{"id":5735,"date":"2022-08-16T01:29:05","date_gmt":"2022-08-16T01:29:05","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5735"},"modified":"2023-11-24T18:27:35","modified_gmt":"2023-11-24T18:27:35","slug":"dos-cuentos-de-dinorah-ramos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-dinorah-ramos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Dinorah Ramos"},"content":{"rendered":"<h3>Sala de espera<\/h3>\n<p>Silbando alegremente algo que no ten\u00eda pies ni cabeza, pero que traduc\u00eda exactamente la euforia por que atravesaba, Eduardo me acompa\u00f1\u00f3 hasta la puerta de la Cl\u00ednica. Me puso las dos manos sobre los hombros y, con una voz cuya alteraci\u00f3n quiso en vano disimular, me dijo:<\/p>\n<p>\u2014Que te vaya bien, negrita&#8230;<\/p>\n<p>Luego se ech\u00f3 el sombrero un poco hacia atr\u00e1s, mir\u00f3 hacia los dos lados de la calle, y, con grandes aspavientos de dos viejas que pasaban por la otra acera, me dio un beso, uno de esos besos castos, en la frente o en las mejillas, que expresan las grandes emociones humanas.<\/p>\n<p>Yo me qued\u00e9 en la puerta mir\u00e1ndole alejarse alto, erguido, fuerte, por la calle. Lo mir\u00e9 confundirse con la marejada humana que a esa hora transitaba para iniciar las jornadas de trabajo. Con su paso el\u00e1stico, fuerte, atl\u00e9tico, con su esp\u00edritu joven y limpio, silbando una tonadita sin pies ni cabeza, yo me sent\u00ed contenta de que \u00e9se fuera el padre del hijo que me iba a nacer.<\/p>\n<p>Me sent\u00eda ligeramente mareada, y entr\u00e9 en la Cl\u00ednica, sent\u00e1ndome en uno de los sillones amplios de la sala de espera. El mareo me hac\u00eda ver todo como a trav\u00e9s de una niebla lejana e impalpable, d\u00e1ndole a todo lo que me rodeaba tonalidades suaves y l\u00edneas et\u00e9reas. Casi no me daba cuenta de que, en realidad, era yo la que estaba all\u00ed, sentada en la sala de espera de una cl\u00ednica de maternidad. Yo. A m\u00ed me hab\u00eda reservado el destino esta haza\u00f1a gloriosa, esa extraordinaria proeza de traer un hijo al mundo. Toda mi vida sin relieve, mi existencia pareja y casi sin emociones, tomaba ahora contornos de un luminoso itinerario, ante el hecho incre\u00edble y maravilloso.<\/p>\n<p>A trav\u00e9s de la ligera niebla del mareo, me ve\u00eda rodeada de estos seres de formas confusas que tambi\u00e9n esperan la llamada del m\u00e9dico, e iba hilvanando mis pensamientos, de una manera indecisa y t\u00edmida. En el consultorio hab\u00eda una placa grande y brillante, que proclamaba la excelencia del doctor, ginec\u00f3logo interno de varios hospitales de Par\u00eds, Bruselas y Hamburgo, y m\u00e1s abajo una pizarra negra con letras cromadas que indicaba que el doctor atend\u00eda gratis a consultas de pacientes de escasos medios.<\/p>\n<p>Eduardo quiso que yo me hiciera ver con el m\u00e9dico m\u00e1s afamado y m\u00e1s costoso, y para ello sacrific\u00f3 todos sus peque\u00f1os dispendios de muchacho correcto. En realidad, ten\u00edamos muy poco para sacrificar y mucho en qu\u00e9 pensar. En mi familia somos tres hembras y un var\u00f3n, y yo desde que pude empec\u00e9 a trabajar. Llegu\u00e9 a obtener un sueldo de Bs. 400, que para nosotros era elevad\u00edsimo. Ese sueldo nos permiti\u00f3 comprar un juego de sala pulido, de esos que hay a montones en las muebler\u00edas; cortinas para la sala y un aparato de radio. Los s\u00e1bados nos reun\u00edamos varias muchachas y j\u00f3venes, y pon\u00edamos fiestas sencillas, contribuyendo todos al alcance de los respectivos medios, y