{"id":437,"date":"2021-08-04T00:25:50","date_gmt":"2021-08-04T00:25:50","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=437"},"modified":"2025-05-02T15:46:32","modified_gmt":"2025-05-02T20:16:32","slug":"la-mano-junto-al-muro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-mano-junto-al-muro\/","title":{"rendered":"La mano junto al muro"},"content":{"rendered":"\n<p><h4 style=\"text-align: right;\">Guillermo Meneses<\/h4>La noche porte\u00f1a se desgarr\u00f3 en rel\u00e1mpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasi\u00f3n alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido (\u00a1\u00abnaciste hoy!\u00bb) tembl\u00f3 en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el muro. Ascend\u00eda el esc\u00e1ndalo sobre el cielo del tr\u00f3pico cuando el hombre dijo (o pens\u00f3): \u00abHay aqu\u00ed un camino de historias enrollado sobre s\u00ed mismo como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron tres los marineros. Tal vez soy yo el que parec\u00eda un verde lagarto; pero \u00bfc\u00f3mo hay dos gorras en el espejo del cuarto de Bull Shit?\u2026 La vida de ella podr\u00eda pescarse en ese espejo\u2026 O su muerte\u2026\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La mano de la mujer se apoyaba en la vieja pared; su mano de u\u00f1as pintadas descansaba sobre la piedra carcomida: una mano peque\u00f1a, ancha, vulgar, en contacto con el fr\u00edo muro robusto, enorme, viejo de siglos, fabricado en \u00e9pocas antiguas para que resistiese el roce del tiempo y, sin embargo, ya destrozado, roto en su vejez. Por mirar el muro, el hombre pens\u00f3 (o dijo): \u00abHay en esta pared un camino de historias que se enrolla sobre s\u00ed mismo, como la serpiente que se muerde la cola\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre hablaba muchas cosas. Antes -cuando entraron en el cuarto, cuando encontr\u00f3 en el espejo los blancos redondeles que eran las gorras de los marineros- murmur\u00f3: \u00abEn ese espejo se pod\u00eda pescar tu vida. O tu muerte\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Hablaba mucho el hombre. Dec\u00eda su palabra ante el espejo, ante la pared, ante el maduro cielo nocturno, como si alguien pudiese entenderlo. (Acaso el \u00fanico que lo entendi\u00f3 en el momento oportuno fue el peque\u00f1o individuo del sombrerito ladeado, el que intervino en la historia de los marineros, el que pod\u00eda ser considerado -a un tiempo mismo- como detective o como marinero).<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando miraba la pared, el hombre hizo serias explicaciones. Dijo: \u00abTrajeron estas piedras hasta aqu\u00ed desde el mar; las apretaron en argamasa duradera; ahora, los elementos minerales que forman &nbsp;&nbsp;el muro van regresando en lento desmoronamiento hacia sus formas primitivas: un camino de historias que se enrolla sobre s\u00ed mismo y hace c\u00edrculo como una serpiente que se muerde la cola\u00bb. Hablaba mucho el hombre. Dijo: \u00abHay en esa pared enfermedad de lo que pierde cohesi\u00f3n: lepra de los ladrillos, de la cal, de la arena. Reciedumbre corro\u00edda por la angustia de lo que va siendo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La mano de la mujer se apoyaba sobre el muro. Sus dedos, extendidos sobre las rugosidades de la piedra, sintieron la fr\u00eda dureza de la pared. Las u\u00f1as tamborilearon en movimiento que dec\u00eda \u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb. O, tal vez, \u00abadi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre respondi\u00f3 (con palabras o con pensamientos): \u00abLa piedra y tu mano forman el equilibrio entre lo deleznable y lo duradero, entre la apresurada fuga de los instantes y el lento desaparecer de lo que pretende resistir el paso del tiempo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre dijo: \u00abUna mano es, apenas, m\u00e1s firme que una flor; apenas menos ef\u00edmera que los p\u00e9talos; semejante tambi\u00e9n a una mariposa. Si una mariposa detuviera su aletear en un segundo de descanso sobre la rugosa pared, sus patas podr\u00edan moverse en gesto semejante al de tu mano, diciendo \u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb, o, acaso, \u00abadi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre dijo: \u00abLo que podr\u00eda separar una cosa de otra en el mundo del tiempo ser\u00eda, apenas una delgada l\u00e1mina de humana intenci\u00f3n, matiz que