{"id":4089,"date":"2022-04-02T00:00:56","date_gmt":"2022-04-02T00:00:56","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=4089"},"modified":"2023-11-24T18:31:59","modified_gmt":"2023-11-24T18:31:59","slug":"tres-cuentos-de-esmeralda-torres","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/tres-cuentos-de-esmeralda-torres\/","title":{"rendered":"Tres cuentos de Esmeralda Torres"},"content":{"rendered":"<h3><strong>Tratado de la envidia<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">[1]<\/a><\/strong><strong>\u00a0<\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>La envidia: esa doncella castamente llagada.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>\u00a0Ana Enriqueta Ter\u00e1n<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">Tal vez le sorprenda recibir esta carta sin la intermediaci\u00f3n de los editores, pues no es com\u00fan que los correctores nos escribamos con los autores consagrados, con los mimados de la editorial. Le ofrezco excusas, pero es necesario que le escriba. Durante a\u00f1os he tenido el privilegio de corregir sus textos y puedo decir que conozco mejor que nadie su trabajo tan alabado por estos d\u00edas, luego del premio internacional de novela que acaba de recibir.<\/p>\n<p>D\u00e9jeme decirle que he admirado su escritura desde que lleg\u00f3 a mis manos el primer manuscrito y yo misma solicit\u00e9 despu\u00e9s que me fueran asignados todos sus libros. Algo de responsabilidad y pericia en el oficio me lo garantiz\u00f3 y, no la voy a enga\u00f1ar, tambi\u00e9n mediaron las buenas relaciones con el editor.<\/p>\n<p><em>Nostalgia por lo gris<\/em> me impresion\u00f3. Considero que es su obra m\u00e1s lograda, sin desconocer un destacado valor en las obras anteriores: <em>D\u00edas fecundos,\u00a0 La linterna del cochero, La falsa historia de Ana\u00efs Nin <\/em>y el de poemas <em>La ventana que nos muestra el paisaje. Todas, <\/em>en verdad, son extraordinarias. Y en cierta medida m\u00edas. Siento que algo de ellas me pertenece porque fui yo su primera lectora y alg\u00fan error tuve que enmendar en aras de la perfecci\u00f3n que usted ansiaba pero que en ning\u00fan grado alcanz\u00f3.<\/p>\n<p>Usted, con imaginaci\u00f3n y talento desbordantes, logra armar historias en efecto malvadas, perversas, que nos dejan una sensaci\u00f3n de asalto y perplejidad. D\u00e9jeme decirle que a m\u00ed me hubiera gustado escribir <em>Nostalgia por lo gris<\/em>. Es sin duda una gran novela. O tal vez deber\u00eda decirle ya, confesarle ya, que pudo haber sido, a mi juicio,\u00a0 la gran novela de este pa\u00eds.<\/p>\n<p>Mi historia de vida es miserable y ella me conduce a cometer el acto infame de atentar contra usted que ni siquiera me conoce y por tanto nunca me ha provocado ning\u00fan mal. Pero en esto hemos terminado por convertirnos todos los que habitamos esta ciudad peque\u00f1a, carcomida por la sal que viaja desde la pen\u00ednsula que tenemos al frente. Una ciudad de poetas malditos por la peste,\u00a0 el insomnio y la futilidad. Incapaces de defender los m\u00e9ritos que otros nos reconocen y que a nuestra vista nos parecen insustanciales porque la ambici\u00f3n que nos mueve es superior a cualquier gesto de virtud. Lo acepto. Soy una mediocre incapaz de consentir con naturalidad que otra persona tenga lo que anhelo para m\u00ed. Y esto explica mi actuaci\u00f3n contra usted. En mi descargo solo puedo apelar a la cruel sinceridad, escudo atroz de los desahuciados. Tarde ser\u00e1 cuando descubra que su gran obra entr\u00f3 a los talleres de impresi\u00f3n sin las modificaciones que le hice. Luego de leerla y completar mi labor, la guard\u00e9 y ahora reposa en una gaveta de mi escritorio, este desde donde le escribo esta carta. A veces me detengo para observar all\u00e1 abajo, en la calle, a los hombres y mujeres que caminan presurosos hacia sus casas, distra\u00eddos e ignorantes de lo que nos ocurre a usted y a m\u00ed.