{"id":5572,"date":"2022-08-07T00:05:30","date_gmt":"2022-08-07T00:05:30","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5572"},"modified":"2023-11-24T18:27:59","modified_gmt":"2023-11-24T18:27:59","slug":"la-virgen-no-tiene-cara","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-virgen-no-tiene-cara\/","title":{"rendered":"La virgen no tiene cara"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez<\/h4>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>I<\/strong><\/p>\n<p>Si le hubiesen preguntado qu\u00e9 extra\u00f1o placer hallaba en pasarse las horas en lo alto de aquella tapia, escondido entre las ramas del viejo n\u00edspero, se habr\u00eda limitado a sonre\u00edr con sus gruesos labios de cirue\u00adla y sus blanqu\u00edsimos dientes de carnicero.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah negro flojo y lamb\u00edo! Y que pintando&#8230; Como si no se viera el pellejo.<\/p>\n<p>Pero desde aquella altura pod\u00eda \u00e9l ver lo que los dem\u00e1s no ve\u00edan: todo el multicolor panorama de su mundo. A un lado el solar que lla\u00admaban grande, con su arboleda de mangos, mamones, guayabos y n\u00edsperos, de pomag\u00e1s y manzanos cargados de rojas pomas; al otro, formando un fragante z\u00f3calo a la mansi\u00f3n de los amos, el jard\u00edn apretado de rosas blancas, rojas y amarillas, de hortensias azules, de geranios rosados y de jazmines y nardos. Y a sus pies, soluci\u00f3n de melancol\u00eda entre la llama de los colores, el patio de los esclavos abo\u00adnado de calladas negruras, con su granado solitario y su mon\u00f3tono surtidor. Pero a\u00fan pod\u00eda ver m\u00e1s all\u00e1; por el norte el cerro, por el sur el valle, las lomas, los riachuelos y los caserones de barro con sus gruesas columnas, sus escudos y sus leones rampantes. Y m\u00e1s all\u00e1 todav\u00eda: diseminadas por todas partes, entre la lujuriosa pleamar de verdura, las min\u00fasculas chozas donde una plebe inquieta elaboraba la s\u00edntesis de sus colores. Era un universo disperso, restallante de luz, exasperado por la sinfon\u00eda de todos los verdes.<\/p>\n<p>All\u00ed hab\u00eda crecido \u00e9l, a la sombra del n\u00edspero, maravillosamente solo en medio de la multitud, con sus emociones y aquellas ideas que a los dem\u00e1s parec\u00edanles tan chocantes. Ahora contaba veinte a\u00f1os y la vida que le rodeaba -cielo, r\u00edos, \u00e1rboles, hombres- antoj\u00e1basele una creaci\u00f3n de la tierra para deleite exclusivo de su esp\u00edritu.<\/p>\n<p>S\u00f3lo volv\u00eda de su abstracci\u00f3n cuando la voz de las mujeres del patio iba a perseguirle hasta su escondrijo:<\/p>\n<p>\u2014-Juan, b\u00e1jate de ah\u00ed: ven a hacer los mandados.<\/p>\n<p>\u2014Grand\u00edsimo z\u00e1ngano*, ya es hora de barrer all\u00e1 dentro. Entonces bajaba, pero antes se lo hac\u00eda repetir muchas veces. A su abuela Jacinta la obedec\u00eda porque era tierna con \u00e9l y erudita en historias de todas clases que contaba de noche en el penumbroso patio. A Florinda, su hermana, porque era mulata y serv\u00eda de cama\u00adrera all\u00e1 dentro y pod\u00eda venderlo en cualquier paso de luna, lo que m\u00e1s le emocionaba en la sombra de su mirador, alejado de las emanaciones y de la voces de abajo, era el atardecer, esa hora inm\u00f3vil entre dos luces, cuando la brisa se queda quieta como para pintarla y en el aire flota un gran suspiro de paz Y lo que m\u00e1s le entristec\u00eda era el canto de los negros m\u00e1s viejos, un son .gutural, sin palabras y sin fin, ondulante y grave como el viento nocturno: Aaah&#8230; uuuh&#8230; aaah<\/p>\n<p>La vida de Juan, su esp\u00edritu y su carne, ard\u00eda en el color de las cosas. Y desde que el manumiso Dionisio le hab\u00eda regalado unos delgados trozos de tabla y unas pinturas de aceite, todo el tiempo se le dilu\u00eda en la embriaguez de pintar. Cuando chico, armado con una punta de carb\u00f3n de le\u00f1a, iba por todas partes llenando los pisos y las paredes de monigotes negros. Ahora que tiene pinturas y pinceles se refugia en lo alto del muro para huir de las miradas curiosas y sobre todo de la mal\u00e9vola persecuci\u00f3n del mulato Lorenzo, un mandinga colorado que se burla de \u00e9l al mismo tiempo que le arrastra el ala a su hermana.<\/p>\n<p>Hecho que Juan no logra explicarse es por qu\u00e9 los amos han deja\u00addo a Lorenzo en su casa de la ciudad en vez de devolverlo a la hacienda de Panaquire amarrado con una soga. A otro, por menos, le hubiesen puesto en el cepo o le habr\u00edan tasajeado los lomos con un rejo. \u00ab\u00a1Mueran los blancos ladrones!\u00bb -hab\u00eda vociferado Lorenzo en plena Plaza Mayor- \u00ab\u00a1Fuera la Compa\u00f1\u00eda! \u00a1Viva el Capit\u00e1n Le\u00f3n!*. Y Juan le hab\u00eda o\u00eddo porque aqu\u00e9l fue d\u00eda de mandados y \u00e9l se encontraba en la Plaza cuando desemboc\u00f3 all\u00ed la avalancha. \u00a1Santo cielo! \u00bfDe d\u00f3nde sal\u00edan todos aquellos seres fren\u00e9ticos, negros, mulatos, zambos que irrump\u00edan en oleadas por la esquina de la Torre y se represaban frente a la Iglesia? Jam\u00e1s en su vida hab\u00eda ima\u00adginado que hubiese tantos. Eran miles y miles y se extend\u00edan como bachaquera alborotada desde el Convento de las Monjas Concepcio\u00adnes hasta m\u00e1s all\u00e1 de la Candelaria. Los blancos que les miraban estaban p\u00e1lidos como la sal. Y mientras el caudillo, que era blanco tambi\u00e9n, parlamentaba con el Gobernador y el Obispo, el alma de Juan fue bruscamente violada por unas palabras que no hab\u00eda o\u00eddo antes y cuyo significado desconoc\u00eda: \u00ab\u00a1Viva el pueblo! \u00a1Viva la Patria! \u00a1Queremos justicia para todos!