{"id":4498,"date":"2022-05-22T15:48:07","date_gmt":"2022-05-22T15:48:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4498"},"modified":"2023-11-24T18:30:47","modified_gmt":"2023-11-24T18:30:47","slug":"la-ciudad-de-nadie","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-ciudad-de-nadie\/","title":{"rendered":"La ciudad de nadie (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\"><strong>Arturo Uslar Pietri<\/strong><\/h4>\n<p><em>A Isabel<\/em><\/p>\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n<p>En 1528 Giovanni Verrazzano mor\u00eda colgado de una verga en una nave espa\u00f1ola. Aquella mirada que se bambole\u00f3 en agon\u00eda de p\u00e9ndulo del azul de babor al azul de estribor fue la primera que contempl\u00f3 la bah\u00eda, y el r\u00edo y la isla llena de \u00e1rboles en soledad. La isla fue Angolema; el r\u00edo, Vandoma y la bah\u00eda, Santa Margarita. Unos nombres que ven\u00edan de la corte de Francia y que pasaron por sobre la soledad como un vuelo de golondrinas.<\/p>\n<p>Durante ochenta y cinco a\u00f1os m\u00e1s no se oyen sino el canto del p\u00e1jaro, el rumor de la marea, el silbido de la flecha del indio, o el eco de los pies que danzan las danzas ceremoniales.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, asoma por la bah\u00eda la \u00abMedia Luna\u00bb con todas las velas desplegadas. Era el velero en que el capit\u00e1n Henry Hudson ven\u00eda buscando el paso del Noroeste para los holandeses. Lo que encuentran es aquel r\u00edo que llaman de las Monta\u00f1as y muchas ricas pieles que tienden los indios de la isla. Pieles para el fr\u00edo de los holandeses y para el comercio de los holandeses. Pieles que m\u00e1s tarde no tuvo Henry Hudson cuando, buscando el paso m\u00e1s al norte, la tripulaci\u00f3n lo abandon\u00f3 en un bote a los hielos boreales.<\/p>\n<p>Los gruesos y cabeceantes barcos holandeses siguieron viniendo a la isla a buscar pieles. Bajaban a tierra por el d\u00eda y daban a los indios unos trapos rojos, unas cuentas de vidrio, un pedazo de espejo a cambio de pieles de castor, de zorro, de ardilla, de conejo salvaje. La noche la pasaban en el barco. Y cuando la sentina estaba llena, alzaban la remendada vela y rodaban con el viento por la bah\u00eda hacia el mar.<\/p>\n<p>Hasta que un d\u00eda del invierno de 1613 se le incendi\u00f3 el barco a Adri\u00e1n Block. Se llamaba \u00abTigre\u00bb y se puso amarillo y fiero de fuego entre la niebla gris y los gritos grises de las gaviotas. Adri\u00e1n Block tuvo que construir una choza para pasar el invierno con su gente. Y all\u00ed empez\u00f3 la ciudad.<\/p>\n<p>Diez a\u00f1os m\u00e1s tarde ya hab\u00edan trazado una calle, ya llamaban a la tierra Nueva B\u00e9lgica, ya ten\u00edan un gobernador holand\u00e9s y un sello. El sello ostentaba en el centro una piel de castor extendida.<\/p>\n<p>Los indios parec\u00edan llamarse Manados o Manhattan. El gobernador Peter Minuit, con su sombrero de copa y sus calzones abombados, rodeado de rojos soldados armados de arcabuces, les compr\u00f3 la isla a los indio El cacique ven\u00eda envuelto en sus pieles. Peter Minuit fue poniendo en el suelo cuentas de vidrio, adornos de cobre, pedazos de telas, alg\u00fan cuchillo. Los rechonchos tratantes iban sacando mentalmente la cuenta: cinco pesos, dieciocho pesos, veinticuatro pesos.<\/p>\n<p>Luego emprendi\u00f3 la construcci\u00f3n de un fuerte de piedra en forma de tortuga, que se llam\u00f3 fuerte Amsterdam, levant\u00f3 una empalizada protectora en torno a las casas, dividi\u00f3 la tierra en granjas, en bouweries holandesas y la ciudad de Nueva Amsterdam empez\u00f3 a crecer hasta tener doscientos habitantes.<\/p>\n<p>Diez a\u00f1os m\u00e1s tarde hubo la primera guerra con los indios y se construy\u00f3 una valla para la defensa del poblado. A lo largo de ella se extendi\u00f3 la calle de la valla, a la que los ingleses llamaron despu\u00e9s \u00abWall Street\u00bb.<\/p>\n<p>Se sembr\u00f3 trigo, se trajeron ganados, se sucedieron los gobernadores holandeses. El \u00faltimo ten\u00eda una pierna de palo y se llamaba Peter Stuyvesant. Y no encontr\u00f3 entre sus gobernados quienes quisieran ayudarlo a resistir cuando los ingleses vinieron a tomar la isla. Nadie quer\u00eda hacerse matar con los negocios tan pr\u00f3speros.<\/p>\n<p>La ciudad hubo de llamarse Nueva York, por el hermano del rey de Inglaterra y el fuerte, Jaime, por el rey. Y en el escudo de la \u00abNova Ebora\u00bb, la piel del castor se redujo a un rinc\u00f3n para dejar el lugar a las aspas de un molino y a dos barriles de harina.