{"id":6038,"date":"2022-09-02T23:45:27","date_gmt":"2022-09-02T23:45:27","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=6038"},"modified":"2023-11-24T18:26:46","modified_gmt":"2023-11-24T18:26:46","slug":"cumboto-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cumboto-fragmentos\/","title":{"rendered":"Cumboto (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez<\/h4>\n<p><strong>I. Encuentro al atardecer<\/strong><\/p>\n<p>Desde la ventana grande de la casa se domina el monte extendido al otro lado de la carretera. La ventana grande mira al norte y por su forma alargada parece que se la hizo a prop\u00f3sito para que en ella cupiese todo el paisaje con sus miles de palmas ondulantes, su cielo p\u00e1lido y los perezosos zamuros que se deslizan en \u00e9l. All\u00ed est\u00e1 don Federico como todas las tardes, con su perfil de Greco, su encanecida barba y su blanca mano cuyos dedos tamborilean suavemente sobre el cristal.<\/p>\n<p>Don Federico contempla la lejan\u00eda y sue\u00f1a hacia atr\u00e1s, removiendo el pasado. Quiz\u00e1s invent\u00e1ndolo. En el dedo anular de su mano derecha un gran diamante despide afiladas saetas de luz. Yo le miro desde la penumbra de la biblioteca y detallo una vez m\u00e1s sus puros rasgos adelgazados por la intensa vida interior; su recta nariz romana, sus ojos profundos y azules ennegrecidos ahora por las sombras que se depositan en ellos; sus labios finos y exang\u00fces. Nadie conoce como \u00e9l la historia de este pueblo, de este pa\u00eds, de esta heredad. Yo, Natividad, que he vivido a su lado toda mi vida, no puedo olvidar esta historia. Si tuviese hijos se la referir\u00eda a mi vez para que tambi\u00e9n ellos la conocieran. Es una historia larga y agitada, hermosa y melanc\u00f3lica, digna de ser conocida.<\/p>\n<p>A esta hora no se ven ya p\u00e1jaros en el cielo ni en las matas del monte. Lo que queda del sol es como la huella de un labio roto apoyado en la copa del horizonte. Del mar, al otro lado de las malezas, sube en estos momentos un bilioso vapor que va envolviendo la tarde. Hay sobre las \u00e1speras crestas de los cardones y los cuj\u00edes y en el dorso de las palmas maduras, un resplandor amarillo que chisporrotea por momentos y que r\u00e1pidamente pasa por todos los tonos del verde hasta volverse azul, \u00edndigo y negro. Yo no s\u00e9, ciertamente, qu\u00e9 papel represento aqu\u00ed mientras observo a don Federico.<\/p>\n<p>No s\u00e9 si soy un vulgar esp\u00eda o si realizo una funci\u00f3n digna de la antigua solicitud que los siervos sent\u00edan por sus amos. Lo cierto es que desde hace m\u00e1s de veinte a\u00f1os hago lo mismo todas las tardes. Dentro de pocos instantes don Federico empu\u00f1ar\u00e1 su bast\u00f3n de cerezo, se calar\u00e1 su sombrero de paja fina y saldr\u00e1 al camino para emprender su cotidiano paseo por el campo. Entonces su alta y delgada silueta, toda vestida de blanco, vacilar\u00e1 entre las sombras como si se asfixiara en medio de ellas. Y yo le seguir\u00e9 una vez m\u00e1s a trav\u00e9s de la noche coste\u00f1a, inmensa, hueca, salobre y llena de pesados reflejos azules. Marchar\u00e9 en pos suyo procurando que no me vea ni me sienta. Las sombras se adherir\u00e1n a nuestros cuerpos como blandas membranas y el mundo nos parecer\u00e1 m\u00e1s ancho y vac\u00edo. A lo lejos el sordo zumbar de las olas ir\u00e1 aumentando de volumen y los dos avanzaremos guiados por las estrellas, sin reunirnos un solo momento, fingiendo ignorarnos, pero sabi\u00e9ndonos protegidos el uno por el otro.<\/p>\n<p>Si don Federico experimentase lo mismo que yo cuando se acerca la noche, debiera sentir ahora como si un fr\u00edo taladro perforase sus huesos. No es miedo precisamente; no es ese terror impreciso pero vehemente que se apodera del alma de los negros ante la oscuridad. Es una especie de angustia consciente e incluso desafiadora que nos impulsa a explorarla, ora por el camino que va hasta la playa, ora por entre los huecos tenebrosos de los cocales.