<\/p>\n<p>Esa \u00faltima versi\u00f3n que usted ley\u00f3 y que todos en el consejo editorial celebraron como su mejor trabajo, esa no es la que el p\u00fablico en este momento arrebata de los anaqueles en las librer\u00edas. D\u00e9jeme informarle que resolv\u00ed enviar la versi\u00f3n primera: la defectuosa, la que usted escribi\u00f3. No la \u00faltima: la que yo perfeccion\u00e9. Aunque s\u00e9 que esta decisi\u00f3n me costar\u00e1 mi trabajo y una parte del prestigio alcanzado en el medio editorial, no me siento ni inquieta ni arrepentida. Por el contrario, estoy convencida de haber obrado con integridad. Siento que he sido justa conmigo y con mi talento desperdiciado.<\/p>\n<p>Tal vez piense usted que actuar de esta manera me llevan la envidia y la venganza. No estoy segura de eso. En todo caso, poco beneficioso resultar\u00eda descubrir las causas de mi proceder. Sobra decir que no asistir\u00e9 a la gala que prepar\u00f3 la editorial en su honor, y me permito advertirle: si yo estuviera en su lugar, tampoco asistir\u00eda.<\/p>\n<p>Pero ya es tarde, y, como en las malas pel\u00edculas me gusta imaginarla bajando de un autom\u00f3vil con su acompa\u00f1ante, alis\u00e1ndose los cabellos en un gesto exagerado de coqueter\u00eda. Alrededor de usted flotar\u00e1 la fragancia de una flor ignota. El vestido oscuro impecable, las u\u00f1as retocadas y tal vez de su cuello cuelgue un dije antiguo que alguna de sus abuelas habr\u00e1 consentido en heredarle. La supongo entrando al gran sal\u00f3n, los aplausos, las fotos, los periodistas,\u00a0 la sonrisa congelada, el ce\u00f1o fruncido del editor,\u00a0 el gesto de tomarla por un brazo, de llevarla hacia el fondo, los murmullos entre algunos que est\u00e1n hacia la izquierda. Percibo su confusi\u00f3n, su <em>no entiendo<\/em> crispado, pero en voz muy baja, y ahora un mech\u00f3n de cabello fuera de sitio, una molestia sutil causada por la trabilla de una de sus sandalias, un poco corrido el r\u00edmel hacia el borde exterior del ojo, un poco suelto el dobladillo de su vestido tambi\u00e9n, un tropiezo imprevisto sobre la alfombra\u00a0 del sal\u00f3n y finalmente, en el momento de comprender lo que ocurre, un ahogo.<\/p>\n<p>Por supuesto, usted jam\u00e1s conocer\u00e1 el contenido de esta carta que redacto frente a una ventana, por la cual entra una brisa seca y tibia, que baja del cerro Pan de Az\u00facar y ba\u00f1a de polvo los muebles amados de la sala de mi apartamento, donde antes sol\u00eda dedicarme a trabajar en sus libros maravillosos. Aqu\u00ed, en esta ciudad peque\u00f1a, la de las grandes traiciones, donde somos todos cada vez m\u00e1s miserables.<\/p>\n<p>Respetuosamente suya,<\/p>\n<p>Eduarda Camino.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><strong>El mismo mar contra la noche<\/strong><strong>\u00a0<\/strong><\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Para Ana Mar\u00eda Oviedo Palomares\u00a0<\/em><\/p>\n<p>Cumplo mi oficio cerca del mar porque ese es mi destino. Me dedico a recoger p\u00e1jaros muertos, maderos que floten y las m\u00e1s raras estrellas marinas, las cuales se distinguen porque no conservan la pestilencia de los animales muertos. Me llamo Bruna Limoti y es el \u00fanico nombre que acepto, aunque a otros les haya dado\u00a0 por llamarme loca. Antiguamente fui leedora en una f\u00e1brica de tabacos que se encuentra en tierra firme. Pasaba all\u00ed mis d\u00edas como quien se prepara para emprender un viaje largo, a los confines de sus insondables temores, y recoge todos los datos que puedan contribuir a un recorrido sin tropiezos.\u00a0 Aquel oficio, profundo y olvidado, infinito y humano, me esclavizaba, pero yo lo asum\u00eda con devoci\u00f3n y agradecimiento, como si una gracia me hubiera sido concedida.