<\/p>\n<p>Era un reducto de comerciantes ingleses y holandeses en el extremo meridional de la isla que hab\u00eda sido de los indios. Se comerciaba con Europa, con las Antillas, con la harina de los colonos, las pieles de los indios y las melazas de los antillanos. Se comerciaba con los piratas que tra\u00edan ricos botines del Golfo de M\u00e9xico. En rojas casas de ladrillo viv\u00eda los rubicundos mercaderes.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n hab\u00eda negros. En la calle donde estuvo la valla pusieron, mercado de esclavos. Los panzudos mercaderes ven\u00edan los d\u00edas de subasta, ven\u00edan los negros hacinados, los mandaban a levantarse para observarles la musculatura, les hac\u00edan abrir la boca para mirarles los dientes y se llevaban finalmente uno solo, o una pareja, o una familia entera. Resultaban buenos los negros. Hubo un momento en que hubo m\u00e1s negros de servidumbre que colorados comerciantes. Lo que era peligroso. Se tomaron providencias. Se les prohibi\u00f3 hablar, reunirse o salir de noche. Se les vigilaba.<\/p>\n<p>Hasta que Mary Burton se present\u00f3 un d\u00eda diciendo que los negros ten\u00edan una conspiraci\u00f3n para asesinar a los blancos. Y los blancos se adelantaron a asesinar a los negros. Todos los negros que se\u00f1alaba Mary Burton fueron ejecutados. Hasta que Mary Burton desapareci\u00f3 y las gentes se olvidaron de su historia.<\/p>\n<p>Los negocios eran m\u00e1s pr\u00f3speros que nunca. El ron, la melaza y los negros serv\u00edan para hacer grandes fortunas. El puerto se llenaba de velas que ven\u00edan de los m\u00e1s lejanos mares. La mancha de la peque\u00f1a ciudad iba trepando por el campo de la isla.<\/p>\n<p>Todo iba bien, pero a los ingleses se les ocurri\u00f3 cobrar nuevos impuestos. Y las gentes se lanzaron a protestar. Los pesados comerciantes salieron de sus almacenes m\u00e1s rojos a\u00fan con la indignaci\u00f3n. Las gentes del pueblo se echaron a la calle a dar voces y a buscar pelea. Hubo tiros con los soldados ingleses.<\/p>\n<p>Un d\u00eda vino de Boston el general Washington a leer la Declaraci\u00f3n de Independencia proclamada por la Convenci\u00f3n reunida en Filadelfia. En esa larga hora de crisis, mala para los negocios, el hombre que representa la ciudad es Hamilton. El que m\u00e1s va a trabajar para que la rep\u00fablica sea buena para los negocios. Funda bancos y empresas, organiza las finanzas de la nueva rep\u00fablica para que no pesen sobre la bolsa de los comerciantes. Organiza la primera gran parada que recorre las calles de Nueva York. Con un gran velero de madera y papel que representa la Constituci\u00f3n y millares de gentes en traje de fiesta desfilando durante horas por la calle. Coloca a la ciudad bajo la perpetua advocaci\u00f3n de las paradas, que desde entonces ya no cesar\u00e1n. Habr\u00e1 infinitos desfiles. Todo se resolver\u00e1 en un desfile, con carrozas, con mu\u00f1ecos, con disfraces, con estandartes, con fant\u00e1sticos uniformes. Con una muchacha de lindas piernas que, vestida de tambor mayor, hace piruetas a la cabeza.<\/p>\n<p>Es grande la ciudad que ha visto el desfile de Hamilton. Tiene cerca de sesenta mil habitantes. Que son los mismos que se apretujan en una estrecha calle para ver a Washington juramentarse como el primer Presidente de la Uni\u00f3n. Ya hay numerosos coches de caballos que recorren las calles. Y hasta algunos edificios de tres pisos. Pero todav\u00eda el Presidente, para hacer ejercicio, puede darle por la tarde la vuelta entera a pie.<\/p>\n<p>Diez a\u00f1os despu\u00e9s entra el siglo XIX. Las campanas que anuncian la primera hora del a\u00f1o nuevo anuncian el comienzo de un prodigio. El nacimiento de una ciudad universal que a nada se parece, que va a ser independiente de los seres que la pueblan y que va a crear formas de vida que no parecen corresponder a la dimensi\u00f3n ni al ritmo del hombre. La gran feria y la parada perpetua a la que vendr\u00e1n hombres de toda la tierra a admirarse de ser hombres.<\/p>\n<p>La primera cosa extra\u00f1a que ocurre es que un d\u00eda, un exc\u00e9ntrico, llamado Robert Fulton, echa al r\u00edo un barco que en lugar de velas tiene humo y que, sin embargo, navega.<\/p>\n<p>Desde entonces las cosas cambian y parecen precipitarse. Empiezan a llegar barcos llenos de inmigrantes. Vienen irlandeses, italianos, polacos, alemanes. Se concentran en barrios propios donde resuena la lengua materna y predomina el color del viejo pa\u00eds.<\/p>\n<p>Cuando han pasado veinte a\u00f1os del siglo ya la poblaci\u00f3n ha doblado. Ha doblado en cantidad y en velocidad. Empieza a haber una rapidez desconocida. El so\u00f1oliento inmigrante se sacude al desembarcar y comienza a andar de prisa. Ya la ciudad es tan grande que tiene un tranv\u00eda de caballos. Y un d\u00eda por la ma\u00f1ana se llena de los gritos de unos muchachos que llevan el primer peri\u00f3dico de a centavo y vocean las noticias.