{"id":5205,"date":"2022-07-12T01:35:59","date_gmt":"2022-07-12T01:35:59","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5205"},"modified":"2024-04-23T23:36:26","modified_gmt":"2024-04-23T23:36:26","slug":"el-falso-cuaderno-de-narciso-espejo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-falso-cuaderno-de-narciso-espejo\/","title":{"rendered":"El falso cuaderno de Narciso Espejo (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Guillermo Meneses<\/h4>\n<p><strong>Documento \u00abD\u00bb<\/strong><br \/>\n<strong>PRIMER REPORTAJE SOBRE LA NUBE AMARILLA<\/strong><\/p>\n<p>La nube amarilla estuvo sobre la ciudad desde antes del momento crepuscular; pero, para mucha gente, aquel inmenso cuerpo de brillante gordura fue tra\u00eddo por el viento para que se forjara la sustancia de aquel atardecer: su marfil incandescente. La nube amarilla estuvo presente, suspendida sobre la ciudad, durante los momentos finales de la tarde. La mayor\u00eda de la gente se dio cuenta de que all\u00ed estaba la nube cuando ya faltaba poco para que el sol desapareciese.<\/p>\n<p>Todos tuvieron que notar el redondo brillo de aquel pesado monstruo de pluma y algod\u00f3n, porque la ciudad se llen\u00f3 de una tensi\u00f3n ambiental extra\u00f1amente delicada, producida justamente por la invasi\u00f3n de la luz amarilla que la nube reflejaba en sus redondos vellones.<\/p>\n<p>El m\u00e1s sencillo de los habitantes de la ciudad tuvo que sentir c\u00f3mo hab\u00eda en torno a \u00e9l \u2014o en su m\u00e1s escondida intimidad \u2014 un movimiento detenido, un aletear que no llegaba a vuelo, una estridencia de tan corta duraci\u00f3n que no pod\u00eda ser sonido.<\/p>\n<p>La luz amarilla estaba viva entre las casas, sobre los vidrios de las ventanas, en el niquelado de los autom\u00f3viles, en la mirada y en las joyas de alguna se\u00f1ora, en la comba de las u\u00f1as, en el tierno verde de las hojas.<\/p>\n<p>Era una luz parecida a otras muchas cosas y que se descubr\u00eda como falsa y poco natural. Si hubiera sido m\u00e1s intensa pudiera ser resplandor de fragua, metal derretido, incendio que lame ruinas destrozadas. Si hubiera sido m\u00e1s suave podr\u00eda equipar\u00e1rsela a la quieta luz que la l\u00e1mpara deja sobre el blanco mantel de las cenas hogare\u00f1as. Pero no, la luz de aquella tarde era como la impresi\u00f3n que puede producir la palabra de un individuo extranjero que nos pregunta algo en un idioma desconocido.<\/p>\n<p>Todos pudieron darse cuenta de que aquella nube dec\u00eda una misteriosa verdad (dec\u00eda muerte, dec\u00eda \u00absanto, santo, santo\u00bb, por ejemplo), y su luz se deslizaba por todas partes y anegaba todos los rincones. En el vaso alzado para beber el agua, en los anteojos de un oficinista, en el metal de un anillo de desposados, en el barniz de las paredes, estaba aquella luz que corr\u00eda por las calles y rozaba con sus dedos amarillos a los transe\u00fantes.<\/p>\n<p>La enviaba, desde su quieta presencia sobre los techos de la ciudad, la gruesa nube que estuvo colocada all\u00ed desde que comenz\u00f3 a bajar el sol.