{"id":591,"date":"2021-08-06T09:25:51","date_gmt":"2021-08-06T09:25:51","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=591"},"modified":"2023-11-24T18:39:31","modified_gmt":"2023-11-24T18:39:31","slug":"casas-muertas-capitulo-1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/casas-muertas-capitulo-1\/","title":{"rendered":"Un entierro"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Miguel Otero Silva<\/h4>\n<p>Esa ma\u00f1ana enterraron a Sebasti\u00e1n. El padre Pern\u00eda, que tanto afecto le profes\u00f3, se hab\u00eda puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era un acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tanto arrastrarse de las alpargatas hab\u00eda extinguido definitivamente la hierba del camino que conduc\u00eda al cementerio y los perros segu\u00edan con rutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les preced\u00edan se\u00f1alando la ruta mil veces transitada. Pero hab\u00eda muerto Sebasti\u00e1n, cuya presencia fue un brioso preg\u00f3n de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprend\u00edan que su ca\u00edda significaba la rendici\u00f3n plenaria del pueblo entero. Si no logr\u00f3 escapar de la muerte Sebasti\u00e1n, joven como la madrugada, fuerte como el r\u00edoen invierno, voluntarioso como el toro sin castrar, no quedaba alos otros habitantes de Ortiz sino la resignada espera del acabamiento.<\/p>\n<p>Al frente del cortejo marchaba Nicanor, el monaguillo, sosteniendo el crucifijo en alto, entre dos muchachos m\u00e1s peque\u00f1os y armados de elevados candelabros. Luego el padre Pern\u00eda, sudando bajo las telas del h\u00e1bito y el sol del Llano. En seguida los cuatro hombres que cargaban la urna y, finalmente, treinta o cuarenta vecinos de rostros terrosos. El ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de enfermos. As\u00ed, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombros bajo la presi\u00f3n de un peso inexistente, se les ve\u00eda transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corredores de las casas.<\/p>\n<p>Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de Sebasti\u00e1n era sabida por todos \u2014ella misma no la ignoraba, Sebasti\u00e1n mismo no la ignoraba\u2014desde hac\u00eda cuatro d\u00edas. Entonces comenz\u00f3 el llanto para ella. Al principio luch\u00f3 por impedir que llegara hasta sus ojos esa lluvia que le estremec\u00eda la garganta. Sab\u00eda que Sebasti\u00e1n, como confirmaci\u00f3n inapelable de su sentencia a muerte, s\u00f3lo esperaba ver brotar sus l\u00e1grimas. Observaba los angustiados ojos febriles espi\u00e1ndole el llanto y pon\u00eda toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced a un esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbiaba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde Sebasti\u00e1n se mor\u00eda. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca de una medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y le corr\u00eda libremente por el rostro. M\u00e1s tarde, en la noche, cuando caminaba hacia su casa por las calles penumbrosas y, m\u00e1s a\u00fan, cuando se tend\u00eda en espera del sue\u00f1o, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convert\u00eda la desesperaci\u00f3n en un dolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno despu\u00e9s, cuando el amanecer comenzaba a enredarse en la ramaz\u00f3n del cotoper\u00ed y ella continuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sue\u00f1o que nunca llegaba.<\/p>\n<p>Ahora marchaba sin l\u00e1grimas, confundida entre la gente que asist\u00eda al entierro. Hab\u00edan dejado a la espalda las dos \u00faltimas casas y remontaban la leve cuesta que conduc\u00eda a la entrada del cementerio. Ella caminaba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sent\u00eda tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido se negaba a aceptar, que a ratos parec\u00edale que ella y la que caminaba con su cuerpo eran dos personas distintas y que bien pod\u00eda la una seguir con pasos de aut\u00f3mata hasta el cementerio, en tanto que la otra regresaba a la casa en busca del llanto.