<\/p>\n<p>Se empiezan a llenar de casas las calles cuadriculadas que han sido trazadas m\u00e1s all\u00e1 del nido de lombrices de las callejas de la vieja ciudad. Para 1840 ha vuelto a doblar la poblaci\u00f3n. Las calles est\u00e1n llenas de hombres de altas chisteras y abullonadas levitas. Se abren los primeros trenes y los primeros tel\u00e9grafos. Hay unas tabernas inmensas, llenas de cobres brillantes y de l\u00e1mparas, en cuyas mesas se hacen negocios, se conciertan contrabandos, se planean expediciones para el interior y se sienta, con otras gentes raras, un p\u00e1lido caballero atormentado que se llama Edgar Allan Poe.<\/p>\n<p>Para 1860 ya hay m\u00e1s de ochocientos mil habitantes en la isla. Los Bancos empiezan a parecer palacios, las estaciones de los trenes ferias, las tiendas tumultos. Unos hombres anchos y rudos que vienen del Oeste hacen crujir las pulidas tablas de las tabernas. Junto al piano est\u00e1 el escenario, donde unas muchachas gordas levantan las piernas entre muchos trapos mientras cantan una canci\u00f3n que los parroquianos acompa\u00f1an con la cabeza. Los magnates ferrocarrileros construyen mansiones laber\u00ednticas. El comedor es la nave de una catedral g\u00f3tica, el sal\u00f3n es la sala de armas de un fuerte rom\u00e1nico, la biblioteca viene de un castillo alem\u00e1n rococ\u00f3. Jim Brady, el de los diamantes, resplandece como una constelaci\u00f3n. Debajo de una profusi\u00f3n de mecheros de gas.<\/p>\n<p>La ciudad pasa de la mitad de la isla cuando empieza a recorrerla el estruendo del primer tren elevado. Es por el mismo tiempo en que, como un gran esqueleto de dinosaurio, el puente de Brooklyn se extiende y se extiende sobre el r\u00edo, sin quebrarse, hasta unir las dos orillas. Desde los edificios de diez pisos se divisa el puente descarnado como un juguete roto.<\/p>\n<p>Poco tiempo despu\u00e9s se levanta en la bah\u00eda la estatua de la Libertad. Un fantasma de bronce neblinoso que va a personificar la nueva ciudad. Son los alegres a\u00f1os del noventa. Los ricos negociantes invitan a comer a las bellas contraltos. Vienen marqueses y condes de Europa a casarse con las hijas de los magnates ferrocarrileros. Hay alumbrado el\u00e9ctrico. El hotel Waldorf Astoria se alza en la Quinta Avenida como un palacio encantado. En labrados salones una servidumbre de circo trae dif\u00edciles platos, cuyos nombres s\u00f3lo se pueden escribir en franc\u00e9s. Los j\u00f3venes ricos, de bigote recortado y pulidas u\u00f1as y la muchacha ahogada en encajes y sedas miran con asombro al negro de turbante, pantalonesbombachos verdes y babuchas rojas que trae un complicado instrumental de cobres y porcelana para servir el caf\u00e9. La luz parpadea cuando alg\u00fan millonario enciende el cigarro con un billete de cien d\u00f3lares.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s se hunde el Titanic y viene la Primera Guerra Mundial. Ya la ciudad alcanza los extremos de la isla, las calles empiezan a llenarse de autom\u00f3viles de todos los colores y adem\u00e1s de los elevados corren los trenes subterr\u00e1neos. Se han construido rascacielos. La estructura de acero se disfraza de motivos g\u00f3ticos.<\/p>\n<p>Cuando termina la guerra la ciudad entra en una vida febril y expansiva. A la muchacha de Gibson con su mo\u00f1o y sus encajes sucede la <em>Flapper<\/em>. Una falda corta, un zapato puntiagudo, unos andares masculinos, una breve melena laqueada, un cigarrillo en la boca, un sombrero de campana y un traje sin cintura. Los hombres que la acompa\u00f1an usan estrechos pantalones y largos sacos. Y entran apresuradamente a las tabernas clandestinas donde se vende el peligroso whisky de los contrabandistas.<\/p>\n<p>La trepidaci\u00f3n de la ciudad, la trepidaci\u00f3n de los trenes elevados y subterr\u00e1neos, de las m\u00e1quinas de remachar, del taconeo apresurado de la muchedumbre, se ha convertido en m\u00fasica. Es la era del jazz. Algunos sax\u00f3fonos parece que van a llorar estrangulados. Al Jolson clama convulsamente por su madre, pintado de negro. La m\u00fasica canta a Chicago, a <em>Sussie<\/em>, a las tiendas de bananas, a la tristeza de San Luis. Charlie Chaplin huye por unos callejones arrastrando un ni\u00f1o.<\/p>\n<p>Los g\u00e1ngsters usan clavel en el ojal y ametralladora Thompson envuelta en el abrigo. El tableteo de las lejanas ametralladoras suena como las m\u00e1quinas de escribir en las oficinas. Texas Guinan se ba\u00f1a desnuda en una piscina de champa\u00f1a. Rodolfo Valentino se muere y toda la ciudad se llena de mujeres llorosas que acaban de salir del hospital.<\/p>\n<p>El edificio Woolworth sube a sesenta pisos, el edificio R. C. A. llega a setenta pisos, el Chrysler a setenta y siete, el Empire State a ciento dos.