<\/p>\n<p>Cuando la luz invadi\u00f3 la oficina del almac\u00e9n de P\u00e9rez Ponte, Juan Ruiz la defini\u00f3 como un desagradable tono mineral, de cualidades no definidas. Aquella luminosidad lo sumerg\u00eda en el ambiente del laboratorio de qu\u00edmica del colegio; si aquella luz amarilla pudiera ser llevada al tubo de ensayo y colocada en contacto con el \u00e1cido sulf\u00farico, producir\u00eda una reacci\u00f3n azul-violeta, lo cual indicar\u00eda que&#8230;<\/p>\n<p>Juan Ruiz se interrumpi\u00f3. Miraba la luz filtrada por las rendijas de las persianas. El trozo luminoso que ca\u00eda en un \u00e1ngulo de la ventana equival\u00eda a una mancha de or\u00edn. \u00d3xido. Y la uni\u00f3n con un \u00e1cido producir\u00eda una sal azulenca, una sustancia azul como s\u00f3lo se produce en los tubos de ensayo calentados con el mechero de alcohol, sobre la porcelana del laboratorio.<\/p>\n<p>Y por cierto que su vida actual nada ten\u00eda en com\u00fan con lo que pod\u00eda preverse en aquel Juan Ruiz que se hab\u00eda opuesto a que lo hicieran cura y quien, como estudiante de qu\u00edmica, se asombraba ante la f\u00f3rmula del carbono, ante el dibujo que pod\u00eda confundirse con la imagen ideol\u00f3gica de un cristal.<\/p>\n<p>Para aquel estudiante hab\u00eda mucho de fino milagro en los experimentos qu\u00edmicos. Un milagro o una r\u00e1pida manipulaci\u00f3n, como las que pueden realizar entre los telones de un escenario los ilusionistas y prestidigitadores. S\u00f3lo que, en el laboratorio, el ilusionismo, la magia, el milagro, se llamaba ciencia.<\/p>\n<p>En el borde de la ventana, entre las rendijas de la cortina de madera, estaba aquella luz mineral. Aquello deb\u00eda oler a musgo y daba tambi\u00e9n la sensaci\u00f3n de yerba o de mar. Pod\u00eda hacer pensar en la lluvia: una lluvia fr\u00eda y poderosa como las notas del \u00f3rgano de una iglesia abandonada. Por ella \u2014por la luz\u2014 se provocar\u00eda otro recuerdo de adolescencia: el del muchacho que dice la melod\u00eda de un canto eclesi\u00e1stico. Juan Ruiz en el coro de San Francisco y sus palabras de amorosa tristeza, su Domine, no sum dignus.<\/p>\n<p>Juan Ruiz escribi\u00f3 en su peque\u00f1o block de notas comerciales: \u00abUna luz mineral, sagrada, caliente, que tiene en s\u00ed misma las cualidades contradictorias de fr\u00edo, de lluvia, de aire libre\u00bb. Le hab\u00eda sucedido siempre \u2014siempre no, pero le suced\u00eda desde hac\u00eda mucho tiempo\u2014 el estar sumergido en un mundo en el que se cruzaban im\u00e1genes apenas esbozadas, enredadas unas a otras, ninguna claramente definida, ninguna exacta en absoluta soledad, sino confundida, deslizada por rampas neblinosas hacia la nada.<\/p>\n<p>Cierto que la excesiva amistad de los licores pod\u00eda ser responsable del confuso oscurecimiento, pero no porque hubiera una raz\u00f3n era menos doloroso el caso. Redactaba con rapidez cualquiera de los documentos relacionados con el trabajo de la oficina, pero cuando el pensamiento se dirig\u00eda hacia el terreno de los juegos literarios, apenas si encontraba un mont\u00f3n de ideas, de f\u00f3rmulas indecisas, ca\u00eddas unas sobre otras, in\u00fatiles en su aglomeraci\u00f3n, in\u00fatiles en la vaga mescolanza de sus l\u00edneas.