{"id":4448,"date":"2022-05-18T19:54:14","date_gmt":"2022-05-18T19:54:14","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4448"},"modified":"2023-11-24T18:31:00","modified_gmt":"2023-11-24T18:31:00","slug":"dos-cuentos-de-antonio-marquez-salas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-antonio-marquez-salas\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Antonio M\u00e1rquez Salas"},"content":{"rendered":"<h3 class=\"title\">El hombre y su verde caballo<\/h3>\n<p>Apoyando la muleta sobre la tierra encharcada, avanza el indio Genaro por el rojo camino del r\u00edo. La muleta se hunde profunda en el fango. El sol h\u00famedo de la ma\u00f1ana, el esfuerzo que hace por sacar lo muleta del barro mantienen su rostro goteando espeso sudor.<\/p>\n<p>El camino es de greda roja, muy blanda, despedazado por el continuo pasar de recuas, Antes del mediod\u00eda el indio se halla casi desfallecido sobre la tierra, mientras la muleta permanece clavada en el fango. El sol llueve sobre la pobre cabeza del indio. Por e1 rojo camino cubierto de vapores azulosos nadie pasa. El indio se encuentra solo, con su muleta hundida entre la greda que comienza a endurecerse y con el obligado silencio a que somete todas las cosas aquel sol achicharrante.<\/p>\n<p>Nadie pasa. Siente la lengua reseca entre las fauces, La humedad del fango podrido lo mantiene aletargado. Mira hacia arriba y aquel azul parece nunca acabar. No hay en \u00e9l ni una raya blanca.<\/p>\n<p>Una nube de moscas ronda el cuerpo del indio Genaro. Hace dos d\u00edas que ha salido del hospital, mutilado.<\/p>\n<p>Meses atr\u00e1s, una astilla de le\u00f1a le levant\u00f3 la carne hasta el hueso. Genaro se empe\u00f1\u00f3 con los medios a su alcance, por ver la herida seca, la pierna sana.<\/p>\n<p>La herida san\u00f3 aparentemente, pero sigui\u00f3 manando pus por un peque\u00f1o orificio. Transcurrieron los d\u00edas y las semanas y la herida no sanaba del todo. Entonces lleg\u00f3 aquella puerca mosca y le agusan\u00f3 la carne. El dolor fue insoportable. Se arranc\u00f3 la carne podrida con las u\u00f1as, se exprimi\u00f3 la llaga y vio salir gusanos rechonchos, semejantes a frijoles blancos. Eran como conos amarillos, con cierta dura movilidad. Alrededor de la herida la carne estaba tensa, ten\u00eda un brillo azulino.<\/p>\n<p>Desde luego, no pudo trabajar m\u00e1s. Pocos d\u00edas despu\u00e9s se hallaba con la pierna gangrenada; entonces llegaron unos vecinos de m\u00e1s all\u00e1 del r\u00edo y lo bajaron en una hamaca hasta el pueblo, donde nada pudieron hacerle, por lo que hubo de ser trasladado a la ciudad. Genaro lleg\u00f3 casi muerto. Lo mismo hubiera deseado morir. Los ojos inmensos por la fiebre, sele hund\u00edan profundos en las cuencas.<\/p>\n<p>En la ciudad le cercenaron su pobre pierna podrida. S\u00f3lo le qued\u00f3 un peque\u00f1o mu\u00f1\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">II<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os juegan con una vieja rueda, escarchada de or\u00edn. Rueda abandonada, prestigio del lugar y blas\u00f3n de la comarca.<\/p>\n<p>Alrededor de la casa est\u00e1 el sol como un gato echado, El viento enmara\u00f1a el pelo de los ni\u00f1os que juegan con la gran rueda del hambre.<\/p>\n<p>Camino abajo se ve llegar, casi a rastras, al indio Genaro. Es un pobre indio viejo. Llega con su \u00fanico pie, El otro es s\u00f3lo un mu\u00f1\u00f3n lacerado del que a\u00fan chorrea sangre. Se le ve llegar con los ojos cansinos.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os se disparan hacia \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Taita! \u00a1Taita!<\/p>\n<p>Los perros saltan detr\u00e1s de los ni\u00f1os.<\/p>\n<p>En la cocina se cuecen, al rescoldo, unas batatas terrosas. Casi no hay brasas en el fog\u00f3n. Los ni\u00f1os tienen hambre, pero juegan con su inmensa rueda del hambre.<\/p>\n<p>Son como las dos de la tarde y el indio Genaro llega. Llega, pero con una pierna menos. Los ni\u00f1os no preguntan nado. S\u00f3lo piden qu\u00e9 comer.<\/p>\n<p>\u2014 Tenemos hambre \u2014dicen a coro.<\/p>\n<p>Detr\u00e1s de los ni\u00f1os viene una mujer. Es Domitila, la mujer del indio. Camina un poco agachada, con lo senos colgantes y lo ojos intranquilos. Domitila tiene el cabello grueso y unos enormes pies rajados por la lej\u00eda de la tierra. Es una mujer con garrapatas que se prenden en su carne. Siempre tiene un nido de ellas en el fondo de las orejas. En este momento parce un pellejo relleno de paja, con partes gordas y partes flacas.<\/p>\n<p>Pero el indio Genaro llega con una pierna menos. Esto es mucho decir. Con una pierna menos, pero por lo menos llega. Por eso es mucho pedir. Porque los que bajan rara vez vuelven. O vuelven en forma de fantasmas, de apariciones que en las alcobas introducen viejos b\u00fahos con piojos, brillantes a la luz de la luna. Pero es un favor de Dios, un verdadero favor de Dios, el que Genaro llegue, aun cuando solo traiga una pierna.<\/p>\n<p>Por eso Domitila piensa en esto mientras camina al encuentro del indio que se arrastra por el camino en declive, ansioso de llegar a su rancho. A su rancho de hoja negra, que es como una enc\u00eda desvestida, como algo lejano para sus ojos de fiebre y laga\u00f1a. Pero llega. Y no es una ilusi\u00f3n, porque ve los senos flatulentos de Domitila; porque ve chocar las aldabas de rabia contra el vientre que le diera tres hijos que chillan como perros en medio del lodazal en que se ha convertido su vida.<\/p>\n<p>Indio y con una pierna menos.