{"id":6980,"date":"2022-12-16T16:07:25","date_gmt":"2022-12-16T16:07:25","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6980"},"modified":"2024-01-16T19:30:28","modified_gmt":"2024-01-16T19:30:28","slug":"dos-cuentos-de-marianne-diaz-hernandez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-marianne-diaz-hernandez\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Marianne D\u00edaz Hern\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"<h3>C\u00f3mo andar en bicicleta<\/h3>\n<p>Al final de la calle, en una casa con grandes ventanas y una mata de mandarinas al frente, viv\u00eda una muchacha, en la planta alta de una quinta que quedaba a ocho casas de la m\u00eda. Ten\u00eda veinticuatro a\u00f1os. Veinticuatro a\u00f1os, y los ojos negros y el pelo negro y la sonrisa esquiva de M\u00f3nica Belluci.<\/p>\n<p>Yo tendr\u00eda a la saz\u00f3n once o doce a\u00f1os y estaba enamorado. Mis padres me acababan de regalar una bicicleta monta\u00f1era, y yo corr\u00eda todas las tardes, al volver de la escuela, para subirme a ella y lanzarme una y otra y otra vez calle abajo, hasta verla llegar, la mirada baja, a veces con alguna bols con pan o con libros en los brazos, a veces s\u00f3lo con las manos en los bolsillos, ensimismada en nunca supe qu\u00e9 pensamientos.<\/p>\n<p>Ella no me miraba. Caminaba et\u00e9rea como si nada pudiera tocarla, ajena al mundo, mientras yo pedaleaba con todas mis fuerzas para alcanzarla, para seguirla por el borde de la acera hasta que llegaba a casa, sub\u00eda las escaleras y yo, entonces, daba la vuelta, al final de la calle ciega, y esperaba a que entrara y abriera la ventana que daba a la calle, y desde abajo la ve\u00eda, y segu\u00eda pedaleando calle arriba y calle abajo hasta que comenzaba a anochecer y mam\u00e1, con un grito, me llamaba a casa.<\/p>\n<p>A veces buscaba a mis amigos, dos o tres de ellos, y todos sacaban sus bicicletas y, sin conocer el motivo, se lanzaban conmigo por la calle ciega, mientras yo \u2014con la excusa del juego\u2014 hac\u00eda todo el ruido que me era posible con la esperanza de que un d\u00eda la bella se asomara por alguna ventana y me mirara. Tarde, tras tarde, tras tarde, y fueron muchos otros los vecinos que se asomaron a sus ventanas, vociferando, en un intento desesperado por hacernos callar. (Nunca entend\u00ed c\u00f3mo la gente intenta eliminar ruido con m\u00e1s ruido). Ella no. Ella nunca se asomaba, nunca parec\u00eda darse cuenta de que est\u00e1bamos ah\u00ed, corriendo alrededor suyo mientras ella caminaba lentamente hasta su casa y cerraba la puerta tras de s\u00ed.<\/p>\n<p>Desde la ventana de mi cuarto, a veces, intentaba cazar en la distancia la luz encendida de su piso, con la \u00fanica intenci\u00f3n de saberla, de imaginarla all\u00ed. Era tan poco lo que sobre ella sab\u00eda, que me invent\u00e9 un mundo de h\u00e1bitos, rutinas y preferencias para ella. Le invent\u00e9 una voz y un nombre, una vida y una forma de vivirla.<\/p>\n<p>Una tarde, mientras yo recorr\u00eda, junto a dos amigos, la calle ciega por en\u00e9sima vez, ella lleg\u00f3 \u2014la misma expresi\u00f3n de siempre, la mirada baja, las manos en los bolsillos\u2014. Llegaba temprano. Yo no la esperaba a\u00fan, y por ello, perd\u00ed el control de la bicicleta y me ca\u00ed con estruendo, a dos metros de sus pasos.<\/p>\n<p>Ella se detuvo en seco, los ojos muy abiertos, consternada. Yo me levant\u00e9 de un salto, como siempre que uno intenta hacerse el duro frente a una chica, tratar de que una verg\u00fcenza pase m\u00e1s r\u00e1pido. Me levant\u00e9 de un salto y le sonre\u00ed, azorado.<\/p>\n<p>Entonces ella ri\u00f3. Primero con una sonrisa casi invisible, y luego con una carcajada abierta, musical. Me mir\u00f3 a los ojos \u2014la risa inmensa, dulc\u00edsima, ocup\u00e1ndolo todo\u2014 y sigui\u00f3 caminando. Yo me qued\u00e9 ah\u00ed, de pie, la bicicleta ca\u00edda en medio de la calle, hasta que uno de mis compa\u00f1eros vino a sacudirme y a preguntarme si no pensaba seguir jugando.<br \/>\nEsa noche me dio fiebre de cuarenta grados.<\/p>\n<p>A los pocos meses de aquel incidente mi pap\u00e1 consigui\u00f3 un nuevo trabajo y nos mudamos a otra ciudad. Hubo que cambiarme de escuela y tuve que hacer nuevos amigos. A tal circunstancia le fue atribuido el hecho de que, despu\u00e9s de la mudanza, nunca m\u00e1s volv\u00ed a tocar la bicicleta monta\u00f1era, a pesar de que la calle donde se hallaba ubicada mi nueva casa era perfecta para pasear por ella.