{"id":4416,"date":"2022-05-13T11:44:24","date_gmt":"2022-05-13T11:44:24","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4416"},"modified":"2024-06-27T22:44:54","modified_gmt":"2024-06-27T22:44:54","slug":"la-enfermedad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-enfermedad\/","title":{"rendered":"La enfermedad (fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Alberto Barrera Tyszka<\/h4>\n<p>\u2014\u00bfYa est\u00e1n listos los resultados?<br \/>\nApenas pronuncia la pregunta, se arrepiente de inmediato. Andr\u00e9s Miranda quisiera detenerla en el aire, devolverla a su lugar de origen, esconderla de nuevo debajo de un silencio. Pero no puede, ya es muy tarde. Ahora s\u00f3lo tiene delante el rostro del jefe del departamento de radiolog\u00eda: sus labios son un nudo en mitad de la boca, sus ojos negros parecen dos manchas; s\u00f3lo le ofrece una sonrisa de forzada solidaridad mientras le extiende un sobre grande, color tabaco. No dice nada pero su expresi\u00f3n casi es una sentencia: m\u00faltiples lesiones sugestivas de una enfermedad metast\u00e1sica, por ejemplo. Algo as\u00ed dice esa mueca. Los m\u00e9dicos casi nunca utilizan adjetivos. No los necesitan.<br \/>\n\u2014\u00bfTambi\u00e9n est\u00e1n aqu\u00ed las placas de las tomograf\u00edas?<br \/>\nEl jefe de radiolog\u00eda niega con la cabeza, mientras desv\u00eda la mirada hacia el pasillo.<br \/>\n\u2014Me dijeron que te las iban a mandar a ti directamente.<br \/>\nAndr\u00e9s se siente envuelto en una extra\u00f1a incomodidad, como si en el fondo ambos estuvieran haciendo un gran esfuerzo para no romper el fr\u00e1gil equilibrio del momento. Da las gracias y comienza a caminar de regreso a su consultorio. No se lo han dicho, no ha visto las placas, no conoce los resultados y, sin embargo, ya sabe que su padre tiene c\u00e1ncer.<br \/>\n\u00bfPor qu\u00e9 nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad? \u00c9sa es la pregunta que siempre hace Miguel cuando est\u00e1n por comenzar cualquier intervenci\u00f3n. Todos llevan sus batas verdes, sus guantes y sus mascarillas quir\u00fargicas; la luz blanca del quir\u00f3fano parece flotar sobre el fr\u00edo del aire acondicionado. Y entonces Miguel alza el bistur\u00ed, mira a Andr\u00e9s y pregunta: \u00bfpor qu\u00e9 nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad? A algunas enfermeras les disgusta esa manera de empezar. Tal vez perciben que no es un buen pr\u00f3logo, que casi es una justificaci\u00f3n previa por si algo sale mal. Andr\u00e9s sabe que no es as\u00ed, conoce bien a Miguel, desde que estudiaban en la universidad. Sabe que la pregunta no guarda ning\u00fan cinismo. M\u00e1s bien le parece una expresi\u00f3n autocompasiva, una oraci\u00f3n piadosa; una forma de reconocer los l\u00edmites de la medicina ante al infinito poder de la naturaleza, que es lo mismo que reconocer los l\u00edmites de la medicina ante al infinito poder de la enfermedad.