuraria y su inveterada falta de cultura. Y en la dislocaci\u00f3n espiritual en que se iba a traducir para nosotros la liquidaci\u00f3n de un paisaje que hab\u00eda sido el molde de nuestra existencia, puede explicarse el que nuestros ojos se volvieran hacia la arquitectura, y ya no solo como materia opcional de la formaci\u00f3n human\u00edstica, sino en lo que ella nos promet\u00eda como posibilidad de rescatar en t\u00e9rminos de fuerza y est\u00e9tica, aquel sentido de la continuidad vital que hab\u00edamos perdido. As\u00ed contemplada puede explicarse tambi\u00e9n la apasionada dedicaci\u00f3n con que la intelectualidad de la Caracas nueva, la que siente su paisaje y ama su ciudad, centraliza sus afanes en el tema de la arquitectura. En el momento casi crepuscular de los cuarenta a\u00f1os, los \u00faltimos sobrevivientes de la caraque\u00f1idad tradicional seguimos firmes en nuestra fe de que, pasada la convulsi\u00f3n demogr\u00e1fica actual, nuestra ciudad se salvar\u00e1 para aquella conjunci\u00f3n de \u201cexistencia completa\u201d \u2013o sea, de bienestar y belleza\u2013 en que se define el ideal aristot\u00e9lico de la vida civil.<\/p>\n<p>Pero a pesar del acento de nost\u00e1lgico desenga\u00f1o que algunos pudieran percibir en el tono de apremio con que escribimos palabras que nos huelen un poco a viejo como belleza y armon\u00eda \u2013y hoy tan ausentes en el nuevo l\u00e9xico de esta ciudad ch\u00e9vere\u2013 acaso convenga aclarar que no estamos entre los cultivadores de ese pasatismo algo reaccionario de aquellos eleg\u00edacos poetas de los escombros, para quienes armon\u00eda y belleza fueron valores que la ciudad liquid\u00f3 definitivamente con la ca\u00edda de las \u00faltimas tejas. En el enfrentamiento de las dos actitudes extremas: entre la que se aferra tenazmente al pasado casero de los zaguanes; entre la que arrastra su desenga\u00f1o de la ciudad por entre basureros de adobes rotos, y la del que se emboba hasta el ensue\u00f1o ante cualquier monstruosidad de siete pisos revestida de mosaiquillo italiano, no ha de ser uno espiritualmente tan chocho para a\u00f1orar en el pasado los goces est\u00e9ticos y la comunidad que el presente nos niega, ni culturalmente tan estulto para aceptar cuanto valor espurio quiera imponernos la \u00e9poca en nombre de una supuesta modernidad.<\/p>\n<p>Un examen m\u00e1s equilibrado y sereno de lo que ha sido la arquitectura de Caracas en el proceso expansivo que sigue desde los a\u00f1os guzmancistas del Septenio \u2013cuando la ciudad va a perder definitivamente su fisonom\u00eda hisp\u00e1nica\u2013 nos llevar\u00e1 a la conclusi\u00f3n de que ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni el presente \u2013descontadas ciertas excepciones que honran a la actual generaci\u00f3n\u2013 es otra cosa, en t\u00e9rminos generales, que el apogeo de algunos vicios tempranamente impuestos a la ciudad por el neoclasicismo arrogante del general Guzm\u00e1n Blanco.<\/p>\n<p>Con el mismo desenfado con que oblig\u00f3 a sus generales a disfrazarse de figurones del Segundo Imperio franc\u00e9s, y a retratarse en la fotograf\u00eda del Pr\u00f3spero Rey luciendo el emplumado bicornio que deb\u00eda recordarles las gallinas que se robaron en sus campa\u00f1as semiprimitivas de un tirito y al machete, el reformismo de Guzm\u00e1n inaugur\u00f3 para las modestas casas criollas de su Caracas, aquella est\u00e9tica de un Renacimiento y un Romanticismo trasplantado, cuyas expresiones m\u00e1s acabadas fueron el mosaico, la romanilla y esa especie de pavorreal de la utiler\u00eda ornamental que se menciona con la cursil\u00edsima palabra <em>marquesina<\/em>.<\/p>\n<p>Para satisfacer el mundanismo un tanto oper\u00e1tico de quien se jactaba de haber ense\u00f1ado a los caraque\u00f1os a comer jam\u00f3n planchado y a beber champa\u00f1a, las pobres casas de la ciudad debieron sustituir r\u00e1pidamente sus coloniales aleros y ventanas de palo, por las balaustradas y cornisamentos de una Florencia interpretada en adobe; un renacentismo al aceite de linaza cuyo Arno ser\u00eda el bilharcioso Guaire, y que lleg\u00f3 a tener hasta su Ponte Vecchio en aquel Puente de los Suspiros, al oeste de la ciudad, que los arrieros del siglo pasado utilizaban para hacer sus necesidades. A la atenci\u00f3n, de una solidez sanchesca, que hasta entonces se prodigaba a la cr\u00eda de gallinas, sigui\u00f3 un l\u00edrico inter\u00e9s por los canarios, mientras el lenguaje de las damas estrenaba palabras como \u201csoponcio\u201d y \u201ctiquismiquis\u201d. En las paredes de los dormitorios se desplaz\u00f3 el candor campesino de las lechadas con agua de cal y z\u00f3calo de azulillo, por una bizarra papeler\u00eda decorativa en cuyas rayas y <em>solanges <\/em>se prolongaba la obsesionante geometr\u00eda visual de los mosaicos del piso, o la quincaller\u00eda multicroma de las romanillas que se empe\u00f1aban en replicar en vidrio y madera calada, la moda de los <em>rubans <\/em>y