{"id":4974,"date":"2022-06-26T01:51:16","date_gmt":"2022-06-26T01:51:16","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4974"},"modified":"2023-11-24T18:29:21","modified_gmt":"2023-11-24T18:29:21","slug":"el-bosque-de-los-elegidos-vi-final","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-bosque-de-los-elegidos-vi-final\/","title":{"rendered":"El bosque de los elegidos (VI, final)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Jos\u00e9 Napole\u00f3n Oropeza<\/h4>\n<p>Los girasoles seguir\u00e1n existiendo pese a sus deseos e igualmente ha de encontrar otro muchacho que se empe\u00f1ar\u00e1 en llamar Glen o Ruggiero. Quiz\u00e1 venga con el cuerpo de mujer y decida llamarla Sol o Pez. Pero ya lo hab\u00eda decidido: desde esa noche lo dejar\u00eda todo. No ten\u00eda sentido seguir viviendo en el apartamento ni en la misma ciudad. Sin Glen la fotograf\u00eda carec\u00eda de encantos. No volver\u00eda a visitar a Elizabeth ni entrar\u00eda en el bosque de los elegidos. Si no se marcha, va a estar record\u00e1ndolo toda la vida y una vida para recordar esa sonrisa le parece mucho m\u00e1s fuerte que marchar desnuda, sin ropas, y que las gente piense lo que les venga en gana si la descubre en el bosque, camino a la estaci\u00f3n del tren, sin mirar a ninguna parte e ilumin\u00e1ndose con una l\u00e1mpara a la que, terca y obstinada, se apega. Nada tendr\u00eda la fuerza de esa sonrisa que el fuego habr\u00e1 apaga: do totalmente. Nada comparable al posible sufrimiento de Glen entre las llamas, rodeada de sus admiradores, acurrucados como ella debajo de la escalera para escaparse de las llamas que consumieron The Red Lion en segundos, dejando tan s\u00f3lo los restos de cuerpos amontonados debajo de la escalera que conduc\u00eda al s\u00f3tano. \u00bfQu\u00e9 importaba ahora si Diana tuviera que sufrir con ese viejo empe\u00f1o suyo detenerlo todo, de asirse a un so\u00f1ado e imaginario absoluto o aferrarse a la furia desatada con que sal\u00eda a la calle dispuesta a atrapar todos esos seres en un solo instante, como si la vida fuese s\u00f3lo luz y textura?<\/p>\n<p>Hubiera sido capaz de dar su vida con tal que Glen hubiese sobrevivido al incendio. Vuelve a pensar en lo mismo y se siente incapaz de destruir el fuego o de avivar en ella al que tanto desea: \u00e9se que deber\u00e1 acabar con los recuerdos, ese fuego que le impida volver al empe\u00f1o de seguir a los ni\u00f1os camino hacia la estaci\u00f3n del metro m\u00e1s cercana, arrastrando el mu\u00f1eco a quemar el d\u00eda siguiente. \u00bfSe sentir\u00eda con fuerzas para asistir al acto de la quema? Los ni\u00f1os empezaban a rodearla. Se colocaban frente a ella, pidi\u00e9ndole una foto. No posaban; ped\u00edan una foto para ellos y su viejo Guy. Caritas alargadas, envueltas en el humo, entre mil l\u00e1mparas encendidas, Caritas de ni\u00f1o recogiendo restos del mu\u00f1eco y pint\u00e1ndose su rostro con cenizas, antes de golpear con girasoles las piedras del bosque en in\u00fatil empe\u00f1o de conseguir una limosna o un poco de agua. El ni\u00f1o deshace el girasol, la piedra. Espejo.<\/p>\n<p>\u00bfA qui\u00e9n pudiera ocurr\u00edrsele que Diana Smith pudiera de ahora en adelante pasar el resto de su vida como Alfredo Ruiz y mucho menos que el nombre de Alfredo Ruiz fuese un nombre supuesto de quien en vida fue la estrella del Red Lion con el nombre de Glen? Quiz\u00e1 no fuera tan f\u00e1cil como cambiar de ropas y la vida y el mundo fuesen distintos ahora que Glen ya no exist\u00eda. Sus ropas se habr\u00edan quemado en la explosi\u00f3n, pero no las ansias con las que Diana lo buscaba entre las ruinas, sin resignarse a creer lo expresado en la nota de prensa del diario The Guardian donde se afirma que entre los muertos ocurridos por la explosi\u00f3n e incendio en el pub de Piccadilly se encuentra Alfredo Ruiz, inmigrante mexicano, conocido transformista, estrella de la revista de medianoche en The Red Lion.