{"id":4582,"date":"2022-04-09T23:53:07","date_gmt":"2022-04-09T23:53:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4582"},"modified":"2023-11-24T18:31:58","modified_gmt":"2023-11-24T18:31:58","slug":"dos-cuentos-de-antonio-lopez-ortega","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-antonio-lopez-ortega\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Antonio L\u00f3pez Ortega"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Retrato de Patricia<\/strong><\/h3>\n<p>Andr\u00e9s anunci\u00f3 haber conocido a una francesa en Ch\u00e2telet. En pleno verano, hurg\u00e1ndola con los ojos desde una mesa cercana, le busc\u00f3 conversaci\u00f3n. Andr\u00e9s ech\u00f3 mano de sus habituales artificios: se invent\u00f3 una vida de administrador de empresas, confes\u00f3 estar de paso por Par\u00eds, admiti\u00f3 ser un conocedor de arte contempor\u00e1neo. Del caf\u00e9 fueron caminando hasta una fuente cercana donde sobresal\u00edan unas imitaciones de esfinges egipcias. La francesa termin\u00f3 bajando las defensas y Andr\u00e9s logr\u00f3 su objetivo: penetrar en su apartamento de la avenida Parmentier y gozarla hasta el amanecer.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, entre euf\u00f3rico y orgulloso, Andr\u00e9s nos relat\u00f3 la haza\u00f1a. Detallando el ejercicio de su masculinidad hasta el asco, pudimos rescatar que la francesa respond\u00eda al nombre de Patricia, que sus ojos eran de un gris estrellado, que pronunciaba cada palabra como si la dijera por primera vez y que trabajaba de asistente con un grupo de arquitectos.<\/p>\n<p>Andr\u00e9s la sigui\u00f3 frecuentando y ella fue desentra\u00f1ando lentamente la mara\u00f1a de mentiras que aqu\u00e9l hab\u00eda tejido en torno a su vida. Al final, se conformaba con el estudiante que era, residenciado en Londres y de vacaciones en Par\u00eds. La vimos incluso en algunas fiestas comunes en las que \u2014nos dimos cuenta\u2014 le gustaba ser bien atendida: buenos platos, buen vino, gestos refinados.<\/p>\n<p>Andr\u00e9s regres\u00f3 a Londres y, unos meses despu\u00e9s, volv\u00eda definitivamente a Caracas. Desde all\u00ed, fogosa a\u00fan la imaginaci\u00f3n, le enviaba algunas postales en las que insist\u00eda en invitarla a pasarse un mes bajo el sol del tr\u00f3pico.<\/p>\n<p>Sorpresivamente, cayendo en la dimensi\u00f3n de su torpeza, Andr\u00e9s recibe un telegrama en el que Patricia anuncia su inminente llegada. No pudiendo alojarla en casa de sus padres \u2014donde a\u00fan viv\u00eda\u2014, Andr\u00e9s llama a Gustavo y le suplica que le preste por unos d\u00edas su caba\u00f1ita de la Colonia Tovar. Gustavo no s\u00f3lo se la ofrece sino que, d\u00edas despu\u00e9s, lo acompa\u00f1a a Maiquet\u00eda para luego llevarlo directamente a la caba\u00f1ita e indicarle todos los pormenores: ruta precisa, llave de gas, llave de agua.<\/p>\n<p>Enrumbados ya hacia la Colonia y entendiendo apenas lo que hablaban, Gustavo percibe la incomodidad creciente de la francesa. Patricia deseaba llegar a Caracas, ser presentada a los padres de Andr\u00e9s, ocupar el cuarto de hu\u00e9spedes y cenar con la familia. Andr\u00e9s contesta poca cosa, se sumerge en un extra\u00f1o letargo y, de vez en cuando, repite las estupideces de un gu\u00eda tur\u00edstico. Llegan por fin a la caba\u00f1ita y, apenas Gustavo abre la puerta, Patricia se escurre hasta la \u00fanica habitaci\u00f3n y se cierra con llave. Gustavo alza los hombros y busca a Andr\u00e9s con la mirada. Este s\u00e1bado \u2014le dice\u2014 tengo una fiestecita en la casa; \u00bfpor qu\u00e9 no se vienen y cambian un poco de aire?