{"id":4546,"date":"2022-05-27T21:43:31","date_gmt":"2022-05-27T21:43:31","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4546"},"modified":"2023-11-24T18:30:42","modified_gmt":"2023-11-24T18:30:42","slug":"breve-biografia-de-ramon-mendez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/breve-biografia-de-ramon-mendez\/","title":{"rendered":"Breve biograf\u00eda de Ram\u00f3n M\u00e9ndez, alias \u201cmi padre\u201d"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez<\/h4>\n<p>En la infancia tuve siete padres y todos se llamaban Ram\u00f3n M\u00e9ndez.<\/p>\n<p>Desde muy peque\u00f1o, cuando me preguntaban por \u00e9l, contaba su vida con abundancia de detalles.<\/p>\n<p>Comprend\u00ed luego que los datos no siempre coincid\u00edan; algunos eran ciertos, otros eran intuiciones, la mayor parte de ellos derivaban de las palabras que yo tuviese a mano en cada momento.<\/p>\n<p>Nuestra historia com\u00fan era demasiado breve como para aspirar a la coherencia. Me abandon\u00f3 cuando yo era un beb\u00e9 de pocos meses y s\u00f3lo coincidimos en un breve acto legal que no es importante para esta narraci\u00f3n.<\/p>\n<p>De \u00e9l conservaba apenas un par de fotos; una con su uniforme de gala; blanco, con cordones dorados; otra de civil, con un traje marr\u00f3n y una corbata mal anudada. Tal vez debido a esas fotos uno de mis siete padres era un sub-oficial del ej\u00e9rcito. Y cierto es que la figura de ese militar resultaba la m\u00e1s pr\u00f3xima a la verdad, pues en otras ocasiones mi padre era marinero y viv\u00eda movi\u00e9ndose en barco por el mundo transportando mercanc\u00edas. En una tercera historia yo se\u00f1alaba que hab\u00eda sido un piloto de avi\u00f3n que intent\u00f3 evitar el bombardeo de La Moneda cuando el golpe contra Allende. Y tambi\u00e9n en ciertos momentos fue boxeador; un h\u00e1bil peso welter que sol\u00eda combatir en Nueva York y que tarde o temprano tendr\u00eda una oportunidad para luchar por el campeonato contra Sugar Ray Leonard. Hacia la adolescencia, Ram\u00f3n M\u00e9ndez se transform\u00f3 en un agente de inteligencia del CESID espa\u00f1ol; en un cantante de rancheras que viv\u00eda en Guadalajara dando conciertos para un selecto p\u00fablico; y finalmente, en un acaudalado hacendado en Apure que pose\u00eda miles de cabezas de ganado y paseaba a caballo por sus miles de hect\u00e1reas.<\/p>\n<p>Ahora que lo pienso, cada una de esas mutaciones no hablaban de \u00e9l. El modo en que yo lo constru\u00eda supongo corresponde a momentos de mi vida que olvid\u00e9 y que ya no importan. Mutaba, mut\u00e1bamos. Pero hab\u00eda una fijeza: su nombre. Pod\u00eda describirlo de mil maneras diferentes pero siempre le coloqu\u00e9 su nombre real como un \u00fanico indicio, como la escasa coherencia que \u00e9l pod\u00eda otorgarme.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por eso, cuando hace semanas yo caminaba por la calle Jugo de Maracaibo y trataba de localizar un lugar donde beberme una limonada, no supe muy bien qu\u00e9 hacer con esa figura renqueante que pas\u00f3 a mi lado gritando vers\u00edculos de la Biblia.<\/p>\n<p>Dud\u00e9. La luz. El calor. El sol zumbando en mis sienes. La sed clavada en la garganta como un pico de botella.