{"id":4915,"date":"2022-06-19T22:11:11","date_gmt":"2022-06-19T22:11:11","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4915"},"modified":"2024-03-14T19:59:44","modified_gmt":"2024-03-14T19:59:44","slug":"dos-cuentos-de-hector-mujica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-hector-mujica\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de H\u00e9ctor Mujica"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Las tres ventanas <\/strong><\/h3>\n<p>I<\/p>\n<p>El viajero se detuvo. Los doscientos kil\u00f3metros recorridos le dol\u00edan en la cintura, y aquel dolor amenazaba con desparramarse por todo el cuerpo. Conducir un autom\u00f3vil toda la noche por esta carretera oscura y terrosa \u2014\u00a1infernal! murmur\u00f3\u2014 y amanecer en este pueblo de cuatro mil almas no era apreciable recompensa. Ante la inm\u00f3vil cuerda met\u00e1lica tendida de lado a lado de la carretera, se detuvo. Era la alcabala.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfHay alg\u00fan hotel para hospedarme?<\/p>\n<p>El guardia de turno se lo qued\u00f3 mirando largo rato sin responder. Era bajo y ten\u00eda unos bigotes cortados a la manera prusiana. Se encogi\u00f3 de hombros y dio media vuelta hacia el interior de la casilla, mientras dec\u00eda imperceptiblemente:<\/p>\n<p>\u2014Hay varias posadas, y la Pensi\u00f3n que queda en la Calle Real.<\/p>\n<p>Entr\u00f3 a la casilla, sin mirar atr\u00e1s.<\/p>\n<p>El viajero encendi\u00f3 nuevamente \u2014 \u00bfuna vez m\u00e1s!, pens\u00f3\u2014 el motor de su confortable Ford reci\u00e9n comprado y se alej\u00f3 de la casilla violentamente. Ten\u00eda ganas de maldecir, de gritar a alguien. Hab\u00eda mirado a lo largo del viaje ese puesto vac\u00edo, a su lado. Mientras conduc\u00eda con la mano izquierda, revolv\u00eda con la derecha sus papeles. Las facturas, las copias triplicadas de los recibos, las muestras de las mercanc\u00edas. A trav\u00e9s del viaje se hab\u00eda entretenido hojeando de rato en rato sus papeles, poni\u00e9ndolos en cuidado e impecable orden, anotando en la libreta los nombres y las direcciones de los clientes. Tras los espejuelos no ha mucho ordenados por el oculista, sus ojos azulosos vigilaban atentamente la marcha del l\u00e1piz sobre el papel cuadriculado. Otras veces esos mismos ojos se posaban tranquilamente sobre los grandes titulares de la prensa capitalina que llevaba consigo. En ocasiones guardaba un peri\u00f3dico atrasado durante d\u00edas junto al escombro de sus papeles comerciales. En veces llevaba varios ejemplares de una misma edici\u00f3n dentro de los cuales se pod\u00eda leer un aviso de la casa comercial que representaba, al lado de un sucedido cualquiera de los muchos que la prensa publica. Siempre era lo mismo. Una ni\u00f1a secuestrada, un suicidio frustrado, un hamp\u00f3n evadido o una ri\u00f1a violenta con un saldo de algunos heridos y contusos, cuando no que la polic\u00eda arremetiera contra una manifestaci\u00f3n de trabajadores. Siempre era lo mismo. El viaje. Los viajes. Su inacabable viaje. Sal\u00eda de la capital en una suerte de gira por el interior del pa\u00eds, a trav\u00e9s de las lentas carreteras amarillentas, p\u00e1lidas, terrosas. Al trav\u00e9s de la sed inmensa de las carreteras soleadas. Siempre era lo mismo. La llegada. El alojamiento. El hotel o la posada o la pensi\u00f3n. Y aquellas vidas inertes, silenciosas, circulares, como las moscas de verano sobre los platos reci\u00e9n calentados. Siempre era lo mismo. Un sol, abrasador, intenso, resplandeciente, y aquella necesidad de alcohol, de ron o de whisky, para aplacarla. Siempre era lo mismo. El viaje. Los viajes. Sus inacabables viajes. Y un salario alto que dilapidaba en whisky. Facturas, recibos, muestras.<\/p>\n<p>\u2014 Aqu\u00ed tiene las muestras&#8230; el recibo debe de hacerse por triplicado, cuesti\u00f3n de la Contabilidad&#8230; Son los mejores productos llegados a Caracas&#8230; nuestros agentes de Nueva York env\u00edan los pedidos muy r\u00e1pidamente&#8230; a los clientes fijos podemos hacerle una rebaja del 5%&#8230;<\/p>\n<p>De rato en rato, cuando la carretera se llenaba de visiones, miraba su portafolios abierto. Sus recibos, sus facturas, sus muestras. Una gran libreta azul de recibos triplicados que \u00e9l llenaba con gran paciencia, despu\u00e9s de convencer al comprador y asegurar la calidad de los productos, despachados directamente de Nueva York.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Calidad! Como una estrella.<\/p>\n<p>Durante cinco a\u00f1os. Aquellas libretas. El no se acordaba de la fecha exacta. Sab\u00eda solamente que despu\u00e9s de haber fracasado en el bachillerato, su padre le hab\u00eda dicho con dureza venerable:<\/p>\n<p>\u2014Desde hoy tienes que ganarte la vida por tu cuenta. No quiero par\u00e1sitos en la casa.