{"id":6844,"date":"2022-11-25T00:11:15","date_gmt":"2022-11-25T00:11:15","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6844"},"modified":"2024-06-06T14:59:01","modified_gmt":"2024-06-06T14:59:01","slug":"casas-vivas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/casas-vivas\/","title":{"rendered":"Casas vivas"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Liliana Lara<\/h4>\n<p>La cita fue en un caf\u00e9 muy concurrido de la calle Kaplan, a unas cuadras de la casa. Ella lleg\u00f3 temprano y pidi\u00f3 un americano. No hab\u00eda tenido tiempo de comer nada antes de salir. Se encontrar\u00edan all\u00ed porque \u00e9l no quer\u00eda siquiera acercarse a las inmediaciones de la que fue su casa durante tanto tiempo. Al parecer, sent\u00eda que todav\u00eda estaba muy reciente la muerte de su mujer, a pesar de que hab\u00eda ocurrido unos cinco a\u00f1os antes, seg\u00fan cont\u00f3 Ola cuando le explic\u00f3 los detalles del trabajo. Lleg\u00f3 el caf\u00e9 en un vaso de cart\u00f3n y al mismo tiempo lleg\u00f3 \u00e9l. Un hombre mayor, delgado y muy recto, camisa extremadamente planchada y zapatos impecables. Parec\u00eda un actor de una pel\u00edcula muy vieja. La reconoci\u00f3 inmediatamente. Movi\u00f3 su bigote delgado al hablar. Ella le entendi\u00f3 a medias, pero asinti\u00f3 y le lanz\u00f3 una mirada comprensiva porque supuso que le ofrec\u00eda una excusa por llegar demasiado temprano o por no citarla directamente en la casa. Luego mir\u00f3 su caf\u00e9. Se preguntaba si realmente tendr\u00eda tiempo de tomarlo all\u00ed como hubiera querido, o si tendr\u00eda que salir corriendo hasta la casa, con el vaso de cart\u00f3n en una mano, e iniciar de una vez su trabajo. Como si le hubiera le\u00eddo la mente, el viejo le dijo que se tomara el caf\u00e9 tranquila. Hablaron poco, \u00e9l sab\u00eda que ella apenas entend\u00eda el idioma y que todo lo que ten\u00eda que hacer y saber ya se lo hab\u00edan explicado antes en la agencia. El viejo le dio unas llaves sin llavero, un papel con su n\u00famero de tel\u00e9fono y un croquis de c\u00f3mo llegar a la casa desde el caf\u00e9 en que se encontraban, que \u00e9l mismo hab\u00eda dibujado con lujo de detalles pero sin palabras, s\u00f3lo n\u00fameros, flechas, s\u00edmbolos. Una vez entregado todo esto, se fue apresuradamente.<\/p>\n<p>El trabajo de ella no consist\u00eda en desmantelar la casa, sino en conservarla tal como estaba, como si todos sus habitantes siguieran viviendo all\u00ed, pero en especial como si aquella esposa estuviera presente. El viudo quer\u00eda que todo permaneciera intacto, y as\u00ed se lo hab\u00eda dicho a Ola. M\u00e1s tarde, Ola se lo cont\u00f3 a ella. Entonces se trataba de venir un d\u00eda s\u00ed y otro no, para barrer un poco, quitar el polvo y abrir las ventanas. Tambi\u00e9n ten\u00eda que limpiar closets y gabinetes de vez en cuando, descongelar la nevera si era necesario, lavar los ba\u00f1os dos veces al mes para que no quedara la marca del agua estancada en la porcelana, prender y apagar luces y sobre todo regar las matas. Ola hubiera querido quedarse con ese trabajo, pero a \u00faltima hora le hab\u00eda salido su tan a\u00f1orada rev\u00e1lida de t\u00edtulo y hab\u00eda encontrado un puesto de ayudante de maestra. Tienes suerte \u2013le dijo antes de irse\u2013 nada como limpiar una casa muerta. Ola era rusa y siempre iba al grano.<\/p>\n<p>La partida de Ola le hizo heredar todas sus casas. Las casas que limpiaba, por supuesto. Y, adem\u00e1s, esa extra\u00f1a casa muerta. Tambi\u00e9n la dej\u00f3 en una especie de orfandad en aquella \u201cagencia\u201d, que no era m\u00e1s que una mujer marroqu\u00ed que se encargaba de agendar mujeres de limpieza, la mayor\u00eda trabajadoras extranjeras. Ola hab\u00eda sido su gu\u00eda all\u00ed desde el principio y ahora que no estaba, extra\u00f1aba incluso su dureza. Le hac\u00eda falta esa forma que ten\u00eda de traducirle lo que dec\u00edan los dem\u00e1s a un hebreo m\u00e1s f\u00e1cil. Que le mandara mensajes de voz si necesitaba algo, le dijo la rusa antes de irse. Era gracioso, ni siquiera compart\u00edan realmente un idioma, pero se comunicaban de lo mejor a trav\u00e9s de una lengua mal aprendida y peor hablada. Ella entendi\u00f3 perfectamente lo que le tocaba hacer en aquella casa.