{"id":6720,"date":"2022-11-10T01:00:36","date_gmt":"2022-11-10T01:00:36","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6720"},"modified":"2023-11-24T18:24:36","modified_gmt":"2023-11-24T18:24:36","slug":"dos-cuentos-de-sonia-chocron","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-sonia-chocron\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Sonia Chocr\u00f3n"},"content":{"rendered":"<h3>La virgen del ba\u00f1o turco<\/h3>\n<p>All\u00ed desnudo, destilando con el vapor, cualquiera lo habr\u00eda confundido con un magnate holgado y ocioso. Nada m\u00e1s lejos de la verdad si es que la verdad ten\u00eda alguna importancia en este caso.<\/p>\n<p>El hombre que sudaba sobre las lajas pulidas del ba\u00f1o ser\u00eda por no mucho tiempo m\u00e1s Hip\u00f3lito Santamar\u00eda, un hombre que nunca se comi\u00f3 un sem\u00e1foro en rojo, jam\u00e1s se atrevi\u00f3 a pasarse de tragos, mucho menos a fumarse un porro y por lo dem\u00e1s, ten\u00eda organizada la vida de tal forma que los Lunes fueron siempre Lunes y los Domingos el d\u00eda de ir a misa.<\/p>\n<p>Lo del ba\u00f1o turco hab\u00eda sido un simple accidente, un premio en una rifa de verbena, una promoci\u00f3n m\u00e1s que injusta.<\/p>\n<p>Aquella tarde en la romer\u00eda anual de los curas salesianos, Hip\u00f3lito hab\u00eda comprado un boleto de rifa no tanto animado por el primer premio, un televisor a color de 27 pulgadas; tanto menos por el segundo, un viaje de ida y vuelta a Isla Margarita y ni hablar del tercero \u2013la sesiones gratis en el spa de un gimnasio de lujo al este de la ciudad- lo hab\u00eda hecho sobre todo para que sus allegados que no eran muchos, incluida su mujer, no fueran a decir que Hip\u00f3lito Santamar\u00eda no colaboraba con las causas de los ni\u00f1os abandonados y los perros callejeros. A saber, los fondos recaudados en el sorteo iban a ser destinados al refaccionamiento de dos casas hogar para ni\u00f1os de la calle y para la dotaci\u00f3n de la perrera municipal de su barrio.<\/p>\n<p>Qu\u00e9 pod\u00edan significar tres sesiones en el ba\u00f1o turco de un club de gimnasia para un hombre que s\u00f3lo conoc\u00eda de texturas de madera, de tornillos, de lacas matizando colores, de armatostes forjados con sus manos. Nada en su cuerpo estaba hecho para sudar de otra forma que no fuera desmemoriando el tronco de un \u00e1rbol hasta convertirlo en un mueble que apenas recordara su naturaleza primigenia.<\/p>\n<p>Pero Hip\u00f3lito Santamar\u00eda acudi\u00f3 a esa primera cita en el gimnasio decidido y temeroso, con la curiosidad de un ni\u00f1o que se asoma por el ventanal de una tienda rara y nueva. All\u00ed le indicaron que deb\u00eda quitarse la ropa para comenzar con la sesi\u00f3n de masajes previos al vapor, pero Hip\u00f3lito resisti\u00f3 la idea de dejar que alguien extra\u00f1o, que no fuera Luc\u00eda ni el m\u00e9dico internista del hospital, hundiera los dedos en la masa de su carne ya un poco vencida. Prefiri\u00f3 entonces ir directo al ba\u00f1o de vapor y con un poco de verg\u00fcenza mal disimulada fue quit\u00e1ndose las pocas prendas que le cubr\u00edan el cuerpo.<\/p>\n<p>Comenz\u00f3 por los zapatos triturados, luego los calcetines de nylon azul celeste. Cuando se vio los pies desnudos sinti\u00f3 un s\u00fabito ataque de pudor como si se hubiera descubierto su propio miembro ante la mirada de una multitud. En ese momento, Hip\u00f3lito se cercior\u00f3 de que estaba \u00edngrimo y poco tiempo despu\u00e9s continu\u00f3 con la maniobra de deshacerse de aquella ropa que formaba parte de su propia piel.<\/p>\n<p>Levant\u00f3 de la superficie fr\u00eda del piso el dedo gordo de cada pie como si quisiera con ellos apuntar a la copa del techo para volar hasta all\u00e1, a donde nadie le viera desnudo. Pero Hip\u00f3lito se encontraba solo. Dej\u00f3 caer por fin su pantal\u00f3n de mezclilla m\u00e1s o menos ro\u00eddo y una camisa de algod\u00f3n verde musgo. Por \u00faltimo, sus calzones a rayas cosidos por las burdas pero amorosas manos de Luc\u00eda. Rode\u00f3 r\u00e1pidamente su torso con una toalla alba mullid\u00edsima para no tener que verse el pene \u00e9l mismo y se adentr\u00f3 sigiloso en uno de los cub\u00edculos blancos como la toalla, tapizado de lajas tersas y brillantes en medio del sopor del humo espeso.<\/p>\n<p>Nada sab\u00edan de \u00e9l los dos hombres que depart\u00edan justo en la banqueta de enfrente. Nada conoc\u00edan de Hip\u00f3lito y sin embargo les dio por hablar como si estuvieran solos.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito hab\u00eda llegado justo en el momento de una pausa de silencio de Alvaro Brandao. El hombre meditaba la dosis de palabras justas que eran precisas para convencer de sus prop\u00f3sitos a Diego Castellari.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de aquel silencio no demasiado largo que hab\u00eda provocado la intriga de Castellari, Alvaro Brandao prosigui\u00f3. Su voz se torn\u00f3 grave y los ojos de Castellari, opacos y envejecidos, relumbraron repentinos y \u00e1vidos, como los ojos del hambriento frente a un plato de comida caliente y apetitosa. La estampa parec\u00eda menos la de dos hombres haciendo una historia y m\u00e1s el fresco de un \u00e1vido cazador y su presa.<\/p>\n<p>Brandao se refiri\u00f3 a una mujer como quien menciona a alguien sin nombre, sin identidad y sin historia. La llamaba La Innombrable. No sab\u00eda Hip\u00f3lito que parafraseaba con ello a un personaje de una antigua novela de Manzzoni. La Innominata era una mujer perfecta, dec\u00eda Brandao, tremendamente perfecta y letal. Seamos m\u00e1s precisos: perfecta, devota y letal. Al menos eso le pareci\u00f3 entender a Hip\u00f3lito quien se dej\u00f3 capturar de inmediato por los misterios de Alvaro Brandao, por su porte de hombre verdadero y cabal en las palabras.