{"id":6397,"date":"2022-10-01T21:09:34","date_gmt":"2022-10-01T21:09:34","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6397"},"modified":"2023-11-24T18:25:33","modified_gmt":"2023-11-24T18:25:33","slug":"en-este-pais-capitulo-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/en-este-pais-capitulo-i\/","title":{"rendered":"En este pa\u00eds&#8230;! (Cap\u00edtulo I"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Luis Manuel Urbaneja Achelpohl<\/h4>\n<p>INVOCACI\u00d3N<\/p>\n<p>\u00a1Oh! R\u00fastica doncella de mis amores, ti\u00e9ndeme tu mano de capullos, para alcanzar la espiga de oro, s\u00edmbolo de la abundancia en el granero aborigen y de ensue\u00f1o, gloria entre las gentes de nuestra raza. Tu nombre es apenas conocido y apenas si cuenta amadores entre los lir\u00f3foros de la naci\u00f3n. Mas llegar\u00e1 un d\u00eda en que el m\u00e1rmol te glorifique, la prosa te vista y cubra como una enredadera con su manto florido y el verso, con sus lenguas de oro, tu fama dilate del uno al otro extremo de la tierra nueva. Ac\u00f3geme y gu\u00edame, que contar deseo a mis hermanos, en humilde prosa, una simple historia, trasunto de nuestra vida y de nuestros sue\u00f1os. Pr\u00e9stame aliento para llevar tu nombre adelante, adelante, m\u00e1s all\u00e1, m\u00e1s all\u00e1 de las castas cumbres que sorprenden en su cuna al sol.<\/p>\n<p>LOS MACAPOS<\/p>\n<p>&#8211;\u00bfD\u00f3nde se habr\u00e1 metido el animal?<\/p>\n<p>Y en la semi-obscuridad que precede al d\u00eda, en bulto se alejaba en una u otra direcci\u00f3n. De la monta\u00f1a comenzaba a desgajarse la neblina. El d\u00eda anterior cay\u00f3 una larga invernada, un lloviznar lento, mon\u00f3tono, desesperante y el valle despertaba entumecido. Denso velo ocultaba los hombres y las cosas. La voz torn\u00f3 a decir m\u00e1s enconada:<\/p>\n<p>&#8211;\u00bfD\u00f3nde se habr\u00e1 metido el animal? \u00a1Caray!<\/p>\n<p>Abajo se apretujaban las nieblas y en la calva del \u00c1vila jugueteaba la luz tenue de un sol cautivo.<\/p>\n<p>&#8211;Barroso, Barroso; \u00a1oooh! \u00a1Barroso! \u00a1Si ha reventao la soga! \u00bfQui\u00e9n coge a ese animal?.<\/p>\n<p>El buey hu\u00eda retoz\u00f3n con el cabo de soga a rastras. Siempre que se soltaba era lo mismo: corr\u00eda, saltaba, hac\u00eda grandes estragos en la sementera y daba m\u00e1s guerra para cogerlo que a un toro, a pesar de ser el buey m\u00e1s viejo y manso de Guarimba.<\/p>\n<p>Un mocet\u00f3n alto y fornido daba tales voces, en aquel amanecer h\u00famedo y friolento. Se llamaba Paulo Guarimba. La faz era ovalada y tristona, con una tristeza displicente, que arec\u00eda arrancar de las entra\u00f1as hacia fuera y eso siempre que los p\u00e1rpados ca\u00edan sobre los ojos y la vista vagaba errabunda, pues cuando miraba de frente, los ojos de un verde y amarillo indefinidos ten\u00edan una expresi\u00f3n ruda y fiera bajo las cejas gruesas y casta\u00f1as. En la nuca, asomaban por entre el pa\u00f1uelo con que proteg\u00eda la cabeza, mechones de pelo amarillento, de un color de oro muerto, tostado, melcochudo y \u00e1spero como la gre\u00f1a de un africano\u2026 Grit\u00f3 de nuevo al buey:<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Sooo! Barroso. \u00a1Ja, caray! En este pa\u00eds hasta el Barroso jeringa.