camisolines de <em>fouland <\/em>divulgada por la Compa\u00f1\u00eda Francesa. Parafraseando el proverbio que se\u00f1ala a Roma como destino final de todos los itinerarios, en aquellas casas todos los caminos conduc\u00edan a una Venecia de opereta o de tel\u00f3n de teatro, pintada al \u00f3leo en la pared del comedor. Y hasta las palmas que brotaron como adorno en los corredores sobre su gran pote de mosaico, ten\u00edan en el pesado verde de sus<\/p>\n<p>espatas acanaladas, algo en com\u00fan con aquel mundo donde nada escap\u00f3 a los beneficios de la brocha gorda bien aceitada. Todo en consonancia con calles que empezaban a llamarse <em>boulevares<\/em>, y donde la pompa neocl\u00e1sica del guzmancismo comienza a levantar esas edificaciones con vocaci\u00f3n de templos griegos \u2013como el Palacio Federal y el Teatro Municipal\u2013 a los que seguir\u00e1n despu\u00e9s esos arcos de un \u00e9nfasis romano \u2013el de la Federaci\u00f3n o el de Santa ln\u00e9s\u2013, en que la peque\u00f1a urbe \u2013por contraste con su animada circulaci\u00f3n de burros y la vecindad de los trapiches\u2013 acent\u00faa su apariencia de aldeanita con centavos.<\/p>\n<p>Y como el fe\u00edsmo est\u00e9tico parece tener en Venezuela el car\u00e1cter de una enfermedad hereditaria, la Caracas que se desarrolla desde aquella espectacular mitad del siglo XIX hasta muy entrado nuestro siglo, es una larga reiteraci\u00f3n de aquel estilo en que Guzm\u00e1n Blanco nos impuso su regusto de las molduras y enmosaicados. M\u00e1s atenta a los caprichos de un decorativismo sin posibilidades de perduraci\u00f3n, que a las necesidades funcionales de la ciudad la escasa arquitectura con alguna aspiraci\u00f3n est\u00e9tica que logra prosperar en sesenta a\u00f1os de crecimiento urbano, distrae su vocaci\u00f3n artesanal en ornamentados primores de reposter\u00eda o en capillitas de un estilo postal, mientras la ciudad, desestimada en sus urgencias de crecimiento y acomodaci\u00f3n, debe resolver su problema de espacio dispar\u00e1ndose hacia los cerros, fomentando la antiarquitectura, jugar con el espacio, m\u00e1s que acondicionarlo para vivir, parece ser el af\u00e1n de aquellos gobernantes decimon\u00f3nicos. Guzm\u00e1n dedica cuantiosos recursos del erario a la construcci\u00f3n de una gran plaza y de un gran parque en el centro de Caracas, de un gran teatro y de una fachada g\u00f3tica para el antiguo convento de San Francisco, cuando a\u00fan la ciudad no tiene cloacas, y no coloca los puentes all\u00ed donde los reclama la expansi\u00f3n urban\u00edstica, sino donde han de comunicar con primorosos paseos. El general Joaqu\u00edn Crespo, imit\u00e1ndole en todo menos en su sentido de la elegancia, se distrae construyendo en El Calvario una capillita para pagar la promesa que su esposa hab\u00eda hecho a la Virgen de Lourdes, o construyendo caprichosamente un puente para pasar por debajo, un t\u00fanel para pasar por encima y un arco para pasarle por un lado. En las administraciones que siguieron despu\u00e9s hasta mediados del siglo XX, solo unos contados edificios p\u00fablicos anteriores al merit\u00edsimo ensayo de Villanueva en El Silencio \u2013como el Pante\u00f3n Nacional refaccionado por Roberto Mujica en 1930\u2013 alcanzaron en todo ese tiempo a definir el buen sentido y la aspiraci\u00f3n de solidez que parec\u00eda desterrado de aquel panorama de chatura y falsas galas que se repart\u00edan entre las colinas erosionadas por la alba\u00f1iler\u00eda irracional de los ranchos, y las audacias decorativas del yeso.<\/p>\n<p>Para conservar al d\u00eda \u2013como si dij\u00e9ramos\u2013 todo lo que las \u00e9pocas neocl\u00e1sica y modernista tuvieron de rid\u00edculo, las generaciones que siguieron a aquellas \u00e9pocas han dispuesto de los m\u00e1s eficaces procedimientos de refacci\u00f3n y restauraci\u00f3n, y de una propensi\u00f3n casi m\u00f3rbida a practicar esa forma inmunda del servilismo al original, que se llama la r\u00e9plica. En esa casi surrealista pasteler\u00eda de vidriecitos cortados, de fachaditas que parecen estarle dictando una lecci\u00f3n de bordado al transe\u00fante; en esas quinticas que se dir\u00edan acabadas de salir de una latita de galletas de Huntley Palmers; en esos muestrarios de cursiler\u00eda y frenes\u00ed imaginativo que se llamaron la Nueva Caracas, El Conde y San Agust\u00edn, \u00bfqu\u00e9 hizo la \u00e9poca gomecista, sino devolverle su perniciosa vigencia a las marquesinas y emplastos ornamentales del Septenio, al renacentismo de barajitas de cigarrillos que el doctor Rojas Pa\u00fal nos dej\u00f3 en su antip\u00e1tica parroquia de San Jos\u00e9, al bazar de pinturas y vidrios absolutamente absurdo que el general Crespo nos leg\u00f3 en el Palacio de Miraflores? La misma man\u00eda de refacci\u00f3n que en los \u00faltimos tiempos se ha definido por las cursis palabras remozamiento y remodelaci\u00f3n, \u00bfno nos habla de una insistencia viciosa en perpetuar aquellas formas? Para