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito Santamar\u00eda quiso decir buenas tardes al d\u00fao, advertirles honrosamente de su presencia antes de que fuera revelado alg\u00fan secreto; balbuce\u00f3 alg\u00fan sonido ininteligible y comprendi\u00f3 de inmediato que su esfuerzo por ser cort\u00e9s y prudente era in\u00fatil. Aquellos dos hombres estaban enfrascados en una historia y su humanidad resultaba absolutamente desapercibida. M\u00e1s a\u00fan, innecesaria.<\/p>\n<p>La joven hab\u00eda sido novicia pero acababa de ahorcar los h\u00e1bitos porque un hombre malintencionado la hab\u00eda convencido de concursar en el certamen de Se\u00f1orita Venezuela para luchar desde una tribuna prominente por la justicia de los pobres. Y porque era alta, y frondosa, y gentil a la hora de hablar, y porque ten\u00eda dos nalgas que se balanceaban en el espacio como pompas de jab\u00f3n a cada paso de ella. Y era una virgen de veinte a\u00f1os que se parec\u00eda a la madre de la humanidad, a Mar\u00eda con las rosas en la mano.<\/p>\n<p>As\u00ed que hab\u00eda accedido a participar, despu\u00e9s de mucho dudarlo, en aquel concurso de belleza vern\u00e1cula con el visto bueno del cura de su parroquia y con la anuencia secreta de los delincuentes de su barrio. Ten\u00edan casi su misma edad y la conoc\u00edan desde que era una ni\u00f1a y se confesaba en la capillita cuando ellos no eran a\u00fan tan famosos como lo son hoy con los motes de Pulgarcito y Mierdamuerta. Asesinos de arrabal, jefes de la droga de toda la zona y devotos de Mariana Reyes por accidente, cuando desnucaron a su primera v\u00edctima y salieron ilesos gracias al aura de impunidad que Mariana dej\u00f3 como estela, cuando cruzaba por all\u00ed persiguiendo un taxi.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito hab\u00eda quedado prendado de esta historia acaso falsa y hab\u00eda decidido, muy dentro de \u00e9l, que tomar\u00eda las tres sesiones de ba\u00f1o turco que se hab\u00eda ganado para poder concluir con la curiosidad y con el furtivo goce que le propiciaba la estampa imaginaria de esa joven desconocida.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de un suspiro largo e insondable, Alvaro Brandao call\u00f3. Castellari e Hip\u00f3lito le miraron fijamente a los ojos como esperando alguna conclusi\u00f3n. Solo que los ojos de Hip\u00f3lito Santamar\u00eda desviaron su objetivo hasta una laja blanca demasiado parecida al horizonte vago y torpe del disimulo.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito quer\u00eda saber qu\u00e9 hac\u00eda una virgen en un barrio oscuro de Caracas. Quer\u00eda saber si el ladronzuelo enano llamado Pulgarcito y su secuaz, el tardo Mierdamuerta, convertidos en asesinos, recibir\u00edan alg\u00fan d\u00eda su merecido. Quer\u00eda saber, sobre todo, si Mariana Reyes llegar\u00eda a ser reina. A pesar de sus pensamientos confusos, o quiz\u00e1s precisamente por ellos, Hip\u00f3lito deseaba permanecer all\u00ed, en el ba\u00f1o de vapor junto a los dos desconocidos y al fragor de esa historia. Hab\u00eda olvidado el pudor de estar medio desnudo frente a dos hombres, hab\u00eda olvidado que ya era la hora del guiso con carne y frijoles que de seguro Luc\u00eda le ten\u00eda preparado. Poco le importaba que hubiera adelgazado un kilo de tanto sudar.<\/p>\n<p>-\u00bfY va a ganar el concurso?- Pregunta inquieto y anhelante Diego Castellari, e Hip\u00f3lito se regocija porque va a conocer la primera respuesta a sus dudas; pero el interlocutor es demasiado ambiguo para la mente desguarnecida de Hip\u00f3lito Santamar\u00eda.<\/p>\n<p>-Si y no- responde a secas Brandao. Luego lo medita otra vez unos instantes y habla de nuevo: -s\u00ed, va aganar, pero por distintos caminos-. Y la tarde se hace casi noche en medio de la ciudad inc\u00f3moda y desesperanzada.<\/p>\n<p>La sesi\u00f3n de aquella tarde hab\u00eda concluido.<\/p>\n<p>Durante el camino de regreso, a Hip\u00f3lito le asaltaban estampas vivas de Luc\u00eda, su mujer por m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Recordaba su lunar peludo en la mejilla, su voz gangosa y sus remilgos, el amor que alguna vez le tuvo y el deseo menguado todas las noches despu\u00e9s de cenar su vianda grasienta y desaborida.<\/p>\n<p>En medio de la repelente evocaci\u00f3n de Luc\u00eda y sus platillos, Hip\u00f3lito top\u00f3 con una escena que no esperaba, a pesar de haberla so\u00f1ado con todos sus sentidos durante las horas previas.<\/p>\n<p>La mujer estaba all\u00ed, frente a \u00e9l, frente a decenas de fot\u00f3grafos y curiosos, posando en la fachada de la Iglesia de Santa Teresa, con h\u00e1bitos de novicia y sandalias de tac\u00f3n muy alto. Parec\u00eda de otro mundo. Su forma de andar, a una altitud de casi un metro ochenta por sobre la tierra, al comp\u00e1s de dos pechos inigualables. Su rostro inmaculado y maternal, su piel pulida como un durazno en ciernes. Era ella, no le cab\u00eda ninguna duda, la novicia que hab\u00eda decidido ser la Se\u00f1ora de Venezuela.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito comenz\u00f3 a temblar de pies a cabeza, por todos los recodos y aristas de su cuerpo y su cabeza, qui\u00e9n sabe si por miedo o tal vez por la feliz coincidencia de encontrarse frente a frente con la joven que desde hac\u00eda algunas horas ocupaba sus emociones c\u00e1ndidas y no tuvo m\u00e1s remedio que pensar que la virgen del ba\u00f1o turco era ver\u00eddica.<\/p>\n<p>De inmediato, y como guiado por un arrebato ajeno, se abri\u00f3 paso entre la gente an\u00f3nima y logr\u00f3 llegar muy cerca de ella, a pesar de la seguridad y las c\u00e1maras y la multitud de curiosos y la presencia inquebrantable de Pulgarcito y Mierdamuerta \u2013los reconoci\u00f3 de inmediato por la peque\u00f1ez de uno y la parsimonia del otro- y cuando estuvo all\u00ed, a un lado, a pocos cent\u00edmetros de su cuello blanco, le susurr\u00f3.<\/p>\n<p>-T\u00fa vas a ganar.<\/p>\n<p>Ella lo mir\u00f3 desconcertada no sin antes detallar la barriga mofletuda de Hip\u00f3lito y la terquedad del sucio bajo las u\u00f1as de sus manos.