{"id":4457,"date":"2022-05-18T20:58:54","date_gmt":"2022-05-18T20:58:54","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4457"},"modified":"2023-11-24T18:30:59","modified_gmt":"2023-11-24T18:30:59","slug":"antes-durante-y-despues-meneses","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antes-durante-y-despues-meneses\/","title":{"rendered":"Antes, durante y despu\u00e9s: Meneses (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Jos\u00e9 Balza<\/h4>\n<p>Aunque comerciantes y expedicionarios ten\u00edan el deber de mostrar \u00e9xito y esplendores ante la corte y la sociedad espa\u00f1ola desde 1492, hay, primero en los documentos oficiales y luego en cartas, cr\u00f3nicas, testimonios y memorias, la sutil filtraci\u00f3n de equ\u00edvocas se\u00f1ales acerca de su psique en Am\u00e9rica, el mundo descubierto.<\/p>\n<p>Aparte de registrar los peligros sorteados y del ataque recibido por los viajeros desde las nuevas tierras, aparte de indicar su superioridad en equipos y armas, cosa poco exhibida por ellos, para aumentar el sentido de su hero\u00edsmo, y aparte de exaltar el fervor y el triunfo religiosos, evitan sugerir en sus testimonios estados de \u00e1nimo de perplejidad o desolaci\u00f3n, aspecto que ya ven\u00eda con los conquistadores y misioneros mismos.<\/p>\n<p>No era diferente la noci\u00f3n de desconcierto, incompletud, angustia y b\u00fasqueda de salud, por ejemplo, en invocaciones, cantos y oraciones que circulaban desde muchos siglos antes del arribo de Col\u00f3n al norte del Continente, entre la etnia Pem\u00f3n de la actual Guayana.<\/p>\n<p>Designadas como <em>tar\u00e9n<\/em>, estas invocaciones, en su variedad, pretend\u00edan lograr vencer enemigos, triunfar en el amor, mitigar las despedidas y las penas o, como ocurre en este caso espec\u00edfico, conjurar lo que hoy podr\u00edamos denominar inquietudes, ansiedad, sentimiento de absurdo, de otredad, etc.<\/p>\n<p>Una de tales entonaciones dice as\u00ed:<\/p>\n<p>\u00ab-. Este tar\u00e9n comienza por aquello de que a <em>Wekpuim\u00e1 <\/em>(un bello y alt\u00edsimo cerro) le metieron en la cabeza patos, garzas, los que llamamos \u201ctararam\u00fa\u201d, tambi\u00e9n v\u00e1quiros, venados, etc. Despu\u00e9s los trancaron bien, poniendo en el hueco por donde los hab\u00edan metido una fort\u00edsima ventana.<\/p>\n<p>-. Dentro ya de la cabeza del cerro y bien trancados con la ventana, aquellos p\u00e1jaros grandes y aquellos animales de cuatro patas daban vueltas y m\u00e1s vueltas buscando por d\u00f3nde salir, pero no lo encontraban. Con esto le pusieron atontada la cabeza y esto fue el comienzo del \u201ckadavai\u201d.<\/p>\n<p>-. El cerro estaba extremadamente acongojado: \u201c\u00bfQui\u00e9n podr\u00e1 subir hasta ac\u00e1 para abrirles la ventana? Nadie; no hay nadie que suba hasta ac\u00e1\u201d. As\u00ed estaba pensando el cerro.<\/p>\n<p>Pero siempre hubo alguno que subiera, alguno que se topara con \u00e9l al tiempo que estaba sufriendo aquellos terribles dolores de cabeza. El que anda por aquellas alturas lo encontr\u00f3; el que iba a ser su tar\u00e9n, el que iba a desbaratar aquel mal: El rayo\u00bb.<\/p>\n<p>\u00bfNo hay en esta met\u00e1fora sobre la locura un desarrollo narrativo que hubiera hecho las delicias de Hyeronimus Bosch, de Arcimboldo, de los surrealistas, de Chagall y de Jung?