{"id":5212,"date":"2022-07-13T00:02:21","date_gmt":"2022-07-13T00:02:21","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5212"},"modified":"2023-11-24T18:28:46","modified_gmt":"2023-11-24T18:28:46","slug":"dos-cuentos-de-enrique-bernardo-nunez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-enrique-bernardo-nunez\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Enrique Bernardo N\u00fa\u00f1ez"},"content":{"rendered":"<h3><strong>La perla<\/strong><\/h3>\n<p>Fucho Carvi sali\u00f3 del rancho llevando de la mano a su hijo Nico, de siete a\u00f1os. Nico trataba de contener su llanto y volv\u00eda su rostro hacia el hogar donde columbraba sombras presurosas. Con trabajo segu\u00eda a Fucho que marcaba a grandes pasos por aquel arenal cubierto a trechos de cardones. Toda la decoraci\u00f3n del mar y el cielo desaparec\u00eda r\u00e1pidamente a sus ojos.<\/p>\n<p>Los tripulantes de la \u201cMar\u00eda Galante\u201d se adormec\u00edan mecidos por la brisa del anochecer. Al ver a Fucho se sorprendieron, pero al notar su rostro descompuesto, callaron. Los hombres maniobran maquinalmente. Alzaron las velas y en breve la \u201cMar\u00eda Galante\u201d se desliz\u00f3 por el mar en calma.<\/p>\n<p>Los hombres fueron tendi\u00e9ndose sobre lonas, encima de las barricas y sacos de conchas. El m\u00e1s joven, con la cabeza apoyada en las manos canturreaba uno de esos aires simples de leyenda. Nico solloz\u00f3 largo rato y acab\u00f3 por dormirse. En tanto, Fucho, tumbado cerca de popa contemplaba el cielo del cual ca\u00eda un resplandor sereno. Como hac\u00eda\u00a0fr\u00edo\u00a0se levant\u00f3 y abrig\u00f3 al ni\u00f1o. Era un gigante taciturno y brutal. Cuando les cog\u00eda la tormenta su voz era suficiente para inspirar confianza y alivio. Ten\u00eda una miseria soberbia de la cual el mismo no se daba cuenta. Hab\u00edan sacado perlas como para enriquecer a un lugar entero, pero todas pasaban a manos de fabricantes poderosos por un valor irrisorio.\u00a0\u00a0Ahora, despu\u00e9s de lo sucedido, ambicionaba hallar una sola, esplendida, que le permitiera descansar y comprarle a Nico un hermoso barco.<\/p>\n<p>Fucho se dirigi\u00f3 a los ca\u00f1os del Orinoco. All\u00ed var\u00f3 su embarcaci\u00f3n, y dijo que volver\u00eda a Margarita en el a\u00f1o siguiente. Volvi\u00f3 despu\u00e9s de tres a\u00f1os, al abrirse la pesca y se enganch\u00f3 con su bote en el tren de un comerciante. Durante la estaci\u00f3n de pesca pereci\u00f3 su hijo Nico. Acopiaron buena cantidad de perlas, en la cual todos ten\u00edan parte. Pero el patr\u00f3n no hall\u00f3 comprador y tuvieron de irse hasta La Guaira, en Caracas, tampoco pudieron colocar las perlas; el patr\u00f3n quer\u00eda venderlas al mejor precio. Ten\u00edan un mill\u00f3n y no hallaban como repartirse el dinero. Fue preciso pedir a cuenta con un inter\u00e9s crecido una tarde, en Guanta, encontr\u00f3 a uno de su aldea. Le dio informe de todos.<\/p>\n<p>Su mujer que \u00e9l dejara por muerta, despu\u00e9s de la espantosa escena, la tarde que regres\u00f3 de Costa Rica, hab\u00eda parido un hijo. En cuanto a Lencho, se hab\u00eda ido el a\u00f1o antes al Ecuador. \u201calg\u00fan d\u00eda nos veremos la cara\u201d \u00ad\u00ad\u2013\u2013 se limit\u00f3 a decir Funcho, disimulando su ira.<\/p>\n<p>Siguieron despu\u00e9s a Barranquilla. El viaje result\u00f3 \u00fatil. En Curazao el patr\u00f3n resolvi\u00f3 empe\u00f1ar las perlas en un banco para darle dinero y seguir, \u00e9l a Europa a negociar el resto. Entonces se dispusieron a regresar a Margarita, con otros que volv\u00edan del extranjero. Entre estos estaba Lencho, a quien Fucho le ofreci\u00f3 su barco. Eran viejos amigos y lo pasado, pasado, afirma Fucho.<\/p>\n<p>A los tres d\u00edas de navegaci\u00f3n ces\u00f3 el viento. La \u201cMar\u00eda Galante\u201d permanec\u00eda inm\u00f3vil, en alta mar, con todas sus velas desplegadas. Los tripulantes so\u00f1aban con sus aldeas arenosas, con sus ranchos donde pasaban los d\u00edas tumbados en la hamaca, evocando las aventuras del mar mientras la mujer tej\u00eda cerca de ellos, o iba a buscar agua por tierras tostadas, a mucha distancia.<\/p>\n<p>Jugaban a los dados o refer\u00edan historias. El mar, si, ten\u00eda sus misterios. Alguno aseguraba haber visto cierta noche alejarse una sombra tan vaga que parec\u00eda un fantasma. Otro enredado entre las algas hab\u00eda sentido el contacto de una cosa blanda: estaba sobre el cad\u00e1ver de un buzo, arrastrado tal vez por una manta. En los pa\u00edses submarinos ca\u00eda una luz sombr\u00eda. Hab\u00eda bosques petrificados, grutas dibujadas de manera confusa, cubiertas de algas gigantescas, que eran guaridas t\u00e9tricas. Otras veces sosten\u00edan con los\u00a0monstruos\u00a0batallas feroces. Ninguno como ellos para sacar lances, desafiar las envestidas y lanzarse desnudos al agua.