{"id":5834,"date":"2022-08-22T21:29:29","date_gmt":"2022-08-22T21:29:29","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5834"},"modified":"2023-11-24T18:27:04","modified_gmt":"2023-11-24T18:27:04","slug":"dos-cuentos-de-guillermo-meneses","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-guillermo-meneses\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Guillermo Meneses"},"content":{"rendered":"<h3>Luna<\/h3>\n<p>Entre los labios de Malav\u00e9, el indio pescador, brincan tres notas, tres peque\u00f1as notas infantiles y brillantes que caen en la quieta agua como anillos de oro, tres peque\u00f1as notas de oro que apenas mueven, con persistente y nerviosa insistencia, la anhelante soledad del golfo arremansado, oscuro, terriblemente solo y misterioso..<\/p>\n<p>Sobre la quieta bah\u00eda se extiende un silencioso y profundo temor, un miedo apagado que subraya en murmullos el lento movimiento del agua entre los troncos delgados de los mangles. La luz de la tarde tiende su brillo sobre el mar. Y, en el siseo del agua mansa, el silbido de Malav\u00e9 lanza sus tres notas brillantes, infantiles.<\/p>\n<p>\u2014Ti, Ti, Ti.<\/p>\n<p>Suena el silbido entre los gruesos labios oscuros y se piensa que el indio est\u00e1 llamando a los peces o a la sombra o a los brillos de la tarde tendidos sobre el mar. La ensenada, con quietud que esconde un profundo pavor desconocido, recibe en su seno ese silbido.<\/p>\n<p>El agua mansa balbuce su temblor junto al bote pesquero. Como se\u00f1al de la oscura, profunda vida oculta. Bajo la serena ansiedad de la ensenada, brinca a veces el fulgor plata de un pez. Y el indio silba:<\/p>\n<p>\u2014Ti, Ti, Ti.<\/p>\n<p>Tres peque\u00f1as, t\u00edmidas, brillantes notas que Caen sobre la misteriosa calma de la bah\u00eda solitaria.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Desde la hora de la siesta, estuvo pescando el in. dio en la bah\u00eda, Bajo el sol recio del medio d\u00eda caliente rem\u00f3 hacia la azul ensenada de negra orilla vegetal \u2014criadero de ostras, nido de peces\u2014 bajo el sol recio bog6, con golpes de remo potentes y acompasados, en direcci\u00f3n a la quieta bah\u00eda de sombr\u00eda orilla. Sobre su espalda, el sudor peg\u00f3 la camisa gruesa mientras Cortaba el agua azul la aguda punta del botecillo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Corre, corre, Palomo!\u2014dec\u00eda Malav\u00e9.\u2014<\/p>\n<p>\u2014;\u00a1Clava el pico, Palomo&#8217;\u2014dec\u00eda Malav\u00e9 a su peque\u00f1o bote\u2014.<\/p>\n<p>Y \u201cEl Palomo\u00bb avanzaba, empujado por el golpe de los. remos, hincando la azul serenidad del agua mansa, El indio gobernaba: su canoa sobre el dibujo de encajes y castilletes y flores submarinas de los corales, delicados e imprecisos bajo el mar tranquilo hasta que se detuvo en la parte m\u00e1s honda de la bah\u00eda: en el paso de negra profundidad que es camino del mar para los buques de mayor calado.<\/p>\n<p>\u2014Debe haber m\u00e1s de veinte brazas aqu\u00ed\u2014pens\u00f3, como siempre el indio Malav\u00e9.<\/p>\n<p>El bote qued\u00f3 quieto, con leve balanceo; Malav\u00e9 tir\u00f3 su anzuelo y esper\u00f3, adormilado, que los peces picaran, De rato en rato, soltaba su silbido:<\/p>\n<p>\u2014Ti, Ti, Ti.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>As\u00ed, la tarde fue cambiando sus brillos y sus colores; as\u00ed el sol hizo su camino de estrellas y se escondi\u00f3 tras el morro lejano; as\u00ed not\u00f3 Malav\u00e9 que regresaba el bote de Vitico y que, m\u00e1s tarde, lleg\u00f3 tambi\u00e9n El Perico, con buen viento en la lona de su barquichuelo.<\/p>\n<p>Entonces, la tarde comenz\u00f3 a desperezarse con bostezo de penumbra y temblor de brillos; entonces, comenz\u00f3 la tarde a balbucear murmullos entre la sombra del manglar, glug\u00faes apenas musitados del agua donde se abren las ostras, donde corren los pececillos, donde la tarde\u2014cielo inmenso, lejano cristal p\u00e1lido\u2014abre su \u00faltimo bostezo.<\/p>\n<p>El indio Malav\u00e9 pescaba, sumergido en el seno del golfo, dejaba abandonado \u00e9l guaral del anzuelo y silbaba:<\/p>\n<p>\u2014Ti, Ti, Ti.<\/p>\n<p>Pesc\u00f3 poco: una \u201ccuna\u201d peque\u00f1a, dos peces m\u00e1s, de mala carne. Cuando se decidi\u00f3 a regresar, cuando hundi\u00f3 los remos para el primer empuj\u00f3n del retorno, se llev\u00f3 dentro de su reciedumbre la desolada ansiedad de la ensenada. Silb\u00f3 sus tres notas y, sobre \u00e9l, le respondi\u00f3 el chillido de un alcatraz que buscaba reposo en las ramas serenas de los mangles.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Junto al cobertizo de palmas, en la p\u00e1lida arena h\u00fameda, lamida por las lentas olas, resbal\u00f3 la proa afilada de \u201cEl Palomo\u201d. Malav\u00e9 se remang\u00f3 los calzones, se meti\u00f3 en el agua y empuj\u00f3 el bote un poco m\u00e1s.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, Blanca, oh!\u2014grit\u00f3\u2014Ven a coger los pescados!&#8230;<\/p>\n<p>Y su hermana lleg\u00f3 lenta, arrastrando unos zapatos viejos, de tac\u00f3n desgastado. Era recia de cuerpo, de hermosa cadera ancha, de cabellera fina, pintada de brillos claros.<\/p>\n<p>\u2014Ayuda aqu\u00ed. Anda.<\/p>\n<p>Y el esfuerzo de Blanca, enrojecida, se uni\u00f3 al de su hermano para hacer resbalar la canoa sobre los troncos de card\u00f3n que el hombre acomodaba en la h\u00fameda arena. Empujando el portal de la r\u00fastica palizada, entraron a la casa enladrillada, abierta a las brisas del mar.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>El indio Malav\u00e9 comi\u00f3 a grandes mordiscos una lisa que su hermana dor\u00f3 sobre las brasas. Despu\u00e9s sali\u00f3 hasta la puerta delantera (la casa de Malav\u00e9 tiene el fondo sobre la playa y el frente sobre esta calle arenosa), se atrac\u00f3 el cogollo sobre la frente y rezong\u00f3.