<\/p>\n<p>Patricia aparece en casa de Gustavo sin Andr\u00e9s. Gustavo no halla c\u00f3mo explicarle a sus amistades esa presencia, Patricia se le acerca y, utilizando palabras elementales, le confirma que las cosas no andan bien, que el asunto de la caba\u00f1ita no funciona, que Andr\u00e9s no sabe qu\u00e9 hacer&#8230; Gustavo le dice que no se preocupe y le pone en las manos una copa de ron a\u00f1ejo con hielo.<\/p>\n<p>Patricia se convierte r\u00e1pidamente en el centro de la fiesta: la invitan a bailar, le piden que hable en franc\u00e9s, le ense\u00f1an una Caracas iluminada desde la terraza, le reponen la copa apenas se vac\u00eda.<\/p>\n<p>Los \u00faltimos invitados se despiden y Andr\u00e9s a\u00fan no busca a Patricia. La m\u00fasica de fondo queda sonando y Patricia, con el ron en la cabeza, le pasa los brazos por el cuello a Gustavo. Ambos cuerpos se deslizan hasta la cama y se desvisten con furia.<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente, Gustavo intenta localizar in\u00fatilmente a Andr\u00e9s. Con caballerosidad y convicci\u00f3n, le explica a Patricia que \u00e9l trabaja para una empresa petrolera, que actualmente est\u00e1 asignado a Valencia y que no tendr\u00eda ning\u00fan inconveniente en llevarla consigo. Cuentan, pues, que Patricia culmin\u00f3 su mes de estad\u00eda al borde de la piscina del Intercontinental, pidiendo cocteles ex\u00f3ticos y esperando todas las tardes a Gustavo, quien llegaba sudoroso hasta su cuerpo para arrancarle el bikini con los dientes. De vuelta en Par\u00eds, Patricia nos habl\u00f3 de la gentileza de Gustavo, de las olas de Patanemo y de la vivacidad de la gente. No obstante, algo en el recuerdo la perturbaba.<\/p>\n<p>Una tarde de oto\u00f1o, despu\u00e9s de meses sin verla, telefone\u00f3 a la casa para invitarme a tomarnos un caf\u00e9. Me dio cita cerca de su trabajo. La encontr\u00e9 algo enflaquecida y sin el bronceado de la \u00faltima vez. Comenz\u00f3 hablando inconexamente: los recuerdos del Intercontinental, los recuerdos amargos de su infancia en el campo, la dulzura de Gustavo, la torpeza de Andr\u00e9s, la rutina del trabajo, la manera de vivir en Caracas, las playas, los cocoteros&#8230; Del caf\u00e9 pasamos al vino mientras la tarde va desliz\u00e1ndose lentamente. Patricia me pide que la acompa\u00f1e a la oficina para buscar su cartera. Al llegar, me ense\u00f1a las mesas de dise\u00f1o, los proyectos en cierne, la remodelaci\u00f3n de un museo. Luego se acerca a su escritorio y, abriendo una de las \u00faltimas gavetas, saca una botella de vino tinto y dos copas de cristal.<\/p>\n<p>La noche cae y la conversaci\u00f3n se transforma en confesi\u00f3n. El vino me hace percibir a una Patricia desconocida: torpe, simple, frustrada. Poco a poco, la vida que se ha inventado va desplom\u00e1ndose a pedazos: no es una asistente sino la secretaria del gerente, nunca pudo concluir sus estudios, tiene dos o tres amantes que le dejan remesas mensuales en algunos bares.<\/p>\n<p>Con los labios entintados y los ojos acuosos, ensayando desesperadamente el \u00faltimo recurso, se desabotona la blusa y atrae mi rostro contra su pecho. Tiene que ser aqu\u00ed \u2014dice\u2014, tiene que ser aqu\u00ed. Patricia me sienta en la silla del gerente y, desembraguetando mis pantalones, cabalga agitadamente sobre mi cuerpo con los ojos entornados.