<\/p>\n<p>Comenzaban a impacientarse, y su inquietud aumentaba al ponerse el sol. Se observaban en silencio, recelando unos de otros. Las provisiones eran escasas.\u00a0\u00a0Imploraba a la Virgen del Valle con plegarias furtivas. Le ofrec\u00edan perlas, la primera que hallare. La Virgen ten\u00eda para bordar un manto, formar rosarios, collares o hacer una corona de flores contrahecha de perlas.<\/p>\n<p>El mar, para ellos, era \u00fanicamente un criadero de perlas, un jard\u00edn de gemas en buscas de ellas iban a las costas m\u00e1s lejanas, api\u00f1ados en embarcaciones ligeras, a la Guajira, al Ecuador, a Costa Rica. La conoc\u00edan todas: las redondas de blancura mate que dan de improviso destellos irisados; las menudas que brillan como arenas al sol, transparente, doradas, luminosas; las de forma extra\u00f1as y las negras que dan un esplendor tenebroso. La perla era una obsesi\u00f3n. Con los ojos entornados pensaban en las m\u00e1s bellas que hab\u00edan visto alguna vez, en sus manos, semejantes a una sonrisa de mujer.<\/p>\n<p>La noche aquella jugaban Fucho y Lencho. El primero hab\u00eda ganado una gruesa suma. De pronto Lencho manifest\u00f3 indignado. \u00bfAcaso le enga\u00f1aba Fucho?<\/p>\n<p>Carvi le mir\u00f3 fijamente obedientes a un mismo impulso, sacaron sus cuchillos. Al primer momento Lencho quiso arrepentirse:<\/p>\n<p>-Tengo dinero, Fucho, podemos arreglar esto \u2013dijo en voz\u00a0\u00a0baja.<\/p>\n<p>Fucho le atac\u00f3 sin responder. Forcejearon y estuvieron a punto de caer al agua. Lencho logr\u00f3 desasirse, saltaba con agilidad incre\u00edble. Con el ruido los dem\u00e1s comenzaron a despertarse y adormilados presenciaban la lucha. Cerca de la popa, Fucho le dio alcance, clav\u00e1ndole el cuchillo. Lencho dio un gemido y se desplom\u00f3 a estribor. Se revolv\u00eda con desesperaci\u00f3n. Despu\u00e9s fue aquiet\u00e1ndose y el estertor termin\u00f3 por extinguirse. El resto de la noche la pasaron silenciosos. Al amanecer la \u201cMar\u00eda Galante\u201d se estremeci\u00f3. Una brisa fuerte hinchaba sus velas. Amarraron al cad\u00e1ver sacos repletos de cosas pesadas y le arrojaron al agua. Fucho les tir\u00f3 un pa\u00f1uelo de dinero y les orden\u00f3 repartirse el de Lencho.<\/p>\n<p>\u2013Ea, muchachos, a lavar esto \u2013les grit\u00f3 batiendo las manos. Limpiaron las manchas de sangre. La \u201cMar\u00eda Galante\u201d resplandec\u00eda y se secaba al sol como un p\u00e1jaro. Iban con viento magnifico. Una ma\u00f1ana despu\u00e9s de cinco d\u00edas, aparecieron a sus ojos las playas todav\u00eda indecisas de Margarita. Nadie se acordaba de lo sucedido y la vista de la isla les hac\u00eda olvidar todo.<\/p>\n<p>Fucho se fue a\u00a0R\u00edo\u00a0Hacha donde se estableci\u00f3. Los a\u00f1os pasaban y al fin determino su regreso para la fiesta del Valle.<\/p>\n<p>La multitud, cubierta de sombrero de paja semejaba una procesi\u00f3n de antiguos suplicantes. Al templo era imposible la entrada. A ratos hab\u00eda un movimiento a la puerta para dar pasos a un penitente. Entraban de rodillas o braceando como si nadaran. Los altos pendones azules barr\u00edan el polvo de la plaza. Salieron las cruces de plata y, por fin, en medio de un grito de alegr\u00eda, la Virgen entre mil Hachones, abrumada por la corona que el sol convert\u00eda en un reflejo del poniente. El obispo iba con su mitra resplandeciente y su \u00e1ureo cayado. A su paso se alzaba un rumor hostil, amenazantes, porque se aseguraba que se pretend\u00eda llevarse la imagen a su Catedral. La procesi\u00f3n dio la vuelta a la plaza, donde llameaban centenares de antorchas. Delante de la Virgen iba un cuadro bordado en perlas, en el cual cada una refiere un portento. Cuando la procesi\u00f3n regresaba, los vitrales encendidos daban un aspecto fant\u00e1stico al templo que resonaba con los c\u00e1nticos y las plegarias. Entonces un hombre manco hendi\u00f3 la muchedumbre y con trabajo fue a depositar al pie de la imagen una perla maravillosa. Toda su vida. Al punto fue reconocido:<\/p>\n<p>\u2013Es Fucho Carvi, de Boca del\u00a0R\u00edo\u2013 afirmaban.<\/p>\n<p>Cuando sali\u00f3, la plaza ard\u00eda como un ascua. La muchedumbre ebria, loca, beb\u00eda y danzaba junto a otros peregrinos arrodillados.<\/p>\n<p>En todas las cantinas hubo de beber con muchos que deseaban festejar su regreso. Encanecido, con una manga vac\u00eda, era un ejemplar de vejez magnifica. Un tibur\u00f3n le hab\u00eda arrancado el brazo izquierdo: cuando le participaban que la pesca se abrir\u00eda pr\u00f3ximamente y que en esto ten\u00eda parte la alegr\u00eda del pueblo, mov\u00eda la cabeza con cierta amargura. Ya no volver\u00eda m\u00e1s a las expediciones.