<\/p>\n<p>Hab\u00eda pensado echarse en la hamaca a descansar, hab\u00eda pensado quedarse un rato en la sombra de su cuarto pobre y algo se lo hab\u00eda impedido; hubiera querido dormir un largo rato, con sue\u00f1o espeso y tranquilizador y esta angustia, silenciosa y quieta como la bah\u00eda donde pescara, le manten\u00eda alerta el pensamiento. Rezong\u00f3, se recost\u00f3 en el portal, cant\u00f3 con voz chillona:<\/p>\n<p><em>\u201cEstando a sotavento<\/em><\/p>\n<p><em>y esperando de la Costa<\/em><\/p>\n<p><em>terrales que siempre soplan<\/em><\/p>\n<p><em>por una casualidad&#8230;\u201d<\/em><\/p>\n<p>Luego silb\u00f3 sus tres notas. Estaba ansioso, anhelante como la solitaria bah\u00eda&#8230; \u00bfDonde oy\u00f3 estas tres notas?.., Son retazo de una canci\u00f3n que dijeron una noche frente a \u00e9l&#8230; \u00bfD\u00f3nde?&#8230;<\/p>\n<p>Nicol\u00e1s Malav\u00e9 mir\u00f3 hacia adelante. El paisaje, de espaldas al mar, parec\u00eda sencillo, claro de ingenuidad, pero, al mirarlo atentamente, se sent\u00eda vivir en \u20acl el impulso ardiente de la luna tempranera, invadiendo con frialdad persistente el aire suave, apretando el contorno de las yerbas, humedeciendo la sombra de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>Todav\u00eda es atardecer en el cielo y ya hay plata de luna en el soplo de la brisa. Nicol\u00e1s Malav\u00e9 vuelve los ojos hacia la casa; sobre los ladrillos del zagu\u00e1n la luna acuesta el fulgor azulado de su luz que marca en el suelo la negra silueta rom\u00e1ntica del pescador, Nicol\u00e1s Malav\u00e9 mira hacia el cielo; entre las ramas de cocal cercano, revienta\u2014redonda y desnuda\u2014la extra\u00f1a flor llameante, fr\u00eda, blanca, que quema la infinita serenidad del cielo, Nicol\u00e1s Malav\u00e9 se estremece; en la profunda noche de su instinto arde tambi\u00e9n una llama de plata y frio.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Espanto, miedo verde, le corri\u00f3 por la m\u00e9dula. Lo domina aquella luna gigante, hecha de llama y, sin embargo, desnuda, redonda, quieta como una intocada flor lejana pero un rezongo alegre lo hizo mirar hacia la esquina de su calle, Frente a la casa de los Rodr\u00edguez, un grupo de charladores dejaba al aire su divertida inquietud juvenil. Nicol\u00e1s Malav\u00e9 los mir\u00f3 con agradecimiento: V\u00edtico Parucho, de camisa blanca, Chu\u00edto Guaregua, con franela azul. Hablando con ellos se le apagar\u00edan las angustias. Camin\u00f3 hacia all\u00e1. Junto a la plaza llena de \u00e1rboles donde los chivos rumiaban y corr\u00edan sonaron sus pasos, recios como golpes de tambor y, m\u00e1s all\u00e1, salud\u00f3 a su vecina.<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, se\u00f1ora Mariana.<\/p>\n<p>Entre la brisa, sigui\u00f3 hacia el grupo de sus compa\u00f1eros. Se sabe que entre ellos est\u00e1 V\u00edctor Perucho, el chancero, porque todos r\u00eden. Es natural que Parucho sepa hacer re\u00edr, porque es lo que puede llamarse un hombre feliz: la madre trabaja todav\u00eda, la mujer lo ayuda, los hijos le alegran las horas de la casa. Es un pescador, que sabe zumbarse duro en la tarea; pero, adem\u00e1s, es hombre con suerte que ya sali\u00f3 de abajo y ser\u00e1 rico. Tiene dos botes buenos, un chinchorro de tres mil bol\u00edvares, est\u00e1 levantando una casa grande en la calle m\u00e1s ancha del pueblo. Es un deber el ser alegre cuando la buena suerte sonr\u00ede. Perucho est\u00e1 obligado a tener buen humor y un chiste y una risa perenne entre los labios. No puede angustiarse como Nicol\u00e1s Malav\u00e9 que es un pobre diablo y ni siquiera tiene mujer. A Perucho, los hijos le quitan amarguras, la madre lo sostiene en las malas horas, la compa\u00f1era le endulza los pensamientos, Ya est\u00e1 saludando a Nicol\u00e1s, ya est\u00e1 chance\u00e1ndose,<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, Nicol\u00e1s Nicoleta! \u00a1Cogiste esta tarde tres toneladas de pescado, bandido! \u00a1Eres el m\u00e1s grande!<\/p>\n<p>Malav\u00e9 sonr\u00ede:<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, manito.<\/p>\n<p>\u2014Buenas, compadre.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPescaste algo, mi hermano?<\/p>\n<p>\u2014Una migajita. ,<\/p>\n<p>\u2014Yo te vi\u2014dice El Perico\u2014Estabas dormido, con el anzuelo suelto.<\/p>\n<p>\u2014Y los pescados chup\u00e1ndote la carnada.<\/p>\n<p>\u2014Ni pescado hab\u00eda que chupara.<\/p>\n<p>\u2014No se preocupe, manito. Dentro de nada tenemos la cosecha de lisas,<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Epa! Mir\u00e1 quien viene.<\/p>\n<p>\u2014La chucuta Carmita\u2014dice Parucho\u2014<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfPor qu\u00e9 chucuta?<\/p>\n<p>\u2014Porque no tiene rabo-\u2014responde el de las chanzas.<\/p>\n<p>Y pesa la muchacha moviendo en tongoneo majestuoso la poraposa redondez de su trasero.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, hombre \u00e9ste! \u2014comenta Malav\u00e9\u2014\u00a1Con todo el mundo \u00a1tiene que meterse!<\/p>\n<p>\u2014Esa es la vida, manito. Meterse con todas las mujeres. menos que t\u00fa seas chucuto del rabo de adelante.<\/p>\n<p>Malav\u00e9 r\u00ede entre la risa del grupo que se alza m\u00e1s recia, m\u00e1s alta en la noche enlunada, frente al mar que se desliza en plata vaga, como si fuera de aire y cristal habita la mancha lejana de una isla que apenas se preseiente en el horizonte sobre el mapa de las estrellas.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Se fue Chu\u00edto Guaregua, Valent\u00edn tambi\u00e9n cogi\u00f3 canino hacia su casa, por la vereda que brinca el cerro; el Perico marcha por el callej\u00f3n arenoso tarareando un \u00a1picante sonsonete. Quedan solos, frente a frente, Malav\u00e9 el indio quieto y Perucho el chanceador.<\/p>\n<p>De hombre a hombre se hace seria la conversaci\u00f3n y hablan de cu\u00e1nto cuesta el hilo para atarrayas y chinchorros, de c\u00f3mo ganan los comerciantes de la ciudad en el precio del plomo y los anzuelos, de s\u00ed por fin Perucho comprar\u00e1 este a\u00f1o otro bote pesquero. Malav\u00e9 cuenta que el capit\u00e1n de una balandra lo enga\u00f1\u00f3 llev\u00e1ndole unos centavos para comprarle hilo en la costa de Cariaco y todav\u00eda no ha vuelto desde hace dos a\u00f1os. Perucho recuerda las grandes pescas de lisas y jureles el a\u00f1o pasado. Tres botes cargados una vez. Seis botes al \u201csiguiente d\u00eda. Perucho goza con sus triunfos de pescador. R\u00ede; pregunta \u201c\u00bfte acuerdas?