{"id":698,"date":"2021-08-11T13:12:48","date_gmt":"2021-08-11T13:12:48","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=698"},"modified":"2023-11-24T18:39:27","modified_gmt":"2023-11-24T18:39:27","slug":"la-luna-no-es-pan-de-horno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-luna-no-es-pan-de-horno\/","title":{"rendered":"La luna no es pan de horno"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Laura Antillano<\/h4>\n<p>Usted, Se\u00f1ora m\u00eda, me dej\u00f3 como regalo el desgarre, y siempre tuvo la victoria final. Usted, Se\u00f1ora, no ten\u00eda derecho a dejarnos la desesperanza como legado eterno, con este ahogarse en su ausencia y con ella, con esta sensaci\u00f3n eterna de lo inconcluso. Entre usted y yo hab\u00eda demasiado que decir todav\u00eda&#8230; y sin embargo, ah\u00ed estaba, vestida de blanco, con es vestido blanco de florecitas menud\u00edsimas, y su perfil siempre digno, sereno, y el cabello negro-azabache, acostada en un ata\u00fad, que no ten\u00eda nada que ver con usted, como tampoco tienen nada que ver con usted esa sala de funeraria con cortinas de terciopelo oscuro, y las sillas pegadas a la pared, todas circunspectas, los trajes negros, el caf\u00e9, aquellos rostros casi todo conocidos por historias distintas, y las coronas de flores secas, con anotaciones hechas en escarcha sobre la cinta. No, Se\u00f1ora m\u00eda, ese no era su mundo, se trataba con m\u00e1s acierto de una representaci\u00f3n teatral donde a usted me la hab\u00edan metido en el centro, de actriz principal, de punto de partida para la historia. Usted pertenece a otras latitudes, a una luz de cielo suavecito, a un sol quemante, al mercado viejo de Maracaibo, a los que traen el pl\u00e1tano de Bobures en la madrugada, al periquito que est\u00e1 sobre la nevera y sufre de los nervios, las canciones de Agust\u00edn Lara, To\u00f1a La Negra, Leo Marini, Los Panchos y Guty C\u00e1rdenas, Clark Gable, las florecitas de bellalasonce, los encurtidos en su frasco mostrando todos los colores, el vino Sagrada Familia, los cromos de ni\u00f1os comprados en el mercado de Las Pulgas, los cojines de retazos, los cuentos de Sabana de Uchire y el r\u00edo Manzanares, la historia del caballo\u00a0 Marco Polo, la infancia alimentada de recortes de pan, los desmayos en el colegio, sus faldas anchas de muchacha de veinte a\u00f1os, su cabellera cascada que cae sobre los hombros, su mirada lejana, serena, perdida, la sorpresa frente a esa Caracas desconocida, los primeros dibujos, los esbirros, el <em><i>Morrocoy Azul<\/i><\/em>, la c\u00e1rcel de pap\u00e1, el apartamento de El Silencio, los siete hijos, un parto tras otro, el retrato grande de la abuela, los recuerdos de Barcelona, Uchire, Clarines, Puerto La Cruz, el terremoto de Cuman\u00e1, la imagen de la virgen de Lourdes con su manto azul, los dibujos de mu\u00f1equitos, las historias de cuando se ba\u00f1aba en el aljibe del patio, la enredadera de nomeolvides, con sus flores amarillas, las dos trinitarias, su risa. Una risa rara, de pocas veces, pero hermosa risa, como un estallido, con los ojotes arrugaditos en los extremos, y los dientes blancos, con toda la apertura de los labios y esa sonoridad, toda muy suya.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Usted, Se\u00f1ora, se llev\u00f3 a la tumba el \u00faltimo despojo de la esperanza, la posibilidad de creer que puede tragarse la amargura y volcarse en un r\u00edo de aguas turbias, para renacer alegres y gozosos como una vida que empieza. Nos dej\u00f3 a cambio una habitaci\u00f3n, llena de mu\u00f1ecas de porcelana, mu\u00f1ecas de rostros antiguos y ojos vidriosos, que parecen buscarla con la mirada y lamentan su ausencia. Nos dej\u00f3 una hermosa jaula vac\u00eda. Los cromos. La mesa de dibujo, los pinceles, los tubos de las acuarelas italianas, los dibujos inconclusos. Los libros del aduanero Rousseau y los primitivos. Nos dej\u00f3 sus juguetes de cuerda, las fotograf\u00edas, sus trenzas, su mirada de ni\u00f1a de los a\u00f1os cuarenta (porque usted, Se\u00f1ora, nunca creci\u00f3, siempre fue esa ni\u00f1a que fue por los a\u00f1os cuarenta).