<\/p>\n<p>Jimmy Walker, el alcalde, es tan buen mozo como un actor, tan gastador como un g\u00e1ngster, tan poderoso como un banquero, tan atractivo como un campe\u00f3n de polo, tan elegante como el Pr\u00edncipe de Gales, tan galante como un h\u00e9roe de novela. Cinco millones de personas est\u00e1n enamoradas de \u00e9l. Y \u00e9l sale de los teatros resplandecientes para entrar en los dancings dorados y de los dancings para llegar, con dos horas de retraso, a presidir las m\u00e1s esplendorosas y resonantes paradas que la ciudad ha visto.<\/p>\n<p>Cuando las gentes alzan la cabeza hacia el cielo es para ver las grandes letras de humo que ha trazado un avi\u00f3n: \u00abTome Coca Cola\u00bb.<\/p>\n<p>Todos se van a hacer ricos. El hombre que friega los portales sue\u00f1a con tener un yate. El yate de m\u00edster Morgan cost\u00f3 tres millones de d\u00f3lares. Las acciones suben en la Bolsa, tan r\u00e1pidas como los pisos de los rascacielos. Todo el mundo puede especular.<\/p>\n<p>Hasta que ocurre el p\u00e1nico de 1929. Los que ten\u00edan una oficina de cristales en el piso sesenta se tiran por la ventana, o bajan a vender manzanas a la acera. Las calles se llenan de vendedores de manzanas. Los teatros se quedan solos y apagados. Las largas colas de los que buscan empleo se apretujan a las puertas de las agencias. Los peri\u00f3dicos se llenan de avisos en letra menuda en los que se ofrecen en venta toda clase de cosas y se solicitan empleos de toda especie. Los bancos de las plazas se llenan de hombres sin afeitarse.<\/p>\n<p>Las gentes oyen los radios. No hay sino malas noticias. Habla el padre Coughlin y dice que hay que reformarlo todo, que se ha vivido en pecado contra la justicia social, que la culpa de los males la tienen los jud\u00edos. Los hombres barbudos escupen con odio debajo de las tres bolas de oro de la tienda del prestamista donde acaban de dejar el marco de plata del viejo retrato de la familia. Nadie compra manzanas. Por el radio tambi\u00e9n se oye la voz de un nuevo Presidente que habla desde Washington. \u00abNo hay que temer sino al temor\u00bb, dice.<\/p>\n<p>Comienza la recuperaci\u00f3n econ\u00f3mica. Ahora no s\u00f3lo habla el radio sino que hablan las pel\u00edculas. La isla va sintiendo cada vez m\u00e1s su propio esp\u00edritu y su peculiar car\u00e1cter. Sus rasgos se acent\u00faan y definen con el cese de la copiosa inmigraci\u00f3n. No se parece siquiera a los burgos que le han incorporado. Est\u00e1 en medio del r\u00edo como un buque, como un buque en viaje en el agua fugitiva, sin contacto posible con los burgos que se divisan en las lejanas orillas.<\/p>\n<p>En donde deber\u00eda estar la chimenea del barco se levantan las torres cuadrangulares de Rockefeller Center. Es la ciudad de la radio que va a constituirse en arquetipo de la isla. En gir\u00f3scopo del barco. En un hueco est\u00e1 la plaza de hielo desde donde los patinadores ven alzarse la torre de setenta pisos toda en piedra limpia y vidrio. A la altura de las cabezas hay fuentes, jardines y tiendas. En el extremo oeste, el teatro m\u00e1s grande y dorado del mundo. En el lindero oriental se alza el edificio de la Gran Breta\u00f1a, oloroso a tiendas de tabaco, cuero y agua de colonia; el edificio de Francia, colgado de carteles de turismo. Al edificio de Italia le cubren el nombre y la moldura de la fachada donde estaba tallada el hacha del lictor. Es la Segunda Guerra Mundial.<\/p>\n<p>La ciudad desaparece en el silencio y en la sombra. No se encienden luces por la noche. Parece que todos los hombres se han marchado. Cuando suena una sirena todos alzan la cabeza hacia el cielo fr\u00edo y abierto. Podr\u00eda ser el aviso de una escuadrilla de aviones enemigos. La primera bomba de cuatro toneladas convertir\u00eda en granizo todo un rascacielos. Las calles se cubrir\u00edan de monta\u00f1as de escombros. Cinco cuadras m\u00e1s all\u00e1 otro rascacielos. En el tir\u00f3n de las ra\u00edces se cegar\u00edan los t\u00faneles del tren subterr\u00e1neo. Saldr\u00edan melenas de cables chisporroteantes por todos los huecos. Cuando los \u00faltimos surtidores y cataratas de escombros hubieran ca\u00eddo no quedar\u00eda nadie vivo entre los grises cr\u00e1teres. Pero el mugido de la sirena se pierde y acaba sin que se haya o\u00eddo ninguna detonaci\u00f3n. Las mujeres de uniforme vuelven a apresurar el paso.<\/p>\n<p>Al terminar la guerra hubo una alegr\u00eda seca y breve. Terminaba en Europa y segu\u00eda en Asia. Hubo que numerar los d\u00edas. Primero fue el d\u00eda \u00abV.E.\u00bb, despu\u00e9s \u00abV.J.\u00bb. Todo el mundo estaba sobrecogido con la bomba at\u00f3mica. Muchos hablaban de una crisis inminente. De millones de desempleados.