{"id":4741,"date":"2022-08-10T00:45:33","date_gmt":"2022-08-10T00:45:33","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4741"},"modified":"2023-11-24T18:27:48","modified_gmt":"2023-11-24T18:27:48","slug":"ana-isabel-una-nina-decente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ana-isabel-una-nina-decente\/","title":{"rendered":"Ana Isabel, una ni\u00f1a decente (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Antonia Palacios<\/h4>\n<p><strong>La placita de la Candelaria<\/strong><\/p>\n<p>Ana Isabel siempre ha vivido frente a una plaza. Esas plazas caraque\u00f1as con su ambiente aldeano, rodeadas de casas, que se apretujan las unas contra las otras. Casas iguales, con aleros de tejas y ventanas con balaustres. Las ventanas est\u00e1n pintadas al \u00f3leo. La lluvia y el sol tuestan la pintura y Ana Isabel se entretiene en desconcharla para ver surgir su coraz\u00f3n de madera. Esas plazas caraque\u00f1as invadidas por la hierba, con ceibas, con higuerotes, con bancos descalabrados, donde se sientan hombres marchitos y tristes. Con chiquillos que juegan al g\u00e1rgaro malojo, al ladr\u00f3n y polic\u00eda o a las cuatro matas. Con estudiantes que madrugan y leen sus embrollados textos, a la luz amarilla del farol municipal.<\/p>\n<p>La placita de la Candelaria, \u00a1todo un mundo en la vida de Ana Isabel!<\/p>\n<p>La placita de la Candelaria tiene una iglesia. En la neblina de la madrugada y a las doce, cuando el sol cae perpendicular y la plaza desierta se agranda por la soledad, las campanas repican. De tarde son los bronces sonoros y broncos que llaman a la oraci\u00f3n. Ana Isabel echa un vistazo hacia la ventana donde asoma el rostro de la se\u00f1ora Alc\u00e1ntara.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ana Isabel, entra, que ya son las seis!<\/p>\n<p>Ana Isabel echa a correr como si no hubiese o\u00eddo. Cruza la plazoleta que est\u00e1 frente a la iglesia y se dirige hacia lo que ella llama su escondite. El escondite de Ana Isabel es la callejuela que est\u00e1 detr\u00e1s de la iglesia. All\u00ed hace fr\u00edo. La torre impide que el sol penetre y caliente las piedras y la hierba crece raqu\u00edtica. El alto muro hace de b\u00f3veda por lo angosto de la calle y el eco ensordece las voces. Ana Isabel se siente peque\u00f1a, peque\u00f1ita, \u00a1las paredes son tan altas! y se dice que es una gruta, una gruta guarida de ladrones como la de Al\u00ed Bab\u00e1, o m\u00e1s bien una gruta donde Fabr\u00e1 de llegar un hada con su varita m\u00e1gica para transformarla en un palacio. Ana Isabel sabe vagamente que las hadas no existen o por lo menos que si existen no se ven nunca, pero conserva la esperanza de que haya alguna rezagada y surja un d\u00eda, tan s\u00f3lo para ella. Ana Isabel lo espera firmemente sin confes\u00e1rselo a nadie.<\/p>\n<p>Acostada sobre las piedras fr\u00edas arranca la hierba menuda. Es una callejuela sin salida por la que casi nunca pasa nadie. \u00c1 un lado, el largo pared\u00f3n de la iglesia, con su puerta baja, por donde entra y sale el monaguillo, Ana Isabel le conoce y hasta habla con \u00e9l casi todas las tardes. Llega con su franela sudada y sus pantalones deshilachados. Se llama Pepe y juega con otros chicos en la plaza, quienes a veces le tiran de la manga y le empujan, ri\u00e9ndose y llam\u00e1ndole:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Monaguillo! \u00a1Monaguillo!<\/p>\n<p>\u2014No vale. \u00a1Su\u00e9ltenme que me van a hac\u00e9 tumb\u00e1 las velas!<\/p>\n<p>Porque Pepe es quien lleva las velas y tambi\u00e9n el incensario, balance\u00e1ndolo y golpeando con \u00e9l a sus compa\u00f1eros. Hasta se lo hab\u00eda prestado una tarde a Ana Isabel. \u00a1Y c\u00f3mo le pareci\u00f3 de pesado al tratar de balancearlo sobre las piedras! Ana Isabel no se intimida con el monaguillo, A veces ha entrado a la iglesia con Estefan\u00eda y ganas le dan de re\u00edr al ver a Pepe, muy serio, vestido de rojo, con t\u00fanica de encajes. Pepe pasa junto a ella y le gui\u00f1a un ojo. Lleva en la mano un platillo con muchos centavos y muchas lochas.