\u00bb<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de aquel d\u00eda tuvo Juan oportunidad de ver a sus propios amos temblando de miedo y al mulato Lorenzo rebozante de un j\u00fabilo agresivo y provocador. \u00abNo se imaginan estos mantuanos lo que les viene\u00bb, le oy\u00f3 decir. Y se hab\u00eda quedado all\u00ed, en la casa de la ciudad, como un conquistador, arrogante y euf\u00f3rico cual si todo el poder de aquel pueblo fuese propiedad suya, fuerza exclusiva de su pasi\u00f3n. Su presencia hab\u00eda venido a turbar la vieja paz arropada de sombras y desde entonces los hombres y las mujeres del patio vivie\u00adron sobresaltados por misteriosas inquietudes.<\/p>\n<p>Por el propio Lorenzo supo Juan que algunos blancos apoyaban las demandas del pueblo y que hab\u00edan ofrecido oro al Capit\u00e1n Le\u00f3n, pero al mismo tiempo le oy\u00f3 mofarse de ellos. No, eso no era bas\u00adtante. Hab\u00eda que degollarlos a todos.<\/p>\n<p>\u2014Pero, \u00bfdegollarlos por qu\u00e9? -le pregunt\u00f3 Juan espantado-. Y despu\u00e9s que los blancos est\u00e9n sin cabeza \u00bfqu\u00e9 van a hacer?<\/p>\n<p>\u2014Pues mataremos a los negros tambi\u00e9n. Y venderemos los cueros.<\/p>\n<p>S\u00ed, lo har\u00edan, porque si algo hay que odie un mulato en el mundo es a un negro. El atribulado Juan no se explicaba la causa, pero sab\u00eda que ello era as\u00ed y temblaba al o\u00edr la risa de Lorenzo. Y pensar que su hermana se dejaba sobar por el mulato como una despreciable coqueta. \u00bfPor qu\u00e9 era mulata su hermana si \u00e9l era negro? \u00bfDe d\u00f3nde le ven\u00eda aquel tinte violeta semejante al del cerro al atardecer y aque\u00adllas pupilas doradas?<\/p>\n<p>No era, sin embargo, Lorenzo el \u00fanico ser exasperado por el torrente que desatara el Capit\u00e1n Le\u00f3n sobre la ciudad, No eran sola\u00admente los mulatos, los tercerones y cuarterones siempre animados de demon\u00edacas ansias, sino hasta los calmosos isle\u00f1os que tra\u00edan de sus huertas de \u00d1araul\u00ed sus burros cargados de pollos y de legumbres. Algo muy hondo cambiaba en el esp\u00edritu de toda esa plebe multico\u00adlor, maloliente e inquieta que se ensuciaba en los corrales urbanos y fermentaba entre las moscas de la Plaza Mayor. El Capit\u00e1n Le\u00f3n, que era isle\u00f1o tambi\u00e9n, hab\u00eda regresado con sus hijos a sus tierras de Caucagua, los esclavos de las haciendas volvieron a los cacaotales de Capaya, Panaquire y Guatire, pero a pesar del esp\u00edritu conciliador del nuevo Gobernador, la agitaci\u00f3n subsist\u00eda. Caracas estaba estre\u00adnando miradas y palabras desconocidas, un fuego nuevo que cal\u00addeaba su alma y que no se apagar\u00eda ya m\u00e1s.<\/p>\n<p>Pero aquel fuego no hab\u00eda logrado penetrar en el coraz\u00f3n de Juan, cuyo horizonte sigui\u00f3 rigi\u00e9ndose desde el paralelo de su viejo n\u00edspero. En lo alto del muro continu\u00f3 \u00e9l pintando sus flores menuda\u00admente detalladas, p\u00e9talo por p\u00e9talo, hoja por hoja, espina por espina y las verdes praderas y los \u00e1rboles que se le antojaban seres de cabe\u00adllera s desmelenadas y los riachuelos que corr\u00edan por la tierra como las venas por el cuerpo de un gigante dormido.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>\u2014Oye, Lorenzo, no me pongas apodos. \u00bfPor qu\u00e9 me llamas Juan Soled\u00e1?<\/p>\n<p>\u2014Porque te me pareces mucho a la Virgen que est\u00e1 en San Francisco.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A la Virgen! \u00bfEn qu\u00e9 me parezco a la Virgen?<\/p>\n<p>\u2014Debe ser en lo bonito que eres o quiz\u00e1 por el color o porque te la pasas encaramao como un mono, all\u00e1 arriba.<\/p>\n<p>\u2014Yo s\u00e9 que soy feo pero no me meto con nadie.<\/p>\n<p>La verdad es que \u00e9l quisiera no serlo, pero \u00bfqu\u00e9 le importa a Lorenzo lo que \u00e9l siente por dentro? Al mulato le bastar\u00e1 saber que el sobrenombre le escuece por ir pregon\u00e1ndolo por todas partes y para hacer que todo el mundo, incluso su hermana y su abuela, aca\u00adben por llamarle Juan Soled\u00e1. Pero su abuela es tambi\u00e9n negra y qui\u00adz\u00e1 por esto es la \u00fanica que le comprende y le quiere. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda de \u00e9l -se pregunta Juan estremecido hasta los tu\u00e9tanos- si la vieja se le muriese y le dejara solo a merced de Lorenzo y de Florinda y de todos los mulatos llenos de odio?