{"id":4749,"date":"2022-06-09T00:28:03","date_gmt":"2022-06-09T00:28:03","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4749"},"modified":"2024-05-01T21:37:39","modified_gmt":"2024-05-01T21:37:39","slug":"dos-cuentos-de-david-alizo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-david-alizo\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de David Alizo"},"content":{"rendered":"<h3>Largos hilos de felicidad<\/h3>\n<p>En un punto de la carretera, en una curva inesperada, la sensaci\u00f3n de un violento choque me llega a las mand\u00edbulas y me hace tiritar como si se tratara de extra\u00f1os escalofr\u00edos (no tengo tiempo de pensar, pero lo hago, en las perversidades de Fran\u00e7oise, cuando un\u00edsonamente lloraba y re\u00eda al verse en posesi\u00f3n de una nueva y destructora idea que pondr\u00eda en tres y dos a su amigo de Port\u2013Royal). Hemos quedado atrapados entre fierros de construcci\u00f3n que han atravesado el parabrisas del autom\u00f3vil y yo me vuelvo hacia ti, tratando de mover mis brazos y mis manos para descubrir tu rostro, que ha quedado oculto por el trapo rojo que impone la ley a los camiones que transportan vol\u00famenes que desbordan su longitud normal. Me muevo desesperadamente, creo que hasta a\u00fallo, te vuelvo a mirar en tu asiento con el destino arremangado hasta la cintura, el impacto ha sido tremendo, veo tus manos chispadas por el dolor que no sabr\u00eda penetrar y de pronto: \u00a1Marta!, digo, no grito, pero t\u00fa sigues inm\u00f3vil y casi me aterrorizo.<\/p>\n<p>-Tal vez consigamos arreglar todo de una vez -me dice Marta. Yo sigo manejando tras el cami\u00f3n, esquivando las curvas que aparecen de pronto-. Es el calor, \u00bfsabes? -Y no me queda m\u00e1s remedio que pensar en los zancudos y en la sal y en todo. Estos d\u00edas son pesados y no se puede ni leer.<\/p>\n<p>Ha sido en un momento. Quedamos incrustados al cami\u00f3n, como aprisionados por tent\u00e1culos de hierro (son cabillas de construcci\u00f3n, flexibles, duras, herrumbrosas) y Marta est\u00e1 a mi lado con los ojos abiertos, mirando fijo un punto indeterminado, y yo presiento que boquea, pero no es as\u00ed, permanece quieta como una macabra figura de cera. El chofer del cami\u00f3n se ha bajado y viene hacia nosotros con una cara de espanto, se acerca a m\u00ed y me dice c\u00f3mo ha sido todo esto, yo no respondo, estoy mal pero no siento nada, pienso, ella est\u00e1 herida, dice, est\u00e1 herida, afirma y trata de abrir mi puerta in\u00fatilmente, por all\u00e1, le digo, por el otro lado, pero el hombre se desespera y va al medio del camino, agitando los brazos, saltando, detiene un autom\u00f3vil que pasa, se acercan a nosotros, nos extraen dif\u00edcilmente del carro (una mujer est\u00e1 con Marta agit\u00e1ndole una gorra en su cara), yo me muevo, trato de deshacerme de los brazos que me mueven, que me llevan por debajo de muchas voces, acu\u00e9stenlo en el asiento de atr\u00e1s, la se\u00f1ora est\u00e1 mal, no, no, m\u00e9tanla a ella, \u00a1qu\u00e9 tragedia!, yo sent\u00ed un golpe, un ruido y par\u00e9, no sab\u00eda qu\u00e9 hab\u00eda pasado, \u00a1hay que correr!, no s\u00e9 c\u00f3mo pudo suceder, \u00bfse siente mal? no, digo, mi mujer, \u00bfc\u00f3mo est\u00e1 mi mujer, \u00bfc\u00f3mo est\u00e1 ella<\/p>\n<p>-No hay nada m\u00e1s peligroso -dice Marta.<\/p>\n<p>-C\u00f3mo es eso -digo. El cami\u00f3n entra en una recta y yo adelanto r\u00e1pidamente, lo paso y Marta se vuelve para observar al chofer.<\/p>\n<p>-Estos camiones hacen m\u00e1s dif\u00edciles los viajes. Deber\u00eda existir una ley\u2026<\/p>\n<p>-S\u00ed -digo.<\/p>\n<p>Al mediod\u00eda, Cuman\u00e1 es un ba\u00f1o de sol. Nos hemos alojado en el primer hotel que conseguimos, y mientras Marta se ducha yo hojeo una revista y fumo un cigarrillo. Sin querer, me detengo sobre una fotograf\u00eda de la p\u00e1gina de sociales: la fiesta de los Santoni: Homenaje a la Decadencia Romana. La foto, por supuesto, es un segundo de la fiesta, y la mujer er\u00f3ticamente maquillada es una reproducci\u00f3n del pecado de Sodoma, la seducci\u00f3n de Lot, o, mejor, la sensualidad de Livia vagando m\u00e1s all\u00e1 del Foro Romano, a este lado del oc\u00e9ano. Ella me mira y yo presiento que la amo, aunque el Ner\u00f3n que la ha atrapado por la cintura con su brazo derecho, pretende que la posee para siempre. Marta ha ido a servirse un trago de ginebra y yo me acerco a la pareja: \u00a1Oh, Popea, Popea! dice el Ner\u00f3n y, al pronunciar el nombre por segunda vez, comienza a cantar en lat\u00edn discrepando con ella. A un lado, tendidos sobre una gran alfombra y apoyados en almohadones, est\u00e1n