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 el tiempo, y una madrugada reci\u00e9n lavada, en el aeropuerto de Par\u00eds-Orly, la vi de nuevo. Yo ven\u00eda de regreso de un viaje de negocios y estaba esperando mi conexi\u00f3n a Londres. El aeropuerto parec\u00eda una c\u00e1psula suspendida en el tiempo, y el cielo gris, indeciso entre la noche y el d\u00eda, permanentemente nublado, me produc\u00eda una incierta sensaci\u00f3n de estar so\u00f1ando, o de estar dentro de alguna pel\u00edcula de ciencia ficci\u00f3n dudosa, de \u00e9sas que transcurren en el a\u00f1o 2300 y en que, por alguna raz\u00f3n que nunca he alcanzado a comprender, todo \u2014desde las ropas hasta el firmamento\u2014 se ha vuelto gris claro. En todo caso, haciendo a un lado mis divagaciones, parec\u00eda aproximarse una tormenta, y \u00e9sa era la causa de que tantos pasajeros esperaran sus vuelos sentados en cualquier parte, rodeados de maletas y con cara de resignaci\u00f3n, produciendo una atm\u00f3sfera general de desamparo que rayaba en el humor negro.<\/p>\n<p>Hay noches en que, en alg\u00fan hotel de cualquier ciudad del mundo, he puesto el televisor en mute y he jugado, mientras cambio los canales, al juego solitario de adivinar cu\u00e1l de ellos se emite desde Latinoam\u00e9rica. No es dif\u00edcil. Puede saberse por el estampado de una corbata o el color de una bufanda, por la forma mexicana de mover los labios una mujer, o por cierta falta de seriedad que no podr\u00eda ser sino venezolana. Matices que se aprenden con el paso de la nostalgia. De esa misma forma supe, mientras ella era s\u00f3lo una mujer cualquiera que, envuelta en un abrigo europeo, me daba la espalda desde el mostrador de la aerol\u00ednea, que ten\u00eda que ser, irrefutablemente, venezolana.<\/p>\n<p>Ella discut\u00eda en un franc\u00e9s herm\u00e9tico con la encargada de la aerol\u00ednea. Su manera de discutir la defin\u00eda; nunca alz\u00f3 la voz, ni enfatiz\u00f3 sus palabras con gestos excesivos; se pod\u00eda saber a la perfecci\u00f3n cu\u00e1n serio era el asunto que trataba s\u00f3lo por el tono firme y pausado de su voz. Despu\u00e9s de un rato de argumentar, pareci\u00f3 vencer o darse por vencida, abandonar la batalla. Se dio vuelta entonces y vi su rostro. Por un instante eterno cre\u00ed que la madrugada, las doce horas de vuelo y el encontrarme en un pa\u00eds extranjero hab\u00edan hecho efecto en mi psiquis y que estaba teniendo una alucinaci\u00f3n. No pod\u00eda encontr\u00e1rmela despu\u00e9s de dos d\u00e9cadas, tan lejos del sitio donde su presencia me hab\u00eda hecho caer de la bicicleta, donde su risa me hab\u00eda dejado inm\u00f3vil, paralizado y mudo.<br \/>\nCaminaba poco a poco, como si no tuviera prisa \u2014como siempre\u2014. Ten\u00eda a\u00fan aquel aire de no existir en el mismo plano que el resto del mundo, de que no pertenec\u00eda a ning\u00fan lugar, de que nada pod\u00eda tocarla. Por mi parte mediaban una carrera universitaria y un divorcio. Ella se ve\u00eda igual, a\u00f1os aparte, con esa extra\u00f1a soledad suya que la situaba en otro orden de cosas, tan distante. Se acerc\u00f3 suave, como si flotara, llevando una maleta cuyas ruedas detuvo a mi lado, y mir\u00e1ndome entonces, sin que pareciera perturbarle el hecho de que yo la hab\u00eda seguido con la mirada desde el mostrador hasta mi asiento, me habl\u00f3.<br \/>\n\u2014Vous-\u00eates v\u00e9n\u00e9zu\u00e9lien\u2014 me dijo, con gram\u00e1tica y tono de afirmaci\u00f3n, los ojos muy abiertos en espera de una respuesta. Era evidente que el color de mi corbata, o la manera de sentarme, me hab\u00edan delatado.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed \u2014arriesgu\u00e9, en una respuesta que me serv\u00eda, mal o bien, para ambos idiomas.<\/p>\n<p>\u2014Eso pens\u00e9 \u2014repuso, y con un gesto de empat\u00eda casi imperceptible, que hubiera pasado por una sonrisa, pero no lo era, pregunt\u00f3:\u2014 \u00bfPuedo sentarme aqu\u00ed?<br \/>\nPor toda respuesta, apart\u00e9 mi maleta, a\u00fan consternado, para dejar libre el acceso al asiento contiguo. Ella se sent\u00f3. Exhal\u00f3 un suspiro de cansancio y, pasando una mano por el borde de su falda hasta llegar a la rodilla, prosigui\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Yo soy de Valencia \u2014me dijo\u2014. Hace mucho que no voy por all\u00e1. \u00bfY usted?