<\/p>\n<p>Lo segu\u00ed unos metros. Adivin\u00e9 su espalda; las manos inmensas, los pies peque\u00f1os; luego camin\u00e9 delante de \u00e9l, distingu\u00ed su frente, sus lentes de miope. Al llegar a una esquina lo dej\u00e9 pasar: una sombra de aire espeso y loci\u00f3n de afeitar cubierta por ropas ajadas. Apoy\u00e9 la espalda en una pared. Me hab\u00eda pasado en muchos lugares del mundo; cre\u00eda reconocerlo y luego descubr\u00eda que se trataba de otra persona. Supuse que se trataba de una nueva confusi\u00f3n hasta que en una plaza vi que dos hombres lo saludaron a gritos pronunciando su nombre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Regres\u00e9 al hotel Kristoff. Me ech\u00e9 en la cama y puse el aire acondicionado a una temperatura tan baja que me tembl\u00f3 la mand\u00edbula. Quise dormir, pero al final tom\u00e9 notas de trabajo en mi cuaderno. Hab\u00eda venido a la ciudad para impregnarme del ambiente con que se iniciar\u00eda la serie de televisi\u00f3n que tres prestigiosos guionistas estaban preparando para una productora. Una historia de fronteras, narcos, guerrillas, cuyas acciones saltar\u00edan entre Maracaibo, Medell\u00edn, Ciudad Ju\u00e1rez y Miami. Nada que no se hubiese escrito o grabado antes, pero que por eso mismo conten\u00eda grandes posibilidades de \u00e9xito.<\/p>\n<p>Con los a\u00f1os yo me hab\u00eda resignado a mi talento. Un talento muy concreto. Nadie era mejor que yo escribiendo un programa piloto. Los mejores guionistas en espa\u00f1ol o en ingl\u00e9s me contrataban para que escribiese ese cap\u00edtulo inicial. Luego ellos continuaban el trabajo. Al parecer, mi habilidad se fatigaba al extenderse. El cansancio, y la abulia me tomaban cuando me tocaba escribir seis, doce, diez, treinta cap\u00edtulos. Eso era lo que se afirmaba en el medio, y por eso nadie me ped\u00eda formar parte estable de un equipo. Yo era el mejor abriendo una historia, pero all\u00ed deb\u00eda abandonarla en mejores manos.<\/p>\n<p>Ganaba buen dinero por ello. Yo era el encargado de abrir mundos que jam\u00e1s cerrar\u00eda. No albergaba quejas, ni aspiraciones. Y adem\u00e1s esta oportunidad, la nueva serie me permiti\u00f3 darme un salto a Venezuela, el lugar de d\u00f3nde me hab\u00eda marchado hac\u00eda much\u00edsimo tiempo.<\/p>\n<p>Mentir\u00eda si dijese que esperaba tropezar con mi padre. Cuarenta a\u00f1os hab\u00edan pasado desde la \u00faltima vez que nos vimos. Mentir\u00eda si dijese que no esperaba que una coincidencia nos acercase. Pero en los breves momentos en que imaginaba ese encuentro el escenario siempre era Caracas, la ciudad donde crec\u00ed, donde viv\u00eda mi padre cuando conoci\u00f3 a mam\u00e1 y la llen\u00f3 de promesas hasta dejarla tirada con un beb\u00e9 de pocos meses.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Abr\u00ed mi ordenador. Ped\u00ed que me subieran una limonada muy fr\u00eda a la habitaci\u00f3n y durante unos instantes pens\u00e9 si ser\u00eda posible escribir una historia sobre mi padre; una historia personal, \u00edntima, algo para m\u00ed, algo que no fuese un piloto pagado en d\u00f3lares por unos ejecutivos de M\u00e9xico o de Los \u00c1ngeles.<\/p>\n<p>\u201cRam\u00f3n M\u00e9ndez naci\u00f3 en un pueblo del estado M\u00e9rida en 1932. Sub oficial del ej\u00e9rcito, en alg\u00fan momento de los a\u00f1os sesenta recibi\u00f3 la oferta de incorporarse a la Academia militar para graduarse como oficial pero prefiri\u00f3 realizar estudios de nutrici\u00f3n en la universidad, y como dec\u00eda con pat\u00e9tico orgullo, fue el primer dietista hombre de Am\u00e9rica Latina.