{"id":4825,"date":"2022-06-11T23:35:08","date_gmt":"2022-06-11T23:35:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4825"},"modified":"2023-12-04T23:51:21","modified_gmt":"2023-12-04T23:51:21","slug":"dos-cuentos-de-ada-perez-guevara","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-ada-perez-guevara\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Ada P\u00e9rez Guevara"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Ni\u00f1ana<\/strong><\/h3>\n<p>-\u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; La llama do\u00f1a Dolores. \u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; Que si hay huevos. \u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; La limosna de la Virgen. Ni\u00f1ana&#8230; Ni\u00f1ana&#8230; Ni\u00f1ana&#8230;<\/p>\n<p>Desde el amanecer hasta que todo est\u00e1 oscuro y en paz, el extra\u00f1o acoplamiento de las dos palabras resuena por la casa. Parece que Ni\u00f1ana fuera el motor o mejor dicho el dinamo que diera movimiento a todo en el hogar. Do\u00f1a Dolores tiene casi setenta a\u00f1os pero su cuerpo y su esp\u00edritu entraron en la senectud desde mucho antes. Su \u00fanico hijo hab\u00eda muerto en plena juventud y ella enviud\u00f3 luego ya en edad madura. Desde a\u00f1os atr\u00e1s su car\u00e1cter de por s\u00ed pasivo, se hab\u00eda amoldado tanto a la vida de casada, que a los cuarenta a\u00f1os de edad m\u00e1s bien parec\u00eda sombra del marido que mujer. No decid\u00eda nada, no pensaba, ni siquiera llegaba a comparar las cosas o los sucesos entre s\u00ed, simplemente preguntaba:<\/p>\n<p>-Perucho, \u00bfqu\u00e9 te parece?<\/p>\n<p>Y el parecer de Perucho era ley indiscutible, que ella se esforzaba en hacer cumplir.<\/p>\n<p>El hijo \u00fanico fallecido en extra\u00f1as circunstancias -se habl\u00f3 de accidente, de crimen, de suicidio- se hab\u00eda casado en una lejana poblaci\u00f3n del Bajo Orinoco.<\/p>\n<p>Do\u00f1a Dolores nunca vio a su nuera, quien muri\u00f3 en el primer parto, seg\u00fan dijo el hijo, en el momento en que le hizo entrega de la reci\u00e9n nacida, antes de salir de nuevo del hogar, rumbo a un destino desconocido que result\u00f3 ser la muerte.<\/p>\n<p>Entonces do\u00f1a Dolores y Perucho, con la pasividad de quien se somete al deber, organizaron la vieja cuna de madera, con balanc\u00edn, para la ni\u00f1a. Era la misma donde antes durmiera el unig\u00e9nito. Atendieron a la chiquilla con cuidadoso celo, todos sus afectos convergieron hacia ella con la mayor fuerza despu\u00e9s de la muerte casi inexplicable del hijo, quien apareci\u00f3 sin vida cerca de un farall\u00f3n durante una cacer\u00eda por los llanos. Y esta pena los impuls\u00f3 a querer a la rubia, blanca Ana Dolores cada d\u00eda m\u00e1s.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la viudez, vino el r\u00e1pido descenso de la matrona. Do\u00f1a Dolores ten\u00eda car\u00e1cter sumiso, \u00e9ste degener\u00f3 en indeciso y luego de indeciso en pueril. Las cataratas que siempre la hab\u00edan molestado, aumentaron, acaso con el constante llorar, y al fin lleg\u00f3 el momento en que se produjo en la vieja, solitaria casa de los Fern\u00e1ndez, una extra\u00f1a situaci\u00f3n: Ana Dolores lleg\u00f3 a ser el centro, el fact\u00f3tum de ese hogar a la deriva. Do\u00f1a Dolores concentr\u00f3 su \u00fanica inquietud en el cuidado de su \u00abNi\u00f1ana\u00bb, y en consecuencia, sus cortos alcances s\u00f3lo le permit\u00edan una l\u00ednea de conducta: tratar de que la ni\u00f1a estuviera cerca de ella y que no saliera de la casa, excepto para Misa, los domingos. Entonces iban juntas.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana lleg\u00f3 a cumplir diez y seis a\u00f1os. Su frescura juvenil, su tipo un tanto ex\u00f3tico, que recordaba una desconocida ascendencia inglesa, sus blondos, bell\u00edsimos cabellos, largos hasta la cintura a ruegos de do\u00f1a Dolores y su car\u00e1cter tolerante, daban vida a la casa provinciana que se hab\u00eda convertido poco apoco en arsenal de recuerdos y cosas viejas y que se animaba cuando cantaban los turpiales o los canarios o cuando Ni\u00f1ana estudiaba piano, lo cual acaec\u00eda a lo menos una vez al d\u00eda.<\/p>\n<p>Do\u00f1a Dolores se convirti\u00f3 en una inv\u00e1lida, debido a una cruel ca\u00edda,en la cual se fractur\u00f3 la cadera, y no sali\u00f3 m\u00e1s de la casa.<\/p>\n<p>Pero Ni\u00f1ana estaba all\u00ed y los turpiales tuvieron al amanecer alpiste y frutas, los pavos, su alimento, do\u00f1a Dolores su raci\u00f3n de cari\u00f1o y su desayuno; y el servicio fiel, \u00f3rdenes prolijas que cumplir.<\/p>\n<p>Los domingos, Ni\u00f1ana hac\u00eda matar una gallina para preparar el hervido, con vituallas y jojotos, pues \u00e9ste era el plato preferido de su abuela. Luego, se vest\u00eda apresurada para ir a Misa en compa\u00f1\u00eda de su t\u00eda Elena o de la vieja Manuela, quien desde la infancia hab\u00eda servido a los suyos como dom\u00e9stica y era casi de la familia.<\/p>\n<p>En la Iglesia, mientras el sacerdote prolongaba su serm\u00f3n a veces florido, a veces hiriente, los forasteros miraban a Ni\u00f1ana de espaldas. Ella sol\u00eda ir a Misa cubierta la cabeza con un amplio tul negro fin\u00edsimo y los que no la conoc\u00edan, preguntaban que qui\u00e9n era esa se\u00f1orita.