{"id":5354,"date":"2022-07-23T23:15:16","date_gmt":"2022-07-23T23:15:16","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5354"},"modified":"2023-11-24T18:28:45","modified_gmt":"2023-11-24T18:28:45","slug":"peregrina-primer-capitulo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/peregrina-primer-capitulo\/","title":{"rendered":"Peregrina (primer cap\u00edtulo)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez<br \/>\n<\/strong><\/h4>\n<p>Sobre el barbecho se abre a\u00fan la rosa de la tarde, cuando ya cierra la noche en el cafetal y son los callejones como r\u00edos de sombra y silencio.<\/p>\n<p>En lo claro del patio, sentados encima de rocas a medio surgir de la tierra, frente al sardinel exterior de la puerta del antiguo repartimiento de esclavos, hoy habitaci\u00f3n de varias familias de peones, conversan los primeros en llegar esa noche a la tertulia. Son Juan Francisco el Brujo, Amaro y Feliciano. Juan Francisco es un viejo ga\u00f1\u00e1n, a quien los mozos de la comarca, en dos leguas a la redonda, respetan, porque, adem\u00e1s del arte m\u00e1gico, en que lo creen tan versado que llegan a sospecharle de brujo, posee a la perfecci\u00f3n el arte noble de amansar, hasta hacer d\u00f3ciles como una seda con alma, a los m\u00e1s recios y voluntariosos novillos.<\/p>\n<p>Aunque los amos todav\u00eda le consultan, acaban de ponerle fuera de servicio, entre otras razones, por lo viejo. Cence\u00f1o, de ojos vivos y nariz episcopal, tiene siempre en la comisura izquierda de los labios un rictus ir\u00f3nico. Amaro, el \u00fanico joven de los tres, tambi\u00e9n ga\u00f1\u00e1n, est\u00e1 reci\u00e9n llagado de la guerra. Olvida a menudo que la guerra termin\u00f3, y anda cauteloso por los caminos, avizorando las comisiones de la recluta. Feliciano, aventajado, si no viejo, se halla sobre los otros en jerarqu\u00eda. Medianero, no trabaja casi nunca a jornal, y da en tributo a los amos el tercio de lo recogido en las hect\u00e1reas que siembra.<\/p>\n<p>Hablan de la pasada revoluci\u00f3n, del tiempo dif\u00edcil, de los trabajos duros, de las cosechas malas. Enfrente de ellos, en las ramas de un enano bucare gallinero, se recogen, con su desapacible cacareo y su vuelo torpe, unas gallinas. Detr\u00e1s del bucare, en un jardincito cuidado por las muchachas del repartimiento, se desgajan de flor cuatro rosales. Gladiolas, dispersas entre los rosales, erigen sus v\u00e1stagos floridos como lanzas enhiestas bajo el crep\u00fasculo. En las puntas de algunas de esas lanzas brilla el oro, y en las puntas de otras, la sangre, como si fuese al golpe de ellas que el crep\u00fasculo dotado y sangriento entr\u00f3 en agon\u00eda,<\/p>\n<p>\u2014+\u00bfSe acuerda, Feliciano? Por aqu\u00ed mismito pas\u00e9 entre la truya de los vagabundos del pueblo.<\/p>\n<p>\u2014Ya lo creo que me acuerdo. Y me acuerdo que detr\u00e1s de ustedes pas\u00f3 despu\u00e9s, tumbando el cafetal con sus. gritos, que romp\u00edan el alma, tu vieja, la pobre \u00darsula, a quien Dios tenga en gloria.