{"id":3951,"date":"2022-03-23T00:35:28","date_gmt":"2022-03-23T00:35:28","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=3951"},"modified":"2023-11-24T18:32:20","modified_gmt":"2023-11-24T18:32:20","slug":"dos-cuentos-de-denzil-romero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-denzil-romero\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Denzil Romero"},"content":{"rendered":"<h3>Un atraco singular<\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>A Benhur S\u00e1nchez, Eutiquio Leal e Isa\u00edas Pe\u00f1a Guti\u00e9rrez, en Bogot\u00e1<\/em><\/p>\n<p>Cuando entr\u00f3 al mercado de Coche, Elvira sinti\u00f3 todo el frenes\u00ed de los d\u00edas prenavide\u00f1os, y al detener la mirada en las intermitencias de las luces de colores ofrecidas en venta por ; buhoneros, vivi\u00f3 otra vez su angustia; era ella como una de esas lucecitas; su esp\u00edritu se alumbraba, de pronto, ante un impulso soterrado, transformado por una s\u00fabita alegr\u00eda, pero apag\u00e1ndose despu\u00e9s, y se quedaba a oscuras, mucho tiempo; como en los d\u00edas de la infancia, al lado del padre borrach\u00edn y de la madre paciente.<\/p>\n<p>S\u00ed, su vida de la infancia era como para no recordarla. Cada noche llegaba el padre tarambana, obnubilado por el aguardiente, a exigirle nuevos y nuevos favores a la madre indefensa. Le exig\u00eda comida, amor, nuevos tragos; m\u00e1s amor, y hasta la ligereza de una que otra pr\u00e1ctica deshonesta. La madre siempre terminaba aceptando, tan pobre de alma, desvalida, casi boba, pedestre.<\/p>\n<p>Clav\u00e1ndose las u\u00f1as empu\u00f1adas en las palmas de las manos, al borde del sangramiento, asustadiza, l\u00edvida, pensaba impotente: alg\u00fan d\u00eda le matar\u00e9, liberar\u00e9 a mi madre, le echar\u00e9 de la casa, o, quiz\u00e1s mejor, le \u2013 en una cl\u00ednica para dips\u00f3manos, se sanar\u00e1, har\u00e9 de &#8211; hombre nuevo, volver\u00e1 a ser gente y, como en una f\u00e1bula de final feliz, todos viviremos contentos,<\/p>\n<p>Recordaba los gestos vacilantes del padre. Recordaba su lengua trastocada. Recordaba su lengua lamiendo a la madre exhausta, de los pies a la cabeza. Recordaba, sin embargo, a la madre, siempre gozosa al final.<\/p>\n<p>Recordaba la botella de ron a medio consumir derramada sobre la mesa del comedor, la comida recalentada una y otra vez, y su odio por la sevicia del padre babeando gula ante los senos fl\u00e1cidos.<\/p>\n<p>Recordaba el ardor de su sexo virginal, humedecido, latiente, ante la violencia de aquellas escenas, dir\u00edase que nunca vistas por ninguna otra ni\u00f1a del mundo.<\/p>\n<p>Recordaba la noche en que su padre intent\u00f3 violarla; \u00bfser\u00eda, acaso, un intento de violaci\u00f3n, o la simple muestra de un cari\u00f1o paterno?; la noche en que se acerc\u00f3 hasta ella y le palp\u00f3 los senitos que apenas brotaban, y le acarici\u00f3 el pelo lacio, y le dio un beso repelente en la mejilla. Recordaba su miedo, sobre todo, su miedo.<\/p>\n<p>Y recordaba otra noche. Aquella en la que apareci\u00f3 Roberto y ella se deslumbr\u00f3 ante su sonrisa de dientes blanqu\u00edsimos y parejos, ante sus gestos de muchacho temerario, con su carro deportivo ocho caballos en V, descapotable, con rines de magnesio y faros neblineros, cuando, desenfadado, le dijo me gustas y dame t\u00fa n\u00famero de tel\u00e9fono.<\/p>\n<p>El noviazgo fue de encanto. Uno de esos momentos luminosos en los que ella, tr\u00e9mula lucecita, hab\u00eda brillado y rebrillado ante la gloria de la vida; convertida toda en un inmenso \u00e1rbol de navidad, lleno de bambalinas, lucer\u00edas y pelitriques, llevada desde la sordidez de su apartamento triste, desde el estropicio y el lastre de una pravedad, por senderos de fulgores, hasta el propio centro de una plaza de feria, entre nacimientos vivos, coheter\u00edas de placer en lo alto de las nubes, gaitas y villancicos, risas y murmullos, y muchachos patinando como diestros bailarines watusi en la ejecuci\u00f3n de una danza guerrera.<\/p>\n<p>Camin\u00f3 hacia una tiendecita lateral, se entretuvo mirando la vitrina guarnecida y pens\u00f3 que quer\u00eda comprar un presente muy bello para Roberto, alg\u00fan recuerdo para su madre y hasta un regalejo cualquiera para el padre malqueriente.<\/p>\n<p>Un negro alto, de brillo met\u00e1lico, con suaves inflexiones en la postura y en los gestos, colombiano de la Costa, quiz\u00e1s, la miraba desde cierta distancia. Mientras repasaba con la vista las ollas rutilantes, los artefactos el\u00e9ctricos y esos slips y camisetas Jim, mon\u00edsimos, en puro algod\u00f3n, la fibra natural m\u00e1s confortable, que tan bien se ver\u00edan en el fornido cuerpo de Roberto, sent\u00eda que la mirada del negro no se despegaba de sus espaldas. Morosa, \u00edntima, sub\u00eda a todo lo largo de la columna vertebral, bajaba y sub\u00eda, se deten\u00eda ahora en las nalgas empinadas. Raz\u00f3n tiene Roberto, pens\u00f3, no deber\u00eda ponerme pantalones ajustados. Por si acaso, asi\u00f3 fuerte, contra s\u00ed, la cartera.