<\/p>\n<p>\u00bfPara qu\u00e9 ser\u00e1 ese dinero? Una ma\u00f1ana, durante la misa, Estefan\u00eda tuvo que hacerla salir, porque Ana Isabel no se sab\u00eda conducir en la iglesia. \u00bfPor qu\u00e9 ha de causarle tanta risa que el monaguillo diga: am\u00e9n?<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEl monaguillo, Estefan\u00eda?, \u00a1pero si es Pepe!<\/p>\n<p>El se\u00f1or cura es ya otra cosa. Este s\u00ed la sobrecoge y hasta le da un poco de miedo. Adem\u00e1s no le ha visto nunca entrar por la puerta de atr\u00e1s con la franela sudada, ni jugar al g\u00e1rgaro con los chicos de la plaza.<\/p>\n<p>Frente al pared\u00f3n de la iglesia hay un solar vac\u00edo donde el monte crece alto. Ana Isabel no ha entrado nunca all\u00ed pero se ha asomado por una hendidura entre dos ladrillos.<\/p>\n<p>Al final de la calle est\u00e1 la casa de Francisco el zapatero. Francisco hace toda clase de remiendos y pone medias suelas y tapitas de tac\u00f3n a los zapatos de todo el vecindario. La casa de Francisco es un casuch\u00edn pintado de azul. No tiene zagu\u00e1n, la puerta est\u00e1 siempre abierta y puede verse a Francisco sentado en un taburete, trabajando, al mismo tiempo que canturrea. \u00c1 su lado hay un mont\u00f3n de viejos zapatos. Zapatos torcidos, encorvados, sin botones, sin trenzas&#8230; Zapatos que \u00abse est\u00e1n riendo solos\u00bb como dice el humor del pueblo de aquellos que llevan la suela despegada. Zapatos de pacotilla, comprados con dinero reunido centavo a centavo, que se estrenan los domingos para ir a la retreta o dar la vuelta en tranv\u00eda por El Para\u00edso y cuando est\u00e1n nuevos, los llevan cuadras y cuadras en la mano para no ensuciarlos&#8230; Zapatos que pisan piedras puntiagudas y se encharcan cuando llueve, cuando por las calles de tierra corre un agua negra, arrastrando latas vac\u00edas y c\u00e1scaras de pl\u00e1tanos. Las calles que est\u00e1n siempre llenas de chiquillos andrajosos, de mujeres mugrientas asomadas a las puertas. Los clientes de Francisco son gente muy pobre, pero que usa zapatos, al menos los domingos. Porque tambi\u00e9n hay quienes usan alpargatas y los que van siempre descalzos.<\/p>\n<p>A veces, Francisco compone zapatos de se\u00f1oras y la madre de Ana Isabel le mand\u00f3 a tirar una media suela a sus zapatillas marrones que ten\u00edan dos a\u00f1os y a\u00fan serv\u00edan.<\/p>\n<p>Junto a las zapatillas de la se\u00f1ora Alc\u00e1ntara est\u00e1n los zapatos del carbonero, el mismo que tiene un chico llamado Perico y una chiquilla llamada Carmencita, y otros cuatro que \u00abse le fueron pal cielo\u00bb.<\/p>\n<p>Carmencita llev\u00f3 los zapatos de su padre y Ana Isabel la contempl\u00f3 con envidia desempe\u00f1ando mandado tan importante. \u00c9s verdad que ella tambi\u00e9n llev\u00f3 las zapatillas de la se\u00f1ora Alc\u00e1ntara, pero acompa\u00f1ada de Estefan\u00eda, mientras que Carmencita fue sola como una persona grande. Adem\u00e1s Carmencita no tiene nunca quien la acompa\u00f1e y no va a la escuela como Ana Isabel, ni siquiera conoce las letras; pero va a la pulper\u00eda y compra tres centavos de manteca y dos de papel\u00f3n. Carmencita juega muy poco y Ana Isabel piensa que ser\u00e1 por eso que est\u00e1 siempre triste, con su carita tiznada y dos trenzas, tan enredadas, como si nunca la hubiesen peinado. Pero s\u00ed la peinan, porque Ana Isabel la ha visto los domingos, muy alisada con aceite de coco y dos lazos rojos en las puntas de las trenzas, dando la mano a Perico que tambi\u00e9n va vestido de limpio y con alpargatas nuevas. Ana Isabel y Jaime los encuentran cuando van de visita donde sus primos los Izaguirre y Ana Isabel los sigue con los ojos hasta que se pierden de vista.