<br \/>\nApenas entra a su consultorio, apenas cierra la puerta, comienza a temblar. Siente que, de pronto, su cuerpo empieza a respirar de otra forma, con otros sonidos y otros movimientos. Como si tuviera adentro otra criatura, desarmada, dando traspi\u00e9s; como si estuviera pariendo un derrumbe. Se apura en alcanzar la silla detr\u00e1s del escritorio, se sienta. Todav\u00eda tiene el sobre en sus manos. En su interior deben estar dos placas de t\u00f3rax. Fotos azules, transparencias duras, cortantes. El cuerpo de su padre convertido en un dibujo difuso donde, sin embargo, se puede retratar la muerte con cruel nitidez. Andr\u00e9s tiene miedo, aunque no es un miedo nuevo: lleva a\u00f1os ah\u00ed, rond\u00e1ndolo. Debe ser el mismo temor que sin explicaciones y, con tanta frecuencia, lo asalta brincando desde su propia sombra. Es la angustia que se detiene en su pecho algunas noches, impidi\u00e9ndole dormir. Probablemente todos nacemos con un miedo as\u00ed, tan impreciso como contundente. Vaga dentro de nosotros, sin saber adonde ir pero sin abandonarnos nunca. Se prepara, se educa, esperando el instante puntual en que debe aparecer. Es un presagio, una voz que todav\u00eda no sabe con claridad qu\u00e9 es lo que tiene que comunicarnos. Pero suena. Y es un sonido indescifrable, incomprensible, que gotea insistente, una llamada de alerta. Lleva a\u00f1os oy\u00e9ndolo, huyendo de \u00e9l, tratando de espantarlo. Nunca tuvo \u00e9xito. Ahora, esa ansiedad por fin tiene una primera forma: el rostro del jefe de radiolog\u00eda, esa mirada esquiva, esa expresi\u00f3n resignada. Andr\u00e9s ha visto demasiadas veces esa mueca. \u00c9l mismo ha debido ajust\u00e1rsela sobre el rostro en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n. Es la ilustraci\u00f3n que acompa\u00f1a a una mala noticia cl\u00ednica, la primera cuota de un p\u00e9same. \u00bfEst\u00e1 preparado para esto? No lo sabe.<br \/>\nSuena el tel\u00e9fono. Es Karina, su secretaria. Le informa que su padre est\u00e1 de nuevo en la l\u00ednea, ha vuelto a llamar, pregunta si ahora s\u00ed podr\u00e1 atenderlo.<br \/>\n\u2014\u00bfTan mal estoy que ya ni siquiera deseas hablar conmigo?<br \/>\nAs\u00ed saluda su padre. En tono jocoso, por supuesto. Andr\u00e9s tambi\u00e9n conoce esa forma de nerviosismo. Es todo un cl\u00e1sico. Muchos pacientes acuden a esa estrategia, se sit\u00faan sobre una d\u00e9bil l\u00ednea donde todo es medio en broma y medio en serio a la vez; intentan demostrar normalidad cuando en realidad est\u00e1n aterrados y no han dejado de pensar, ni un segundo, en el posible resultado de sus ex\u00e1menes. Han pasado horas perseguidos por el temor a enfermedades mortales; han encontrado un dolor in\u00e9dito en cada movimiento; han presentido manchas sospechosas donde antes s\u00f3lo ve\u00edan su piel\u2026 Pero entonces se acercan al m\u00e9dico tratando de fingir una peculiar naturalidad: sonr\u00eden pero parece que estuvieran a punto de llorar. Dejan caer preguntas como la que acaba de hacer su padre.<br \/>\n\u2014No te llam\u00e9 antes porque justo ahora me acaban de traer tus ex\u00e1menes \u2014dice Andr\u00e9s.<br \/>\n\u2014En principio todo est\u00e1 bien \u2014dice, tocando con sus dedos el borde cerrado del sobre.<br \/>\n\u2014\u00bfEn principio? \u00bfQu\u00e9 carajo quiere decir eso, Andr\u00e9s?<br \/>\n\u2014Tranquilo, viejo. Te estoy diciendo que est\u00e1s bien.<br \/>\n\u2014Me est\u00e1s diciendo que en principio estoy bien: es distinto.<br \/>\nTambi\u00e9n conoce perfectamente este tr\u00e1mite. Por lo general, los pacientes necesitan estrujar cada palabra; las exprimen buscando su significado m\u00e1s directo, limpiando cualquier matiz. Quieren despejar de dudas hasta los signos de puntuaci\u00f3n. Un paciente siempre sospecha que no le est\u00e1n diciendo la verdad, o que al menos no le est\u00e1n diciendo toda la verdad, que hay algo que le ocultan. Por eso insisten, hurgan tan desesperadamente en cualquier lugar, incluso en el lenguaje. En este caso, sin embargo, su padre tiene raz\u00f3n. Andr\u00e9s ha dicho \u00aben principio\u00bb porque todav\u00eda no ha visto las placas. \u00bfPor qu\u00e9 no las toma ahora mismo, por qu\u00e9 no abre el sobre y las observa? \u00bfQu\u00e9 le impide mirar esos resultados?