{"id":595,"date":"2021-08-06T09:30:40","date_gmt":"2021-08-06T09:30:40","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=595"},"modified":"2023-11-24T18:39:31","modified_gmt":"2023-11-24T18:39:31","slug":"dos-cuentos-grotescos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-grotescos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos grotescos de Jos\u00e9 Rafael Pocaterra"},"content":{"rendered":"<h3>La I latina<\/h3>\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n<p>\u00a1No, no era posible!, andando ya en siete a\u00f1os y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando m\u00e1s que hacer que una ardilla.<\/p>\n<p>-\u00a1Nada!, \u00a1nada! -dijo mi abuelita-. A ponerlo en la escuela&#8230;<\/p>\n<p>Y desde ese d\u00eda, con aquella eficacia activa en el milagro de sus setenta a\u00f1os, se dio a buscarme una maestra. Mi madre no quer\u00eda; protest\u00f3 que estaba todav\u00eda peque\u00f1o, pero ella insisti\u00f3 resueltamente. Y una tarde al entrar de la calle, deshizo unos envoltorios que le trajeron y sacando un bulto, una pizarra con su esponja, un libro de tipo gordo y muchas figuras y un atadito de l\u00e1pices, me dijo poniendo en mi aquella grave dulzura de sus ojos azules: -\u00a1Ma\u00f1ana, hijito, casa de la se\u00f1orita que es muy buena y te va a ense\u00f1ar muchas cosas&#8230;!<\/p>\n<p>\u00a1Yo me abrac\u00e9 a su cuello, corr\u00ed por toda la casa, mostr\u00e9 a los sirvientes mi bulto nuevo, mi pizarra flamante, mi libro, todo marcado con mi nombre en la magn\u00edfica letra de mi madre, un libro que se me antojaba un cofrecillo sorprendente, lleno de maravillas! Y la tarde \u00e9sa y la noche sin quererme dormir, pens\u00e9 cu\u00e1ntas cosas podr\u00eda leer y saber en aquellos grandes librotes forrados de piel que dej\u00f3 mi t\u00edo el que fue abogado y que yo hojeaba para admirar las vi\u00f1etas y las rojas may\u00fasculas y los montoncitos de caracteres manuscritos que llenaban el margen amarillento.<\/p>\n<p>Algo definitivo dec\u00edame por dentro que yo era ya una persona capaz de ir a la escuela.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>\u00a1Hace cu\u00e1ntos a\u00f1os, Dios m\u00edo! Y todav\u00eda veo la casita humilde, el\u00a0 largo corredor, el patiecillo con tiestos, al extremo una cancela de lona que hac\u00eda el comedor, la peque\u00f1a sala donde estaba una mesa negra con una l\u00e1mpara de petr\u00f3leo en cuyo tubo bailaba una horquilla. En la pared hab\u00eda un mapa deste\u00f1ido y en el cielo raso otro formado por las goteras. Hab\u00eda tambi\u00e9n dos mecedoras desfondadas, sillas; un peque\u00f1o aparador con dos perros de yeso y la mantequillera de vidrio que fing\u00eda una clueca echada en su nido; pero todo tan limpio y tan viejo que dij\u00e9rase surgido as\u00ed mismo, en los mismos sitios desde el comienzo de los siglos.<\/p>\n<p>Al otro extremo del corrector, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa desde el d\u00eda antes, estaba un tinajero pintado de verde con una vasija rajada; all\u00ed un agua cristalina en gotas musicales, largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas. Y no s\u00e9 por qu\u00e9 aquella piedra de filtrar llena de yerbajos, con su moho y su olor a tierras h\u00famedas, me evocaba ribazos del r\u00edo o rocas avanzadas sobre las olas del mar&#8230;<\/p>\n<p>Pero esa ma\u00f1ana no estaba yo para imaginaciones, y cuando se march\u00f3 mi abuelita, sinti\u00e9ndome solo e infeliz entre aquellos ni\u00f1os extra\u00f1os que me observaban con el rabillo del ojo, se\u00f1al\u00e1ndome; ante la fisonom\u00eda delgad\u00edsima de labios descoloridos y nariz cuyo l\u00f3bulo era casi transparente, de la Se\u00f1orita, me ech\u00e9 a llorar. Vino a consolarme, y mi desesperaci\u00f3n fue mayor al sentir en la mejilla un beso helado como una rana.