{"id":4185,"date":"2022-04-17T16:10:01","date_gmt":"2022-04-17T16:10:01","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4185"},"modified":"2023-11-24T18:31:41","modified_gmt":"2023-11-24T18:31:41","slug":"diez-distancias-con-salvador-garmendia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/diez-distancias-con-salvador-garmendia\/","title":{"rendered":"Diez distancias con Salvador Garmendia"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n<p>I<\/p>\n<p>Tengo la impresi\u00f3n de que estuve con Salvador dos d\u00edas antes de su muerte. Y digo \u00abimpresi\u00f3n\u00bb porque no estoy seguro. Comparto con Alejandro Rossi la idea de que la memoria que construimos es selectiva. Es decir, no la hacemos con lo que recordamos, sino con lo que elegimos recordar. Con esa elecci\u00f3n me ubico con Salvador la tarde de un mi\u00e9rcoles de 2001 en el celarg. Asist\u00edamos a la presentaci\u00f3n de un libro de Javier Lasarte llamado<em>Verano,<\/em> y Javier me hab\u00eda pedido que dijera unas palabras. Yo llegu\u00e9 un poco antes de la hora, pero tambi\u00e9n Salvador. Est\u00e1bamos parados en el vest\u00edbulo sin saber muy bien qu\u00e9 hacer. Le pregunto a la Negra Maggi c\u00f3mo est\u00e1n y algo me refiere sobre la salud de Salvador: alg\u00fan chequeo pendiente, alguna dolencia. Les sugiero que nos acerquemos a una de las mesas del caf\u00e9 y nos tomemos algo. Nos sentamos en una mesita enclenque, con tope de lat\u00f3n. Y all\u00ed comienza a hablar Salvador, con sus frases escritas, con sus palabras escogidas, como si las pescara en el aire. Los gestos de sus manos recuerdan las artes de un acordeonista que toca sin instrumento. Pero quiero regresar a una sensaci\u00f3n que no es f\u00e1cil de evocar y que podr\u00eda resumir de esta manera: cuando Salvador hablaba, su discurso era escrito, que no oral. Es decir, hablaba como si estuviera escribiendo en voz alta.<\/p>\n<p>Pedimos tres caf\u00e9s y yo insist\u00ed en pagar. Quer\u00eda de verdad obsequiarles ese momento y agradecerles la compa\u00f1\u00eda. Nos paramos porque ya el acto iba a comenzar. Me tuve que colocar en una peque\u00f1a tarima junto a Javier para que el p\u00fablico que estaba de pie nos pudiera ver. Y all\u00ed comienza un momento de extra\u00f1eza que no se me borra, que se me reproduce en recuerdos y sue\u00f1os: cada vez que yo levantaba mi vista de las l\u00edneas que le\u00eda para conectarme con el p\u00fablico, ve\u00eda el rostro de Salvador al fondo, casi en l\u00ednea recta, mirada contra mirada, fijeza escultural. Yo ten\u00eda el recurso de la p\u00e1gina para apartarme de esa fijeza, pero Salvador no y creo que no le importaba. Durante todo el acto me sostuvo la mirada casi como un reto. Y yo en el recuerdo he vuelto a ver su rostro como un punto de luz que se va alejando, sumiendo entre tinieblas. Dos d\u00edas despu\u00e9s del acto me llegaba la noticia de su deceso, y yo pensaba en el rostro que se alejaba, que se hund\u00eda hasta desaparecer.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>Antes de mi viaje a Par\u00eds en 1979, escritor risue\u00f1o que hu\u00eda de la Escuela de Letras con una beca de estudios, no fui un buen lector de Salvador. Creo que Velia Bosch en el Instituto Escuela nos oblig\u00f3 a leer <em>Los peque\u00f1os seres<\/em> y a analizar <em>Los habitantes.