<\/p>\n<p>Era una casa vieja, pero no tan vieja como para ser interesante. Color crema, igual a todas las que la rodeaban, con un muro bajo de piedra y una palmera en el min\u00fasculo jard\u00edn del frente. Apenas abri\u00f3 la puerta de entrada, se encontr\u00f3 con una salita atiborrada de muebles: un sof\u00e1 de cuero beige, dos poltronas abombadas que le hac\u00edan juego, una alfombra de arabescos rojos, un televisor, un seib\u00f3 repleto de copas y dos mesitas de madera llenas de adornos. Las viejas fotos de la familia, ubicadas en cualquier rinc\u00f3n y tambi\u00e9n colgadas en las paredes, le dieron grima: dos chicos nacidos en los a\u00f1os sesenta tal vez, el viudo con pose militar y la esposa muerta. Una mujer de huesos grandes y amplios senos. Luego tambi\u00e9n estaban los nietos y las nueras, en fotos m\u00e1s actuales, pero las im\u00e1genes que le interesaron fueron aquellas viejas fotos en las que aparec\u00edan los cuatro integrantes de la familia en un paisaje lejano y europeo. De modo que se dedic\u00f3 a buscarlas y a seguirlas por los distintos rincones de la casa durante las dos horas de la ma\u00f1ana que le tocaba estar all\u00ed. Casi no tuvo tiempo de barrer ni de abrir ventanas y hasta lleg\u00f3 tarde a la siguiente casa que ten\u00eda que limpiar ese d\u00eda.<\/p>\n<p>Aquella casa sola la maravillaba. Decidi\u00f3 que ir\u00eda domingos, martes y jueves, y que llegar\u00eda una media hora antes de lo acordado pues sent\u00eda que deb\u00eda entenderla. Adem\u00e1s, la pr\u00f3xima vez ser\u00eda m\u00e1s efectiva, se dijo mientras esperaba el autob\u00fas de regreso, nuevamente en la calle Kaplan. Abrir\u00eda las ventanas apenas llegara y limpiar\u00eda las mesitas al tiempo que tratar\u00eda de adivinar las fotos. Recorrer\u00eda con mayor atenci\u00f3n el piso de arriba, los cuartos, la peque\u00f1a terraza. Limpiando y revis\u00e1ndolo todo.<\/p>\n<p>Y as\u00ed fue. Trapo en mano, descubri\u00f3 que la familia ven\u00eda de alg\u00fan lugar de Europa, que hab\u00edan emigrado a Israel a finales de los 70 m\u00e1s o menos, que hab\u00edan celebrado fiestas y barmitzvas, que los chicos hab\u00edan ganado trofeos de nataci\u00f3n y atletismo, que el padre era dentista. De la madre pudo deducir muy poco. Era bella y elegante, eso s\u00ed. El siguiente paso ser\u00eda abrir los \u00e1lbumes que estaban apilados en una repisa de la biblioteca, para lo cual deb\u00eda llegar mucho m\u00e1s temprano la pr\u00f3xima vez. Sent\u00eda que deb\u00eda limpiar tambi\u00e9n las huellas que iban quedando tras sus investigaciones. La pose militar del viejo le inspiraba miedo, y si en verdad era dentista, pues mucho m\u00e1s. Se lo imaginaba usando sus instrumentos de odontolog\u00eda como artefactos de tortura. Adem\u00e1s, la casa deb\u00eda permanecer intacta. Ese era el mayor anhelo de aquel viudo.<\/p>\n<p>El jueves lleg\u00f3 a las seis de la ma\u00f1ana y se sent\u00f3 en el sofacama de la biblioteca para dedicarse c\u00f3modamente a ver los \u00e1lbumes. La familia ven\u00eda de Rumania. Viv\u00edan en una casa grande que en algunas im\u00e1genes parec\u00eda dividida en miles de compartimientos. Hac\u00edan conservas, para vender, tal vez. Muchas fotos mostraban \u00e1rboles frutales y algo as\u00ed como una cocina llena de frascos. La esposa fumaba en un picnic, debajo de un \u00e1rbol, mientras los ni\u00f1os corr\u00edan alrededor y el dentista de pie miraba hacia la c\u00e1mara. Los abuelos estaban sentados en el medio con toda la familia alrededor. Uno de los ni\u00f1os iba en un triciclo. Luego estaban los libros, algunos en rumano, otros en hebreo. Ninguno en alg\u00fan idioma que ella pudiera entender. Tambi\u00e9n hab\u00eda algunas notas, recibos, velas y adornos. Limpi\u00f3 mil\u00edmetro por mil\u00edmetro aquella biblioteca, imagin\u00f3 punto por punto aquellas vidas hasta que se sinti\u00f3 mareada y fue a la cocina a buscar un vaso de agua.