<\/p>\n<p>En el extremo derecho de la exhibici\u00f3n, descubri\u00f3, despu\u00e9s, algunos regalos insospechados: un bast\u00f3n con empu\u00f1adura de plata, una copa de cristal tallado, una sombrilla Vips, un sombrero Ferquin, una nueva agenda Ascot, el \u00faltimo perfume de Givenchy; cualquiera de esos regalos le agradar\u00eda con seguridad a Roberto, siempre tan snob, tan dispuesto a ponerse un chaleco h\u00fangaro bordado o un bomb\u00edn de fieltro o un muguet en el ojal para llamar la atenci\u00f3n de los pasantes, tan dado a saborear un pink champagne, su pato fr\u00edo, y sus bombones de menta.<\/p>\n<p>Y vuelta a pensar en el noviazgo, fija frente el escaparate abigarrado, olvid\u00e1ndose del negro cartagenero y su mirada impertinente. No, no comprar\u00eda nada ahora Estaba turbada.<\/p>\n<p>En su mente se agolpaban los recuerdos de los d\u00edas felices, agasajos y paseos, las flores no compradas en florister\u00edas, sino recogidas al borde de los caminos, las b\u00fasquedas de caracoles y conchas de nautilus en playas solitarias; las andanzas, de tarde, por Sabana Grande, Roberto oliente a Eau Sauvage, deteni\u00e9ndose en la Suma para preguntar por el \u00faltimo tomo del Diario de Ana\u00eds Nin o la \u00faltima novela de Mario Puzo o de Anthony Burgess; la estada en Il Piccolo, frente a una taza de t\u00e9 hirviente, descifrando anagramas y pal\u00edndromas de dif\u00edcil factura, o la entrada al cine de sesi\u00f3n continuada para ver la misma pel\u00edcula de Pasolini, tres veces en un mismo d\u00eda.<\/p>\n<p>Era aquel un noviazgo et\u00e9reo, como un hechizo, fr\u00e1gil y distante, dir\u00edase que nada ten\u00eda que ver con lo f\u00edsico. Alg\u00fan viernes por la noche iban al Juan Sebasti\u00e1n Bar que, entonces, estaba muy de moda. Elvira recuerda el Virgilio Tr\u00edo, al muchacho de la bater\u00eda, siempre tan galante, y los playboys con sus v\u00edctimas escogidas al gusto, muchachas de melenas platinadas, chicas de la televisi\u00f3n o de los grupos de teatro o de las portadas de muchas revistas, secretarias ingenuas de alguna empresa mediana, aprovechados, posesivos, sojuzgantes.<\/p>\n<p>Cuando Elvira entraba al peque\u00f1o vestuario para acicalarse, encontraba siempre a varias de aquellas mujeres, en una atm\u00f3sfera impregnada de polvos faciales, olor a cosm\u00e9ticos y colonias car\u00edsimas, comentando entre ellas, ruidosas, lascivas, tremolantes, los ardores y destrezas de los compa\u00f1eros de turno, la buena dotaci\u00f3n de \u00e9ste, la habilidad manual de aquel otro, la man\u00eda fetichista del de m\u00e1s all\u00e1. Entre chanzas y veras, recontaban las estimulaciones clitoridianas recibidas esa noche, los besos dispensados, las fantas\u00edas sexuales que abrigaban expectantes.<\/p>\n<p>Horrible. No, no era ese el amor que ella disfrutaba, porque le abr\u00eda camino al recuerdo del padre zarabando y al odio de tantas noches. Su amor era el de Roberto, sutil, m\u00e1gico, aproximado por un efluvio de \u00edntima distancia, por preferencias comunes y juegos compartidos, aunque no exento de tenues contactos corporales, pero contactos furtivos, r\u00e1pidos, administrados con cuidadosa armon\u00eda, sin choques ni encontronazos, sin apropiaciones pertinaces, ni atragamientos, ni exigencias perentorias.<\/p>\n<p>Cuando caminaban por la calle y \u00e9l le extend\u00eda la mano sobre el hombro para conducirla, ella se volv\u00eda puro hombro, un enorme omoplato, flotante, descarnado, luciente solo, sobre una pradera agreste bajo un cielo limp\u00edsimo, como en un cuadro de Dal\u00ed. A veces, bastaba una leve ca\u00edda de p\u00e1rpados, o el esbozo de una sonrisa, para transmitir un reproche o la aprobaci\u00f3n pedida. Y era que, d\u00eda por d\u00eda, hab\u00edan ido construyendo una particular\u00edsima manera de comunicaci\u00f3n y cortejamiento, una convivencia extra\u00f1a de rituales secretos, pasiones literarias, frases musicales apenas susurradas, desdoblamientos de personalidad y disociaciones de pensamiento, vagos estados crepusculares, telepat\u00edas y fugas de alma y cambiantes pasatiempos.<\/p>\n<p>Avanza un poco. M\u00e1s all\u00e1 hay otra vitrina abarrotada de mu\u00f1ecos de felpa. Unos vendedores ambulantes de discos, arremolinados junto a un picot port\u00e1til, celebran las estridencias y chistes de una gaita. El negro permanece, imp\u00e1vido, en su mismo lugar.