<\/em> Pero fueron lecturas desinteresadas, hechas en medio del des\u00e1nimo, que la obra de Salvador no merec\u00eda. La memoria me hace trampas y me convence de que esos a\u00f1os fueron tambi\u00e9n los del \u00abesc\u00e1ndalo\u00bb (lo pongo entre comillas) alrededor de \u00abEl inquieto anacobero\u00bb, publicado por primera vez en el \u00abPapel Literario\u00bb de <em>El Nacional.<\/em> He vuelto a analizar esa pieza, para el <em>Canon del cuento venezolano<\/em> que han preparado Luis Barrera Linares y Carlos Sandoval, y me he reencontrado con un relato m\u00e1s bien risue\u00f1o, excelentemente construido, con un despliegue de oralidad que parece grabada, tal es su fidelidad con los hablantes. El esc\u00e1ndalo, en verdad, hablaba de una sociedad pacata, por no decir de unas autoridades alarmistas, acosando a un gran escritor que lo \u00fanico que hab\u00eda hecho era cumplir con su imaginario y su oficio. Por la seguidilla de noticias, se deduce que al pobre Salvador lo han debido fastidiar esas citaciones o esos otros oficios nada literarios donde se mencionaba su nombre no como autor y s\u00ed como indiciado de una causa fantasmal. Pero qu\u00e9 gran y penetrante retrato de la sociedad venezolana del momento, la de los 70, postulaba el conjunto de relatos de <em>El inquieto anacobero:<\/em> generales revoltosos, empresarios corruptos, pol\u00edticos inmorales, mujeres que se ofrec\u00edan a cualquier postor, m\u00fasicos nocturnos y una cierta bohemia decadentosa que vend\u00eda sus fueros por un pu\u00f1ado de bol\u00edvares. En s\u00edntesis, una sociedad borracha de dinero que, al verse en el espejo, para expiar las culpas, inventaba persecuciones y buscaba culpables para seguir en la inconsciencia.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>A Salvador lo vine a leer de manera cabal, ordenada y entusiasta, tal como le\u00ed a tantos venezolanos \u2013a Pic\u00f3n Salas, a Guillermo Sucre, al maestro Rosenblat, a Mar\u00eda Fernanda Palacios, a Eugenio Montejo, a Alejandro Oliveros, a S\u00e1nchez Pel\u00e1ez, incluso a Sim\u00f3n Rodr\u00edguez\u2013 en Par\u00eds, cuando cursaba la carrera de Estudios Hisp\u00e1nicos en La Sorbona. Y lo vine a hacer, digamos, de atr\u00e1s para delante. As\u00ed, en flamante edici\u00f3n Seix-Barral, impresa en Barcelona, me llegaba a Par\u00eds un ejemplar de <em>El \u00fanico lugar posible,<\/em> de 1986, un libro que le\u00ed deslumbrado y que todav\u00eda me sigue deslumbrando. \u00bfQu\u00e9 era este libro? \u00bfEra una novela? \u00bfEra un conjunto de relatos? A lo sumo, me atrever\u00eda a decir, eran unas narraciones: abiertas, envolventes, inteligentes, soberbiamente bien escritas. Era el Salvador de la madurez plena, con un dominio de autor consagrado, cansado quiz\u00e1s hasta de la novela como g\u00e9nero, que necesitaba experimentar a sus anchas, que comulgaba con las corrientes en boga. Yo recorr\u00eda esas l\u00edneas y sent\u00eda que me cacheteaban, que me dec\u00edan: \u00abLee esto, mira esta proeza, f\u00edjate en este giro\u00bb, como quien dicta un taller de escritura y transmite sus secretos. Yo, que tambi\u00e9n le\u00eda cuasi embelesado en esos a\u00f1os a Severo Sarduy, sobre todo al Severo de <em>De donde son los cantantes,<\/em> me dec\u00eda: \u00ab\u00c9ste es nuestro Severo local, esto es alta experimentaci\u00f3n, esto es vanguardia plena\u00bb; y lo era, con creces, sin que yo hallara algo equivalente en nuestro traspatio local. Salvador se me presentaba como nuestro gran narrador, como nuestro gran representante en las lides iberoamericanas que sobreviv\u00edan al <em>boom.