<\/p>\n<p>Se retir\u00f3 a Boca del\u00a0R\u00edo.\u00a0 Despu\u00e9s de comer su pescado se tend\u00eda en la plaza a dormir pl\u00e1cidamente y por encima de su cuerpo pasaban los cangrejos y los caracoles. R\u00e1pidamente\u00a0\u00a0fue haci\u00e9ndose viej\u00edsimo. Permanec\u00eda inm\u00f3vil horas enteras, contemplando el mar. Una tarde se qued\u00f3 muerto viendo una estrella parecida a una perla enorme que rodaba por el horizonte. La gente vio con asombro que el gigante taciturno sonre\u00eda por primera vez.<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<h3><strong>El rey Bayamo<\/strong><\/h3>\n<p>En el rostro de \u00e9bano el gorro flexible y puntiagudo era un penacho flam\u00edgero cuya visi\u00f3n persist\u00eda largo tiempo. Montaba Bayamo un hermoso caballo moro con arneses de plata lo mismo que la empu\u00f1adura del sable.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah\u00ed va el rey! -afirmaban las negras al verle desde los patios mitad huertas, mitad jardines que daban sombra a las casas. Los amos re\u00edan a carcajadas de aquella pretendida soberan\u00eda que tanto orgullo despertaba en sus esclavos, pero ninguno osaba ir al encuentro del caudillo y ech\u00e1rselo en cara.<\/p>\n<p>\u00a1Es un rey como cualquier otro! -arg\u00fc\u00edan indignadas. Los blancos las segu\u00edan codiciosos y cuando desfilaban por el poblado, y bajo las higueras y emparrados eran sus bocas como granadas abiertas.<\/p>\n<p>Bayamo aseguraba que hab\u00eda nacido rey.<\/p>\n<p>Dos gobernadores se hab\u00edan visto obligados a pactar con \u00e9l treguas y otros negocios. Entraba libremente a la ciudad escoltado por su guardia negra. Aquel caballo era trofeo de guerra y Bayamo lo amaba casi tanto como a sus mujeres. Varias expediciones hab\u00edan retrocedido ante su denuedo, astucia y osad\u00eda. Otras quedaron exterminadas. La guerra duraba hac\u00eda varios a\u00f1os. Diariamente alg\u00fan esclavo se fugaba al campamento de los rebeldes, y en las ciudades pensaban con raz\u00f3n que llegar\u00eda el momento de hallarse sin tener quien les laborase el oro y las tierras. Los negros eran sobradamente desvergonzados y malvados en su pretensi\u00f3n de vivir libres, cuando ellos los hab\u00edan comprado a buen precio, con su dinero.<\/p>\n<p>El fuerte de Bayamo estaba en una alta loma rodeada de fosos, sierras, bosques, pantanos y ci\u00e9nagas. A la espalda de la loma estaban sus estancias con tierras bien labradas, abundantes en frutos y pastos. Dos caminos muy angostos y recogidos conduc\u00edan del fuerte a los cortijos, y en lugares inaccesibles guardaban sus hijos y mujeres. Aros de carey, aros de plata, aros de oro. Eran indias robadas en los asaltos y negras que hab\u00edan corrido a compartir su suerte. Ten\u00edan armas, bestias y oro quitado a los blancos en guerra abierta y tenaz.<\/p>\n<p>Sin embargo, la \u00faltima tregua estaba rota. Partidas bien armadas comenzaban a penetrar en los bosques desconocidos. Bayamo adiestraba a los suyos en largas marchas, carreras y saltos. Su gorro alto y rojo se hund\u00eda en la mancha negra y verde de los valles y atajos y parec\u00eda una tea con cuya proximidad las selvas iban a consumirse abrasadas. Los escuadrones evolucionaban ligeros, por una t\u00e1ctica especial que consist\u00eda en dispersarse para fatigar al enemigo, llamando su atenci\u00f3n a todas partes, y despu\u00e9s caer juntos sobre los que llegaban a encontrarse aislados en los vaivenes de la lucha. Atacaban en medio de la lluvia, pues entonces los arcabuces no hac\u00edan fuego, armados de lanzas y arrojando su flecher\u00eda. Los blancos sal\u00edan a su encuentro con espadas y rodelas gritando: \u00a1Santiago! Pero los negros saltaban veloces, imitando aquel grito talism\u00e1nico, con rostro de burlas, y eran sombras escurridizas en medio de los bosques. Llegaron a las puertas mismas de la ciudad, a la hora del mediod\u00eda, cuando los amos se hallaban recogidos a la sombra de sus huertos y corredores. Sonaron las campanas, y el terror y el alboroto se esparcieron dentro de los muros, pues ya cre\u00edan la ciudad en poder de los negros. Muchos se fugaron aquel d\u00eda. En medio del combate pod\u00edan o\u00edr los gritos jubilosos y las amenazas de los libertados.