{"id":6917,"date":"2022-12-05T23:26:12","date_gmt":"2022-12-05T23:26:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6917"},"modified":"2023-11-24T18:24:14","modified_gmt":"2023-11-24T18:24:14","slug":"cuentos-de-carolina-lozada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-carolina-lozada\/","title":{"rendered":"Cuentos de Carolina Lozada"},"content":{"rendered":"<h3>La oscuridad de Nina<\/h3>\n<div class=\"entry\">\n<p>Los ojos de Nina se suben al autob\u00fas. Es mi\u00e9rcoles y hace calor. No hay asiento disponible y Nina se queda parada lac\u00f3nicamente observando a los pasajeros, que en su mayor\u00eda llevan la mirada pegada a las ventanillas en un mudo di\u00e1logo de miradas callejeras. El autob\u00fas cubre la ruta hacia las afueras de la ciudad. Vestido de azul circula diariamente por las calles de una ciudad en la que no existe el invierno, ni el oto\u00f1o, s\u00f3lo un eterno verano visitado por una primavera de flores ex\u00f3ticas y olores a especies cautivas. Bancos, escuelas, bazares y edificios son parte del escenario que circunda las vueltas del transporte p\u00fablico.<\/p>\n<p>La penetrante mirada de Nina se esparce por toda la unidad. Los pasajeros no se fijan en ella m\u00e1s all\u00e1 de verla subir. S\u00f3lo atrapa la infantil curiosidad de un peque\u00f1o con sombrero y arma de juguete que la observa desde su asiento. Los ojos del ni\u00f1o, acostumbrados a las historietas y los comics, la miran atentamente. \u00bfCu\u00e1l es el atractivo que Nina ejerce sobre el chico?, \u00bfqu\u00e9 llama tanto su atenci\u00f3n?, \u00bfser\u00e1n sus ojos nocturnos que le embelesan? \u00bfo, tal vez, esas cejas pobladas como un oscuro jard\u00edn? Los labios cerrados de la mujer simulan una mueca de desinter\u00e9s. No obstante, no puede disimular la incomodidad que le causa la mirada del peque\u00f1o vaquero. La madre, al percatarse de la indiscreci\u00f3n infantil, le habla al o\u00eddo y el ni\u00f1o, despu\u00e9s de o\u00edr las palabras, gira la mirada hacia la ventanilla. En ese momento una fila de ciclistas pasa al lado del autob\u00fas. El peque\u00f1o sonr\u00ede y pega su rostro y manos al vidrio que lo separa del ordenado grupo de deportistas. Uno de los ciclistas le sonr\u00ede y el ni\u00f1o le dice adi\u00f3s con las manos cuando el autob\u00fas, impulsado por un motor no humano, deja atr\u00e1s las fibrosas piernas de los ciclistas. No muy lejos, los sigue un cartero en una vieja motocicleta, lleva el buz\u00f3n repleto de correspondencia. Cartas de amor y desamor, cartas de madres, de soldados de guerra, de amantes que esperan en casa, cartas de suicidas, de remitentes sin destinatarios. El cartero se pierde en la reverberaci\u00f3n del sol. Pronto el paisaje se convierte en un interminable tendido el\u00e9ctrico, acompa\u00f1ado de cad\u00e1veres de animales que ocasionalmente aparecen a orillas de la carretera y algunas aves que vuelan cansadas qui\u00e9n sabe a qu\u00e9 lugar. Ante la monoton\u00eda del paisaje el chiquillo se aburre y se sienta nuevamente en su lugar mientras la madre sigue leyendo una revista de modas y cocina.<\/p>\n<p>Un pasajero se queda en uno de los solitarios parajes de un pueblo nacido a orillas de \u00e1ridas monta\u00f1as. La camisa a cuadros y el rostro curtido del hombre se pierden en la explanada. A\u00fan queda m\u00e1s de una hora de viaje para llegar a la otra orilla de la ciudad, Nina logra sentarse. Desde su asiento el peque\u00f1o puede observar el perfil de la mujer, una nariz discretamente pronunciada y una piel blanca levemente acariciada por el sol. Las manos, apenas descubiertas, se ven largas y suaves. Nina se desentiende del chico y se dedica a observar el resto de los