<br \/>\nEl rostro del jefe de radiolog\u00eda ha quedado suspendido como un globo dentro de su consultorio. Los pasillos de los hospitales suelen estar llenos de globos as\u00ed. Se deslizan lentamente sobre el aire, todos iguales, pl\u00e1sticos tenues donde se pintan cejas dobladas hacia abajo, bocas graves, gestos sobrios: puras se\u00f1ales de resignaci\u00f3n. Es una ceremonia, un protocolo cl\u00ednico. Los hospitales son lugares de paso: templos para el adi\u00f3s, grandes monumentos a las despedidas.<br \/>\n\u2014Te dije en principio porque a\u00fan no tengo todos los resultados. Los que me acaban de traer est\u00e1n bien.<br \/>\n\u2014Eso quiere decir que\u2026<br \/>\n\u2014Que no pasa nada, pap\u00e1. \u2014Andr\u00e9s interrumpe, ya inc\u00f3modo. No soporta mentir por demasiado tiempo seguido\u2014. Sal a caminar, ve a tomar un caf\u00e9 y a hablar con los amigos. Todo est\u00e1 bien, en serio.<br \/>\n\u2014\u00bfSeguro?<br \/>\n\u2014Seguro.<br \/>\nQuedan un instante en silencio. Es una pausa tensa, insoportable. Andr\u00e9s quiere colgar. Sabe que su padre est\u00e1 indeciso, que todav\u00eda duda. Lo puede imaginar en su apartamento, sentado en el brazo del sof\u00e1 verde, al lado del tel\u00e9fono, apretando el auricular, pensando. De pronto Andr\u00e9s se siente detenido sobre una nada profunda, sobre un v\u00e9rtigo. M\u00e1s que silencio, quedan un instante en el vac\u00edo, hasta que:<br \/>\n\u2014T\u00fa no me mentir\u00edas, \u00bfverdad? \u2014El padre habla desde los huesos. Con esa voz \u00e1spera pero cercana con la que hablan los huesos\u2014. Andr\u00e9s \u2014contin\u00faa\u2014, si yo tuviera algo grave, t\u00fa no me lo ocultar\u00edas nunca, \u00bfno es cierto?<br \/>\nAndr\u00e9s tiene un erizo en la lengua. Siente que su garganta de pronto se llena de c\u00e1scaras de pifia. A su pesar, se le aguan los ojos. Teme que la voz le falle. Hace un gran esfuerzo para hablar.<br \/>\n\u2014Yo jam\u00e1s te enga\u00f1ar\u00eda, pap\u00e1 \u2014dice, al fin, con ronca intimidad.<br \/>\n\u2014Eso es todo lo que quer\u00eda o\u00edr. Gracias.<br \/>\n***<br \/>\nLa sangre es muy chismosa, lo cuenta todo. Cualquiera que trabaje en un laboratorio cl\u00ednico sabe que es cierto. Detr\u00e1s de ese l\u00edquido oscuro, que se almacena en peque\u00f1os tubos, se esconden turbios melodramas, naturalezas vencidas o s\u00f3rdidos relatos que huyen de la ley. Cuando su padre se desmay\u00f3, Andr\u00e9s lo oblig\u00f3 a hacerse todos los ex\u00e1menes de sangre. El viejo Miranda se resisti\u00f3. Trat\u00f3 de minimizar el hecho. Prefiri\u00f3 la palabra desvanecimiento a la palabra desmayo. Se empe\u00f1\u00f3 en eso de una manera casi rid\u00edcula.<br \/>\n\u2014Fue un desvanecimiento \u2014repet\u00eda, atribuy\u00e9ndole el hecho a la humedad del tiempo, al sopor del verano.<br \/>\nEra, seg\u00fan \u00e9l, un descuido del clima m\u00e1s que un accidente f\u00edsico. Pero cay\u00f3 como un saco de verduras delante de la vecina del 3-B. Hablaban sobre cualquier cosa \u2014ninguno de los dos recuerda el tema\u2014 cuando de repente su padre se desplom\u00f3 y la vecina comenz\u00f3 a gritar desesperada.