<\/p>\n<p>Compensada y serena, me entregaba\u00a0 a suprimir mis d\u00edas entre altas paredes. Cada faena realizada al pie de la letra, abr\u00eda mi comprensi\u00f3n hacia las cosas que resultaban de mi inter\u00e9s, como era el caso expreso del mar. As\u00ed supe que sus incandescentes y numerosos colores, vivos y hondos, se originaban en la intensidad del sol agobiante. Supon\u00eda que me dirig\u00eda a encarnar una historia donde obtendr\u00eda cierta eminencia, como si alguien existiera para esperar mi llegada. Pero una desobediencia natural en m\u00ed, cultivada desde ni\u00f1a, me hizo retrasar lo m\u00e1s que pude el encuentro con mi destino. Entretanto le\u00eda con dedicaci\u00f3n\u00a0 historias escritas para m\u00ed.<\/p>\n<p><strong><em>La Cruz.<\/em><\/strong><em> A lo lejos, por la ventana de mi cuarto,\u00a0 veo un barco que enfila la proa\u00a0 hacia la ciudad en tierra firme. Me incorporo totalmente sobre la cama mientras dejo pegada a las sabanas de hilo parte de la costra que he construido durante la noche. Me siento en el borde del lecho para mirar mejor. Las plantas de mis pies llagados reciben el fr\u00edo de la loza de barro.\u00a0 Mi cuerpo agoniza, no as\u00ed la voluntad. Espero. Es la hora en\u00a0 que aparece la figura querida de mi hermana, quien trae alivio para mis heridas. He so\u00f1ado hoy que desde la otra banda llega un bote y que en \u00e9l viene la ni\u00f1a vestida de luto. Intuyo que es ese su destino. Pobre ni\u00f1a m\u00eda que me reza. Voy deseando su arribo mientras espero el agua que mi hermana volcar\u00e1 sobre mis heridas. En el horizonte del mar se desplaza un barco y yo lo miro embelesado.<\/em><\/p>\n<p><strong><em>Bruna<\/em><\/strong><em>. Las luces, en la casa de all\u00e1 abajo, se han apagado. Tarde se han ido los amigos, pero yo he presentido desde temprano la presencia de Bruna en el corredor, en el zagu\u00e1n y m\u00e1s all\u00e1 del cerro. He convenido con ella que, cuando todos se marchen, venga hasta la parte por donde el roble ofrece a todos el placer de su sombra. El \u00e1rbol es c\u00f3mplice de Bruna, que llega callada y me despoja de los pa\u00f1os con los cuales mi hermana y mi madre me consienten. En la ba\u00f1era de hormig\u00f3n Bruna va lavando mis heridas, que han vuelto a ser nuevas y sangran. Mi hermana duerme so\u00f1ando con remedios para mi mal y Bruna, en tanto,\u00a0 cuece sobre mi piel las viejas pociones del amor.<\/em><\/p>\n<p><strong><em>Un p\u00e1jaro<\/em><\/strong><em>. Sumergido en el agua ya fr\u00eda voy repasando unos versos que he borroneado esta ma\u00f1ana. Presiento que las costras de las llagas <\/em>que laceran<em> mi espalda est\u00e1n sedimentadas en el fondo de la ba\u00f1era donde me encuentro. Escucho el chillido del p\u00e1jaro que todas las noches viene a hacerme compa\u00f1\u00eda. Entiendo entonces que es la hora de salir del agua y act\u00fao en consecuencia. Dejo que mi cuerpo desnudo se seque sobre la cama con la brisa que entra a la habitaci\u00f3n desde el corredor. El p\u00e1jaro lanza su grito de despedida y vuela hacia el cerro situado detr\u00e1s de la casa. Volver\u00e1 ma\u00f1ana, como siempre, para recordarme que todav\u00eda estoy vivo. Volver\u00e1 ma\u00f1ana para asegurarse de que sigo aqu\u00ed, esperando.<\/em><\/p>\n<p><strong><em>El bordado<\/em><\/strong><em>. Esta noche Bruna ha venido cuando ya no la esperaba. Me ha despertado su aliento sobre mi cabeza. No he querido que me toque, pues me dorm\u00ed con la rabia que siempre me causa su ausencia. A veces temo que no vuelva para traerme el reposo que me dejan sus caricias. Sabe que la miro desde la cama. Se ha sentado lejos, donde puede tener luz para continuar el bordado que realiza. Elabora unos pa\u00f1uelos de lino crudo en los cuales entrecruza nuestras iniciales. Me resisto a su presencia distante cuando ella sabe lo que deseo. Me levanto con lentitud.\u00a0 Llego hasta donde ella sigue sentada sin detener el bordado. Toco sus pies descalzos. Ella prosigue su labor, pero yo s\u00e9, por su respiraci\u00f3n, que desea que avance m\u00e1s all\u00e1 de sus pies. Para complacerla, le beso las rodillas. Ella responde haci\u00e9ndome camino y soltando la tela entamborada, que cae a un costado de la silla. La rabia me abandona y comienzo a bordar en su cuerpo, con mi lengua, nuestros nombres completos.