Actea y Sporo, Octavia y Tusco y otro Ner\u00f3n con Agripina. Me debe la noche, dice un joven tom\u00e1ndole el brazo a una muchacha, mientras me acerco a Livia y le digo hola, Livia, qu\u00e9 tal, es una noche hermos\u00edsima, me dice, abriendo espacio en la alfombra para m\u00ed, y yo le veo un brazalete dorado que le aprisiona el brazo como una culebra bachaquera pero dorada, con cabeza y lengua bifurcada, amenazante, dispuesta a hundir los colmillos que creo no tiene, es una amenaza, le digo, se\u00f1al\u00e1ndole la prenda, y ella me mira, \u00bfes usted Claudio? me pregunta, no s\u00e9\u2026 mi nombre es, digo, pero veo que me mira profundamente como si me dijera ya nos entendemos, s\u00f3lo que este Ner\u00f3n me tiene hasta aqu\u00ed, toda la noche con lo mismo, \u00a1los coros, los coros! grita el Ner\u00f3n furiosamente, saltando de una manera tal que le parece rid\u00edculo a Livia, entonces me agarra por una mano y me dice, vamos, chico, \u00e9ste no sabe lo que es la decadencia romana, s\u00ed, claro, le digo, ofreci\u00e9ndole mi mano para que se ponga de pie y de una vez.<\/p>\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9 no te ba\u00f1as conmigo? -dice Marta. Yo cierro la revista y me vuelvo hacia la puerta del ba\u00f1o que ha permanecido abierta-. El agua est\u00e1 fresca, como a ti te gusta.<\/p>\n<p>-S\u00ed \u2013contesto-. En un minuto.<\/p>\n<p>Entonces (a ver la fotograf\u00eda), Marta ha ido a servirse un trago de ginebra y se queda conversando por ah\u00ed, con una amiga que le pregunta algo, que le pregunta no s\u00e9 qu\u00e9 cosa, pero, en fin, se queda por ah\u00ed, y yo me acerco a Livia, hermosa, con su vestido, t\u00fanica mostaza que muestra sus maravillosas axilas salpicadas de punticos negros, su t\u00fanica mostaza, holgada, vaporosa, aireada, capaz de mostrar el blanco nacimiento de sus senos. Yo me acerco a ella, me siento y, en un instante, me dice v\u00e1monos de aqu\u00ed, alej\u00e9monos de este est\u00fapido Ner\u00f3n que no conoce las excentricidades de Petronio, refugi\u00e9monos in le suntuose Terme di Caracalla y hagamos la vista gorda ante todos los compromisos. Tomados de manos, nos alejamos con el mayor cuidado: ella, tratando de alejarse con naturalidad, porque el Ner\u00f3n tiene sangre de perro y la sangre de perro descubre el miedo; yo, esquivando cualquier mirada de Marta, quien, como siempre, echa a perder todo lo que es vivir.<\/p>\n<p>Nos refugiamos en alg\u00fan sitio de la casa, y mientras la beso sin pegarme a ella para hacer el contacto m\u00e1s incitante, ella me mira con ojos de canario cortados en jugo de lim\u00f3n, entonces es el momento en que la abrazo, paseo mis manos por la espalda blanca sintiendo el broche duro del corpi\u00f1o que no deber\u00eda existir, tibia espalda para el amor le digo, y su cuerpo lleno de Liebfraumilch quema de pronto como el tubo de un viejo quinqu\u00e9. Nos debemos amar, le digo. \u00bfPero c\u00f3mo? me responde. Como voi volete. Es tan dif\u00edcil. \u00bfDif\u00edcil? Rufino est\u00e1 ah\u00ed. \u00bfQui\u00e9n es Rufino? \u00a1Ner\u00f3n!, \u00e9l es Ner\u00f3n. \u00a1Ah! Sin embargo\u2026 \u00bfSin embargo, qu\u00e9? Tal vez ma\u00f1ana\u2026 nos podemos ver en el Copenhaguen, Avenida Principal de Altamira. \u00bfLa hora? A cualquier hora. Las ocho. S\u00ed, a las ocho. Te amar\u00e9, le digo. Ella me besa ahora y yo s\u00e9 que la amar\u00e9, que la rodear\u00e9 con mis brazos y la tendr\u00e9 como a una mariposa. The Collector.<\/p>\n<p>Nos despedimos. Volvemos al centro de la reuni\u00f3n. Inquieta, Marta me busca por todas partes, fumando, pero dejando ver una cierta seguridad en el momento de descargar el humo. Yo me acerco a ella como si nada hubiera sucedido, con una gran sonrisa que en cierta forma me delata, aunque s\u00e9 que no es as\u00ed porque ella, Marta, ya me conoce, sabe que en el momento que me pierdo algo est\u00e1 pasando, y luego, tambi\u00e9n, el asunto de la metaps\u00edquica, la comunicaci\u00f3n mental que ella practica y hasta me atrever\u00eda a hablar del desdoblamiento. De todos modos, nada me importa Marta y puede coger v\u00eda cuando lo desee: as\u00ed le dije una vez en Piazza di Fiori.<\/p>\n<p>-Te esperaba -me dice Marta, saliendo de la sala de ba\u00f1o. Se ha puesto mi bata de cama y su cuerpo menudo, peque\u00f1o, queda oculto envuelta y media de tela de algod\u00f3n. -\u00bfQu\u00e9 es eso?<\/p>\n<p>-Una revista.<\/p>\n<p>-\u00bfNo se te puede ocurrir algo mejor? Ya s\u00e9 que es una revista.<\/p>\n<p>-Una porquer\u00eda\u2026<\/p>\n<p>-Vamos, eso tampoco es nuevo.<\/p>\n<p>-Una mierda.