{"id":6530,"date":"2022-10-16T00:26:35","date_gmt":"2022-10-16T00:26:35","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6530"},"modified":"2023-11-24T18:25:11","modified_gmt":"2023-11-24T18:25:11","slug":"actualidad-de-la-narrativa-venezolana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/actualidad-de-la-narrativa-venezolana\/","title":{"rendered":"Actualidad de la narrativa venezolana"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n<blockquote><p>Agua que corriendo vas<\/p>\n<p>por el campo florido,<\/p>\n<p>dame raz\u00f3n de mi ser<\/p>\n<p>\u00a1mira que se me ha perdido!<\/p><\/blockquote>\n<p>La leyenda asegura que esta hermosa cuarteta fue escuchada por primera vez en 1921, en las orillas del r\u00edo San Pablo del estado Yaracuy. El investigador Juan Pablo Sojo recorr\u00eda caser\u00edos y parajes ocultos tras la pista de un g\u00e9nero musical \u00fanico: los llamados cantos de trabajo. Hay que tratar de imaginarse la escena del recorrido y volver a ver lo que Sojo vio: entre bambusales acostados sobre el agua di\u00e1fana que esquivaba las pe\u00f1as salientes, cuatro mujeres lavaban ropa en las orillas. Una primera podr\u00eda enjuagar o restregar, una segunda podr\u00eda anudar la ropa como una crineja y golpear la piedra, una tercera podr\u00eda tender las piezas al sol, pero entre todas, a partir de un momento dado, por encima del rumor del r\u00edo, elevaban un canto coral, polif\u00f3nico, que ensamblaba una estrofa con otra. Entre voces mayores y m\u00e1s juveniles, entre timbres roncos y m\u00e1s agudos, una feminidad sonora le disputaba las voces al r\u00edo y comenzaba a urdir una extra\u00f1a y a la vez hipn\u00f3tica armon\u00eda. Desde entonces, escuchar un canto de lavanderas, ya sea en grabaciones perdidas o reproducciones recientes, es un m\u00e9todo seguro para erizar la piel. Nadie se explica por qu\u00e9 esa melod\u00eda plural, contrastante, empieza conquistando los o\u00eddos pero termina enquistada en el coraz\u00f3n como un ritornelo que no cesa.<\/p>\n<p>Sirva esta evocaci\u00f3n de un canto de lavanderas pero recordar que, en Venezuela, la tradici\u00f3n de los as\u00ed llamados cantos de trabajo o, mejor, cantos de faena, es una de las m\u00e1s pr\u00f3speras de la Am\u00e9rica Latina. Como lo recordara Juan Liscano, pr\u00e1cticamente cualquier labor campesina tiene un canto asociado. Lo tiene el orde\u00f1o de una vaca, el arreo del ganado, la cosecha de la ca\u00f1a, el pilado del ma\u00edz, la muy andina escogedura (s\u00ed con ese t\u00e9rmino) del caf\u00e9. Incluso faenas m\u00e1s modernas, como pudieran ser la miner\u00eda en tierras del sur, de reciente data en nuestro caso, despliega su canto en medio de la oscuridad de la cueva. Advertencia para alg\u00fan pensamiento positivista que quiso ver en la humanidad venezolana poco apego al trabajo; a la luz de estas elaboraciones, m\u00e1s bien deber\u00eda pensarse lo contrario: no s\u00f3lo trabajamos, de sol a sombra, sino que sobre esta trama laboriosa construimos figuras est\u00e9ticas. \u00bfQu\u00e9 tan sembrada debe estar la noci\u00f3n del trabajo o del esfuerzo entre nosotros como para cantar mientras las realizamos?<\/p>\n<p>Liscano tambi\u00e9n recordaba que los motivos o referentes que mov\u00edan a la creaci\u00f3n popular venezolana, al menos en ese pa\u00eds que pudo recorrer entre los 20 tard\u00edos y los 30, eran en un 80% religiosos. El canto, la talla, las fiestas tradicionales, apalancaban sus motivos, sus figuras, sus desvelos, en esa religiosidad austera de un catolicismo elemental, donde a veces la imagen del Cristo era a\u00fan m\u00e1s desnuda que la de la propia cruz. Pero de all\u00ed a preguntarse, como lo hace la lavandera yuracuyana, por el ser (\u00abdame raz\u00f3n de mi ser\u00bb, dice, en medio de las aguas), hay un salto que podr\u00eda llegar a tiempos presocr\u00e1ticos. Pues nadie como Her\u00e1clito o Parm\u00e9nides para recordarnos que no hay como la imagen del r\u00edo para definir el tiempo: ese flujo que no cesa. Se me antoja entonces que la yaracuyana, mientras lava ropa, establece una verdadera indagaci\u00f3n metaf\u00edsica, que va mucho m\u00e1s all\u00e1 del manto religioso al que estamos acostumbrados.