bailando con la m\u00fasica del radio. Las muchachas me prestaban novelas de Elinor Glyn, de Berta Ruck, de Concordia Merrel, de P\u00e9rez y P\u00e9rez, y a la influencia de esa literatura rosa mis ilusiones se cifraron sucesivamente en un actor de cine, un lord ingl\u00e9s a quien reveses de fortuna hac\u00edan trabajar de polic\u00eda, un muchacho humilde pero hermoso como un dios griego. Pas\u00e1bamos las vacaciones en Maiquet\u00eda, alquilando alguna casita barata de un callej\u00f3n extraviado, d\u00e1ndonos ruidosos ba\u00f1os de mar y poniendo partidas de croquet todas las tardes en la Plaza del Tamarindo.<\/p>\n<p>Eduardo jugaba f\u00fatbol. Cuando ingres\u00f3 en nuestro grupo, inmediatamente nos hicimos \u00abllave\u00bb y fuimos inseparables. Casi no se cruzaron entre nosotros esos juramentos y palabras que tanto hacen por el amor. Nuestro amor no necesit\u00f3 nunca explicaciones. Estaba all\u00ed, era innegable y ninguna utilidad ten\u00eda el que habl\u00e1ramos de eso. Yo le ofrec\u00ed seguir trabajando despu\u00e9s de casarnos, pero \u00e9l no quiso ni o\u00edr hablar de ello. Nos casamos, y poco a poco fui saboreando las alegr\u00edas sencillas que tra\u00edan consigo cada adquisici\u00f3n: el juego de ollas de aluminio; cuando pintamos las sillas que compramos para el comedor; cuando pusimos cortinitas de mariposas en el cuarto&#8230; Y, ahora, el hijo&#8230;<\/p>\n<p>En el sill\u00f3n que est\u00e1 a mi lado, una mujer hace esfuerzos por sostener a los dos ni\u00f1os inquietos que han venido con ella. Se comprende que la maternidad es para ella un nuevo sacrificio, algo doloroso e in\u00fatil. El var\u00f3n y la hembra de dos y tres a\u00f1os m\u00e1s o menos, respectivamente, se mov\u00edan constantemente. Sus cuerpecitos magros, de rodillas prominentes, se persegu\u00edan por alrededor del sill\u00f3n donde la madre se esforzaba. \u00abPero ni\u00f1os, por Dios, qu\u00e9dense quietos\u00bb. Ella lleva un abrigo pasado de moda, que ya no se puede abrochar. Su cuerpo deforme, su cara cansada, sus ropas humildes, ofrecen un aspecto deprimente. Dos hijos mal nutridos, sin tiempo para atenderlos, y ahora otro&#8230; El esfuerzo se ve superior a ella. Traer\u00e1 al mundo un nuevo ni\u00f1o raqu\u00edtico, de ojos brillantes y rodillas prominentes&#8230;<\/p>\n<p>El m\u00edo no ser\u00e1 as\u00ed. En las tardes de f\u00fatbol, yo he seguido con ojos admirados el cuerpo fuerte y hermoso de Eduardo. Har\u00e9 que mi hijo respire aire puro, que monte bicicleta, que aprenda a nadar, que juegue f\u00fatbol como el padre. Me parece verlo ya, con una camiseta de brillantes colores, con un pa\u00f1uelo amarrado a la cabeza, la cara sudorosa y los ojos brillantes, un renuevo de juventud vigorosa en una cancha verde.<\/p>\n<p>En frente, una mujer se mira las manos, de u\u00f1as pintadas de un rojo casi negro, en cuyos dedos un poco regordetes se ve un suntuoso anillo matrimonial y un enorme solitario, que ilumina con sus luces el sal\u00f3n un poco oscuro, cargado de dolor humano y de esperanzas trashumanas. Es una mujer de esas de tipo tropical, de brillantes ojos negros, de ojos llameantes, de cejas muy finas. De labios pulposos y rojos. A su lado, el marido se pasea con inquietud. Es un hombre gastado, con aire disipado. Sobre su piel muy blanca, finas arrugas ponen continuadas estr\u00edas. Sus escasos cabellos est\u00e1n cuidadosamente engominados. Tiene un ce\u00f1o de preocupaci\u00f3n. Parece llevar \u00e9l el peso de la maternidad, mientras la espl\u00e9ndida hembra se contempla las u\u00f1as pintadas de rojo.