{"id":4170,"date":"2022-04-16T23:55:12","date_gmt":"2022-04-16T23:55:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4170"},"modified":"2024-01-06T12:43:13","modified_gmt":"2024-01-06T12:43:13","slug":"dos-cuentos-de-gabriel-payares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-gabriel-payares\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Gabriel Payares"},"content":{"rendered":"<h3>Nagasaki (en el coraz\u00f3n)<\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Para Ednodio Quintero<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>El hombre lo vive todo a la primera y sin<\/em><br \/>\n<em>preparaci\u00f3n. Como si un actor representase<\/em><br \/>\n<em>su obra sin ning\u00fan tipo de ensayo. Pero \u00bfqu\u00e9<\/em><br \/>\n<em>valor puede tener la vida si el primer ensayo<\/em><br \/>\n<em>para vivir es la vida misma?<\/em><br \/>\n<em>Milan Kundera<\/em><br \/>\n<em>La insoportable levedad del ser<\/em><\/p>\n<p>Esta no habr\u00eda sido nunca la ciudad que escogiera para envejecer. Si alg\u00fan emisario del destino hubiese tenido a bien consultarme, mi dedo habr\u00eda apuntado sin vacilar hacia el oriente, hacia ciudades lejanas en un pa\u00eds inveros\u00edmil, hacia lugares en donde ser extranjero y alcanzar la madurez son, al final del d\u00eda, condiciones indistinguibles. Siento una desconfianza sincera hacia ciudades como esta, construida en el constante recuerdo de la ca\u00edda; una ciudad en la que se va por ah\u00ed con la sensaci\u00f3n de que un tropiezo inesperado significar\u00eda rodar a trompicones hacia el infierno, sin que nada pueda detener el cuerpo que se desploma como un pe\u00f1asco. A ese v\u00e9rtigo se debe, seguramente, el andar sereno de quienes han nacido en estas monta\u00f1as: se aferran bien al asfalto en cada paso y no ven nunca hacia atr\u00e1s \u2013hacia abajo\u2013 a menos que ya hayan alcanzado su destino. Solo entonces se permiten una r\u00e1pida mirada hacia el vac\u00edo. Y es que sus ojos, fijos en el suelo, no parecen hechos para mirar hacia el sol, sino a la propia sombra en la tierra que les da de comer, la misma que alg\u00fan d\u00eda los recibir\u00e1 entre sus brazos.<\/p>\n<p>Aunque habito entre ellos mi propio destierro, producto de malas decisiones tomadas en a\u00fan peores momentos, no suelo realmente quejarme demasiado: he podido siempre abandonar estos rincones empinados con la frecuencia y el \u00edmpetu del momento, con ese gesto de bumer\u00e1n humano que persigue durante a\u00f1os una patria lejana y no logra devolverse sino con unas cuantas postales y un par de rollos de fotos. Y es que al final uno se cansa de apostar todo al desenfreno del viaje: a menudo me pregunto si la patria no ser\u00e1 m\u00e1s bien ese suelo blando en el que menos duele echar las \u00faltimas ra\u00edces, y el hogar el sitio que se escoge para darle la bienvenida a la muerte. Mi problema es que desciendo de una estirpe mucho m\u00e1s c\u00e1lida que esta, una concebida en el galope andariego de la llanura, entre distancias que se miden con el viento y un padre que predec\u00eda la llovizna con solo ver los zamuros a lo lejos. Provengo de una familia que criaba caballos ajenos. Yo prefer\u00ed ense\u00f1ar literatura.<\/p>\n<p>Mis clases son lo \u00fanico que oxigena el d\u00eda a d\u00eda. La pasi\u00f3n y la curiosidad que alguna vez me lanzaron de cabeza a la lectura se han ido extinguiendo a lo largo de los a\u00f1os hasta convertirse en brasas sosegadas: ideales para cocinar y digerir, pero de una presencia apenas notoria. Mis alumnos, en cambio, exhiben semestre tras semestre la llama est\u00e9ril que caracteriza la veintena, esa \u00e9poca en que los varones persiguen la inconsciencia y las mujeres a un padre sustituto al que destrozarle el coraz\u00f3n. Y la literatura, esa cosa odiosa e inasible, al mismo tiempo serpiente y encantadora, es el sitial desde donde contemplo sus epid\u00e9rmicas pasiones, con una mezcla de deseos y emociones que he preferido pensar como envidia. No deja de sorprenderme, a\u00f1o tras a\u00f1o, la reacci\u00f3n casi id\u00e9ntica que obtengo de ellos a partir de la lectura de ciertos poetas, casi siempre los mismos: Baudelaire, Rimbaud, Ramos Sucre. Siempre esos tres, en cualquier orden. A los j\u00f3venes entusiasma sobremanera el sufrimiento de la figura del poeta, el atrevimiento que muestran sus versos y el tr\u00e1gico destino que le aguarda. Les encanta la muerte, un concepto abstracto sin v\u00ednculo real con su existencia, y la nombran en casi todos sus ensayos finales. Ojal\u00e1 pudiera conservarse toda la vida esa visi\u00f3n rom\u00e1ntica del destino, en vez de este p\u00e1nico ciego a la desaparici\u00f3n de los sentidos.<\/p>\n<p>A menudo explico en clase que la vida, de no ser por la memoria, ser\u00eda apenas una breve alternativa al vac\u00edo: cada amanecer ser\u00eda siempre el \u00faltimo, pero cada verso le\u00eddo ser\u00eda siempre el primero. Mis alumnos fingen entender, asienten y fruncen el ce\u00f1o; pero s\u00e9 que hace falta mucha maestr\u00eda en el arte de perder para entender las redes enga\u00f1osas del recuerdo: eso que Dal\u00ed vio en relojes derretidos, un tiempo d\u00factil y tramposo que promete dejarnos eternamente en nuestro propio y mismo punto de partida. Nos aterra, en el fondo, que la muerte sea el \u00fanico recuerdo imposible de formular; nos aterra que no podamos ni siquiera so\u00f1arla. \u00abPero los poetas pueden, profesor\u00bb, me interrumpe su voz y dirijo hacia el final del aula la mirada, tropez\u00e1ndome con su rostro por primera vez. No es dif\u00edcil, eso: en cada sal\u00f3n cabe una treintena de chicos diferentes y me ocupo al menos de tres cursos a la vez. Pero entre los noventa y tantos alumnos de ese a\u00f1o, ninguno me ha dado la impresi\u00f3n inicial que ella me da, ni me ha sabido responder jam\u00e1s a nada, como no sea repitiendo lo que yo dijera minutos antes o a lo sumo haciendo preguntas necias e insistentes, que hay que arrancar de ra\u00edz para proceder con la siembra y el arado. Quiz\u00e1s sea mi propia extranjer\u00eda, reflejada en sus facciones cetrinas o en sus ojos y vocales alargados, lo que me seduce de ella al instante: algo en sus ademanes parece invitarme al juego, una cierta ingenuidad que ha abandonado ya su etapa larvaria, pupa de futuras perversiones, y se me ofrece con un aire irreverente y dulce al mismo tiempo, como una mueca de rabia en una declaraci\u00f3n de amor. O quiz\u00e1s sea su avidez de reconocimiento, promesa velada de otro tipo de seducciones. No lo s\u00e9. Asiento de inmediato, no s\u00e9 si avalando su intervenci\u00f3n o mis propias cavilaciones, y con la cruel determinaci\u00f3n que da el poder le pido que comparta con la clase alg\u00fan ejemplo de lo que dice. Mi tono inquisitorial la intimida, no sabe si recular o si alzar un estandarte. Finalmente traza una l\u00ednea en la arena: nombra con timidez a Ramos Sucre. Ese habr\u00eda sido el instante apropiado para darle la raz\u00f3n con un gesto condescendiente y dejarla correr como a la lluvia. Pero no: prefiero encapricharme con ella y llevarle la contraria durante el tiempo suficiente para entusiasmarla con un ensayo final sobre el poeta cuman\u00e9s. Le digo, a modo de juego, que si logra convencerme de su punto de vista tendr\u00e1 la m\u00e1xima nota; pero que de lo contrario tendr\u00e1 que volver a cursar conmigo la asignatura. Ella acepta sin rechistar. Entiendo, a fuerza de retrospectivas, que lo hace empujada por alguna instancia secreta y artemisal, por una voz interior que la convence de que no hay forma de perder esa apuesta, que se trata de un juego de tontos, ganado desde el instante mismo en el que yo lo formulo.<\/p>\n<p>Y es as\u00ed como las cosas suceden, con una violencia silenciosa que ambos parecemos propiciar. Aunque precario, mi dominio de su lengua es suficiente para iniciar un juego de espejos: traducir implica saber reflejarse en el otro y ambos parecemos muy dispuestos a asomarnos en las esquinas contrarias. Un par de t\u00edmidas conversaciones, bajo la excusa del caf\u00e9, dejan el panorama lo suficientemente claro para los dos; pero reacios a interpretar el papel desabrido de la Lolita, mantenemos nuestros labios lo m\u00e1s limpios de tiza posible. Nuestros encuentros ocurren lejos de la academia, amparados vertiginosamente en la excusa del azar y del pueblo peque\u00f1o, hasta convertirse en noches que cierran en espiral, como en barrena, cayendo hacia mi apartamento y hacia mi cama.<\/p>\n<p>En pocos d\u00edas, su compa\u00f1\u00eda se hace notablemente grata: jam\u00e1s pregunta sobre mi divorcio, aunque a menudo aprisione entre sus labios la marca del anillo en mi dedo, ni alude a los rostros en mis escasos portarretratos, a pesar de que muchos tengan m\u00e1s o menos su edad. La dejo pasear por mi memoria con la delicadeza de un gato, indiferente a todo excepto a mi vocaci\u00f3n por el oriente del mundo, un rasgo que pronto se hace notar en mi desordenada biblioteca y que a ratos parece llamarle la atenci\u00f3n. Mientras recorre los anaqueles, asom\u00e1ndose a uno y otro libro con brevedad y con el aire de confianza que da el reconocimiento, me pregunto si algunos de aquellos nombres la hacen sentir quiz\u00e1s un poco m\u00e1s en casa, si sus padres acaso nombrar\u00edan alguno durante la cena o si le\u00edan en voz alta sus apellidos en el peri\u00f3dico. Pero no me atrevo a pregunt\u00e1rselo; la juventud lleva siempre su patria entre las piernas. Prefiero en todo caso contemplar su recorrido con discreci\u00f3n, divertirme con su aire semejante a la soberbia, un respeto similar al del conquistador que inspecciona las ruinas abor\u00edgenes. Agradezco hasta cierto punto ese silencio, cara falsa de la moneda, porque me provee de tiempo adicional para el recuerdo: ese tiempo que a ella le sobra todav\u00eda, pues tiene a\u00fan demasiadas memorias por construir.