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 se empe\u00f1a en preguntar? \u00bfPor qu\u00e9 tiene que decir y preguntar lo que no tiene necesidad de decir y preguntar? Por lo mismo, tal vez, que dice, sabiendo que no hay caso, entendiendo coraz\u00f3n de mel\u00f3n que la vida es como yo quiero que sea, no te pierdas esta noche mi amor, no vez que yo me preocupo, y \u00a1joder! como dicen los espa\u00f1oles, me vuelvo a perder. \u00bfY qui\u00e9n, como preguntar\u00eda un personaje de Salvador Garmendia, qui\u00e9n puede soportar esta vaina? La vida, querida m\u00eda, juguito de arroz, camparisoda, es un juego, el mejor juego, y hay que beb\u00e9rsela como una cerveza fr\u00eda a las cinco de la tarde en Ciudad Bol\u00edvar.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s del ba\u00f1o quedo mucho mejor y ya no siento el cansancio de asfaltados kil\u00f3metros. Marta est\u00e1 lista y bajamos al restaurant del hotel; ella camina a mi lado, se sienta a mi lado y, mientras come, me ofrece sonrisas de esposa feliz. Yo, en cambio, no puedo comer y quiero pensar en el divorcio, aunque Marta se lleve la colecci\u00f3n de monedas viejas que hemos reunido.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El rey tonto que no era tan tonto<\/h3>\n<p>Existi\u00f3 una vez, en un reino de ninguna parte, un rey muy tonto que se la pasaba triste y luego de permanecer un largo tiempo triste, con la cara desencajada entre las manos y la mirada en el suelo, abr\u00eda los ojos, levantaba la cabeza, mostraba una expresi\u00f3n de j\u00fabilo y se pon\u00eda a re\u00edr a carcajadas, porque se le ocurr\u00eda que era una tonter\u00eda estar triste, entonces se re\u00eda un buen rato de s\u00ed mismo por ser tan soberanamente tonto.<\/p>\n<p>As\u00ed se pasaba la vida este rey tonto, largos ratos al d\u00eda triste y otros tantos riendo sin parar, como si alguien repentinamente le hiciera cosquillas en la barriga y como no pod\u00eda aguantar la incontenible risa que le daba, rodaba por el suelo pataleando de tanto re\u00edr.<\/p>\n<p>Un d\u00eda el rey tonto, que se llamaba Franfucho, que era delgado y alto como una espiga, pero que, como una espiga con el viento, cada vez que se levantaba para dirigirse a alg\u00fan lugar se inclinaba por el peso de la maciza corona de oro y del pesado manto rojo que ca\u00eda de sus hombros, este rey tonto, digo, estaba triste, muy triste, sentado en su enorme silla real, con una profunda mueca de dolor en el rostro, el torso doblado, los brazos cruzados alrededor de la cintura, las rodillas juntas y la mirada at\u00f3nita clavada en el brillante suelo ajedrezado del gran sal\u00f3n del trono del inmenso palacio real de altas torres y magn\u00edficas murallas, construido con bloques de piedra roja, situado en las afueras de un pueblo grande enclavado en el centro de un extenso y hermoso territorio, con ondulantes colinas, verdes praderas, monta\u00f1as nevadas, r\u00edos caudalosos y preciosos lagos, pero que, a pesar de todas estas bellezas y de las muchas riquezas minerales que pose\u00eda el reino, los vasallos del rey Franfucho eran muy, pero muy pobres y viv\u00edan profundamente desdichados.<\/p>\n<p>Ten\u00eda ya bastante tiempo as\u00ed, triste, el rey Franfucho, con la cabeza entre las manos, un mech\u00f3n de pelo sobre la frente y una l\u00e1grima que no terminaba de caer del ojo derecho, cuando repentinamente pens\u00f3 que era una inmensa tonter\u00eda estar triste sin ni siquiera saber por qu\u00e9 estaba triste y comenz\u00f3 a burlarse de s\u00ed mismo por estar deca\u00eddo y melanc\u00f3lico, sin raz\u00f3n aparente alguna, y se dijo que era un redomado tonto, que era un necio sin remedio y una vez m\u00e1s estall\u00f3 en risas a mand\u00edbula abierta.<\/p>\n<p>Este rey Franfucho estaba muy solo en la vida, como muchos en el mundo, a pesar de ser el soberano de todos, tal vez porque nadie se atrev\u00eda a contradecirle o porque no le quer\u00edan, pero lo cierto es que estaba muy solo, y toda la gente de la corte le adulaba constantemente.<\/p>\n<p>Por eso, cuando estaba rodeado por la reina y la gente de la corte, si estaba triste, con aire sombr\u00edo, todos callaban y trataban de imitar sus gestos de tristeza, pero si llegaba el momento de re\u00edr, todos al un\u00edsono se desternillaban de risa, igual que el rey Franfucho, quien indicaba con un movimiento en\u00e9rgico de su mano derecha el momento de re\u00edr o de callar, lo que significaba un cambio rotundo en el comportamiento de todos los \u00e1ulicos.