<\/p>\n<p>\u2014Yo soy de Cuman\u00e1 \u2014ment\u00ed sin planearlo, sin saber por qu\u00e9.<\/p>\n<p>\u2014Qu\u00e9 extra\u00f1o \u2014contest\u00f3 con voz casi inaudible\u2014. Por un momento se me pareci\u00f3 mucho a alguien que conoc\u00ed hace muchos a\u00f1os.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n me dio un vuelco. Permanec\u00ed callado. Ella hizo una pausa y luego agreg\u00f3, suspirando:<\/p>\n<p>\u2014Tonter\u00edas de uno cuando se va al exterior.<\/p>\n<p>Habl\u00f3 por un rato. Yo intent\u00e9 contestarle con coherencia, disimulando el extra\u00f1o nerviosismo que sent\u00eda. Fue una conversaci\u00f3n de aeropuerto: no pod\u00eda ser de otro modo. Ella ven\u00eda de Praga e iba hacia alguna parte de Suram\u00e9rica. Su vuelo se hab\u00eda retrasado, unas horas o unos d\u00edas, no lo sab\u00eda a\u00fan. Me qued\u00e9 mirando sus manos, largas, finas y blanqu\u00edsimas, que buscaban en su bolso, pausada, quedamente, como dando un tiempo a cada movimiento, como si tocara una melod\u00eda que s\u00f3lo ella pod\u00eda escuchar. Sac\u00f3 sus papeles \u2014pasaporte, boleto, visas y permisos diversos a los que uno se termina acostumbrando de tanto viajar \u2014y comenz\u00f3 a organizarlos sobre su regazo, como si los apilara en el orden en que iban a ped\u00edrselos. Yo mir\u00e9 hacia otro lado. Tuve miedo de saber su verdadero nombre, su apellido, de ver la foto en su pasaporte, de ver una partida de nacimiento o algo que certificara su existencia en el mundo real.\u00a0A veces, uno va caminando por la calle y se da cuenta de que al doblar la pr\u00f3xima esquina se encuentra la muerte. Entonces uno se da media vuelta y se regresa. A veces se regresa. A veces no. A veces uno se hace el desentendido y sigue caminando. Porque la muerte puede ser cualquier cosa. Un girasol reci\u00e9n cortado o un rev\u00f3lver humeante. O el rostro de la primera mujer que amamos cuando a\u00fan \u00e9ramos ni\u00f1os y no sab\u00edamos el tama\u00f1o de la desdicha que albergaba la vida.<\/p>\n<p>A veces uno sigue caminando. A veces se da media vuelta y elige regresar.\u00a0Le segu\u00ed la conversaci\u00f3n por un rato m\u00e1s, quiz\u00e1s unos veinte o treinta minutos. Yo tambi\u00e9n, quiz\u00e1s por contagio, comenc\u00e9 a hablar en voz baja, casi un susurro, como si temi\u00e9ramos despertar a alguien. Hablamos de aeropuertos, de partidas, de nostalgias. Evit\u00e9 hacer preguntas personales o indagar en su vida. No quer\u00eda conocer detalles que me descubrieran a una mujer distinta a la que yo hab\u00eda imaginado, a la que hab\u00eda buscado sin cesar en todas las dem\u00e1s, a la que no hab\u00eda podido encontrar en mi esposa \u2014ahora ex esposa\u2014 ni en nadie despu\u00e9s de ella. Pero miraba sus labios hablando lenta, casi inaudiblemente, y no pod\u00eda evitar pensar que toda mi vida hab\u00eda sido hecha para esperar ese instante.<\/p>\n<p>Hab\u00eda una posibilidad, al doblar la esquina. Lo supe entonces. Pude ver en sus ojos de eterna extranjera, que la soledad era la misma cosa para todos, que ella pod\u00eda estar dispuesta a exiliarse un rato, conmigo, en la habitaci\u00f3n de alg\u00fan hotel. La mir\u00e9. Me mir\u00f3. Y en medio de una frase cualquiera, como un punto y coma, su sonrisa surgi\u00f3 de nuevo, por segunda vez, y yo supe que si hubiera tenido una bicicleta me habr\u00eda ca\u00eddo de ella una vez m\u00e1s. Y pens\u00e9 en caerme. En dejarme caer. En arrojarme al vac\u00edo de su sonrisa.<br \/>\nPens\u00e9 en eso mientras ella segu\u00eda hablando, como la voz en off de una pel\u00edcula distante. Pens\u00e9 en las posibilidades y en las decisiones.<\/p>\n<p>Es f\u00e1cil culpar al destino cuando uno no desea asumir responsabilidad por las decisiones que toma. Pero \u00bfcu\u00e1nto de lo que nos pasa no se encuentra determinado por nuestras elecciones? \u00bfC\u00f3mo ir\u00eda a influir en mi destino, sin que yo lo supiera, el que, apenas un par de meses atr\u00e1s, yo decidiera elegir el vuelo que hac\u00eda enlace en el aeropuerto de Par\u00eds-Orly, en vez del que lo hac\u00eda en el Charles de Gaulle? No lo sab\u00eda. As\u00ed como jam\u00e1s conocer\u00eda la infinitud de universos posibles, distintos, a los que hab\u00eda ido renunciando sucesivamente, a lo largo de la vida, al elegir \u00e9sta o aquella mujer, \u00e9sta o aquella ciudad, una u otra universidad, vuelo o restaurante.