<br \/>\n\u2014\u00a1Pens\u00e9 que se hab\u00eda muerto! \u00a1Lo vi tan p\u00e1lido! \u00a1Estaba morado! \u00a1No quer\u00eda ni tocarlo porque sent\u00eda que ya pod\u00eda estar fr\u00edo! \u00a1No sab\u00eda qu\u00e9 hacer! \u00a1Por eso me puse a gritar! \u2014dice la vecina.<br \/>\nUnos segundos m\u00e1s tarde, el mismo Miranda, ya de nuevo consciente, debi\u00f3 tranquilizarla y jurarle que todo estaba en orden, que efectivamente no hab\u00eda pasado nada. S\u00f3lo fue un desvanecimiento, algo as\u00ed quiz\u00e1s pudo argumentarle. Esa misma tarde, sin embargo, la mujer llam\u00f3 a Andr\u00e9s y le cont\u00f3 lo que hab\u00eda ocurrido.<br \/>\n\u2014\u00a1Vieja metiche! \u2014volvi\u00f3 a mascullar su padre cuando \u00e9l fue a buscarlo para llevarlo al laboratorio del hospital.<br \/>\nMientras la enfermera extra\u00eda la sangre, Andr\u00e9s percibi\u00f3 de pronto que su padre estaba m\u00e1s peque\u00f1o. Nunca antes se le hab\u00eda ocurrido reparar en su tama\u00f1o, pero al verlo ah\u00ed sentado, con el brazo extendido, mirando hacia arriba, evitando el contacto visual con la jeringa, de pronto sinti\u00f3 que su padre ya no med\u00eda lo mismo, que hab\u00eda perdido estatura. Javier Miranda es un hombre alto, de casi un metro ochenta. Alto y delgado, con un porte bastante atl\u00e9tico. Siempre camina erguido, como si la espalda no le pesara. A pesar de su edad, y de las canas, se ve jovial, saludable. El cabello ensortijado le ha ganado la batalla a la incipiente calvicie. Su piel tiene el mismo color de la arcilla clara. Sus ojos tambi\u00e9n son marrones. Nunca ha fumado, s\u00f3lo bebe ocasionalmente, camina todas las ma\u00f1anas en el parque Los Caobos, evita los aceites, come fruta y avena en las ma\u00f1anas, cada noche mastica siete garbanzos crudos para conspirar en contra del colesterol. \u00bfQu\u00e9 pas\u00f3?, parec\u00eda preguntarse en ese instante. Hab\u00eda sabido torear el tiempo con bastante destreza. Todo iba relativamente bien hasta que, una tarde, un desmayo inexplicable lo detuvo. Ese simple breve parpadeo del equilibrio los hab\u00eda tra\u00eddo hasta all\u00e1. Ese breve instante de pronto convert\u00eda a su padre en un personaje d\u00e9bil, herido, peque\u00f1o, m\u00e1s peque\u00f1o. \u00abLa enfermedad es la madre de la modestia\u00bb. Andr\u00e9s, a su pesar, record\u00f3 la frase. Pertenece al libro Anatom\u00eda de la melancol\u00eda, de Robert Burton, publicado en 1621. Es una lectura obligada en el primer semestre de la facultad. Le molest\u00f3, sin embargo, el recuerdo. La cita le son\u00f3, m\u00e1s que ingrata, est\u00fapida; escond\u00eda la pretensi\u00f3n de hacer de la enfermedad una virtud. Mir\u00f3 de nuevo a su padre. \u00bfAcaso no es, m\u00e1s bien, una humillaci\u00f3n?<br \/>\nHasta ahora, la salud del viejo s\u00f3lo hab\u00eda tocado el umbral de los resfriados. Una breve infecci\u00f3n de orina hace dos a\u00f1os, nada m\u00e1s. Ten\u00eda una salud envidiable y, hasta el momento, no exist\u00eda ninguna se\u00f1al que convocara a la angustia. Pero Andr\u00e9s tuvo un mal presentimiento.