<\/p>\n<p>\u00a1Seguramente que ellos preparan para el hijo un cuarto de muebles laqueados, una colecci\u00f3n de mu\u00f1ecos de todos tama\u00f1os y de altos precios; cortinitas de punto con lazos de seda, una ni\u00f1era con uniforme almidonado&#8230; Yo quiero para la m\u00eda algo m\u00e1s que eso: yo quiero para ella todo lo que yo no he tenido y todo lo que a m\u00ed me ha sobrado. Pero, por encima de todo, yo le dar\u00e9 a mi hija comprensi\u00f3n, ternura, soporte en la vida. Ser\u00e9 para ella algo m\u00e1s que la madre: me renovar\u00e9 con ella. Ser\u00e9 primero ni\u00f1a, para compartir sus primeros patines, sus papagayos, sus mu\u00f1ecas. Gozar\u00e9 con ella del enorme lazo rosado sobre sus bucles suaves. Lucir\u00e9 con ella sus galas infantiles, delicadas, ingenuas. M\u00e1s tarde, compartir\u00e9 con ella la emoci\u00f3n del primer gal\u00e1n, la dulzura de las primeras mieles de la vida. Y tambi\u00e9n, \u00bfpor qu\u00e9 no? sus dolores, la obligada parte de miseria de la naturaleza humana. La har\u00e9 fuerte contra el dolor. La har\u00e9 sobreponerse al sufrimiento&#8230;<\/p>\n<p>Hay otra muchacha que indudablemente ha venido a la consulta gratuita del galeno, que en ella basa gran parte de su propaganda. Es una morenita humilde. Esconde sus zapatos ra\u00eddos, sus medias de algod\u00f3n, doblando los pies bajo la silla, para que las otras no notemos el contraste. Su hijo, el hijo que dobla su cuerpo colmado, el hijo que la aparta de la m\u00e1quina del taller, el hijo que ser\u00e1 para ella una cruz que cargar\u00e1 gustosa y orgullosa, el hijo que ser\u00e1 para ella una gloria, no tiene padre. El hombre que despert\u00f3 sus sensaciones se apart\u00f3 para siempre de su vida. Ella no le mendigar\u00e1 su retorno. Fieramente, orgullosamente, se apresta ella a defender al hijo de una sociedad que le negar\u00e1 todos sus dones. Fieramente, orgullosamente, lo llevar\u00e1 adelante, lo enfrentar\u00e1 a la vida&#8230;<\/p>\n<p>En nuestra casita de San Agust\u00edn, mi hijo tendr\u00e1 a cada lado de su cuna una sombra tutelar: el padre, la madre. Tendr\u00e1, luego, hermanitos con quienes compartir sus juegos, con quienes empezar a descubrir la vida. Tendr\u00e1 siempre la seguridad de una vida arreglada, el soporte de un hogar en que el cari\u00f1o ser\u00e1 el principal haber. Tendr\u00e1 su medio para dulces los domingos; tendr\u00e1 sus zapaticos colmados de hermosos presentes en la Navidad; tendr\u00e1 su pi\u00f1ata, y su torta de velitas cada vez que la vida agregue a\u00f1os a su existencia. Tendr\u00e1 todo, todo lo que nosotros podamos darle de nosotros mismos&#8230;<\/p>\n<p>En el sof\u00e1 est\u00e1n sentados un hombre y una mujer. Ella tiene un color cetrino, p\u00e1lido, y ojos claros que se abren con una expresi\u00f3n de susto. Delgada y chiquita, el vientre deforme se destaca en ella &#8216;monstruosamente. \u00c9l es apenas un poco m\u00e1s alto, y de la misma tonalidad p\u00e1lida. \u00c9l tiene la mano entre las suyas, como queriendo prestarle amparo. En los dos se reconoce esa escasez de medios de los seres que no saben sacarle partido a la vida. Ser\u00e1 el primer hijo, indudablemente, pues ambos son j\u00f3venes. La mujer, con su cuerpo vacilante y medroso, tiembla cada vez que se abre la puerta del consultorio del doctor.