<\/p>\n<p>La isla se hizo m\u00e1s peque\u00f1a que nunca. Todas las gentes que regresaban de la guerra no parec\u00edan caber en ella. No hab\u00eda habitaciones en los hoteles, no hab\u00eda apartamentos desocupados. Un veterano, con su mujer, sus hijos y sus muebles se instal\u00f3 a vivir en un bote a la orilla del r\u00edo; otros acamparon en el Central Park. Aprisa acud\u00edan la polic\u00eda y los fot\u00f3grafos. Una tienda anunci\u00f3 que vend\u00eda medias de nylon y se forma una cola de mujeres y hombres que le daba la vuelta a la manzana.<\/p>\n<p>M\u00e1s que nunca las tiendas parecieron tumultos y los hoteles ferias y las calles procesiones. La isla era cada vez m\u00e1s un buque lleno de turistas apresurados.<\/p>\n<p>En los bares apareci\u00f3 la televisi\u00f3n. Cada vez que el parroquiano, en la penumbra, sube los ojos del vaso de cerveza, mira las grises sombras de dos boxeadores que se pegan, o la cara angustiada del hombre que est\u00e1 tratando de contestar a la pregunta de setenta y cuatro d\u00f3lares: \u00ab\u00bfQui\u00e9n anot\u00f3 la primera carrera en las series mundiales de baseball en 1913?\u00bb. O \u00ab\u00bfCu\u00e1l es el que llaman el Estado del Oso, entre los de la Uni\u00f3n Americana?\u00bb.<\/p>\n<p>Cuatro millones de voces suenan por cuatro millones de tel\u00e9fonos. Dando y recibiendo noticias. Porque cada tres minutos hay un matrimonio y cada cinco minutos nace un ni\u00f1o y cada doce horas asesinan a una persona. Y si la mujer que contesta al tel\u00e9fono, de primera palabra dice el nombre de aquel cereal para el desayuno, gana un abrigo de vis\u00f3n, una refrigeradora, un bote de remos, la pintura de una casa y un pasaje por avi\u00f3n para el \u00c1frica del Sur.<\/p>\n<p>Y tambi\u00e9n cada cierto tiempo un visitante de la torre de observaci\u00f3n, sobre el piso cent\u00e9simo segundo del edificio \u00abEmpire State\u00bb se lanza bruscamente al aire. Se podr\u00edan contar los largos segundos que tarda en estrellarse sobre el pavimento de la calle. Pero, sin duda, tiene tiempo de vislumbrar la isla como un barco cabeceante. Casi lo mismo que, en el bamboleo de su cuerda de ahorcado, vio Verrazzano el barco en que mor\u00eda.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>Donde se mec\u00edan, al viento del estuario del Hudson, los tulipanes de la Nueva Amsterdam, se alzan ahora las inmensas torres de la baja Nueva York. Quiz\u00e1 nada exprese mejor el contraste entre lo que fue y lo que es, que la brutal diferencia entre un tulip\u00e1n y un rascacielos, que es casi la misma que hay entre un burgu\u00e9s de los Pa\u00edses Bajos que fuma su pipa de espuma, lee su Erasmo, cultiva las flores y los repollos de su huerta, y cuida de su barba en el oro de luz que entra por la emplomada vidriera que dej\u00f3 entreabierta Vermeer, y uno de esos atareados seres que pululan entre los sombr\u00edos troncos de las inmensas y api\u00f1adas torres.<\/p>\n<p>De la vieja villa holandesa, a la orilla del mar, con su fuerte, su muralla, sus galeones y su burgomaestre, no queda sino alguna hoja seca que vuela en un retazo del cielo, el cementerio de la iglesia de la Trinidad y los nombres pueblerinos y melanc\u00f3licos de las calles. Lo dem\u00e1s est\u00e1 enterrado y desaparecido bajo las inmensas moles de cemento armado, o de concreto, como con po\u00e9tico sentido dicen los arquitectos.<\/p>\n<p>La iglesia de la Trinidad es un pedrusco negro y puntiagudo, olvidado sobre un pa\u00f1o de grama, que apunta hacia el pa\u00f1o de cielo que asoma all\u00e1 lejos, iluminado, entre las sombras de los rascacielos. Algunas borrosas l\u00e1pidas se\u00f1alan las tumbas entre el c\u00e9sped. Son de gentes que se durmieron en el XVII y en el XVIII, entre el borde del \u00abrococ\u00f3\u00bb y el del mar de las luchas imperiales. All\u00ed yace la doncella a quien conmemoran sus padres inconsolables y el capit\u00e1n que regres\u00f3 enfermo del \u00faltimo viaje de t\u00e9 para morir en la calle del Cerezo. Y all\u00ed est\u00e1 tambi\u00e9n, un poco a la intrusa, Fulton, abandonado de sus humeantes y ruidosos \u00e9mbolos y calderas y Hamilton, arrullado por el rumor de las taquillas de los Bancos.<\/p>\n<p>Pero ya no hay huella del Cerezo en su calle. El turista en Manhattan, que entra a la ciudad baja, encuentra los nombres y la angostura de las viejas calles, pero ahora ya no son calles sino el angustioso fondo de una profunda y estrecha garganta cavada en la lisa piedra, donde la luz desciende acobardada y difusa. Cuando alguien abre la vista desde el agitado, incesante y oscuro hormiguero, logra ver en lo alto un estrecho callej\u00f3n de cielo. Las gentes no caben en las angostas aceras e invaden la calzada. Clavados profundamente, a lado y lado de la estrecha calleja, los tremendos edificios suben sin t\u00e9rmino por la escala de sus ventanas iluminadas. El fastial penetra en las hilosas nieblas sucias de humo fabril. En veces, un avi\u00f3n extraviado choca con una torre.