{"id":6446,"date":"2022-10-07T00:16:44","date_gmt":"2022-10-07T00:16:44","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6446"},"modified":"2024-03-15T14:36:50","modified_gmt":"2024-03-15T14:36:50","slug":"trenes-que-no-van-a-ninguna-parte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/trenes-que-no-van-a-ninguna-parte\/","title":{"rendered":"Trenes que no van a ninguna parte"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Quim Ramos<\/h4>\n<p>La muerte. Pensaba en la muerte. Un fr\u00edo hilillo subi\u00f3 por mi espinazo. Me cago cada vez que pienso en la muerte. La veo con tal claridad: Nada. Eso es. Como cuando ni\u00f1o que me ca\u00ed en una piscina, me golpe\u00e9 la cabeza y perd\u00ed el conocimiento. Eso es: la p\u00e9rdida del conocimiento. Como cuando te colocan anestesia: una muerte controlada, una peque\u00f1a muerte de la que te traen de vuelta\u2026 o no. Porque a veces\u2026 En fin, la muerte. \u00bfPor qu\u00e9 me dio por pensar en la muerte precisamente en ese momento y en ese lugar? Una estaci\u00f3n de trenes no parece el lugar adecuado para ponerse tr\u00e1gico. Y justo cuando aquella chica me lanzaba esas miradas devoradoras y se com\u00eda mi entrepierna con sonrisa hambrienta. Qu\u00e9 raro. A m\u00ed, que tengo 57 a\u00f1os y peso 120 kilos, ni una ninf\u00f3mana me echar\u00eda una triste mirada, aunque estuvi\u00e9ramos solos en una isla desierta. Y sin embargo\u2026 All\u00ed estaba esa ni\u00f1a (no tendr\u00eda m\u00e1s de veinte a\u00f1os) sentada frente a m\u00ed en el and\u00e9n del que llegaban y part\u00edan largos trenes que perforaban el aire con sus cascos lustrosos. Una gorda petisa de piel blanca y cremosa y unas tetazas que se columpiaban con lujuria cada vez que se remov\u00eda intranquila en el asiento buscando mi atenci\u00f3n. A m\u00ed no me gustan las gordas. Yo soy m\u00e1s bien de flacas, estilo modelo. Anor\u00e9xicas, incluso. Fantaseo con ellas. Sin embargo, algo en esta ni\u00f1a me atra\u00eda. Tal vez la abstinencia me estaba jugando una mala pasada. Tal vez la ni\u00f1a ten\u00eda algo en el alma, un fuego que la calentaba, una pasi\u00f3n que la desataba y que irradiaba su fuerza volc\u00e1nica all\u00ed por donde pasara y que en ese momento me causaba tal desbarajuste en el cuerpo que me ve\u00eda obligado a poner mi mente en otro asunto y evitar de esa forma que saltar\u00e1 all\u00ed mismo sobre la gorda y la violara frente a todo el mundo.<\/p>\n<p>Lo m\u00e1s sencillo y pr\u00e1ctico era realizar una salida astral, alejar mi alma de las tentaciones carnosas de la desvergonzada gorda. Llevo tantos a\u00f1os realizando estas escapadas que me basta juntar los dedos \u00edndice y pulgar de la mano izquierda para que mi alma salga despedida del cuerpo como un ob\u00fas y se dirija all\u00e1 donde le plazca. Eso hice. Me elev\u00e9 hasta las altas c\u00fapulas de m\u00e1rmol del vest\u00edbulo con la deliciosa sensaci\u00f3n de libertad que me invad\u00eda cada vez que abandonaba el cuerpo. Luego descend\u00ed, atraves\u00e9 la puerta que conduce al and\u00e9n y volv\u00ed a elevarme hasta las tambi\u00e9n altas naves de hierro forjado. Vol\u00e9 bajo las cristaleras por la que se colaba la l\u00edquida luz del invierno, deleit\u00e1ndome con los colores acompasados que aquella luz le otorgaba a los trenes que descansaban sobre los ra\u00edles. Sin embargo (y esto jam\u00e1s me hab\u00eda ocurrido. Es decir, que los asuntos terrenales me incordiaran durante un viaje astral), no pod\u00eda dejar de pensar en la gorda tetona. Mi cuerpo astral temblaba de gozo. Maldita gorda. Decid\u00ed regresar y jug\u00e1rmelo todo a una carta. Fue entonces cuando vi a los japoneses. Entraban en tropel por las amplias puertas de la estaci\u00f3n. No fue su n\u00famero lo que llam\u00f3 mi atenci\u00f3n. Despu\u00e9s