<\/p>\n<p>Ca\u00edan sobre las recuas que iban de una parte a otra, de Nombre de Dios a Panam\u00e1, y se apoderaban de las mulas, machetes y cuchillos. Desde\u00f1aban los terciopelos, damascos y sedas por in\u00fatiles, y despu\u00e9s de dispersarlos, dejaban seguir a los arrieros. Se les ocurri\u00f3 a veces, en el ardor de la victoria, matar a \u00e9stos y extender sus cuerpos en el camino. Los capitanes lo imped\u00edan. Bayamo daba \u00f3rdenes de ser clementes y castigaba severamente a los autores de cualquier exceso. Lo que m\u00e1s indignaba a los blancos era verlos tan imp\u00e1vidos en recibir las acometidas. Esto les parec\u00eda el colmo de la insolencia. Emboscados en los arcabucos, temblando de c\u00f3lera, los sent\u00edan acercarse veloces y astutos y con el mismo \u00edmpetu se les sal\u00edan de las manos. Los blancos no osaban aventurarse en las selvas fragosas, oscuras. Cre\u00edan ver negros rebeldes en todas partes. En los bosques parec\u00eda arder un inmenso carbunclo y el menor ruido, un movimiento de hojas, les sobresaltaba.<\/p>\n<p>De la loma descend\u00edan las partidas en direcciones diversas. Cierta noche un grupo de los m\u00e1s valerosos se deslizaba silencioso hacia Nombre de Dios. La luna alumbraba un cielo de pesadilla y a esa luz turbia vieron seis negros balance\u00e1ndose en sus horcas. Los guardas al sentirlos dieron la se\u00f1al de alarma. Corrieron las vecinas en tumulto y se trab\u00f3 un largo combate. Vencidos por el n\u00famero los negros se retiraron dejando prisioneros y muertos. Embriagados de furor caminaron toda la noche por los bosques inm\u00f3viles, humedecidos de aquella luz p\u00e1lida. Al amanecer se hallaron en un campamento donde se ve\u00edan lanzas, espadas y arcabuces. Los espa\u00f1oles apenas tuvieron tiempo de tomar las armas al despertar y verlos esparcidos por su real. Los negros heridos, maltrechos, comenzaron a retirarse desangr\u00e1ndose por el camino. De pronto los espa\u00f1oles se vieron cercados. Los esclavos hab\u00edan tomado todas las salidas. As\u00ed estuvieron inm\u00f3viles durante una semana sin soltar las armas. Se alimentaban de pl\u00e1tanos verdes y cogollos de palma. Una densa bruma envolv\u00eda los bosques, las colinas, el valle ondulante. Ca\u00eda la lluvia eternamente. Ya pensaban en morir all\u00ed extenuados y miserables cuando otra partida de blancos vino en su auxilio. Cayeron sobre los negros, por la espalda.<\/p>\n<p>Un esclavo fugado en esos d\u00edas refiri\u00f3 a Bayamo el suplicio de los prisioneros en Nombre de Dios. Nada valieron las reclamaciones de los amos. El teniente del rey orden\u00f3 fuesen ajusticiados para escarmiento. Los pusieron en unas colleras de hierro atadas del rollo erigido en la plaza a una ventana pr\u00f3xima, con sendas ca\u00f1as en las manos. Soltaron entonces unos mastines que comenzaron a despedazarlos, y como enloquecidos de rabia y de dolor trataban de defenderse con las ca\u00f1as, se avivaba el furor de los perros. A\u00fan vivos, desollados, los negros fueron arrastrados a las horcas. Tomar\u00edan venganza despu\u00e9s de muertos, anunciaban. Traer\u00edan de Guinea muchedumbre de enemigos para destruir a los blancos y pasarlos a cuchillo. Y era de ver la aflicci\u00f3n de los amos. M\u00e1s bien pod\u00edan venderlos muy lejos y recobrar su valor pagado en buen oro.<\/p>\n<p>Al mismo tiempo lleg\u00f3 a conocimiento de Bayamo que una fuerte expedici\u00f3n dirigida por un general siempre afortunado y de gran experiencia marchaba contra \u00e9l. Su actividad entonces fue prodigiosa. \u00c9l mismo derribaba enormes troncos para levantar reductos; hac\u00eda cavar en el camino hoyos profundos disimulados con hierbas; estudiaba el terreno; cubr\u00eda los atajos de estacadas. Noche y d\u00eda se trabajaba en el campamento. Distribuy\u00f3 Bayamo entre los suyos un arsenal de peque\u00f1as lanzas, cuchillos y flecher\u00eda y a toda hora deslizaba en los o\u00eddos de su gente una palabra maravillosa. Se las hac\u00eda repetir y anunciar por los lugares que le estaban sujetos. Al o\u00edrla los ojos de los negros brillaban como si viesen oro reluciente. Sus corazones se inflamaban. Libertad.<\/p>\n<p>Cierta madrugada al volver de su inspecci\u00f3n, Bayamo se qued\u00f3 dormido a la entrada del palenque, sobre unas ruanas. Estaba en una sala de ricos mosaicos en medio de la cual surg\u00eda una fuente. Y el agua ca\u00eda con rumor encantado en el estanque cubierto de astromelias.<\/p>\n<p>\u00c9l estaba sentado cerca de los bordes y una mujer blanca danzaba desnuda, y danzaba para \u00e9l. Mujeres blancas apenas hab\u00eda conocido una, su primera due\u00f1a, a quien recordaba con gratitud. Ella hab\u00eda sido su iniciadora durante las siestas largas de un campamento en el laboreo de minas. Y Bayamo despert\u00f3 con una floja molicie en el cuerpo.