<\/p>\n<p>Ana Isabel preferir\u00eda irse con ellos a volar papagallos al cerrito de Sarr\u00eda, en lugar de ir a la casa de los Izaguirre, encontrarse con Josefina que s\u00f3lo habla de sus vestidos y de las pi\u00f1atas, donde a ella y a Jaime no los invitan, porque son pobres, seg\u00fan dice Josefina.<\/p>\n<p>Francisco clavetea con la boca llena de tachuelas. Le est\u00e1 poniendo una tapita al tac\u00f3n de los zapatos de Amelia. Amelia es quien carga agua y la sube hasta el cerro y la vende a una locha la lata.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Esa gente del cerro es tan floja! \u2014dice Amelia. Viven all\u00ed, en lo alto, en aquellos ranchos, en los que de noche brilla una luz peque\u00f1ita, como si fuese un lucero m\u00e1s. Con el fr\u00edo que hace en enero, acostados sobre la tierra dura y comiendo tan s\u00f3lo guarapo y casabe.<\/p>\n<p>Y es flaca, muy flaca, esa gente del cerro. Los chiquillos tienen la barriga grande y prensada como un tambor. \u00a1Pero son tan flojos! \u2014dice Amelia.<\/p>\n<p>Ana Isabel pega el o\u00eddo a las piedras para sentir c\u00f3mo vibran con los martillazos de Francisco. A veces, hay grandes y largos silencios y Ana Isabel mira el cielo donde comienzan a brillar las estrellas. Las campanas repican.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ana Isabel! \u00bfOnde est\u00e1s? \u00a1Miren qu&#8217;esta ni\u00f1a, gust\u00e1le est\u00e1 siempre aqu\u00ed met\u00eda. Tu mam\u00e1 est\u00e1 ronca de grit\u00e1 pa que te vengas pa dentro, ni\u00f1a!<\/p>\n<p>La silueta de la vieja negra se recorta contra el cielo tibio de junio. Los grillos cantan en el solar vac\u00edo&#8230;<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong>Dos entierros<\/strong><\/p>\n<p>Ana Isabel corre hacia la galer\u00eda. Echa la aldaba a la puerta, cierra los postigos y la penumbra invade la estancia. Tirada en el suelo, con la cabeza entre los brazos y el rostro pegado al cemento, est\u00e1 llorando. Jaime la quiso consolar pero Ana Isabel, a todo gritar, corri\u00f3 hacia la galer\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014D\u00e9jala mi hijito, que ella quiere estar sola. \u00a1D\u00e9jala!<\/p>\n<p>Una nube negra y pesada oculta el sol. La trinitaria del patio adquiere un rojo sombr\u00edo. Los pececitos han dejado de girar y est\u00e1n todos unidos en un solo grupo, temblando bajo el agua. De la boca del Cupido de cemento se escapa un hilillo de agua que traza circunferencias sobre la tranquila superficie de la pila. En la casa de los Alc\u00e1ntara, en la penumbra de la galer\u00eda Ana Isabel llora con un llanto suave, tenue, casi un susurro.<\/p>\n<p>\u2014Jaime, hermanito, \u00a1qu\u00e9 mala soy contigo!<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 ser\u00e1 ella mala? \u00bfPor qu\u00e9 siente deseos de golpear, de morder? \u00bfSe parecer\u00e1 a su padre? Ana Isabel se estremece. Si se parece a su padre, cuando sea grande ser\u00e1 como \u00e9l. Y ser\u00e1 mala como lo es su padre. Aunque muchas veces es bueno y cari\u00f1oso con ellos, con Ana Isabel y Jaime.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ven aqu\u00ed a pasear en este caballito, Ana Isabel!<\/p>\n<p>De un salto, Ana Isabel trepa a las rodillas de su padre, y \u00e9ste hace brincar las piernas mientras canta:<\/p>\n<blockquote><p>Cuando yo fui a los llanos<\/p>\n<p>Or\u00ed, or\u00ed, or\u00ed, ori\u00f3n&#8230;<\/p>\n<p>En mi caballito and\u00f3n&#8230;<\/p><\/blockquote>\n<p>S\u00ed, en esos momentos es bueno su padre y ella siente que le quiere y le echa al cuello sus bracitos flacos.