\u201d y, por fin, se despide.<\/p>\n<p>\u2014Me voy, Nicol\u00e1s Nicoleta. Me est\u00e1 esperando la mujer. Est\u00e1 embarazada y los antojos los ha cogido conmigo.<\/p>\n<p>\u2014Adi\u00f3s, Vitico.<\/p>\n<p>Y, de nuevo, ha quedado solo Nicol\u00e1s Malav\u00e9 frente al mar que se desvanece en mansos reflejos, en delicada penumbra, Ya la luna asalta su cenit con el seguro avance de su redondo brillo. Sobre el pueblo cae la manta fr\u00eda de la luz, que desdibuja los perfiles en vago azul y hace honda, negra, la sombra de los aleros y de los \u00e1rboles. La brisa\u2014brisa fr\u00eda del mar\u2014arrastra su alegre empuje por la playa, levantando arenilla y los chivos son\u00e1mbulos berrean, rumian, saltan por la plazuela oscura y bajo los matojos espinosos de la colina cercana. Goyo Cruz, el pulpero, pasa haciendo sonar la arena bajo sus talones.<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, compadre.<\/p>\n<p>Y Malav\u00e9 brinca.<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, compadre Goyo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo qu\u00e9 est\u00e1 enlunado? \u00bfo anda buscando hembra ? \u2014toda la tarde pescando y he quedado como con fiebre.<\/p>\n<p>\u2014Para esa fiebre hembra es el remedio,<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY usted me la consigue? ,<\/p>\n<p>Goyo Cruz r\u00ede:<\/p>\n<p>\u2014Mira c\u00f3mo hay chivas en la placita.<\/p>\n<p>\u2014Ya no soy muchacho, compadre Goyo.<\/p>\n<p>\u2014Olv\u00eddese y crea que carga todav\u00eda calzones cortos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1 Ah, hombre bandido!&#8230; \u00bfva para su casa?&#8230;<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u2014Lo voy a acompa\u00f1ar, A ver si me viene el sue\u00f1o,<\/p>\n<p>Y se hunden en los callejones, sombr\u00edos de blanda penumbra hasta que llegan a la puerta del rancho de Goyo.<\/p>\n<p>\u2014Ya sabe el consejo, compadre Nicol\u00e1s. La burra de Vitico Parucho anda suelta y, si no, en la plaza hay una buena rumaz\u00f3n de chivas buenas mozas,<\/p>\n<p>Los dos r\u00eden:<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, compadre Goyo.<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches, Nicol\u00e1s.<\/p>\n<p>El indio Malav\u00e9 camina las calles del pueblo. Corre los callejones que terminan en la playa, se hunde en las encrucijadas alejadas del mar, detiene a veces sus pasos y escucha creyendo que otros pasos lo buscan bajo la lumbre de la luna. El golpeteo de su propio coraz\u00f3n lo sobresalta,<\/p>\n<p>El pueblo parece dormido bajo el peso terrible de la luna; pero si, en verdad, tiene los p\u00e1rpados cerrados, se le mueve la entra\u00f1a con sostenida inquietud palpitante. Lejos ladra un perro, por alguna calleja corren los chivos de Carmen Luisa Pe\u00f1a y, vagamente, como un susurro de vida suena un rebuzno ansioso o el ronquido de un viejo o el ruido que hace alguien tras una ventana cerrada.<\/p>\n<p>Cada callej\u00f3n tiene su nervio alerta. La vieja Catalina, que no duerme jam\u00e1s o el viejo Luis, que salta de la cama al menor ruido, saben contar al d\u00eda siguiente lo que sucedi\u00f3 anoche en las calles del pueblo, bajo la luna enorme. Cada callej\u00f3n tiene su antena. Ma\u00f1ana sabr\u00e1n todos, que Nicol\u00e1s Malav\u00e9 anduvo \u00e1 rondando las calles hasta despu\u00e9s de media noche. Las mujeres que tienen hijas casaderas, las solteronas esperanzadas lo saludar\u00e1n con sonrisa de ca\u00f1o, Los hombres-\u2014sus amigos\u2014le dar\u00e1n consejos al pobre indio Malav\u00e9, que no tiene mujer,<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Hay canto y vocer\u00edo de borrachos en la entra\u00f1a luminosa del aire. \u00bfD\u00f3nde andar\u00e1 cantando qui\u00e9n chtlla tan tristemente el son de \u201ccuando Beltr\u00e1n navegaba\u201d?&#8230; El indio podr\u00eda jurar que es la voz de Chicho Figueroa el margarite\u00f1o&#8230; debe ser en la pulper\u00eda de Julito Gonz\u00e1lez&#8230; ahora ha callado y parece que toda la noche se recoge \u00e1 escuchar y se hace intima en la espera de un nuevo alarido musical&#8230; pronto chillar\u00e1 de nuevo la voz de Chicho Figueroa&#8230; las estrellas cercanas as\u00ed lo esperan,.. ya salta el primer hipido, el primer sollozo alto, sentimental, del valse \u201cT\u00fa\u201d, Pero no es Figueroa, no; es Julito Gonz\u00e1lez en persona quien canta y su guitarra la que suena.<\/p>\n<p>Malav\u00e9 entra en la calle de la pulper\u00eda; est\u00e1 cerrado el negocio, y las hendijas de la puerta filtran a la vez la m\u00fasica y la luz de la l\u00e1mpara de carburo, Nicol\u00e1s se acerca, mira por una ranura de la ventana: ah\u00ed est\u00e1n Chicho Figueroa, dos jovencitos de la ciudad y Gonz\u00e1lez, que canta entornando los p\u00e1rpados y subiendo las cejas en apasionado fingimiento sentimental.<\/p>\n<p><em>\u201c,..las lindas curvas<\/em><\/p>\n<p><em>que a ti te forman<\/em><\/p>\n<p><em>tienen el ritmo<\/em><\/p>\n<p><em>de palma real&#8230;\u201d<\/em><\/p>\n<p>Los otros hablan, r\u00eden, juegan domin\u00f3, Nicol\u00e1s tiene ganas de entrar; le gustar\u00eda trasegar unos tragos de ron viejo a ver si-se apaga en el sue\u00f1o de la borrachera la inquietud que le aprieta el est\u00f3mago y apresura el golpeteo de su coraz\u00f3n. Pero no lo har\u00e1: no es \u00e9l de los que se acercan a la mesa de los borrachos para pedir un pedacito de embriaguez.<\/p>\n<p>Se aparta de la ventana, sigue el callej\u00f3n hacia la playa. Una bocanada de brisa se Zumba contra su pecho. Canta:<\/p>\n<p><em>\u201cCuando Beltr\u00e1n navegaba<\/em><\/p>\n<p><em>dice que corriendo un tiempo<\/em><\/p>\n<p><em>se le oscureci\u00f3 el elemento <\/em><\/p>\n<p><em>y la gu\u00eda se le perdi\u00f3&#8230;\u201d<\/em><\/p>\n<p>Y, en la oscura intimidad que hace la sombra de los aleros, huido del resplandor lunero que lo atrae con su brillante maldici\u00f3n, la voz del pescador toma signo de tragedia rec\u00f3ndita y solitaria, de terrible y pat\u00e9tica soledad. Hace unas horas, aqu\u00ed, re\u00eda con las chanzas de Vitico Parucho. Ahora, ba\u00f1ado de luna, ambicioso de no sabe \u00e9l qu\u00e9 hondo deseo, se angustia en su soledad.