el hombre inventa; porque, al fin, lo que ha de morir es todo uno y s\u00f3lo se diferencia de lo eterno\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso dijo el hombre. Y a\u00f1adi\u00f3: \u00abEntre tu mano y esa piedra est\u00e1 sujeta la historia del barrio: el camino de historias enrollado sobre s\u00ed mismo como una serpiente que se muerde la cola. Aqu\u00ed est\u00e1 la lenta decadencia del muro y de la vida que el muro limitaba. Tu mano dice qu\u00e9 sucede cuando un castillo frente al mar cambia su destino y se hace casa de mercaderes; cuando, entre las paredes de una fortaleza defensiva, se confunde el metal de las armas con el de las monedas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Rio el hombre: \u00ab\u00bfSab\u00e9s qu\u00e9 sucede?\u2026 Se cae, simplemente, en el comercio porte\u00f1o por excelencia: se llega al tr\u00e1fico de los coitos\u00bb. Cerr\u00f3 su risa y concluy\u00f3 severo: \u00abPero t\u00fa nada tienes que ver con esto; porque cuando t\u00fa llegaste, ya estaba hecha la serie de las transmutaciones. El castillo defensivo ya hab\u00eda pasado por casa de mercaderes y era ya lupanar\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Cierto. Cuando ella lleg\u00f3, el comercio de los labios, de las sonrisas, de los vientres, de las caderas, de las vaginas, ten\u00eda ya sentido tradicional. Se nombraba al barrio como el centro comercial de los coitos en el puerto. Cuando ella lleg\u00f3 ya esto era -entre las gruesas paredes de lo que fue fortaleza- el inmenso panal formado por m\u00ednimas celdas fabricadas para la actividad sexual y el tiempo estaba tambi\u00e9n dividido en part\u00edculas de activos minutos. (-T\u00fa ahora. Ya. Adi\u00f3s. T\u00fa ahora. Ya. Adi\u00f3s. T\u00fa ahora. Ya. Adi\u00f3s) y las monedas ten\u00edan sentido de reloj. Como las espaldas, cuyo sitio hab\u00edan tomado dentro de los muros del antiguo castillo, pod\u00edan cortar la vida, el deseo, el amor. (Se dice a eso amor, \u00bfno es cierto?).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero cuando ella lleg\u00f3 ya exist\u00eda esto. No ten\u00eda por qu\u00e9 conocer el camino de historias que, al decir del hombre, se pod\u00eda leer en la pared. No ten\u00eda por qu\u00e9 saber c\u00f3mo se hab\u00eda formado el muro con orgullosa intenci\u00f3n defensiva de castillo frente al mar, para terminar en centro comercial del coito luego de haber sido casa de mercaderes. Cuando ella lleg\u00f3 ya exist\u00edan los calabozos del panal, limitados por tabiques de cart\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Inici\u00f3 su lucha a rastras, decidida y aprovechadora, segura de ir recogiendo las migajas que abandona alguien, ansiosa de monedas. Con las u\u00f1as -esas mismas u\u00f1as gruesas y mordisqueadas que descansaban ahora sobre la rugosa pared- arrancaba monedas: monedas que val\u00edan un pedazo de tiempo y se guardaban como quien guarda la vida. Angustiosamente aprovechadora, ella. El gesto de morderse las u\u00f1as, s\u00f3lo angustia: nada m\u00e1s que la inquieta carcoma, la lluvia menuda de angustia, dentro de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, su mano se apoyaba sobre el muro. Una mano chata, gruesa, con los groseros p\u00e9talos ro\u00eddos de las u\u00f1as sobre la piedra antigua, hecha de historias desmoronadas, piedra en regreso a su rota insignificancia, por haber perdido la intenci\u00f3n de castillo en mediocre empresa de mercaderes.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella nada sab\u00eda. Durante muchos a\u00f1os vivi\u00f3 dentro de aquel monstruo que fue fortaleza, almac\u00e9n, prost\u00edbulo. Ella nada sab\u00eda. El barrio estaba clavado en su peso sobre las aristas del cerro, absurdamente amodorrado bajo el sol. Oscuro, pesado, herido por el tiempo. Bajo el sol, bajo el aliento brillante del mar, un monstruo el barrio. Un monstruo viejo y arrugado, con duras arrugas que eran costras, residuos, sucio, oscura miel producida por el agua y la luz, por las mil lenguas de fuego del aire en roce continuo sobre aquel camino de historias que se enrolla en s\u00ed mismo -igual que una serpiente- y dice c\u00f3mo el castillo sobre el mar se convirti\u00f3 en barrio de coitos y c\u00f3mo la mano de una mujer angustiada puede caer sobre el muro (lo mismo que una flor o una mariposa) y decir en su movimiento \u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb, o \u00abadi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella nada sab\u00eda. Cuando lleg\u00f3 ya exist\u00eda el presente y lo anterior s\u00f3lo pod\u00eda estar en las palabras de un hombre que mirase la pared y decidiese hablar. Ya exist\u00eda esto. Y ella estuvo en esto. Los hombres jadeaban un poco; echaban dentro de ella su inmundicia. (O su amor). Ella tomaba las monedas: la medida del tiempo. Encerraba en la gaveta de su mesa de noche un pedazo de vida. O de amor. (Porque a eso se llama amor). Dorm\u00eda. Despertaba sucia de todos los sucios del mundo, impregnada de sucia miel como el barrio monstruo bajo el viento del mar. Su cabeza sonaba dolorosamente y ella pod\u00eda escuchar dentro de s\u00ed misma el torpe deslizarse de una frase tenaz. \u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida\u00bb. (\u00bfCu\u00e1ndo? \u00bfqui\u00e9n?). Uno. Ella piensa que ten\u00eda bigotes, que hablaba espa\u00f1ol como extranjero, que era moreno. \u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida\u00bb. \u00bfQui\u00e9n podr\u00eda distinguir en los recuerdos? Un hombre era risa, deseo, gesto, brillo del diente y de la saliva, arabesco del pelo sobre la frente. Luego era una sombra entre muchas. Una sombra en el oscuro t\u00fanel cruzado por fogonazos que era la existencia. Una sombra en la negra trampa cruzada por fogonazos, por estallidos relampagueantes, por cohetes y estrellas de encendido color, por las luces del cabaret, por una frase encontrada de improviso: \u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero todo era brillo in\u00fatil, como la historia enrollada sobre s\u00ed misma y ella nada sab\u00eda de la piedra ni de las historias ni de las luces que romp\u00edan la sombra del t\u00fanel.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo cuando habl\u00f3 con aquel hombre, cuando lo escuch\u00f3 hablar la noche del encuentro con los tres marineros (si es que fueron tres los marineros) supo algo de aquello. Ella estaba pegada a su t\u00fanel como los moluscos que viven pegados a las rocas de la costa. Ella estaba en el t\u00fanel, recibiendo lo que llegaba hasta su calabozo: un envi\u00f3n, una ola sucia de espuma, una palabra, un estallido fulgurante de luces o de estrellas.<\/p>\n\n\n\n<p>Dentro del t\u00fanel, movi\u00e9ndose entre las sombras de la existencia, fabric\u00f3 muchas veces la pantomima sin palabras de la moza que invita al marinero: la sonrisa sobre el hombro, la falda alzada lentamente hasta el muslo y mirar c\u00f3mo se forma el roce entre los dedos del marino.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed lleg\u00f3 aquel a quien llamaban Dutch. El que ancl\u00f3 en el t\u00fanel para mucho tiempo. Dutch. Amarrado al t\u00fanel por las borracheras. La llamaba Bull Shit. Seguramente aquello era una groser\u00eda en el idioma de Dutch. (\u00bfQu\u00e9 importa?). Cuando \u00e9l dec\u00eda&nbsp;Bull Shit&nbsp;en un grupo de rubios marinos extranjeros, todos re\u00edan. (\u00bfQu\u00e9 importa?). Ella met\u00eda su risa en la risa de todos. (\u00bfQu\u00e9 importa, pues?, \u00bfqu\u00e9 importa?). Bien pod\u00eda Dutch querer burlarse de ella. Nada importaba porque \u00e9l tambi\u00e9n estaba hundido en el t\u00fanel, amarrado a las entra\u00f1as del monstruo que dorm\u00eda junto al mar. \u00c9l cambiaba de oficio; fue marino, chofer, oficinista. (O era que todos -choferes, oficinistas o marinos- la llamaban Bull Shit y ella llamaba a todos Dutch). Y si \u00e9l cambiaba de oficio, ella cambiaba de casa dentro del barrio. Todo era igual. Alrededor de todos, junto a todos, sobre todos -llam\u00e1ranse Dutch, Bull Shit o Juan de Dios- estaba el barrio, el monstruo rezumante de zumos sombr\u00edos bajo la luz, bajo el viento, bajo el brillo del sol y del mar.<\/p>\n\n\n\n<p>Daba igual que Dutch fuera oficinista o chofer. Daba igual que Bull Shit viviese en uno u otro calabozo. S\u00f3lo que, desde algunos cuartos, pod\u00eda mirarse el mundo azul -alto, lejano- del agua y del aire. En esos cuartos los hombres suspiraban; muchos quer\u00edan quedarse como Dutch; dec\u00edan: \u00ab\u00a1qu\u00e9 bello es esto!