<\/p>\n<p>Claro, despu\u00e9s vino el matrimonio y fue el rompimiento del encanto. El vigor de Roberto. Otro Roberto, o el mismo Roberto, quiz\u00e1s, pero dispuesto a cobrar sus tributos. Qu\u00e9 sab\u00eda ella de sexualidad sana y de goces corporales y de movimientos estimulantes. Le acompa\u00f1\u00f3 como pudo, r\u00edgida, pasiva, con las manos agarrotadas, simulando, de pronto, en la hostilidad de la semipenumbra, el agobio de un sue\u00f1o advenedizo.<\/p>\n<p>Mucho tiempo tuvo que pasar antes de que tomara conciencia plena de su frigidez. Deprimida, sin poder sentir el placer tan glorificado, cerrada a todo, imperdurable, sin rendirse, fingiendo a veces, por Roberto, \u00fanicamente por Roberto.<\/p>\n<p>C\u00f3mo le gustar\u00eda poder entreg\u00e1rsele a plenitud, morir y sollozar con \u00e9l, re\u00edr a carcajada batiente, loar y bendecir, darse y recibir con entusiasmo, prodigarse en la descarga, responder apote\u00f3sica a cada una de sus palabras desmesuradas, a cada uno de sus actos impulsivos, a cada uno de sus deseos.<\/p>\n<p>Pero no, s\u00f3lo Dios pod\u00eda calibrar cu\u00e1nto hab\u00eda sufrido. S\u00f3lo Dios sab\u00eda cu\u00e1nto empe\u00f1o hab\u00eda puesto en superarse, apoy\u00e1ndose en la voluntad, girando y cambiando, aut\u00f3mata, ante la menor insinuaci\u00f3n del consorte, procurando derretirse, exultarse, alcanzar el cl\u00edmax, para lograr s\u00f3lo un nuevo fracaso, como si fuera la \u00fanica persona de la fiesta condenada a comerse el pastel sin nevado, como si fuera un arbusto macho, incapaz de fructificar, como si fuera una culpa \u00e1cida roy\u00e9ndose los huesos, como todo eso, \u00a1co\u00f1o!, sin poder realizarse.<\/p>\n<p>Y despu\u00e9s, el disgusto, los largos insomnios, la desaz\u00f3n en el vientre y el dolor en la punta de los pechos (tal como si los tuviera demasiado llenos), y la agitaci\u00f3n, el sentimiento frustr\u00e1neo y el desasosiego.<\/p>\n<p>Y a la ma\u00f1ana siguiente, tan pronto se quedaba sola en la casa, las lecturas nerviosas de Master &amp; Johnson y de cuanta novela er\u00f3tica cayera en sus manos para ver, si de alg\u00fan modo, aprend\u00eda a volverse org\u00e1smica.<\/p>\n<p>Y, a mediod\u00eda, con el sopor de la siesta (las masturbaciones tambi\u00e9n fracasadas), horas y horas frot\u00e1ndose para, siempre, terminar pensando en cualquier cosa.<\/p>\n<p>Y al crep\u00fasculo, la crisis impostergable, el soponcio amoratado, los disturbios violentos, el llanto histeroide frente al espejo y las palabras anudadas en la garganta, el no sirvo para nada, el soy incompleta, soy una desgraciada, algo anda mal en m\u00ed, quiero coserme el sexo, quiero internarme en un convento de carmelitas descalzas, someterme a los suplicios m\u00e1s horribles, morir, morir de una buena vez. Si me atreviera a pedirle dinero a Roberto para visitar una cl\u00ednica sexual. Si me atreviera a ensayar con otro hombre. Y conste que, con Roberto, lo he practicado todo, todo menos el coito anal.<\/p>\n<p>Y el llanto otra vez, la vitrina de los mu\u00f1ecos convertida en una sola felpa de colores difusos. Curiosamente, no gimoteaba demasiado fuerte. Era el suyo de ahora un llanto tranquilo, hacia adentro, con el pu\u00f1o metido en la boca. Un llanto que, a pesar de su silencio, lograba sobreponerse a la bulla del derredor.<\/p>\n<p>Su tribulaci\u00f3n era tan grande que no alcanz\u00f3 a percatarse de la proximidad del negro. Ya lo ten\u00eda junto a s\u00ed, asi\u00e9ndola fuerte por el brazo izquierdo. Se trata de un atraco, preciosa, y esto que tengo aqu\u00ed mata, cuando se levant\u00f3 el pul\u00f3ver amarillo canario de la universidad de Denver y le mostr\u00f3 la cacha de la pistola, una Sig-201, autom\u00e1tica, de grueso calibre para tiros de competici\u00f3n, id\u00e9ntica a la usada por Roberto en sus pr\u00e1cticas del pol\u00edgono.<\/p>\n<p>Comp\u00f3rtate como si nos conoci\u00e9ramos desde siempre, como si fu\u00e9ramos novios, agreg\u00f3. Es mucho mejor que colabores, porque entonces no te pasar\u00e1 nada; pero, si por el contrario, te me pones zafada, a pegar lecos y a llamar la atenci\u00f3n, viajar\u00e1s directo a la morgue. Lo dijo con tir\u00e1nica convicci\u00f3n, envalentonado por el anonadamiento de su v\u00edctima.<\/p>\n<p>Elvira lo mir\u00f3 de frente, ca\u00eddos los p\u00e1rpados, \u00e9l, como simulando enamoramiento, el rostro todo rezum\u00e1ndole gula y avaricia, una pizca de sonrisa en la expresi\u00f3n, y el negro le acarici\u00f3 la nuca, levant\u00e1ndole el pelo, iris\u00e1ndole la piel, para quitarle de un solo arrebat\u00f3n, el mazo de cadenas, esas que ahora se llevan de a cuatro y de a cinco.