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Hasta eso, caray! \u00a1Y mire que yo estaba resuelto a huir! Cuando me cogieron lo pens\u00e9: en cuantico no m\u00e1s despabilen, me les voy. Pero una cosa piensa uno y otra es&#8230; Dos o tres veces, al principio, cre\u00ed llegada la ocasi\u00f3n de desert\u00e1, y siempre se me present\u00f3 alg\u00fan inconveniente. Vine a lograrlo ya, como quien dice, a las \u00faltimas. Pa nada; pa hallar que ya no ten\u00eda casa, porque la vieja estaba muerta y Bruno andaba desgaritao po all\u00e1 arriba,<\/p>\n<p>\u2014Ese s\u00ed que se les fue. No le pudieron ech\u00e1 mano. Cuando la comisi\u00f3n asomaba en el camino real o por las callejones, ya \u00e9l estaba encaramao sobre el cerro.<\/p>\n<p>\u2014Por algo lo llaman Venao. Lo que es Bruno queda de esta hecha bien aprend\u00edo; se sabe too el \u00c1vila de memoria.<\/p>\n<p>-\u2014\u00bfNo creen ustedes que yo corto todav\u00eda riesgo? \u2014inquiri\u00f3 t\u00edmidamente \u00c1maro\u2014. \u00a1Como dicen que la guerra no ha terminao y como el jefe civil del pueblo es tan maluco!<\/p>\n<p>\u2014:\u00a1Qu\u00e9 va! \u00a1Ya la guerra se acab\u00f3! \u00a1Lo que les importa a ellos que t\u00fa ni mil como t\u00fa hayan desertao! Ahora est\u00e1n muy tranquilos y en cosecha. Tanta guerra, pa n\u00e1a: \u00a1pa que ellos recojan su cosecha muy tranquilos! \u00a1Cosecha m\u00e1s buena y f\u00e1cil<\/p>\n<p>\u2014De verdad que \u00e9sta es una colmena muy dulce&#8230;, y nosotros, erre que erre, trabaja que trabaja, pa los z\u00e1nganos.<\/p>\n<p>Del callej\u00f3n que a la derecha, partiendo del cafetal, conduce a la quebrada, viene un ruido de carreras y voces. Son las muchachas que a \u00faltima hora han ido a la quebrada o al sequi\u00f3n en busca de un poco de agua o por la ropa, tendida a secar sobre mogotes y piedras.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ay, Dios m\u00edo! Esp\u00e9ranos. Esp\u00e9ranos, Candelaria. \u00a1Jes\u00fas contigo, chica! Esp\u00e9ranos \u2014ruega una voz, temblando de angustia.<\/p>\n<p>Y continuando y cubriendo la voz, una risa fresca y sonora desgrana en la sombra del cafetal su cantar\u00edn chorro de perlas. Adelante contestan con un correr a\u00fan m\u00e1s precipitado, en tanto que atr\u00e1s responden a la voz y a la risa, como un eco, otra voz y otra risa. Risas y voces resuenan como de quienes hablan y r\u00eden alto para ahuyentar el miedo, Quien primero aparece en lo claro del patio, donde todav\u00eda se prolonga el desmayo mortal del crep\u00fasculo, es Candelaria.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1 Ay, qu\u00e9 susto! \u00a1Qu\u00e9 susto! \u00a1Pedrito! \u00a1Pedrito!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Me parece que no ha llegao!<\/p>\n<p>\u2014;\u00a1Caramba con el hombre! Cuando venga de la pulper\u00eda se le habr\u00e1 enfriado la cena, \u00bfAy, Dios m\u00edo! \u00a1Qu\u00e9 susto! \u00bfQu\u00e9 susto!<\/p>\n<p>\u2014Pero \u00bfqu\u00e9 le pasa, Candelaria?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1No me diga, se\u00f1or Feliciano! \u00a1No me diga! Esp\u00e9rese un momento, que no puedo con el susto.<\/p>\n<p>Jadeante, puesta la mano izquierda sobre el coraz\u00f3n, mientras con la otra sujeta un flaco atadijo de ropa, Candelaria se apoya al muro del repartimiento, cerca de la entrada, Aunque zamba, tiene el pelo abundoso y liso, y como se le aflojara en la precipitaci\u00f3n de la carrera, al ella reclinarse contra el muro, acaba de escurr\u00edrsele el pa\u00f1uelo que le sirve de cofia para desprend\u00e9rsele de los hombros en un r\u00edo de azabache. Al mismo tiempo, la risa que antes reson\u00f3 en