<\/p>\n<p>Llega hasta el borde mismo del mar; junto a su pie muere el \u00faltimo empuj\u00f3n de las olas; junto a su pie se rompe la \u00faltima espuma d\u00e9bil. La luna est\u00e1 sobre el mar y su luz atraviesa las aguas. Bajo el vaiv\u00e9n del mar, decoran la blancura irreal de la arena, los caracoles rojos confundidos con la verde mancha oscura de las algas podridas; papeles, palos, destrozos del pueblo, viven bajo el agua vestidos de somnolencia, El brillo de una lata de salchichas sumergida en la orilla es acariciante, hermoso, atractivo como una cosa viva&#8230; \u00a1Si toda esta ardiente frialdad se rompiera!&#8230; \u00a1Si viniera un gran viento oscuro trayendo nubes negras y pesada atm\u00f3sfera y apagara esta llama que abrasa con pensamientos de angustia y soledad!&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Caracol, caracolito del mar, que te arrastras en la arena&#8230;<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 dice el indio Malav\u00e9? \u00bfqu\u00e9 dice el loco?&#8230; \u201c\u00bfEst\u00e1s enlunado o buscas hembra ?\u00bb\u2014dijo enantes Goyo Cruz. Y Malav\u00e9 mira la luna. Redonda flor, fruta podrida, hoja de plata, tambor, pez\u00f3n, pico de p\u00e1jaro, ombligo, madre&#8230; El indio Malav\u00e9 chilla, Ya sabe d\u00f3nde oy\u00f3, en otro tiempo, las tres notas que silbaba esta tarde como un repiqueteo de locura. Ya sabe qu\u00e9 boca de p\u00e1jaro vicios le dej\u00f3 en el cerebro las tres notas. Ya sabe qu\u00e9 pico de p\u00e1jaro vicioso chup\u00f3 su carne en una noche y dej\u00f3 en su alma la canci\u00f3n de tres notas&#8230;<\/p>\n<p>\u201c\u00bfEs que est\u00e1s enlunado o andas buscando hembra ?\u201d \u2014dijo enantes Goyo Cruz\u2014. Si Es hembra\u2014aquella hembra\u2014lo que busca&#8230; (Noche del gran puerto cercano. Noche con luna, como hoy, rompi\u00e9ndose sobre el cocal. Monedas en el bolsillo, una mesa y barajas: el as de oros. Y despu\u00e9s la mujer: los muslos que lo apretaban con nudo potente, los labios de p\u00e1jaro vicioso que chuparon su carne y le regalaron las tres notas de aquella canci\u00f3n&#8230;)<\/p>\n<p>El indio Malav\u00e9 corre. La calle enlunada redobla con el ruido de su carrera, como si mil peque\u00f1os tambores de marfil lo rodearan gritando alto su tant\u00e1n.<\/p>\n<p>La calle enlunada chilla como si mil p\u00e1jaros de plumas ardientes lo rozaran chillando su ti-ti-t\u00ed de fuego blanco.<\/p>\n<p>Empuja la puerta de su casa. Grita:<\/p>\n<p>\u2014;\u00a1Blanca! \u00a1Blanca! \u00a1Blaaaaancaga! \u201d<\/p>\n<p>Y llega la voz so\u00f1olienta de la hermana. Y llegan los pasos peque\u00f1os de la hermana que se acerca,<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 pasa, Nicol\u00e1s?<\/p>\n<p>\u2014Hermanita&#8230;<\/p>\n<p>(Est\u00e1n los dos en el patio, ba\u00f1ados de luna, altos<\/p>\n<p>sobre el mundo, rodeados de estrellas, hundidos en luna,<\/p>\n<p>rozados por la seda celeste).<\/p>\n<p>\u2014Hermanita&#8230;<\/p>\n<p>Miedo de siglos, terror de instinto y de tab\u00faes, salta<\/p>\n<p>en los ojos de la mujer, hace duro su semblante.<\/p>\n<p>(El brazo potente del indio se enrosca en el anca redonda).<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 es eso, Nicol\u00e1s?&#8230; Respete.<\/p>\n<p>El indio se echa a llorar. R\u00ede tambi\u00e9n con risa de loco. Silba su ti-ti-t1 Cae al suelo, Queda quieto, duro como un cad\u00e1ver, con sonrisa de luna entre los labios negros, con luna traidora, agresiva, dolorosa, clavada en *&#8217; la verde morenez de su carne.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Nicol\u00e1s!&#8230; \u00bfqu\u00e9 te pasa?\u2014hay cari\u00f1o, miedo, dulzura en la pregunta\u2014.<\/p>\n<p>\u2014Hermanita. ..<\/p>\n<p>Jadea el indio. (Mil p\u00e1jaros de pluma de fuego lo acarician chillando gritos plateados. Mil tambores lo azuzan con redoble de llama. Mil labios de p\u00e1jaro vici\u00edoso chupan el humo de su carne),<\/p>\n<p>\u2014Nicol\u00e1s:&#8230; \u00bfqu\u00e9 pasa?&#8230; \u00a1Dios m\u00edo!&#8230; Se me muere mi hermano&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Hermanita&#8230;<\/p>\n<p>(La voz de ella cruje entre el chillido de los p\u00e1jaros llameantes, entre el tant\u00e1n de los tambores ardidos, entre el recuerdo de los labios fogosos).<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Dios m\u00edo!&#8230; Se me muere mi hermano querido!&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>De pronto huyen los p\u00e1jaros de fuego, callan los tambores llameantes, se apagan anhelantes los encendidos labios.<\/p>\n<p>El indio Malay\u00e9, acuclillado, apoya la cabeza entre las manos como una estatua de tristeza,<\/p>\n<p>\u2014Hermanita. D\u00e9jame un rato quieto.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 pasa, Nicol\u00e1s ?<\/p>\n<p>\u2014Perd\u00f3name, hermanita.<\/p>\n<p>Tras una nube gruesa, se ha apagado la luna de la costa y del mar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El Duque<\/strong><\/h3>\n<p>No s\u00e9 desde cu\u00e1ndo me llaman El Duque. A veces creo que el cura mismo me coloc\u00f3 ese mote al echarme las aguas del bautismo, al nombrarme Federico, hijo de Carlos Montesdeoca (difunto) y de Teresa Paiva (su mujer).<\/p>\n<p>No s\u00e9 desde cu\u00e1ndo me llaman El Duque. Ha debido ser cosa de mi madre. Era ella de car\u00e1cter melanc\u00f3lico y dada a las imaginaciones novelescas. Le\u00eda muchos libros de cortesanas aventuras, muy de moda en los tiempos de su juventud. Ten\u00eda el pensamiento lleno de marqueses, de intrigas, de combates entre caballeros que discut\u00edan cuestiones de honor. Cuando so\u00f1aba \u2014y so\u00f1aba mucho, acodada en la ventana, frente a la lenta sangre met\u00e1lica de los atardeceres\u2014 sus sue\u00f1os dibujaban escenas de misteriosos castillos, de manos p\u00e1lidas que entregan una carta misteriosa, de caballeros que hacen reverencias en el pulido sal\u00f3n de m\u00e1rmoles lujosos.<\/p>\n<p>Mi madre era as\u00ed. Hundida en un pueblecillo de provincia \u2014una aldea m\u00edsera, rodeada por el bosque, con su r\u00edo al costado como un brazo que descansa\u2014, mi madre no hac\u00eda otra cosa que leer tonter\u00edas e imaginarlas nuevamente, cambiando los novelescos personajes por ella misma.