<\/p>\n<p>Considerado un g\u00e9nero literario en las primeras d\u00e9cadas del siglo XX por su transcriptor, el sacerdote Ces\u00e1reo de Armellada, el <em>tar\u00e9n <\/em>asume los vocablos y la expresi\u00f3n formal acorde a lo que pretende conjurar. Pero exige ser dicho en voz baja y dirigirse hacia \u00e1reas en descenso (en la remota antig\u00fcedad frente a una hondonada, en el lado bajo de alguna monta\u00f1a): el <em>tar\u00e9n <\/em>tambi\u00e9n es un descenso.<\/p>\n<p>Quiero comentar algunas obras narrativas que parecen haber sido creadas, antes, durante y despu\u00e9s del <em>boom <\/em>latinoamericano, desde la imagen o \u00abformato\u00bb de ese <em>tar\u00e9n<\/em>. En ellas cabe la audacia extraordinaria de sus autores al desafiar los c\u00e1nones novelescos de occidente, hasta llevarlos a l\u00edmites formales o experimentales de gran autonom\u00eda y, por otra parte, cabe su riesgo al penetrar en componentes del alma continental -o universal- no siempre atendida por los fulgores del exotismo, la simpat\u00eda, la pol\u00edtica y la diversi\u00f3n de tanta narrativa surgida aqu\u00ed y llevada al planeta como exclusiva expresi\u00f3n latinoamericana.<\/p>\n<p><strong>Guillermo Meneses (1911-1979)<\/strong><\/p>\n<p>Elijamos dentro de la obra de este escritor venezolano dos de sus narraciones: as\u00ed el <em>tar\u00e9n <\/em>se convierte en una doble \u00e9cfrasis.<\/p>\n<p>En 1933 como respuesta al avasallante mundo criollista y \u00e9pico de Gallegos y Rivera, movimiento que \u00e9l, sin embargo, admir\u00f3 siempre, publica su cuento <em>La balandra Isabel lleg\u00f3 esta tarde<\/em>. El joven narrador re\u00fane la fascinaci\u00f3n de un puerto y una mujer, que imantan al sencillo marino de la balandra. Hechicer\u00eda y erotismo act\u00faan desde sugerencias interiores de los personajes. Casi veinte a\u00f1os despu\u00e9s vuelve a los mismos en otro cuento, su obra maestra, <em>La mano junto al muro<\/em>.<\/p>\n<p>En esas d\u00e9cadas -y despu\u00e9s- publica ensayos, cr\u00edtica sobre pl\u00e1stica, cine, libros, teatro, novelas; dirige p\u00e1ginas culturales en la prensa, funda la revista CAL, ha vivido en Bogot\u00e1, Par\u00eds y Bruselas. En 1952 aparece su singular novela <em>El falso cuaderno de Narciso Espejo<\/em>.<\/p>\n<p>En <em>La mano junto al muro<\/em>, la prosa se hincha de licores, sensualidad, drogas, placer, desaf\u00edos, de ceguera \u00e9tica y tambi\u00e9n de asombro ante el tiempo. Por momentos esa prosa est\u00e1 hablada o cantada y se permite la cursiler\u00eda, el cansancio, la borrachera. \u00bfNo escuchamos ese tono -esos discursos, esas interrupciones- en alg\u00fan bar, en la esquina o en los discursos pol\u00edticos?<\/p>\n<p>En la novela <em>El falso cuaderno de Narciso Espejo <\/em>todo es escueto, minimalista, casi un formulario oficinesco para recorrer destinos concisos, aparentemente simples y cotidianos; y sin embargo, todo es indeciso, vacilante, tachable, ajeno o profundamente inescrutable.