el cafetal desgrana de nuevo en el patio el collar de sus perlas cantarinas. La risa es de Rosa, quien ven\u00eda en la carrera detr\u00e1s de Candelaria. Y Rosa es la hija de la se\u00f1ora Leonor, como la llaman en el repartimiento, o de la Viuda, como con m\u00e1s frecuencia le dicen, por serlo de un antiguo pe\u00f3n de la hacienda, A la muerte del pe\u00f3n, madre e hija quedaron en la hacienda, y ambas luchan desde entonces a cada cosecha de caf\u00e9 por ganarse en la cogida el pan de todo el a\u00f1o.<\/p>\n<p>Rosa, adem\u00e1s, porque tiene el pecho y los brazos y piernas firmes como de hombre, se echa a la espalda grandes brazadas de le\u00f1a, baja gordas vigas del cerro con los mozos baquianos del \u00c1vila y, de buena gana y con rostro risue\u00f1o, se enfrenta a los m\u00e1s fatigantes menesteres hombrunos. Es rubia, con fina p\u00e1tina de oro, que soles demasiado vivos le han puesto. Su pelo bermejo, cuando se destrenza, flamea como un penacho de sol; tiene cejas muy aproximadas y espesas, y su boca, aunque muda, va diciendo su nombre, porque es rosa en cuyo centro, si r\u00ede, relumbran los dientes, muy blancos. Ri\u00e9ndose a\u00fan, se dirige a Candelaria en son de reproche;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Jes\u00fas contigo, chica! \u00bfPor qu\u00e9 no me esperaste? \u00a1Buena compa\u00f1era!<\/p>\n<p>No se le ocurri\u00f3 considerar que ella tampoco hab\u00eda esperado a Peregrina, la hija mayor de Feliciano, la que, no pudiendo correr como las otras, qued\u00f3 a la zaga, y lleg\u00f3 la \u00faltima.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTodav\u00eda no le han contado lo que nos pas\u00f3? \u00bfCon que todav\u00eda no se te ha pasado el susto, chica?<\/p>\n<p>Casi inmediatamente detr\u00e1s de Rosa, la hija mayor de Feliciano, surge con la tinaja de agua en la cabeza. Mientras en el brazo izquierdo, airosamente arqueado, mantiene su carga puesta sobre un rodete oscuro, se recoge el delantal con la mano derecha para enjugarse la frente y las mejillas, mojadas al primer sobresalto por el agua ca\u00edda de la tinaja colmada. Sus dieciocho a\u00f1os llevan como una flor la grosera vasija de barro. Sonr\u00ede con pl\u00e1cida sonrisa, disimulando su miedo, y balancea al andar sus caderas con garbo y l\u00edneas de m\u00facura. Candelaria y Rosa empiezan simult\u00e1neamente a contar la raz\u00f3n de su miedo.<\/p>\n<p>\u2014Recog\u00eda yo la ropa y estaba esta ayudando a Peregrina a subirse la tinaja&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Estaba yo ayudando a Peregrina a alzarse la tinaja, cuando son\u00f3 un suspiro, o algo as\u00ed como un suspiro, y todas nos vimos las catas a ver cu\u00e1l de nosotros eta, Y no era ninguna, As\u00ed mismo rompi\u00f3 a sonar una m\u00fasica, \u00a1pero qu\u00e9 m\u00fasica! Lo mismito que si fueran muchas arpas y violines que estuvieran sonando dentro del pozo.<\/p>\n<p>\u2014Eso es: lo mismo que si dentro del pozo hubiera una m\u00fasica de aspas y violines.<\/p>\n<p>\u2014;\u00a1Jum!\u2014hace Feliciano, sintiendo que un escr\u00fapulo malicioso lo escarba por dentro.<\/p>\n<p>\u2014\u2014Ese es el encanto \u2014sentencia doctoralmente Juan Francisco.<\/p>\n<p>\u2014\u00ab\u00bfEl encanto? \u2014pregunt\u00f3 Feliciano, a quien ante la afirmaci\u00f3n categ\u00f3rica de Juan Francisco empieza a desvanecerse poco a poco el escr\u00fapulo.