pasajeros. Ve el brazo del chofer, un brazo curtido por los excesos de sol. Mira su cabeza invadida por las canas, esas canas que asoman una pronta jubilaci\u00f3n. Un hombre pensativo lleva la cabeza pegada a la ventana. Est\u00e1 tan ensimismado que pareciera no sentir las envestidas cuando el autom\u00f3vil cae en espor\u00e1dicos huecos callejeros. Los pasajeros saltan, producto del impacto, el cuerpo del hombre salta junto al resto de los pasajeros, pero su mirada contin\u00faa suspendida en pensamientos que s\u00f3lo a \u00e9l le pertenecen. Una se\u00f1ora con cara y cuerpo de matrona lleva las manos sobre su pronunciado vientre, en el cuello le cuelga una peque\u00f1a crucecita y al lado de sus piernas descansa una bolsa con v\u00edveres y pan. Es blanca, robusta, con brazos fuertes y saludables. Su cabellera rubia y poco abundante est\u00e1 cubierta por una pa\u00f1oleta, tiene los ojos peque\u00f1os y una nariz cl\u00e1sica, viste de negro como una viuda reci\u00e9n estrenada. La m\u00fasica suena en los o\u00eddos de un joven, a trav\u00e9s de su equipo port\u00e1til. Sus pies y cabeza se mueven al ritmo de lo que escucha. Una mujer de rasgos delgados y tristes lee un libro grueso de olor milenario. Nina clava la mirada en la cabeza de la joven, observa los escu\u00e1lidos cabellos esparcidos por su nuca, por el cr\u00e1neo escondido. Percibe el olor de su cabellera limpia, de su piel refrescada por lociones de ba\u00f1o. Es una mujer joven, debe estar enamorada, o por lo menos, debe creer o so\u00f1ar con el amor. Tal vez vaya a verse a escondidas con su amante, o quiz\u00e1s s\u00f3lo quedaron en verse para salir a caminar, a contemplar estrellas y esas cosas sencillas y vitales que gustan hacer los enamorados. Las manos de la chica pasan las p\u00e1ginas del libro como empujadas por una fiebre inquietante. El libro habla de corazones y de noches vestidas con papel de celof\u00e1n. Dentro del autob\u00fas hay m\u00e1s rostros, todos an\u00f3nimos, algunos atractivos, otros menos llamativos, olvidables la mayor parte de ellos. Cada rostro sobre una cabeza que piensa, reflexiona, imagina, recuerda sentada en la ruta del tradicional autob\u00fas azul.<\/p>\n<p>La solicitud de parada por parte de la madre del chiquillo vestido de vaquero, despierta a Nina de su concentraci\u00f3n en la lectura. Al levantarse, dispuestos a abandonar el autob\u00fas, el chiquillo se voltea, mira a Nina y le hace una se\u00f1al de disparo con su arma de juguete. El eterno bang bang de los westerns norteamericanos. Gary Cooper, Clint Eastwood en el imaginario de bandidos y vaqueros, de buenos y malos. El joven de la m\u00fasica en los o\u00eddos sonr\u00ede ante el travieso gesto del peque\u00f1o.<\/p>\n<p>A Nina no le hizo gracia la travesura. Sus grandes y oscuros ojos miraron con recelo al ni\u00f1o y al joven que sonre\u00eda divertido desde su asiento. La madre tom\u00f3 fuertemente al ni\u00f1o de la mano, apur\u00f3 su paso mientras le recriminaba su comportamiento con la se\u00f1orita. Con una sonrisa apenada trat\u00f3 de disculparse con Nina pero ella continuaba inmutable como un muro silencioso y ajeno. La madre y su hijo bajaron, r\u00e1pidamente y a escondidas, el ni\u00f1o le hizo una mueca a Nina desde la calle antes de perderse ambas figuras, dejadas atr\u00e1s por el transporte que continu\u00f3 su recorrido por calles que parec\u00edan hechas de mediod\u00edas, por casas de sol y ventanas abiertas. Hac\u00eda calor, mucho calor. El pulso de las calles languidec\u00eda en una especie de sopor suspendido. Los rostros de los transe\u00fantes se mostraban agotados. Las aves se posaban sobre \u00e1rboles cansados. Los pasajeros del autob\u00fas transpiraban