<\/p>\n<p>Su abuela ha envejecido all\u00ed y los tiesos ricitos de su cabeza se han puesto grises bajo el pa\u00f1uelo colorado como si sobre ella hubiesen llovido cenizas. Quiz\u00e1 por su edad, acaso por las oraciones que sabe para curar toda clase de da\u00f1os, los dem\u00e1s han aprendido a respetar\u00adla. As\u00ed cuando Juan pinta sus flores o talla con la navaja los marcos para sus tablillas, si\u00e9ntese confortado por una misteriosa sensaci\u00f3n de confianza, como si una invisible ra\u00edz de su ser bajara a lo largo de la tapia y se extendiera por el suelo hasta soldarse con la negra figura que cabecea al lado del surtidor, Su abuela ha sido la comadrona y la amortajadora de muchas generaciones de esclavos y hasta los amos la miran de un modo distinto porque a casi todos ellos los carg\u00f3 en sus brazos cuando todav\u00eda no sab\u00edan distinguir entre lo blanco y lo negro. Una de las se\u00f1oras, muerta hace muchos a\u00f1os, le regal\u00f3 el butac\u00f3n de cuero claveteado donde se sienta; otra le dio la alta cama de cedro tallado en la que duerme; otra, en fin, el atormentado Cru\u00adcifijo cuya amarillez parece sangrar en la galer\u00eda de las mujeres a la luz de las candelas de sebo. La se\u00f1ora actual, tan singular en sus maneras suele enviarle con Florinda ropas que ya no usa y que la anciana recose para repartirlas a su vez entre las otras siervas.<\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1ntos a\u00f1os cuenta su abuela? Ni los m\u00e1s viejos de los esclavos saben decirlo. Quiz\u00e1 sea inmortal como se cuenta de algunas aves. Lo cierto es que ella, que tantas cosas sabe, refiere de noche estremecedoras historias de aparecidos y diablos o melanc\u00f3licos recuer\u00addos de cuando los negros ten\u00edan sus reyes, sus pr\u00edncipes y sus obispos.<\/p>\n<p>\u2014Esto -dice- era cuando Mandinga andaba suelto por esos mun\u00addos. Pero a Mandinga lo rega\u00f1\u00f3 Dios porque estaba alzado en el cie\u00adlo y como no le hizo caso entonces Dios lo bot\u00f3 del cielo y los negros perdieron su poder sobre la tierra.<\/p>\n<p>Dios, el diablo, el cielo y el infierno&#8230; \u00bfC\u00f3mo compaginar estas cosas? Algunos dec\u00edan que su abuela era hechicera y hac\u00eda ensal\u00admos, pero \u00e9l no pod\u00eda creerlo pues todas las noches la ve\u00eda rezar arrodillada ante el Crucifijo.<\/p>\n<p>\u2014Pero, abuela -le pregunt\u00f3 otra vez- \u00bfqu\u00e9 culpa tienen los negros de lo que hiciera Mandinga en el cielo?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY yo qu\u00e9 s\u00e9? -fue la evasiva respuesta.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY los negros no volver\u00e1n a tener poder sobre la tierra?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 se yo, muchacho!<\/p>\n<p>\u2014Abuela -insisti\u00f3 Juan que era terco en sus ideas-; dicen que cuando la gente se muere unos van al cielo y otros al infierno. \u00bfEs verd\u00e1 eso?<\/p>\n<p>\u2014As\u00ed dicen&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY un negro puede ir al cielo o todos tenemos que ir al infierno?<\/p>\n<p>Toda la ternura de que era capaz el coraz\u00f3n de Juan Soled\u00e1 se volcaba as\u00ed en el halda de su abuela Jacinta. Sus manos acariciaban con levedad las temblorosas rodillas de la anciana y su cabeza des\u00adnuda descansaba all\u00ed hasta la hora de ir a dormir. Otras veces sus preguntas eran menos sombr\u00edas, pero no menos desconcertantes:<\/p>\n<p>\u2014Abuela, \u00bfpor qu\u00e9 si todo es tan lindo y tan alegre, la gente es tan triste? F\u00edjate, abuela, en el campo, en el r\u00edo y el cielo&#8230; Nada de eso es malo, \u00bfverd\u00e1? Uno se mete entre las matas, coge las frutas y se las come, se ba\u00f1a, camina y se siente contento; pero de pronto se encuentra uno con otra persona y en seguida le entra miedo de que le vaya a hacer alg\u00fan da\u00f1o. \u00bfPor qu\u00e9? F\u00edjate, por ejemplo, all\u00e1 dentro: todo es bonito y limpio y da gusto -la luz que se mete por las venta\u00adnas, las cortinas, los cuadros y ese olor de albahaca y de romero- pero llega el amo y en seguida toditos nos ponemos a temblar, hasta la misma se\u00f1ora que t\u00fa sabes como es. \u00bfPor qu\u00e9 tiene que ser as\u00ed, abuela?<\/p>\n<p>Los cuadros que viera en la sala de la mansi\u00f3n produc\u00edanle, en particular, hondas y torturantes cavilaciones. Eran sin duda hermo\u00adsos, algunos impresionantes, mas en el ambiente de todos ellos flo\u00adtaba una tristeza que oscurec\u00eda el valor de los m\u00e1s bellos colores. Im\u00e1genes atormentadas de santos, retratos de hombres y mujeres de rostros adustos, bocas endurecidas y ojos amenazadores, fondos l\u00fagubres donde la luz parec\u00eda martirizada por el contacto del rojo y el azul de los trajes. \u00bfPor qu\u00e9 los pintores no pintaban la alegr\u00eda del cielo, la luminosidad de los prados y el transparente color de las aguas al amanecer? Pero su abuela, que no comprend\u00eda estas cosas, sol\u00eda llamarle a la reflexi\u00f3n:<\/p>\n<p>-\u2014Juan Soled\u00e1, hijo, ya t\u00fa eres un hombre. Mira que por estar pen\u00adsando en esas cosas tan raras todos se fijan en ti y te ponen nombres. \u00bfQu\u00e9 har\u00edas, tu, mijito, si te llevaran para la hacienda y te pusieran a coger cacao o te embarcaran en uno de los botes del amo?<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>III<\/strong><\/p>\n<p>Naturalmente fue a su abuela a quien formul\u00f3 la pregunta: \u00bfpor qu\u00e9 le llamaba Lorenzo Juan Soled\u00e1? \u00bfCu\u00e1l era esa Virgen de San Francisco a la que le comparaba, por burla, el mulato?