<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No sabe c\u00f3mo la busco, madre, no sabe. No tiene idea. Usted est\u00e1 en todas partes, como nos dijeron que estaba el ojo de Dios, cuando estudi\u00e1bamos catecismo en la escuela, enti\u00e9ndame bien, no se trata de hacer un poema, ni de caer en lugares comunes, enti\u00e9ndame bien, Se\u00f1ora, que lo que le digo reviste toda la seriedad que el caso requiere. Usted est\u00e1 en todas partes, con decirle que me ha tenido varios d\u00edas preguntando por ah\u00ed quien podr\u00e1 conseguirme una matica de malabar, y tanto le di al asunto, que la se\u00f1ora del mercado libre, despu\u00e9s de venderme un ramito de esas flores blancas y arom\u00e1ticas, un ramito redondo, que parec\u00eda bouquet de novia, se decidi\u00f3 a venderme una matica, que hoy por fin tengo en casa, y que es como tenerla a usted de alguna manera, aunque en la casa grande de El Milagro, nunca haya habido una mata de malabar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hace algunos d\u00edas, decid\u00ed ir a cortarme un poco el pelo, yo creo que m\u00e1s por la distracci\u00f3n propia de mi observaci\u00f3n al mundo de la peluquer\u00eda, que es una especie de centro de catarsis para la generalidad de las mujeres, porque all\u00ed pueden hablar mal de los maridos, o porque encuentran eco para los comentarios m\u00e1s simples y m\u00e1s \u00edntimos. Entr\u00e9 al local, con la natural timidez y el desconcierto de no hallar por d\u00f3nde comenzar a explicar lo que quer\u00eda, me sent\u00e9 mientras esperaba mi turno, y como quien se instala frente al televisor, hab\u00eda se\u00f1oras bajo el secador, y otras frente a ellas con la mesita de pedicurista, arreglando sus u\u00f1as y oyendo la historia de turno, sobre la amante nueva del marido, el aumento del precio del caf\u00e9, la nueva escuela para perros, las \u00faltimas vacaciones de Miami&#8230; estaba absolutamente ensimismada en las diversas conversaciones, observando los gestos, inventando mentalmente la historia de cada cliente, de cada peluquera, cuando se abri\u00f3 la puerta del local y vi la entrada de una se\u00f1ora no mayor de treinta a\u00f1os, vestida con sencillez y circunspecci\u00f3n, seria, de perfil y mirada serenos, pero con rictus de total decisi\u00f3n y firmeza remarcado en la l\u00ednea de sus labios, ten\u00eda el cabello muy negro recogido en lo alto de su cabeza, y con ella ven\u00eda una ni\u00f1a, de unos ocho a\u00f1os, muy robusta, con el cabello largo, y el uniforme de la escuela, blancos con pespuntes rojos, sus medias tobilleras, y los zapatos de tira cruzada, se le notaba nerviosa y excesivamente t\u00edmida, no miraba de frente, parec\u00eda esquivar todas las miradas que su entrada provocara. La madre se dirigi\u00f3 directamente a la que parec\u00eda la encargada de la peluquer\u00eda, y la ni\u00f1a nos miraba, casi agarrada de su falda (y digo casi porque su gesto hac\u00eda pensar que lo deseaba pero era como si una pel\u00edcula invisible le impidiera palpar esa superficie, esa pel\u00edcula estaba definida en ciertas miradas de la madre). A la ni\u00f1a la sentaron frente al espejo. Apenas sus deditos tocaban el brazo del sill\u00f3n, se miraba al espejo sin querer mirarse. La peluquera cogi\u00f3 tijeras, navaja y peine, y comenz\u00f3 su tarea. La madre estaba de pie justo a ella, conservando la seriedad que parec\u00eda habitual. El cabello cortado comenz\u00f3 a caer al piso, y la imagen del rostro de la ni\u00f1a a transformarse frente al espejo, no se mov\u00eda, parec\u00eda una estatura, creo que tem\u00eda por las tijeras, a la vez era latente su timidez, no quer\u00eda mirarse, y de pronto su cabeza se mov\u00eda mimosa cuando el movimiento de las tijeras parec\u00eda producirle alg\u00fan cosquilleo detr\u00e1s de las orejas, entonces sonre\u00eda