<\/p>\n<p>Los seres que se mueven en el fondo de esas vertiginosas y elaboradas gargantas llegan a parecerse todos y a adquirir un aire de uniformidad que impresiona. Andan de prisa, desde luego, pero con una prisa a\u00fan m\u00e1s indiferente y absorta que la de aquellos que se ven en la ciudad alta. Salen de una majestuosa puerta llena de dorados, atraviesan alg\u00fan delgado callej\u00f3n y se sumen por otra gran puerta dentro de una inmensa sala que arde en luces.<\/p>\n<p>Detr\u00e1s de las ventanas iluminadas est\u00e1n los due\u00f1os de la riqueza del mundo. Las tres cuartas partes del dinero de la humanidad se concentran en este oscuro y magno pedazo de la isla de Manhattan. Millares de contabilistas anotan, por medio de sus m\u00e1quinas, a cada segundo, los m\u00ednimos resultados del movimiento de flujo y reflujo de todo lo que el ser humano compra y vende en toda la redondez de la tierra. Una menuda cifra, a\u00f1adida a las infinitas columnas de n\u00fameros es la eleg\u00eda o el epinicio que condensa toda la novela que ha vivido el criador argentino o el cosechero de algod\u00f3n del Per\u00fa o el comprador de arroz de Siam, o la del barco que acaba de destrozarse sobre un arrecife del Mar Rojo. Sin saberlo, no hacen sino inscribir epitafios. De una breve orden de uno de estos hombres, que tienen su escritorio junto a la nube, en el piso cincuenta, resulta que millares de cultivadores salgan con sus enormes maquinarias a sembrar trigo en el Canad\u00e1 o que los mineros del esta\u00f1o tengan que reducir su trabajo a la mitad, o que empiece a levantarse la obra de un ferrocarril o de un acueducto en una ciudad de los Andes o del Golfo P\u00e9rsico.<\/p>\n<p>Nunca ning\u00fan Aladino tuvo en sus manos tanto poder material como estos hombres joviales, canos, vestidos de pa\u00f1o gris, y nunca, tampoco, tanto poder material ha sido disfrutado con menos imaginaci\u00f3n. Tal vez para fortuna de los dem\u00e1s hombres. El poder\u00edo para estos Aladinos de las cifras rara vez llega a transformarse en bot\u00edn y en fruici\u00f3n.<\/p>\n<p>Sobre el cuadriculado de la desaparecida villa holandesa se alza ahora este reducto. Nada queda que justifique el nombre de las viejas calles. La calle del Cedro, la del Canal, la de la Doncella, la de Juan, la del Castor, la del Pino, la del Muro. Todo es igualmente poderoso, inhumano y fr\u00edo: la piedra, las gentes, el ambiente. No queda la puntiaguda casa de Juan, ni el muro que separaba de las salvajes soledades, ni el canal con sus barcas cabeceantes, ni el empinado cedro rumoroso en la esquina. El panorama de ahora es piedra lavada y est\u00e1 fuera de la medida de nuestros sentimientos. Es como el lecho de una corriente subterr\u00e1nea que nadie sabe a d\u00f3nde va. Son unas catacumbas donde se huye de algo y donde algo se engendra que no es lo que estamos habituados a ver.<\/p>\n<p>En ciertas horas el turista llega a olvidarse de que aqu\u00ed, entre las torres de la baja Nueva York, hay hombres y mujeres. M\u00e1s parecen seres de otra raza, los marcianos, o una artificial casta de termitas deformados para el trabajo. Lo cierto es que en esta exagerada impresi\u00f3n hay algo de la reacci\u00f3n temperamental del que mira asombrado un mundo que no puede ser el suyo. Pero aun as\u00ed, lo que predomina en el fondo de estas gargantas es un tipo humano que se parece m\u00e1s al hombre que a la mujer, es decir, al ser desaparecido, indiferenciado, en una tarea. Vemos, ciertamente, mujeres; pero tienden a hablar, a gesticular y a caminar como los hombres. S\u00f3lo les quedan, irreductibles, como una bandera de nostalgia, las magn\u00edficas y cuidadas cabelleras de las americanas, que florecen en lo gris como una encendida planta er\u00f3tica. Su intuici\u00f3n, seguramente, les ha ense\u00f1ado lo que la vieja sabidur\u00eda talm\u00fadica descubri\u00f3 con mucho ver y mucho reflexionar; que los cabellos son tambi\u00e9n una desnudez.