<\/p>\n<p>Lento, sin demostrar prisa alguna, paseando sus ojillos tragones por el atractivo cuerpo de la muchacha, entreabri\u00e9ndole la blusa, palp\u00e1ndole el nacimiento de los senos, sobreseguro de su sangre fr\u00eda, de su cara dura, m\u00e1s que dura, dur\u00edsima, a lo Humphrey Bogart de los a\u00f1os cuarenta, de la infalibilidad de sus procedimientos y de su destreza profesional, le abre ahora el bolso colgante, hurgando entre los papeles y los cosm\u00e9ticos y las zarandajas m\u00faltiples propias de una cartera de mujer, en busca del dinero, Elvira facilit\u00e1ndole la operaci\u00f3n, con ese apresuramiento que delata el nerviosismo, o mejor, el miedo, setecientos bol\u00edvares completos, algunos billetes menores, unas cuantas monedas sueltas.<\/p>\n<p>Todo muy natural, perfecta simulaci\u00f3n de un encuentro amoroso encubriendo las amenazas reiteradas y las t\u00edmidas demandas de clemencia, sin mover la atenci\u00f3n de la muchedumbre; sumisa y asustada, presta a todos los excesos, ella; prepotente y resuelto, \u00e9stas son mis razones, \u00e9stos son mis poderes, desposey\u00e9ndola de su Vacheron \u00e9 Constantin, de oro blanco, extraplano, de un aro de compromiso, de su esclava martillada, de sus aretes, de su solitario de brillante, regalo de Roberto en el \u00faltimo onom\u00e1stico, de sus granates eslavos, de sus topacios brasile\u00f1os, \u00e9l; ambos, muy cerca el uno del otro, entendi\u00e9ndose a medias palabras, a interjecciones y con simples gestos.<\/p>\n<p>Ahora, la despedida y debes darme un beso, un beso bien dado, de mujer queriente. Despu\u00e9s del beso, puedes marcharte, sin chillidos ni apatuscos, en sentido opuesto al que tra\u00edas, y sin decir p\u00edo a nadie, le remarca. Pero no, con el beso, el hombre cambia de deseo. La toma por un brazo y la conduce, como a una meretriz barata, al urinario m\u00e1s pr\u00f3ximo, un cuartucho sucio procaz, a medio iluminar, hediondo a orines rancios y a heces y a desechos que brotaban de los inodoros y se espesaban en el aire, afrentando hasta el estornudo olfatos y lagrimales.<\/p>\n<p>All\u00ed, resbalando sobre el aserr\u00edn humedecido, la recuesta contra la pared, chup\u00e1ndole los senos, acariciando por encima de la tela aquel sexo de fogajes, atizado, chispeante, a punto de combusti\u00f3n, liberando el propio con \u00e1nimo de introducirlo, una verga africana, como el sue\u00f1o de una droga asi\u00e1tica, espantosamente grande, para corroborar el mito; diciendo, a su vez, con susurros porfiantes, b\u00e1jate los calzones, pronto, colabora, colabora, co\u00f1o, cada vez con m\u00e1s incoherencia.<\/p>\n<p>Y la aceptaci\u00f3n progresiva, un deseo de abrir bien las piernas, de rendirse ante el est\u00edmulo, de dejarse hacer, hasta terminar, patiabierta, con el pantal\u00f3n a media rodilla, accediendo directamente, la boca de \u00e9l leng\u00fceteando contra su vulva, succionante, explorando las mucosas m\u00e1s rec\u00f3nditas, adentr\u00e1ndose, ahond\u00e1ndose, expandi\u00e9ndose.<\/p>\n<p>Y despu\u00e9s de la mamada, una mamada incre\u00edble, sem\u00e1ntica y f\u00edsicamente distinta a cualquier lamida, la verga africana ensanch\u00e1ndole el \u00fatero, entra\u00f1as adentro, con un movimiento rotatorio prestante, nov\u00edsimo, hasta entonces desconocido, algo que exclu\u00eda cualquier posibilidad de indiferencia, y la reciedumbre creciente de las arremetidas, suelo y techo vibrando con los empellones, los bufidos resoplantes acuchillando sus o\u00eddos, gemidos y ayes salivosos, hasta la descarga final, contagiosa, afluente, compartida.<\/p>\n<p>Sin temor, sabi\u00e9ndose al fin redimida \u2013 lo sent\u00eda con una extra\u00f1a mezcla de j\u00fabilo y descreimiento \u2013 permaneci\u00f3 un rato m\u00e1s junto a \u00e9l, laxa, neg\u00e1ndose a pensar, entera y absoluta dentro de aquel abrazo, con un desbordamiento de contentura igual al de una lluvia recia, al de una parranda de navidad, a la plaza bullente de sus sue\u00f1os.<\/p>\n<p>Repentinamente, confiada de su victoria tan esperada y tan fortuita, al abrir los ojos vio que se hab\u00edan separado. Ni rastro quedaba de su magn\u00edfico bienhechor. Recompuso su atuendo. Con las manos, se alis\u00f3 el cabello y, resplandeciente, busc\u00f3 la salida. Solo al llegar a su casa advirti\u00f3 que en el bolsillo del blazer tra\u00eda de vuelta el dinero y las prendas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3>El misterio de Eleusis<\/h3>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>A Eduardo Liendo y Luis Southerland<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>En el cielo aprender es ver, <\/em><em>en la tierra es acordarse.