{"id":5540,"date":"2022-08-03T00:37:47","date_gmt":"2022-08-03T00:37:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5540"},"modified":"2023-11-24T18:28:01","modified_gmt":"2023-11-24T18:28:01","slug":"dos-cuentos-de-antonio-arraiz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-antonio-arraiz\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Antonio Arr\u00e1iz"},"content":{"rendered":"<h3><strong>No son blancas las Bejarano<\/strong><\/h3>\n<p>Aquellos que hayan conocido la placidez de una de estas siestas de Caracas, en que el esp\u00edritu de \u00e9pocas anta\u00f1onas parece revivir, recordar\u00e1n sin duda, escuchado desde el fondo de un patio donde adormece el espeso follaje de los mangos, este grito que resuena por la calle:<\/p>\n<p>\u2014La torta Bejarana. \u00a1Va la torta Bejarana!<\/p>\n<p>Es el preg\u00f3n de un vendedor ambulante cargado de un azafate, donde se alinean trocitos cuadrados de un pastel oscuro, como el color de las mujeres trigue\u00f1as, salpicados de part\u00edculas blancas de ajonjol\u00ed, y dan de s\u00ed un aroma tibio, apetitoso, que arrebata nuestras sibar\u00edticas predilecciones de ni\u00f1os grandes.<\/p>\n<p>Lo que pocos saben es que hace ciento cincuenta a\u00f1os, cuando Caracas era apenas una poblaci\u00f3n de treinta mil almas, este mismo grito ya era escuchado en el mismo tono, y aplicado al mismo objeto, por caballeros de almidonada golilla, de casaca y de polvos de rap\u00e9, entre los cuales suscitaba maliciosos comentarios.<\/p>\n<p>El nombre de Bejarano, tan consecuentemente relacionado a la confitura que se ha consustanciado con ella, perdiendo, por decirlo as\u00ed, su Categor\u00eda civil y humana de apellido, era, en un principio, el de una honesta familia de mulatas que se dedicaban en aquellos tiempos a la confecci\u00f3n de toda suerte de golosinas. Ya entonces era ampliamente conocido por la ciudadan\u00eda de la capital. Y hasta ocurrieron d\u00edas en que las j\u00f3venes se\u00f1oritas de familias principales se sonre\u00edan, al o\u00edrlo, ocultando el rostro tras el abanico; las damas oto\u00f1ales lo glosaban a sabor entre sorbos de mistela y elogios al \u00faltimo serm\u00f3n del se\u00f1or cura; las comadres de nariz insidiosa lo destrozaban al encontrarse unas a otras, viniendo de San Mauricio o de la Candelaria; y en la Plaza Mayor, alternando con regateos y discusiones, mezclado a nombre de ali\u00f1os, de granos y vituallas, el nombre de las Bejarano florec\u00eda en los labios encarnados de las maritornes, envuelto en sabrosas cuchufletas.<\/p>\n<p>Las Bejarano estaban de moda. Desde el estrado del se\u00f1or Capit\u00e1n General, donde se baila cotill\u00f3n a la luz de buj\u00edas perfumadas, hasta el \u00faltimo taller del \u00faltimo barbero donde (privilegio eterno de todos los barberos en todas las \u00e9pocas y de todas las jerarqu\u00edas) d\u00e1base pase, visto bueno y refrendado al bolet\u00edn de chismes del d\u00eda; desde el oratorio penumbroso que re\u00fane a la mantuana familia a la hora del rosario, hasta la bodega de la alcabala donde entra a refrescarse el pe\u00f3n que parte v\u00eda del Tuy, v\u00eda de Aragua o v\u00eda del mar: donde quiera resonaba el apellido de las Bejarano, y donde quiera despertaba en la imaginaci\u00f3n un reflejo de humorada y el recuerdo de alg\u00fan chiste de buena ley.<\/p>\n<p>Las Bejarano eran tres, y todas tres guapas, mozas y simp\u00e1ticas, que era una bendici\u00f3n del Se\u00f1or. Personas de color, ciertamente; pero a fe que la blanca m\u00e1s presumida y remilgada diera con placer, all\u00e1, muy en sus adentros, tantos papelotes in\u00fatiles, tantas ejecutorias de limpieza de sangre como dorm\u00edan el sue\u00f1o de la decrepitud en el cofre del abuelo, por s\u00f3lo un adarme de la gracia desbordante, del donaire, del gentil garbo de que hac\u00edan derroche las requete-mon\u00edsimas morenas. Ojos m\u00e1s negros que el cabello: cabello m\u00e1s negro que los ojos. Una chispa de alegre crueldad en las pupilas. Un moh\u00edn de petulante alegr\u00eda en la naricilla respingada. La cintura, un anillo; la boca, un bot\u00f3n; el busto, la victoria de Pav\u00eda.<\/p>\n<p>Hay ni\u00f1as cuyos rostros son como magnolias estremecidas a la brisa; yo enloquezco por un semblante as\u00ed. \u00a1Pero estas trigue\u00f1as! \u00a1Estas trigue\u00f1as&#8230;! Que las blancas me perdonen. Ignoro qu\u00e9 feliz acierto de alquimia logr\u00f3 encerrar en ellas la sal de los patios sevillanos dentro de tierra de \u00e1nfora vern\u00e1cula, en tal manera que no va en detrimento el tipo de gracia de la andaluza por la molicie sensual de la africana, ni esa especie de melanc\u00f3lica dejadez de la india. Hablan, y son un chisporroteo de agudezas; r\u00eden, y son un torrente de luz; callan, y los p\u00e1rpados entornados sobre los ojos nocturnos insin\u00faan letales maleficios. El paisaje tropical las rodea como un marco mandado a hacer para ellas. Se mecen en la hamaca con una cadencia de liturgia.<\/p>\n<p>Morenas como \u00e9stas eran las Bejarano. J\u00f3venes, activas, emprendedoras. De sus manos habilidosas sal\u00eda la reposter\u00eda que surt\u00eda entonces toda Caracas. Si una torta de colosales dimensiones adornaba la mesa del Alcalde, de donde las Bejarano ven\u00eda; y de donde las Bejarano la chucher\u00eda barata cuyo destino humilde, pero generoso, era deleitarse en la boca sucia de un galop\u00edn.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A menudo he advertido la falta que hace una bien documentada monograf\u00eda acerca de las confituras que hicieron las delicias de nuestros sabios antepasados. A materias m\u00e1s f\u00fatiles han dedicado cerebros entecos fastidios\u00edsimas disertaciones.<\/p>\n<p>Todo era motivo, todo era objeto, todo era materia de dulces en aquella edad prudente y magn\u00edfica. Los higos, los membrillos, las lechosas, las pi\u00f1as, las redondas toronjas, los duraznos de femenina pelusilla, la infinita variedad de las frutas de la zona t\u00f3rrida, andaban por ah\u00ed complaciendo labios de damiselas exquisitas y relamiendo hocicos de d\u00f3mines panzudos; y ya circulaban azucaradas y abrillantadas, desecadas, ya en forma de cristalinos alm\u00edbares, de breves bocadillos, de olorosas mermeladas, de s\u00f3lidas conservas, de jaleas que eran como.la gula hecha carne. La harina de trigo, la masa del ma\u00edz tierno, la f\u00e9cula de cereales ricos de opulentos vegetales, convert\u00edanse, con el concurso pr\u00f3vido de la miel, de las especies, de la sart\u00e9n y del horno, en bu\u00f1uelos, churros, acemitas, pandehornos, tunjas, panetelas, roscas, tartas, tortas, torradas y torrijas.<\/p>\n<p>Los az\u00facares, las melazas, las almendras, las nueces, los man\u00edes, combin\u00e1banse, triturados, machacados, amasados o en picadillos, y se ofrec\u00edan al capricho del goloso como turrones, mazapanes, alfe\u00f1iques, alfondoques, melcochas, caramelos, como esos cristalizados papeloncitos purga-a-gota donde parece haberse decantado la esencia de una empalagosa melifluidad. Hab\u00eda suspiros y merengues, tenues, Como la caricia de una mano amada, y quesadillas, pesadas, como un pu\u00f1etazo asestado a nuestro vientre pecador.<\/p>\n<p>Hab\u00eda natillas, espumillas, y batidillas, en las que se adivinaba la labor de unos dedos trasl\u00facidos de monja. Hab\u00eda arroz con leche, tan cl\u00e1sico como el Arcipreste de Hita, y el arroz con coco, tan criollo como Santa Rosa de Lima. Hab\u00eda bollos gruesos y sustanciosos; quesillos aristocr\u00e1ticos, perfumados con un elegante h\u00e1lito frutal; ponqu\u00e9s op\u00edparos, compendios, ellos solos, de un banquete; temblorosas, t\u00edmidas gelatinas; valientes, heroicas mazamorras; melindres diminutos; enormes manjaretes; bizcochuelos ahogados en co\u00f1ac O moscatel; pasteles de hojaldre de telillas, tan fr\u00e1giles y tan adorables como una doncellez. Hab\u00eda cremas nupciales y jubilosas, y delicadas, p\u00e1lidas y enfermizas; polvorosas, almidoncitos que congestionan la boca por su amenazadora atomicidad; huecas que se diluyen, se anonadan, se desvanecen. Los confites y pirul\u00edes iban a llevar a los confines, a los pliegues del paladar, su microsc\u00f3pica nota de olor y de sabor; y el huevo chimbo pasaba, espeso, redondo, nutritivo, sabroso, disparo certero al coraz\u00f3n de la glotoner\u00eda.