a medias, y su rostro todo se ruborizaba, la madre la miraba e imped\u00eda que ella levantara las manos previendo alg\u00fan movimiento brusco inconsciente, para evitar ese cosquilleo, largo rato estuvieron cayendo al piso los mechones de cabello casta\u00f1o, ya yo no pude cambiar el centro de mi atenci\u00f3n desde que las vi llegar: porque, Se\u00f1ora, esa ni\u00f1a era yo, y por supuesto, esa mam\u00e1 ten\u00eda que ser usted. Me levant\u00e9, olvidando la raz\u00f3n por la que me encontraba en ese lugar, y sal\u00ed aceleradamente a la calle, necesitaba respirar el sol, volver a atajar la realidad del presente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Luego ocurri\u00f3 en un consultorio m\u00e9dico, esperaba mi turno ojeando algunas de esas revistas viejas y deste\u00f1idas que adornan los consultorios (y que usted a veces se llevaba de regreso a casa por haber descubierto un art\u00edculo que podr\u00eda interesarnos, como aquel que me consigui\u00f3 sobre la vida de Selma Lagerl\u00f6f, la poetisa sueca), estaba pues en la espera, cuando en la sala contigua, la de espera en pediatr\u00eda, descubr\u00ed una se\u00f1ora, con las mismas se\u00f1as, el mismo gesto de resignaci\u00f3n, la misma tristeza, y esa belleza extra\u00f1a casi serena, acompa\u00f1ada de dos ni\u00f1as, muy parecidas, vestidas con trajes iguales, casi del mismo tama\u00f1o, con el cabello largo, las piernas colgando del asiento porque no alcanzan el piso, sentadas una a cada lado de la madre, las tres calladas, como suspendidas en un hilo, y una luz blanca en el fondo, entra por el balc\u00f3n. Record\u00e9 el consultorio del doctor Mendoza, las esperas largas, el tratamiento de la dieta de adelgazamiento, la balanza de peso, la toma de las medidas, la paletica de madera dentro de la boca, la calva del doctor auscultando, sus preguntas. Me acord\u00e9 del sarampi\u00f3n y una larga noche de fiebre en que, entre neblinas ve\u00eda el rostro de usted con el term\u00f3metro en la mano, record\u00e9 la lechina, en la que todos ca\u00edamos a la vez y usted ten\u00eda que pasar de una cama a la otra, con el frasco de loci\u00f3n fr\u00eda mentolada y el polvo boricado. Como comprender\u00e1, aquella se\u00f1ora sentada, tan serena, me hizo olvidar la raz\u00f3n de mi espera en el consultorio y abandon\u00e9 el edificio de la cl\u00ednica, sin ninguna seguridad de ad\u00f3nde quer\u00eda dirigirme.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A veces pienso llegar al cementerio, y me hago la imagen, sentada un rato ante esa que debe ser la tumba de usted, o que dice es la tumba de usted (porque entend\u00e1monos de una vez: usted para m\u00ed no est\u00e1 ah\u00ed dentro, est\u00e1 m\u00e1s bien en todas partes como ya le digo), y sentarme, pues, ante esa tumba que debe o deber\u00eda estar cubierta de malabares, y digo sentarme porque es \u00e9sa la posici\u00f3n del reposo m\u00e1s digno y reflexivo, la soledad junto a usted, Se\u00f1ora, que siempre fue la soledad. La veo en esas largas noches de insomnio, bajando a oscuras las escaleras de la vieja casa de El Milagro, la veo sentarse pausadamente, sacar el cigarrillo de la cajetilla, encenderlo, colocar el f\u00f3sforo en el cenicero, y con un brazo cruzando el frente de su cintura, y el otro apoyado en \u00e9l, provocar las humaredas silenciosas, y esos ojos suyos siempre ausentes, siempre flotando en espacios desconocidos e insondables para los que la rode\u00e1bamos. Quer\u00eda decirle, Se\u00f1ora, que ahora puedo saber con certeza lo que usted sent\u00eda y pensaba en esos momentos largos; ahora, como le digo, lo s\u00e9, porque de pronto me toc\u00f3 ser usted, y mi inconsciente me llev\u00f3 a encender igualmente ese cigarrillo y sentirme tan ausente. Le cuento que las ni\u00f1as est\u00e1n bien, las menores un poco confundidas por su ausencia, pero ya viven lo cotidiano, ya regresaron a la escuela, ya comen otra vez tres veces al d\u00eda, ya hay que re\u00f1irlas para que