<\/p>\n<p>Nos ignoramos durante el d\u00eda, tan ajenos el uno del otro que sus visitas nocturnas parecen ecos de sue\u00f1os afortunados. Y aunque nunca me atrevo a intentarlo, tengo la sensaci\u00f3n constante de que el m\u00e1s leve gesto de indiscreci\u00f3n de mi parte desencadenar\u00eda una respuesta airada de la suya, qui\u00e9n sabe si incluso alguna denuncia p\u00fablica por acoso; como si el d\u00eda borrase en ella las huellas de la noche anterior sobre mi parquet. Sus intervenciones en clase se sostienen, igualmente, discretas y distantes, actuando a perfecci\u00f3n su papel de alumna protag\u00f3nica; a veces me da la impresi\u00f3n de que se trata de dos personas enteramente distintas. Todo en ella es peculiar: demuestra un escaso inter\u00e9s por los lujos y las experiencias que pueda ofrecerle, negada a la perspectiva de viajar o de salir juntos m\u00e1s all\u00e1 de nuestras cacer\u00edas nocturnas, o incluso a recibir regalos como no sean libros o alg\u00fan peque\u00f1o detalle. Me extra\u00f1a tambi\u00e9n la ausencia de un novio joven y celoso que dificulte nuestro romance: a fin de cuentas se trata de una chica atractiva, dotada de una belleza inusual, contraria a la voluptuosidad del tr\u00f3pico; pero una chica ante todo solitaria, a la que nunca veo formar parte de grupos, ni involucrada en fiestas, ni estableciendo ning\u00fan tipo de nexos duraderos. Uno dir\u00eda que se sabe transitoria, indispuesta a dejarse anclar entre nosotros.<\/p>\n<p>Con el pasar de los d\u00edas, sin embargo, sus barreras ceden, mostr\u00e1ndome zonas blandas casi imperceptiblemente, con el mismo af\u00e1n de la abeja que ha clavado el aguij\u00f3n y corre el riesgo de rasgar su propio vientre al emprender el vuelo. Demasiado viejo como para no darme cuenta, dejo el pu\u00f1al en el fondo del bolsillo, seguro de que ser\u00e1 ella quien intente clavarlo primero: tarde o temprano sabr\u00e1 qui\u00e9n soy y de d\u00f3nde vengo, por qu\u00e9 razones sufro y con qu\u00e9 fantasmas hablo durante el sue\u00f1o; tarde o temprano lo habr\u00e1 conquistado todo y se aburrir\u00e1 de prestarme su cuerpo. S\u00e9 muy bien que seducir consiste en mantener una sombra de misterio en lo que se devela, en restar un poco a todo lo que se da para mantener al otro esperando la migaja faltante; y es que la ignorancia propicia el amor tanto como el entendimiento lo mutila. Pero aunque al superar los cincuenta a\u00f1os se resigne uno a ocupar el lugar que tiene en el mundo y abandone la ansiedad juvenil por resonar en \u00e9l como un gigantesco diapas\u00f3n, hay cosas de uno que nunca pierden su fuerza primitiva: una mirada joven y lujuriosa no es algo a lo que se renuncie sin un instante sincero de duda. Decido, pues, aguardar la estocada; decido dej\u00e1rmela asestar.<\/p>\n<p>Abundantes incursiones en el mundo de los amantes me ense\u00f1aron a fijarme bien en los minutos posteriores al sexo. Esa pausa en el furor de los sentidos contiene la serenidad agotada del reencuentro: con el propio cuerpo, con las propias dimensiones, con el silencio ronco de la respiraci\u00f3n. Y en contraste con mi usual adormecimiento, a ella le da en cambio por hablar, como si algo atragantado en su vientre se hubiese liberado durante el orgasmo. Hipnotizado por el olor que dejamos el uno en el otro, acepto una y otra vez el papel distra\u00eddo del escucha: la acompa\u00f1o a una ni\u00f1ez de perros diminutos, de flores dibujadas en la pared, a una adolescencia abundante en timidez y frustraciones, a una violenta relaci\u00f3n con un padre pusil\u00e1nime y manipulador, a una primera vez dolorosa y abusiva en manos de un primo mucho mayor, silenciada por el temor irracional a la deshonra. Por \u00faltimo, me relata sus estudios inconclusos de idiomas modernos, puente hacia una beca ca\u00edda del cielo para estudiar espa\u00f1ol en el extranjero. Hay algo de Ulises en su cuerpo lampi\u00f1o, una cierta curtimbre que me hace preguntarme si ser\u00e9 Calipso o Polifemo cuando llegue el final de la aventura. Aun as\u00ed, escucho su recuento como a trav\u00e9s de la portezuela de un submarino: lo he o\u00eddo todo antes, en montones de rostros diferentes. Si la gente supiera lo parecidas que son nuestras vidas, lo indistintos que podemos llegar a ser al cabo de algunos a\u00f1os, como ondas similares sucedi\u00e9ndonos en un estanque, llegar\u00eda tarde o temprano a las mismas y exactas conclusiones: no existen buenas y malas iniciaciones, pero s\u00ed primeras y segundas veces, y entre una y otra puede mediar solamente el tamiz de la memoria. Es por eso que la vejez consiste en repeticiones: recuerdos de recuerdos, an\u00e9cdotas contadas hasta el hartazgo. Una vida larga es como una enorme caverna: en ella todo hace eco. Finalmente, su relato se interrumpe en pos de la palabra adecuada y se detiene, excus\u00e1ndose en la gram\u00e1tica furiosa del espa\u00f1ol. Por mi parte, me limito a asentir en silencio; pronto ese mutismo la contagia.<\/p>\n<p>La convenzo de cenar en mi casa el fin de semana siguiente. Me agrada la idea de hacerla probar sabores in\u00e9ditos, de recetas silenciosas que acuden a la memoria canturreadas por mi madre los domingos, \u00fanico d\u00eda en que sus seis hijos compart\u00edan la casa y sus atenciones. De mi madre me quedan la saz\u00f3n y la piel \u00e1spera del llano, y a lo sumo un par de fotos comidas por los ratones; retratarse, en aquella \u00e9poca, era a\u00fan algo exclusivo de los ricos. Y para quienes crecimos sin el respaldo del obturador, sin poder quedarnos con fragmentos de la vida, la memoria resulta una especie de evanescencia, de fantasma muy poco confiable: los rostros y los detalles se difuminan con el tiempo, hasta dejar en su lugar apenas ideas y sensaciones, d\u00e9biles borraduras de los ausentes. Los j\u00f3venes, en cambio, carecen de este defecto: vinieron al mundo a registrarlo todo en sus tel\u00e9fonos celulares, a adue\u00f1arse de lo que ocurre como si lo real les perteneciera de siempre. Eternamente hambrientos, les han prometido el mundo entero: uno tan grande que sus vidas no alcanzar\u00e1n para so\u00f1arlo siquiera. Pongo en duda, por ejemplo, que mi amante extranjera pueda tan solo imaginar el lugar en el que crec\u00ed; y eso asumiendo que comprendiera las palabras que preciso para describirlo. No todo, por lo visto, puede realmente compartirse.<\/p>\n<p>Adivinando mis reflexiones, esa misma noche me entrega el relato de sus m\u00e1s recientes pesadillas: se imagina abandonada en el patio interno de alguna c\u00e1rcel o fortaleza, quiz\u00e1s un antiguo monasterio desierto, invadida por un terror invisible en la boca del est\u00f3mago. Y aunque dice estar plenamente consciente durante el sue\u00f1o, de tanto que ya se le ha repetido, no logra volver a la vigilia sino hasta descubrir una gigantesca ola que a lo lejos se avecina. La escucho con ce\u00f1o fruncido, pero es poco lo que pueda decirle; ella se muestra, en todo caso, preocupada por empezar cada d\u00eda con la misma sensaci\u00f3n brumosa de desastre. Dice sospechar de las imponentes alturas que rodean la ciudad: la suya, me explica, duerme sobre una llanura costera, de colinas cordiales como el tama\u00f1o de sus senos, muy lejanas a la furia de las afiladas cumbres andinas. Le pregunto si extra\u00f1a mirar al horizonte, libre de las murallas verdes que se lo impiden, y ella asiente poni\u00e9ndose ambas manos en el pecho y asumiendo frontalmente, por primera vez desde que nos frecuentamos, su de todas formas evidente condici\u00f3n de extranjer\u00eda: \u00abNagasaki est\u00e1 siempre en el coraz\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>Nagasaki: las cuatro s\u00edlabas de aquel nombre tan lejano y tan conocido, tan m\u00edo y tan suyo a la vez, se repiten en mis labios con indiferencia, veloces a pesar de sus consonantes. Na-ga-sa-ki, cuatro s\u00edlabas apenas, suficientes para evocar una ciudad entera que conozco y desconozco a la vez, as\u00ed como a una mujer toda, desnuda y bajo mis s\u00e1banas: una jovencita engendrada en el horror. Le pido en un susurro que me repita ese nombre \u2013 su nombre, de ahora en adelante\u2013, como si fuera alg\u00fan hechizo u oraci\u00f3n que solo conocieran aquellos criados en las cicatrices del mundo. Y al instante surgen entre sus labios generaciones enteras nacidas de esos cuatro aleteos de mariposa: camadas de ni\u00f1os bautizados con las cenizas de sus ancestros, crecidas mirando hacia el cielo con desconfianza; familias enteras marcadas por dentro, teniendo hijos y m\u00e1s hijos deformes como momias, viviendo una ciudad en ruinas, un hogar que otros les entregan ya roto. Aquel nombre desata una fiebre en mi interior, contagiado tal vez de alguna maldici\u00f3n milenaria encerrada en sus consonantes rotundas, Na-ga-sa-ki, una palabra repetida por los ni\u00f1os del \u00c1frica depauperada, por quincea\u00f1eras vietnamitas estrechando a sus hijos contra el pecho para impedirles ver el rostro de la muerte, por hombres resignados a dormir en trenes para el ganado o en camiones herm\u00e9ticos cargados de familias sufriendo el horror de una frontera, por el viento en peque\u00f1as aldeas arrasadas por el fuego de la conquista; una misma palabra siempre, dicha desde el inicio de los tiempos, en lenguas primitivas, en aullidos lastimeros, en el silencio agotado del cementerio. Nagasaki: cuatro s\u00edlabas repiti\u00e9ndose en la boca de aquellos que perecen, pocos sonidos para nombrar la crueldad humana. Ante el desconcierto total que su mirada me profesa, alcanzo apenas a musitar unas sudorosas disculpas. Su hogar se ha convertido en mi pesadilla; su nostalgia, mi violenta verg\u00fcenza. Dos caras de la misma moneda.