<\/p>\n<p>Hab\u00eda enrojecido de verg\u00fcenza y tuvo ganas de romperle la cara. El augusto rostro de su padre.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o despu\u00e9s, mor\u00eda el viejo a consecuencia de una nefritis, seg\u00fan carta recibida de su madre, aunque \u00e9l sab\u00eda que el viejo hab\u00eda de morir a causa de una prostatitis inclemente que le azotaba en los \u00faltimos a\u00f1os, agri\u00e1ndole el car\u00e1cter. Era esa la causa por la cual el viejo sol\u00eda decirle:<\/p>\n<p>\u2014Cu\u00eddate, muchacho. Los disparates de la juventud se pagan en la vejez.<\/p>\n<p>Secamente.<\/p>\n<p>Hoy se cumplen cuatro a\u00f1os de la muerte de su padre. Hace cinco viaja interminablemente. Al comienzo le acompa\u00f1aba un chofer, un obrero que se complac\u00eda en mostrarle los secretos del camino. Aqu\u00ed un \u201cbajo\u201d que se llena de agua cuando la quebrada crece, m\u00e1s all\u00e1 la curva del caracol, y adelante la recta de ocho kil\u00f3metros. Pero prefiri\u00f3 andar s\u00f3lo. Desde entonces conoc\u00eda el secreto del camino y el secreto del oficio. El proceso siempre se desarrollaba igualmente. El duplicado al comprador, una copia que \u00e9l conservaba en el portafolios y el original a la casa central. Desde entonces ve pasar libretas azules ante sus ojos azules. Libretas repletas, gordas, azulverdosas. Como las moscas de verano. De pronto desaparece una libreta y surge otra del portafolios. Una y otra. Otra. Otra. Y la carretera sembrada de recibos, de libretas. Ahora marcha a cincuenta kil\u00f3metros. La recta de la alcabala al pueblo es reci\u00e9n construida. La aguja, dentro de la esfera de \u00e1mbar, marca sesenta kil\u00f3metros.<\/p>\n<p>Est\u00e1 en el pueblo.<\/p>\n<p>2<\/p>\n<p>Su confortable Ford est\u00e1 cubierto de tierra. Y \u00e9l molido, cansado, en busca de alojamiento. De norte a sur la Calle Real, macadamizada, recoge a los paseantes del pueblo. Suena el claxon de un modo caprichoso, a desgana. Los muchachos salen en bandadas, a gritos, tras el viajero. Los campesinos que vienen de la hacienda lo miran pasar, sin comentarios, hasta que alguno m\u00e1s audaz sonr\u00ede con desprecio y le tilda de patiqu\u00edn. Las muchachas, t\u00edmidas, asoman con cautela sus rostros tras las celos\u00edas, guardianes de su castidad.<\/p>\n<p>A cien metros vio un gran letrero colgante: Pensi\u00f3n. Eso supone una cama donde dormir y la indispensable cena. Como si algo le correteara por dentro, como cuando ni\u00f1o, aceler\u00f3 el autom\u00f3vil. Descendi\u00f3 de un salto y dej\u00f3 caer la puerta con fuerza.<\/p>\n<p>El atardecer.<\/p>\n<p>Se hab\u00eda vestido con cierta sobriedad y hab\u00eda reposado largamente. Los tonos de la tarde le confund\u00edan con respecto al tiempo. Aquello le suced\u00eda siempre que manejaba toda la noche sin descanso. Al llegar se acostaba y, al despertarse, no sab\u00eda si era de noche o a\u00fan de d\u00eda. Hoy el cielo, lujurioso, ventrudo, deja caer sus colores en variados tonos. Una iluminaci\u00f3n profusa lo alumbra todo. Una gran mancha roja, gigantesca, amenaza con reventar en el cielo. Como si un mundo que hubiera desaparecido reviniera violentamente a sus ojos, sus sentidos escuchaban esta sinfon\u00eda de color, aquellos naranjas, azules, rojos y violetas, desprendi\u00e9ndose del firmamento. Con gran nitidez el viejo barbudo levanta la blanca tiza y se apoya contra el tablero donde puede leerse:<\/p>\n<p><em>Hay instantes del crep\u00fasculo<\/em><\/p>\n<p><em>en que las cosas brillan m\u00e1s<\/em><\/p>\n<p><em>fugaz momento palpitante<\/em><\/p>\n<p><em>de una amorosa intensidad.<\/em><\/p>\n<p><em>Se aterciopelan los ramajes,<\/em><\/p>\n<p><em>Pulen las torres su perfil<\/em><\/p>\n<p>La letra era blanca, menuda, vacilante, sobre el tablero negro. Era la clase de literatura en su bachillerato fracasado.<\/p>\n<p>Ech\u00f3 a caminar sin rumbo. Las largas piernas marcaban grandes pasos en la calle reci\u00e9n macadamizada. Sent\u00eda una marga y violenta tristeza, SI figura desgarbada marchaba oscilante y hab\u00eda dentro de \u00e9l una concavidad hueca, vac\u00eda, profunda, donde un ruido intermitente marcaba los segundos.<\/p>\n<p>\u2014 Perd\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>Hab\u00eda tropezado a un viejo que caminaba.