de todo suelen moverse en grandes grupos cuando incursionan fuera de sus fronteras cargando con c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas y de video y registrando con ellas todo aquello que ven. Me impresionaron por su vestimenta: trajes blancos de una pieza que les cubr\u00edan hasta el cuello, zapatos envueltos en unos escarpines, manos enfundadas en guantes y mangueras negras ajustadas a la cintura y conectadas a unos cilindros rojos que llevaban en las espaldas. En una mano, pod\u00eda ser la izquierda o la derecha, unas escafandras en las que pronto introdujeron sus cabezas. Se dispersaron a lo largo y ancho del vest\u00edbulo y cerraron y aseguraron con cadenas y candados tanto las puertas que daban al exterior de la estaci\u00f3n como las que llevaban al and\u00e9n.<\/p>\n<p>Un japon\u00e9s se plant\u00f3 en medio del vest\u00edbulo y comenz\u00f3 a pegar gritos que se ahogaban en el interior de la escafandra, momento que yo aprovech\u00e9 para volver a mi cuerpo, justo cuando la gorda se me echaba encima y se aferraba a m\u00ed, aterrorizada. Le hice ver al japon\u00e9s que no se le escuchaba se\u00f1alando mi oreja con el dedo \u00edndice y negando con la cabeza. Al mismo tiempo trat\u00e9 de sacarme de encima a la gorda que se me hab\u00eda pegado como una sanguijuela. Algo me dec\u00eda que no era momento para apasionados achuchones.<\/p>\n<p>El japon\u00e9s continu\u00f3 su discurso desde el punto en que lo hab\u00eda interrumpido al quitarse la escafandra, lo que no contribuy\u00f3 a esclarecer la confusa situaci\u00f3n. Parado muy erguido, con la cabeza en alto, los brazos estirados y pegados al cuerpo, dec\u00eda algo sobre el apocalipsis, sobre conspiraciones de la familia real brit\u00e1nica y los jud\u00edos no se sabe muy bien contra quien y que, por lo tanto, los perros occidentales deb\u00edan ser aniquilados, auguraba el resurgir del imperio del sol y el regreso de Cristo, nuestro se\u00f1or y que all\u00ed estaban ellos con la sagrada misi\u00f3n de dar inicio al Armaged\u00f3n. Algo as\u00ed dec\u00eda el japon\u00e9s.<\/p>\n<p>La situaci\u00f3n era disparatada. No solo por el hecho de que un japon\u00e9s metido en un mono blanco estuviese pegando gritos de loco en medio de la estaci\u00f3n. Tambi\u00e9n era disparatada porque en la estaci\u00f3n, aparte de la gorda y yo, no hab\u00eda nadie. Que la estaci\u00f3n llevaba cerrada a\u00f1os y que de su and\u00e9n ya no arribaban ni part\u00edan trenes. Ni siquiera pod\u00eda dar una explicaci\u00f3n razonable de qu\u00e9 hac\u00edamos all\u00ed la gorda y yo. A los japoneses este detalle no parec\u00eda importarles y a una orden del enajenado orador cogieron las mangueras y comenzaron a rociar el vest\u00edbulo con una densa humareda de color naranja.<\/p>\n<p>El final era inminente. Vi a la gorda y un ramalazo de ternura y deseo me sacudi\u00f3 el cuerpo. Le estruj\u00e9 una de sus tetazas, le clav\u00e9 las u\u00f1as en una nalga y la bes\u00e9, le met\u00ed la lengua hasta el es\u00f3fago. Y justo antes de que la nube mortal nos alcanzara, junt\u00e9 los dedos \u00edndice y pulgar de la mano izquierda y abandon\u00e9 mi cuerpo a su suerte. Atraves\u00e9 el techo de la estaci\u00f3n, me elev\u00e9 hasta los cielos y desde las inmaculadas alturas observ\u00e9 la ciudad a mis pies y decid\u00ed partir hacia el Jap\u00f3n, pa\u00eds que siempre hab\u00eda deseado conocer.