<\/p>\n<p>Algunos conservaban su viejo mote castizo de allende el oc\u00e9ano, de cuando vinieron con la adarga y el arcabuz del conquistador; y se llamaba alfajor, alcorza, alaj\u00fa. Otros adquir\u00edan carta de ind\u00edgena nacionalidad, como el tequiche, el gofio y la naiboa. Unos ten\u00edan nombres floridos, historiables, nombres empapados en el mosto de la leyenda y de la tradici\u00f3n: tales el p\u00edo-quinto, el juan-sabroso, la mar\u00eda-luisa. Otros, apelativos gr\u00e1ficos, de descriptiva sugesti\u00f3n: bienmesabe, ahogagato, relleno, guargitero, padre-de-familia. Otros, en fin, remoquetes socarrones, bautismos tabernarios, t\u00e9rminos de embarazosa menci\u00f3n: golfiados, pavos, pelotas, yemitas, etc.<\/p>\n<p>Las Bejarano eran maestras en el arte de todas esas reposter\u00edas, y de otras muchas cuyos sabores, cuyas recetas, cuyos nombres mismos se han perdido entre la copia de las cosas perdidas. Tambi\u00e9n en esto de golosinear estamos en plena decadencia. Hace ciento cincuenta a\u00f1os daban la pauta en la materia vientres suculentos, vientres exigentes, vientres reposados, profundamente sabios vientres de can\u00f3nigos y de prebendados; \u00bfc\u00f3mo competir con ellos con nuestros pobres est\u00f3magos disp\u00e9pticos, estragados por las prisas de una vida febril y las tabletas de la aspirina Bayer?<\/p>\n<p>Las Bejarano eran maestras en ese arte divino que se extingue. De la Metr\u00f3poli, en grandes toneles, en obesas barricas, en inmensos pipotes, en envases especiales, herm\u00e9ticamente cerrados, que se llamaban bocoyes, importaban directamente (tanta era as\u00ed la importancia de su comercio) Flor de fin\u00edsimas harinas, trigos candeales, salvados, pasas de M\u00e1laga, uvas de Almer\u00eda, avellanas de Tarragona, almendras de Alicante: todo lo que necesitaban para su industria y no hab\u00eda a mano en la Capitan\u00eda.<\/p>\n<p>Y sucedi\u00f3 que en cierta ocasi\u00f3n, al abrir uno de aquellos bien sellados bocoyes, grande fue la estupefacci\u00f3n de las mulatas al comprobar que no ven\u00eda harina ni sustancia alimenticia alguna, sino telas y tejidos.<\/p>\n<p>Magdalena, Eduvigis y Bel\u00e9n comenzaron a extraer, con ese febril inter\u00e9s que arrastra su sexo hacia los trapos, sedas, terciopelos, batistas, opales, alemaniscos, cambrayes. El oro, la plata, la pasamaner\u00eda fina, brillaban que era un holgorio de los ojos. Las manos tr\u00e9mulas solaz\u00e1banse al hundirse en aquellos g\u00e9neros suaves y exquisitos, dignos de princesas por su hermosura y de hadas por su preciosidad. A veces el brazo izaba con esfuerzo un pa\u00f1o pesado y fastuoso, sobrecargado de bordados, de aplicaciones, de arrequives y alamares: era quiz\u00e1s una dalm\u00e1tica, un damasco, un grueso brocatel. En otras revolaba como una golondrina, entre mercer\u00edas ligeras, como las concepciones m\u00e1s deliciosas de una imaginaci\u00f3n femenil: tules, gasas, puntos, rasos, encajes, blondas, cintas. Los bocoyes encerraban un tesoro fabuloso.<\/p>\n<p>Las Bejarano corrieron donde el intendente de la compa\u00f1\u00eda, por cuyo conducto vinieran los envases<\/p>\n<p>\u2014Nada tenemos que ver con eso \u2014contest\u00f3 el buen se\u00f1or, aterrorizado\u2014. No podemos responder del contenido de los bultos que se nos conf\u00eden. Sellados los recibimos, sellados los hemos entregado: all\u00e1 vosotras, si en ellos os vienen harinas, telas o esti\u00e9rcol. Escribid, es lo mejor, a los embarcadores de la mercanc\u00eda.<\/p>\n<p>Las Bejarano siguieron sus indicaciones, pero el \u00e9xito no fue mayor: tambi\u00e9n los remitentes declinaron la responsabilidad en el cambio o sustituci\u00f3n de los objetos.<\/p>\n<p>\u2014Os hemos despachado harina \u2014aseguraban en un p\u00e1rrafo de su carta\u2014. No es culpa nuestra si por alguna confusi\u00f3n ocurrida en el tr\u00e1nsito hab\u00e9is recibido otros envases de los que os destinamos. Esto no obstante, si ocurriere reclamo de alg\u00fan otro cliente que aclare el punto, os lo participaremos sin tardanza para la debida restituci\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero no ocurri\u00f3 reclamo alguno, los remitentes protestaban de su inocencia, los navieros insist\u00edan en su ignorancia total, y las mulatas no ten\u00edan carta a qu\u00e9 atenerse. Eso de introducir riqu\u00edsimos tejidos en bocoyes cerrados so capa de harina y a espaldas, por consiguiente, del Rey Nuestro Se\u00f1or, no era negocio muy transparente que digamos. De un contrabando se trataba, a no dudarlo. \u00bfDe qui\u00e9n? \u00a1Qu\u00e9 inocentada! Ya pod\u00edan esperar que el candidato se delatase reclamando, en aquellos tiempos tan quisquillosos en asuntos de comercio y de embarques de mercanc\u00edas. Por eso, pero sobre todo porque desconoc\u00edan el valor de las telas, los se\u00f1ores de la compa\u00f1\u00eda prefer\u00edan dejar las mercader\u00edas en manos de las Bejarano, y que el caso no trascendiese mucho.<\/p>\n<p>Las cuales, preciso es confesarlo, tampoco se sent\u00edan muy a sus anchas con aquel tesoro que del cielo les llov\u00eda. Hasta el supremo recurso del confesionario las llevaron sus cavilaciones.<\/p>\n<p>\u2014Esos bienes no son de la compa\u00f1\u00eda que os los remiti\u00f3, porque ella os enviaba harina y lo que en los bocoyes vino fueron telas: adem\u00e1s, la harina, la hab\u00edais pagado, y, harina o tela, cualquier cosa que os mandaron, dejaron de ser suyas apenas las pagasteis \u2014les explic\u00f3 el confesor, un padre capuchino que se destacaba por la lucidez de sus razonamientos escol\u00e1sticos\u2014. No son tampoco de la compa\u00f1\u00eda embarcadora puesto que ella no tiene otro car\u00e1cter que el de meros conductores, sin incumbencia alguna con respecto a la esencia de sus cargamentos. No son vuestros, porque no los hab\u00e9is adquirido. No son de nadie, porque todo el mundo los reh\u00fasa. Pertenecen, pues, a la categor\u00eda de bienes bald\u00edos o mostrencos que Dios, en su infinita sabidur\u00eda, otorga al primero que los descubre o desemboza. Vosotras los descubristeis: vuestros son. Aceptad: los como dones del Alt\u00edsimo, y solazaos con ellos, hijas m\u00edas, como os plazca.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de un minuto, agreg\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Pero no estar\u00eda bien que fueseis indignas de la merced que os ha hecho. Mostraos agradecidas, ofreciendo algunas donaciones a nuestro glorioso patriarca San Sinforoso, que yo me encargar\u00e9 de presentarle en vuestro nombre.<\/p>\n<p>Las Bejarano descargaron sus escr\u00fapulos de conciencia con algunos exvotos escogidos entre las telas que por su \u00edndole, exclusivamente eclesi\u00e1stica, eran menos f\u00e1ciles de realizar: reservaron otras adecuadas a sus galas y atav\u00edos, y, ni cortas ni perezosas, comenzaron a convertir el resto en relucientes peluconas, en flamantes doblones, en escudos impecables, en Onzas sonoras como carcajadas juveniles.<\/p>\n<p>Poderoso caballero es Don Dinero. Las mulatas se transformaron por obra y gracia de la imprevista riqueza: dir\u00edase las tres campanas de la iglesia parroquial, echadas al vuelo el s\u00e1bado de gloria, despu\u00e9s de la dura mudez de los d\u00edas de pasi\u00f3n. Comenzaron por trasladar sus cuarteles a un barrio c\u00e9ntrico, donde echaron la casa por la ventana. Cortinas en las puertas, alfombras en el piso, muebles de caoba, por donde quiera el b\u00facaro de flores, la alegre maceta de claveles, el cuadrito que representaba a Don Juan de Austria con galgos y con una mano en la cadera. Montaron su tren de criadas, pajes y servidores, sobre quien descargaron el peso de las faenas manuales, reserv\u00e1ndose la mera direcci\u00f3n de la labor: con lo que, sin desmerecer en la excelencia ni en el cr\u00e9dito de sus productos, tuvieron vagar para m\u00e1s livianos ejercicios, propios de su sexo, edad y buen parecer.