<\/p>\n<p>El buey, con la penca encaramada, escap\u00f3 hacia unas sementeras que rasgaban la tierra con los dedos verdes de sus reventones. El mozo exclam\u00f3 col\u00e9rico:<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Jaa, Barroso! Me la vas a pag\u00e1a<\/p>\n<p>Se quit\u00f3 las alpargatas. Arremang\u00f3 con furia los calzones hasta los gruesos muslos. Ech\u00f3 a correr por entre los matojos del barbecho, h\u00famedos y crecidos. Saltaba los mogotes como zorro en hu\u00edda y perdi\u00f3 el sombrero. El buey entro con la cabeza en alto y venteando por las tierras negras que los reventones agujereaban. Paulo, en el claro, distingui\u00f3\u00a0el cabo de soga que resbalaba lento, y sin tiempo para agacharse a cogerle, salt\u00f3 a sujetarle con el tal\u00f3n grueso y chato. El buey parti\u00f3 violento, y el mozo vino a tierra. La soga pasaba por encima de su brazo, quem\u00e1ndole; en el aire le ech\u00f3 una manotada y le clav\u00f3 los dientes blancos, cerrados y fuertes, y as\u00ed, sobre la tierra blanda y humedecida, lo arrastr\u00f3 el buey hasta que, apoy\u00e1ndose en los codos, lo mantuvo. Se enderez\u00f3 sobre la tierra. El d\u00eda era en el valle: nubecillas ligeras corr\u00edan deshaci\u00e9ndose en las colinas del Sur. Paulo, braceando la soga, atrajo hacia \u00e9l el Barroso. Era un buey ya hecho, habituado al yugo y al arado, a la garrapata y a la mosca en la esterilidad de los sequeros. Salientes los m\u00fasculos, redondas las ancas y el cerviguillo como el de un ceb\u00fa, macizo. Los cachos gruesos, los candiles apuntando al cielo, en los que llevaba dos nudos de soga. En el testuz, un mech\u00f3n dorado, rojizo, le ven\u00eda a los ojos y le daba un aspecto fiero en el englobamiento de su mole pesada y majestuosa.<\/p>\n<p>&#8211;Barroso, bien jarto est\u00e1s.\u2014Y agarr\u00e1ndole por el cacho le larg\u00f3 una cachetada. El buey retrocedi\u00f3. Afincando el cuerpo con todas sus fuerzas, sobre el cacho, el mozo grit\u00f3, apretando los dientes:<\/p>\n<p>&#8211;\u00bfNo me conoces? \u2013y le solt\u00f3 una patada en las narices. Al buey le falt\u00f3 el aire; alz\u00f3 angustioso la cabeza y estuvo quieto como un corderito.<\/p>\n<p>&#8211;Ahora, el Melao, \u00bfd\u00f3nde estar\u00e1 el Melao? \u2013Y tirando del buey, le sac\u00f3 fuera y lo at\u00f3 al tronco de un sauce demirriado, cabeceante y cuajado de roc\u00edo.<\/p>\n<p>En un barbecho distante, el Melao al sol humeaba. En su lomo, un tostado garrapatero esponjado, se espulgaba. En el barbecho, las ara\u00f1as extend\u00edan en telares y a la luz suave era un extenso campo tr\u00e9mulo de alj\u00f3far.<\/p>\n<p>Paulo march\u00f3 directo hacia el buey. A su paso, los matojos se mov\u00edan, las ara\u00f1as hu\u00edan r\u00e1pidas y el roc\u00edo rodaba por sus carnes duras.<\/p>\n<p>El Melao era para el Barroso. Alto y mazudo, pero de \u00edndole blanda y reposada, sin rebeld\u00edas ni entusiasmos que le llevaran a reventar\u00a0la soga para correr, bravuc\u00f3n en un alarde de libertad pueril.<\/p>\n<p>Bajo el sauce les uni\u00f3 los cachos. D\u00f3ciles y calmudos, a sus voces le segu\u00edan<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Anda Melao! \u00a1Ven Barroso!<\/p>\n<p>Junto a un puentecillo de troncos de sauce, reto\u00f1ados con la humedad de la acequia, hizo alto Paulo. Por \u00e9l se adelant\u00f3 presuroso. Tras unas malvas y saucos retorcidos, un rancho se acurrucaba, descuajaring\u00e1ndose con los a\u00f1os. Una rosalera trepadora se extend\u00eda en un enrejado de ca\u00f1a y sus mil gu\u00edas locas se echaban sobre el tejado, en donde en corona de verdes hojas, luc\u00eda su perenne florescencia, manto n\u00edveo. Se lleg\u00f3 el mozo al rancho y empuj\u00f3 la carcomida puerta en busca del yugo y la garrocha. Era aqu\u00e9l el nidal de los Guarimba, oscuro y h\u00famedo. Ellos levantaron la horconadura, clavaron la cumbrera, amasaron el barro con la paja brava de las sabanas y rellenaron el ca\u00f1izo del bajareque. Y todo esto antes, mucho antes de que la acequia corriera farfallando a su puerta. Los Guarimba y su rancho se perd\u00edan en el origen de la estancia.