<\/p>\n<p>Eran las seis de la tarde. Las campanas tocaban a oraci\u00f3n y varias viejas se persignaban con rapidez habitual. Hacia los lados se alzaban las s\u00f3lidas casas coloniales, dentro de las cuales ojos de todo color le espiaban. Frente a \u00e9l, enfrente de su desgarbado cuerpo, tres s\u00f3lidas, altas, balaustradas ventanas aparecieron. Tras cada una de ellas ojos femeninos le miraban. A medida que avanzaba, alej\u00e1ndose, fueron abri\u00e9ndose con lentitud y discreci\u00f3n las rejillas y aparecieron entonces tras aquellas ventanas, tres rostros hermosos, semiocultos. \u00c9l era forastero en aquella villa y quiz\u00e1s por eso le miraban, particularmente uno con insistencia molesta. Era un rostro de medusa que amenazaba con disolverse en los colores del crep\u00fasculo. Se detuvo y mir\u00f3 atr\u00e1s, hacia las tres ventanas. Los rostros eran bellos y \u2014 sin saber por qu\u00e9 se le ocurr\u00eda \u2014 forj\u00f3 una p\u00e1lida leyenda de cierto sabor oriental, como los cuentos que le\u00eda cuando ni\u00f1o. Transcurri\u00f3 un minuto. Dos. Tres. Al poco tiempo, las rejillas de las tres ventanas fueron cerr\u00e1ndose cautelosamente. T\u00edmidas manos blancas empujaban cuidadosamente las rejillas hasta cerrarse completamente. La \u00faltima en cerrarse fue la del rostro de medusa, de la cual una mirada penetrante se proyectaba al exterior. Las peque\u00f1as bisagras de esta \u00faltima dejaron escapar un ruido de metal viejo y oxidado. Frente a \u00e9l qued\u00f3 aquella inmensa casa con las tres s\u00f3lidas ventanas cerradas. Y un murmullo de voces susurrantes.<\/p>\n<p>Eran las siete de la noche. A\u00fan el gigantesco sol rojizo del atardecer luchaba en el poniente, como una gran l\u00e1mpara que comienza a apagarse. Volvi\u00f3 a la pensi\u00f3n, por el camino recorrido.<\/p>\n<p>3<\/p>\n<p>La cena, copiosa, transcurr\u00eda en silencio. A su mesa, frente a \u00e9l, se hallaba otro forastero de aquella villa. Ven\u00eda de la capital, enviado por el gobierno. Era ingeniero. Despu\u00e9s de la sopa ten\u00eda que sobrevenir la inevitable charla aldeana para la cual era inevitable una a\u00f1eja botella de vino extranjero. El joven ingeniero, apenas graduado, acababa de llegar con unos planos reci\u00e9n comenzados y extraordinarias ambiciones profesionales. Francamente, era su primer trabajo. Un primo hermano suyo que trabajaba en el Ministerio de Fomento le hab\u00eda conseguido tal empleo. Hablaba con fruici\u00f3n de lo que pensaba hacer, gesticulaba mucho y, al levantar la copa, brindaba puerilmente.<\/p>\n<p>La due\u00f1a, vieja, gorda y rechoncha, serv\u00eda de un lado a otro en el comedor. Cuando se acerc\u00f3 nuevamente, el viajero la interrog\u00f3 acerca de la casa de las tres ventanas. La vieja rio la pregunta como si se tratara de un chiste. Quiz\u00e1 su gordura la hiciera propensa a estos accesos de risa, y de tos.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfLa casa de las tres ventanas? \u2014 interrogaba ella a su vez, mientras re\u00eda estruendosamente.<\/p>\n<p>\u2014 S\u00ed, esa casa con tres altas ventanas coloniales. \u00bfPor qu\u00e9 r\u00ede?<\/p>\n<p>La vieja se justific\u00f3 diciendo que todos los forasteros preguntaban por la casa de las tres ventanas. Dijo entonces que era propiedad de la m\u00e1s vieja familia del lugar, descendiente de alg\u00fan h\u00e9roe de la Independencia. La casa parec\u00eda tener m\u00e1s de dos siglos y su due\u00f1o lo era a su vez de las ricas haciendas de ca\u00f1a de az\u00facar del valle, m\u00e1s all\u00e1 del r\u00edo. El viejo a\u00fan viv\u00eda. Hab\u00eda casado muy joven y su mujer hab\u00eda muerto cuatro a\u00f1os antes. Parece tener un car\u00e1cter de hierro y su sola presencia infunde miedo. De su mujer apenas se recuerda el rostro, pues s\u00f3lo sal\u00eda de la casa una vez por semana, a la misa de los domingos, acompa\u00f1ada de sus hijas. Desde entonces las j\u00f3venes no han salido m\u00e1s, por orden estricta del padre. De \u00e9l se cuentan cosas. \u00c1 veces se trata de simples an\u00e9cdotas o de historias forjadas por la imaginaci\u00f3n popular, otras veces se trata de hechos reales. Pero de unos y otros ha nacido su leyenda de hombre terrible, de se\u00f1or implacable. Ha matado sin piedad a alguno de sus peones de la hacienda por no haber cumplido determinadas \u00f3rdenes. A su casa s\u00f3lo entran un capataz, familiar suyo, quien se encarga de los asuntos internos de la gran hacienda, y, \u00faltimamente, el viejo juez del pueblo con quien arregla directamente sus negocios. Se cuenta que en una guerra civil lo hicieron general y que tiene una fortuna en oro enterrada en las paredes de su habitaci\u00f3n y que ha jurado que sus hijas no conocer\u00e1n a otro hombre mientras \u00e9l viva.<\/p>\n<p>\u2014Mientras viva, repiti\u00f3 intencionalmente la patrona, y las carnes de su vientre chocaban unas contra otras en un acceso de risa y de tos.<\/p>\n<p>4<\/p>\n<p>El viajero se detuvo. La alcabala estaba cerrada con una gruesa cinta de hierro. Son\u00f3 el claxon del autom\u00f3vil y el guardia de turno, un hombrecito viejo de bigotes prusianos, sali\u00f3 de la casilla y quit\u00f3 la cadena de un garfio que la sujetaba. Debajo del letrero pintado donde dec\u00eda Alcabala pod\u00eda leerse Aduana de Licores. El guardia le miraba y se saludaron entre dientes.