<\/p>\n<p>Demos ahora un salto de tiempo y lugar para situarnos en el oriente de pa\u00eds, y m\u00e1s espec\u00edficamente en la isla de Margarita. Bueno es recordar que es precisamente en Oriente donde se preservan, por razones hist\u00f3ricas, las m\u00e1s fieles formas de la originaria musicalidad hisp\u00e1nica. G\u00e9neros como la malague\u00f1a, el punto de navegante o el galer\u00f3n (cantado con la misma d\u00e9cima espinela con la que escrib\u00eda quinientos a\u00f1os atr\u00e1s don Garcilaso de la Vega) sorprenden por su sonoridad di\u00e1fana y como de cristales que se tocan. Cito ahora una malague\u00f1a, cantada siempre <em>a capella <\/em>y preferiblemente a solas, para que nos imaginemos la agon\u00eda de un l\u00fagubre pescador mientras su pe\u00f1ero baila sobre las olas:<\/p>\n<blockquote><p>Si el mar que por el mundo se derrama,<\/p>\n<p>tuviera tanto amor como agua fr\u00eda;<\/p>\n<p>se llamar\u00eda por amor Mar\u00eda<\/p>\n<p>y no tan s\u00f3lo mar como se llama.<\/p><\/blockquote>\n<p>Vuelta a lo que quisiera llamar el <em>s\u00edndrome de la lavandera, <\/em>esto es, la construcci\u00f3n de un estado emotivo que claramente rebasa los referentes convencionales. Si en la estampa del r\u00edo San Pablo, lo que quedaba a flote era una inquisici\u00f3n metaf\u00edsica, en el caso del pescador margarite\u00f1o ni siquiera la infinitud del mar bastaba para emular el amor por Mar\u00eda. Estamos ante un segundo arrebato que trata de buscar proporciones no reales para expresar un sentimiento de di\u00e1fana humanidad.<\/p>\n<p>En la vasta literatura popular que nos arropa desde hace al menos quinientos a\u00f1os, tenemos instantes de descentramiento. No son todos los momentos, como tampoco todos los pasajes, pero de vez en cuando se pescan frases memorables como las ya citadas, frases que nos remiten a un estado del alma, a un secreta comuni\u00f3n del ser. Repito una y otra vez los versos endecas\u00edlabos de la malague\u00f1a y creo ver en esa tentativa de comparar el mar (sin duda la noci\u00f3n de vastedad m\u00e1s definitiva en la que pueda pensar un pescador) con el amor un esfuerzo delicado, de introspecci\u00f3n sincera, de reelaboraci\u00f3n forzosa de la realidad para que lo incomprensible (y todo amor es incomprensible) tenga cabida. Esos momentos de dislocaci\u00f3n, de hallazgos verbales, de singulares visiones de mundo, se constituyen en verdadera poes\u00eda y elevan por momentos a nuestra literatura popular a sus mayores rangos est\u00e9ticos.<\/p>\n<p>Todos los grandes maestros narradores de la primera mitad del siglo XX, con R\u00f3mulo Gallegos a la cabeza, tuvieron en lo popular una instancia de constante inspiraci\u00f3n. No se trataba tanto de confrontar ese referente al de la modernizaci\u00f3n progresiva como el hecho de admitir que un mundo desconocido se descubr\u00eda. Contaba Uslar Pietri que, de ni\u00f1o, visitando las haciendas de sus padres en los valles de Aragua, todas las noches se sentaba alrededor de la fogata que encend\u00eda los peones para escuchar los cuentos de camino o las cr\u00f3nicas de las diarias faenas. De ese relato an\u00f3nimo, variable, transformado luego por su pluma juvenil, surg\u00edan los paisajes, los personajes y hasta el ni\u00f1o fantasmal de \u00abLa lluvia\u00bb, sin duda uno de sus relatos m\u00e1s perdurables. \u00bfQu\u00e9 es \u00abLa lluvia\u00bb sino una estampa campesina elevada a alta literatura? Pues nuestros autores beb\u00edan de esa fuente y volcaban un pa\u00eds desconocido en costumbres y visiones de mundo.