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche del encuentro con los tres marinos (si es que fueron tres los marineros) apareci\u00f3 el que dec\u00eda discursos. Era un hombre raro. (Aunque en verdad, ella afirmar\u00eda que todos son raros). Le habl\u00f3 con cari\u00f1o. Como amigo. Como novio, podr\u00eda decirse. Lleg\u00f3 a declarar, con mucha seriedad, que deseaba casarse con ella: \u00abContraer nupcias, legalizar el amor, contratar matrimonio\u00bb. Ella rio igual que cuando Dutch le dec\u00eda Bull Shit. \u00c9l persisti\u00f3; dijo: \u00abTe llevar\u00eda a mi casa; te presentar\u00eda a mis amigos. Entrar\u00edas al sal\u00f3n, muy lujosa, muy digna; las se\u00f1oras te saludar\u00edan alargando sus manos enjoyadas; algunos de los hombres insinuar\u00edan una reverencia; nadie sabr\u00eda que t\u00fa est\u00e1s borracha de ron barato y de miseria; pretender\u00edan sorprender en ti cierta forma rara de elegancia; pretender\u00edan que eres distinguida y extra\u00f1a; t\u00fa te reir\u00edas de todos como r\u00edes ahora; de repente, soltar\u00edas una redonda palabra obscena. \u00bfSer\u00eda maravilloso?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La mir\u00f3 despacio, como si observase un cuadro antiguo. La mujer apoyaba sobre el muro su gruesa mano chata de mordisqueadas u\u00f1as. \u00c9l continu\u00f3: \u00abTe llevar\u00eda a la casa de un amigo que colecciona vitrales, porcelanas, pinturas, estatuillas, lindos objetos antiguos, de la \u00e9poca en la que estas piedras fueron unidas con argamasa duradera para formar la pared del castillo frente al mar. \u00c9l te examinar\u00eda como si observase un cuadro antiguo; dir\u00eda, probablemente, que pareces una virgen flamenca. Y es cierto, \u00bfsabes? Son casi iguales la castidad y la prostituci\u00f3n. T\u00fa eres, en cierto modo, una virgen: una virgen nacida entre las manos de un fraile atormentado por te\u00f3ricas visiones de asc\u00e9tica lubricidad. \u00a1Una virgen flamenca! Si yo te llevara a la casa de ese amigo, \u00e9l dir\u00eda que eres igual a una virgen flamenca, pero\u2026 Pero nada de eso es posible, porque el amigo que colecciona antig\u00fcedades soy yo y hemos peleado hace unos d\u00edas por una mujer que vive aqu\u00ed contigo\u2026 y que eres t\u00fa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre raro. Todos raros. Uno se sinti\u00f3 enamorado. (\u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida\u00bb). Uno la odi\u00f3: aqu\u00e9l a quien ella no recordaba la ma\u00f1ana siguiente. (\u00ab\u00bfT\u00fa?, \u00bft\u00fa estuviste conmigo anoche?\u00bb. \u00ab\u00bfNo recuerdas?\u00bb, dijo \u00e9l). Hab\u00eda temblor de rabia en su pregunta; como si estuviese esperando un cambio de monedas y mirase sus manos vac\u00edas. Los hombres son raros. Una mujer no puede conocer a un hombre. Y menos, cuando el hombre se ha desnudado y se ha puesto a hacer coito sobre ella: cuando se ha puesto a jadear, a chillar, a gritar sus pensamientos. Algunos gritan \u00ab\u00a1madre!\u00bb. Otros recuerdan nombres de mujeres a las que -dicen ellos- quieren mucho. Como si desearan que la madre o las otras mujeres estuviesen presentes en su coito. Jadean, gritan, chillan, quieren que ella -la que soporta su peso- los acompa\u00f1e en sus angustias y se desnude en su desnudez. Luego sonr\u00eden cari\u00f1osos: \u00ab\u00bfNo recuerdas?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos raros. Ella nunca recuerda nada. Est\u00e1 metida en la sombra del t\u00fanel, en las entra\u00f1as del monstruo, como un molusco pegado a la roca donde, de vez en cuando, llega la resaca: la sucia resaca del mar, el fogonazo de una palabra, el centelleo de las luces del cabaret o de las estrellas. Ella est\u00e1 aqu\u00ed, unida al monstruo sin recuerdos. Lejos, el mar. Puede mirarlo en el tembloroso espejo de su cuarto donde, ahora, est\u00e1n dos gorras de marineros. (Pero \u00bfes que no eran tres los marineros?). Hasta parece hermoso el mar a veces. Cargado de sol y viento. Aunque aqu\u00ed dentro poco se sepa de ello. Gotas de sucia miel lo han carcomido todo; han intervenido en la historia del muro sobre el cual tamborilean los dedos de la mujer (\u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb o \u00abadi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb); han hecho la historia de los elementos minerales que regresan hacia sus formas primitivas, despu\u00e9s de haber perdido su destino de fortaleza frente al mar, han escrito la historia que se enrolla sobre s\u00ed misma y forma c\u00edrculo como la serpiente que se muerde la cola.