se ba\u00f1en y sentarse con ellas para que hagan la tarea de la escuela. Los primeros d\u00edas de la ausencia de usted, cuando regresamos a casa, pasado el entierro, los reencuentro familiares, y con todo ese peso muy dentro, haciendo \u201cde tripas coraz\u00f3n\u201d, como dir\u00eda usted, comenzamos la vida cotidiana. En casa no hab\u00eda quien quedara para preparar la comida, arreglar un poco las habitaciones y, en fin, estar para recibir a los ausentes a las doce del mediod\u00eda; entonces me qued\u00e9, se reir\u00eda usted, ya lo s\u00e9, dir\u00eda: \u201c\u00bfElla?, no puede ser, \u00bfy c\u00f3mo lo hizo?\u201d. Pues s\u00ed, yo, aqu\u00ed, as\u00ed como soy, as\u00ed como usted me ve, con toda mi torpeza, s\u00ed, mi torpeza, esa que siempre me critic\u00f3, mi distracci\u00f3n, mi descuido para recordar las cosas m\u00e1s elementales, en fin&#8230; me toc\u00f3; bueno, los dem\u00e1s a la Universidad o al colegio, la casa se quedaba silenciosa. Comenzaba por el cuarto de atr\u00e1s, doblando s\u00e1banas y cobijas; despu\u00e9s, una pasada r\u00e1pida de escoba, de pronto un detenerse unos minutos en un rinc\u00f3n a limpiarse las l\u00e1grimas de la cara con el dorso de la\u00a0 mano, por una fotograf\u00eda encontrada, un papelito o simplemente una imagen mental, nost\u00e1lgica; adem\u00e1s, era mi momento, porque delante de pap\u00e1 y los dem\u00e1s no se debe llorar, usted comprende, \u00bfverdad?, estoy segura de que me dar\u00eda la raz\u00f3n en este asunto. Y bien, no intent\u00e9 pasar coleto seguido porque el tiempo se me recortaba y despu\u00e9s el almuerzo terminaba tarde y la gente ten\u00eda que salir a las dos y media de nuevo y se iban a quedar a media todos. Pasar a la cocina para inventar algo r\u00e1pido, de manera que al llegar las ni\u00f1itas y los dem\u00e1s ya tuviera la mesa a medio montar; la fregada de los platos le tocaba a otro, y en la tarde continuaba la batalla campal a la hora de mandarlas al ba\u00f1o; no se imagina lo que cost\u00f3 convencerlas de que hay que ba\u00f1arse todos los d\u00edas; por fin descubr\u00ed una ins\u00f3lita treta: el champ\u00fa de fresa, les gust\u00f3 tanto el olor que era como si lo comieran, despu\u00e9s el ba\u00f1o era la aventura de lavarse la cabeza con champ\u00fa de fresa, y todos qued\u00e1bamos contentos. Invent\u00e9 o reoficialic\u00e9 la hora de la merienda, otra treta para pasar al momento de hacer las tareas; lo hice como la \u201conce\u201d de los chilenos, poniendo mesa y todo, adornando el pan con mermelada, sirviendo <em><i>Toddy<\/i><\/em> o t\u00e9 fr\u00edo, o lo que encontrara por ah\u00ed, el asunto resultaba, y al final, sentarse con la Diana, para, muy pausadamente, acompa\u00f1arla a hacer su tarea, leer los enunciados de la maestra, explicarle, mandarla a sacarle m\u00e1s punta a ese l\u00e1piz \u201cque parece un toconcito\u201d, \u201cno borres tanto que se ensucia el cuaderno\u201d, \u201csi\u00e9ntate bien, no te acuestes sobre el papel\u201d, \u201cahora l\u00e9elo t\u00fa misma\u201d, \u201caj\u00e1, \u00bfentendiste?\u201d, \u201c\u00bfqu\u00e9 es lo que te preguntan?\u201d, \u201c\u00a1pero si t\u00fa sabes la respuesta!\u201d, \u201canda, trata de recordar, eso es, \u00a1ves que s\u00ed la sab\u00edas!\u201d, de golpe descubrir que mi pomposo t\u00edtulo de Licenciada en Letras Hisp\u00e1nicas no me ayuda a diferenciar las palabras esdr\u00fajulas de las graves o agudas, que he olvidado c\u00f3mo se hace una divisi\u00f3n con decimales (\u201cepa, \u00a1pap\u00e1!, \u00bft\u00fa te acuerdas de c\u00f3mo se hace esto?