<\/p>\n<p>Extra\u00f1amente permeable y, a la vez, impenetrable, la pasta verbal de <em>La mano junto al muro, <\/em>desaf\u00eda al lector m\u00e1s atento. \u00bfEn qu\u00e9 lapso ocurre la historia? \u00bfQu\u00e9 mirada entra y sale de los laberintos ps\u00edquicos, para cont\u00e1rnosla? \u00bfQui\u00e9n recoge esos datos, y los reitera, haci\u00e9ndolos variar? Estas preguntas usuales, se estrellan contra el comienzo que es id\u00e9ntico al final; cuyos l\u00edmites encierran una de las obras de ficci\u00f3n m\u00e1s fascinantes de la escritura en Am\u00e9rica Latina. Boato expresivo, p\u00e1rrafos ondulantes e insistentes, bordes de la cursiler\u00eda, exponen una estremecedora presencia del encierro, de la soledad, del sexo y la duda. Al parecer, todo ocurre en el vientre h\u00famedo de un vasto edificio: el antiguo castillo, ahora convertido en burdel, o dentro de una conciencia zigzagueante, que oscila desde una escena a la otra.<\/p>\n<p>Elemento principal del relato, Bull Shit, la joven prostituta, resulta ser, sin embargo, alguien de quien poco conoceremos. \u00abNunca recuerda nada\u00bb se dice de la virgen flamenca, cuyo apodo ella misma no entiende, y cuya muerte se confunde con el recuerdo de perros y maldiciones, en su infancia. Bajo esa ausencia de nombre verdadero, la mujer misma aparece como una continuidad sensual de los muros y los cuartos: vida circular, que solamente diverge en un sentido: el del tiempo. Pero si ella es borrosa, el sobrecargado lenguaje del cuento repliega entre sus frases esos otros personajes nocturnos, iluminados apenas por fogonazos: de la conciencia, de los disparos. Ellos son Dutch, el de los discursos y los tres (\u00bfo dos?) marineros: \u00abel que parec\u00eda un verde lagarto, el del ladeado sombrerito, el del cigarrillo azulenco\u00bb. Dutch pudo ser marino, oficinista, chofer, si es que alguien era; o, quiz\u00e1 Dutch no era nadie, puesto que todos los hombres se parec\u00edan a \u00e9l. El de los discursos, en cambio, emerge desde su bruma para conducir los hilos m\u00e1s densos del relato. Pero ninguno tiene la importancia del marino del cigarrillo, cuya imagen marca notablemente el desenlace (?) de la historia, sus \u00faltimos p\u00e1rrafos.<\/p>\n<p>El movimiento verbal del texto se cumple alrededor de un eje temporal y tem\u00e1tico aparentemente simple: aquel momento en que la mano de la mujer, herida, se apoya contra el muro. Con tan escueta an\u00e9cdota, Meneses cambia su propio destino como narrador: todos sus cuentos anteriores poseen un desarrollo lineal, circular, siempre atentos a la evoluci\u00f3n f\u00e1ctica de la an\u00e9cdota. <em>La mano junto al muro <\/em>no solo reduce sus tent\u00e1culos anecd\u00f3ticos a simples puntos de partida sino que los reitera y modula tanto, que los convierte en c\u00e1nones diferentes de la misma voz.<\/p>\n<p>Para lograrlo, Meneses se apoya en tics verbales de gran eficacia: fragmentos de discursos hechos por el hombre que m\u00e1s hablaba, met\u00e1foras casi onomatop\u00e9yicas (\u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb o \u00abNo, no, no\u00bb) y sobre todo, el recurso de contaminar las significaciones de ciertas palabras con otras: as\u00ed la idea de metal atraviesa -oponi\u00e9ndolas-: moneda y espada; el espejo, el techo, la ventana y el mar, se complementan; la mano, la mariposa y el tiempo: crean una movilidad id\u00e9ntica; la moneda, el disco y la boca son el cero y el amor; y el cigarrillo y la llama, el pu\u00f1al que atraviesa el cuerpo de Bull Shit.