<\/p>\n<p>Los extra\u00f1os pobladores circulan verticalmente por entre sus torres: torres de cemento, torres de cifras, torres de luces y casi nunca pueden pasar, sin trasformarse, de los l\u00edmites precisos de su ciudadela. Ya a sus espaldas los acecha la Quinta Avenida, donde los hombres vuelven a ser hombres, porque est\u00e1 llena de mujeres, y la Plaza de Washington, con su arco viejo, sus \u00e1rboles y sus casas georginas tan fragantes a hogar y a vida interior. O tambi\u00e9n, al frente, la sucia marina, llena de casuchas, de cajones rotos, de frutas aplastadas, de hierro viejo, de letreros tuertos, de carb\u00f3n, de escamas de pescado, a la inmensa y geom\u00e9trica sombra de un puente inmenso. Esta tampoco debi\u00f3 ser la marina de la Nueva Amsterdam. Es una ribera inorg\u00e1nica y descomedida. Recala en ella el turbio rezago de la inmensa marea de este nuevo mundo, tan confuso. Los marinos y los maleantes son tal vez los mismos de Cardiff o de Cartagena o de Marsella. Las mismas gorras negras, las mismas franelas azules, los mismos tatuajes, las mismas pipas, los mismos agrietados rostros sin afeitar. Hasta las mismas cantinas con los mismos nombres -Bar de la Media Luna- pero sin leyenda. Hay en este trozo de viejo puerto algo que falta, algo que no acopla, algo que rompe la sinfon\u00eda. Algo que tal vez est\u00e1 representado en aquel incongruente letrero que dice: \u00abAntonio Lo Verde. -fishing\u00bb.<\/p>\n<p>Dentro de estos l\u00edmites estrechos se alza, sobrehumano y aplastante, el reducto con sus extra\u00f1os habitantes. Quien se aventura en \u00e9l por primera vez comprende que ha entrado en un mundo distinto. Nada all\u00ed est\u00e1 hecho a la medida del hombre.<\/p>\n<p>De la vieja aldea holandesa no quedan sino los nombres sin sentido de las calles, y las tumbas de la iglesia de la Trinidad, y alguna Biblia olvidada en la gaveta de un banquero, porque ni siquiera la penumbra recuerda a Rembrandt. Es, para ello, demasiado gris y le falta oro. Todo el oro que yace muerto en los vastos s\u00f3tanos, m\u00e1s abajo de las callejuelas.<\/p>\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n<p>En Manhattan la tierra es m\u00e1s cara que el alabastro, las alcobas est\u00e1n m\u00e1s altas que las torres de las catedrales, hay m\u00e1s riquezas reunidas que en todo el resto del mundo y la acumulaci\u00f3n de seres humanos, cosas, m\u00e1quinas y edificios desmesurados es la m\u00e1s impresionante que en ninguna \u00e9poca haya existido en el planeta. A veces parece la fantas\u00eda de un ge\u00f3metra puritano y a veces un escenario para las haza\u00f1as terror\u00edficas de Gargant\u00faa. A veces parece un ser vivo, entero, distinto e indiferente a todo lo dem\u00e1s y en ocasiones, tambi\u00e9n, por su vertiginosa y mec\u00e1nica fuerza de crecimiento, da la impresi\u00f3n de lo inhumano y hasta de lo inorg\u00e1nico.<\/p>\n<p>Ha sido el campo de algunas de las m\u00e1s grandes haza\u00f1as materiales y morales del hombre. Muchas de sus cosas carecen de semejanza o de precedente con ninguna otra. Hay la m\u00e1s alta torre y el hombre m\u00e1s rico del mundo, y el semental m\u00e1s caro, y el ni\u00f1o que toma m\u00e1s leche, y el crimen perfecto, y los mejores y m\u00e1s admirados atletas. Pero de todas estas cosas y muchas otras que no nombro, la m\u00e1s impresionante es la de la soledad en que viven y act\u00faan las gentes. Manhattan viene a ser, por sobre todo, la isla de los solitarios. Un m\u00ednimo islote poblado por millares de solitarios, apresurados, abstra\u00eddos en invisibles fines, incomunicados dentro de la campana neum\u00e1tica de la soledad.<\/p>\n<p>En donde est\u00e1 el hombre est\u00e1 la soledad como su sombra, que lo sigue, lo acecha, lo espera. M\u00e1s dram\u00e1tico que el destino de Pedro Schlemyl, cuando vendi\u00f3 su sombra, ha de ser el de la persona que llega a vender su soledad. Y hasta casi podr\u00edamos decir que cada hombre tiene la soledad que merece, y que hay algunos que no han merecido ni merecer\u00e1n ninguna.<\/p>\n<p>Los millones de solitarios de Manhattan no gozan de la mejor clase de soledad; sufren m\u00e1s bien de una forma de ella inferior e involuntaria.<\/p>\n<p>No es, en general, la de ellos la rica y fecunda soledad que Dios regala a algunos elegidos y que es el reino donde el hombre entra para luchar sin tregua por encontrarse a s\u00ed mismo y vislumbrar el rostro de su Deidad y las luces de su destino. La de ellos es m\u00e1s bien una soledad f\u00edsica, pobre y est\u00e9ril, que borra y desti\u00f1e al hombre, y que es ignorada por quienes la sufren, como hay quienes ignoran que est\u00e1n enfermos o que son desgraciados.<\/p>\n<p>El curioso que se detiene a observar las gentes que pasan por las calles congestionadas de Manhattan advierte de inmediato que todas est\u00e1n solas. Cada unidad parece ignorar a todas las otras, y revela en los gestos, en la acelerada angustia del paso, la sensaci\u00f3n interior de estar abandonada a sus propios recursos y no poder comunicarse con nadie. No es una expresi\u00f3n serena o gozosa la que sus rostros revelan, como suele ser la de los que gozan de los para\u00edsos secretos de la meditaci\u00f3n solitaria, lo que, en uno de sus aspectos, llamaba France las silenciosas org\u00edas del pensamiento; aquellas sublimes voluptuosidades en las que fueran doctos, desde San Antonio y Erasmo, hasta Tartar\u00edn, toda la vasta gama de los hombres dotados de vida interior. Ni saben que est\u00e1n condenados a la soledad, ni tienen el gusto, ni el arte, ni la ocasi\u00f3n de gozarla.