<\/p>\n<p>Si estaba en estado triste, los compungidos cortesanos, cabizbajos, hac\u00edan perfecto silencio hasta que el soberano ergu\u00eda la cabeza, abr\u00eda los ojos y la boca e izaba la mano derecha con la palma hacia arriba, entonces, preparados, esperaban el primer estertor de risa del soberano para prorrumpir todos a re\u00edr de forma estrepitosa, porque el que m\u00e1s re\u00eda m\u00e1s era observado por el rey Franfucho. Era el momento en el cual el palacio se llenaba de risas, luces y m\u00fasica, pues tambi\u00e9n hay que decir que en los momentos de tristeza, los m\u00fasicos dejaban de tocar y los lacayos y sirvientes corr\u00edan a menguar la iluminaci\u00f3n y apenas dejaban algunos velones encendidos, y despu\u00e9s, al retornar la risa, se aprestaban los mismos a iluminar otra vez el palacio, que se llenaba de risas y, por supuesto, de maravillosa m\u00fasica por un tiempo indeterminado.<\/p>\n<p>La gente del pueblo o\u00eda y ve\u00eda desde lejos los cambios sonoros y visuales que ocurr\u00edan en las entra\u00f1as del inaccesible palacio del rey Franfucho y nadie pod\u00eda entender qu\u00e9 era lo que ocurr\u00eda en la majestuosa residencia, tan callada y oscura en largos momentos y tan ruidosa e iluminada despu\u00e9s, para volver al cabo de un tiempo a la misma lobreguez de antes, llena de un silencio hostil. Pero la verdad sea dicha y es que a nadie en el pueblo le interesaba mucho aquellas ins\u00f3litas intermitencias de silencio y oscuridad y de risas y luces de noche. Nadie ten\u00eda tiempo ni deseos para conjeturar acerca de lo que en el misterioso palacio pasaba, porque todos en el pueblo y en el reino en general estaban ocupados en buscar la forma de alimentarse, de cosechar para darle comida a los hijos, de hacerse ropa para el fr\u00edo y ladrillos y tejas para las casas que habitaban, sobre todo porque ya se acercaba el solsticio del veinticinco de diciembre, es decir la Navidad o la Natividad del Se\u00f1or, cuando el naciente Sol inicia un nuevo viaje, y si no trabajaban duro no iban a tener comida ni ropa suficientes para pasar el fr\u00edo y menos de nada para celebrar el nacimiento de Dios. Sin embargo, el pueblo viv\u00eda para vivir con alegr\u00eda y se aprestaba con los pocos recursos con que contaba para festejar la noche del advenimiento del Supremo.<\/p>\n<p>Entonces, un d\u00eda de los tantos del Se\u00f1or, de los inconcebibles de este reino, ocurri\u00f3 algo inusual, porque el rey Franfucho, que ya ten\u00eda veinte a\u00f1os o m\u00e1s viviendo con estos disparates, menos de cuerdo que de loco, levant\u00f3 lentamente la cabeza, como siempre lo hac\u00eda, y toda la corte que le rodeaba esper\u00f3 in\u00fatilmente que izara la mano derecha, se\u00f1al con la cual daba rienda suelta a la risa y al jolgorio.<\/p>\n<p>Pero no fue as\u00ed. Con gran expectativa los presentes siguieron, con gestos perplejos y no sin risa contenida, los movimientos del soberano. Franfucho hab\u00eda escuchado algo que nadie m\u00e1s hab\u00eda escuchado, como que alguien, de manera ins\u00f3lita, cantaba sin que \u00e9l hubiera dado la orden de re\u00edr, tocar m\u00fasica, cantar y encender las luces, y esto le produjo repentinamente una horripilante mueca de fastidio en su rostro melanc\u00f3lico. Se frot\u00f3 los p\u00e1rpados con los nudillos de las manos, como si despertara de un sue\u00f1o en el que so\u00f1aba que alguien cantaba, se apart\u00f3 el mech\u00f3n de pelo de la frente, y mir\u00f3 a su alrededor para buscar qui\u00e9n era el que ten\u00eda semejante atrevimiento.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfQui\u00e9n se atreve a entorpecer mi momento de tristeza? \u2013grit\u00f3 como un energ\u00fameno el rey Franfucho.<\/p>\n<p>En el pueblo, no muy lejos del palacio, en una calle sin nombre, hab\u00eda una casa donde viv\u00eda una buena anciana de pelo blanco con su nieta Isabella, una ni\u00f1a de doce a\u00f1os. Al lado de la casa hab\u00eda un corral donde guardaban una vaca negra y tres corderos cubiertos de preciosa lana dorada. Estos animales eran con lo \u00fanico que contaban para vivir la abuela y su nieta. Todos los d\u00edas, la abuela formaba gruesas madejas de lana con los vellones de las ovejas, mientras Isabella buscaba pasto y orde\u00f1aba la vaca. Por las noches, sentada en una mecedora, al lado del hogar encendido, la abuela le contaba a Isabella, mientras devanaba las madejas de lana, algunos cuentos de antes, historias que parec\u00edan de mentira, cuando la gente del pueblo era feliz. La abuela sab\u00eda muchas historias porque era la persona m\u00e1s vieja de toda la comarca y tambi\u00e9n porque hab\u00eda aprendido a leer hac\u00eda mucho tiempo, cuando en el reino ense\u00f1aban a leer y hab\u00eda bibliotecas. Entonces hab\u00eda le\u00eddo infinidad de libros. Adem\u00e1s, ten\u00eda una memoria prodigiosa y contaba muy bien todos los cuentos. Por supuesto que todas las historias a las que hac\u00eda referencia hab\u00edan ocurrido hac\u00eda mucho tiempo, cuando ni Isabella ni el mismo rey Franfucho hab\u00edan nacido.