<\/p>\n<p>Entonces pens\u00f3 en su casa en Venezuela. Como si hubieran muerto todos repentinamente, la casa estaba sola, al otro lado del mundo, en una calle llena de casas muertas o transformadas en supermercados chinos y comercios llenos de pacotilla. Antes de que el \u00faltimo hermano se fuera del pa\u00eds, decidieron pagarle entre todos a una vecina para que la cuidara: barrer, quitar el polvo, abrir las ventanas. Exactamente lo que ella hac\u00eda ahora en aquella casa cercana a la calle Kaplan. Entonces sinti\u00f3 un peso enorme. El piano de su abuela cay\u00e9ndole encima. No pudo levantarse de la silla ni salir de aquella cocina. Pens\u00f3 en el piano, desafinado desde hace a\u00f1os y ahora solo, en la sala de la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Desafin\u00e1ndose mucho m\u00e1s, probablemente. Record\u00f3 a su hermana toc\u00e1ndolo. Pens\u00f3 en su hermano menor, el \u00faltimo que se hab\u00eda ido. Le pareci\u00f3 que su infancia quedaba lej\u00edsimo. Se tom\u00f3 el agua como pudo y le envi\u00f3 un mensaje de voz a Ola para que escribiera una excusa para poder envi\u00e1rsela a los due\u00f1os de la siguiente casa que le tocaba limpiar. No se sent\u00eda con fuerzas para ir. Ok \u2013respondi\u00f3 Ola\u2013, pero que no te agarren completamente las casas muertas. Entonces ella pens\u00f3 en Chern\u00f3bil, pero tambi\u00e9n en una novela que hab\u00eda tenido que leer en el bachillerato.<\/p>\n<p>A pesar de todo, volvi\u00f3 con alegr\u00eda a la casa cerca de la calle Kaplan la siguiente vez. \u00bfC\u00f3mo se llamaba la calle en la que se encontraba la casa? No lo sab\u00eda y le daba igual pues hab\u00eda memorizado el camino desde el caf\u00e9 hasta all\u00ed y eso era suficiente. Aunque le doliera estar cuidando una casa ajena mientras la suya propia estaba sola, la verdad es que era un trabajo muy c\u00f3modo. Y ella necesitaba la plata, no solo para vivir, sino ahora tambi\u00e9n para enviarle a aquella mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Abri\u00f3 la puerta como si fuera su hogar. Hab\u00eda puesto las llaves en su llavero de los Tiburones de La Guaira. Entr\u00f3 decidida a arreglar closets y gabinetes. No era urgente, pero quer\u00eda seguir su investigaci\u00f3n y sab\u00eda que encontrar\u00eda tesoros. Adem\u00e1s, mientras pensaba en la vida de esta casa, se sacaba un rato de la cabeza la vida de la casa de all\u00e1.<\/p>\n<p>En efecto, all\u00ed estaban los vestidos de Eugenia \u2013hab\u00eda descubierto que as\u00ed se llamaba la esposa muerta\u2013 impecablemente guindados, con ese orden que solo otorga el desuso. Tal vez tendr\u00eda que lavarlos alguna vez para que no se los comiera la humedad. Tambi\u00e9n estaban sus cremas, sus perfumes. \u00bfSer\u00e1 cierto que si no se usan los perfumes pierden el olor? En el ba\u00f1o hab\u00eda un champ\u00fa por la mitad y un jab\u00f3n agrietado que le dio escalofr\u00edos. Sali\u00f3 del cuarto apurada. Baj\u00f3 las angostas escaleras casi de dos en dos, como sintiendo que la segu\u00edan. Mejor dedicarse a la cocina. Los gabinetes estaban llenos de ollas, platos, ensaladeras. Objetos mucho m\u00e1s inofensivos. Al lado de la nevera hab\u00eda un cuartico m\u00ednimo que hac\u00eda la funci\u00f3n de despensa. Ten\u00eda dos repisas, una frente a la otra, llenas de frascos, conservas y latas. En la esquina m\u00e1s oscura consigui\u00f3 una botella enorme con un licor de cereza de preparaci\u00f3n casera. Se pod\u00edan ver las cerezas oscuras y enteras en el fondo, macer\u00e1ndose en un alcohol ya de color rojo muy fuerte. Wisniak \u2013le escribi\u00f3 inmediatamente Ola. Y luego en un mensaje de voz agreg\u00f3: cuando puedas, t\u00f3mate una tacita. Seguramente la rusa no sab\u00eda c\u00f3mo se dec\u00eda \u201ccopita\u201d \u2013pens\u00f3, pero daba igual, porque ella tampoco ten\u00eda idea. O tal vez era una de sus simplificaciones del hebreo, para que entendiera. No hab\u00eda forma de saberlo.