<\/p>\n<p>De los que intimamos con ella, nadie quiso asociar su desnudez a una desgracia, nadie quiso admitir que las dos enormes cicatrices de sus senos remit\u00edan a una cirug\u00eda pl\u00e1stica mal concebida, nadie hizo referencia a una extra\u00f1a mueca de la boca que afloraba cuando se sent\u00eda a disgusto. La \u00faltima imagen \u2014me temo\u2014 es extrema: Patricia semidesnuda que solloza y camina ciegamente por la oficina, Patricia que habla de un viejo romance crucial en su vida, Patricia que describe a un joven arist\u00f3crata de Normand\u00eda, Patricia que recuerda el d\u00eda en que el joven le dice que la dejar\u00e1, Patricia que rememora las exactas palabras finales: eres lenta, Patricia, eres lenta; tendr\u00e1s que verte con alguien; debe ser esa extra\u00f1a enfermedad de cuando ni\u00f1a, debe ser esa meningitis mal curada.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El curso del Aponwao*<\/h3>\n<p>Quiero recordar a Nicole. Quiero recordar sus ojos azules, estriados, dos nebulosas que concentran gases y part\u00edculas errantes. Quiero oponer la quietud de su mirada a este v\u00e9rtigo que me consume y paraliza. Si veo a H\u00e9l\u00e8ne a mi lado, si la veo tiritar de fr\u00edo \u2014marcados sus senos en la blusa empapada\u2014 y estrujarme el brazo izquierdo como si sus manos fueran tenazas, siento que es m\u00e1s bien mi cuerpo extendido, mi cuerpo abierto que quiere absorber este espacio inextrincable, este paisaje abarrotado que parece devorarse a s\u00ed mismo. Y he visto los ojos de Nicole, mi hija de ocho a\u00f1os, como disueltos o devueltos por el agua. He recuperado una mueca precisa, austera \u2014su nariz que se encoje ante un mal olor\u2014, y en vano he querido oponerla a este precipicio. Porque todo es precipicio en este momento: el latido de mi coraz\u00f3n y el r\u00e1pido fluir de las aguas, los loros cantarines que sobrevuelan y el rumor del r\u00edo contra las piedras. He extra\u00eddo el aguamarina de sus breves ojos y he querido proyectarlo como una cut\u00edcula sobre las aguas gruesas, raigales, que oscilan entre un marr\u00f3n oscuro y un rojo emergente. Ejercicio in\u00fatil de quien s\u00f3lo puede ver, de quien s\u00f3lo puede pensar.<\/p>\n<p>A estas alturas, Chantilly debe ser una referencia remota, un lugar de nacimiento en mi pasaporte, un pueblo de escasas calles y contadas casas. La gente del mundo \u2014nos decimos\u2014 viene a probar nuestra afamada crema. De generaci\u00f3n en generaci\u00f3n, hemos batido esta leche con parsimonia, con sabidur\u00eda, buscando el punto exacto en el que la crema cristaliza y se devuelve con sus rizos amarillentos. Los visitantes en verano recorren las calles y van probando las diferentes texturas hasta que, agotados de caminar y degustar, terminan como lagartos bajo el sol en los alrededores del castillo, viendo las fuentes con sus nobles juegos de agua o recorriendo las terrazas pedregosas por donde alguna vez correteaban caballos. Imagino a Nicole batiendo crema con la abuela y esa visi\u00f3n me consuela.<\/p>\n<p>Vinimos a parar en estas tierras extra\u00f1as por un empe\u00f1o de H\u00e9l\u00e8ne. \u00abProbar algo distinto\u00bb \u2014dec\u00eda risue\u00f1a con su pelo recogido y su delantal bordado. Un a\u00f1o de trabajo, una ampliaci\u00f3n del restaurante para tener una secci\u00f3n de cafeter\u00eda, ameritaban ciertamente una tregua, un cambio. El aviso de prensa que ofrec\u00eda una ruta de turismo ecol\u00f3gico nos conduce de Par\u00eds a Caracas y, desde all\u00ed, en un santiam\u00e9n, hasta la Gran Sabana. La fr\u00e1gil avioneta que supera la selva intrincada y nos va descubriendo los largos r\u00edos serpenteantes esquiva las nubes con destreza y cae en unos vac\u00edos que hacen temblar el fuselaje. H\u00e9l\u00e8ne se cuelga de la ventanilla y, extasiada, recorre con sus ojos el manto vegetal como buscando alg\u00fan punto de tierra que no est\u00e9 asfixiado por ese tent\u00e1culo verde e infinito. De pronto se vuelve de la ventanilla y, nuevamente risue\u00f1a, me dice: \u00abParece br\u00f3coli; la selva parece br\u00f3coli\u00bb.