<\/p>\n<p>Aquella ma\u00f1ana de \u00abni\u00f1o nuevo\u00bb me mostr\u00f3 el reverso de cuanto hab\u00eda sido ilusorias visiones de sapiencia&#8230; As\u00ed que en la tarde, al volver para la escuela, a rastras casi de la criada, llevaba los p\u00e1rpados enrojecidos de llorar, dos soberbias nalgadas de mi t\u00eda y el bulto en banderola con la pizarra y los l\u00e1pices el virginal Mandevil tamborileando dentro de un modo acompasado y burl\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n<p>Luego tom\u00e9 amor a mi escuela y a mis condisc\u00edpulos: tres chiquillas fe\u00facas, de pelito azafranado y medias listadas, un gordinfl\u00f3n que se hurgaba la nariz y nos punzaba con el agudo l\u00e1piz de pizarra; otro ni\u00f1o flaco, triste, ojerudo, con un pa\u00f1uelo y unas hojas siempre al cuello y oliendo a aceite; y Martica, la hija del Letrero de enfrente que era alem\u00e1n. Siete u ocho a lo sumo: las tres hermanas se llamaban las Rizar, el gordinfl\u00f3n Jos\u00e9 Antonio, Tot\u00f3n, y el ni\u00f1o flaco que muri\u00f3 a poco, ya no recuerdo c\u00f3mo se llamaba. S\u00e9 que muri\u00f3 porque una tarde dej\u00f3 de ir, y dos semanas despu\u00e9s no hubo escuela.<\/p>\n<p>La Se\u00f1orita ten\u00eda un hermano hombre, un hermano con el cual nos amenazaba cuando d\u00e1bamos mucho que hacer o estallaba una de esas extra\u00f1as rebeld\u00edas infantiles que delatan a la eterna fiera.<\/p>\n<p>-\u00a1Sigue!, \u00a1sigue rompiendo la pizarra, malcriado, que ya viene por ah\u00ed Ram\u00f3n Mar\u00eda!<\/p>\n<p>Nos qued\u00e1bamos suspensos, acobardados, pensando en aquel terrible Ram\u00f3n Mar\u00eda que pod\u00eda llegar de un momento a otro&#8230; Ese d\u00eda, con m\u00e1s angustia que nunca, ve\u00edamosle entrar tambaleante como siempre, oloroso a reverbero, los ojos aguados, la nariz de tomate y un palt\u00f3 dril verdegay.<\/p>\n<p>Sent\u00edamos miedo y admiraci\u00f3n hacia aquel hombre cuya evocaci\u00f3n sola calmaba las tormentas escolares y al que la Se\u00f1orita, toda t\u00edmida y confusa, llevaba del brazo hasta su cuarto, tratando de acallar unas palabrotas que nosotros aprend\u00edamos y nos las endos\u00e1bamos unos a los otros por debajo del Mandevil.<\/p>\n<p>-\u00a1Los voy a acusar con la Se\u00f1orita! -protestaba casi con un chillido Marta, la m\u00e1s resuelta de las hembras.<\/p>\n<p>-La Se\u00f1orita y t\u00fa&#8230; -y la interjecci\u00f3n fea, inconsciente y gracios\u00edsima, saltaba de aqu\u00ed para all\u00e1 como una pelota, hasta dar en los propios o\u00eddos de la Se\u00f1orita.<\/p>\n<p>Ese era d\u00eda de estar alguno en la sala, de rodillas sobre el enladrillado, el libro en las manos, y las orejas como dos zanahorias.<\/p>\n<p>-Ni\u00f1o, \u00bfpor qu\u00e9 dice eso tan horrible? -me reprend\u00eda afectando una severidad que desment\u00eda la dulzura gris de su mirada.<\/p>\n<p>-\u00a1Porque yo soy hombre como el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda!<\/p>\n<p>Y contestaba, confusa, a mi atrevimiento:<\/p>\n<p>-Eso lo dice \u00e9l cuando est\u00e1 \u00abenfermo\u00bb.