<\/p>\n<p>\u2013Eran otros tiempos \u2013dec\u00eda la abuela con su sabia sencillez\u2013. Pero despu\u00e9s que este rey Franfucho fue coronado, todo cambi\u00f3 para siempre.<\/p>\n<p>La abuela quer\u00eda decir que en tiempos del rey Francucho, incluso en los del rey Fransucho, abuelo y padre del rey Franfucho, todo iba mejor, que era un reino casi perfecto, y dec\u00eda \u00abcasi perfecto\u00bb, porque lo \u00fanico verdaderamente perfecto es lo hecho por el Supremo Creador, es decir, la naturaleza misma. Todas las dem\u00e1s cosas del mundo, f\u00e1bricas o artilugios del hombre, est\u00e1n llenas de imperfecciones.<\/p>\n<p>Y justamente esto fue lo que perturb\u00f3 la mente del desdichado rey Franfucho, quien apenas fue coronado como soberano del gran reino, descubri\u00f3 que su reino no era tan perfecto como desde ni\u00f1o hab\u00eda o\u00eddo decir a su padre, el rey Fransucho, a su madre Ingenucha, a los nobles de la corte, hombres y mujeres, y, por supuesto, a todos los sirvientes del palacio que afirmaban o negaban lo mismo que dec\u00eda la corte en general, que era lo dicho por el rey en particular.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s que la anciana le narraba a Isabella algunas historias del reino y tambi\u00e9n de otros mundos, antes de que la ni\u00f1a fuera a acostarse, le cantaba con tenue voz melanc\u00f3lica viejas canciones que ya todos los habitantes hab\u00edan olvidado, antiguas canciones de hermosas letras y memorables melod\u00edas. Luego, Isabella sub\u00eda a un peque\u00f1o granero en la parte superior de la casa, se acostaba sobre los tibios granos y, a trav\u00e9s de un ventanuco, se dedicaba a mirar el maravilloso cielo estrellado, la infinidad de constelaciones bajo las cuales se encontraba ella en el reino de Franfucho, que no era m\u00e1s que un peque\u00f1o rinc\u00f3n insignificante en el mundo, el cual, al mismo tiempo, era una brizna de paja en el complejo universo creado por el Ser Supremo.<\/p>\n<p>Como admiraba la estupenda memoria de la anciana y deseaba alg\u00fan d\u00eda poder contar aquellas mismas historias, al cabo de un rato Isabella se pon\u00eda a repasar los cuentos de la abuela.<\/p>\n<p>Recordaba entonces la leyenda del Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro; el cuento de Icaro, el hombre volador; el cuento de la guerra por una bella mujer llamada Helena; los cuentos del viajero Ulises y de otro aventurero de nombre Simbad; la historia de los Siete Sabios de Grecia y la de la biblioteca de Alejandr\u00eda; la historia del hombre que midi\u00f3 el tama\u00f1o de la tierra; la historia del hereje de Amarna; las historias de Krishna (de la ciudad de las cien puertas, doce palacios y diez pagodas), de Osiris (el resucitado de Egipto), de Buda (el hijo de un rey y una esposa virgen, que obr\u00f3 prodigios, aplast\u00f3 la serpiente y predic\u00f3 los misterios de la unidad divina), de Mitra (el que naci\u00f3 de una roca a orillas de un r\u00edo y bajo el ramaje de un \u00e1rbol sagrado) de Jes\u00fas de Galilea (que predic\u00f3 en tierras del Sina\u00ed, muri\u00f3 en la cruz y al tercer d\u00eda resucit\u00f3) y del profeta Mahoma; el cuento de Don Quijote; la historia de un hombre que le cay\u00f3 una manzana en la cabeza; el cuento de un caballero con una nariz muy grande; la historia de un pintor que inventaba m\u00e1quinas incre\u00edbles; la leyenda del santo de As\u00eds y el lobo que aterrorizaba a los habitantes de Gubbio; el cuento del peque\u00f1o imperio de Lilliput y el de Alicia y la Reina de Corazones; la historia de Crist\u00f3bal Col\u00f3n y las tres carabelas; la leyenda de la serpiente emplumada; la leyenda del cacique que se vest\u00eda de oro; el cuento de Florentino y el diablo; el cuento del hombre que se qued\u00f3 dormido y cuando despert\u00f3 hab\u00eda pasado cien a\u00f1os; y as\u00ed recordaba muchas otras historias y otros tantos cuentos m\u00e1s&#8230;<\/p>\n<p>Por la manera como iba recordando cada una de las historias, con met\u00f3dica eficacia y sin el menor titubeo, se pod\u00eda inferir que Isabella pose\u00eda la misma fecunda memoria que su abuela. Luego de realizar la enumeraci\u00f3n, repasando r\u00e1pidamente cada cuento, comenzaba a cantar las antiguas canciones que le cantaba la anciana, lo cual hac\u00eda de pie, frente al ventanuco del estrecho granero, de manera que la gente del pueblo esperaba este momento para irse a dormir, arrullados por la voz de Isabella, que era melodiosa y aterciopelada. Sin hab\u00e9rselo propuesto, la peque\u00f1a Isabella hab\u00eda ido educando una voz muy limpia, abemolada, con un timbre irreprochable.