<\/p>\n<p>Mi madre era as\u00ed. En sus sue\u00f1os, Teresa Paiva usaba crinolina de seda, ten\u00eda en las manos un pa\u00f1uelo perfumado, estaba enamorada de un misterioso gentilhombre complicado en negocios de traici\u00f3n.<\/p>\n<p>Cuando Teresa Paiva conoci\u00f3 a Carlos Montesdeoca, sinti\u00f3 \u2014como nunca antes\u2014 que estaba viviendo una apasionante narraci\u00f3n de amor. Crey\u00f3 la pobre Teresa que mi padre era aquel hombre pulido, ingenioso, valiente, que lo mismo dec\u00eda una estrofa amorosa como empu\u00f1aba la espada luchadora, honrada, tenaz.<\/p>\n<p>Por lo que he podido saber, ninguna de tales ideas era cierta. Mi padre era \u2014simplemente\u2014 un telegrafista alcoh\u00f3lico y pendenciero, recitador, h\u00e1bil en descifrar charadas y en hacer suertes con las barajas, rom\u00e1ntico cantador de melod\u00edas tristes cuando los tragos de ron le calentaban la cabeza.<\/p>\n<p>Esas cualidades de mi padre (ninguna de las cuales he heredado yo) fascinaron a una pobre mujercilla que so\u00f1aba bobadas mientras miraba los atardeceres desde la ventana de la casa aldeana, y fueron suficientes para que Teresa Paiva \u2014heredera de una peque\u00f1a hacienda de cacao\u2014 se empe\u00f1ara en casarse con Carlos Montesdeoca el telegrafista, viviera junto a \u00e9l en perenne \u00e9xtasis de adoraci\u00f3n, lo defendiera de todos los ataques durante la vida del marido y, luego de la muerte del adorado consorte, desde la fortaleza melanc\u00f3lica y suspiradora de una viudez estricta.<\/p>\n<p>No s\u00e9 c\u00f3mo ni cu\u00e1ndo pude saber estos detalles sobre la vida matrimonial de mi madre. Es verdad, s\u00e9 muy poco sobre los or\u00edgenes de mis conocimientos. Ni siquiera s\u00e9 por qu\u00e9 me llaman El Duque. Sospecho que todo lo relativo a la juventud y al matrimonio de mi madre me ha llegado a trav\u00e9s de los lejanos relatos del boticario Nicol\u00e1s Delgado, un zambo grotesco, panzudo, marcado de fur\u00fanculos y, a pesar de ello, tan delicado y dulz\u00f3n, tan decidido a dar serenatas ante la cerrada ventana de la alcoba de mi madre, cuando la luna alzaba su disco sobre la aldea peque\u00f1a donde yo nac\u00ed.<\/p>\n<p>El boticario Nicol\u00e1s Delgado me hac\u00eda confidencias, me contaba los principales sucesos de la vida en el pueblo antes de que yo naciera. Sucesos que terminaban siempre con alguna frase relativa a mi madre: \u00abTeresa Paiva era la muchacha m\u00e1s linda del pueblo\u00bb, por ejemplo, o \u00abTeresa Paiva cantaba muy sabroso y era una joven muy le\u00edda\u00bb, o \u00abNadie bail\u00f3 en esta tierra m\u00e1s bonito y m\u00e1s recatado que Teresa Paiva\u00bb. Tonter\u00edas delicadas del zambo Nicol\u00e1s Delgado, boticario del pueblo.<\/p>\n<p>El caso es que, seg\u00fan versiones llegadas hasta m\u00ed \u2014por conducto de Nicol\u00e1s Delgado o por otros conversadores\u2014, mi madre se lanz\u00f3 al amor de Carlos Montesdeoca con extraordinaria pasi\u00f3n. Conoci\u00f3 al telegrafista que dec\u00eda versos, que manejaba las barajas con sorprendente rapidez, que cantaba \u2014en voz baja\u2014 cancioncillas melosas, y se enamor\u00f3.<\/p>\n<p>Supongo yo, a veces, que la existencia de mi madre era semejante a la de una de esas hojas polvorientas y semipodridas, abandonadas en el barro y que el amor la sacudi\u00f3, enlaz\u00f3 su delgado organismo, la suspendi\u00f3 por los cielos luminosos, la hizo conocer la cercan\u00eda del sol. Poco dur\u00f3 el viaje prodigioso \u2014o, acaso mucho, para ella\u2014. Lo cierto es que, terminado el idilio, gastada la herencia peque\u00f1a en absurdas francachelas, muerto el idealizado telegrafista, qued\u00f3 mi madre vigilando la marcha de un doloroso embarazo, ansiosa de m\u00ed, aun antes de mi nacimiento. Para su hijo \u2014exclusivamente maternal\u2014 vivi\u00f3 Teresa Paiva. Desaparecido el marido, la hoja que hab\u00eda volado sobre paisajes de maravilla, tornaba a caer al pantano, al polvo, a la podrida paz. Yo imagino que el contacto, el cari\u00f1o, la continuada y angustiosa ternura que volcaba sobre m\u00ed, no significaban s\u00f3lo terrible amor de madre dolorida, sino tambi\u00e9n necesidad vital de tener presente, \u00edntimo, inmediato, el testimonio de su aventura milagrosa. Yo hac\u00eda saber a la podrida hoja que una vez anduvo en brazos del viento, atravesada de solares amores. Yo dec\u00eda a Teresa Paiva que aquel sue\u00f1o violento y encendido, por el cual se transform\u00f3 en elegante caballero un telegrafista borrach\u00edn, hab\u00eda sido cierto; que no era imaginativa bobada, sino \u00e9xtasis elaborado con sucesos verdaderos y cabales, con experiencias de Teresilla la so\u00f1adora.<\/p>\n<p>Recuerdo que mi madre sol\u00eda llevarme de paseo hasta la orilla del r\u00edo que descansaba al costado del pueblo como un brazo amistoso. Yo \u2014el hijo delgaducho, huesudo, peque\u00f1o\u2014 escuchaba, tendido al borde de su falda enlutada, lo que ella quisiera contar. Ten\u00eda la so\u00f1adora Teresilla lenta voz de penumbra. Hablaba como si las palabras brotaran de su esp\u00edritu con viva lentitud de agua mansa. Dec\u00eda cosas relacionadas con sus libros de siempre y hablaba, adem\u00e1s, del r\u00edo y del cielo. El r\u00edo era el \u00fanico camino de la aldea donde yo nac\u00ed. Ella \u2014mam\u00e1 Teresa\u2014 me lo explicaba a veces:<\/p>\n<p>\u2014Dej\u00e1ndose llevar por el r\u00edo se llega hasta el puerto, hasta el mar&#8230; Por el r\u00edo vienen tambi\u00e9n todas las cosas lindas: los vestidos, los perfumes, las joyas&#8230; Al puerto llegan barcos grandes que van hasta La Guaira. Cerquita de La Guaira est\u00e1 Caracas. Un d\u00eda t\u00fa ir\u00e1s all\u00e1. Estudiar\u00e1s. Ser\u00e1s doctor.<\/p>\n<p>Yo escuchaba. Entonces me parec\u00eda que el r\u00edo era camino de verdad, camino como para echar pasos sobre su sombra movediza y plateada, sobre su piel oscura donde bailaban anillos, volutas, cadenas de plata aceitosa.