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella nunca recuerda nada. Nada sabe. Aqu\u00ed lleg\u00f3. Hab\u00eda un perro en sus juegos de ni\u00f1a. Juntos, el perro y ella ladraban su hambre por las noches, cuando llegaban en las bocanadas del aire caliente las m\u00fasicas y las risas y las maldiciones. Ella, desde ni\u00f1a, en aquello oscuro, decidida a arrancar las monedas. Ella, en la entra\u00f1a del monstruo: en la oscura entra\u00f1a, oscura aunque fuera hubiese viento de sol y de sal. Ella, mojada por sucias resacas, junto al perro. Como, despu\u00e9s, junto a los otros grandes perros que ladraban sobre ella su angustia y los nombres de sus sue\u00f1os. De todos modos, pod\u00eda asomarse alguna vez a la ventana o al espejo y mirar el mar o las gorras de los marineros. (Dos gorras; tal vez tres los marineros).<\/p>\n\n\n\n<p>Porque casi es posible afirmar que fueron tres los marineros: el que parec\u00eda un verde lagarto, el del ladeado sombrerito, el del cigarrillo azulenco. Si es que un marinero puede dejar olvidada su gorra en el barco y comprarse un sombrero en los almacenes del puerto, fueron tres los marineros; si no, hay que pensar en otras teor\u00edas. Lo cierto es que fue el otro quien ten\u00eda entre los dedos el cigarrillo. (O el pu\u00f1al).<\/p>\n\n\n\n<p>Ella miraba todo, como desde el fondo del espejo del cielo. Acaso como desde el fondo del espejo de su cuarto, tembloroso como el aletear de una mariposa, como el golpetear de sus dedos sobre la rugosa pared. Si le hubieran preguntado qu\u00e9 pasaba, hubiera callado o, en el mejor de los casos, hubiera respondido con cualquier frase recogida en el lenguaje de las borracheras y de los encuentros de burdel. Hubiera dicho: \u00ab\u00a1madre!\u00bb o \u00abte quiero m\u00e1s que a mi vida\u00bb o, simplemente, \u00abme llamaba Bull Shit\u00bb. Quien la escuchase reir\u00eda pero, si intentaba comprender, enseriar\u00eda el semblante, ya que aquellas expresiones pod\u00edan significar algo muy grave en el odio de los hambrientos animales que viven en la entra\u00f1a del monstruo, en el habla de las gentes que ponen su mano sobre el muro de lo que fue castillo y mueven sus dedos para tamborilear \u00abaqu\u00ed, aqu\u00ed\u00bb, o \u00abadi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que le sucedi\u00f3 la noche del encuentro con los tres marineros (digamos que fueron tres los marineros) la conmovi\u00f3, la hundi\u00f3 en las luces de un espejo relumbrante. Verdad es que ella siempre tuvo un espejo en su cuarto: un espejo tembloroso de vida como una mariposa, movido por la vibraci\u00f3n de las sirenas de los barcos o por los pasos de alguien que se acercaba a la cama. En aquel espejo se reflejaban, a veces, el mar o el cielo o la l\u00e1mpara cubierta con papeles de colores -como un globo de carnaval- o los zapatos del que se hab\u00eda echado a dormir su cansancio en el camastro revuelto. Se mov\u00eda el espejo, tembloroso de vida como la angustiada mano de una mujer que tamborilea sobre el muro, porque colgaba de una larga cuerda enredada a un clavo que, a su vez, estaba hundido en la madera del pilar que sosten\u00eda el techo. As\u00ed, el espejo temblaba por los movimientos del cuarto, por el paso del aire, por todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde mucho tiempo antes, la mujer viv\u00eda all\u00ed, en aquel cuarto donde los hombres suspiraban al amanecer: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 bello es esto!\u00bb y contaban cuentos de la madre y de otras mujeres a las que -dec\u00edan ellos- hab\u00edan querido mucho. Cuando el hombre que dec\u00eda discursos estaba all\u00ed, tambi\u00e9n estaban los marineros; al menos, el espejo recog\u00eda la imagen de dos gorras de marineros, tiradas entre las s\u00e1banas, junto al peque\u00f1o fon\u00f3grafo. (Dos gorras de marineros). La mujer que apoyaba la mano sobre el muro pod\u00eda mirar los c\u00edrculos blancos de las gorras en el espejo de su cuarto. Dos c\u00edrculos: dos gorras. (Lo que podr\u00eda hacer pensar que fueron dos los marineros, aunque tambi\u00e9n es posible que otro marino desembarcase sin gorra y se comprase un sombrero en los almacenes del puerto). En el espejo hab\u00eda dos gorras y por ello, acaso, el que hablaba tantas cosas extraordinarias dijo: \u00abEn ese espejo se podr\u00eda pescar tu vida\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>A trav\u00e9s del espejo se podr\u00eda llegar, al menos, hasta el encuentro con los dos marineros. (Digamos que fueron dos; que no hab\u00eda uno m\u00e1s del que se dijera que dej\u00f3 su gorra en el barco y compr\u00f3 un sombrero en los almacenes del puerto). A trav\u00e9s del espejo se puede hacer camino hasta el encuentro con los dos marineros, igual que en la piedra donde se apoya el tamborileo de los dedos de la mujer puede leerse la historia de lo que cambi\u00f3 su destino de castillo por empresas de comercio y de lupanar.