{"id":4482,"date":"2022-05-21T20:29:48","date_gmt":"2022-05-21T20:29:48","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4482"},"modified":"2023-11-24T18:30:58","modified_gmt":"2023-11-24T18:30:58","slug":"dos-cuentos-de-humberto-rivas-mijares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-humberto-rivas-mijares\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Humberto Rivas Mijares"},"content":{"rendered":"<h3 class=\"title\">El murado<\/h3>\n<p>A veces comienza a sonar aquella voz en el corral vecino, y le moja de dulcedumbre, poco a poco, la soledad oscurecida de los ojos.<\/p>\n<p>Parece vivir, entonces, y con su cautela de murado se acerca cuanto puede a la humedad de la tapia, enverdecida abajo por el musgo antiguo. Y escucha en quietud, como temeroso de que se le sorprenda, todo el tiempo que la voz apacienta sus brillos, y todav\u00eda m\u00e1s. Y torna a la ignorada penumbra del cuarto, y silba mientras se rasgu\u00f1a el azulear nuevo de la barba.<\/p>\n<p>Un poco m\u00e1s adentro, rodeado de pretiles, est\u00e1 el patiecito con sombras de frutales.<\/p>\n<p>Lo sabe.<\/p>\n<p>Sin embargo, prefiere entrar en la estancia, enlucida de silencios y de cal; y acostarse en la cama de cedro, tendida al amanecer; y sentir luego el sosiego de lo lejano, por m\u00e1s que le duela en el gozo reciente. Y pensar.<\/p>\n<p>Siempre hay ruidos en la casa. el chirrido de la vieja lacena, el crepitar de la le\u00f1a en el fog\u00f3n, el golpear del p\u00e9ndulo, el blanco agrupamiento de las palomas en el pilar, y muchos otros; pero al mismo tiempo palidece el viento, y late el calor del mediod\u00eda. Y se le encandencen los recuerdos encima de la in\u00fatil movilidad de los p\u00e1rpados.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>Piensa en la tarde que lleg\u00f3 a la casa.<\/p>\n<p>Apenas si pod\u00eda mirar, y no advirti\u00f3 bien, por eso, la hosca y pr\u00f3xima taciturnidad del cerro en donde la calle recuesta su fatiga de subir. Y le pareci\u00f3 como blanco y despintado, pero luciente de sonidos.<\/p>\n<p>Era cierto que ten\u00eda todav\u00eda en la mirada el rojizo paisaje de la ciudad, que a esa hora se empa\u00f1aba de nieblas.<\/p>\n<p>Resbal\u00f3 despu\u00e9s hacia el fondo de la \u00faltima claridad de los ojos. Y termin\u00f3 de murarse.<\/p>\n<p>Cesaron a poco en la casa algunos de los ruidos, y apareci\u00f3 la hura\u00f1\u00eda de otros distintos; se detuvo la pisada del gato en los ladrillos, y se cans\u00f3 de rechinar la mecedora carcomida; pero en cambio lo alumbraba ahora el sonido, tan limpio, de aquella voz pareda\u00f1a.<\/p>\n<p>Los \u00e1rboles del patio descuelgan un fresco sonante en el encarnado de las tejas, y el reloj del comedor tiene el aceitado girar de siempre.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>No mira sino a trav\u00e9s del o\u00edr, pero piensa que el o\u00edr es tanto como el mirar las cosas.<\/p>\n<p>Lo cree as\u00ed desde que escuch\u00f3 por primera vez la voz de la mujer detr\u00e1s de la tapia. Y la escucha ahora casi todos los d\u00edas, y la recuerda despu\u00e9s con una ternura que se le aprieta dulcemente en el \u00e1nimo. Y la pena de no gozar de la mirada se le convierte as\u00ed en un extra\u00f1o gozar de la pena.<\/p>\n<p>Silba muy bajo, al pensar, y se la imagina de cera y nieblas. Y aumenta su j\u00fabilo absurdo de saberse un murado eterno.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>Sonr\u00ede con lentitud, estremecido por el dorado tintineo de la voz, y apoya las manos en la aspereza de la tapia, que se recama de r\u00e1pidas hormigas. Y un viento de muy lejos le mueve los cabellos.<\/p>\n<p>R\u00ede otras veces, con tal fuerza, que por su culpa se apaga el sonido; pero reprime enseguida la risa, que se le riegan los labios, como delgada de angustia. Y reaparece el fulgurar: raro, perenne.<\/p>\n<p>Pero otros d\u00edas lo aturde el acontecer.