<\/p>\n<p>Reaviv\u00f3 su br\u00edo cuando vio abajo, frente a su loma, una especie de masa acerada de la cual se escapaba cierta vibraci\u00f3n sorda, terrible. Los blancos hab\u00edan llegado. Una idea surgi\u00f3 vivaz, iluminadora, en la mente de Bayamo. En un momento concibi\u00f3 todo su plan. La presa era segura. Se ver\u00edan bloqueados. Languidecer\u00edan en largos d\u00edas sin poder emplear las armas. Ellos, en cambio, ten\u00edan comunicaci\u00f3n con sus estancias, salidas secretas. Podr\u00edan resistir mucho tiempo. Si intentaban acometer la loma ser\u00eda f\u00e1cil destruirlos desde arriba con enormes piedras ya dispuestas en montones y los ver\u00edan precipitarse en los abismos circundantes. Si se dejaban atraer a las serran\u00edas perecer\u00edan extraviados y cuando ya comenzaran a debilitarse empezar\u00edan a exterminarlos. Tomar\u00eda vivo al general y para humillaci\u00f3n del enemigo y conseguir un buen rescate. Pero con gran sorpresa vieron que un negro sal\u00eda del campamento y comenzaba a trepar la cuesta. Reconocieron a uno de los suyos prisionero en el frustrado ataque a Nombre de Dios. Introducido a presencia de Bayamo, declar\u00f3 que el general Pedro de Ors\u00faa ven\u00eda a tratar de paz y le rogaba fuese a su tienda, en la que estar\u00eda \u00e9l, Ors\u00faa, muy honrado.<\/p>\n<p>En vano los principales negros trataron de disuadir a Bayamo, aconsej\u00e1ndole se cuidase bien de la perfidia de los blancos, la cual pintaban con los m\u00e1s vivos colores. Lo prudente era acabar con ellos de una vez ya que hab\u00edan tenido la temeridad de acercarse. Recordaron el suplicio de los suyos en Nombre de Dios, los ultrajes infinitos de ellos recibidos y la ocasi\u00f3n \u00fanica que se ofrec\u00eda para castigarlos definitivamente.<\/p>\n<p>Bayamo sent\u00edase impulsado por un secreto instinto. Al o\u00edr en boca del parlamentario la palabra convenio tom\u00f3 su determinaci\u00f3n. Le gustaba demostrar sus cualidades de negociador h\u00e1bil tanto como las de soldado. Un rey deb\u00eda ser a la vez lo uno y lo otro. Contaba con su influencia personal de la cual hab\u00eda sacado anteriormente tan importantes ventajas y de antemano gozaba en la gloria de un \u00e9xito que iba a concluir la guerra sin derramar sangre. Adem\u00e1s, pensaba, el intento de tratar implicaba ya un reconocimiento.<\/p>\n<p>Vestido de una t\u00fanica blanca y corta, la mano en la empu\u00f1adura del sable, cubierto del turbante rojo y seguido de una fuerte escolta, Bayamo penetr\u00f3 en el campamento de los blancos, y vio que un joven de gentil presencia, ce\u00f1ida la espada, se adelantaba sonriendo a recibirle y le besaba las manos.<\/p>\n<p>Mientras los suyos y los blancos fraternizaban, el rey y el general sentados frente a frente departieron en t\u00e9rminos amigos. La luz ca\u00eda con lentitud en la espesa arquitectura de bosques y el lucero de la tarde brillaba puro con vivo resplandor de plata. Semejantes a esa luz las palabras del general ejerc\u00edan un secreto encanto. Ors\u00faa lo trataba de excelencia. Hab\u00eda ido en son de paz a celebrar un tratado para que las dos rep\u00fablicas pudiesen vivir en adelante sin menoscabo una de otra y practicar el comercio, base de la prosperidad de todos. As\u00ed se lo encarec\u00edan el gobernador don \u00c1lvaro de Sosa y los m\u00e1s ricos mercaderes de Panam\u00e1. Bayamo se manifest\u00f3 conforme. En un momento se dio cuenta de que los blancos estaban abastecidos con abundancia. Devolvi\u00f3 al general sus frases de amistad y exigi\u00f3 para sus soldados prerrogativas y d\u00e1divas. Accedi\u00f3 Ors\u00faa manifestando visible satisfacci\u00f3n y con el m\u00e1s gracioso adem\u00e1n le obsequi\u00f3 un capote de pa\u00f1o verde guarnecido de oro. Por \u00faltimo, el general propuso un convite en se\u00f1al de amistad y alianza.<\/p>\n<p>Bayamo no durmi\u00f3 aquella noche. Sent\u00edase vencido, humillado e incapaz de liberarse de la fascinaci\u00f3n de Ors\u00faa. Aquel beso en sus manos y los alegres gestos del general le daban la impresi\u00f3n de un ultraje. Probablemente se burlaban de \u00e9l. Miradas ir\u00f3nicas le segu\u00edan mientras se alejaba.<\/p>\n<p>Muy temprano orden\u00f3 a sus soldados construyesen boh\u00edos para alojamiento de los blancos, y \u00e9stos quedaron tan bien instalados que se dieron a descansar de la penosa marcha en la cual hab\u00edan gastado veinticinco d\u00edas. En tanto se acercaba la fecha del convite iban juntos de monter\u00eda, celebraban juegos, saltaban la barra y se embriagaban. De tarde Bayamo descend\u00eda del palenque a comer con el general y por m\u00e1s que hizo nunca pudo sorprender el menor detalle capaz de llevar a su \u00e1nimo la desconfianza. Los suyos s\u00ed continuaban recelando de tanta intimidad. Algunos comenzaban a tomar sus medidas para huir, llegado el caso, y apenas reconoc\u00edan en su jefe al esforzado caudillo de otro tiempo. Si la rebeli\u00f3n no cundi\u00f3 entonces en el campo de los negros fue por la presencia de los blancos. Cre\u00edan que Bayamo meditaba el modo de acabar con Ors\u00faa. Era lo m\u00e1s prudente. Pero Bayamo no dio aquella orden.