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella estaba en el cabaret cuando los marineros se le acercaron. Uno era moreno, p\u00e1lido el otro. Hab\u00eda en ellos (\u00bfjunto a ellos?) una sombra verde y, a veces, uno de los dos (o, acaso, otra persona) parec\u00eda un mu\u00f1eco de fuego. Una mano de dulzura sombr\u00eda -morena, con el dorso azulenco- le ofreci\u00f3 el cigarrillo, el blanco cigarrillo encendido en su brasa: \u00ab\u00bfQuieres?\u00bb. Ella mir\u00f3 la candela cercana a sus labios, la sinti\u00f3, caliente, junto a su sonrisa. (La brasa del cigarrillo o la boca del marinero). Ya desde antes (una hora; tal vez la vida entera) hab\u00eda ca\u00eddo entre neblinas. El humo del cigarrillo una nube m\u00e1s, una nube que atraves\u00f3 la mano entre cuyos dedos ven\u00eda el tubito blanco. Ella lo tom\u00f3. Puede recordar su propia mano, con la ancha sortija semejante a un aro de novia. Junto a la sortija estaban la brasa del cigarrillo y la boca del hombre: la saliva en la sonrisa; al lado del que sonre\u00eda, el otro la silueta rojiza y, tambi\u00e9n, el que parec\u00eda un verde lagarto. No ten\u00eda gorra sino sombrerito de fieltro ladeado. (Casi cierto que eran tres, aunque luego se dijera que fueron dos los marineros y esa tercera persona un detective, lo que resultaba posible, ya que los detectives, como lo sabe todo el mundo, usan sombrero ladeado, con el ala sobre los ojos).<\/p>\n\n\n\n<p>La cosa comenz\u00f3 en el cabaret. Ella -la mujer de la mano sobre el muro- viv\u00eda en el piso alto. Sobre el sal\u00f3n de baile estaba el cuarto del tembloroso espejo donde se pod\u00eda mirar el mar o las gorras de los marineros o la vida de la mujer. Treinta mujeres arriba, en treinta calabozos del gran panal; pero s\u00f3lo desde el cuarto de ella pod\u00eda mirarse el lejano azul, como tambi\u00e9n s\u00f3lo ella ten\u00eda el lujo del fon\u00f3grafo, a pesar de lo cual era nada m\u00e1s que una de las treinta mujeres que viv\u00edan en los treinta cuartuchos de piso alto, lo mismo que, en el cabaret, era una m\u00e1s entre las muchas que beb\u00edan cerveza, an\u00eds o ron. Una m\u00e1s, aunque s\u00f3lo ella ten\u00eda su ancha sortija, semejante a un aro de novia.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto, las luces del cabaret comenzaron a moverse: caminos azules, puntos amarillos, ruedas azules y la sonrisa de los marineros, la saliva y el humo del cigarrillo entre los labios. Ella sorbi\u00f3 las azules nubes tambi\u00e9n; pero ya antes hab\u00eda comenzado la danza de las luces en el cabaret. Caminos rojos, verdes, ruedas amarillas, puntos de fuego que repet\u00edan la brasa del cigarrillo. Ella re\u00eda. Pod\u00eda o\u00edr su propia risa ca\u00edda de su boca. Las luces daban vueltas, la risa tambi\u00e9n se desgranaba como las cuentas de un collar encendido y junto con las luces y la risa, se mov\u00edan las gentes muy despacio, entre c\u00edrculos de sombra y de misterio. Los hombres -cada uno- con la sonrisa clavada entre los labios: la silueta rojiza igual que el que semejaba un verde lagarto y el del sombrero ladeado. (El que produjo la duda sobre si fueron tres los marineros). Ella cabeceaba un adem\u00e1n de danza y sent\u00eda c\u00f3mo su cabeza rozaba luces y risas cuando se encontr\u00f3 frente a un espejo: el tembloroso espejo de su cuarto en cuyo azogue nadaban las dos gorras marineras. Todo ello sucedi\u00f3 como si hubiese ascendido hacia la muerte. Por eso, una vez chill\u00f3: \u00ab\u00a1naciste hoy!