<\/p>\n<p>Comparo yo mentalmente nuestra asociaci\u00f3n de cuerpos j\u00f3venes y limpios, ese perfecto entendimiento que nos ha reunido a Eduardo y a m\u00ed hasta el punto de traer al mundo un hijo. Nuestro hijo. \u00a1Qu\u00e9 orgullosa me siento de darle un padre fuerte y puro, de darle una madre joven y animosa! Por sus venas correr\u00e1n nuestras dos sangres limpias, nuestros dos caudales de energ\u00eda, de entusiasmo, de vitalidad&#8230; Ser\u00e1 la suya una existencia luminosa y sencilla. Se aprestar\u00e1 a la vida sin miedo, sin titubeos, sin taras f\u00edsicas y mentales. Nos llamar\u00e1 por nuestros nombres, nos contar\u00e1 sus progresos y sus decepciones. Y nosotros le diremos en las noches, cuando se siente entre nosotros: \u00ab\u00a1Hijo m\u00edo!\u00bb<\/p>\n<p>La muchacha que atiende al tel\u00e9fono y a los turnos est\u00e1 sentada detr\u00e1s de un escritorio laqueado, en el cual luce un florero la policrom\u00eda de dalias de varios tama\u00f1os. Una gorrita blanca se posa sobre sus bucles brunos. El uniforme almidonado traiciona las curvas rotundas de su cuerpo. Nos mira a todas nosotras desde la cumbre de un desd\u00e9n reposado y superior. Pasea su cuerpo joven y el\u00e1stico, por entre nuestras humanidades en trance de espigas. Sus zapatos de goma parecen elevarla como las alas de un mercurio. Masca chicle y se sienta a leer un peri\u00f3dico. Lo despliega para leer las p\u00e1ginas interiores, y los grandes titulares de la p\u00e1gina principal se van aclarando para mis ojos que a\u00fan ven confuso. Son noticias de muerte y destrucci\u00f3n. Son noticias de odio y de amargura. Hablan de incesantes bombardeos en que una humanidad, recogida en refugios subterr\u00e1neos, tiembla mientras sobre sus cabezas pasa la furia de un avi\u00f3n y mientras atruena el espacio el ruido de las sirenas y las explosiones de las bombas incendiarias. Hablan de una humanidad que tiembla ante las ruinas que va dejando a cada paso la ambici\u00f3n desatada de un grupo de hombres. Un ni\u00f1o ha nacido en un refugio, mientras la madre ve desplomarse sobre ella nubes de polvo y de horror. Viejos, mujeres y ni\u00f1os se miran asombrados sin comprender por qu\u00e9 se ceba en ellos esta locura de destrucci\u00f3n. La muchacha masca chicle&#8230;<\/p>\n<p>Quiero hacer un nuevo mundo para mi ni\u00f1o. Quiero que \u00e9l viva en un mundo en que se hayan eliminado esas diferencias que nos hacen desear la muerte de otros s\u00f3lo porque no han nacido en el mismo lugar en que nacimos nosotros. Quiero que mi ni\u00f1o viva en un mundo luminoso, limpio de odios y de rencores, en un mundo en que la humanidad tienda hacia ideales m\u00e1s claros, m\u00e1s fraternos, m\u00e1s humanos&#8230; \u00a1No quiero que mi hijo tenga que leer los titulares de ese peri\u00f3dico!<\/p>\n<p>La puerta se abre, y una enfermera se adelanta hacia m\u00ed:<\/p>\n<p>\u2014Es su turno, se\u00f1ora&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El puente<\/h3>\n<p>Salvador hizo un \u00faltimo viaje trayendo en su carretilla los trastos que hab\u00edan quedado en el otro rancho, y cuando lleg\u00f3 estir\u00e9 los brazos, me pas\u00e9 las manos por los cabellos revueltos y me dispuse a arreglar mi alojamiento del momento. Este puente levanta su monumental arcada de cemento en una urbanizaci\u00f3n llena de quintas elegantes y de \u00e1rboles, \u00e1rboles&#8230;<\/p>\n<p>Al nivel del suelo, pasan autom\u00f3viles veloces, de los cuales se oyen salir risas que cantan. En una de las quintas cercanas, un grupo de muchachas, tendidas en divanes, fumando cigarrillos americanos, se cuentan cuentos picantes. Una cargadora pasa con una ni\u00f1ita que luce en su cabeza un enorme lazo rosado. La ni\u00f1a camina con sus pasitos cortos y poco seguros. Con esa curiosidad insaciable de los ni\u00f1os, se queda mirando, con sus ojos puros e ingenuos, hacia abajo.