<\/p>\n<p>Alguien la hab\u00eda cogido y largado lejos. La hab\u00eda largado para que los perros le arrancaran la carne a pedazos. Para que los perros o los zamuros, que daba lo mismo, le levantaran los hollejos de los huesos. Para que esos mismos huesos fuesen lavados por la lluvia y aparecieran en cualquier camino y los triturara alguna perdida\u2026 errante carreta. Para que una peque\u00f1a cruz ardiera alguna vez en torno de esos huesos ro\u00eddos de impaciencia, que antes lo llevaron a \u00e9l sobre la tierra mansa y buena.<\/p>\n<p>Ahora a su alrededor s\u00f3lo hay ni\u00f1os y una mujer con los ojos como garrapatas. Los ni\u00f1os a\u00fallan, chillan y embeben todo el paisaje con su hambre que chorrea, que gotea por la pelambre de los burros y las vacas, por los terrones ardidos y por las conchas de los \u00e1rboles sedientos. Y \u00e9l mismo llega con la nostalgia, es decir, con el hambre de su otra pierna. De la suya diurna y nocturna. De la suya que excavara la barriga del perro que mat\u00f3 buscando el anillo de oro que \u00e9ste hab\u00eda arrancado a Domitila mientras dorm\u00eda.<\/p>\n<p>Cuando se met\u00eda en el fango de la ci\u00e9naga sent\u00eda bajo su pie, ahora perdido, una alegre comez\u00f3n que le llenaba toda la sangre; que lo hac\u00eda re\u00edr a carcajadas, hasta cloquear como un viejo pato. Entonces sent\u00eda su gran sexo poderoso hincharse como una fruta de tuna, como una dura vara de carb\u00f3n fulgurante entre los recios m\u00fasculos de la fogata.<\/p>\n<p>Genaro el indio, con su cara manchada de gruesas larvas de aj\u00ed, llena de contracciones, Genaro llama a su pie. A su pie que la sido cercenado y que ahora navega por las oscuras y polvorientas horas de su pasado. Quiere apoyarse y s\u00f3lo encuentra el vac\u00edo. Quiere saber que tiene su pie, que puede, al llegar a su rancho, meterlo en agua de sal, o unt\u00e1rselo con z\u00e1bila, o simplemente ba\u00f1\u00e1rselo con agua. Y su pie no est\u00e1 con \u00e9l, pero s\u00ed el sol rutilante y un p\u00e1jaro que silba en la arboleda baja y frondosa que se ve verdear all\u00e1 en la vertiente del r\u00edo. Eso es lo que con \u00e9l se halla. Y el sol y la sed. Y adelante, casi encima tuyo, nos ni\u00f1os que se acercan con su hambre. Que le gritan su hambre, que le piden pan.<\/p>\n<p>No oye m\u00e1s que<\/p>\n<p>\u2014 Taita pan, pan\u2026<\/p>\n<p>Y \u00e9l, \u00bfqu\u00e9 trae? No trae m\u00e1s que una pierna menos y un palo, un garrote. La muleta qued\u00f3 all\u00e1, pesada, hundida en aquel barro tibio y f\u00e9tido.<\/p>\n<p>Eso trae. Nada m\u00e1s. Una mera huella y la nostalgia de su otra pierna, perdida entre algunos chorros de sudor, de sangre y de alcohol. Que acaso ya humeara entre el esti\u00e9rcol, bajo las duras goteras delas corsa rotas en los nidos oscuros y maloliente de las golondrinas.<\/p>\n<p>Eso es lo que trac. Una pierna menos. Pero la mujer, Domitila, dice que por lo menos ha vuelto y eso es ya mucho traer. Ha vuelto con una pierna menos, con un mu\u00f1\u00f3n que no ha sido curado, sangrante y oliv\u00e1ceo, lleno de p\u00fastulas blancas y costras falsas. Con un mu\u00f1\u00f3n que, maldito, cogi\u00f3 la misma gusanera que le hizo perder su pierna.<\/p>\n<p>Con cuidado, el indio Genaro se hunde en el mu\u00f1\u00f3n una astilla de le\u00f1a, para arrancarse algunos pedazos purulentos, en un af\u00e1n de aliviarse aquel dolor. Eso trae, porque en el camino se durmi\u00f3 del puro cansancio y una mosca le puso, \u00e9l mismo no supo c\u00f3mo, un panal de queresas que ahora son violentos gusanos taladrantes. La astilla se hunde en los huecos llenos de pus, como el garrote en el barro, y con un suave movimiento de palanca, hace brotar gusanos que se mueven rabiosamente.<\/p>\n<p>Eso es lo que trae. Nada m\u00e1s. Y ah\u00ed frente a \u00e9l est\u00e1n unos ni\u00f1os que le piden pan y le llaman taita. Y sobre todo Domitila con su vientre bajo, siempre, como si estuviera a punto de acurrucarse. Como si continuamente tuviera diarrea y necesitara agacharse. Y en la lejan\u00eda, casi en pasado, su rancho frente al prado, como si fuera una nariz que husmeara el grueso aliento del r\u00edo. De ese r\u00edo lento como un buey inservible que baja tres cercados m\u00e1s lejos, pegado a las costras de la tierra.<\/p>\n<p>Ya es algo lejano en su vida aquel toro amarrado un lento tronco de laurel que alza con cierta majestad algunas ramas sarmentosas; el mara\u00f1\u00f3n o padrote detr\u00e1s del almizcle de la hembra, estirando su gran trompa y mostrando sus dientes cortantes y sus berridos, y el caballo escondido en la sombra verdosa del pasado. Su verde caballo, con el negro cabestro d\u00f3cil, extendido como la hierba, por dentro como la saliva, como los pingajos que le cuelgan de las orejas o como los p\u00e1jaros que le danzan en la ma\u00f1ana sobre el lomo, picoteando garrapatas.<\/p>\n<p>Este es su verde caballo, con luz en los patas hinchadas y que por las noches piafa en sue\u00f1os acord\u00e1ndose de su hermosa y lejana juventud. All\u00e1 est\u00e1 con todos los aperos de su alma el indio Genaro, esperando legar a los costales para tenderse y olvidarse definitivamente de su pierna.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">III<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os frente a la puerta atajan aquel r\u00edo de hormigas que pretende desbordar y llegarse hasta la pierna agusanada del hombre. Los ni\u00f1os atajan las hormigas como en un juego siniestro. Son los hijos de Genaro que defienden su derecho a matar hormigas, a comer batatas y auyamas. Entre tanto Genaro se halla sobre los viejos costales ba\u00f1ado en sudor, con aquel mu\u00f1\u00f3n gangrenado lleno de gusanos que excavan en su pierna, en su sangre en su vida. Son los gusanos de Genaro. La mujer con un pa\u00f1o aletea sobre la pierna para Impedir que las moscas se sienten sobre ella.