<\/p>\n<p>Sus tareas en las fuerzas armadas se ci\u00f1eron a vigilar la correcta alimentaci\u00f3n de la tropa. En los a\u00f1os ochenta, cuando hab\u00eda alcanzado el rango de Maestro T\u00e9cnico de Primera, no pudo justificar cierto desv\u00edo de dinero en las cuentas de la cocina por lo que sus superiores le exigieron solicitase la baja del ej\u00e9rcito\u201d.<\/p>\n<p>Mir\u00e9 mucho rato la pantalla y comprend\u00ed que no hab\u00eda mucho m\u00e1s que contar. Al menos yo no ten\u00eda mucho m\u00e1s para contar despu\u00e9s de a\u00f1os de infructuosas b\u00fasquedas. Ya no val\u00edan las ins\u00f3litas vidas que yo le hab\u00eda inventado en el colegio o en el Instituto para sorpresa de esos compa\u00f1eros m\u00edos que siempre tuvieron la gentileza de no advertir las contradicciones de mis historias.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Me ech\u00e9 en la cama y estuve un rato chateando con Ninoska, una de mis mejores amigas. Le cont\u00e9 lo sucedido. Pareci\u00f3 intrigada, pero luego me confes\u00f3 que su propio padre se encontraba enfermo en un hospital de Lima. Le di \u00e1nimos y envi\u00e9 saludos a aquel hombre al que hab\u00eda conocido en mis tiempos universitarios: un corpach\u00f3n sonriente que sol\u00eda invitar a los amigos de Ninoska a maravillosas parrillas en el patio de su casa.<\/p>\n<p>Cerr\u00e9 los ojos para dormir.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo mejor era apretar mis sesiones de trabajo y largarme de inmediato de Venezuela. Quiz\u00e1 a Per\u00fa, para ver a m\u00ed amiga, quiz\u00e1 a M\u00e9xico para reunirme con los guionistas que me hab\u00edan contratado. Largarme pronto. Ya.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente me coloqu\u00e9 en el mismo punto de la calle Jugo. Frente a mis ojos una casa resplandec\u00eda con un penetrante color uva; desde las otras fachadas brotaban resplandores amarillos, violetas, magentas, verdes. Durante unos instantes me sent\u00ed como una gota de aceite en la que estallaban tonalidades c\u00e1lidas, colores de fuego y agua.<\/p>\n<p>Lo vi acercarse de nuevo; llevaba la misma ropa del d\u00eda anterior, pero esta vez no daba gritos sino que apretaba entre sus manos una Biblia mugrienta. Se detuvo a tomar aire. Por su cojera, comprend\u00ed que ten\u00eda alg\u00fan problema en la cadera o en las rodillas. Sonre\u00ed. Ser\u00eda tan f\u00e1cil darle un empuj\u00f3n y dejarlo tirado en la calle como una de esas cucarachas que permanecen boca arriba, impotentes, desesperadas.<\/p>\n<p>El sol pareci\u00f3 arder sobre las nubes. Una llamarada g\u00e9lida recorri\u00f3 mi espalda cuando Ram\u00f3n M\u00e9ndez se detuvo a mi lado y me mir\u00f3. No soport\u00e9 la opacidad, la niebla cansada de esos ojos peque\u00f1os. Estuve a punto de correr, pero \u00e9l sonri\u00f3 unos instantes y luego retom\u00f3 su camino. Las piernas me temblaban.<\/p>\n<p>Regres\u00e9 al hotel y tom\u00e9 un mont\u00f3n de notas para el programa piloto. Trabaj\u00e9 horas y horas. S\u00f3lo me detuve para beber un par de limonadas y ducharme.<\/p>\n<p>Esa noche, cuando se fue apagando el cielo, sent\u00eda que acababa de subir y bajar una inmensa monta\u00f1a.