<\/p>\n<p>Me qued\u00e9 mirando la maleta que reposaba a mi derecha. Mi maleta. Observ\u00e9 minuciosamente las costuras color caf\u00e9, las asas desgastadas por el uso, la etiqueta que indicaba en letras negras de imprenta que su destino era London-UK. De pronto, sent\u00ed la maleta como algo infinitamente ajeno, como si no me perteneciera, como si, de todas las cosas que hab\u00eda dentro de ella, no hubiera una sola que tuviera significado alguno para m\u00ed. Nada que definiera mi personalidad como la mujer desconocida que se hallaba sentada a mi lado, y de quien no conoc\u00eda, ni deseaba conocer, siquiera el nombre.<\/p>\n<p>La mir\u00e9 de nuevo, ya sin escucharla. Observ\u00e9 sus labios movi\u00e9ndose casi sin moverse, como dando un beso \u2014un primer beso, t\u00edmido, dudoso \u2014al aire. Una parte de m\u00ed, era verdad, quer\u00eda besarla. Pero \u2014lo sab\u00eda\u2014 exist\u00eda la posibilidad aciaga de que sus labios no fueran tibios y dulces como yo los hab\u00eda imaginado.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s, tan s\u00f3lo quiz\u00e1s, cuanto yo hab\u00eda cre\u00eddo, habr\u00eda sido posible. Pero era un riesgo, y no quise estropear el recuerdo de su sonrisa perfecta con un brochazo de realidad, de modo que, tras decirle que mi vuelo estaba por partir, me desped\u00ed de ella agitando la mano, por no tocarla, para que no se fuera a desvanecer.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Hotel<\/h3>\n<p><strong>\u00c1msterdam, 2008<\/strong><\/p>\n<p>Eliana miraba sin ver las im\u00e1genes que reproduc\u00eda el televisor encendido. Le costaba un esfuerzo ligeramente superior al que era capaz de realizar, el comprender en qu\u00e9 idioma narraba las noticias la rubia de la pantalla.<\/p>\n<p>Estaba sentada sobre el grueso edred\u00f3n que cubr\u00eda la cama matrimonial, en el cual un monograma dorado sobre fondo vinotinto rezaba RH en letras cursivas. Lade\u00e1ndose ligeramente hacia un lado y hacia el otro, introdujo sus manos bajo los muslos como si buscara darles calor. Lo cierto era que intentaba, mediante un esfuerzo de inmovilizaci\u00f3n, hallar un poco de tranquilidad en la tormenta que era su cabeza.<\/p>\n<p>El idioma de la rubia result\u00f3 ser un portugu\u00e9s chapurreado, un excelente distractor de sus ideas si se esforzaba por entender lo que narraba. Lo hizo. Hab\u00eda una guerra incierta entre dos pa\u00edses del Medio Oriente. Hab\u00eda crisis alimentaria mundial. Hab\u00eda un golpe de estado en cierto pa\u00eds latinoamericano.<\/p>\n<p>\u00c9l deb\u00eda haber llegado hac\u00eda ya dos horas. Su avi\u00f3n se habr\u00e1 retrasado, se dijo, aunque no se crey\u00f3 a s\u00ed misma al dec\u00edrselo. Algo le dec\u00eda que despu\u00e9s de casi una d\u00e9cada, \u00e9l quiz\u00e1s se habr\u00eda agotado de esa mec\u00e1nica sin fin y sin sentido \u2014encontrarse, una vez al a\u00f1o, en alg\u00fan hotel, en alguna ciudad del mundo, previo acuerdo, para evadir la realidad de que hac\u00eda m\u00e1s de diez a\u00f1os que ya no estaban juntos, para olvidar que el futuro planeado por ambos no hab\u00eda podido ser\u2014 y que, quiz\u00e1s, el agotamiento se tradujera en dejarle saber, mediante su ausencia, que el juego hab\u00eda terminado.<\/p>\n<p>Suspir\u00f3, cansada, y se frot\u00f3 el rostro con ambas manos, intentando despejar su mente. En el fondo, la voz de la reportera continuaba dando noticias en un portugu\u00e9s que ya no alcanzaba a comprender.<\/p>\n<p><strong>R\u00edo de Janeiro, 1998<\/strong><\/p>\n<p>Quiz\u00e1s todo hab\u00eda sido una mera casualidad. Era verdad que alguna vez hab\u00edan hablado de conocer juntos el Cristo de Corcovado; era verdad que su pasi\u00f3n por viajar hab\u00eda sido siempre un punto a favor en el ranking de los intereses compartidos. El caso era que, despu\u00e9s de casi dos a\u00f1os sin verse, se hab\u00edan hallado uno frente al otro en la barra de un bar de restaurante, en R\u00edo de Janeiro, un martes cualquiera, en medio de un calor insoportable que se colaba por las rendijas como vapor de agua. Ella no supo si el sudor que adher\u00eda las delgadas ropas a su cuerpo se deb\u00eda a la temperatura tropical o a la impresi\u00f3n, al nerviosismo que le causaba verlo all\u00ed, en el lugar menos pensado y en el momento m\u00e1s inesperado, despu\u00e9s de que pensara que nunca m\u00e1s volver\u00eda a encontr\u00e1rselo.