<\/p>\n<p>En las otras casas el trabajo era duro y hab\u00eda que lidiar con ciertas exigencias de la gente y con el desorden extremo de los ni\u00f1os. A veces ni siquiera le permit\u00edan prender el aire acondicionado a pesar del calor\u00f3n. Por eso prefer\u00eda \u201chacer sponya\u201d, una t\u00e9cnica que la marroqu\u00ed de la \u201cagencia\u201d recomendaba porque ahorraba tiempo y quemaba calor\u00edas. \u201cHacer sponya\u201d quer\u00eda decir lanzar agua y jab\u00f3n por el piso de toda la casa, cepillarlo con fuerza con la escoba y luego sacar el agua sucia y la espuma hacia el desag\u00fce o el jard\u00edn. Finalmente terminar de secar con un trapo. En los d\u00edas de calor y sin aire acondicionado, era tambi\u00e9n una forma de supervivencia para ella porque pod\u00eda refrescarse los pies y las piernas en el agua enjabonada. Le pagaban bien, eso s\u00ed. Mucho m\u00e1s de lo que hubiese podido ganar cuando era maestra en Venezuela. Maestra, como Ola, pero con un t\u00edtulo que se hab\u00eda quedado en una pared de la casa de la avenida Fuerzas Armadas, sin posibilidad de que nadie se lo enviara. Ella fue la primera de la familia en irse. Porque eres una loca \u2013dijo su madre. \u00bfY si ese tipo te deja? \u2013pregunt\u00f3 su hermana. No te regreses \u2013grit\u00f3 su hermano menor. Efectivamente, el \u201ctipo\u201d la dej\u00f3, como de alguna manera hab\u00eda predicho su hermana. Y porque era una loca \u2013como bien sab\u00eda su mam\u00e1\u2013, no se hab\u00eda regresado, en honor a su hermano menor, que tan mal la pas\u00f3 en los \u00faltimos a\u00f1os. \u00c9l fue el \u00faltimo en irse hac\u00eda unos pocos meses, luego de la enfermedad y la muerte de la madre.<\/p>\n<p>Las matas del jard\u00edn, le escribi\u00f3 su hermana desde Buenos Aires, se est\u00e1n secando. El mensaje lleg\u00f3 en la madrugada y fue lo primero que ella vio al levantarse. Nunca le importaron aquellas matas, pero llor\u00f3 mientras se cepillaba los dientes, pensando en el jard\u00edn marchito. Ese d\u00eda no pudo regar las plantas de la casa cerca de la calle Kaplan. El peque\u00f1o rect\u00e1ngulo de verde del jard\u00edn trasero era de grama sint\u00e9tica, pero en una especie de terracita estaban dispuestos una serie de materos de todos tama\u00f1os, llenos de flores y matas que ten\u00eda que regar cada vez que iba. Los mir\u00f3 con la vista nublada, pensando en los materos de su madre, y se dio media vuelta. En el autob\u00fas de regreso, supo que hab\u00eda sido una tonter\u00eda y rog\u00f3 porque el verano ardiente no achicharrara las flores. Cuando volvi\u00f3, comprob\u00f3 que las matas hab\u00edan aguantado estoicamente, a pesar de que algunas flores estaban arrugadas. Las reg\u00f3, por miedo a perder el trabajo.<\/p>\n<p>La mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas se rob\u00f3 una de las ollas m\u00e1s grandes de su madre, esa que dec\u00edan que era tan costosa como una joya y que su madre siempre bromeaba diciendo que esas eran las \u00fanicas (j)oyas que dejar\u00eda en herencia. Lo hab\u00eda descubierto su hermano menor, desde Bogot\u00e1, pero no le quedaba claro exactamente c\u00f3mo. No obstante, no lo dudaba. Seguramente aquella mujer la vender\u00eda o la cambiar\u00eda por comida en alg\u00fan mercado negro. Tan mal estaban las cosas. Entonces quiso hacer lo mismo en la casa cerca de la calle Kaplan. Se llevar\u00eda una olla, aunque no la necesitaba, y tratar\u00eda de venderla, aunque no ten\u00eda idea de d\u00f3nde ni a qui\u00e9n. Aquel d\u00eda s\u00f3lo se llev\u00f3 una de las ollas m\u00e1s peque\u00f1as. Una vez en su casa, puso a hervir dos huevos en aquella ollita de acero inoxidable. Se los comi\u00f3 en silencio. Lav\u00f3 la olla y la guard\u00f3 en su cuarto. Por supuesto, nadie not\u00f3 su ausencia. Nadie visitaba aquella casa y aunque as\u00ed fuera, nadie recordar\u00eda el n\u00famero exacto de ollas. S\u00f3lo Eugenia, la madre muerta. Son asuntos que ocupan a las madres \u2013se dijo ella, hundida en su cama min\u00fascula.