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 amo les se\u00f1al\u00f3 aquel sitio? \u00bfQu\u00e9 amo los cristian\u00f3? Porque los Guarimba no lo negaban; los abuelos fueron esclavos, y su vida y suerte siempre estuvo pegada a aquella tierra de la que formaban parte como los \u00e1rboles que hab\u00edan visto crecer y los pe\u00f1ascos que rodaron de la monta\u00f1a. All\u00ed se encontraron con la azada en la mano, el yugo, el arado y la muerte. Guarimba era ellos, y ellos, Guarimba. Los amos, vend\u00edanles junto con la tierra y los animales. Ellos pasaban indiferentes de unas manos a otras, convencidos de que, mientras existiesen, permanecer\u00edan unidos a aquella tierra como el alma al cuerpo. S\u00f3lo un orgullo les cegaba: ser las mejores azadas, los m\u00e1s listos ga\u00f1anes, los m\u00e1s entendidos conocedores de las mudanzas del tiempo. Ellos, antes que nadie, o\u00edan el trueno anunciador del lejano invierno y el saludo del renacuajo; conoc\u00edan el rumbo de las nubadas de verano; pronosticaban el pausado acomodarse del nubarr\u00f3n cargado, deseoso por desahogar los hinchados senos; el alba particip\u00e1bales la humedad o sequedad del d\u00eda y vaticinaban el resultado de las cosechas, sin que jam\u00e1s fueran desmentidos. No ten\u00edan historia que contar, amaban y mor\u00edan as\u00ed como el rosal echa rosas y se seca y florece el yerbazgo de olor. Comenzaron a blanquear con Juan, el arpista, un abuelo de Paulo, que apareci\u00f3 entre ellos, como en el nidal de muchas aves acaece emplumar un extra\u00f1o pich\u00f3n. El arpa le hizo famoso, sin dejar de ser un buen Guarimba. \u00c9l plant\u00f3 la blanca rosalera y el rancho tuvo nuevas y desconocidas alegr\u00edas. Paulo era el \u00faltimo v\u00e1stago de aquella cepa humilde. Su padre, antiguo mayordomo de Guarimba, al morir, lo encomend\u00f3 a sus amos de entonces, los Macapos. Apenas si cab\u00eda en un canasto cuando los Macapos lo ampararon. Creci\u00f3 a su lado. Pas\u00f3 por la escuela, pero ante todo, fue un Guarimba, un cogedor de caba\u00f1uelas, que present\u00eda en el silencio de la noche estrellada el trueno anunciador del lejano invierno y el saludo del renacuajo.<\/p>\n<p>Con el yugo sobre el hombro y empu\u00f1ando la garrocha, atraves\u00f3 de nuevo Paulo el puente. Los bueyes, sin moverse, dej\u00e1banse enyugar. La coyunda, como una cinta, pasaba de una cornamenta a otra, asegurando el yugo sobre la nuca y los frontines rojos. Los bueyes, sumisos, dejaban hacer, rumiando, rumiando. Ni asomos de rebeld\u00eda mostraba el Barroso. A la voz de Paulo que ya los llamaba con la garrocha, marcharon en busca del arado sabino, que el d\u00eda anterior, a causa del\u00a0lloviznar constante, qued\u00f3 en el barbecho.<\/p>\n<p>El barbecho era un pan, aquel barbecho de entrada dura, sellado de rabo de zorro. El agua le hab\u00eda calado y las espesas cepas ca\u00edan desmayadas sobre la reja.<\/p>\n<p>Los bueyes marchaban lentos, afincando los remos, sin bajar ni subir en demas\u00eda la cabeza y el puy\u00f3n se entraba en la tierra, hondo. Paulo llevaba el arado sin lidiar, sin moverse, firme y recto y la tierra se esponjaba y abr\u00edasuavemente como un pan en el horno.<\/p>\n<p>En el copo de un tiamo, una bandada de conotos pon\u00eda gran algarab\u00eda; eran aves de paso a las tierras c\u00e1lidas, hurentes donde cuaja tempranera su almendra el cacao, y la vainilla embalsama el bosque.<\/p>\n<p>El sol ard\u00eda y el cielo estaba limpio de nubadas, brillantes.