<\/p>\n<p>El cuento comienza de pronto a ser polarizado por la imagen del espejo. Casi en el centro del texto (\u00abElla miraba todo, como desde el fondo del espejo del cielo\u00bb), este resorte salta no abiertamente ante el lector. El espejo (la escritura) ya no puede detenerse en s\u00ed mismo y empieza a reflejar la pelea, el disgusto, el crimen. \u00abLa cosa comenz\u00f3 en el cabaret\u00bb. Despu\u00e9s \u00e9l (\u00bfel tercer marinero?) la asedia le ofrece matrimonio. Y ella ve el cigarrillo de metal, el envenenado metal del cigarrillo, la llama que se alza, la llama que baja: el pu\u00f1al. \u00abApart\u00f3 espejos\u00bb. Y las luces, la sangre, los disparos revelan la mano que cae sobre el muro.<\/p>\n<p><strong>Vocaci\u00f3n de espejo<\/strong><\/p>\n<p>La composici\u00f3n de <em>El falso cuaderno de Narciso Espejo <\/em>est\u00e1 voluntariamente expuesta: a la inversa de como ocurre en <em>La mano junto al muro<\/em>, el lector no tendr\u00e1 dudas acerca de qui\u00e9n cuenta o qui\u00e9n habla: Juan Ruiz, Jos\u00e9 Vargas y Narciso Espejo, se suceden en la exposici\u00f3n: uno tras otro retoman los detalles de la historia, para revisarla o tergiversarla, hasta dar el contorno m\u00e1s preciso posible. Mientras leemos, el tri\u00e1ngulo de los narradores (\u00ab&#8230;casi es posible afirmar que fueron tres los marineros&#8230;\u00bb) nos deja la certeza de saber que cada voz viene a aclarar, aunque disienta de la anterior. Recurso de convicci\u00f3n: horas del Meneses que hab\u00eda escrito tres novelas cuyos hilos fueron tendidos para convencer sobre la realidad de lo ficticio. Pero un extra\u00f1o parpadeo descoyunta en el \u00faltimo p\u00e1rrafo esa seguridad del lector. El tri\u00e1ngulo se convierte en cuadrado: y <em>el gran cuadrado no tiene \u00e1ngulos, <\/em>como sugiere el libro del <em>Tao. <\/em>Ni Juan Ruiz ni Jos\u00e9 Vargas ni Narciso Espejo eran el apoyo central de la historia: un tal Pedro P\u00e9rez ha desencadenado todas las b\u00fasquedas y suposiciones de los personajes, toda la intensidad del escritor Meneses: y con ese detalle deja <em>knock-out <\/em>los esfuerzos simb\u00f3licos o historicistas con que los narradores venezolanos quisieron explicar (o falsificar) un concepto sobre el pa\u00eds. En efecto, el libro concluye as\u00ed: \u00abMe llamo Pedro P\u00e9rez -u otro nombre sin especial distinci\u00f3n- y soy un hombre -como tantos-, que escucha sus propios pasos en el silencio de las calles nocturnas&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Tres diferentes y muy pr\u00f3ximas figuras completan el dise\u00f1o excepcional de esta novela. Ellas son, en primer t\u00e9rmino, la invenci\u00f3n del \u00abCuaderno ap\u00f3crifo\u00bb. Solo con <em>El cuento ficticio <\/em>de Julio Garmendia, la narrativa venezolana hab\u00eda mostrado ese extra\u00f1o temblor en que lo imaginario puede dejar de serlo. Pero cuanto fue asomo genial all\u00ed, lo convierte Meneses en rutina de la lucidez. El \u00abCuaderno\u00bb no es \u00fanicamente la parte m\u00e1s extensa del libro, la de ilaci\u00f3n m\u00e1s r\u00edgida, sino que tambi\u00e9n guarda de manera precisa la autobiograf\u00eda de Narciso Espejo: rasgos todos que, mientras afirman la presencia anecd\u00f3tica, dan mayor fuerza a la posibilidad de ser falsos porque como lo confirma el subt\u00edtulo todo all\u00ed es \u00abap\u00f3crifo\u00bb. Magn\u00edficamente, as\u00ed, Meneses ha adelantado el final: pero el poder de convicci\u00f3n de la obra (Arist\u00f3teles sonr\u00ede) no permite que dudemos a\u00fan.