<\/p>\n<p>Puli\u00e9ronse las manos; retoc\u00e1ronse los detalles ricos en gracia de sus rostros; aderez\u00e1ronse, asumiendo humos de se\u00f1oritas bien nacidas. Se las vio (grave delito) usar abanico y mant\u00f3n largo cuando iban a la iglesia. Las gentes afirmaban que se embellec\u00edan con ciertos ingredientes secretos en que eran tan duchas como en lo de elaborar pasteles.<\/p>\n<p>No fueron de esperarse los resultados. Una nube de pretendientes ycortejadores envolvi\u00f3 a las Bejarano, y principi\u00f3 a asistir a las fiestas, tertulias y paseos a la luz de la luna, que de continuo organizaban. Cierto notado leguleyo, secretario de no s\u00e9 yo qu\u00e9 h\u00fameda escriban\u00eda, cansado tal vez de manosear mugrientos expedientes, dio por hacerle la rueda a Eduvigis. Tras Magdalena p\u00fasose en movimiento, bien pertrechado de galanteos, requerimientos de amor, y aun s\u00f3lidas promesas matrimoniales, un guapo oficial de milicianos, reci\u00e9n llegado de sus Islas, quien (se lamentaban las comadres) era para poner m\u00e1s arriba sus aspiraciones. \u00a1Y aqu\u00ed ardi\u00f3 Troya! El menor de los ocho hijos de uno de los se\u00f1ores del Cabildo pareci\u00f3 de pronto perdidamente enamorado de Bel\u00e9n, la menor y m\u00e1s linda de las tres Bejarano, y no puso recato en sus inconvenientes demostraciones.<\/p>\n<p>Era el tiempo de las castas puntillosamente delimitadas, de los orgullos, de las susceptibilidades, de los rancios prejuicios de clase. \u00a1Estaban tan separados, en lo moral como en lo civil, en lo material como en lo econ\u00f3mico, unas y otras categor\u00edas de personas, unos y otros matices en el color, unos y otros grados de espesor en el cabello o de altura en el empeine, como los tonos del arco iris que se juntan, pero no se confunden! Hab\u00eda blancos peninsulares, blancos criollos, indios, negros, mulatos, mestizos, zambos, cuarterones y quinterones. Cada quien estaba encasillado en su respectiva jurisdicci\u00f3n desde que nac\u00eda: y ay de \u00e9l si intentaba violentar la sagrada estabilidad de la sociedad.<\/p>\n<p>La ascensi\u00f3n de las Bejarano provoc\u00f3 la consternaci\u00f3n caraque\u00f1a. Todo el mundo se hizo eco del asunto, ora atacando con ensa\u00f1amiento, ora defendiendo con hero\u00edsmo. Menudearon hablillas, chismes, intrigas. La madre del descarriado hidalg\u00fcelo, noble matrona muy pagada de sus pergaminos, llam\u00f3 al orden al hijo; rebel\u00f3se este, lagrime\u00f3 aquella; empec\u00ednabase el mozo en su porf\u00eda. La do\u00f1a fue donde el se\u00f1or Edil. Amenazas de una parte; protestas de emancipaci\u00f3n de la otra. Padre e hijo estuvieron en un tris de andarse a gre\u00f1as. Hubo consejo de familia; se temi\u00f3 por la salud del buen nombre, por el honor del apellido. Y llevando como portavoz a un padre ofendido en su m\u00e1s religiosa vanidad, la cuesti\u00f3n Bejarano fue planteada en plena sesi\u00f3n del Ilustre Cabildo Municipal.<\/p>\n<p>Existe el acta de la sesi\u00f3n (yo no la he le\u00eddo, pero otros, m\u00e1s diligentes que yo, puede que den con ella), donde se resume el debate y la ordenanza a que dio lugar; la cual concluye en sustancia que \u201clas Bejarano no son blancas, como es p\u00fablico y notorio por la extracci\u00f3n de su linaje, por no tener casa y solar conocidos y, sobre todo, por un cierto y distinto color oscuro (nuestras cr\u00f3nicas modernas hubiesen dicho yodado) francamente sospechoso, y por lo tanto, no siendo blancas las Bejarano, no pueden llevar manto largo (llam\u00e1base mantuanas a las arist\u00f3cratas, porque el uso de esta prenda les estaba exclusivamente reservado), ni abanico, ni escolta de paje, como es prerrogativa de se\u00f1oras principales\u201d.<\/p>\n<p>\u00a1Mala la hubisteis, franchutes! \u00a1No contaban con la h\u00faespeda los caballeros del Cabildo! Pues si la c\u00f3lera de un viejo, si se punza su inflada vanidad, es comparable a la de un hurac\u00e1n, la soberbia de una mujer, cuando se le hiere en su amor propio, no cede en fuerza a un terremoto.<\/p>\n<p>Las tres muchachas se sintieron ultrajadas; requirieron sus armas (gracia, riqueza, talento: las ten\u00edan todas), recogieron el guante, y se propusieron demostrar a los se\u00f1ores Ediles que tres mujeres bonitas y decididas valen, y valdr\u00e1n siempre, m\u00e1s que tres docenas de viejos calvos y presumidos, por mucho que sean el poder, el dinero, la influencia y la respetabilidad que estos tengan.<\/p>\n<p>Consultaron abogados, compraron procuradores, alquilaron r\u00e1bulas; hici\u00e9ronse de una hueste de licenciados, escribanos y memorialistas, que se teji\u00f3 desde la convulsionada tierra de la Capitan\u00eda General hasta la remota preponderancia de la propia Espa\u00f1a; gestionaron, diligenciaron; promovieron instancias, solicitudes, quejas, querellas, demandas, peticiones. Y de tal modo se agitaron, y, m\u00e1s que nada, supieron derrochar pr\u00f3diga y oportunamente las peluconas del contrabando, que sus vocecitas de mulatas salerosas se hicieron o\u00edr nada menos que de los seren\u00edsimos o\u00eddos de Su Majestad, el Rey de Espa\u00f1a.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed el mandato que obtuvieron:<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">\u201cEL REY<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">(gracias al sacar)<\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Por cto. de parte de ntras. leales i fieles s\u00fabditas: Magdalena, Eduvigis y Bel\u00e9n Bejarano, vecinas de la Villa de Sgo. de Le\u00f3n de Caracas de la Capna. Gal. de Venezuela en ntros. dominios de Indias y Tierra l&#8217;irme, Nos fue hecha relaci\u00f3n de los incidentes ocurridos entre las dichas ntras. fieles s\u00fabditas i el Muy Ilustre Cabildo Municipal de la citada Villa de Stgo. de Le\u00f3n, Nos pidiendo y suplicando qe. Nos sirvi\u00e9ramos dar orden de esclarecmto. i comprobaci\u00f3n de su limpieza de sangre; por cto. de los testamntos. de gentes honestas y dignas de Ntra. fe qe. a la citada relaci\u00f3n se acompa\u00f1an se pone de evidencia qe. las dichas Bejarano son fieles s\u00fabditas de Nos i personas de buen pasar; it. m\u00e1s, que si su cutis presenta cierto ligero color oscuro es efecto del sol de aquellas t\u00f3rridas regiones, y no otra cosa. Visto lo qual. Cn. el voto de ntro. Consejo hemos venido en dar como as\u00ed damos este Mandato por el qual ordenamos sean tenidas por blancas las citadas Magdalena, Bel\u00e9n i Eduvigis Bejarano; como as\u00ed ordenamos tambi\u00e9n a ntros. Cabildos, Intendencias i dem\u00e1s gobernaciones de las Indias i de qualquier otra regi\u00f3n donde quieran hacerlo valer, guardar i cumplir este Mandato i lo en \u00e9l contenido. Fecha en Valladolid, a &#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Yoy el Rey<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Por mandato del Rey Ntro. S\u00f1r.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">Xavier de Olacoechea\u201d.<\/p>\n<p>\u00a1Felices tiempos, \u00e9pocas felices aquellas en las que un simple decreto del Soberano, bastaba para elucidar de una vez por siempre, cualquier duda escabrosa acerca de nuestra entidad racial! Unas cuantas plumadas que una mano augusta, no muy versada en sutilezas de ortograf\u00eda, trazara al azar sobre un papel amarillento que hab\u00edan extendido en su carpeta: e invalidados, borrados, extirpados para siempre, enmienda hecha a la naturaleza descuidada, quedaban el defectillo desesperante, el color un si es no es demasiado acentuado, la desverg\u00fcenza de unos labios gruesos o de una nariz ancha que se empe\u00f1an en delatar qui\u00e9n sabe qu\u00e9 remotas taras Familiares; la rebelde aspereza de un cabello d\u00edscolo; o la tendencia m\u00e1s o menos hotentote, m\u00e1s o menos congolesa, de una contextura f\u00edsica que nos vuelve hacia abuelos de quienes quisi\u00e9ramos huir. \u00a1Cu\u00e1ntos habremos que dar\u00edamos cualquier cosa por tener Mandatos de Reyes (gracias al sacar) en esta \u00e9poca moderna!