<\/p>\n<p>-Es Ni\u00f1ana, contestaban sencillamente los paisanos.<\/p>\n<p>Tal respuesta despertaba mayor curiosidad y si continuaban inquiriendo, llegaban a la conclusi\u00f3n de que esa atractiva chica era inabordable, debido a la celosa actitud de do\u00f1a Dolores. Y si alguno, m\u00e1s interesado o decidido se acercaba hasta la casa, encontraba que las ventanas de \u00e9sta que ten\u00edan cortinas y no se abr\u00edan, excepto la del aposento de do\u00f1a Dolores. Si ten\u00eda admiradores, Ni\u00f1ana no lo sab\u00eda. O no deb\u00eda saberlo, porque \u00a1cu\u00e1nto iba a mortificar \u00e9sto a do\u00f1a Dolores!<\/p>\n<p>-Esta es la Iglesia de San Francisco. Dicen que es la m\u00e1s bonita de Caracas.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana se arrodill\u00f3 delante del Altar laminado en oro, y pidi\u00f3 tres gracias como habitualmente lo hac\u00eda al entrar a una Iglesia por primera vez. Frente a ella, la delicada faz de la Virgen de la Soledad rodeada de blanco encaje y velo negro, se destacaba merced a un golpe de luz que entraba por la alta puerta principal. Poco despu\u00e9s, la voz femenina, juvenil, acariciante, explicaba:<\/p>\n<p>-\u00bfVes, Anita? All\u00ed enfrente est\u00e1 el Palacio Legislativo. \u00a1Qu\u00edtate de la cabeza ese pa\u00f1uelito que salimos de la Iglesia! Ese Palacio, lo hizo hacer un Presidente, \u00bfte acuerdas? Guzm\u00e1n Blanco, dicen que en noventa d\u00edas. Vamos a entrar, si el portero&#8230; Quisiera que t\u00fa vieras las pinturas. En el techo del sal\u00f3n El\u00edptico, hay una Batalla de la Independencia. Y luego unos \u00f3leos de los h\u00e9roes. En el jard\u00edn, una fuente y&#8230; Pero mira, antes de cruzar la calle, quiero que veas bien la ceiba de San Francisco. \u00bfLa ves? Si esta ceiba hablara ser\u00eda una gran historiadora. Tiene siglos. \u00a1Y cu\u00e1nto ha visto! \u00a1Y cu\u00e1nto ha o\u00eddo! \u00a1Sabe hasta de negocios! \u00a1No te r\u00edas, Ni\u00f1ana! Ahora hay otro pintor, pintando all\u00e1, dentro del jard\u00edn del Palacio.<\/p>\n<p>La mirada reflexiva de la joven y su sonrisa segu\u00edan jovialmente la apresurada, un tanto inconexa charla de su prima, quien hac\u00eda de cicerone para ella.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana ni se excitaba, ni se mostraba asombrada, simplemente ve\u00eda todo, con calma. Desde la vieja, corpulenta ceiba, hasta los subterr\u00e1neos del Centro Sim\u00f3n Bol\u00edvar y los incipientes rascacielos que airosamente se levantaban cerqu\u00edsima de la propia esquina de San Francisco. Era tan reposada la expresi\u00f3n de Ni\u00f1ana, tan tranquilo su modo de mirar todo, que parec\u00eda como que si antes hubiese vivido en alguna gran ciudad.<\/p>\n<p>Lo que en realidad asombraba a Ni\u00f1ana era que do\u00f1a Dolores hubiera permitido su viaje, qued\u00e1ndose sola con el servicio, aunque una de sus ahijadas hab\u00eda prometido ir a acompa\u00f1arla. Los pocos d\u00edas pasados en la ciudad, fueron plenamente aprovechados. Las primas que viv\u00edan en \u00e9sta desde a\u00f1os atr\u00e1s, resultaron ser amables, condescendientes, generosas en su pobreza para con esa prima medio ignorada que despertaba la curiosidad del grupo de muchachos de la Urbanizaci\u00f3n Campo Claro, y que cuando sal\u00eda llamaba la atenci\u00f3n de los j\u00f3venes transe\u00fantes.<\/p>\n<p>Luego, lleg\u00f3 el momento de comprar trajes, zapatillas, medias, ropa interior, y un recuerdito para do\u00f1a Dolores y para cada una de las mujeres de servicio.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana casi en seguida se dio cuenta de que si ella progresaba en ciertos conocimientos, podr\u00eda emplearse como sus primas; y ganar suficiente para vivir en Caracas. Sobre todo si estudiaba contabilidad, mecanograf\u00eda, taquigraf\u00eda e ingl\u00e9s. No lleg\u00f3 a analizar bien lo que le ocurr\u00eda, pero capt\u00f3 adem\u00e1s que ella era una mujer que gustaba, que despertaba el inter\u00e9s de los hombres. Se dio cuenta tambi\u00e9n, de que la tierra es grande, de que hay pueblos, caser\u00edos, ciudades, tanto en la geograf\u00eda como entrevistos en el viaje en autom\u00f3vil que hiciera con su t\u00eda Elena y que cada quien puede cambiar de vida, que no es obligatorio estar siempre en la misma casa, tener siempre la misma ropa, vivir siempre con las mismas personas. Tambi\u00e9n pens\u00f3 Ni\u00f1ana que ella no recordaba ni a su pap\u00e1 ni a su mam\u00e1, absolutamente nada. \u00bfPor qu\u00e9 nadie le hablaba de ellos? \u00bfPor qu\u00e9 do\u00f1a Dolores no ten\u00eda en ese grueso y enorme \u00e1lbum cuya cubierta ostenta un paisaje verde con una garza al relieve, el retrato de su madre? \u00bfPorqu\u00e9 sus primas viv\u00edan una vida tan diferente a la suya? Ya Ernestina se hab\u00eda casado y ten\u00eda un ni\u00f1o. Sin embargo, se vest\u00eda como cuando era se\u00f1orita, y sal\u00eda a cada rato, manejaba ella misma su autom\u00f3vil y hasta trabajaba fuera de casa.<\/p>\n<p>-\u00a1Ni\u00f1ana! \u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; \u00a1Ven ac\u00e1, que Dios y la Virgen te bendigan!