{"id":5410,"date":"2022-07-26T21:22:29","date_gmt":"2022-07-26T21:22:29","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5410"},"modified":"2023-11-24T18:28:21","modified_gmt":"2023-11-24T18:28:21","slug":"la-experiencia-critica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-experiencia-critica\/","title":{"rendered":"La experiencia cr\u00edtica"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Rafael Castillo Zapata<\/strong><\/h4>\n<p>1. Cr\u00edtica viene de crisis. El primer impulso de todo movimiento cr\u00edtico nace del impacto que sobre la conciencia de un hombre ejerce, repentina, arteramente, una fuerza, una presencia que se le entrega o se le impone sin escapatoria posible y a la cual tiene que hacer frente, acogi\u00e9ndola, invirti\u00e9ndola para su propio provecho, o rechaz\u00e1ndola, reduciendo la intensidad de su demanda a niveles en los cuales ya no amenace su estabilidad y su entereza. Y es que despu\u00e9s de toda tempestad viene la calma. Es decir, despu\u00e9s de ese encontronazo cr\u00edtico entre lo que se me opone o se me impone -por fuerza o por convencimiento, despu\u00e9s de ese impacto que hace mella en la fortaleza de esta conciencia m\u00e1s o menos bien instalada que tengo, viene la asimilaci\u00f3n o el repudio de sus efectos y la recuperaci\u00f3n subsiguiente de mi estado habitual de hombre consciente. Pero, no conforme con esto, una vez recuperado ese estado de hombre tranquilo que cumple con sus quehaceres cotidianos y piensa y sufre y ama, surge en m\u00ed la irreprimible necesidad de relatar a los otros lo que, cr\u00edticamente, acabo de experimentar en mi conciencia; quiero narrar, a mis allegados al menos, incluso las menudencias m\u00e1s prolijas de esa batalla m\u00eda, tan reciente, con hermosas o deleznables presencias inquietantes. De ese impacto, entonces, surge, por una parte, la experiencia cr\u00edtica y, por otra, la necesidad de la cr\u00edtica. En principio, para m\u00ed no hay otra justificaci\u00f3n que \u00e9sta, precisamente, para sostener su legitimidad: la cr\u00edtica nace porque algo hace crisis en alguien y ese alguien quiere dar testimonio de su experiencia de esa crisis, es decir, de su experiencia cr\u00edtica.<\/p>\n<p>2. \u00bfCr\u00edtica, cu\u00e1l critica? De lo anterior se desprende al menos para m\u00ed que es necesario que algo o alguien haga crisis en mi conciencia para que el movimiento cr\u00edtico comience y la experiencia cr\u00edtica se produzca. La cr\u00edtica aut\u00e9ntica se reconoce precisamente porque deja asomar en su testimonio, con mayor o menor intensidad seg\u00fan los casos, la fuerza cr\u00edtica generadora que la ha impulsado. Sin embargo, si a ver vamos lo poco que nos es dado ver en revistas y peri\u00f3dicos, en tesis y monograf\u00edas, y, por supuesto, tambi\u00e9n en libros, y que se nos ofrece limpiamente como cr\u00edtica, es decir, sin rebuscamientos, como testimonio escrito de una experiencia cr\u00edtica con algo; generalmente con un libro, con una obra de teatro, una partitura, una pel\u00edcula o un cuadro la cr\u00edtica, entre nosotros, no es tal cr\u00edtica: a menudo, por el contrario, fruto de acercamientos gratuitos o forzados, obligados por las circunstancias -acad\u00e9micas, period\u00edsticas o de compulsivo exhibicionismo impreso-, a un objeto, nuestra cr\u00edtica de arte y en particular la literaria nos tiene acostumbrados a piezas de compromiso, testimonios sin alma, donde no se detecta la crisis originaria que les ha dado lugar.<\/p>\n<p>3. El cr\u00edtico es ante todo un lector. No quisiera aparecer como demasiado reductivo al proponer tajantemente que sin crisis de alg\u00fan tipo o grado no hay cr\u00edtica, pero tengo que atenerme a un principio, y entre todos los posibles elijo \u00e9se, como m\u00e1xima referencial. Pues bien, si sigo fiel a esa m\u00e1xima, me encuentro, como en el punto anterior, diciendo, de buenas a primeras, que aqu\u00ed no hay cr\u00edtica, o para no ser tan exagerados, que aqu\u00ed apenas si (lo que) hay (es) cr\u00edtica. \u00bfC\u00f3mo as\u00ed? Habr\u00eda que empezar por una aparente perogrullada, decir, por el principio, por la verdad de anteojito que, por eso mismo, se deja de mirar: el cr\u00edtico es ante todo un lector. Es quiz\u00e1s aqu\u00ed donde comienzan nuestros