<\/p>\n<p>La Calle Real estaba iluminada. Un a\u00f1o atr\u00e1s, el presidente del Estado hab\u00eda venido para inaugurar el servicio de luz el\u00e9ctrica. La gente caminaba por la calle, animada, conversando. Era d\u00eda de fiesta. El carnaval. Los muchachos sonaban unos pitos infernales y los hombres hac\u00edan un gran bullicio, medio borrachos. Todo el mundo gritaba hasta ensordecerse. Las mujeres, casi todas campesinas venidas de la hacienda, vest\u00edan un percal de color rojizo y bailaban con los hombres en la plaza iluminada. Eran las diez de la noche y la gente quer\u00eda aprovechar el tiempo, pues hasta las once era el permiso de la Jefatura Civil.<\/p>\n<p>Cuando atraves\u00f3 las calles laterales a la plaza, algunos campesinos ebrios trataron de subir a los estribos de su autom\u00f3vil, pero dos polic\u00edas uniformados rid\u00edculamente hicieron uso de su autoridad y las peinillas cayeron secamente contra las espaldas de los campesinos indefensos. Algunas mujeres gritaron y el cortejo de muchachos que corr\u00eda tras el autom\u00f3vil se dispers\u00f3 en seguida. El viajero vir\u00f3 hacia la Calle Real.<\/p>\n<p>Los escasos postes de luz el\u00e9ctrica estaban encendidos y pudo ver, iluminada, la poderosa mole de las tres ventanas. Cre\u00eda o\u00edr ruidos, como voces humanas tras las romanillas, pero atribuy\u00f3 tales voces a posibles alucinaciones ocasionadas por el cansancio. Sin embargo, se detuvo. Unos ligeros pasos corrieron al interior de la casa. Despu\u00e9s, un pesado silencio, un terrible silencio se le vino encima. A lo lejos, hacia la plaza, pod\u00edan o\u00edrse todav\u00eda gritos y canciones inconclusas. Pero frente a \u00e9l, la mole silenciosa de las tres ventanas y algo as\u00ed como una respiraci\u00f3n humana, entrecortada, contenida y luego cancelada. Seguramente \u2014piensa el viajero\u2014 frente a \u00e9l, tras esta imponente ventana central balaustrada, un cuerpo de mujer se esconde, desde siempre.<\/p>\n<p>En la noche camin\u00f3 por las calles desiertas y oscuras. De alg\u00fan tiempo a ac\u00e1 una tensi\u00f3n nerviosa le agotaba d\u00eda a d\u00eda. Pocas veces pod\u00eda conciliar normalmente el sue\u00f1o, tanto m\u00e1s cuanto que sol\u00eda conducir noches enteras a trav\u00e9s de carreteras interminables. Padec\u00eda desde alg\u00fan tiempo a esta parte de grandes insomnios nerviosos y de sue\u00f1os que \u00e9l consideraba racionalmente rid\u00edculos en los cuales aparec\u00edan largas, interminables carreteras polvorientas, proyectadas hacia adelante, siempre adelante, y \u00e9l en un viaje que no acababa nunca. Otras veces eran grandes vendavales, torrenciales lluvias, la tempestad en todo el cielo y la tierra entera, obstruy\u00e9ndole su paso. O se ve\u00eda sentado en su autom\u00f3vil sobre una monta\u00f1a gigantesca de papeles, de avisos, recibos y facturas. En momentos aquella monta\u00f1a se agigantaba y \u00e9l despertaba sudoroso, jadeante y ca\u00eda entonces en un insomnio que le hund\u00eda en disparatadas meditaciones sobre su vida de agente viajero, que, al d\u00eda siguiente, juzgaba est\u00fapida.<\/p>\n<p>Esta noche, cinco a\u00f1os despu\u00e9s de su primera visita, (\u00a1diez a\u00f1os de viajante!) caminaba por las desiertas calles del pueblo. Hab\u00eda tratado de dormir o de permanecer sobre la cama, fumando y pensando, viendo aparecer ante sus ojos azules una interminable hilera de rostros sonrientes, magros o grasosos, y \u00e9l frente a ellos, tratando de convencerlos de la calidad de los productos que representaba y vend\u00eda.<\/p>\n<p>Esta noche caminaba por las calles del pueblo. Despu\u00e9s de las once, de apagarse los faroles el\u00e9ctricos, la gente se hab\u00eda ido a dormir o se hab\u00eda quedado durmiendo en los quicios de las casas, o en la plaza misma. De pronto deb\u00eda de detenerse, pues sus pies tropezaban con alg\u00fan cuerpo tirado sobre el suelo. Alg\u00fan campesino borracho que no tuvo tiempo de regresar a la hacienda. Su rostro se hab\u00eda agudizado m\u00e1s y sus ojos hab\u00edan adquirido una claridad resplandeciente. De cuando en cuando miraba las largas manos venosas y pensaba con tristeza que sus manos s\u00f3lo sab\u00edan llenar aquellos recibos por triplicados y mostrar la calidad de los productos de la casa que representaba.<\/p>\n<p>Cruz\u00f3 hacia las calles de tierra. No o\u00eda los tacos de sus zapatos contra el suelo que pisaba. La noche era h\u00fameda y sus pasos se perd\u00edan en la humedad y en la sombra. Despu\u00e9s de mucho caminar, casi agotado por aquel largo paseo nocturno, regres\u00f3 a la pensi\u00f3n para dormir. Cay\u00f3 sobre la cama como materia inerte. Al mediod\u00eda despert\u00f3 despu\u00e9s de dormir unas nueve horas, tiempo inusitado desde muchos a\u00f1os para su cuerpo fatigado. Despu\u00e9s de un ba\u00f1o reconfortante, almorz\u00f3 y ley\u00f3 los peri\u00f3dicos que hab\u00eda tra\u00eddo de la capital.