<\/p>\n<p>Result\u00f3 que Jap\u00f3n se parec\u00eda mucho a la calle de mi infancia. Era eso o yo me hab\u00eda equivocado mucho de ruta. Sent\u00ed una ligera taquicardia (taquicardia metaf\u00edsica) al ver la cinta de asfalto cuarteado, las casas apretujadas, pero pudorosas, en perfectas l\u00edneas rectas, una a cada lado de la calle, el vuelo de las golondrinas frente a las ventanas, o\u00edr el canto de las chicharras y de las guacharacas como si fuesen las tres de la tarde y las siete de la ma\u00f1ana al mismo tiempo y all\u00ed, en el medio, la casa del abuelo elev\u00e1ndose sobre las dem\u00e1s. Fue como si me estampara contra un muro que apareciera, sorpresivo y l\u00fadico, despu\u00e9s de una curva, en medio de la carretera. Un encontronazo con la infancia, con el hogar perdido. Entr\u00e9. En la sala me top\u00e9 con mam\u00e1 cargando una monta\u00f1a de ropa en direcci\u00f3n al lavandero. Asom\u00f3 la cabeza detr\u00e1s del roper\u00edo y sin saludarme siquiera (parec\u00eda que aqu\u00ed, en la infancia, todo ocurr\u00eda de sopet\u00f3n) me solt\u00f3: Tu pap\u00e1 no est\u00e1 nada bien. Estoy preocupada.<\/p>\n<p>Creyendo que pap\u00e1 agonizaba corr\u00ed hacia su cuarto, abr\u00ed la puerta violentamente y me lo encontr\u00e9 sentado en el viejo sill\u00f3n al lado del ventanal. No me pareci\u00f3 que se estuviera muriendo. La luz dorada del atardecer creaba en la pared un marco para su rostro. Llevaba puesto el pijama azul cobalto de toda la vida. Estaba sentado de medio lado como si algo le estorbara, las piernas cruzadas, una mano reposaba sobre la rodilla. Fumaba. Se ve\u00eda rejuvenecido, el pelo negr\u00edsimo. Sin embargo, detr\u00e1s de las gafas de pasta sus ojos se perd\u00edan en qui\u00e9n sabe qu\u00e9 mundos. En cuanto me plant\u00e9 frente a \u00e9l empez\u00f3 a desvariar. No me ve\u00eda. Le hablaba al aire. Un discurso deshilvanado sobre pel\u00edculas. Espantado frente a esa cara de loco, yo no le escuchaba.<\/p>\n<p>De pronto, me mir\u00f3. Clav\u00f3 sus ojos en los m\u00edos, los hundi\u00f3 muy adentro. El Parque del Este. \u00bfRecuerdas?, dijo. No hizo falta que preguntara. Lo recordaba muy bien. Un domingo luminoso, limpio, abierto a grandes cosas, amable y feliz. La grama verde, los \u00e1rboles robustos y frondosos cuyas hojas temblaban levemente acariciadas por el viento, el lago artificial en el que la gente pedaleaba sobre botes de plexigl\u00e1s y un poco m\u00e1s all\u00e1, al fondo, la carabela eternamente fondeada. Pap\u00e1 y yo pate\u00e1bamos una pelota de futbol que me hab\u00eda regalado en mi cumplea\u00f1os, una pelota homologada por la FIFA, rodeados de ni\u00f1os que corr\u00edan y gritaban pose\u00eddos por una alegr\u00eda feroz y familias que com\u00edan y beb\u00edan sentadas sobre grandes manteles multicolores.<\/p>\n<p>Era un d\u00eda perfecto. Hasta que apareci\u00f3 el muchachito ese. Para m\u00ed siempre ser\u00e1 el muchachito ese. Y el pap\u00e1 ese, tambi\u00e9n. Hac\u00edan una dupla imbatible. Una sincronizaci\u00f3n para el incordio admirable. Con una facilidad pasmosa y con la complicidad de su padre, traducida en hacerse el loco frente a la maldad de su hijo, el muchachito ese convirti\u00f3 una ma\u00f1ana radiante y feliz en una pesadilla, la amable naturaleza en tierra arrasada, \u00e1rida y oscura y a mi pap\u00e1 en un monstruo de furia contenida que amenazaba implosionar en su interior.<\/p>\n<p>Y estall\u00f3, dijo pap\u00e1. Pero fue una explosi\u00f3n fr\u00eda, as\u00e9ptica, que me permiti\u00f3 planearlo todo. Los segu\u00ed. Se montaron en un autob\u00fas de circunvalaci\u00f3n. Me sub\u00ed con ellos. Me sent\u00e9 unos puestos por detr\u00e1s. El tipo se daba la vuelta de tanto en tanto y me miraba con desconfianza. Solo eso. Se apearon a los pies de un cerro cubierto de casas sin frisar y techos de zinc apretujadas unas contra otras, una monta\u00f1a roja con resplandores met\u00e1licos seg\u00fan donde diera el sol. Subimos una estrecha y empinada escalinata que zigzagueaba entre los ranchos. Ol\u00eda a guiso y a agua estancada. El tipo apretaba con fuerza la manito del ni\u00f1o. Ya no se daba la vuelta para verme. Se hab\u00eda resignado.