<\/p>\n<p>Peregrina, despu\u00e9s de entrar la tinaja, vuelve a sentarse en el sardinel de la puerta. Su regreso coincide con la insinuaci\u00f3n de la luna detr\u00e1s de un pico del \u00c1vila, que se inflama de oro. Y por un momento, en aquella transfiguraci\u00f3n dorada del pico, los velos de oro y sangre del crep\u00fasculo se entrelazan y mezclan con los velos de plata de la noche lunar. En el corral\u00f3n que hace de establo, separado por toda la anchura de la oficina del caf\u00e9, muge una vaca, y un agrio, vacilante y pla\u00f1idero berrido de recental responde. Del fondo del valle viene cantando un soplo fresco. Sobre el techo de cinc del establo mueven los bucares, con suav\u00edsimo tumor, sus follajes blancos de luna. Delante del corral\u00f3n un chaguaramo, sobre su armonioso fuste de columna cor\u00edntica, despliega sonoramente su abanico de palmas.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed; ese es el encanto \u2014sentencia otra vez Juan Francisco\u2014. \u00bfY ustedes no vieron c\u00f3mo el agua dejaba de correr, qued\u00e1ndose la quebrada seca, seca hacia abajo?<\/p>\n<p>-\u2014\u00a1Qu\u00e9 \u00edbamos a ver! O\u00edr m\u00fasica y echar a escape, fue todo uno. \u00a1Ah, carrera que pegamos! Al menos Candelaria y yo, porque \u00e9sta no sab\u00eda qu\u00e9 hacerse con la tinaja encima. \u00a1Jes\u00fas, Mar\u00eda y Jos\u00e9l Si yo s\u00e9 que es un encanto, me caigo priv\u00e1 del miedo,<\/p>\n<p>\u2014Pues no puede ser sino el encanto \u2014vuelve a decir Juan Francisco\u2014. Yo lo he gozado tres veces en la acequia de all\u00e1 arriba, por debajo del tanque. La acequia se queda sequita, sequita en un punto: el agua sigue corriendo pa bajo, pero del lao arriba se amontona, y ah\u00ed comienza a sonar esa m\u00fasica de arpa y violines que oyeron ustedes.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Uy, qu\u00e9 miedo! \u00bfY a ust\u00e9 nunca le ha dao miedo, Juan Francisco?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA m\u00ed? No.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 miedo le va a dar, si \u00e9l tiene pa t\u00f3 eso la contra! \u2014observa \u00c1maro.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfHasta pa las brujas?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ya lo creo!, hasta pa las brujas. \u00a1Hombre!, con casualidad hoy es martes, y todos los martes en la noche dicen que viene aqu\u00ed una bruja, Sale del cafetal y se posa en el tejado del repartimiento. \u00bfQu\u00e9 vendr\u00e1 a hacer? \u00a1Si habr\u00e1 ven\u00edo ya esta noche! Aunque bien puede ser que no salga en las noches de luna como \u00e9sta, en que todo est\u00e1 lo mismito que si fuera de d\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, \u00bfy qu\u00e9 debe uno hacer por si acaso ve uno venir a la bruja? \u2014insiste Feliciano.<\/p>\n<p>\u2014Pues te le pones delante con los brazos en cruz, que as\u00ed, en cuanto la bruja te vea, se cae al suelo de redondo. La cosa es que debes hacer la se\u00f1al de la cruz muy ligero, antes que la bruja se encarame en el tejao, porque si no te andas ligero no hay contra que valga. Ahora, si le ense\u00f1as a tiempo la se\u00f1al de la cruz y la bruja viene al suelo, ya entonces puedes hacer de ella lo que te d\u00e9 la gana; con s\u00f3lo querer t\u00fa, puedes convertirla en un animal cualquiera,<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Hombre!, no est\u00e1 malo saberlo. D\u00e9jala venir, que si me topo con ella, la convierto en burra. Aunque fuera pa llev\u00e1 las arvejas al mercado, me servir\u00eda.