<\/p>\n<p><strong>IV<\/strong><\/p>\n<p>A pesar de todo, llegu\u00e9 a ser el predilecto. Era en vano que a cada instante se alzase una vocecilla:<\/p>\n<p>-\u00a1Se\u00f1orita, aqu\u00ed \u00abel ni\u00f1o nuevo\u00bb me ech\u00f3 tinta en un ojo!<\/p>\n<p>-Se\u00f1orita, que \u00abel ni\u00f1o nuevo\u00bb me est\u00e1 buscando pleito.<\/p>\n<p>A veces era un chillido estridente seguido de tres o cuatro mojicones:<\/p>\n<p>-\u00a1Aqu\u00ed&#8230;!<\/p>\n<p>Ven\u00eda la reprimenda, el castigo; y luego m\u00e1s suave que nunca, aquella mano larga, p\u00e1lida, casi transparente de la solterona me iba ense\u00f1ando con una santa paciencia a conocer las letras que yo distingu\u00eda por un m\u00e9todo especial: la A, el hombre con las piernas abiertas y evocaba mentalmente al se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda cuando entraba \u00abenfermo\u00bb de la calle-; la O, al se\u00f1or gordo -pensaba en el pap\u00e1 de Tot\u00f3n-; la Y griega una horqueta -como la de la china que ten\u00eda oculta-; la I latina, la mujer flaca -y se me ocurr\u00eda de un modo irremediable la figura alta y desmirriada de la Se\u00f1orita&#8230; As\u00ed conoc\u00ed la \u00d1, un tren con su penacho de humo; la P, el hombre con el fardo; y la &amp; el tullido que mendigaba los domingos a la puerta de la iglesia.<\/p>\n<p>Comuniqu\u00e9 a los otros mis mejoras al m\u00e9todo de saber las letras, y Marta -\u00a1como siempre!- me denunci\u00f3:<\/p>\n<p>-\u00a1Se\u00f1orita, \u00abel ni\u00f1o nuevo\u00bb dice que usted es la I latina!<\/p>\n<p>Me mir\u00f3 gravemente y dijo sin ira, sin reproche siquiera, con una amargura temblorosa en la voz, queriendo hacer sonrisa la mueca de sus labios descoloridos:<\/p>\n<p>-\u00a1S\u00ed la I latina es la m\u00e1s desgraciada de las letras&#8230; puede ser!<\/p>\n<p>Yo estaba avergonzado; ten\u00eda ganas de llorar. Desde ese d\u00eda cada vez que pasaba el puntero sobre aquella letra, sin saber por qu\u00e9, me invad\u00eda un oscuro remordimiento.<\/p>\n<p><strong>V<\/strong><\/p>\n<p>Una tarde a las dos, el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda entr\u00f3 m\u00e1s \u00abenfermo\u00bb que de costumbre, con el saco sucio de la cal de las paredes. Cuando ella fue a tomarle del brazo, recibi\u00f3 un empell\u00f3n yendo a golpear con la frente un \u00e1ngulo del tinajero. Echamos a re\u00edr; y ella, sin hacernos caso, sigui\u00f3 detr\u00e1s con la mano en la cabeza&#8230; Todav\u00eda re\u00edamos, cuando una de las ni\u00f1as, que se hab\u00eda inclinado a palpar una mancha oscura en los ladrillos, alz\u00f3 el dedito te\u00f1ido de rojo:<\/p>\n<p>-Miren, miren: \u00a1le sac\u00f3 sangre!<\/p>\n<p>Quedamos de pronto serios, muy p\u00e1lidos, con los ojos muy abiertos.<\/p>\n<p>Yo lo refer\u00ed en casa y me prohibieron, severamente, que lo repitiese. Pero d\u00edas despu\u00e9s, visitando la escuela el se\u00f1or inspector, un viejecito pulcro, vestido de negro, le pregunt\u00f3 delante de nosotros al verle la sien vendada:<\/p>\n<p>-\u00bfComo que sufri\u00f3 alg\u00fan golpe, hija?<\/p>\n<p>Vivamente, con un rubor d\u00e9bil como la llama de una vela, repuso azorada:<\/p>\n<p>-No se\u00f1or, que me tropec\u00e9&#8230;<\/p>\n<p>-Mentira, se\u00f1or inspector, mentira -protest\u00e9 rebel\u00e1ndome de un modo brusco, instintivo, ante aquel angustioso disimule- fue su hermano, el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda que la empuj\u00f3, as\u00ed&#8230; contra la pared&#8230; -y expresivamente le pegu\u00e9 un empuj\u00f3n formidable al anciano.