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Las mesas estaban dispuestas bajo un ancho cobertizo. Altas luminarias ard\u00edan en candelabros de plata labrada en medio de copiosos manjares y picheles de bronce llenos de vino tra\u00eddos desde Panam\u00e1 por el maese de campo Francisco Guti\u00e9rrez. En los alrededores hab\u00edan encendido hogueras para mayor aire de fiesta y en previsi\u00f3n de las fieras y sierpes numerosas en el paraje. Los boh\u00edos estaban alumbrados con tizones, y a esa luz, que tan pronto proyectaba sombras como claridades p\u00farpuras, pasaban los soldados con sus armaduras. Todo lo preven\u00edan en el mayor silencio.<\/p>\n<p>Bayamo con sus esforzados capitanes fue puntual a la cita. Llevaba el capote de pa\u00f1o verde, presente de Ors\u00faa, y ya no ten\u00eda el gorro color de sangre, parecido a un penacho flam\u00edgero.<\/p>\n<p>El general re\u00eda alegremente como siempre. Nunca hab\u00eda estado m\u00e1s alegre. Al dirigirse a Bayamo empleaba la m\u00e1s noble cortes\u00eda. En cambio, el rey apenas habl\u00f3 en el banquete, ni prob\u00f3 el vino.<\/p>\n<p>Todos notaban su semblante adusto. Unos soldados escanciaban vino en torno a la mesa. Los esclavos se ve\u00edan unos a otros, en silencio, y Ors\u00faa se disculpaba de que sus medios no le permitiesen ofrecer nada mejor a tales hu\u00e9spedes. Algunos comenzaban a sentir v\u00e9rtigos. El vino ten\u00eda un sabor amargo. Al fin Ors\u00faa se levant\u00f3 manifestando el deseo de ofrecerles alg\u00fan recuerdo de esa memorable noche. En aquel momento una r\u00e1faga apag\u00f3 varias buj\u00edas. Un silbido casi furtivo recorri\u00f3 el campo e hizo ladrar unos perros. Uno a uno pasaban a la rec\u00e1mara donde les entregaban camisas, bonetes, ruanas, y al despedirles, por muestra de mayor amistad, les ofrec\u00edan una taza de vino que beb\u00edan \u00e1vidamente. Y de pronto un grito terrible hizo saltar a Bayamo y a los tres o cuatro que con \u00e9l quedaban. Y aquel grito era repetido por mil ecos furiosos que llevaban su agon\u00eda a trav\u00e9s de la noche.<\/p>\n<p>-\u00a1Traici\u00f3n! \u00a1Traici\u00f3n! Y Bayamo vio c\u00f3mo uno de los suyos ca\u00eda atravesado por una daga. \u00c9l estaba rodeado de hombres armados hasta los dientes. Entonces Ors\u00faa, con la misma sonrisa y cortes\u00eda, le descarg\u00f3 su diestra en la espalda. Los soldados trepaban corriendo la cuesta por donde sub\u00edan los negros trabajosamente, tambale\u00e1ndose, y al pasar les hund\u00edan la espada hasta la cruz.<\/p>\n<p>Los cuerpos rebotaban y se desprend\u00edan cerro abajo. Otros yac\u00edan en tierra, en medio de atroces dolores, o trataban de subir a gatas, gimiendo horriblemente.<\/p>\n<p>A \u00e9stos remataban a cuchilladas, y eran sus cuerpos como cueros vac\u00edos. Profer\u00edan palabras ininteligibles, feroces, y quedaban con los ojos muy abiertos. Y la congoja de tales gritos s\u00f3lo hallaba su imagen en las hogueras que ard\u00edan abajo, ante el campamento de Ors\u00faa. Los que hab\u00edan permanecido en el palenque al sentir el tumulto, cogieron las armas defendi\u00e9ndose en la fuga. Los r\u00edos estaban crecidos, y ellos, asidos de la mano, arrostraban las furiosas corrientes y ganaban las selvas.<\/p>\n<p>La misma noche Ors\u00faa subi\u00f3 al palenque acompa\u00f1ado de Bayamo a quien hac\u00eda presente las inconstancias de la fortuna. Impasible, con los pies y las manos esposadas, Bayamo contemplaba el estrago de su campamento. All\u00ed reposaron unos d\u00edas, al cabo de los cuales, Bayamo vio otra vez al general que se inclinaba para proponerle nueva negociaci\u00f3n, siempre con grandes cautelas. Le ped\u00eda diese orden a los fugitivos de juntarse para regresar con \u00e9l a Nombre de Dios. Le ceder\u00edan una zona donde podr\u00edan vivir libremente, a condici\u00f3n de que todo negro, en caso de fuga, ser\u00eda entregado a sus amos en el espacio de tres d\u00edas. Bayamo consult\u00f3 a los dem\u00e1s prisioneros, pero ellos le contestaban airados:<\/p>\n<p>-\u00a1Ahora es tiempo de morir! \u00a1T\u00fa nos has vendido!<\/p>\n<p>Sin embargo Bayamo envi\u00f3 mensajeros por los montes ordenando a sus vasallos se juntasen a \u00e9l, y as\u00ed, muchos ya extenuados o menos prevenidos obedecieron. Otros no quisieron o\u00edr m\u00e1s razones y prefirieron las selvas. Entonces Ors\u00faa hizo quitar los hierros a Bayamo, y con los prisioneros y el bot\u00edn emprendieron el regreso.