en silencio, la somnolencia los invad\u00eda. Desde las ventanillas del ala derecha se pod\u00eda observar un mendigo con aspecto delirado afeitando su rostro con una vieja hojilla desechable. Se ve\u00eda muy sucio y aun cuando afeitaba una y otra vez su rostro frente al vidrio de un auto estacionado, su oscuro bigote permanec\u00eda aferrado a la piel como el moho al pan viejo. La lectora no se fij\u00f3 en el mendigo, estaba absorta en la lectura. Le\u00eda historias del oriente maravilloso, de especies y decorados sensuales, de bailarinas con vientres ardientes, de mujeres de ojos cautivadores. Camellos, caballos, alhajas, guerreros, arena mortal e infinita.<\/p>\n<p>Poco antes de llegar al destino final de la ruta, Nina cerr\u00f3 los ojos y pens\u00f3 en silencio. Nadie sabe en qu\u00e9 o en qui\u00e9n pens\u00f3. Quiz\u00e1 recordaba su infancia, tardes de juegos y chocolates, los amores furtivos en la adolescencia, alg\u00fan deseo por satisfacer. Sus pechos bajaban y sub\u00edan al ritmo de su acelerada respiraci\u00f3n. Ninguno de los pasajeros se percat\u00f3 que el coraz\u00f3n de esta mujer crec\u00eda en aceleraciones. Su coraz\u00f3n bombeando sangre a una velocidad vertiginosa. De pronto, sus ojos de hechicera nocturna se abrieron como pose\u00eddos por una fiebre alucinatoria, sus manos que parec\u00edan muy suaves, se deslizaron hasta la cintura, sus labios pronunciaron unas palabras que nadie entendi\u00f3 o que pronto el viento se trag\u00f3. De repente y con determinaci\u00f3n hal\u00f3 un cord\u00f3n escondido entre sus ropas, un cord\u00f3n que bien pudo haber sido una de esas vistosas alhajas que llevan las mujeres en los cuentos milenarios del oriente maravilloso, o tal vez fue un simple cord\u00f3n blanco, gris, triste cord\u00f3n de muerte. En instantes, el autob\u00fas explot\u00f3, justo en la redoma, en la entrada a la otra orilla de la ciudad. Los pasajeros no tuvieron tiempo ni para sorprenderse. El chofer apenas pudo mirar por el espejo retrovisor, la matrona se llev\u00f3 las manos a la cruz que colgaba en su cuello, el joven flaco no oy\u00f3 las palabras de Nina y segu\u00eda tarareando las canciones, la lectora vio la expresi\u00f3n de la mujer y supo inmediatamente de que se trataba, hab\u00eda le\u00eddo tanto sobre ello, pero nunca pens\u00f3 que pudiera pasarle a ella. El miedo hizo que el libro cayera a sus pies. Los pensamientos del hombre ensimismado volaron junto a su cuerpo. Despu\u00e9s de la explosi\u00f3n vino el silencio de la muerte. Las llamaradas de fuego apagaron los gritos del chofer y los pasajeros. Los colores del infierno, el olor chamuscado de la muerte. El cuerpo de Nina, al igual que el del resto de los pasajeros, esparcido por todos lados.<\/p>\n<p>Ese triste mi\u00e9rcoles el viento gem\u00eda cansado en una ciudad golpeada por el sol. Los ojos de Nina desaparecieron, seguramente se perdieron en la oscuridad de sus pupilas. S\u00f3lo se hallaron restos esparcidos en ese lugar de muerte fan\u00e1tica, una peque\u00f1a cruz aferrada a un cuello destrozado, los solitarios aud\u00edfonos de un equipo de m\u00fasica port\u00e1til y las p\u00e1ginas quemadas de un libro que con la brisa comenzaron a volar y a ser le\u00eddas por el viento, <em>te cuento una historia pero no me arranques el coraz\u00f3n<\/em>.