<\/p>\n<p>En aquel tiempo \u2014cuando yo, huesudo, chiquit\u00edn, la acompa\u00f1aba a la orilla del r\u00edo\u2014 mi madre era maestra. No le qued\u00f3 otro recurso de vida a la lectora de novelas \u2014luego de haber perdido su m\u00ednima herencia\u2014 que dedicarse a ense\u00f1ar a los chicos del pueblo las letras y los n\u00fameros. Yo fui tambi\u00e9n su disc\u00edpulo. Mis compa\u00f1eros de entonces \u2014creo recordar\u2014 me dec\u00edan ya El Duque. Mi madre tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>Vine a Caracas a estudiar. Era yo mayorcito. Tra\u00eda de la aldea pantalones de dril que me llegaban a la mitad de la pierna, blusas que me apretaban el magro t\u00f3rax, unos cuellos de encaje que romp\u00ed avergonzado, al compararlos con la vestimenta viril de los otros muchachos.<\/p>\n<p>La casa del colegio era una casona gris, sucia, vieja. El director, un tal doctor Hern\u00e1ndez, amigo de rezos y de disciplinas, calvo, moreno, barrig\u00f3n. Era viudo y hablaba frecuentemente de las muchas virtudes de su difunta esposa. Yo comparaba sus palabras con lo que sab\u00eda acerca de mi madre y de mi padre muerto y sent\u00eda por aquel viejo molesto y cansado cierto cari\u00f1o mezclado de repugnancia.<\/p>\n<p>Andaba siempre solo. Cuando alg\u00fan compa\u00f1ero se me acercaba y me dec\u00eda palabras amistosas, yo ergu\u00eda la cabeza y contestaba cualquier frase petulante. No gustaba de juegos, de carreras ni de pendencias. Me defend\u00eda con palabras secas. Recib\u00eda unas cuantas trompadas, pero segu\u00eda exacto en mi actitud desde\u00f1osa y hostil para los otros. Estudiaba mucho. Era excelente alumno. Los dem\u00e1s terminaron por respetarme, por respetar mi soledad.<\/p>\n<p>Una vez, alguien descubri\u00f3 una carta que me escribi\u00f3 mi madre. \u00abMi Duque&#8230;\u00bb \u2014comenzaba la carta\u2014. Pancho Useche era el nombre del que asalt\u00f3 mi correspondencia. Pancho Useche o cualquier otro nombre, \u00bfqu\u00e9 m\u00e1s da&#8230;? El caso es que todav\u00eda me parece que escucho en el patio del colegio el chillido del compa\u00f1ero:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ay!&#8230; Su mam\u00e1 le dice el Duque a Federico Montesdeoca. \u00a1Miren el duquesito de las caraotas!<\/p>\n<p>Yo me le acerqu\u00e9 muy serio.<\/p>\n<p>\u2014Usted no tiene derecho a leer mi correspondencia \u2014le dije\u2014. Es un abuso.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ay! \u2014chill\u00f3 el otro riendo\u2014, \u00a1c\u00f3mo habla de fino El Duque!<\/p>\n<p>\u2014Deme la carta.<\/p>\n<p>Nos enredamos en golpes y ara\u00f1azos. Cuando el doctor Hern\u00e1ndez me hal\u00f3 por las orejas para separarme de Useche yo apretaba entre los dedos la destrozada carta de mi madre.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ay, c\u00f3mo habla! \u2014dec\u00eda el otro entre carcajadas y brincos\u2014. Parece duque de verdad.<\/p>\n<p>Desde entonces, tambi\u00e9n en el colegio caraque\u00f1o \u2014Liceo del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas; director, Jos\u00e9 Antonio Hern\u00e1ndez\u2014 me dijeron los compa\u00f1eros \u00abEl Duque\u00bb.<\/p>\n<p>Era algo m\u00e1s que un ni\u00f1o \u2014tendr\u00eda catorce o diecis\u00e9is a\u00f1os\u2014 cuando muri\u00f3 mi madre. No recuerdo c\u00f3mo supe la verdad sobre el acontecimiento. S\u00ed s\u00e9 que lleg\u00f3 una larga y sentimental misiva del boticario sentimental. Nicol\u00e1s Delgado \u00abme acompa\u00f1aba en el sentimiento por la dolorosa p\u00e9rdida sufrida\u00bb. Ya entonces yo no lloraba; no porque no fuera sentimental, sino porque se hab\u00eda secado dentro de m\u00ed. Acaso el gris colegio carcelario del doctor Hern\u00e1ndez y mis empe\u00f1os de andar apartado de los dem\u00e1s, me hab\u00edan incapacitado para expresar mis sentimientos libremente.<\/p>\n<p>Lo cierto es que cuando el doctor Hern\u00e1ndez me habl\u00f3, doctoral y bonach\u00f3n, acerca de mis posibilidades de vida; cuando me explic\u00f3 que ya no ten\u00eda los dineros que mi madre enviaba, pero que podr\u00eda pagarme la educaci\u00f3n dando clases a los alumnos m\u00e1s peque\u00f1os, yo acept\u00e9 el nuevo ordenamiento de mi existencia con tranquila serenidad. Hasta con orgullo, pienso ahora.<\/p>\n<p>\u2014Usted es un muchacho serio \u2014me dijo el director. Usted podr\u00eda explicar gram\u00e1tica, historia&#8230; Ganar\u00eda lo equivalente a su pensi\u00f3n: casa, comida, ropa limpia. \u00bfLe parece&#8230;? Usted es muy joven, pero creo que su car\u00e1cter har\u00eda que lo respetaran los menorcitos. \u00bfDe acuerdo?&#8230; Yo no podr\u00eda sostenerlo gratis.<\/p>\n<p>\u2014Creo que no puedo hacer otra cosa, doctor.<\/p>\n<p>\u2014Entonces, \u00bfde acuerdo?<\/p>\n<p>\u2014De acuerdo, doctor.<\/p>\n<p>As\u00ed entr\u00e9 en el cuerpo de profesores del Liceo del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas. Me salv\u00e9 de los rigurosos castigos que hubiera podido merecer (en el colegio hab\u00eda calabozo y se ordenaban penas de latigazos) aplic\u00e1ndoselos rigurosamente a mis alumnos. Creo que me quer\u00edan, a pesar de todo.<\/p>\n<p>Me parece recordar que cuando los chiquitines dec\u00edan: \u00abhoy nos toca la clase de historia con El Duque\u00bb, sonre\u00edan satisfechos. El mote con el que me designaban no implicaba impertinencia, sino respetuoso cari\u00f1o. Por lo menos eso me imagino. Acaso no sea cierto. Acaso El Duque se hac\u00eda ilusiones.