<\/p>\n<p>El ejemplo mayor, como dec\u00eda antes, fue Gallegos, quien construy\u00f3 una cartograf\u00eda alterna de pa\u00eds y la sobrepuso al mismo territorio nacional. As\u00ed, la Guayana selv\u00e1tica, el llano ardiente, el Zulia remoto, la zona oriental&#8230; toda porci\u00f3n de tierra ten\u00eda su equivalente novelesco. Por debajo de la operaci\u00f3n est\u00e9tica, parec\u00eda haber un tramado pol\u00edtico de recorrido y reapropiaci\u00f3n. Ese pa\u00eds que Gallegos un\u00eda en frases y letras era el mismo pa\u00eds que la dictadura gomecista hab\u00eda descoyuntado a fuerza de silencio y mando centralizado. El influjo de su novel\u00edstica fue tan poderoso, tuvo tanto que ver con la reorganizaci\u00f3n del sentido de Naci\u00f3n, que a la luz de los a\u00f1os, como nos lo demuestra la reciente investigaci\u00f3n de Gustavo Guerrero, se puede entender por qu\u00e9 la dictadura perezjimenista le encarga al joven y ambicioso Camilo Jos\u00e9 Cela una novela de resonancia llanera que pueda antepon\u00e9rsele a <em>Do\u00f1a B\u00e1rbara. <\/em>Pero el dise\u00f1o novelesco tiene momentos de quiebre, como cuando el Marcos Vargas de <em>Canaima <\/em>asiste al espect\u00e1culo de una lluvia selv\u00e1tica, al punto de paralizarse y dejarse mojar por las aguas, como si asistiera a un rito bautismal. En esa descripci\u00f3n deslumbrante, detallada, Gallegos pierde el sentido de su propio programa novelesco y se deja llevar, como su propio personaje, por un rapto, por una zambullida est\u00e9tica. Al igual que el pescador margarite\u00f1o que cree ver en el mar el sin\u00f3nimo perfecto del amor, Gallegos cree ver en la lluvia incesante la infinitud del paisaje, pero tambi\u00e9n de la diversidad humana.<\/p>\n<p>Es impresionante ver esa constante program\u00e1tica en los autores de la primera mitad de centuria: est\u00e1 en Uslar Pietri, en Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez, en Guillermo Meneses, en Gustavo D\u00edaz Sol\u00eds; est\u00e1 tambi\u00e9n en las premisas est\u00e9ticas de la escuela po\u00e9tica del 18, con Fernando Paz Castillo y Rodolfo Moleiro a la cabeza, quienes se atrev\u00edan a quebrar paradigmas decimon\u00f3nicos e introducir en sus versos vocablos nativos y sonoros como <em>bucare, caobo, apamate. <\/em>Nuestro recientemente desaparecido Eugenio Montejo, gran lector de los nuestros, cre\u00eda ver en esos poetas una verdadera escuela pict\u00f3rica, que nos renovaba flora y fauna a punta de versos osados para la \u00e9poca. El peso del referente nacional ejerce su influjo constante porque el nuevo pa\u00eds -\u00e9se que despierta despu\u00e9s de a\u00f1os de guerras y dictaduras- necesita ser nombrado, renombrado, verbalmente colonizado. Est\u00e1 en las mentes y en las maneras, est\u00e1 en los prop\u00f3sitos, est\u00e1 tambi\u00e9n en los nuevos aires de recuperaci\u00f3n democr\u00e1tica y vida republicana. Ya sea en la estampa campestre de \u00abLa Lluvia\u00bb (Uslar Pietri) o en la estampa de campo petrolero de \u00abArco secreto\u00bb (D\u00edaz Sol\u00eds), para hablar de dos relatos mayores entre los que media no m\u00e1s de veinte a\u00f1os, los referentes permean las p\u00e1ginas y se instalan como palancas de la expresi\u00f3n.