<\/p>\n<p>Aunque dividida en dos partes, la novela fluye a trav\u00e9s de los diversos Documentos (nueve en total) que son el dial\u00e9ctico escalonamiento del texto. No hay pretensi\u00f3n de hacer Cap\u00edtulos, sino un cuaderno y algunos documentos escuetamente marcados: A, B, C&#8230; Los Documentos, a su vez, son contenidos por un previo deseo de esclarecer: Legajos, Expedientes, dice Meneses: instrumentos para investigar aquello que solo la novela misma puede corporizar. Ya sabemos c\u00f3mo los diversos autores participan en la creaci\u00f3n de los Documentos. Pero todos ellos arriban a un texto cuyo car\u00e1cter definitivo (<em>Tacha del documento <\/em>\u00ab<em>C<\/em>\u00bb Cr\u00edtica del Cuaderno Ap\u00f3crifo) pareciera cerrar abruptamente el sentido del libro: Pedro P\u00e9rez ha corregido su historia ha revelado su identidad \u00bfNo ser\u00e1, sin embargo este personaje (-y soy un hombre- uno como tantos-) un nuevo aplazamiento?<\/p>\n<p>\u00bfEse enf\u00e1tico yo de Pedro P\u00e9rez no se convierte subrepticiamente en la conjetural presencia de otro yo &#8211;<em>t\u00fa<\/em>, <em>nosotros<\/em>&#8211; que tambi\u00e9n \u00abescucha sus propios pasos en el silencio de las calles nocturnas\u00bb: como t\u00fa, como nosotros, como cualquier otro venezolano que intente escribir y pensar desde el instante en que Meneses cerr\u00f3 la escritura de esa novela?<\/p>\n<p><strong>Segunda figura<\/strong><\/p>\n<p>Pero Guillermo Meneses, no solo elabora un cuerpo reflexivo para sostener <em>El falso cuaderno de Narciso Espejo<\/em>, sino que tiene la sagacidad (o la modestia) de ocultar su firmeza, te\u00f3rica dentro de los pliegues anecd\u00f3ticos. As\u00ed, quien desconozca (o no quiera seguir) tales se\u00f1uelos, leer\u00e1 la biograf\u00eda de Narciso sin mayores complicaciones.<\/p>\n<p>Desde luego, tal envoltura conceptual \u00fanicamente aspira a bordear el tema de la novela con mayor libertad, o con mayor timidez. Con especial desconfianza, uno de los narradores nos dice casi desde el comienzo: \u00abSoy, en cierta manera, escritor\u00bb. Ese <em>en cierta manera <\/em>excede su presencia gramatical: sirve como la barra de Saussure (seg\u00fan Lacan) para deslizar un significante hacia otras dimensiones: y Juan Ruiz \u00abcede\u00bb su yo para que Narciso Espejo lo asuma: para que pueda decirse: \u00ab&#8230;si mi vida no se ha realizado a trav\u00e9s de acontecimientos heroicos o maravillosos, tiene, como especial caracter\u00edstica, la presencia de un testigo permanente de admirable sagacidad\u00bb. Ese testigo (del libro: Meneses) otorga a Narciso \u00abvocaci\u00f3n de espejo\u00bb. Juan y Narciso se reflejan mutuamente. Pero cuando Narciso escriba, solo rescatar\u00e1 reflejos de recuerdos: una falsa biograf\u00eda.<\/p>\n<p>Biograf\u00eda o documento que puede ser, a la vez \u00abcopia del documento primitivo\u00bb; con lo cual Meneses, al decirlo, funde moment\u00e1neamente su proposici\u00f3n te\u00f3rica acerca del libro que est\u00e1 escribiendo con el tema que va a desarrollar. Pero no nos preguntemos por qu\u00e9 puede ser todo esto una copia. \u00bfCopia de qu\u00e9, imitaci\u00f3n de qu\u00e9? \u00bfAcaso simple duplicado de una biograf\u00eda o acaso <em>mapa, pergamino, reflejo en el cristal <\/em>de un destino personal, de un pa\u00eds?