<\/p>\n<p>Familiarizado con ella desde su juventud, don Federico conoce la noche hasta en sus m\u00e1s ocultos repliegues. Puede identificar cada una de sus palpitaciones, cada uno de sus suspiros. Sabe distinguir la comprimida risa de la lechuza, el helado graznido del chupahuesos, el roce de la mano del viento en las caderas de los \u00e1rboles, la ondulante caricia de la mapanare y el maraqueo impaciente de la cascabel. Siempre vestido de blanco, con su corbata negra y su cabellera nevada, su cuerpo se rodea entre las sombras de un halo que le forma uno como segundo relieve. As\u00ed le miramos todos: yo que le sigo en silencio y los otros negros que le atisban desde sus ranchos, a trav\u00e9s de las rendijas de sus puertas y de las grietas de sus paredes de barro. Estos dicen:<\/p>\n<p>\u2014 Ah\u00ed va don Federico caminando&#8230; \u00a1Ave Mar\u00eda!<\/p>\n<p>Y se persignan.<\/p>\n<p>Muchas veces he o\u00eddo a estas gentes, en medio de sus corros vespertinos, manosear entre el humo de sus tabacos una pregunta medrosa en la que parecen buscar la clave de alg\u00fan enigma:<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1V\u00e1lgame Dios! \u00bfPor qu\u00e9 no se habr\u00e1 casado don Federico?<\/p>\n<p>Yo bien comprendo que esto les apasione. Los antepasados de don Federico fueron casados y tuvieron hijos. \u00c9l, en cambio, permanece soltero, solitario en las siete leguas de su heredad. Todav\u00eda viven algunos ancianos que recuerdan a su abuelo, don Lorenzo Lamarca. Yo conoc\u00ed a su padre, don Guillermo Zeus, y a su madre, do\u00f1a Beatriz.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no se habr\u00e1 casado don Federico, santo cielo?<\/p>\n<p>Es una pregunta arisca que se disuelve en sombras como la noche. Quiz\u00e1 sea yo el \u00fanico que pueda responder de una manera satisfactoria.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ya sale don Federico. Marcha. Por la calzada, en sentido contrario, avanza la delgada figura de un hombre. Viene caminando de prisa. Al pasar junto al caballero se detiene a mirarlo. \u00bfPor qu\u00e9 le contempla con tan sostenida atenci\u00f3n? \u00bfQu\u00e9 ha visto en \u00e9l que mueva as\u00ed su curiosidad?<\/p>\n<p>Lejos va ya la figura de don Federico, la cual comienza a vacilar entre las sombras, y todav\u00eda est\u00e1 all\u00ed el transe\u00fante, mir\u00e1ndole. Cuando llego al lado de \u00a0este advierto que se estremece como si despertara de un sue\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY usted \u2014pregunta\u2014 es tambi\u00e9n de Cumboto?<\/p>\n<p>Su pregunta se dirige a m\u00ed. Sus ojos me miran. Yo le contemplo a mi vez y experimento un desasosiego en todo mi ser. \u00bfD\u00f3nde he mirado antes este rostro delgado y estos ojos verdosos, fosforescentes? \u00bfD\u00f3nde he o\u00eddo esta voz que acaricia como el filo de una navaja? Se trata de un joven. De un ni\u00f1o casi.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed \u2014le respondo\u2014. Ese es don Federico.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY usted \u2014 insiste \u2014 es tambi\u00e9n de Cumboto?<\/p>\n<p>\u2014Tambi\u00e9n&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Yo necesito hablar con don Federico.<\/p>\n<p>Antes de responderle de nuevo miro su rostro con m\u00e1s atenci\u00f3n, buscando en \u00e9l la respuesta a las interrogaciones que interiormente me he hecho. En realidad no s\u00e9 si este muchacho me inspira simpat\u00eda o no. Su silueta fina, sus manos largas, sus movimientos felinos despiertan en m\u00ed recuerdos remotos y dolorosos. No quisiera acertar en la secreta sospecha que se ha deslizado en mi coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCree que podr\u00e9 hablar con \u00e9l?<\/p>\n<p>\u2014No lo s\u00e9; vaya a la Casa Blanca, ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Por la noche vuelvo a construir la escena de la calzada y la voz del adolescente resuena en mis o\u00eddos con una lentitud que me obsesiona. Los recuerdos se agrupan y crecen con ella como una catarata que amenazara ahogarme. Toda nuestra vida pasada, con su alucinante y cruel incoherencia, incorporase en mi memoria mientras mi cuerpo fatigado se inmoviliza en la cama.