<\/p>\n<p>Mientras los hombres platican de brujas, las muchachas disimulan su desaz\u00f3n lanzando risitas ahogadas, pellizc\u00e1ndose entre s\u00ed y apret\u00e1ndose unas con otras en el sardinel de la puerta. Contra Peregrina, agazapada en un extremo, se acurrucan las dem\u00e1s: Rosa, la hija de la se\u00f1ora Leonor, y Dolores y Carmen, hijas de Feliciano, que siguen en edad, aunque bastante de lejos, a Peregrina. Detr\u00e1s, en el suelo sentada, Mar\u00eda, una de las hermanas de Pedrito, forma parte del grupo. De tiempo en tiempo<\/p>\n<p>Candelaria se asoma a ver si Pedrito ha llegado. Pero Pedrito no acaba nunca de llegar, como si estuviese dispuesto a no volver de la pulper\u00eda esa noche. Fuera de las horas del trabajo, cuando no va para la pulper\u00eda, es porque viene de ella. \u201cNo tiene otro defecto\u201d, explica filos\u00f3ficamente Candelaria.<\/p>\n<p>Y aquello parece en \u00e9l como simple defecto, sin duda, cuando a \u00e9l se le compara con los dem\u00e1s de su familia, que, aunque viven en el mismo repartimiento, se hallan por finas artes de Candelaria mantenidos a buena distancia del matrimonio. Oscuros de piel y origen, llevan apellido Blanco,<\/p>\n<p>Pedrito es al menos trabajador, y, si bebe, tiene la borrachera silenciosa y dulce. Los dem\u00e1s, trabajan apenas para el trago, y su bebida es locuaz y pendenciera. Cuando consiguen el modo, se regalan con largas libaciones de champurrio, grosera mezcolanza de aguardiente y de un infecto brebaje a que ellos dan el nombre de vino. Todos beben, inclusive la madre, la vieja Paula, y con la sola excepci\u00f3n del \u00faltimo de ellos, Felipe, o sea Chiva o Chivera, arrapiezo de unos doce a\u00f1os, vestido casi siempre de un saco tan largo que le abanica los pies cuando camina, y siempre armado de un machete que, puesto en el suelo de punta, le llega a los hombros.<\/p>\n<p>Todos hablan entre dientes, y aun cuando alguno de ellos hable con un extra\u00f1o, parece estar hablando consigo mismo. Piensan hablando, y su ordinaria manera de hablar es el mon\u00f3logo. No es rato que tres o cuatro de ellos a un tiempo se entreguen cada uno a su particular soliloquio, de suerte que si un desconocido llegase entonces al patio del repartimiento, se imaginar\u00eda estar en una casa de orates. Pero sucede, sobre todo cuando se entregan: a libaciones profusas, que uno de ellos rompe el mon\u00f3logo del de m\u00e1s all\u00e1 y, empezando por disputarse \u00e9stos, acaban, ya encendida la gresca, por disputarse todos. Y al otro d\u00eda, ninguno de los que rabiosamente disputaron, acierta a decir cu\u00e1l fue el principio ni la raz\u00f3n de la disputa.<\/p>\n<p>Mar\u00eda, la hermana de Pedrito, sentada en el suelo, se\u00f1ala de repente hacia el callej\u00f3n:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ayayai! \u00a1Qu\u00e9 es aquello! \u00a1Aquello, aquello, chica! Ya van todas a levantarse, cuando Feliciano las contiene:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 mujeres tan miedosas! \u00bfNo est\u00e1n viendo que es una mata de cambur?