<\/p>\n<p>La anciaana refiri\u00f3 la historia. A\u00f1os atr\u00e1s existi\u00f3 una se\u00f1ora muy rica que pose\u00eda una gran hacienda de cacao a mil varas encima del mar, en la cumbre que mientan de Naiguat\u00e1. Como la dama era muy piadosa, su marido le ofreci\u00f3 regalarle una copia de la famosa Vir\u00adgen de la Soledad que se conservaba en Espa\u00f1a. Pero hete all\u00ed que cuando la imagen ven\u00eda en camino el nav\u00edo que la tra\u00eda naufrag\u00f3 en medio del mar y todo su cargamento se perdi\u00f3 entre las olas. Pasa\u00adron meses y un d\u00eda en que unos esclavos recorr\u00edan la playa, hallaron sobre la arena una gran caja de madera que ostentaba el nombre de su ama. Era la Virgen, la misma hermosa Virgen que tra\u00eda el nav\u00edo de Espa\u00f1a para la se\u00f1ora. \u00a1Milagro! exclam\u00f3 \u00e9sta transportada de gozo. \u00a1Milagro! \u00a1Milagro! repitieron a coro los siervos en el colmo de la ale\u00adgr\u00eda. \u00a1Milagro! \u00a1Milagro! \u00a1Milagro! resonaron los ecos a lo largo de las tierras y de las aguas. Desde entonces aquella Virgen, que era tan alta como una persona de carne y hueso, adquiri\u00f3 tanta fama que compiti\u00f3 con la propia patrona de la ciudad, Nuestra Se\u00f1ora de Copacabana. Otra noble dama le hizo la ofrenda de sus cabellos y el pueblo entero desfil\u00f3 ante Ella implorando su protecci\u00f3n: \u00abMadre de los dolores, Consuelo de los desamparados, cura nuestras dolencias y vela por las haciendas y por los buques que transportan el cacao para Espa\u00f1a\u00bb.<\/p>\n<p>Fue tal la impresi\u00f3n que el relato de la abuela produjo en Juan Soled\u00e1 que \u00e9ste quiso conocer por sus propios ojos a la magn\u00edfica imagen. Un d\u00eda de mandados, cuando el pueblo bull\u00eda bajo el sol en el fermentadero de la Plaza, meti\u00f3se \u00e9l en el templo y en medio de la penumbra vio temblar las lanzas de los velones, el rojo y el oro de los altares, ios santos, las flores y los chorrerones de cera que se adher\u00edan a los candelabros como una purulencia sagrada. \u00abSi hubie\u00adse una gran lluvia -pens\u00f3 mientras procuraba serenar su esp\u00edritu- y las aguas cubrieran los campos hasta tocar el cielo, todo se ver\u00eda as\u00ed como yo veo estas cosas: con esta misma quietud, en medio de este mismo silencio\u00bb. Y as\u00ed vieron sus ojos a la Virgen, inconfundible e imponente en su actitud de ruego, arrodillada en medio del terrible esplendor de las aguas divinas, con las manos entrelazadas y los ojos llorosos. Era grande y bella y su ropaje de terciopelo negro rode\u00e1ba\u00adla de una profunda severidad. En el pecho y en los amplios vuelos del manto, guirnaldas bordadas con hilo de oro formaban complica\u00addos ramajes. La toca blanca, de fin\u00edsimo encaje, acentuaba la palidez de aquel rostro surcado de l\u00e1grimas y sobre la cabeza, cubierta por el pesado capuz, una gran aureola dorada resplandec\u00eda corno un monstruo celeste, sol y luna a un tiempo, rematado en menudas estrellas. Alto, profuso, lleno de retorcidas volutas y sostenido por cuatro columnas barrocas, el retablo era tambi\u00e9n dorado y reluc\u00eda cual si en \u00e9l se concentrase toda la luz de los cirios y de las l\u00e1mparas.<\/p>\n<p>As\u00ed, dorados al fuego con laminilla, tallados como aquellos volup\u00adtuosos festones, hubiese deseado Juan los marcos de sus pinturas. Algo de esto hab\u00eda visto ya en sue\u00f1os. Y luego ese rostro blanco tor\u00adturado por el dolor, y esas manos entretejidas en la angustia de la plegar\u00eda. \u00bfA qui\u00e9n le recordaba esa cara? \u00bfA su ama quiz\u00e1? \u00a1Qui\u00e9n sabe! Su ama era bella pero en sus ojos, que a veces mostr\u00e1banse pensativos y so\u00f1adores, brillaba a veces una luz cruel y una dureza que daba miedo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pero, Se\u00f1or! \u00bfPor qu\u00e9 le llamaba Lorenzo Juan Soled\u00e1?<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>IV<\/strong><\/p>\n<p>Blanco como la leche de las vacas del amo, terso y jugoso como los p\u00e9talos de los jazmines, as\u00ed ser\u00eda el rostro que Juan Soled\u00e1 se pro\u00adpuso pintar despu\u00e9s de haber visto a la Virgen. Rodear\u00eda el cuadro de un marco de guirnaldas talladas por su propia mano y el sol apa\u00adrecer\u00eda en el fondo como una gran dalia encendida sobre la cabeza del ama, ba\u00f1ando de fuego su blancura impoluta. En contraste con la mantilla de punto negro las ramas de los granados mostrar\u00edan sus frutos como menudas l\u00e1mparas de cobre y en cada joya el reflejo de la luz recordar\u00eda el color de las pitahayas y los cundiamores de la sabana. Sin embargo, no comprend\u00eda \u00e9l mismo por qu\u00e9 pensaba en el ama si su idea era pintar a la Virgen ni por qu\u00e9 quer\u00eda pintar a la Virgen si tanto le mortificaban las burlas del mulato Lorenzo. Todas estas cavilaciones desazonaban su esp\u00edritu y hubo un momento en que su coraz\u00f3n fue mordido por una llama de rebeld\u00eda. \u00ab\u00a1Y bien! -gri\u00adt\u00f3 una voz col\u00e9rica en su interior- \u00bfqu\u00e9 pasar\u00eda, pobre diablo, si pin\u00adtaras una Virgen negra?\u00bb Pero \u00a1no! Desvariaba. Una Virgen negra ser\u00eda una sola mancha tenebrosa a cuyos lados la dalia y los granados evo\u00adcar\u00edan el h\u00f3rrido colorido de aquel infierno donde Dios arroj\u00f3 a Mandinga, en castigo de su soberbia. La pintar\u00eda blanca, porque no pod\u00eda ser de otro modo, porque Dios en su infinita sabidur\u00eda dispuso que todo lo bello, todo lo luminoso fuese blanco, y dio a los negros bastante resignaci\u00f3n para no molestarse por ello.