<\/p>\n<p>En el atardecer sali\u00f3 de paseo por el pueblo. La misma monoton\u00eda de hoy le recuerda la de cinco a\u00f1os atr\u00e1s. Las mismas casas, la misma gente, el mismo cielo rojizo. El sol gigantesco como una gran llamarada. Y aquella vieja casa, la casa de las tres ventanas. Recuerda detalladamente la historia de la patrona sobre el viejo propietario. Su figura inflexible, f\u00e9rrea, feudal y maligna le anda en la imaginaci\u00f3n desde entonces. Su esp\u00edritu es el de esta casa de tres ventanas frente a su desgarbado cuerpo. Aquellos tres rostros, aquellas voces, aquellos pasos y la historia inveros\u00edmil de la fortuna enterrada en las paredes de una habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Sonr\u00ede. All\u00ed, frente a \u00e9l, est\u00e1n nuevamente las tres ventanas. Altas, balaustradas, frente a \u00e9l. Imponentes surgen hacia el mundo exterior, otro mundo. Representan para su esp\u00edritu fantaseador la luz acogotada, el sol en eclipse, mariposas prisioneras por el infame alfiler del coleccionista. No, estas no son tres ventanas. Hoy, la del medio est\u00e1 completamente herm\u00e9tica, sin romanilla, y uno de los tres rostros ausentes. Un rostro es la exacta dimensi\u00f3n de la personalidad humana. \u00c9l no puede concebir un rostro quemado, deformado o prisionero. En el rostro est\u00e1n los ojos, suerte de p\u00e1jaros aleteantes, eternamente en vuelo. Y este rostro moreno de ayer, hoy ha partido. De las ventanas laterales, tras las romanillas, dos voces se escapan y unos ojos delicuescentes, unos ojillos de medusa lo miran, amenazando con disolverse.<\/p>\n<p>Esa misma noche se fue del pueblo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El viajero se detuvo. Fren\u00f3 con violencia y brusquedad frente a la alcabala. Son\u00f3 el claxon. Un viejo hombrecito arrugado sali\u00f3 de la casilla. Ten\u00eda los bigotes cortados a manera prusiana y mir\u00f3 fijamente al viajero. Ambos se miraron como quien guarda un secreto com\u00fan, com\u00fanmente compartido. El guardi\u00e1n quita la fuerte cadena de hierro del garfio que la sujeta y el autom\u00f3vil cruza, velozmente, el espacio. El viejo guardi\u00e1n permanece inm\u00f3vil, hasta que la cortina de polvo sobre su cara desaparece.<\/p>\n<p>Hace un calor sofocante de verano. La armadura del autom\u00f3vil aparece cubierta completamente de polvo. Las moscas zumban en el pueblo, pues hace un calor sofocante de verano. El viajero desciende del autom\u00f3vil, entra en un bar y pide un whisky.<\/p>\n<p>\u2014 No tenemos whisky \u2014 dice el mesonero.<\/p>\n<p>\u2014 Un co\u00f1ac entonces.<\/p>\n<p>Pero tampoco hay co\u00f1ac.<\/p>\n<p>Bebe una copa de ron que le abrasa la garganta. Hubiera querido beber un refresco, pero una sed de algo fuere, de licor, le anonada. Quiere beber licor, simplemente.<\/p>\n<p>Atraviesa en su autom\u00f3vil la Calle Real y ve la esfera del reloj de su autom\u00f3vil. Cuatro y media de la tarde. Desde hace una hora est\u00e1 nuevamente en el pueblo.<\/p>\n<p>Vir\u00f3 a la izquierda y se fue directamente a la vieja y \u00fanica pensi\u00f3n desde hace mucho tiempo.<\/p>\n<p>Toma una ducha fr\u00eda para calmar esta sed agotadora. Decide pasear y comienza a peinarse. Frente al espejo. El mismo viejo espejo de hace quince a\u00f1os. El de la primera vez. El de esta pensi\u00f3n de la Calle Real, de este pueblo. Hace con lentitud el nudo de la corbata y ve su cabeza cana y su rostro arrugado.<\/p>\n<p>\u2014 Cuarenta a\u00f1os \u2014 dice.<\/p>\n<p>Desde entonces, desde su nacimiento, acaecido en la capital, son cuarenta a\u00f1os. Veinte en la casa paterna, hasta que su padre le dice debe de arregl\u00e1rselas por su cuenta. Y veinte a\u00f1os de caminos terrosos, sedientos, inacabables. Veinte a\u00f1os de facturas, de recibos, de muestras.<\/p>\n<p>\u2014Nuestros productos son directamente importados de Nueva York&#8230; Nuestros agentes escogen directamente los productos&#8230; Nuestra casa es la mejor reputada entre las firmas comerciales de importaci\u00f3n&#8230; Nuestra solidez est\u00e1 fuera de riesgos&#8230; Nuestra casa piensa aumentar su radio de acci\u00f3n para el pr\u00f3ximo a\u00f1o comercial&#8230; Nuestros empleados son eficientes&#8230; Nuestros env\u00edos est\u00e1n asegurados&#8230; Nuestros precios son incompetibles&#8230;.<\/p>\n<p>Veinte a\u00f1os de pronombres posesivos. Durante veinte a\u00f1os ha repetido este pronombre sin saber por qu\u00e9. Siempre son nuestros productos, nuestra casa, nuestros empleados, nuestra eficiencia, y jam\u00e1s ha sabido qui\u00e9nes preparan esos productos, qui\u00e9n los env\u00eda a Caracas y qui\u00e9n goza de las ganancias. Sab\u00eda, s\u00ed, que la casa es una firma comercial acreditada en el mercado y que deb\u00eda decir nuestra casa. Quiz\u00e1 por eso la gente le respetaba. Aunque hasta hoy su casa era la pensi\u00f3n, o el hotel. Su casa. Su casa era aquella pensi\u00f3n de la Calle Real. El hotel de la ciudad. O la carretera.