hilaridad y asombro de los tiempos, una de las ocurrencias m\u00e1s c\u00f3micas que tuvo la est\u00e9tica castrense del general P\u00e9rez Jim\u00e9nez, fue volverles a poner sus brazos a aquellas dos se\u00f1oras aleg\u00f3ricas que adornan el Arco de la Federaci\u00f3n, y las que la acci\u00f3n de los a\u00f1os hab\u00eda hecho objeto de una po\u00e9tica amputaci\u00f3n que las incorporaba, por semejanza, a ese mundo de los mochos amables donde tambi\u00e9n figuran la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia. Fue el autor de estas l\u00edneas uno de los pocos caraque\u00f1os que no permanecieron indiferentes al inquietante significado de aquella ortopedia de cemento, cuyo proceso se hab\u00eda iniciado ya en 1947, con la aplicaci\u00f3n de una democr\u00e1tica lechada a la cabeza del General Falc\u00f3n que asoma por sobre el g\u00e1libo del Arco:<\/p>\n<p><em>Con un trapo enrollado de un palo y un cepillo,<\/em><\/p>\n<p><em>est\u00e1n limpiando el Arco de la Federaci\u00f3n<\/em><\/p>\n<p><em>para pintarlo luego de ese intenso amarillo<\/em><\/p>\n<p><em>que tanto place al gusto de la Administraci\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p><em>Mientras dos alba\u00f1iles, a punta de cuchillo,<\/em><\/p>\n<p><em>le raspan los bigotes al General Falc\u00f3n,<\/em><\/p>\n<p><em>otro, con una cosa que parece quesillo,<\/em><\/p>\n<p><em>a las mochas de piedra les completa el toc\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p><em>Como bonito, el Arco nunca ha sido bonito,<\/em><\/p>\n<p><em>mas el tiempo le supo imprimir un tonito<\/em><\/p>\n<p><em>que mitigaba un poco cualquier mala impresi\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p><em>Pero, qu\u00e9 hacer, el tiempo muy poco significa<\/em><\/p>\n<p><em>para la brocha cursi, grotesca y nueva rica<\/em><\/p>\n<p><em>que pinta de plateado los techos de lat\u00f3n.<\/em><\/p>\n<p>Claro que los materiales evolucionan, y con ellos la apariencia de las cosas. Y si el Capitolio, por ejemplo \u2013otro m\u00e1rtir constante de la man\u00eda refaccionista\u2013 nos evoc\u00f3 siempre un circo de caballitos con su viejo techo de hojalata, con la flamante c\u00fapula dorada que le han colocado ahora ha quedado en condiciones de ser tomado por una m\u00e1quina de preparar el caf\u00e9 expr\u00e9s.<\/p>\n<p>Cre\u00edase que la man\u00eda de repintamientos y remaquillados era una consecuencia est\u00e9tica natural del esp\u00edritu reaccionario que empez\u00f3 a dominar en la administraci\u00f3n de la ciudad a partir del golpe militar de 1945. Pero aparentemente liquidada con la ca\u00edda de P\u00e9rez Jim\u00e9nez la \u00e9poca que comenz\u00f3 entonces, uno de los primeros actos de la Nueva Era fue emprender en la Plaza Bol\u00edvar una \u201coperaci\u00f3n remozamiento\u201d que pretend\u00eda \u201cdevolverle su aire colonial\u201d y convertirla en \u201cun marco digno del Libertador\u201d. Y como adelanto de lo que ser\u00eda esa dignificaci\u00f3n, se le sustituyeron sus viejos mosaicos Chellini por lo que se llam\u00f3 cursimente \u201cgranito del \u00c1vila\u201d, y se discuti\u00f3 s\u00ed debajo de la plataforma donde se toca la retreta convendr\u00eda instalar un retrete p\u00fablico o m\u00e1s bien una hemeroteca para que los ciudadanos enriquecieran su cultura leyendo los peri\u00f3dicos. Invocando parecidos prop\u00f3sitos en 1864 el general Guzm\u00e1n Blanco \u2013aquejado de id\u00e9ntico prurito del retoque\u2013 hab\u00eda destruido all\u00ed mismo la m\u00e1s prodigiosa muestra de arquitectura colonial que pod\u00eda exhibir la ciudad desde los tiempos del gobernador Ricardos; y aduciendo tambi\u00e9n motivos de bolivarianismo decorativo, el general Crespo a su vez le hab\u00eda enmendado la plana a Guzm\u00e1n elimin\u00e1ndole a la plaza su modesto piso de cemento decorado, por mosaicos de los mismos con que hizo recamar los suelos de Miraflores.<\/p>\n<p>No se les ocurri\u00f3 en cambio a los remozadores y dignificadores de la mamposter\u00eda, echar abajo ese adefesio insultante para la condici\u00f3n caraque\u00f1a de Bol\u00edvar, ese conjunto de horrores concebido en el estilo m\u00e1s definitivo del gusto cuartelario, que nos dej\u00f3 P\u00e9rez Jim\u00e9nez en el Cop\u00f3dromo de El Valle.