<\/p>\n<p>Abajo estamos nosotros.<\/p>\n<p>No s\u00e9 qu\u00e9 viento nos ha juntado aqu\u00ed, a los que acabamos de mudarnos bajo este puente. Somos un rezago de humanidad. Ninguno de nosotros tiene el m\u00e1s ligero nexo de parentesco con los otros, excepto, naturalmente, los hijos que han venido; nos ha reunido un mismo destino oscuro, una misma falta de los m\u00e1s elementales conceptos de vida y de humanidad.<\/p>\n<p>Recuerdo cuando mi hermana, mi padre y yo viv\u00edamos en el campo. La madre estaba siempre rega\u00f1\u00e1ndonos y d\u00e1ndonos de comer. Las gallinas y el cochino entraban en la choza y compart\u00edan nuestro plato de frijoles. De noche, me gustaba contemplar las estrellas reflejadas en el pozo cercano, y muchas veces so\u00f1\u00e9 con cogerme una estrella, aunque fuera peque\u00f1ita, para m\u00ed sola. A veces parec\u00eda que las estrellas se me acercaban: era cuando los cocuyos volaban cerca. Estiraba mis manos hambrientas para alcanzarlas, pero siempre se me iban volando o se dilu\u00edan en el agua negra del pozo. A mi padre se lo trajo la recluta, y nunca m\u00e1s supimos de \u00e9l. Mi hermana y yo quedamos solas en el rancho, despu\u00e9s de que mam\u00e1 se vino a buscarlo. Cuando se nos acabaron los frijoles, resolvimos irnos las dos. Yo era todav\u00eda una chiquilla, pero mi hermana era ya una mujer formada y hasta hermosa. A los primeros pasos que dimos dentro de la urbe, la vor\u00e1gine se trag\u00f3 a mi hermana, la hermosa y fuerte mujer, como una torre, en que yo me apoyaba. Yo dorm\u00ed varias noches en pelda\u00f1os, al aire fr\u00edo de la noche. A veces he trabajado en alguna casa de familia, pero prefiero esta vida errante e irresponsable. De noche, tendida en el suelo, contemplando en silencio las estrellas, me parece estarlas viendo reflejadas en el pozo negro, cerca de mi rancho.<\/p>\n<p>Esta tarde, cuando ven\u00edamos Rosal\u00eda, Salvador y yo, nos detuvimos en una fuente de soda que queda cerca. En las mesitas, grupos de muchachas y j\u00f3venes tomaban espumosos l\u00edquidos, a trav\u00e9s de pitillos. Afuera, alineados, los esperaban los autom\u00f3viles brillantes. El viejo Acisclo me ha ense\u00f1ado a pedir, casi sin palabras, y delante de las mesitas colmadas de alegre juventud pude ejercitar una vez m\u00e1s sus ense\u00f1anzas. Me dieron un mediecito y tres lochas. Aqu\u00ed los tengo, amarrados en un pa\u00f1uelo sucio, cerca de donde queda el coraz\u00f3n. M\u00e1s tarde ir\u00e9 con ellos a comprar cigarros para fum\u00e1rmelos uno tras otro, tendida en el suelo, mirando las estrellas. Todav\u00eda quedan restos de lo que comimos esta ma\u00f1ana, y si de aqu\u00ed a la noche me da hambre, o Acisclo me pide algo, ya buscar\u00e9 donde conseguir&#8230; Pero lo m\u00e1s importante, por ahora, es tenderme en el suelo, debajo del \u00e1rbol que d\u00e1 sombra a nuestra vivienda, y echar humo. Tal como las muchachas en el sal\u00f3n pleno de cojines, en la quinta cercana.<\/p>\n<p>Acisclo, Salvador y yo constituimos un n\u00facleo. Acisclo a veces sale a pedir limosna, pero \u00faltimamente la enfermedad lo ha ido relegando a una silla rota que apoya contra cualquier sost\u00e9n: un \u00e1rbol, una piedra, una pared&#8230; Las manos le tiemblan. Cuando come, la comida le chorrea por la barbilla y sus mand\u00edbulas sin dientes se marcan a trav\u00e9s de la piel estirada. A veces, nos cuenta a Salvador y a m\u00ed historias de cuando \u00e9l fue soldado, y pasaba de poblaci\u00f3n en poblaci\u00f3n, atr\u00e1s de un hombre de charreteras y sombrero de jipijapa. Son historias que casi no recuerdo. Cuando nombra a alguno de los hombres que marchaban con \u00e9l, su voz se hace estridente, retumbante, como los bronces en las retretas de los domingos.