<\/p>\n<p>En el cielo sin nubes brilla una luna redonda cuya luz traspasa las hojas de los \u00e1rboles que circundan la casa. Yo miro esta luna a trav\u00e9s de la abierta ventana y me digo a m\u00ed mismo que as\u00ed debi\u00f3 brillar cuando \u00e9ramos ni\u00f1os, mucho antes a\u00fan, en la \u00e9poca en que saltaron de sus cayucos a las costas de Cumboto los primeros pobladores negros. Muchas lunas como esta debieron contemplar aquellos seres martirizados, perseguidos como las bestias, evocando sus lejanas tierras mientras el tiempo operaba su lenta transformaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La presencia del muchacho de la carretera ha tenido la virtud de remover en m\u00ed este dormido l\u00e9gamo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>III. La casa blanca<\/strong><\/p>\n<p>La casa de los se\u00f1ores est\u00e1 rodeada por un corredor espa\u00f1ol cuya techumbre de obra limpia sostienen redondos pilares de mamposter\u00eda, fuertes como \u00e1rboles. En la ma\u00f1ana el sol entra por este corredor y visita el sal\u00f3n principal. Tambi\u00e9n se cuela por las ventanas y curiosea en las habitaciones como un ni\u00f1o convaleciente. Del centro de la techumbre, exactamente frente a la puerta, prende un antiguo farol de hierro forjado que alumbra el lugar por la noche.<\/p>\n<p>La Casa Blanca \u2014as\u00ed la llaman en la comarca por el color de sus paredes\u2014 es vieja de m\u00e1s de cien a\u00f1os. Se halla enclavada en un parque abierto en medio de la floresta, a un tiro de fusil de la carretera. En el parque hay naranjos, granados, guayabos, pomarrosos y otros frutales. Existe igualmente un jard\u00edn poblado de rosas, magnolias, jazmines y palmas de distintas clases. La Casa Blanca tiene dos plantas y, distribuidas en \u00e9stas, numerosas habitaciones. El sal\u00f3n, la biblioteca y el comedor est\u00e1n en la planta baja; los dormitorios de los se\u00f1ores y de los ni\u00f1os en la alta. Yo duermo en un cuartito de tablas construido entre la cocina y el ba\u00f1o, fuera del cuerpo principal del edificio. Cuando llueve no puedo llegar a mi habitaci\u00f3n sin mojarme, pero as\u00ed y todo no la cambiar\u00eda por la mejor de la casa. En sus oscuras paredes, pobladas de caprichosas manchas y figuritas, ha creado mi fantas\u00eda un mundo de amigos discretos sin los cuales la existencia se me har\u00eda muy ins\u00edpida.<\/p>\n<p>En el interior de la casa resp\u00edrase un perfume suave pero persistente y original, que parece haberse ido creando en la atm\u00f3sfera, a trav\u00e9s de los a\u00f1os, con las fragancias que vienen del campo. Un perfume grave y discreto que me llena en esp\u00edritu de reverencia. Las paredes est\u00e1n siempre limpias y el piso brilla como un espejo. Cuando yo era peque\u00f1o me provocaba echarme en \u00e9l y ponerme a nadar. Recordando una estampa iluminada que la cocinera conservaba junto a su cama, me imaginaba a Jes\u00fas caminando en aquella sala, sobre las olas.<\/p>\n<p>El techo de la casa es tan alto que cuando cae la tarde no se distinguen los detalles de las molduras. Esto sol\u00eda producirme vagos temores. Sin embargo gust\u00e1bame mirar hacia arriba para ver c\u00f3mo se adensaban las sombras e iban absorbiendo las cosas. Recuerdo que una vez penetr\u00f3 por una de las ventanas un murci\u00e9lago que, luego de hacer una amplia evoluci\u00f3n en la sala lanz\u00f3 un agrio chillido y clav\u00f3se como una saeta en el golfo negro. \u00abSe ahog\u00f3\u00bb, pens\u00e9 yo temblando. Pero en seguida rectifiqu\u00e9. \u00abNo, no se ha ahogado; se ha confundido con las sombras, se ha diluido en ellas como un trozo de jab\u00f3n en el agua. Porque los murci\u00e9lagos, reflexion\u00e9 gravemente, son seres diab\u00f3licos que est\u00e1n hechos de la sustancia de la oscuridad.\u00bb<\/p>\n<p>Durante mucho tiempo despu\u00e9s, al caer la tarde, no pude cruzar esta sala sin sentirme agitado por una desconfianza medrosa. Miraba de reojo hacia arriba y me dec\u00eda interiormente: \u00abSi no fuera por el miedo que tengo, me parar\u00eda aqu\u00ed hasta ver c\u00f3mo se forman los murci\u00e9lagos.