<\/p>\n<p>Llega un momento, sin embargo, en que la relaci\u00f3n entre creaci\u00f3n literaria e imaginario social deja de ser di\u00e1fana. Todav\u00eda en novelas de los a\u00f1os 60, como la muy vanguardista <em>Pa\u00eds port\u00e1til, <\/em>el pa\u00eds sigue siendo el gran tel\u00f3n de fondo, aunque s\u00f3lo se muestre como blanco para ejercer cr\u00edtica pol\u00edtica y social. Pero ya hacia mediados del siglo, con casos pioneros como los de Guillermo Meneses y Oswaldo Trejo y con cortes m\u00e1s abruptos como el que anuncian los narradores de los a\u00f1os 70, la muerte del pa\u00eds como referente es m\u00e1s que obvio. Una especie de desencanto, de descreimiento, o m\u00e1s bien la sensaci\u00f3n de que el pa\u00eds ya est\u00e1 inventariado y hace falta abordar otros t\u00f3picos m\u00e1s apremiantes, recorre la escena literaria. El caso de Meneses es muy ilustrativo porque en un mismo autor conviven dos momentos: una cosa, por ejemplo, es el tono realista de <em>La balandra Isabel, <\/em>y otra muy distinta el tono experimental de <em>El falso cuaderno. <\/em>El mismo gui\u00f1o de que en esta \u00faltima se juegue a la escritura de una novela remite a un prop\u00f3sito par\u00f3dico: guardando las distancias de tiempo y espacio, Meneses hace con la novela realista lo que Cervantes con la novela de caballer\u00eda: escribiendo sobre la base de un g\u00e9nero, se burla del mismo g\u00e9nero. No muy distante en tiempos e intereses, el joven narrador Oswaldo Trejo publica en 1948 un relato sin igual llamado \u00abEscuchando al Idiota\u00bb, brev\u00edsima pieza que postula la muerte de la exterioridad en la narrativa venezolana encerrando a sus dos personajes, en este caso un marinero y una prostituta, en un cuarto: de ahora en adelante, el mundo se ver\u00e1 desde una ventana.<\/p>\n<p>Me interesa saber por qu\u00e9 al mediar el siglo el pa\u00eds comienza a desaparecer como referente novelesco. Se me dir\u00e1 que no todo puede ser flora y fauna, sobre todo cuando hablamos de literatura contempor\u00e1nea, y que un tono descre\u00eddo se aviene bien con un siglo lleno de desencanto y de poca fe en la humanidad, pero cabe preguntarse si la muerte de este referente se debe a un abandono voluntario (lo que ya ser\u00eda una postura c\u00f3nsona con los tiempos) o a un extrav\u00edo de los nuevos prop\u00f3sitos art\u00edsticos. A partir de los a\u00f1os 70, dejamos el realismo de la tierra y sus refiguraciones y nos volvemos fant\u00e1sticos, dejamos los formatos extensos y nos volvemos fragmentarios, dejamos la ilaci\u00f3n discursiva y nos volvemos experimentales. Se premia lo cr\u00edptico, se alaba lo que no comunica. Una pl\u00e9yade de autores irreverentes se jacta de jugar a la impostura: los relatos no se miden por lo que narran sino por lo que ocultan. Fin de la historia, podr\u00edamos decir, o m\u00e1s bien fin de las historias: ya no interesa narrar otra cosa que no sea la imposibilidad de narrar. Pero pese a las posturas m\u00e1s desvariadas, a los ejercicios que se perciben como los m\u00e1s individualistas, los imaginarios sociales siempre est\u00e1n presentes. Estuvieron presentes en Kafka, por ejemplo, y remit\u00edan a una triple condici\u00f3n minoritaria: la hist\u00f3rica (escribir entre guerras), la religiosa (gueto jud\u00edo) y la propiamente ling\u00fc\u00edstica (barrio alem\u00e1n en un recodo de Praga); estuvieron presentes en Cavafis, quien en la decimon\u00f3nica Alejandr\u00eda ocultaba su condici\u00f3n de escritor griego y homosexual; estuvieron presentes en el mismo Ramos Sucre, quien en medio de la solariega Cuman\u00e1 escrib\u00eda sobre h\u00e9roes y tumbas torciendo la sintaxis del idioma castellano. Pensar en los cuentos muy cortos de Kafka, en los versos cristalinos de Cavafis o en los poemas cr\u00edpticos de Ramos Sucre no s\u00f3lo nos debe remitir a haza\u00f1as formales, sino tambi\u00e9n a la humanidad que los anteced\u00eda -sufriente, angustiosa, limitada-. Una humanidad, vale decir, que no s\u00f3lo era la de ellos, sino tambi\u00e9n la de las comunidades que representaban o de las cuales proven\u00edan. Por m\u00e1s extrema, repito, que sea la situaci\u00f3n de un escritor -incluso la de aquellos que s\u00f3lo han escrito diarios, y la l\u00f3gica aparente del diario nos dice que en ese g\u00e9nero el autor es a la vez escritor y lector-, la escritura ser\u00e1 siempre la trama en la que una sociedad se ve a s\u00ed misma, se refleja a s\u00ed misma.