<\/p>\n<p>Ahora es apenas un remedo de humanidad, y s\u00f3lo en un grupo como el nuestro puede tener cabida. Salvador, \u00e9l y yo, nos hemos pasado ma\u00f1anas enteras a la puerta de hospitales y asilos, mientras el temblor de sus manos parec\u00eda que iba a desbaratarlo, pero la puerta no se ha abierto. No tiene m\u00e1s apoyo que nosotros dos, y \u00e9l es para nosotros algo as\u00ed como un tallo.<\/p>\n<p>Salvador no debe tener m\u00e1s de ocho o nueve a\u00f1os, pues todav\u00eda las enc\u00edas no se le han llenado de dientes fuertes, dobles. Tiene una voz ronquita, divertid\u00edsima, que se le ha engruesado de tanto vocear los peri\u00f3dicos que vende. La primera vez que sali\u00f3 con una carretilla que le hicimos con un caj\u00f3n y unas ruedas, se ve\u00eda diminuto en la calzada inmensa. Parec\u00eda mentira que los enormes autom\u00f3viles, los autobuses de dimensiones respetables, pudieran tomar en cuenta a aquella cosa m\u00ednima que caminaba por la calzada, y se pararan para no atropellarlo, siguiendo su paso peque\u00f1ito. Yo iba caminando por la acera, admir\u00e1ndolo. Su voz \u00edntegra se difund\u00eda por la calle, y me parec\u00eda que no era el mismo Salvador de nosotros, el que compart\u00eda nuestras escasas adquisiciones. Por las tardes, Salvador siempre viene cargado. Trae a veces carne, a veces lechugas, pan, cigarros. Otras veces trae un hombre que busca en m\u00ed solamente una mujer f\u00e1cil y barata. Yo me dejo llevar, pasivamente, y el hombre se va al rato dej\u00e1ndome dos o tres reales, que compartimos por mitad entre Salvador y yo. A veces vamos juntos al cine, pero a \u00e9l no le gustan sino esas pel\u00edculas en que hay muchos tiros y el muchacho, rubio y de sonrisa contagiosa, siempre termina por salvar a la muchacha. Yo prefiero esas otras en que el muchacho es un hombre alto, moreno y de bigoticos, y la muchacha fuma cigarrillos en boquilla y mira con los p\u00e1rpados entrecerrados. Me gustan esas pel\u00edculas en que las mujeres aparecen siempre con vestidos largos&#8230;<\/p>\n<p>Cerca de este puente hay una quinta en construcci\u00f3n. Salvador se ha ido acercando y ha entablado amistad con los alba\u00f1iles. Hay uno, de potente t\u00f3rax, que le ha dado permiso para que lo ayude a subir latas por una escalera. A la hora del atardecer, los hombres se han lavado los torsos desnudos en una pila que tienen detr\u00e1s de la construcci\u00f3n, y el del potente t\u00f3rax se ha venido hasta el puente con Salvador. En el \u00fanico lugar encerrado que hemos podido acomodar hasta ahora, Rosal\u00eda, tosiendo, le d\u00e1 de mamar al \u00faltimo de sus sietemesinos. Al vernos entrar, sin decir palabra, nos deja el camastro y se va con su hijo, a la sombra del \u00e1rbol cuyas ramas caen en el r\u00edo. Salvador curiosea por entre las rendijas de los improvisados tabiques, y me hace morisquetas que me hacen re\u00edr. El hombre, de cerca, exhala un fuerte hedor a sudor. Sonr\u00ede, mostrando los dientes. Me invita a una fiesta que est\u00e1n organizando para el s\u00e1bado en una de las viviendas cercanas, y me ofrece venir a buscarme. Yo me quedo recordando las fiestas que pon\u00edan las muchachas que viv\u00edan enfrente de nosotros, donde est\u00e1bamos