<\/p>\n<p>El beso de do\u00f1a Dolores era un beso tembloroso, sus manos tocaron el rostro, el pelo de Ni\u00f1ana, entonces ella dijo:<\/p>\n<p>-Gracias a Dios que no te lo cortaste.<\/p>\n<p>La anciana estaba deprimida, hab\u00eda enflaquecido. Pero al volver Ni\u00f1ana, empez\u00f3 a comer m\u00e1s, se sent\u00eda contenta, le ped\u00eda que le contara de Caracas, de los pueblos del camino, de su hermana que se hab\u00eda ido hac\u00eda tanto tiempo con ese marido caminador; de sus sobrinas, que eran tres.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana cada d\u00eda contaba algo nuevo, luego repet\u00eda lo ya contado, y se sent\u00eda cada vez m\u00e1s prisionera en esa casa vieja y tan sola, que hab\u00eda sido su \u00fanico mundo hasta entonces. Poco a poco, una extra\u00f1a metamorfosis ocurri\u00f3 en ella. De sumisa, se torn\u00f3 terca, de paciente, impaciente y trat\u00f3 entonces de incorporarse a la vida, pero do\u00f1a Dolores con su voz pueril y sus manos temblorosas, dec\u00eda:<\/p>\n<p>-Ni\u00f1ana, t\u00fa no debes salir a ninguna parte, y adem\u00e1s, \u00bfme vas a dejar sola? \u00a1Con las palpitaciones que siento!<\/p>\n<p>Por extra\u00f1o que parezca, Ni\u00f1ana ced\u00eda entonces y permanec\u00eda en esa vida semiclaustral.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana sali\u00f3 a la puerta a recibir el pan como de costumbre, cuando un alto y fornido inmigrante le tendi\u00f3 el paquete y se qued\u00f3 mir\u00e1ndola. Ella a diario recib\u00eda el pan y pagaba las compras.<\/p>\n<p>El hombre era tosco, vigoroso, de grandes espaldas y ojos claros, facciones correctas y duras. Volv\u00eda cada d\u00eda con el pan. Do\u00f1a Dolores hab\u00eda entrado en una especie de continua somnolencia. Ni\u00f1ana hab\u00eda logrado readaptarse a esa su vida tan extra\u00f1a que casi parec\u00eda fuera de este siglo, pero en ella hab\u00eda ahora rebeld\u00eda. De repente se encontr\u00f3 a s\u00ed misma pensando en algo que antes le parec\u00eda pr\u00e1cticamente inabordable.<\/p>\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9 mam\u00e1 no acaba de morirse?, se pregunt\u00f3. Y luego reaccion\u00f3: \u00a1Que sea cuando Dios quiera!<\/p>\n<p>En ella se inici\u00f3 entonces una interna, constante lucha entre el deber, las convenciones y un impulso rec\u00f3ndito que nunca sinti\u00f3 antes. Se torn\u00f3 nerviosa, irascible. Ten\u00eda entonces veinticinco a\u00f1os.<\/p>\n<p>Por alg\u00fan tiempo, acarici\u00f3 la ilusi\u00f3n de que su primo Ventura iba a hablarle de amor. Era el \u00fanico que alguna vez ven\u00eda a saludar a do\u00f1a Dolores y luego se quedaba sentado, mir\u00e1ndola y si hab\u00eda oportunidad, le hablaba de su trabajo, de la siembra de arroz, de la cr\u00eda, de las crecidas del r\u00edo. Pero cuando ella volvi\u00f3 de Caracas, supo que Ventura hab\u00eda \u00absacado\u00bb a la hija de Indalecia, la planchadora que viv\u00eda en la Calle Nueva, y se la hab\u00eda llevado para el hato.<\/p>\n<p>Empez\u00f3 a notar Ni\u00f1ana que en torno a sus ojos se formaban arrugas cuando re\u00eda, que sus manos enrojec\u00edan y ya estaban venosas con el diario trabajo, pese al lim\u00f3n que siempre usaba. Se torn\u00f3 mucho m\u00e1s excitable, a veces se autocriticaba acerbamente cuando do\u00f1a Dolores le dec\u00eda:<\/p>\n<p>-\u00bfNo me quieres Ni\u00f1ana? O: \u00bfPor qu\u00e9 te has perfumado tanto, mi hijita?<\/p>\n<p>Ella por fin lleg\u00f3 a convencerse de que ya no se casar\u00eda. Esto ocurri\u00f3 despu\u00e9s que sali\u00f3 una vez de la Iglesia, ya tarde, de la Novena. En ese momento, unos muchachos ven\u00edan por la misma acera. Tendr\u00edan entre dieciocho y veinte a\u00f1os. Ellos apresuraron el paso para requebrarla y para ver su rostro. Uno de ellos al mirarla, dijo pas\u00e1ndole al lado:<\/p>\n<p>-Yo cre\u00eda que era una muchacha, \u00a1es una vieja!<\/p>\n<p>Y esa voz juvenil hiri\u00f3 profundamente a Ni\u00f1ana.<\/p>\n<p>Pocas noches despu\u00e9s, do\u00f1a Dolores le pregunt\u00f3 a su cocinera que si no hab\u00eda o\u00eddo ladrar al perro a medianoche.<\/p>\n<p>-\u00bfA medianoche? Yo estar\u00eda dormida -dijo la mujer.<\/p>\n<p>Por varias noches m\u00e1s ladr\u00f3 el perro.<\/p>\n<p>Ni\u00f1ana afirm\u00f3 que tampoco o\u00eda al perro. Estaba entonces tentadora. Usaba trajes algo atrevidos, se pon\u00eda los zarcillos de oro, sus zapatos de casa reluc\u00edan: Eran unas graciosas sandalias rojas. Cantaba cuando cos\u00eda y se volvi\u00f3 trascordada, seg\u00fan expresi\u00f3n de su abuela:<\/p>\n<p>-\u00a1Muchacha!&#8230; \u00bfEn qu\u00e9 piensas?<\/p>\n<p>Ella dec\u00eda:<\/p>\n<p>-En nada, mam\u00e1 Dolores.<\/p>\n<p>Luego pareci\u00f3 deca\u00edda. Sus rasgos se tornaron tirantes. No ten\u00eda valor de renunciar al mandato inconfesable, brutal, que surg\u00eda de ella misma. Tampoco pod\u00eda huir, porque todo esto coincidi\u00f3 con un mayor decaimiento de la anciana, quien ya no se levantaba y por las noches, llamaba mucho a Ni\u00f1ana.