<\/p>\n<p>Le explico que no ha habido gesto m\u00e1s cruel en la historia de la humanidad que esa seg\u00fanda bomba at\u00f3mica, arrojada apenas tres d\u00edas despu\u00e9s de perpetrada la primera masacre nuclear de la historia. Pero si Hiroshima signific\u00f3 el despertar de la humanidad a su propio fracaso moral, como un ni\u00f1o que abre por primera vez los ojos, Nagasaki fue entonces su primer parpadeo, su primer instante de duda, primera repetici\u00f3n de un error ya cometido, de una pesadilla desde entonces recurrente y por lo tanto su m\u00e1s grande sentencia de eternidad. \u00bfNo fueron advertencia suficiente el horror y la verg\u00fcenza de la primera detonaci\u00f3n, como para impedir la segunda a toda costa?<em>Fooled me once, shame on you; fooled me twice, shame on me<\/em>, recita un proverbio ingl\u00e9s, pues reiterar el error es lo m\u00e1s humano que existe. Nagasaki es a la vez un gesto humano por excelencia y un fracaso rotundo de la existencia moral de los hombres: la segunda oportunidad desperdiciada, el segundo chance que se deja pasar para repetir est\u00fapidamente el primero. Nagasaki es la negaci\u00f3n de la experiencia y del aprendizaje: es aquello que decidimos volver a vivir. No existen buenas y malas iniciaciones; tan solo primeras y segundas oportunidades.<br \/>\nEstoy a punto de retractarme, avergonzado, seguro de haber pisoteado bestialmente las fibras sensibles de lo patrio, cuando ella simplemente se encoge de hombros. La bomba at\u00f3mica y sus horrores forman parte de un pasado remoto, de una vida que ella no solo no ha vivido, no recuerda y no comprende, sino que adem\u00e1s conoce, probablemente, a trav\u00e9s de las mismas fotograf\u00edas que yo. Y confirmo con ese gesto el abismo que nos une y nos separa: somos, en el fondo, igual de extranjeros, el uno para el otro, ambos provenientes de un mundo alien\u00edgena; aventureros extraviados, como Gulliver, en un mundo por completo irreconocible. Con dos frases apenas, ella esquiva el tema a toda marcha, algo que consigue sin hacer demasiado esfuerzo: un peque\u00f1o moh\u00edn, un movimiento apenas perceptible del rostro le bastan para despertar en m\u00ed las partes adormiladas por el horrendo panorama de la bomba, y en pocos instantes mis labios silencian las posibles respuestas de los suyos. La dejo hacer, abandonado a ella como de costumbre. Nagasaki se duerme entre las s\u00e1banas mojadas.<\/p>\n<p>Entiendo ahora que hemos asociado nuestras mujeres y nuestras ciudades por una raz\u00f3n espec\u00edfica. Empe\u00f1ados en que el mundo decaiga y muera con nosotros, hemos querido ver la vejez de las primeras en la decadencia de las \u00faltimas; por eso cada generaci\u00f3n venidera tiene una mejor ciudad que recordar en su ni\u00f1ez, y una realidad un poco m\u00e1s triste que vivir: las naciones se fundan a la sombra de su propia nostalgia. Las ruinas del bombardeo para el que nacimos muy tarde, la guerra en la que no participamos, la debacle econ\u00f3mica que nunca presenciamos, todo eso que nos perdimos sin saberlo y que ocurri\u00f3 antes de que ocurri\u00e9ramos nosotros, nos niega el recuerdo del para\u00edso perdido, del tiempo mejor al que le puso punto y final: el Jard\u00edn del Ed\u00e9n es apenas un recuerdo ajeno, un pr\u00e9stamo, una herencia imposible que muere con nuestros padres. Y el hogar, entonces, es ese lugar en el que jugamos a repetirlos: tenemos descendencia, les ofrecemos un mundo y les contamos c\u00f3mo es una sombra apenas del que nos fue encargado a nosotros. \u00abLlegaste tarde\u00bb, es la bienvenida que les damos.<\/p>\n<p>Dudando, en aquel instante, de la sinceridad de sus ignorancias, insisto en descubrir los detalles que mi alumna olvida, en aseverar otros que desconozco y en preguntar los tantos que tengo ya muy en claro: jam\u00e1s he estado en Nagasaki, pero existen m\u00e1scaras de elocuencia. Algo malsano en m\u00ed, me doy cuenta ahora, querr\u00eda tomarla de la piel y de los pechos y abrirla, como a un saco de cuero o a una lonchera infantil, y tenderla sobre la misma cama en que momentos antes me derramara gru\u00f1endo entre sus muslos. Pero mis juegos extra\u00f1os no tardan en desconcertarla, o aburrirla o intimidarla, no s\u00e9 qu\u00e9 es peor, y a partir de entonces me dosifica sus respuestas, fingiendo olvidar ciertas palabras o no entender mis preguntas sobre su tierra, sobre sus padres, sobre sus abuelos calcinados en una fracci\u00f3n de segundo. Me niega su hogar, y con \u00e9l la posibilidad de repetirla en otras como ella: desea ser \u00fanica, todas lo desean. El espa\u00f1ol, dice a modo de excusa, es un idioma irregular y caprichoso, y mi acento es r\u00e1pido y serpentino; le doy la raz\u00f3n, aun sin creerle una sola palabra.<\/p>\n<p>Nos sumergimos as\u00ed en un duelo prolongado del que ninguno logra sacar una ventaja definitiva: el arrojo de la juventud compensa el cinismo calmo de la madurez, que deja entrever en el pasado golpes mucho m\u00e1s fuertes. Asumiendo aquel combate sensual, retraso lo m\u00e1s posible el instante de entregarme a sus carnes magras y voraces, a sus manos huesudas como de madera; s\u00e9 bien que una vez dentro de ella poco durar\u00e1 la resistencia, y que al vencido le queda tan solo el honor de una larga batalla ofrecida. Sin embargo, la Guerra Fr\u00eda no dura demasiado: ella a los pocos d\u00edas desaparece, sin explicaciones, de mi clase y de mi cama y de todos los lugares comunes. No contesta llamadas ni mensajes, como si jam\u00e1s hubiera existido. Y despu\u00e9s de un par de d\u00edas de paciencia, resiento en silencio sus silencios.<\/p>\n<p>Pero es poco lo que puedo hacer, m\u00e1s que abandonar d\u00eda a d\u00eda el aula de clases mirando atr\u00e1s por encima del hombro, como la mujer de Lot, temiendo dejar su rostro olvidado entre la multitud. Y es que lo vivido parece hecho para mirarse de esa manera, como quien huye de alguna bestia que lo persigue y tuerce el cuello para constatar que a\u00fan le lleva una cierta distancia. Finalmente, ya vencido, pregunto por ella a sus compa\u00f1eros, disfrazando el inter\u00e9s por mera preocupaci\u00f3n acad\u00e9mica, y me responden a medias, evasivos, c\u00f3mplices parricidas que empiezo a odiar de inmediato. \u00bfCu\u00e1ntos de ellos sabr\u00edan lo que cre\u00ed un secreto entre nosotros? \u00bfCu\u00e1ntos se reir\u00edan, a mis espaldas, del vac\u00edo que mis preguntas ponen en evidencia? Las peores torturas, sin embargo, me las inflige mi propia mano: d\u00eda y noche la imagino en brazos m\u00e1s j\u00f3venes, m\u00e1s fieros, que hacen ver los m\u00edos como legajos d\u00e9biles y resecos en comparaci\u00f3n; y aunque la mueca de los celos se haga presente con cada pensamiento, con cada sospecha, poco a poco la rutina impone finalmente su regreso.<\/p>\n<p>La he dado ya por perdida, cuando una tarde toca a mi puerta, oculta tras el ojo enorme de una c\u00e1mara instant\u00e1nea. La observo unos instantes, escondido detr\u00e1s de la mirilla, tentado a dejarla afuera y as\u00ed cobrar una est\u00fapida venganza. Pero el reconocimiento tiene sus propias leyes: los dos c\u00edclopes se sonr\u00eden. La dejo pasar sin decir una palabra y me roba un par de retratos juguetones con la Polaroid. No s\u00e9 si darle la bienvenida, como al hijo pr\u00f3digo, o si intentar exigir algunas explicaciones; opto por sonre\u00edr en silencio. \u00abSon para llevarte conmigo a casa\u00bb, responde a mi extra\u00f1eza frente al inesperado gesto de atesoramiento. Le pregunto a qui\u00e9n se las piensa mostrar, y ella contesta que no hay nadie esperando su regreso. Entonces le pido la m\u00e1quina fotogr\u00e1fica y cambiamos roles durante unos instantes: no cabe duda de que era esa su verdadera intenci\u00f3n, la de ser fotografiada. Vino a dejarme sus retratos, a perdurar en mi memoria y a despedirse. Quiere ser \u00fanica, tal y como todas lo desean.