<\/p>\n<p>Ella seguir\u00eda inventando, pero igualmente sabe que debe parar: recordar es otra forma de morir, de aceptar que pese a su empe\u00f1o de cortarse el pelo y de creer que ha vencido a la muerte vistiendo las ropas que \u00e9l llevaba la noche anterior al incendio, no lograr\u00e1 verlo m\u00e1s. Es s\u00f3lo otra forma de aceptar la muerte. Nadie ni nada le devolver\u00e1 ese instante ni la fuerza que la empuj\u00f3 a asomarse por la ventana y descubrir que verdadera: mente Ruggiero ten\u00eda la raz\u00f3n: m\u00e1s que \u00e9l durar\u00edan los girasoles, m\u00e1s que \u00e9l y su sonrisa el p\u00e1jaro que se resiste a arrastrar consigo toda la flor y, mudo e incompleto, prefiere llevarse s\u00f3lo un p\u00e9talo.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n los ni\u00f1os volver\u00edan. Los ni\u00f1os recoger\u00edan las m\u00e1scaras que los adultos no arrojaran al fuego y se pondr\u00edan en sus caritas pedazos del mu\u00f1eco quemado mientras se agoten las l\u00e1mparas y los padres vuelvan a vestir a las ni\u00f1as y ni\u00f1os y el cortejo se inicie y los adultos duerman y ellos los releven y llenen el parque de sus risas, de esa alegr\u00eda contagiosa con la que arrastran el mu\u00f1eco el siguiente a\u00f1o, el siguiente siglo, cuando tal vez ya nadie ni nada hable de Glen sino de Luna o de Juan Francia y a alguien no le d\u00e9 miedo volver al bosque de los elegidos o ir al hospital y descubrir que verdaderamente el hombre que amaba no era tan bello como ella so\u00f1\u00f3; el fuego y la muerte eran m\u00e1s fuertes que sus locos deseos y en un instante toda aquella belleza hab\u00eda quedado reducida a una grotesca forma chamuscada y retorcida de dolor o de \u00e9xtasis que, sin embargo, parec\u00eda sonre\u00edrle tras una mueca de espanto y de horror. Los ojos cerrados, los dientes apretados, blanqu\u00edsimos. Diana crey\u00f3 desmayarse. Alguien que parec\u00eda ser polic\u00eda o m\u00e9dico se acerc\u00f3 y le dio un vaso con agua azucarada, No recordaba otra cosa, Les grit\u00f3 algo. Estaban equivoca: dos. Ese que permanec\u00eda en la camilla no ten\u00eda nada que ver con Glen aun cuando ella hubiese asentido con su gesto de resignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Corri\u00f3 hacia la casa. Empez\u00f3 a empacar sus cosas. Se asom\u00f3 al espejo un momento. Le fue devuelta la misma imagen. Pero ella estaba segura de huir definitivamente. Record\u00f3 a Elizabeth. Estar\u00eda destrozada por los nervios. No ten\u00eda sentido que la molestara ahora. Glen guardaba parte de su ropa en el apartamento pero prefer\u00eda no ir a buscarla.<\/p>\n<p>Amanec\u00eda ya. Record\u00f3 que ten\u00eda una cita con los ni\u00f1os y con la quema de Guy Fawkes. Se hab\u00eda prometido a s\u00ed misma acudir a esa cita. Las \u00faltimas palabras de Glen resonaron en su mente y de pronto le conced\u00eda la raz\u00f3n: lo mejor ser\u00eda no negarse a la vida. Volvi\u00f3 a ver el sill\u00f3n. El cuadro incompleto. El p\u00e1jaro a medio terminar, rodeado de nubes y vac\u00edo. Todo volv\u00eda a repetirse como una pel\u00edcula cuyas escenas principales se reiteraban, empezando esta vez por el final. Alz\u00f3 la vista. Se fij\u00f3 otra vez en el p\u00e1jaro. Sali\u00f3 definitivamente de la casa. Ten\u00eda una cita. Ten\u00eda que volver al parque. Penetrar de nuevo en el bosque de los elegidos era casi un desaf\u00edo. Los ni\u00f1os esperaban por ella. El girasol temblaba en la tardanza lo mismo que la piedra enciende en la espera el r\u00e1pido fuego.