<br \/>\nToda la situaci\u00f3n le produjo una especial aprehensi\u00f3n. Aun sin tener ninguna evidencia, por primera vez pens\u00f3 que lo peor pod\u00eda pasar, pod\u00eda estar a punto de pasar. Tambi\u00e9n le irrit\u00f3 sentirse as\u00ed, secuestrado por un p\u00e1lpito, reh\u00e9n de algo tan poco racional, tan escasamente cient\u00edfico, como una mala vibraci\u00f3n. Su padre alz\u00f3 la vista y lo mir\u00f3. No supo qu\u00e9 decirle. De pronto le pareci\u00f3 pat\u00e9tico que el destino de un hombre de sesenta y nueve a\u00f1os pudiera resumirse tan s\u00f3lo en cuatro tubos llenos de un l\u00edquido oscuro, O-rh positivo. \u00bfC\u00f3mo podr\u00eda sentirse su padre en ese instante? \u00bfResignado? \u00bfDispuesto a asumir que estaba llegando a un destino ya asignado, que \u00e9sa era la conclusi\u00f3n natural de su vida; que ahora le tocaba entrar a una etapa en la que ser\u00eda sometido por las jeringas, vivir\u00eda dominado por ese aroma as\u00e9ptico que tienen los laboratorios? Lo mir\u00f3 fijamente y no pudo evitarlo, tuvo una impresi\u00f3n espantosa. Ya no era su padre quien soportaba con obligada mansedumbre que lo pincharan, que lo tocaran, que le sacaran la sangre. Era un cuerpo. Otro. Un cuerpo m\u00e1s viejo y vulnerable donde se torc\u00eda inquieto, deseando protestar, el esp\u00edritu de su padre. Esp\u00edritu es una palabra rara. Hac\u00eda tiempo que Andr\u00e9s no la usaba. Sinti\u00f3 que, por primera vez en a\u00f1os, volv\u00eda a pronunciar la palabra esp\u00edritu.<br \/>\nSon los dos. Desde que su memoria es memoria, son los dos. Su madre muri\u00f3 cuando \u00e9l ten\u00eda diez a\u00f1os. Desde que se acuerda, Andr\u00e9s es el hijo \u00fanico de un viudo, de un hombre fuerte, capaz de lidiar con el dolor m\u00e1s inmenso, con una gran p\u00e9rdida. Su madre muri\u00f3 en un accidente a\u00e9reo, en un vuelo Caracas-Cuman\u00e1. El avi\u00f3n dur\u00f3 pocos minutos en el aire y luego cay\u00f3 en picada. Fue una tragedia nacional. Las actividades de rescate eran arduas y, la mayor\u00eda de las veces, in\u00fatiles. Se acondicion\u00f3 una sala especial, en una dependencia oficial del Hospital de La Guaira, adonde acudieron los familiares de las v\u00edctimas a tratar de identificar los rastros obtenidos: un pie, la mitad de un brazalete, la corona de una muela\u2026 Esa noche su padre volvi\u00f3 a casa l\u00edvido, demacrado. Discuti\u00f3 durante un rato en la cocina con otros miembros de la familia, luego sali\u00f3, tom\u00f3 al ni\u00f1o en brazos y se fueron. Andr\u00e9s ya sab\u00eda qu\u00e9 hab\u00eda ocurrido. Por m\u00e1s que sus t\u00edas intentaron protegerlo, \u00e9l ya hab\u00eda logrado escurrirse y, a escondidas, ver lo sucedido en la televisi\u00f3n. Cuando su padre, con los ojos muy rojos, hizo un gran esfuerzo para editar la noticia y decirle que mam\u00e1 se hab\u00eda ido, que mam\u00e1 se fue a un viaje largo, muy largo, que mam\u00e1 se fue a un viaje del que no va a volver; Andr\u00e9s, sin entender todav\u00eda demasiado, lleno de miedo, confundido, tan s\u00f3lo le pregunt\u00f3 si su madre iba en el avi\u00f3n que se hab\u00eda ca\u00eddo en el mar. Su padre lo mir\u00f3, indeciso, pero al final dijo que s\u00ed. Y lo abraz\u00f3. Andr\u00e9s no lo recuerda bien pero cree que entonces lloraron juntos.