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Una mujer\u00a0 puede demorarse de muchas maneras y aplazar las tareas que le fueron asignadas como ventura. En mi caso, mi tardanza se debi\u00f3 a que me entretuve leyendo para mujeres esclavas de un jornal, historias que contaban libertad y belleza, amor y poes\u00eda, y que hac\u00edan m\u00e1s llevaderas las horas de trabajo. Lo \u00fanico que interrump\u00eda mi lectura, a media ma\u00f1ana o a media tarde, eran las campanas de la iglesia cercana, cuando tocaban a muerto mientras s\u00e9quitos caminantes acompa\u00f1aban a difuntos, para consumar una despedida, dentro del cementerio, en las afueras de aquella ciudad. Al finalizar, recog\u00eda en una peque\u00f1a maleta de cuero los libros de turno y me dispon\u00eda a atravesar la plaza, contando que los p\u00e1jaros negros que anidaban en los robles no acudieran a picotear mi cabeza, como acostumbraban. Tuve que empezar a protegerme de los furiosos p\u00e1jaros y esto hizo que, por alguna raz\u00f3n, la gente a mi alrededor comenzara a creer que mi cordura se marchitaba, que ced\u00eda bajo la copa de aquella pamela de fibra y ca\u00f1amazo a la que recurr\u00ed para mi protecci\u00f3n. Ya me hab\u00edan echado de la f\u00e1brica donde por a\u00f1os trabaj\u00e9 como leedora. Ya los ni\u00f1os me apedreaban en la calle y en ninguna casa de alquiler quer\u00edan recibirme, por\u00a0 lo cual termin\u00e9 durmiendo en angostos zaguanes, donde el fr\u00edo y la lluvia calaban en mi cuerpo, que se apagaba envejecido y\u00a0 sin dignidad. Y fue entonces cuando una ma\u00f1ana me encontr\u00e9 en el puerto mirando hacia la pen\u00ednsula.<\/p>\n<p>Ahora recojo plumas y caracoles vac\u00edos en los que puedo escuchar, en vez del mar, las historias que ya nadie relata y que yo atesoro. Recorro a diario la orilla de la playa frente a la casa del cerro y llego hasta la bah\u00eda, cerca de la ci\u00e9naga y su marisma de sal, rosada y pest\u00edfera. Desando el camino cuando el sol,\u00a0 somete el horizonte\u00a0 a mi espalda y mi sombra empieza a borrarse. La nasa que arrastro, cargada de maderos y le\u00f1os, despojos de p\u00e1jaros y conchas, ha dejado en la arena un rastro que es necesario desandar. <em>Toda sombra es un defecto de luz<\/em>, me digo. Por eso, a veces, cuando me envuelve la oscuridad y no me duermo, vuelve a m\u00ed en forma de p\u00e1jaro, un recuerdo incierto y tembloroso que me cuenta historias del mismo mar contra la noche. Me llamo Bruna Limoti y ese es el \u00fanico nombre que reconozco aunque otros insistan en llamarme loca.<\/p>\n<h3><\/h3>\n<h3>El maldito<\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Delante de m\u00ed callaba eternamente un mar inm\u00f3vil y cristalino. <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Una luz muerta, de aurora boreal, nacida debajo del horizonte, <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y sin astros. <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>con mi voz desesperada de confinado.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>A. Ramos Sucre<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>Era esta una ciudad empobrecida por el permanente desd\u00e9n de sus gobernantes, que padec\u00eda adem\u00e1s de una antigua enfermedad: la supercher\u00eda. En principio nada de esto me resultaba especial pero viv\u00eda en la convicci\u00f3n de que con los a\u00f1os nos vamos volviendo cada vez m\u00e1s intolerantes. Las personas que me rodeaban en mis horas de trabajo eran los principales en provocar en m\u00ed este desprecio. La vulgaridad nac\u00eda desde el fondo de los gestos de mis compa\u00f1eros de trabajo, de cada palabra dicha, de las buenas intenciones manifiestas a trav\u00e9s de una artificial cortes\u00eda que me era insoportable. A este mundillo despreciable por desconocido, me negaba a dejarme arrastrar.