<\/p>\n<p>Los objetos segu\u00edan desapareciendo en la casa de la avenida Fuerzas Armadas. Estruj\u00f3 las cortinas, estremeci\u00f3 las persianas, balance\u00f3 con fuerza la mecedora, revolvi\u00f3 todas las cosas que estaban en la peinadora. Tal vez para darle vida a esa casa muerta. Tal vez para matar aquella casa viva. Entonces decidi\u00f3 llevarse una olla m\u00e1s grande, pero la devolvi\u00f3 el siguiente domingo. Realmente, no ten\u00eda nada que cocinar en ella. Viv\u00eda en un cuarto alquilado, en un apartamento compartido con extra\u00f1as. La olla era como una joya in\u00fatil porque no ten\u00eda ninguna ocasi\u00f3n de usarla. Sola y desheredada, puso nuevamente en su lugar las dos ollas que se hab\u00eda llevado. Luego se dirigi\u00f3 a la despensa y sac\u00f3 la botella roja. El Wisniak era dulc\u00edsimo y agudo. Lo tom\u00f3 en una tacita de caf\u00e9 llena hasta el tope, en honor a los enredos ling\u00fc\u00edsticos de Ola. Con la segunda tacita, y con una repentina perspicacia p\u00farpura, comprendi\u00f3 que mientras la casa de la avenida Fuerzas Armadas era desmantelada, ella deb\u00eda mantener intacta la casa cerca de la calle Kaplan.<\/p>\n<p>Las paredes est\u00e1n llenas de humedad \u2013le escribi\u00f3 su hermana desde Buenos Aires y como si las palabras no fueran suficiente le envi\u00f3 unas fotos que a su vez le hab\u00eda enviado una amiga suya que hab\u00eda pasado por all\u00ed. En efecto, paredes negras por alguna filtraci\u00f3n de agua o de lluvia y, parad\u00f3jicamente, grama y matas secas. La casa se hab\u00eda convertido en una mole gris, una especie de ballena fuera del agua, encallada en la arena de la grama achicharrada de ese jard\u00edn que nunca le interes\u00f3, pero que ahora pretend\u00eda que estuviera tan verde como en los d\u00edas de su infancia. Busc\u00f3 vanamente en la casa cerca de la calle Kaplan alg\u00fan signo de humedad en las paredes, pero el clima medio oriental, y en especial aquel verano ardiente, las manten\u00eda secas. \u00bfPara qu\u00e9 vas a pintar las paredes? \u2013le pregunt\u00f3 Ola\u2013 Tampoco exagerar \u2013concluy\u00f3 la rusa, un poco ofuscada.<\/p>\n<p>La mujer que cuidaba la casa de la avenida Fuerzas Armadas dijo que una noche hab\u00edan entrado unos ladrones y se hab\u00edan llevado todos los aires acondicionados, escribi\u00f3 su hermano menor desde Bogot\u00e1. Seguramente fue ella misma, contest\u00f3 su hermana desde Buenos Aires. Ten\u00edan que poner la casa en manos de una agencia seria, si no quer\u00edan que la invadieran o la desvalijaran, como hab\u00eda pasado con otras casas solas desde que la gente hab\u00eda empezado a irse, dec\u00edan ambos en coro, desde diversos rincones del mundo. Esos mensajes le llegaron mientras ella dorm\u00eda. Los ley\u00f3 con el primer caf\u00e9 de la ma\u00f1ana y apenas pudo enviarles como respuesta unas caritas horrorizadas. No ten\u00eda palabras. Ten\u00eda que proteger la casa, mantenerla intacta como este viudo manten\u00eda intacta la casa de Eugenia. Entonces encontr\u00f3 el tel\u00e9fono de una agencia inmobiliaria internacional que se dedicaba a esas cosas. Cobraba una fortuna, pero no importaba. Todo con tal de resguardar aquella casa, aquel jard\u00edn, aquel piano.