<\/p>\n<p>Un amanecer, al abrir \u00e9sta la reja del aposento de la ventana para limpiarla, encontr\u00f3 un peque\u00f1o sobre dirigido a do\u00f1a Dolores. Era el cl\u00e1sico an\u00f3nimo, donde con expresi\u00f3n c\u00ednica la pon\u00edan en cuenta de que deb\u00eda vigilar m\u00e1s a su nieta. Una ola de c\u00f3lera invadi\u00f3 a Ni\u00f1ana, de pies a cabeza; mir\u00f3 con atenci\u00f3n la deformada letra, pretendiendo adivinar qui\u00e9n era el autor o autora. Pens\u00f3 en don Aurelio por gozar \u00e9ste fama de literato; o en alguna de las vecinas, quienes siempre dec\u00edan que ella era muy orgullosa, pero no lleg\u00f3 a ninguna conclusi\u00f3n, simplemente lo rompi\u00f3 con presteza pues deseaba que nunca hubiera sido escrito. Por un momento le pareci\u00f3 conveniente el hecho de que do\u00f1a Dolores estuviera inv\u00e1lida, y luego pens\u00f3 que en los pueblos peque\u00f1os, la vida consiste en atisbarse los unos a los otros a toda hora.<\/p>\n<p>La terrible lucha interior que sostuvo hab\u00eda cesado. Se sent\u00eda terriblemente deprimida, culpable, humillada, al borde de una resoluci\u00f3n que tem\u00eda y censuraba, tanto como todo lo acaecido.<\/p>\n<p>De repente dej\u00f3 de acicalarse y de perfumarse, descuid\u00f3 su aspecto personal. Parec\u00eda avejentada. Do\u00f1a Dolores continuaba mal. Ella notaba que las vecinas hab\u00edan dejado de visitarla, a pesar del estado casi ag\u00f3nico de su abuelita. Por su parte ella dej\u00f3 de ir a la Iglesia.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 noviembre, con sus aguaceros y sus campanadas por los muertos. Ella ahora estaba silenciosa. Nunca abr\u00eda el piano. Cruzaba por los corredores, rumbo a la cocina casi como una sombra. Los perros dorm\u00edan cerca de la hamaca de do\u00f1a Dolores.<\/p>\n<p>Por las noches, velaba a solas, cabeceando casi siempre. Una peque\u00f1a lamparilla de aceite iluminaba la imagen de la Virgen y una estampita de Jos\u00e9 Gregorio Hern\u00e1ndez, el sabio m\u00e9dico fallecido.<\/p>\n<p>La noche del 30 de noviembre la llam\u00f3 con lengua torpe, do\u00f1a Dolores. Cuando se incorpor\u00f3 para atenderla, la silueta deformada de su cuerpo antes airoso se reflej\u00f3 sin trabas en el espejo iluminado del escaparate. Pero do\u00f1a Dolores estaba ya ciega, casi sorda y su cuerpo paralizado s\u00f3lo pod\u00eda llamarla:<\/p>\n<p>-\u00a1Ni\u00f1ana!&#8230;<\/p>\n<h3><strong>La encrucijada<\/strong><\/h3>\n<p>\u2014Entra, pues. Es tu casa, mujer.<\/p>\n<p>Inclin\u00f3 Carlos Su\u00e1rez el dorso, hal\u00f3 el picaporte herrumbroso, y abri\u00f3 bien el anteport\u00f3n de calados postigos, para que ella pasara.<\/p>\n<p>S\u00fabita impresi\u00f3n de frialdad y de a\u00f1oranza, posey\u00f3 a Rosaura. Reconoc\u00eda, s\u00ed, aquella casa, con su corredor ancho, su patio centrado por una vieja pila llena de boras h\u00famedas; y tambi\u00e9n reconoc\u00eda las habitaciones entabladas, tapizadas de papeles un tanto descoloridos.<\/p>\n<p>\u2014Ven por aqu\u00ed. En este cuarto, trabajo de noche. Este otro, est\u00e1 solo, y t\u00fa lo organizar\u00e1s como quieras. Aqu\u00ed duermo yo, y hay otra pieza m\u00e1s, sola tambi\u00e9n, despu\u00e9s del comedor. \u00bfVes?<\/p>\n<p>Rosaura recorri\u00f3 todo, con su paso menudo y el\u00e1stico, detr\u00e1s de Carlos Su\u00e1rez, quien a grandes zancadas, le daba posesi\u00f3n de una vez para siempre, de esa su casa, un tanto desvencijada, un tanto parecida a otra cualquiera de Caracas, y que sin embargo, era para Rosaura \u00abaquella casa\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Aquella casa. S\u00ed. \u00bfPero d\u00f3nde y cu\u00e1ndo la vi?<\/p>\n<p>Rememor\u00f3 in\u00fatilmente, convencida sin embargo de que alguna vez, en la infancia quiz\u00e1s, conoci\u00f3 la casa donde vivir\u00eda ahora, y, cosa extra\u00f1a, este convencimiento trajo a su mente la misma impresi\u00f3n de fr\u00edo desagradable.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, do\u00f1a Rosaura; \u00bfen qu\u00e9 piensas tanto? \u00bfNo te gusta la casa?<\/p>\n<p>\u2014No es eso, no, Carlos. Me parece que la conozco. Me parece que pas\u00e9 por estos cuartos, por el patio, pero sin poder acordarme de cu\u00e1ndo fue. Quiz\u00e1s estar\u00eda chiquita. No s\u00e9; no s\u00e9; pero lo cierto es que la conozco.<\/p>\n<p>Mientras hablaba, mir\u00f3 de nuevo hacia el patio, y a la puerta del comedor en penumbras que cerraba el fondo, divis\u00f3 una figura pesada y oscura cuyos ojos, abiertos y fijos, la miraban atentamente. Carlos Su\u00e1rez explic\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Es Petra, que de seguro te quiere conocer. Venga, Petra, para presentarle a la se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Olor complejo a ajos, a sudor y a aceite perfumado, precedi\u00f3 a Petra, quien con su rolliza presencia y anch\u00edsimo fust\u00e1n llen\u00f3 por un momento el patio. Mir\u00e1ndola de cerca, quiso Rosaura sonre\u00edrle, pero la negra cara de Petra, ce\u00f1idos los apelmazados mo\u00f1os sobre el cr\u00e1neo, se mantuvo seria, como una tosca escultura.<\/p>\n<p>\u2014Tiene m\u00e1s de veinte a\u00f1os en casa. Me conoce los gustos, desde chiquito, explic\u00f3 de nuevo Carlos Su\u00e1rez.<\/p>\n<p>Detr\u00e1s de Petra, y en viv\u00edsimo contraste, atraves\u00f3 el patio una enorme gata de Angora, toda blanca, con una mancha negra sobre el lomo. La gata tambi\u00e9n mir\u00f3 a Rosaura, con su dorada mirada inquieta, un tanto curiosa y desconfiada.