<\/p>\n<p>Muy temprano ten\u00eda que levantarse ahora todos los d\u00edas para ira pintar donde Lorenzo no pudiera espiarle. Escondido entre los \u00e1rbo\u00adles de la quebrada, arrullada por el crujir de los bamb\u00faes y por la serena voz del agua, ve\u00eda surgir al conjuro de su memoria la majes\u00adtuosa figura orante, su solemne veste negra con los bordados de oro, la c\u00e1ndida toca de encajes y la aureola de rayos lunares; y su tosco pincel temblaba de emoci\u00f3n, al redondear las piedras de colores que tanto le fascinaban: los rub\u00edes, los topacios, las esmeraldas y las amatistas incrustados en el coraz\u00f3n de las peque\u00f1as estrellas. El rostro no era todav\u00eda sino una nebulosa ideal, una mancha lechosa en cuya coloraci\u00f3n invirti\u00f3 largos d\u00edas de ensayos. Los ojos, la nariz y la boca quedar\u00edan para el final, cuando de su coraz\u00f3n desapareciera la duda que lo intimidaba y que se aferraba a su cerebro entre angus\u00adtiosos interrogantes: \u00ab\u00bfA qui\u00e9n quiero pintar en realidad, a la Virgen o a la se\u00f1ora?\u00bb<\/p>\n<p>Pero a pesar de sus precauciones, no pudo evitar que Lorenzo descubriera su secreto. Un d\u00eda, cuando regresaba de la quebrada con su tablilla y sus pinceles, se lo encontr\u00f3 en medio del camino saltando como un demonio colorado.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Aj\u00e1! Ya s\u00e9 que est\u00e1s pintando a la Virgen. D\u00e9jame verla.<\/p>\n<p>Tuvo que correr como un chivo por entre el monte para evitar que aquel diablo le diera alcance, y por la noche, cuando oy\u00f3 cantar a los otros siervos, supo que le hab\u00edan inventado unos versos:<\/p>\n<p><em>Juan Soled\u00e1 <\/em><\/p>\n<p><em>cabeza de clavo <\/em><\/p>\n<p><em>bemba color\u00e1.<\/em><\/p>\n<p>Pero as\u00ed y todo, estaba contento. M\u00e1s a\u00fan, sent\u00edase gozoso. Que su negra mano hubiese podido plasmar la opulenta imagen, la negra mantilla sobre el claro fondo de la ma\u00f1ana y aquellos dedos rosa* dos, finos y entrecruzados, cuyas u\u00f1as brillaban como peque\u00f1os diamantes. El paisaje, pensaba entonces, con su fertilidad, es bueno para traducir la alegr\u00eda de un coraz\u00f3n sin zozobras y de un esp\u00edritu sin preguntas torturadoras; pero para expresar el dolor, la angustia y la soledad hay que dirigir la mirada a los humanos. Qu\u00edz\u00e1s as\u00ed se ex* plicara por qu\u00e9 entre los muchos cuadros de la mansi\u00f3n de ios amos no hubiese visto \u00e9l un solo paisaje, sino ojos severos, duros, interro\u00adgantes, y manos, numerosas manos blancas que hablaban un miste\u00adrioso lenguaje, unas quietas y tristes como palomas heridas, fornidas y rudas otras, como gavilanes en acecho.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>V<\/strong><\/p>\n<p>Aquella tarde se hallaba barriendo all\u00e1 dentro, envuelto en el pol\u00advo que brotaba de las alfombras, cuando oy\u00f3 una voz de mujer que pronunciaba su nombre.<\/p>\n<p>\u2014Juan Soledad, me ha contado Florinda que est\u00e1s pintando a la Virgen. \u00bfCu\u00e1ndo me muestras tu cuadro?<\/p>\n<p>Era el ama que en ese momento, al despertar de la \u00abesta, vest\u00eda una amplia bata de seda azul con cintas y encajes y llevaba la cabe\u00adllera suelta a la espalda. As\u00ed, sin ali\u00f1os m embozos, aparec\u00eda ante \u00e9l como milagro de la luz de la tarde.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQuieres pintarme a m\u00ed?<\/p>\n<p>Juan Soledad qued\u00f3 confundido, la escoba entre las mano \u00a0tem\u00adblorosas y los dientes descubiertos por una blanca brecha de miedo: \u00ab\u00bfC\u00f3mo debo responderle? \u00bb, pregunt\u00f3se su coraz\u00f3n poblado siempre de interrogaciones. \u00abCon toda el alma\u00bb. Pero el gozoso pavor que le embargaba no dej\u00f3 salir las palabras a trav\u00e9s de sus labios.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs que te parezco fea, Juan Soledad?<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Por Dios, mi ama!-, le hubiese gritado entonces, cayendo a sus pies de rodillas. Pero apenas logr\u00f3 balancear la cabeza.<\/p>\n<p>\u2014Ma\u00f1ana, cuando vuelvas \u2014le orden\u00f3 entonces la dama\u2014 tr\u00e1eme tu cuadro para verlo. \u2014Y se perdi\u00f3 en los corredores, envuelta en el halo de oro que le formaba el sol de la tarde.<\/p>\n<p>Juan sali\u00f3 corriendo de all\u00ed y fue a hundir su cuerpo en el pozo m\u00e1s hondo de la quebrada, donde ce\u00f1ido por los c\u00edrculos del agua se convenci\u00f3 de que sus miembros eran fuertes y el\u00e1sticos y que su coraz\u00f3n palpitaba como cuando o\u00eda en la penumbra del pat\u00edo los cuentos de pr\u00edncipes que le contaba su abuela. Pero aquella misma noche, al reclinar su cabeza en las rodillas de la anciana, \u00e9sta le dijo muy quedamente:<\/p>\n<p>\u2014Ten cuidado, Juan Soied\u00e1: m\u00edrale el pellejo y no te olvides de que ellos son blancos y se entienden.<\/p>\n<p>\u00a1El pellejo! Siempre la misma obsesi\u00f3n, la misma palabra hiriente como espada en pu\u00f1o de blanco. \u00bfY lo de adentro, lo que est\u00e1 detr\u00e1s dei pellejo, no vale nada? \u00a1Bah! No har\u00eda caso. Su coraz\u00f3n estaba henchido por un ansia febril que le estremec\u00eda la impaciencia. Echa\u00addo en su cobija, los pu\u00f1os bajo la mica, aquella noche cont\u00f3 las ho\u00adras en el reloj del mochuelo y en la diana del gallo. Y a la ma\u00f1ana siguiente, cuando el sol galopaba en lo ateo dd d\u00e9lo, corri\u00f3 a mos\u00adtrar su cuadro a la se\u00f1ora. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda de su vida si ella se lo devolvie\u00adra con un moh\u00edn de desprecio? Pero no, lejos de eso los ojos de la dama se iluminaron:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfLo has pintado t\u00fa mismo, Juan Soledad? Pero \u00bfpor qu\u00e9 no le pintas la cara? \u00bfY esa mantilla de punto? La Virgen no tiene mantilla, sino manto. \u00bfQuieres ponerle mi cara?<\/p>\n<p>\u00a1Su cara! \u00a1Dios poderoso! \u00bfC\u00f3mo har\u00eda \u00e9l, m\u00edsera larva del arte, para aprisionar la cambiante luz de aquellas pupilas y la sonrisa de aquella boca que a veces era dulce como un panal y amarga a veces y amarilla como la flor de la retama?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs que no te atreves? -le pregunt\u00f3 ella- \u00bfo que no te nace pin\u00adtarme?<\/p>\n<p>Entonces el coraz\u00f3n de Juan se desbord\u00f3 colmado por el torrente de la ansiedad:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY si no me sale, mi ama? \u00bfY s\u00ed me sale fea?<\/p>\n<p>\u2014No tengas miedo: ensayaremos primero.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>VI<\/strong><\/p>\n<p>Esto que le ocurre a Juan Soled\u00e1 es como un sue\u00f1o largo y hechi\u00adzado. Por los mediod\u00edas, apenas la sombra de los mangos comienza a caer sobre los volados balcones de la mansi\u00f3n, traspone \u00e9l el jar\u00add\u00edn y penetra en su nuevo mundo de luces maravillosas. Sentada en una silla de alto y recto respaldo, la dama deja resbalar la cascada de sus cabellos y se envuelve en ellos como la Virgen en su capuz. Y \u00e9l, fascinado por su belleza, paladea el misterio de la blancura.<\/p>\n<p>Ambos guardan largos silencios, pero el ama suele romperlo a ve\u00adces con algunas palabras que suenan en los o\u00eddos de Juan como las campanillas de las iglesias. \u00a1Y qu\u00e9 rara es el ama! A poco de estar all\u00ed le ha hecho quitarse la blusa. \u00bfSer\u00e1 que le gusta verle el color?<\/p>\n<p>Pero de repente la impaciencia se vuelve amargura en el alma de Juan Soled\u00e1. Ya no viene por las noches a recostar su cabeza en las rodillas de su abuela y sus labios de ciruela no formulan las ingenuas preguntas de antes. Algo terrible, algo que quiere guardar en su co\u00adraz\u00f3n, debe haber descubierto en el universo donde acaba de entrar.<\/p>\n<p>Y una noche en que la anciana se encuentra sola en la galer\u00eda, acostada en su gran cama de cedro, se presenta \u00e9l y se arroja a su lado. La negra mano de la vieja se posa sobre su cabeza.<\/p>\n<p>\u2014Ya sab\u00eda yo que algo te estaba pasando. \u00bfNo te lo dec\u00eda, Juan Soled\u00e1?<\/p>\n<p>\u2014Pero, \u00bfpor qu\u00e9 es as\u00ed, abuela? Yo cre\u00eda que era santa c\u00f3mala Virgen,<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 te ha hecho?<\/p>\n<p>\u2014No la comprendo: unas veces me pasa la mano por el cuerpo, como t\u00fa, con cari\u00f1o; otras, me pega con su l\u00e1tigo de cuero. Mira c\u00f3mo me ha puesto.<\/p>\n<p>R\u00e1pidamente se despoja de la blusa de lienzo y muestra a su abuela los cardenales que cruzan como guirnaldas sus espaldas y sus brazos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Cielo bendito! -exclama la andana-. Es mala, yo lo sab\u00eda. \u00a1Nunca ha rezado junto con sus esclavos como hac\u00edan su abuela y su madre! \u00a1Qu\u00e9 mala hora, Juan Soled\u00e1!<\/p>\n<p>Inesperadamente, una de aquellas tardes lleg\u00f3 Florinda corrien\u00addo y jadeando:<\/p>\n<p>\u2014No vayas; te manda a decir ella que no vayas porque el amo acaba de llegar de la hacienda.<\/p>\n<p>\u00a1El amo! Viejo d\u00e9spota de bigotes hirsutos que podr\u00eda ser el padre de la se\u00f1ora y que s\u00f3lo sabe del oro lo que le cuentan sus peluconas. \u00a1Qu\u00e9 mala hora! Ya no podr\u00e1 verla sino desde el patio de los escla\u00advos, cuando el viejo terrible consienta en acompa\u00f1arla al balc\u00f3n. Los negros y los mulatos se reir\u00e1n de \u00e9l, los d\u00edas se volver\u00e1n oscuros y como ya el mirador del n\u00edspero no tiene secretos que confiarle, su alma vagar\u00e1 por entre las sombras, perseguida por la imagen blanca de la se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Y ahora es Lorenzo quien hace brincar en el patio la pelotita de aquellos versos:<\/p>\n<p>Juan Soled\u00e1 cabeza de clavo bemba colora.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no haces tus pinceles con pelo de gato? -le pregunta Lorenzo.<\/p>\n<p>\u2014Mejor es que me dejes tranquilo -le previene Juan Soled\u00e1.<\/p>\n<p>\u2014Los pelos de gato dan suerte -insiste el otro- y t\u00fa vas a tener que andar muchas leguas si quieres acabar de pintarle la cara a tu blanca.<\/p>\n<p>\u00bfAndar muchas leguas? \u00bfQu\u00e9 quiere decir el condenado mulato? Antes que Lorenzo pueda evitarlos, los enormes brazos de Juan se alargan hacia \u00e9l y le aprietan el pescuezo con ambas manos.<\/p>\n<p>\u00a1Y \u00e9l que cre\u00eda aquellos dedos s\u00f3lo capaces de mover los pinceles!<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Su\u00e9ltame!<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Expl\u00edcate!<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, pero afl\u00f3jame que me ahogas.