<\/em> Era nuestro estandarte, la carta mayor de nuestro secreto juego de p\u00f3ker, nuestro embajador plenipotenciario.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>De regreso a Caracas, en 1985, y despu\u00e9s de siete a\u00f1os de ausencia, sin reconocer del todo la nueva escena cultural y con un sentimiento de extrav\u00edo en mi propio suelo que me dur\u00f3 m\u00e1s de lo que yo hubiera querido, comenc\u00e9 a trabajar en el Fondo Editorial de Fundarte y a colaborar con algunas publicaciones locales, entre ellas la revista <em>Imagen,<\/em> que me encargaba sobre todo entrevistas a escritores. Lleg\u00f3 el d\u00eda en que, para fortuna m\u00eda, me encargaron la de Salvador, quien para entonces estaba de vuelta de su larga estancia en Espa\u00f1a como consejero cultural. Yo me frotaba las manos dici\u00e9ndome que era la oportunidad para conocerlo, estrecharle la mano, quiz\u00e1s abrazarlo, decirle abiertamente que lo admiraba, y preparar el cuestionario m\u00e1s enjundioso, m\u00e1s acabado, de pich\u00f3n de escritor que todav\u00eda estaba en sus veinte. La cita, recuerdo, fue en una casa de Santa Eduvigis. Toqu\u00e9 la puerta y me abri\u00f3 sonriente la Negra Maggi. Me condujo por un pasillo hasta una especie de terraza llena del verdor de plantas y helechos colgantes. Y all\u00ed, sentado en una poltrona de cuero, me esperaba Salvador. Pasamos toda una tarde conversando, o m\u00e1s bien escuch\u00e1ndolo, y al final, despu\u00e9s de repasar las veinte preguntas de mi farragoso cuestionario, tuve un atrevimiento de <em>scholar<\/em> afrancesado. Le pregunt\u00e9, de manera algo presuntuosa: \u00ab\u00bfQu\u00e9 le falta a la narrativa venezolana?\u00bb. Y su respuesta, la respuesta de aquella tarde de helechos, todav\u00eda me deslumbra. Salvador me dijo, sin ning\u00fan asomo de duda: \u00abA la narrativa venezolana le falta subjetividad, a la narrativa venezolana le faltan personajes que encarnen esa subjetividad\u00bb. Esa frase se me volvi\u00f3 como un talism\u00e1n: la llevaba a todas partes, la sopesaba, la acariciaba. Se volvi\u00f3, por ejemplo, gu\u00eda de mi trabajo cr\u00edtico, pero tambi\u00e9n pretexto de mi trabajo de creaci\u00f3n. El efecto m\u00e1s inmediato, y \u00e9sta debe ser la primera vez que lo reconozco en p\u00fablico, fue sobre un prospecto de novela que llevaba entre manos y que a\u00f1os despu\u00e9s termin\u00f3 llam\u00e1ndose <em>Ajena.<\/em> En un momento de tranca severa, cuando pensaba que el manuscrito en ciernes ir\u00eda a parar a la basura, se me ocurri\u00f3 inyectarle una dosis intravenosa de subjetividad y crear la figura de una adolescente enamoradiza que se deshace en el af\u00e1n de escribirle cartas sucesivas a su amante que se ha ido. M\u00e1s subjetividad que esa \u2013el di\u00e1logo muy \u00edntimo entre seres que se amaban\u2013, imposible. Salvador nunca lo supo, pero sus palabras se convirtieron en la tabla de salvaci\u00f3n de una novela cuyo m\u00e1ximo m\u00e9rito quiz\u00e1s estuvo en ser finalista del Premio R\u00f3mulo Gallegos en 2003.