<\/p>\n<p>Por las noches las ranas se quejan en los charcos y Genaro en la choza. Los ni\u00f1os se hallan encogidos sobre s\u00ed mismos y duermen con los huecos de las narices llenos de insectos. Por eso tosen y despiertan al indio que ve avanzar aquella rabia ulcerada de su pierna por las paredes de su cuerpo.<\/p>\n<p>La mujer comienza de nuevo a manejar el trapo y los gusanos a sorber el l\u00edquido putrefacto. Las toses se repiten en la noche y sobre el c\u00e9sped que nace frente a la choza, los perros ladran hacia los \u00e1rboles que ocultan el resplandor lunar. Por entre ellos llega un viento suave y puro que se cuela por las hendijas de la puerta y ba\u00f1a de fr\u00edo aluminio la frente afiebrada del indio Genaro. En la cuadra se oye de vez en cuando un fuerte resoplido y un roce la madera con lenta voracidad. Es su viejo y verde caballo de trompa desva\u00edda. Su caballo que sabe que all\u00e1 en los costales que se ape\u00f1uscan al costado del mundo, est\u00e1 el indio Genaro luchando con los gusanos que son como la gloria.<\/p>\n<p>La fiebre es lenta y rabiosa, pero el aire dulcifica aquel trac-trac de los gusanos. La carne toda le cruje y se siente un dolor agudo. \u00a0Las sombras se alzan hasta la mujer que espanta los mosquitos que pretenden posarse en la pierna del indio Genaro. Se alzan hasta sus ojos Que brillan en la noche hasta la saliva que pugna por salir de sus gl\u00e1ndulas. Un gallo despierta la noche y corta las sombras con un canto ronco, desesperado.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os tosen encogidos sobre los cueros y la mujer se echa en la tierra apelmazada y parda, doblegada por el cansancio. El indio comienza a sentir c\u00f3mo las ratas le est\u00e1n oliendo su pobre pierna gangrenada, c\u00f3mo roen el hueso tumefacto, c\u00f3mo escarban en carne y chillan en la sombra. \u00a0El indio Genaro no quiere despertar a su mujer que yace tendida sobre el suelo, rendida, como bestia mutilada.<\/p>\n<p>El indio no quiere despertara, pero las ratas llegan desde la sombra y se tiran encima de su pobre pierna gangrenada. El indio no profiere un solo lamento. No quiere quejarse, pero las ratas suben por su pierna como la muerte. El indio mira indiferente las sombras que salen de su cuerpo y se pierden en la noche. El sabe que por su cuerpo avanza aquella incendiada \u00falcera, aquella lenta quemaz\u00f3n, como en un terrible verano que arrasara la oscura tierra de su cuerpo.<\/p>\n<p>Sabe que por su sangre anda ya aquel estuoso delirio donde se mezclan hongos de veneno latente creciendo como verrugas, aves de latas de pescado, tiras destrozados, espuelas abandonadas que se hunden en el l\u00e9gamo de los charcos como patas de gallo, objetos de barro ennegrecido, que se deshacen entre los verbenales.<\/p>\n<p>El sabe que dentro de poco su cuerpo se elevar\u00e1 en una densa y ofuscante columna de humo. En el pesebre el caballo golpea las piedras con los cascos. Sus hondos resoplidos llenan el ambiente de aquel amanecer estrellado. Genaro atisba por entre las junturas de barro, el tenue resplandor de las estrellas. Las nubes pasan a gran altura. Los p\u00e1jaros comienzan a despertar los insectos que ponen sus huevos en la verde corteza de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>Genaro no quiere quejarse, pero ve c\u00f3mo aquellos animales le succionan la sangre, le roen la carne desflecada. Los ve. \u00a1Acaso no se paran en dos patas y muestran sus dos ojos vivos y frecuentes! \u00a1Sus hocicos con largos pelos m\u00f3viles!<\/p>\n<p>Con cuidado va moviendo su garrote, lentamente porque no son muchas sus fuerzas. Lo coloca casi contra el vientre arrancarlo algunos hilos del <em>cat-gut<\/em>. Con un desesperado y fren\u00e9tico es-fuerzo hunde la punta del garrote en el vientre de la rata, que apenas da un chillido. Ahora en el palo hay un fant\u00e1stico anillo vivo, de v\u00edsceras palpitantes, de ojos implorantes en la noche.<\/p>\n<p>El indio se pudre en unos sacos de australes bordes indescifrable. El resplandor del alba pone un bozal en la jeta del caballo y ba\u00f1a de listas azulinas su cuerpo desmesurado en la sombra. El esti\u00e9rcol refulge bajo sus pisadas dementes y por sus ojos baja una. Luz di\u00e1fana y pura.<\/p>\n<p>El indio Genaro recuerda su verde caballo en los d\u00edas en que su lomo temblaba bajo la alegr\u00eda de la lluvia. Cuando los murci\u00e9lagos dejaban caer sus frutos sobre el pesebre que el caballo mordisqueaba asustado, y cuando con la totuma lo ba\u00f1aba en el rio rasp\u00e1ndole el barro y la mugre con una raqueta.<\/p>\n<p>A su caballo le falt\u00f3 siempre un poco de orgullo para rebelarse y no conducir sobre su lomo tantas arrobas de \u201ctela\u201d, de caf\u00e9 o de panela, por a\u00f1os y a\u00f1os para que el indio Genaro pudiera, finalmente, llevar a su rancho media panelita, un frasquito de kerosene y un pedazo de pescado hediondo. Y de vez en cuando una zaraza para su mujer.<\/p>\n<p>Lo que sobraba lo dejaba para el michito\u2026 el michito que no pueden prohibirle ni su caballo que lo mira, \u00e9l lo dice, con burla, ni la mujer que ahora yace boca arriba sobre el piso\u2026 ni los vientres abultados y deformes de sus hijos, que cuando lleg\u00f3, no hicieron m\u00e1s que mirarlo a la cara con las comisuras de los labios llenos de baba verde. Nadie puede impedirle su michito. Por eso \u00e9l, que se halla tirado sobre estos costales con la hinchaz\u00f3n que ya llega hasta las ingles y le vetea de rojas manchas el abdomen y sube hacia su garganta como un lento \u00e1rbol ardoroso, piensa en el michito. Si lo tuviera quiz\u00e1s se sintiera aliviado, quiz\u00e1s pudiera arrastrase hasta el patio, adonde llega el suave viento de junio rozando la hierba y se escuchan los ruidos intensos del despertar del mundo.