\u201d), qu\u00e9 son los marsupiales, y muchas otras cosas que Diana pregunta y que me hacen, disimuladamente, recurrir a la biblioteca. Entonces, cuando llegaba la noche, yo la estaba esperando, esperaba esa hora precisa en que todos dorm\u00edan, porque necesitaba volver a vivir la noci\u00f3n del silencio, olvidar el bullicio de las horas del d\u00eda, el televisor, las discusiones, el acelere, las \u00f3rdenes horarias, y me sentaba en medio del blanco silencio, en la mesa del comedor, con una cajetilla de cigarrillos y la caja de f\u00f3sforos, y me fumaba uno y despu\u00e9s otro, sin pensar en nada en especial, s\u00f3lo en la tranquilidad de ese silencio. Fue una noche de \u00e9sas cuando descubr\u00ed que usted estaba all\u00ed, estaba dentro de m\u00ed, era yo misma, \u00bfcomprende? Puedo entonces determinar con certeza el origen de esas largas noches de insomnio suyas, puedo palparlas, conocer su forma y su textura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ahora me pregunto c\u00f3mo pudo combinar ambas cosas, c\u00f3mo construy\u00f3 ese mundo de dibujos menudos, de delicado encaje, de filigrana, y a la vez&#8230; todo esto. Usted, Se\u00f1ora, ha sido injusta al dejarnos el legado de su desdoblamiento, esa doble mirada al mundo que nunca palpamos antes. He le\u00eddo sus apuntes de paseos, sus observaciones de letra cuidadosa sobre la gente en la calle, la ciudad, el sol, las cosas, los p\u00e1jaros; he le\u00eddo los borradores de sus caras, sus anotaciones para nuevos dibujos&#8230; Todos son detalles que construyen una mujer que no fue la que conoc\u00eda, y me recuerdan la noche en que nos encontramos, casualmente, a una hora ins\u00f3lita (diez de la noche) en el \u00e1rea del mercado. Yo regresaba de la Universidad, mis clases terminaban muy tarde y deb\u00eda venir al centro de la ciudad para tomar cualquier transporte que me llevara a casa; siempre ten\u00edamos problemas por mis horas de llegada, a usted le parec\u00eda ins\u00f3lito que la Universidad terminara a esa hora, para m\u00ed era un asunto de mirada, de punto de vista, de escalas de importancia. Esa noche me acordaba de parar en la esquina a esperar el paso de alg\u00fan carrito por puesto \u2013la zona despertaba mi curiosidad, una noche vi una redada policial para detener a las prostitutas, y siempre pasaban cosas extra\u00f1as entre esas cuevuchas semiiluminadas-; de pronto, esa noche la distingo nada menos que a usted; all\u00ed, muy cerca de m\u00ed, comprando cigarrillos en un puesto, mi mam\u00e1, con su cabello negro recogido, su camisa de florecitas, ancha y suelta, su perfil sereno. El asunto era poco menos que ins\u00f3lito; me acerqu\u00e9, nos saludamos como dos amigas que se encuentran, tan sorprendidas est\u00e1bamos una frente a la otra; el resto del trayecto a casa lo hicimos juntas, usted no me contest\u00f3 nada muy preciso sobre la raz\u00f3n por la que se encontraba por all\u00ed, yo tampoco recuerdo haber preguntado mucho, pero s\u00ed me llam\u00f3 notablemente la atenci\u00f3n el conocimiento que la gente parec\u00eda tener de usted, desde los vendedores de pl\u00e1tanos hasta la se\u00f1ora del puesto de peri\u00f3dicos y cigarrillos. Regresamos a casa silenciosas, c\u00f3mplices de alguna manera.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Quisiera ir de verdad, y sentarme un rato en el cementerio y conversar con usted estas cosas, y preguntarle otras que nunca me atrev\u00ed a preguntarle, como, por ejemplo, qu\u00e9 fue lo que sinti\u00f3 exactamente aquel d\u00eda en que pap\u00e1 regres\u00f3 de la c\u00e1rcel, y usted estaba tendiendo mis pa\u00f1ales en el balc\u00f3n de la D16 de El Silencio, y lo vio desde all\u00e1 arriba, qued\u00e1ndose con una pa\u00f1al suspendido entre las manos por la emoci\u00f3n, y mir\u00e1ndolo bajarse del carro, y pagarle al chofer, as\u00ed, con un paquetico de ropa entre las manos, con la camisa medio abotonada, sin chaqueta, flaco, barbudo, desgarbado, humillado tantas y tantas veces; yo quisiera saber lo que usted sinti\u00f3 mir\u00e1ndolo, paradita en el balc\u00f3n, con el pa\u00f1al muy h\u00famedo entre las manos. Quisiera saber por qu\u00e9 rompi\u00f3 su diario de los veinte a\u00f1os, aquel librito azul cerrado con llave, que yo le ped\u00ed tanto, cada vez que bajaba todas las cosas de su closet, para revisarlas y limpiarlas de polvo y recordar. \u00bfPor qu\u00e9 lo rompi\u00f3?, yo s\u00f3lo quer\u00eda corroborar si lo que usted pensaba a los quince o veinte a\u00f1os era lo mismo que yo pensaba, nada m\u00e1s que eso. Quisiera saber tantas cosas, Se\u00f1ora m\u00eda, que usted se qued\u00f3 sin decirme.