\u00bb y el hombre dijo: \u00abEn ese espejo se podr\u00eda pescar tu vida\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, eso fue despu\u00e9s. Ciertamente, los marineros se acercaron: una mano, una boca, la sombra verde y el rojizo resplandor. Aquel a quien llamaban Dutch hab\u00eda estado esa noche o, tal vez, otra noche parecida a \u00e9sta. (Una noche como tantas de las noches nacidas en el t\u00fanel, en la entra\u00f1a del monstruo, en un instante de la gran oscuridad cruzada por fogonazos que era la vida all\u00ed). Estaba Dutch. O, acaso, no. No; ciertamente, no. Era el de los discursos, el paciente hablador, quien estaba presente. La mujer alz\u00f3 su mano en un gesto de danza; sus u\u00f1as abrieron cinco p\u00e9talos rojos a la luz de las bombillas. Se levant\u00f3; sinti\u00f3 en su cuerpo c\u00f3mo ella toda tend\u00eda a estirarse. Mir\u00f3 (en el espejo de s\u00ed misma o en el espejo tembloroso de su cuarto) su cabeza deslizada en ascensi\u00f3n entre las bombillas del cabaret y entre las luces del alto cielo sereno. Se movi\u00f3 -lenta y brillante- sobre bombillas, estrellas, espejos. La voz, la sonrisa, el cigarrillo de los marineros eran palabras, gestos, se\u00f1ales que indicaban el pecho del hombre. (Su cartera o su coraz\u00f3n). Como si atravesara rampas de misterio los pasos de ella la llevaban hacia el que descansaba sobre la mesa del cabaret. Apart\u00f3 espejos, luces, estrellas; atraves\u00f3 nubes de humo. Estaba acompa\u00f1ada por los tres marineros (eran tres, entonces): el que parec\u00eda un verde lagarto, el del rojizo resplandor y la sombra azulenca en las manos, el del peque\u00f1o sombrero ladeado sobre la sien izquierda. Cuando lleg\u00f3 a la mesa, roz\u00f3 el pecho del hombre que dorm\u00eda. \u00abBull Shit\u00bb, dijo \u00e9l. \u00ab\u00a1Ah! \u00a1Eres Dutch!\u00bb. \u00ab\u00bfDutch? \u00bfDutch? Sacas de tu sombra una palabra y piensas que es un hombre. No, no soy Dutch; tampoco soy el que te dijo&nbsp;te quiero m\u00e1s que a mi vida&nbsp;ni el que te habl\u00f3 de otras mujeres a quienes quiere mucho. Soy otro coraz\u00f3n y otra moneda\u00bb. Las voces de los dos (\u00bfo tres?) marineros ordenaron: \u00abSube con \u00e9l\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante el espejo se miraron. Ella dir\u00eda que no pis\u00f3 la escalera, que no camin\u00f3 frente al bar, que caminaron -todos- las rampas del misterio y atravesaron las puertas que hay siempre entre los espejos. Por los caminos del misterio, por los caminos que unen un espejo a otro espejo, llegaron (o estaban all\u00ed antes) y se miraron desde la puerta del espejo. (Ellos y sus sombras: la mujer, los marineros y el que, antes, dorm\u00eda sobre la mesa del cabaret mostrando a todos su coraz\u00f3n). El del peque\u00f1o sombrero ladeado no estaba en el espejo. El otro, el que dorm\u00eda cuando estaban abajo, habl\u00f3; al mirar las gorras de los marineros, dijo a la mujer: \u00abEn ese espejo se pod\u00eda pescar tu vida\u00bb. (Igual pudo decir, \u00abtu muerte\u00bb).<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer estaba fuera del cuarto, apoyada la gruesa mano de ro\u00eddas u\u00f1as sobre la rugosa piedra del muro. A trav\u00e9s de la puerta ve\u00eda las gorras de los marineros en el cristal del espejo. El hombre hab\u00eda echado a andar el fon\u00f3grafo, del cual sal\u00eda la dulce canci\u00f3n. Los marineros se acercaban. Suspendida sobre el negro disco, la aguja brillante afilaba la m\u00fasica: aquella melod\u00eda donde nadaban palabras, semejantes a las palabras de Dutch cuando Dutch dec\u00eda algo m\u00e1s que Bull Shit, semejantes a gorras suspendidas en el reflejo de un vidrio azogado.<\/p>\n\n\n\n<p>El hombre escuchaba tendido hacia el fon\u00f3grafo. Hacia \u00e9l avanzaba uno de los marinos; el que antes hab\u00eda ofrecido el cigarrillo de azulados humos. La mujer miraba la mano del marinero, nerviosa, activa, cargada de deseo. (Si una moneda es la medida del amor, puede alguien desear una moneda como se desea un coraz\u00f3n). Ella lo entend\u00eda as\u00ed: \u00abEl gesto de quien toca una moneda puede ser semejante a la frase&nbsp;te quiero m\u00e1s que mi vida; acaso, ambos, espejos de una misma tonter\u00eda o de una misma angustia\u00bb. La mano -deseosa, inquieta, activa- se dirig\u00eda al sitio de la cartera o del coraz\u00f3n. El hombre volvi\u00f3 la cabeza, mir\u00f3 cara a cara al marinero. El que ten\u00eda en s\u00ed un resplandor de brasa rio con risa hueca como repiqueteo de tambor, como el movimiento de los dedos de la mujer sobre el antiguo muro. El hombre volvi\u00f3 a inclinarse sobre la melod\u00eda del fon\u00f3grafo. La risa del otro ca\u00eda sobre el ritmo de la m\u00fasica y el hombre se ba\u00f1aba en la m\u00fasica y en la risa.