<\/p>\n<p>Sus primeros retratos son l\u00fagubres y lejanos, como si se hubiese quedado de pronto sin bater\u00edas; as\u00ed que dirijo el objetivo hacia otras partes de su cuerpo: muslos fuertes y blancos, pechos apenas haci\u00e9ndose notar bajo la blusa o un cuello minado de pecas rojas, hasta finalmente convencerla de modelar para m\u00ed. Al principio con poses t\u00edmidas, atiborradas de sonrisas y muecas adolescentes, o de gestos falaces de seducci\u00f3n. La dejo exagerar a su antojo, pues pocos clics del aparato bastan para arrancarle el rojo vivo de sus entra\u00f1as: un pez\u00f3n escondido entre la tela, un asomo de vello p\u00fabico o una espalda completamente desnuda. Su cuerpo se me ofrece a trozos, y los cuadritos pl\u00e1sticos que los contienen revolotean a nuestro alrededor, cayendo sobre las prendas de su ropa en el suelo. La imagino como un \u00e1rbol desnudo, postrada de rodillas, sosteniendo la mirada de mi \u00fanico ojo abierto a medida que sus manos se alzan para liberar mi sexo. La imagen es casi religiosa. La c\u00e1mara funciona a todo dar, y la retrato devor\u00e1ndome, entregada a sus caricias can\u00edbales hasta extraer de m\u00ed la \u00faltima gota. Ella se yergue relami\u00e9ndose mientras yo me derrumbo, ahora un \u00e1rbol talado, y entonces, victoriosa, me anuncia lo inminente de su partida.<\/p>\n<p>Mis ofertas de acompa\u00f1arla al aeropuerto son rechazadas con amabilidad: no amor, ni desespero, ni pasi\u00f3n; amabilidad, como quien agradece un asiento en el autob\u00fas, y con un gesto g\u00e9lidamente cordial, japon\u00e9s. Su \u00fanico regalo de despedida consiste en el pu\u00f1ado de fotos que yo mismo le tom\u00e9: pechos, piernas, labios, manos, segmentos disociados de su cuerpo, a veces mezclados con el m\u00edo, rect\u00e1ngulos de cart\u00f3n sin dedicatoria, sin marcas de pintura de labios, ni la desgarrada escritura manual de un tenebroso juramento de amor. Solo retazos de un brev\u00edsimo\u00a0<em>collage<\/em>, que dejo guardados en el bolsillo de la chaqueta.<\/p>\n<p>No vuelvo a verla ni a saber de ella.<\/p>\n<p>Entrego los d\u00edas siguientes a una soledad inusitada, intentando escuchar algunos ecos interiores revueltos durante su segunda partida. Es un lugar com\u00fan que la vida rara vez otorgue segundas oportunidades: en realidad se compone de ellas. Un debut se aprecia solo al ver de nuevo representada la obra, una receta se comprueba despu\u00e9s de haberla probado una primera vez en manos ajenas y un abandono se padece realmente en la medida en que es eco de otros anteriores; pues toda segunda vez entra\u00f1a el esp\u00edritu de la primera, la persigue y la pretende: nos exige ignorar lo sabido y hacernos la vista gorda, mirar hacia el otro lado en vez de dar el grito de alarma. El lugar de las segundas oportunidades es siempre el mismo de la primera: siempre id\u00e9nticas, siempre in\u00e9ditas, las segundas veces son el tiempo que tardamos en darnos cuenta del\u00a0<em>d\u00e9j\u00e0 vu<\/em>, de aquello que decidimos, de una u otra forma, no prever.<\/p>\n<p>Seducido por estas ideas, me pierdo entre mis polvorientas enciclopedias y deambulo horas enteras en el computador, rastreando un rumbo desconocido hasta penetrar sin notarlo en territorios otrora velados: gavetas prohibidas, libretas sentenciadas al ostracismo en alg\u00fan armario, dedicatorias arrancadas a libros regalados o desechados. Persigo alguna respuesta al enigma de Nagasaki en mis viejos apuntes de clase, en mis diarios de investigaci\u00f3n, en las cartas que deb\u00ed echar a la basura o en ese t\u00edmido poemario que prefer\u00ed jam\u00e1s publicar. Todo vuelve a mis ojos, viajando hacia atr\u00e1s en el tiempo, hacia atr\u00e1s en los rostros perdidos: el amor es la eterna promesa de un nuevo intento, de un segundo chance compuesto de olvidos y de perdones: todos los amantes est\u00e1n en<\/p>\n<p>Nagasaki. Recorro montones de l\u00edneas escritas por un yo ahora distante, con la esperanza de hallar en mi propio pu\u00f1o respuestas viejas a preguntas recientes: alguna clase de alquimia que convierta el doloroso pasado en clave m\u00e1gica para el presente, pues \u00bfqu\u00e9 valor tiene si no la memoria, esa memoria expandida con que llenamos cuadernos, libros y libretas? \u00bfDe qu\u00e9 sirve tolerar el sufrimiento, sino como una promesa de paz en la experiencia?<\/p>\n<p>\u00abLos poetas pueden, profesor\u00bb, me susurra al o\u00eddo su recuerdo. Los poetas pueden obrar esa alquimia. La belleza salvar\u00e1 al mundo. Me r\u00edo, finalmente, de mis propias reflexiones, dictadas en clase con grandilocuencia a quienes ven el mundo por primera vez: si toda segunda vez es cruel, es porque en ella se ponen a prueba la memoria y la experiencia. Y la repetici\u00f3n del error es la prueba misma de su inexistencia, el triunfo final del vac\u00edo: envejecer es cometer los mismos errores una y otra vez, despiadadamente consciente de ellos pero anhelando la tr\u00e1gica frescura de la juventud. Toda vejez insiste en el error, somos ecos agotados de nosotros mismos.<\/p>\n<p>Extraigo sus fotograf\u00edas una por una y las coloco, saboreando su conocida dulzura, en el marco de mis antiguos portarretratos, en las estanter\u00edas de mi biblioteca, en la mesita del comedor. Y renunciando silenciosamente a lo dem\u00e1s, reemprendo la rutina, tristemente sonriente, de recorrer esta ciudad propia y ajena, este camino transitado hasta el hartazgo. Viajar, a fin de cuentas, ha perdido ya todo el sentido: donde quiera que me encuentre estar\u00e9 siempre mirando el final del d\u00eda sobre mi hombro, a la espera l\u00e1nguida de volver a verlo acontecerse. Adonde quiera que vaya, me digo con una amarga sonrisa de resignaci\u00f3n, me encontrar\u00e9 siempre, de nuevo, en Nagasaki.<\/p>\n<h3><strong>Los payasos<\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Este cuerpo no volver\u00e1 a empezar<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Cesare Pavese<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Los payasos llegaron un s\u00e1bado, cuando hab\u00edamos salido de la ducha y reci\u00e9n comenzaba el horario de visita. Era un fin de semana fresco, de enero o de febrero a lo mejor, es dif\u00edcil saberlo en este lugar. Los d\u00edas empiezan aqu\u00ed de la misma id\u00e9ntica manera: yendo al ba\u00f1o uno por uno en una fila larga y lenta, cogidos de la mano de las cuidadoras, que a esa hora tienen peor humor que de costumbre. Est\u00e1n obligadas a madrugar para dejarnos limpios y perfumados antes del cambio de turno y hay que decir que esa no es tarea sencilla: a algunos hay que arrastrarlos hasta la ducha y ba\u00f1arlos a juro, como a los animales, mientras que a otros basta con seguirles la corriente y empujarlos con cari\u00f1o hacia el ba\u00f1o. El problema viene despu\u00e9s, a la hora de desnudarlos o ponerles el champ\u00fa, o sacarlos del agua una vez terminado el asunto. Y supondr\u00e1n la delicadeza con que nos tratan estas hijas de puta. A m\u00ed no, debo decir, yo a\u00fan me ba\u00f1o por cuenta propia y a un ritmo decente, sin tardar mucho, sin tratar de escapar, sin que tengan siquiera que ayudar a desvestirme. Por eso no me joden tanto como a los dem\u00e1s, sobre todo a los que ya ni caminan pero se cagan encima y, de paso, luchan cuando hay que cambiarles la ropa: gritan, gru\u00f1en, llegan a embarrarlas de mierda. \u00abCasos dif\u00edciles\u00bb, los llaman, que terminan con un jeringazo y a dormir otra vez hasta bien entrado el mediod\u00eda. Aquello empeora los s\u00e1bados y domingos, cuando tienen encima la presi\u00f3n de la visita semanal: nadie quiere ir al ancianato y encontrarse al abuelo hediondo porque no hubo forma de meterlo a ba\u00f1ar, pero tampoco verlo noqueado en el sof\u00e1, mascando por horas el vapor\u00f3n de la anestesia. Tambi\u00e9n hay algunos que prefieren esa \u00faltima alternativa. Dormido el viejo se acaban las quejas y las discusiones, se evita volver a o\u00edrle el mismo cuento repetido de siempre o que les pida con l\u00e1grimas en los ojos que lo dejen volver para su casa. Ser\u00e1 por eso que a m\u00ed ya nadie me visita, porque hace rato me dej\u00e9 de hipocres\u00edas y los mand\u00e9 a todos al carajo. Es preferible as\u00ed, es m\u00e1s sincero. Lo encierran a uno para que no estorbe en sus casas o porque no soportan la idea de que uno se muera tranquilo viendo televisi\u00f3n y se enteren cuando nadie conteste el tel\u00e9fono, y encima pretenden que uno los reciba bailando de alegr\u00eda y agradecimiento cada vez que vienen de visita, cargados de pastillas, lociones y champ\u00fa para beb\u00e9s. Por m\u00ed que no lo hagan m\u00e1s, as\u00ed mismo se lo dije. Y ellos en el fondo agradecid\u00edsimos. Qu\u00e9 importa, no s\u00f3lo de amor vive el hombre.