<\/p>\n<p>Y hab\u00edan cumplido esa promesa, en las calles de la ciudad donde ambos viv\u00edan, en los lugares que sol\u00edan frecuentar, en las reuniones con los amigos que a\u00fan conservaban en com\u00fan, para venir a toparse el uno con el otro en un pa\u00eds desconocido y a miles de kil\u00f3metros de sus respectivos hogares. Se miraron, se sonrieron con timidez, como reconoci\u00e9ndose el uno al otro el hecho de que hab\u00edan huido durante dos a\u00f1os para evitar ese momento, y el momento en cuesti\u00f3n ven\u00eda a chocar con ellos de manera ineludible. Y apenas una hora despu\u00e9s, ambos re\u00edan a carcajadas de las incoherencias del destino, desnudos, a\u00fan m\u00e1s empapados de sudor, sobre la cama de hotel de la habitaci\u00f3n que ella alquilaba.<\/p>\n<p>Se miraron de nuevo. Ella, el rostro enrojecido y sudoroso, el cabello desordenado, dej\u00f3 caer primero las esquinas de su sonrisa. Se le qued\u00f3 mirando, con un fondo de nostalgia, de tristeza, quiz\u00e1s de decepci\u00f3n. Ambos sab\u00edan que no era posible una reedici\u00f3n de lo que hab\u00edan vivido. Uno de los dos \u2014ya no recuerdan qui\u00e9n\u2014 lanz\u00f3 al aire la propuesta: encontrarse, una vez al a\u00f1o, en alg\u00fan hotel, en alguna ciudad del mundo, previo acuerdo, para evadir la realidad de que ya no estaban juntos, para olvidar que el futuro planeado por ambos no hab\u00eda podido ser. El otro la acept\u00f3. Con toda probabilidad, no pensaron que funcionar\u00eda. Era seguro que cada cual cre\u00eda que el otro fallar\u00eda, que se arrepentir\u00eda a mitad de camino, que un mes antes llamar\u00eda para cancelar \u2014me he casado, tengo un compromiso ineludible de trabajo, quiz\u00e1s el pr\u00f3ximo a\u00f1o\u2014. Qui\u00e9n sab\u00eda. Si algo les hab\u00eda ense\u00f1ado la vida, es que era impredecible y caprichosa. Cualquier cosa pod\u00eda pasar a la vuelta del siguiente s\u00e1bado, se dijeron ambos para sus adentros. Por qu\u00e9 no dejar que la vida nos sorprenda.<\/p>\n<p><strong>Mykonos, 2001<\/strong><\/p>\n<p>Eliana apart\u00f3 suavemente los visillos de encaje de la cortina doble que vest\u00eda la ventana. Frente a ella, despu\u00e9s de una breve franja de arena, el mar azul zafiro se extend\u00eda hasta donde alcanzaba la vista. Sonri\u00f3 a medias. Se estaba cansando de llegar siempre primero, se dijo a manera de broma. Aquello de viajar desde puntos opuestos del globo para encontrarse en otro punto perdido, parec\u00eda a veces la trama de alguna telenovela. Pero la realidad supera con creces a la ficci\u00f3n.<\/p>\n<p>En aquella ocasi\u00f3n ella acud\u00eda desde casa, desde Caracas. Dos meses atr\u00e1s hab\u00eda estado por casarse. Hab\u00eda alcanzado a preguntarse si aquel a\u00f1o, despu\u00e9s de apenas dos viajes, se romper\u00eda la tradici\u00f3n que no hab\u00eda alcanzado a convertirse en una. No lleg\u00f3 a averiguarlo, porque lo que se rompi\u00f3 primero fue el compromiso. Sonri\u00f3 de nuevo, con leve amargura. El dinero de la luna de miel lo hab\u00eda invertido bien en aquel costoso viaje que estaba haciendo. El mar, de un azul imposible, y la belleza de la isla lo compensaban, sin duda. Sin embargo, el dinero no era su mayor preocupaci\u00f3n a la fecha. Los estudios y el exceso de trabajo comenzaban a rendir frutos, los suficientes para pagar aquella habitaci\u00f3n tres estrellas al otro lado del mundo, los suficientes para afectar su vida personal y romper un proyecto de matrimonio antes de que alcanzara a concretarse. La vida adulta era un fr\u00e1gil ecosistema, pens\u00f3, en el que cualquier m\u00ednimo desequilibrio puede desencadenar una cat\u00e1strofe. La suya, en particular, era un ecosistema en constante desequilibrio, de \u00e9sos en los que el vuelo de una mosca es capaz de causar una tormenta tropical de proporciones apocal\u00edpticas.<\/p>\n<p>A sus espaldas, el ruido de una llave la sac\u00f3 de su abstracci\u00f3n. Se dio vuelta, deslizando una media sonrisa, para ver c\u00f3mo Salvador entraba \u2014sobre un hombro, el bolso de viaje con apariencia agotada, casi humana; en su rostro, una sonrisa emerg\u00eda abri\u00e9ndose paso entre el cansancio evidente\u2014. Ella se qued\u00f3 all\u00ed, junto a la ventana, contempl\u00e1ndolo con su t\u00edpica sonrisa a medias. Se regodeaba, se dijo a s\u00ed misma, en la expresi\u00f3n de su rostro. La expresi\u00f3n de quien llega a casa, extenuado, despu\u00e9s de un largo recorrido.