<\/p>\n\n\n\n<p>El gesto del marinero amenaz\u00f3 de nuevo cuando la mujer llam\u00f3 la atenci\u00f3n del que escuchaba la m\u00fasica. Quieta -su mano sobre el muro- lo sise\u00f3. \u00c9l fue hasta ella; se qued\u00f3 mir\u00e1ndola, como un conocedor que mira un cuadro antiguo; fue entonces cuando habl\u00f3: \u00abHay en esta pared un camino de historias que se muerde la cola. Trajeron estas piedras desde el mar, las apretaron en argamasa duradera para fabricar el muro de un castillo defensivo; ahora, los elementos que formaban la pared van regresando hacia sus formas primitivas: reciedumbre corro\u00edda por la angustia de un destino falseado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer lo miraba desde el espejo del cielo, alta entre las estrellas su cabeza. Antes de que ello fuera cierto, la mujer miraba c\u00f3mo entre los dedos del marinero brillaba el cigarrillo: un cigarrillo de metal, envenenado con venenos de luna, brillante de muerte. Los dedos de ella (y s\u00ed que resultaba extraordinario que dos manos estuviesen unidas a elementos minerales y significaran a un tiempo mismo, aunque de manera distinta, el lento desmoronamiento de lo que fue hecho para que resistiese el paso del tiempo), los dedos de ella repiquetearon sobre el muro. \u00abNo, no, no\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces cuando \u00e9l propuso matrimonio, cuando la compar\u00f3 a una virgen flamenca, cuando dijo: \u00abTe llevar\u00e9 a la casa de un amigo que colecciona antig\u00fcedades; \u00e9l dir\u00eda que eres igual a una virgen flamenca; pero no es posible, porque ese amigo soy yo y hemos peleado por una mujer que vive en esta casa y que\u2026 eres t\u00fa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El gesto del marinero con el envenenado metal del cigarrillo -o del pu\u00f1al- era tan lento como si estuviese hecho de humo. Lento, alzaba su llama, su cigarrillo, su pu\u00f1al, el enlunado humo encendido de la muerte. Ella mov\u00eda los dedos sobre el muro; tamborileaba palabras: \u00abno, no, cuidado, aqu\u00ed, aqu\u00ed, adi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb. El hombre dijo: \u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida. Pareces una virgen flamenca. Bull Shit\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya el marinero bajaba su llama. Ella lo vio. Grit\u00f3. La noche se cort\u00f3 de rel\u00e1mpagos, de fogonazos. (Tiros o estrellas). El del sombrero ladeado lanzaba chispazos con su rev\u00f3lver. Alguien salt\u00f3 hacia la noche. Hubo gritos. Una mujer corri\u00f3 hasta la que se apoyaba en el muro; chill\u00f3: \u00ab\u00a1Naciste hoy!\u00bb. El hombre repet\u00eda: \u00abBull Shit, virgen, te quiero\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La mano de ella resbal\u00f3 a lo largo del muro; su cuerpo se desprendi\u00f3; sus dedos rozaron las antiguas piedras hasta caer en el pozo de su sangre; all\u00ed, junto al muro, en la sangre que comenzaba a enfriarse, dijeron una vez m\u00e1s sus dedos: \u00abAqu\u00ed, aqu\u00ed, cuidado, no, no, adi\u00f3s, adi\u00f3s, adi\u00f3s\u00bb. Un in\u00fatil tamborileo que desfallec\u00eda sobre las palabras del hombre: \u00abTe quiero m\u00e1s que a mi vida, Bull Shit, virgen\u00bb. El del sombrero ladeado afirm\u00f3: \u00abEst\u00e1 muerta\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s tarde el de los discursos comentaba: \u00ab\u00c9sta es una historia que se enrolla sobre s\u00ed misma como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron dos los marineros\u00bb. El del sombrerito se opuso: \u00abHay dos gorras en la cama de Bull Shit\u00bb. \u00abEn el espejo\u00bb, rectific\u00f3 el de los discursos; \u00abla vida de ella puede pescarse en ese espejo. O su muerte\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Voces de miedo y de pasi\u00f3n alzaban su llama hacia las estrellas. La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su sangre.<\/p>\n\n\n\n<p><h4 style=\"text-align: right;\"><a rel=\"noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/guillermo-meneses\/\" target=\"_blank\">Sobre el autor<\/a><\/h4><\/p>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Foto de Alfredo Alfredo Boulton para la edici\u00f3n de \u00abLa Mano junto al muro\u00bb (Par\u00eds, 1952)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Guillermo Meneses La noche porte\u00f1a se desgarr\u00f3 en rel\u00e1mpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasi\u00f3n alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido (\u00a1\u00abnaciste hoy!\u00bb) tembl\u00f3 en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el muro. 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