<\/p>\n<p>El general marchaba delante llevando a Bayamo por trofeo principal de su victoria. Ni en sus guerras contra los indios musos, ni al fundar la ciudad de Tudela de Navarra, ni en sus contiendas en el nuevo reino, mostr\u00f3 m\u00e1s orgullo. Iban detr\u00e1s las mujeres, los ni\u00f1os, los cautivos rodeados de arcabuceros, las mulas con las mercader\u00edas, armas y v\u00edveres de los rebeldes. Las campanas echadas a vuelo cubr\u00edan las aclamaciones al general Pedro de Ors\u00faa. Esa noche, y las siguientes, las casas se iluminaron, y los vecinos ricos, el gobernador que se hallaba entonces en Nombre de Dios, recompensaron a Ors\u00faa con grandes d\u00e1divas en dinero por haberles quitado aquel terrible miedo de encima. Todos sin embargo quer\u00edan ver al rey cautivo quien los miraba como le\u00f3n preso entre zorras. Los negros fueron llevados a diversos puntos para ser vendidos muy lejos, donde nunca m\u00e1s se viesen, y Ors\u00faa, que se dirig\u00eda al Per\u00fa, determin\u00f3 llevarse a Bayamo para ofrecerlo como un presente al virrey.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Don Andr\u00e9s Hurtado de Mendoza, marqu\u00e9s de Ca\u00f1ete y virrey del Per\u00fa, era hombre de ingenio, manirroto, amigo de fiestas y aventuras galantes. Para distraer su ocio y en el deseo de dar brillo a su corte, discurr\u00eda sin cesar motivos donde ostentar su esp\u00edritu desenfadado. As\u00ed no dej\u00f3 de recibir alegremente a Bayamo. Lo hizo alojar en su palacio y orden\u00f3 le diesen tratamiento de rey. Bayamo era servido espl\u00e9ndidamente. La ceremonia de su presentaci\u00f3n requiri\u00f3 los m\u00e1s arduos preparativos. Maestresalas, escuderos, joyeros, sastres, zapateros, mayordomos, maestros de ceremonia trabajaron durante quince d\u00edas. El virrey llevaba la direcci\u00f3n del asunto y se informaba a menudo de Bayamo. Este recib\u00eda los cumplimientos como hombre a quien eran debidos. Mostraba ser muy discreto, nunca ped\u00eda nada y al mismo tiempo su docilidad en prestarse a las exigencias de tantos personajes era muy digna de alabarse.<\/p>\n<p>Bayamo hizo su entrada en medio de una multitud brillante, bien distinta de la que sus ojos de vencido hab\u00edan contemplado en Nombre de Dios. Un ujier le anunci\u00f3 en la puerta y un paje dio su nombre al virrey sonriente, rodeado de hermosas damas. Los espejos multiplicaban la figura de Bayamo en las ricas estancias doradas. Llevaba plumas celestes, granates y \u00e1ureas sujetas por una delgad\u00edsima hoja de oro, un manto blanco, sandalias de piel de tigre lo mismo que el cintur\u00f3n, y alfanje sobredorado. Una gruesa cadena de oro doblada en forma de anillo pend\u00eda de su oreja izquierda y en el pecho ostentaba un collar tambi\u00e9n de oro con leones, arcos y haces de flechas. Las damas le hicieron la reverencia, le siguieron por galer\u00edas y jardines donde se o\u00edan violas y flautas. Su perfil de \u00e9bano sobresal\u00eda en medio de la ola de encajes y blondas con descuidada melancol\u00eda.<\/p>\n<p>-\u00a1Admirable! \u00a1Un pr\u00edncipe et\u00edope!<\/p>\n<p>Sus proezas, el palenque y el caballo moro quitado a los blancos, sus mujeres, los menores detalles de su vida, corr\u00edan de boca en boca, y \u00e9l sent\u00eda su capa constelada de miradas curiosas, l\u00e1nguidas. Por la imaginaci\u00f3n femenina pasaba un tropel de negros guerreros que se beb\u00edan el viento en las tierras ardorosas, all\u00e1 en \u00c1frica. Reposaban en medio de ruinas o bajo alg\u00fan aduar tomado al asalto. Arrebataban las mujeres que llevaban a la grupa. Los velos, los mantos, los caballos, las armas formaban una sola masa oscura, brillante y el alma de aquel tropel se alargaba en forma de nube inmensa. A veces miles de hombres se bat\u00edan por un rapto. Sus cr\u00e1neos blanqueados al sol formaban pir\u00e1mides en el desierto y los amantes vencidos beb\u00edan vino emponzo\u00f1ado en copas de oro, a la vista del enemigo. Sin duda el virrey era hombre de ingenio amable. Por los jardines y galer\u00edas, por las c\u00e1maras cubiertas de espejos, de tapicer\u00edas flamencas, trofeos y escudos de armas sobre las cuales vert\u00edan su luz los candelabros de plata y l\u00e1mparas venecianas, pasaba un murmullo lisonjero. Unos pajes ofrecieron a Bayamo dos llaves doradas sobre un almohad\u00f3n escarlata, mientras otros le escanciaban vino. Pero Bayamo no beb\u00eda.<\/p>\n<p>El rey negro se puso de moda. Se ostentaron peinados, aretes, vestidos Bayamo. Salieron a relucir mesas, escabeles, vargue\u00f1os, cofres de \u00e9bano. Un pintor hizo su retrato para ser enviado a Espa\u00f1a. La condesa de Bello Monte, en quien la murmuraci\u00f3n se\u00f1alaba los amores del virrey luci\u00f3 los colores rojo y blanco adoptados por Bayamo, y el marqu\u00e9s de Ca\u00f1ete, feliz de satisfacer un capricho de la bella condesa, se lo envi\u00f3 un d\u00eda con dos maravillosas esmeraldas. La condesa se hallaba entonces en una de sus quintas, en el campo.