\u00bb<\/p>\n<p>Seguramente lo que daba a las alas su aire misterioso, era, m\u00e1s que otra cosa, la forma y distribuci\u00f3n de sus muebles. El piano de cola, en el centro, semejaba un buque fantasma anclado en la inmensidad del oc\u00e9ano. Hab\u00eda tres mullidos sillones de cuero negro, un div\u00e1n de lo mismo, y, en la pared del fondo, un arc\u00f3n tambi\u00e9n negro sobre el cual brillaban sordamente dos candelabros de plata. Para ir al comedor se cruzaba una puerta de arco alargado y para subir al piso superior hab\u00eda que recorrer cuarenta y seis escalones de madera barnizada que cruj\u00edan levemente cual si se burlasen de lo que ve\u00edan subir y bajar. La puerta de la biblioteca era de caoba tallada.<\/p>\n<p>En aquella \u00e9poca la encargada de la limpieza interior era una negra cenicienta, con cara de flauta, la que con s\u00f3lo estirar el brazo dominaba la altura de las puertas y alcanzaba los marcos de los cuadros colgados en las paredes. Llam\u00e1base esta mujer Eduvige y andaba sin hacer ruido, escurri\u00e9ndose como una mentira. Al ver sus ojos inexpresivos y su boca amargada y muda, me preguntaba yo si estar\u00eda realmente viva. Y dejaba correr mi imaginaci\u00f3n ideando en torno a ella las conjeturas m\u00e1s caprichosas. De un momento a otro esperaba ver a Eduvige dispararse hacia el techo con el brazo extendido y evaporarse all\u00ed, dejando como \u00fanico rastro de su existencia el trapo blanqu\u00edsimo con el que limpiaba los muebles.<\/p>\n<p>Siempre me hab\u00eda intrigado la biblioteca. Cuantas veces me era posible \u2014cuando Eduvige se hallaba ejerciendo su oficio\u2014, me situaba estrat\u00e9gicamente en la puerta del comedor y desde all\u00ed espiaba a mis anchas. La heterogeneidad y confusi\u00f3n de las cosas acumuladas en aquel recinto, el imponente aspecto de las vitrinas llenas de libros, las mesas, las l\u00e1mparas, los cofres, los bustos amarillentos diseminados aqu\u00ed y all\u00e1, los oscuros cuadros que colgaban en las paredes, la esfera geogr\u00e1fica encaramada en lo m\u00e1s alto de un estante, los mil y un objetos de formas y colores diversos, se confund\u00edan de tal manera ante mi mirada, que nunca, por m\u00e1s empe\u00f1o que puse en retenerlos, pude formarme una visi\u00f3n coherente de aquel universo fascinador.<\/p>\n<p>Yo hubiese querido entrar all\u00ed y detenerme largo rato frente a cada uno de esos objetos, observarlos, palparlos hasta familiarizarme con todos ellos. Sospechaba que deb\u00eda haber cosas maravillosas, reveladores de una existencia que yo ignoraba y que sin embargo present\u00eda vagamente. Pero hab\u00eda de pasar mucho tiempo antes de que lograse ver realizado este anhelo. Durante todo ese tiempo conservar\u00eda la impresi\u00f3n de haber estado frente a algo terrible, tr\u00e1gico, escalofriante, sin que pudiese precisar de qu\u00e9 se trataba.<\/p>\n<p>El comedor ca\u00eda hacia el naciente y por sus ventanas abiertas penetraban la brisa del bosque y la suave m\u00fasica de las palmas. En una gran mesa cubierta con un impoluto mantel de lino, sent\u00e1banse los se\u00f1ores, los ni\u00f1os y la institutriz. All\u00ed com\u00edan en silencio. Eduvige serv\u00eda y yo la ayudaba trayendo el agua y llevando los platos vac\u00edos a la cocina. Las \u00f3rdenes me eran dadas por se\u00f1as, por medio de miradas breves y r\u00e1pidas que aprend\u00ed a interpretar admirablemente. Empero, cuando hab\u00eda invitados el car\u00e1cter de Don Guillermo cambiaba. Entonces pon\u00edase locuaz y trataba con gentileza a su esposa. Hasta la invitaba a tocar al piano.