<\/p>\n<p>En un principio tuve como oficio ser ayudante en una droguer\u00eda, pero tiempo m\u00e1s tarde debido a mi dedicaci\u00f3n y perseverancia, fui ascendido a jefe de farmacia. Mis estudios, donde hab\u00eda destacado como disc\u00edpulo ejemplar y meritorio, hab\u00edan sido interrumpidos por la ruina inesperada de los negocios de mi padre y me vi en la obligaci\u00f3n de buscar un trabajo de quinta que estaba lejos de merecerme.<\/p>\n<p>Regularmente era el primero en llegar al local donde se ubicaba la farmacia. Los siete repiques de campanas de la iglesia de enfrente se dejaban o\u00edr al mismo tiempo en que yo descorr\u00eda en tres vueltas el cerrojo desva\u00eddo. Me gustaba entrar primero para poder disfrutar de ese olor que durante la noche y debido al encierro se hab\u00eda vuelto profundo, concentrado, agrio y astringente. La penumbra de la sala con sus pasillos gemelos, sus pisos de tablero de ajedrez verde y blanco, sus estanter\u00edas de caoba labrada, sus vidrios lisos y transparentes, libres de la m\u00e1cula de una huella in\u00fatil. Frascos alineados perfectamente, de cristal marr\u00f3n para salvar de la luz las esencias, los extractos, los jarabes y el\u00edxires. Hasta el acto mec\u00e1nico de encender las l\u00e1mparas me hac\u00eda sentir reconfortado. Al final del segundo pasillo se alojaba, pegado a la pared, un escritorio de mediano tama\u00f1o donde yo elaboraba f\u00f3rmulas, donde escrib\u00eda los informes y el resto de las tareas que me correspond\u00edan. De la venta se encargaban otros empleados que no llegaban sino hasta las siete y media. La mujer de la limpieza entraba unos minutos despu\u00e9s de m\u00ed. Sus pasos me los anunciaba el sonajero de cobre con forma de arlequ\u00edn que sobre la puerta de dos hojas, de madera y cristal, hab\u00edamos colgado para saber cuando alguien entraba al local. Para ese momento yo hab\u00eda guardado las llaves en la segunda gaveta, hab\u00eda encendido los ventiladores que colgaban del techo de ca\u00f1a amarga y palo sano. Ya me hab\u00eda enfundado en mi impecable bata blanca de piqu\u00e9.<\/p>\n<p>Junto a ella entraba tambi\u00e9n el ruido y la vulgaridad. A veces, las menos frecuentes, disculpaba sus toscas maneras achacando mi irritaci\u00f3n al hecho de haber sido criado en una casa grande, con padres educados en la meditaci\u00f3n, lo que me oblig\u00f3 a vivir una infancia marcada por muchos a\u00f1os de silencio. Ella era el pre\u00e1mbulo de lo que seguir\u00eda con la llegada de los dem\u00e1s. Encend\u00eda la radio a un volumen insoportable para mis o\u00eddos y yo, procur\u00e1ndome salud, me esforzaba en mantenerlo bajo por el resto de la larga jornada. A pesar de mis intenciones y de mi nivel jer\u00e1rquico, ella consegu\u00eda burlarme animada por las risas soterradas de los dem\u00e1s. Exig\u00eda a todos un trato respetuoso pero cordial, prohib\u00eda las charlas familiares ante la clientela. Me gustaba la reverencia ante nuestro oficio tan delicado. Pero era muy dif\u00edcil hacerme entender. Cuando la sala de recibo se quedaba sola de clientes, arremet\u00edan todos con unas charlas procaces, plagadas de detalles e incluso de malas palabras. De risas vulgares y hasta de gestos ordinarios. Contaban entre ellos las cosas m\u00e1s inveros\u00edmiles.