<\/p>\n<p>-Vas a ser la reina de este pa\u00eds- sentenci\u00f3 de nuevo Hip\u00f3lito con la seguridad de un vidente en pleno trance adivinatorio. Segundos despu\u00e9s, Mariana Reyes, as\u00ed le dijeron que se llamaba, desaparec\u00eda del horizonte de todos los testigos de la sesi\u00f3n de fotos, conducida por los organizadores del concurso, los fot\u00f3grafos y los maquilladores, escoltada siempre por sus admiradores fieles y sus guardianes inquebrantables.<\/p>\n<p>Esa misma noche, sobre la cama tibia y espesa, Hip\u00f3lito le relat\u00f3 a Luc\u00eda detalles del ba\u00f1o turco y la sensaci\u00f3n del vapor sobre la piel agobiada, le habl\u00f3 de los dos hombres que lo ignoraron como si fuera incorp\u00f3reo y asom\u00f3 vagamente la historia de la novicia virgen ahorcando el amor a Dios por un t\u00edtulo de belleza.<\/p>\n<p>-Eso debe ser una pel\u00edcula. En este pa\u00eds hacen pel\u00edculas as\u00ed, de los temas m\u00e1s necios que una se pueda imaginar- Dijo Luc\u00eda con cierto desprecio.<\/p>\n<p>-Eso cre\u00eda yo, pero no es as\u00ed.<\/p>\n<p>-\u00bfNo? \u00bfC\u00f3mo lo sabes?<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito neg\u00f3 tres veces con la cabeza, suspir\u00f3 e hizo silencio. Era como si se hubiese quedado meditando sobre lo que hab\u00eda escuchado y lo que hab\u00eda visto esa tarde, recapitulando escenas y sonidos y fragancias para poder darle una respuesta razonada a su mujer. Luc\u00eda esper\u00f3 la conclusi\u00f3n a sus inc\u00f3gnitas pero su marido se hab\u00eda quedado irremediablemente dormido.<\/p>\n<p>Entonces mascull\u00f3 entre dientes los trozos de relato que Hip\u00f3lito acababa de contarle y no le sent\u00f3 bien. Sinti\u00f3 desgano, dudas, n\u00e1useas y un remoto olor a riesgo, pero al final concluy\u00f3 que su esposo era demasiado iluso como para hacerle caso. Dej\u00f3 de lado sus cavilaciones y se entreg\u00f3 al sue\u00f1o, agotada de tanto pensar.<\/p>\n<p>A la segunda sesi\u00f3n del ba\u00f1o turco Hip\u00f3lito procur\u00f3 ir bien preparado. Se limpi\u00f3 la cera de las orejas con af\u00e1n meticuloso, lo mismo hizo con la mugre ancestral adherida a todas las u\u00f1as y tuvo la precauci\u00f3n de llevar su \u00fanico y min\u00fasculo malet\u00edn de viaje con un desodorante y un peine dentro, adem\u00e1s de una muda de ropa limpia.<\/p>\n<p>Cuando entr\u00f3, los dos hombres ya estaban sentados como dos fantasmas en medio de la nube de vapor blanco que lo devoraba todo.<\/p>\n<p>Por segunda vez, los caballeros desnudos ignoraron la presencia de Hip\u00f3lito y continuaron la conversaci\u00f3n como si nadie m\u00e1s que ellos habitara el mundo, la ciudad y el tiempo.<\/p>\n<p>Mariana Reyes, al principio y seg\u00fan las proyecciones, no iba a ganar, ser\u00eda la primera finalista. Pero, a trav\u00e9s de los tr\u00e1mites necesarios, se coronar\u00eda al final como el basti\u00f3n de un pa\u00eds olvidado, la testa de un proyecto mucho m\u00e1s grande que ser una majestad de belleza y nada m\u00e1s. Deb\u00eda ser la gran madre.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito no se dej\u00f3 intimidar por su condici\u00f3n de ignorado; muy por el contrario, se sent\u00eda parte del complot, de la par\u00e1bola y su desenlace. De manera que tom\u00f3 asiento m\u00e1s cerca que la tarde anterior, y se dispuso a escuchar con fruici\u00f3n el resto de la historia.<\/p>\n<p>Cuando Mariana Reyes decidi\u00f3 participar en el certamen, hab\u00eda aceptado con ello todos los singulares eventos que le eran ajenos, incluyendo una cirug\u00eda pl\u00e1stica menor para corregir una de sus orejas, demasiado vertical para el est\u00e1ndar del torneo y que el famoso cirujano Boris Zaidman subsan\u00f3 sin problemas en su humanidad inmaculada.<\/p>\n<p>Durante la presentaci\u00f3n a la prensa de las candidatas, debi\u00f3 someterse a severas clases de gimnasia r\u00edtmica, oratoria y adem\u00e1s, escoger un vestido sensual que en nada le recordaba su pasado devoto. Ser\u00eda una fiesta de disfraces relativos a las distintas razas del pa\u00eds mestizo, as\u00ed que tuvo que usar una fantas\u00eda libre de india Caribe con lentejuelas y canutillos brillantes y plumas de avestruz te\u00f1idas de verde kiwi.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la coreograf\u00eda de los diablos danzantes\u2013el p\u00fablico aplaudi\u00f3 a rabiar- y una vez en su camerino, un diablo de Yare infiltrado en el \u00e1rea de las concursantes, tom\u00f3 a Mariana por la fuerza, tante\u00f3 sus pechos insignes, los acarici\u00f3 con fuerza infernal, los lami\u00f3 como a copas de helado con una lengua glotona y espesa e introdujo su mano izquierda hirviendo por entre las entra\u00f1as de la india y su guayuco, hasta hacerla sucumbir al deseo. La posey\u00f3 veloz, la penetr\u00f3 hasta hacerla sonrojar de placer y luego huy\u00f3.<\/p>\n<p>Fue as\u00ed como esa noche Mariana, asaltada por un diablo\u2013cualquiera que haya sido la identidad de aquel disfraz an\u00f3nimo- trocar\u00eda para siempre su destino como virgen.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito estaba a punto de llorar por la tragedia de Mariana, se sent\u00eda traicionado. Se le inundaron los ojos de nubes y l\u00e1grimas, pero las contuvo no fueran a pensar que era un intruso m\u00e1s que gordo, blando. Pero muy dentro de \u00e9l sent\u00eda una tristeza grave, seguro como estaba de que todos los sue\u00f1os y la perfecci\u00f3n de la virgen se hab\u00edan ido al traste.<\/p>\n<p>Brandao y Castellari ni siquiera se percataron de la melancol\u00eda de Hip\u00f3lito. Ellos, en cambio, fulguraban de goce. Para Hip\u00f3lito, ellos hab\u00edan enga\u00f1ado a la pobre joven, y coronaban uno a uno sus planes de dominio.<\/p>\n<p>-Entonces- dijo Castellari con la mirada llena de vigor -la vida no es como se planea&#8230;<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito estuvo a punto de romper en un llanto de impotencia y odio.<\/p>\n<p>-&#8230;la vida no es como se planea&#8230;sino mucho mejor- remat\u00f3 Brandao.