problemas. Porque quiz\u00e1s de lo que carecemos es de lectores -por llamarlos de alg\u00fan modo- plenos, es decir, capaces de acusar recibo de los impactos de los objetos circundantes de los objetos literarios, por ejemplo con la misma intensidad con la que un peso gallo encaja el envi\u00f3n derecho de alg\u00fan contrincante suyo, lo asimila, lo resuelve, lo devuelve o lo ataja. Si en el principio de la cadena cr\u00edtica carecemos de conciencias permeables, aclimatadas y preparadas, es decir, entrenadas, para las crisis, los objetos pasar\u00e1n rasantes y campantes frente a ellas y se les escapar\u00e1, en consecuencia, la intensidad de sus presencias.<\/p>\n<p>Pero las condiciones de preparaci\u00f3n y de ejercicio que en este pa\u00eds determinan la tarea de un cr\u00edtico lo orientan en cambio hacia la relaci\u00f3n epis\u00f3dica e insuficiente con sus objetos. Entre esas condiciones, la de la investigaci\u00f3n es primordial. Pues bien, \u00bftengo que ponerme a enumerar la cantidad de obst\u00e1culos que se le presentan a los investigadores literarios en este pa\u00eds, obst\u00e1culos materiales de toda \u00edndole, a cual m\u00e1s pintoresco? Esto por no referirme al problema de la formaci\u00f3n: porque una cosa es ser ya un investigador y sufrir las suyas, pero el prepararse para serlo es quiz\u00e1s todav\u00eda una odisea peor. Nuestras escuelas de Letras, por ejemplo, est\u00e1n dise\u00f1adas, en la mayor\u00eda de los casos, para desalentar los trabajos de investigaci\u00f3n literaria, sobre los que recae la sombra de consejas telara\u00f1osas acerca de su fastidio, de su pavosidad, de su envaramiento academicista, y, en general, acerca de lo dificultoso y engorroso de su ejercicio en un pa\u00eds como este. Y, ya se sabe, vivimos en una sana sociedad pragm\u00e1tica donde las heroicidades de cualquier tipo est\u00e1n severamente desprestigiadas y ya nadie, a menos que est\u00e9 un poco chiflado, es decir, a menos que algo haya hecho crisis en \u00e9l de un modo tal que lo haya enloquecido, quiere dedicarse a eso de ser investigador, que no es otra cosa -\u00a1atenci\u00f3n!- que dedicarse a un embriagado, apasionado, pero met\u00f3dico ejercicio de lectura. Y es esto precisamente lo que nos hace falta. M\u00e1s fiebre y menos apat\u00eda; m\u00e1s implicaci\u00f3n y menos displicencia. Sin lectores entusiasmados, sin conciencias abonadas para el impacto cr\u00edtico, lo que nos queda es soportar los bodrios en los que lectores obligados y fastidiados descargan su aburrimiento sobre otros -incautos-lectores.<\/p>\n<p>4. La cr\u00edtica es un di\u00e1logo. Porque la cr\u00edtica no es solamente, como ya hemos visto, el efecto de un encuentro cr\u00edtico con algo, sino la necesidad de comunicar la experiencia de ese encuentro, dando cuenta no s\u00f3lo del objeto que me impacta, sino del impacto mismo que ese objeto ha provocado en m\u00ed. Por consiguiente, la cr\u00edtica no es nada sin el otro, sin el interlocutor necesario. Sin r\u00e9plicas ni contrarr\u00e9plicas la cr\u00edtica no existe, simplemente porque la cr\u00edtica es di\u00e1logo, ese \u00abenfrentarse o confrontarse, este pedirse cuentas, este conversar con el otro\u00bb del que hablaba Alfonso Reyes. En tal sentido, para que exista cr\u00edtica es necesario que exista una red de env\u00edos y reenv\u00edos que se encuentren y se desencuentren, coincidan y se opongan. De lo contrario, la cr\u00edtica se convierte en un mon\u00f3logo, o, en algo peor, en un di\u00e1logo de sordos. Y nuestra cr\u00edtica -eso que apenas si nos atrevemos a llamar cr\u00edtica pero que, desafortunadamente, es lo \u00fanico que tenemos a mano para medio considerarlo como tal, lo m\u00e1s lejanamente parecido a lo que nos parece que es o deber\u00eda ser la cr\u00edtica- adolece, no de uno, sino de los dos defectos a la vez. Me explico.