<\/p>\n<p>Era necesario analizar aquella luz, hab\u00eda pensado. Una luz mineral, semejante a la que puede nacer al contacto de dos materias en el peque\u00f1o mundo de un tubo de ensayo. Dos materias que \u2014as\u00ed podr\u00eda decirse\u2014 llevaban en s\u00ed una carga de rec\u00edproca atracci\u00f3n. Esa era la apariencia que brotaba de la realidad de la luz. Pero lograr una definici\u00f3n exacta requer\u00eda m\u00e1s. La imagen que sirviera para limitar y expresar la luz deb\u00eda dibujar con precisi\u00f3n la urgente afici\u00f3n de los \u00e1tomos que se buscaban y se un\u00edan para producir el nacimiento de aquel color maravilloso, milagroso.<\/p>\n<p>Juan Ruiz escribe en una hoja de su block de notas: \u00abUna luz met\u00e1lica, milagrosamente inicial, nacida en este instante, como el color de una reacci\u00f3n qu\u00edmica\u00bb. Raya, vuelve a escribir: \u00abUna luz mineral, de madrugada qu\u00edmica, recordada a trav\u00e9s de un tubo de ensayo\u00bb.<\/p>\n<p>En este instante, un nuevo elemento entr\u00f3 a formar parte del ambiente de la oficina. Esta vez, no de color, sino de temperatura. Juan Ruiz mir\u00f3 a sus compa\u00f1eros de trabajo: Lola Ortiz, Luisa L\u00f3pez, el patr\u00f3n, Joaqu\u00edn P\u00e9rez Ponte. Lola fue la primera en decir su regocijada opini\u00f3n:<\/p>\n<p>\u2014Lleg\u00f3 un poco de fresco. Una brisita.<\/p>\n<p>Efectivamente, un peque\u00f1o movimiento del aire se filtraba a trav\u00e9s de las maderas de la persiana y las hac\u00eda golpear dulcemente contra los vidrios de la ventana. Lola suspir\u00f3.<\/p>\n<p>Juan Ruiz crey\u00f3 saber que Lola pensaba en el pozo del gran r\u00edo donde se ba\u00f1aba de ni\u00f1a. Pero, seguramente, no era cierto aquello; s\u00f3lo una suposici\u00f3n, sin base alguna, ya que \u00e9l no conoc\u00eda la infancia de Lola, aunque fuese su amigo desde hace mucho tiempo, desde la \u00e9poca de la pensi\u00f3n de estudiantes, y como aquella Lola de entonces se llamaba Lola la Guayanesa y como en relaci\u00f3n a ella hab\u00eda siempre una imagen del Orinoco, Lola aparec\u00eda como fluvial, fresca, acu\u00e1tica.<\/p>\n<p>Hab\u00eda pasado el tiempo para todos y Lola era ya una mujer mayor de treinta a\u00f1os, que poco parecido ten\u00eda con la muchacha alegre, llegada un d\u00eda cualquiera a la pensi\u00f3n de do\u00f1a Rosita: la Lola guayanesa, vestida con la imagen del r\u00edo,<\/p>\n<p>La brisa invad\u00eda como fin\u00edsima corriente de agua el territorio de la oficina, pasaba a lo largo de las paredes, bajo los escritorios, junto a las piernas de las secretarias. No destru\u00eda la met\u00e1lica luz permanente; al contrario, se un\u00eda a ella y completaba la impresi\u00f3n de luminosidad mineral, como si la humedeciera.<\/p>\n<p>P\u00e9rez Ponte, el patr\u00f3n, se levant\u00f3 de su escritorio. (P\u00e9rez Ponte, antiguo compa\u00f1ero, hab\u00eda pasado muchos ratos, como asiduo visitante, en las tertulias de la pensi\u00f3n de do\u00f1a Rosita y proteg\u00eda ahora a un amigo como Juan Ruiz, a una amiga como Lola Ortiz.) Al pasar junto a Lola, sonri\u00f3 como si pudiera suponer que hab\u00eda alguna complicidad entre ella y la peque\u00f1a brisa que acababa de llegar. Lola devolvi\u00f3 la sonrisa.<\/p>\n<p>\u00bfHab\u00edan sido amantes alguna vez Lola y P\u00e9rez Ponte? Juan Ruiz pensaba tristemente en esa posibilidad. Para Ruiz, Lola hab\u00eda sido siempre una magn\u00edfica pasi\u00f3n poderosa; pensar en ella, la m\u00e1s bella aventura del coraz\u00f3n y del cerebro. S\u00f3lo que esos pensamientos y esos sentimientos ninguna relaci\u00f3n ten\u00edan con el ser humano llamado Lola Ortiz. Muchas veces hab\u00eda razonado que necesitaba aquella hermosa mujer morena y, sin embargo, bien sab\u00eda que entre los dos no hab\u00eda sitio siquiera para la cordial amistad.