<\/p>\n<p>\u2014Yo te quiero mucho papa\u00edto&#8230;<\/p>\n<p>Pero Ana Isabel esconde el rostro para impedir que su padre la bese. Su padre tiene un aliento fuerte y met\u00e1lico y unos bigotes \u00e1speros que la rasgu\u00f1an.<\/p>\n<p>Ana Isabel se pasa la mano por la cara. \u00bfPor qu\u00e9 le duele la cara? \u00a1Ah, s\u00ed! \u00a1La mano de su padre! Esa mano grande, huesuda, con enormes coyunturas. Ana Isabel se pasa la mano por la frente y siente la piel abultada. Tal vez ha sido con la sortija. La sortija de oro ancha y pesada, con el escudo de los Alc\u00e1ntara, que su padre lleva siempre consigo. \u00bfCu\u00e1ntas veces Ana Isabel le habr\u00e1 escuchado explicar el escudo de los Alc\u00e1ntara? Sin duda ha sido el escudo lo que la ha golpeado. \u00a1Golpea fuerte, el escudo de los Alc\u00e1ntara! Y Ana Isabel siente que una rabia sorda le seca las l\u00e1grimas. Una oscura rabia venida de lo hondo, de lo m\u00e1s hondo de s\u00ed misma. Contra su casa \u00a1la casa de los Alc\u00e1ntara! con sus pr\u00f3ceres muy tiesos dentro de sus marcos carcomidos. Contra la serena y mansa resignaci\u00f3n de su madre. Contra su padre&#8230; \u00a1Oh, su padre! Una rabia y un odio, un gran odio turbio e infantil&#8230;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Me quiero morir! \u00a1Me quiero morir!<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo? \u00bfMorir? S\u00ed, morir. Esa ser\u00e1 su mejor venganza. \u00a1Morir! En la casa de los Alc\u00e1ntara habr\u00e1 un silencio largo, tan largo, que podr\u00e1 escucharse con toda claridad el gotear del agua sobre la tranquila superficie poa pila. Pasos apresurados atravesar\u00e1n el patio y llegar\u00e1n a la puerta de la galer\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ana Isabel! \u00a1Ana Isabel, abre!<\/p>\n<p>Nadie responder\u00e1. Forzar\u00e1n la puerta. Sobre el cemento caer\u00e1 la aldaba con un golpe seco y su madre gritar\u00e1:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Est\u00e1 muerta! \u00a1Est\u00e1 muerta! \u00a1Dios m\u00edo!<\/p>\n<p>Y llegar\u00e1 su padre temblando, con los ojos muy abiertos.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Fue por mi culpa! \u2014exclamar\u00e1\u2014. \u00a1La he matado! \u00a1Fue por mi culpa! \u00a1He sido yo quien la ha matado!<\/p>\n<p>Y la casa se llenar\u00e1 de gritos y de llantos y nadie escuchar\u00e1 los sollozos de su hermanito que no quiere mirarla&#8230;<\/p>\n<p>La vieja negra, la vieja Estefan\u00eda, gritar\u00e1, con voz ronca:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Mi ni\u00f1a, mi ni\u00f1a! \u00bfQui\u00e9n me la ha matao?<\/p>\n<p>Y hasta Gregoria que no llora nunca, enjugar\u00e1 una l\u00e1grima con la punta<\/p>\n<p>del delantal. Al o\u00edr los gritos, Vicente, el sirviente de la casa de al lado, llegar\u00e1 corriendo, y Chucuto tras \u00e9l. Chucuto la mirar\u00e1 con sus ojos tristes y le lamer\u00e1 la mano, a ella, a Ana Isabel, que estar\u00e1 tendida inm\u00f3vil y fr\u00eda sobre el cemento.<\/p>\n<p>\u00a1Y le har\u00e1n un entierro muy hermoso! \u00a1Con un gran carro blanco! Los caballos estar\u00e1n vestidos y sacudir\u00e1n sobre sus cabezas grandes penachos de pluma. Hombres con trajes oscuros y botones dorados, cargar\u00e1n sobre sus espaldas, pesados candelabros de plata. Las llamas de los cirios, chisporroteantes, alumbrar\u00e1n un crucifijo de marfil. Y coronas, muchas coronas. Habr\u00e1 tantas, que hasta el cuarto de la t\u00eda Clara, estar\u00e1 perfumado con nardos. Y cu\u00e1ntos land\u00f3s&#8230;<\/p>\n<p>Ocho, nueve, diez, once&#8230;<\/p>\n<p>Once, como en el entierro de la hermana del Ministro, la se\u00f1orita Ercilia. Ercilia Fajardo.