<\/p>\n<p>Si era cierto que ya no tendr\u00eda con qui\u00e9n compartir ese momento en que verdaderamente se siente perdida, como si no hubiese otra posibilidad sino la aceptaci\u00f3n de un final ya pr\u00f3ximo, tambi\u00e9n lo era el hecho de que aun encerr\u00e1ndose en el ba\u00f1o y pas\u00e1ndole la cerradura, como Glen lo hac\u00eda tal vez para asustarla, no iba a lograr que una persona distinta a ella misma viniese a tocarle repetidamente la puerta, reclam\u00e1ndole que ya ten\u00eda mucho tiempo en el ba\u00f1o y estaba nerviosa. Pas\u00f3 la mano por el espejo; crey\u00f3 descubrir a Glen en ese instante en que se sinti\u00f3 desde entonces enamorada y empez\u00f3 a imaginar si tendr\u00eda a\u00f1os parada all\u00ed, bajo el \u00e1rbol, sosteniendo durante siglos la sombrilla, esa misma sombrilla o girasol asido con fuerza, como si ya fuese lo \u00faltimo a realizar antes de decidirse a encerrarse en el ba\u00f1o, vestido como Glen, luciendo su m\u00e1s bella camisa y el blue jean ya gastado.<\/p>\n<p>Sin pensarlo m\u00e1s se meti\u00f3 en la ba\u00f1era. Va calculando cada momento, cada gesto y cualquiera dir\u00eda que nunca hab\u00eda pensado en matarse; alguien habr\u00e1 colocado el rev\u00f3lver dentro de la ba\u00f1era. Se empa\u00f1a su memoria lo mismo que el espejo. No se pondr\u00eda m\u00e1scara, pero ella ir\u00eda vestida de hombre y sin m\u00e1scara a la quema de Fawkes; ir\u00eda como cad\u00e1ver a\u00fan viviente. Calcula todos los gestos antes de meterse en la ba\u00f1era. No se matar\u00eda a\u00fan. Asistir\u00eda primero a la quema del mu\u00f1eco; necesitaba presenciarla ese a\u00f1o y contemplar la ca\u00edda de hojas y el renacer de l\u00e1mparas. El cortejo de ni\u00f1os. O\u00edr el sonido del tren llam\u00e1ndolo, el sonido del tren esperando por los adultos ya cansados, ya sin fuerzas para sostener una l\u00e1mpara ni para arrastrar al viejo Guy por las calles y parques de la ciudad que los adultos han dejado vac\u00eda.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os la llenaban. Los ni\u00f1os. Los ni\u00f1os regresaban cargados de girasoles y mu\u00f1ecos. Salen de los m\u00e1s apartados rincones de a ciudad abandonada, gritando y reiterando la frase aprendida de los que ya se han ido: <em>greater than Guy Fawkes, greater than Guy Fawkes<\/em>, repet\u00eda la ni\u00f1a que hab\u00eda escogido esa tarde para fotografiar. Casi sin pensarlo, hab\u00eda elegido a la ni\u00f1a que seguida por su hermano, se empe\u00f1aba en acosar a Diana pidi\u00e9ndole otra foto, coloc\u00e1ndose delante de ella, en actitud desafiante, como si se tratara de impedirle el paso sino le tomaba m\u00e1s fotos. Diana la complaci\u00f3 otra vez. Tal vez la ni\u00f1a se haya extra\u00f1ado mucho al tropezarse con un adulto que no lleve m\u00e1scara. Tal vez le exija una explicaci\u00f3n. \u00bfPor qu\u00e9 decid\u00eda quedarse en una ciudad abandonada por los adultos no siendo ella ni\u00f1o?, parec\u00eda preguntarle la ni\u00f1a mientras corr\u00eda ladera abajo hasta llegarse al banco, adelant\u00e1ndose a Diana, como si conociera hacia d\u00f3nde se dirig\u00eda, como si de antemano supiera que Diana parec\u00eda haber estado esperando all\u00ed toda la vida. Pero la ni\u00f1a, aguarda por ella, sentada, inm\u00f3vil, dispuesta a ser fotografiada por s\u00e9ptima vez, Alz\u00f3 la vista. Vio la casa, la casa en la colina donde por primera vez se hab\u00eda encontrado con Glen una tarde de lluvia. Ninguna de las dos pudieron evitar sentirse tristes, como si para ambas, para Diana y la ni\u00f1a, se cerraran todas las salidas y nunca jam\u00e1s viesen algo distinto a esa casa, a esa colina, a ese parque. Diana comenz\u00f3 a experimentar cierto malestar. Como si de pronto se sintiera atrapada por los ni\u00f1os en