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s pudiera llegarse hasta el r\u00edo y lavarse su pierna t\u00famida, que le late como un violento coraz\u00f3n desesperado. Se lavar\u00eda la pierna con toda la fuerza de sus u\u00f1as, se arrancar\u00eda los nervios que lo martirizaban, quiz\u00e1s se la machacar\u00eda contra una piedra y oir\u00eda el chasquido de los huesos triturados. Har\u00eda cualquier cosa, menos dejar que este dolor que parec\u00eda una lenta y profunda cuchillada en los test\u00edculos continuara victim\u00e1ndolo.<\/p>\n<p>H\u00e1cese m\u00e1s profunda su soledad porque la muerte lo rodea con sus lentos pasos de sombra. Lo rodea, lo hiere en lo vivo de los ojos, hora a hora m\u00e1s densos y acuosos, en los cuales los p\u00e1rpados pesan como una vida impura.<\/p>\n<p>Tiene los ojos hinchados y l\u00e1grimas que \u00e9l no llora ruedan por su rostro desmesuradamente p\u00e1lido y confuso, como si la muerte lo estuviera intimando desde adentro. Como si realmente lo llamara desde las v\u00edsceras; como s\u00ed desde su pierna agusanada le hiciera misteriosas se\u00f1ales<\/p>\n<p>El mu\u00f1\u00f3n podrido es como el ojo absurdo de Dios, lleno de nervios saltados y viscosidades que avanzan hacia la dura realidad de la tierra, en busca del sol deslumbrador de la ma\u00f1ana eterna. Al encuentro de la pierna perdida, peregrina de los anchos mundos del delirio, bajo las estrellas tr\u00e9mulas y fr\u00edas.<\/p>\n<p>En esto piensa el indio Genaro cuando el sol ya brilla sobre los \u00e1rboles en aquel hermoso d\u00eda de junio, La hierba est\u00e1 mojada y el balde de lat\u00f3n relumbra bajo la luz tibia y fecunda de la ma\u00f1ana. Con golpes de lengua un perro bebe agua de un viejo c\u00e1ntaro. Es un perro lleno de huesos vivos, con el pelo del cuello mullido de pulgas y los ojos cansados. Un lento olor de arena tibia se levanta de la tierra.<\/p>\n<p>Por la boca de la choza aparece primero un ni\u00f1o que comienza a caminar hacia donde el perro se halla. Se sienta frente al sol con los ojos cerrados y la boca abierta, como si esperara alg\u00fan extra\u00f1o mendrugo. M\u00e1s tarde aparece otro ni\u00f1o y detr\u00e1s un tercero apenas vestido.<\/p>\n<p>Dentro de la casa se oye toser angustiosamente a la mujer. El indio Genaro yace con los ojos semiabiertos. La mujer est\u00e1 sol\u00edcita a su lado, como avergonzada de haberle descuidado. El indio la mira con dulzura, desde una lejana sonrisa. Alza con esfuerzo su mano descarnada y la pasa por los senos exhaustos de la mujer. Esta \u00a0coge la mano del indio y se la lleva a la cara como si con ello se proporcionara un raro e intenso placer. Sin embargo, las manos del indio son duras, callosas, apenas puede darle flexibilidad a los dedos.<\/p>\n<p>Domitila sale fuera de la choza y vuelve en poco tiempo con una taza de agua fresca y con un pedazo de trapo comienza a limpiar el rostro manchado y sudoroso del indio. Este la deja hacer tranquilo. Piensa que ella limpia porque sabe que la muerte est\u00e1 muy cerca y es bueno que los seres que se aman la reciban con el rostro limpio y reconciliado. El indio siente el dulce placer del agua sobre su rostro ardiente.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">IV<\/p>\n<p>Los perros ladran camino del r\u00edo, Sobre el balde de lat\u00f3n que la mujer lleva en la cabeza, el sol brilla alegremente. Algunos p\u00e1jaros pasan rozando la hierba.<\/p>\n<p>Domitila piensa en el hombre que ha quedado en la choza. Piensa en ella y en la choza y en el hombre que madura su muerte all\u00e1, con su propio carburo, con su sangre de lenta corrupci\u00f3n, mientras ella va camino del agua adormecida del r\u00edo. Piensa en el r\u00edo con su lomo rojizo de tierra desle\u00edda y en los ni\u00f1os que se hunden en el fango hasta las rodillas. La mujer piensa en \u00e9l, le ve las enc\u00edas p\u00e1lidas, los brazos ca\u00eddos y el pelo de rala ceniza. Piensa en \u00e9l, Genaro, hombre suyo tantas y tantas veces. Hombre suyo hasta por todas las veces de su vida suya, tan suya que nadie m\u00e1s la salvar\u00eda ya de cargar con estos tres hijos suyos, paridos, malditos y benditos todos los d\u00edas de hambre o de hartaz\u00f3n.<\/p>\n<p>Alg\u00fan d\u00eda estos hijos la ver\u00edan acabarse a ella tambi\u00e9n. \u00bfEstar\u00edan todos a su lado, como lo est\u00e1n mientras Genaro ara\u00f1a la tierra y la amasa con sus propios orines? Ya no ser\u00edan ni\u00f1os, ser\u00edan hombres con los ojos tristes y hambrientos.<\/p>\n<p>Pero, \u00bfmorir\u00edan ellos tambi\u00e9n? No podr\u00edan crecer, crecer hasta llenar toda la tierra. Hasta que ni los amos de la tierra que tan duramente los hab\u00edan hecho trabajar, a ella y a Genaro, pudieran doblegarles sus cuerpos de \u00e1rbol de piedra, duros. Sus cuerpos y m\u00e1s todav\u00eda por dentro el coraz\u00f3n como todas las llamas del purgatorio, como todas las amas que incendian los pajonales, como todas las llamas.<\/p>\n<p>Entonces traer\u00edan las manos como hachas, como venganza, como so- as para todas aquellas gargantas; para que todas aquellas cabezas mostraran la lengua roja de miedo, de agon\u00eda infinita y salvaje.<\/p>\n<p>Ellos, sus hijos, quiz\u00e1s ver\u00edan la tierra limpia, donde la luna y las estrellas y los grillos y los alacranes dormir\u00edan tranquilos con sus propios ojos, mirar\u00edan con los ojos de todo, oir\u00edan para siempre con sus orejas, aquellos ruidos y se\u00f1ales de la tierra. Vendr\u00eda entonces la rotura del la siembra y la germinaci\u00f3n, las lluvias y las cosechas. Y habr\u00eda abundancia para todos. Para el est\u00f3mago ahora macilento y para el lomo cimbrado del caballo. Quiz\u00e1s tambi\u00e9n podr\u00edan conseguirse retazos anchos e hilo y\u2026 bueno, todo, todo, Y sus hijos ser\u00edan Fuertes como la tierra, con la sabidur\u00eda de la tierra y jam\u00e1s dejar\u00edan de volver con sus piernas vivas, fuertes, enteras.