<\/p>\n<p>P\u00e9rez Ponte sali\u00f3. Los batientes de la puerta se entrecruzaron temblorosos durante algunos instantes, como si P\u00e9rez Ponte en persona tartamudeara excusas. Idea absurda, naturalmente, porque P\u00e9rez Ponte no ten\u00eda raz\u00f3n alguna para creerse en falta, a menos que tener dinero pudiese suponer una culpa ante sus empleados pobres, a menos que el hecho de engordar como hab\u00eda engordado P\u00e9rez Ponte pudiese parecer a alguien una indelicadeza.<\/p>\n<p>En cuanto P\u00e9rez Ponte sali\u00f3, Lola puso la mano en el tel\u00e9fono. Lo hac\u00eda siempre as\u00ed (Juan Ruiz lo hab\u00eda observado suficientemente) y era como si demostrara con ese gesto de impaciencia su voluntad de ser libre. Frecuente el gesto de Lola, su mano sobre la negra curva de la bocina telef\u00f3nica. Llamar. Ponerse en comunicaci\u00f3n con gentes pertenecientes a un mundo distinto a la rutinaria tarea de la oficina. Llamar. \u00bfA qui\u00e9n? Tal vez, hace alg\u00fan tiempo, a P\u00e9rez Ponte.<\/p>\n<p>Juan Ruiz mir\u00f3 c\u00f3mo la muchacha dejaba la bocina en su sitio y se mord\u00eda la u\u00f1a con gesto de inconformidad; luego fue como si un hipo de tristeza le subiera a los labios. No ten\u00eda a qui\u00e9n llamar Lola Ortiz; nadie a qui\u00e9n decir \u00abesp\u00e9rame\u00bb. Estaba avejentada Lola, dulcemente golpeada su carne por los a\u00f1os. Y pensar que en los tiempos de la pensi\u00f3n de do\u00f1a Rosita fue para todos \u2014en especial para Juan Ruiz\u2014 un vendaval de extraordinaria belleza&#8230;<\/p>\n<p>Dif\u00edcil imaginar c\u00f3mo se hab\u00eda hecho aquel proceso de destrucci\u00f3n. No es que hubiese engordado o enflaquecido, ni que estuviera especialmente arrugada; era \u2014nada m\u00e1s\u2014 como si su antigua morenez de barro armonioso se hubiera convertido en oscura ceniza. \u00abEstos, Fabio, \u00a1ay dolor!, que ves ahora campos de soledad&#8230;\u00bb. La que fuera airosa columna hab\u00eda ca\u00eddo en ese campo donde se marcaba la huella de la soledad. No hab\u00eda posible compa\u00f1ero para la airosa arquitectura de anta\u00f1o, ca\u00edda sobre si misma y cubierta por la ceniza de la soledad.<\/p>\n<p>Juan Ruiz miraba la ansiosa tristeza de Lola, su roja u\u00f1a entre los labios rojos. Iba a llamar por tel\u00e9fono de nuevo. Pero \u00bfa qui\u00e9n?, \u00bfa qui\u00e9n? El tableteo de la m\u00e1quina de escribir de la otra secretaria \u2014Luisa L\u00f3pez\u2014 repiqueteaba en la atm\u00f3sfera, en la brisa y en la luz.<\/p>\n<p>\u2014Ha llegado un poco de fresco, \u00bfverdad?<\/p>\n<p>S\u00ed. Admirable ese peque\u00f1o soplo de aire que entra en el bochorno de la tarde sin romper la met\u00e1lica luz que impregna el ambiente.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfVamos al cine?<\/p>\n<p>Lola escucha con terror su propia voz. No quiere ir al cine, pero ha hecho esa proposici\u00f3n que Luisita ha aceptado en seguida. (\u00ab\u00a1Claro! \u00bfCu\u00e1ndo podr\u00e1 Luisita decir no a una invitaci\u00f3n?\u00bb).<\/p>\n<p>Juan Ruiz sonr\u00ede.