<\/p>\n<p>Frente al ventanuco, ante el cielo estrellado, cantaba una, dos, tres y hasta cuatro canciones todas las noches, y como dulces ondas sonoras, su canto se dilataba por todo el pueblo, sobre los techos de las casas, se introduc\u00eda por las ventanas, giraba en torno de la c\u00fapula del templo, bailaba alrededor de la alta estatua del anterior rey Francucho, se filtraba entre las ramas de los verdes pinos y levemente se apagaba en los firmes muros del palacio de Franfucho.<\/p>\n<p>Esa noche en que el rey Franfucho estaba en su momento de aflicci\u00f3n, con la expresi\u00f3n taciturna y los brazos cruzados alrededor de la cintura, le lleg\u00f3 de pronto a sus o\u00eddos el delicado, sublime canto de Isabella y una horrible mueca cubri\u00f3 su rostro. Despu\u00e9s que grit\u00f3 indignado qui\u00e9n se atrev\u00eda a entorpecer su estado de tristeza, se levant\u00f3 del trono, acomod\u00e1ndose la corona que se le hab\u00eda ladeado, y mir\u00f3 a todos los presentes, visiblemente irritado. Todos se miraron entre s\u00ed, buscando a su vez entre ellos qui\u00e9n pod\u00eda ser el causante de la ira de su majestad. Por lo visto, ning\u00fan miembro de la familia ni del s\u00e9quito del rey Franfucho era culpable de tan enorme ofensa a la dignidad real y tampoco ninguno de los muchos habitantes del palacio. Entonces, \u00bfqui\u00e9n pod\u00eda molestar el postrado sentimiento del rey Franfucho?<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Habrase visto semejante desfachatez! \u2013grit\u00f3 enfurecido el rey Franfucho, mientras sosten\u00eda con una mano la corona y caminaba desgarbilado de un lado para otro sobre el piso ajedrezado\u2013. \u00a1El peor castigo ser\u00e1 s\u00f3lo el destierro!<\/p>\n<p>Por fin, a alguien se le ocurri\u00f3 mirar a trav\u00e9s de una de las grandes ventanas abiertas del gran sal\u00f3n del trono y se\u00f1al\u00f3 con un dedo hacia el pueblo.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo? \u2013pregunt\u00f3 el rey Franfucho-. \u00a1No puede ser posible!<\/p>\n<p>Y con una mano en la corona y con la otra recogiendo el pesado manto que le llegaba hasta el suelo, corri\u00f3 hasta la ventana y sac\u00f3 la cabeza para o\u00edr mejor. Y efectivamente, de lejos le lleg\u00f3 el canto arrullador de Isabella. En ese momento cantaba una hermosa balada de los tiempos del rey Fransucho, en la cual se contaba la felicidad de aquella \u00e9poca pasada del reino, donde todo el mundo viv\u00eda alegre, estupendos caminos cruzaban todo el territorio, contaban con mucha comida, con escuelas, con hospitales, con manufacturas diversas, molinos harineros y toda clase de talleres y telares.<\/p>\n<p>\u2013Quiero saber qui\u00e9n es \u2013grit\u00f3 el rey Franfucho metiendo la cabeza, y orden\u00f3-: \u00a1Inmediatamente!<\/p>\n<p>Sin p\u00e9rdida de tiempo enviaron a unos soldados para que recorrieran el pueblo y sin excusas de ninguna \u00edndole dieran esa misma noche con el culpable. El rey Franfucho y toda la corte en general esperaron ansiosos el regreso de los soldados, pero el tiempo pas\u00f3, Isabella dej\u00f3 de cantar, la luna brillante se coloc\u00f3 en lo alto, el reloj dio las doce, la lechuza de la torre del templo emiti\u00f3 su graznido de medianoche y los hombres de la guardia que hab\u00edan salido a buscar a Isabella no volvieron. Esa noche el rey Franfucho no pudo dormir y su tristeza se hizo m\u00e1s patente, se volvi\u00f3 un diluvio en pena, mientras los cortesanos lo observaban y bostezaban cansados. De manera que debieron esperar hasta la siguiente noche, cuando Isabella volvi\u00f3 a cantar y de nuevo enviaron una partida a buscar a la desconocida transgresora. Y as\u00ed lo hicieron, una y otra vez, pero volv\u00eda a ocurrir lo mismo, porque los hombres no regresaban. Cada noche, para calmar los nervios del rey Franfucho que estaba en un estado lamentable, organizaban otra misi\u00f3n y nada. Nadie sab\u00eda qu\u00e9 pasaba, por qu\u00e9 los soldados no regresaban.<\/p>\n<p>Lo que pasaba era muy sencillo: que los soldados llegaban hasta la casa donde viv\u00edan la anciana y la ni\u00f1a, se deten\u00edan bajo el ventanuco del granero, en un gran descampado frente a la vivienda, y se quedaban ah\u00ed, quietos, embelesados con el canto de Isabella.