<\/p>\n<p>Esto piensa Domitila, mientras se acerca al r\u00edo que pasa, como una baba lenta.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">V<\/p>\n<p>Ninguno como Genaro sabe, ninguno, que la muerte hace respirar tan hondo, que la fiebre le exalta sus \u00faltimos y definitivos humores. Pero \u00e9l no quiere morir tirado en aquellos costales como un perro. Porque \u00e9l, Genaro, tan fuerte siempre, toda su vida, ahora echado all\u00ed con una pierna menos y sin fuerzas, no puede salir afuera de la choza, no puede ver como el sol seca la tierra y m\u00e1s all\u00e1 la tierra verde en suaves olas temblorosas, como el lomo sucio de su caballo.<\/p>\n<p>La tierra es su verde caballo. \u00a0Su \u00fanico y aut\u00e9ntico caballo de belfo sangriento. Ella est\u00e1 all\u00ed con p\u00e1jaros y flores, con la hierba alta mecida por los vientos tristes de junio.<\/p>\n<p>La tierra, su verde caballo sin fronteras. Ancha, extensa hasta donde llaman el mar, para \u00e9l, Genaro, moribundo y para todos, todos, hasta las negras hormigas que beben los l\u00edquidos que manan de su pierna podrida. De todos. Todos cabalgar\u00edan sobre aquel lomo, en la noche intensamente azul, viendo las estrellas refundirse en el horizonte.<\/p>\n<p>\u00c9l, Genaro, marchar\u00eda entonces, con su pierna sana y firme, llevando a su mujer y a sus hijos sobre el lomo de su verde caballo, al encuentro del sol glorioso de la noche.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El central <\/strong><\/h3>\n<p>La estructura de hierro y lat\u00f3n del Central contrastaba con la mon\u00f3tona simetr\u00eda con que estaban recortadas las verdes parcelas. Por el camino, que formaba una especie de terraza, a ambos lados de los surcos de volteada tierra rojiza, marchaba una larga fila de hombres de color, llevando pesados y afilados machetes tendidos sobre el hombro, rumiando una brumosa letan\u00eda sil\u00e1bica. Un remendado pantal\u00f3n arremangado hasta la rodilla y un ancho sombrero de paja eran toda la vestimenta de aquellos fantasmas de magras carnes bronceadas.<\/p>\n<p>Cuando el sol comenzaba a tender su par\u00e1bola de oro sobre la tierra, los hombres ya formaban grupo frente a la puerta del Central, esperando ser incluidos en el cupo de trabajo diario.<\/p>\n<p>El mayordomo, un zambo alto y musculoso \u2014que se hab\u00eda mandado saltar los incisivos para repon\u00e9rselos de oro\u2014 con voz mohosa recit\u00f3 los nombres de los favorecidos, limpi\u00e1ndose la frente con un pa\u00f1uelo de indefinible color.<\/p>\n<p>Los que no escucharon sus nombres, se volvieron silenciosamente por el camino, que ahora los conduc\u00eda a una corta explanada, al otro lado de la v\u00eda f\u00e9rrea, donde estaban construidas unas sesenta chozas, de un indescriptible aspecto de miseria. Desgarbados perros sarnosos con los ojos hidrof\u00f3bicos se paseaban de un lugar a otro escarbando en los montones de basura que se acumulaban en las orillas de las chozas. Oscuros hilillos de humo se despegaban trabajosamente de los techos de paja, danzando sobre ellos y desapareciendo luego en el espacio. Una mujer negra, de senos como conos puntiagudos, lactaba una pe- que\u00f1a masa de carne oscura.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfOye t\u00fa, Narcisa, p&#8217;ande vai&#8230; \u2014La mujer se detuvo dubitativamente, volviendo los ojos lentamente hacia el que la interpelaba y se le encar\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Mira, negro Pinto, t\u00fa soy muy met\u00edo. A ti t&#8217;importa p&#8217;ande yo vaya, polque t\u00fa no soy mi mar\u00edo, que se muri\u00f3 y est\u00e1 muy enterrao.<\/p>\n<p>El negro Pinto que era el mayordomo del Central, continu\u00f3 sin inmutarse.<\/p>\n<p>\u2014 Pero no te pongai as\u00ed, que yo no te voy a ech\u00e1 ning\u00fan maleficio. Na&#8217;m\u00e1s te quer\u00eda pregunt\u00e1 pol qu\u00e9 no habei tra\u00edo m\u00e1s jembras g\u00faenas pal Central.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfPol qu\u00e9?&#8230;. Y t\u00fa me lo preguntai \u2014dispar\u00f3 Narcisa\u2014. Despu\u00e9s ust\u00e9s querrei arreglarlas con cuatro reales y yo no las traigo de balde.<\/p>\n<p>Narcisa era una mujer de unos cuarenta a\u00f1os, metida en carnes, de gesto y porte decidido, Todo el mundo sab\u00eda que se dedicaba a la trata de mujeres. El negro Pinto prosigui\u00f3, tratando de gan\u00e1rsela.<\/p>\n<p>\u2014 Mira, pronto va a comenz\u00e1 el \u201ccorte\u201d, tr\u00e1ete unas cuantas jembras g\u00fcenas, pa que te hagas unos centavos. Yo me pongo al habla con el celador pa que te deje tranquila.<\/p>\n<p>Narcisa, con los ojos de la duda, respondi\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014 Vamo a v\u00e9. \u00bfTe acordai de la Juana Merc\u00e9? \u2014 Con una visita ir\u00f3nica en los labios se alej\u00f3 lentamente, hasta hacerse un punto cada vez menos visible a lo largo de la v\u00eda f\u00e9rrea. Mientras tanto el negro Pinto se hab\u00eda quedado pensando ensimismado en la Juana Merc\u00e9.<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Ay! Juana Merc\u00e9, Juana Merc\u00e9. Esa muj\u00e9 s\u00ed que val\u00eda; cada vez que me recuerdo me da como un sarpull\u00edo en los ri\u00f1ones. Que sabrosa q&#8217;era. Si no juera s\u00edo por esa marimacha de Remigia Fuentes, quiz\u00e1s toav\u00eda juera mi rochela. \u2014De pronto como volviendo en s\u00ed se perdi\u00f3 r\u00e1pidamente en el sen- dero que conduc\u00eda al Central.