<\/p>\n<p>\u00a1Blancas las Bejarano! El documento con la firma y el Sello de S. M. fue celebrado en Caracas con fiestas rumbosas, como s\u00f3lo las alegres mulatas sab\u00edan organizar. En adelante, ya no era m\u00e1s ir a San Mauricio, el rostro bajo y cohibido, tanto por ocultar la humillaci\u00f3n como por evitar los baches del suelo enlodado: sino ir a la Catedral o a la Trinidad, la faz alta, el continente soberbio, los rojos labios fruncidos con insolente desd\u00e9n, y el largo manto, y el abanico negro de encajes que acaricia la tersura del escote, y el paje manumiso, gordito, sonriente, lustroso como un \u00e9bano, cargado del breviario y del reclinatorio, tras el taconeo armonioso de los breves pies.<\/p>\n<p>\u00a1Blancas las Bejarano! La nueva cay\u00f3 en el seno del Honorable Cuerpo como un borracho que entra a caballo en un templo y profiere espantosas blasfemias en el punto de alzar. Los se\u00f1ores Ediles saltaron de sus butacas forradas en cuero negro o en rojo <em>utrecht<\/em>, y pusieron el grito en el cielo. \u00a1Blancas esas zangarillejas que, porque se encontraban de buenas a primeras en posesi\u00f3n de cuatro reales podridos, cre\u00edan tener cogido al Eterno por las barbas!<\/p>\n<p>La orgullos\u00edsima oligarqu\u00eda criolla, quien, por detr\u00e1s del aparente r\u00e9gimen pol\u00edtico, era la que verdaderamente dominaba en la Capitan\u00eda durante los postreros a\u00f1os de la Colonia, no se avino a sufrir semejante vergonzosa derrota, as\u00ed viniese de las propias manos se\u00f1oriales del Monarca.<\/p>\n<p>Consentir en reconocerlas oficialmente como tales, acatar la voluntad real en cuanto al orden jur\u00eddico, bueno estaba; pero de ah\u00ed, a concederles las estimaciones, las preeminencias, las consideraciones puramente sociales que a sus semejantes tributaban, hab\u00eda un abismo. Nunca, como a partir de entonces, fueron con m\u00e1s sa\u00f1a hostilizadas y combatidas las ambiciones mulatas; nunca fue m\u00e1s cruenta, m\u00e1s encarnizada, m\u00e1s agria la oposici\u00f3n que se les hizo. Ni una casa de familia que se tuviese en algo abri\u00f3 sus puertas a las nuevas ricas: ni una vieja matrona empingorotada alleg\u00f3se a alternar con ellas; ni uno solo de aquellos hidalgos se dign\u00f3 ni siquiera saludarlas a su paso; y jam\u00e1s en su San Mauricio mal oliente, se sintieron tan dolorosamente vejadas las pobres mozas como cuando, su certificado de blancas en el arca y su disfraz de blancas en la indumentaria, advert\u00edan el huir, el esquivarlas de la concurrencia selecta de la Trinidad, el desd\u00e9n, el vac\u00edo en su torno: su triste aislamiento de apestadas.<\/p>\n<p>El asunto tom\u00f3 proporciones de contienda civil. La inquina se hizo aguda como una ponzo\u00f1a virulenta. Repiti\u00e9ronse los rozamientos, las rencillas, los incidentes desagradables. Acalor\u00e1banse otra vez los \u00e1nimos en enconadas discusiones, y (los consecutivos sucesos de buena fortuna quiz\u00e1s hab\u00edan calentado demasiado el mag\u00edn de las mulatas) las Bejarano emprendieron una nueva cruzada de gestiones rabulescas, hasta llegar segunda vez (\u00a1ins\u00f3lita suerte!) al Rey de Espa\u00f1a, solicitando ahora nada menos que el t\u00edtulo de Do\u00f1as, con el cual pensaban darle en cara a la arrogancia de sus adversarios.<\/p>\n<p>Pero esta ocasi\u00f3n el Cabildo, aleccionado por su experiencia anterior, no se qued\u00f3 dormido; emprendi\u00f3 por su lado diligencias e instancias no menos numerosas; hasta es posible que haya enviado cerca de la Corte a un comisionado especial (acerca de este punto hay discrepancia entre los historiadores). O bien puede ser que, quiz\u00e1s, el providente Rey, ya en autos de todo el proceso, quisiera poner t\u00e9rmino a la discordia y evitar a su muy querida Villa de Santiago de Le\u00f3n ulteriores inquietudes.<\/p>\n<p>Lo cierto es que cuando, algunos meses despu\u00e9s, regres\u00f3 el procurador de las Bejarano, recibieron un nuevo Mandato las mulatas, y al abrirlo leyeron que, despu\u00e9s de negarles de un modo rotundo el privilegio de ponerse Do\u00f1as, terminaba el Monarca advirtiendo que \u201cqe. el cutis de las Bejarano ofrece un color oscuro producido quiz\u00e1s por el sol de esas t\u00f3rridas regiones; i que en consecuencia, a pesar de ser blancas por ser tenidas por blancas por mandato de Su Majestad, no son blancas las Bejarano\u201d.<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<h3><strong>Oswaldo<\/strong><\/h3>\n<p>El aspecto exterior de la casa era sencillo: una de esas casitas in\u00adcoloras que nada dicen con sus fachadas insignificantes, pero que, sin embargo, dejan en el \u00e1nimo una difusa desconfianza, como si resbalase por ellas la expresi\u00f3n oblicua de un rostro hip\u00f3crita. Nos repugna pensar que nuestra propia casa, tan ensamblada a nuestro amor familiar, pueda ser para otros una casa como esas, y que na\u00addie la pueda presumir jam\u00e1s dura, fr\u00eda y adversa: tal como se pre\u00adsentaba aquella casa mediocre, aquella tarde de lluvia, a la pobre mujer.<\/p>\n<p>Sali\u00f3 a abrirle una se\u00f1orita delgada, poco menos que alta; el ca\u00adbello recogido en mo\u00f1os, mediante tiritas de papel, y las consumi\u00addas mejillas, donde un largo uso de cosm\u00e9ticos acribillaba la tez, cubiertas con la capa de colorete. Vest\u00eda un traje claro e introduc\u00eda los pies sin medias en zapatos de lona, de los que se usan para ju\u00adgar al tenis.<\/p>\n<p>\u2014Me han informado que solicitaban ustedes una sirvienta de adentro \u2014expuso aqu\u00e9lla, sin atreverse a alzar los ojos de las ma\u00adnos de su interlocutora, ocupadas en darles lustre a las u\u00f1as.<\/p>\n<p>\u2014Sirvienta de adentro, no \u2014explic\u00f3 \u00e9sta\u2014. Necesitamos una co\u00adcinera.<\/p>\n<p>\u2014Tambi\u00e9n sirve. Conozco el oficio. He estado trabajando de coci\u00adnera varias veces \u2014adujo la mujer\u2014, y fortaleci\u00f3 sus palabras con una sonrisa servil.<\/p>\n<p>Oswaldo la tom\u00f3 en brazos\u2026<\/p>\n<p>La joven guard\u00f3 breves minutos de silencio, durante los cuales sus pupilas vivas, agudas, animadas de una expresi\u00f3n inquietante, oscilaron entre la criada y un ni\u00f1o que, agarrado a sus faldas, chu\u00adpaba eruditamente un caramelo. Ella era regordeta, mofletuda, de nariz lustrosa, labios gruesos y siglos de vejamen sobre los ojos tristes: y chocaba desconcertadamente el enorme contraste que formaba con su abdomen adiposo y sucio el ni\u00f1o a su vera: un ni\u00ad\u00f1o blanco, rubio, ufano, robusto y gentil; un ni\u00f1o como una nube en el sol.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEse muchacho, es suyo?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed se\u00f1ora \u2014murmur\u00f3 la mujer, y en su desastrada penuria pare\u00adci\u00f3 avergonzarse de tener un hijo tan hermoso.<\/p>\n<p>\u2014D\u00e9jeme llamar a la se\u00f1ora \u2014dijo la del rostro pintado, despu\u00e9s de un minuto de vacilaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Cerr\u00f3 las puertas sobre las narices de la solicitante y se alej\u00f3 ha\u00adcia el interior de la casa gritando: \u201c\u00a1Matilde! \u00a1Matilde!\u201d, sin dejar por ello de frotarse las u\u00f1as.<\/p>\n<p>Matilde, la se\u00f1ora de la casa, era m\u00e1s joven o quiz\u00e1 m\u00e1s vieja que su hermana. Su rostro pretend\u00eda a\u00fan ser lozano; pero en su cuerpo, flojo y desma\u00f1ado, declarado ya en derrota, la rutina ani\u00adquiladora de la vida dom\u00e9stica proclamaba victorias contunden\u00adtes. Acudi\u00f3 sec\u00e1ndose las manos en una toalla, y despu\u00e9s de de\u00adjarla entrar y hacerla sentarse, abord\u00f3 a la criada en esta forma: \u2014\u00bfUsted, c\u00f3mo se llama?