<\/p>\n<p>Podr\u00eda dibujar los pensamientos de Lola con mayor exactitud que sus propios pensamientos. La conoce desde hace tiempo y la quiere con buen cari\u00f1o y la desea con violenta pasi\u00f3n, aunque nunca haya significado ninguna de esas cosas siquiera una corriente de amistad. El \u00abcampo de soledad\u00bb es tan fino e inquieto en sus reacciones como lo era el bello animal de la juventud.<\/p>\n<p>Lola comenzaba a fabricarse la posibilidad de una llamada telef\u00f3nica, hab\u00eda inventado ya una cita sobre la base de esta luz llameante que tiembla en la atm\u00f3sfera y todo lo ha roto con sus propias manos antes de que comenzara a existir.<\/p>\n<p>No hab\u00eda nada cierto; todav\u00eda se preguntaba a qui\u00e9n llamar\u00eda para pasar las horas del atardecer, qu\u00e9 hombre la acompa\u00f1ar\u00eda en la hora crepuscular y ya se hab\u00eda condenado a s\u00ed misma a ir al cine con Luisita L\u00f3pez. \u00a1Y ese tonto de Juan Ruiz, eternamente a su lado desde hace a\u00f1os y a\u00f1os de vida espi\u00e1ndola, pretendiendo interpretar sus gestos! Seguramente dir\u00eda que lo de morderse la u\u00f1a era angustia, nerviosidad, rid\u00edcula tonter\u00eda de una mujer casi vieja que sue\u00f1a citas sentimentales para la hora del crep\u00fasculo.<\/p>\n<p>Lola se hac\u00eda los m\u00e1s exagerados reproches; al invitar a Luisita L\u00f3pez se hab\u00eda impedido toda ocasi\u00f3n de buena compa\u00f1\u00eda. Porque no era cierto lo que opinaba Juan Ruiz, lo que, tal vez, opinaba P\u00e9rez Ponte. Claro que el tiempo pasa y ella no ten\u00eda ya la fuerza, la impetuosidad, la alegr\u00eda de los quince a\u00f1os. Claro que hab\u00eda un poco de cansancio en la tristeza; pero todav\u00eda era posible utilizar ciertos artificios y asomarse a la ternura. El alcohol, por ejemplo. Bien lo sab\u00eda Juan Ruiz. Muchas veces lo hab\u00eda encontrado, ya tarde en la noche, solo, soltando al viento frases de angustia. Siempre solo, Juan Ruiz. Pero hab\u00eda otros capaces de pintarse y adornarse con el alcohol para mirar a una mujer que, como Lola, ten\u00eda sed. Juan Ruiz era un mani\u00e1tico empe\u00f1ado en creerse diferente a los dem\u00e1s, porque en su juventud hab\u00eda pretendido ser poeta. Lola puede recordar cierto poema dedicado a la mujer que surge de la selva y del agua, y ese recuerdo le bastaba para sentirse de qui\u00e9n a qui\u00e9n frente a Juan Ruiz. Puede pensar que si ella dej\u00f3 de ser bonita, \u00e9l es un pobre hombre a quien la poes\u00eda abandon\u00f3. A saber qui\u00e9n perdi\u00f3 m\u00e1s&#8230;<\/p>\n<p>En todo caso, en materia de p\u00e9rdidas, Lola hab\u00eda perdido esta tarde rara, amarilla, violenta. Hab\u00eda invitado a Luisita. Luisita hab\u00eda aceptado, como siempre. Lola golpe\u00f3 las teclas de la m\u00e1quina con exacta rabia: \u00aba prop\u00f3sito de la deuda que esa firma cancel\u00f3&#8230;\u00bb. Podr\u00eda terminar esta carta ma\u00f1ana. No; apenas faltaban dos l\u00edneas. Mejor era dejar listo todo, porque tal vez esta tarde se encontraba a aquel absurdo tipo que se hab\u00eda acercado a ella hace unos d\u00edas, en un coctel de periodistas, y era posible que, juntos los dos, buscasen su propia compa\u00f1\u00eda \u2014la uni\u00f3n de sus soledades\u2014 en unos tragos de alcohol. Pero no. Nada de eso era posible porque hab\u00eda invitado a Luisita y Luisita hab\u00eda aceptado, como siempre.