<\/p>\n<p>\u2014 Detenga su be\u00edculo. \u2014Se le\u00eda en el letrero puesto frente a la caseta, donde mandaba en jefe el celador del central.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfC\u00f3mo estai, Juan de Dios&#8230; no llevai extranjeros? &#8230;.<\/p>\n<p>\u2014No, don Manuel, todos los que van aqu\u00ed son gallinas del mismo corral, el \u00fanico extranjero aqu\u00ed es el carro.<\/p>\n<p>Una carcajada de los pasajeros core\u00f3 la respuesta de Juan de Dios al celador, el cual sin hacer caso se volvi\u00f3 hacia una maciza mujer, de brazos peludos, cabellos lisos y recortados y cara cuadrada con ojos vivos y chispeantes. Su aspecto era de hombre c\u00ednico y desenfadado, que no teme o\u00edr palabras crudas ni devolverlas tampoco.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfDe d\u00f3nde ven\u00eds t\u00fa Remigia Fuentes? T\u00fa debei tra\u00e9 contrabando, no me lo neguei, polque cada vez que hay \u201ccorte\u201d, t\u00fa sacai de aqu\u00ed tus mil bol\u00edvares aunque se mueran dos o tre.<\/p>\n<p>\u2014Eso te cre\u00ed t\u00fa viejo Manuel. \u00a1Ah! mundo, si yo me reuniera unos centavitos para irme de puaqu\u00ed. \u2014Retruc\u00f3 astutamente Remigia.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfY qu\u00e9 habei hecho los sesenta juertes que le ganaste al compadre Segundo, el diablo?.. \u2014 Pregunt\u00f3 intencionadamente el viejo celador<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfY t\u00fa cre\u00ed que yo no tengo mis vicios\u2014contest\u00f3 Remigia.<\/p>\n<p>\u2014Bueno d\u00e9jalos pasar \u2014orden\u00f3 don Manuel a dos guardas que estaban junto a la camioneta, la cual parti\u00f3 velozmente hacia el poblado.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>\u2014 Esa muj\u00e9 como que tiene malas artes. A m\u00ed me han contao que tiene too lo que tiene un hombre. \u2014Coment\u00f3 uno de los guardas.<\/p>\n<p>\u2014 Yo no creo en eso. Esa muj\u00e9 lo que&#8217;s que se amarra muy bien las fardas. Yo la he visto tirando paradas de daos que no las tiran muchos, rodiaita de machos. Y no le tiene mieo a nadie. Dicen que eya ju\u00e9 la que apu\u00f1ale\u00f3 al negro Estanislao, porque dizque el negro la estaf\u00f3 en el juego. Eso dicen y esa muj\u00e9 es capaz de too.<\/p>\n<p>\u2014 Yo les voy a cont\u00e1 \u2014terci\u00f3 don Manuel \u2014; esa muj\u00e9 vino aqu\u00ed hace unos nueve a\u00f1os, cuando empezaba a produc\u00ed el Central y la trajo un tal catire Justino que vend\u00eda ropa y aguardiente de contrabando.<\/p>\n<p>\u2014 Dicen que en vez de s\u00e9 Justino el macho de Remigia, era Remigia el macho de Justino. Polque ique ella tiene las dos cosas. Y yo creo que s\u00ed polque ella trabaja pa viv\u00ed arrochel\u00e1 con otras mujeres. Y las mantiene y les da too. El negro Pinto y ella son enemigos, polque ella le quit\u00f3 al negro la rochela que ten\u00eda con aquella jembrita g\u00fcenamoza que llamaban Juana Merc\u00e9. Adem\u00e1s yo nunca la he visto jay\u00e1ndole mujeres a otros hombres, as\u00ed como hace Narcisa. Lo cierto es que un d\u00eda amaneci\u00f3 ahorcao el catire Justino y dicen que eya ju\u00e9 quien lo ahorc\u00f3 pa quitale treinta juertes que hab\u00eda recog\u00edo. Remigia se ha ido quedando y tiene el Central como si juera conuco propio. Un d\u00eda destos vamos a ten\u00e9 que echala de aqu\u00ed.<\/p>\n<p>Don Manuel qued\u00f3 en silencio, viendo c\u00f3mo el ca\u00f1averal en saz\u00f3n se rizaba suavemente en luminosas ondas verdes, que iban hasta el fondo del paisaje. Sobre ellas un gavil\u00e1n parec\u00eda dormirse en el \u00e9ter con las alas extendidas y de pronto, como si hubiese descubierto alg\u00fan bichejo, se desplomaba hacia la tierra en barreno. La alta y cil\u00edndrica chimenea del Central comenzaba a despedir una negra y densa columna de humo, se\u00f1al de que ya se estaba comenzando la molienda.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1nto dolor y cu\u00e1nta miseria humana representaban aquellas verdes parcelas; aquella refulgente primavera verde que tornasolaba el viento y aquella mole de hierro y lat\u00f3n, de alta y desafiante chimenea humeante!<\/p>\n<p>Era s\u00e1bado. El primer s\u00e1bado desde que hab\u00edan comenzado los trabajos de \u201ccorte\u201d en el Central. El peque\u00f1o poblado que antes aparec\u00eda ap\u00e1tico, con su miseria fr\u00eda y torturante, tomaba un inusitado aspecto de alegr\u00eda; de una enfermiza alegr\u00eda que quer\u00eda tornar rozagantes las fl\u00e1cidas carnes de aquellos hombres y mujeres. La risa se convert\u00eda en los labios agrietados por la s\u00edfilis en una tr\u00e1gica mueca, en un doloroso rictus que la pesadez del humo del tabaco y el abotagamiento del alcohol envolv\u00eda en una sola mortaja.<\/p>\n<p>El sol \u2014ese sol claro y brillante que seca los malos humores de la tierra y de los hombres\u2014 aparec\u00eda envuelto en una tenue pel\u00edcula opaca, que hac\u00eda que todo se volviese gris, y que el s\u00f3rdido aspecto de aquella alegr\u00eda tomase contornos diab\u00f3licos. Gente de color, gente blanca; hombres de color con manchas blancas, como si hubiesen sido desmanchados con agua de cloro; mujeres que en las cicatrices de la cara y la frente guardaban el recuerdo: de unos celos o de una borrachera de su amante de turno. Viejas enflaquecidas por el hambre, con los ojos sanguinolentos, los senos como feroces garrapatas exhaustas, y las enc\u00edas moradas y semipodridas. Ni\u00f1os desnudos y hambrientos que tend\u00edan la mano, aqu\u00ed y all\u00e1, en busca de una moneda sucia. Una larga primavera de miseria daba la vuelta a aquel mundo de fantasmas vivos. Una sinfon\u00eda en \u201ccrescendo\u201d, de dolor, de torpe alegr\u00eda, arrancaba los \u00faltimos restos de sensibilidad a aquellas pobres gentes.