<\/p>\n<p>Como por arte de magia olvidaban la misi\u00f3n que se les hab\u00eda encomendado y ya no quer\u00edan regresar al palacio del rey Franfucho, donde se viv\u00eda sin satisfacci\u00f3n y de quien se murmuraban muchas cosas, especialmente que era un rey tonto, que estaba completamente loco, porque despu\u00e9s de permanecer triste durante un tiempo, se re\u00eda de s\u00ed mismo por haber estado triste sin ninguna raz\u00f3n, como se r\u00ede el espantap\u00e1jaros de su graciosa ridiculez. Por lo tanto, acompa\u00f1ados por mucha gente del pueblo, los soldados prefirieron quedarse bajo el ventanuco del granero, oyendo las canciones de Isabella, y levantaron tiendas frente a la casa y all\u00ed cocinaban y dorm\u00edan.<\/p>\n<p>En el palacio, mientras tanto, la situaci\u00f3n se hab\u00eda vuelto francamente insoportable. El rey Franfucho, con su aire fosco, los ojos m\u00e1s abiertos que nunca y fuertes ojeras, se mord\u00eda los dedos, no com\u00eda, su tez p\u00e1lida se volv\u00eda amarilla y no pod\u00eda o\u00edr el m\u00e1s m\u00ednimo ruido, porque saltaba de espanto, como un ni\u00f1o, sin poder evitarlo. Todos deb\u00edan permanecer en absoluto silencio, en el absurdo mutismo, y as\u00ed deb\u00edan esperar la llegada de la noche, cuando pon\u00edan sus o\u00eddos atentos a la ventana, a ver si de nuevo se produc\u00eda el canto, que nadie sab\u00eda de qui\u00e9n era.<\/p>\n<p>Y la d\u00e9cima noche Isabella comenz\u00f3 a cantar como de costumbre. El rey Franfucho levant\u00f3 la cabeza con una expresi\u00f3n de espanto, los ojos enormemente abiertos, mientras los palatinos temblaban de miedo, porque no sab\u00edan qu\u00e9 iba a hacer ahora el enajenado se\u00f1or. El rey Franfucho se levant\u00f3 del trono y comenz\u00f3 a caminar con la caracter\u00edstica fatuidad de los locos, llamando a gritos a su gente de la casa real. Llam\u00f3 primero al mayordomo mayor o senescal, al canciller, al guarda mayor del cuerpo real, al contralor, al fiscal real, al general de palacio, al maestre de hostal, al aposentador mayor de palacio, al chambel\u00e1n, al primer caballerizo del rey, al palafrenero mayor, al guardadamas, al ujier de armas, al alf\u00e9rez mayor del pend\u00f3n de la divisa, al guardajoyas y al ballestero mayor. Una vez que todos \u00e9stos estuvieron parados a su alrededor, con la respiraci\u00f3n retenida, temblando como pichones empapados, el rey Franfucho, como un energ\u00fameno, comenz\u00f3 a llamar al menino, al bracero, al sobrellave, al camarero, al repostero, al joyelero, al despensero, al trinchante, al coquinario, al limosnero, al regalero, al escudero de a pie, al capell\u00e1n de honor, al protom\u00e9dico y a la azafata.<\/p>\n<p>Todos acudieron presurosos al llamado del rey Franfucho y en silencio esperaron las reales \u00f3rdenes, pensando que el rey se molestaba demasiado por un simple canto que apenas traspasaba los muros del palacio. Pero no era el simple canto, no, lo que molestaba tanto al rey Franfucho. Eran tambi\u00e9n las letras de las canciones, en las cuales se contaban cosas que no eran de su agrado, porque en su reino ya no exist\u00eda la felicidad, el esplendor y la hermosura de antes. Adem\u00e1s, esa especial noche, despu\u00e9s que termin\u00f3 de cantar Isabella, casi todo el pueblo y los soldados reunidos en el descampado comenzaron a cantar a coro las mismas canciones que les ense\u00f1aba la ni\u00f1a, y ya esto fue la gota que derram\u00f3 el vaso.<\/p>\n<p>Con la expresi\u00f3n vaga y la respiraci\u00f3n agitada, fueron siglos los segundos que as\u00ed transcurrieron antes que el rey hablara:<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Mayordomo! \u2013grit\u00f3 el rey Franfucho, con la expresi\u00f3n de un animal acorralado, y el primero de palacio dio un paso adelante-. \u00a1Mis reales armas!<\/p>\n<p>El mayordomo hab\u00eda sido en otros tiempos un hombre admirado por su equilibrio y sano juicio, pero desde que estaba al servicio del rey Franfucho, contagiado con sus cambios c\u00edclicos, loqueaba igual que \u00e9l y era err\u00e1tico en su discernimiento. El mayordomo se apresur\u00f3 a colocarle al rey Franfucho una pesada armadura alrededor de su pecho.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1General! \u2013grit\u00f3 ahora el rey Franfucho.<\/p>\n<p>El general dio un paso adelante y le hizo un saludo militar.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1El plan de defensa! \u2013orden\u00f3 el rey Franfucho, que estaba blanco como una vela, con una mueca burlona de l\u00facida locura.