<\/p>\n<p>He de advertir que no poseo ninguna cualidad de las que se tienen por aristocr\u00e1ticas en este mundo. El hijo de la maestra Teresa Paiva y del telegrafista Carlos Montes-deoca no es cort\u00e9s, ni elegante, ni cuida con exceso su apariencia exterior. En realidad soy lento y perezoso. Lo mismo para fumar que para hablar, lo mismo para andar esas calles mirando las cosas que para pensar peque\u00f1eces sobre el mundo. Aristocr\u00e1tico no soy. Lento s\u00ed. Muy despacioso para llevar el cigarrillo a la boca, para lanzar el humo, para soltar las palabras. La gente confunde a veces lentitud y finas maneras. A m\u00ed \u2014ya lo sab\u00e9is\u2014 me llaman El Duque. Hoy soy un hombre sucio, harapiento, impertinente, alcoh\u00f3lico y contin\u00faan llam\u00e1ndome El Duque, como en mi \u00e9poca de colegial. Me odian mis antiguos compa\u00f1eros. Me desprecian los amigos de otro tiempo, pero me llaman El Duque. A m\u00ed me agrada y me divierte el mote. Trae consigo la palabrita un poco de importancia muy interesante para un hombre como yo, que vive del desagrado y de la desconfianza que produce a los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Cuando recuerdo hoy al Federico Montesdeoca que daba clases en el Liceo del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas \u2014con apenas diecis\u00e9is a\u00f1os sobre la flaca osamenta\u2014, sonr\u00edo tristemente. S\u00f3lo por aquel pobre, sentimental, ansioso Federico Montesdeoca siente l\u00e1stima El Duque. El Duque no es hombre para gastarse en tristezas y bobaliconer\u00edas. Mi oficio requiere firmeza y desprecio de las gentes.<\/p>\n<p>Sin embargo, cuando pienso en Federico Montesdeoca, en aquel otro duquesito de diecisiete a\u00f1os, entristezco; es como si se repitiera en m\u00ed el hombrecito de entonces. Absurdo que yo pretenda tener guardada un alma de adolescente dentro de mi asqueante y podrido esp\u00edritu presente, pero ello es lo cierto. Siento cari\u00f1o por m\u00ed mismo cuando me pongo a recordar mis a\u00f1os mozos.<\/p>\n<p>La muerte de mi madre produjo en Montesdeoca el colegial, en El Duque del Liceo del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas, un estado hiperest\u00e9sico, exaltado, melanc\u00f3lico, tanto m\u00e1s fuerte cuanto que a nadie lo revelaba, cuanto que lo ten\u00eda reservado a la m\u00e1s estricta intimidad personal. Un tonto perfecto El Duque de entonces: un tonto a quien El Duque actual profesa sincero cari\u00f1o y l\u00e1stima sincera.<\/p>\n<p>Montesdeoca el colegial, profesor de historia para los peque\u00f1os, era mezcla graciosa y rom\u00e1ntica de sentimientos contradictorios. Por ejemplo&#8230; Entre las prerrogativas de los profesores estaba la de leer los peri\u00f3dicos en el corredor delantero del colegio, mientras los escolares jugaban y gritaban. Los profesores le\u00edan los peri\u00f3dicos, fumaban cigarrillos y vigilaban a un tiempo mismo los juegos y la algazara de los ni\u00f1os. Montesdeoca, el profesor colegial, gozaba intensamente en estos ratos.<\/p>\n<p>Sent\u00edase importante; hac\u00eda graves observaciones a cualquier chiquillo alborotador. Chupaba y botaba las azules guedejas de humo y se hund\u00eda nuevamente en el mundo de las noticias. Le\u00eda los peri\u00f3dicos totalmente. Primero las noticias internacionales, luego los sucesos de la ciudad, despu\u00e9s las notas sobre pol\u00edtica, las cr\u00f3nicas literarias, los reportajes pintorescos, la descripci\u00f3n de bailes y acontecimientos sociales. Por fin, corr\u00eda por el escueto y prodigioso mundo de las p\u00e1ginas comerciales, del movimiento de buques, de los telegramas y cartas detenidos en la oficina central. En este mundo buscaba yo alusiones extra\u00f1as a m\u00ed dirigidas. En aquella goleta que llegaba a La Guaira, acaso vendr\u00eda desde el puerto cercano a la aldea donde nac\u00ed, alg\u00fan antiguo conocido. Acaso hab\u00eda en el correo una carta para Federico Montesdeoca. Acaso un telegrama&#8230;, una llamada del desconocido mundo que dejaba su marca en los peri\u00f3dicos.<\/p>\n<p>As\u00ed me recuerdo: tendido sobre los diarios en busca de una se\u00f1al, de una voz, de una palabra. Federico Montesdeoca ped\u00eda a la vida, esperaba de la vida, apasionadamente, la confirmaci\u00f3n de que para \u00e9l \u2014huesudo hombrecillo a quien sus compa\u00f1eros llamaban El Duque\u2014, exist\u00eda, guardado en los misterios de la tierra, del aire, del mar, un destino maravilloso. Acaso las sentimentales actitudes de la madre, so\u00f1adora aldeana, observadora de los atardeceres, se repet\u00edan en el muchacho.<\/p>\n<p>Ahora, El Duque es un poco distinto. Se me ha clavado en la boca una amarga sonrisilla. Apenas un gesto traza su hilo alargado a trav\u00e9s de los a\u00f1os: el gesto de asegurar el cigarrillo entre los largos dedos y chupar, lentamente, las volutas azules del humo. Parece adem\u00e1n de nostalgia, alguna vez; parece garabato de perversa intenci\u00f3n, signo de chuler\u00eda y decadencia en otros momentos. Yo puedo asegurar que es el mismo movimiento que hac\u00eda El Duque a los diecisiete a\u00f1os cuando ped\u00eda a la vida la marca de un destino a trav\u00e9s de llamadas misteriosas: un telegrama azul, la carta de un desconocido, su nombre entre las l\u00edneas negras de una noticia period\u00edstica.<\/p>\n<p>Cuando me acerco a mis amigos de anta\u00f1o gozo el m\u00e1s admirable placer de la existencia. Llegu\u00e9 a ser estudiante universitario, periodista, empleado p\u00fablico, poeta. Alg\u00fan cr\u00edtico fue capaz de decir que era \u00abadmirable promesa de triunfos para la poes\u00eda nacional\u00bb. Se me estimaba entonces. Era buen camarada en la tertulia alcoh\u00f3lica y despreocupada. Dec\u00eda mis opiniones en forma despectiva y epigram\u00e1tica. Hablaba, realmente, conforme al mote que me hab\u00edan colocado; era, en cierta manera, el duque de mi grupo literario. Apoyado en el barandal de la Plaza Bol\u00edvar\u2014chupando lentamente las volutas de humo\u2014 discurr\u00eda en el corro de compa\u00f1eros sobre cuestiones de arte.<\/p>\n<p>\u2014Esta tarde de hoy me parece una ensalada de lirios y de papel de seda \u2014comentaba. Y mis compa\u00f1eros dec\u00edan que \u00abel duque Montesdeoca ten\u00eda mucho talento\u00bb.<\/p>\n<p>Cuando me acerco a ellos ahora \u2014ya lo dije\u2014 gozo admirables placeres. Estoy sucio, ra\u00eddo. Despido un hedor indescriptible en el cual se mezclan r\u00e1fagas de alcohol y afirmaciones de miseria. Pod\u00e9is creer que, desde hace mucho tiempo, no tengo m\u00e1s dinero que el que obtengo de las d\u00e1divas de los viejos amigos. Eso es lo que me divierte en grado sumo. Me les acerco como si existiera la camarader\u00eda de antes.<\/p>\n<p>\u2014Un cigarrillo \u2014digo.<\/p>\n<p>Ellos alargan apresuradamente el paquete de blancos tubitos llenos de rubio tabaco importado.<\/p>\n<p>\u2014Toma, Duque.