<\/p>\n<p>Se marcaban n\u00edtidas las letras en el papel cuando los dedos afianzaban su rabia en las teclas. Termin\u00f3 la carta: \u00abDe ustedes, atentamente\u00bb; dej\u00f3 un espacio en blanco para la firma de \u00abP\u00e9rez Ponte y compa\u00f1\u00eda\u00bb. Sac\u00f3 del rodillo el papel. Si Luisita no hubiese tomado en serio su invitaci\u00f3n para ir al cine, todo tendr\u00eda arreglo. Se volvi\u00f3 para mirarla, Luisita ten\u00eda ante la nariz la diminuta polvera mientras se extend\u00eda sobre los labios la mancha grasosa de la pintura.<\/p>\n<p>\u2014Luisita&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Ya estoy lista.<\/p>\n<p>\u2014Entonces&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Cuando t\u00fa quieras nos vamos. Ya es hora.<\/p>\n<p>Lola sent\u00eda dentro un pajarraco de ariscas plumas. Aquello molestaba en el est\u00f3mago, en el pecho, junto a la garganta, a trav\u00e9s de las venas, en el golpeteo del coraz\u00f3n. Aquello se parec\u00eda mucho a las ganas de llorar. Era insoportable que hubiera roto con sus propias manos todo lo que hubiera podido existir en esta tarde amarilla.<\/p>\n<p>En ese momento entr\u00f3 P\u00e9rez Ponte. Lola y Luisita colocaron sobre el gran escritorio patronal la correspondencia y se despidieron apresuradamente. P\u00e9rez Ponte y Juan Ruiz quedaron frente a frente en la oficina de la gerencia. El patr\u00f3n habl\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Qu\u00e9 rara luz amarilla la de esta tarde! Como de cobre.<\/p>\n<p>\u2014Como de grasa de gallina.<\/p>\n<p>As\u00ed deb\u00eda de ser; si P\u00e9rez Ponte coincid\u00eda con Juan Ruiz en su opini\u00f3n sobre la calidad mineral de la luz de aquella tarde, Juan Ruiz se sent\u00eda obligado a disentir, a llevar como definici\u00f3n de la luz una condici\u00f3n de entra\u00f1a animal que antes no hab\u00eda imaginado.<\/p>\n<p>\u2014Esta Lola \u2014continu\u00f3 P\u00e9rez Ponte\u2014 se va haciendo atolondrada con los a\u00f1os. \u00a1Pensar que era tan bella mujer!<\/p>\n<p>P\u00e9rez Ponte se refer\u00eda a la belleza de Lola con un tono de tristeza que dibujaba la presunci\u00f3n del \u00edntimo conocimiento de esa ya perdida realidad de hermosura. Juan Ruiz enfurec\u00eda. Ten\u00eda ganas de decir que Lola se hab\u00eda transformado en \u00abcampo de soledad\u00bb, porque no hab\u00eda hallado en los hombres que le rozaron la voluntad de darle sincera compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014 Lola es muy bella \u2014afirm\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014 Todos estuvimos enamorados de Lola en aquella pensi\u00f3n de do\u00f1a Rosita.<\/p>\n<p>\u2014T\u00fa nunca fuiste pensionista.<\/p>\n<p>\u2014Asiduo visitante.<\/p>\n<p>P\u00e9rez Ponte hablaba en tono franco y amistoso. Sobre su aspecto actual era f\u00e1cil reconstruir el mozo cordial y entusiasta de entonces. Ten\u00eda la gordura del cuarent\u00f3n, pero en \u00e9l aparec\u00eda esa tendencia a la obesidad como decisi\u00f3n de triunfador, como signo de riqueza. Hab\u00eda instantes que lo hac\u00edan sentir su grasa como residuo de monedas, sucio de transacciones, basura de los negocios en los que interven\u00eda, mugre de billetes usados: una especie de manteca amarilla.