<\/p>\n<p>El general sali\u00f3 a toda prisa para disponer el plan de defensa que el rey Franfucho y el mismo hab\u00edan ideado en caso de un hipot\u00e9tico levantamiento popular. Antes que todo, deb\u00edan detener a la ni\u00f1a, porque a todas estas, ya se sab\u00eda que de Isabella era la voz primera que hab\u00eda encendido la mecha, la Voz de la Conciencia, como la llamaban a ella entre la gente del pueblo. Segundo, deb\u00edan dispersar a los seguidores, que ya eran much\u00edsimos los que se atrev\u00edan a importunar al atormentado rey Franfucho, ahora cantando d\u00eda y noche las canciones que le eran hostiles por su contenido inspirador y, por lo tanto, peligroso.<\/p>\n<p>De nada sirvi\u00f3 que sacaran a las calles del pueblo amedrentadores pelotones de soldados, porque en vez de reprimir a los habitantes que pon\u00edan toda el alma cuando cantaban, un vertiginoso entusiasmo los embargaba, abandonaban las armas y se un\u00edan a todos, por lo que el pueblo cantaba con m\u00e1s fervor que nunca. As\u00ed, pues, jornada tras jornada, muchos oficiales y soldados cedieron ante las maravillosas avanzadas de voces cantoras y se unieron a los coros incesantes que pululaban ya por todas partes.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 un momento en que el rey Franfucho no dej\u00f3 salir a nadie m\u00e1s del palacio, por temor a quedarse completamente solo, aunque muchos cortesanos, aprovechando los momentos de confusi\u00f3n, hab\u00edan abandonado el sal\u00f3n del trono y aguardaban una oportunidad para huir sin ser vistos. Por lo tanto, ya quedaban pocos s\u00fabditos en palacio y el rey Franfucho estaba cometiendo m\u00e1s disparates que nunca, lanzando miradas hostiles a diestra y siniestra, porque no dejaba de pensar en los posibles traidores que le rodeaban.<\/p>\n<p>Mientras tanto, el pueblo cantar\u00edn segu\u00eda cantando y hab\u00eda rodeado los grandes muros del palacio sin dejar de cantar. Y todos, sin excepci\u00f3n, cantaban d\u00eda y noche las canciones de la \u00e9poca feliz, cuando todos los habitantes del reino eran felices, cuando no hab\u00eda lugar para la tristeza, cuando todos los ni\u00f1os acud\u00edan a las escuelas, los j\u00f3venes a las universidades, los hombres y las mujeres a sus trabajos, los artistas se dedicaban por entero a sus artes, los viejos se instalaban en sus c\u00f3modas poltronas a leer y a descansar y el rey y los ministros trabajaban para que en el reino no faltara absolutamente nada. Al frente de la muchedumbre estaba Isabella, cuya voz se o\u00eda di\u00e1fanamente por encima del coro multitudinario.<\/p>\n<p>Entonces ocurri\u00f3 que el tonto rey Franfucho, que en momentos de lucidez se re\u00eda de s\u00ed mismo por ser tan soberanamente tonto, tuvo la ins\u00f3lita ocurrencia de sacar la cabeza para o\u00edr mejor lo que dec\u00edan las canciones, y fue como si de pronto hubiera recibido un ba\u00f1o de cordura, memoria y modestia, porque sin querer comenz\u00f3 a cantar tambi\u00e9n, lo que inmediatamente hicieron todos los miembros de la familia real y del s\u00e9quito que quedaban en el gran sal\u00f3n del trono. Lleno de contento, orden\u00f3 iluminar el palacio y abrir sus puertas, y, siempre cantando, llam\u00f3 a Isabella para que cantara con \u00e9l las canciones que hab\u00eda olvidado.<\/p>\n<p>Fue as\u00ed como finalmente entendi\u00f3 el rey Franfucho, que era tonto pero no tan tonto, las sugerencias que le hac\u00eda el pueblo a trav\u00e9s de las canciones, y siguiendo los f\u00e1ciles consejos, comenz\u00f3 a gobernar con alegr\u00eda, ordenando aperturas de escuelas y decretando leyes que redundaran en beneficio de todos los s\u00fabditos del reino, quienes pudieron, esa Navidad, celebrar con gran esparcimiento y optimismo la noche del advenimiento del Supremo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/david-alizo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Largos hilos de felicidad En un punto de la carretera, en una curva inesperada, la sensaci\u00f3n de un violento choque me llega a las mand\u00edbulas y me hace tiritar como si se tratara de extra\u00f1os escalofr\u00edos (no tengo tiempo de pensar, pero lo hago, en las perversidades de Fran\u00e7oise, cuando un\u00edsonamente lloraba y re\u00eda al [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":4750,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4749"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4749"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4749\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11752,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4749\/revisions\/11752"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4750"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4749"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4749"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4749"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}