{"id":5138,"date":"2022-07-06T19:14:12","date_gmt":"2022-07-06T19:14:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=5138"},"modified":"2023-11-24T18:29:00","modified_gmt":"2023-11-24T18:29:00","slug":"casas-y-cuentos-de-antonio-lopez-ortega","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/casas-y-cuentos-de-antonio-lopez-ortega\/","title":{"rendered":"Casas y cuentos de Antonio L\u00f3pez Ortega"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Casa natal<\/strong><\/h3>\n<p>Pap\u00e1 nos ha hablado hoy de su casa natal. Un n\u00famero 69 en la parroquia San Jos\u00e9. Incluso ha prometido llevarnos ma\u00f1ana domingo a visitarla. Lo hemos visto en esa esquina consecutiva de la sala (la silla de mimbre), hinchando su cuerpo para escenificarnos el color de las paredes, el patio interior, los corredores y hasta la dimensi\u00f3n de los cuartos. Creo que ha pateado, en alg\u00fan momento, una pelota imaginaria para hacernos ver un gol clavado en perfecto \u00e1ngulo sobre una porter\u00eda improvisada al final de la calle ciega. \u00c9l nos mira y esa mirada me ha parecido de otra persona, es como si hubiera otro habitante en el cuerpo de pap\u00e1, una mirada de aluminio, por as\u00ed decirlo, un canal de luz. Claro que a mi hermana no le ha parecido lo mismo, a pesar de haberme acercado a su o\u00eddo para decirle que se fijara en sus ojos, pero ella simplemente no ha comprendido, pienso que quiz\u00e1s cuando nos acostemos podr\u00e9 explicarle mejor, con m\u00e1s detalle.<\/p>\n<p>Pap\u00e1 nos habla de una casa ligeramente cuadrada, de fachada ocre no muy ancha, con una gran puerta y dos altos ventanales, uno a cada lado de la entrada. La distancia que habr\u00e1 de la calle a la puerta principal no sobrepasa los tres metros, espacio suficiente para las jardineras y las cayenas. Ya dentro, los cuartos est\u00e1n dispuestos uno tras otro en los extremos de la casa.<\/p>\n<p>Todos desembocan a un largo pasillo rectangular que a su vez limita el patio central. Tambi\u00e9n nos ha descrito el \u00e1ngel, s\u00ed, el \u00e1ngel parado en un solo pie sobre la peque\u00f1a fuente del patio y tambi\u00e9n nos ha dicho c\u00f3mo todas las miradas de la casa, al salir de los cuartos por las ma\u00f1anas, necesariamente coincid\u00edan all\u00ed, se quedaban clavadas en el sonido f\u00e9rtil del agua.<\/p>\n<p>No s\u00e9 por qu\u00e9 resulta emocionante saber que ma\u00f1ana la veremos. Esta idea me hace ir con otro ritmo a la cama: siento que la noche cuelga de mis ojos como zarcillos. Antes de acostarme he ido al ba\u00f1o; mam\u00e1 est\u00e1 all\u00ed, frente al espejo, con alguna crema sobre el rostro. Mientras orino he visto sus dedos repiti\u00e9ndose una y otra vez sobre la frente y los p\u00f3mulos. Buenas noches, le digo. Ella voltea su cara hasta mi posici\u00f3n para encontrarme apoyado en el marco de la puerta. No alcanza a hablar, s\u00f3lo sonr\u00ede. Me ha dado risa a m\u00ed tambi\u00e9n, en verdad no es mam\u00e1 la que sonr\u00ede sino su m\u00e1scara. Desde all\u00ed, antes de salir, he visto ligeramente la silueta de pap\u00e1 a trav\u00e9s del marco opuesto. Est\u00e1 acostado. Tambi\u00e9n lo est\u00e1 mi hermana, ahora que la veo despu\u00e9s de dar media vuelta. Como siempre, la luz prendida y la revista de modas de mam\u00e1 reposando sobre su cama, apenas movida por los leves movimientos de su respiraci\u00f3n.