<\/p>\n<p>Dos mujeres la acompa\u00f1aban. A un lado su madre, do\u00f1a Carmelita, con el moh\u00edn de ni\u00f1o asustado que la vejez no hab\u00eda logrado borrar, llorando no tanto por Sebasti\u00e1n muerto, como por el dolor que sobre Carmen Rosa pesaba, sinti\u00e9ndose infinitamente peque\u00f1a y miserable por no haber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, la hermana, pre\u00f1ada como el a\u00f1o pasado, heroicamente fatigada por aquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advert\u00eda en la atm\u00f3sfera la fluencia del amor de las dos mujeres, la ternura de ambas sosteni\u00e9ndola para que no diera consigo en tierra.<\/p>\n<p>En el trecho final cargaron la urna cuatro hombres j\u00f3venes como Sebasti\u00e1n, aunque no vigorosos como lo fuera \u00e9l antes de caer. Eran cuatro perfiles en ocre, aguzados como la cabeza del gavil\u00e1n. Su juventud naufragaba en las miradas tardas, en los desfiladeros de los p\u00f3mulos, en los pliegues que circundaban los ojos. Uno de ellos, primo hermano de Sebasti\u00e1n, hab\u00eda venido en burro desde Parapara. Los otros tres eran de Ortiz y Carmen Rosa los conoc\u00eda desde ni\u00f1os. Hab\u00eda corrido con ellos por las m\u00e1rgenes del Paya, hab\u00eda matado palomas monta\u00f1eras junto con ellos. El m\u00e1s alto, Celestino, sobre cuyos hombros ca\u00eda poco menos del peso total de la urna, hab\u00eda estado siempre enamorado de ella, desde que corr\u00edan a la par del r\u00edo y mataban p\u00e1jaros. Ahora cargaba el cad\u00e1ver de Sebasti\u00e1n, soportando el mayor peso por ser el m\u00e1s alto, y dos l\u00e1grimas de hombre le bajaban por los p\u00f3mulos angulosos.<\/p>\n<p>Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que colgaba de esa puerta: \u00abNo salte la tapia para entrar. Pida la llave\u00bb. La tapia era de tan escasa altura que bien pod\u00eda saltarse sin esfuerzo. Y no hab\u00eda a quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que muri\u00f3 el viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron due\u00f1os de aquellas tierras sin guardi\u00e1n, campeaban entre las tumbas y por encima de ellas, ocultaban los nombres de los difuntos, asomaban por sobre de la tapia diminuta.<\/p>\n<p>A escasa distancia de la puerta, la marcha del cortejo se torn\u00f3 lent\u00edsima. Los cuatro hombres que llevaban la urna iniciaron, con gravedad de ceremonia ritual, un viraje de sus pasos destinado a hacer girar el ata\u00fad hasta situarlo de frente al portal del cementerio. Como en una conversi\u00f3n de escuadra militar, pero incalculablemente m\u00e1s despacio, tres de los cargadores giraban alrededor de aquel que se manten\u00eda en el \u00e1ngulo delantero izquierdo. Este \u00faltimo se limitaba a mover los pies, levantando humaredas de polvo seco, simulando pasos que no daba. Era una evoluci\u00f3n muy semejante a la que cumpl\u00edan los cargadores de la imagen de Santa Rosa, cuando la procesi\u00f3n doblaba la \u00faltima esquina de la plaza y tomaba el rumbo de la iglesia. Cesaron los murmullos y los rezos, las mujeres acallaron el llanto por un instante, y s\u00f3lo se oy\u00f3 el arrastrarse is\u00f3crono de los pies, un largo y pat\u00e9tico chas\u2014chas que encerraba para aquellos hombres una honda expresi\u00f3n de despedida.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s lo enterraron. Eso no lo vio Carmen Rosa. Cerr\u00f3 los ojos con desesperada fuerza, reclin\u00f3 la cabeza sobre el hombro de la madre, sinti\u00f3 en la garganta una sal de l\u00e1grimas que ya no sal\u00edan y en el costado una herida casi f\u00edsica, como de lanza. A sus o\u00eddos llegaron confusamente los latinazos roncos del padre Pern\u00eda y la voz atiplada del monaguillo que dec\u00eda \u00abAm\u00e9n\u00bb pensando en otra cosa.<\/p>\n<p>2<\/p>\n<p>Regresaron por la misma ruta, ya sin la urna. Marchaban, tambi\u00e9n de vuelta, al paso lento y desgonzado de los que no quieren llegar a donde van. Tal vez era domingo. Sin duda era domingo, pero nadie pensaba en eso. Ninguna diferencia exist\u00eda entre un martes y un domingo para ellos. Ambos eran d\u00edas para tiritar de fiebre, para mirarse la \u00falcera, para escuchar frases aciagas: \u00abLa comadre Jacinta est\u00e1 con la perniciosa\u00bb; \u00abNaci\u00f3 muerto el muchachito de Petra Matute\u00bb; \u00abA Rufo, el de la calle real, se lo llev\u00f3 la hematuria\u00bb. Apenas el padre Pern\u00eda se preocupaba por recordarles cu\u00e1ndo era domingo, desatando la voz de las campanas para anunciar su misa. Pero aquel d\u00eda, domingo o lo que fuera, el padre Pern\u00eda presenci\u00f3 la dura agon\u00eda de Sebasti\u00e1n, amaneci\u00f3 junto al cad\u00e1ver y las campanas no llamaron a misa porque estaban doblando desde muy temprano.