<\/p>\n<p>Esa ma\u00f1ana yo estaba sentado all\u00e1 atr\u00e1s, en las sillitas pl\u00e1sticas que hay en el patio de tierra, esperando a que nos sirvieran el desayuno. Los fines de semana ponen cruasanes con queso blanco y jugo de envase, que yo aprovecho para comerme lo m\u00e1s lejos que se pueda del grupo. No hay forma de estar mucho rato ah\u00ed, sentado a la mesa entre un mont\u00f3n de viejos locos ensuci\u00e1ndolo todo, grit\u00e1ndose necedades o queriendo pararse a cada rato a caminar. As\u00ed es Irma, una mujer bajita y achinada, parecid\u00edsima a un duende, que no para de re\u00edrse a cada rato con picard\u00eda, como si le contaran chistes groseros al o\u00eddo. Tiene tan mal la cabeza que no sabe explicar de qu\u00e9 carajo se r\u00ede ni tampoco reconocer a sus sobrinas, la \u00fanica familia que tiene y que la visita sin falta los fines de semana. Del resto, Irma es puro caminar. El instante que le toma a la cuidadora ubicarla en un puesto a la mesa y darse la vuelta para servir la comida, le basta al duende para empezar su marat\u00f3n por toda la casa, arrastrando consigo a quien tenga la desgracia de estar a su lado en el momento. Entonces tienen que perseguirlos a ambos y devolverlos al asiento, del que ella intentar\u00e1 levantarse en el pr\u00f3ximo minuto y medio y as\u00ed sucesivamente, en un episodio eterno de Los Tres Chiflados. \u00adOtro que jode a menudo es \u00c1lvaro, un calvo flaco y largo parecido a una iguana, que en vida fue un arquitecto famoso, de los que le hacen plazas y mansiones a los ricos, pero ahora no hace m\u00e1s que gritarle al mundo su nombre completo y su profesi\u00f3n, cada cinco minutos, atrapado en una entrevista de trabajo. Lo peor es que se trata de un tipo manso, al que las cuidadoras alimentan como a los beb\u00e9s, meti\u00e9ndole a juro la comida entre un grito y el siguiente. De otro modo, \u00c1lvaro ni comer\u00eda. A veces tampoco duerme, a pesar de los calmantes que nos obligan a tomar cuando cae la tarde, y se le escucha gritando, una y otra vez, d\u00e1ndole su santo y se\u00f1a a la noche. Las cuidadoras ni se inmutan, claro, pero pobre del que comparta su habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Este zool\u00f3gico de casos perdidos sigue con la mad\u00e1m: una ballena blanca y mofletuda encallada para siempre en su silla de ruedas, desde donde escupe todo el d\u00eda maldiciones en franc\u00e9s; y tambi\u00e9n con la timid\u00edsima Amalia, de ojos saltones como los sapos, obligada por el Alzheimer y la hipertensi\u00f3n a pasar todo el d\u00eda sedienta, quejumbrosa, sin importar cu\u00e1ntos vasos de agua seguidos se llegue a tomar. De sus vidas pasadas no se puede saber ya demasiado: ninguna ha recibido visitas desde que ingres\u00e9 a este moridero y ya est\u00e1n demasiado perdidas para siquiera contestar una pregunta. As\u00ed est\u00e1 tambi\u00e9n el pobre Guti\u00e9rrez, uno de los pocos del asilo que me cae bien. Ser\u00e1 porque no se mete con nadie. Sus hijas me contaron que era maestro, profesor universitario o algo parecido, y la iron\u00eda est\u00e1 en que dedicase su vida a formar mentes despiertas y ahora est\u00e9 casi en el hueso por su total indiferencia ante todo, absolutamente todo lo que no salga en la pantalla del televisor. No importa qu\u00e9 est\u00e9n transmitiendo ni en qu\u00e9 canal sintonice: cada ma\u00f1ana Guti\u00e9rrez se sienta en el sill\u00f3n de la salita y se niega el resto del d\u00eda a abandonar ese lugar, e incluso a intercambiar m\u00e1s que unas poqu\u00edsimas palabras. Si uno insiste demasiado, lo manda a callar con un gesto de fastidio, como espant\u00e1ndose de encima los zancudos. Del resto ni come, ni bebe agua, ni hace nada de nada de nada: fig\u00farense un faquir, pero much\u00edsimo m\u00e1s aburrido. A sus hijas las recibe en ese mismo sill\u00f3n y nunca duran m\u00e1s de una hora comparti\u00e9ndole el silencio o mirando con \u00e9l las telenovelas, que al mediod\u00eda dejan puestas las cuidadoras.<\/p>\n<p>Por \u00faltimo estoy yo, el \u00fanico viejo cuerdo en el asilo y por lo tanto el que m\u00e1s sufre. Porque no ser\u00eda lo mismo si no me diera cuenta de nada, si fuese un vegetal m\u00e1s tendido en una silla del patio, viviendo m\u00e1s all\u00e1 de todo gusto y toda tristeza. Mi \u00fanico pecado fue caerme en la ducha, abrirme la cadera contra el suelo y quedarme all\u00ed casi tres horas tendido bajo el agua helada, porque no pod\u00eda pararme, ni siquiera arrastrarme como una lombriz hasta el tel\u00e9fono. Y ya, eso bast\u00f3 y sobr\u00f3 para que me declararan in\u00fatil: una caidita en la ducha, algo que le pasa a cualquiera. Eso y la bronquitis que vino despu\u00e9s y que casi me lleva a la tumba, junto al maldito m\u00e9dico empe\u00f1ado en que me daban mareos porque me fluctuaba el az\u00facar. Lo peor es que al final ten\u00eda raz\u00f3n. Di\u00e1betes, as\u00ed, sin anestesia.<\/p>\n<p>Del resto, a decir verdad, no hay m\u00e1s que un mont\u00f3n de muertos en vida, tan abstra\u00eddos de todo y de s\u00ed que es in\u00fatil aprenderse sus nombres: duran poco y es como si nunca estuvieran. Lo \u00fanico bueno de estar encerrado con ellos es que uno pasa completamente desapercibido: basta con callarse la boca y caminar. Claro que al principio no era as\u00ed, yo era muy rabioso, daba mucha lidia y las cuidadoras me odiaban y me atend\u00edan de mala gana, me negaban atenci\u00f3n o me sentaban junto a los m\u00e1s insoportables nada m\u00e1s que para verme sufrir. Ahora lo llevo con m\u00e1s calma, les doy los buenos d\u00edas, les pregunto por sus docenas de hijos de nombre impronunciable y a cambio ellas me dejan estar un poco a mis anchas. Incluso a veces logro fumarme un cigarrito en paz, de los pocos que les robo del bolso a las del turno de la noche. Y que no me vengan a esta edad con el cuento de que el tabaco da c\u00e1ncer. Cuarenta a\u00f1os fumando son prueba contundente de lo contrario y perro a cagar.<\/p>\n<p>Pero si sigo divagando as\u00ed no voy a contar un carajo. A esta edad cuesta ser lineal en lo que se dice, los recuerdos son necios, se atraviesan, se enredan en la lengua como telara\u00f1as. Lo importante, dec\u00eda, fue que llegaron los payasos y que llegaron armando alboroto, con sus vestidos estrafalarios y sus sonrisas de cart\u00f3n, d\u00e1ndole un susto a m\u00e1s de uno que por poco lo mata de un infarto. Eran cuatro en total, contando al chofer de la camioneta blanca en que vinieron, un gordito odioso con mirada de asesino. Los otros tres estaban disfrazados, dos jovencitos y una muchacha, ninguno superaba la veintena. Ella de rojo, ellos de amarillo y azul, de un patriotismo asqueroso. Las cuidadoras les abrieron la puerta rebosantes de alegr\u00eda, no s\u00e9 si por el aire de fiesta y la enorme torta que nos tra\u00edan, o m\u00e1s bien por el ratico que iban a estar sin trabajar. \u00abAh, carajo, \u00bfy cu\u00e1l de los ni\u00f1os cumple a\u00f1os hoy?\u00bb, pregunt\u00e9 yo, asom\u00e1ndome de pronto cuando los vegetales an\u00f3nimos aplaud\u00edan, como t\u00edteres cuando arranca la funci\u00f3n. \u00abAy, \u00bfno es lindo, se\u00f1or Fernando? Nos vinieron a alegrar la ma\u00f1ana. Hay que hacerlos sentir como en su casa\u00bb, me respondi\u00f3 la jefa de cuidadoras, una mulata trigue\u00f1a y avispada, haciendo hincapi\u00e9 en la \u00faltima frase como en una advertencia. Ni que pudiera yo echarlos por cuenta propia, yo que no puedo pasar mucho tiempo de pie porque la ci\u00e1tica me empieza a latir como un motor. Total que con un mugido y la media vuelta los dej\u00e9 entendi\u00e9ndose, payasos y cuidadoras, mientras volv\u00eda hacia el fondo y trataba de no o\u00edr el trompeteo de los primeros globos inflados. Claro que pens\u00e9 en replicarle al instante a la jefa de las carceleras, en decirle que no era a nosotros sino a ellas a quienes les iban a alegrar la ma\u00f1ana o que la mitad de los \u00ababuelitos\u00bb no podr\u00edamos probar la maldita torta sin envenenarnos la sangre con el az\u00facar. Lo pens\u00e9, claro que s\u00ed, pero me mord\u00ed la lengua. \u00bfQu\u00e9 iba a ganar con eso? M\u00e1s bien opt\u00e9, como ya dije, por el silencio y la retirada, neg\u00e1ndome a formar parte de aquella fiestecita rid\u00edcula que los payasos le impon\u00edan a los presentes, arranc\u00e1ndole a cada viejo una sonrisa con bailecitos y voces chillonas, con unos minutos de falsa atenci\u00f3n y preguntas bobas, o en los casos m\u00e1s desesperados, con un truco de magia y unos globos de colores. \u00bfSe ha visto estrategia m\u00e1s cruel y minuciosa? Hasta que el carcamal no se rend\u00eda a la metamorfosis de viejo amargado en muchachito risue\u00f1o, no pasaban los malditos payasos al siguiente ni lo dejaban rumiar en paz los minutos que le quedaran de vida. Para colmo se repart\u00edan entre los tres la tarea, de modo que ninguno pudiera escapar a sus encantos, ni siquiera los pocos que ya estaban en compa\u00f1\u00eda de su visita.