<\/p>\n<p>Seguimos subiendo mucho tiempo. Luego comenzamos a bajar, siempre con ese trayecto err\u00e1tico e indeciso que buscaba abrirse paso en la mara\u00f1a de ranchos. El tipo carg\u00f3 al ni\u00f1o y lo abraz\u00f3 con fuerza. Me pareci\u00f3 escuchar unos d\u00e9biles gemidos. \u00bfEra el ni\u00f1o? \u00bfEra el padre? No lo sab\u00eda. Finalmente volvimos a subir y luego de unos minutos llegamos al final de las escalinatas, frente a la puerta abierta de un rancho. Entramos. Cruzamos la sala. Un viejo ve\u00eda la televisi\u00f3n. El tipo y el ni\u00f1o lo saludaron y siguieron de largo. Salimos, por otra puerta en el extremo opuesto del rancho, a un bosque. Bueno, la palabra bosque es inexacta. Unos cuantos rastrojos aqu\u00ed y all\u00e1 bajo un sol de odio. Seguimos ascendiendo por un sendero apenas visible en la tierra calcinada. Llegamos a la cima del cerro. All\u00ed, una casita solitaria pintada de amarillo nos esperaba al lado de un fam\u00e9lico \u00e1rbol cubierto de polvo. Nuestro destino. Nunca mejor dicho. Nunca una palabra m\u00e1s acertada. Jam\u00e1s una sensaci\u00f3n tan definitiva engarzada en nuestros corazones. El tipo entr\u00f3 cargando con el ni\u00f1o. Yo entr\u00e9 detr\u00e1s. Nos recibi\u00f3 una mujer oronda y gorda que se pavoneaba con una taza de peltre en una mano y una empanada en la otra. Fue a la primera que me cargu\u00e9. Al tipo le orden\u00e9 que se sentara en un viejo y ra\u00eddo sof\u00e1. El ni\u00f1o no paraba de berrear. Le part\u00ed la cabeza con lo primero que vi, un Lladr\u00f3 que representaba a una esbelta enfermera que sosten\u00eda un libro contra su pecho. Un Lladr\u00f3 como los de tu mam\u00e1. \u00bfQu\u00e9 hac\u00eda un Lladr\u00f3 en ese miserable rancho, hijo? El ni\u00f1o dej\u00f3 de llorar en el acto. Se qued\u00f3 paradito, bizqueando, la mano izquierda agarrotada y un leve temblor en la cabeza. Lo degoll\u00e9 all\u00ed mismo, frente a su padre. Lo hice despacio, disfrutando de la sensaci\u00f3n de la carne desgarrada que se abr\u00eda como una flor de sangre. El ni\u00f1o ni se inmut\u00f3. Agradec\u00ed su paciencia. Al principio hubo mucha sangre, luego apenas un borboteo como el de un guiso hirviendo. El padre era un puro temblequeo en el sof\u00e1. Ya no se enteraba de nada. Hab\u00eda perdido la raz\u00f3n. Se sumergi\u00f3 en su mente. Se busc\u00f3 all\u00ed un escondrijo h\u00famedo y oscuro en el que olvidar. A \u00e9l le quit\u00e9 la vida con rapidez. Hab\u00eda sufrido suficiente.<\/p>\n<p>Sal\u00ed del rancho, a la noche. Desde la cima del cerro la b\u00f3veda oscura del cielo lo abarcaba todo. Millares de estrellas parpadeaban sobre m\u00ed. No hab\u00eda visto tantas desde la casa de Alicante en la que viv\u00ed la infancia. Su intermitencia parec\u00eda mensajes indescifrables provenientes desde la nada. Ba\u00f1ado en sangre y repentinamente agotado vi c\u00f3mo comenzaron a girar alrededor del zenit de cielo. M\u00e1s y m\u00e1s r\u00e1pido, hasta crear c\u00edrculos conc\u00e9ntricos de luz tan blanca, tan pura, que me ech\u00e9 a llorar all\u00ed mismo, en el v\u00f3rtice del infinito. Y ya no recuerdo m\u00e1s. Cuando recuper\u00e9 la conciencia era de d\u00eda, estaba en casa y tu madre me ten\u00eda agarrado por el cuello y me sacud\u00eda preguntando por ti. Esa es la raz\u00f3n de que pasaras la noche solo en el parque.