el parque acosada para siempre por la ni\u00f1a que no la dejar\u00eda salir de all\u00ed. Se ri\u00f3. Trat\u00f3 de re\u00edrse. Le hab\u00eda expresado al barbero su deseo: poseer un rostro como el de Glen. Quiz\u00e1 el cambio fuese tan perfecto y la ni\u00f1a estuviera confundi\u00e9ndola con Glen. Quiz\u00e1 el barbero la creer\u00e1 loca cuando descubra ma\u00f1ana su nombre en los peri\u00f3dicos. Se extra\u00f1ar\u00eda. \u00bfPor qu\u00e9 Diana hab\u00eda decidido morir con los papeles de identidad de Alfredo Ruiz si vest\u00eda ropas de su amigo Glen?<\/p>\n<p>La ni\u00f1a se escondi\u00f3 detr\u00e1s del \u00e1rbol. El hermano subi\u00f3 la colina. Le hizo se\u00f1as desde lo m\u00e1s alto. Le pareci\u00f3 que el ni\u00f1o, al jugar con las cenizas del mu\u00f1eco, deseaba decirle algo. Subi\u00f3 ella tambi\u00e9n, sin otro deseo que no fuese el de complacer al ni\u00f1o por \u00faltima vez. De Guy Fawkes apenas si quedaba un pedazo de lo que fue nariz. El ni\u00f1o se la puso sobre la suya, coloc\u00e1ndose delante de Diana, posando para una nueva foto. Diana no aguant\u00f3 m\u00e1s y sin preocuparse si el ni\u00f1o se asustaba, rompi\u00f3 a llorar. Se sent\u00eda prisionera. De nuevo entre redes, El ni\u00f1o se quit\u00f3 el pedazo de nariz de su rostro y se le acerc\u00f3, temeroso de haberla asustado. Ten\u00eda la carita llena de carb\u00f3n. Le pas\u00f3 la mano por la frente para apartar el mech\u00f3n de cabellos que ca\u00eda sobre sus ojos. Un ni\u00f1o demasiado hermoso para vivir en la tierra, mucho m\u00e1s hermoso con su cara de cenizas.<\/p>\n<p>La c\u00e1mara cay\u00f3 a sus pies. El ni\u00f1o se agach\u00f3 para recogerla y d\u00e1rsela a Diana. Se escuch\u00f3 un grito. La ni\u00f1a llamaba a su hermano. El ni\u00f1o camin\u00f3 hasta el borde de la ladera. Le hizo una se\u00f1a con la mano. La ni\u00f1a comenz\u00f3 a ascender. El ni\u00f1o regres\u00f3 al mismo sitio e insisti\u00f3 en que Diana le tomara una foto. Le mostr\u00f3 las palmas de las manos, como tratando de pedir excusas por andar tan sucio. Diana le sonri\u00f3 y agach\u00e1ndose, se agarr\u00f3 fuerte de sus piernas. El ni\u00f1o le pas\u00f3 la mano por el pelo, record\u00e1ndole que alguien alguna vez hab\u00eda hecho lo mismo por \u00e9l.<\/p>\n<p>Ya no pudo contener el llanto y aunque lloraba a gritos, tratando de arrancarse de su alma todo el pesar o el goce que le produc\u00eda el rostro polvoriento del ni\u00f1o, no logr\u00f3 calmarse. La ni\u00f1a termin\u00f3 de subir. No necesit\u00f3 de las palabras de Diana o de su hermano para comprender que el muchacho necesitaba de su protecci\u00f3n. Tal vez el muchacho dijera una palabra con el gesto de ense\u00f1ar las palmas de las manos y su sucia carita. La ni\u00f1a se acerc\u00f3 un poco m\u00e1s a Diana. Le dijo algo. Le ense\u00f1\u00f3 las primeras ovejas que empezaban a llenar el parque.<\/p>\n<p>Diana no estaba segura de si sub\u00edan o bajaban, si las ovejas les pertenec\u00edan a los ni\u00f1os o si simplemente no hac\u00eda falta conocer qui\u00e9n era su due\u00f1o. Lo que al principio fue un goce est\u00e1tico fue lentamente cre\u00e1ndole una sensaci\u00f3n de encierro y de angustia. El parque resultaba peque\u00f1o, y, sin embargo, no terminaban de entrar las ovejas. La ladera se asemejaba a un mar encrespado, produciendo efectos que le encantaban y que al mismo tiempo la fueron llenando de temor. Los ni\u00f1os en cambio, contentos, parec\u00edan dirigirlas desde la colina. No imaginaba de d\u00f3nde sacar\u00eda fuerzas para resistir tanto balido. Ya ni siquiera parec\u00edan balar: algunas corr\u00edan atropelladamente o intentaban hacerlo antes de morir una junto a la otra, una encima de la otra, acurrucadas, temerosas, amontonadas junto a lo que a\u00f1os atr\u00e1s fue una escalera por donde las ovejas bajaban y sub\u00edan. Quiz\u00e1 la casa de la colina siguiera en pie. Quiz\u00e1 las ovejas se dirigiesen un d\u00eda hacia la casa siempre atenta a pr\u00f3ximas llamas y siguientes balidos, cuando se recojan otros gritos y otras l\u00e1mparas y otros ni\u00f1os y se amontonen todos junto a la escalera para morir de miedo, temblando, acurrucados, huyendo del fuego, todav\u00eda a la espera de un sitio de encuentro.