<\/p>\n<p>Esa noche, Hip\u00f3lito Santamar\u00eda no pudo ocultarle a Luc\u00eda la aflicci\u00f3n que llevaba a cuestas como un fardo macizo y gris. Casi de inmediato, al verlo llegar, Luc\u00eda tuvo la certeza de que a su esposo le asaltaba uno de aquellos amargores que de vez en cuando lo reten\u00edan en casa y lo condenaban a un mutismo universal.<\/p>\n<p>S\u00f3lo que esta vez, Hip\u00f3lito no call\u00f3. Y le dijo a Luc\u00eda lo que le hab\u00eda pasado a Mariana Reyes, del diablo y la desfloraci\u00f3n, del placer de aquellos dos desconocidos envueltos en toallas blancas, crueles como hienas.<\/p>\n<p>Incr\u00e9dula y celosa de la monja, Luc\u00eda trat\u00f3 de disuadir a su marido de esa historia artificiosa, m\u00e1s que falsa, imposible. Le hizo el amor con una ternura ya casi olvidada y sinti\u00f3 que lo reconoc\u00eda otra vez, despu\u00e9s del tiempo. El deseo de aliviarlo de sus pensamientos enmara\u00f1ados no era otra cosa que el amor reblandecido durante muchos a\u00f1os, acabando de renacer.<\/p>\n<p>Pero fue en vano.<\/p>\n<p>La fiesta tuvo lugar, hubo bailes de tambores, hubo joropos y hubo una danza de diablos de yare, enmascarados de rojo y negro, envolviendo el escenario de fuegos y nervios y alegr\u00eda. \u00bfEra una coincidencia? Toda la prensa lo hab\u00eda rese\u00f1ado desde muy temprano, a la ma\u00f1ana siguiente.<\/p>\n<p>Para no verlo en la televisi\u00f3n ni escucharlo de las gentes ni asomarse de reojo a las noticias, Hip\u00f3lito se concentr\u00f3 en un armario. Termin\u00f3 de cepillar el tabl\u00f3n de roble que coronar\u00eda el mueble sin que ninguna astilla penetrara en su piel callosa y \u00e1spera. Record\u00f3 la v\u00edspera y su escena de amor con Luc\u00eda, cu\u00e1n rutinaria y calma, cu\u00e1n pesada al tamiz del estofado de carne. Cu\u00e1n torpes sus cuerpos ya para el amor. Record\u00f3 tambi\u00e9n la primera vez que se acost\u00f3 con Luc\u00eda, la primera vez de ella, carnes morenas y aterciopeladas roz\u00e1ndose temerosas contra su cuerpo atl\u00e9tico y joven.<\/p>\n<p>Record\u00f3 la mirada de carnero degollado que ten\u00eda Luc\u00eda cuando despu\u00e9s de la primera vez le pregunt\u00f3 \u201c\u00bfMe quieres?\u201d No tuvo dudas de que la quer\u00eda luego de que Luc\u00eda clavara esa mirada lastimosa y hambrienta sobre sus propias pupilas inquietas.<\/p>\n<p>Rememor\u00f3 el aroma de la virginidad de Luc\u00eda, un olor a jab\u00f3n azul, a tela despercudida y pulcra, una esencia tierna, de cachorra; vislumbr\u00f3 sus manos sin gracia recorriendo su miembro con aspereza y ganas. Sus labios llenos de dientes y de miedo.<\/p>\n<p>Esa idea le trajo a la memoria a la virgen del ba\u00f1o turco, la joven de piel blanca y rostro inmaculado que campeaba inusitada por un viejo barrio de Caracas lleno de malhechores y miseria. \u00bfEn qu\u00e9 consist\u00eda su virginidad, esa que hab\u00eda perdido? \u00bfQu\u00e9 olor ten\u00eda?<\/p>\n<p>Espant\u00f3 los fantasmas de su esposa y de Mariana tan pronto como pudo y continu\u00f3 con su tabl\u00f3n ya listo para comenzar a lijar por cuarta vez. Todo \u00e9l comenz\u00f3 a te\u00f1irse de polvo rojizo, su rostro, sus pesta\u00f1as y sus manos. Se fue haciendo cada vez m\u00e1s sucio hasta que ya no qued\u00f3 ni un s\u00f3lo intersticio de su cuerpo que no estuviera sellado con el polvillo de la madera. Pero fueron sus manos, negro en lo negro, las que permanecieron invictas.<\/p>\n<p>Hab\u00eda dudado de acudir a la tercera y \u00faltima sesi\u00f3n de ba\u00f1o turco, ya no quer\u00eda saber m\u00e1s de la pobre muchacha, menos a\u00fan, departir con los dos facinerosos que trazaban aquel relato. Pero a \u00faltima hora se decidi\u00f3. Pretend\u00eda deshacer sus dudas sobre la autenticidad del cuento, y sobre todo, codiciaba averiguar el insondable destino de la novicia m\u00e1s hermosa y desgraciada del mundo.<\/p>\n<p>De pronto, a Hip\u00f3lito le dio por escrutar los rostros de los dos hombres. Alvaro Brandao, ese que contaba la historia de Mariana Reyes, estaba en sus treinta tard\u00edos y ten\u00eda la apariencia de un actor de cine. El otro en cambio, mucho menos joven, deb\u00eda tener al menos setenta. Tal vez m\u00e1s. A ese, los p\u00f3mulos se le hab\u00edan hundido y la dentadura postiza, blanca e impecable, era el \u00fanico rasgo que lo hac\u00eda m\u00e1s humano y menos parecido a una calavera inerme. Usaba unos espejuelos de aumento muy gruesos, enmarcados en carey, que se empa\u00f1aban con el roc\u00edo del vapor a cada instante y s\u00f3lo hablaba cuando le era propicio. A Hip\u00f3lito le pareci\u00f3 recordar vagamente a aquel viejo de otros tiempos. Pero su memoria era en ese instante una sustancia imprecisa y resbalosa.<\/p>\n<p>No desde\u00f1aron al intruso, le saludaron con una venia, aunque su presencia result\u00f3 tan com\u00fan, peque\u00f1a e inocua como las tardes anteriores. Pero esta vez, Hip\u00f3lito Santamar\u00eda no desvi\u00f3 ni una sola vez la mirada hacia el fondo de los azulejos para tratar de disimular su inter\u00e9s. Por el contrario, se sinti\u00f3 con absoluto derecho de atender y opinar aunque s\u00f3lo fuera mentalmente.<\/p>\n<p>Sin embargo, apenas si not\u00f3 alg\u00fan detalle en los m\u00fasculos faciales prensados de Alvaro Brandao. Tampoco se percat\u00f3 de que el timbre de la voz del hombre acusaba cierta tensi\u00f3n en sus cuerdas vocales, mucho menos de que el a\u00f1ejo Castellari, -record\u00f3 de pronto que era un l\u00edder sindical de vieja data- oscilaba nervioso sobre sus huesos vetustos. No entendi\u00f3 que Mariana deseaba ganar para ser reina, para ser poderosa, para vengar los a\u00f1os de anonimato y modestia. Igual que el anciano, y el joven.<\/p>\n<p>S\u00f3lo atin\u00f3 a intuir con simpleza que de seguro esa tarde escuchar\u00eda el final de la f\u00e1bula de Mariana Reyes de los labios excitados de Alvaro Brandao. Se equivocaba.