<\/p>\n<p>Llam\u00f3 a la patrona. \u00bfQui\u00e9n es esta patrona gorda y propensa a accesos de risa y de tos convulsa? \u00bfQui\u00e9nes son esos circunspectos se\u00f1ores, gerentes de los hoteles, a lo largo y ancho del pa\u00eds entero? Sab\u00eda que en los hoteles se le atend\u00eda muy bien cuando llegaba y muy amablemente le daban la factura al despedirse.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfCu\u00e1ndo volver\u00e1 el se\u00f1or?<\/p>\n<p>\u2014 Quiz\u00e1 a fines de a\u00f1o.<\/p>\n<p>Pero esta patrona, a quien ahora llama, no le pregunt\u00f3 la primera vez si regresaba. Ni la segunda vez tampoco. Re\u00eda mucho, como ahora. S\u00f3lo que esta vez la halla m\u00e1s propensa a la risa. De esta patrona sabe una historia, es decir, una historia que ella le ha contado. La historia de la casa de las tres ventanas.<\/p>\n<p>Sali\u00f3 sin prisa. El calor a\u00fan es agobiante. Apenas unas cuadras y ya se siente fatigado. Regresa al hotel, en busca del autom\u00f3vil, donde tiene cierto confort indispensable.<\/p>\n<p>El mismo atardecer sangriento de otras veces. Como la vez primera. Y la segunda: La gran esfera rojiza del sol, y este calor agobiante. Las moscas zumban y la voz clara de alg\u00fan campesino canta a lo lejos, en el valle o en los aleda\u00f1os.<\/p>\n<p>Entra a la Calle Real por la avenida del cementerio reci\u00e9n construido. Antes enterraban a los muertos en el camposanto. En este mismo terreno han puesto un nombre: Cementerio, y una cerca de cemento. Marcha sin prisa y mantiene en funcionamiento el abanico el\u00e9ctrico de su autom\u00f3vil. El calor parece inaguantable. Da una vuelta a la plaza y entra nuevamente en la Calle Real. La casa de las tres ventanas surge a sus ojos, s\u00f3lida y fuerte, vetusta e inconmovible, como su due\u00f1o. S\u00f3lo que la casa debe de estar sola. Las tres ventanas se encuentran herm\u00e9ticamente cerradas y las ara\u00f1as comienzan a tejer entre uno y otro balaustre finos caminos de seda. Una gran ara\u00f1a se balancea en su tejido, como quien descansa de una tarea dif\u00edcil, acabada. Los hierros est\u00e1n oxid\u00e1ndose y la casa entera cubri\u00e9ndose de polvo. El detiene su autom\u00f3vil y desciende. Se agarra fuertemente de dos balaustres de la ventana central y los deja bruscamente.<\/p>\n<p>Se mira a las manos y ve que \u00e9stas se hallan cubiertas de un polvo rojizo, como de sangre. Escribe sobre el polvo adherido al poyo su nombre en gruesos caracteres y recuerda n\u00edtidamente aquel rostro moreno asomado al atardecer. Se mira nuevamente a las manos y duda si aquello es herrumbre o sangre. Siente algo como un gran asco y escupe contra el suelo hirviente y comprueba que la boca la tiene seca y terrosa. Los ojos de la medusa le vigilan con autoritaria firmeza. El viejo, inflexible y duro, est\u00e1 muriendo. A su \u00fanica hija que le resta la ahorca con sus propias manos. El viejo va a morir, y muere con el cuerpo de su hija a su lado. Oye a la patrona que se le acerca lentamente y le cuenta la muerte de los otros dos rostros. La vieja habla en voz baja, pero r\u00ede estruendosamente. Estruendosamente. Y se ahoga con la risa y con la tos.<\/p>\n<p>Sube al autom\u00f3vil con una sensaci\u00f3n inexplicable en todo el cuerpo. Enciende el motor de su viejo Ford y huye hacia la carretera. Sale del pueblo con gran velocidad. Sus ojos alcanzan a mirar en la esfera de \u00e1mbar el n\u00famero 120. Despu\u00e9s fue un golpe seco contra algo que estaba en medio del camino.<\/p>\n<p>El viajero se detuvo. Hab\u00eda llegado a la alcabala. El viejo guardi\u00e1n sali\u00f3 de la casilla. Ten\u00eda los bigotes cortados a la manera prusiana&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El pez dormido<\/strong><\/h3>\n<p>Es realmente dif\u00edcil relatar con palabras la historia del pez dormido. Esto acaeci\u00f3 hace mucho tiempo en un lejano pueblo, infinitamente lejano del pa\u00eds de mi memoria. Supe de su existencia por un viejo patriarca hind\u00fa que, sentado frente a mi precario cuerpo, en un olvidado pueblo del Oriente, comenz\u00f3 a relat\u00e1rmela de esta manera:<\/p>\n<p>\u2014\u00abT\u00fa s\u00f3lo piensas en placeres viscerales\u00bb, dijo la madre de los delfines al tibur\u00f3n. \u00c9ste entorn\u00f3 los ojos, desperez\u00f3se, bostez\u00f3 y dijo: las necesidades del esp\u00edritu est\u00e1n supeditadas al cuerpo, quiera que no el esp\u00edritu. Y yo, continu\u00f3 el tibur\u00f3n, pienso que los habitantes del mar no debemos olvidar que sin un organismo satisfecho, fisiol\u00f3gicamente satisfecho, jam\u00e1s podremos alcanzar la plenitud espiritual&#8230; Podr\u00eda contarles \u2014prosigui\u00f3\u2014 muchas historias que confirman mi pensamiento, pero \u2014y lanz\u00f3 un largo bostezo\u2014 la fatiga, el sue\u00f1o y el hambre me obnubilan&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Yo, dijo el pez espada \u2014era un pez muy presuntuoso que siempre hablaba en primera persona\u2014, creo que el esp\u00edritu est\u00e1 total, entera y absolutamente separado de la materia&#8230; La \u00faltima palabra la pronunci\u00f3 con \u00e9nfasis. Siempre que hablaba lo hac\u00eda con un tono de superioridad, con un \u00e9nfasis abrumador, con una verborrea apabullante.