<\/p>\n<p>Ya en el campamento, conocemos al gu\u00eda Carlos y a una pareja de alemanes de Bavaria. Christian e Inken son algo inexpresivos y s\u00f3lo se comunican entre s\u00ed. Christian, espigado y rubio, toma fotos sin parar: la mueca del monito capuchino que salta de rama en rama, el plumaje de la guacamaya enjaulada, la risa contenida de dos indios pemones que sirven bebidas y barren las churuatas. Inken, baja y algo gruesa de caderas, se mece en una lenta hamaca mientras lee una revista de far\u00e1ndula. Cuesta tragar el aire viscoso de estas tierras y resistir el calor pegajoso que arruina cualquier vestimenta. H\u00e9l\u00e8ne se inventa recorridos por los alrededores para terminar sumergida de vuelta bajo la ducha sin reconocer la resequedad de su cuerpo. Caemos de noche exhaustos en nuestras camas y comemos cuanto nos sirven en unas amplias fuentes de madera.<\/p>\n<p>Liworiwo es la primera palabra que H\u00e9l\u00e8ne intenta grabar en su mente. La pronuncia por s\u00edlabas, lentamente, como si se le escapara. \u00abLi\u2014wo\u2014ri\u2014wo\u00bb \u2014dice, y de seguidas se r\u00ede sin raz\u00f3n alguna, como si la palabra fuera una cuerda vocal que hiciera resonar algo en su alma agitada de estos d\u00edas. El gu\u00eda Carlos ha anunciado una primera excursi\u00f3n y ha mencionado el puerto ribere\u00f1o Liworiwo, a orillas del r\u00edo Aponwao, como el punto de partida. \u00abYa ver\u00e1n el salto de agua \u2014afirma confiado en la sobremesa\u2014; es un espect\u00e1culo inolvidable.\u00bb H\u00e9l\u00e8ne duerme como agitada y esa noche alguno de sus resoplidos ha debido despertarme en plena madrugada. Veo a\u00fan bajo la l\u00e1mpara de gas una gota de sudor que le surca la frente mientras afuera el zumbido un\u00e1nime de millares de insectos tapiza mis o\u00eddos.<\/p>\n<p>La camioneta r\u00fastica que nos lleva del campamento a Liworiwo va salvando charcos y triturando maderos ca\u00eddos. Carlos conduce con dificultad y nos va bamboleando en los asientos traseros. El alem\u00e1n Christian, alzado como un gigante en el borde de la cabina descubierta, enfoca \u00e1ngulos en medio de la espesura: ramas salientes o floridas, otra vez monos capuchinos, aves suspendidas en los cielos como cabezas de alfileres. El trayecto nos deposita cansados y mareados a orillas del r\u00edo Aponwao. Liworiwo se nos revela como un atracadero fangoso, con tres casuchas desechas y un muelle destartalado cuyas bases apenas resisten el empuje de las aguas. En este punto la selva se detiene, desalentada, y ofrece un respiro, un desfiladero donde los suelos secos se reconocen y se mezclan con las aguas de la orilla para formar pozuelos marrones, espejos turbios donde nada se refleja.