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A veces suelo escaparme de mi papel de profesora universitaria, y me voy por ah\u00ed, a caminar, y busco una plaza, una que tenga muchos \u00e1rboles y donde pueda encontrar una banca tranquila y solitaria donde sentarme y pensar en usted. Entonces revivo nuestra visita a la tumba de la abuela, y todas las im\u00e1genes de mis ocho a\u00f1os, cuando la abuela muri\u00f3 y usted perdi\u00f3 un beb\u00e9 ese mismo d\u00eda, y las dos tumbas estaban muy cerca una de la otra. Ir a visitar la de la abuela significaba limpiarla un poco, vaciar los floreros de m\u00e1rmol y los lados de la placa de piedra que reza nombre y fecha, colocar agua fresca y flores nuevas, Ir a la del nen\u00e9, cubierta de piedrecitas blancas, significaba sentarse en un murito, debajo de un \u00e1rbol grande, y pasar largos ratos las dos, sin hablar, usted con la cabeza inclinada sostenida por el codo, yo recogiendo piedritas blancas y orden\u00e1ndolas por tama\u00f1o sobre la superficie del murito. \u00bfEn qu\u00e9 pensaba, Se\u00f1ora? D\u00edgame, \u00bfen qu\u00e9?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sus cosas las estamos embalando poco a poco, pap\u00e1 no quiere tocar nada (parece un cristal a punto de estallarse), y entonces, cuando hablamos de limpiar el polvo, envolver en tela las mu\u00f1ecas, guardar su ropa en un ba\u00fal&#8230; \u00e9l coge un libro de poemas y se pone a leerlos en voz alta, o a mirar por la ventana los barcos que atraviesan el lago como si los descubriera por primera vez, o habla de que hay que llevar los gatos al veterinario, o se busca los tomos de la revista <em><i>\u00c9lite<\/i><\/em> y se sienta a hojearlos lentamente&#8230; Entonces nos miramos y sabemos que \u00e9l no podr\u00e1 ayudarnos por ahora; hacemos nuevamente de \u201ctripas coraz\u00f3n\u201d, y tratamos de tocar todo por encima, de no mirar, de no pensar, de despersonalizar la tarea necesaria. Desde su ventana se sigue viendo el lago, Se\u00f1ora, y las matas del patio tienen quien las riegue, el periquito sigue siendo un hist\u00e9rico, y de vez en cuando hay que poner goticas para los nervios en el agua que toma.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Yo tengo un recurso final: escapar a la cocina y ponerme a limpiar los closets, la despensa (usted hac\u00eda eso acaso una vez al mes, \u00bfrecuerda?); entonces lavo cuidadosamente cada plato, taza, vaso, bandeja, cubierto, cuchar\u00f3n, cafetera, dulcera, jarr\u00f3n; me afano en los detalles m\u00e1s peque\u00f1os, pongo insecticida, sacudo los estantes, ordeno y reordeno, y estoy tranquila hasta que aparecen cosas como las dos m\u00e1quinas de moler ma\u00edz, pesadas, de hierro, con su forma extra\u00f1a, recluidas en cajas desde que parecieron esos productos en polvo que sustituyen al ma\u00edz que hab\u00eda que moler. La cojo y las examino detalladamente; la m\u00e1s grande era la de la abuela: la recuerdo tanto como su gran cocina, o su piedra para golpear la carne al sazonarla, y la abuela y usted en sucesi\u00f3n est\u00e1n en estas m\u00e1quinas de moler ma\u00edz, est\u00e1n en las dos exprimidoras de naranja, est\u00e1n en el colador anaranjado, en los platicos para servir postre, objetos heredados, objetos cotidianos que dibujan la casa, la sensaci\u00f3n tibia de la casa. Vivo la imagen de la abuela, bordando, sentada al lado de la radio, mientras yo jugaba debajo de la mesa, metida en una jungla imaginaria. La veo a usted, sentadita en la mesa de dibujo, construyendo su mundo de personajes diminutos, haciendo total abstracci\u00f3n de esta realidad que rechazaba. Y me pregunto si dentro de unos a\u00f1os habr\u00e1 una cuarta de nosotras que nuevamente lave, con