<\/p>\n<p>-S\u00ed, ni\u00f1o, si ya s\u00e9&#8230; -mascull\u00f3 trastumb\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Dijo luego algo m\u00e1s entre dientes; estuvo unos instantes y se march\u00f3.<\/p>\n<p>Ella me llev\u00f3 entonces consigo hasta su cuarto; cre\u00ed que iba a castigarme, pero me sent\u00f3 en sus piernas y me cubri\u00f3 de besos; de besos fr\u00edos y tenaces, de caricias maternales que parec\u00edan haber dormido mucho tiempo en la red de sus nervios, mientras que yo, cohibido, sent\u00eda que al par de la frialdad de sus besos y del helado acariciar de sus manos, gotas de llanto, c\u00e1lidas, pesadas, me ca\u00edan sobre el cuello. Alc\u00e9 el rostro y nunca podr\u00e9 olvidar aquella expresi\u00f3n dolorosa que alargaba los grises ojos llenos de l\u00e1grimas y formaba en la enflaquecida garganta un nudo angustioso.<\/p>\n<p><strong>VI<\/strong><\/p>\n<p>Pasaron dos semanas, y el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda no volvi\u00f3 a la casa. Otras veces estas ausencias eran breves, cuando \u00e9l estaba \u00aben chirona\u00bb, seg\u00fan nos informaba Tomasa, \u00fanica criada de la Se\u00f1orita que cuando \u00e9sta sal\u00eda a gestionar que le soltasen, qued\u00e1base dando la escuela y ech\u00e1ndonos cuentos maravillosos del p\u00e1jaro de los siete colores, de la princesa Blanca-flor o las tretas siempre renovadas y frescas que le jugaba t\u00edo conejo a t\u00edo tigre.<\/p>\n<p>Pero esta vez la Se\u00f1orita no sali\u00f3; una grave preocupaci\u00f3n distra\u00edala en mitad de las lecciones. Luego estuvo fuera dos o tres veces; la criada nos dijo que hab\u00eda ido a casa de un abogado porque el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda se hab\u00eda propuesto vender la casa.<\/p>\n<p>Al regreso, p\u00e1lida, fatigada, quej\u00e1base la Se\u00f1orita de dolor de cabeza; suspend\u00eda las lecciones, permaneciendo absorta largos espacios, con la mirada perdida en una niebla de l\u00e1grimas&#8230; Despu\u00e9s hac\u00eda un gesto brusco, abr\u00eda el libro en sus rodillas y comenzaba a \u00a0se\u00f1alar la lectura con una voz donde parec\u00edan gemir todas las resignaciones de este mundo: -vamos, ni\u00f1o: \u00abJorge ten\u00eda una hacha&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p><strong>VII<\/strong><\/p>\n<p>Hace quince d\u00edas que no hay escuela. La Se\u00f1orita est\u00e1 muy enferma. De casa han estado all\u00e1 dos o tres veces. Ayer tarde o\u00ed decir a mi abuela que no le gustaba nada esa tos&#8230;<\/p>\n<p>No s\u00e9 de qui\u00e9n hablaban.<\/p>\n<p><strong>VIII<\/strong><\/p>\n<p>La Se\u00f1orita muri\u00f3 esta ma\u00f1ana a las seis&#8230;<\/p>\n<p><strong>IX<\/strong><\/p>\n<p>Me han vestido de negro y mi abuelita me ha llevado a la casa mortuoria. Apenas la reconozco: en la repisa no est\u00e1n ni la gallina ni los perros de yeso; el mapa de la pared tiene atravesada una cinta negra; hay muchas sillas y mucha gente de duelo que rezonga y fuma. La sala llena de vecinas rezando. En un rinc\u00f3n estamos todos los disc\u00edpulos, sin cuchichear, muy serios, con esa inocente tristeza que tienen los ni\u00f1os enlutados. Desde all\u00ed vemos, en el centro de la salita, una urna estrecha, blanca y largu\u00edsima que es como la Se\u00f1orita y donde est\u00e1 ella metida. Yo me la figuro con terror: el Mandevil abierto, ense\u00f1\u00e1ndome con el dedo amarillo, la I, la I latina precisamente.