<br \/>\nAndr\u00e9s pas\u00f3 muchas madrugadas so\u00f1ando con su madre. Era un mismo sue\u00f1o que se repet\u00eda, con algunas variaciones, cada noche. El avi\u00f3n est\u00e1 en el fondo del mar. Como si no se hubiera estrellado, como si fuera un barco hundido: est\u00e1 intacto, dormido entre algas y peces y sombras que, como telas, danzan sobre una arena opaca. Dentro del avi\u00f3n, en el techo, se ha formado de manera natural una burbuja de ox\u00edgeno. Es una pompa muy fr\u00e1gil que lentamente se va reduciendo. Su madre trata de mantenerse nadando, con la cabeza dentro de la burbuja, para poder respirar. Ella parece ser la \u00fanica sobreviviente, no hay nadie m\u00e1s, s\u00f3lo peces de colores distintos y de tama\u00f1os diferentes, que cruzan junto a ella con pasmosa serenidad, casi aburridos. Es extra\u00f1o pero su madre, en el sue\u00f1o, est\u00e1 en traje de ba\u00f1o, aunque tambi\u00e9n lleva puestos unos zapatos. El traje de ba\u00f1o es de dos piezas, color naranja, mientras que los zapatos son unos mocasines negros, de cuero.<br \/>\nA medida que transcurre el tiempo, la desesperaci\u00f3n de su madre aumenta. Con la mano golpea el techo del avi\u00f3n en repetidas ocasiones. El sonido es met\u00e1lico pero distante, como el crujido de una lata que trata de abrirse paso en el mar. La madre observa por una ventanilla hacia fuera: no hay nada. Todo es agua muy oscura, una penumbra l\u00edquida donde los ojos se pierden. El mar no tiene memoria, todo lo destruye con demasiada rapidez. Su madre entonces, alterada, casi en la asfixia, golpea m\u00e1s fuerte el techo del avi\u00f3n y grita: \u00a1Andr\u00e9s! \u00a1Andr\u00e9s! \u00a1Estoy viva! \u00a1Ven! \u00a1Ven a sacarme de aqu\u00ed!<br \/>\nCuando despertaba, invariablemente se hab\u00eda orinado encima y estaba temblando. Aun de pie, segu\u00eda secuestrado por el sue\u00f1o. Tardaba casi un minuto en salir \u00e9l mismo de aquel avi\u00f3n, en escapar del fondo del mar, en dejar de o\u00edr los gritos de su madre. Su padre, en ese trance, fue un guerrero incansable. Con mucha paciencia, lo ayud\u00f3 a defenderse de esos enemigos. Siempre estuvo ah\u00ed, en la orilla del sue\u00f1o, esper\u00e1ndolo.<br \/>\nComo una r\u00e1faga, estos recuerdos han llegado justo en este momento, mientras observa a su padre en el laboratorio. \u00bfTendr\u00eda \u00e9l tambi\u00e9n ese mismo presentimiento? Andr\u00e9s, sin duda, hubiera querido ahorr\u00e1rselo. Ya casi a los setenta, pens\u00f3, un mal presagio es como un disparo. A esa edad, ya no hay plazos. Ya todo ser\u00e1 siempre presente.<br \/>\nLa enfermera retir\u00f3 la aguja y le dio un algod\u00f3n mojado en agua oxigenada. Javier Miranda coloc\u00f3 el algod\u00f3n en su brazo y mir\u00f3 a su hijo como pidi\u00e9ndole una tregua, como pidi\u00e9ndole que se fueran de una buena vez. \u00bfSon los monstruos de la vejez tan terribles como los que nos acosan cuando somos ni\u00f1os? \u00bfQu\u00e9 se sue\u00f1a a los sesenta y nueve a\u00f1os? \u00bfCu\u00e1les son las pesadillas m\u00e1s recurrentes? As\u00ed quiz\u00e1s sue\u00f1a su padre: se encuentra en un laboratorio, el fondo de un hospital, rodeado de qu\u00edmicos, de herramientas punzantes, de gasas, de extra\u00f1os asquerosamente uniformados de blanco; se halla sumergido en el fondo de un hospital, buscando una peque\u00f1a burbuja de aire, para respirar, para gritar: \u00a1Andr\u00e9s! \u00a1Andr\u00e9s! \u00a1S\u00e1came de aqu\u00ed! \u00a1S\u00e1lvame!