<\/p>\n<p>Con qu\u00e9 agudeza intuy\u00f3 Meneses que -aparte de las imprescindibles exigencias de verosimilitud establecidas por una novela que cada nuevo creador violar\u00e1 (Arist\u00f3teles se disgusta)- ese g\u00e9nero no se resuelve mientras el autor pretenda hacer solo denuncia pol\u00edtica, historia, folklore o masturbaciones: a la vez que se afirma sobre lo concreto de su presente, cada verdadera novela debe olvidar esas concreciones para mirarse a s\u00ed misma, dudando y celebrando su autonom\u00eda. \u00abEl tiempo es enemigo de todo espejo\u00bb confirma otro de los narradores; por ello, el agua del espejo -la composici\u00f3n novelesca- tiene que permanecer ajena a cuanto refleja: aunque parad\u00f3jicamente sea imposible desligarlos.<\/p>\n<p>El misterio \u00faltimo de tal conjunci\u00f3n, seg\u00fan Meneses (o Narciso) consistir\u00eda en ser \u00abespejo del espejo\u00bb: escritura que desdobla la letra o novela que se realiza descubriendo sus resortes, sus centros anexos.<\/p>\n<p>El soporte te\u00f3rico del libro tambi\u00e9n es cerrado con una iron\u00eda: si bien la existencia del \u00abCuaderno\u00bb es inexorable; si bien su posible autor le dio t\u00edtulos diversos (como el <em>Espejos y disfraces <\/em>-t\u00edtulo de una obra que Meneses publicar\u00eda en 1967-); si bien el<\/p>\n<p>\u00abCuaderno\u00bb se caracteriza porque para Juan Ruiz \u00abLa prosa era [&#8230;] un instrumento preciso, dirigido hacia problemas de estricto juego literario. Como si quisiera manejar solamente jugos filtrados a trav\u00e9s de conceptos y teor\u00edas muy seguros y definidos\u00bb, todo ello no nos permite olvidar que un Pedro P\u00e9rez -u otro nombre sin especial distinci\u00f3n: t\u00fa o yo- corregir\u00e1 y tachar\u00e1 la sostenida obra del suicida.<\/p>\n<p>El gesto de la medalla, bello porque lo cumple Narciso Espejo un adolescente, esconde de alg\u00fan modo la traici\u00f3n (o la justificaci\u00f3n) con que P\u00e1ez suceder\u00e1 a Bol\u00edvar, y Guzm\u00e1n a Zamora, y cada uno de nuestros gobernantes al otro. En la ilaci\u00f3n pol\u00edtica, Meneses deja sobrentendidas las otras debilidades: la del dinero contra el talento, la del poder y la publicidad contra el amor, etc\u00e9tera.<\/p>\n<p>Tanto en <em>La mano junto al muro <\/em>como en <em>El falso cuaderno de Narciso Espejo, <\/em>Meneses ofrece dos versiones, dos cuerpos textuales para un mismo centro: el de esa imagen nuestra qu\u00e9 queremos descifrar -como seres, como pa\u00eds- y de la cual \u00fanicamente podemos fijar una certeza: su evasiva aparici\u00f3n, su presencia a medias entre el esplendor y la verg\u00fcenza. Pesimismo certero de un autor para quien, tal vez, solo resta algo de saludable verdad y de candor, en un hombre an\u00f3nimo que podr\u00eda llamarse Pedro P\u00e9rez.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-balza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Balza Aunque comerciantes y expedicionarios ten\u00edan el deber de mostrar \u00e9xito y esplendores ante la corte y la sociedad espa\u00f1ola desde 1492, hay, primero en los documentos oficiales y luego en cartas, cr\u00f3nicas, testimonios y memorias, la sutil filtraci\u00f3n de equ\u00edvocas se\u00f1ales acerca de su psique en Am\u00e9rica, el mundo descubierto. 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