<\/p>\n<p>A los dos d\u00edas de hallarse en su nueva morada, un criado rubicundo y gord\u00edsimo con librea verde lo introdujo en una vasta sala de altas celos\u00edas. A medida que avanzaba Bayamo cre\u00eda reconocer aquel sitio. Era el mismo visto en sue\u00f1os la noche antes de avistarse con Ors\u00faa. Las paredes eran de azulejos como el estanque abierto a nivel del piso. Y al fondo, en un lecho de vicu\u00f1as se incorporaba una mujer. Exhalaba el mismo aliento de ciertas flores de las selvas que abren en la media noche. Reconoci\u00f3 con la boca aquel cuerpo cuya vida parec\u00eda concentrarse en el estremecimiento gemelo de sus senos. Vivieron d\u00edas de locura, sumergidos en un mar de delicias. Un d\u00eda ella hizo esparcir rosas en la fuente y emerg\u00eda desnuda en el agua con la gracia de un albor. A veces rehu\u00eda sus caricias hasta enfurecer. \u00c9l la oprim\u00eda entre sus m\u00fasculos de acero, la suspend\u00eda en alto hasta arrojarla sobre el lecho, viol\u00e1ndola. Pero Bayamo sent\u00edase envilecido. Mientras reposaba en almohadones de seda, recordaba su palenque, palacio y reducto a un tiempo. Ve\u00eda los bosques y las labranzas oreadas por el viento del mar. Abajo resplandec\u00edan las ci\u00e9nagas. \u00c9l era el caudillo de sus hermanos, y all\u00e1 en la ciudad su nombre hac\u00eda temblar los corazones de miedo y de ira. Una frase le penetraba continuamente con el dolor de una pu\u00f1alada: \u00abt\u00fa nos has vendido\u00bb. Si lo viesen ahora, ya no les cabr\u00eda duda. Sus manos se crispaban en los almohadones. Sin duda era preferible morir. Sus miradas brillantes de rencor, lujuria y celos acariciaban los contornos del cuerpo insaciable, entre las rubias vicu\u00f1as. Ella segu\u00eda sus movimientos con los p\u00e1rpados entornados. Sus ojos eran como dos medias lunas en una noche de enero. Entonces le llamaba y \u00e9l se arrojaba ciego en sus brazos.<\/p>\n<p>Una tarde, mientras as\u00ed reposaban, oyeron pasos precipitados. Bayamo apenas tuvo tiempo de ocultarse bajo las sedosas pieles, al tiempo que el virrey entraba.<\/p>\n<p>-\u00bfY Bayamo? -pregunt\u00f3 con indiferencia. Me han dicho que pasas d\u00edas enteros con \u00e9l.<\/p>\n<p>La condesa de Bello Monte se hab\u00eda levantado a prisa y esparc\u00eda toda su gracia h\u00fameda de voluptuosidad.<\/p>\n<p>-\u00bfEs la primera palabra para Bayamo?<\/p>\n<p>Entonces el virrey se dio cuenta de que un velo cubr\u00eda apenas el espl\u00e9ndido busto.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah, perd\u00f3n, se\u00f1ora! -y aquella visi\u00f3n le produjo tal encanto que a los labios se le vinieron los versos del poeta guerrero y cortesano:<\/p>\n<p><em>Nadie puede ser dichoso,<\/em><\/p>\n<p><em>se\u00f1ora, ni desdichado,<\/em><\/p>\n<p><em>sino que os haya mirado<\/em><\/p>\n<p>-\u00a1Lisonjero! -dijo ella riendo, d\u00e1ndole con el abanico y tomando su brazo. Pues Bayamo me tiene hastiada. Le hice venir varias tardes para divertirme, pero s\u00f3lo sirve para soldado en sus guerras de negros.<\/p>\n<p>-Lo enviar\u00e9 a Espa\u00f1a, querida.<\/p>\n<p>Y el marqu\u00e9s como hombre galante cumpli\u00f3 su promesa.<\/p>\n<p>-Bayamo -dec\u00eda- es como el ajenuz.<\/p>\n<p>Gracias a las disposiciones del marqu\u00e9s de Ca\u00f1ete, Bayamo fue a vivir a Sevilla, sostenido por el real tesoro. Pero una noche, d\u00eda de la Circuncisi\u00f3n del Se\u00f1or tuvo otro sue\u00f1o que le llen\u00f3 de alegr\u00eda por parecerle que tambi\u00e9n habr\u00eda de cumplirse. Vio a Ors\u00faa ultimado a cuchilladas por sus mismos tenientes, en las selvas, mientras efectuaba su jornada del Dorado. Lo vio tendido en el suelo, muy p\u00e1lido, mientras seis negros cavaban a prisa una fosa. Y las manos de los negros y sus labios eran como llamas en la oscuridad de la tierra. La noche antes, por todo el campo hab\u00edan escuchado una voz siniestra: -\u00ab\u00a1Pedro de Ors\u00faa, gobernador de Omegua y del Dorado, Dios te perdone!\u00bb.<\/p>\n<p>Con todo Bayamo languideci\u00f3 de tristeza. Las acusaciones de sus tenientes le persegu\u00edan a trav\u00e9s del tiempo y en los \u00faltimos meses no se le oy\u00f3 pronunciar palabra.<\/p>\n<p>El albergue donde vivi\u00f3 en Sevilla llev\u00f3 por muchos a\u00f1os en su muestra el nombre del rey Bayamo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/enrique-bernardo-nunez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La perla Fucho Carvi sali\u00f3 del rancho llevando de la mano a su hijo Nico, de siete a\u00f1os. Nico trataba de contener su llanto y volv\u00eda su rostro hacia el hogar donde columbraba sombras presurosas. 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