<\/p>\n<p>Yo confieso, por qu\u00e9 no hacerlo, que si me hubiese valido las atenciones de la payasita veintea\u00f1era \u00fanicamente, creo que hasta me habr\u00eda dejado poner un gorrito de cart\u00f3n, de esos que se amarran con una liga a la mand\u00edbula. Y me importa un carajo que me digan viejo verde. A ver, \u00bfqui\u00e9n decidi\u00f3 que los ancianos no pensamos nunca en el sexo, que somos pura tensi\u00f3n arterial y cataratas, que nos dan igual unas nalgas bien firmes o unas tetas paraditas y respingonas? \u00bfDe d\u00f3nde sali\u00f3 que el tiempo vivido nos priva, por arte de magia, de los deseos que hemos sentido durante toda la vida? No es as\u00ed, damas y caballeros, ent\u00e9rese quien a\u00fan no lo sepa: que se pierdan las erecciones, los dientes, el cabello y la flexibilidad s\u00f3lo demuestra que estos cuerpos en los que nacimos son un pr\u00e9stamo mezquino de la naturaleza, que sus intereses se pagan en soledad, enfermedades y unas pocas horas de sue\u00f1o. Y lo que es peor, cuando por fin los hemos aceptado tal como son, cuando nos hemos acostumbrado a sus recovecos y sus limitaciones, a lavarlos cada ma\u00f1ana y fijarnos en cada bulto inesperado en la ingle o en la enc\u00eda, en cada lunar nuevo que aparece y cada meada m\u00e1s oscura y turbia que la anterior, entonces empiezan estos cuerpos a mostrar sus desperfectos de f\u00e1brica, a exhibir sus insuficiencias, sus taras irreparables y heredadas del desgaste, cuando no de alg\u00fan ancestro muerto, enterrado y olvidado. En ese mismo instante una ley invisible nos proh\u00edbe sentir m\u00e1s que dolor y fatiga, como si volvi\u00e9ramos a ser ni\u00f1os incapaces de rabias, de maldades, de pasi\u00f3n, viviendo la vida con una antorcha apagada en el pecho. Yo no me resigno a eso, no se\u00f1or. No acepto convertirme en una maquinita defectuosa del recuerdo, en la que invertir unos minutos de afecto para amortizar esa deuda absurda de haber recibido la vida. Prefiero mil veces morirme entre las piernas de una payasita tetona que mirando el techo en una camilla de hospital, consumiendo la p\u00f3liza del seguro mientras tus hijos te mandan bajito a caminar hacia la luz. Yo ser\u00e9 un viejo, un anciano, un carcamal, un dinosaurio, pero tambi\u00e9n un hombre, para lo bueno y para lo malo, y lo quiero seguir siendo hasta el instante en el que me muera. De eso no me cabe la menor duda del mundo. No pas\u00e9 m\u00e1s de cincuenta a\u00f1os cas\u00e1ndome y divorci\u00e1ndome como si el mundo se fuera a acabar, para terminar llevando pa\u00f1ales y sin acordarme siquiera lo que se siente tener un orgasmo.<\/p>\n<p>Pero bueno, yo soy as\u00ed y a estas alturas qu\u00e9 carajo voy a estar cambiando. Toda la vida he preferido siempre la soledad al rid\u00edculo y ese es un camino lleno de abandonos e ingratitudes. Para muestra un bot\u00f3n: nadie en el ancianato parec\u00eda dispuesto a perderse la visita de los payasos, excepto por m\u00ed y por el pobre Guti\u00e9rrez, eternizado en su sill\u00f3n, mirando a su vez otros payasos a distancia. Cuidadoras, pacientes y familiares colaboraban con aquella invasi\u00f3n, entreg\u00e1ndose sin resistencia al poder que tienen los payasos sobre la gente, ese talento tan suyo para arrancarlos de sus quehaceres y sus sufrimientos y convertirlos en p\u00fablico. Debe ser por eso que las funciones de circo comienzan siempre con ellos: son sus tropas de choque, que allanan la resistencia y abren camino al espect\u00e1culo. Claro que nadie piensa nunca en estas cosas. Pero como no creo en la bober\u00eda \u00e9sa de que si no puedes opon\u00e9rteles entonces te les tendr\u00edas que unir, opt\u00e9 por volver aquellos minutos de desatenci\u00f3n en verdaderos instantes de libertad y alegrarme yo mismo la ma\u00f1ana. Mientras all\u00e1 en el porche unas voces carrasposas entonaban contra todo pron\u00f3stico la canci\u00f3n de la cucaracha, yo enfil\u00e9 mis pasos hacia el cuarto de las cuidadoras, en donde nadie me vio entrar y adue\u00f1arme de una taza enorme de caf\u00e9 negro reci\u00e9n colado y sin az\u00facar, y adem\u00e1s, por si fuera poco, del peri\u00f3dico del d\u00eda que estaba all\u00ed, virgen, perfectamente plegado en el mes\u00f3n donde las hienas de uniforme guardan sus objetos personales. Si parece poca cosa aquel par de maravillas que me llev\u00e9 apenas pude a mi cuarto, es porque nadie comprende que aqu\u00ed, en este campo de concentraci\u00f3n, son verdaderos tesoros los poqu\u00edsimos instantes en que uno ejerce la propia voluntad y no la de los m\u00e9dicos, los hijos o las malditas cuidadoras. Me refiero a semanas sin probar un buen caf\u00e9 negro, no esas imitaciones en polvo que tienen gusto como a hiedra venenosa, o sin leer el peri\u00f3dico temprano, libre de la torpeza de estas campesinas de ciudad que lo doblan mal y de paso equivocan hasta lo m\u00e1s simple del crucigrama. Se entender\u00e1 que aquellos minutos de plenitud que pude obsequiarme eran el verdadero milagro del d\u00eda y por eso me entregu\u00e9 a cada segundo como si fuera el \u00faltimo.<\/p>\n<p>Ay, pero la vejez es terreno muy \u00e1rido, y estar mucho rato a solas lo lleva a uno siempre al mismo adormecimiento, al mismo sopor que se empe\u00f1a en darnos peque\u00f1os amagos de muerte. Yo no s\u00e9 si la gente sabe cu\u00e1nto hay de tedio, del m\u00e1s puro aburrimiento de existir, en ese reloj interno que a cada rato nos sentencia a la siesta. Pero quedan los sue\u00f1os, afortunadamente, los sue\u00f1os o los recuerdos, que son lo mismo y a veces tan v\u00edvidos que lo hacen a uno dudar, al despertarse, si no ser\u00e1 todo una horrenda pesadilla de juventud. M\u00e1s aun en este manicomio, donde desde hace unos cuantos meses no hay una sola alma inteligente que le haga a uno compa\u00f1\u00eda. Y tampoco es que uno sea Vargas Llosa, \u00bfverdad? Me conformar\u00eda con alguien que supiera escuchar, alguien que supiera de lo que habla. No como esos nietos necios, que pasan todo el d\u00eda con unos aud\u00edfonos puestos y un aparato chill\u00e1ndole entre los dedos. Recuerdo a un matrimonio de jubilados sin hijos, recluidos por propia voluntad en el asilo a partir del Alzheimer galopante del marido, con quienes llegu\u00e9 a hacer buenas migas en los almuerzos, a pesar de que yo viv\u00eda quej\u00e1ndome de todo y de todos, rumiando el d\u00eda entero las mismas rabietas de siempre. La se\u00f1ora, una andina humilde y corpulenta que despu\u00e9s de cuidar treinta a\u00f1os de su marido lo acompa\u00f1aba tambi\u00e9n a esta \u00faltima morada, se mostr\u00f3 agradecida de poder conversar de vez en cuando conmigo, sobre cualquier cosa en realidad, sobre nada, solamente para hacernos compa\u00f1\u00eda por el rato. Aquellas charlas se fueron haciendo m\u00e1s y m\u00e1s frecuentes, no s\u00e9 si porque nos ca\u00edamos bien o porque no hab\u00eda nadie m\u00e1s con quien hablar como se debe, y fue ella quien me ense\u00f1\u00f3 a no desesperar tanto, a no pasar el d\u00eda entero rugiendo, a resignarme un poco m\u00e1s a mi suerte. De eso saben mucho las mujeres. Pero todo se acab\u00f3 cuando el marido empez\u00f3 a celarla y a amenazarme con un pu\u00f1o triste cada vez que me cruzaba en el pasillo. No s\u00e9 si me confund\u00eda con alg\u00fan antiguo pretendiente de su mujer o si le daba envidia no poder ofrecerle lo que yo: una conversaci\u00f3n sencilla y lineal que durara unos pocos minutos. La cosa se fue poniendo insoportable, pues yo no hac\u00eda nada por ahorrarle disgustos al viejo y poco tiempo despu\u00e9s se retiraron ambos del ancianato. M\u00e1s nunca he sabido de ellos. Las cuidadoras han cambiado desde entonces.<\/p>\n<p>Qui\u00e9n sabe cu\u00e1nto despu\u00e9s despert\u00e9, todav\u00eda en mi cuarto, con el ment\u00f3n enterrado en el pecho y las hojas del peri\u00f3dico repartidas a los pies. El mundo se hab\u00eda estremecido en mi ausencia. Tard\u00e9 varios segundos en orientarme, sin lograr que coincidieran mi memoria y lo que me dictaban los sentidos, algo que me ocurr\u00eda con mayor frecuencia cada vez. A lo mejor me hab\u00edan contagiado de Alzheimer. Por suerte, las risas que se colaron bajo la puerta me recordaron d\u00f3nde y cu\u00e1ndo me encontraba, siempre es preferible estar en control. Me puse de pie y un eructo repentino me dej\u00f3 en la boca el sabor a azufre de la acidez, se\u00f1al de que el caf\u00e9 ya me hac\u00eda estragos en las entra\u00f1as; por suerte las cuidadoras no guardaban bajo llave los anti\u00e1cidos, as\u00ed que uno pod\u00eda ir y tomarse cuantos quisiera sin tener que estar dando demasiadas explicaciones. Pero y si no, \u00bfqu\u00e9? \u00bfMe iban a dejar morir de \u00falcera como castigo? Envalentonado por el fuego en las tripas, escond\u00ed el peri\u00f3dico y enfil\u00e9 de nuevo a la salita, que estaba vac\u00eda excepto por el mismo Guti\u00e9rrez de siempre, empe\u00f1ado en ver televisi\u00f3n con el aparato apagado. Ten\u00eda puesto un gorrito en la calva, como un pararrayos de cart\u00f3n, que con sus mofletes largos y su mirada lejana, sus tantas ganas de ya no estar, le hac\u00edan ver m\u00e1s miserable y se me raj\u00f3 de inmediato la rabia. \u00abCo\u00f1o, Guti\u00e9rrez, qu\u00e9 cagada\u00bb, le dije, acerc\u00e1ndome al televisor y d\u00e1ndole de pasada un apret\u00f3n en el hombro. Cre\u00ed escucharle un bufido de agradecimiento cuando apret\u00e9 el bot\u00f3n del aparato y las im\u00e1genes volvieron a bailar en pantalla. \u00abAs\u00ed est\u00e1 mejor, \u00bfno?