<\/p>\n<p>Inspirado en un patrioterismo semejante al que llev\u00f3 al General G\u00f3mez a transformar el Campo de Carabobo en una utiler\u00eda de chivera, el Cop\u00f3dromo de El Valle excedi\u00f3 a todos sus antecesores en cuanto al n\u00famero de ridiculeces que pudo reunir en tan reducido espacio. Para \u201cbatir el record mundial\u201d del mal gusto, le bastar\u00eda su divertida decoraci\u00f3n de copas proceras, a las cuales debe su nombre c\u00f3mico de <em>Cop\u00f3dromo <\/em>con que lo bautiz\u00f3 Mariano Pic\u00f3n Salas. Pero adem\u00e1s de las copas de mamposter\u00eda est\u00e1n aquellos bloques o superladrillos de m\u00e1rmol travertino, que m\u00e1s que a conmemorar a los h\u00e9roes de la patria, parecen destinados a exaltar las virtudes del queso parmesano. Erguidos en su poderosa inutilidad, frustrados en todo prop\u00f3sito decorativo, la \u00fanica funci\u00f3n que parecen cumplir es la de informarnos, como en un libro telef\u00f3nico, los nombres de los mu\u00f1ecos de cobre que se alinearon a sus pies en disposici\u00f3n de jugar \u201cla candelita\u201d. Y no sabe la desprevenida nariz del transe\u00fante que por all\u00ed circula, si el horrendo olor que en esa atm\u00f3sfera flota constantemente, ha de atribuirse a las emanaciones del desacreditado r\u00edo Valle o a la pudrici\u00f3n moral que desprender\u00e1 semejante botadero est\u00e9tico. Ser\u00eda ese lugar el m\u00e1s feo de Venezuela, el m\u00e1s vulgar y el m\u00e1s antiarquitect\u00f3nico si como su competidor m\u00e1s visible para los caraque\u00f1os que circulan por la zona del centro no erigiera su pesantez de paquidermo arquitect\u00f3nico ese Escorial traducido al dulce de leche al que el simplismo interiorano de algunos periodistas llama \u201cEl Palacio Blanco\u201d.<\/p>\n<p>La constancia en la propensi\u00f3n fe\u00edsta, la adopci\u00f3n y desarrollo por cada generaci\u00f3n de lo malo que hizo la anterior, son acaso los \u00fanicos signos a que pudiera acudir un estudioso de la arquitectura caraque\u00f1a para encontrarle alg\u00fan sentido de la continuidad hist\u00f3rica. A las historiadas estatuas de Saludante y Manganz\u00f3n de la \u00e9poca guzmancista, por ejemplo, corresponde en nuestro tiempo ese funerario Paseo de las Copas, donde los saludantes y manganzones se multiplicaron a tenor del aumento de las divisas. A la ocurrencia de un G\u00f3mez de construir un botiqu\u00edn en plena monta\u00f1a de Rancho Grande, corresponden nuestros d\u00edas la de esa especie de \u201cmaruto\u201d que nos levant\u00f3 P\u00e9rez Jim\u00e9nez en la barriga del \u00c1vila bajo la denominaci\u00f3n irrespetuosa de hotel Humboldt (verdadera redundancia arquitect\u00f3nica en que incurri\u00f3 el arquitecto al construir un rascacielos sobre el tope de una monta\u00f1a, que es como decir levantar un edificio en alta mar para construir una piscina). El esnobismo un poco candoroso con que Guzm\u00e1n cree jerarquizar algunas calles denomin\u00e1ndolas <em>boulevards<\/em>, es el mismo que repiten nuestros actuales urbanistas al emplear el eufemismo \u201ccolinas\u201d para nombrar los cerros donde viven los ricos. Y aunque por una simple diferencia de dimensiones no ser\u00eda posible identificar un edificio de los que hoy nos provee la activa imaginaci\u00f3n de los usureros, con una casa setentona de la parroquia de Altagracia, bastar\u00eda el m\u00e1s somero examen por comparaci\u00f3n de detalles, para concluir que desde entonces ac\u00e1 solo cambiaron las dimensiones. Esos lobbies, porches y frentes que hoy adornan sus paredes con agresivo revestimiento de vidrio molido, \u00bfno son una versi\u00f3n en papel de lija del antiguo zagu\u00e1n empapelado de que tanto se burlan nuestros expertos en \u201cmabitolog\u00eda\u201d? La nomenclatura urbana inspirada en grandes abstracciones como el Paseo de la Independencia o el Puente Regeneraci\u00f3n, se repite en la lopecista Plaza de la Concordia o en el supercursi \u201cSistema de la Nacionalidad\u201d con su provincian\u00edsimo \u201cPaseo de los Ilustres\u201d. Y elegir para la nomenclatura urbana denominaciones destinadas a encarecer la represi\u00f3n, es tambi\u00e9n una propensi\u00f3n en que se identifican todas las \u00e9pocas. Si bautiz\u00f3 G\u00f3mez \u201cAvenida del Ej\u00e9rcito\u201d a uno de los paseos m\u00e1s finos de la ciudad de su \u00e9poca, una de las experiencias m\u00e1s humillantes que vive la Caracas de hoy es tener que soportar sobre su mismo coraz\u00f3n una avenida cuyo nombre se ide\u00f3 para exaltar la fuerza armada como ideal ciudadano.<\/p>\n<p>Lo que amamos entonces con a\u00f1orante afecto en el perdido paisaje de la ciudad, es lo que de \u00e9l hubiera podido salvarse para construirle un marco de belleza al porvenir, no la morosa placidez de sus viejas casonas, donde junto a la fragancia de las guayabas corraleras y a la musicalidad de los tinajeros, se alojaba tambi\u00e9n el voraz ej\u00e9rcito de las chinches y de las temibles madres de alacr\u00e1n. Somos, los caraque\u00f1os que hoy tenemos cuarenta a\u00f1os, nostalgiosos de los \u00e1rboles que cayeron, no de los seudofranceses <em>boulevards <\/em>que ellos adornaron. Y por lo mismo que nuestra ternura de la ciudad se formul\u00f3 siempre en el esquema abstracto del paisaje, bien podemos decir que mientras queden nuevas flores que cultivar y nuevas ra\u00edces que hincar en la tierra, nuestra aspiraci\u00f3n de serenidad y nuestras reservas de fe en la gracia de vivir \u2013 contando con la brillante generaci\u00f3n de arquitectos j\u00f3venes que ahora se pone en marcha\u2013, est\u00e1 lista para un nuevo comienzo.