<\/p>\n<p>No hab\u00eda llegado Petra a la cocina, cuando Rosaura, que desde su entrada a la casa se sent\u00eda extra\u00f1a, tuvo la necesidad imperiosa de acercarse m\u00e1s a Carlos Su\u00e1rez, de recostar su cabeza, siquiera por un momento, en el hombro de \u00e9l, para cerciorarse de que aquella soledad que parec\u00eda envolverla, no exist\u00eda. S\u00fabitamente, lo rode\u00f3 con sus brazos, lo estrech\u00f3 con ahinco, y recost\u00f3 al fin, la cabeza, sobre \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 es eso, Rosaura? \u00bfY si nos v\u00e9 Petra? No, Rosaura, aqu\u00ed no.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo estamos casados ya, pues? dijo ella.<\/p>\n<p>Bruscamente, casi con rudeza, se desasi\u00f3 Carlos Su\u00e1rez de Rosaura, quien de improviso qued\u00f3 sola, en el corredor, frente a aquel viejo reloj de pie, cuyo p\u00e9ndulo era una lira, y estaba exornado con gordos angelitos de bronce.<\/p>\n<p>M\u00e1s alto que ella, el reloj, de estilo barroco, mov\u00eda el p\u00e9ndulo tan pausadamente que a simple vista podr\u00eda creerse que sus horas eran m\u00e1s largas. Carlos Su\u00e1rez hab\u00eda salido a la puerta para hacer traer las maletas, todav\u00eda en el autom\u00f3vil. En esos momentos, la soledad fue medida, r\u00edtmicamente, por el viejo p\u00e9ndulo bronceado, y tambi\u00e9n por el ritmo c\u00e1lido del pulso de Rosaura, acelerado en compleja emoci\u00f3n, presta a convertirse en llanto. Pero, no, no llorar\u00eda. Los ojos h\u00famedos parpadearon y maquinalmente comenzaron a analizar de nuevo el reloj. All\u00ed estaba el cuadrante, de n\u00fameros romanos, se\u00f1alando cada segundo por el salto de la manecilla delgada. Sobre el vidrio, se reflejaba parte del patio, con su hojarasca verde y una florescencia de magnolina a medio abrir. Cruji\u00f3 el anteport\u00f3n. Carlos Su\u00e1rez entraba con una maleta en cada mano. El esfuerzo afeaba su rostro.<\/p>\n<p>Eso era todo. Ya estaba, pues, Rosaura, en la casa, \u00bfsu casa? No, no sent\u00eda ella eso. \u00bfPodr\u00eda llamar suya, alguna vez, aquella casa?<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>\u2014\u00bfAs de bastos? \u00a1Qu\u00e9 v\u00e1! Tute de reyes.<\/p>\n<p>Rosaura entreg\u00f3 sus cartas, con una sonrisa un tanto cansada. Para ella, las cartas, el juego todo, eran incoloros.<\/p>\n<p>\u00c9l empez\u00f3 a contar los puntos en un silencio que parec\u00eda palpitar con m\u00faltiples latidos. El reloj grande del comedor, con su tic tac a saltos; el del corredor, con un tic tac m\u00e1s pr\u00f3ximo, ya que jugaban all\u00ed; el del cuarto de trabajo de Carlos con un tic tac mucho m\u00e1s apagado, porque en su interior, no giraban cadenas met\u00e1licas, sino simples cordeles.<\/p>\n<p>\u2014Te gan\u00e9 con setenta puntos. \u00bfJugamos otro partido?<\/p>\n<p>\u2014Como quieras \u2014dijo la voz velada de Rosaura, mientras el rostro permanec\u00eda tan inexpresivo como la voz.<\/p>\n<p>\u2014Mejor ser\u00e1 acostarnos. Son las nueve.<\/p>\n<p>Rosaura se levant\u00f3, reuni\u00f3 las barajas para colocarlas en el aparador del comedor. Pocos momentos despu\u00e9s, cerrada ya la puerta de la calle, y a oscuras la casa, entraron, marido y mujer, al cuarto que Rosaura arregl\u00f3 a su gusto, en el primer mes de casados. Una noche, y luego otra, preced\u00edan a los d\u00edas, en aquella casa quieta, con una semejanza abrumadora. En las ma\u00f1anas, Rosaura dedicaba un rato al cuarto de trabajo de Carlos Su\u00e1rez. Le gustaba limpiar personalmente la vieja mesa, con su gran campana de vidrio, sus innumerables ruedecillas y tornillos, sus lupas, y sus m\u00e1quinas desnudas, en marcha de prueba libre, como un inconsciente visible. Con cuidado sumo, colocaba cada peque\u00f1o objeto en su puesto, y luego, observaba los muchos relojes fijos a las paredes, presididos por el de pie, cuyos cordeles sosten\u00edan aquel raro p\u00e9ndulo anticuado. Carlos le hab\u00eda contado que ese era un reloj colonial, que por mucho tiempo perteneci\u00f3 a la misma familia, y que lo hab\u00eda comprado barato, solamente para estudiarle la m\u00e1quina y verlo marchar.<\/p>\n<p>\u2014Despu\u00e9s, me acostumbr\u00e9 a tenerlo cerca, y ahora no lo vender\u00eda por nada. El a\u00f1o pasado, vino una madama, y se empe\u00f1\u00f3 en que lo vendiera, para una quinta que estaba haciendo en el cerro, de estilo colonial. Me lo pagaba caro, y yo iba ya a vend\u00e9rselo, cuando agreg\u00f3 que su marido ten\u00eda un cami\u00f3n y era f\u00e1cil llev\u00e1rselo. Me di cuenta entonces, de que el reloj no estar\u00eda m\u00e1s ah\u00ed, frente a mi mesa, y le dije que no, que no lo vend\u00eda. Le habl\u00e9 de recuerdos de familia y no s\u00e9 de qu\u00e9 m\u00e1s; lo cierto es que al fin la madama se fue, y que aqu\u00ed est\u00e1 el reloj.