<\/em><\/p>\n<p>Al cabo de unas cuantas horas de vuelo lleg\u00f3 a Atenas, desde Budapest. Mientras cumpl\u00eda los tr\u00e1mites de inmigraci\u00f3n, pens\u00f3 en lo feliz que se sent\u00eda por su arribo a Grecia. Este pa\u00eds, \u00abcentro del mundo de la armon\u00eda, as\u00ed como de todo el Universo\u00bb, era para \u00e9l (a los efectos de este relato, poco importa su nombre), la meta de todas sus esperanzas y todas sus ilusiones. Muchos a\u00f1os hab\u00eda esperado para realizar \u00e9ste, su primer viaje a Europa: ahorros, impaciencias, privaciones, intentos frustrados. En su pecho parec\u00eda confundirse, ahora, un mundo de reminiscencias terriblemente l\u00facidas. El vaiv\u00e9n de los viajeros parloteaba a su derredor y un viento tibio con perfume marinero le soplaba, de frente, en la cara.<\/p>\n<p>Record\u00f3 que no ten\u00eda hotel reservado. Tan met\u00f3dico siempre, en este viaje hab\u00eda preferido dejar todo al azar. Era el suyo un turismo arbitrario. Nada quer\u00eda saber de la esclavitud de las agencias de viaje ni de los tours masificados. Por eso, en Londres, tuvo que alojarse en un hospedajucho de Grafton Street (por cierto, muy cerca de la casa que fue del general\u00edsimo Miranda), y, en Par\u00eds, pasar su primera noche de viajero en el ghetto de Marais, confundido con clochards y prostitutas, borrach\u00ednes y vendedores ambulantes. Record\u00f3, tambi\u00e9n, que en Florencia camin\u00f3 quince cuadras, equipaje al hombro, antes de conseguir un m\u00edsero cuarto de pensi\u00f3n, y que, en Praga, hubo de compartir por d\u00edas el tugurio de una colonia de exiliados latinoamericanos.<\/p>\n<p>A la salida del aeropuerto, contrat\u00f3 los servicios de un taxista para que lo condujera a conseguir hotel. Ninguno hallaron disponible a lo largo de la calle Evanghelistrias, con la Acr\u00f3polis al fondo, ni en los alrededores de la plaza Syntagma, verdadero centro de la ciudad. Fallidos resultaron los intentos frente a los hoteles de lujo, esos que aparecen se\u00f1alados con cuatro estrellas en la Gu\u00eda Michel\u00edn, y ni siquiera en los sombr\u00edos tabucos de los barrios bajos del Mercado pudo encontrar una media cama donde le permitieran pasar la noche. Cansados de tanta b\u00fasqueda infructuosa, de tantas negativas desesperanzadoras y tantas anotaciones in\u00fatiles en falaces listas de espera, Mikos Kontopoulos (as\u00ed se llamaba el taxista), le asegur\u00f3 que en las pr\u00f3ximas seis semanas no alcanzar\u00eda a encontrar un solo cuarto. Adem\u00e1s de ser temporada alta, en la ciudad se celebraban entonces ocho o diez convenciones y eventos internacionales. Si \u00e9l quisiera, podr\u00eda alojarse en Eleusis, a pocos kil\u00f3metros de Atenas, en casa de su familia. Otras veces hab\u00edan recibido hu\u00e9spedes de ocasi\u00f3n, sobre todo venidos de California, recomendados por su hermano Nikolaos que, a\u00f1os atr\u00e1s, se fue a sembrar manzanas en San Diego. All\u00ed podr\u00eda disfrutar la hospitalidad de una aut\u00e9ntica familia griega. Y si le parec\u00eda bien, por el pago de una m\u00f3dica suma pod\u00eda llevarle, d\u00eda a d\u00eda, en su taxi, a visitar los sitios m\u00e1s interesantes de la pen\u00ednsula. Un amigo suyo, propietario de una tartana anclada en el Pireo, quiz\u00e1s aceptar\u00eda, por su parte, hacerle la excursi\u00f3n a las islas. La oferta le pareci\u00f3 por dem\u00e1s tentadora y, sin pensarlo dos veces, la acept\u00f3.<\/p>\n<p>Por una carretera agradable, bordeada de almendros y granados, damascos y moreras, laureles y olivos, pronto llegaron a Eleusis. Tambores de columnas, capiteles, restos de frisos y estelas funerarias, estatuas decapitadas y masas de piedras antiqu\u00edsimas, se amontonaban ferales, en calles y laderas. La casa de Mikos estaba situada muy cerca de las ruinas del templo. A la puerta, con grandes muestras de alegr\u00eda, los recibi\u00f3 la madre Kontopoulos (una se\u00f1ora muy gorda, toda envuelta en pa\u00f1olones negros). Pasaron despu\u00e9s por un jard\u00edn sembrado de tiestos con margaritas y esquilaquias, crisantemos, araceas y mirtos. Una p\u00e9rgola llena de p\u00e1jaros y racimos de uva, cubr\u00eda el pasadizo. Entrecerr\u00f3 los ojos y por momentos crey\u00f3 estar so\u00f1ando. En el interior de la vivienda fue presentado al resto de la familia, a Kyria, la esposa de Mikos, y a sus dos hijas, Rita y Kalliope, j\u00f3venes de singular belleza. Todas, al un\u00edsono, le dieron la bienvenida.