<\/p>\n<p>Yo me hundo en esta almohada, me hundo con las manos bajo la cabeza despu\u00e9s de apagar la luz de nuestro cuarto y esperando a que mam\u00e1 se quite su m\u00e1scara. Desde aqu\u00ed la veo sumergir su rostro en la toalla. Se seca por completo y mira hacia ac\u00e1, como esperando encontrarse con una mirada, pero desde el ba\u00f1o no puede alcanzar nuestros ojos, as\u00ed que sale por la puerta contraria rumbo a su dormitorio y apaga la luz. Me ha gustado eso, cu\u00e1ntas noches no se habr\u00e1 repetido; esa \u00faltima imagen de mam\u00e1, su larga dormilona, multiplicadamente blanca, untada o absorbida junto con su cuerpo, en un solo segundo de total oscuridad, por la noche; podr\u00eda decir que hasta me ha parecido ver su silueta borr\u00e1ndose a mordiscos, mordiscos de dientes de asfalto, claro, tan r\u00e1pidos e imperceptibles como el comienzo de mi sue\u00f1o.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Tengo la cabeza apoyada en la puerta del carro, mi barbilla reposa en ese punto donde termina lo met\u00e1lico y comienza el vidrio, a la misma altura del seguro. Mi hermana y yo estamos contentos desde esta ma\u00f1ana porque pap\u00e1 ha prometido llevarnos a su casa por la avenida Boyac\u00e1, claro que no es la v\u00eda directa, pero con eso vemos la ciudad desde lo alto y paseamos otro poco, adem\u00e1s, meterse por la Libertador en un d\u00eda como \u00e9ste es desperdiciar la memoria del sol.<\/p>\n<p>Y es eso lo que hago ahora, ver la ciudad desde esta avenida, sintiendo c\u00f3mo la amortiguaci\u00f3n del carro se transmite al paisaje siempre y cuando yo mantenga mi cabeza sobre la puerta. De esta manera la ciudad parece rebotar en ella misma; y todo este movimiento de brusca coincidencia escenific\u00e1ndose bajo una inmensa c\u00fapula de cristal en la cual parece yacer. Mi hermana est\u00e1 del otro lado, en la ventana derecha, la que da hacia los or\u00edgenes del relieve. Ella mira hacia arriba, hacia arriba. Pap\u00e1 y mam\u00e1 conversan. La ciudad&#8230; no s\u00e9 por qu\u00e9 la veo como un inmenso quiste gris; a veces he pensado (en otros paseos, en esta misma posici\u00f3n), que si de pronto llegara a desaparecer, nada tendr\u00eda sentido, ni siquiera este peque\u00f1o viaje que ahora hacemos al centro; la verdad es que tambi\u00e9n me r\u00edo (el vidrio se humedece) con esta idea, me aterra un poco esta suposici\u00f3n, cierro los ojos y trato de imaginarme un inmenso valle en su lugar; no es la inexistencia lo que me asusta sino la p\u00e9rdida de toda interacci\u00f3n posible, de toda relaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La distancia se acorta. Hemos salido de la avenida Boyac\u00e1. Ahora atravesamos San Bernardino. Cada cambio de direcci\u00f3n pap\u00e1 lo anuncia en voz alta, mi hermana y yo nos re\u00edmos. A pesar de estar ya atravesando la avenida Pante\u00f3n y que, desde all\u00ed, con s\u00f3lo cruzar la primera calle a la derecha nos encontrar\u00edamos con la casa, claro est\u00e1, despu\u00e9s de doblar en la parte superior a la izquierda, yo me he quedado detenido en cierto follaje de San Bernardino, en cierto \u00e1ngulo de visi\u00f3n que, inici\u00e1ndose a