<\/p>\n<p>Rosaura, no por curiosidad pueril, pasa las horas en el cuarto de trabajo, un poco raro por cierto, de Carlos Su\u00e1rez. Tampoco por curiosidad recorre calladamente, la casa, observando de cerca los variados ritmos de los relojes, de los cuales, sin duda, el m\u00e1s hermoso es el barroco con repujados y relieves cobrizos, del corredor de la entrada. Busca Rosaura algo m\u00e1s: quiere ahondar en las aficiones, en el trabajo de Carlos Su\u00e1rez, para no sentirse as\u00ed, lejana y rara. La tarde que lo conoci\u00f3, estaba ella, con su guitarra bien afinada, tarareando una copla dentro de aquel grupo juvenil de su barrio. Josefina, Carlota y Mar\u00eda del Valle, la rodeaban, y sus frescos rostros observaron, por un instante, a Carlos Su\u00e1rez, quien acababa de entrar por primera vez a la salita, invitado por un amigo. En cambio, Carlos Su\u00e1rez apenas las vio. Mir\u00f3 s\u00f3lo a Rosaura, quien comenz\u00f3 a cantar, acompa\u00f1ada de la guitarra, con su gracia simple, alumbrada de juventud. Poco despu\u00e9s, Carlos Su\u00e1rez empez\u00f3 a enamorarla : en la placidez de su temperamento y de su vida met\u00f3dica, ordenad\u00edsima, ser\u00eda Rosaura alegr\u00eda y movimiento. A fines de a\u00f1o, se casaron sin mayores celebraciones. A Rosaura pareci\u00f3le cosa de sue\u00f1os ser tan pronto la mujer de Carlos Su\u00e1rez. Lo quer\u00eda, s\u00ed, ciertamente; en su orfandad de afectos, pues viv\u00eda con unas primas, pareci\u00f3le la suya suerte maravillosa, y as\u00ed tambi\u00e9n lo pensaron todas las chicas vecinas. No era entonces para los deslumbrados ojos de Rosaura, Carlos Su\u00e1rez, un simple relojero dedicado de lleno a su tarea, en aquel pobre cuarto de una calle c\u00e9ntrica, desprovisto de todo lujo, donde pasaba el d\u00eda ante una vieja mesa mal pintada, con aquel extra\u00f1o lente sobre un ojo y la luz encendida a toda hora. Ni era aquel ser sencillo, quiz\u00e1s demasiado met\u00f3dico, que muchas veces continuaba en casa el trabajo del taller, y que en dos a\u00f1os de casados, no hab\u00eda variado nunca el ritmo de su vida \u00edntima; que al parecer estaba satisfecho con la tranquilidad hogare\u00f1a, con la salida a Misa, los domingos, y la visita familiar y peri\u00f3dica a aquellos parientes viejecitos ya, que viv\u00edan por la Pastora.<\/p>\n<p>Rosaura, sin darse cuenta, empez\u00f3 a variar. Aquella su risa a flor de labios, aquella su alegr\u00eda espont\u00e1nea, se extinguieron poco a poco. La guitarra, dentro de la funda de zaraza floreada, y flojas las clavijas, no supo m\u00e1s de la presi\u00f3n suave y firme de sus dedos. Parec\u00edale a Rosaura cosa del otro mundo, un floreo en la guitarra, y mucho menos cantar, en aquella casa triste, frente al eterno refunfu\u00f1ar de Petra y despu\u00e9s de lo que hab\u00eda pasado, aquella tarde que Carlos Su\u00e1rez la encontr\u00f3 cantando, sola en el corredor, y muy serio, ser\u00edsimo, le dijo:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara qui\u00e9n son esos cantos?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPara qui\u00e9n? \u00bfComo que para qui\u00e9n? \u00bfPara m\u00ed?<\/p>\n<p>Bruscamente, guard\u00f3 ella la guitarra, y comprob\u00f3, sorprendid\u00edsima, que Carlos Su\u00e1rez sali\u00f3 a la puerta de la calle y observ\u00f3 largamente a cada transe\u00fante, a cada desocupado, que nunca faltan por las tardes, en las esquinas. Durante la comida, en la cual se combinaron s\u00f3lo los ruidos de los cubiertos sobre la loza, y los m\u00faltiples tic-tac de los relojes, observ\u00f3 tambi\u00e9n Carlos Su\u00e1rez que su mujer, no ten\u00eda aspecto de se\u00f1ora, siempre delgadita y fresca como que no se hubiera casado.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Aj\u00e1! Espere un momento, hombre. Leche B, aumente un cuarto de litro.<\/p>\n<p>Regresa Petra del port\u00f3n con su andar cada vez m\u00e1s pesado, y al pasar, echa un vistazo al cuarto de Rosaura. Esta, tendida en la cama, apretando sobre los ojos el brazo derecho, en falso reposo, oye aquel eterno y m\u00faltiple tictac, que para su tormento, parece prolongar los d\u00edas en un desdoblamiento inaudito de horas, m\u00e1s se\u00f1aladas cuando menos vividas.<\/p>\n<p>Se detiene Petra, y frente al abierto ventanal del cuarto de Rosaura, explica:<\/p>\n<p>\u2014Cog\u00ed un cuarto de leche B; para la gata, ust\u00e9 sabe. Tres lochas vuelto.<\/p>\n<p>Nada contesta Rosaura, temerosa de que su voz alterada la traicione. Espera que Petra recupere los l\u00edmites de su reino cocineril, que siempre pretende extender m\u00e1s de lo debido, y luego se levanta, para llegarse hasta el cuarto solo, siempre a oscuras, porque su puerta cae al comedor, y porque la luz exterior que recibe es apenas la de una alt\u00edsima claraboya protegida por vidrio opaco. All\u00ed de vez en cuando, revuelan murci\u00e9lagos, que otras veces penden del techo raso en los rincones m\u00e1s oscuros y en sospechosa quietud.<\/p>\n<p>Un gemido apagado se oye en la habitaci\u00f3n, donde los m\u00e1s variados e in\u00fatiles artefactos se han reunido, para volverse borrosos por la sombra y la capa gris de polvo: cartas sin uso, un fon\u00f3grafo anticuado, coronas mortuorias de porcelana, maletas, mesas amputadas, jarrones cascados, l\u00e1mparas, y qui\u00e9n sabe cu\u00e1ntas cosas m\u00e1s. Procura orientarse Rosaura en la penumbra oliente a moho de la habitaci\u00f3n, y luego, echa de ver, en el fondo del gran canasto redondo, medio volteado en un rinc\u00f3n, aquel manch\u00f3n movible, blanco y negro, de donde parte el gemido.