<\/p>\n<p>Salvador dej\u00f3 caer el equipaje y, acerc\u00e1ndose a ella, la rode\u00f3 con sus brazos, sujetando fuertemente su cintura. Sobre su hombro, mientras la abrazaba, alcanz\u00f3 a ver a trav\u00e9s de la ventana el mar azul tras la costa de Grecia. Sinti\u00f3 su cuerpo c\u00e1lido, sus suaves brazos descansando en su cuello, la hermosa cabellera casta\u00f1a justo junto a su rostro. Sinti\u00f3 su olor, el mismo de siempre, en su nuca y entre su pelo. Se pregunt\u00f3 una vez m\u00e1s qu\u00e9 hab\u00edan hecho mal. Pero ya no hab\u00eda lugar para esa clase de consideraciones.<\/p>\n<p>Cruz\u00f3 su mente la pregunta de si el fallido compromiso matrimonial de Eliana conten\u00eda una buena o mala se\u00f1al respecto a las cosas que ya no pod\u00edan ser. Pod\u00eda significar que ella se hab\u00eda dado cuenta de que su lugar no estaba junto a otro hombre que no fuera \u00e9l. Pero tambi\u00e9n pod\u00eda ser un signo inequ\u00edvoco del hecho de que ella ya estaba lista para emprender una vida lejos de su lado, aunque no funcionara en aquella ocasi\u00f3n en espec\u00edfico. En todo caso, ambos escenarios afectaban \u00fanicamente al mundo ficticio e inexistente donde todo esto a\u00fan pod\u00eda tener repercusiones.<\/p>\n<p>Todas estas cosas no las pensaba en ese momento; las hab\u00eda pensado en el avi\u00f3n que lo llevara de Nueva York a Grecia. En aquel instante s\u00f3lo cab\u00eda en su mente el espacio que ocupaba el cuerpo c\u00e1lido y liviano de Eliana entre sus brazos y contra su pecho, su respiraci\u00f3n suave acarici\u00e1ndole el cuello.<\/p>\n<p>Eliana se separ\u00f3 de Salvador y sonri\u00e9ndole, le dijo:<\/p>\n<p>\u2014Debes estar cansado. \u00bfC\u00f3mo estuvo tu viaje?<\/p>\n<p><strong>Par\u00eds, 2002<\/strong><\/p>\n<p>Salvador agitaba el az\u00facar en su caf\u00e9 \u2014el caf\u00e9 m\u00e1s caro que me he tomado en la vida, pens\u00f3\u2014 mientras observaba atentamente a la gente que pasaba por la calle. Era, dos en una, la primera vez que \u00e9l llegaba antes que ella, y la primera vez que ella no le daba la direcci\u00f3n de un hotel para encontrarse, sino la de un caf\u00e9. Mir\u00f3 por tercera vez su reloj de pulsera. Ella ten\u00eda media hora de retraso. Nada anormal, considerando los vuelos trasatl\u00e1nticos y las colas que tambi\u00e9n exist\u00edan en Europa.<\/p>\n<p>Estaba cansado por el viaje. Se pregunt\u00f3 por qu\u00e9 no le hab\u00eda pedido directamente los datos de la reservaci\u00f3n. Le hubiera gustado darse un ba\u00f1o y esperarla en mejores condiciones. Mir\u00f3 de nuevo hacia la calle mientras tomaba un sorbo de caf\u00e9. No pod\u00eda sino reconocer que el paisaje \u2014con la Torre Eiffel recort\u00e1ndose contra el cielo, en la distancia\u2014 era magn\u00edfico. Pero \u00e9l no le ve\u00eda mayor inter\u00e9s a Par\u00eds. Era ella quien hab\u00eda determinado que ya era hora de hacer ese viaje tantas veces postergado mientras estuvieron juntos. Por un instante tuvo que darle la raz\u00f3n. Que no lo supiera. Pero estaba tan cansado que desech\u00f3 el pensamiento como quien arroja a la papelera un vaso pl\u00e1stico despu\u00e9s de usarlo.<\/p>\n<p>No not\u00f3 que Eliana ven\u00eda caminando por la calzada, hacia \u00e9l, hasta que se hubo sentado ante la mesa. Vest\u00eda un su\u00e9ter verde, holgado, y una boina negra, y Salvador pens\u00f3 que parec\u00eda una postal tur\u00edstica, de \u00e9sas que venden en las agencias de viaje y en los lobbies de algunos hoteles. Se dej\u00f3 caer frente a \u00e9l, sin decir palabra, sonriendo, con una leve exhalaci\u00f3n que Salvador no pudo determinar si hab\u00eda sido emitida por ella o si era s\u00f3lo el sonido del aire al ser cortado por su cuerpo, liger\u00edsimo.