<\/p>\n<p>A la vera del cafetal, cerca de la misma boca del callej\u00f3n, las hojas de un banano, mecidas por las brisas y todas blancas de luna, fingen los ndesmesurados brazos de un fantasma que llamase con signos de misterio. \u00a1D\u00edgame si hubiera sido el becerro que dicen que sale detr\u00e1s del corral\u00f3n!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEs un becerro o un caballo blanco?<\/p>\n<p>\u2014Es un becerro -\u2014asegura Juan Francisco,<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Jes\u00fas con ustedes! \u00bfHasta cu\u00e1ndo van a estar hablando de esas cosas Y yo con tanto sue\u00f1o&#8230; Pero, ahora, ni que me maten voy sola p&#8217;all\u00e1 dentro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9?<\/p>\n<p>\u2014Porque tengo miedo \u2014explica sencillamente Rosa, la que ayuda a bajar pesadas viguetas a los mozos baquianos del \u00c1vila.<\/p>\n<p>En el mismo instante los perros a\u00fallan.<\/p>\n<p>\u2014\u2014\u00a1Ayayai! \u00bfQu\u00e9 es aquello&#8230;, aquello tan blanco? \u2014prorrumpe de nuevo Mar\u00eda, se\u00f1alando el callej\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfAquello? Aquello es un hombre \u2014dice Feliciano, cuando ya todos creen asistir a la aparici\u00f3n del fant\u00e1stico becerro\u2014, Son hasta dos hombres.<\/p>\n<p>Es Pedrito, que viene con uno vestido de blanco. Pedrito llega y, sin decir palabra, entra en el repartimiento. El hombre vestido de blanco se detiene y saluda.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Gua! \u00a1Si es el compadre Jos\u00e9 Jes\u00fas! \u2014y Juan Francisco avanza al encuentro del compadre.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSe le present\u00f3 alg\u00fan trabajito por aqu\u00ed Jos\u00e9 Jes\u00fas?<\/p>\n<p>\u2014\u00c1 eso vengo, Feliciano.<\/p>\n<p>El alba\u00f1il Jos\u00e9 Jes\u00fas Villagrama, el Tralunao, viene de la ciudad, adonde va a trabajar a las casas del amo cuando no tiene qu\u00e9 hacer en la hacienda. Es negro y viste de blanco. Encogido de hombros, va zangoloteando los brazos al andar, como si tuviera demasiado flojas las coyunturas. Juan Francisco y Jos\u00e9 Jes\u00fas, apartados un buen espacio de los otros, conversan en voz baja. Feliciano los observa y dice:<\/p>\n<p>-\u2014Ya est\u00e1n haciendo su patuco.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTan ligero? Entonces, \u00bfJos\u00e9 Jes\u00fas no ha perdido la ma\u00f1a?<\/p>\n<p>\u2014Ma\u00f1a vieja no se pierde.<\/p>\n<p>Y Feliciano agrega en seguida:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 rato! Tampoco esta noche ha venido Bruno.<\/p>\n<p>\u2014Cuando llegu\u00e9, yo esperaba encontrarlo.<\/p>\n<p>Hay un silencio. Vagos cuchicheos corren por el sardinel; se advierten en la sobria ondulaci\u00f3n que mueve las cabezas de las muchachas. Peregrina se acurruca todav\u00eda m\u00e1s sobre el marco de la puerta, y rompe luego a hablar de modo precipitado y voluble. Entre otras cosas, recuerda al padre que hay ma\u00edz por desgranar. Pero Feliciano contesta:<\/p>\n<p>\u2014Se desgranar\u00e1 otra noche.