<\/p>\n<p>Entr\u00f3 a la casa cerca de la calle Kaplan un d\u00eda extremadamente caluroso, prendi\u00f3 el aire acondicionado, tom\u00f3 su ya acostumbrada tacita de Wisniak. Recogi\u00f3 la alfombra y tambi\u00e9n se recogi\u00f3 el pelo y comenz\u00f3 a \u201chacer sponya\u201d. Estaba segura de que esa frase la hab\u00eda inventado alguien que, como Ola, traduc\u00eda a un hebreo defectuoso y f\u00e1cil alguna frase mucho m\u00e1s compleja, para que alg\u00fan inmigrante entendiera. Agua aqu\u00ed, all\u00e1 y mucho cloro. Espuma arrasando todo el sucio. Cuando la sala y la cocina quedaron impecables, y con la alegr\u00eda del licor de cerezas, supo que la \u00fanica posibilidad de salvar su casa era esconderse en esta. Terminar\u00eda el contrato de su cuarto. Le regalar\u00eda alguna ropa a la rusa para poder quedarse con lo indispensable. Con un morral m\u00ednimo se vendr\u00eda a vivir en esta casa sola, a la que realmente nunca llegaba nadie. Era como si el dentista y sus hijos hubieran emigrado a otro pa\u00eds. As\u00ed que se vendr\u00eda a darle realmente vida a esta casa muerta. De esa manera podr\u00eda enviar todo el dinero que ahorrara para pagar a la inmobiliaria.<\/p>\n<p>La primera noche que pas\u00f3 en la casa cerca de la calle Kaplan fue tenebrosa, como habr\u00eda de esperarse. No sab\u00eda en cu\u00e1l cama dormir y finalmente se decidi\u00f3 por el sofacama que estaba en la biblioteca. Seguramente lo usaban cuando ven\u00edan visitas. Aunque ella no fuera exactamente una visita, le parec\u00eda que era el lugar que le correspond\u00eda. Si alguien de la familia llegaba de repente, en medio de la noche, ella podr\u00eda darse cuenta enseguida a trav\u00e9s del ventanal y correr a esconderse en el cuartico de la despensa. El morral con sus cuatro cosas quedar\u00eda siempre en aquella despensa, entre los frascos de conservas y las latas. La casa era oscura en extremo y muy callada en la noche, y las luces de carros que de pronto pasaban por la calle entraban por aquel ventanal como fantasmas. Se le ocurr\u00eda que las historias de las fotos se materializaban en aquellas luces y la rodeaban, reclam\u00e1ndole la invasi\u00f3n. No era el fantasma de Eugenia, no. Supo con un entendimiento que ven\u00eda desde un lugar rec\u00f3ndito de su coraz\u00f3n, que Eugenia permanec\u00eda en la planta de arriba, como lo hab\u00eda hecho en sus \u00faltimos d\u00edas. Hab\u00eda muerto de c\u00e1ncer, seg\u00fan pudo deducir de algunos papeles que hab\u00eda encontrado en su cuarto.<\/p>\n<p>Pronto lleg\u00f3 el oto\u00f1o, que no era tal cosa seg\u00fan Ola, s\u00f3lo el mismo calor un poco m\u00e1s opaco. Los p\u00e1jaros cruzaban el cielo en las tardes, mientras ella recog\u00eda algunas hojas que el viento tra\u00eda hasta la grama sint\u00e9tica. Llen\u00f3 una bolsa de hojas y antes de ir a botarlas, se sent\u00f3 en la terraza, junto a las matas, cada d\u00eda m\u00e1s verdes y m\u00e1s bellas. Le hubiera gustado que Eugenia estuviera all\u00ed, para que viera su casa impecable. Quiso que el viudo viniera aunque fuera un d\u00eda a mirar todo francamente intacto. Trajo un caf\u00e9 de la cocina, para tom\u00e1rselo en el viento fresco de la tarde, y le trajo un caf\u00e9 tambi\u00e9n a ella. A Eugenia. Lo puso en la mesa, frente a la otra silla. Le pregunt\u00f3 al aire si lo quer\u00eda con az\u00facar. Record\u00f3 un libro que hab\u00eda le\u00eddo alguna vez en el que los protagonistas eran rumanos y no le pon\u00edan az\u00facar al caf\u00e9, pero luego se com\u00edan una cucharada de mermelada. Tengo que comprar mermelada \u2013dijo en voz alta. Y algo dentro de ella respondi\u00f3 que Eugenia solo com\u00eda la mermelada que ella misma preparaba. Record\u00f3 los frascos vac\u00edos en aquellas fotos y en la despensa.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana puso las cholas de Eugenia a un lado de la cama. Descubri\u00f3 cu\u00e1l era su lado por las cosas guardadas en la mesita de noche. Desacomod\u00f3 las s\u00e1banas. Con las manos, marc\u00f3 el rastro del cuerpo imaginado de aquella mujer en la tela, tir\u00f3 la pijama a un lado. Movi\u00f3 la ropa del closet con la punta de los dedos, como quien toca un arpa. La ropa son\u00f3 llena de recuerdos. Las telas quedaron agitadas como si alguien estuviera buscando qu\u00e9 ponerse. Sac\u00f3 un vestido cualquiera. Lo puso en la cama, tambi\u00e9n la ropa interior.