<\/p>\n<p>\u00bfEs que no se ha enterado de que el amo se lleva a la se\u00f1ora a la hacienda porque las cosas se van a poner feas en la ciudad? \u00bfNo sabe acaso que ha llegado un nuevo Gobernador y que est\u00e1n poniendo presas a muchas personas por el mismo asunto del Capit\u00e1n Le\u00f3n? No, Juan no lo sabe ni le importa. \u00a1El Capit\u00e1n Le\u00f3n! \u00a1Los blancos! \u00a1La Patria! \u00bfQu\u00e9 es la Patria? \u00bfUna Virgen, una canci\u00f3n, el paisaje del cie\u00adlo y los \u00e1rboles y los r\u00edos, o quiz\u00e1 los verdugones que ha dejado en sus espaldas el l\u00e1tigo de la se\u00f1ora?<\/p>\n<p>-\u2014Yo me voy \u2014le confiesa Lorenzo, rencoroso y burl\u00f3n-. Me voy con los hombres, porque aqu\u00ed no van a quedar m\u00e1s que las mujeres.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTe vas para d\u00f3nde?<\/p>\n<p>\u2014Para donde est\u00e1 la gente del Capit\u00e1n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo queda la hacienda por esos lados?<\/p>\n<p>\u2014Por all\u00e1 queda; \u00bfpero a ti qu\u00e9 te importa?<\/p>\n<p>De madrugada, a la hora en que Venus hace sus gui\u00f1os m\u00e1s ruti\u00adlantes, desliz\u00f3se Juan Soled\u00e1 en la galer\u00eda de las mujeres. Unas dor\u00adm\u00edan en el duro suelo, sobre mantas ra\u00eddas, otras en desvencijadas yacijas. Flotaba un olor de cubil, de mugre exasperada y de exudciones sexuales. Algunas de las que tres a\u00f1os antes eran esmirriadas chiquillas, secas y negras como chamizas vivientes, mostraban ahora bajo el resplandor de las velas, sus sazonadas turgencias, estremeci\u00addas por el clamor de la sangre. Alg\u00fan seno descubierto en el aban\u00addono del sue\u00f1o record\u00f3 al intruso el color y la redondez de los n\u00edsperos. \u00bfSobre cu\u00e1l de estos cuerpos iba a arrojarse su virilidad ar\u00adqueada por el deseo?<\/p>\n<p>Casi en el fondo, adosado a la pared y alto como un trono, esfu\u00adm\u00e1base el lecho de la abuela Jacinta, y a un lado de \u00e9l, por la cabece\u00adra, temblaban las llamitas iluminando el l\u00edvido Crucifijo. Junto al lecho det\u00favose Juan y su cuerpo inclin\u00f3se hasta rozar la piel de la vieja. Entonces se oy\u00f3 la voz de \u00e9sta:<\/p>\n<p>\u2014 Te vi desde que entraste. Cre\u00ed que ven\u00edas a otra cosa.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfA otra cosa?<\/p>\n<p>La anciana sonri\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed. \u00bfNo te gusta ninguna de \u00e9sas?<\/p>\n<p>Al ver sus dientes relucientes en la oscuridad y al contemplar su brazo extendido hacia las otras mujeres, Juan se llen\u00f3 de confusi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014 No, abuela: vengo para que me bendigas.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfPara que te bendiga? \u00bfQu\u00e9 piensas hacer?<\/p>\n<p>\u2014 No me preguntes; bend\u00edceme.<\/p>\n<p>\u2014 C\u00famplase la voluntad del cielo. Que el Se\u00f1or y la Virgen te fa\u00advorezcan, Juan Soled\u00e1.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>VII<\/strong><\/p>\n<p>La campana mayor de la iglesia tiene voz de matrona y las almas se acurrucan bajo sus alas como pollada aterida. Los negros han de\u00adjado de cantar en la penumbra del patio porque el terror se cierne sobre ellos con la fiereza invisible que tienen los castigos de Dios y del Rey. Ahora elevan al cielo las chamuscadas ramas de sus brazos e imploran: \u201cSe\u00f1or, api\u00e1date de nuestros amos y devu\u00e9lvenoslos in\u00adtactos para que no nos falte la luz en medio de las tinieblas\u201d. Tam\u00adbi\u00e9n la vieja Jacinta ruega por Juan Soled\u00e1 que se ha ido no se sabe a d\u00f3nde, empujado por un ciego delirio: \u201cMisericordia, Se\u00f1or, piedad por los inocentes que no han matado ni robado ni dicho mentiras\u201d.<\/p>\n<p>Nada queda de \u00e9l en este que fue el mundo multicolor de su in\u00adfancia y su adolescencia, el universo de sus sue\u00f1os inofensivos. Las \u00faltimas lluvias borraron las huellas de sus pies en la tierra de la que\u00adbrada y ya no se oyen aquellas preguntas suyas sobre lo blanco y lo negro, sobre el cielo y el infierno que su abuela contestaba con eva\u00adsivas. Sabe Dios por cu\u00e1les caminos se arrastrar\u00e1 a estas horas su angustia.<\/p>\n<p>P\u00e9ndulo que oscila entre la duda y la desesperanza, el coraz\u00f3n de la vieja Jacinta cuenta los d\u00edas, las semanas y los meses hasta que una tarde alguien le trae la noticia de que han hecho prisioneros al Capi\u00adt\u00e1n Le\u00f3n y a cuantos le acompa\u00f1aban y que el se\u00f1or Gobernador va a hacer con ellos un singular escarmiento. Nadie viene en su auxilio, ninguna voz se eleva en su defensa y todos aquellos se\u00f1ores mantuanos que le ofrecieron ayuda cuando le vieron rodeado de sus nueve mil campesinos, ahora se comportan cual si jam\u00e1s hubiesen o\u00eddo su nombre.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 vamos a hacer nosotras, abuela Jacinta? -pregunta Florinda, que piensa en Lorenzo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 podemos hacer?<\/p>\n<p>Sin embargo, salen a la ciudad Tanto tiempo hace que la anciana no abandona su patio, que ya no recuerda las calles ni las esquinas. Hay edificios nuevos que la deslumbran por su grandeza. Bestias realengas pululan en el arroyo y hediondas charcas obligan al viandante a marchar con precauci\u00f3n. Pero el pueblo ha crecido y los mu\u00adlatos y los mestizos se multiplican como bachacos. \u00a1Qu\u00e9 profunda es la voz de las campanas cuando tocan por los difuntos!