<\/p>\n<p>Serpenteando ya en bajada, cabeceando conforme las ruedas se hunden o afloran, hemos comenzado a o\u00edr el rumor del r\u00edo. Primero una caricia en nuestros o\u00eddos, como de zancudo que va y viene, luego una vibraci\u00f3n m\u00e1s homog\u00e9nea, de susurro l\u00edquido, y por \u00faltimo, ya casi en la orilla, un tronar hondo, milenario, que se vuelve agudo cuando las rocas dividen las aguas y grave cuando el r\u00edo corre a sus anchas. Ese bramido, que de tan regular se convierte en un segundo grado del silencio, nos ha atemorizado a primera vista (o a primera escucha). El majestuoso cuerpo de agua, que se arremolina por momentos en las orillas y corre raudo sobre el lecho salvando la gravidez de su propio tama\u00f1o, impone un sentido un\u00edvoco a las cosas. Se dir\u00eda silencio congelado, quietud engendrada a fuerza de zozobra, vida arrancada a un cuerpo que elabora sus muertes sucesivas conforme avanza. Este es el r\u00edo Aponwao y siento que H\u00e9l\u00e8ne lo percibe sin que pueda dec\u00edrmelo: apenas me estruja el brazo izquierdo con mano nerviosa como si la sola visi\u00f3n del r\u00edo pudiera arrastrarla hasta la ca\u00edda y desmembrarla sobre las rocas filosas.<\/p>\n<p>A estas alturas ya debemos semejar unos sobrevivientes, unos n\u00e1ufragos (o expulsados) del paisaje. Somos cuerpos sudados, resentidos, que pierden la memoria de sus h\u00e1bitos y s\u00f3lo responden a los impulsos del entorno. El gu\u00eda Carlos le hace se\u00f1as a un indio pem\u00f3n y \u00e9ste aproxima con no pocas maniobras una curiara al atracadero. Un motor fuera de borda de cuarenta caballos ronronea y expulsa escupitajos de agua que percuten en la superficie y enrarecen el espejo suspendido del r\u00edo. La alemana Inken pisa los pocos maderos del muelle y logra abordar la curiara con la ayuda de su gigante Christian mientras H\u00e9l\u00e8ne y yo nos acomodamos en el otro borde para equilibrar la embarcaci\u00f3n. Entre nosotros, todo ha sido hasta ahora se\u00f1as y gestos amables. Nosotros hablamos alguna noche de Chantilly (que no conoc\u00edan) y ellos de Munich (que s\u00ed conoc\u00edamos) en un c\u00f3digo secreto donde algunas palabras francesas calzaban por entre vocablos alemanes. Seguimos a la espera de que Carlos se embarque cuando, de una de las casas de la orilla, sale un hombre con sotana y una mujer con un cr\u00edo entre los brazos y otros cinco ni\u00f1os m\u00e1s que la rodean. Los veo conversando por minutos y luego aproximarse al muelle. Carlos nos presenta al p\u00e1rroco de Tumeremo, Ricardo Benedetti, y a la maestra Cruz Basanta con sus seis hijos. Entendemos de inmediato que todos abordar\u00e1n la embarcaci\u00f3n y compartir\u00e1n con nosotros el viaje hasta el salto del Aponwao. Christian no se siente c\u00f3modo de lo que considera una intromisi\u00f3n y le dice a Carlos algo ininteligible que el ronroneo del motor disuelve en el aire.<\/p>\n<p>La curiara construye su lenta deriva, como si s\u00f3lo el impulso del r\u00edo bastara para removerla. El puerto de Liworiwo es un punto de barro en el horizonte cuando Christian se va hacia la proa, se alza como un vig\u00eda y comienza a tomar fotos de las piedras sobresalientes y de las orillas saturadas de vegetaci\u00f3n. Los ni\u00f1os traman un murmullo contenido pero no se separan de sus banquetas, como si un temor ancestral los retuviera y les indicara que la \u00fanica libertad de la traves\u00eda es la mirada. De vuelta a su puesto inicial, adivinando los huecos que dejan entre s\u00ed las banquetas paralelas con los zancos que son sus piernas, Christian ha condescendido a tomarle una foto a ese grupo de lo que para \u00e9l son nativos. El revelado posterior en Munich ha debido resaltar las cinco caritas mestizas, el rostro adusto de la maestra con el beb\u00e9 envuelto entre telas y la circunspecci\u00f3n del cura con no poco sudor en su frente que un pa\u00f1uelo blanco sucesivamente seca. Inken llorar\u00e1 sobre esa foto y la colocar\u00e1 en el reborde de la chimenea casera al lado de sus abuelos germ\u00e1nicos y de sus futuros descendientes.