<\/p>\n<p>No eran girasoles. Aquello que al principio se asemej\u00f3 al cielo no era otra cosa distinta del infierno, un infierno seductor con su brillo amarillo imitando a un campo de trigo, a un sembrad\u00edo de girasoles donde el cuerpo reci\u00e9n llegado levemente se deje sacudir por la brisa, como desenterrando antiguos dioses para volverlos m\u00fasica, cuando gastado de amor juguetee con la muerte, (acaso sin saber que su \u00faltima inocencia est\u00e1 ra\u00edda y no pueda convocar ninguna pasi\u00f3n) y se acurruque y con su balido o su grito entone canciones para nadie. Ni las ovejas eran girasoles ni los ni\u00f1os los pastores concediendo para ella un nuevo coraz\u00f3n, trazando un nuevo juego: no hay abrigo posible por m\u00e1s que se acurruquen y quieran ocultar los ojos a trav\u00e9s de los cuales se tornan solitarios y desnudos con su f\u00e9rreo deseo de subsistir o de escapar al fuego.<\/p>\n<p>Comprendi\u00f3 por qu\u00e9, a tiempo, la ni\u00f1a hab\u00eda subido la ladera. Pero quiz\u00e1 nunca recupere el habla. Sobran ovejas, pero falta Dios. El fuego recorta la salida y borra los l\u00edmites del parque aunque se reconozcan en el balido o en el grito: faltar\u00e1 el gesto que verdaderamente se haga escudo y los a\u00fane. \u00bfQui\u00e9n se salva con acurrucarse y amontonarse para morir temblando? La ni\u00f1a entendi\u00f3 que deber\u00eda recoger algunas cosas, Diana se aferraba a la idea de traspasar su terquedad: alguien, por ella, deber\u00eda borrar los l\u00edmites antes que todo se perdiera y se borrase entre el fuego, cuando las tumbas se abran y ellos caigan desde las tierras altas a buscar una paz y una voz resonante m\u00e1s all\u00e1 del cielo. Los ni\u00f1os no cesaban de sonre\u00edr, como si complacidos estuviesen con la suerte de Diana. Record\u00f3 que la ni\u00f1a hab\u00eda subido. Record\u00f3 que la ni\u00f1a bajaba, que la ni\u00f1a bajar\u00eda cuando se le antojara y que el ni\u00f1o acariciar\u00eda su cabeza, como fingiendo ser el padre O acaso imitando el gesto de Diana frente a las ovejas, creyendo que ellas necesitaban alguna caricia O acaso porque todos juntos estuviesen recordando tormentas lejanas.<\/p>\n<p>Los balidos crec\u00edan mucho m\u00e1s. No se divisaba ni calle ni vereda ni casa en la colina, pero las ovejas no cesaban de entrar ni de salir. Los ni\u00f1os empezaron a alejarse pero, sin embargo, desde lo lejos, le hac\u00edan algunas se\u00f1as. Diana fue bajando. Se imagin\u00f3 que durar\u00eda siglos en ganar la calle. Al principio le dio miedo. Entendi\u00f3 que no hab\u00eda forma de sobrevivir sino matando las ovejas con sus pies, pasando por encima de las vivas y las muertas, sin que sintiese remordimiento o asco, sometida obstinadamente a un desaf\u00edo por las ovejas que desataban en ella temores y placer. Los balidos no cesar\u00edan si ella mataba una m\u00e1s o si terminaba de aprisionar a dos o tres en su lento avance hacia cualquiera de las calles. Cansada de tanto perseguir la v\u00eda que los ni\u00f1os, adelante, parec\u00edan indicarle, opt\u00f3 por aquella que intuy\u00f3 m\u00e1s corta.