<\/p>\n<p>\u2014Manuela Blanco, para servirla.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSolicita servir de cocinera?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSabe usted cocinar?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEn qu\u00e9 casa ha servido usted? \u00bfTrae recomendaciones?, etc.<\/p>\n<p>El prolijo, vulgar, enfadoso interrogatorio prosigui\u00f3 largo rato. En ninguna ocasi\u00f3n se desnuda m\u00e1s el conjunto de s\u00f3rdidas ruin\u00addades de que est\u00e1 tejido el existir cotidiano como en estos parla\u00admentos entre la se\u00f1ora y la criada, entre el patr\u00f3n y el obrero, entre el que tiene y el que necesita: este interrogatorio maloliente a cebollas, a mezquinas tr\u00e1calas y a menudas chapucer\u00edas, como un contar de centavos negros sobre la pringajosa mesa de un tabu\u00adco.<\/p>\n<p>\u2014Ocho pesos mensuales. No pago m\u00e1s. Si te conviene, para que te quedes de una vez \u2014concluy\u00f3 la primera.<\/p>\n<p>Manuela reflexion\u00f3; de pronto, recuerdos angustiosos hicieron palidecer su rostro, las manos torpes temblaron sobre el saquito, donde s\u00f3lo guardaba ya un pa\u00f1uelo sucio, y se precipit\u00f3 a contes\u00adtar:<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Semejante prisa molest\u00f3 a Matilde. Le fastidiaba haber en\u00adcontrado tan escasa resistencia de parte de la criada. \u201cSe hubiera transado por menos\u201d, medit\u00f3, e involuntariamente sus miradas indecisas se volvieron a la hermana que reclinada en la pared, asis\u00adt\u00eda con los brazos cruzados a la conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ocho pesos! \u00a1Ocho pesos mensuales! \u00bfEstas loca? \u2014interpela\u00adba sin despegar los labios apretados, sin alzar los ojos zumbones que afectaban indiferencia.<\/p>\n<p>La se\u00f1ora qued\u00f3 silenciosa. Buscaba un pretexto, una sutileza cualquiera para escaparse a la palabra empe\u00f1ada, para dominar una situaci\u00f3n ventajosa frente a Manuela. La lluvia continuaba ca\u00adyendo: era llovizna fr\u00eda e impalpable: briznas de hilo. No se sabr\u00eda afirmar si, en efecto, era que ca\u00eda o bien que, por el contrario as\u00adcend\u00eda al cielo, e inspiraba en quienes la observaban un distra\u00eddo rencor, un violento deseo de serle hostil a alguien y de gritar grose\u00adr\u00edas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs hijo suyo? \u2014pregunt\u00f3 Matilde, se\u00f1alando al ni\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 edad tiene?<\/p>\n<p>\u2014Dos a\u00f1os, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u00a1Dos a\u00f1os! \u00a1Dos a\u00f1os solamente! Armando, su hijo, frisaba ya en los tres y era, sin duda, mucho m\u00e1s enteco. De s\u00fabito, la madre, celosa, concibi\u00f3 un odio feroz contra el ni\u00f1o ajeno. Incli\u00adn\u00f3se hacia delante, examin\u00f3lo con atenci\u00f3n y no se sinti\u00f3 contenta hasta no descubrirle en la nariz, cerca de la mejilla derecha, una peque\u00f1a excoriaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Sarna, sarpullido, acn\u00e9, lechina, sarampi\u00f3n, viruelas, lepra ju\u00addaica, males siniestros y espeluznantes bailaron ante su gozosa imaginaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 tiene aqu\u00ed? \u00bfC\u00f3mo que est\u00e1 enfermo?<\/p>\n<p>Estupefacta, Manuela intent\u00f3 hallar una significaci\u00f3n extra\u00f1a en tan peregrina pregunta. Su hijo estaba bien robusto, y bien ro\u00adsado para que nadie osara suponerlo enfermo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEnfermo? No se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u2014Y eso, \u00bfqu\u00e9 es?<\/p>\n<p>Su dedo triunfador indicaba con delirante excitaci\u00f3n la cicatriz. Manuela se tranquiliz\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah! \u2014suspir\u00f3\u2014. Un rasgu\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfUn rasgu\u00f1o? \u00bfEst\u00e1s segura?<\/p>\n<p>\u2014C\u00f3mo no. se\u00f1ora. Se lo hizo antier con un pedazo de hojalata.<\/p>\n<p>Matilde enmudeci\u00f3, rabiosa. El ni\u00f1o grave, majestuoso, fuerte bello, como un h\u00e9roe chorreando de caramelo, acomodado en el sof\u00e1 como quien se sienta en un trono, clavaba en ellas sus ojos l\u00edmpidos e imp\u00e1vidos; luego los desvi\u00f3 hacia la lluvia, llena de desd\u00e9n por las cosas humanas.<\/p>\n<p>En cambio, Oswaldo recogi\u00f3 una mu\u00f1eca; una m\u00edsera mu\u00ad\u00f1eca de tela y aserr\u00edn\u2026<\/p>\n<p>\u2014Adem\u00e1s, est\u00e1 muy barrig\u00f3n \u2014insisti\u00f3 la se\u00f1ora con feroci\u00addad\u2014. \u00bfNo te parece, Rosa Amparo?<\/p>\n<p>\u2014Muy barrig\u00f3n \u2014apoy\u00f3 la hermana desde el muro\u2014, y adem\u00e1s bastante paliducho. Puede tener lombrices.<\/p>\n<p>\u2014Debe tener lombrices \u2014repiti\u00f3 Matilde como un eco.<\/p>\n<p>La madre callaba, lacerada en su m\u00e1s vivo amor propio. El ni\u00f1o irradiaba sangre y salud desvergonzadas por todos sus poros.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oh, seguramente que s\u00ed! \u2014prosigui\u00f3 la se\u00f1ora\u2014. Ese ni\u00f1o tiene lombrices. Me atrever\u00eda a apostarlo. \u00bfNo le has dado ning\u00fan verm\u00edfugo?<\/p>\n<p>\u2014No, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Es una falta grave. Con los ni\u00f1os no se puede uno descuidar ni un momento. Hay que estar siempre sobre aviso. Debes darle un verm\u00edfugo a tu muchacho.<\/p>\n<p>Descargaba ahora su odio y su rencor a trav\u00e9s de aquella nueva actitud de caridad que le devolv\u00eda la conciencia de su superiori\u00addad.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1ora \u2014murmuraba, d\u00f3cilmente, la mujer.<\/p>\n<p>Un ruido interior vino a interrumpirlas: muebles, que chocan o vajilla que se rompe.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Armando! \u00a1Armando! \u2014exclam\u00f3 Matilde, y dirigi\u00e9ndose a su hermana\u2014: Anda a ver, Rosa Amparo, anda a ver qu\u00e9 diabluras est\u00e1 haciendo ese muchacho.<\/p>\n<p>Rosa Amparo corri\u00f3; la criada y el ni\u00f1o rubio, inm\u00f3viles, no de\u00adc\u00edan una palabra. La se\u00f1ora se ruboriz\u00f3 con una nueva oleada de rencor: el incidente la rebajaba otra vez. Reanud\u00f3 en\u00e9rgicamente su negociaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Pues, como usted comprender\u00e1 Manuela, esta circunstancia de su ni\u00f1o\u2026<\/p>\n<p>No pudo continuar. Rosa Amparo regresaba trayendo de la ma\u00adno una alima\u00f1a enclenque, macilenta, espinosa y arisca como un manojo de sarmientos: era lo que por eufemismo llamaban Ar\u00admando en la casa.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tres copas! Tres copas del servicio nuevo que acaba de comprar Joaqu\u00edn \u2014Ven\u00eda chisporroteando\u2014trataba de encaramarse en la alacena para alcanzar la jalea\u2026 \u2014y encar\u00e1ndosele al chiquillo\u2014: A ver si te est\u00e1s quieto ahora. Si\u00e9ntate ah\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014No lo rega\u00f1es \u2014advirti\u00f3 molesta la madre\u2014-.Ya lo arreglar\u00e1 Joa\u00adqu\u00edn. Esas son travesuras propias de su edad.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Yo quiero jalea! \u2014clamaba en su media lengua Armando. \u2014-\u00a1Qu\u00e9 ni\u00f1o tan lindo! \u00bfEs suyo se\u00f1ora? insinu\u00f3 t\u00edmidamente Manuela, a trav\u00e9s de su pobre costumbre de inclinarse y adular; pero de repente, se detuvo, cortada, al notar el fruncimiento de ce\u00adjas de Matilde.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed \u2014respondi\u00f3 \u00e9sta con sequedad.<\/p>\n<p>Lejos de agradarle la lisonja en la boca de la criada, le pareci\u00f3 frescura, y sobre todo, inoportuna. En general, las personas no pueden tolerar lecciones de cortes\u00eda de aquellos a quienes juzgan inferiores.<\/p>\n<p>\u2014Tres copas del servicio nuevo. Como siga as\u00ed, ese mocoso va a arruinar la casa \u2014prosigui\u00f3 Rosa Amparo, complaci\u00e9ndose en ver palidecer a Matilde ante la sirvienta.