<\/p>\n<p>Habl\u00e9 con Ninoska para saber sobre la salud de su padre. Dijo que continuaba estable en su gravedad. Le cont\u00e9 luego el encuentro en la calle Jugo; me advirti\u00f3 que a lo mejor Ram\u00f3n M\u00e9ndez me hab\u00eda reconocido. Salt\u00e9 al pensar en esa posibilidad. Despu\u00e9s mi amiga susurr\u00f3 que deber\u00eda abordarlo y hablar con \u00e9l; por lo que describ\u00eda sobre sus ropas quiz\u00e1 necesitar\u00eda dinero y como un gesto de reconciliaci\u00f3n yo pod\u00eda d\u00e1rselo. Re\u00ed. Pod\u00eda ser cierto, pero seg\u00fan cont\u00f3 mam\u00e1, Ram\u00f3n M\u00e9ndez sol\u00eda guardar billetes en un calcet\u00edn viejo. Gastaba muy poco y jam\u00e1s echaba mano de esos ahorros aunque la situaci\u00f3n de casa lo requiriese con urgencia.<\/p>\n<p>Cuando se march\u00f3, no dej\u00f3 ni un bol\u00edvar en casa. Tampoco realiz\u00f3 un solo giro o hizo llegar alg\u00fan regalo. A\u00f1os despu\u00e9s, un abogado y un juez lo obligaron a pasar una mensualidad miserable que lleg\u00f3 de forma discontinua y que desapareci\u00f3 por entero el mes que me hice mayor de edad.<\/p>\n<p>No. Lo juro. No estaba en mis planes responder a su miseria con actos generosos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Esa noche puse un bromazepan bajo mi lengua; me qued\u00e9 dormido mirando series en la tele.<\/p>\n<p>Dorm\u00ed la ma\u00f1ana entera y al mediod\u00eda contrat\u00e9 un taxi para que me llevase a Punta de Piedra; un pueblo desde el que pod\u00eda contemplarse el puente sobre el lago de Maracaibo y la silueta de la ciudad. Era un sitio perfecto para algunas escenas en la que los protagonistas pod\u00edan conversar sobre sus planes. Com\u00ed chivo en coco; beb\u00ed algunas cervezas y tom\u00e9 muchas notas.<\/p>\n<p>Estuve mucho rato mirando el puente: sus l\u00edneas perfectas, esa solidez con la que parec\u00eda flotar sobre las aguas. Luego contempl\u00e9 el lago. Me dijeron que estaba muy contaminado, pero eso no pod\u00eda adivinarse al mirar el parpadeo de sus peque\u00f1as olas, de sus corrientes: atm\u00f3sferas de zafiro y cuarzo, metales derretidos, cremosidad de tierra batida. Durante instantes, el tiempo desapareci\u00f3 y solo estuve detenido en la persistencia del agua. El lago respir\u00f3 dentro de m\u00ed: sus colores, su rumor, su extensi\u00f3n que parec\u00eda crecer hacia el cielo.<\/p>\n<p>Record\u00e9 la leyenda de los indios Arawak. All\u00ed se afirmaba que antes del lago en ese punto exist\u00eda una selva frondosa, hasta que una noche, indignado porque su hija se hab\u00eda marchado con un cazador a recitar versos, el dios del lugar abri\u00f3 la tierra con tal fuerza que los r\u00edos y el mar entraron con inmenso poder\u00edo y sepultaron a todos los seres que encontraron a su paso. Por eso motivo, ahora el lago tiene una sonoridad propia que no es la del mar ni la de las corrientes fluviales; una sonoridad susurrante que recuerda las voces de la hija del dios y de su amante.