<\/p>\n<p>A ratos, el se\u00f1or Ram\u00f3n Mar\u00eda que recibe los p\u00e9sames al extremo del corredor y que en vez del saco dril verdegay luce una chupa de un negro azufroso, va a su cuarto y vuelve. Se sienta suspirando con el bigote lleno de gotitas. Sin duda ha llorado mucho porque tiene los ojos m\u00e1s lacrimosos que nunca y la nariz encendida, amoratada.<\/p>\n<p>De tiempo en tiempo se suena y dice en alta voz:<\/p>\n<p>-\u00a1Est\u00e1 como dormida!<\/p>\n<p><strong>X<\/strong><\/p>\n<p>Despu\u00e9s del entierro, esa noche, he tenido miedo. No he querido irme a dormir. La abuelita ha tratado de distraerme contando lindas historietas de su juventud. Pero la idea de la muerte est\u00e1 clavada, tenazmente, en mi cerebro. De pronto la interrumpo para preguntarle:<\/p>\n<p>-\u00bfSufrir\u00e1 tambi\u00e9n ahora?<\/p>\n<p>-No -responde, comprendiendo de qui\u00e9n le hablo- \u00a1la Se\u00f1orita no sufre ahora!<\/p>\n<p>Y poniendo en m\u00ed aquellos ojos de paloma, aquel dulce mirar inolvidable, a\u00f1ade:<\/p>\n<p>-\u00a1Bienaventurados los mansos y humildes de coraz\u00f3n porque ellos ver\u00e1n a Dios!&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>Los come muertos<\/h3>\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n<div id=\"post-body-6558897837949994036\" class=\"post-body entry-content\">\n<div>No; no es una historia de chacales, de hienas o de cuervos; no es, siquiera, una leyenda de necr\u00f3fagos. Es apenas uno relaci\u00f3n corta, un poco triste, un poco pueril, donde hay infancia, el cielo brumoso de un diciembre rovinciano, la carita triste de una ni\u00f1a que se pone a llorar.<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>II<\/strong><\/div>\n<div align=\"CENTER\"><\/div>\n<div>Los Giuseppe eran una, familia calabresa, hambrienta, desarrapada y sucia que viv\u00edan en un rinc\u00f3n de tierra en una caba\u00f1a hecha de pedazos de palo, de duelas, de restos de urnas robados en el Cementerio de Morillo, una de cuyas tapias derruidas lindaba con la viviendo de los Giuseppe, si es que puede llamarse viviendo un cacho de tierra colorada, diez o doce matas de cambur, un mango, y bajo el mango los techos de la zah\u00farda de latas y piedras, y bajo la casa, la familia: dos muchachos comochos o hachazos, con los brazos muy largos y las manos muy grandes y los pies enormes. Rojos, de pelambre erizada como los pelos de los gatos monteses y que \u00e1yudaban al viejo en trabajos de mozo de cuadra en la ciudad a veces, y a veces en el merodeo de los corrales. Adem\u00e1s, una chica rubia, tambi\u00e9n pecosa y pelirroja, con nombre lindo de princesa: Mafalda. Cuatro cacharros, hambre, vagancia, fealdad del paisaje, de los habitadores, del concepto mismo que ten\u00eda la ciudad hacia aquel torpe rinc\u00f3n de cementerio donde viv\u00edan unos italianos que \u00abcom\u00edan muertos&#8217;.<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>III<\/strong><\/div>\n<div align=\"CENTER\"><\/div>\n<div>-Los.come-muertos! !Los come-muertos!