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 luz tan rara! \u2014repiti\u00f3\u2014. Como de cobre.<\/p>\n<p>\u2014Como manteca de gallina.<\/p>\n<p>El patr\u00f3n iba a responder algo desagradable cuando, desde la calle, revent\u00f3 en la oficina, como una fruta podrida, un grito de hombre pesado y oscuro al que se enred\u00f3 un alarido de mujer.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Lo mataron! \u00a1Lo mataron! \u00a1Socorro, Joaqu\u00edn, que lo mataron!<\/p>\n<p>El nombre de P\u00e9rez Ponte era Joaqu\u00edn. Mientras alguien lo sosten\u00eda sobre la pila bautismal y una mano dejaba caer sobre su cabeza el chorrito de agua bendita, un cura afirmaba, hace cuarenta a\u00f1os que aquel ni\u00f1o gordo se llamar\u00eda Joaqu\u00edn. Un ni\u00f1o gordo. Un adolescente en\u00e9rgico, entusiasta de la literatura: un hombre \u2014gordo de nuevo\u2014 cuyo destino encerraba riqueza, poder, capacidad de mando y, tambi\u00e9n, ese grito que lo llamaba desde la tarde incendiada de luz amarilla.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Socorro, Joaqu\u00edn, que lo mataron!<\/p>\n<p>\u2014 Es Lola la que grita. Est\u00e1 aterrorizada.<\/p>\n<p>Y cuando estaba aterrorizada gritaba Joaqu\u00edn, como si dijera que era cierto que ella y P\u00e9rez Ponte hab\u00edan sido amantes alguna vez, como si llamara con su nombre a quien la hab\u00eda besado en los instantes de miedo a su propia pasi\u00f3n.<\/p>\n<p>P\u00e9rez Ponte alz\u00f3 la persiana. Aquella luz amarilla y pegajosa (como manteca de gallina, como gordura de rico, como barriga de P\u00e9rez Ponte) invadi\u00f3 la oficina en una bocanada estridente y enferma.<\/p>\n<p>Frente a la ventana, Lola lloraba, gritaba. Su rostro se descompon\u00eda en una mueca de m\u00e1scara. Los balaustres de la ventana encuadraban su agitaci\u00f3n como si la tuvieran encerrada en el gran manicomio de la tarde llameante.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Lo mataron, Joaqu\u00edn, lo mataron!<\/p>\n<p>Gritaba y susurraba al mismo tiempo, como si poseyese una garganta de beb\u00e9 que se cambiara de pronto en dura laringe de animal apaleado y rencoroso.<\/p>\n<p>\u00abLo mataron, lo mataron, lo mataron, lo mataron&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Las palabras se un\u00edan hasta perder el sentido, hasta convertirse en una serie de s\u00edlabas que dec\u00edan \u00abta ron, lo ma-taron, lo ma-ta-ron, lo ma&#8230; ta&#8230; ron, lo mataron&#8230;\u00bb. Como una letan\u00eda discordante.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA qui\u00e9n?<\/p>\n<p>El tembloroso dedo se\u00f1alaba con su punta roja el ensangrentado cad\u00e1ver de Justino, un obrero del almac\u00e9n de P\u00e9rez Ponte.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/guillermo-meneses\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Foto: Geczain Tovar Andueza<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Guillermo Meneses Documento \u00abD\u00bb PRIMER REPORTAJE SOBRE LA NUBE AMARILLA La nube amarilla estuvo sobre la ciudad desde antes del momento crepuscular; pero, para mucha gente, aquel inmenso cuerpo de brillante gordura fue tra\u00eddo por el viento para que se forjara la sustancia de aquel atardecer: su marfil incandescente. 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