<\/p>\n<p>Luego le pasaron al comedor, y media hora despu\u00e9s, sin despojarse tan siquiera de la ropa de viaje, con las valijas todav\u00eda dispersas a su lado, estaba sentado frente a una suculenta cena copiosamente dispuesta en un mes\u00f3n de madera. Cerezas en alm\u00edbar al modo de la cucharada dulce, cordero en cacerola, abundantes tomates frescos, queso feta y tiropetes, alb\u00f3ndigas de carne envueltas en hojas de parra, pulpo al ajillo, aceitunas, huevas de pescado, berenjenas fritas en peque\u00f1as rebanadas, calamares, langostinos y abundantes salchichas griegas en salsa picante, colmaban los grandes bandejones de cer\u00e1mica. Para acompa\u00f1ar la comida serv\u00edan profusos tragos de ouzo, un destilado fuerte de uvas con an\u00eds.<\/p>\n<p>Parientes, vecinos y amigos llegaban con sigilo para observar de cerca al reci\u00e9n venido. Mujeres adustas, hombres mayores, muchachas de cabeza patricia con rasgos que parec\u00edan esculpidos por Fidias o Prax\u00edteles, bellos efebos dispuestos a participar de nuevo en las competiciones gimn\u00e1sticas, en la lucha y en el lanzamiento del disco o la jabalina, en las carreras pedestres o de carros, en las domas de toros y de mulas. Todos escuchaban atentamente la conversaci\u00f3n. La madre Kontopoulos preguntaba por la forma de vida en Am\u00e9rica (cre\u00eda que Venezuela estaba situada al lado de California), suspiraba por su hijo Nikolaos y mostraba orgullosa fotograf\u00edas del \u00e1lbum familiar. Mikos, a su vez (repeticiones frecuentes, gestos hiperb\u00f3reos), hablaba atropellado sobre los lugares de inter\u00e9s que visitar\u00edan a partir del d\u00eda siguiente. Para ilustrar sus descripciones, intercalaba a ratos trozos completos de Homero y Tuc\u00eddides. Con voz impostada, recit\u00f3 la s\u00faplica de Ifigenia a Agamen\u00f3n. Despu\u00e9s se lament\u00f3 de lo mucho que ten\u00eda que trabajar para juntar las dotes de las hijas (una casa para Rita en Corinto, otra para Kalliope en Aulide). Ning\u00fan padre pod\u00eda transgredir la tradici\u00f3n. Algunos de los presentes cantaron y palmearon aires populares.<\/p>\n<p>Las emociones del d\u00eda y el tanto ouzo bebido, contrariando su costumbre de plena abstinencia, hici\u00e9ronle sentir una embriaguez casi f\u00edsica. Pidi\u00f3 a Mikos que lo condujera a su habitaci\u00f3n. Era un cuarto limpio y aireado con su menaje bien dispuesto: una cama alta con jerg\u00f3n de esparto, un aguamanil provisto de ponchera y jofaina para el limpiamiento matutino, un perchero, una mesa escritorio y un icono bizantino de Cristo crucificado. Manos de mujer le ayudaron a desvestirse. Cree que fue la madre Kontopoulos quien le acomod\u00f3 la cabeza sobre la almohada.<\/p>\n<p>De pronto se vio caminando por un enarenado sendero bordeado de tejos y \u00e1lamos blancos hacia las ruinas del templo de Dem\u00e9ter, en el fondo de una ladera. Bajo el vasto p\u00f3rtico, de pie, esperaba un heraldo sagrado, al modo de Hermes Psicopompos, cubierto como \u00e9l con un petaso y portando en la diestra un caduceo. Una hilera de mystos desnudos (ancianos venerables de luengas barbas, apuestos mancebos, adolescentes casi imp\u00faberes) aguardaban pacientes el acceso a la iniciaci\u00f3n. Una procesi\u00f3n de hierof\u00e1ntidas, las sacerdotisas de Proserpina, coronadas con narcisos, peplos inmaculados y brazos serpenteantes al aire, sal\u00eda del templo y se colocaba en lo alto de la escalera para entonar una melopeya grave. Con solemne adem\u00e1n, dec\u00edan:<\/p>\n<p>\u00a1Oh aspirantes de los Misterios!, aqu\u00ed est\u00e1is en el p\u00f3rtico de Proserpina. Todo cuanto vais a ver va a sorprenderos. Sabr\u00e9is que vuestra vida presente no es m\u00e1s que un tejido de sue\u00f1os mentirosos y confusos. El sue\u00f1o os rodea por una zona de tinieblas, lleva vuestras ilusiones y vuestros d\u00edas en su flujo, como los restos flotantes que se desvanecen a la vista. Pero, al otro lado, se extiende una regi\u00f3n de luz eterna. \u00a1Que Pers\u00e9fona os sea propicia y os ense\u00f1e ella misma a franquear el r\u00edo de las tinieblas y a penetrar hasta Dem\u00e9ter celeste!<\/p>\n<p>Temeroso, se prostern\u00f3 ante el heraldo que, con terribles amenazas y al grito de \u00a1Eskato Bebeloi! (\u00a1Fuera de aqu\u00ed los profanos!), separaba a los intrusos que hab\u00edan conseguido deslizarse en el recinto. Meticulosamente, se sinti\u00f3 observado de pie a cabeza. Bajo pena de muerte, tuvo que jurar no decir nada de lo que despu\u00e9s viera. Dos hierof\u00e1ntidas lo ayudaron a desvestirse y lo cubrieron luego con una piel de cervato, imagen de la laceraci\u00f3n y el desgarramiento del alma sumergida en la ilutaci\u00f3n de la vida corporal. Apagadas las antorchas y las l\u00e1mparas, en medio de una penumbra demon\u00edaca, entr\u00f3 al laberinto subterr\u00e1neo.