<\/p>\n<p>No puede escuchar la voz, y permanece, como huido de s\u00ed mismo, junto a la tapia soleada. Y silba mucho, con rabia; y no le importa el arrancar ruidos de las piedras, o el tropezar y caer; y hasta se lastima los pu\u00f1os. Y le parece que una lumbre en abandono le arde en la palidez de las sienes.<\/p>\n<p>Regresa con desgana al cuarto, por fin, y se acuesta. Y rompe a silbar con el azoramiento de no saber si escuchar\u00e1 otra vez aquella voz; y siente el clarear de im\u00e1genes que se le reclinan en los ojos murados para siempre y piensa que se est\u00e1 quedando dormido.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>La mujer<\/strong><\/h3>\n<p>Ven\u00eda de muy lejos. Muchas leguas de camino quedaban dormidas atr\u00e1s.<\/p>\n<p>Se sent\u00eda como afiebrado. Un escozor desagradable se as\u00eda a su garganta, reseca de polvo y de sed. Su caballo afiebrado y sediento tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>El camino se desvanec\u00eda en las sombras.<\/p>\n<p>Llegar a una posada donde pasar la noche&#8230; Pero nada&#8230; Ni siquiera una choza. Ni un \u00e1rbol en aquellas sabanas. Apenas peque\u00f1os y escu\u00e1lidos arbustos. Tampoco un r\u00edo, ni una quebrada. Nada&#8230; Por all\u00ed cualquiera se mor\u00eda de hambre y sed. Y de soledad.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Sin embargo, un poco m\u00e1s all\u00e1, la puerta de una choza de paja arrojaba livianas bocanadas de luz.<\/p>\n<p>El hombre dirigi\u00f3 hacia ella su caballo.<\/p>\n<p>\u2013 Buenas noches \u2013 dijo. Y llev\u00f3 las manos al sombrero de fieltro.<\/p>\n<p>\u2013 G\u00fcenas \u2013respondi\u00f3 adentro una mujer.<\/p>\n<p>El viajero se desmont\u00f3 y se acerc\u00f3 a la puerta. Una l\u00e1mpara a kerosene, colocada sobre una repisa de madera, cincel\u00f3 las duras facciones del hombre.<\/p>\n<p>Sobre un catre dos peque\u00f1os dorm\u00edan. Atr\u00e1s un caney serv\u00eda de cocina. Un tronco labrado guardaba agua de la lluvia.<\/p>\n<p>\u2013 He caminado todo el d\u00eda. Tengo hambre y sed \u2013 dijo el hombre, sin franquear todav\u00eda el quicio de piedras.<\/p>\n<p>La mujer nada contest\u00f3. Mir\u00f3, suspicaz y ladina, los ojos del hombre, hinchados y enrojecidos por el polvo. Y tuvo miedo. Tuvo miedo del tenue fulgor (la fiebre tal vez) que se escond\u00eda, muy hondo, en las pupilas del viajero.<\/p>\n<p>El hombre porfi\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013 Deme usted de beber y comer. Se lo agradecer\u00e9.<\/p>\n<p>La mujer, al fin, asinti\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013 Pase, pues.<\/p>\n<p>\u2013 Gracias.<\/p>\n<p>El hombre sali\u00f3 de la choza, afloj\u00f3 la cincha de la bestia, y dej\u00f3 atadas las riendas en una de las varas largas del tranquero. Y volvi\u00f3.<\/p>\n<p>La mujer le ofreci\u00f3 el agua en una vasija de barro. Tambi\u00e9n, despu\u00e9s, carne ahumada.<\/p>\n<p>En el fog\u00f3n las brasas, reci\u00e9n encendidas, fulg\u00edan con cenicienta tristeza.<\/p>\n<p>El hombre bebi\u00f3 a grandes tragos, con avidez:<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1Ah! \u2013 exclam\u00f3, aliviado.<\/p>\n<p>Y pidi\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1M\u00e1s!<\/p>\n<p>Afuera, en el caney, se oy\u00f3 el sonido fresco del agua, cuando el fondo de la vasija quebr\u00f3 la superficie.<\/p>\n<p>La mujer volvi\u00f3 con la nueva raci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2013 Vive usted muy sola en estas sabanas.<\/p>\n<p>\u2013 No tanto. Tengo mar\u00edo, y los muchachos.<\/p>\n<p>Todav\u00eda sent\u00eda temor. Pero continu\u00f3 explicando:<\/p>\n<p>\u2013 Mi mar\u00edo se ha ido al pueblo a busc\u00e1 bastimento pa las siembras de este a\u00f1o.<\/p>\n<p>Se tornaba locuaz.<\/p>\n<p>El hombre la miraba con extra\u00f1a atenci\u00f3n, con una mezcla de codicia y curiosidad: no era vieja ni fea. Y estaba sola en la penumbra borrosa de aquella choza perdida en lo inmenso de las sabanas.