<\/p>\n<p>Un gobierno de probada vocaci\u00f3n nacionalista y civil como el de Isa\u00edas Medina inici\u00f3 en 1942 con la construcci\u00f3n de las grandes masas arquitect\u00f3nicas de El Silencio, la m\u00e1s grande transformaci\u00f3n urban\u00edstica que experiment\u00f3 Caracas desde los tiempos de Guzm\u00e1n Blanco. No conoce la historia de nuestro pa\u00eds una experiencia tan interesante como la que representa ese enorme cuadro de ciudad nueva, donde el arquitecto Carlos Ra\u00fal Villanueva logr\u00f3 conciliar corrientes de tan diversa orientaci\u00f3n como el criollismo colonial hispanoamericano, el funcionalismo espacial de Le Corbusier y las teor\u00edas de la ciudad-jard\u00edn ensayadas por Ebenezer Howard en Inglaterra. Dar a Caracas una arquitectura en la que el hombre venezolano se sientiese vinculado a su tradici\u00f3n hisp\u00e1nica, satisfaciendo al mismo tiempo las urgencias de la vida contempor\u00e1nea, y disfrutando de un grato contacto con el paisaje a trav\u00e9s de los \u00e1rboles, del agua y de las flores, fue un prop\u00f3sito espl\u00e9ndidamente cumplido por la reurbanizaci\u00f3n de El Silencio, y tambi\u00e9n por la enorme red de concentraciones escolares que en esa misma \u00e9poca se extendi\u00f3 por todo el pa\u00eds.<\/p>\n<p>Pero el derrocamiento del gobierno de Medina signific\u00f3 tambi\u00e9n un cambio en nuestras orientaciones urban\u00edsticas. En un acto rico de simbolismo hist\u00f3rico, en el que parec\u00eda marcarse el comienzo de un vasto proceso de despersonalizaci\u00f3n nacional, fue demolida la casa de Francisco de Miranda para convertir el terreno en un estacionamiento de autom\u00f3viles. Y como si el destino de ese pedazo de tierra siguiera siendo el de dar a la historia de la naci\u00f3n sus cifras precursoras, de donde estuvo la casa del tr\u00e1gico don Francisco iba a brotar despu\u00e9s aquel horrendo adefesio antiestilo, en que apuntaban ya las pautas de una nueva est\u00e9tica basada en el dinero.<\/p>\n<p>El torrente de d\u00f3lares desbordado sobre el pa\u00eds por la multiplicaci\u00f3n de las concesiones petroleras y la explotaci\u00f3n del hierro en el Sur, se tradujo para Caracas en un crecimiento demogr\u00e1fico de cuatrocientos mil habitantes en 1945, a un mill\u00f3n doscientos mil en 1954. Y para enfrentar el gran problema de alojamiento y circulaci\u00f3n que planteaba la nueva Shinar en que se hab\u00eda convertido nuestra peque\u00f1a capital en tan pocos a\u00f1os, surgi\u00f3 una industria de la construcci\u00f3n en que se definen las dos tendencias que hoy dominan en el pa\u00eds: junto a la mentalidad cosmopolita y sensaci\u00f3n de fuerza que parece orientar al Estado en sus inmensas edificaciones y obras viales, insurgen los miles de mamarrachos en que una clase media ensoberbecida proclama su primitivismo est\u00e9tico y su falta de cultura. Suplantada definitivamente la econom\u00eda agraria por la basada en la producci\u00f3n de materias primas para los Estados Unidos, las arruinadas masas del campo se volcaron sobre la ciudad, y al constituirse en mayor\u00eda dominante sobre la poblaci\u00f3n caraque\u00f1a propiamente dicha, le impusieron a la capital sus modos elementales de vida y sus gustos rudimentarios. Puesta bajo la \u00e9gida de aquella inmensa miseria transmigrada que invadi\u00f3 con ranchos de cart\u00f3n y latas viejas sus serran\u00edas, sus ojos de puente, sus quebradas, sus v\u00edas f\u00e9rreas y las adyacencias de sus urbanizaciones y parques, Caracas volvi\u00f3 a ser la ciudad-rancher\u00eda de los tiempos anteriores a Guzm\u00e1n, con sus hombres peludos de camisa por fuera que no se peinan ni se asean, con sus turbas de ni\u00f1os semidesnudos que duermen en los portales, con sus parques donde los nutridos grupos de vagos toman el terreno de los jardines para jugar con rurales bolas de piedra, con sus calles llenas de gente \u201cechando cocos\u201d en los d\u00edas de la Semana Santa, con sus ventas de hallacas y fritangas en pleno centro de la ciudad sobre un caj\u00f3n y un anafe de lata, con sus turbas de buhoneros que amontonan en las aceras encima de lonas sucias y cajas desvencijadas sus cerros de baratijas y trapos como en una feria campesina. La brujer\u00eda y la superstici\u00f3n, como en los pueblos aldeanos en los d\u00edas de la fiesta patronal, convirti\u00e9ronse en pr\u00f3vidas industrias. Una pol\u00edtica inmigratoria impuesta desde el exterior volc\u00f3 sobre la ciudad miles de pobres inmigrantes iletrados, procedentes de las capas sociales m\u00e1s atrasadas de Europa, entre los que no faltaron los viciosos y los criminales de guerra.