<\/p>\n<p>Por el callej\u00f3n de la estancia asom\u00f3 una calesa. A la entrada se hab\u00eda formado un hoyac\u00f3n con el desbordamiento de la acequia. Los peones paleaban el desag\u00fce y apilaban material para el relleno. Los caballos met\u00edan el pecho y se encabritaban a los latigazos del cochero, sin sacar la calesa, atascadas las ruedas. A los irritados denuestos del auriga y al mordiscante chasquido del l\u00e1tigo sobre los lomos tensos. Paulo detuvo la yunta y clav\u00f3 en tierra la garrocha, que se agit\u00f3 tr\u00e9mula, como una llama. Se acerc\u00f3 pronto a la calesa. Los del interior clamaban, desconcertados: \u00a1Paulo! \u00a1Paulo!. El mozo se arrim\u00f3 sorprendido, sonri\u00f3 pl\u00e1cido y los ojos, en un fugaz arrobamiento, se dulcificaron, como si una niebla de amor los velara. El coche se tumb\u00f3 sobre un lado; acudi\u00f3 a levantar la rueda, y en un esfuerzo vigoroso, lo enderez\u00f3 en el aire. Arrancaron los caballos jadeantes al restallar del l\u00e1tigo. Se dejaron ver fuera del veh\u00edculo unas manos que saludaban, dando gracias y los griticos locos de unos chiquillos sonaban all\u00e1 dentro, como bandejeo de aleluya.<\/p>\n<p>Paulo busc\u00f3 el sol en el cielo. Sus ojos, dorados, no cegaban al pupilar del fuego. Las once son ya, dadas, &#8211;se dijo interiormente&#8211;. Los peones del desag\u00fce se echaban al hombro las blusas y las herramientas y marchaban riendo a la pulper\u00eda nueva, donde el amargo ten\u00eda demonio. Bajo el cedro reverdecido, Paulo dej\u00f3 los bueyes a la sombra. Y fue hacia la calesa, detenida en espera de que desfugasen los caballos, para ganar el repecho pedregoso del callej\u00f3n.<\/p>\n<p>Ven\u00eda lento, cavilando. No se explicaba aquella vuelta repentina de la familia. Ni un aviso, ni nada; de sopet\u00f3n se le presentaba. \u00a1Si hac\u00eda quince d\u00edas estuvo en Caracas y en la casa todos estaban buenos! Josefina pasaba su catarr\u00f3n, que pesc\u00f3 a la salida del teatro, seg\u00fan dijo misia Carmen, por no cubrirse la cabeza con el chal. Tan metido estaba en sus pensamientos, que no repar\u00f3 en el coche, que ven\u00eda tras \u00e9l, sino cuando el jadeo de los caballos resopl\u00f3 a sus espaldas. Se apart\u00f3 a una orilla; eran las gentes de servicio. Con los bamboleos del carruaje re\u00edan con gran aspaviento. Dolores, la barrigona, con ojos dormidos, le mir\u00f3 dengosa, en un mirar pedante de mulata descontenta.<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Aparte!\u2014le grit\u00f3<\/p>\n<p>\u00c9l se volvi\u00f3 a un lado indiferente.<\/p>\n<p>Ella sac\u00f3 la lengua roja e intranquila, como una culebrilla coral, en la oquedad sonrosada de la boca, y torci\u00f3 los ojos.<\/p>\n<p>En la subida alcanz\u00f3 Paulo a los de la calesa. Ahora iba poco apoco, lentamente, como si evitara las sacudidas al caer en las rodadas que en aquellas tierras reblandecidas dej\u00f3 el carruaje. Se detuvo el veh\u00edculo en el soportal. Un hombre alto, de gesto imperioso y espeso, mostacho retorcido, como el de un se\u00f1orejo en abriles, puso el pi en el estribo y la calesa oscil\u00f3 sobre sus goznes. Era don Modesto Macapo.<\/p>\n<p>Salud\u00f3 a Paulo.<\/p>\n<p>&#8211;Aqu\u00ed otra vez, Josefina, mal.<\/p>\n<p>Abri\u00f3 grandemente los ojos brillantes en un mirar inquisidor.<\/p>\n<p>&#8211;\u00bfY qu\u00e9 tiene?<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Locuras!, \u00a1locuras!<\/p>\n<p>Desde el coche dos chiquillas gemelas se lanzaron a sus brazos.<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Paulo!, \u00a1Paulo!\u2014Gozosos le besaban las mejillas y acari\u00f1aban el rostro con sus manitas de marcados hoyines sonrosados. Mar\u00eda de las Nieves y Dulce Amor.