<\/p>\n<p>Termin\u00f3 de comer la carne ahumada mientras el viento caluroso entraba por la puerta y giraba en el centro del cuarto.<\/p>\n<p>Una sonrisa alete\u00f3, \u00e1gil, en sus labios. Habl\u00f3 desde la penumbra:<\/p>\n<p>\u2013 Me llamo Sebasti\u00e1n Gonz\u00e1lez. Viajo por cuenta de la casa Pe\u00f1a y C\u00eda.<\/p>\n<p>Se inclinaba a las confidencias. Quer\u00eda mantener viva la conversaci\u00f3n. Se atrevi\u00f3 a preguntar:<\/p>\n<p>\u2013 \u00bfPodr\u00eda quedarme aqu\u00ed esta noche?<\/p>\n<p>La respuesta le lleg\u00f3, r\u00e1pida, no exenta de energ\u00eda y enojo:<\/p>\n<p>\u2013 No. Sabe ust\u00e9 que tengo mar\u00edo&#8230; Podr\u00eda ven\u00ed y pens\u00e1 muchas cosas&#8230; No hay lugar, adem\u00e1s&#8230;<\/p>\n<p>\u2013 No importa. Me acostar\u00eda en cualquier sitio.<\/p>\n<p>La mujer dud\u00f3. Dud\u00f3 del hombre, y dud\u00f3 de su intenci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2013 No. Lo siento mucho, pero lo mejor es que se vaya.<\/p>\n<p>En la boca del hombre segu\u00eda aleteando aquella sonrisa maligna, lasciva. Ahora ella empezaba a comprender&#8230; En su voz se ancl\u00f3 un dejo amargo y rabioso:<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1V\u00e1yase!<\/p>\n<p>El hombre se hab\u00eda guardado las manos en los bolsillos de la blusa, como pensando&#8230;<\/p>\n<p>Ella no supo cu\u00e1ndo ni c\u00f3mo&#8230;<\/p>\n<p>El hombre la abrazaba con fuerza, con violencia. Luch\u00f3, impotente, hasta que su pecho se quebr\u00f3 en sollozos, ca\u00edda sobre el piso de tierra.<\/p>\n<p>Encima el hombre&#8230;<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, sin embargo, pareci\u00f3 ceder, sumisa, resignada, sin sollozar casi.<\/p>\n<p>Los peque\u00f1os, a pesar del ruido, no hab\u00edan despertado.<\/p>\n<p>El hombre se aferraba, grotesco, a las carnes tibias. Luego, como si nada hubiera ocurrido, se dormit\u00f3, confiado, a un lado de la hembra&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>A la madrugada lo despert\u00f3 el ruido de del viento en las palmas del techo. La mujer andaba por la cocina. La l\u00e1mpara, agotado el kerosene, se hab\u00eda apagado.<\/p>\n<p>Echado todav\u00eda sobre el piso, el hombre la llam\u00f3 con la confianza que nace del acto carnal. La tute\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013 Oye, t\u00fa, me voy&#8230;<\/p>\n<p>La mujer, con frialdad, repuso desde la cocina:<\/p>\n<p>\u2013 \u00bfS\u00ed?<\/p>\n<p>Y a\u00f1adi\u00f3 con voz m\u00e1s firme:<\/p>\n<p>\u2013 \u00bfQuiere tom\u00e1 caf\u00e9 antes de irse? Cerrero, pero g\u00fceno&#8230; Lo estoy calentando. Espere&#8230;<\/p>\n<p>En el fog\u00f3n gesticulaban las llamas de la le\u00f1a.<\/p>\n<p>El hombre, ahora afuera, apretaba la cincha de la silla.<\/p>\n<p>Adentro, la mujer, con una aguja mohosa y negra, se pinch\u00f3 una de las venas del brazo. Las gotas de sangre, como raras perlas rojas, se irisaron a la luz del fog\u00f3n. Inclin\u00f3 el brazo de un lado. El rojo vital rod\u00f3 y cay\u00f3 en la vasija tosca. Sec\u00f3 con las faldas del vestido la peque\u00f1a herida, y acerc\u00f3 los brazos al rojizo resplandor: grandes manchas, imperceptibles en la penumbra, se acostaban sobre su piel.<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1Hombre mal par\u00edo!<\/p>\n<p>Pero no le llev\u00f3 el caf\u00e9, que hab\u00eda absorbido la p\u00farpura de la sangre enferma&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>El hombre, en el camino, se despidi\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1Adi\u00f3s!<\/p>\n<p>Y clav\u00f3 las espuelas en la bestia, con un r\u00edtmico movimiento de talones.<\/p>\n<p>Era alegre y satisfecha su sonrisa&#8230;<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/humberto-rivas-mijares\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El murado A veces comienza a sonar aquella voz en el corral vecino, y le moja de dulcedumbre, poco a poco, la soledad oscurecida de los ojos. 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