<\/p>\n<p>Entonces lo record\u00e9 todo: El silencio. La soledad interrumpida por los espectros que surg\u00edan del lago y deambulaban entre los \u00e1rboles. El miedo. Pero tambi\u00e9n el asombro, la excitaci\u00f3n que me produc\u00eda esta nueva realidad que se iba abriendo paso en la oscuridad. El susurro quejumbroso que se escurr\u00eda por las venas abiertas del follaje y que proven\u00eda del futuro, de una ciudad desbastada, saqueada, humillada. Cada uno de esos espectros que emerg\u00edan del lago ten\u00eda su historia y la contaba con ese susurro trist\u00edsimo, derrotado. Hablaban de lo que a\u00fan no hab\u00eda ocurrido. Contaban sobre la muerte, sobre el humo que iba cubriendo la ciudad con el hedor de la goma quemada, sobre el hambre y el odio. Y hablando sobre todo eso me fueron llevando hasta lo profundo del bosque. Porque aquello hab\u00eda dejado de ser un parque erigido por la civilizada mano del hombre. Ahora era un bosque agreste y terrible en el que los espectros y yo ote\u00e1bamos el futuro. Y no pintaba bien el futuro.<\/p>\n<p>Con las primeras luces del amanecer los susurros cesaron. Y a medida que la luz adquir\u00eda volumen y brillo, los espectros y el bosque se desvanec\u00edan. Cuando la ma\u00f1ana se instal\u00f3 con la plenitud del tr\u00f3pico, estando yo sentado en el bordillo de la acera, viendo a un grupo de j\u00f3venes jugando baloncesto, vino mi padre y me llev\u00f3 de regreso a casa.<\/p>\n<p>Durante un viaje astral el mundo se ve como a trav\u00e9s de una tenue niebla, como si tuvi\u00e9ramos un fino velo sobre los ojos. As\u00ed que no se crean todo lo que les digo. Qui\u00e9n sabe si de verdad surqu\u00e9 los espacios de la geograf\u00eda de mi infancia. Tal vez s\u00ed que estuve en Jap\u00f3n y el tenue velo y el peso melanc\u00f3lico de mi mente me hayan hecho una mala jugada. Sin embargo, por all\u00ed ven\u00eda la muerte. A pesar de la atm\u00f3sfera difusa y deslavada, falta de colores, tan parecida a un sue\u00f1o, pude verla con total claridad. \u00bfQue c\u00f3mo supe que se trataba de la muerte? No vaya a creerse que era la manida osamenta embutida en un manto negro con capucha y la guada\u00f1a engarzada en los huesos de la mano izquierda. Nada de eso. La muerte era la gorda tetona de la estaci\u00f3n que ahora bajaba por Las Ramblas bamboleando las tetazas y marcando el ritmo insolente con sus nalgas descomunales. Se abalanzaba sobre m\u00ed carcaje\u00e1ndose a mand\u00edbula batiente, escupiendo chorros de saliva de su hedionda bocaza que salpicaban a los transe\u00fantes, incautos turistas de medio pelo que sub\u00edan y bajaban Las Ramblas aburridos e insolados. Yo no me mov\u00ed. \u00bfPara qu\u00e9? \u00bfA d\u00f3nde ir\u00eda? Ya no era necesario pensar en la muerte. La ten\u00eda all\u00ed mismo, frente a m\u00ed, avanzando con desparpajo, bullanguera y tierr\u00faa y, sin embargo, portentosa, seductora, como Anna Magnani en Mamma Roma. Intent\u00e9 adoptar una expresi\u00f3n facial de serena elegancia e ir\u00f3nica sonrisa apenas asomada a los labios, como un James Bond frente al desastre, pero aquella masa humana blandengue, toda risas, vulgar y hermosa, que me gritaba viejo verde, \u00bfqu\u00e9 te cre\u00edas?, \u00bfque me gustabas?, \u00a1asqueroso!, era demasiado disparatada para adoptar pose alguna. As\u00ed que abr\u00ed los brazos y esper\u00e9 que llegara hasta m\u00ed. Y justo antes que el cuerpo blancuzco y ondulante de la muerte se pegara al m\u00edo con sus ventosas fr\u00edas y pegajosas, cerr\u00e9 los ojos.<\/p>\n<p>Cuando los abr\u00ed, casi de inmediato, me encontraba de nuevo en la estaci\u00f3ndel tren, sentado en el and\u00e9n, la gorda tetona aferrada a m\u00ed, sus labios susurrando dulces palabras en mi o\u00eddo y los primeros jirones del gas venenoso impregnando mis fosas nasales del olor de las almendras amargas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/quim-ramos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Quim Ramos La muerte. Pensaba en la muerte. Un fr\u00edo hilillo subi\u00f3 por mi espinazo. Me cago cada vez que pienso en la muerte. La veo con tal claridad: Nada. Eso es. Como cuando ni\u00f1o que me ca\u00ed en una piscina, me golpe\u00e9 la cabeza y perd\u00ed el conocimiento. 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