<\/p>\n<p>Fue as\u00ed como supe por primera vez acerca de la existencia del maldito, como ellos nombraban a esa sombra masculina que, en su decir, recorr\u00eda las calles del centro de nuestra ciudad. Narraban los hechos que todos dec\u00edan conocer de boca de los vecinos de la calle Los Pelda\u00f1os y La Ermita. Era este el radio de acci\u00f3n de esa presencia m\u00e1gica, marcada por la desesperaci\u00f3n y la locura. Me horrorizaba ante tanta ignorancia que llegu\u00e9 a pedirles que no trataran en la farmacia esos temas de tama\u00f1o salvajismo. \u00a1Supercher\u00edas!, les dec\u00eda para hacerme entender. Pero ellos me preguntaban con una ingenuidad inaudita, demostrando lo in\u00fatil de mi tarea, qu\u00e9 significaba aquella palabra. Tras de esto me aseguraban que los hechos eran del dominio de toda la poblaci\u00f3n, que no entend\u00edan c\u00f3mo yo viviendo tan cerca no los conoc\u00eda. Que el maldito se hab\u00eda suicidado en una ciudad distinta a la nuestra pero que su esp\u00edritu vagaba por esas calles enloquecido de dolor. Que hab\u00eda dejado una novia en la ciudad antes de su viaje. Que hab\u00eda regresado por ella y que para entonces la muchacha, ante su muerte, se hab\u00eda convertido en monja. Que en la iglesia se hac\u00edan misas para que descansara en paz, pero que por las noches se le ve\u00eda recorrer las calles atormentado por la pena. Que vest\u00eda siempre de traje oscuro, y que era poeta. Pobres gentes estas, me dec\u00eda para mis adentros, no saben m\u00e1s que hablar de supercher\u00edas. No pueden ocuparse de otra cosa sino de la invenci\u00f3n de historias falsas. As\u00ed disculpaba sus historias, y me esforzaba en la idea de aceptar su trato.<\/p>\n<p>Desde siempre hab\u00eda habitado esta ciudad. Al quedarme solo me hab\u00eda visto en la necesidad de permanecer en la casa en la que nacieron mi padre y mi abuelo y el padre y el abuelo de ambos. Mi \u00fanico hermano, Orestes, hab\u00eda viajado a Francia a estudiar medicina y all\u00e1 hab\u00eda hecho su vida, para \u00e9l no hubo ning\u00fan sacrificio y nunca regres\u00f3. Ni siquiera cuando muri\u00f3 nuestra madre. Hab\u00eda enviado un telegrama con sus condolencias y disculp\u00e1ndose por no poder viajar. A la muerte de mi padre, no quise incomodarlo con la noticia.<\/p>\n<p>Me gustaba la casa en la que habitaba, con sus grandes ventanales que daban a la calle Los Pelda\u00f1os. Las habitaciones de techos altos con sus muebles de oloroso cedro, las camas con doseles, las s\u00e1banas de algod\u00f3n puro. El jard\u00edn interior frente a los cuartos, con su mata de granada y los helechos. El gran comedor rodeado de vitrales multicolores, la \u00fanica alegr\u00eda extravagante. La cocina hacia el fondo, con sus estufas y horno de tierra. El patio en sombra, un roble que nadie recuerda qui\u00e9n sembr\u00f3, y que serv\u00eda de protector a contraluz de las orqu\u00eddeas en el tiempo de mi madre. El viejo corral para la cr\u00eda transitoria de animales dom\u00e9sticos, ahora vac\u00edo. El port\u00f3n hacia el r\u00edo por donde sol\u00eda salir los domingos a dar un paseo y llegarme hasta el mar. Las tupidas frondas de los \u00e1rboles, al margen de la ribera, me negaron cada vez toda aspiraci\u00f3n de cielo. Siempre lament\u00e9 el eco que generaban mis pasos en los amplios pasillos de la casa. Me recordaba el miedo profundo que de ni\u00f1o padec\u00eda cuando ten\u00eda que ir de noche hasta la cocina por una jarra de agua. De adulto segu\u00eda siendo v\u00edctima del mismo pavor.<\/p>\n<p>Lo que m\u00e1s lamentaba de mi existencia era la poca vida social de la que era objeto por mi forma de vivir. Fuera del trato con los viejos y fieles clientes de la farmacia, carec\u00eda de amigos que hicieran menos amarga mi soledad. Por lo tanto me ve\u00eda obligado a la relectura de los cl\u00e1sicos que llenaban la biblioteca que hab\u00edan nutrido durante a\u00f1os mi abuelo y luego mi padre. La m\u00fasica era el otro dulce consuelo al que hab\u00eda tenido que renunciar hac\u00eda ya unos pocos meses debido a un desperfecto en el viejo aparato y para el cual no se consegu\u00edan las piezas que lo har\u00edan funcionar de nuevo. Entonces en mi d\u00eda libre me conformaba con el largo paseo por la ribera del r\u00edo hasta la orilla del mar.