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>En la casa de la se\u00f1ora Te\u00f3fila hab\u00edan \u201cparado\u201d la fiesta. Mientras unos se daban empellones al ronco sonido de un cuatro y de unas maracas, otros se serv\u00edan una mezcla absurda de comida, que ellos llamaban \u201creg\u00fcerto\u201d. De pronto hubo un revuelo y aparecieron varias mujeres en el marco de la puerta y luego de vacilar un momento penetraron en la habitaci\u00f3n ya bastante lena. Entre ellas iba una mulata de cuerpo esbelto; hermoso cuerpo de mujer joven que hab\u00eda llegado a los diecisiete a\u00f1os. Los grandes ojos rasgados le bailaban una danza de alegr\u00eda y juventud, la boca con los labios un poco pronunciados, estaba no obstante bien modelada; el pelo muy negro y sede\u00f1o le ca\u00eda suavemente en la nuca en densos y voluptuosos bucles; no era alta, pero su estatura estaba bien proporcionada a la expresi\u00f3n de su rostro, que reflejaba una mezcla de picard\u00eda e infantilidad adorable. Gruesas gotas de sudor le bajaban por las sienes.<\/p>\n<p>Una oscura sensaci\u00f3n de lascivia pas\u00f3 por el cuerpo de todos los hombres all\u00ed reunidos, quienes abiertamente expresaron sus rabiosos deseos. Juana Merc\u00e9, que as\u00ed se llamaba la mulata, no hac\u00eda otra cosa que mostrarles la perfecta blancura de sus hermosos dientes, con lo cual desarmaba la est\u00fapida agresividad de aquellos sexos torturados.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>En el aposento interior hab\u00eda un grupo que hac\u00eda rueda a una cobija tendida en el suelo, y cada vez que rodaban los dados sobre la mugrienta cobija se contra\u00edan los rostros negros y blancos en una afiebrada mueca de angustia. El sudor, el humo del tabaco y los vapores del alcohol saturaban el ambiente. La suerte corr\u00eda de un lugar a otro. Muchos rostros se tornaban amarillentos, como en un ataque de ictericia, al ver que sus esperanzas y el jornal de una semana se evaporaban r\u00e1pidamente.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Alguien toc\u00f3 el brazo de uno de los jugadores, el cual no era otro que el negro Pinto. \u2014Ah\u00ed est\u00e1 la Juana Merc\u00e9\u2014. Esto lo dijo en tono confidencial pero suficientemente fuerte como para ser o\u00eddo por todos los presentes.<\/p>\n<p>Los jugadores quedaron un instante en suspenso, observando los rostros del negro Pinto y de Remigia, que se hab\u00edan quedado con los ojos fijes uno en otro. Una mancha morada circundaba los labios de Remigia y una lividez general hab\u00eda sustituido su oscuro color cetrino,<\/p>\n<p>El negro Pinto era cobarde. En m\u00e1s de una ocasi\u00f3n lo hab\u00eda probado. Pero era astuto y c\u00ednico y recibi\u00f3 el reto de Remigia con una forzada sonrisa, que mostr\u00f3 sus grandes incisivos de oro. Un pesado vaho de muerte flotaba en aquella dormida claridad. El desenlace de aquella lucha que no hab\u00eda sido propuesta era inminente, Un odio salvaje, terrible, congestionaba el aliento de aquellas dos personas. Y sin embargo, aparentemente eran un hombre y una mujer. Dos sexos distintos. Intereses tambi\u00e9n distintos que extra\u00f1amente ten\u00edan una ambici\u00f3n com\u00fan: el amor de una mujer; las caricias salvajes de una hembra joven. Eran dos naturalezas primitivas; dos animales en celo y todo hac\u00eda temer que suceder\u00eda algo definitivo.<\/p>\n<p>Remigia fue la primera que habl\u00f3 con voz fuerte, en la que hab\u00eda cierto tono inseguro.<\/p>\n<p>\u2014Mir\u00e1 negro, t\u00fa sabei que esa muj\u00e9 es m\u00eda, y el que me la quiera quit\u00e1 tiene que peli\u00e1mela.<\/p>\n<p>Pinto reaccion\u00f3 lentamente y con voz suave y sarc\u00e1stica le respondi\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, yo s\u00e9 Remigia. Como no voy a sab\u00e9. Esa muj\u00e9 es tuya. Pero t\u00fa me debei ya diez juertes. Si querei vamo a jugala en una \u201cparada\u201d de daos,<\/p>\n<p>Remigia se fue levantando poco a poco del suelo con los ojos fijos en el rostro sudoroso del negro. Qued\u00f3 un momento indecisa y luego sacando del seno un par de dados y mostr\u00e1ndoselos le dijo:<\/p>\n<p>\u2014Te la juego si echamos la \u201cparada\u201d con estos daos, polque yo estoy pensando que t\u00fa me estai ganando con daos \u201ccompuestos\u201d.<\/p>\n<p>Pinto sonriendo astutamente se guard\u00f3 los suyos y contest\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Como t\u00fa querai, Remigia. Yo me atengo a lo que t\u00fa mandei.<\/p>\n<p>Se arrodillaron al borde de la cobija, mientras los presentes formaban cerco expectante alrededor de ellos.<\/p>\n<p>\u2014Vamos a ve quien echa primero \u2014rezong\u00f3 Pinto.<\/p>\n<p>Remigia asinti\u00f3 con la cabeza. Remigia fue la favorecida. Como cumpliendo un ritual se escupi\u00f3 las manos frot\u00e1ndoselas fuertemente y haci\u00e9ndose la se\u00f1al de la cruz ech\u00f3 a rodar los peque\u00f1os cubos de hueso, Por tres veces consecutivas ech\u00f3 a rodar los dados y en las tres ocasiones la respuesta del azar fue siempre \u00a1senas! Una sensaci\u00f3n de alivio se hab\u00eda ido apoderando de los presentes, pues el sentir general era que Remigia ten\u00eda ganada la partida.