<\/p>\n<p>Esa misma noche se celebraba el concurso de Se\u00f1orita Venezuela y a Hip\u00f3lito le pareci\u00f3 tontamente que los hombres preparaban a Mariana Reyes para ser, no la majestad de la belleza, sino la soberana de una rep\u00fablica incauta. Hip\u00f3lito pudo discernir entonces, para su sosiego interior, que toda la historia de Mariana Reyes era forjada, tejida por esos dos hombres que tal vez hac\u00edan una pel\u00edcula balad\u00ed sobre una historia imposible, como dec\u00eda Luc\u00eda, y que nada ten\u00eda que ver con la verdad genuina.<\/p>\n<p>Esa tarde, al salir de la \u00faltima sesi\u00f3n del ba\u00f1o turco, Hip\u00f3lito se sent\u00eda tan liviano como una nube. Iba feliz durante el trayecto del bus hacia la parada m\u00e1s cercana a su casa, con el alivio de saber que Mariana Reyes nunca existi\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 a su casa abraz\u00f3 a Luc\u00eda y la bes\u00f3 con tanto amor que Luc\u00eda se torn\u00f3 capciosa y suspicaz.<\/p>\n<p>-\u00a1T\u00fa ten\u00edas raz\u00f3n, Luc\u00eda!<\/p>\n<p>Y Luc\u00eda, a\u00fan sin saber de qu\u00e9 hablaba Hip\u00f3lito, estuvo satisfecha de que su esposo le concediera la raz\u00f3n, una vez m\u00e1s y como siempre.<\/p>\n<p>-\u00a1Lo de la novicia, la reina de belleza&#8230; era una paparrucha, Luc\u00eda!<\/p>\n<p>Luc\u00eda se tongone\u00f3 de gusto, lo mir\u00f3 de reojo y s\u00f3lo coment\u00f3 con una vocecita tenue que no parec\u00eda suya: -Yo te lo dije.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito estuvo bien dispuesto a hacer el amor con su mujer de siempre, con un \u00e1nimo renovado y festivo, sin distracciones f\u00fatiles, a pesar de que las im\u00e1genes de la televisi\u00f3n se suced\u00edan sin pausa como tel\u00f3n de fondo de sus dos cuerpos desnudos y marchitos.<\/p>\n<p>Veinticinco mujeres j\u00f3venes desfilan por un escenario colorido y almidonado. Dos leones cruzan el cuadro mientras el animador del espect\u00e1culo, vestido de frac y empolvado el rostro, comienza a leer de un sobre la lista de las finalistas. A la palestra se adelantan cinco mujeres y una es Mariana Reyes.<\/p>\n<p>Con el rabillo del ojo, Luc\u00eda esquiva el cuerpo hinchado de su esposo que se balancea sobre su pelvis, para ver retazos del invariable concurso de la televisi\u00f3n. Quiere escuchar lo que dicen pero el resoplo intermitente de Hip\u00f3lito se lo impide.<\/p>\n<p>Van coronando una a una a tres mujeres. Las dem\u00e1s lloran defraudadas pero entienden que han perdido y se retiran vencidas hacia un costado de la pantalla.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito se afana sobre el cuerpo de Luc\u00eda para llegar a la cresta de su apetito.<\/p>\n<p>Ahora quedan solo dos mujeres. Una trigue\u00f1a muy larga y otra blanca y llena de gracia a quien Luc\u00eda identifica como a Mariana Reyes. Lleva un crucifijo de plata sobre su pecho desnudo. Los destellos de la joya hacen eco en el lente de la c\u00e1mara.<\/p>\n<p>Para acompa\u00f1ar a Hip\u00f3lito, Luc\u00eda contorsiona sus caderas con una melod\u00eda acelerada y desliza su lengua timorata y callada a lo largo del cuello de su marido.<\/p>\n<p>El animador abre un \u00faltimo sobre y escruta.<\/p>\n<p>-La primera finalista es muy importante pues ser\u00e1 quien cumpla los deberes de la reina en caso de que esta se viera impedida.<\/p>\n<p>Y la ganadora no es Mariana, es la otra. Y r\u00e1pidamente acuden en manada todas las concursantes alrededor de la nueva alteza mientras alguien le clava la corona sobre su cabellera negra y cautiva. Las otras j\u00f3venes la rodean en un abrazo com\u00fan, triunfal, desesperado y, por unos instantes \u00ednfimos, el rostro de la reina coronada desaparece de la pantalla en un f\u00e1rrago de peinados y manos y besos y l\u00e1grimas destempladas.<\/p>\n<p>Pero en el instante en que los apretones han cesado, el rostro de la nueva majestad reaparece en la pantalla segundos antes de caer muerta sobre la alfombra roja. Un hilillo de sangre decora sus labios rosa.<\/p>\n<p>Luc\u00eda grita de horror y con ello Hip\u00f3lito siente que su mujer ha rebasado la plenitud de su decoro, sin embargo sus fluidos se precipitan y corren hacia el interior de Luc\u00eda que tiene los ojos despejados y francos.<\/p>\n<p>Cortan a comerciales pues hay una reina muerta y al regreso \u2013la televisi\u00f3n nunca se estanca- es La Innombrable quien ostenta la corona de pedrer\u00eda artera y fr\u00eda y despliega la pantalla completa con su rostro imp\u00e1vido e inmaculado.<\/p>\n<p>-\u201cPueblo de mi coraz\u00f3n\u201d- dice, y exclama luego una oraci\u00f3n sentida que Luc\u00eda no puede escuchar pero que se clava para siempre en la imaginaci\u00f3n de sus vecinos, de sus amigos y desconocidos, que aviva la devoci\u00f3n de los incr\u00e9dulos, de los habitantes de bares, de los ni\u00f1os de pecho y los desamparados, de los ricos y los pobres y los maleantes como Pulgarcito y Mierdamuerta y la esperanza toda cunde el pa\u00eds.<\/p>\n<p>Luc\u00eda supo de inmediato que aquella no era una buena mujer y trat\u00f3 de impedir, sin \u00e9xito, que su marido viera las \u00faltimas estampas de la beata coronada. Plane\u00f3 en su mente vengarse y buscar a los dos hombres y a la impostora, aunque s\u00f3lo fuera para robarles a los tres la infausta corona. Meditaba cada noche los detalles de su peque\u00f1a revancha hasta que los pormenores estuvieron a punto.<\/p>\n<p>Hip\u00f3lito, en cambio, al contemplar la historia en la pantalla, se resign\u00f3 a un estado de \u00ednfima cordura, de lun\u00e1tico indefenso, que le persigui\u00f3 por a\u00f1os y desde entonces le dio por hacerse llamar como el personaje de un relato fant\u00e1stico, Coronel Aureliano, a sus gratas \u00f3rdenes&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>La se\u00f1ora Hyde<\/h3>\n<p>Una se mira en el espejo y sabe que algo est\u00e1 cambiando. Gen\u00e9ticamente. Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos. Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior. Excepto por un \u00fanico recuerdo que me queda de mi primer escarceo amoroso: aquel libro de cuentos de un escritor espa\u00f1ol, Alvaro de La Iglesia, donde le\u00ed, por primera vez, la s\u00e1tira al Doctor Jeckyll y los efectos de la transmutaci\u00f3n. Qui\u00e9n me iba a decir que lo vivir\u00eda en carne propia, o en cuerpo propio, para ser m\u00e1s exacta. El Doctor Jeckyll y Mister Hyde. Yo soy la Se\u00f1ora Hyde. Lentamente me estoy convirtiendo en animal. Trato de identificarme, no soy de la casta de los lobos. Soy de otra raza, pero soy un animal. Lo primero que percibo es que mis ojos tienen un brillo que no reconozco, casi atroz. Es como si la transparencia del espejo se hubiera apoderado de mi mirada que ya no refleja, absorbe. Y qui\u00e9n duda de los efectos de la luna llena en mi cuerpo. Esa redondez absoluta y grosera que me tienta, que me muestra quiz\u00e1s, esa parte sensual de m\u00ed que hasta ahora no hab\u00eda descubierto. Me miro en el espejo y lo corroboro: Mi silueta se hace m\u00e1s vasta, cent\u00edmetro a cent\u00edmetro, va creciendo en volumen, en masa de carne robusta y fresca. Pero hay detalles a\u00fan m\u00e1s alucinantes que ver crecer un par de nalgas o dos senos descomunales rompiendo las fronteras de mi pecho, de mi cota, de mis miedos. Los detalles\u2026 ah, los detalles. El dato peque\u00f1o, m\u00ednimo a cualquier mirada dispersa. Las u\u00f1as de mis manos se estiran como si se tratara de esas flores que se abren \u00e1vidas una vez al a\u00f1o y cuyo tiempo los cient\u00edficos estudian segundo a segundo. Este alargamiento, desde el espejo, luce como un acto de prestidigitaci\u00f3n y no como el movimiento espont\u00e1neo de la naturaleza impaciente y sabia. Mis u\u00f1as, ahora largas, se ti\u00f1en de un rojo que me recuerda el espectro de un \u00abcherrys in the snow\u00bb, el labial que alguna vez tuve; se hacen amenazantes y provocadoras. Cualquier mujer, con una manicura as\u00ed, podr\u00eda convertirse en la asesina de las manos sangrantes. Pero mis manos no est\u00e1n hechas para quitar la vida. No. Mis manos est\u00e1n haciendo metamorfosis para dar placer. Eso creo. Lo mismo que mis labios, ahora carnosos como una planta del vasto desierto. Esta boca jugosa, conserva en su interior, en su cielo, la savia y el sabor del deseo. As\u00ed se ha colmado. Mis ojos destellan y succionan, eso ya lo mencion\u00e9. Qu\u00e9 m\u00e1s puedo decir. La transformaci\u00f3n se opera ante mis ojos y ante la faz irrestricta del azogue. La luz y el tiempo del espejo saben de m\u00ed, de esta que soy ahora. Nadie m\u00e1s asiste a este espect\u00e1culo extra\u00f1o. S\u00f3lo yo.<\/p>\n<p>Pero el animal no s\u00f3lo hospeda su sombra en el espejo de la verdad, tambi\u00e9n crece hacia adentro como un tub\u00e9rculo porque mi pensamiento tambi\u00e9n se trasmuta. Comienzo a so\u00f1ar con un pene enorme y afilado. En mi cabeza se mezclan aromas, fragmentos de piel, nalgas de hombre velludas y rebosantes. Pantorrillas fuertes, lenguas h\u00famedas y brazos tit\u00e1nicos. En mi alma \u2014si es que los animales podemos tenerla\u2014 se va desvaneciendo el sentimiento, se hacen rid\u00edculas algunas palabras como amor, cari\u00f1o, l\u00e1stima, remordimiento. Frases como \u00abQu\u00e9 pensar\u00e1 mi madre\u00bb pierden su sentido, adquieren una languidez que titila hasta desvanecerse y en definitiva, en mi interior, s\u00f3lo queda espacio para el instinto, para el acecho, para el c\u00e1lculo. Un pene enorme e infinito. Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero probar todo lo que ha sido creado para m\u00ed. Me perfumo, es el \u00fanico subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal, pero no quiero tener el aroma de un animal. \u00bfA qu\u00e9 huelen las zorras?<\/p>\n<p>Estoy lista, soy la Se\u00f1ora Hyde. Si el Doctor Jeckyll pudo crear al hombre lobo, mis c\u00e9lulas han transformado mi propia composici\u00f3n en la de una mujer zorra. Una zorra. El espejo me lo dice, la revelaci\u00f3n se ha consumado vastamente, el milagro est\u00e1 hecho. No me pregunto qui\u00e9n soy ahora. Lo s\u00e9 de sobra. No me pregunto tampoco c\u00f3mo soy. Tambi\u00e9n conozco la respuesta. S\u00f3lo hago caso a lo inmediato que es el ansia que siento.<\/p>\n<p>Salgo a la calle, estoy hambrienta. Son las diez de la noche. Y las sombras me recubren solo un poco, porque de este cuerpo que ahora ostento, debo asomar aunque sea el borde, la silueta. Cintura peque\u00f1a, sesenta y siete cent\u00edmetros de di\u00e1metro. Senos inflados, par de esponjas de hormonas so\u00f1adoras, noventa y ocho cent\u00edmetros compungidos, comprimidos, canonizados. Mis caderas y mis nalgas. Ah, mis nalgas. Masa s\u00f3lida y blanda, d\u00factil, rosada, f\u00e9rtil. As\u00ed salgo a la calle. Llevo puesto un vestido rojo frambuesa de seda que se adhiere a estas curvas nuevas como si desde siempre hubiera estado all\u00ed, rozando mis cueros. Una sandalias desnudas, desprovistas de todo adorno innecesario que pueda opacar las garras de mis dedos, tersos y encendidos con el mismo esmalte de las manos. Todo lo dem\u00e1s me sobra. No quiero excesos, no quiero ni joyas ni accesorios ajenos a esta transpiraci\u00f3n casi salvaje . Lo que distrae, aquello que brilla a la atenci\u00f3n, estorba a los sentidos y los neutraliza, los aleja de la verdadera avidez.<\/p>\n<p>Para iniciarme deambulo por una calle c\u00e9ntrica de esas que a las diez de la noche han mudado tambi\u00e9n su estirpe, se han enrarecido, y sus pobladores inc\u00f3gnitos se debaten en la caza de la presa. Yo tambi\u00e9n estoy al acecho. Yo tambi\u00e9n soy una vengadora furtiva, un predador sediento que busca la purificaci\u00f3n. El Boulevard de Sabana Grande est\u00e1 repleto de gente joven. Las calles empedradas apenas se iluminan con las miradas perdidas de los mancebos y la luna redonda como mi desvelo. Aqu\u00ed estoy y la noche es joven y mis ojos vidriosos opacan cualquier claro de luna.