<\/p>\n<p>Comenz\u00f3 a contarle de su viaje, del motivo del retraso, del desastre que era el aeropuerto, con la voz con que una ni\u00f1a narrar\u00eda una visita al zool\u00f3gico. Pero Salvador estaba cansado, y la interrumpi\u00f3 para decirle Quiero llegar a alguna parte, por favor. Ella ri\u00f3. Le pregunt\u00f3 si acaso estaban en una especie de limbo o algo similar, mientras se levantaba y lo hac\u00eda cruzar la calle con ella y seguirla durante escasos veinte metros, hasta que se hallaron frente a la entrada de un hotel tres estrellas en cuya puerta resaltaba una flor de lis en metal bru\u00f1ido. Ella empuj\u00f3 la hoja de madera y entr\u00f3, seguida por Salvador con las maletas. Se detuvieron frente al mostrador. El recepcionista, con amabilidad forzada, los salud\u00f3, y Eliana en franc\u00e9s perfecto le dijo:<\/p>\n<p>\u2014Nous avons une r\u00e9servation pour Monsieur et Madame Ferreira \u2014y mirando de reojo a Salvador, en espera de su reacci\u00f3n, le sonri\u00f3 con picard\u00eda, como un ni\u00f1o que aguarda el resultado de la broma que ha preparado. Salvador, aunque entendi\u00f3 a la perfecci\u00f3n, trat\u00f3 de no darse por enterado, tan s\u00f3lo por no darle gusto, pero la risa reprimida lo delat\u00f3. Mientras sub\u00edan el equipaje por las escaleras, ambos estallaron en carcajadas cuyo inconfundible acento latinoamericano se escuch\u00f3 en los cuatro pisos del peque\u00f1o hotel.<\/p>\n<p><strong>Kiev, 2000<\/strong><\/p>\n<p>Eliana repasaba, con su dedo \u00edndice, el dise\u00f1o del mantel. Los p\u00e9talos lanceolados de la flor de lis se repet\u00edan con insistencia, en distintos tonos de verde, en la gastada tela de lino. Ella sorb\u00eda distra\u00eddamente un t\u00e9 ya no tan fr\u00edo que ten\u00eda un vago sabor a durazno.<\/p>\n<p>\u00c9l no llegar\u00eda esa noche. No hab\u00edan encontrado cupo en ninguna combinaci\u00f3n de vuelos que le permitiera llegar a Kiev ese d\u00eda, as\u00ed que le hab\u00eda tocado, una vez m\u00e1s, a ella, llegar antes, encontrar el hotel y registrarse. Tendr\u00eda que pasar sola esa noche. Seg\u00fan sus c\u00e1lculos \u00e9l deb\u00eda llegar a la ciudad en las primeras horas del d\u00eda siguiente, quiz\u00e1s antes de que amaneciera.<\/p>\n<p>Tom\u00f3 un \u00faltimo sorbo de t\u00e9, y dejando el vaso a\u00fan medio lleno, se levant\u00f3 y subi\u00f3 hacia la habitaci\u00f3n. Era esa hora imprecisa en que la luz comienza a desvanecerse por las rendijas de las puertas, y la noche en Kiev le transmit\u00eda un extra\u00f1o estado de \u00e1nimo. Se sent\u00eda levemente desorientada, y le parec\u00eda que no ten\u00eda que ver con el hecho de estar en una ciudad que le era por completo desconocida. Era una sensaci\u00f3n distinta; a aqu\u00e9lla ya hab\u00eda acabado por acostumbrarse. \u00c9sta le deslizaba, como un susurro, la pregunta inoportuna de qu\u00e9 hac\u00eda en aquella ciudad lejana y ajena, esperando a un hombre que s\u00f3lo estar\u00eda junto a ella un par de d\u00edas y luego se marchar\u00eda de nuevo.<\/p>\n<p>Agit\u00f3 la cabeza como para sacudirse de encima esa interrogante, mientras hac\u00eda girar la llave en su cerradura. Empuj\u00f3 con un golpe de cadera la hoja de la puerta y la cerr\u00f3 tras de s\u00ed. La habitaci\u00f3n la esperaba, intacta, carente de vida. Se desvisti\u00f3 pieza por pieza, doblando cada prenda minuciosamente y poni\u00e9ndola de nuevo en la maleta, y luego se meti\u00f3 a la ducha, mientras sus pensamientos se estrellaban entre s\u00ed, produciendo en su cabeza una extra\u00f1a sensaci\u00f3n de vac\u00edo.<\/p>\n<p>Permaneci\u00f3 largo rato bajo el agua, intentando lavar de su piel todo lo que fuera ajeno a la paz que pretend\u00eda obtener de esos d\u00edas de evasi\u00f3n, y cubri\u00f3 su cuerpo de espuma una, dos, tres veces, hasta quitar cada rastro de impureza y quedar, as\u00ed, blanqu\u00edsima y con olor a jazm\u00edn, y s\u00f3lo entonces sali\u00f3 de la ducha, se sec\u00f3 con cuidado y luego de ponerse un salto de cama de sat\u00e9n, ajust\u00f3 el aire acondicionado, apag\u00f3 las luces y encendi\u00f3 el televisor, y se meti\u00f3 a dormir bajo el grueso edred\u00f3n.<\/p>\n<p>Sintoniz\u00f3 una pel\u00edcula cualquiera en ingl\u00e9s, una comedia rom\u00e1ntica hollywoodense que le pareci\u00f3 haber visto tres o cuatro veces ya, y con la sensaci\u00f3n de fr\u00edo en su piel se qued\u00f3 dormida a los pocos minutos.