<\/p>\n<p>El trecho entre mi casa y la orilla de la playa estaba cercado por unas casas viejas y mal construidas. Sus habitantes expon\u00edan ante los ojos de todos unas precarias tarimas de palos torcidos donde colocaban a secar pescado rehogado en sal gruesa. Las moscas y el olor nauseabundo eran los \u00fanicos acompa\u00f1antes en mi paseo. Nadie me saludaba y yo a nadie saludaba. Eran desconocidos para m\u00ed. Habitaban ese mundo de la ciudad al que le hu\u00eda y del que me sent\u00eda absolutamente ajeno.<\/p>\n<p>El mar se me presentaba como un enemigo. En cambio el r\u00edo me era familiar. Parec\u00eda a mis ojos un noble compa\u00f1ero. Siempre arrastraba alg\u00fan madero, alg\u00fan lote de ca\u00f1as, de restos vegetales que a mi raz\u00f3n ven\u00edan de lugares lejanos, contando una historia de la ciudad y sus alrededores. Historias que me gustaba imaginar convertidas en felices aventuras, sue\u00f1os que alguien lanzaba al r\u00edo, recuerdos, esperanzas y tambi\u00e9n decepciones. Historias que viajaban libremente. No como las m\u00edas que guardaba con celo y que nunca lanzar\u00eda en \u00e9l por miedo al mar. Semejante al miedo que sent\u00eda por el eco de mis pasos en el pasillo de mi casa. Mi casa, la de mis padres y mis temores de ni\u00f1o.<\/p>\n<p>Por eso, al regreso, volv\u00eda adolorido. Mi falta de valor ante la presencia del mar inm\u00f3vil me atormentaba. Por eso regresaba as\u00ed hasta mi casa en la calle Los Pelda\u00f1os, desde donde se ve\u00eda la iglesia, inm\u00f3vil, petrificada, quieta como el mar. Con sus c\u00fapulas gemelas, plateadas, cristalinas. Por eso esa vez, al final de la tarde, quise entrar en ella y subir por el campanario. Sab\u00eda que el campanero, viejo cliente de la farmacia, dejaba los domingos su acceso libre. Sol\u00eda referirme detalles de su vida, mientras yo le preparaba un jarabe para una tos vieja y mal curada. Como se lo obsequiaba, siempre se sinti\u00f3 obligado a establecer conmigo un trato m\u00e1s afable, familiar.<\/p>\n<p>Sab\u00eda que los domingos el acceso al campanario estaba libre y que pod\u00eda subir, sin que nadie se interpusiera en mi camino, que subir\u00eda todos los pelda\u00f1os de la antigua escalera hacia el campanario, desde donde como dec\u00edan todos, podr\u00eda ver al maldito penando para siempre, como un loco desesperado por la soledad, mientras recorr\u00eda las calles del centro de la ciudad. Sub\u00ed hasta el campanario embargado de una profunda emoci\u00f3n. Con sigilo como temiendo su aparici\u00f3n, me asom\u00e9 por un arco de la torre. Observ\u00e9 la calle vac\u00eda de los domingos por la tarde. Esper\u00e9 largo rato, hasta que el cielo se vaci\u00f3 de todo color y comenzaron a encenderse all\u00e1 abajo las luces de la ciudad.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/esmeralda-torres\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">[1]<\/a> <strong>Cuento finalista en el concurso de cuentos Ciudad de Pupiales (2019), que organiza la fundaci\u00f3n Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez de Colombia.<\/strong><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tratado de la envidia[1]\u00a0 La envidia: esa doncella castamente llagada. \u00a0Ana Enriqueta Ter\u00e1n Tal vez le sorprenda recibir esta carta sin la intermediaci\u00f3n de los editores, pues no es com\u00fan que los correctores nos escribamos con los autores consagrados, con los mimados de la editorial. Le ofrezco excusas, pero es necesario que le escriba. Durante [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":4090,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4089"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4089"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4089\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":4094,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4089\/revisions\/4094"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4090"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4089"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4089"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4089"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}