<\/p>\n<p>Aqu\u00ed, en el barrio de la Candelaria, uno de los m\u00e1s poblados de la ciudad, es donde viven los isle\u00f1os, gentes fuertes y sobrias que culti\u00advan la tierra como negros de piel blanca y ojos&#8217; azules. Com\u00fanmente hay gran actividad en la Plaza, pero ahora todas las puertas est\u00e1n cerradas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 tristes son las puertas cerradas, abuela! -reflexiona Florinda.<\/p>\n<p>Frente a la iglesia parroquial, donde se alzara hasta entonces la vi\u00advienda de Juan Francisco Le\u00f3n, s\u00f3lo se ve un cuadril\u00e1tero cubierto de polvorientos escombros. All\u00ed est\u00e1n sepultados para siempre los mejores recuerdos de su vida, de algo m\u00e1s que su vida, el amor de su hogar. La sal que el Gobernador ha hecho regar sobre los escombros y que simboliza la justicia del Rey, es blanca y se desl\u00ede como el pus sobre la carne de la tierra.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA d\u00f3nde vamos a ir ahora? -se preguntan las dos mujeres. \u00bfA qui\u00e9n acudir con la congoja que las agobia? Ya han visto cuanto po\u00add\u00edan ver y o\u00eddo cuanto pod\u00edan o\u00edr. En este momento aparece en la puerta del templo la figura de un sacerdote y hacia \u00e9l se dirigen re\u00adsueltamente.<\/p>\n<p>\u2014Bend\u00edganos, Padre&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Idos! \u00bfQu\u00e9 hac\u00e9is solas por aqu\u00ed a estas horas?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPodr\u00eda decirnos su merced qu\u00e9 van a hacer con el Capit\u00e1n Le\u00f3n?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara qu\u00e9 quer\u00e9is saberlo? Lo mandan preso para Espa\u00f1a.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY con los negros, Padre?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1les negros?<\/p>\n<p>\u2014Los que acompa\u00f1aban al Capit\u00e1n.<\/p>\n<p>\u2014A esos les van a cortar las cabezas. Las clavar\u00e1n en picotas en los caminos para que sirvan de ejemplo a los rebeldes.<\/p>\n<p>\u2014Dios se lo pague, Padre.<\/p>\n<p>Las dos se arrodillan y besan la mano al cura. Luego se alejan. Os\u00adcurece r\u00e1pidamente. Un fr\u00edo cortante acuchilla las carnes, pero la vieja Jacinta no lo siente porque est\u00e1 pensando en Juan Soled\u00e1 y re\u00adcordando los versos que le inventaron los negros y los mulatos del patio:<\/p>\n<p><em>Juan Soled\u00e1 <\/em><\/p>\n<p><em>cabeza de clavo <\/em><\/p>\n<p><em>bemba colar\u00e1<\/em><\/p>\n<p>Pronto han hecho el camino de regreso. Florinda abre el portillo guarnecido de hierro y las dos se disponen a entrar cuando la sUueta de un hombre les cierra el paso.<\/p>\n<p>\u2014Jes\u00fas! \u2014exclama la vieja, asustada.<\/p>\n<p>\u2014Juan Soled\u00e1! -grita la nieta con las pupilas radiantes-. \u00bfD\u00f3nde dejaste a Lorenzo?<\/p>\n<p>\u2014Yo no iba con \u00e9l \u2014responde la voz de Juan Soled\u00e1-. Yo iba solo.<\/p>\n<p>Ahora est\u00e1n todos en la galer\u00eda de las mujeres, sentados en el bor\u00adde de la gran cama, y la abuela contempla con fijeza el Crucifijo que sangra a la luz de las velas. Florinda llora en silencio. De pronto la voz de Juan Soled\u00e1 abre una herida en el pecho de la noche y se pone a rodar como sangre caliente:<\/p>\n<p>\u2014Yo nunca habla caminado tanto, abuela. No conoc\u00eda nada de eso, pero me parec\u00eda que lo hubiera visto toda mi vida. Los caminos son claros, pero est\u00e1n solos y tristes. Hay sangre en las ra\u00edces de las matas y en las orillas de los r\u00edos. Yo camin\u00e9 de noche y de d\u00eda, por entre el monte, sin saber a d\u00f3nde iba. Com\u00eda frutas como los p\u00e1jaros y beb\u00eda el agua de las quebradas. Hay frutas que parecen corazones, como las pitahayas, y para cogerlas tiene uno que hincarse las ma\u00adnos con las espinas. Tumb\u00e9 un coco y cuando me puse a comerlo me pareci\u00f3 que era la carne de un blanco&#8230; Pero, abuela, mientras m\u00e1s caminaba m\u00e1s me convenc\u00eda de que no iba a ninguna parte, y de que si alg\u00fan d\u00eda llegaba no iba a poder pintarle la cara blanca. \u00bfY qu\u00e9 crees t\u00fa que o\u00ed una noche, abuela, debajo de una gran mata? Una voz negra que me dec\u00eda: \u00abNo te sale, Juan Soled\u00e1: no te sale, no te sale\u00bb. Entonces me devolv\u00ed.<\/p>\n<p>Como en las noches de los cuentos tranquilos, la mano de la abuela se posa sobre la lanuda cabeza del nieto y su palabra se vuel\u00adve tierna como un arrullo:<\/p>\n<p>\u2014No pienses m\u00e1s ahora. Acu\u00e9state y duerme: ma\u00f1ana ser\u00e1 otro d\u00eda.<\/p>\n<p>Y mientras la amarillenta luz de las velas hace danzar las som\u00adbras del aposento, afuera se vuelve a o\u00edr el canto gutural de los sier\u00advos a d\u00fao con el viento que mece los \u00e1rboles. Uaaah&#8230;Uuuuh&#8230; Oooohh&#8230;<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ramon-diaz-sanchez-2\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez I Si le hubiesen preguntado qu\u00e9 extra\u00f1o placer hallaba en pasarse las horas en lo alto de aquella tapia, escondido entre las ramas del viejo n\u00edspero, se habr\u00eda limitado a sonre\u00edr con sus gruesos labios de cirue\u00adla y sus blanqu\u00edsimos dientes de carnicero. \u2014\u00a1Ah negro flojo y lamb\u00edo! 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