<\/p>\n<p>Ana Isabel la encontraba siempre camino de la iglesia, a la se\u00f1orita Ercilia, con el negro cabello partido en dos band\u00f3s, lisos y sim\u00e9tricos, que asomaban entre los pliegues de la andaluza. La se\u00f1orita Ercilia pasaba su vida en la iglesia y era mucho el dinero que daba al se\u00f1or cura. Y era ella quien hab\u00eda regalado a la Virgen aquel traje todo de seda y piedras brillantes.<\/p>\n<p>\u2014Es una santa, una verdadera santa, dec\u00eda el se\u00f1or cura juntando las manos. Una santa llanera&#8230;<\/p>\n<p>Porque los Fajardo eran del llano y Don Celestino, amigo del general. Don Celestino Fajardo, hermano de la se\u00f1orita Ercilia.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, esos no son nadie, Federico, \u2014comentaba la se\u00f1ora Alc\u00e1ntara\u2014. A\u00f1os atr\u00e1s andaban descalzos y ahora hay que ver los humos que se gastan. No hay m\u00e1s que tener dinero y estar bien con el General&#8230;<\/p>\n<p>A\u00f1os atr\u00e1s andaban descalzos por las tierras anchas. La se\u00f1orita Ercilia no ten\u00eda esos band\u00f3s lisos y sim\u00e9tricos entre los pliegues de la andaluza, porque no llevaba andaluza bajo la brisa llanera, sino dos crenchas negras y pesadas que le ca\u00edan hasta los hombros y, en veces, ten\u00eda prendida en ellas la llama de una flor colorada. Y ten\u00eda novio, la se\u00f1orita Ercilia, un llanero como ella, flaco y garboso, que le cantaba coplas que se extend\u00edan sobre la ancha placidez del crep\u00fasculo. Pero el novio hab\u00eda muerto de fiebre. Se muere siempre de fiebre en los llanos, La se\u00f1orita Ercilia hab\u00edase puesto flaca y p\u00e1lida. A Don Celestino le nombraron Ministro y la familia regres\u00f3 a la capital. En Caracas, Ercilia no sali\u00f3 m\u00e1s que a la iglesia, cada vez m\u00e1s flaca, cada vez m\u00e1s p\u00e1lida. Las trenzas se deshicieron y en su lugar surgieron aquellos band\u00f3s lisos y sim\u00e9tricos&#8230;<\/p>\n<p>Fue un entierro muy hermoso el de la hermana del Ministro. Ana Isabel lo hab\u00eda visto al regreso de la escuela. Las calles estaban llenas de gente y los polic\u00edas no dejaban pasar a nadie hasta que no saliese el entierro. Al parecer, el General se encontraba entre los asistentes. Ana Isabel se hab\u00eda detenido junto al panadero que coloc\u00f3 su cesta en el suelo. Una mujer gritaba que la dejasen pasar que su hijo estaba mal y morir\u00eda sin verla. Pero los polic\u00edas formaban un cord\u00f3n unido e inquebrantable. En la esquina un chiquillo lloraba porque quer\u00eda comer caramelos en palito. El caramelero ostentaba, en alto, el blanco v\u00e1stago de maguey, todo erizado de caramelos rojos y amarillos, y las moscas se paraban golosas sobre ellos&#8230;<\/p>\n<p>\u2014C\u00e1llate m&#8217;hijo que yo no tengo centavos con qu\u00e9 compr\u00e1 caramelos. Ven pa cargate. Ven pa que veas el entierro.<\/p>\n<p>\u00a1Mira m&#8217;hijo, ese mont\u00f3n de coronas!<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1ntos land\u00f3s! Ocho, nueve, diez, once&#8230;<\/p>\n<p>\u00a1Y qu\u00e9 casa m\u00e1s grande!<\/p>\n<p>Ana Isabel la conoc\u00eda aunque ella no era amiga de Cristina, la hija del Ministro. Hab\u00eda estado all\u00ed acompa\u00f1ando a la prima de Cristina, Cecilia, quien iba en busca de unos trajes \u00eda que \u00e9sta le prometiera. Cecilia entr\u00f3 sola, dejando la puerta entornada, y Ana Isabel se asom\u00f3 para mirar la casa. \u00a1Qu\u00e9 casa m\u00e1s grande! \u00a1Toda de mosaicos! Hasta en el patio, en lugar de plantas, hab\u00eda mosaicos. \u00a1Ni una mata de guayaba, ni de malagueta, ni una flor, ni siquiera una mata de coraz\u00f3n floreado! \u00a1Y es tan rico el Ministro! Ana Isabel piensa en lo que escucha repetir con frecuencia a su padre.<\/p>\n<p>\u2014Ese es un ladr\u00f3n, Ana, un ladr\u00f3n y un pillo. Un solemne pillo.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Jes\u00fas contigo, Federico! Para ti todo el mundo es ladr\u00f3n, s\u00f3lo los Alc\u00e1ntara te parecen honrados.