<\/p>\n<p>Olvidaba decir que en el piso bajo ten\u00edan tambi\u00e9n sus dormitorios la silenciosa Eduvige y la descolorida institutriz, una mujer blanca y pecosa, con cabellos color de paja, a la que o\u00ed siempre llamar con este ex\u00f3tico nombre: Frau Berza. Cual si con ella se hubiese querido completar la gama de la taciturnidad, Frau Berza tambi\u00e9n era casi silenciosa. Sin embargo, sab\u00eda sonre\u00edr y no pocas veces la sorprend\u00ed sentada en el comedor con la mirada perdida en la lejan\u00eda de los campos. Era ella quien ense\u00f1aba a los ni\u00f1os a leer, escribir y contar, quien los hac\u00eda tararear canciones para m\u00ed ininteligibles y les obligaba a permanecer largas horas golpeando las teclas del piano. Nunca olvidar\u00e9 la entrevista dulzura con que esta mujer matizaba su voz cuando repet\u00eda las notas de la escala para grabarlas en los o\u00eddos de sus pupilos:<\/p>\n<p><em>Do\u2026 do\u2026 do\u2026 do\u2026<\/em><br \/>\n<em>re\u2026 re\u2026 re\u2026 re\u2026<\/em><br \/>\n<em>mi\u2026 mi\u2026 mi\u2026 mi\u2026<\/em><\/p>\n<p>Federico aprend\u00eda con facilidad; Gertrudis, por el contrario, era torpe e indiferente. Cuando no se hallaba ante el piano o repitiendo las lecciones que le dictaba Frau Berza, aqu\u00e9l se distra\u00eda dibujando animales y paisajes con sus l\u00e1pices de color. Este era el momento en que yo pod\u00eda aproximarme a \u00e9l para verle y hablarle. Me paraba a su lado y con los ojos muy abiertos segu\u00eda los trazos de su mano, ve\u00eda brotar y correr sobre el papel las l\u00edneas multicolores y asist\u00eda a la creaci\u00f3n de peque\u00f1os mundos en los que me hubiese gustado vivir. \u00c9l sonre\u00eda complacido y, a cada trazo que daba, levantaba su cuadro para que yo lo admirase. Entonces mi impaciencia se desbordaba y olvidando todo comedimiento me permit\u00eda interferir en el proceso de sus creaciones.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no le pones m\u00e1s verde a esta palma?<\/p>\n<p>\u2014Porque est\u00e1 bien como est\u00e1.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfLo crees t\u00fa?<\/p>\n<p>\u2014Claro que s\u00ed.<\/p>\n<p>Incluso sol\u00edamos discutir:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPero qui\u00e9n te ha dicho que las hojas del n\u00edspero son verdes?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY c\u00f3mo van a ser? \u00bfNo las est\u00e1s viendo t\u00fa mismo?<\/p>\n<p>\u2014Yo no las veo verdes sino azules.<\/p>\n<p>Una vez me larg\u00f3 una pregunta que me dej\u00f3 confundido:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQuieres pintar un cuadro t\u00fa mismo?<\/p>\n<p>Me entreg\u00f3 su cuaderno y sus l\u00e1pices y se puso a mirarme. Sud\u00e9 tinta aquella tarde. Cuando hube concluido y le mostr\u00e9 mi trabajo, Federico rompi\u00f3 a re\u00edr.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPero qu\u00e9 es lo que has hecho? \u00bfSon hojas estas que salen del palo? \u00a1Dios m\u00edo! Parecen burros. \u00a1Burros azules!<\/p>\n<p>Su risa atrajo a Frau Berza, la que frunci\u00f3 el ce\u00f1o y le dijo algo que no entend\u00ed pero que hizo a mi amigo bajar la cabeza. Despu\u00e9s dirigi\u00f3se a m\u00ed mismo:<\/p>\n<p>\u2014Este no es tu lugar. Vete a limpiar el piso.<\/p>\n<p>Mi consternaci\u00f3n no puede ser descrita. Aquellas palabras me hirieron en lo profundo y despertaron en m\u00ed fibras desconocidas, sentimientos nuevos e inexpresables. Comprend\u00ed en tal momento que era posible morir de verg\u00fcenza, y el peque\u00f1o mundo de mi infancia, lleno de extra\u00f1as resistencias pero matizado a s\u00ed mismo por los m\u00e1s hermosos colores, se me puso de pronto negro.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ramon-diaz-sanchez-2\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez I. Encuentro al atardecer Desde la ventana grande de la casa se domina el monte extendido al otro lado de la carretera. La ventana grande mira al norte y por su forma alargada parece que se la hizo a prop\u00f3sito para que en ella cupiese todo el paisaje con sus miles de [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":6039,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6038"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6038"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6038\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6040,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6038\/revisions\/6040"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6039"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6038"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6038"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6038"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}