<\/p>\n<p>V<\/p>\n<p>Entre 1988 y 1992, gracias a la clarividencia de Joaqu\u00edn Marta Sosa, para entonces presidente de Venezolana de Televisi\u00f3n, se pudo producir un programa llamado <em>Entrel\u00edneas<\/em> que tuve el privilegio de conducir. Fue uno de los pocos espacios de la televisi\u00f3n venezolana dedicado a libros y escritores. Se produjeron en total poco m\u00e1s de doscientos programas y, si no me equivoco, esas viejas cintas producidas en formato U-matic reposan en los archivos de la Universidad Nacional Abierta. Pues hace pocas semanas, para sorpresa de propios y extra\u00f1os, alguien se hizo de uno de esos archivos y lo colg\u00f3 en la red. Result\u00f3 ser un programa de Salvador, en ocasi\u00f3n de la publicaci\u00f3n de su libro <em>Cuentos c\u00f3micos.<\/em> He vuelto a ver esas im\u00e1genes, veinticinco a\u00f1os despu\u00e9s, y he redescubierto a Salvador con todav\u00eda m\u00e1s hondura y clarividencia de la que percib\u00eda aquella primera vez. Su discurso pausado, sus ideas pescadas al voleo y luego encauzadas con un prop\u00f3sito fijo, sus opiniones sobre el oficio, sus devaneos para dar cuenta de una po\u00e9tica son elementos que vale la pena repasar. He all\u00ed al escritor absolutamente maduro, que viene de vuelta de todo, que escoge bien sus palabras, que se sabe siempre en aproximaci\u00f3n a algo. Y llega un momento en el cual ni siquiera tiene sentido preguntarle algo o conversar. Y llega un momento en el que lo \u00fanico que procede es escuchar como se escucha a los grandes maestros, celebrar ese momento de intimidad, agradecer las lecciones que se suceden y aspirar a que puedan volverse propias.<\/p>\n<p>VI<\/p>\n<p>En 1986, para mi fortuna, me toc\u00f3 ser editor de Salvador. Una tarde me llev\u00f3 el manuscrito de <em>Hace mal tiempo afuera<\/em> y yo lo le\u00ed en una sola sentada. Era, por supuesto, un libro maravilloso. Hab\u00eda cuentos de diferente extensi\u00f3n, hab\u00eda una total libertad estil\u00edstica, hab\u00eda intereses diversos. Jocosidad y ocurrencia, inteligencia y penetraci\u00f3n, poes\u00eda y meditaci\u00f3n. Un libro caleidosc\u00f3pico, que tambi\u00e9n se desentend\u00eda de los marcos gen\u00e9ricos. Narrativa en estado puro, narrativa que husmea y genera sentido, narrativa que repasa y se observa a s\u00ed misma. Sal\u00eda de mi embelesamiento de lector y me transformaba en un editor entusiasta. \u00bfUn libro de Salvador en mis manos? \u00bfUna novedad de este calibre para el fondo? El trabajo de producci\u00f3n se habr\u00e1 tomado varios meses, pero a la vuelta de algunas hojas del calendario, ya escog\u00edamos la fecha de presentaci\u00f3n o lanzamiento. Debo compartir, sin embargo, la fase m\u00e1s provechosa de esta empresa, que fue la de tener sucesivas e inesperadas visitas de Salvador durante todo el proceso. \u00bfVen\u00eda el maestro a revisar un boceto de portada? \u00bfVen\u00eda a corregir pruebas? \u00bfVen\u00eda a reclamar retrasos? Si estos pudieron ser los argumentos de los inicios, al cabo de pocas semanas descubr\u00edamos que el maestro ven\u00eda a conversar, a diseccionar el mundo, a dilatar los sentidos sin dejar de aguzar la vista. Tardes de caf\u00e9 con Salvador para evitar la somnolencia, tardes de caf\u00e9 con Salvador para reordenar el mundo.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Fuente: https:\/\/cuadernoshispanoamericanos.com\/<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio L\u00f3pez Ortega I Tengo la impresi\u00f3n de que estuve con Salvador dos d\u00edas antes de su muerte. Y digo \u00abimpresi\u00f3n\u00bb porque no estoy seguro. Comparto con Alejandro Rossi la idea de que la memoria que construimos es selectiva. Es decir, no la hacemos con lo que recordamos, sino con lo que elegimos recordar. 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