<\/p>\n<p>Regres\u00e9 a la calle Jugo. Perduraba en m\u00ed la visi\u00f3n del agua, sus voces h\u00famedas, solares. Era como si todos esos dioses que alguna vez vivieron dentro del lago hubiesen dejado en m\u00ed una peque\u00f1a se\u00f1al de silencio. Quer\u00eda vaciarme de palabras. No pensar; no decir. Quiz\u00e1 por eso mi mirada se adhiri\u00f3 a la figura de Ram\u00f3n M\u00e9ndez cuando apareci\u00f3 en la calle. Esta vez caminaba con mayor lentitud, como si el dolor de los huesos lo estuviese atormentando. Por segundos, pens\u00e9 en contarle que alguna vez fue un hacendado, un piloto de avi\u00f3n, un boxeador de peso welter, un marinero, un esp\u00eda, un cantante de rancheras, un militar heroico. Decirle s\u00f3lo eso y largarme. Dejarlo con la perplejidad de descubrir que dentro de su mezquino cuerpo convivieron las muchas personas que su ausencia traz\u00f3 dentro de mis palabras. Deseaba asomarlo al terror de ser tambi\u00e9n la hechura de mis historias; el agujero rellenado con frases sueltas que le fui colocando capa tras capa. Imagin\u00e9 que si le hablaba y le contaba eso, las siguientes noches no dormir\u00eda pensando que todos esos fantasmas viv\u00edan dentro de \u00e9l, reclamando un espacio, devor\u00e1ndolo.<\/p>\n<p>Pero cuando pas\u00f3 a mi lado, Ram\u00f3n M\u00e9ndez se detuvo, me tom\u00f3 por los dos brazos y dijo con voz asm\u00e1tica: \u201cHijo m\u00edo, hijo m\u00edo\u2026Cristo, te ama. No lo olvides, Cristo te ama\u201d.<\/p>\n<p>Lo vi marcharse. Quise respirar hondo, pero el aire palpitaba como fuego.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No hubo tiempo para confusiones o dudas porque en la siguiente esquina tropez\u00f3 con una mujer que llevaba una minifalda azul y una camiseta blanca y tambi\u00e9n le grit\u00f3: \u201chija m\u00eda, hija m\u00eda, Cristo te ama\u201d.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Esa noche habl\u00e9 un buen rato con Ninoska. No le cont\u00e9 lo sucedido. Ella parec\u00eda ausente. Me refer\u00eda con palabras lentas los comentarios de los m\u00e9dicos. Malas noticias; p\u00e9simas previsiones. Su padre se consum\u00eda en una cama, lejano, ausente, recorrido tan s\u00f3lo por quejidos que de tanto en tanto brotaban de su boca como una se\u00f1al de rendici\u00f3n y derrota.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfSabes qu\u00e9 hizo cuando muy peque\u00f1a tuve una neumon\u00eda?- acot\u00f3-, me llev\u00f3 a su cuarto y me acost\u00f3 al lado de mi madre, y \u00e9l se sent\u00f3 en una silla para vigilar toda la noche, cada noche. No durmi\u00f3 durante d\u00edas. Yo lo ve\u00eda con los ojos enrojecidos y el rostro demacrado, acariciando con cansancio el term\u00f3metro y las medicinas.<\/p>\n<p>Baj\u00e9 al restaurante del hotel y continu\u00e9 tomando notas. Com\u00ed un s\u00e1ndwich, beb\u00ed una gaseosa. A mi lado, una pareja de canadienses hablaba entre ellos. Escuch\u00e9 que la mujer le contaba al marido la historia de la Virgen de Chiquinquir\u00e1. Al parecer, en el siglo XVIII una lavandera encontr\u00f3 una tablita en el lago y al llevarla a casa descubri\u00f3 la milagrosa imagen de la virgen, por lo que ahora Maracaibo la adoraba en la principal iglesia de la ciudad.<\/p>\n<p>\u201cEl lago, el lago\u201d, pens\u00e9, y pude contemplar esa superficie de agua como una palpitaci\u00f3n enferma que acompa\u00f1aba a la ciudad, que la reflejaba y la volv\u00eda un temblor h\u00famedo. Desde all\u00ed, antes, ahora, surg\u00edan los dioses que acompa\u00f1aban el lugar.<\/p>\n<p>Esa misma noche so\u00f1\u00e9 que mi padre y yo camin\u00e1bamos en el fondo del lago; envueltos en burbujas, en petr\u00f3leo, en arena. Al despertar, corr\u00ed al ba\u00f1o y escup\u00ed varias veces: un amargo sabor de sal me llenaba la boca.