<\/p>\n<p>La se\u00f1ora la cort\u00f3 para reanudar el hilo de su perorata:<\/p>\n<p>\u2014Como usted comprender\u00e1, esta circunstancia de su hijo viene a alterar completamente lo convenido. Presumo que usted pensaba tenerle aqu\u00ed a su lado; pero tengo que advertirla que en esta forma no puedo aceptarla a usted. Un muchacho es siempre motivo de calamidades, y de continuas dificultades. Si usted se puede venir sola\u2026<\/p>\n<p>Manuela permanec\u00eda en silencio. La llegada del otro chico, de Armando, parec\u00eda haber creado una atm\u00f3sfera de belicosidad entre las tres mujeres. La lluvia continuaba cayendo, fr\u00eda, opreso\u00adra, desesperante. S\u00f3lo los dos ni\u00f1os ofrec\u00edan un aspecto ecu\u00e1nime, superior a las insidias vulgares, y, desde sus asientos, se con\u00adtemplaban y se desafiaban a realizar haza\u00f1as prodigiosas. \u2014Pero sin duda, tendr\u00e1 usted alguna familia que se haga cargo del muchacho. Entonces pudi\u00e9ramos arreglarnos. Alg\u00fan pariente\u2026, su padre\u2026, alguna casa donde dejarlo\u2026, alguna pieza\u2026, algo\u2026<\/p>\n<p>\u2014No, se\u00f1ora\u2014musit\u00f3 Manuela.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo? \u00bfDe manera que usted no puede desembarazarse de \u00e9l? \u00bfDe modo que usted pretende tenerlo aqu\u00ed, consigo?<\/p>\n<p>Hab\u00eda recobrado ya toda su elevaci\u00f3n, todas las ventajas de su plano social superior; y estaba radiante.<\/p>\n<p>\u2014Pues qu\u00e9 equivocada est\u00e1s. No, mujer, no. \u00bfUn muchacho en\u00adfermo, que puede contagiar a mi Armando? \u00bfUn muchacho con lombrices? \u00bfNo te dije que ten\u00eda lombrices?<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY entonces? \u2014proclam\u00f3 con aire de completo triunfo; y por largo rato continu\u00f3 considerando posibilidades patol\u00f3gicas, mientras la pobre mujer repet\u00eda maquinalmente.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1ora\u2026 No, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Una creciente opresi\u00f3n, amarga y venenosa, sub\u00edale a las entra\u00ad\u00f1as. Era la eterna negativa, la misma objeci\u00f3n dura y terminante, despiadada, que le cerraba todas las puertas: \u201cCon el hijo, no\u201d. Y sus ojos enrojecidos miraban llenos de rabia al ni\u00f1o, tan hermo\u00adsa y tan dura carga de llevar.<\/p>\n<p>Quiso irse, y se levant\u00f3 del asiento; pero sobre las dos se\u00f1oras alete\u00f3 un instante el recuerdo de los d\u00edas que ten\u00edan sin servicio, afanosos, desagradables, y la amenaza de quedarse otra vez solas. \u2014No se vaya. Esp\u00e9rese \u2014la ataj\u00f3 Matilde\u2014. Quiz\u00e1s podamos arreglarnos.<\/p>\n<p>Rosa Amparo acudi\u00f3 en su auxilio con un gesto forzado de cari\u00ad\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY c\u00f3mo se llama su muchacho?<\/p>\n<p>La sirvienta vacil\u00f3: sab\u00eda lo que la esperaba apenas pronunciase su nombre. Dirigi\u00f3 la vista hacia su hijo, hacia el bello hijo sorprendente, envuelto en la guirnalda de sus guedejas rubias, flo\u00adtantes y temblorosas como un sue\u00f1o inmortal. De s\u00fabito, se le nublaron los ojos de l\u00e1grimas, y dando cara a la burla de las muje\u00adres, exclam\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Oswaldo.<\/p>\n<p>Hubo un momento de c\u00f3mico asombro, y en seguida un coro de risas sin piedad.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oswaldo! \u2014coment\u00f3 Rosa Amparo\u2014. \u00a1Pues no tiene poca gra\u00adcia! \u00a1Oswaldo! \u00bfQu\u00e9 te parece? A lo mejor nos sale ahora con que es la imagen de un poeta o la encarnaci\u00f3n de un Dios.<\/p>\n<p>Matilde, tratando de invertirse de seriedad, aprovech\u00f3 la turba\u00adci\u00f3n de Manuela para volver sobre su negocio.<\/p>\n<p>\u2014Pues, como le ven\u00eda diciendo, el muchacho, en esas circunstan\u00adcias modifica lo pactado. Lo que podemos hacer es\u2026<\/p>\n<p>Manuela mascullaba:<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, se\u00f1ora\u2026 No, se\u00f1ora.<\/p>\n<p>De vez en cuando la lengua de Armando huroneaba: \u2014\u00a1Yo quiero dulce!<\/p>\n<p>Al momento, la de Rosa Amparo le respond\u00eda:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo te vas a quedar callado, carricito?<\/p>\n<p>La lluvia prosegu\u00eda, imperturbable, obsesionante, sucia.<\/p>\n<p>Por encima de todos ellos, ol\u00edmpico y sereno, Oswaldo se cer\u00adn\u00eda, se adormec\u00eda, se esfumaba, en la cima de todos los desdenes, en la cima de la suma perfecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Manuela se qued\u00f3 sirviendo en la casa por cuatro pesos men\u00adsuales.<\/p>\n<p>La imagen de un poeta, la encarnaci\u00f3n de un dios\u2026<\/p>\n<p>Qui\u00e9n sabe si Rosa Amparo, en su rastrera intenci\u00f3n socarrona, atinara inconscientemente con la reveladora verdad. Oswaldo se sustra\u00eda, ello es indudable, a los caracteres de la vida corriente. Su figura se alejaba a la regi\u00f3n de los sue\u00f1os fant\u00e1sticos, de las inco\u00adnexas conjeturas. Era silencioso y extra\u00f1o, como un anhelo fuera de su sitio: no re\u00eda, no lloraba. Los dem\u00e1s ni\u00f1os, Armando, sobre todo, mostrando inter\u00e9s apasionado, casi angustioso, en el espec\u00adt\u00e1culo que las cosas brindaban en su alrededor: abr\u00edan los enormes ojos, y se agarraban desesperadamente de los gestos, de las pa\u00adlabras, del ir y venir de las gentes, cual si en ese movimiento desor\u00addenado se hallase la clave de su futuro existir.<\/p>\n<p>Oswaldo permanec\u00eda ausente, distante, indiferente, remontado en las alturas de su luminosa belleza. Una esencia especial, sin du\u00adda, flu\u00eda por su cuerpo tranquilo, por sus \u00e1ureos cabellos temblo\u00adrosos: algo a\u00e9reo, insustancial, ajeno a la contextura grosera de los mortales. M\u00e1s fr\u00e1gil, tal vez, pero, a ciencia cierta, superior. Las personas mayores se sent\u00edan embarazadas en su presencia, y al mi\u00adrarlo tan mudo y tan distinto a todo lo dem\u00e1s, experimentaban primero inquietud ante su impasibilidad, vivo rencor despu\u00e9s. \u2014\u00bfQui\u00e9n ser\u00e1 el padre de ese chico? \u2014reflexion\u00f3 Joaqu\u00edn, por la noche, cuando de regreso al trabajo conoci\u00f3 a la nueva cocinera y a su hijo.<\/p>\n<p>\u2014Dios sabe si verdaderamente es hijo de esa mujer \u2014insinu\u00f3 Ma\u00adtilde.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n era su padre? \u00bfDe d\u00f3nde vino? \u00bfC\u00f3mo cay\u00f3 all\u00ed, en seme\u00adjantes manos, en el regazo de aquella mujer de nariz lustrosa? Un estruendo de sugerencias imprecisas, de nubes, de hielos, de disgregadas auroras boreales, de abstrusas teogon\u00edas, derram\u00e1base sobre su nombre peregrino. \u00a1Oswaldo\u2026! \u00a1Oswaldo\u2026! el profundo septentri\u00f3n presid\u00eda cada una de sus actitudes, colmadas de una calma absoluta, de una calma de mares glaciales. Walkirias blancas y beligerantes, carcajadas en un bosque sombr\u00edo, galopa\u00adban en torno a sus rizos de un g\u00f3tico encanto. Ten\u00eda la expresi\u00f3n de un ni\u00f1o ciego, de un ni\u00f1o sordo, de un ni\u00f1o idiota, de un ni\u00f1o dios.<\/p>\n<p>\u00bfLa imagen de un poeta, la encarnaci\u00f3n de un dios? \u00bfPor qu\u00e9? Eros mismo, el inmortal Eros, henchido de hoyuelos en su carne esponjosa, no podr\u00eda asumir posturas m\u00e1s elegantes, m\u00e1s de acuer\u00addo con una gracia sobria y estatuaria. Algo hab\u00eda en \u00e9l, algo dife\u00adrente, algo que le hac\u00eda inmune a las menguas de una naturaleza poco h\u00e1bil, y al reconocerlo as\u00ed, los seres que le rodeaban, incluso su propia madre, odi\u00e1banlo instintivamente.<\/p>\n<p>Este sentimiento de aberraci\u00f3n que produc\u00eda comenz\u00f3 a dar sus frutos al d\u00eda siguiente.<\/p>\n<p>\u2014Tiene que vigilar a ese muchacho para que no entre en la sala \u2014advirti\u00f3 Matilde a la criada\u2014. Acabo de encontrarlo all\u00ed, jugan\u00addo con los adornos.