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Y todos los chiquillos, cuando pill\u00e1bamos de paso a la pelirroja y a sus hermanos, los acos\u00e1bamos a motes, a injurias, a pedradas.. S\u00f3lo el viejo -torvo, mugriento, con una de esas barbas aborrascadas que no terminan de crecer nunca y la pipa de barro colg\u00e1ndole de lo mand\u00edbula-, se libraba de nuestra agresi\u00f3n. Inspiraba temor aquel calabr\u00e9s de hombros cuadrados y aire vago de sepulturero&#8230;<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>IV<\/strong><\/div>\n<div align=\"CENTER\"><\/div>\n<div>Un d\u00eda, Giuseppe padre fue arrestado. Parece que s\u00e9 desaparecieron unas gallinas muy gordas del corral de las Hermanitas de los Pobres; qu\u00e9 s\u00e9 yo \u2014 Lo vimos desfilar, amarrado por las mu\u00f1ecas, feroz y sombr\u00edo, entre dos agentes que le empujaban, brutales, calle abajo. Ten\u00eda el traje m\u00e1s desgarrado que de costumbre y marchaba cabizbajo, tambaleante, avergonzado probablemente de su horrible delito, con las faldas de lo camisa por fuero, al extremo de un eterno chaleco de casimir indefinible que usaba o manero de chaqueta. Cobardes como seres d\u00e9biles, como mujeres, como hombres mal sexuados, gritamos todos al paso del vagabundo: \u00bftullo, Come-muerto! Y seguimos gritando, en procesi\u00f3n tras del cortejo, por muchas cuadras. En seguida alguien tuvo una idea luminosa: -Ahora que est\u00e1n solos los hijos de Come-muerto, vamos a tirarles piedras.<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>V<\/strong><\/div>\n<div align=\"CENTER\"><\/div>\n<div>Ca\u00edmos como una tromba sobre la barraca. Los dos Giuseppe contestaron al ataque vigorosamente, rechaz\u00e1ndonos a pedrada limpia desde las bardos del corral. De los doce o trece que \u00e9ramos, alguno se retir\u00f3 cojeando, otro con la cabeza rota y un tercero al tratar de huir ante la furiosa carga que los dos muchachos, desesperados, intentaron m\u00e1s all\u00e1 de lo palizada, rod\u00f3 barranco abajo, estrope\u00e1ndose lo nariz.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Pero cercados por todas partes, lapidados por veinte manos, tuvieron que ampararse de nuevo tras las tapias de lo vivienda.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>No obstante, nos ten\u00edan a raya. Sus pedradas, certeras, furiosas, pasaban zumbando por nuestros o\u00eddos. Otras dos bajas; une que grit\u00f3 al lado m\u00edo poni\u00e9ndose ambas manes sobre un ojo, otro que saltaba en una sola pierna, cogi\u00e9ndose el pie aporreado en lo alt\u00f3 del muslo:<\/div>\n<div><\/div>\n<div>-Ay, carrizo, ayayay, carrizo!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El ala de la derrota bati\u00f3 un instante sobre nosotros. Hubo una vacilaci\u00f3n, Pero alguno, estrat\u00e9gico, me grit\u00f3:<\/div>\n<div><\/div>\n<div>-iT\u00fa, que te metas por el cementerio y los cojas de atr\u00e1s pa alante!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Comprend\u00ed. Y sin vacilar, los ojos inyectados de ira y los bolsillos repletos de piedras, trep\u00e9 ,lo tapia, y con un \u00abguarataro\u00bb en cada mano, por entre las tumbas viej\u00edsimas, de ahora un siglo, y los mont\u00edculos cubiertos de \u00e1speros cuj\u00edes y las cruces de madera podrida, avanc\u00e9, cauteloso, con todo el instinto malvado de la asechanza, en plena alevos\u00eda de peque\u00f1a alima\u00f1a feroz.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>A pocas varas, entre dos sarc\u00f3fagos, uno sombra fugitiva, un harapo oscuro, un ser que hu\u00eda, trat\u00f3 de ocultarse tras de una tumba, pero antes de conseguirlo, una certera pedrada lo tendi\u00f3, pataleando, entre la hierba.