<\/p>\n<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El cumplea\u00f1os de Elisa<\/h3>\n<p>Elisa fue sola al cine el d\u00eda de su cumplea\u00f1os, lo s\u00e9 porque yo estaba detr\u00e1s de ella en la fila para comprar los boletos. Tambi\u00e9n s\u00e9 que se llama Elisa porque mostr\u00f3 su c\u00e9dula de identidad para comprobar que en efecto era el d\u00eda de su aniversario y as\u00ed poder gozar del combo cumplea\u00f1ero, cortes\u00eda de la casa: pagar\u00eda s\u00f3lo la mitad de la entrada y la empresa le obsequiar\u00eda unas cotufas con refresco. \u00a1Feliz cumplea\u00f1os, Elisa!, le dese\u00f3 con una gran sonrisa la muchacha de la boleter\u00eda al mirar su c\u00e9dula. La mujer\u00a0 agradeci\u00f3 la felicitaci\u00f3n con un gesto que no lleg\u00f3 a ser una sonrisa completa, sino apenas un asomo de reservada cortes\u00eda.<\/p>\n<p>Muchos de los que se encontraban en la fila ni se enteraron de la noticia personal de esta mujer que ese martes estaba cumpliendo unos cuarenta y tantos a\u00f1os y que luc\u00eda un aspecto pasado de moda. Elisa parec\u00eda una maestra rural de los a\u00f1os cincuenta, con su cuerpo largo y flaco, sus labios estrechos pintados de rosa vieja y esa falda oscura y fea que llevaba puesta en conjunto con una blusa sin mangas, beige, que resaltaba la planicie de su pecho. Remataba su aspecto\u00a0 soso y desali\u00f1ado con unos lentes de carey, de esos que ya no se usan, unos lentes demasiados grandes para su rostro.<\/p>\n<p>Las entradas para las salas 1 y 3 se agotaron desde temprano. La mayor\u00eda de las personas que hac\u00edan fila para estas funciones eran j\u00f3venes y ni\u00f1os, que esperaban ansiosos para ver el documental con las \u00faltimas im\u00e1genes en vida de una estrella musical que acababa de morir. Buena parte de ellos iban vestidos imitando el atuendo del cantante, algunos llevaban guantes brillantes, otros sombreros negros, y muchos repet\u00edan sus pasos de baile mientras esperaban por su boleto. En contraste con esa vistosidad y bullicio resaltaba la figura sola y seca de Elisa.<\/p>\n<p>Un viejo que ya hab\u00eda comprado su boleto y que escuch\u00f3 cuando la felicitaron, se\u00a0 acerc\u00f3 y le dese\u00f3 feliz cumplea\u00f1os, lo hizo con un acento extranjero aclimatado, que apenas pude percibir pero que en ese momento no logr\u00e9 saber de d\u00f3nde proven\u00eda. Elisa\u00a0 le dio las gracias, el gesto que us\u00f3 al hacerlo fue nuevamente esa mueca que no terminaba de convertirse en sonrisa. Yo hice lo propio y me acerqu\u00e9 para felicitarla. Llegu\u00e9 hasta la venta de golosinas, donde la agasajada esperaba la otra parte de su obsequio. Con cierto recelo le dije: Felicidades, Elisa. Al hacerlo no us\u00e9 signos exclamativos, mi entusiasmo ante su pat\u00e9tico festejo no me daba para tanto. Mi saludo fue casi tan l\u00e1nguido como su intenci\u00f3n de sonrisa de agradecimiento.\u00a0 Luego, el joven dependiente le entreg\u00f3 una bolsa de cotufas peque\u00f1as y un refresco de cola, igualmente peque\u00f1o. A Elisa ese menoscabo en la cantidad del premio no le gust\u00f3, as\u00ed que reclam\u00f3 lo que consideraba su derecho, con voz bajita le dijo al joven que ella quer\u00eda un paquete de cotufas como el que le daban al resto, gigante y con la silueta del cantante y bailar\u00edn sobre un fondo blanco. El dependiente le explic\u00f3 con una sonrisa, aprendida en los entrenamientos de la empresa, que el combo cumplea\u00f1ero consist\u00eda en un paquete peque\u00f1o de ambas cosas. Remat\u00f3 con un \u201cSorry. \u00a1Feliz cumplea\u00f1os!