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Camin\u00e9 por las calles que frecuentaba Ram\u00f3n M\u00e9ndez, pero a horas distintas a las que \u00e9l sol\u00edan transitarlas. Habl\u00e9 con algunas personas; logr\u00e9 sacarles datos. El anciano viv\u00eda con una prima y se hab\u00eda convertido en evang\u00e9lico desde hac\u00eda un par de a\u00f1os. A partir de ese momento recorr\u00eda las plazas para predicar la palabra y amenazar a las personas con los infinitos males que caer\u00edan sobre la ciudad si ellos no se redim\u00edan. Sonre\u00ed. Mi padre hab\u00eda conocido la salvaci\u00f3n; l\u00e1stima que yo nunca entr\u00e9 en ella.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En la tarde visit\u00e9 el Hotel Baralt. Un lugar en ruinas; lleno de habitaciones oscuras, colchones llenos de orine, semen, heces. En un pasillo encontr\u00e9 una m\u00e1quina de escribir. La acarici\u00e9 con la yema de mi dedo. A un lado, las ventanas se encontraban cubiertas por cartones agujereados.<\/p>\n<p>La luz en ese lugar se transformaba en textura de vidrio sucio, de tela polvorienta. Era un sitio perfecto para ubicar all\u00ed un crimen que diese pie a buena parte del programa piloto.<\/p>\n<p>Le ped\u00ed al taxista que diese una vuelta por la ciudad. \u00cdbamos con el aire acondicionado al m\u00e1ximo, pero un zumbido recorr\u00eda mi cabeza de punta a punta. Pens\u00e9 en mi padre; pens\u00e9 en el Hotel Baralt. Son\u00e9 m\u00ed nariz con un pa\u00f1uelo. Un olor a encierro, agua empozada y loci\u00f3n de afeitar inund\u00f3 el carro.<\/p>\n<p>Cuando llegu\u00e9 a mi habitaci\u00f3n en el Kristoff encend\u00ed otra vez el ordenador. Cre\u00eda tener una buena idea para un cuento. Una ma\u00f1ana, el empleado del Hotel Baralt descubr\u00eda que durante la noche se hab\u00edan suicidado siete personas en distintas habitaciones. Un militar retirado, un boxeador, un esp\u00eda, un ganadero, un piloto, un cantante de rancheras, un marinero. Qued\u00e9 un buen rato frente a la pantalla. S\u00f3lo alcanc\u00e9 a escribir: \u201cAl amanecer, el sol pareci\u00f3 hundirse en las aguas del lago\u2026\u201d.<\/p>\n<p>Habl\u00e9 otra vez con Ninoska. Me cost\u00f3 descifrar sus frases entrecortadas. Mezclaba tiempos, historias. Su padre empeoraba. Tan s\u00f3lo comprend\u00ed que un sacerdote hab\u00eda pasado esa ma\u00f1ana para visitarlo.<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana siguiente volv\u00ed a Punta de Piedra.<\/p>\n<p>Camin\u00e9 un trecho hasta que la proximidad del lago me detuvo junto a dos \u00e1rboles. Apoy\u00e9 mis manos en los troncos. Mir\u00e9 a los lados, mir\u00e9 a mis espaldas. El sol rechinaba sobre la tierra. No vi ni un alma. Un aire c\u00e1lido ara\u00f1\u00f3 mi rostro. Contempl\u00e9 el lago y me arrodill\u00e9.<\/p>\n<p>\u201cSi necesitan llevarse a alguien; si es necesario que el tiempo se cumpla otra vez en una persona, les ofrezco a Ram\u00f3n M\u00e9ndez. \u00c9l y sus siete vidas in\u00fatiles ya pueden marcharse; ll\u00e9venselo a \u00e9l y dejen en paz al padre de Ninoska\u201d.