antes. Las muchachas se peinaban los largos cabellos y los adornaban con peineticas rojas. Ten\u00edan un espejo dorado, sobre el cual hab\u00edan puesto un ramo de flores de papel. En el espejo se reflejaban las parejas que danzaban, brillantes de sudor, y de vez en cuando yo entreve\u00eda el paso de las peineticas rojas&#8230; \u00a1Peineticas rojas! Qui\u00e9n tuviera peineticas rojas para mi cabello rebelde que el sol, el sucio y la falta de peine ha puesto amarillento, \u00e1spero, como yerba de sabana resecada por el verano&#8230;<\/p>\n<p>Rosal\u00eda y Horacio viven juntos en el otro lado del cobertizo. Horacio trabaja de vez en cuando, pero prefiere pasarse los d\u00edas \u00edntegros sentado en una piedra, rasgueando la guitarra, mientras Rosal\u00eda lava ropa de casas ricas y tiende arepas. Rosal\u00eda tiene todos los a\u00f1os un muchachito, de los cuales unos se mueren y otros crecen flacos, raqu\u00edticos, sin atreverse a separarse nunca de las faldas maternas. Ahora viven Graciela, que es mi consentida, Yolanda, Gladys y el menor, Gustavito. Ella le pone a sus hijos los nombres que les ha o\u00eddo a las ni\u00f1itas que pasan por encima del puente, a esas ni\u00f1itas rubias, con inmensos lazos rosados sobre sus cabecitas, que se quedan mir\u00e1ndonos con ojos l\u00edmpidos.<\/p>\n<p>Yo tambi\u00e9n iba a tener una vez un hijo. Cuando miraba las estrellas, me complac\u00eda imaginarme que esa vida que empezaba a aletear en m\u00ed ser\u00eda con el tiempo una de esas hermosas muchachas que pasan, manejando un autom\u00f3vil rojo, con la melena suelta al viento que la acaricia. O tal vez ser\u00eda mejor que fuera un doctor. Un doctor de cara seria, de esos que pasan leyendo dentro del autom\u00f3vil, con lentes para ocultar su mirada inteligente. Vendr\u00eda a visitarme aqu\u00ed, bajo el puente, y yo dir\u00eda complacida a Rosal\u00eda, a Acisclo, a todo el que quisiera o\u00edrme:<\/p>\n<p>\u2014Mi hijo es un doctor&#8230;<\/p>\n<p>\u00c9l apenas sonreir\u00eda con su cara seria, de doctor, pero los ojos le brillar\u00edan bajo los lentes gruesos. Apretar\u00eda contra su pecho un libro.<\/p>\n<p>Pero tal vez haya sido mejor lo que pas\u00f3. Ahora, la hermosa muchacha cuya risa cantarina hubiera llenado de armon\u00eda la tarde apacible; el serio doctor de lentes de oro, que vendr\u00eda a visitarme apretando un libro sobre el coraz\u00f3n, es apenas un resto informe que los estudiantes han guardado en un frasco, en un l\u00edquido amarillento, y un dolor suave, dulce, un dolor casi alegre, dentro de m\u00ed.<\/p>\n<p>Cuando se encienden las estrellas, tengo ahora un nuevo entretenimiento: me pongo a pensar en cu\u00e1l de ellas estar\u00e1 la hermosa muchacha de cabellos sueltos. Danzar\u00e1, trenzando los pies sobre la yerba verde, y un perro ladrar\u00e1 tras ella. Ser\u00e1 trasl\u00facida, como una de esas figuritas de cristal que adornan los escaparates de las tiendas. Yo quisiera ser enorme, para acunarla entre mis brazos; pasar mis manos rudas por sus cabellos sueltos; alcanzarla, una a una todas las estrellas que yo siempre anhel\u00e9&#8230;<\/p>\n<p>Una tarde lleg\u00f3 hasta nosotros un grupo de muchachas bonitas, bien vestidas. Nos congregaron a todos los que viv\u00edamos bajo el otro puente, nos regalaron medallitas, y se pusieron a hablarnos cosas que no entend\u00edamos. Yo nunca hab\u00eda o\u00eddo decir que fue necesario que alguien se sacrificara por los pecados que nosotros cometemos. Yo nunca hab\u00eda pensado que todo lo que nosotros hacemos a diario, la