<\/p>\n<p>Las mejores casas antiguamente destinadas a vivienda en el centro de la ciudad, devinieron en s\u00f3rdidos hospedajes enlaberintados de tabiques y bullentes de inmigrantes y campesinos reci\u00e9n llegados; y a sus fachadas se les cercenaron apresuradamente las ventanas para transformar las salas en tenduchos, en sucias tabernas, en tallercitos de remendones, en ventas de comida. La constante tensi\u00f3n ps\u00edquica derivada del hacinamiento, de la miseria, de la soledad, de la invasi\u00f3n brutal de la urbe por el automovilismo, de la desconfianza rec\u00edproca suscitada por el florecimiento del robo y del crimen, agriaron el car\u00e1cter de los ciudadanos y los hicieron \u00e1speros, levantiscos y espiritualmente duros. Favorecidos por el conformismo campesino que se hizo caracter\u00edstico en la vida de la ciudad, proliferaron los edificios oscuros, estrechos y feos, a cuyos deficientes servicios sanitarios no llega el agua; los transportes p\u00fablicos destartalados, sucios y p\u00e9simamente atendidos por trabajadores sin conciencia de servicio, descendieron a su punto \u00ednfimo de eficacia. La radio y la televisi\u00f3n, para satisfacer los gustos primitivos de su auditorio mayoritario, llegaron a los m\u00e1s altos extremos de la chabacaner\u00eda, el ruido y la estulticia adoptada como forma de arte. H\u00e1bitos civiles como el del aseo, la comodidad, el amor de las flores, la gentileza y el buen hablar, fueron desterrados de la nueva ciudad como signos de afeminamiento.<\/p>\n<p>Ciudad de los contrastes t\u00edpicos de los pa\u00edses subdesarrollados, al pie del edificio de quince pisos que acaba de dise\u00f1ar un disc\u00edpulo de Le Corbusier o de Niemeyer, improvisa su urinario, su comedero o su venta de yerbas de brujos para ganar la loter\u00eda, el encobijado campesino que acaba de bajarse del autob\u00fas de los Andes o de Barlovento.<\/p>\n<p><em>En Caracas \u2013escribe Mariano Pic\u00f3n Salas\u2013 la ausencia de est\u00e9tica urbana que deber\u00edan orientar los artistas, permite la disonancia arquitect\u00f3nica de tantas zonas, la arbitrariedad de los colores, el grosero amontonamiento de las vitrinas comerciales que deben contarse \u2013literalmente\u2013 entre las m\u00e1s feas del mundo. No se ha educado la gente para vivir, servir y disfrutar de la ciudad, y la chabacaner\u00eda en sus m\u00e1s variadas escalas \u2013ruidos mec\u00e1nicos a todo volumen, desorden de las cosas, ostentaci\u00f3n de insolencia\u2013 parece desafiarnos y castigarnos. En la mezcla de estilo y formas de vida que coexisten en Caracas \u2013desde la Prehistoria hasta el siglo <\/em><em>XIX<\/em><em>\u2013 a veces, frente a una tienda de El Silencio, nos parece haber ca\u00eddo junto a la \u2018miscel\u00e1nea\u2019 de una poblaci\u00f3n rural, hace muchos a\u00f1os, donde se colgaban para exhibir y vender en la misma cuerda las velas para la procesi\u00f3n, las tortas de casabe, las alpargatas y la ropa interior de rudo liencillo.<\/em><\/p>\n<p>Ya en 1955, al organizarse por <em>El Nacional <\/em>una encuesta sobre el tema, algunos trabajadores intelectuales residentes en la ciudad como Alejo Carpentier, Gast\u00f3n Diehl, el propio Mariano Pic\u00f3n Salas y \u2013en una escala m\u00e1s modesta\u2013 el autor de este libro, lanz\u00e1bamos nuestro alerta acerca de lo que empezaba a ser motivo de inquietud hasta para los caraque\u00f1os m\u00e1s indiferentes: la tendencia, cada vez m\u00e1s evidente, de nuestros caseros y constructores a convertir la ciudad en un Museo de Fealdades. Tendencia socorrida de una parte, por el Estado que con su pol\u00edtica de autopistas urbanas \u2013violatorias de las disposiciones de la Carta de Atenas y de todos los Congresos Urban\u00edsticos\u2013 ha subordinado a la circulaci\u00f3n motorizada todas las dem\u00e1s necesidades viviendarias de la poblaci\u00f3n, relegando absurdamente al hombre a una categor\u00eda inferior con respecto al veh\u00edculo; y por la otra, por la colocaci\u00f3n, en cargos dirigentes de la arquitectura, del urbanismo y del ornato p\u00fablico, de peque\u00f1os pol\u00edticos de extracci\u00f3n pueblerina, que llegan a esas posiciones ansiosos de imponerle a Caracas los primores y peque\u00f1os mamarrachos que hab\u00edan so\u00f1ado para la Plaza Bol\u00edvar de su pueblo.<\/p>\n<p>Al decorado de un gran estudio cinematogr\u00e1fico donde se estuviera filmando simult\u00e1neamente una pel\u00edcula de Cecil de Mille, una revista musical al estilo de Goldwin, el documental de un bombardeo y una secuencia, de intriga ambientada en Marruecos, podr\u00eda compararse ese abigarrado tropel de formas, discontinuidades paisaj\u00edsticas, feas gentes y feas cosas, en que se expresa la nueva Caracas con el auxilio que le presta su anarquizada arquitectura. Anarqu\u00eda en los estilos, imitaci\u00f3n, liquidaci\u00f3n de la naturaleza y cierta provinciana inclinaci\u00f3n por la pasteler\u00eda y los colores vibrantes, son algunas caracter\u00edsticas que definir\u00edan hoy a Caracas con mucha m\u00e1s propiedad que las blancas torres y las azules lomas de P\u00e9rez Bonalde. Existen en Caracas nobles muestras de arquitectura contempor\u00e1nea que pudieran dar la pauta del porvenir, pero se pierden o se ahogan en el vasto panorama de las baratijas y caries est\u00e9ticas.