<\/p>\n<p>\u2014Coger\u00e9 unos cuantos, \u00bfsabes? No tengo mucha plata en estos d\u00edas.<\/p>\n<p>Y les miro la cara. Asustados como ratones, indecisos, nerviosos, asqueados por mi decisi\u00f3n de acerc\u00e1rmeles y ponerlos en contacto con la miseria. Yo sonr\u00edo. Les desagrada tambi\u00e9n mi sonrisa. Me desprecian. Me odian. Soy para ellos como un insulto, como una confidencia degradante. Yo sonr\u00edo. Me les acerco m\u00e1s. Les echo en la cara el tufo insoportable de mis noches de borrachera.<\/p>\n<p>\u2014Un f\u00f3sforo \u2014pido.<\/p>\n<p>\u2014Toma, Duque.<\/p>\n<p>S\u00e9 que me desprecian y yo me divierto, porque conozco perfectamente la naturaleza de sus sentimientos. Si fueran valientes, si se decidieran a golpearme, a decirme injurias, a gritar que me odian, terminar\u00eda acaso por fastidiarme el juego. Pero no; est\u00e1n bien educados, son corteses, creen \u2014todav\u00eda\u2014 en el valor de la amistad, de la camarader\u00eda de la juventud. Son peque\u00f1os, endebles, miedosos. Me divierto asust\u00e1ndolos, molest\u00e1ndolos, sac\u00e1ndoles monedas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo podr\u00edas prestarme un dinerito?<\/p>\n<p>Hasta los m\u00e1s pobres cumplen con los deberes de la amistad y el compa\u00f1erismo. Si no pueden regalarme algo, dicen temblorosas excusas. Yo los odio, tanto cuando me dejan unos c\u00e9ntimos como cuando me dicen: \u00abNo tengo, Duque. En otro momento&#8230;\u00bb. Vengo del hambre y de la miseria, del vicio, de los sucios calabozos de la prostituci\u00f3n, de la borrachera vergonzosa de los arrabales, de la amistad con hampones y gentes de cabaret que se pudren ante el vaso de alcohol en las podridas madrugadas de la ciudad. Los otros salen de los saloncitos donde hay respetabilidad, palabras atildadas, mujeres que parecen un dibujo lujoso; saloncitos donde se llama whisky al aguardiente, donde la prostituci\u00f3n toma forma de elegante concesi\u00f3n. Yo los odio y hago lo posible por que sientan mi desprecio; ellos suavizan su repugnancia y me dan dinero. Mi profesi\u00f3n es la de pedig\u00fce\u00f1o. Alt\u00edsima honra.<\/p>\n<p>En estos d\u00edas un estribillo anda rondando mis pensamientos. Lo he inventado yo. Es el mejor poema que haya podido hacer. Dice:<\/p>\n<p><em>Si alguna bala me hiriera,<\/em><\/p>\n<p><em>si una bala me matara,<\/em><\/p>\n<p><em>qu\u00e9 contento yo estuviera&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Repito frecuentemente mi peque\u00f1a canci\u00f3n. Me acompa\u00f1a su sonido desde hace alg\u00fan tiempo. Digo \u00absi alguna bala me hiriera, si una bala me matara\u00bb y me siento tristemente feliz. Suelo canturrear esas frases en alg\u00fan mes\u00f3n sucio de pobreza popular y los que est\u00e1n cerca se quedan mirando mi figura e imaginan que soy v\u00edctima de alguna tragedia. En realidad, si tragedia hay es la tragedia de todos los d\u00edas. La vieja tragedia.<\/p>\n<p>Ayer encontr\u00e9 a uno de los antiguos compa\u00f1eros de la \u00e9poca estudiantil. Yo estaba muy borracho. Me acerqu\u00e9 para pedirle \u2014como siempre\u2014 el cigarrillo y unos centavos para el trago. Estaba muy borracho \u2014ya lo he dicho. S\u00f3lo cuando estuve al lado del antiguo amigo pude darme cuenta de que iba acompa\u00f1ado por una mujer. Yo le hab\u00eda llamado y \u00e9l se detuvo:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 quieres, Federico?<\/p>\n<p>No me dijo Duque, como los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>\u2014Nada. Saludarte \u2014murmur\u00e9.<\/p>\n<p>La mujer ten\u00eda noble cara; no era una prostituta elegante. Era mujer, verdaderamente, como supongo que hay unas cuantas en el mundo. Yo segu\u00ed mi camino. Mir\u00e9 luego a la pareja, apoyado en el poste de la luz. El amigo de anta\u00f1o iba abrazado a su compa\u00f1era, mirando las copas de los \u00e1rboles o alguna estrella enredada en las ramas. Yo cant\u00e9: \u00absi alguna bala me hiriera\u00bb. Record\u00e9 al muchacho Federico Montesdeoca. Tuve mucha, mucha l\u00e1stima de El Duque. Me puse a recordar&#8230; Supe que El Duque nunca ha tenido nada (apenas un poquito de mala intenci\u00f3n).<\/p>\n<p>En un bar cercano me emborrach\u00e9 con un grupo de choferes escandalosos; junto con ellos cant\u00e9: \u00absi alguna bala me hiriera\u00bb. Y dije muchas veces: \u00abPobre Duque\u00bb. Ma\u00f1ana me vengar\u00e9 de ese antiguo compa\u00f1ero que me dijo anoche: \u00ab\u00bfqu\u00e9 quieres, Federico?\u00bb. Ma\u00f1ana me vengar\u00e9 de la canallada de ese amigo. No tiene derecho a hablar conmigo as\u00ed. No tiene derecho a ser feliz, a tener mujer, como si yo no fuera El Duque, como si yo no fuera pobre, borracho, miserable, como si no comprendiera que lo odio.<\/p>\n<p>Ma\u00f1ana El Duque dejar\u00e1 de cantar tonadillas sentimentales. Ma\u00f1ana, El Duque no recordar\u00e1. Ni sentir\u00e1 l\u00e1stima por nadie. Ni siquiera por aquel otro duquecito de diecisiete a\u00f1os, hijo sentimental de una maestra de aldea, el que busca en los peri\u00f3dicos llamadas misteriosas de su destino. Ma\u00f1ana El Duque pedir\u00e1 cigarrillos y alg\u00fan centavo para el trago. Sentir\u00e1 alegres odios burlones por los que anta\u00f1o fueron compa\u00f1eros.<\/p>\n<p><em>Si alguna bala me hiriera,<\/em><\/p>\n<p><em>si una bala me matara,<\/em><\/p>\n<p><em>qu\u00e9 contento yo estuviera&#8230;<\/em><\/p>\n<p>Es hoy. Ma\u00f1ana, El Duque&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Dame un cigarrillo, compa\u00f1ero. Y un dinerito para ron.<\/p>\n<p>\u2014Toma, Duque.<\/p>\n<p>Claro. As\u00ed ser\u00e1. Tengo derecho. No s\u00e9 desde cu\u00e1ndo me llaman El Duque.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/guillermo-meneses\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Luna Entre los labios de Malav\u00e9, el indio pescador, brincan tres notas, tres peque\u00f1as notas infantiles y brillantes que caen en la quieta agua como anillos de oro, tres peque\u00f1as notas de oro que apenas mueven, con persistente y nerviosa insistencia, la anhelante soledad del golfo arremansado, oscuro, terriblemente solo y misterioso.. 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