suavidad y nostalgia, cada objeto, y a \u00e9stos que ahora yo veo est\u00e9n sumados los m\u00edos, y ella tenga tambi\u00e9n esta sensaci\u00f3n de vidas inconclusas, e tristezas ancestrales&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Se\u00f1ora, si al final somos la misma, por qu\u00e9 tanto subterfugio, tanta distancia, tanto silencio, tanto dejar de decir, Se\u00f1ora m\u00eda, quiero decirle que, en su velatoria (y c\u00f3mo odio usar estas palabras), la gente que ven\u00eda de su rama familiar me identificaba al verme (vino gente de muy lejos, gente que quiz\u00e1s usted no vio en much\u00edsimos a\u00f1os); al verme pensaban: \u201cEsta tiene que ser su hija y es innegable la mirada, el tono bajo, la sensaci\u00f3n de estar flotando en otras galaxias\u201d; usted y yo nos parecemos hasta en eso, Se\u00f1ora; son cosas del destino, de la historia. Y nunca nos detuvimos a medir ni siquiera nuestras posibilidades de rebeli\u00f3n, porque debe usted saber que lo fue a su manera y yo a la m\u00eda y que es casi ley del contexto esto de la dial\u00e9ctica; un acuerdo total entre las dos hubiera sido historia falsa, puro artificio, pero, en el fondo, usted debi\u00f3 saber siempre que yo era su prolongaci\u00f3n, la continuaci\u00f3n de la an\u00e9cdota. Qu\u00e9 dif\u00edcil se nos hizo todo, madre, qu\u00e9 dif\u00edcil, hablarse, entenderse, qu\u00e9 de claves tuvimos que inventarnos, c\u00f3mo no es dulce ni bondadoso el amor cuando se trata de seres nacidos para las m\u00e1s tortuosas pasiones, c\u00f3mo somos duras cuando amamos y suaves frente a los que nos son indiferentes. Como dejamos que nos ahogue ese laberinto antidial\u00e9ctico cuando emociones y orgullo est\u00e1n en juego, en franca batalla, en aguerrido y abierto combate, c\u00f3mo l\u00e1grimas ocultas, palabras no dichas, gestos resguardados, pueden acorralar el mar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Mi huida. Ese escape del mundo c\u00e1lido. La ventura de aprender a vivir. Y aquella frase suya retumbando fuerte: \u201cLa luna no es de pan-de-horno\u201d; claro que no es, mam\u00e1, ahora s\u00e9 lo mucho que no es; es de piedra y fuego, y dura, con un palo, con todo, hay que estar de pie, y con \u201cel \u00e1nima bien templada\u201d, porque como dice el poeta: \u201cel \u00e1nima bien templada salva la doliente criatura&#8230;\u201d.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ya la veo a usted, Se\u00f1ora, al abrir la puerta de la que fue mi casa nueva, en lo m\u00e1s alto de un viej\u00edsimo edificio en las m\u00e1rgenes de la ciudad: la veo a usted, con el rostro contra\u00eddo, con su seriedad que vea rictus, y mi sorpresa toma el car\u00e1cter del asombro profundo frente a su persona, y dos preguntas se me clavan \u201centre pechos y espalda\u201d, como quien vive una duda sin ninguna posibilidad de certeza. \u00bfQu\u00e9 hace mi madre aqu\u00ed?, \u00bfc\u00f3mo pudo subir cinco pisos de escalera? Trataba de o\u00edr una respiraci\u00f3n acelerada, pero usted estaba serena; eso me hizo pensar en cu\u00e1nto tendr\u00eda all\u00ed, detenida frente a mi puerta, recuperando su ritmo respiratorio y cavilando para seleccionar las palabras precisas con las cuales decirme: \u201cVuelve a casa, vuelve con nosotros\u201d, sin que yo fuera a descubrir ni su dolor ni su angustia, que eran dos cosas que necesitaba ocultarme, por orgullo, por car\u00e1cter, o qui\u00e9n sabe por qu\u00e9. Usted pas\u00f3 adentro, mam\u00e1, con paso lento, y se sent\u00f3 en la mecedora, una mecedora de fibra de card\u00f3n, con asiento de cocuiza. Fueron muy largos esos minutos en que la vi observar minuciosamente esa que era mi casa. Yo esperaba con ansiedad sus palabras y no sab\u00eda mirarla ni qu\u00e9 decirle, y&#8230; le ofrec\u00ed caf\u00e9, y fui desde\u00f1ada.