<\/p>\n<p>Los ojos, fijos y redondos ojos, de un pulpo se quedaron en la retina de la madre de los delfines. Las algas desflecadas como banderas rotas en un combate saludaban al viento que surg\u00eda desde el fondo del mar. Las madreperlas pon\u00edan toda la atenci\u00f3n a las palabras del pez espada. Los ojos del pulpo segu\u00edan enfocando a la madre de los delfines. Algunos peces luminosos \u2014de esos que pueden verse en los acuarios\u2014 pasaban veloces sin hacer caso \u2014aparentemente\u2014 de la conversaci\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Yo conozco la vida, yo conozco a los hombres, puedo hablarles del esp\u00edritu humano, de sus flaquezas, mezquindades, tragedias y virtudes; puedo hablarles del esp\u00edritu marino, del que anda por los caminos de las aguas sonando incesantemente; del que como aire musical penetra en los caracoles; del esp\u00edritu que alienta nuestro universo; del esp\u00edritu Salvador de nuestros hijos; de aquel que hoy ahuyenta al enemigo y ma\u00f1ana nos conduce a \u00e9l; del esp\u00edritu que hizo voraz y vigoroso al hermano tibur\u00f3n; que hizo feliz al caracol en su coraza; que hizo hosco, malvado e hirsuto al pulpo y lo conden\u00f3 a vivir en el fondo de los mares; que anim\u00f3 con su bondad a las focas habitadoras del norte glacial; que hizo sensual a la sirena e imperfecto al pez espada; que ilumin\u00f3 con sus colores a estos peque\u00f1os hermanos que corretean como ni\u00f1os&#8230; As\u00ed habl\u00f3 la ballena, que era respetada por todos los habitantes del mar. Era una hermosa y apacible ballena blanca que miraba sobre sus oyentes con unos lentes de carey.<\/p>\n<p>El tibur\u00f3n sonri\u00f3 con malicia. El pez espada frunci\u00f3 el ce\u00f1o y levant\u00f3 su inmenso hocico. Algunos delfines se miraban extra\u00f1ados. El pulpo se aferr\u00f3 con sus tent\u00e1culos a una dura roca. Los caracoles dejaron escapar un fino y leve sonido y las algas desflecadas ondeaban banderas verdes.<\/p>\n<p>Era un tiempo, continu\u00f3 mi venturoso narrador, en que los habitantes del mar ten\u00edan una disputa universal \u2014del universo marino\u2014 sobre las cuestiones del esp\u00edritu y la materia. Nadie, ni aun los peque\u00f1os peces luminosos, dej\u00f3 de intervenir. La sirena presid\u00eda las reuniones. Se public\u00f3 una amnist\u00eda firmada por las ballenas, las sirenas y los tiburones en la cual se hac\u00eda constar que se respetar\u00eda la vida de los peque\u00f1os peces. \u00c9stos \u2014confiados\u2014 asistieron sin temor. Las discusiones se llevaron a feliz t\u00e9rmino. Al final de la disputa se ley\u00f3 la conclusi\u00f3n: los habitantes del mar no hab\u00edan llegado a ning\u00fan acuerdo. El tibur\u00f3n sigui\u00f3 pensando en la necesidad de satisfacer sus necesidades estomacales; el pez espada en las emanaciones del esp\u00edritu y en un ente superior, director y constructor del universo marino; el pulpo sigui\u00f3 absorto en sus pensamientos con la pupila fija en los ojos de la madre de los delfines; el caracol sigui\u00f3 sonando, de noche los vientos marinos se introduc\u00edan en su cuerpo como una espiral silbante; los peque\u00f1os peces siguieron desconfiando de la bondad de sus hermanos, reticentes; lo que prueba \u2014afirm\u00f3 mi bondadoso narrador\u2014 que la naturaleza marina es tan est\u00fapida como la humana. En vista de que yo hice un gesto tratando de refutar su concepto, el viejo levant\u00f3 el \u00edndice y manifest\u00f3: c\u00e1llese, amigo, es usted demasiado joven&#8230; Oiga la historia del pez dormido.