<\/p>\n<p>Carmen Rosa volvi\u00f3 a la casa, apoyada en el d\u00e9bil brazo de do\u00f1a Carmelita y seguida por un irresoluto tropel de hombres y mujeres que no se desped\u00edan de ella porque no dispon\u00edan de \u00e1nimo para hacerlo. Entraron todos por el portal de la casa, se agolparon largo rato en los corredores hablando a media voz o mirando a Carmen Rosa silenciosamente y se marcharon al fin, ya mucho despu\u00e9s del mediod\u00eda, escurri\u00e9ndose por el ancho zagu\u00e1n que daba a la plaza.<\/p>\n<p>El patio era el m\u00e1s hermoso de Ortiz, posiblemente el \u00fanico patio hermoso de Ortiz. En sembrarlo, en cuidarlo, en hacerlo florecer hab\u00eda empecinado Carmen Rosa su fibra juvenil, tercamente afanada en construir algo mientras a su alrededor todo se destru\u00eda. Tan s\u00f3lo el tamarindo y el cotoper\u00ed, plantados all\u00ed desde hac\u00eda mucho tiempo, nada les deb\u00edan, salvo el riego y la ternura, a las manos de Carmen Rosa. Nacieron para soportar aquel sol, para endurecer sus troncos en la penuria, e igualmente erguidos se hallar\u00edan en el patio aunque Carmen Rosa no hubiera nacido despu\u00e9s que ellos para regarlos y amarlos.<\/p>\n<p>No as\u00ed las otras plantas. Ni siquiera las a\u00f1osas trinitarias que trepaban a uno y otro extremo del corredor desde que el padre Tinedo, cuando fue cura del pueblo, las sembr\u00f3 para do\u00f1a Carmelita. Pero era Carmen Rosa quien las limpiaba de hojas secas, quien las podaba con las tijeras de la costura, quien las humedec\u00eda con agua del r\u00edo cuando el cielo negaba su lluvia. Y ellas retribu\u00edan el esmero cubri\u00e9ndose de flores para Carmen Rosa, farolillos encarnados la de la izquierda, farolillos p\u00farpura la de la derecha, y elev\u00e1ndose ambas hasta el techo para servir de p\u00f3rtico florido a todo el jard\u00edn.<\/p>\n<p>Tampoco las cayenas, \u00e9stas s\u00ed sembradas por Carmen Rosa, que se alejaban hasta el conf\u00edn del patio y cuyas flores rojas y amarillas sab\u00edan mecerse alegremente al ritmo seco de la brisa llanera. Mucho menos los helechos, plantados en latas que fueron de queros\u00e9n o en cajones que fueron de velas, alineados como banderas verdes en el pretil, los m\u00e1s gozosos a la hora de beber \u00e1vidamente el agua cotidiana que Carmen Rosa distribu\u00eda. Y a\u00fan menos los capachos, nunca hechos para ser abatidos por aquel viento \u00e1spero, a los cuales la solicitud de Carmen Rosa y la sombra del cotoper\u00ed hac\u00edan reventar en flores rojas cual si se hallasen en otra altura y bajo otro clima.<\/p>\n<p>Ni otras plantas m\u00e1s humildes que no engalanaban por las flores sino por la gracia de sus hojas y cuyos nombres s\u00f3lo Carmen Rosa conoc\u00eda en el pueblo: una de hojas largas veteadas en tonos rojos y pardos; otra de hojas redondas y dentadas, casi blancas, como de cristal opaco; otra de hojas menuditas que ascend\u00edan y ca\u00edan de nuevo con la elegancia de un surtidor. Todas ellas, y la pascua con sus grandes corolas rosadas, y los llamativos racimos de las clavellinas, y el guayabo cuyos frutos eran protegidos desde pintones con fundas de lienzo que los libraban de la voracidad de los p\u00e1jaros, todas aquellas plantas deb\u00edan sul ozan\u00eda, su vigor, su existencia misma a las manos de Carmen Rosa.<\/p>\n<p>Tanto o m\u00e1s le deb\u00eda la mujer al jard\u00edn. Sembrar aquellas matas, vigilar amorosamente su crecimiento y florecer con ellas cuando ellas florec\u00edan, fue el sistema que Carmen Rosa ide\u00f3, desde muy ni\u00f1a, para abstraerse de la marejada de ruina y lamentaciones que sepultaba lenta y fatalmente a Ortiz bajo sus aguas turbias. Aquel largo corredor de ladrillos que daba vuelta al patio, aquel claustro con p\u00f3rtico de trinitarias y relieves de helechos, eran su mundo y su destino. Desde ese sitio hab\u00eda visto transcurrir tardes, meses, a\u00f1os, toda su adolescencia, oyendo el canto de los cardenales y de los turpiales, respirando el aroma de las flores y el olor de las plantas reci\u00e9n mojadas por la lluvia. Y ella cre\u00eda con firmeza \u2014\u00bfc\u00f3mo podr\u00eda ser de otra manera?