<\/p>\n<p>Nunca se hizo tan mal uso de un paisaje que por su composici\u00f3n natural parec\u00eda especialmente destinado a una arquitectura novedosa, bella y perdurable. La singular configuraci\u00f3n de nuestro valle y el amplio fondo del \u00c1vila con su maravilloso juego de relieves y sus cambiantes verdes, le ofrec\u00edan aqu\u00ed al moderno arte de construir, no solo un medio apropiado para la aplicaci\u00f3n de su espl\u00e9ndida variedad de recursos sino una oportunidad (la que en 1896 reclamaba Howard para los nuevos arquitectos) de demostrar que la arquitectura \u201cpor ser el arte de poner el paisaje al servicio del bienestar colectivo\u201d, puede ser en estos tiempos de crecimiento de las ciudades a expensas del campo, \u201cel \u00fanico medio de conservar activos los v\u00ednculos fundamentales entre los hombres y su tierra\u201d.<\/p>\n<p>Pero muy pocos constructores \u2013como Villanueva con su noble ensayo de El Silencio\u2013 supieron comprender al abordar el caso de Caracas, que la transformaci\u00f3n de una ciudad no supone necesariamente la destrucci\u00f3n de sus caracter\u00edsticas naturales. Y al utilizar la po\u00e9tica materia prima que Caracas les ofrec\u00eda en su paisaje \u2013lo que solicitaba un esfuerzo imaginativo para el que ninguno de ellos estaba preparado\u2013 prefirieron arrasarlo para imponerle a la ciudad lo que despu\u00e9s han llamado muy jactanciosamente \u201cun perfil progresista\u201d.<\/p>\n<p>Como en ninguna otra ciudad nueva de Am\u00e9rica, en la Caracas de hoy pueden constatarse algunos de los perjuicios que es capaz de causar el dinero cuando pretende reemplazar a la cultura. Para la empresa de convertirnos la capital en una de las ciudades m\u00e1s desagradables de que se jacta el continente, convergieron aqu\u00ed dos de las formas m\u00e1s estultas y perniciosas de la riqueza. A la estrechez espiritual de una clase media urbana semi-iletrada que se hab\u00eda enriquecido en el ejercicio de la usura, en la importaci\u00f3n de baratijas norteamericanas o simplemente en el juego de caballos, se asoci\u00f3 el aldeanismo de algunos propietarios rurales que vendieron sus \u00faltimos novillos y se vinieron a la capital en busca de m\u00e1s productivos negocios. En un pa\u00eds menos flexible a los caprichos de la propiedad privada \u2013o por lo menos m\u00e1s atento a las resoluciones de los Congresos Internacionales de Arquitectura y Urbanismo\u2013 la simple inversi\u00f3n de dinero no les hubiera otorgado a sus inversionistas el derecho a erigirse en ductores est\u00e9ticos de la ciudad. Pero no hay en Venezuela una ley \u2013ni por lo visto una autoridad\u2013 que defienda el derecho de las ciudades a ser bellas.<\/p>\n<p>Y favorecida por la libertad de acci\u00f3n que el generoso Estado les confer\u00eda a los improvisados \u00e1rbitros del paisaje, una nueva calamidad p\u00fablica hizo su aparici\u00f3n. Fueron los que pudi\u00e9ramos llamar los mensajeros de la marmolina, una cuantiosa inmigraci\u00f3n de llamados maestros de obra que ven\u00edan al pa\u00eds \u00e1vidos de imponer entre nosotros algunas de las concepciones m\u00e1s ramplonas de la alba\u00f1iler\u00eda italiana. Para realizar los ideales arquitect\u00f3nicos de unos ricos sin educaci\u00f3n y sin sensibilidad, pose\u00edan ellos todos los recursos de que la inventiva humana puede disponer en cuanto a mal gusto se refiere. Junto con sus t\u00e9cnicas de pulimento que dejaban el yeso en condiciones de parecer m\u00e1rmol \u2013y al m\u00e1rmol en condiciones de parecer turr\u00f3n de Alicante\u2013. Tra\u00edan tamices m\u00e1gicos cuya intercalaci\u00f3n entre la brocha y la pared, pod\u00eda infundirle majestad de granito a la m\u00e1s modesta \u201clechada\u201d.<\/p>\n<p>Pero su facultad m\u00e1s resaltante \u2013y sin duda la que mejor les supieron explotar sus patronos tropicales\u2013 era la de apropiarse, para la arquitectura, de formas que hasta entonces se ten\u00edan como privativas de la ebanister\u00eda religiosa, del arte musical o de la reposter\u00eda casera. A la aplicaci\u00f3n de tan curioso ingenio trasmutativo, debemos los caraque\u00f1os el que nuestra cotidiana salida a la ciudad sea ahora como una aventura de pesadilla, digna de una nueva Alicia, por entre pianos gigantes, nichos calculados como para un supersantoral y \u201cmajaretes\u201d incre\u00edblemente desarrollados. M\u00e1s audaces, aunque ya menos imaginativos, son los que trabajan por reivindicar a Grecia para la arquitectura funcional, y a los pobres cajones y \u201cmecanos\u201d que levantan en cemento armado, les a\u00f1aden invariablemente su colecci\u00f3n de metopas, su frontoncito de caricatura y su apariencia general de tabique recortado. Y como si ya no dispusi\u00e9ramos de un surtido de fealdades suficiente para colmar el m\u00e1s refinado mal gusto, todav\u00eda hemos tenido que sufrir la moda del llamado mosaiquillo de revestimiento, ese material brillante, escandaloso y vulgar, que una vez salido de su sitio natural en los lavabos parece resuelto a dejarnos a Caracas convertida en una ciudad de peltre.