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Corr\u00ed hacia mi presa lanzando un alarido de triunfo. Sobre un mont\u00edculo cubierto de yerbajos, u\u00f1a fosa sin duda, estaba Mafalda, la peli-roja. Ten\u00eda la frente abierta por un golpe horrible, y un hilillo de sangre iba desde la sien hasta la hierba, trazando un caminito rojo, muy delgado; era como la cinta encarnada del rabo de los \u00abpapagayos\u00bb.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Entorpecido, alocado, corr\u00ed hacia la muchachita ca\u00edda que abr\u00eda los ojos llenos de estupor&#8230;<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Luego se llev\u00f3 la mano a la herida, sinti\u00f3se la humedad de la sat\u00edgre y rompi\u00f3 a llorar:<\/div>\n<div><\/div>\n<div>-\u00a1Son ellos, son ellos! A m\u00ed no me hagan nada; yo no s\u00e9 tirar piedras&#8230;<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Y arrodillada, se arrastraba a mis pies, las mechas en desorden, semejante a una gran tr\u00e1gica, con todo el pelo rojo como una llamarada.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Ya no s\u00e9 c\u00f3mo ni cu\u00e1ndo la tuve sobre mi brazo; con mi pa\u00f1uelo sequ\u00e9 en su rostro l\u00e1grimas y sangre, y luego le vend\u00e9 la frente.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Lloraba a peque\u00f1os sollozos y explicaba que huyendo de la pedrea hab\u00eda saltado la tapia refugi\u00e1ndose en el cementerio.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Estaba avergonzado, lleno de dolor y de desesperaci\u00f3n contra los dem\u00e1s, contra m\u00ed mismo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Cuando, ya mas tranquila, la guiaba para salir de aquel recinto lleno de frescuras vegetales, de vetustez de piedra, del misterioso encanto que tienen las tierras donde los hombres duermen para siempre, Mafalda me miraba a los ojos con sus pupilas amarillentas como las de una bestezuela asustada.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Hab\u00eda un gran silencio; una suave paz en la tarde. Los otros, o hab\u00edan huido o re\u00f1\u00edan ya lejos &#8230;<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>VI<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div>En la tapia, al saltar, apoyando sus manecitas en mis hombros, acerc\u00f3 a m\u00ed su carita pecosa, sucia, con la frente vendada y sangrienta.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Todav\u00eda recuerdo aquella expresi\u00f3n de sus ojos amarillentos que ten\u00edan la dulzura de la tarde amarilla sobre las tumbas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>-Ya t\u00fa ves que yo no tengo la culpa. Pero no vuelvas a venir con ellos que son malos y nos tiran piedras&#8230;<\/div>\n<div><\/div>\n<div style=\"text-align: left;\" align=\"CENTER\"><strong>VII<\/strong><\/div>\n<div align=\"CENTER\"><\/div>\n<div>Yo no supe c\u00f3mo explicar en casa por qu\u00e9 ten\u00eda las manos y el traje manchados, de sangre. No lo supe explicar entonces. Hoy tampoco podr\u00eda hacerlo.<\/div>\n<div><\/div>\n<\/div>\n<div class=\"post-footer\" style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/pocaterra-jose-rafael\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/div>\n<h6><\/h6>\n<h6>*Cr\u00e9dito de la foto: https:\/\/www.instagram.com\/geczaintovar\/<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La I latina I \u00a1No, no era posible!, andando ya en siete a\u00f1os y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando m\u00e1s que hacer que una ardilla. -\u00a1Nada!, \u00a1nada! -dijo mi abuelita-. 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