<\/p>\n<p>5. Cuando lo que hay son lectores ap\u00e1ticos y, por consiguiente, testimonios ap\u00e1ticos de lecturas ap\u00e1ticas, nada incentiva la realizaci\u00f3n del di\u00e1logo. Nadie quiere darse por enterado de esos testimonios; a nadie le importa si un lector compila un cat\u00e1logo de desatinos en una nota, si un tesista se va de bruces sobre un tema, si un articulista redondea disparates a mansalva con sus letras. Y no porque esos testimonios sean intragables, insostenibles ladrillos de puerilidad o de puntillosidad erudita, sino, por algo peor, porque no hay lectores capaces de replicarles. No hay di\u00e1logo, simple y asombrosamente, porque no hay nadie que replique, que conteste, que contradiga. En medio de esta general indiferencia, todo puede ser dicho, es cierto, pero nada es escuchado. Y todo es aceptado porque no hay armas con qu\u00e9 rebatirlo. De esto se alimenta nuestro desamparo cr\u00edtico. No hay voz contrastante que se imponga como l\u00edmite a la libertad de la otra voz, ninguna voz cuya presencia disuada a la otra de elevar demasiado el tono o de desafinar, o de fallar un agudo, o de resolver tramposamente un pasaje dif\u00edcil. Pasa liebre por gato y gato por liebre: la impunidad que da esa tierra de nadie cr\u00edtica es la patente de corso para todas las imposturas y todos los fraudes. Como si, en el camino, se hubiera ido forjando a imagen y semejanza del propio pa\u00eds, habr\u00eda que convenir, tristemente, que nuestra cr\u00edtica es tambi\u00e9n un \u00e1mbito altamente corruptible y efectivamente corrompido.<\/p>\n<p>6. De la cr\u00edtica silvestre a la critica erudita. Palabras duras, palabras de cuidado, las inmediatamente anteriores. Sin duda; pero me parece que no se desv\u00edan del punto focal de la situaci\u00f3n cr\u00edtica aqu\u00ed planteada. Y si la cr\u00edtica entre nosotros ha terminado por convertirse en una tierra de nadie entregada a todas las versiones del vandalismo intelectual, la culpa principal, ya lo dijimos, se debe a la ausencia de replicantes y no, por cierto, en el sentido de la ciencia-ficci\u00f3n. Y la ausencia de voces contrincantes es un reflejo de las profundas deficiencias en la formaci\u00f3n de lectores plenos y en el ejercicio de lecturas a plenitud. Si lo que tenemos son voces fam\u00e9licas, mal preparadas t\u00e9cnicamente y mal abonadas espiritualmente es decir, mal criadas \u00bfc\u00f3mo asombrarnos entonces de que se cumpla entre nosotros el contundente principio de que en el pa\u00eds de los ciegos cualquier tuerto es un rey de la cr\u00edtica? Nos sobran tuertos y entuertos cr\u00edticos en este pa\u00eds de ciegos y de sordos y de tartamudos, si no de mudos por completo, de voces flacas si no. Y lo que necesitamos es clarividencia y vigilante vigilancia, miradas minuciosas, o\u00eddos finos, voces llenas, incluso llanas, pero plenas.<\/p>\n<p>En esta misma tierra de nadie cr\u00edtica lo que abunda, por lo tanto, es la cr\u00edtica silvestre, la cr\u00edtica improvisada, la cr\u00edtica al vuelo, la cr\u00edtica sin suelo. Lo cual no es obst\u00e1culo para que exista tambi\u00e9n -y he aqu\u00ed, al menos, un principio de contraste en medio de tan general neutralidad- una cr\u00edtica de copete erudito, extremosa y puntillosa, cuyo suelo, en cambio, es tan consistente como la plataforma de un coturno y, por supuesto, tan pesado y tan engorroso de llevar a ninguna parte. De lo primitivo a lo formalizado, del compadrazgo a la objetividad estructuralista, nuestra cr\u00edtica sigue ayuna de crisis y, por lo tanto, sigue arando en el mar, como quien dice, perorando por su cuenta, habl\u00e1ndole a un auditorio fantasma y sirviendo, si a eso puede llam\u00e1rsele servicio,\u00a0 \u00fanicamente para conservar la continuidad activa de los cr\u00edticos y la fachada cultural de los peri\u00f3dicos. Mientras la cr\u00edtica no entienda que para experimentar crisis, estremecimientos de la conciencia frente a un objeto, frente a un cuadro, frente a un libro, es necesario estar preparado intelectualmente para ello, es decir, apertrechado de estrategias y recursos t\u00e9cnicos -que s\u00f3lo se adquieren estudiando, fichando, fatigando teor\u00edas; mientras no entienda que, adem\u00e1s, se debe estar preparado espiritualmente, es decir, con un gusto abonado y cultivado, con un entusiasmo genuino, personalmente, afectivamente comprometido con sus objetos de lectura, con sus objetos de atenci\u00f3n; mientras no entienda que la inspiraci\u00f3n sin sustento te\u00f3rico tiene la consistencia de un suspiro hist\u00e9rico y que el bastimento t\u00e9cnico sin alma tiene la densidad de un adobe colonial, seguir\u00e1 atrapada en el c\u00edrculo vicioso de pasar de la emoci\u00f3n pura -arbitraria, irracional, torpe- al titanismo especialista\u00a0 -obsesivo, castrador sin mediaciones. Para alcanzar el punto medio de esa actividad que no consiste sino en el trabajo intelectual sobre el impacto que un objeto o un acontecimiento ejercen en m\u00ed -as\u00ed la intuici\u00f3n bergsoniana-, habr\u00eda que pasar, sabia y simplemente, por las tres instancias que se\u00f1al\u00f3 Alfonso Reyes en su ensayo sobre la cr\u00edtica: ir de la impresi\u00f3n suelo del entusiasmo primero, dinamizador originario del movimiento cr\u00edtico a la ex\u00e9gesis, y de la ex\u00e9gesis-suelo configurador, sustentador de la impresi\u00f3n al juicio-corona del proceso. S\u00f3lo con una impresi\u00f3n originaria realmente cr\u00edtica y con una posterior elaboraci\u00f3n t\u00e9cnica o erudita de ese impacto primero, puede alcanzarse el n\u00famero \u00e1ureo, por as\u00ed decirlo, de una cr\u00edtica plena: aquella que es capaz de soltarse a caminar despu\u00e9s de abandonar, como dir\u00eda el propio Reyes, las \u00abandaderas del m\u00e9todo\u00bb, y transmitir con precisi\u00f3n, pero sin \u00ednfulas, el testimonio de ese encuentro cr\u00edtico a los dem\u00e1s. S\u00f3lo as\u00ed podr\u00e1 la cr\u00edtica asumir su entidad de di\u00e1logo plural; podr\u00e1 acometer cabalmente su tarea de contagiar y dinamizar la lectura, de divulgar las obras y las tendencias, de orientar, de valorar, de establecer ese mapa de relaciones entre las obras que ped\u00eda Octavio Paz y sin cuya presencia no existe, en propiedad, una literatura.<\/p>\n<p>7. Pueblo chico, infierno grande. Voy a cerrar este di\u00e1logo refiri\u00e9ndome a otro lunarcillo en el rostro de nuestra cr\u00edtica. Y es que somos tan pocos y nos conocemos tanto, escritores y cr\u00edticos, cr\u00edticos y lectores, lectores y actores, p\u00fablico y pintores, que formamos parte de un espacio literario, de un espacio cultural estrecho, donde nos hacinamos incestuosamente como muchas familias de nuestro miserable vecindario capitalino, y donde la cercan\u00eda y la intimidad nos hacen proclives a las m\u00e1s bajas pasiones, a los caprichos m\u00e1s absurdos, a numerosas razones de la sinraz\u00f3n. Somos un pueblo chico que act\u00faa, que puede actuar como un infierno grande para aquel que se atreve a ser cr\u00edtico, es decir, a tomar distancia de lo que, en un primer encontronazo, lo deja perplejo, herido, en crisis, para elaborarlo intelectualmente y luego poder compartirlo con otros interlocutores, y asumiendo esta tarea desde la autonom\u00eda de vuelo necesaria para que sus juicios no se vean afectados, negativamente, por los lazos afectivos que, sin poder evitarlo, ha anudado con otros en ese espacio limitado donde vive y crea y se expone al reconocimiento o al desprecio.<\/p>\n<p>Atado visceralmente a sus tradiciones, este pueblo chico de nuestra cr\u00edtica ha acostumbrado a sus habitantes a la pr\u00e1ctica del compadrazgo, al hacerse la vista gorda c\u00f3mplice, al dejar hacer amistoso; lo ha acostumbrado\u00a0 -como todo el pa\u00eds nos ha acostumbrado a la impunidad que da la ausencia de r\u00e9plica, la ausencia de contraste. Por eso, ejercer la cr\u00edtica en el sentido expuesto a lo largo de estas cuartillas es arriesgarse a alborotar un avispero con impredecibles consecuencias para el impertinente que se atreva. Pero \u00fanicamente arriesg\u00e1ndose as\u00ed tiene sentido adherirse al trabajo cr\u00edtico. Y debe ser por eso que tan pocos cr\u00edticos tenemos, en el sentido pleno de la palabra. Pues hace falta su buen poco de temeridad, su buen poco de independencia, su buen poco de desapego, su buen poco de apasionamiento para afrontar el riesgo de volcar a todo un pueblo\u00a0 -reputaciones consagradas, nulidades engre\u00eddas, cortes y cohortes- en contra de uno. Pero en este matiz de heroicidad necesaria quiz\u00e1s radique, precisamente, el primer encanto, el encanto siempre vigente, del fatigoso quehacer de criticar.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rafael-castillo-zapata\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Publicado en: \u00abPapel literario\u00bb de El Nacional, Caracas, 13 de junio de 1989. Fuente de la imagen: letralia.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rafael Castillo Zapata 1. Cr\u00edtica viene de crisis. 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