<\/p>\n<p>Fue entonces cuando se descubri\u00f3 contando mentiras, viviendo del desconcierto y crispados olvidos. No obtendr\u00eda nunca la salida. Los ni\u00f1os volvieron a surgir, invit\u00e1ndola a que los siguiera, unas veces dej\u00e1ndose alcanzar por ella, otras alej\u00e1ndose con calculada perversidad para que Diana les gritase y reclamara el resto de la uni\u00f3n fingida o imitara el balido de la oveja que igualmente ped\u00eda salvaci\u00f3n acurruc\u00e1ndose cuando retornaba de la vereda equivocada al sitio de partida, cubierta de carb\u00f3n y p\u00e9talos chamuscados, de miedos agazapados, devueltos desde el suelo sin paz ni refugio. Diana (hasta entonces situada de por vida en los extremos), sinti\u00f3 p\u00e1nico. Alz\u00f3 la vista y vio los rostros de los ni\u00f1os manchados de sangre, los girasoles que in\u00fatilmente fueron destrozados entre piedras y riscos. La ni\u00f1a quiso decirle algo, mostr\u00e1ndole el manojo de margaritas y tr\u00e9boles manchados. Demasiado sol en sus ojos, demasiada noche. El ni\u00f1o regres\u00f3 y logr\u00f3 aproximarse a dos o tres metros de Diana. Supo entonces que no estaba ni en el cielo ni en la tierra y que el ni\u00f1o no le dar\u00eda sol ni noche: se hac\u00eda doblemente in\u00fatil imaginarlo como anciano, aunque, a veces, cuando sonre\u00eda, se observaran algunas arrugas alrededor de sus labios y por su manera de cerrarlos ojos se descubriera su vejez y su cansancio despu\u00e9s de tantos viajes en cuclillas, a tientas, sometidos a mareas, a juegos de luz.<\/p>\n<p>Pero el ni\u00f1o o el anciano le hizo comprender que la \u00fanica manera de seguir viviendo resid\u00eda en el parque. S\u00f3lo all\u00ed. Las ovejas sub\u00edan por su cuerpo y bajaban por \u00e9l, como si el propio ni\u00f1o fuese la ladera inexistente, el \u00e1rbol a medio terminar, la \u00fanica manera de so\u00f1ar o completar un p\u00e1jaro, el manojo visto por Diana en la mano ensangrentada de su hermana. La vieja cubierta por una piel de oveja todav\u00eda fresca y chorreante, alz\u00f3 el manojo de paja que, al instante, se deshizo en el viento, Apenas si brizna despu\u00e9s del incendio, apenas si holl\u00edn, apenas si turbia ceniza. El sol, arriba, ca\u00eda vertical sobre su cabeza enteramente calva, Se acord\u00f3. Una vez existi\u00f3 all\u00ed mismo un campo de trigo o girasoles con los que, tercos y obstinados, Diana y los ni\u00f1os golpearon las rocas. Un coraz\u00f3n ra\u00eddo por la m\u00fasica. Noche. Sol. Pero ya ni siquiera se molest\u00f3 en abrir los ojos para seguir jugando. Los ojos que la hab\u00edan hecho solitaria y muda ya no convocar\u00edan otras pasiones. All\u00ed donde ahora vive no hace falta algo diferente a contemplar el viento desgajando restos de \u00e1rboles borrando pedazos de cielo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-napoleon-oropeza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Napole\u00f3n Oropeza Los girasoles seguir\u00e1n existiendo pese a sus deseos e igualmente ha de encontrar otro muchacho que se empe\u00f1ar\u00e1 en llamar Glen o Ruggiero. Quiz\u00e1 venga con el cuerpo de mujer y decida llamarla Sol o Pez. Pero ya lo hab\u00eda decidido: desde esa noche lo dejar\u00eda todo. No ten\u00eda sentido seguir viviendo [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":4975,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4974"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4974"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4974\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":8260,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4974\/revisions\/8260"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4975"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4974"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4974"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4974"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}