<\/p>\n<p>Pero en contraste con la chapucer\u00eda dominante en su crecimiento arquitect\u00f3nico, Caracas se ha distinguido tambi\u00e9n en los \u00faltimos a\u00f1os por la eficacia y extraordinario vigor t\u00e9cnico de sus obras de ingenier\u00eda. El retraso con que llegaron a la Universidad Central los estudios de Arquitectura, no solo ha justificado la usurpaci\u00f3n del oficio por una alba\u00f1iler\u00eda de la peor calidad, sino que permiti\u00f3 al ingeniero civil aventajar al arquitecto en a\u00f1os de desarrollo y experiencia. Pensamos especialmente en la ingenier\u00eda vial, cuyas conquistas \u2013estimuladas por un criterio urban\u00edstico que subordina las necesidades de la vivienda a la tiran\u00eda del mercado de autom\u00f3viles\u2013 son en cuanto a estructura, las m\u00e1s notables de nuestro tiempo caraque\u00f1o. Junto a la indigencia est\u00e9tica de unos edificios sin estilo \u2013o de una concepci\u00f3n arquitect\u00f3nica retrasada\u2013 y en los que hasta el nombre resulta a veces una insoportable cursiler\u00eda (algunos son bautizados con el anagrama o las siglas de sus arrogantes propietarios), la austeridad de las grandes avenidas le aporta a Caracas el buen sentido y aspiraci\u00f3n de solidez que no pudieron darle sus perpetradores de apartamentos.<\/p>\n<p>La ingenier\u00eda act\u00faa as\u00ed como una atenuante de la fealdad urbana; pero por curiosa paradoja, al fortalecer hasta el exceso la autoridad profesional de los ingenieros civiles, termina por convertirlos en agentes tan malignos de aquella fealdad como pudiera hacerlo cualquier aficionado a la marmolina. A ingenieros civiles que no tuvieron la modestia suficiente para quedarse en su sitio cuando el auge profesional los rode\u00f3 de prestigio, debe Caracas muchos de sus edificios llamados monumentales, verdaderos monumentos a lo pesado y duro, donde todo, se concedi\u00f3 a la fuerza y nada a la belleza. Caracas todav\u00eda espera su Pier Luigi Nervi, capaz de conciliar como en los tiempos renacentistas de Alberti, en un solo profesional las virtudes complementarias del arquitecto y del ingeniero.<\/p>\n<p>De tan intrincada controversia de intereses, la nueva Caracas va surgiendo como una ciudad improvisada, hecha para satisfacer peque\u00f1os caprichos y ambiciones, no verdaderas necesidades; desprovista de aquellos est\u00edmulos espirituales que necesita el hombre para hacer de la existencia un oficio agradable y creador, \u201cLa ciudad \u2013ense\u00f1a Arist\u00f3teles\u2013 es una asociaci\u00f3n de seres semejantes, la cual tiene por fin la vida m\u00e1s perfecta posible. Es la asociaci\u00f3n del bienestar y la virtud, para el bien de las familias y de las diversas clases de habitantes, para alcanzar una existencia completa que se baste a s\u00ed misma\u201d. Ciudad nueva rica, calculada para estrenadores de autom\u00f3viles, y donde lo suntuoso y artificial alcanz\u00f3 una monstruosa prevalencia sobre lo esencial humano: esa es la Caracas \u201cmonumental\u201d que ha desarrollado las m\u00e1s grandes autopistas de Am\u00e9rica junto a los barrios pobres m\u00e1s miserables del mundo. Rescatarla para el generoso ideal aristot\u00e9lico de la ciudad, es la tarea que espera a los nuevos arquitectos venezolanos, para cuando (alcanzada aquella autoridad conductora que solo confiere el tiempo) puedan oponer a toda violencia y a toda fealdad, la serenidad y ordenada belleza de su arte. Para entonces el nuevo hombre de Caracas, hoy paria de un instante de estremecimiento y convulsi\u00f3n hist\u00f3rica, podr\u00e1 volver los sosegados ojos al cielo de la ciudad, y como el poeta, reconocer el esp\u00edritu inmortal de Caracas en el triunfante vuelo de una tropilla de palomas que cruza el valle.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/aquiles-nazoa\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Caracas de los a\u00f1os 20 Entre los a\u00f1os finales de la primera guerra europea y el vuelo de Lindbergh sobre el Atl\u00e1ntico en 1927, nuestra Caracas es como una peque\u00f1a caja de resonancias a la que llegan con cierto retardo, pero con el encanto de una m\u00fasica nueva, las vibraciones de un mundo que [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":7067,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[18],"tags":[3],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7066"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7066"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7066\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":9062,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7066\/revisions\/9062"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7067"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7066"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7066"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7066"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}