\u00a0 Se dirigi\u00f3 al ba\u00f1o y abri\u00f3 la regadera. Esper\u00f3 a que el agua se calentara, pero no entr\u00f3. S\u00f3lo moj\u00f3 el jab\u00f3n reseco. Lo restreg\u00f3 en sus manos con fuerza hasta que le sac\u00f3 espuma. Tir\u00f3 un chorro de champ\u00fa en el piso. Mir\u00f3 toda la espuma irse por el desag\u00fce. Tom\u00f3 el perfume y perfum\u00f3 el aire desde el cuarto hasta la puerta de entrada. Un rastro del paso de Eugenia hac\u00eda la calle. Primera vez que bajaba y sal\u00eda, luego de tanto tiempo.<\/p>\n<p>Desde entonces pasaba mucho tiempo moviendo cosas en la casa, jugando a que Eugenia viv\u00eda. Abr\u00eda un libro de recetas y lo dejaba en el mes\u00f3n de la cocina, junto a algunos implementos, para dar la impresi\u00f3n de que cocinaba. Dejaba gavetas abiertas, libros en el sof\u00e1, anillos junto al lavaplatos, lentes sobre una revista. Dejaba una estela de su perfume en la escalera. Luego se dedicaba a recoger el desorden que Eugenia iba dejando a su paso. Algunos d\u00edas estaba cansada, entonces no se ba\u00f1aba ni se cambiaba la pijama. Sin desayunar, se quedaba sentada mirando la televisi\u00f3n. Se le ocurr\u00eda que a Eugenia le gustaba ver los programas de la ma\u00f1ana. Y all\u00ed la dejaba, mientras iba a esconderse en ese oscuro rinc\u00f3n de la despensa donde la esperaba su tacita y su botella.<\/p>\n<p>Limpiaba tambi\u00e9n en las otras casas y volv\u00eda a la casa cerca de la calle Kaplan cansada. Se ba\u00f1aba en el ba\u00f1o de los chicos. Se preparaba algo de comer y tambi\u00e9n le preparaba algo a ella. Hab\u00eda descubierto en la mamaliga, esa especie de gran bollo de ma\u00edz amarillo, una conexi\u00f3n milenaria entre lo que ella hab\u00eda sido y lo que era ahora. Una liga entre ella y Eugenia. Luego de comer, se echaban a mirar el canal espa\u00f1ol en el sof\u00e1 abombado. Algunas veces se quedaban dormidas all\u00ed.<\/p>\n<p>Mandaba puntualmente el dinero a la inmobiliaria y apenas respond\u00eda a los mensajes de sus hermanos. Le escrib\u00edan menos, la verdad. Cada uno estaba ocupado sobreviviendo en el nuevo rinc\u00f3n del mundo en el que hab\u00eda ca\u00eddo. Ya no se quejaban del paulatino desmantelamiento de la casa porque los empleados de la agencia eran eficientes y acompa\u00f1aban sus informes con fotos de la situaci\u00f3n. No es momento para vender, escrib\u00edan tambi\u00e9n. La devaluaci\u00f3n de todo se tragar\u00eda el verdadero valor de aquella casa c\u00e9ntrica. Aunque a ella le parec\u00eda que era una trampa, que la inmobiliaria quer\u00eda recibir eternamente la mensualidad por el cuidado de la casa, su hermano menor le aclaraba que era totalmente cierto, no se pod\u00eda vender nada en estos momentos, que la situaci\u00f3n econ\u00f3mica, que la inestabilidad, que el hambre&#8230; Venezuela hab\u00eda sido tragada por un agujero negro. Y as\u00ed de lejana la sent\u00eda. Tal vez nunca se podr\u00e1 vender nada \u2013agregaba su hermana, siempre p\u00e1jaro de mal ag\u00fcero. Entonces se le enfriaba el coraz\u00f3n no m\u00e1s de pensar en el d\u00eda en que ya no pudiera vivir escondida en la casa cerca de la calle Kaplan. Ya no iba a poder seguir pagando aquella mensualidad tan elevada a la inmobiliaria. Para no pensar en estas cosas, se pon\u00eda a revisar alg\u00fan joyero, pregunt\u00e1ndole a Eugenia por la historia de sus joyas. Eran pocas, pero all\u00ed estaban, en una cajita de m\u00fasica muy antigua. Aquella vez que se llev\u00f3 una olla, habr\u00eda debido llevarse una joya. Ahora ya no pod\u00eda. Conoc\u00eda la historia de cada anillo, como si una voz se la dictara. Eran pocos, porque se hab\u00edan ido perdiendo en todas las idas y venidas de la familia durante la guerra y luego tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>Con la primera lluvia, luego de tant\u00edsimos meses de sequ\u00eda, apareci\u00f3 nuevamente el viejo. Ella lo escuch\u00f3 abrir la puerta de metal del jard\u00edn y corri\u00f3 a esconderse en la despensa. Desde el rinc\u00f3n m\u00e1s oscuro y casi sin respirar, trat\u00f3 de