<\/p>\n<p>Primero tante\u00f3 en las tinieblas. Oy\u00f3 ruidos, gemidos y voces horr\u00edsonos. Truenos y rel\u00e1mpagos surcaban la oscuridad. Bajo resplandores s\u00fabitos se ve\u00edan visiones terror\u00edficas: a veces, un monstruo, quimera o drag\u00f3n; otras, un hombre maltratado bajo los pies de una esfinge o una larva humana. Sinti\u00f3 miedo. Quiso retroceder pero advirti\u00f3 que todas las posibles salidas estaban cerradas. Adelante ocurr\u00eda una escena muy extra\u00f1a que tocaba a la magia verdadera. Bajo una cripta refulgente, un sacerdote frigio, rodeado por ac\u00f3litos gigantes y vestido con un abigarrado atuendo asi\u00e1tico de rayas verticales, doradas, rojas y negras, lanzaba pu\u00f1ados de perfumes narc\u00f3ticos en un corpulento brasero de cobre. La sala se llen\u00f3 de espesas nubarradas de humo y en medio de la enrojecida penumbra comenz\u00f3 a sucederse, entonces, una multitud confusa de formas cambiantes, animales y humanas, serpientes de cabezas m\u00faltiples, bustos de ninfas transformados en murci\u00e9lagos azules, brazos y piernas sangrantes despegados de sus cuerpos, ojos saltones con destellos intermitentes, v\u00edsceras desprendidas. Y todos esos monstruos y visiones apocal\u00edpticas, tan pronto bellos como horripilantes, fluidos, a\u00e9reos, sonorosos, reales, ilusorios, arrobadizos, f\u00e9rvidos, asustantes, aparec\u00edan y desaparec\u00edan y volv\u00edan a aparecer, girando, brillando, dando v\u00e9rtigos, envolviendo a los mystos fascinados como para impedirles el paso. A veces, el sacerdote frigio extend\u00eda su b\u00e1culo en medio de los vapores, y el efluvio de su voluntad parec\u00eda imprimir a la ronda multiforme un movimiento de torbellino y una vitalidad sorprendentes. \u00a1Pasad!, d\u00edjole con voz retumbante. Y pas\u00f3, sinti\u00e9ndose rozado de un modo extra\u00f1o por pieles llagosas y lenguas babeantes, alas, garras y manos grenchudas y grumos de excrecencias y gorgorotadas de aire caliente, empujado una y otra vez, golpeado, aferrado, envilecido, hasta llegar a una sala circular muy grande, f\u00fanebremente iluminada, con una sola columna central, un \u00e1rbol de bronce, cuyo follaje met\u00e1lico se extend\u00eda por todo el techo. Por momentos, crey\u00f3 reconocer en \u00e9l el \u00ab\u00e1rbol de los sue\u00f1os\u00bb mencionado por Virgilio en el libro VI de la Eneida, donde se describe el descenso de Eneas a los infiernos. En sus ramas, incrust\u00e1banse por junto gorgonas y arp\u00edas, quimeras y esfinges, b\u00fahos y pajarracos horribles, im\u00e1genes parlantes de todos los males terrestres, de todas las miserias del alma, de todos los demonios que se encarnizan grimosos con el hombre. A su sombra, se encontraba, sentado en trono magnificente y cubierto por p\u00farpura capa consistorial, Plut\u00f3n-Aidoneo. Junto a \u00e9l, su esposa, la esbelta Pers\u00e9fona, a\u00fan bella, m\u00e1s bella quiz\u00e1s que como Virgen de la gruta; conoce la vida del fondo y por ella sufre, reina sobre los poderes inferiores y gobierna entre los muertos. P\u00e1lida sonrisa ilumina su semblante ensombrecido. En esa sonrisa est\u00e1 la ciencia del Bien y del Mal, el encanto inexplicable del dolor sentido y mudo.<\/p>\n<p>Aterrado por la visi\u00f3n mir\u00edfica de la diosa, apret\u00f3 los p\u00e1rpados ri\u00f1endo por despertar. De repente, al extremo de una galer\u00eda en ascenso, volvieron a brillar las antorchas y, como un sonido de trompeta, una voz l\u00edmpida clam\u00f3: \u00ab\u00a1Venid mystos! \u00a1Iacchos ha regresado! Dem\u00e9ter espera a su hija. \u00a1Evoh\u00e9!\u00bb. Los ecos ardientes del subterr\u00e1neo, repitieron el clamor. Pers\u00e9fona se levanta sobre su trono, como salida en sobresalto de un largo sue\u00f1o, penetrada por un pensamiento fulgurante: \u00ab\u00a1La luz! \u00a1Madre m\u00eda! \u00a1Iacchos!\u00bb. Quiere andar, pero Aidoneo la retiene por los pliegues de su falda. Exhausta, cae en su trono como muerta. Las luces se apagan, y una voz exclama: \u00ab\u00a1Morir es renacer!\u00bb. Abri\u00f3 los ojos. Entre la bruma y la vigilia, se vio avanzando hacia la galer\u00eda de los h\u00e9roes y los semidioses. No alcanzaba a precisar si estaba despierto o continuaba dormido. Sab\u00eda, s\u00ed, que Hermes y el portaantorchas lo esperaban en el fondo. Vio cuando le quitaron la piel de cervato y rociaron su rostro con agua lustral. Despu\u00e9s, revestido con una t\u00fanica de lino fresco fue conducido a un templo espl\u00e9ndidamente iluminado, frente al Gran Sacerdote, a la vista de los puros Campos El\u00edseos, bajo los acordes de un ang\u00e9lico coro de bienaventurados. Con la bendici\u00f3n suprema, Konx Om Fax, recibi\u00f3 un canastillo contentivo de varios s\u00edmbolos \u00e1ureos: la pi\u00f1a (emblema de la fecundidad y la regeneraci\u00f3n), la serpiente en espiral (evoluci\u00f3n universal del alma, la ca\u00edda en la materia, la redenci\u00f3n por el esp\u00edritu), y el huevo (la figura del hermetismo pleno, la perfecci\u00f3n divina, \u00faltimo objetivo del hombre). Supo, as\u00ed, que hab\u00eda renacido, transformado en vidente para toda la eternidad.