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1No, se\u00f1or! Te digo que es un pillo que ha hecho su fortuna robando sacos de cemento.<\/p>\n<p>\u00bfSacos de cemento? Ana Isabel no comprende c\u00f3mo se pueden robar sacos de cemento. \u00bfD\u00f3nde se ocultan? Es verdad que aquel patio es muy grande, pero, triste y desnudo. Ni una pilita en el medio, ni helechos, ni una sola hoja verde&#8230; \u00bfSacos de cemento? \u00bfD\u00f3nde los esconder\u00e1?<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ap\u00e1rtense, ap\u00e1rtense, que va a salir el entierro!<\/p>\n<p>Los polic\u00edas empujaban a la gente y una mujer se resbal\u00f3 volcando la cesta del panadero. Los panes rodaban por el suelo y los chiquillos se abalanzaban sobre ellos y echaban a correr.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1ntos land\u00f3s! Ocho, nueve, diez, once&#8230; S\u00ed, once. Ana Isabel los hab\u00eda contado.<\/p>\n<p>Un entierro como el de la hermana del Ministro&#8230;<\/p>\n<p>Porque Ana Isabel hab\u00eda visto tambi\u00e9n otro entierro. Aquel d\u00eda, las calles estaban solas. Cuatro hombres iban, rodeados de chiquillos, sosteniendo una caja blanca y peque\u00f1a, peque\u00f1a como Ana Isabel. Los hombres eran flacos y de rostros sudorosos. Sobre la caja, amarradas con hilos, marchit\u00e1banse dos cayenas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 es eso? \u2014hab\u00eda preguntado Ana Isabel.<\/p>\n<p>\u2014Un entierro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfUn entierro sin coches ni coronas?<\/p>\n<p>\u2014Gu\u00e1, ni\u00f1a, un entierro e pobre&#8230;<\/p>\n<p>Y luego Gregoria hab\u00eda a\u00f1adido:<\/p>\n<p>\u2014A \u00e9se lo llevan pa Tierra e Jugo. Lo mismito que a los reyes. To\u00edto er mundo va pa onde mismo, blancos y negros, ricos y pobres. All\u00e1 to er mundo es igu\u00e1&#8230;<\/p>\n<p>Ana Isabel se ha puesto a temblar. \u00abAll\u00e1 to er mundo es igu\u00e1\u00bb&#8230;<\/p>\n<p>Entonces ya no quiere morir. Si ha de volverse igual a Gregoria ya Ana Isabel no quiere morir. Ella no quiere parecerse a Gregoria, con esos ojos llorosos, enrojecidos por el humo, y con esas manos&#8230; \u00a1Oh, las manos de Gregoria!<\/p>\n<p>Con u\u00f1as saltadas y venas gruesotas y aquel dedo negro y cabez\u00f3n, por culpa de un panadizo del tanto lavar&#8230; Si ha de parecerse a Gregoria ya Ana Isabel no quiere morir&#8230;<\/p>\n<p>El sol se va alejando del patio, sube hasta los tejados rojos por las paredes encaladas. El agua gotea lenta, mon\u00f3tona. En la casa de los Alc\u00e1ntara, invadida por el silencio, Ana Isabel se ha quedado dormida sobre el cemento fr\u00edo, en la penumbra de la galer\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonia Palacios La placita de la Candelaria Ana Isabel siempre ha vivido frente a una plaza. Esas plazas caraque\u00f1as con su ambiente aldeano, rodeadas de casas, que se apretujan las unas contra las otras. Casas iguales, con aleros de tejas y ventanas con balaustres. Las ventanas est\u00e1n pintadas al \u00f3leo. La lluvia y el sol [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":4742,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[3,45],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4741"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4741"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4741\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6623,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4741\/revisions\/6623"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4742"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4741"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4741"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4741"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}