<\/p>\n<p>Devolv\u00eda el las caricias. Eran buenos amigos. D\u00e1bales el gusto y persegu\u00edanle ellas como dos mariposas en las largas estadas de la familia en la estancia.<\/p>\n<p>Una voz seca y disgustosa reprendi\u00f3 severa:<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Morochas! \u00a1Morochas! \u00a1dejen a Paulo! \u00a1No le fastidien ya!<\/p>\n<p>Y do\u00f1a Carmen Pureles de Macapo sac\u00f3 fuera del carruaje su hermoso busto.<\/p>\n<p>Era peque\u00f1a, muy apretada de carnes, con hoyuelos en los codos y el pie precioso, peque\u00f1ico, asomando bajo el ruedo viol\u00e1ceo de las enaguas de seda. Sus carnes eran almendras amasadas con rosas. Los ojos negros, grandes y aterciopelados. La frente estrecha y las cejas ligeramente arqueadas y suaves. La boca diminuta y la barba redonda con una ligera hendidura. El cuello corto, algo papujado, ce\u00f1ido por una gargantilla de corales. Desde\u00f1osa y hostil en el gesto y las maneras, y el timbre de la voz ingrato.<\/p>\n<p>Al ganar tierra, se llev\u00f3 a los ojos el impertinente y vuelta a Paulo, le se\u00f1al\u00f3 la calesa.<\/p>\n<p>&#8211;Ah\u00ed est\u00e1 Josefina. No se puede valer. S\u00e1cala. \u00c1lzala por debajo de las almohadas.<\/p>\n<p>Tom\u00f3 en sus brazos el mozo a la ni\u00f1a con gran cuidado, como si temiese se fuera a deshacer en sus manazas rudas. Ella nada dec\u00eda, pero en su semblante consunto, las dos llamitas de los ojos, le miraban l\u00e1nguidamente con una dulzura profunda e infinita. \u00c9l cre\u00eda caminar entre nubes, tembloroso, como si se le fuese a escapar de entre los brazos, y en un desfallecimiento morboso, la coloc\u00f3 en la silla de extensi\u00f3n, que Dolores, la barrigona, arrastraba, sali\u00e9ndole al encuentro.<\/p>\n<p>&#8211;\u00a1Hombre! Con ese cuerpote y no tiene fuerza\u2026<\/p>\n<p>Y \u00e9l tr\u00e9mulo, como si hubiese cargado con el \u00c1vila a cuestas, se enjug\u00f3 la frente sudorosa.<\/p>\n<p>Misia Carmen Pureles de Macapo era de la vieja y conocida familia Pureles, gente de rancia oligarqu\u00eda con el grillo constante de la nobleza de origen y abolengo. Aunque el abuelo de la casta fue cierto andaluz alb\u00e9itar, de morenas facciones y cerradas barbas tapiz\u00e1ndole la cara, jaranero, con las casta\u00f1uelas y la guitarra, dispuesto, hasta en la misma hora de la muerte, a poner a bailar la alegr\u00eda en el alma de las mozas. El tal se tropez\u00f3 con una india vallera, vendedora de cachapas, famosa por el garbo y las redondeces de las carnes canelas. Cuando \u00e9sta, con el cesto en la cabeza y el blanco pa\u00f1o en hombros, arrollado al cuello, atravesaba la plaza, el bestiaje humano se recog\u00eda sobre el mismo y la dejaba pasar, cerrando tras ella en un susurro lujuriante, como oleada que se retira en arenosa costa sonajando los pedruscos. (De la abuela ten\u00eda misia Carmen, los hoyuelos de los codos y los andares remilgados).Se fue el andaluz tras la golosina y la moza lista le llev\u00f3 a la aldea por la vereda del altar, que no era plaza que rend\u00edan meras casta\u00f1uelas y guitarrillas.<\/p>\n<p>Andando el tiempo, el andaluz fue amo de caballos de alquiler, de casas y de haciendas y la familia entr\u00f3 por la arcada \u00e1urea de las onzas en la raigambre de los linajudos de la ciudad. Cuando el aguardiente de Espa\u00f1a se le sub\u00eda al andaluz a la cabeza, en el atrio de la iglesia o en los d\u00edas de olla de alg\u00fan santo casero, le excitaba la imaginaci\u00f3n, en fabla pintoresca y pirot\u00e9cnica se echaba a volar por la vieja Andaluc\u00eda y embelesaba a sus oyentes con las historias de su solar antiguo, y los vi\u00f1edos de los suyos