<\/p>\n<p>Arrastra Rosaura el canasto hacia afuera, y a la luz clar\u00edsima del patio, contempla en primer t\u00e9rmino aquel vientre sedoso, aquellas rosadas mamas goteando leche en hileras paralelas; y al fin, los reci\u00e9n nacidos animalillos de ojos tenazmente cerrados, pelambre h\u00fameda y boca ansiosa en busca de las mamas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Uno, dos, tres, cuatro, cinco! Tuvo cinco.<\/p>\n<p>Ces\u00f3 bruscamente el gemido al arrastrar Rosaura la canasta: la bell\u00edsima gata, contrae enormemente las pupilas, el cuerpo, las entra\u00f1as dolidas, y mira a Rosaura con fijeza un tanto desconfiada.<\/p>\n<p>Petra, en un taz\u00f3n, de peltre, ha servido la leche, la ha calentado un poco, y viene a d\u00e1rsela a la compa\u00f1era hogare\u00f1a.<\/p>\n<p>\u2014Marquesa, Marquesa; \u00bfno tienes hambre, pues?<\/p>\n<p>Rosaura coloca la canasta en el cuarto, mientras los gatitos se acurrucan m\u00e1s y m\u00e1s en torno a la gata, quien al o\u00edrse nombrar familiarmente por Petra, levanta la cabeza, otea la leche, y sin inter\u00e9s alguno, voltea el hocico, para lamer suavemente la pelambre de los reci\u00e9n nacidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Rosaura, de nuevo en su cuarto, vuelve a su posici\u00f3n primitiva. Tendida boca arriba en la cama, aprieta ahora m\u00e1s nerviosamente sus p\u00e1rpados cerrados, contra el brazo. Esto le produce extra\u00f1a visi\u00f3n interna: sobre un fondo rojizo, empiezan a destacarse manchas verdosas de contornos brillantes, y variables, que a veces toman formas de estrellas, o de flores fant\u00e1sticas, o de llamas agitadas por el viento. Pero, m\u00e1s adentro, m\u00e1s adentro, hay algo que produce una presi\u00f3n m\u00e1s fuerte que la del brazo: h\u00fameda y caliente, sale en forma de llanto, que estrujado a prisa sobre las pesta\u00f1as, abre paso al fin a un sollozar callado, amargo, incontenible, que crece, en el silencio del atardecer, como la sombra misma que va invadiendo ya, una vez m\u00e1s, la casa triste.<\/p>\n<p>En el cuarto del lado, no gime la gata. Duerme beat\u00edficamente, formando un solo manch\u00f3n de terciopelo con los reci\u00e9n nacidos.<\/p>\n<p>Rosaura, al vestirse para esperar a Carlos, sin darse cuenta del profundo sentido del gesto espont\u00e1neo, se palpa largamente su vientre virginal, frente al espejo, en la quietud inalterable de aquella casa extra\u00f1a donde nunca ha re\u00eddo un ni\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Un d\u00eda, Rosaura tuvo veinticinco a\u00f1os; o lo que es lo mismo, cinco a\u00f1os de su vida al lado de Carlos Su\u00e1rez. Cinco a\u00f1os, no para unirlos, sino para separarlos. Carlos Su\u00e1rez la quer\u00eda, la deseaba tambi\u00e9n, y por esto, no le era infiel. Gust\u00e1bale mirarla, delgadita y menuda, siempre un poco infantil, con aquella tez tan limpia y fresca y aquel maravilloso lunar en la barbilla que daba un aire picaresco al rostro. La miraba, y la besaba al principio, largamente. Despu\u00e9s, espaciaron los besos, y m\u00e1s aun los de Rosaura. Ahora, a los cinco a\u00f1os de casados, pasan d\u00edas, semanas y aun meses ayunos de ternura.<\/p>\n<p>Ya, por las noches, no hay partidas de barajas. Carlos Su\u00e1rez trabaja hasta tarde; su clientela ha aumentado.<\/p>\n<p>Rosaura mientras tanto, acostada en la cama, en aquella su postura habitual, parece dormir. Una noche, la luna est\u00e1 clar\u00edsima, y alumbra con su plenitud embrujadora, la pila del patio. Ella, callada, mira hacia afuera. Carlos Su\u00e1rez, desvisti\u00e9ndose, comenta:<\/p>\n<p>\u2014Te la pasas triste, ahora. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s quieres? Todo lo que necesitas, lo tienes. Ropa, prendas, servicio. Comes lo que quieras, y nadie te mortifica. De mi trabajo, vengo para la casa. \u00bfQu\u00e9 miri\u00f1aques son esos?<\/p>\n<p>Rosaura no contesta. Como en visi\u00f3n lejana pero precisa, recuerda su solter\u00eda. Su peque\u00f1a escuela de primer grado, formada por las vecinitas, que la abrazaban por la cintura y formaban de nada un alboroto muy grato. Recuerda el Dispensario gratuito, donde pasaba horas enteras trabajando, sin asco. Lavando heridas, poniendo inyecciones, haciendo vendajes, con las otras muchachas. Entonces, se sent\u00eda contenta, porque era \u00fatil. Pero ahora, \u00bfqu\u00e9 es su vida? \u00bfPuede llamarse esto, vida?<\/p>\n<p>Carlos Su\u00e1rez contin\u00faa:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Cu\u00e1ntas mujeres, estar\u00edan todo el d\u00eda d\u00e1ndole gracias a Dios si tuvieran lo que t\u00fa tienes! Nunca te he dejado hacer un oficio. \u00a1Ah mujer fantasiosa!<\/p>\n<p>Diciendo esto, se acost\u00f3 a su lado, dio la espalda a Rosaura y a la luna, y cerr\u00f3 los ojos hasta el amanecer.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Nunca ha podido Rosaura explicarse a s\u00ed misma, y much\u00edsimo menos, explicar a nadie, c\u00f3mo fue aquello.<\/p>\n<p>Eran las tres de la tarde, y mediaba mayo.<\/p>\n<p>Medio adormecida en el fondo del corral, Petra remendaba. El silencio hogare\u00f1o parec\u00eda haberse extendido a la calle, casi sin tr\u00e1fico. Rosaura anduvo, casi de puntillas, toda la casa. Se detuvo en el cuarto de los trastos viejos, y contempl\u00f3 largamente el sue\u00f1o, profundo y dichoso, de Marquesa, cuyo sedoso cuerpo empezaba otra vez a crecer, como capullo en flor, para dar cabida a nuevos frutos vivos.