<\/p>\n<p>Sucedi\u00f3 que una noche mientras discut\u00edan, un lucio llam\u00f3 la atenci\u00f3n de los asistentes sobre la figura debilucha y p\u00e1lida de un pez que se hab\u00eda dormido durante la discusi\u00f3n. La sirena toc\u00f3 la campanilla de orden y el pececito, sorprendido, alz\u00f3 los ojos y confundido se ech\u00f3 a correr \u2014a nadar\u2014 por entre las aguas oscuras. La noche era negra, espesa, densa. Los caracoles dejaban escapar su m\u00fasica sonora y los peces de color serv\u00edan de gu\u00edas luminosos a los asamble\u00edstas que hab\u00edan decidido salir en busca del peque\u00f1o pez. \u00c9ste iba adelante cortando con su cuerpo la masa de agua en que se mov\u00eda y como creyera que sus hermanos pensaban castigarle por haberse dormido en la parte m\u00e1s interesante de la discusi\u00f3n, dec\u00eda estas palabras:<\/p>\n<p>\u2014Perdonadme, hermanos. No soy culpable de mi desgracia. Mientras dorm\u00eda he so\u00f1ado que estaba en un pa\u00eds donde todos am\u00e1bamos la vida, extra\u00f1o al sufrimiento. \u00a1Perdonadme! En mi estupor vi un cortejo de gr\u00e1ciles sirenas que hablaban del mar con amor, con el mismo amor que los buenos hijos hablan de sus padres. Hablaban de las ostras y una abri\u00f3 un peque\u00f1o cofre del que extrajo una preciosa perla que ilumin\u00f3 al mar durante toda la noche. En ese bello pa\u00eds \u2014\u00a1oh bello pa\u00eds de mi ensue\u00f1o!\u2014 los peces grandes jugaban con \u00abnosotros, y los m\u00e1s fuertes ayudaban a los d\u00e9biles en sus faenas. Perdonadme hermanos, pero es preciso que huya, s\u00e9 que me castigar\u00e1n&#8230;<\/p>\n<p>Una ola rumorosa lleg\u00f3 a o\u00eddos del peque\u00f1o pez. La ola le dec\u00eda: ven hermano que no te castigaremos. Ven con nosotros y cu\u00e9ntanos con calma y con reposo tu sue\u00f1o. Ven. No te haremos da\u00f1o. Ma\u00f1ana har\u00e1 luna y pasearemos en tu compa\u00f1\u00eda&#8230;<\/p>\n<p>El pez se detuvo. El rumor de la ola \u2014las voces de sus hermanos\u2014 le sedujo. En poco tiempo le dieron alcance. Una bella sirena pos\u00f3 los labios en su peque\u00f1a frente mientras lloraba. Y el llanto comenz\u00f3 a brotar de sus ojos. Era feliz, como en su sue\u00f1o.<\/p>\n<p>A la noche siguiente, una luminosa noche de luna, el pez dormido fue a referir su historia. Pero ya nadie pensaba como la noche anterior. La ballena consider\u00f3 durante sus reflexiones en el d\u00eda que la indisciplina del pececito hab\u00eda que castigarse para evitar el relajo de la disciplina y del orden marinos. El tibur\u00f3n, encendido de ira, manifest\u00f3: no podemos permitir que se violen nuestros reglamentos, nuestras leyes, nuestros c\u00f3digos, nuestros estatutos; recordad el caso de mi hijo menor, quien fue destripado por haberse fugado con una sirena adolescente; recordad la historia del hermano lucio \u2014aqu\u00ed presente\u2014 a quien cortamos una aleta en castigo de su desobediencia.<\/p>\n<p>Todos, todos los peces aquella noche protestaron por la conducta del peque\u00f1o pez durante la reuni\u00f3n. Hasta las sirenas, incluso la sirena que le hab\u00eda besado \u2014a\u00fan sent\u00eda sus caricias\u2014 ped\u00eda castigo para su culpa&#8230;<\/p>\n<p>El peque\u00f1o pez dijo, llorando: \u00abHermanos, ayer so\u00f1\u00e9 con la felicidad, hoy siento la desgracia. Ayer ustedes alentaron mi fe en nuestro com\u00fan y luminoso destino, hoy han tronchado mis sue\u00f1os. Por lo visto est\u00e1 prohibido so\u00f1ar&#8230;\u00bb. Una l\u00e1grima gruesa sali\u00f3 de uno de sus ojos y atraves\u00f3 el fondo del mar. \u00abLo que no comprendo \u2014prosigui\u00f3\u2014 es vuestra disputa acerca de la importancia del esp\u00edritu. Habl\u00e1is de ella y pretend\u00e9is castigar mi &#8216;culpa&#8217;. Mi culpa, mi pecado de so\u00f1ar. De todos modos, \u00a1castigadme! No perd\u00e1is el tiempo. Ni un instante\u00bb.<\/p>\n<p>La luna se hizo m\u00e1s blanca. Dir\u00edase que un polvo blanquecino se esparc\u00eda por las aguas. La asamblea deliber\u00f3 y decidi\u00f3 ajusticiar al peque\u00f1o pez. El tibur\u00f3n cumpli\u00f3 la sentencia, como verdugo del mar. Traspas\u00f3 el cuerpecito con sus inmensos dientes afilados y luego ech\u00f3 el cad\u00e1ver al fondo del mar. Entonces de ese min\u00fasculo cuerpo herido brot\u00f3 un torrente de sangre que ba\u00f1\u00f3 a los lucios, tiburones, ballenas, caracoles, sirenas, peces espada, que ba\u00f1\u00f3 a todos los habitantes del mar. De su peque\u00f1o cuerpo sal\u00edan cordones de sangre que se arrollaban en los cuerpos de sus hermanos. El tibur\u00f3n sinti\u00f3 ahogarse. La ballena se asfixiaba. El caracol dej\u00f3 de sonar. Las sirenas enceguecieron y el mar se volvi\u00f3 rojo como si un denso fuego se expandiera por todas partes. La noche misma se volvi\u00f3 roja.<\/p>\n<p>\u2014Desde entonces, me asegur\u00f3 el viejo, dice la leyenda que cuando los crep\u00fasculos parecen tocar el mar es porque los peces lloran la tragedia del pez dormido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las tres ventanas I El viajero se detuvo. Los doscientos kil\u00f3metros recorridos le dol\u00edan en la cintura, y aquel dolor amenazaba con desparramarse por todo el cuerpo. Conducir un autom\u00f3vil toda la noche por esta carretera oscura y terrosa \u2014\u00a1infernal! murmur\u00f3\u2014 y amanecer en este pueblo de cuatro mil almas no era apreciable recompensa. 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