\u201d el final de su r\u00e1pida explicaci\u00f3n. Elisa acept\u00f3 a rega\u00f1adientes las excusas del muchacho, porque entend\u00eda que \u00e9l era s\u00f3lo un empleado que cumpl\u00eda \u00f3rdenes, pero dej\u00f3 claro que no estaba de acuerdo con esa pol\u00edtica\u00a0 de la cadena de cines, tan\u00a0 timadora e injusta. De lo molesta que estaba ni siquiera se acord\u00f3 de agradecer el saludo de cumplea\u00f1os del joven, quien no pudo hacer m\u00e1s que sonre\u00edr con disimulada incomodidad ante el resto de clientes en espera. Mientras Elisa reclamaba, me fij\u00e9 que sus labios eran tan finos como el leve trazo de un l\u00e1piz. Sus besos seguramente deben ser tan desabridos como el resto de su cuerpo, pens\u00e9 con cierta pena por ella. De pronto Elisa se qued\u00f3 callada, intimidada por las personas que a su alrededor la miraban con cierta burla y una no disimulada conmiseraci\u00f3n, as\u00ed que la solitaria cumplea\u00f1era cogi\u00f3 su bolsa de cotufas de plaza de pueblo junto a su bebida inundada de cubos de hielo y se meti\u00f3 con mala cara en la sala 2.<\/p>\n<p>\u00c9ramos pocos en esa sala, entraron la cumplea\u00f1era, el viejo, una pareja tomada de la mano, algunos j\u00f3venes con aire de estudiantes de cine y un grupo peque\u00f1o de muchachos que odiaban la m\u00fasica pop y que se dedicaron a hablar pestes de la estrella muerta; lo hicieron antes de entrar y durante la proyecci\u00f3n. Eran insufribles. Yo me sent\u00e9 en la \u00faltima fila, es una costumbre pan\u00f3ptica que tengo, desde esa posici\u00f3n puedo verlos a todos, la pantalla y los espectadores. Una vez acomodada en mi butaca supe que lo que iba a ver no ser\u00eda nada optimista. El filme se llamaba Katy\u0144 y el director era el polaco Andrzej Wajda.<\/p>\n<p>Una m\u00fasica densa acompa\u00f1aba a unas nubes oscuras y tenebrosas que serv\u00edan de fondo para poner los primeros cr\u00e9ditos de la pel\u00edcula, y sobre esas nubes, en letras y n\u00fameros corro\u00eddos, aparecieron un nombre y una fecha: 17 WRZE\u015aNIA 1939. Al leerlo no pude contener una risa maliciosa, se trataba de la invasi\u00f3n roja a Polonia. Bonito regalo de cumplea\u00f1os, pens\u00e9, e inmediatamente clav\u00e9 los ojos en el asiento de Elisa, que estaba a unos pocos pasos del m\u00edo. Al hacerlo me fij\u00e9 que se levant\u00f3 cuando vio la tormenta de nubes oscuras sobre la pantalla, tal vez presintiendo el drama que se avecinaba. Sin embargo, una muy buena primera secuencia la hizo desistir de evacuar el \u00e1rea. En esa primera toma se ve, dentro de un plano general, a un grupo de personas huyendo en direcci\u00f3n a un puente; del otro lado del puente viene otro grupo m\u00e1s disperso y peque\u00f1o. Ambos bandos se notan asustados. Cuando los dos grupos se avizoran se dan entre s\u00ed gritos y advertencias para que se devuelvan. El miedo colectivo los atrapa en el centro del conflicto: de un lado huyen de los alemanes, del otro escapan de los sovi\u00e9ticos. Estaban jodidos.<\/p>\n<p>Katy\u0144 fue el lugar donde el ej\u00e9rcito ruso asesin\u00f3 en serie a un gran n\u00famero de prisioneros polacos. La pel\u00edcula mostraba la guerra, a los verdugos sovi\u00e9ticos meti\u00e9ndoles un tiro en la nuca a los condenados a muerte, a unas mujeres aferradas a la esperanza de que sus maridos regresaran a casa. S\u00f3lo unos pocos volvieron, el resto qued\u00f3 enterrado en el fr\u00edo y el silencio de un bosque invernal. A pesar de la dureza del filme b\u00e9lico, la pareja de enamorados no dej\u00f3 de darse besos y manosearse con descaro y sin pudor, aprovechando la cl\u00e1sica oscuridad y una sala casi vac\u00eda. Se encontraban en la \u00faltima fila de asientos, diagonal a la m\u00eda. Yo escuchaba el roce de sus ropas, los jadeos contenidos. Mientras en la pantalla se o\u00edan las botas de los nazis y los bolcheviques sobre el suelo de Varsovia, los enamorados emit\u00edan gemidos propios de una gran excitaci\u00f3n. En esa sala se estaba viviendo el sexo y la guerra en un mismo plano, ambos crudos e incontenibles.