<\/p>\n<p>El negro Pinto a todas \u00e9stas, hab\u00eda empalidecido y los ojos se le hab\u00edan ido poniendo vidriosos, mientras el coraz\u00f3n se le agitaba con una furiosa arritmia. Haciendo un esfuerzo tendi\u00f3 la diestra para alcanzar los dados. Se qued\u00f3 un momento mirando con odio, a duras penas contenido, los ojos de Remigia, quien le contemplaba con una risita inexpresiva, velando la emoci\u00f3n que le causaba el triunfo, que consideraba seguro de un todo. Los dados salieron de la mano del negro y rodaron por la cobija muy cerca de \u00e9l. \u00a1Senas! Un ronco murmullo recibi\u00f3 la primera prueba. Volvieron a girar los dados y otra: vez, \u00a1senas! El murmullo se hizo m\u00e1s sordo y por la sangre de todos corri\u00f3 una malla de electricidad neural que puso en tensi\u00f3n todos los m\u00fasculos.<\/p>\n<p>Ech\u00f3 por \u00faltima vez y&#8230; \u00a1senas! Esta vez un significativo silencio envolvi\u00f3 el \u00faltimo par de senas. Los dos jugadores se quedaron un instante en suspenso, mir\u00e1ndose frente a frente. El negro Pinto se hab\u00eda quedado jugando nerviosamente con los dados en la mano. Remigia fue la primera que con gesto de felino se hab\u00eda ido incorporando lentamente. Su cara se hab\u00eda poblado de arrugas y sin poder contenerse explot\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Esos dados no jueron los que yo te di. Me querei estaf\u00e1<\/p>\n<p>La gente sensiblemente se hab\u00eda ido apartando hacia la entrada del aposento. De pronto Remigia se le fue encima al negro Pinto con un pu\u00f1al en la mano. El negro esquiv\u00f3 \u00e1gilmente la pu\u00f1alada y sac\u00f3 uno a su vez. Remigia se repuso y se le abalanz\u00f3 de nuevo, logrando encajarle el pu\u00f1al en el hombro derecho. El negro lanz\u00f3 un gemido y con la mano izquierda le agarr\u00f3 a Remigia la mano que sosten\u00eda el pu\u00f1al y haciendo un esfuerzo supremo le hizo sacar el pu\u00f1al sangrante y se lo tumb\u00f3. D\u00e1ndole un empuj\u00f3n la apart\u00f3 un poco de s\u00ed, mientras le dec\u00eda casi llorando.<\/p>\n<p>\u2014Ahora me toca a m\u00ed, \u00a1Dios m\u00edo! Ahora me toca a m\u00ed. Me la tenei que pag\u00e1 marimacha. \u2014Con el pu\u00f1al en alto se lo fue acercando a Remigia, que con los ojos hundidos y la mirada extraviada se iba retirando hacia un rinc\u00f3n de la habitaci\u00f3n. El negro se le acercaba lenta pero inexorablemente. Con todo el rencor del animal herido, con todo el odio del macho ultrajado le dec\u00eda sibilinamente:<\/p>\n<p>\u2014Ahora de qui\u00e9n va a s\u00e9 la Juana Merc\u00e9. \u00bf\u00c1nda, de qui\u00e9n? Qu\u00edtamela ahora. T\u00fa no vei lo que yo te dec\u00eda \u00a1que alg\u00fan d\u00eda me la \u00edbai a pag\u00e1!<\/p>\n<p>Los presentes con los rostros demudados, observaban la lucha, sin hacer un gesto ni en pro ni en contra. Al fin lleg\u00f3 el negro cerca de Remigia, jadeante y sudoroso, pues hab\u00eda perdido mucha sangre, y a \u00e9sta comenzaron a bailarle los ojos de pavor. Una angustia infinita se pintaba en sus fl\u00e1ccidas mejillas. En unos segundos hab\u00eda envejecido muchos a\u00f1os. Se sent\u00eda completamente aniquilada. Intercediendo un \u00faltimo recurso a su favor le dec\u00eda suplicante al negro Pinto:<\/p>\n<p>\u2014Yo tengo mucha plata, no me matei, no me matei. \u2014No hab\u00eda terminado de hablar cuando el negro Pinto le hundi\u00f3 el pu\u00f1al en la regi\u00f3n del coraz\u00f3n. La mujer hizo apenas un gesto rid\u00edculo y se desplom\u00f3. Con una sevicia demon\u00edaca se le fue encima y se lo hundi\u00f3 veinte y tantas veces, hasta que exhausto qued\u00f3 aplanado sobre el cuerpo de la mujer.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Una angustia lacerante, una angustia infinita se hab\u00eda apoderado del coraz\u00f3n de aquellas gentes. Todos sent\u00edan sobre el s\u00ed el signo de un castigo que no pod\u00edan eludir. La muerte f\u00edsica los aturd\u00eda. La tragedia no ten\u00eda para ellos otro sentido que aquel que les recordaba su propio destino. Los efectos de la borrachera hab\u00edan obligado a m\u00e1s de uno a tenderse en cualquier parte. Mientras los perros taladraban el horizonte con sus aullidos lastimeros. Los dem\u00e1s se hab\u00edan acurrucado bajo los aleros de las chozas, castigados por la tenue luz de la media luna creciente, esperando sumisamente, con la intuici\u00f3n que despiertan las cosas que no pueden ser detenidas, que no pueden ser contenidas, porque son m\u00e1s fuertes que todos los dem\u00e1s acontecimientos, la llegado del sol, ese sol reconfortante y pre\u00f1ado de esperanzas, que aparec\u00eda en el horizonte como una inmensa y desafiante bandera roja, tremolando vengadora sobre la tierra, cauterizando todas las ignominias y brind\u00e1ndoles paz y calor a todos los que en el mundo se hallaban acurrucados bajo los aleros de las chozas.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-marquez-salas\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El hombre y su verde caballo Apoyando la muleta sobre la tierra encharcada, avanza el indio Genaro por el rojo camino del r\u00edo. La muleta se hunde profunda en el fango. El sol h\u00famedo de la ma\u00f1ana, el esfuerzo que hace por sacar lo muleta del barro mantienen su rostro goteando espeso sudor. El camino [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":4449,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4448"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4448"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4448\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6065,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4448\/revisions\/6065"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4449"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4448"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4448"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4448"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}