<\/p>\n<p>\u00c9l se llama Huber, no estudia, es vendedor ambulante de muestras de medicamentos all\u00e1 en su pa\u00eds, su rostro es casi tan hermoso como el de un \u00e1ngel. Todo \u00e9l es trasl\u00facido, blanco, glaseado. Me gusta. Detr\u00e1s de esa apariencia inocua y deste\u00f1ida tengo la certeza de que habita un animal de otra especie que no es la m\u00eda. Nos tomamos una cerveza en un caf\u00e9 donde todos fuman. Es el contrasentido absoluto: tomar cerveza, en un caf\u00e9, donde lo que se hace es fumar. Tomamos otra. Despu\u00e9s, nos camuflamos juntos en un ba\u00f1o p\u00fablico. Entramos juntos y nadie nos mira. Antes de levantarme la falda de mi vestido frambuesa, \u00e9l me pregunta mi nombre. S\u00f3lo le respondo: Soy la Se\u00f1ora Hyde. \u00c9l repite mi nombre en franc\u00e9s, con su voz casi callada, y en sus labios, la hache de mi apellido de estreno no suena, es totalmente muda, como debe ser la identidad. Silenciosa para pasar inadvertida. Yo me apresuro y desabotono sus pantalones de moda: unos levis de botones. La angustia se enciende con cada bot\u00f3n. Se exasperan mis dedos, mis u\u00f1as rojas tropiezan con todo lo que se le acerca, el metal de cada bot\u00f3n, el ojal deshilachado, el promontorio crecido que guarda dentro. La cuenta apenas comienza.<\/p>\n<p>Un pene craso y filoso. Pero no es el suyo. Es el de un hombre que entra borracho a orinar y nos sorprende enredados sobre la pared. Pero ha bebido demasiado. Huber no apaga mi furia, y el borracho tampoco.<\/p>\n<p>Qu\u00e9 es lo que busco, no tengo dudas. D\u00f3nde, he ah\u00ed la inc\u00f3gnita. Mientras tanto engullo algo de comer para saciar al menos mi apetito secundario. Escojo un tarant\u00edn ambulante de comida mejicana. Delante de m\u00ed, una fiesta de perros, una org\u00eda de perros, me recuerda mi naturaleza animal. El macho se me acerca con las mand\u00edbulas abiertas. No tengo miedo pues s\u00e9 que no padece de rabia, sufre de instinto, que es un padecer que subyuga, debilita, nos convierte en esclavos. Dejo de mirarlo pero \u00e9l a m\u00ed no. El vendedor de tacos mejicanos lo espanta con la intenci\u00f3n de hacerme fiesta. No lo pienso, lo huelo. Es su sudor. En el fondo, \u00e9l no dista tanto del perro callejero. Un duelo de miradas se cruza entre los dos machos \u2014hombre y perro\u2014 y el hombre resulta vencedor. All\u00ed, en esa cama de hojalata improvisada que es el carromato de comida, me toma por lo que soy, la mujer zorra, o sea, La se\u00f1ora Hyde. Su falo no es una arista colosal, mucho menos un capullo de alel\u00ed, m\u00e1s bien parece un tamal, pas mal\u2026Mi perfume, afortunadamente lo opaca todo, llega a sedar la org\u00eda de perros que nos observa como quien asiste a una clase pr\u00e1ctica de anatom\u00eda conyugal, suaviza el espesor del picante y del ma\u00edz en fritanga. Y todos los probables clientes de tacos llegan al kiosco como si cada taco o cada tostada pudiera salir premiado con mi persona \u2014o con el animal que soy\u2014 . No exagero. Podr\u00eda haber inventado una cabellera tersa y plateada como la que recubre a cualquier zorra, podr\u00eda haber inventado una dentadura nueva e incisiva para m\u00ed. Pero no es cierto. Toda mi sensualidad se reduce a un aroma, a un deseo y, por supuesto, a la masa crecida de mi cuerpo. Despu\u00e9s de todo, menos mal. No me habr\u00eda gustado que la avaricia, la banalidad, y la opulencia del lujo humanos me transformaran en abrigo de piel.<\/p>\n<p>No he terminado de exprimir a\u00fan el zumo de este hombre, del rey del taco, cuando diviso por la ventanilla del carro de lat\u00f3n un rostro \u00fanico: \u00e9l es. No est\u00e1, no se asoma, no espera por m\u00ed sino por su cena mejicana. Pero es \u00e9l. Lo reconozco de inmediato con mi olfato que desde hoy es mi sexto sentido, mi tercer ojo y mi intuici\u00f3n femenina al mismo tiempo. El es un pene magno e ilimitado. El es mi lobo. El desenlace est\u00e1 cerca.<\/p>\n<p>Me compongo el cabello, desordenadamente defraudado del encuentro azteca que acabo de concluir. Salgo apacible, manejando diestramente y en la oscuridad, los tacones de mis sandalias que son como dos edificios altos, delgados y desnudos. Como las Torres del Silencio. Tres escalones, y estoy en tierra, junto a \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014Podemos tener algo, si quieres\u2014 Le digo \u2014porque yo tengo algo\u2026 mucho que darte, que te gustar\u00eda probar<\/p>\n<p>\u2014Ah, \u00bfsi? .Y c\u00f3mo lo sabes<\/p>\n<p>\u2014Se huele\u2014 afirmo con toda seguridad<\/p>\n<p>El se r\u00ede con una dentadura propia. Puedo ver que casi no tiene caries y que su lengua es enorme. No sabe cu\u00e1n intensamente penetran los aromas y las im\u00e1genes en mi; seguramente a \u00e9l, con esa lengua, le caben en la boca todos los sabores del mundo. El sabor a p\u00e1rpados, el sabor a ombligo, el sabor de los \u00e1rboles de la ma\u00f1ana, el sabor del agua espesa, del trueno, el de un p\u00e1jaro inquieto y atroz. \u2014Ven para contarte, ven para decirte\u2014 le digo yo. El comienza a caminar y yo le sigo. La luna est\u00e1 llena y por tanto, la calle es menos inmunda con su luz higi\u00e9nica y blanca. Caminamos juntos, lo cual es un avance si se toma en cuenta que caminamos juntos, solos, en la noche, y apenas quedan los perros, la manada de machos que me acecha, pero que se da por vencida y parte hacia la otra acera.<\/p>\n<p>\u2014Si quieres podemos hablar<\/p>\n<p>\u2014de qu\u00e9\u2014 dice tan parco<\/p>\n<p>\u2014de cualquier cosa, mi vida<\/p>\n<p>Y as\u00ed caminamos sin nada o poco que decirnos. Qu\u00e9 m\u00e1s da. Qui\u00e9n dijo que un pene tiene el deber de ser buen conversador. Qui\u00e9n.