serie de hechos de que est\u00e1 compuesto cada d\u00eda, son pecados. Es pecado comer, es pecado fumar, es pecado acostarse a ver las estrellas&#8230; \u00bfY qu\u00e9 es pecado? Todav\u00eda no logr\u00e9 aprender lo que quiere decir esa palabra, que o\u00ed esa tarde por primera vez. Nosotros nos mir\u00e1bamos unos a otros con nuestros ojos extra\u00f1ados. Las muchachas fueron reuni\u00e9ndose m\u00e1s apretadamente, como asustadas. Se dir\u00eda que tuvieran miedo de nuestros rostros hura\u00f1os, de nuestros lenguajes toscos. Se fueron, con sus luminosas ense\u00f1anzas. Se fueron, con su concepto de vida desconocido para nosotros. No volvieron m\u00e1s.<\/p>\n<p>El crep\u00fasculo ha venido cayendo sobre la ciudad, y a lo lejos se pueden ver nubecillas de todos colores. Es la hora en que yo me tiendo en el suelo, porque un mago viene expresamente para encender, all\u00e1 arriba, muy lejos de m\u00ed, los luceros, para que yo los contemple. El mago, entre sus vestiduras oscuras, me pica los ojos, para que yo admire su poder\u00edo, y parece desafiarme a que adivine en qu\u00e9 remoto rinc\u00f3n va a encender el pr\u00f3ximo lucero. Los va encendiendo, uno tras otro, y a cada luz que se enciende su carcajada parece burlarse de mi muda contemplaci\u00f3n. De pronto, es un reguero de lucecitas que puebla ya el cielo oscuro. El mago los ha encendido para m\u00ed, y ahora, con un dedo sobre los labios, me desaf\u00eda a que adivine en cu\u00e1l de ellos danza la hermosa muchacha de pelo suelto; en cu\u00e1l lucero est\u00e1, con un libro apretado contra el coraz\u00f3n, un doctor serio, de lentes de oro.<\/p>\n<p>Los autom\u00f3viles que pasan por el puente hacen estremecer el macadam. De uno de ellos parte una risa cantarina, que ha dejado escapar una muchacha de melena suelta, que el viento acaricia. El sietemesino de Rosal\u00eda se despierta y rompe a chillar.<\/p>\n<p>De la mano de su cargadora, pasa la ni\u00f1ita rubia del lazo rosado. Va para su casa, en que una madre tierna la espera acogedora. M\u00e1s tarde, con un dedito entre los labios, dormir\u00e1 abrazada con una mu\u00f1eca casi tan grande como ella. Ahora, con las gordas piernecitas cansadas, arrastra los piececitos calzados con zapaticos rojos.<\/p>\n<p>El lazo rosado sobre su cabecita rubia parece una mariposa. Con sus ojos puros, claros, sin mancha, la ni\u00f1ita mira hacia abajo.<\/p>\n<p>Abajo estamos nosotros&#8230;<\/p>\n<h6>*Fuente: https:\/\/leamoscuentosycronicas.blogspot.com\/<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sala de espera Silbando alegremente algo que no ten\u00eda pies ni cabeza, pero que traduc\u00eda exactamente la euforia por que atravesaba, Eduardo me acompa\u00f1\u00f3 hasta la puerta de la Cl\u00ednica. Me puso las dos manos sobre los hombros y, con una voz cuya alteraci\u00f3n quiso en vano disimular, me dijo: \u2014Que te vaya bien, negrita&#8230; [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":5736,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/5735"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=5735"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/5735\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":5739,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/5735\/revisions\/5739"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/5736"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=5735"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=5735"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=5735"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}