<\/p>\n<p>En realidad, hab\u00edalo hallado en el seno de las cosas adecuadas a su sustancia magn\u00edfica: Oswaldo meti\u00e9rase imperturbable, en la sala, y con toda majestad se sentara, rodeado de muelles cojines, reclinado sobre las dulces sedas desva\u00eddas impecablemente desnu\u00addo, risue\u00f1o, y feliz, entre floreros, estatuitas de terracota y baratas figulinas de yeso que adquir\u00edan a su contacto una prestancia sin\u00adgular.<\/p>\n<p>Pero la defensa social puso el grito en el cielo, y barbotando imprecaciones, la se\u00f1ora desterr\u00f3 al chicuelo de sus suntuosos do\u00adminios.<\/p>\n<p>\u2014Ha podido romperme un florero \u2014gritaba con justa indigna\u00adci\u00f3n.<\/p>\n<p>No tard\u00f3 en efecto, en romper algo: una de las copas del famoso servicio nuevo que hab\u00eda comprado Joaqu\u00edn. Si cuando Armando hiciera otro tanto prod\u00fajose aquel esc\u00e1ndalo, es de figurarse las proporciones de borrasca que cobr\u00f3 \u00e9ste.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Una copa de servicio nuevo que acabamos de comprar!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Un juego del que no se consiguen piezas de repuesto!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ahora habr\u00e1 que adquirirlo todo nuevo!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSabe usted que una copa de \u00e9sas viene saliendo por los menos en cinco bol\u00edvares?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Una pieza tan delicada, tan linda! \u00a1Dif\u00edcil es encontrar cristaler\u00eda como \u00e9sa!<\/p>\n<p>\u2014Ya le dije desde el primer momento que ese muchacho iba a constituir una verdadera calamidad.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Diablillo! \u00a1Demonio! \u00a1bestezuela maligna y malintencionada!<\/p>\n<p>Por largo tiempo continu\u00f3 la letan\u00eda, ahogando los \u201cno, se\u00f1ora\u2019\u2019, los \u201cs\u00ed, se\u00f1ora\u201d de Manuela, hasta que le cargaron los cinco bol\u00edvares para descont\u00e1rselos de su pr\u00f3ximo sueldo. En cuan\u00adto a Oswaldo, fue relegado a las interioridades de la casa. En ade\u00adlante, desde el comedor comenzaban para \u00e9l los eternos vedados de caza.<\/p>\n<p>Con su habitual filosof\u00eda, el ni\u00f1o acept\u00f3 el nuevo estado de co\u00adsas. No concedi\u00f3 la gracia de contemplar su hermoso cuerpo des\u00adnudo a las se\u00f1oritas viejas que visitaban a Matilde; y se consagr\u00f3 a los trapos sucios, a las latas de desperdicios, a las mondaduras de patatas, a las telara\u00f1as de los desvanes, por donde deambulaba co\u00admo una luz.<\/p>\n<p>Pero la animosidad femenil no se detuvo all\u00ed: era preciso perse\u00adguirlo, hostigarlo, hasta en sus postreros reductos sobre este valle terrenal. Su reino no era de este mundo. Cierta imprevista ma\u00f1a\u00adna apareci\u00f3 Matilde rugiendo de furor:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo lo ve usted? \u00bfNo se lo dec\u00eda yo? \u2014tra\u00eda izado de un brazo al esquel\u00e9tico Armando, y con \u00edndice col\u00e9rico se\u00f1alaba unas ronchas en su pierna descubierta\u2014. Ya ha contagiado a mi pobre hijo. Qui\u00e9n sabe qu\u00e9 sucia enfermedad es esa que su muchacho ha tra\u00eddo a mi casa. Desde hoy le proh\u00edbo a usted que le permita salir de su cuarto, \u00bflo oye usted?, \u00a1de su cuarto! Como le vea fuera, queda usted instant\u00e1neamente despedida.<\/p>\n<p>Oswaldo qued\u00f3 recluso en la pieza de servicio: una covacha, in\u00adfecta, oscura, h\u00fameda, pestilente siempre a miasmas que exhala\u00adban ropas viejas y cuerpos sin ba\u00f1ar. No le agrad\u00f3 semejante am\u00adbiente al diosecillo; pero al ver que cada vez que lo abandonaba ten\u00eda que regresar en el acto bajo la lluvia de los coscorrones de Matilde, de los pellizcos de Rosa Amparo o de las nalgadas de Ma\u00adnuela, opt\u00f3 por atenerse a los principios de la escuela estoica \u2018\u2018La felicidad no est\u00e1 en las circunstancias que nos rodean\u201d, etc. En aquel antro, su ciencia y su belleza resplandecieron como el sol, y horas y horas pasaba silenciosamente en un caj\u00f3n, donde lo intro\u00adduc\u00edan para que no escapara mientras su madre iba al mercado o hac\u00eda las comidas; y se ocupaba de jugar con el tubo de goma de una jeringa vieja, en estudiar la complicada anatom\u00eda de una al\u00adpargata fuera de uso o en demoler a golpes de un mango de sart\u00e9n una vetusta palangana cuya fea panza desportillada lo encend\u00eda en santa c\u00f3lera.<\/p>\n<p>\u2014Vamos a jugar, \u00bfquieres?<\/p>\n<p>A menudo aparec\u00eda Armando, con su figura de pobre libro de\u00adsencuadernado, y desde el umbral de la puerta aventuraba aquella proposici\u00f3n. Aunque repetidas veces le prohib\u00eda Matilde reun\u00edrse\u00adle, el triste chiquillo sent\u00edase atra\u00eddo por el jocundo Oswaldo, que se las sab\u00eda ingeniar para descubrir manantiales de goces inso\u00f1ados en el objeto m\u00e1s \u00e1rido y est\u00e9ril.<\/p>\n<p>Pero no tardaba en envidiar a su rival; en exigirle algo; en mon\u00adtar en ira cuando aqu\u00e9l se lo negaba, y en lanz\u00e1rsele encima tr\u00e9\u00admulo y l\u00edvido, con \u00edmpetu epil\u00e9ptico. Oswaldo se asombraba de tales arrebatos; mir\u00e1bale jovialmente; trataba de sujetarle; pero viendo que de la parte del otro la cosa iba en serio, de un s\u00fabito manot\u00f3n, como quien se desembaraza de una manta, lo arrojaba lejos de s\u00ed. Entonces se dispon\u00eda a aguardar pacientemente la segu\u00adra felpa.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Bicho! \u00a1Bicho! \u2014sollozaba hist\u00e9ricamente Matilde, mientras le zurraba con toda su vehemencia femenina.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ese animalito es un semillero de maldades! \u2014afirmaba Rosa Amparo.<\/p>\n<p>Bajo aquel par de eum\u00e9nides vengadoras, Oswaldo no dejaba escapar ni un sollozo, ni una mueca de dolor. Pero cuando lo azo\u00adtaba su madre, entonces s\u00ed romp\u00eda a llorar.<\/p>\n<p>\u2014Hoy el muchacho le volvi\u00f3 a pegar a Armando \u2014le dec\u00eda por la noche Matilde a su esposo.<\/p>\n<p>Joaqu\u00edn tomaba d\u00e9bilmente la defensa de Oswaldo.<\/p>\n<p>\u2014No deben castigarlo con exceso. Recuerden que tambi\u00e9n es una criatura humana, un semejante nuestro. No estamos ya en los tiempos de la inquisici\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero al punto, el coro de querellas de las dos mujeres se alzaba embravecida; Joaqu\u00edn retroced\u00eda frente a su impetuosidad y termi\u00adnaba por callar. Estaba cansado; cansado tras el mon\u00f3tono d\u00eda de rudo trabajo y prefer\u00eda callar. Joaqu\u00edn representaba la justicia de los hombres.<\/p>\n<p>\u00a1La inquisici\u00f3n! No exageraba Joaqu\u00edn. Suplicios lentos y refi\u00adnados imaginaban las dos mujeres para dominar al ni\u00f1o altanero; suplicios crueles, minuciosos, exquisitos, que un escritor respetable de buenos sentimientos no puede rebajarse a describir. S\u00ed: un soplo s\u00e1dico, sombr\u00edo, de los tiempos inquisitoriales, se agazapa a\u00fan detr\u00e1s de las fachadas pl\u00e1cidas de las casas tranquilas, de nuestra propia casa.<\/p>\n<p>Manuela lo sab\u00eda de sobra, y no interven\u00eda mucho a favor de su hijo. Es m\u00e1s: participaba un poco del un\u00e1nime odio que Oswaldo despertaba en su torno. Gran parte del aborrecimiento, de la hos\u00adtilidad, de los agravios con que todo el mundo quer\u00eda aplastar su belleza, reca\u00edan en ella; y por eso la pobre mujer comenzaba tam\u00adbi\u00e9n a detestarlo.<\/p>\n<p>\u2014S\u00f3lo al idiota de Procopio se le ocurre tolerar a ese bicho \u2014afir\u00admaba Rosa Amparo.