recordar si hab\u00eda dejado rastros de Eugenia dispersos por la casa. Las cholas est\u00e1n al lado de la cama \u2013pens\u00f3 con horror y tap\u00f3 en su boca un grito mudo. El viejo hablaba con otro hombre en la cocina. Imposible entender lo que dec\u00edan porque adem\u00e1s las voces le llegaban como en sordina. Escuchaba ruidos de tazas o vasos, grifos abiertos, el yesquero para prender la cocina. Trataba de ni siquiera respirar. No pod\u00eda grabar las voces y envi\u00e1rselas a Ola para que intentara traducirlas porque su tel\u00e9fono se qued\u00f3 sin bater\u00eda. Hab\u00eda olvidado cargarlo en la noche y en aquella despensa no hab\u00eda ning\u00fan tomacorriente. De pronto, le lleg\u00f3 el sonido del crepitar de unos huevos en el aceite caliente, m\u00e1s tarde su olor, y record\u00f3 que no hab\u00eda desayunado. Su est\u00f3mago cruji\u00f3 y se arrug\u00f3 de hambre. Lo m\u00e1s silenciosamente que pudo, destap\u00f3 el frasco que ten\u00eda m\u00e1s a mano. Eran pepinillos, nunca le gustaron. Comenz\u00f3 a comerlos lentamente hasta que las tripas se le calmaron. Pens\u00f3 en el hambre que pas\u00f3 su hermano menor los \u00faltimos d\u00edas en Venezuela. Pens\u00f3 en la gente que hab\u00eda muerto all\u00e1 por comer yuca amarga. No iba a morir ni de hambre, ni envenenada ni de asco por unos simples pepinillos. Si deb\u00eda quedarse encerrada por m\u00e1s tiempo, pod\u00eda intentar abrir alguna lata.<\/p>\n<p>Los hombres no se terminaban de ir. Mov\u00edan sillas para sentarse. Hac\u00edan sonar cuchillos y tenedores. A ella le parec\u00eda reconocer en la otra voz un tono similar a la del viejo y supon\u00eda que era alguno de sus hijos. Hablaba, recib\u00eda llamadas telef\u00f3nicas. Era en\u00e9rgico y parec\u00eda estar resolviendo alg\u00fan problema. El padre estaba m\u00e1s callado. Imagin\u00f3 que su bigote delgado permanec\u00eda est\u00e1tico igual que su amor por Eugenia, igual que el aire de la casa. Escuch\u00f3 pasos, sinti\u00f3 el olor del caf\u00e9 y quiso servirse una taza. Una taza para ella y otra para Eugenia, sin az\u00facar y con una cucharada de mermelada. Sinti\u00f3 la presencia de la mujer a su lado. Entonces pens\u00f3 en su tacita y su botella. El Wisniak era inmortal, no se acababa nunca. Por m\u00e1s que cada d\u00eda hab\u00eda bebido una o dos tacitas, siempre estaba m\u00e1s o menos por el mismo nivel. Saber eso la alivi\u00f3. Con extremo cuidado se sirvi\u00f3 aquel l\u00edquido rojo sangre y se lo tom\u00f3 muy lentamente, mientras afuera segu\u00edan las voces y la vida. Aquella dulzura roja siempre se le iba directo a la cabeza. Una luci\u00e9rnaga repentina. Un destello. Sinti\u00f3 que aquellos hombres no se ir\u00edan nunca y para no temblar abraz\u00f3 la botella. Supo que el dentista no se atrev\u00eda a pasar m\u00e1s all\u00e1 de la cocina y all\u00ed mismo se plantar\u00eda como un soldado que vigila una frontera. Ella quedar\u00eda atrapada en aquella despensa para siempre, entre las conservas, los frascos y las latas, como un rat\u00f3n en una trampa. Ahogada en el Wisniak.\u00a0 Record\u00f3 aquel rat\u00f3n que se hab\u00eda ca\u00eddo en un sart\u00e9n lleno de aceite. Lo hab\u00edan encontrado a la ma\u00f1ana siguiente, en los d\u00edas de su ni\u00f1ez en la casa de la avenida Fuerzas Armadas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/liliana-lara\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Este texto forma parte del volumen: M\u00e9todo rumano para dejar de fumar, publicado por <a href=\"https:\/\/lp5editora.blogspot.com\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Editorial LP5<\/a>. Fuente de la imagen: https:\/\/www.verpueblos.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Liliana Lara La cita fue en un caf\u00e9 muy concurrido de la calle Kaplan, a unas cuadras de la casa. Ella lleg\u00f3 temprano y pidi\u00f3 un americano. No hab\u00eda tenido tiempo de comer nada antes de salir. 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