y su escapada a Am\u00e9rica huyendo de los sortilegios de Pandereta, una moza que era chispas. De tanto contar que los abuelos se presentaban al Rey con gorros metidos hasta las orejas, que com\u00edan en un mismo plato cuando a\u00fan no hab\u00edan inventado el tenedor y el tener en las venas sangre real, en tiempos de moros, le dio los pechos una infanzona (desde entonces el escudo tuvo dos colinitas reales), lleg\u00f3 a creerlo, los de su casa veneraban aquel origen semi-real del abolengo andaluz. Las pasadas grandezas eran ovillo sin fin, y periquitos van y periquitos vienen y el alb\u00e9itar no acababa, porque el aguardiente de Espa\u00f1a le pon\u00eda lumbre en los ojos.<\/p>\n<p>En una bajada de Reyes, el a\u00f1o de \u2026 un domingo muy claro y dorado, le abras\u00f3 el alma al Macapo la nieta del andaluz. Entonces misia Carmen derret\u00eda y sembraba desasosiegos hondos e incurables.<\/p>\n<p>El Macapo fue aceptado con agrado entre los Perules. Tra\u00eda todo cuanto pod\u00edan desear: dineros y abolengo, los Macapos, sol\u00eda decir solemnemente D. Modesto, al tratar asuntos de familia, abandonaron su solar de Castilla la vieja cuando la conquista, porque el Rey se empe\u00f1\u00f3 en casar al mayorazgo con una dama de la Reina, que no era cristiana vieja. Sin embargo, al abuelo llam\u00e1banlo unos el vizca\u00edno, otros el gallego, muchos Ant\u00f3n, el canario. Pulpero entendido, llevaba las cuentas trazando con carb\u00f3n palotes en las paredes de su buhonera. Hizo humilde y honradamente su caudal\u00a0 leg\u00f3 a la Patria nueva un General, un Doctor una monja. Toda gente buena y sencilla. Pero don Modesto, hijo del Doctor y una criolla ab\u00falica, fecunda como un acure, gran consumidora de caf\u00e9 a buchitos y dada al ensue\u00f1o de las grandezas y los pergaminos, hered\u00f3 de la madre el amor por estas cosas, creci\u00f3 oy\u00e9ndolas, desde cuando la dorm\u00edan en el balanceo de la mecedora. El Macapo, por lo dem\u00e1s, era hombre en\u00e9rgico y muy h\u00e1bil; entre los suyos no serv\u00eda para nada cuando mocito; pero, a la muerte del padre, se qued\u00f3 con todos los bienes de la familia. Ya para aquel entonces era un comerciante de cr\u00e9dito y su nombre sonaba como una esperanza p\u00fablica.<\/p>\n<p>As\u00ed se juntaron aquellas dos almas, espigadas casi en las mismas condiciones y todas aquellas quimeras se consolidaron y fueron parte integral de sus mismas naturalezas. Tales eran los due\u00f1os de Guarimba, en el lindo valle del \u00c1vila.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/luis-manuel-urbaneja-achelpohl\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Luis Manuel Urbaneja Achelpohl INVOCACI\u00d3N \u00a1Oh! R\u00fastica doncella de mis amores, ti\u00e9ndeme tu mano de capullos, para alcanzar la espiga de oro, s\u00edmbolo de la abundancia en el granero aborigen y de ensue\u00f1o, gloria entre las gentes de nuestra raza. Tu nombre es apenas conocido y apenas si cuenta amadores entre los lir\u00f3foros de la [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":6399,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6397"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6397"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6397\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6403,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6397\/revisions\/6403"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6399"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6397"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6397"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6397"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}