<\/p>\n<p>Y, verdaderamente, s\u00f3lo Procopio sent\u00eda simpat\u00eda por Oswaldo \u00bfC\u00f3mo es que hemos pasado, sin fijarnos, por encima de este otro personaje de la casa? Pero si es que nadie se fijaba en \u00e9l\u2026 Proco\u00adpio sal\u00eda y entraba como una sombra, no hac\u00eda nada, no hablaba con nadie. Se sentaba a comer sin despegar los labios. Regresaba a su cuarto. Era idiota, indiscutiblemente, el viejo aquel, con su ca\u00adra cetrina y su enorme cuerpo velludo como un animal. En oca\u00adsiones olvidaban llamarlo a cenar.<\/p>\n<p>Procopio (\u201cPorocoropo\u201d, como le dec\u00eda Rosa Amparo) tocaba la flauta: era el \u00fanico relieve, el \u00fanico trazo de su personalidad. Por las tardes, cuando las se\u00f1oras estaban en la vespertina, Oswal\u00addo iba a visitarlo a su habitaci\u00f3n. El viejo tomaba su asiento en una silla, el ni\u00f1o a sus pies, y juntos escapaban a venturosas co\u00admarcas musicales. Melod\u00edas el\u00e9ctricas, embriagadoras, l\u00edricas, sal\u00advajes, que se desprend\u00edan, encresp\u00e1ndose y retorci\u00e9ndose, como un haz de culebras, del instrumento negro. Sue\u00f1os de libertad y de alegr\u00eda, tropeles de gozosa barbarie, giros desenfrenados sobre monta\u00f1as inaccesibles, sobre ilimitadas llanuras y sobre cielos cuajados de meteoros, se apoderaban de ambos compa\u00f1eros. Os\u00adwaldo se sum\u00eda en silenciosa seriedad, <em>y<\/em> sobre su rostro melanc\u00f3li\u00adco reverdec\u00eda el recuerdo de nunca repetidas rebeld\u00edas.<\/p>\n<p>\u2014Ese Porocoropo fue el de la idea \u2014adivin\u00f3 inmediatamente Ro\u00adsa Amparo, refiri\u00e9ndose al \u2018\u2018milagro\u201d del d\u00eda de Reyes. A mi en\u00adtender, ten\u00eda raz\u00f3n. No hay que olvidar que Procopio daba algu\u00adnas clases de flauta en la ciudad y que, por lo tanto, muy bien pu\u00addo arbitrar el dinerillo con que se produjo el milagro. El hecho es que para Pascuas, Manuela dispon\u00eda de unos peque\u00f1os ahorros; de tal suerte, que cuando Armando puso al pie de la cama sus botines de domingo, en la seguridad de que hab\u00edan de recoger la huella tierna del Ni\u00f1o Dios, la criada aconsej\u00f3 a Oswaldo que hiciese lo propio. Un tren de hojalater\u00eda, un vistoso tren con cuatro vagones, una locomotora y un convoy de combustible fue el aguinaldo de aqu\u00e9l. En cambio, Oswaldo recogi\u00f3 una mu\u00f1eca; una m\u00edsera mu\u00ad\u00f1eca de tela y aserr\u00edn, pero suficiente para colmar su f\u00e9rtil imagi\u00adnaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Se llama Babieca \u2014declar\u00f3 sin vacilar, y no se deten\u00eda ni en su cuerpo inveros\u00edmil ni en su cara de embudo, ni en sus piernas pl\u00e1\u00adcidas, ni en sus ojillos rid\u00edculos marcados apenas con un trazo de hilo, para atribuirle todas las perfecciones. En sus manos, el adefe\u00adsio, realmente, adquiri\u00f3 una s\u00fabita personalidad.<\/p>\n<p>Dos d\u00edas despu\u00e9s ya Armando hab\u00eda destrozado su juguete de\u00admasiado costoso para sus manos prevaricadoras y principi\u00f3 a quejarse:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1 Yo quiero a Babieca\u2026!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pero ni\u00f1o! Esa mu\u00f1eca es del muchacho ese.<\/p>\n<p>Le contestaban al principio; pero de nada le val\u00edan esas razones. El continu\u00f3 en su trece, y su empe\u00f1o pronto gan\u00f3 el elemento fe\u00admenino y a trav\u00e9s de \u00e9ste al se\u00f1or de la casa.<\/p>\n<p>\u2014D\u00e9le esa mu\u00f1eca al ni\u00f1o \u2014orden\u00f3 Joaqu\u00edn a la criada\u2014. Se ha encaprichado con ella y a los chicos no hay que contrariarlos. Yo le pago lo que ha gastado en ella. C\u00f3mprele, si gusta, otro juguete a su muchacho.<\/p>\n<p>La madre no contest\u00f3; el ni\u00f1o no llor\u00f3. Una infinita resignaci\u00f3n los invest\u00eda de dulce paz. No intentaron siquiera discutir, y Ma\u00adnuela, encarnada, prefiri\u00f3 gastar el dinero en otras cosas. As\u00ed, Os\u00adwaldo se qued\u00f3 sin juguete.<\/p>\n<p>Present\u00f3se la noche de Reyes, triste y turbia; ni el se\u00f1or de la ca\u00adsa ni la cocinera hall\u00e1banse facultados econ\u00f3micamente para de\u00admostrar con regalos el tr\u00e1nsito de tan distinguidos monarcas por la tierra. De t\u00e1cito acuerdo, se resolvi\u00f3 hacer pasar la festividad por debajo de la mesa.<\/p>\n<p>Esa noche se produjo el milagro: cuando alboreaba, al incorpo\u00adrarse Oswaldo en el catre en que dorm\u00eda con la madre, observ\u00f3 un bulto en sus zapatos.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Mam\u00e1!, \u00a1Mam\u00e1! Mira: Babieca. Aqu\u00ed est\u00e1 Babieca.<\/p>\n<p>En realidad era una ofensa llamar Babieca a aquella nueva mu\u00ad\u00f1eca, una hermosa mu\u00f1eca de ni\u00f1o rico. Ten\u00eda el cabello rubio, la tez de porcelana, los ojos de cristal, y al acostarla, cerr\u00e1balos volup\u00adtuosamente, Oswaldo la tom\u00f3 en brazos, y al acercarla a su palpi\u00adtante regazo, juntas las cabezas del ni\u00f1o y de la mu\u00f1eca, lucieron un dorado igual.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Es Babieca! \u00a1Es Babieca!<\/p>\n<p>Para \u00e9l no exist\u00edan, a lo que parece, diferencias de raza, ni de re\u00adligi\u00f3n, ni de estado social. Aquella tez tan tersa era el mismo cutis de trapo; aquellos brazos de pasta los mismos brazos flojos.; aquellos ojos cer\u00faleos los mismos saltones ojos que un movimiento de aguja perge\u00f1\u00f3, y aquella era su misma Babieca gemela e inmor\u00adtal.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1D\u00e9jala! \u00a1No la toques! Eso no es tuyo\u2026 Eso no puede ser tuyo \u2014tartamude\u00f3, asustad\u00edsima, la madre.<\/p>\n<p>\u2014Yo quiero esa mu\u00f1eca berre\u00f3 Armando al verla, sin p\u00e9rdida de segundo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfDe d\u00f3nde ha sacado usted un juguete tan caro? \u2014inquiri\u00f3 Ma\u00adtilde.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Una mu\u00f1eca de veinte bol\u00edvares! \u00a1D\u00edgame usted!<\/p>\n<p>\u00bfAhora se atrever\u00e1 a negar que roba a dos manos, cuando hace las compras? \u2014coment\u00f3 Rosa Amparo.<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00ed debe de haber alguna equivocaci\u00f3n. Esa mu\u00f1eca ven\u00eda destinada a Armando \u2014concluy\u00f3 sentenciosamente Joaqu\u00edn.<\/p>\n<p>Claro: ten\u00eda que tener raz\u00f3n. Sin duda alguna, se trataba de al\u00adg\u00fan error de alguna parte. Los Reyes Magos no dejan juguetes de veinte bol\u00edvares en zapatos de a cuatro. La nueva Babieca fue al poder de Armando, la antigua a su primer propietario, y las cosas de este mundo quedaron en su lugar.<\/p>\n<p>Un d\u00eda cualquiera la botaron de la casa; un d\u00eda cualquiera de lluvia gris, por un pretexto cualquiera. Ella tom\u00f3 a su hijo de la mano, y se ech\u00f3 a la calle, a solicitar trabajo. Sali\u00f3 a abrirle la puerta de otra casa de fachada tranquila, otra se\u00f1orita de mejillas pintadas y el cabello rizado con tiras de papel.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEse muchacho es suyo?<\/p>\n<p>Agarrado a su falda, Oswaldo permanec\u00eda mudo, hermoso, se\u00ad\u00f1oril, insensible al dolor, insensible a la alegr\u00eda humana. La ima\u00adgen de un poeta, la encarnaci\u00f3n de un dios. Que le d\u00e9 una difte\u00adria, una meningitis, un tifus exantem\u00e1tico, una de esas enferme\u00addades fulminantes que apagan la vida como se apaga una vela. Es todo lo que puedo desearle. Su reino no es de este mundo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-arraiz\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Fuente de la imagen: Tamarinda (<a href=\"https:\/\/www.facebook.com\/Tamarinda-105264037609970\/\">Facebook<\/a>)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No son blancas las Bejarano Aquellos que hayan conocido la placidez de una de estas siestas de Caracas, en que el esp\u00edritu de \u00e9pocas anta\u00f1onas parece revivir, recordar\u00e1n sin duda, escuchado desde el fondo de un patio donde adormece el espeso follaje de los mangos, este grito que resuena por la calle: \u2014La torta Bejarana. 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