<\/p>\n<p>Lo que dije fue mucho m\u00e1s largo. Estuve un rato balbuceando palabras, como si estuviese tirando de un hilo que se resist\u00eda. Varias veces me detuve a tomar aire; la atm\u00f3sfera: pesada, viscosa, burbujeaba en mis pulmones. Rezar para m\u00ed era dif\u00edcil. No ten\u00eda fe; jam\u00e1s la tuve. Por eso pensaba que mi gesto pod\u00eda ser a\u00fan m\u00e1s valioso. Para los creyentes el rezo es una comunicaci\u00f3n natural; para m\u00ed era un acto impropio. Rezaba contra m\u00ed mismo; a pesar de m\u00ed mismo, como si esas palabras fuesen una botella lanzada al agua con un mensaje que buscaba una remota respuesta.<\/p>\n<p>Apret\u00e9 los p\u00e1rpados. Mis manos unidas hicieron fuerza hasta que me hice da\u00f1o en los dedos. El lago, apacible, brillaba en sus orillas con espumas plateadas.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfVos sab\u00e9is d\u00f3nde est\u00e1 Rafito?<\/p>\n<p>La mujer se detuvo junto a m\u00ed, acomod\u00f3 el mont\u00f3n de bolsas que llevaba en la mano y sigui\u00f3 conversando por el m\u00f3vil. Durante varios segundos continu\u00f3 preguntando por una persona. Resoplaba furiosa, iracunda. Me mir\u00f3 de reojo. Continu\u00f3 caminando y escuch\u00e9 con nitidez el ruido de sus tacones alej\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Apoy\u00e9 mis manos en la pared color uva. Sent\u00ed el calor recorriendo mis dedos. Mir\u00e9 la hora. Volv\u00ed a mirarla. Necesitaba una limonada en los pr\u00f3ximos minutos, pero era necesario esperar. Una bandada de guacamayas atraves\u00f3 el cielo: pens\u00e9 en letras coloridas flotando sobre una p\u00e1gina.<\/p>\n<p>Lo vi. Una vez m\u00e1s.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ram\u00f3n M\u00e9ndez gir\u00f3 en la esquina. Me observ\u00f3 y cruz\u00f3 la calle para no pasar a mi lado. Al otro lado de la acera alz\u00f3 la Biblia y grit\u00f3: \u201cCristo te ama, Cristo te ama\u201d. Parec\u00eda tener menos dolores en el cuerpo porque su paso fue r\u00e1pido y me record\u00f3 a un potrillo. Lo mir\u00e9 mucho rato. Se fue haciendo peque\u00f1o hasta que el sol reverberante lo envolvi\u00f3 en una luz blanca y ya no pude distinguir su silueta.<\/p>\n<p>Regres\u00e9 a mi hotel. Pregunt\u00e9 a los botones si era posible mirar el lago desde alguna de sus ventanas y me advirtieron que no. Ped\u00ed que me subieran una limonada con mucho hielo. En la habitaci\u00f3n me quit\u00e9 la ropa y la lanc\u00e9 sobre un sof\u00e1. Permanec\u00ed en la orilla de la cama mucho rato. Sin moverme.<\/p>\n<p>Una llamada son\u00f3 en mi m\u00f3vil. Ninoska. Supe lo que iba a contarme. Lo dej\u00e9 sonar y sonar. Llam\u00f3 tres veces m\u00e1s pero no respond\u00ed. Luego entr\u00e9 a Internet y compr\u00e9 un billete para M\u00e9xico DF. Un botones toc\u00f3 mi puerta y me entreg\u00f3 la limonada. La coloqu\u00e9 en una mesa. La dej\u00e9 all\u00ed, sin probarla, hasta que sus hielos se derritieron y se convirti\u00f3 en una sopa \u00e1cida.<\/p>\n<p>Hund\u00ed los dedos en el vaso. Mir\u00e9 mis ropas deshechas, tiradas en desorden.<\/p>\n<p>Imagin\u00e9 el lago: agua hueca, agua sin fondo, agua sorda. Un abismo en el que ahora s\u00f3lo viv\u00edan burbujas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-mendez-guedez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Fuente de la imagen: https:\/\/steemit.com\/cervantes\/@wmarcial09<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez En la infancia tuve siete padres y todos se llamaban Ram\u00f3n M\u00e9ndez. Desde muy peque\u00f1o, cuando me preguntaban por \u00e9l, contaba su vida con abundancia de detalles. 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