<\/p>\n<p>Ciertamente debe haber en la isla de Manhattan muchos que cultivan una soledad creadora, pero quienes la caracterizan no son \u00e9stos, sino los millones de solitarios transe\u00fantes que desconocen su propia condici\u00f3n.<\/p>\n<p>Est\u00e1n en todas partes. Son casi toda la gente que llena las calles, los teatros, que se paran en las esquinas a mirar los matices cambiantes de los avisos luminosos y las noticias de los diarios.<\/p>\n<p>Yo he visto estos solitarios apretujados en incre\u00edbles racimos en los andenes y en los coches del tren subterr\u00e1neo. Apenas queda espacio para mantenerse en pie dentro del denso reba\u00f1o, y sin embargo todos van solos, nadie est\u00e1 acompa\u00f1ado; entre el ruido de las ruedas y los mugidos del motor es raro o\u00edr una voz humana, y cuando se oye todos los que la alcanzan se vuelven como reci\u00e9n despertados, llenos de sorpresa y hasta de desaz\u00f3n. Cuando alguien quiere informarse sobre el itinerario se dirige al plano mudo que est\u00e1 en la pared, con el gesto con que el peregrino en el desierto o en el mar mira las estrellas para consultar el rumbo. Tampoco casi nadie mira a otro, y cuando por azar dos miradas se cruzan, instant\u00e1neamente se desv\u00edan llenas del temeroso presentimiento de haberse asomado al m\u00e1s all\u00e1. En los andenes esta masa se forma sin soldaduras ni unidad, y se deshace sin desgarramiento, con la silenciosa mec\u00e1nica con que las mol\u00e9culas de los l\u00edquidos se yuxtaponen y se separan. Mol\u00e9culas de soledad.<\/p>\n<p>Las tiendas tambi\u00e9n est\u00e1n repletas de solitarios. Yo he visto florecer la admirable comunicaci\u00f3n de la simpat\u00eda humana entre mercaderes y compradores y simples curiosos en los zocos \u00e1rabes, donde hasta los camellos y los asnos parece que entran en el di\u00e1logo abierto y en el inter\u00e9s de lo que se debate. Y recuerdo tambi\u00e9n la viva comunidad de relaciones que florece en voces, interpolaciones, regateos, testimonios y consultas en las tiendas de Espa\u00f1a, Italia o Francia. La m\u00e1s grande tienda del mundo en la isla de Manhattan no se parece a nada de esto. Est\u00e1 repleta de enfermos de soledad. Nadie parece enterarse de que all\u00ed hay otros seres humanos. Y cuando al final, despu\u00e9s de una silenciosa preparaci\u00f3n, alguien se dirige al hortera, en voz baja y r\u00e1pida, recibe una contestaci\u00f3n m\u00e1s breve todav\u00eda. Es un ser que, en una encrucijada de su destino, consulta a la pitonisa y recibe la enigm\u00e1tica respuesta que ha de resolver por s\u00ed solo.<\/p>\n<p>Pero donde estos solitarios llegan a lo m\u00e1s hondo de su condici\u00f3n es en esos grandes refectorios donde entran por un instante a comer lo imprescindible para alimentar el cuerpo. All\u00ed no es necesario gastar una palabra. El solitario toma de largos mostradores y va colocando en una bandeja el magro condumio que necesita y luego se sienta en una mesa, abstra\u00eddo mientras come sin tregua. No se percata de que otros tres solitarios se han sentado a la misma mesa, y hay momentos en que parece que han llegado al milagro de hacerse invisibles los unos para los otros. No llegan a compartir ni el pan, ni la palabra, ni menos el sentimiento.<\/p>\n<p>Al hombre de otro mundo que ha ca\u00eddo en esta isla termina por form\u00e1rsele un complejo de angustia ante tanta soledad sin provecho. Llega a creer que es necesario que un d\u00eda llegue alg\u00fan profeta a la isla y emprenda de inmediato una gran cruzada, o un gran despertar. Por medios m\u00e1gicos congregar\u00e1 a los habitantes de la isla para decirles que no pueden seguir como est\u00e1n, que es necesario que aprendan a estar juntos, a estar en compa\u00f1\u00eda, a disfrutar del maravilloso don de la presencia de otros seres humanos.<\/p>\n<p>Pero mientras llega a ocurrir esta revelaci\u00f3n, la isla de Manhattan contin\u00faa poblada por millones de solitarios que ignoran que est\u00e1n solos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri A Isabel I En 1528 Giovanni Verrazzano mor\u00eda colgado de una verga en una nave espa\u00f1ola. Aquella mirada que se bambole\u00f3 en agon\u00eda de p\u00e9ndulo del azul de babor al azul de estribor fue la primera que contempl\u00f3 la bah\u00eda, y el r\u00edo y la isla llena de \u00e1rboles en soledad. 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