trav\u00e9s de las ramas secas de un \u00e1rbol, me ha mostrado el cielo; y a m\u00ed se me ocurre pensar en la palabra cart\u00edlago mientras esa especie de azul c\u00f3ncavo exige retener mis ojos. Y tengo presente ese instante (el cielo como la tela de las ramas, las ramas como el esqueleto del cielo), cuando pap\u00e1 anuncia finalmente el nombre de la calle; caigo entonces en cuenta de haber cruzado ya en la avenida Pante\u00f3n y que ahora lo estamos haciendo una segunda vez a la izquierda. Y all\u00ed est\u00e1, la calle ciega, el muro de ladrillos, al fondo, en donde pap\u00e1 improvisaba porter\u00edas.<\/p>\n<p>El carro avanza lentamente, todos vamos mirando el fr\u00e1gil discurrir de las casas, la sucesi\u00f3n de las fachadas sobre la margen izquierda de nuestros hombros. Estamos ya casi estacion\u00e1ndonos, al final de la calle, cuando sucede algo que realmente me asusta y es que, intentando bajarnos, no encontramos el n\u00famero 69, ni la casa ocre, ni los ventanales, ni las cayenas. Es decir, la descripci\u00f3n de pap\u00e1 no coincide con casa alguna. He tenido el tiempo suficiente de voltear y ver a mi hermana arrinconada en su asiento, como abraz\u00e1ndose a s\u00ed misma. Tambi\u00e9n he visto el perfil de pap\u00e1, c\u00f3mo ha estado mirando fijamente el lugar que deber\u00eda corresponder a la geograf\u00eda de su infancia.<\/p>\n<p>Pero no hay casa 69 all\u00ed y pap\u00e1 mueve ligeramente su cabeza de un lado para otro, como ejerciendo una negaci\u00f3n de pocos grados, al mismo tiempo que exige que nos quedemos dentro, que \u00e9l quiere ir a investigar a lo largo de la calle. Mam\u00e1 permanece con la boca abierta, nos pide silencio, nos dice: pap\u00e1 descubrir\u00e1 lo que pasa. Yo lo veo alejarse hasta la esquina; all\u00ed comienza a detallar, comienza por acercarse a cada casa, por mirar para todos lado como atando nudos en la historia. Y cuenta, comienza desde la esquina a contar. La 65&#8230; y avanza en la medida en que el n\u00famero se eleva. La 66&#8230; y camina con paso calcado sobre los pasos de antiguas travesuras que ya no reconoce como suyas. La 67&#8230; y se acerca cada vez m\u00e1s a nosotros. La 68&#8230; y ya est\u00e1 frente al carro, pas\u00e1ndolo de largo para llegar al muro final de&#8230; La 70. En efecto, no hay n\u00famero 69, quiz\u00e1s nunca lo ha habido. Pap\u00e1 entra r\u00e1pidamente al carro, no habla (ninguno de nosotros se atreve a decir algo, a sugerir alguna posibilidad). Retrocede en el acto y a una velocidad en que hemos tenido que sujetarnos de los asientos. Desde la esquina alcanza a mirar la calle por \u00faltima vez, y all\u00ed s\u00ed he podido ver su rostro con claridad, quiz\u00e1s para asustarme m\u00e1s de lo que ahora estoy porque me ha parecido que en sus ojos se originaba la asfixia de la carne, por as\u00ed decirlo, una peque\u00f1a cuchilla que lacera los dedos abiertos de su cuerpo.