\u00bb, le dije al viejo lagarto, perdido ya en el brillo de la caja boba. Sintonic\u00e9 un programa sobre la deforestaci\u00f3n de la selva amaz\u00f3nica y le puse el control remoto entre las manos. As\u00ed su ausencia total de este mundo volver\u00eda a pasar desapercibida, pero al menos parecer\u00eda una decisi\u00f3n voluntaria. Y eso ya es algo. Actos de piedad como \u00e9se no pod\u00edan tenerse con todos los del geri\u00e1trico, o no por lo menos sin causar un cierto revuelo. Unos pasos m\u00e1s all\u00e1 me encontr\u00e9 a Irma, por ejemplo, del otro lado de la salita y en el m\u00e1s resignado silencio, amarrada por la cintura a una silla pl\u00e1stica con una s\u00e1bana, una toalla o cualquier trozo de tela que resistiera sin desanudarse a sus intentos de fuga. Una t\u00e9cnica rid\u00edculamente efectiva para no tener que perseguirla por el asilo y que pon\u00eda en evidencia, m\u00e1s que ninguna otra, la implacable debilidad de nuestras voluntades. Al menos no la pon\u00edan a dormir. Irma ten\u00eda tambi\u00e9n un gorrito, un sombrero pirata de globos de colores, y en la mano una espada del mismo material, lista para el abordaje. No s\u00e9 qu\u00e9 me dio m\u00e1s rabia: que los payasos le dedicaran sus afectos de gomaespuma o que las amorosas cuidadoras la amarraran despu\u00e9s, como a las vacas, para que no anduviera jodiendo por ah\u00ed. \u00ab\u00bfY a nosotros tres qu\u00e9?, \u00bfnos castigaron?\u00bb le pregunt\u00e9 desde lejos, haci\u00e9ndole una se\u00f1al de complicidad. Respondi\u00f3 con una sonrisa de maniqu\u00ed que me dio escalofr\u00edos. Al principio dud\u00e9 entre acercarme a ella o seguir mi camino a la cocina, pero las carcajadas que retumbaron por toda la casa, como esas grabadas en los programas de televisi\u00f3n, me convencieron al instante de que algo ten\u00eda que hacer, por in\u00fatil que fuera, para iniciar la necesaria resistencia. \u00bfO \u00edbamos a aceptar que nos trataran peor que a los muebles? Y as\u00ed de golpe, como se mata a las moscas, me vino todo el plan a la cabeza.<\/p>\n<p>El primer paso consist\u00eda en desanudar la tela que somet\u00eda a la pobre Irma. Eso no supon\u00eda mayores esfuerzos, pero corr\u00eda el riesgo de quedar atrapado en su carrera cuando se levantase. As\u00ed que al final lo hice con la mayor celeridad que pude, como esos tipos que desarman bombas, pero no hizo falta tomar tantas precauciones: el nudo afloj\u00f3, las telas cayeron y ella no pareci\u00f3 darse cuenta de nada. Se qued\u00f3 sentada, indiferente a todo como un juguete sin pilas. Un coro de aplausos estall\u00f3 entonces en la entrada, mientras la voz del televisor insist\u00eda en la urgencia de salvar el \u00faltimo pulm\u00f3n vegetal que nos queda y nosotros: Irma, Guti\u00e9rrez y yo, nos convert\u00edamos en animales de zool\u00f3gico, que despu\u00e9s de tanto tiempo encerrados olvidan lo que hay m\u00e1s all\u00e1 de sus jaulas. Qui\u00e9n sabe cu\u00e1nto tiempo pasar\u00edamos as\u00ed, de no haberme indignado de nuevo, cosa que no me cuesta casi nada, y tomando a Irma de un brazo la puse de pie con un solo templ\u00f3n, mientras le dec\u00eda al o\u00eddo un \u00abNos vamos, mi reina\u00bb que le devolvi\u00f3 la electricidad a sus piernas. \u00ab\u00bfPa\u2019 d\u00f3nde?\u00bb, pregunt\u00f3 con inexplicable lucidez mientras me aferraba un brazo con sus garras de pterod\u00e1ctilo. Como no supe qu\u00e9 contestarle, ni tampoco importaba demasiado, insist\u00ed con un carrasposo \u00abNos vamos\u00bb al que ella respondi\u00f3 dando un paso en firme que no dejaba lugar a dudas, arrepentimientos ni tonter\u00edas. Creo que a Irma le faltaba era un compa\u00f1ero en la huida, una mano amiga que la sujetara y le abriera las puertas, tal y como lo hice yo, mientras busc\u00e1bamos camino hacia el fondo y luego hacia el patio de tierra, rodeando la casa por un costado y de regreso hacia el frente a trav\u00e9s del garaje, en donde paraban las ambulancias cada vez que a alg\u00fan abuelito se le venc\u00eda la concesi\u00f3n. Me pareci\u00f3 de hecho que Irma ya conoc\u00eda la ruta, que la hab\u00eda ensayado montones de veces en sus carreras disparatadas, prepar\u00e1ndose como los maratonistas para el d\u00eda en que por fin la pudiera correr por completo. A lo mejor no estaba tan ida como pens\u00e1bamos. Su risa incontenible, m\u00e1s bien una especie de tos, nos acompa\u00f1\u00f3 hasta el garaje, en donde encontramos la camioneta blanca de los payasos. Tambi\u00e9n una reja gruesa, normalmente cerrada con candado, que nuestros coloridos visitantes hab\u00edan dejado sin cerrar. \u00a1Aj\u00e1, payasitos! \u00bfUn descuido imperdonable, culpa del nerviosismo antes de la funci\u00f3n?, \u00bfo m\u00e1s bien del miedo a quedarse encerrados con los dinosaurios? Qui\u00e9n sabe, qui\u00e9n sabe, qu\u00e9 importa. Abrimos la reja y atravesamos hasta la parte delantera de la casa, nos detuvimos a unos metros de la acera y la calle, separados solamente por un port\u00f3n corredizo, de esos que rechinan y se lamentan cuando los obligan a moverse. Un paciente m\u00e1s del moridero, digamos. All\u00ed, con el est\u00f3mago ya empezando a doler, me asom\u00e9 unos instantes a comprobar que la atenci\u00f3n de las hienas siguiera puesta por completo en los payasos, pero tambi\u00e9n que no estuviera llegando ning\u00fan visitante. El colmo ser\u00eda que junto al odio de las cuidadoras me echara encima tambi\u00e9n el de los familiares. El plan requer\u00eda de audacia, sigilo y precisi\u00f3n, pero al carecer de todo eso creo que simplemente se impuso la suerte. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logr\u00e9 rodar el port\u00f3n unos cent\u00edmetros sobre el carril, lo suficiente para colarnos hacia afuera si aguant\u00e1bamos un poco la respiraci\u00f3n. Y aunque los brazos me quedaron adoloridos, estando afuera supe que val\u00eda la pena: ah\u00ed estaba por fin la ciudad a nuestros pies, con su aliento contenido de fin de semana, con sus carros corneteando a lo lejos como chicharras y sus aceras cuarteadas por las ra\u00edces de los ficus. Ah\u00ed estaba la libertad, pues, con toda su carga de decepci\u00f3n y de pesadumbre, con todo eso que lo obliga a uno a conformarse con respirar, con estar vivo un ratico m\u00e1s todav\u00eda. Una vez del lado de afuera del port\u00f3n y sin tener idea de c\u00f3mo iba a cerrarlo, me volv\u00ed hacia Irma y le abr\u00ed las manos con lentitud, mientras le soltaba un \u00abBueno, mija, hasta ac\u00e1 nos trajo el r\u00edo\u00bb. Ella asinti\u00f3 con una risita y volvi\u00f3 a agarrarse con fuerza, as\u00ed que forcejeamos unos instantes mientras yo me le volv\u00eda a escurrir. \u00abSu\u00e9ltame, Irma, que de ac\u00e1 en adelante sigues t\u00fa sola\u00bb, le dije, pero nada, estaba empe\u00f1ada. S\u00f3lo faltaba que aquella vieja de mierda me partiera un brazo all\u00ed mismo y tuviera que pedir a los gritos que me rescataran. Cuando por fin logr\u00e9 liberarme y dar un par de pasitos en reversa, Irma qued\u00f3 paralizada en la acera, perpleja y todav\u00eda sonriendo. La espada hecha de globos se hab\u00eda perdido en alg\u00fan lugar del recorrido, pero el gorrito pirata en su cabeza le daba el aspecto de una ni\u00f1a escapada de una fiesta. \u00abAnda, pues, vete\u00bb, insist\u00ed arre\u00e1ndola hacia la esquina a lo lejos. \u00abVete que t\u00fa eres libre, yo no. No te va a pasar nada cuando te agarren, pero a m\u00ed me van a joder si te acompa\u00f1o\u00bb. Se me antojaba indudable que la encontraran, tarde o temprano, m\u00e1s ac\u00e1 o m\u00e1s all\u00e1, y para ese momento era mejor que yo estuviera tranquilo y sin levantar sospechas en mi habitaci\u00f3n. \u00bfQu\u00e9 tanto pod\u00eda correr una vieja con Alzheimer en, digamos, un par de horas? Sus sobrinas llegar\u00edan de visita en cualquier momento y la gracia estaba en que no dieran con ella sino despu\u00e9s de revolucionar el asilo, armar un esc\u00e1ndalo, hacer temblar a las cuidadoras y mandar a los payasos a la mierda. Era un buen plan. El asunto es que Irma segu\u00eda all\u00ed, de pie, esperando una se\u00f1al divina, y entonces ca\u00ed en cuenta de que razonar con el Alzheimer era declarar mi propia locura o al menos mi estupidez. Cog\u00ed las pocas fuerzas que me quedaban y tir\u00e9 del port\u00f3n lo m\u00e1s que pude, que no fue mucho, aguantando la punzada violenta con que la espalda empez\u00f3 a castigarme. El metal chill\u00f3 como un p\u00e1jaro y se arrastr\u00f3 unos cent\u00edmetros sobre el riel, hasta dejar apenas una rendija entre el asilo y la calle. No hab\u00eda forma de que Irma regresara al interior de la casa. Esper\u00e9 unos minutos a que pasara un poco el dolor y me volviera el aliento antes de asomarme otra vez, a ver si Irma segu\u00eda en el mismo lugar; y de no haber estado tan hecho talco como ya estaba, habr\u00eda bailado de orgullo al comprobar el \u00e9xito de la operaci\u00f3n. De Irma no quedaba ni el rastro ni las huellas ni el olor a meados y a Jean Nat\u00e9.