<\/p>\n<p>El viejo de acento extranjero estaba sentado una fila antes de la m\u00eda, miraba concentrado la pel\u00edcula, casi ni se mov\u00eda, al punto que llegu\u00e9 a pensar que se hab\u00eda quedado dormido. Ni siquiera el juego de los amantes lo distra\u00edan de su concentraci\u00f3n.\u00a0 Los muchachos anti-pop se sentaron en una de las hileras del centro y no cesaban de hablar y despotricar. Con ese humor fascista caracter\u00edstico de la adolescencia opinaban que a la estrella que homenajeaban en las otras salas tambi\u00e9n debieron pasarla por las armas. Los estruendos de sus risas ante tama\u00f1o comentario se confund\u00edan con el sonido de las balas en las cabezas polacas. Entretanto, Elisa se estremec\u00eda con cada una de las crueldades de la invasi\u00f3n rusa, al tiempo que racionaba su bolsa de cotufas para que le alcanzara para toda la funci\u00f3n.<\/p>\n<p>Cuando Katy\u0144 termin\u00f3 algunos de los corazones de la sala salieron devastados. Otros se tomaron las cosas m\u00e1s a la ligera, como uno de los muchachos que al pasar por mi lado se quej\u00f3 porque \u201cen la pel\u00edcula no se asom\u00f3 ni una teta\u201d. Como siempre, me qued\u00e9 hasta el final, \u00e9sa es otra de mis costumbres en el cine: quedarme hasta que desaparezcan todos los cr\u00e9ditos. Al encenderse las luces pude ver que la pareja de enamorados se acomodaba la ropa y el pelo, y al fijarse que los observaba se hicieron los desentendidos y salieron r\u00e1pidamente. El viejo se qued\u00f3 sentado un\u00a0 largo rato, como si no pudiera levantarse, \u00e9l y yo fuimos los \u00faltimos en salir.\u00a0 A Elisa la perd\u00ed de vista, debi\u00f3 abandonar el lugar muy r\u00e1pido. Cuando me dirig\u00eda a la parte de afuera pas\u00e9 cerca de los muchachos que parec\u00edan estudiantes de cine y o\u00ed a uno de ellos emitir uno de los juicios m\u00e1s caracter\u00edsticos de quienes se ufanan de conocer el mundo cinematogr\u00e1fico: \u201cexcelente fotograf\u00eda\u201d. Fuera de la sala oscura nuestros rostros contrastaban con las caras risue\u00f1as de los asistentes de la otra proyecci\u00f3n. Ellos sonre\u00edan ante la inmortalidad glamorosa de Hollywood, en tanto que nosotros ten\u00edamos el rostro enjuto frente a la fragilidad humana.<\/p>\n<p>El viejo y yo tomamos la misma direcci\u00f3n, aunque cada uno iba por su lado. Al llegar a la estaci\u00f3n del troleb\u00fas me di cuenta de que Elisa tambi\u00e9n estaba ah\u00ed. Los tres coincidimos en la misma ruta, ya era un poco tarde y hab\u00eda pocos pasajeros y suficientes puestos desocupados. Algunas caras del vag\u00f3n estaban adormecidas, otras se notaban cansadas, como las de dos obreros que cabeceaban sobre sus mochilas de trabajo. A pesar de la buena cantidad de puestos vac\u00edos, el viejo se acerc\u00f3 y se sent\u00f3 a mi lado y con una sonrisa amable exclam\u00f3: \u201c\u00a1fuerte la pel\u00edcula, eh!\u201d. Buscaba conversaci\u00f3n, todo lo contrario de Elisa, que aprovech\u00f3 uno de los asientos individuales, probablemente con la intenci\u00f3n de no ser molestada. \u201cTal vez demasiado dura\u2014le coment\u00e9\u2014, creo que hubo un morbo innecesario, mucho af\u00e1n en mostrar las ejecuciones\u201d. El anciano me mir\u00f3 y se qued\u00f3 callado por unos instantes, luego cruz\u00f3 los brazos, mir\u00f3 hacia adelante y antes de soltar un suspiro exclam\u00f3 con voz profunda: \u201cNo, muchacha, dura es la guerra. Yo vengo de ella, y aunque el tiempo pase uno le sigue perteneciendo, no importa que ella haya terminado\u201d. Ahora entend\u00eda su acento extranjero. Era polaco.