<\/p>\n<p>Volviendo entonces a la circunstancia venezolana, habr\u00e1 que preguntarse por qu\u00e9 las nuevas generaciones ya no reflejan el pa\u00eds como lo reflejaban sus antecesores. \u00bfSer\u00e1 que el pa\u00eds ya no es una noci\u00f3n unitaria, definida, acabada? \u00bfSer\u00e1 que los fragmentos, los instantes, los espejos quebrados, dicen m\u00e1s de nuestra realidad cognitiva? En los a\u00f1os 70, por ejemplo, se escribe mucha literatura fant\u00e1stica, donde el referente es claramente imaginario. Tambi\u00e9n en los a\u00f1os 70 abundan los personajes insomnes, o que viven en medio de un sue\u00f1o. Se escribe sobre la infancia, con visiones que son casi siempre truncas; se escribe sobre la relaci\u00f3n entre hijos y padres; se escribe sobre la inmigraci\u00f3n, ya sea la de venezolanos en la di\u00e1spora o la de minor\u00edas gallegas, canarias o portuguesas en suelo patrio; se escribe por supuesto sobre delincuencia y el g\u00e9nero policial comienza a ser un asomo gen\u00e9rico entre nosotros; se escribe sobre la circunstancia inacabable de vivir en grandes ciudades; se escribe por supuesto sobre las relaciones amorosas, y muchas veces con estampas carnales subidas de tono; se escribe desde lo que podr\u00edamos llamar una cosmovisi\u00f3n femenina, con t\u00f3picos nunca antes vistos, como el aborto o el amor entre mujeres. Las \u00faltimas tres d\u00e9cadas del siglo y los a\u00f1os que van del que corre nos hablan de versatilidad, de intereses variados, de m\u00faltiple abordaje gen\u00e9rico. Un nuevo pa\u00eds, podr\u00edamos decir (o un pa\u00eds destrozado, o un pa\u00eds inconexo), se busca en las p\u00e1ginas de los nuevos autores. Si en las novelas de Gallegos, al inicio del siglo XX, el pa\u00eds deb\u00eda armarse (\u00abmodelo para armar\u00bb, hubiera dicho Cort\u00e1zar), en las postrimer\u00edas el pa\u00eds se desarma (o, ya desarmado, s\u00f3lo queda hablar de las ruinas). En este sentido, los autores no hacen sino hablar de sus circunstancias y elevarlas, en la medida de lo posible, a un plano de sublimaci\u00f3n est\u00e9tica.<\/p>\n<p>Si pens\u00e1ramos en t\u00e9rminos de una cartograf\u00eda, el pa\u00eds novelesco no ser\u00eda el pa\u00eds geogr\u00e1fico. Ese tri\u00e1ngulo que grabamos desde ni\u00f1os en el que una l\u00ednea es costera, otra amaz\u00f3nica y una tercera entre andina y llanera, en el plano imaginario se transforma en un elefante, en una jirafa o quiz\u00e1s en una hiena que r\u00ede sin parar entre las sombras. Los nuevos autores toman las puntas de la s\u00e1bana y la extienden a su antojo: construyen carpas, albergues; se imaginan monumentos; traman muertes que, a diferencia de las callejeras, s\u00f3lo son ilusorias. El orden al que pudo anticiparse Gallegos, pensando que la vida b\u00e1rbara y los viejos caudillajes pod\u00edan fabularse para trocarlos en vida republicana, no es tal en el caso de los nuevos autores: sienten que no crean un pa\u00eds, sino que m\u00e1s bien lo reciben (casi como se recibe a un deudo moribundo o en plena agon\u00eda). De all\u00ed que los relatos y poemas que se escriben hoy intenten una fuga: no hablar de lo que nos rodea, o al menos no hacerlo tan expl\u00edcitamente, sino hundirse en la emotividad singular, ciega, honda, que muchas veces los acompa\u00f1a como \u00fanico rastro de viaje.