<\/p>\n<p>R\u00edo abajo, con una aceleraci\u00f3n creciente y un rumor que las aguas enturbiadas amplifican como si de un eco permanente se tratara, la curiara avanza dubitativa. Por momentos, el motorista pem\u00f3n ha jugado a poner el motor en retroceso para contener el empuje de la corriente y suspendernos en un solo punto. Esta estabilidad aparente nos ha maravillado y ha impulsado a Christian a tomar nuevas fotos. A s\u00f3lo sesenta metros del salto, donde una cuerda suspendida de orilla a orilla se\u00f1ala el fin de la traves\u00eda y el comienzo de una imaginaria zona de seguridad, Christian ha enfocado las nubes de vapor que se desprenden al final del r\u00edo y permiten adivinar la vertiginosa ca\u00edda. Un ruido profundo, vertical, ensordecedor, se va apoderando del \u00e1nimo colectivo y nos paraliza como v\u00edctimas de una voluntad mayor. Los ni\u00f1os se crispan, endurecen sus bracitos a ambos lados de las banquetas y sienten c\u00f3mo un roc\u00edo les limpia los poros de la piel. La mano extraviada de Karina, la ni\u00f1a de ocho a\u00f1os de la maestra Basanta, ha sujetado la m\u00eda con fuerza inconsciente y a m\u00ed me ha parecido ver (o sentir) la manito de Nicole, distante pero extra\u00f1amente cercana.<\/p>\n<p>Una maniobra postrera del motorista nos acerca a un claro en la ribera izquierda. Suerte de mirador del salto, todos descendemos con \u00e1nimo de grabar esa \u00faltima imagen de la cascada salvaje, acaso la m\u00e1s cercana. El cuerpo de agua se disuelve en una nube omnipresente como si los cielos hubieran bajado a tierra y el tronar de tempestades variables sonara al un\u00edsono. El silencio que impone el salto se sobrepone al nuestro y nos entierra en la orilla como estacas. Cuesta creer que justamente ahora, sobrecogidos como criaturas que abren por primera vez los ojos y descubren el para\u00edso, tengamos que abordar nuevamente la curiara y emprender el retorno. Cuesta creer que el motorista encienda con dificultad el motor ronroneante para que a los treinta segundos, ya ganado el curso central del r\u00edo, la m\u00e1quina se ahogue entre empujones falsos. El pem\u00f3n rodea r\u00e1pidamente con la cuerda el cabezal de arranque y tira una y otra vez. El cansado motor responde dando borbotones y agit\u00e1ndose como si tuviera escalofr\u00edos. La embarcaci\u00f3n deriva hacia el salto, primero imperceptiblemente y luego con aceleraci\u00f3n, cuando el pem\u00f3n logra reanimar el motor y arrancarle otro soplo de vida. No han pasado otros treinta segundos cuando el motor vuelve a apagarse y el pem\u00f3n reinicia la maniobra de la cuerda de encendido como si quisiera darle latigazos al aire.<\/p>\n<p>Es dif\u00edcil describir d\u00f3nde est\u00e1bamos mientras todo esto suced\u00eda. Porque est\u00e1bamos en la embarcaci\u00f3n, sin duda, pero a la vez ve\u00edamos la cadena de acontecimientos como si estuvi\u00e9ramos afuera, como si nos hubi\u00e9ramos quedado en la orilla con nuestro salto y quienes hubiesen reembarcado fueran otros, quiz\u00e1s nuestros cuerpos absortos, liberados del alma que ya flotaba junto al vapor del salto. No alcanz\u00e1bamos a reaccionar y nuestros movimientos eran los del indio pem\u00f3n. Ni el gu\u00eda Carlos atinaba a decir palabra ni el p\u00e1rroco a pronunciar alguna frase, alguna s\u00faplica. La curiara deriva hacia la cuerda de seguridad y, justo al pasarla por debajo, el pem\u00f3n logra en un latigazo extremo reanimar el zumbido y remontar el trayecto aguas arriba. Un suspiro t\u00e1cito ganaba los corazones, una tregua de apenas treinta metros recuperados que se apagaba con el \u00faltimo empuj\u00f3n epil\u00e9ptico del motor.