<\/p>\n<p>Hemos regresado por la Libertador. De alguna forma la velocidad no nos ha permitido hablar. El acto de entrar a nuestra casa y de instalarnos en el silencio de los cuartos ha sido autom\u00e1tico. Pap\u00e1 y mam\u00e1 lo han hecho en el suyo cerr\u00e1ndose por dentro. Mi hermana tampoco quiere hablar, se limita a quitarse los zapatos y sentarse en la cama. Yo no puedo soportarlo, tengo que ver a pap\u00e1, tengo que hablar con \u00e9l, preguntarle qu\u00e9 ha podido pasar. Abro entonces la puerta del ba\u00f1o que nos comunica con la otra habitaci\u00f3n y veo la segunda puerta cerrada. Me detengo con el o\u00eddo sobre la madera, tratando de escuchar lo que se murmura en el cuarto de mis padres. Pero no alcanzo a o\u00edr nada, al menos s\u00f3lo ruidos habituales, el abrirse de las gavetas, alg\u00fan paso sobre la alfombra.<\/p>\n<p>Y estoy all\u00ed, detenido, pensando si tocar o no, si empujar la puerta&#8230; Estoy all\u00ed detenido cuando oigo un gemido de pap\u00e1, agudo, algo as\u00ed como un sonido exterior a su cuerpo, como el ejercicio de una lanza gutural inclin\u00e1ndose sobre su cuello. He empujado entonces la puerta para encontrarlo con su bata p\u00farpura acostado bocabajo a lo largo de la cama. Creo haber visto a mam\u00e1 acarici\u00e1ndole el rev\u00e9s de la cabeza antes de levantarse \u00e1gilmente para venir a mi encuentro y taparme la vista, para pedirme que me vaya, que salga r\u00e1pidamente del cuarto, habi\u00e9ndolo hecho yo de inmediato, casi empujado por los brazos de mam\u00e1 al no comprender nada, al tratar de caminar, de atravesar los tres metros de losa del ba\u00f1o para sentir lo que ahora siento, es decir, una aguja clavada sobre mi nuca, lo suficientemente penetrante como para que me lleve al suelo, como para gatear hasta la salida del ba\u00f1o, como para caer de boca en la entrada del cuarto y solamente alcanzar a retener esa \u00faltima imagen de mi hermana, distra\u00edda sobre su cama, pasando las p\u00e1ginas de la revista de modas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>La mansi\u00f3n embrujada<\/strong><\/h3>\n<p>La noticia se escurri\u00f3 lenta hasta nuestros o\u00eddos: inauguraban un autocine en la urbanizaci\u00f3n. Abriendo los ojos como b\u00fahos, mi hermano y yo nos mirar\u00edamos bajo el efecto de un hechizo. Luego buscar\u00edamos las bicicletas en el patio, inventar\u00edamos una excusa ante la madre distra\u00edda (bordaba un tuc\u00e1n en la nueva falda de mi hermana) y nos perder\u00edamos tras el velo que comenzaba a dibujar la noche.<\/p>\n<p>Contaban que, saltando el muro de los Barnola y abriendo un hueco en la cerca de alambres, pod\u00eda llegarse a una ladera de pinos que lindaba con el autocine.<\/p>\n<p>Fuimos, en total, unos ocho.<\/p>\n<p>Los afiches \u2014puestos a todo lo largo de la urbanizaci\u00f3n\u2014 anunciaban el estreno de una pel\u00edcula de terror: \u00abLa mansi\u00f3n embrujada\u00bb. El recuerdo quiere resumirla en contadas secuencias. Una familia \u2014padre, madre, hijo y abuela paterna\u2014 llega a una hermosa casa de campo en donde piensa pasar algunos d\u00edas. El ama de llaves les da la bienvenida, departe instrucciones generales y le pide muy especialmente a la madre que la \u00fanica atenci\u00f3n que requiere la casa es subir diariamente un desayuno sencillo en una bandeja que debe colocarse en la peque\u00f1a antesala del \u00fanico dormitorio del \u00e1tico. La propietaria \u2014se nos dice\u2014 es una pobre mujer inv\u00e1lida que se desliza en su silla de ruedas por sobre el piso de madera y que apenas alcanza a asomarse de tarde en tarde por la \u00fanica ventana del cuarto.