<\/p>\n<p>Apacible, quieto, gozoso en la somnolencia, se demor\u00f3 despu\u00e9s en el recuerdo de sus vidas anteriores. Las reminiscencias agolp\u00e1ndose en su mente, f\u00e9rvidas y desaforadas, desva\u00eddas en el remoto fondo de los ancestros, perfectamente impresas en la gravidez de sus sentidos. Se vio rey. Se vio esclavo. Otra vez, rey. Otra vez, esclavo. Record\u00f3 el sabor y el olor de manjares y licores ex\u00f3ticos en un banquete milenario; una noche de vivac en las llanuras fenicias; el fuego descubierto por azar; un papiro arameo con textos sacados de las inscripciones de Bisitun; la lujuria de una cortesana de Pers\u00e9polis, que lo amaba frenetizada con lengua batiente y dentelladas bruscas; la balada cantada por un trovador provenzal al pie de un balc\u00f3n florido; la agon\u00eda y muerte del drag\u00f3n de Malpasso; una mano pedig\u00fce\u00f1a en el p\u00f3rtico de una catedral g\u00f3tica; el viaje por un oc\u00e9ano proceloso, en busca de nuevas tierras, bajo las \u00f3rdenes de un Almirante intr\u00e9pido; la fundaci\u00f3n de una ciudad, \u00e9l entre los fundadores, en un valle sembrado de apamates e higuerones; los fragores de la Guerra a Muerte, el paso de los Andes; su delirio sobre un volc\u00e1n apaciguado; y, m\u00e1s recientemente, su pasant\u00eda por el Seminario Tridentino de Ciudad Bol\u00edvar, sus estudios de lat\u00edn y griego cl\u00e1sicos, el posterior ahorcamiento de los h\u00e1bitos y su vuelta a la laicidad; la docencia ejercida por a\u00f1os en un liceo de pueblo; sus lecciones de filosof\u00eda antigua: el ser parmen\u00eddico, Aquiles y la tortuga, el movimiento de Her\u00e1clito, el mito de la caverna, la transmigraci\u00f3n de las almas, el Uno pitag\u00f3rico y la L\u00f3gica de Arist\u00f3teles; ese tufillo c\u00e1lido de guayabas maduras, anones y pomarrosas, que se deslizaba por las ventanas del aula; sus a\u00f1os de solter\u00eda, o mejor, de empecinado celibato; su viaje a Europa: Londres, Par\u00eds, Roma, Bulgaria; su llegada a Atenas, su encuentro salvador con el taxista, la suculenta cena de su arribo a Eleusis; el ouzo bebido; la borrachera imprevista, las manos femeninas que lo ayudaron a desvestirse y le acomodaron la cabeza sobre la almohada; y la voz de Mikos: \u00abAmigazo, despi\u00e9rtese, disp\u00f3ngase a aprovechar su primera ma\u00f1ana hel\u00e9nica\u00bb. Un cielo desnublado, intensamente azul, se colaba, eterno y feliz por el ventanuco. \u00abNada mejor para iniciar su visita a la H\u00e9lade, estando en Eleusis, que una breve pasada por el templo de Dem\u00e9ter\u00bb.<\/p>\n<p>Presto, se levant\u00f3. Despu\u00e9s del desayuno frugal y una muy caliente taza de caf\u00e9 a la turca (\u00aba la griega\u00bb, preferir\u00edan decir los lugare\u00f1os despu\u00e9s de la liberaci\u00f3n), iniciaron la marcha hacia el templo, por un camino bordeado de tejos y \u00e1lamos blancos. En la puerta esperaba un heraldo sagrado, al modo de Hermes Psicopompos. Pronto se vio avanzando por un oscuro laberinto subterr\u00e1neo. \u00a1Eskato Bebeloi!, le oy\u00f3 decir, con voz hosca, al heraldo, cuando volvi\u00f3 la vista y vio la cara paciente de Mikos esperando al otro lado del umbral.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/denzil-romero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un atraco singular A Benhur S\u00e1nchez, Eutiquio Leal e Isa\u00edas Pe\u00f1a Guti\u00e9rrez, en Bogot\u00e1 Cuando entr\u00f3 al mercado de Coche, Elvira sinti\u00f3 todo el frenes\u00ed de los d\u00edas prenavide\u00f1os, y al detener la mirada en las intermitencias de las luces de colores ofrecidas en venta por ; buhoneros, vivi\u00f3 otra vez su angustia; era ella [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":3952,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3951"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3951"}],"version-history":[{"count":6,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3951\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7428,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3951\/revisions\/7428"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/3952"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3951"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3951"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3951"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}