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cuando ya una calma sin palabras ocupaba todo aquel espacio, con la luz blanca y grande de la ventana al fondo&#8230; usted me mir\u00f3. Su rostro ten\u00eda una expresi\u00f3n indefinible; no hab\u00eda dolor ni tristeza, hab\u00eda algo como decisi\u00f3n, pero no era exactamente eso tampoco; yo pude ver sus ojos, eran los mismos de la fotograf\u00eda, esa grande, que est\u00e1 en mi habitaci\u00f3n.\u00a0 Entonces o\u00ed su voz, creo que fue la primera vez que habl\u00f3, me dijo: \u201cRecoge tus cosas porque vine a buscarte\u201d. Ah, Se\u00f1ora m\u00eda, qu\u00e9 dif\u00edcil era decirnos simplemente que nos quer\u00edamos, qu\u00e9 dif\u00edcil. Usted nunca pudo, en ese entonces, hablarme como lo que yo era, una muchacha de veinte a\u00f1os, que descubr\u00eda al mundo como un gran circo, con equilibristas, payasos y tambi\u00e9n empresarios. Pero yo tampoco era capaz de dilucidar todo el amor que pod\u00eda haberla llevado a usted a subir los cinco pisos de aquella escalera, h\u00fameda y oscura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En estos d\u00edas, limpiando la habitaci\u00f3n, encontr\u00e9 por casualidad la tarjeta que usted me envi\u00f3 de Houston&#8230; La hab\u00edan ocultado para que yo no la viese, lleg\u00f3 despu\u00e9s de su muerte, como todas las que envi\u00f3 a cada uno de sus hijos. Querida madre, me hablaba usted de los ni\u00f1os, los parques y los p\u00e1jaros, estaba feliz y quer\u00eda verme&#8230; \u00bfQu\u00e9 imagina que puede sentir al leerla? En cosa de horas, usted se traslada a la sala de cirug\u00eda, vestida con la ilusi\u00f3n de un pr\u00f3ximo retorno. En unas horas se nos notifica que ha muerto. En unas horas se nos participa que seremos seres inconclusos <em><i>per secula seculorum<\/i><\/em>. En unas horas nos desgarran el sue\u00f1o. En unas horas nos la entregan a usted, metida en una caja gris. En unas horas nos hacen reconocer que ya no hablar\u00e1 m\u00e1s del aljibe de la casa de Clarines, ni de los caballitos sanjuaneros, ni de las mu\u00f1ecas de trapo, no de la no me olvides, ni cantar\u00e1 <em><i>Perfume de gardenias<\/i><\/em>, ni servir\u00e1 la cena de a\u00f1o nuevo, ni cuidar\u00e1 los gatos, ni se reir\u00e1, ni construir\u00e1 esos encajes dibujados de mu\u00f1equitos, oficio de alquimista, de artesano chino. En unas horas, en un pu\u00f1adito chiquito de horas, quieren ense\u00f1arnos, de una vez por todas, que \u201cLa luna no es pan-de-horno\u201d \u00bfSe imagina, Se\u00f1ora m\u00eda? Es el desgarre total, es que lo agarren a uno y le den palo y palo, es como si lo rasgaran con una hojilla desde el centro mismo de la cabeza, es como si de pronto la ciudad se vaciara y no te quedara ni un alma conocida. Es el vac\u00edo. El silencio infinito y blanco. Es como quedarse mudo y tragarse el grito. Por eso, usted comprender\u00e1, ped\u00ed que cerraran el ata\u00fad; por eso, no pude seguir vi\u00e9ndola as\u00ed, con el vestido blanco y su rictus de seriedad, porque uno tiene sus l\u00edmites, Se\u00f1ora m\u00eda, y sabe cu\u00e1ndo est\u00e1 a punto de desgranarse en filamentos de vidrio incinerable, porque uno se empe\u00f1a en eso de que \u201cel \u00e1nima bien templada salva la doliente criatura\u201d. Yo quiero que usted se ponga en mi lugar por un segundo&#8230; \u00bfLo comprende ahora? Tiene ahora que comprender, Se\u00f1ora, por qu\u00e9 le digo que nos dej\u00f3 como legado la desesperanza, porque no ha habido nada como ahogarse en esta ausencia, en esta sensaci\u00f3n de lo inconcluso.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/laura-antillano\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Retrato de se\u00f1ora, \u00f3leo de Luisa Richter<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Laura Antillano Usted, Se\u00f1ora m\u00eda, me dej\u00f3 como regalo el desgarre, y siempre tuvo la victoria final. Usted, Se\u00f1ora, no ten\u00eda derecho a dejarnos la desesperanza como legado eterno, con este ahogarse en su ausencia y con ella, con esta sensaci\u00f3n eterna de lo inconcluso. 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