<\/p>\n<p>Al ganar nuevamente la cuerda de seguridad, a s\u00f3lo sesenta metros del salto, el gu\u00eda Carlos grita que tenemos que abandonar la curiara. No explica c\u00f3mo ni hacia d\u00f3nde pero argumenta que hay que ganar la orilla a nado. Christian es el primero en reaccionar: se yergue como un tit\u00e1n y se lanza al agua arrastrando a Inken de la mano. Bracean con dificultad pero la corriente, m\u00e1s benigna con los cuerpos que con la curiara, los deja detr\u00e1s de la embarcaci\u00f3n. Carlos le pide entonces al p\u00e1rroco que salte, que salve su vida, pero Benedetti ya ha juntado sus palmas a modo de plegaria para encomendarse al Supremo. \u00abNo nadan \u2014alcanza a balbucear\u2014; los ni\u00f1os no nadan. Salte Usted que mi salvaci\u00f3n est\u00e1 con ellos.\u00bb Cruz Basanta aprieta el bulto viviente que respira entre las telas y los ni\u00f1os la rodean como una cadena humana. Es all\u00ed cuando el gu\u00eda Carlos me increpa que salte y yo estrujo la mano de H\u00e9l\u00e8ne sin saber qu\u00e9 hacer. Faltando cuarenta metros para la ca\u00edda libre, Carlos salta impuls\u00e1ndose desde la popa y nada como un poseso buscando la ribera izquierda.<\/p>\n<p>Quise abrazar a Karina y llev\u00e1rmela. Quise tomarla de la mano y saltar junto a H\u00e9l\u00e8ne para salvarle la vida. Yo miro a la maestra Cruz (yo la estoy mirando todav\u00eda) como buscando su consentimiento, como aguardando un \u00e1pice de aprobaci\u00f3n. Pero el padre me da a entender que es in\u00fatil, que no podr\u00e9 con ese cuerpo inerte y la furia de la corriente a s\u00f3lo treinta metros de la catarata. Dejo entonces el bracito de Karina, lo sujeto nuevamente de la banqueta y lo abandono como un madero flotante. El agua que me recibe al saltar es un agua fr\u00eda, viva, que me arrastra los pies a una velocidad mayor que la de la superficie. Intento flotar junto a H\u00e9l\u00e8ne y bracear y patalear con rabia hasta ganar con dificultad la orilla izquierda a s\u00f3lo diez metros del salto.<\/p>\n<p>La \u00faltima imagen que retengo es m\u00f3vil: quiere mostrarme la mancha oscura de la sotana al lado de otra multicolor que confunde carne y vestimentas, quiere mostrarme la curiara sumergi\u00e9ndose en la nebulosa de agua y el pem\u00f3n de pie que insiste en darle latigazos in\u00fatiles al motor. Ya de vuelta en Chantilly, no s\u00e9 qu\u00e9 orilla verdadera habr\u00e9 alcanzado ni qu\u00e9 tipo de salvaci\u00f3n. S\u00f3lo s\u00e9 que el curso del Aponwao corre por mis venas en lugar de mi sangre. Al cabo de los a\u00f1os, me limito a abrazar a H\u00e9l\u00e8ne en las noches de invierno y a sujetar, camino del colegio, la manito fr\u00eda de Nicole como si de la mano sumergida de Karina se tratara.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Tomado de: ficcionbreve.org<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Retrato de Patricia Andr\u00e9s anunci\u00f3 haber conocido a una francesa en Ch\u00e2telet. En pleno verano, hurg\u00e1ndola con los ojos desde una mesa cercana, le busc\u00f3 conversaci\u00f3n. Andr\u00e9s ech\u00f3 mano de sus habituales artificios: se invent\u00f3 una vida de administrador de empresas, confes\u00f3 estar de paso por Par\u00eds, admiti\u00f3 ser un conocedor de arte contempor\u00e1neo. 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