<\/p>\n<p>No pasaba lo mismo con mi acidez, que se hab\u00eda convertido en un dolor agudo en la boca del est\u00f3mago. Deshice el camino por mi cuenta, hecho un gui\u00f1apo, justo a tiempo de ser emboscado por la turba feliz que comandaban los payasos y convidado a un pedazo de torta de manos de alg\u00fan ingenuo familiar de no s\u00e9 qui\u00e9n. Acept\u00e9 el platito disimulando la fatiga, con una sonrisa triste de viejo miserable: no existe mejor disfraz a estas edades que el de la pobre momia infeliz. Pero me temblaban tanto las manos que empec\u00e9 a tirar la torta al suelo y tuve que sentarme a descansar en un rinc\u00f3n. Lo m\u00e1s dif\u00edcil estaba hecho, s\u00f3lo hac\u00eda falta tomarme un anti\u00e1cido y esperar a las sobrinas de Irma. \u00bfC\u00f3mo iban a explicar todo aquello las cuidadoras?, \u00bfqu\u00e9 cara pondr\u00edan los tan felices payasos? De s\u00f3lo pensarlo ya me sent\u00eda un poquito mejor. Semejante jaque mate no s\u00f3lo demostrar\u00eda la negligencia y mediocridad de las cuidadoras, sino que adem\u00e1s pondr\u00eda final, quien sabe si para siempre, a la visita de aquellos energ\u00famenos sonrientes. Y este viejo de mierda, este anciano, este carcamal, este dinosaurio tendr\u00eda la \u00faltima y gran carcajada. Pero mientras todo ocurr\u00eda, la cosa deb\u00eda marchar conforme al guion de los payasos, al cual me plegu\u00e9 como pude para no levantar las sospechas. Admit\u00ed el horroroso gorrito de cart\u00f3n, aplaud\u00ed cuando los otros lo hicieron, forzando una mueca alegre que fue lo m\u00e1s que pude conceder. Las cuidadoras intercambiaban miradas esc\u00e9pticas, mostr\u00e1ndose sorprendidas respecto a mi cambio de actitud; la m\u00e1s joven de todas, una que a\u00fan nos trataba como a aut\u00e9nticos seres humanos, me ofreci\u00f3 incluso bailar los pasitos de un rid\u00edculo pasodoble que hab\u00edan puesto. La rechac\u00e9 de inmediato aunque tuviera en el fondo unas ganas tremendas de celebrar, pero habr\u00eda sido demasiado evidente y adem\u00e1s sent\u00eda las piernas como de plomo. Prefer\u00ed dar las gracias y mantenerme apartado. Si no puedes con ellos, tampoco te les unas demasiado.<\/p>\n<p>La visita de los payasos se prolong\u00f3 y retras\u00f3 el almuerzo, de modo que a la acidez vino a sumarse tambi\u00e9n el hambre. Me debat\u00eda entre el fuego en la panza, como si me la estuvieran lijando por dentro, y la angustia por el retraso en el plan, que me hac\u00eda voltear hacia la puerta cada vez que el timbre sonaba. M\u00e1s familiares llegaban y se marchaban, como en una especie de estaci\u00f3n de trasbordo, pero nada que aparec\u00edan las benditas sobrinas de Irma. Era el colmo que justo ese d\u00eda llegaran inusualmente tarde. Los payasos siguieron siendo el centro de atenci\u00f3n, aunque la merma en sus energ\u00edas se hac\u00eda ya inocultable: preguntaban con mucho tacto la hora, recog\u00edan poco a poco sus cosas y as\u00ed. Los familiares reci\u00e9n llegados, en cambio, se mostraban muy c\u00f3modos con el espect\u00e1culo, pidiendo m\u00e1s y m\u00e1s canciones y juegos; mientras los que ten\u00edan rato ya en el asilo disimulaban sus ganas de irse con una rodilla inquieta bajo la mesa, un vistazo repetido al celular o una mirada hacia la puerta, como advirtiendo conmigo la gran sorpresa que se avecinaba. Sin atreverme a pedir el anti\u00e1cido, temeroso de que pudiera delatar de alg\u00fan modo mi plan, me resign\u00e9 al platito de torta en el regazo: ir al armario de las medicinas delatar\u00eda que Irma no estaba ya en su silla de castigo, lo cual no pod\u00eda ocurrir antes de que llegaran sus sobrinas. No hab\u00eda m\u00e1s opci\u00f3n para m\u00ed que aguantar el martirio, mientras los payasos terminaban al poco rato su funci\u00f3n y se desped\u00edan uno a uno del p\u00fablico. Me estuve sentado, como una piedra en el hurac\u00e1n, con mi platito pl\u00e1stico y mis achaques, hasta que el tiempo pas\u00f3 y al final se largaron, en la misma camioneta blanca, y las malditas sobrinas de Irma nunca llegaron. Tanto esfuerzo para nada, pens\u00e9, mientras las cuidadoras empezaban a retomar sus funciones. La normalidad se ir\u00eda poco a poco apoderando de todo, empezar\u00edan los olores del almuerzo, alguna sopa de sobre con fideos y verdura, y se dar\u00edan cuenta muy pronto de que Irma hab\u00eda desaparecido: lo triste es que entonces no habr\u00eda rastro de los payasos ni de la fiesta, a excepci\u00f3n del gorrito en mi cabeza y el pedazo de torta en mi regazo, que ya empezaba a llamarle a las moscas la atenci\u00f3n. Aferrado a esas evidencias como pude, cualquiera me habr\u00eda cre\u00eddo el m\u00e1s entusiasta del ancianato, el viejo que m\u00e1s extra\u00f1ar\u00eda a los payasos. \u00abAy, se\u00f1or Fernando\u00bb, me dir\u00edan al pasar, con ese dejo de l\u00e1stima que tanto les combat\u00ed a mis propios hijos y nietos. Eso hasta que encontraran a Irma y sumaran dos m\u00e1s dos, y entonces vinieran derechito a joderme. El plan, amigos m\u00edos, hab\u00eda fracasado.<\/p>\n<p>Mientras mis tripas ardientes se empe\u00f1aban en hacerme confesar, en postrarme ante las cuidadoras y suplicarles el perd\u00f3n en un par de anti\u00e1cidos, crec\u00eda tambi\u00e9n algo cruel adentro m\u00edo que me cerraba la boca, aunque el plan no tuviera ya ni el m\u00e1s m\u00ednimo sentido. Nadie se enterar\u00eda a tiempo del descuido de las enfermeras que hab\u00eda dado con Irma a la calle. Nadie lo vincular\u00eda con la visita de los payasos. Nadie cambiar\u00eda su manera de vernos ni de tratarnos, sino m\u00e1s bien al contrario, la realidad seguir\u00eda implacablemente parecida a lo que es. Y de cara a volver poco a poco a la rutina, a los alivios qu\u00edmicos tres veces al d\u00eda, al sopor de la siesta y los dolores irremediables de la ci\u00e1tica, me fui convenciendo de que el triunfo de los payasos era implacable. Que consist\u00eda justamente en esa resignaci\u00f3n en que convierten la vida, ese tierno convencimiento de que el mundo es lo que dejan al marcharse: una espera interminable entre un instante feliz y el que le sigue, entre una sonrisa repentina y la pr\u00f3xima que pueda, qui\u00e9n sabe cu\u00e1ndo, estar por venir. S\u00e9panlo ustedes como yo ahora lo s\u00e9: la misi\u00f3n de los payasos no es hacernos so\u00f1ar ni darnos \u00e1nimos para la vida, qu\u00e9 va, sino hundirnos en lo cotidiano, sentenciarnos a ser quienes somos, imponernos una larga resaca a cambio de pocos, poqu\u00edsimos, minutos de fiesta. Los payasos son los m\u00e1s crueles esbirros de quienes gobiernan el mundo. Los m\u00e9dicos, los payasos, las malditas cuidadoras: parte de un orden \u00fanico, total, irreversible.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de llegar a esa desoladora conclusi\u00f3n, resultaba imposible hacerme el tonto y acostarme a dormir la siesta, suplicando a las cuidadoras piedad para durar hasta el d\u00eda de los pa\u00f1ales y la comida en la boca. \u00bfC\u00f3mo iba a vivir as\u00ed, andando bajito como el volumen del televisor de Guti\u00e9rrez? Yo ser\u00e9 un viejo necio, artr\u00edtico y diab\u00e9tico, un carcamal, un f\u00f3sil, un dinosaurio, pero tambi\u00e9n un hombre y lo quiero seguir siendo hasta el final. Y entonces, de golpe, me vino a la cabeza el \u00faltimo plan, ya no una huida del asilo sino de m\u00ed mismo y de todo. El primer paso era hundir lentamente los dedos resecos, salchichas con mucho tiempo en la nevera, en esa crema pastelera en el platito y volver a subirlos, impregnados, empalagados, supurantes de aquella dulc\u00edsima porquer\u00eda que iba luego a explotar en mi lengua un sabor tan lejano, tan postergado y tan de la infancia, que costaba trabajo aceptar la alquimia siniestra que lo volver\u00eda veneno apenas entrara en la sangre. Las ramas secas se retiraron de mi boca, dej\u00e1ndole a la lengua la otra parte del plan y volvieron a sumergirse y a subir otra vez, arriba y abajo, adentro y afuera, a medida que el mazacote bajaba por la garganta en un gesto r\u00e1pido, de despedida, que volvi\u00f3 a ocurrir hasta acabar con el platito, hasta congelar el incendio en el est\u00f3mago y esperar a que empezara el hormigueo a trepar lentamente por la espalda, a volverse poco a poco temblores: primero los pies, quiz\u00e1 despu\u00e9s una mu\u00f1eca, un p\u00e1rpado, finalmente un sudor fr\u00edo en la nuca y las manos, un hielo profundo en la calva, un subid\u00f3n violento de la marea interior que lo colma todo, en muy pocos minutos, parece mentira, tan r\u00e1pido todo, m\u00e1s y m\u00e1s hacia arriba hasta alcanzar la cabeza y all\u00ed estallar en migra\u00f1a violenta, ciega y rabiosa, poniendo cemento sobre la lengua y los brazos y lentamente en el pecho, hasta que empieza a costar respirar, hasta que el pecho se encoge y, por fin, el mundo se disuelve en el alivio de la nada, sin ya nada m\u00e1s que contar, sin chances tampoco de arrepentirse: el plato cae de las manos y da con los restos de la torta en el suelo, segundos antes de que el tronco sin ra\u00edces se desplome, sin gritos previos, sin lamentaciones, con una mueca un poco dulce en el rostro, una sonrisa que a \u00faltima hora sali\u00f3 mal. Con el volumen bajito, como por accidente, as\u00ed termina para siempre la funci\u00f3n. Se van los payasos, se corre el tel\u00f3n.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os aplauden.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gabriel-payares\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nagasaki (en el coraz\u00f3n) Para Ednodio Quintero El hombre lo vive todo a la primera y sin preparaci\u00f3n. Como si un actor representase su obra sin ning\u00fan tipo de ensayo. Pero \u00bfqu\u00e9 valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es la vida misma? 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