<br \/>\nMientras lo llevaba de vuelta a su apartamento, trat\u00f3 de evitar seguir hablando del asunto. No fue f\u00e1cil. Su padre continu\u00f3 farfullando agrias protestas. Aseguraba que los ex\u00e1menes eran completamente innecesarios, que s\u00f3lo encontrar\u00edan un poco alto el colesterol. Si acaso. S\u00f3lo eso, insist\u00eda. Andr\u00e9s lo dej\u00f3 frente a la puerta del edificio. Mientras se alejaba, todav\u00eda vio su figura a trav\u00e9s del espejo retrovisor. Hubo un tiempo en que pens\u00f3 en mudar a su padre a su casa, pero luego temi\u00f3 que la vida en com\u00fan pudiera convertirse en un infierno para todos. Mariana no ten\u00eda mala relaci\u00f3n con su padre, sus hijos sol\u00edan divertirse mucho con el abuelo; pero eran experiencias espor\u00e1dicas, salidas de vez en cuando, al cine o a un parque, a un restaurante o al estadio, a ver un juego de b\u00e9isbol. La cotidianidad es otra cosa, una faena mucho m\u00e1s exigente. Sin embargo, en ese instante, cuando todav\u00eda pod\u00eda verlo como una diminuta silueta al fondo del espejo retrovisor, volv\u00eda a pensar en esa posibilidad. Tarde o temprano los hijos \u00fanicos tambi\u00e9n pagan su exclusividad. El viejo no tiene a nadie m\u00e1s. Si en vez de haber estado en el pasillo, hablando con la vecina, si el desmayo lo hubiera sorprendido en su apartamento, solo en su apartamento, \u00bfno hubiera podido ocurrir una desgracia? Andr\u00e9s, por un segundo, ve la escena con fatal claridad: su padre est\u00e1 entrando a la cocina con la intenci\u00f3n de apagar la cafetera, se inclina sobre la hornilla y, entonces, pierde el conocimiento y se derrumba. Por el mismo movimiento, siguiendo la inercia de la ca\u00edda, la cabeza va hacia abajo, empujada por el peso del cuerpo. Golpea el borde de la estufa, desciende y choca contra el mango que abre el horno y se detiene finalmente en las losas del piso. Las venas verdosas de su sien est\u00e1n inflamadas y tensas. La nariz, rota. El ojo derecho luce algo hundido y hay sangre en el p\u00f3mulo derecho. Tambi\u00e9n sobre la ceja derecha hay sangre. Puede que tenga rota una costilla; quiz\u00e1s, al volver en s\u00ed, no pueda moverse, no pueda avisar a nadie. El agua hierve. Pronto oler\u00e1 a caf\u00e9 quemado.<br \/>\nEsa noche, Andr\u00e9s hubiera querido hacer el amor con Mariana. No sent\u00eda nada especial, quiz\u00e1s ni siquiera la deseaba, pero necesitaba tener sexo. Era un ansia, unas furiosas ganas de estar sobre ella, de penetrarla, sin pensar en nada, sin decir nada, tan s\u00f3lo siguiendo el vaiv\u00e9n apremiante de las caderas, subiendo, bajando. Pero no supo c\u00f3mo buscarla. No estaba de \u00e1nimo para seducirla y le dio verg\u00fcenza decirle lo que en realidad quer\u00eda. Las mujeres no pueden entender que, a veces, los hombres sientan que el sexo tambi\u00e9n es un deporte; un deporte que adem\u00e1s se puede practicar a cualquier hora, en cualquier momento, y contra cualquiera. Lo masculino es demasiado b\u00e1sico, de escasa elaboraci\u00f3n. La \u00e9tica amorosa suele ser femenina.<br \/>\n\u2014\u00bfNo te parece que est\u00e1s magnificando la situaci\u00f3n? \u2014le pregunt\u00f3 Mariana antes de dormirse\u2014. Ni siquiera sabes los resultados de los ex\u00e1menes. \u00bfPor qu\u00e9 entonces te pones as\u00ed?<br \/>\nAndr\u00e9s recuerda que su padre \u00faltimamente ha estado olvidadizo. Ahora cualquier detalle empieza a cobrar, para \u00e9l, otra importancia, otro valor.<br \/>\n\u2014Incluso t\u00fa misma me lo comentaste, hace poco \u2014dice\u2014. Est\u00e1bamos aqu\u00ed, en una comida.<br \/>\n\u2014S\u00ed, es cierto. Pero eso es normal, \u00bfo no? Si hasta a m\u00ed se me olvidan a veces las cosas, \u00bfc\u00f3mo no se le van a olvidar a tu padre? No exageres, Andr\u00e9s. \u00bfPor qu\u00e9 piensas lo peor?