<\/p>\n<p>Como \u00fanica respuesta s\u00f3lo pude mirarlo, apretar los labios y alzar las cejas. \u201cS\u00ed, dura es la guerra\u201d, volvi\u00f3 a exclamar antes de bajarse en su estaci\u00f3n. Al hacerlo, se cruz\u00f3 con unos m\u00fasicos que entraban y que estaban algo borrachos. Eran tres de esos m\u00fasicos callejeros que se ganan la vida tocando en el transporte p\u00fablico. Uno cantaba, el otro tocaba la guitarra y el tercero recog\u00eda el dinero ganado en un sombrero. Aprovech\u00e9 su presencia para pedirles, en voz bajita, que le dedicaran una canci\u00f3n a la se\u00f1ora de lentes que iba sola en uno de los puestos de adelante. Tambi\u00e9n les inform\u00e9 que ella estaba de cumplea\u00f1os. Por unas monedas, y con una voz un poco distorsionada por el alcohol, le cantaron las ma\u00f1anitas y le dijeron unas palabras de felicitaciones. Los obreros somnolientos despertaron con las notas musicales y aplaudieron al finalizar, algunos otros pasajeros celebraron la ocurrencia con sonrisas y aplausos. Elisa volte\u00f3 sorprendida, me mir\u00f3 y nos dio las gracias a todos. Los m\u00fasicos se quedaron en la estaci\u00f3n en que yo tambi\u00e9n deb\u00eda bajarme. Sin embargo, no lo hice, un af\u00e1n detectivesco o el s\u00edndrome Am\u00e9lie hizo que pasara mi ruta y siguiera los pasos de la cumplea\u00f1era solitaria. En el fondo tem\u00eda que a ella se le ocurriese algo fatal en su desolado aniversario. Se notaba tan desamparada y fr\u00e1gil que tem\u00ed que su \u00faltima parada fuera el viaducto m\u00e1s cercano o que se tirara sobre las v\u00edas del troleb\u00fas.<\/p>\n<p>Elisa se qued\u00f3 en la antepen\u00faltima estaci\u00f3n del recorrido, casi en las afueras de la ciudad. Yo me escabull\u00ed entre el resto de los pasajeros al bajar, para evitar que ella se diera cuenta de que le segu\u00eda los pasos. Una vez en la calle, decid\u00ed detenerme en un kiosco con la intenci\u00f3n de comprar cigarrillos, para darle tiempo a la mujer de que siguiera adelante, yo la alcanzar\u00eda despu\u00e9s. A lo lejos se divisaba el anuncio en luces de ne\u00f3n de un popular establecimiento de comida r\u00e1pida; Elisa tom\u00f3 esa direcci\u00f3n.<\/p>\n<p>Pocos minutos despu\u00e9s reanud\u00e9 mi persecuci\u00f3n hasta el restaurante, pero no entr\u00e9, prefer\u00ed quedarme afuera, en un lugar desde donde pudiera observarla. Vi que hizo la cola y pidi\u00f3 un pedazo de torta y una cajita infantil, de \u00e9sas que vienen con una minihamburguesa y un juguete. Elisa se sent\u00f3 en una mesa peque\u00f1a, alrededor suyo hab\u00eda unas pocas personas. Cerca de donde yo estaba se encontraban unos empleados del lugar sacando la basura, y junto a ellos estaba el payaso que ameniza las fiestas infantiles del local. El payaso fumaba, charlaba y eventualmente se sub\u00eda los test\u00edculos. Cuando lo escuch\u00e9 not\u00e9 que ten\u00eda la voz ronca como la de un fumador cr\u00f3nico. Con la excusa de buscar fuego para mi cigarrillo me acerqu\u00e9, mientras Elisa sacaba el juguete de su cajita y lo pon\u00eda frente al trozo de torta. El payaso me dio fuego y al tenerlo cerca pude percibir que sobre su rostro maquillado de blanco surg\u00edan unos pelitos propios de quien lleva varios d\u00edas sin afeitarse. Con el cigarrillo encendido fing\u00ed postura de fumadora, aunque no fumo. Le busqu\u00e9 conversaci\u00f3n al payaso mientras los empleados volv\u00edan adentro a buscar m\u00e1s bolsas de basura. Le dije: \u201c\u00bft\u00fa ves esa mujer que est\u00e1 sentada cerca del rinc\u00f3n del ba\u00f1o?\u201d \u201cS\u00ed, \u00bfqu\u00e9 pasa con ella?\u201d, me pregunt\u00f3 sin mucho inter\u00e9s, con su boca muy grande y muy roja y con un aliento de fumador empedernido. Hoy es su cumplea\u00f1os y est\u00e1 m\u00e1s sola que la una, le respond\u00ed. \u201cTodos estamos solos\u201d, dijo el payaso de s\u00fabito\u2014una reflexi\u00f3n filos\u00f3fica que me pareci\u00f3 casi una altaner\u00eda\u2014. No le hice caso a su comentario y retom\u00e9 mi plan: \u201c\u00bfSer\u00e1 que t\u00fa puedes\u2026?