\u2014 que solamente su presencia en aquel peque\u00f1o cosmos vegetal del cual formaba parte, su contacto constante con el verde pulm\u00f3n del patio, le hab\u00eda permitido crecer y subsistir, no abatida por fiebres y \u00falceras como los habitantes del pueblo, sino fresca y lozana como la ramaz\u00f3n del cotoper\u00ed.<\/p>\n<p>3<\/p>\n<p>El patio era diferente despu\u00e9s de la muerte de Sebasti\u00e1n. Las l\u00e1grimas hab\u00edan retornado a los ojos de Carmen Rosa y la silueta altanera del tamarindo le llegaba difuminada, como cuando la enturbiaba el aguacero. Aquel tamarindo de duro tronco era el \u00e1rbol m\u00e1s viejo del patio y tambi\u00e9n el m\u00e1s recio. Ella crey\u00f3 que Sebasti\u00e1n era invulnerable como el tamarindo, que jam\u00e1s el viento de la muerte lograr\u00eda derribarlo. Y ahora no acertaba a comprender exactamente c\u00f3mo hab\u00eda sucedido todo aquello, c\u00f3mo el pecho fuerte y el esp\u00edritu ind\u00f3cil se hallaban anclados bajo la tierra y el gamelote del cementerio, al igual que los cuerpos enclenques y las almas mansas de tantos otros.<\/p>\n<p>En el interior de la tienda trajinaba do\u00f1a Carmelita. Escuchaba su ir y venir detr\u00e1s del mostrador, cambiando de sitio frascos y botellas, abriendo y cerrando gavetas. Sab\u00eda que su madre realizaba aquellos movimientos maquinalmente, con el peque\u00f1o coraz\u00f3n estremecido por el dolor de la hija, debati\u00e9ndose entre el ansia de venir a murmurarle frases de consuelo y la certeza de que esas frases de nada servir\u00edan. La tienda ocupaba un amplio sal\u00f3n de la casa, situada justamente en la esquina de la manzana, con dos puertas hacia la calle lateral y otra hacia la plaza de Las Mercedes.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Medio kilo de caf\u00e9, do\u00f1a Carmelita! \u2014chill\u00f3 una voz infantil y Carmen Rosa reconoci\u00f3 la de Nicanor, el monaguillo que dec\u00eda \u00abAm\u00e9n\u00bb en el cementerio.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s llegaron dos o tres mujeres que hablaban en voz baja y respetuosa. Hasta el corredor trascendi\u00f3 apenas el rumor de esas voces, la resonancia del traj\u00edn de do\u00f1a Carmelita, el tintineo de las monedas y el sonido amortiguado de los pasos que entraron y salieron de la tienda.<\/p>\n<p>As\u00ed fue atracando la tarde en el patio, haciendo m\u00e1s oscuro el verde del cotoper\u00ed y apagando el aliento caliente del resol. Por la puerta del fondo entr\u00f3 Olegario con el burro. A lomos del animal ven\u00eda del r\u00edo el barril con el agua. Olegario lo descarg\u00f3 al pie del tinajero, como todos los d\u00edas, y se acerc\u00f3 t\u00edmidamente, d\u00e1ndole vueltas al sombrero entre las manos torpes, para decir:<\/p>\n<p>\u2014Buenas tardes, ni\u00f1a Carmen Rosa. La acompa\u00f1o en su sentimiento.<\/p>\n<p>En ese instante sonaron de nuevo las campanas. Era el toque de oraci\u00f3n pero Carmen Rosa se sobresalt\u00f3 porque no hab\u00eda sentido correr las horas, ni apercibido la llegada del atardecer. En el vano de la puerta que un\u00eda el sal\u00f3n de la tienda con el corredor de lacasa se dibuj\u00f3 la silueta de do\u00f1a Carmelita.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1El \u00c1ngel del Se\u00f1or anunci\u00f3 a Mar\u00eda! \u2014dijo.<\/p>\n<p>Y Carmen Rosa respondi\u00f3, como todas las tardes:<\/p>\n<p>\u2014Y concibi\u00f3 por obra y gracia del Esp\u00edritu Santo.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/otero-silva-miguel\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/p>\n<h6>*Casas muertas (cap\u00edtulo I). Cr\u00e9dito de la foto: Geczain Tovar<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Miguel Otero Silva Esa ma\u00f1ana enterraron a Sebasti\u00e1n. El padre Pern\u00eda, que tanto afecto le profes\u00f3, se hab\u00eda puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era un acontecimiento inusitado en Ortiz. 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