<br \/>\nNo lo sabe, no lo sab\u00eda en ese instante. Pero ten\u00eda esa incomprensible y desagradable sensaci\u00f3n, se sent\u00eda cercado por una inminencia fatal, por la intuici\u00f3n de que lo que hab\u00eda ocurrido ese d\u00eda con su padre era la primera se\u00f1al de algo mucho m\u00e1s grave y definitivo: un linfoma de Burkitt, por ejemplo, o un carcinoma mucinoso cut\u00e1neo, o una neoplasia asintom\u00e1tica de c\u00e9lulas plasm\u00e1ticas\u2026 Andr\u00e9s sabe perfectamente que la naturaleza traduce estas palabras de manera m\u00e1s despiadada. La imagen de su padre sufriendo es lo que lo aterra. Su padre encogido, gritando, retorci\u00e9ndose, llorando. El dolor es el m\u00e1s terrible de los lenguajes del cuerpo. Una gram\u00e1tica de gritos. Un ay convertido en \u00fanico sonido.<br \/>\nDej\u00f3 a Mariana leyendo sobre la cama y sali\u00f3 hasta el balc\u00f3n. Le dio coraje andar creyendo en presentimientos. Un m\u00e9dico con posgrado en inmunolog\u00eda y casi veinte a\u00f1os de experiencia profesional no tiene derecho a tener presentimientos. Susan Sontag afirmaba que existen dos reinos, dos ciudadan\u00edas: la salud y la enfermedad. A los seres humanos les toca pasar, con frecuencia, de una a otra. Andr\u00e9s ha pensado, m\u00e1s de una vez, que en la mitad, en la frontera de esas dos geograf\u00edas, est\u00e1n los m\u00e9dicos. Recibiendo pasaportes, haciendo preguntas, evaluando. Pueden desconfiar pero necesitan pruebas. Es un oficio que necesita evidencias. Un m\u00e9dico ve eritemas, hematomas, c\u00e9lulas, enzimas, variables proteicas; un m\u00e9dico lee s\u00edntomas, no atiende vibras, p\u00e1lpitos interiores, escurridizas visiones.<br \/>\nEl sonido del tel\u00e9fono fue como un dedo de aluminio que de pronto rasp\u00f3 el aire. Atendi\u00f3 de inmediato. Era del laboratorio. Ya estaban listos los resultados de hematolog\u00eda que hab\u00eda pedido con urgencia. Mientras iba oyendo los valores, anot\u00e1ndolos en un papel, sigui\u00f3 sintiendo la misma ansia. Era como si dentro de \u00e9l se hubiera instalado un animal voraz, insaciable, que continuaba ah\u00ed jadeando, incluso cuando constataba que todos los resultados estaban en orden. Tal y como hab\u00eda dicho su padre, s\u00f3lo ten\u00eda el colesterol un poco alto. Lo dem\u00e1s estaba bien, dentro de los rangos adecuados. Mir\u00f3 el reloj y pens\u00f3 que ya era demasiado tarde para llamarlo. Tampoco estaba en \u00e1nimo de celebraci\u00f3n. El maldito presentimiento no se calmaba, no estaba satisfecho. Tambi\u00e9n hay chismes que la sangre no controla. Levant\u00f3 el tel\u00e9fono, entonces, y llam\u00f3 de nuevo al hospital. Reserv\u00f3 un espacio a primera hora para hacer unas placas de t\u00f3rax y unas tomograf\u00edas. No deseaba dejar abierta ninguna duda.<br \/>\n\u00bfPor qu\u00e9 piensa lo peor?<br \/>\nPorque, a veces, lo peor tambi\u00e9n sucede.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/barrera-tyszka\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alberto Barrera Tyszka \u2014\u00bfYa est\u00e1n listos los resultados? Apenas pronuncia la pregunta, se arrepiente de inmediato. Andr\u00e9s Miranda quisiera detenerla en el aire, devolverla a su lugar de origen, esconderla de nuevo debajo de un silencio. Pero no puede, ya es muy tarde. 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