<\/p>\n<p>El ama de llaves se despide y nosotros \u2014mimetizados en los troncos rugosos de los pinos\u2014 comenzamos a juntarnos hombro a hombro. La pel\u00edcula se acelera y el miedo nos va paralizando. Nos identificamos con el ni\u00f1o cuando casi se ahoga en una piscina de aguas s\u00fabitamente encrespadas. Sufrimos con el padre cuando un bosque viviente le paraliza el avance del autom\u00f3vil. Morimos con la abuela \u2014inolvidable Bette Davis\u2014 cuando el p\u00e1lido conductor de un carruaje tirado por caballos negros llama de pronto a la puerta y le arroja el ata\u00fad que llevar\u00e1 sus propios restos.<\/p>\n<p>Alberto \u2014el menor de los Barnola\u2014 comienza a llorar y pide que lo devuelvan a casa justo en el momento en que algunos de nosotros hemos comenzado a sospechar de la madre: enigm\u00e1tica Karen Black que no ha dejado de llevar religiosamente la bandeja todas las ma\u00f1anas para luego recogerla vac\u00eda al final de la tarde.<\/p>\n<p>Ya en las postrimer\u00edas, el desencajado rostro de Oliver Reed \u2014hombre d\u00e9bil y enamoradizo\u2014 le implora a la esposa que abandonen la mansi\u00f3n, que salven sus vidas.<\/p>\n<p>Abrazados todos en la ladera como una cadena humana, entre ventiscas Y m\u00fasica de acordes tenebrosos, vemos c\u00f3mo el hombre enciende el autom\u00f3vil, c\u00f3mo el hijo se monta en el asiento trasero, c\u00f3mo la esposa pide unos minutos para despedirse de la propietaria, c\u00f3mo el hombre le dice que no, que no suba, c\u00f3mo ella insiste, c\u00f3mo sube hasta el \u00e1tico, c\u00f3mo el hombre espera, c\u00f3mo la mujer no baja, c\u00f3mo el hombre pierde la paciencia, c\u00f3mo sube de dos en dos los escalones para buscarla, c\u00f3mo grita llam\u00e1ndola, c\u00f3mo llega hasta la antesala del \u00e1tico y encuentra la bandeja vac\u00eda, c\u00f3mo irrumpe de golpe en el dormitorio, c\u00f3mo se encuentra a la vieja de espaldas en su silla de ruedas, c\u00f3mo la ve mirando por la ventana, c\u00f3mo le pregunta por la esposa sin que la vieja conteste, c\u00f3mo la c\u00e1mara \u2014que somos nosotros en la ladera\u2014 comienza a girar lentamente para descubrimos que la vieja es la esposa, que la esposa es la encarnaci\u00f3n del alma de la casa, c\u00f3mo el hombre grita \u2014junto con nosotros\u2014, c\u00f3mo retrocede hasta salir disparado por la ventana, c\u00f3mo su cuerpo cae en c\u00e1mara lenta desde el \u00e1tico, c\u00f3mo su rostro se estrella contra el parabrisas del autom\u00f3vil, c\u00f3mo s\u00f3lo nos quedamos con el aullido del hijo viendo la cara ensangrentada del padre\u2026<\/p>\n<p>Algunas im\u00e1genes nos siguieron alimentando durante meses: el rostro magistralmente envejecido de Karen Black, los ojos brotados de Oliver Reed, la orfandad radical de un ni\u00f1o que grita.<\/p>\n<p>Regresamos sudorosos y pedaleando como bestias.<\/p>\n<p>A\u00fan creo o\u00edr a mi hermano despert\u00e1ndome en medio de sollozos, a\u00fan lo siento escurrirse en mi cama con la piel de gallina, a\u00fan lo recuerdo poniendo leche y pan duro en una bandeja que luego dejar\u00eda en el patio para las almas extraviadas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Casa natal Pap\u00e1 nos ha hablado hoy de su casa natal. 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