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n se detuvo Rosaura frente al viejo reloj barroco.<\/p>\n<p>Palp\u00f3 con el \u00edndice, maestro en dominar el bordoneo de la guitarra, el rollizo angelillo que coronaba la esfera, y que era redondo y bello como inspiraci\u00f3n de Rafael. M\u00e1s tiempo aun estuvo frente al otro reloj, cuyo p\u00e9ndulo oscilaba gracias a cordeles, y que presid\u00eda el cuarto de trabajo de Carlos Su\u00e1rez.<\/p>\n<p>Luego, fue a su habitaci\u00f3n y se visti\u00f3 de prisa, con un sencillo traje y un sombrerito de paja, cuya simplicidad la favorec\u00eda. Era la primera vez que se decid\u00eda a salir sin anuencia previa de Carlos Su\u00e1rez y sin notificar a Petra de su destino. Era esta una costumbre que hab\u00eda creado \u00e9l a ra\u00edz del matrimonio, y que a Rosaura parec\u00eda humillante, a los cinco a\u00f1os de casados. \u00bfPero, c\u00f3mo destruirla ahora? \u00bfC\u00f3mo destruir otras muchas cosas?<\/p>\n<p>No intentaba ir lejos: sali\u00f3 nuevamente, sin que el anteport\u00f3n sonara, y ech\u00f3 a andar calle abajo. En esa c\u00e1lida hora y en su apartado barrio, hab\u00eda receso de tr\u00e1fico. Uno que otro heladero escandalizaban, con su campanilla alborotadora, a la chiquiller\u00eda.<\/p>\n<p>Mientras andaba, un raro bienestar se apoderaba de Rosaura. Al principio, era simple placer de andar libremente. Luego, bienestar f\u00edsico. Camin\u00f3 con mayor firmeza, y empez\u00f3 a observar complacida, cuanta vidriera encontraba a su paso. \u00a1C\u00f3mo estar\u00edan, de bonitas, las de las joyer\u00edas y tiendas de modas del centro de la ciudad!<\/p>\n<p>Media hora despu\u00e9s, hab\u00eda terminado, en l\u00ednea recta de andar aquella interminable calle, lo que siempre hab\u00eda deseado puerilmente.<\/p>\n<p>Ante ella, vio grandes troncos de \u00e1rboles con manchas de sol; y mucha hierba de un viv\u00edsimo verde, de donde surg\u00eda un olor sabroso a tierra mojada.<\/p>\n<p>Pasaron frente a ella algunas parejas de novios, agarrados de la mano o de brazo, para perderse en los senderos que se escond\u00edan entre los \u00e1rboles. Luego, algunos beb\u00e9s en sus cochecitos, de cara al cielo.<\/p>\n<p>Repentinamente, unos p\u00e1jaros campesinos empezaron a gorjear, revolando, cerca de ella. Se detuvo, sent\u00e1ndose en un banco. Contempl\u00f3 deslumbrada la hermosura del parque y del cielo vespertino, clar\u00edsimo y todav\u00eda azul.<\/p>\n<p>Por el sendero que bordeaba su banco, apareci\u00f3 un grupo de escolares, casi adolescentes. Ven\u00edan cantando alborotados, y vi\u00e9ndola sola, all\u00ed, la tomaron por una se\u00f1orita extranjera, quiz\u00e1s institutriz o maestra.<\/p>\n<p>\u2014Mademoiselle! Mademoiselle! Bonsoir!<\/p>\n<p>Rosaura, sin querer, sonri\u00f3. Se sent\u00eda como embriagada de sol, aire y verdor.<\/p>\n<p>Como ocurre siempre en mayo, los atardeceres se prolongan. El de esa tarde, era suave y lleno de paz. De repente, ech\u00f3 a de ver Rosaura que el parque estaba casi solo y que los autom\u00f3viles pasaban con los faros encendidos. Dedujo entonces, que ya Carlos Su\u00e1rez hab\u00eda llegado a casa.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo volver ahora? \u00bfQu\u00e9 ir\u00e1 a pensar de m\u00ed? Y, adem\u00e1s, \u00bfa qu\u00e9 volver? En tantos a\u00f1os de casada, \u00bfla invit\u00f3 \u00e9l alguna vez a ver un crep\u00fasculo de mayo a trav\u00e9s de gruesos troncos de \u00e1rboles? \u00bfPudo siquiera ella andar libremente, sin hacer mal a nadie, y durante el tiempo que quisiera, por las calles de la ciudad? \u00bfFue \u00fatil a alguien mientras vivi\u00f3 en \u00abaquella\u00bb casa?<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s por costumbre, quiso saber la hora. Pero no hab\u00eda all\u00ed reloj alguno.<\/p>\n<p>Estuvo un rato abstra\u00edda, con el sombrerito de paja sobre la falda. Era la encrucijada, siempre dif\u00edcil, aun all\u00ed, en aquel maravilloso sitio.<\/p>\n<p>Luego, decidi\u00f3 prontamente, como que siempre lo hubiera pensado:<\/p>\n<p>\u2014Dormir\u00e9 esta noche casa de mis primas en El Valle. Ser\u00e9 maestra otra vez. Ni a esta hora, ni nunca, debo volver a aquella casa de Carlos.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 un rato m\u00e1s, sentada en el parque, ya en sombras. Una s\u00fabita sensaci\u00f3n de soledad la invadi\u00f3.<\/p>\n<p>Luego, lentamente, comenz\u00f3 a caminar. Lentamente, en l\u00ednea recta, subi\u00f3 por la misma calle interminable que hab\u00eda recorrido ese mismo d\u00eda a las tres.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ada-perez-guevara\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Tomado de: leamoscuentosycronicas.blogspot.com<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ni\u00f1ana -\u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; La llama do\u00f1a Dolores. \u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; Que si hay huevos. \u00a1Ni\u00f1ana!&#8230; La limosna de la Virgen. Ni\u00f1ana&#8230; Ni\u00f1ana&#8230; Ni\u00f1ana&#8230; Desde el amanecer hasta que todo est\u00e1 oscuro y en paz, el extra\u00f1o acoplamiento de las dos palabras resuena por la casa. 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