<\/p>\n<p>Matrimonio mal avenido, al menos en estos tiempos aciagos, el que se acuerda entre creaci\u00f3n literaria e imaginario social. Parece m\u00e1s bien un divorcio consumado, o m\u00e1s bien una relaci\u00f3n de pareja furtiva, de amantes que s\u00f3lo se encuentran de noche, preferiblemente a la vista de nadie, y que en los momentos m\u00e1s oscuros, siendo s\u00f3lo siluetas, alcanzan a besarse con un sabor amargo en los labios. Mientras tanto, seguiremos siendo los exponentes de una literatura fragmentaria, sin que por fragmentaria debamos entender ninguna circunstancia inacabada sino tan s\u00f3lo fidelidad a un tiempo que habla m\u00e1s de la descomposici\u00f3n social que del prop\u00f3sito colectivo. En ello, en la propia escritura, los escritores quisieran seguir besando (si entendemos el beso como la mayor de las aproximaciones entre semejantes). S\u00f3lo que al proyectar los labios, la mayor\u00eda de las veces, apenas nos encontramos sombras o m\u00e1s bien fantasmas: las ideas que nos alimentan son ilusiones, espectros que vienen a nuestro encuentro y nos abrazan desde la muerte.<\/p>\n<p>\u00bfPodremos, aunque sea por un instante, imaginar la escena de la lavandera yaracuyana? \u00bfPodremos preguntarnos, junto a ella: \u00abdame raz\u00f3n de mi ser\u00bb? \u00bfPodremos navegar, al filo del alba, con el pescador margarite\u00f1o, y preguntarnos si el mar es dimensi\u00f3n suficiente para emular su amor por Mar\u00eda? En tiempos remotos, la conexi\u00f3n entre realidad y literatura, a\u00fan en las circunstancias m\u00e1s elementales o desprovistas, era fluida, di\u00e1fana, complementaria. Nuestro genio popular pudo caer hasta en disquisiciones metaf\u00edsicas sin que su esencia se alterara, pero tambi\u00e9n nuestros grandes escritores pudieron verbalizar un pa\u00eds que hasta ese momento se les hac\u00eda invisible. Pero nuestra circunstancia actual, la que nos toca vivir, recuerda m\u00e1s la Praga de Kafka, la Alejandr\u00eda de Cavafis o la Cuman\u00e1 de Ramos Sucre: situaciones de minor\u00eda, de murallas, de exilio interior, de falta de recepci\u00f3n. Y sin embargo escribimos, seguimos escribiendo, confiando en que una lectura del futuro, como la que ansi\u00f3 para s\u00ed el incomprendido Ramos Sucre, pueda situar nuestras obras en otros espacios, en otros ojos, en otras juventudes. Seguimos inquiriendo por nuestro ser, como la lavandera yaracuyana, y tambi\u00e9n sentimos junto al pescador margarite\u00f1o que el mar puede ser la imagen perfecta para el amor que nadie sabe recibir. Y sin embargo escribimos, escribimos, como el r\u00edo que no cesa de fluir, pensando que nuestro semejante, nuestro ansiado amor, que no es otro que el lector, nos espera a la vuelta de la esquina, que es como decir a la vuelta de los tiempos, que es como decir a la vuelta de la vida.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Cuadernos Hispanoamericanos, n\u00fam. 745\/746 (julio-agosto 2012), pp. 89-96.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio L\u00f3pez Ortega Agua que corriendo vas por el campo florido, dame raz\u00f3n de mi ser \u00a1mira que se me ha perdido! La leyenda asegura que esta hermosa cuarteta fue escuchada por primera vez en 1921, en las orillas del r\u00edo San Pablo del estado Yaracuy. El investigador Juan Pablo Sojo recorr\u00eda caser\u00edos y parajes [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":6531,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[14],"tags":[44,3],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6530"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6530"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6530\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6535,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6530\/revisions\/6535"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6531"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6530"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6530"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6530"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}