<\/p>\n<p>Cae de nuevo el silencio, y entonces nadie se atreve a interrumpirlo, El m\u00e1gico filtro sedante del claro de luna ha rebosado los Corazones, y desborda como un \u00f3leo en el silencio de los labios. Apenas el brujo y su compadre contin\u00faan el di\u00e1logo en voz queda. Los dem\u00e1s van sucesivamente retir\u00e1ndose, hasta que se deshace la tertulia. El \u00faltimo es Feliciano. Desea las buenas noches a los dos compadres, a\u00fan en conferencia, y a\u00f1ade, con un resabio de malicia:<\/p>\n<p>\u2014Oye, Juan Francisco, si acaso viene la bruja, que ya me parece que no vendr\u00e1, porque es muy tarde, aprov\u00e9chala&#8230;, a menos que no tengas pensada cosa mejor&#8230;<\/p>\n<p>Los dos compadres, despu\u00e9s de esperar un minuto, se dirigen a lo largo de las paredes del repartimiento. Otro hombre sale entonces del cafetal, se detiene a la orilla de \u00e9ste, y cuando ve a Jos\u00e9 Jes\u00fas y a Juan Francisco, se interna de nuevo a recatarse de ellos detr\u00e1s de un tronco. De entre el follaje de los \u00e1rboles que asombran el establo de las vacas, ah\u00ed cerca, surge el canto de la pavita. Los dos compadres, que van ya rasando las paredes del repartimiento, vacilan y se paran algo turbados y confusos. Miran a todos lados. Uno de ellos cree haber sentido crujir las hojas secas, y sondea el cafetal con los ojos. Luego, tras de aquella moment\u00e1nea vacilaci\u00f3n, prosiguen su marcha en silencio.<\/p>\n<p>Se oye a los perros ladrar en la lejan\u00eda. Ladran a la luna o a los visajes de las cosas vestidas de luna. El m\u00e1s imperceptible movimiento, el m\u00e1s leve murmullo de la dulce noche l\u00edvida, alza un eco desmedido y temeroso en la imaginaci\u00f3n de los perros guardianes. Y los m\u00faltiples aullidos exasperados, dispersos en ranchos, cortijadas y caser\u00edos, detonan sobre la un\u00e1nime serenata de infinitos y oscuros m\u00fasicos agrestes. Dentro y fuera del repartimiento, bajo la arboleda del cafetal, resuena y se prolonga la orquesta de los grillos. En ella el o\u00eddo avezado reconoce muchas variedades de estilos e instrumentos.<\/p>\n<p>Hay maestros menudos que sacan una fina nota de vidrio de su violincito estridente; otros hay que tienen una nota aflautada y sede\u00f1a de viola, y otros grandes, como grandes tazas grises, cuyas notas parecen notas de violoncelo, profundas. Toda la vida del campo acaba por condensarse, poco a poco, en la m\u00fasica del grillo, en la exaltada fantas\u00eda de los canes, y en el \u00c1vila, que luce m\u00e1s enhiesto en la noche. Ba\u00f1ado de luna, sin la menor pincelada de nieblas, el \u00c1vila atalaya el paisaje. Al mismo tiempo que parece velar sobre el valle dormido y sobre el sue\u00f1o intranquilo del hombre, alza la cresta m\u00e1s n\u00edtida como una invitaci\u00f3n a las estrellas del cielo. Con sus yermas cuestas divididas por gargantas rec\u00f3nditas de bosque, muestra a la suave luz de la luna los mismos claros y oquedades que a la violenta luz del mediod\u00eda. S\u00f3lo a trechos, la cima surge diferente, muy blanca; rotos cantos de granito resplandecen como de plata bru\u00f1ida bajo la plata lunar, y en la cima abrupta y pelada se posa la ilusi\u00f3n de la nieve.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/manuel-diaz-rodriguez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Manuel D\u00edaz Rodr\u00edguez Sobre el barbecho se abre a\u00fan la rosa de la tarde, cuando ya cierra la noche en el cafetal y son los callejones como r\u00edos de sombra y silencio. 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