\u201d\u2014comenc\u00e9 a formular la pregunta que el payaso no permiti\u00f3 terminar\u2014. \u201c\u00bfT\u00fa puedes qu\u00e9?\u201d, pregunt\u00f3 a la defensiva. \u201cHacerle una fiesta, hacer tus gracias\u201d, respond\u00ed mientras ve\u00eda c\u00f3mo Elisa miraba su trozo de torta y, estoy segura, se cantaba en silencio su cumplea\u00f1os feliz. \u201cNo, a esta hora no me gusta ser payaso de nadie, ya mi horario de trabajo finaliz\u00f3, adem\u00e1s s\u00f3lo animo fiestas infantiles, suficiente con eso, as\u00ed que olv\u00eddalo\u201d.<\/p>\n<p>No s\u00e9 de d\u00f3nde saqu\u00e9 valor, supongo que fue el ver a esa solitaria cumplea\u00f1era frente a un pedazo de torta y un juguete por acompa\u00f1ante lo que me empuj\u00f3 a agarrar al payaso por la braga amarilla, a la altura del cuello, y pedirle con determinaci\u00f3n: \u201canda y le cantas el cumplea\u00f1os, \u00bfqu\u00e9 te cuesta, cajita feliz?\u201d El payaso no esperaba tal reacci\u00f3n y qued\u00f3 desconcertado por unos segundos, despu\u00e9s mir\u00f3 hacia la mesa de la mujer, tir\u00f3 lo que quedaba de su cigarrillo al piso, lo estruj\u00f3 con su zapato cabez\u00f3n y, antes de entrar, dijo: \u201cest\u00e1 bien, lo voy a hacer, a ver si esta noche alguien se queda conmigo\u201d.<\/p>\n<p>No puedo asegurar c\u00f3mo termin\u00f3 la pel\u00edcula de Elisa sin inventar un poco, sin creerme con el derecho de ser la guionista de su celebraci\u00f3n de cumplea\u00f1os. El resto de lo que vi esa noche fue a un payaso vestido con una braga ancha y amarilla acerc\u00e1ndose a su mesa, mientras otros empleados comenzaban a levantar las sillas y a barrer el lugar, y algunas luces se apagaban. Si desde la vidriera se me ocurriera hacer un primer plano dir\u00eda que al principio Elisa no sonri\u00f3 ante la irrupci\u00f3n del rid\u00edculo payaso, pero que despu\u00e9s su mirada se fue suavizando hasta que por fin se asom\u00f3 una sonrisa en su rostro. Tal vez esto ocurri\u00f3 cuando el payaso, ya sin maquillaje, se la llev\u00f3 al cuartito que seguramente tiene por vivienda. El resto, me gustar\u00eda inventar, es un foco circular, como en el cine mudo, cerrando la escena de dos solitarios que se besan, y un empleado que se acerca a la puerta del restaurante para poner el aviso de <em>Closed<\/em>, pero que en\u00a0 su lugar se lea: <em>The End<\/em>.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/carolina-lozada\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Fuente de la imagen: https:\/\/www.gov.pl<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La oscuridad de Nina Los ojos de Nina se suben al autob\u00fas. Es mi\u00e9rcoles y hace calor. No hay asiento disponible y Nina se queda parada lac\u00f3nicamente observando a los pasajeros, que en su mayor\u00eda llevan la mirada pegada a las ventanillas en un mudo di\u00e1logo de miradas callejeras. El autob\u00fas cubre la ruta hacia [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":6918,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6917"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6917"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6917\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6924,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6917\/revisions\/6924"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6918"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6917"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6917"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6917"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}