<\/p>\n<p>Llegamos a una esquina donde un hombre arremete contra una mujer. La azota con las manos, con los pies. Ella cae sobre la acera y grita herida, pero nosotros no podemos hacer nada. Y mientras la mujer gime yo miro al hombre que me acompa\u00f1a y descubro que \u00e9l podr\u00eda ser el hombre de mis sue\u00f1os, es decir, un hombre alto y robusto, de rostro anguloso y firme y seguramente de sentimientos convencionales; solitario de profesi\u00f3n \u2014si no, qu\u00e9 hace conmigo a esta hora\u2014; aventurero de oficio \u2014si no, qu\u00e9 hace conmigo a esta hora; amante apasionado y due\u00f1o, en fin, de un pene afilado \u2014si no, qu\u00e9 hago yo con \u00e9l a esta hora\u2014. No me importa que piense que soy una zorra, qu\u00e9 otra cosa podr\u00eda ser yo. Todo lo contrario, la sola idea de que lo piense me da placer. El no imagina qui\u00e9n era yo hace dos horas, la perfecci\u00f3n, la correcci\u00f3n y compostura, el ser m\u00e1s digno de todos, la estrella de un manual de urbanidad; siempre camuflando. Pero ahora soy la Se\u00f1ora Hyde, gracias a Dios. Y yo me pregunto a estas horas por qu\u00e9 no se ha hecho ninguna pel\u00edcula sobre m\u00ed. Por qu\u00e9 tanto hablar del hombre lobo y tal, y de m\u00ed, nada. Eso es discriminaci\u00f3n. Pero bueno, qu\u00e9 hago yo pensando en la discriminaci\u00f3n a estas horas y con este hombre id\u00edlico junto a m\u00ed?.<\/p>\n<p>Llegamos a las puertas de un hotel, quiero decir un hotel de paso, o sea un hotelito, un lugar m\u00e1s feo que bonito, sucio, oscuro como la boca del lobo \u2014otra vez con lo del lobo, hasta yo me contamino de Hollywood\u2014 un lugar que me recuerda que esto no es Londres y me corrobora tambi\u00e9n a lo que he venido. A purificar mis apetitos, Se\u00f1ores. \u00c9l no me pregunta mi nombre pero sin embargo le digo que me llamo Eduarda Hyde a lo cual \u00e9l permanece impert\u00e9rrito porque claro, con estas tetas y este cuerpo qu\u00e9 m\u00e1s da el nombre que tenga. No agrega el suyo \u2014a m\u00ed s\u00ed me habr\u00eda gustado conocerlo\u2014 pero de todos modos entramos los dos al vest\u00edbulo, \u00e9l toma la batuta como lo hacen casi siempre los hombres y solicita la habitaci\u00f3n. Paga y toma la llave, luego subimos escaleras arriba, laberinto arriba, supurando los dos, desde ya, ung\u00fcentos de amor; contrayendo los dos, desde ya, el olfato, para no aspirar el hedor a or\u00edn. Se escuchan algunos gritos, algunos jadeos que nos transportan al placer con antelaci\u00f3n y alevos\u00eda y llegamos al cuarto. No hace falta describirlo, todo lo que es necesario saber es que tiene una cama o algo que se le parece. Todo lo dem\u00e1s, lo mismo que una joya, distrae, sobra.<\/p>\n<p>Y all\u00ed estamos los dos, el y yo, solos, con una cama. Tengo miedo. El espejo nunca me dijo que tendr\u00eda miedo. Trato de sobreponerme, pero el temor se resiste a m\u00ed misma. \u00c9l es, me repito. Es \u00e9l. Yo lo desvisto primero. Su pecho es muy velludo, es como un hombre de peluche. Y sus brazos. Ay, sus brazos est\u00e1n hechos de metales d\u00factiles y sellados con un tatuaje de serpientes casi indescifrable. Los pantalones caen a tierra como un tel\u00f3n repentino y all\u00ed, escondido, puedo distinguir lo que busco. No quiero que el sienta que lo tomo como hombre\u2014objeto, como objeto sexual; en realidad, lo que quiero es su objeto sexual. Ahora \u00e9l va conmigo. Mi vestido frambuesa no rueda tan f\u00e1cilmente como un pantal\u00f3n cien por cien de algod\u00f3n. La seda, por la electricidad del cuerpo, se adhiere a mi piel, as\u00ed que el descubre lentamente mis hombros y los va besando con todo, sobre todo con aquella lengua enorme tan presta a cualquier sabor del mundo. Luego mis senos provocadores le causan un estupor de felicidad. Puedo verlo y olfatearlo porque los animales tenemos un olfato demasiado sensible y me doy cuenta que \u00e9l ha comenzado a exudar un aroma un poco rancio y aterciopelado que lo desnuda ante mi nariz. Me r\u00edo adentro de mi cuerpo con una sonrisa amplia y triunfante sin que \u00e9l pueda notarlo, y s\u00e9 a trav\u00e9s de mi mirada ancha y penetrante que \u00e9l ya est\u00e1 contento.<\/p>\n<p>De pronto mi vestido cae inesperadamente y \u00e9l se conmueve. Se estremece todo al verme desnuda. Presiento que en segundos saltar\u00e1 sobre m\u00ed, \u00e1vido.<\/p>\n<p>Incomprensiblemente el hombre parco se convierte en un hombre iracundo, balbuceante. Luego vocifera, se hace hostil en sus gestos y en su voz. Qu\u00e9 es lo que dice, no entiendo. Estoy muy nerviosa. Parece otro, como si una metamorfosis extra\u00f1a tambi\u00e9n acabara de eclosionar dentro de \u00e9l. Las cejas se le juntan, los colmillos se le afilan como unas estacas. Dios m\u00edo, qu\u00e9 le ha pasado a este hombre, al parco, al solitario. Parece un caballo salvaje. O un lobo. Parece un lobo con mal de rabia. Se me abalanza a golpearme porque mi pene es m\u00e1s grande y afilado que el suyo. Y yo qu\u00e9 culpa tengo.<\/p>\n<p>Intenta golpearme con sus pu\u00f1os peludos pero yo, que tengo la fuerza de una zorra y de una gata bocarriba tambi\u00e9n, me defiendo. El hombre huye de m\u00ed y de \u00e9l y me deja entonces con este sabor amargo en la boca, con este olor a fracaso pegado como una estampilla sobre mis sentidos.<\/p>\n<p>Regreso a mi casa con la certeza de que el mundo es injusto. Voy caminando por las calles vac\u00edas y entiendo que s\u00f3lo mis sinsabores lo ocupan todo. No tengo ning\u00fan subterfugio para desvanecer mi desconsuelo. Estoy desamparada, en la vastedad de esta noche, y estoy presa tambi\u00e9n de la vastedad de mis instintos, de esta naturaleza extra\u00f1a, de mi imagen frente al espejo, de lo aut\u00e9ntico de m\u00ed. Voy pensando. Y los perros \u00bfTambi\u00e9n ellos huir\u00e1n de mi esta noche? Pienso y sigo pensando. Yo sufro mucho m\u00e1s que el Doctor Jeckyll y, sin embargo, de \u00e9l, hacen pel\u00edculas. Yo padezco mucho m\u00e1s. Perd\u00ed tres de mis u\u00f1as carmes\u00ed y mi vestido frambuesa y mi esperanza larga y mi estreno ilusionado se han malogrado juntos.<\/p>\n<p>Porque yo soy la Se\u00f1ora Hyde y no hay poci\u00f3n que me devuelva otra imagen, ni siquiera otra sombra, frente al espejo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/sonia-chocron\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La virgen del ba\u00f1o turco All\u00ed desnudo, destilando con el vapor, cualquiera lo habr\u00eda confundido con un magnate holgado y ocioso. Nada m\u00e1s lejos de la verdad si es que la verdad ten\u00eda alguna importancia en este caso. 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