<\/p>\n<p>Eran alrededor de las tres y media del d\u00eda siguiente cuando Salvador lleg\u00f3 al hotel. Abri\u00f3 la puerta de la habitaci\u00f3n en silencio, haciendo el menor ruido posible, y se encontr\u00f3 el cuarto iluminado d\u00e9bilmente por el resplandor intermitente del televisor encendido, con el volumen bajo. Se desvisti\u00f3 con cautela y en silencio, para no perturbar el sue\u00f1o de Eliana, y desliz\u00e1ndose al ba\u00f1o se dio una ducha r\u00e1pida y callada para quitarse de encima ese olor indescriptible que dejan los vuelos de avi\u00f3n. Cuando estuvo listo apag\u00f3 la luz del ba\u00f1o y abri\u00f3 la puerta, qued\u00e1ndose un instante de pie, all\u00ed, contemplando. Eliana, en la cama, de espaldas a \u00e9l, dorm\u00eda, la respiraci\u00f3n ondulando levemente su espalda cubierta a medias por el sat\u00e9n de su ropa. Tratando a\u00fan de no hacer ruido, se acost\u00f3 junto a ella, sin dejar de mirarla, y pos\u00f3 con suavidad su mano derecha sobre el hombro desnudo, cuyo olor a jazm\u00edn flotaba en la habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ella, aunque dormida, murmur\u00f3 una sonrisa en la oscuridad de la noche y, acerc\u00e1ndose, se apret\u00f3 al cuerpo c\u00e1lido de Salvador y se dej\u00f3 abrazar, sumi\u00e9ndose en un sue\u00f1o a\u00fan m\u00e1s profundo.<\/p>\n<p><strong>Par\u00eds, 2002<\/strong><\/p>\n<p>De pie en el segundo nivel m\u00e1s alto de la torre, miraban la ciudad. No hab\u00eda postal, por magn\u00edfica que fuera, capaz de describir aquello, pensaba Eliana mientras se aferraba a la mano de Salvador. La brisa hac\u00eda temblar levemente la estructura met\u00e1lica y cada vez que ella sent\u00eda aquel leve estremecimiento, oprim\u00eda con fuerza; hab\u00eda algo entre temor y euforia dando vueltas en el centro de su pecho.<\/p>\n<p>\u00c9l, por su parte, sonre\u00eda con esa sonrisa suya casi imposible de ver, cada vez que ella le apretaba la mano. Pens\u00f3 con cierta tristeza en los a\u00f1os transcurridos, y en la primera vez que hab\u00edan planeado juntos hacer ese viaje. En ese preciso instante que ahora viv\u00edan, \u00e9l deb\u00eda haber sacado de su chaqueta un anillo \u2014un anillo hermoso, tan hermoso como ella, aunque de seguro no tan costoso como el que ese d\u00eda habr\u00eda podido costear\u2014 y haberle pedido que se casara con \u00e9l, all\u00ed, con la ciudad de fondo, para luego llevarla a pasear por el Sena mientras ca\u00eda la tarde.<\/p>\n<p>Se detuvo a mirarla por un instante. Ella contemplaba la ciudad, embelesada, como si \u00e9sta la hubiera hechizado y la mantuviera bajo su influjo. \u00c9l segu\u00eda mir\u00e1ndola a ella, que sonre\u00eda y le apretaba la mano a un tiempo. Ah\u00ed, se dijo, en el borde de sus labios que sonre\u00edan, estaba la felicidad. Pero \u00e9l ya no pod\u00eda atraparla, tan lejos estaba.<\/p>\n<p>Quiso tener un anillo que darle en ese momento. \u00bfQu\u00e9 habr\u00eda contestado ella?, se pregunt\u00f3. Y esa era otra de tantas preguntas para las que nunca tendr\u00eda una respuesta.<\/p>\n<p><strong>\u00c1msterdam, 2008<\/strong><\/p>\n<p>Se acercaba la medianoche y ella a\u00fan no dorm\u00eda. Acostada sobre el edred\u00f3n \u2014con las iniciales RH bordadas en dorado sobre fondo vinotinto\u2014, lloraba sin taparse el rostro ni secarse las l\u00e1grimas, en silencio. Algo indefinido, algo que no pod\u00eda describir, dol\u00eda demasiado, adentro, m\u00e1s de lo que se sent\u00eda capaz de soportar.<\/p>\n<p>\u00c9l no hab\u00eda llegado y ella, sin remedio, no pod\u00eda obtener otra conclusi\u00f3n sino que aquel juego de diez a\u00f1os hab\u00eda terminado, que los momentos, los d\u00edas robados al tiempo, los escapes ficticios de la realidad que se hab\u00edan inventado a\u00f1o tras a\u00f1o se hab\u00edan acabado, que \u00e9l lo hab\u00eda decidido as\u00ed. Era s\u00f3lo un juego, se dijo. No era m\u00e1s que un juego.<\/p>\n<p>A seis horas de distancia, un avi\u00f3n se estrellaba al aterrizar en Lisboa. A bordo de \u00e9ste, un hombre, cuyo vuelo original se hab\u00eda atrasado, hab\u00eda logrado subir luego de discutir con quien fue necesario para lograr que le asignaran un puesto en ese avi\u00f3n. Porque una mujer lo esperaba, y \u00e9l se hab\u00eda jurado, diez a\u00f1os atr\u00e1s, que nunca m\u00e1s volver\u00eda a decepcionarla.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/marianne-diaz-hernandez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>C\u00f3mo andar en bicicleta Al final de la calle, en una casa con grandes ventanas y una mata de mandarinas al frente, viv\u00eda una muchacha, en la planta alta de una quinta que quedaba a ocho casas de la m\u00eda. Ten\u00eda veinticuatro a\u00f1os. 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